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Metabolismo agrario

Una herramienta de análisis de las transiciones, las transformaciones territoriales
y el espacio social argentino

Rocío Pérez Gañán (CONICET/CEAR-UNQ)

Introducción

Este ensayo pretende presentar el concepto de metabolismo socioeconómico agrario como una herramienta de análisis integral para el abordaje de los procesos multidimensionales que operan en el espacio agrario argentino. Se partirá de la consideración de lo agrario –muy unido a lo rural y, a su vez, a lo urbano–, como un “referente empírico” (Moreno, 1988) que tan solo puede ser analizable mediante un abordaje interdisciplinario o integral. De este modo, lo agrario, entrelazado con lo rural y lo urbano, va a operar (tanto como territorio geográfico y/o como espacio social) como una “multidimensión” estratégica entre lo natural y lo antrópico conformando unas realidades que necesitan utilizar, de forma integrada, los enfoques particulares de las ciencias naturales junto a los de las ciencias sociales y humanas para poder ser explicado (Carpintero et al., 2015; Fischer-Kowalsky, 1998).

El metabolismo agrario –en el marco ampliado de un metabolismo social (Carpintero et al., 2015; Toledo, 2008; Martínez-Alier, 2004; Naredo, 2000)–, como herramienta de estudio, permite conocer las formas de apropiación e interacción con el entorno –el conjunto de flujos de materiales y de energía que se produce entre la naturaleza y la sociedad, y entre distintas sociedades entre sí–, llevadas a cabo bajo una forma cultural específica. De este modo, es posible realizar diagnósticos en el sistema económico en cuanto a la relación entre la generación de riqueza (por ejemplo, el PIB) y el consumo de energía, tanto a nivel de la sociedad en general como a nivel de los distintos sectores económicos: primario, secundario y terciario, incorporando los recursos energéticos en el estudio de la estructura productiva de una economía. Este enfoque de análisis espacial permite develar la trama metabólica, es decir, realizar el estudio completo de toda la cadena metabólica en un territorio específico (a diversas escalas) analizando de forma íntegra los metabolismos rurales, urbanos e industriales en un espacio regional determinado por uno o varios criterios. A cualquiera de estas escalas, el estudio del metabolismo agrario permite comprender las sinergias y dinámicas que se establecen entre los procesos particulares de apropiación, circulación, transformación, consumo y excreción en el territorio (Toledo, 2013; Haberl et al., 2011; Giampietro et al., 2009).

El análisis supone la identificación no solo de las unidades de apropiación, sino de las unidades que se dedican a circular y transformar lo apropiado y/o producido por aquellas, y de los núcleos de consumidores rurales, urbanos e industriales que consumen lo producido, circulado y transformado. Asimismo, puede detectar los flujos que terminan siendo excretados hacia la naturaleza por los anteriores procesos en forma de residuos, basura, sustancias y emisiones.

Esta metodología, que comparte con el análisis regional un análisis sistémico de áreas geográficas y unidades territoriales o espaciales, reconoce la existencia de

los flujos, redes, nudos, jerarquías, superficies y procesos de difusión espaciales que se materializan en el territorio para la configuración de un Sistema Territorial, en el que quedan incluidos el de Asentamientos […] el Productivo, el de Conexiones, el del Medio Físico, la Población, y el marco jurídico-político (Gómez Piñeiro, 1995: 7).

A su vez, se tiene en cuenta “la variable temporal, los factores de la organización espacial (internos, externos, naturales, históricos, económicos, sociológicos, culturales, políticos y jurídicos), los agentes sociales que intervienen en los diferentes procesos, las estructuras espaciales que van produciéndose” (Gómez Piñeiro, 1995: 7), con la intención de obtener un diagnóstico territorial y visibilizar los procesos y estructuras dominantes, las dinámicas, las tendencias y las problemáticas existentes. De este modo, es posible identificar potencialidades y deficiencias, posibles áreas funcionales y disfuncionales, así como establecer criterios para el desarrollo de políticas territoriales adecuadas.

