Alejandro Herrero
Pasado y presente
Conocí a Roger Chartier en el Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani de la Universidad de Buenos Aires. Aún lo veo a Roger por los pasillos, entrando por una puerta y saliendo por otra en ese laberinto, o lo observo sentado en la sala de investigadores ofreciendo sus conferencias. En ese momento mi hermano Fabián y yo éramos jóvenes becarios del Conicet, integrábamos los seminarios dirigidos por José Carlos Chiaramonte, de Historia Argentina, y otro por Oscar Terán, de Historia Intelectual, y habíamos comenzado un proyecto: hacer una encuesta a investigadores del campo de la historia de las ideas en Argentina. Teníamos una relación de amistad con ese gran historiador que fue Darío Macor, director de la revista Estudios Sociales en la Universidad Nacional del Litoral (en adelante: UNL), y, gracias a su generosidad y aliento permanente, se editaron las entrevistas en dos dossiers que salieron en el primer y en el segundo semestre de 1994 (Herrero y Herrero, 1994). El proyecto consistía, además, en otra serie de entrevistas a los investigadores que por entonces transitaban sus posgrados, y de esta manera se cerraba el material para editar un libro[1]. Hablamos con Roger, siempre tan amable, y bastaron unos minutos para que aceptara escribir el prólogo. Fue hermosa la relación que establecimos de modo epistolar y de llamados telefónicos, siempre Roger desde París. Por correo postal nos llegó finalmente su escrito: “El espejo invertido”. Y nuevamente Darío nos ayudó para publicar Las ideas y sus historiadores en la UNL (Herrero y Herrero, 1996)[2].
Con el apoyo del querido filósofo e historiador Jorge Dotti, publicamos una serie de entrevistas a historiadores argentinos y extranjeros en la revista Espacios de Crítica y Producción, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Entre ellas, realizamos una con Roger[3]. Allí nació un segundo proyecto: hacer un cuestionario para historiadores que investigaban la historia europea desde una perspectiva social y cultural. Otra vez Roger fue un gran compañero de ruta. Nos habló de distintos colegas, todos amigos suyos y a quienes mi hermano y yo leíamos con enorme placer: Pierre Bourdieu, Carlo Ginzburg, Peter Burke, Robert Darnton, Arlette Farge y Daniel Roche. Las cartas volaron, como era costumbre en ese entonces, por correo postal, y volvían con las nuevas buenas de cada uno de ellos. Burke, Roche y Darnton contestaron el cuestionario, y Bourdieu, Farge y Ginzburg se excusaron por razones de tiempo, en cartas muy amables dirigidas a dos jóvenes historiadores. Todo este intercambio epistolar aún lo conservamos como un gran regalo.
Con Roger la escena fue distinta porque frecuentaba Buenos Aires de manera seguida y nos reunimos donde se hospedaba. La entrevista, en realidad una clase magistral, duró entre una hora y media y dos horas por lo menos. Teníamos un pequeño grabador que dejamos sobre una mesa, Roger nos hablaba a nosotros, con una intensidad y con tanto encanto que transformó la entrevista en un gran acontecimiento compartido, de modo exclusivo, por mi hermano y por mí.
Si bien el libro estaba listo a fines del siglo pasado, el desastre económico del país nos impidió editarlo en esos años. La cocina del historiador. Reflexiones sobre la historia de la cultura europea. Entrevistas a Roger Chartier, Robert Darnton, Peter Burke y Daniel Roche tuvo una primera edición en 2002 y otra en 2006, gracias al impulso del Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional de Lanús, y a la ayuda fundamental del entonces director del Departamento de Humanidades y Artes, mi maestro y amigo Héctor Muzzopappa[4].
