Ana Clarisa Agüero
1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?
Mis primeras referencias a Roger Chartier se remontan a mi época de estudiante, estimo que a 1995. En ese momento, Marta Madero dictaba Historia de la Edad Media en la Universidad de Córdoba, e invitó a quienes entonces eran sus estudiantes a una conferencia de Chartier en Buenos Aires. Yo creo haberla cursado el año anterior, pero de algún modo terminé allí. Sería excesivo decir que tenga algún registro intelectual de aquel evento, lo que apenas testimonia mi propia bruma en cuanto a la disciplina.
Más interesantes me parecen tres cosas: por un lado, que el entusiasmo de mis compañeros, quizás epidérmico pero efectivo, era una pauta del crecimiento de un nombre, que ganaría desde allí fuerza y regularidad. Por otro, que para nosotros esa referencia, a diferencia de otras, crecía menos a través de la currícula (algo leímos en una materia que, a fuerza de querer ponerlo todo, también favorecía cierta indistinción), que en el juego entre esa presencia que se haría periódica –infrecuente en un historiador extranjero– y su visibilidad propiamente editorial (me viene con mucha nitidez la tapa verdosa de El mundo como representación). Finalmente, que es probable que lo que más genéricamente impactara en ese suelo estudiantil fuesen ciertos significantes potentes, aunque alojados de manera elemental: “cultura”, “historia cultural” (algo que, con suerte, nos sacaría de variantes de la disciplina que entonces hallábamos más áridas), “representaciones”, menos “historia del libro”. Historia de la Edad Media había favorecido esa sensibilidad.
2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?
En rigor, estoy respondiendo esta encuesta menos por experticia u observancia, que por tener una idea –y esto desde hace poco– del modo en que Chartier devino una referencia central en Argentina. Comienzo por mi impresión más general y quizás más asentada: creo que, como pasa a menudo, pero aquí especialmente con él, ocurrió que el nombre y las menciones crecieron en un sentido inverso a las apropiaciones de los aspectos más sugerentes e iluminadores de su trabajo. Si a esta altura es bastante evidente que los nombres y léxicos circulan más rápidamente que el estudio y las consideraciones medulosas, en especial cuando son cultural o académicamente exitosos, creo que donde más evidente es el desaprovechamiento de Chartier es, precisamente, donde más parecía llamado a aportar. Desde los años ochenta, Chartier definió un proyecto de historia cultural situado en la encrucijada de análisis textual, de los objetos impresos y de las prácticas de lectura; un proyecto muy orgánico y muy comprensivo, que desplegaría largamente respecto de variadas cuestiones. Sin embargo, en el ámbito de los estudios de historia del libro y de los impresos en general, un campo que en nuestro país ha experimentado una sensible expansión en las últimas décadas y acompaño lateralmente, se advierte que la casi universal invocación del autor –toda una promesa de historia integral por la vía de la historia cultural– puede convivir apaciblemente con la multiplicación de abordajes áridamente monográficos de ediciones, imprentas, editores, etc. Entonces, si es inevitable un tipo de circulación difusa de términos que dominan ciertos momentos historiográficos, haciendo ciclos más o menos rápidos, lo que se advierte también es que la historia cultural ofrecida por Chartier no marca la evolución del campo que más lo invoca.
En lo que hace a mi propio trabajo, creo ser deudora de esa circulación difusa, pero especialmente de esa vocación integral que también reconoce otras fuentes. He practicado una historia del mundo impreso bastante salvaje, que, no obstante, intenté vincular a un rango cultural muy amplio (arquitectura, artes plásticas, derecho, representaciones territoriales), a lo largo de varias décadas y sobre hipótesis históricas fuertes (no sé si concluyentes). Y soy deudora, más en general, de un modo de comprender las representaciones sociales que obligaba a vincularlas con múltiples dimensiones de la vida social: unas prácticas específicas, unas constricciones muy variadas.