Una reciente pero intensa historia metabólica social

Como se señalaba con anterioridad, el estudio de los sistemas socioeconómicos desde la perspectiva del metabolismo social aporta una visión integrada de los diversos sectores y subsectores que conforman el sistema, ya sea a diferentes escalas o relacionando los sectores de la producción y el consumo. Por su interés y utilidad, está siendo aplicado cada vez con más frecuencia al estudio de diversos países y economías. En relación a ello, podemos señalar los trabajos de Reigada et al. (2017) sobre la agricultura intensiva almeriense y los de Carpintero et al. (2015) sobre el metabolismo regional español (estudios pioneros y referentes a nivel internacional); los de Velasco Fernández et al. (2015) acerca de los flujos materiales en India y China; los de Gasparatos et al. (2009) sobre Reino Unido; los de Schandl et al. (2009) en relación a los procesos de metabolismo socioeconómico en los países en vías de desarrollo en Asia; los de Russi et al. (2006) acerca de los flujos materiales en Chile, Ecuador, México y Perú entre 1980-2000; o los de Krausmann y Haberl (2002) sobre la evolución de los flujos energéticos en Austria durante el siglo XX, entre otros. Estos trabajos han contribuido a conocer en profundidad y detalle la evolución de la estructura productiva a distintos niveles escalares y la generación de riqueza, en relación a variaciones en la población y al tiempo humano dedicado a los distintos sectores.

En los últimos treinta años, ha habido un creciente interés en estudios sobre metabolismo social, y se desarrollaron distintas metodologías y abordajes de investigación (Fischer-Kowalski y Hüttler, 1999). En relación al estudio de los flujos, algunos se dirigen a cuantificar los flujos totales de materiales y energía en su conjunto (Ayres et al., 2002), otros analizan alguno de estos flujos por separado, como los análisis de energía (Ortega, 2001); incluso, dentro de los que cuantifican los flujos de materiales, algunos se enfocan en ciertos materiales específicos (Brunner y Rechberger, 2003). En relación a las escalas, estas varían en lo espacial, y pueden ser análisis de tipo global (Vitousek et al., 1986), nacional (Carpintero et al., 2015; Haberl, 1997), regional (Baccini, 1996), y en lo temporal, abarcar desde extensos hasta breves períodos históricos (Tello et al., 2008; Fischer-Kowalski y Haberl, 1997). Resulta también interesante esta perspectiva metabólica para analizar separada pero interrelacionadamente los impactos de las actividades rural, urbana e industrial (Pengue, 2009: Pengue, 2005; Toledo, 2008). Finalmente, existen trabajos que tratan de dar cuenta de todo el sistema, y se detienen en cada uno de los cinco procesos metabólicos (apropiación, transformación, circulación, consumo y excreción) o bien, en alguno de estos puntualmente (Zuberman y Fernández, 2016; Grau-Satorras, 2010; García-Frapolli et al., 2008; Cordón y Toledo, 2008; Ortiz-Ávila y Masera, 2008).

Sin embargo, es importante señalar que el debate sobre el metabolismo social e intercambio ecológicamente desigual durante los últimos veinte años tiene raíces latinoamericanas (Martínez-Alier et al., 2010; Muradian et al., 2002; Muradian y Martínez-Alier, 2001). Autores pioneros fueron Bunker (1984, 1985, 2007) y Hornborg (1998, 2006), sociólogo y antropólogo-historiador, respectivamente, ambos especialistas en la Amazonía brasileña. Estos trabajos surgieron en el contexto de las relaciones núcleo-periferia y se situaron, posteriormente, en el marco del análisis de “transiciones socioecológicas” desarrollado por el grupo Social Ecology en Viena (Krausmann et al., 2008a; Krausmann et al., 2008b; Fischer-Kowalski y Haberl, 2007). Aquí, el interés no solo abarca a la economía ecológica y la ecología política, sino también a la economía geográfica –es destacable la creciente preocupación por el metabolismo urbano, por ejemplo, en los trabajos de Díaz Álvarez (2014), con una mirada de las ciudades en un contexto global, y los análisis de Parrado-Rodríguez et al. (2018) sobre Baeza, en Ecuador–.

Algunos de los trabajos más relevantes sobre metabolismo social en la región latinoamericana son los de Cristina Vallejo (2010), quien analiza los flujos de materiales en la economía de Ecuador durante un período de cuarenta años vinculándolos con los conflictos en la extracción de recursos y los debates sobre política comercial; las investigaciones de Muñoz et al. (2009), que realizan un estudio sobre las comodities de América Latina en el comercio internacional; los estudios de González y Schandl (2008) en relación a los flujos materiales en México; los aportes de Russi et al. (2006) sobre un análisis comparativo de flujos entre Chile, Ecuador, México y Perú durante el período 1980-2000; los trabajos de Orta-Martínez et al. (2008) en relación a los aspectos socioambientales de los efectos de la extracción de petróleo en el norte de la Amazonía peruana; o las investigaciones de Pérez Rincón (2006) sobre los procesos de comercio y mercado en Colombia.