Recuerdo que, en los años 1996 y 1997, el grupo de la cátedra de pensamiento argentino y latinoamericano a cargo de Oscar y parte de los miembros del seminario de historia intelectual del Instituto Ravignani se incorporaron como docentes investigadores en la Universidad Nacional de Quilmes, y crearon un Programa de Historia y Análisis Cultural y Prismas. Revista de Hhistoria Intelectual, hoy muy conocidos y con enorme trayectoria. En mi caso, como en el de Fabio Wasserman, Javier Trímboli y otros, fuimos los que participamos de las reuniones del grupo de Quilmes a pesar de no ingresar a trabajar en esa casa de estudios. En los encuentros donde presentaron sus libros o dictaron conferencias, por ejemplo, José Murilo de Carvalho y Arcadio Díaz Quiñones, se sumó Roger. Fue Oscar el que me pidió que escribiera una reseña de un libro de Roger que se publicó en la revista[5].
Podría sumar otros espacios de encuentro con Roger, en sus seminarios en varias provincias argentinas o más precisamente en Tucumán, con su clase magistral en septiembre de 2007 al inaugurar las XI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Por entonces, Roger era muy conocido y leído, y ese encuentro, como se sabe, movilizaba, y lo sigue haciendo, a estudiantes e investigadores de todas las carreras de Historia de las universidades nacionales.
Obviamente, leí cada libro de Roger que se editaba en España o en Argentina, y que adquiría en las librerías de mi país, era y sigue siendo sencillo acceder a ellos y era y siguen siendo muy estimulantes la lectura y los debates en torno a cada una de esas obras con colegas amigos, o con investigadores que me cruzaba y me cruzo en distintos espacios académicos. En mis clases llevaba, y aún llevo, las tesis de Roger, o las he conversado con cada tesista y bacario que he dirigido o que hoy dirijo. Siempre Roger estuvo y sigue estando presente en mis lecturas y en mis conversaciones en historia, en los distintos espacios que habito como historiador.
En plena pandemia mundial, tuve el impulso de hacer un homenaje a Roger. La historia que fue o que imagino tuvo esta secuencia. Primero, se me impuso continuar de algún modo con aquellas entrevistas que dieron origen al libro Las ideas y sus historiadores[6]. En medio de los correos que iban y venían, en la convocatoria sentí más claramente que en realidad mi deseo era volver a comunicarme con Roger, y fue entonces cuando le escribí para que inaugurase la II Jornada Internacional de Historia de la Educación, que realizaba con el equipo de historia de la educación que dirijo en la Universidad del Salvador (en adelante: USAL), y que efectivamente se produjo en octubre de 2021. En ese transcurso, lleno de hermosos recuerdos, se me impuso que todo debía concluir en un homenaje a Roger en un libro. Ahora que habito ese libro, siento que estoy cumpliendo mi deseo.
Roger me propuso hacer un conversatorio. Con los colegas que formaban parte de los paneles de las jornadas[7], y el grupo de historia de la educación de la USAL[8], confeccioné el cuestionario. Pensé que eran demasiadas preguntas, y de hecho lo eran. Roger las ordenó y las separó en varias partes organizando el cuestionario que se puede escuchar en el video o leer en este libro. En el momento del conversatorio, me costó ingresar por dificultades en mi internet. Cuando lo logré, me encantó encontrar a Roger conversando con todo el grupo de investigadores de la USAL. Hermoso fue ver al maestro hablando con cada uno de ellos, a todas y todos los podía ver en la pantalla, y Roger charlaba como si los conociera de toda la vida. En realidad, cada uno de los integrantes del grupo lo conocen a Roger desde hace años, porque lo leen, lo citan y lo escuchan en conferencias o videos que se encuentran en línea. Roger forma parte de nuestro cotidiano. Después fue el conversatorio de más de dos horas. Roger podía seguir y seguir, realmente hay que verlo para poder advertir la pasión que posee y que transmite. Siempre es un aprendizaje estar con él.