A la vez, desde hace un tiempo, el Chartier que más me interesa es ese que escribió un capítulo de la historiografía cultural y no solo cultural argentina. Y para pensar ese tipo de problemas, su propio trabajo ofrece orientaciones preciosas. Leo por enésima vez un texto como “Historia intelectual e historia de las mentalidades”, de 1982, o El mundo como representación, de 1989, y encuentro allí un modo de remontar la historia de la disciplina y entrar a sus grandes debates que es, a la vez, inteligente, informado, crítico, cosmopolita (me refiero a su apertura a distintas tradiciones nacionales, algo que no es tan habitual en Francia). Así, esos textos resultan insumos en un doble sentido, documentos de su presencia en nuestro país y modelos para pensar la historia de la historiografía, y creo que así funcionan en un trabajo que consagré recientemente a la historia cultural en Argentina. Más o menos simultáneamente, nos tocó encarar junto a Diego García un pequeño taller con vistas a una conversación con Chartier en la Escuela de Historia en la UNC, y allí reunimos algunas de las impresiones que vengo anotando, pero también algunos de los indicadores de esa presencia, que apunto porque pueden tener alguna utilidad general. Sabemos que, por lo menos, Chartier fue citado por Hilda Sábato en 1986, en un texto muy leído: “La Historia intelectual y sus límites” (Punto de Vista, n.º 28), un comentario sobre La gran matanza de gatos, de Darnton, que lo proponía como síntoma de las derivas de la historia intelectual estadounidense, incluidos sus complejos cruces con la historiografía francesa. El texto invocado era la versión original de “Historia intelectual e historia de las mentalidades”, parte de una compilación de La Capra y Kaplan que integró, si no yerro, con un título ligeramente distinto: “Historia intelectual e historia sociocultural”[1]. Ya en 1990, la propia Punto de Vista (n.º 39) publicó un texto de Chartier: “La historia cultural redefinida: práctica, representaciones, apropiaciones”, que recoge pasajes completos de El mundo como representación (1989) y los combina con el texto de 1982, en una suerte de presentación de su proyecto (aquel proyecto comprensivo al que me referí al comienzo). En 1994, Entrepasados publicó una entrevista a Chartier realizada por Noemí Goldman y Leonor Arfuch. Ese año, también, Estudios Sociales (UNL) publicó un comentario bibliográfico de Eduardo Hourcade (que luego sería su dirigido) sobre Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna (Alianza, Madrid, 1993). Allí Hourcade, que entendía que era el libro más representativo de Chartier, subrayaba que, hasta que Gedisa compuso El mundo como representación (1992), el artículo sobre la historia del libro publicado en coautoría con Daniel Roche en Hacer la historia (Le Goff y Nora) era casi su única traducción al castellano (al que habría que sumar, al menos, el mencionado de 1990).
Estamos ya en el momento por el que comencé, en que Chartier también llega a través de las referencias e invitaciones de Marta Madero, mientras (año más o menos) estimula la conversión culturalista de Lila Caimari en Francia (lectora de Los orígenes culturales de la revolución francesa), alienta el recorrido francés del propio Hourcade o contribuye a definir las inquietudes de Gustavo Sorá. Las llegadas de los ochenta se intensifican al calor de la internacionalización de esta década; pero, también, encuentran un territorio dentro de la zona que, partiendo de distintas disciplinas y en parte suturando un largo hiato local, viene abonando desde los ochenta una historia cultural interesante y con pretensión integral (en ese punto, lo contrario de la expansión estudio-culturalista y de la culturización general que marca los noventa). El papel jugado por Chartier en ese terreno es en buena medida reconocido en un libro como Corderos y elefantes, de José Emilio Burucúa (2001), o en la revista que dirige en el Centro de Historia intelectual y cultural de la Unsam desde 2004 (Eadem Utroque Europa), donde se valora especialmente la posibilidad de pensar de otra manera la dicotomía culto/popular o producción/recepción. Y –vuelvo– creo que, para pensar este juego complejo de llegadas, disposiciones y apropiaciones, del que aquí apenas señalo hitos, el propio Chartier ofrece una guía.
3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.