En Argentina, a pesar del creciente interés por estos análisis desde la perspectiva del metabolismo social, son muy pocos los trabajos existentes. Podemos destacar los recientes estudios de García Viniegra (2017) sobre metabolismo social y conflictividad minera; los estudios de Zuberman y Fernández (2016) sobre el metabolismo social en la cuenca del Plata; los análisis de Iodice y Guzmán Casado (2015) sobre el metabolismo social en producciones familiares tamberas en transición agroecológica de la cuenca del río Luján en Buenos Aires; los trabajos de Pérez Manrique et al. (2013) sobre los flujos de materiales y energía en Argentina y las investigaciones de Arizpe y García López (2010) sobre la frontera de la soja en Paraguay y el norte de Argentina. Aunque los estudios son aún incipientes en el país, el metabolismo agrario comienza a perfilarse como una opción de análisis territorial precisa para adquirir información específica e integral sobre los procesos del agro y los flujos y dinámicas que comparte y en las que se inserta.

Repensando lo rural y lo urbano desde los procesos metabólicos agrarios

Actualmente, el análisis de las relaciones urbano-rurales en el contexto de una globalización (o más bien una glocalización) neoliberal implica

estructurar un campo epistemológico y metodológico que dé cuenta de aquellos lugares en los que se agencia y persiste, no su dicotomía, contradicción o resistencia, sino el emerger de sus transposiciones, irreductiblemente relacionales, y que entrecruzan múltiples agentes, escalas, redes y disposiciones organizacionales (Pérez Martínez, 2016: 103).

Es decir, es necesario flexibilizar los tradicionales límites de lo rural y lo urbano en pos de un entendimiento de los procesos de configuración territorial y de los vínculos urbano-rurales que se conforman (Pérez Martínez, 2016).

Desde un enfoque metabólico, esto es una premisa esencial. Los cambios productivos que se han generado tras la expansión y asentamiento del capitalismo agroindustrial han transformado los procesos de flujo e intercambio entre lo rural y lo urbano. La nueva realidad rural agraria y su penetración en lo urbano (y viceversa) están desafiando las formas dicotómicas tradicionales en que las ciencias sociales han comprendido y representado lo urbano como opuesto a lo rural. Superar este dualismo conceptual y epistemológico resulta imprescindible para entender los distintos territorios en el marco de la globalización del capital (Concha et al., 2013).

En las últimas décadas, los territorios agrarios, especialmente los de América Latina, han experimentado intensos procesos de modernización capitalista como resultado de su adscripción a un modelo productivo en el que el mercado se erige como figura central. Dichos procesos han impactado notablemente en:

(1) […] los usos de la tierra (dada principalmente por expansión del cultivo de frutales, viñedos y árboles exóticos), (2) cambios en la tecnología empleada en la explotación (incorporación de agroquímicos, maquinarias, semillas entre otras agro-tecnologías), (3) ampliación de la infraestructura y conectividad de la ruralidad, lo que ha reducido el aislamiento social y cultural del campesinado; y (4) modificaciones en la organización y estructura social tradicional del mundo rural, relacionadas tanto con el surgimiento de nuevos actores (temporeros, empresarios agrícolas, recolectores, obreros forestales, entre otros.), como con la aparición de nuevos tipos de asentamientos residenciales (vivienda social rural, parcelaciones de agrado, entre otras) (Concha et al., 2013: 1).

No obstante, como señalan Concha et al., no solo se transforma lo que entendemos como “campo”, sino que también cambia la relación entre núcleos urbanos y el sector primario de producción inserto en los espacios rurales. Esta nueva dinámica productiva genera estrechos lazos funcionales con los núcleos urbanos (Berdegué, Jara, Modrego, Sanclemente y Schejtman, 2010), ya que “el mundo agrícola tecnificado y capitalista requiere de servicios localizados en la ciudad, y la dinámica económica de una ciudad en una región agroindustrial se basa fuertemente en el empleo generado directa o indirectamente desde los sectores rurales” (Concha et al., 2013: 1). De este modo, como consecuencia de las interconexiones e interdependencias que se derivan de estas dinámicas, se posibilita la penetración en la ruralidad de las formas de vida urbana y su cultura (y viceversa) volviendo los bordes tradicionales, difusos. Un ejemplo de ello son los movimientos migratorios tradicionales campo-ciudad que se han resignificado, y que dieron lugar (sin desaparecer del todo) a procesos migratorios interzonales –de la quinta al pueblo, o del pueblo a la ciudad intermedia– (Canales y Canales, 2012), pero ya no a las grandes metrópolis. Asimismo, la movilidad cotidiana entre los distintos poblamientos en un área geográfica se ha intensificado, lo que produjo un flujo continuo de estudiantes y/o trabajadores que se desplazan de forma constante entre localidades próximas para realizar sus actividades diarias (Berdegué, Jara, Modrego, Sanclemente y Schejtman, 2010).