Apropiaciones
Quiero compartir algunas escenas donde fui parte como investigador o docente, marcado por mis lecturas y la escucha de conversaciones, conferencias y clases de Roger. Cuando digo “marcado”, aludo a que no sé cómo se puede contar esta historia ni cómo fue obviamente el proceso. Leía y escuchaba a Roger y el impulso que me llevaba o lo que esto hacía de mí me guiaba, y no sé si es esa la palabra, en mi tarea de investigador y de docencia.
La escena transcurre en los primeros años de la década del 90, cuando Roger frecuentaba el instituto Ravignani, Fabio estaba terminado su tesis de licenciatura y yo era becario del Conicet. Hablo de jóvenes que absorbíamos todo lo que acontecía en el instituto. Roger daba sus charlas en ese espacio y en otros de la Ciudad de Buenos Aires, adonde trataba siempre de asistir. Estaba fascinado por varias de sus líneas de trabajo. Una de ellas: fijar la mirada en los editores, en los autores, en la movilidad de los textos. Lo había escuchado en Roger y lo había leído en los libros que podía acceder en ese momento: El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, Barcelona, Gedisa, 1992; y, sobre todo, una obra que llevaba a todas partes conmigo, El orden de los libros. Lectores, autores y bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Barcelona, Gedisa, 1994. En ese contexto, dicho rápidamente, exploraba los escritos de Alberdi de 1837 a 1841. Pasaba tardes enteras en el Museo Mitre consultando las publicaciones periódicas. Siempre estaba Fabio trabajando fuentes similares para su tesis sobre la Generación del 37. Los dos además de formar parte del espacio del Ravignani, también nos encontrábamos en la cátedra de Oscar y su seminario de historia intelectual. Con Fabio compartíamos lecturas, y voces que escuchábamos.
Voy a la escena puntual; la acuerdo porque fue fascinante. Fabio expuso uno de sus estudios, y compartió una lectura de un escrito de Alberdi exactamente igual a como yo la había registrado en mis notas de investigación. Fabio habló de un artículo del exilio montevideano de Alberdi de 1839, en el cual criticaba duramente al régimen de Juan Manuel de Rosas, porque habían maltratado públicamente a dos negros. Desde nociones típicamente liberales, aniquilaba al gobierno rosista calificado de tiranía. Ese artículo se puede leer en Escritos póstumos de J. B. Alberdi, editado a fines del siglo XIX, y que la mayoría de los estudiosos examinan y citan en ese soporte, dijo Fabio. Sin embargo, agregó, si leemos la edición de ese artículo en la publicación periódica de Montevideo, donde estaba exiliado Alberdi, resulta que, en la página final, dedicada a los avisos, se registraban casi mayoritariamente avisos de venta y compra de esclavos. Al moverse el artículo de Alberdi, sin la publicación periódica, el lector de los póstumos no puede advertir que Alberdi argumentaba con nociones liberales para calificar al gobierno de Rosas de tiranía en una revista que promovía la compra y venta de esclavos, ni que Alberdi exponía su liberalismo contra Rosas protegido por un gobierno que amparaba la esclavitud.
Fabio y yo estudiamos ese artículo de Alberdi del mismo modo, y sin duda los mismos espacios que frecuentábamos habrán hecho lo suyo con nosotros. Pero no sé cómo lo habrá vivido Fabio. En mi caso, yo estaba fascinado con seguir lo que aprendía de Roger, la movilidad de los textos, y quién fija la lectura. Para mí, que leía y escuchaba a Roger, era fundamental registrar en qué contexto discursivo y en qué contexto social, político, cultural, económico se inscribe el artículo de Alberdi; y, a la vez, era fundamental examinar la movilidad textual, advertir que los editores de los póstumos incluyeron en una serie de artículos del exilio montevideano ese artículo de Alberdi donde sin duda las premisas liberales eran clamorosas. El lector o investigador que lee ese escrito en la revista de 1839 podía arribar a una conclusión, y el que lo lee en los póstumos en esa serie de artículos de exilio alberdiano podían interpretarlo de una manera diametralmente distinta, tal como lo evidencian los estudios de ese escrito y la lectura que Fabio y yo hicimos en los años 90.