Creo que el tema del evento del que participaba esa conversación alentó ciertos deslizamientos interesantes; sea como retorno sobre sus viejas inquietudes educativas con el arsenal del prolongado trabajo sobre los impresos que lo siguió, sea como oportunidad de expresarse sobre cuestiones menos habituales. Yo quisiera subrayar apenas dos de estos elementos aparentemente laterales pero, sin embargo, centrales para la práctica historiadora. Por un lado, un modo de relación con los antecedentes atento a momentos historiográficos, inmersiones y reactivaciones; esa perspectiva que, por ejemplo, le permite recolocar la reciente historia de las emociones respecto de una larga genealogía me parece una exigencia central del oficio, y probablemente sea una de las claves de su sobriedad. Ligado a esto, la constante inquietud por el juego entre las dimensiones antropológica e histórica de fenómenos muy variados: la escritura o la lectura, sin duda, pero también otros como el miedo. Por otro lado, algo que planteó respecto de los documentos, pero tiene una validez muy general: el énfasis en las operaciones intelectuales del historiador respecto de aquellas técnicas. La cuestión parece obvia, pero ocurre que también la profesionalización alentó la normalización de los procedimientos y las dimensiones formales de la comunicación científica, debilitando por momentos el gran asunto del planteo de problemas de cierta caladura, por lo que recordar que los documentos exigen un tipo de análisis que entraña dimensiones técnicas e intelectuales (como reconocer una representación en cuanto tal, y deslindar su realidad de la que fue su condición) puede ser muy saludable en ese sentido más general.
4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiadora y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?
Mis límites de experticia me impiden barrer las variadas dimensiones en que podría considerarse el aporte de Chartier. Desde mi discreto ángulo de observación, vuelvo entonces sobre algunos de los aportes que entiendo medulares y quizás subexplotados en nuestro país. Primero: la potencia de un proyecto que, cifrado en productos específicos, permite avanzar en una consideración muy global de la cultura y la sociedad. En efecto, entiendo que, en aquella encrucijada entre análisis textual y material de los bienes impresos y las prácticas de lectura, se depositan varias expectativas relevantes: recuperar un área social definida por la vida de los objetos, que puede ser todo lo heterogénea que sea e implicar, por ende, intersecciones mucho más vastas; iluminar las modalidades efectivas de producción de sentido, atento tanto a las marcas e imposiciones cuanto a las apropiaciones y recreaciones; fusionar formas intensivas y extensivas de análisis documental, al tiempo que jugar con continuidades y discontinuidades (de allí que las series foucaultianas le parezcan un convite productivo aunque inquietante para las pretensiones integrales que acuerda a la historia cultural). Segundo, estrechamente ligado a lo anterior, la sobriedad y la porfía en cierto modo “moderna” de un proyecto de historia cultural que supo navegar la montante de su propia disciplina, exigida por nouvelles de todo orden (también por las trasposiciones norteamericanas) que, objetando a veces con buenas razones las historias culturales “clásicas”, resultaron muy proclives a una fragmentación bastante menos iluminadora. En esa tensión, cuyos extremos podrían estilizarse entre un largo legado y una explosión estudio–culturalista, creo que Chartier –como a su modo Burke– ofrece un ejemplo de voluntad integradora, sensatez teórica y productividad analítica. Esto puede medirse al interior de la más estricta historia cultural, pero también más allá, por ejemplo, en su capacidad de iluminar la política. Por lo demás, entiendo que solo proyectos de ese orden pueden devolver el curso de la historia cultural a los puntos más avanzados de la historiografía sin más.
- Dos notas al pie, interesantes por otros motivos. Primero, el deslizamiento de títulos sugiere que la versión francesa (1983), traducida al español, recogía la adscripción a “la historia de las mentalidades” postulada por Darnton, a cuyo texto de 1980 Chartier alude. Las distancias del primero con las formas efectivas de las mentalidades francesas serán, no obstante, señaladas en La gran matanza… (1984), y en 1986 Sábato las subrayaría, en parte como índice de las confusas fronteras disciplinares. Segundo, al mencionado texto de Sábato ha aludido Altamirano como probable primera mención de la historia intelectual en nuestro país, o al menos para una generación.↵