Aunque el objetivo de este texto no es abordar las diferentes vertientes que se ocupan del debate rural-urbano,[1] detenerse a analizar las implicaciones que este diálogo tiene para el estudio del agro es imprescindible, ya que la adopción de un enfoque metabólico agrario no limita el uso de dicho concepto a las dimensiones materiales (energéticas, económicas o tecnológicas) de un espacio concreto, sino que va a entenderlo, siguiendo a González de Molina y Toledo, como

un complejo conformado por aspectos materiales e inmateriales, visibles e invisibles, pues toda sociedad es un ensamble de fenómenos pertenecientes a dos dimensiones: la de los intercambios y flujos de materia y energía, y lo que los organiza, moldea y da soporte en función de las instituciones, las reglas y regímenes legales, las creencias y los conocimientos (González de Molina y Toledo, 2011: 15).

Las sociedades humanas producen y reproducen sus condiciones materiales de vida a partir de su metabolismo con el espacio natural. Este metabolismo se desarrolla a través del proceso social del trabajo. Dicho proceso implica el conjunto de acciones a través de las cuales los seres humanos, independientemente de su situación espacio-temporal, se apropian, producen, circulan, transforman, consumen y excretan determinados productos, materiales, energía, agua, provenientes del mundo natural. Al realizar estas actividades, los seres humanos consuman dos actos: por un lado, “socializan” partes de la naturaleza, y por el otro, “naturalizan” a la sociedad al reproducir sus vínculos con los ecosistemas. Del mismo modo, durante este proceso metabólico, se conforma una situación de “determinación recíproca” en la que la forma en que los seres humanos se organizan en sociedad determina la forma en que transforman a la naturaleza y viceversa (principio eco-sociológico) (Toledo, Alarcón-Cháires y Barón, 2009: 60).

En estos procesos recíprocos resulta imprescindible señalar la presencia de una asimetría y una desigualdad social (con los conflictos que esto genera) que es necesario visibilizar y analizar para entender las transformaciones desde una perspectiva diacrónica. Como citan González de Molina y Toledo: “es este rasgo por el cual una porción de la humanidad explota o domina a otra mucho más numerosa, lo que […] se relaciona y confronta con la explotación humana de la naturaleza” (González de Molina y Toledo, 2011: 16).

Ante lo anteriormente señalado, el análisis de lo rural y lo urbano como categorías separadas o aisladas la una de la otra no solo dejar de ser posible, sino que caería en un ejercicio de invisibilización de las realidades y desigualdades que conforma. Por ello, siguiendo los postulados de Concha et al., se propone tratar de comprender lo rural y lo urbano como:

[un] continuo conceptual que divide dos tipos espaciales ideales: la ciudad funcional metropolitana y el campo en su forma tradicional. El extremo “urbano” se asocia –como se ha venido haciendo– a territorios de alta densidad y poblaciones de gran tamaño, y actividades económicas diversas, con alta presencia del sector servicios. Es funcionalmente independiente de su entorno natural próximo –el que generalmente reaparece bajo la conceptualización más reflexiva de “riesgo”–, exhibiendo fuertes relaciones de dependencia interna entre sus sectores y actividades, y alta sensibilidad a los cambios en su entorno global. Los vínculos sociales se caracterizan por su alta funcionalización, y por la indiferencia y neutralidad frente al otro. El extremo “rural” se define por la fuerte vinculación entre cultura y sociedad con la naturaleza, tanto en términos de sus actividades económicas principales (lo agropecuario, la pesca u otros similares), como en relación al modo de habitar el espacio, con tiempos y ciclos que se vinculan a los que impone la naturaleza […] y una movilidad que se enmarca en las localidades más próximas, es decir, de corto alcance (Concha et al., 2013: 8).