Lentamente entendía qué quería decir Roger con un análisis que denominaba “historia social de la cultura”, “historia de los impresos”, “historia de la movilidad de los textos”, y otros nombres que atendían a su metodología de trabajo, que siempre es múltiple y móvil.
Eran épocas en que se podían sacar fotocopias de las fuentes en los archivos como el Museo Mitre. Llevé la publicación a mis clases de historia. En una clase analizábamos el citado artículo del 39 de Alberdi de los Póstumos. Cotejábamos ese escrito con otros del mismo año y del mismo período donde Alberdi editó una serie de textos que combatían a Rosas. Una vez que los estudiantes quedaban convencidos de la posición liberal de Alberdi que leían en los Póstumos y en algún estudio de Alberdi sobre ese año, les daba para leer el número de la publicación periódica de 1839 para la clase siguiente. Invariablemente, cuando lo analizábamos en clase, la reacción era que el estudioso que sostenía que Alberdi era liberal era un mentiroso, y que Alberdi también les había mentido. En la siguiente clase, leían algunos textos puntuales de Roger. Capítulos o partes de capítulos donde analiza y expone la cuestión de la movilidad textual, la atención puesta en los soportes de los escritos, la cuestión de los autores, los editores para entender quién fija el texto, el contenido, el soporte, y la lectura de ese escrito[9]. En otra clase, leíamos capítulos o partes de capítulos donde Roger expone la problemática de la verdad en la historia, el control que se debe hacer de las fuentes, claramente necesario, imprescindible en el ejercicio de la profesión, la vinculación de verdad y ficción, la cuestión de las historias falsificadas, y demás asuntos en ese mismo sentido[10]. Se trataba de un recorrido doloroso en parte, y lo señalo porque a mí también me resultaba doloroso sentir lo que los estudiantes sentían, ya que los mismos estudiantes registraban que habían sido estafados, y más tarde advertían que existía una forma (diría complicada, difícil) para defenderse de la manipulación. Sin embargo, cuando recordaban la lectura del estudioso, concluía leyendo los póstumos que ese Alberdi del 39 que hablaba del maltrato que padecían dos negros con nociones liberales no era ni un mentiroso, tal como lo habían tildado, ni un manipulador ni quería escribía una historia falsa, sino que era una cuestión metodológica, era una cuestión de cocina del investigador: hay que hablar de 1839 y de tal artículo examinando fuentes de ese año y estudiándolo en ese contexto. Los estudiantes, con la lectura de Roger, aprendían a leer de otro modo los textos que leían en las clases y de todas las materias.
Con toda esta experiencia, veíamos el libro de Roger Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución francesa, Barcelona, Gedisa, 1995. Como se sabe, Roger discute en este libro no solo una hipótesis, sino una metodología con Los orígenes intelectuales de la Revolución francesa de Daniel Mornet, abogando por una historia social de la cultura. Si bien les hablaba de todo el libro, nos deteníamos en el capítulo 4 “Los libros ¿hacen las revoluciones?”. Lo relevante de dictar clase con las obras de Chartier es que, por su escritura tan reflexiva, provoca, eso creo yo, que los estudiantes debatieran con intensidad esa misma pregunta que se hacía, y la llevaran, luego de estudiar en ese momento histórico del capítulo de Roger, a sus propias lecturas de las clases del Alberdi del 39. Ellos mismos habían sido transformados en la primera clase cuando se habían convencido de que Alberdi era un liberal que luchaba contra la tiranía de Rosas. Una semana más tarde, con nuevas lecturas, se convencieron de que les habían mentido, de que los habían estafado. Y en clases posteriores se transformaron otra vez con las lecturas de Roger, que les hizo ver cómo leer estos textos. Los estudiantes, cuando leían el capítulo 4, lo hacían ya sabiendo que eso puede suceder, que los libros pueden transformar la cabeza de las personas.