La rururbanización globalizada del agronegocio en Argentina

En los espacios rurales argentinos se ha desarrollado un proceso de modernización capitalista –iniciado en la segunda mitad de los años setenta e intensificado durante los años noventa en el marco de políticas neoliberales– que acabó consolidando, a comienzos del siglo XXI, un modelo de desarrollo capitalista del sector agrario conocido como “agronegocios” (Gras y Hernández, 2016; Gras y Hernández, 2013; Girbal-Blacha, 2014; Gribal-Blacha, 2012; Merenson, 2009; Azpiazu, Basualdo y Khavisse, 2005; Craviotti, 2005; Carballo, 2001; Neiman y Bardomás, 2001; Bonaudo y Pucciarelli, 1993). El agronegocio se conforma como un modelo productivo basado en cuatro pilares: 1) El pilar tecnológico, con las biotecnologías de derecho privado y las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación a la cabeza. 2) El pilar financiero, que actuó “por arriba” y “por abajo”. “Por arriba”, mediante la intervención de los especuladores institucionales que presionaron incrementando la demanda y haciendo subir los precios de las commodities agrícolas; “por abajo” actuó a nivel local a través de las estrategias jugadas por los productores y empresarios locales, quienes organizaron la producción, el almacenamiento y la comercialización de su producción en función de las “herramientas” financieras disponibles según su perfil socioproductivo. 3) El pilar productivo, cuyos dos factores tradicionales, la tierra y el trabajo, se vieron interpelados de manera directa por la nueva lógica de negocio, que adoptó formas acordes a ella: por un lado, una dinámica de acaparamiento de la tierra vía la compra (de las más grandes) o, de manera más general, el alquiler; y por otro, la tercerización de las labores agrícolas. 4) El pilar organizacional cuya incidencia en la noción misma de empresa llevó a una reconfiguración muy profunda de las prácticas productivas, políticas, sociales e institucionales del sector y, con ello, a la fundación de nuevas identidades profesionales (Paz, 2017; Gras y Hernández, 2016; Kay, 2015; Hebinck, Schneider y Van der Ploeg, 2014; Barsky y Gelman, 2009; Castro y Reboratti, 2008). Este modelo productivo ha generado (y sigue generando) una serie de dinámicas territoriales que, debido a su complejidad y su multifactorialidad, demanda nuevos modelos de aproximación, levantamiento de información y análisis.

De este modo, para el análisis del heterogéneo agro argentino, es necesario considerar que: 1) las tendencias generales indican un creciente proceso de agriculturización (que es aún más evidente en las zonas mixtas) (Slutzky, 2005), y una pérdida de importancia de la producción pequeña y familiar (Gras y Hernández, 2016); 2) asimismo, ha habido un incremento del arrendamiento como forma de expansión de la superficie operada (Barsky y Dávila, 2008; Gras y Hernández, 2013), la tercerización como forma de resolver las labores (tanto principales como secundarias) (Lódola y Fossati, 2004) y la desvinculación del “productor” de la producción (Craviotti y Gras, 2006) conformándose una nueva modalidad de organización y gestión de la producción en “red” (Bisang et al., 2008); 3) se observa un crecimiento del trabajo asalariado frente al familiar (Martínez Dougnac y Bordas, 1998), del trabajo familiar remunerado (Neiman, 2008) y el incremento de la pluriactividad, principalmente en las explotaciones más pequeñas y/o familiares (Hernández y Muzlera, 2016; Craviotti, 2005; Feldman y Murmis, 2002; Neiman y Bardomás, 2001); 4) en cuanto a las transformaciones sociales, se destaca el cambio de residencia (de rural a urbano), junto con los aspectos vinculados a la producción, los cuales han implicado una redefinición de las identidades y los modos de vida de los productores tradicionales de la región pampeana, como los “chacareros” (Muzlera, 2013; Balsa, 2007; Cloquell, 2007); 5) también se han identificado transformaciones en las dinámicas familiares sobre las cuales se organizaba la producción en el pasado, en el cambio en los roles y en las relaciones entre padres e hijos en torno al control y la herencia de la explotación (Neiman, 2008; Manildo, 2009). Se destaca la variación en el perfil de los productores familiares, sobre todo aquellos que han experimentado una expansión en la producción en los últimos tiempos, y su redefinición como “empresarios familiares” (Gras y Hernández, 2016; Gras y Hernández, 2013); 6) las actividades asociadas con el uso de la tierra superan el destino de la producción de alimentos y se orientan también a la producción insumos industriales, medicinas y biocombustibles. Esta ampliación de horizontes de la producción de alimentos se liga a profundas transformaciones técnicas, productivas y organizacionales (Sassen, 2015; Anlló, Bisang y Salvatierra, 2010); 7) nuevos o aggiornados agentes económicos (proveedores industriales de insumos, supermercados, empresas de logística) van desarrollando una amplia gama de modalidades de relaciones de intercambio, transformando la estructura social agraria, su matriz económica y el rol de los tradicionales factores de producción. De este modo, se ven afectadas las formas de reparto de las rentas generadas por el conjunto de la producción, lo que trastoca todo el funcionamiento de la producción agropecuaria, su cosmovisión y sus alcances o influencias territoriales (Albadalejo, 2013; Anlló, Bisang y Salvatierra, 2010; Gras y Hernández, 2013); y 8) los impactos resultantes de la nueva jerarquía de territorialidades en una pampa húmeda argentina como modelo de referencia durante los últimos veinte años dieron lugar a procesos que

implicaron la concentración de la tierra en mayores unidades productivas, el arrendamiento de campos agrupados (explotaciones linderas) para agricultura especulativa, el descenso de la demanda de mano de obra agrícola y de los puestos de trabajo en la agroindustria y la disminución del número de explotaciones y de la cantidad de productores (Valenzuela, 2014)

Por otro lado, también provocaron impactos medioambientales negativos (Zarrilli, 2007; Zarrilli, 2010; Zarrilli, 2016; Valenzuela, 2014; Gras y Hernández, 2013; Teubal, 2006; Slutzky, 2005).

No obstante estas consideraciones, existen ejemplos de situaciones que sin contradecir diametralmente esta dinámica de desarticulación y empobrecimiento local, las ponen en tela de juicio, como las realidades presentes en varios trabajos (Muzlera, 2010), que revelan así que el agro argentino sigue siendo un espacio con procesos y sujetos de estudio en continua (re)construcción, muy lejos de ser una categoría cerrada y homogénea (Sili, 2016; Murmis, 1998).

Es necesario señalar que en casi la totalidad de las representaciones sobre el papel del agro, este destaca como uno de los ejes estratégicos sobre el que debería pivotar el desarrollo del país. A partir de este punto de partida común –que revela la enorme importancia de este sector–, los caminos sobre lo que es el agro hoy y las formas en las que este desarrollo debería llevarse a cabo se bifurcan, y se muestran, en algunos aspectos, como antagonistas. Sin embargo, a pesar del peso que se le otorga desde todas las aristas, resulta interesante observar los escasos (y parciales) datos[2] que se tienen del agro argentino, lo que dificulta notablemente la posibilidad de conocer las realidades que operan más allá de estudios de caso (a veces, multisituados o comparados) o dinámicas/problemáticas específicas. De este modo, el agro y, por vasos comunicantes, lo rural son definidos como espacios de gran importancia y de gran potencial para el país, pero, a su vez, son representados de forma vaga, oscura e informal, en un ejercicio de oposición a lo urbano, que se erige (jerárquicamente) como lo preciso, lo transparente, lo sistémico.

En el continuo establecido, los territorios no poseen una situación simétrica, existiendo aún una “jerarquización” basada en relaciones de poder tanto de carácter político económico como de nivel micro-físico (Foucault, 1992). Así, lo urbano, sus prácticas y valores siguen siendo vistos como “lo deseable” por una mayoría de los habitantes, tanto por quienes habitan la ciudad no metropolitana como por quienes habitan los territorios más alejados de los procesos de transformación capitalista. Así, es posible sostener que, para los habitantes del territorio, el pensamiento dicotómico y que establece “jerarquías de deseabilidad” mantiene vigencia, posiblemente asociado a la desigual distribución del poder y los recursos en los distintos territorios. La complejidad de las relaciones –entre localidades, entre lo productivo y lo sociocultural, etc.– que se tejen en el territorio obliga a la complejidad del instrumental analítico con que nos aproximamos a él. El abandono del pensamiento dicotómico –tan claro y limpio al momento de elaborar teoría– aparece como central si se busca generar mayor identidad entre los conceptos y lo que observamos empíricamente (Concha et al., 2013: 9)

Ante esta complejidad, resulta útil develar y resignificar las relaciones entre lo rural y lo urbano, y su vinculación con el territorio en Argentina dentro de un contexto histórico en el que la transversalidad de la economía de mercado anula la posibilidad de entender lo que no es urbano como atrasado, aislado o desconectado, o lo que no es rural como una jerarquía exclusiva de poder (Foucault, 1992). Ya que ambas, entrelazadas, envuelven prácticamente la totalidad de las actividades humanas. Para abordarlo, el metabolismo agrario puede proporcionar herramientas concretas para comprender las transiciones y las transformaciones que han experimentado (y experimentan) los territorios y el espacio social.