Este es solo un ejemplo que quiero compartir, y, a lo largo de los años, se han repetido escenas similares en distintos espacios. A colegas, hoy doctores, que he dirigido en Conicet y en sus tesis, Laura Guic, Hernán Fernández, Ariel Eiris, Facundo Di Vincenzo, Sebastián Fernández, Leonardo Visaguirre, les escucho en sus conferencias o exposiciones decir que tal parte de su investigación la pensaron con Chartier y a renglón seguido que yo les había indicado que lo leyeran o que escuchasen algún video. Me gusta esta escena que se repite porque me delata: siempre me sorprende que unan el nombre de Chartier con el mío, dado que eso indica claramente lo mucho que lo menciono cuando estoy dialogando con otros colegas, lo mucho que le debo al maestro Roger.
Bibliografía
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Herrero, A. y Herrero, F. (1994). “Dossier: Historia de las Ideas”. Estudios Sociales, 6, Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2.º semestre.
Herrero, A. y Herrero, F. (1994). “Dossier sobre Historia de las Ideas”. Estudios Sociales, 7, Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 1.º semestre.
Herrero, A. y Herrero, F. (1996). Las ideas y sus historiadores. Un fragmento del campo intelectual en los años noventa (Con un estudio preliminar escrito por Roger Chartier), Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral.
Herrero, A. y Herrero, F. (1998). “Entrevista a Roger Chartier: ‘El espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII’”, en Espacios de crítica y producción, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, setiembre, 1998.
Herrero, A. y Herrero, F. (2002). La cocina del historiador. Reflexiones sobre la historia de la cultura europea. Entrevistas a Roger Chartier, Robert Darnton, Peter Burke y Daniel Roche, Buenos Aires, Universidad Nacional de Lanús (2.º edición, 2006).
- En el primer dossier sobre historia de las ideas, respondieron Hugo Biagini, Hebe Clementi, José Carlos Chiaramonte, Fernando Devoto, Ezequiel Gallo, Arturo Roig, Félix Weinberg y Gregorio Weinberg. Y en el segundo dossier: Víctor Tau Anzoátegui, Natalio Botana, José Emilio Burucúa, Jorge Dotti, Marcelo Montserrat, Ezequiel de Olaso, Beatriz Sarlo, Oscar Terán y Hugo Vezzetti. En el libro se reproducen todas estas encuestas y se agregaron otro conjunto de preguntas para la nueva promoción de investigadores, que por entonces estaban cursando sus posgrados: Alejandro Cattaruzza, Jorge Cernadas, Silvia Delfino, Daniel Omar de Lucía, Adrián Gorelik, Eduardo Hourcade, Alberto Rodolfo Lettieri, Jorge Myrs, Elías José Palti, Pablo Emilio Pavesi, Leticia Prislei, Sylvia Saitta y Eduardo Zimmermann (Herrero y Herrero, 1996). ↵
- Cuando se publicó el libro con su ensayo “El espejo invertido”, Chartier había editado en castellano libros que circulaban con enorme fluidez: El Mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, Barcelona, Gedisa, 1992; El orden de los libros, Lectores, autores y bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Barcelona, Gedisa, 1994; Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución francesa, Barcelona, Gedisa, 1995; y Escribir las prácticas. Foucault, De Certeau, Marin, Buenos Aires, Manantial, 1996.↵
- Alejandro Herrero y Fabián Herrero, “Entrevista a Roger Chartier: El espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII”. Espacios de crítica y producción, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, setiembre, 1998.↵
- Alejandro Herrero y Fabián Herrero. La cocina del historiador. Reflexiones sobre la historia de la cultura europea. Entrevistas a Roger Chartier, Robert Darnton, Peter Burke y Daniel Roche, Buenos Aires, ediciones de la Universidad de Lanús, primera edición: 2002, segunda edición: 2006. Colegas de nuestro país, muy queridos por nosotros, como Daniel Lvovich, Silvia Delfino, Cristina López Meyer y Karina Vázquez, nos ayudaron en las distintas etapas de ese libro.↵
- Alejandro Herrero. “Reseña de libro: Roger Chartier, Cultura escrita, literatura e historia. Conversaciones con Roger Chartier, México, Fondo de Cultura Económica, 1999”. Prismas. Revista de Historia Intelectual, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, vol. 4, n.º 1, 2000, pp. 267-269. ↵
- Convoqué a investigadores de Argentina para que contestasen un cuestionario en torno a la historia intelectual y a su propia práctica de investigación, y dieran cuenta, además, de su trayectoria individual. En el primer número del dossier, escribieron Omar Acha, Adriana Arpini, Alejandro Blanco, Liliana M. Brezzo, Alejandro Dagfal, Beatriz Figallo, Daniel Lvovich, Marisa Muñoz, Andrea Nicoletti, Gerardo Oviedo, Dante Ramaglia, Darío Roldán, Fabio Wasserman. Y en el segundo número, escribieron Gabriela Águila, Luciano Alonso, Mariana Alvarado, Darío G. Barriera, Paula Bruno, Alejandro de Oto, Patricia Funes, Leandro Losada, Diego Mauro, Marcos Olalla, Ricardo Pasolini, Roberto Pittaluga, Soledad Quereilhac, Paula Ripamonti, Javier Trímboli, Gustavo Vallejo, Julio Vezub, José Zanca (Herrero, 2021; Herrero, 2022).↵
- José Bustamante Vismara, Patricia Cardona Z., Carlos Escalante Fernández, Antonio Espinoza, Flavia Fiorucci, Gerardo Garay Montaner, Laura S. Guic, Graciela Laura Rodríguez, Isidora Amparo Salinas Urrejola, Pablo Scharagrodsky, y Nilce Ferreira Vieira Campos.↵
- Laura S. Guic, Viviana Bartucci, Ariel Eiris, Hernán Fernández, Jorge Fabián, Daniela Boyonkian, María Gabriela Pauli. Y la colaboración de Alicia Martin y Nicolás González de Bary.↵
- Llevo a las clases desde entonces diferentes libros de Chartier: Entre poder y placer: Cultura escrita y literatura en la Edad moderna, Madrid, Ediciones Cátedra, 2000; El juego de las reglas: lecturas, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000; Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura (siglos XI-XVIII), Buenos Aires, Katz Editores, 2006; Cardenio entre Cervantes y Shakespeare. Historia de una obra perdida, Barcelona, Gedisa, 2012; La obra, el taller y el escenario. Tres estudios de movilidad textual, Madrid, Centro para la Edición de los Estudios Clásicos, y Almería, Editorial Confluencias, 2015; La mano del autor y el espíritu del impresor, Siglos XVI-XVIII), Buenos Aires, Eudeba y Katz, 2016, Presencia del pasado. Libros, lectores y editores, Valencia, Universitat de València, 2021; Cartografías imaginarias (siglos XVI-XVIII), Buenos Aires-Madrid, Ampersand, 2022. Y últimamente un libro que condensa muchos de los temas que ha tratado en las últimas décadas: Editar y traducir. La movilidad y la materialidad de los textos, Barcelona, Gedisa, 2022.↵
- Hay varios textos de Chartier que llevo a clases para pensar estas problemáticas: su reportaje en La Cocina del Historiador, el capítulo VII “El comercio de la novela. Las lágrimas de Damilaville y la lectora impaciente”, sobre todo cuando alude a la realidad de la ficción, en Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura (siglos XI-XVIII), Buenos Aires, Katz Editores, 2006; los seis primeros apartados de ese breve y hermoso libro La historia o la lectura del tiempo, Barcelona, Gedisa, 2007; y últimamente, el primer capítulo de Editar y traducir. La movilidad y la materialidad de los textos, Barcelona, Gedisa, 2022.↵