Una propuesta metodológica desde el metabolismo agrario (ampliado) para el estudio del caso argentino

Inserto en el marco previamente expuesto, el análisis del agro en Argentina a través de un acercamiento ecosociológico (metabolismo agrario, específicamente) muestra, siguiendo a Toledo, Alarcón-Cháires y Barón (2009), la necesidad de tener en cuenta siete dimensiones de forma integrada: (1) la cantidad y calidad de los recursos y servicios ofrecidos por los ecosistemas que una unidad de apropiación/producción (P) se apropia; (2) la dinámica de la población que conforma P; (3) el significado de los intercambios materiales que se establecen entre P y los ecosistemas y entre aquella y los mercados (análisis económico); (4) el carácter e implicaciones del conjunto de tecnologías que P aplica durante la apropiación; (5) el conjunto de conocimientos (corpus) que los miembros de P ponen en juego durante el acto apropiativo; (6) la cosmovisión que, como un “conjunto de creencias”, rige los comportamientos de quienes forman parte de P; y (7) el conjunto de instituciones (económicas, políticas y culturales) dentro de las que P se mueve: estructuras agrarias, instituciones familiares, religiosas y educativas, organismos crediticios, tipos de mercados, instituciones gubernamentales, etcétera (Toledo, Alarcón-Cháires y Barón, 2009). El eje que articula el análisis es la interacción sociometabólica en la relación a la transformación que ha sufrido el funcionamiento biofísico de los sistemas agrarios y pecuarios y el cambio en los paisajes socioculturales que de él resultaron. Esta propuesta combina dos metodologías elementales. Por un lado, el conjunto de herramientas estandarizadas propuestas por el Multi-Scale Integrated Analysis of Societal and Ecosystem Metabolism (MuSIASEM), en el Instituto de Ciencia y Tecnología ambientales (ICTA) de Barcelona, que analiza el metabolismo social con base en la interacción entre flujos y fondos a una escala específica (incluye indicadores de extracción, consumo y comercio de materiales). Por otro, se propone la realización de un estudio complementario a largo plazo que pueda documentar la transición industrial y tecnológica (y financiera) en la agricultura argentina: desde manejos premodernos hasta manejos modernizados. En este sentido, puede considerarse que la economía argentina (a cualquier escala) es un sistema metabólico porque necesita energía y fuerza laboral de la población para poder producir bienes mercantiles, al mismo tiempo que la población precisa energía, bienes y tiempo para poder desarrollarse y ejercer de fuerza laboral (y consumo).

Para la representación de un sistema metabólico, se utilizará el modelo de flujos y fondos propuesto por Georgescu-Roegen (1971) y desarrollado por el MuSIASEM, en el ICTA de Barcelona.

Los fondos (tierra, población y capital) hacen referencia a los agentes que mantienen su identidad en el tiempo considerado para la representación del sistema. Para este tipo de análisis, se sugiere contar con el fondo de las horas totales disponibles de la población argentina que se subdividirán en dos grupos: las horas en el sector remunerado y en el sector residencial. Aquí se valorará el papel que desarrolla el sector residencial dentro del sistema socioeconómico, que es esencial, ya que es el sector responsable del mantenimiento y reproducción del fondo de actividad humana (HA por Human Activity). Es decir, es aquí donde se utilizan energía y materiales necesarios para mantener y reproducir el fondo de actividad humana. Los hogares consumen bienes, servicios y energía para reproducir la actividad humana que será destinada al sector del trabajo asalariado para la producción de bienes y servicios. Por otro lado, los flujos son aquellas categorías “móviles” durante el tiempo considerado para la representación del sistema; por ejemplo, el valor agregado, las materias primas, la energía y los productos. De esta manera, los fondos transforman los flujos entrantes en flujos salientes (consumiendo o generando flujos) para su propia reproducción. Es así que, de acuerdo con Georgescu-Roegen (1971), el proceso económico no produce bienes y servicios para su consumo. En su lugar, se crea un sistema reproducible capaz de llevar a cabo una serie de procesos integrados y coordinados de producción y consumo de bienes y servicios (Tatjer, 2015).

Tanto el modelo de fondos como el de flujos utilizan indicadores extensivos e intensivos para su representación y análisis. Los indicadores extensivos caracterizan el tamaño del sistema, de sus sectores y subsectores. Estos indicadores se expresan en términos de categorías fondo o categorías flujo. De este modo, cuando hablamos del tamaño del sistema en términos de fondos, podemos utilizar el número de personas medido en horas de actividad humana –por ejemplo, caracterizando el gasto por hogar en Argentina y tomando como fuente la Encuesta Nacional de Gastos de Hogar (ENGHo) durante un período de tiempo determinado–. En este caso, estamos representando lo que el sistema es. Por otro lado, cuando nos referimos al tamaño del sistema en términos de flujos, podemos utilizar la cantidad de energía consumida medida en TJ/año y el valor agregado generado en peso/año –por ejemplo, calculando el valor total de la producción corriente de todos los bienes y servicios, sin impuestos, de Argentina durante un año a través del Valor Agregado Bruto (VAB), en una línea de tiempo determinada–. En este caso, estamos representando lo que el sistema hace. Los indicadores intensivos son aquellos que representan una tasa de uso y describen la intensidad a la que opera el sistema: cómo hace lo que hace. En este caso, se utilizan los cocientes entre flujos y fondos referidos a una misma escala o sector, que tienen la forma flowk/fundk para representan la velocidad o intensidad con la que los flujos son consumidos o producidos por unidad de fondo –por ejemplo, VAB/THA (PIB per cápita); o la tasa de metabolismo exosomático de la sociedad. Energía consumida por hora EMRar (Exosomatic Metabolic Rate, ar:Argentina)– (Tatjer, 2015).

Aunque los ejemplos aquí señalados corresponden a un eje de análisis a nivel país, las escalas de trabajo pueden variar; por ejemplo, haciendo un análisis a nivel de sector productivo (agricultura), podemos utilizar en los indicadores extensivos, un fondo como HAag, HAind y HA s&g, para conocer las horas totales del trabajo remunerado en cada sector durante un año (HA: Human Activity; ag: agricultura y pesca; ind: industria, incluyendo construcción, manufacturas, energía y minas; s&g: servicios y gobierno) y un flujo como Etag, ETind y ETs&g, para saber el consumo final total de energía en cada sector durante un año (ET: energía total; ag: agricultura y pesca; ind: industria, incluyendo construcción, manufacturas, energía y minas; s&g: servicios y gobierno. Dentro de s&g, se considera el 50% de la energía en el transporte restante como consumo de sector servicios. Por parte de los indicadores intensivos, se podría considerar, entre otros, la tasa de metabolismo exosomático de las actividades en el hogar (EMRhh), es decir, la energía consumida por hora no laboral; y la productividad del trabajo en el sector agrícola (ELPag).

La elección de indicadores adecuados responderá a la intencionalidad de los objetivos. Para analizar el agro (en su heterogeneidad), se tratar de responder, entre otras, a preguntas como: ¿han mantenido los agricultores la fertilidad del suelo a medida que iban cultivando la misma tierra durante años?, ¿cómo transferían energía y nutrientes (carbono, nitrógeno, potasio, fósforo) a través del paisaje agrario para fertilizar las cosechas?, ¿cómo estructuraban los productores aquellos paisajes (tierras agrícolas, pastos, agua) para sustentar sus comunidades, mantener la productividad y obtener beneficios?, ¿cómo se inserta el sistema agrario con otras partes de la economía y la sociedad, con las ciudades, la manufactura, el transporte o el comercio?, ¿cómo se distribuye el capital en el territorio, cómo este capital ocupa el tiempo dedicado a la producción para el mercado de la población?, ¿cuánto capital manufacturado existe en el territorio, a cuántas empresas pertenece, de qué sectores provienen?, ¿cuál es la tecnología empleada?, ¿cuánto consumen los hogares de agua, energía y materiales?, ¿cuánto desechan de agua, gas de efecto invernadero (GEI), residuos?, ¿cuáles son las prácticas de consumo de los hogares que tienen mayores impactos ambientales?, ¿esta distribución tiene algún patrón de género o cultural?, ¿cómo se relaciona esta distribución económica con la demanda interna y externa, con la flexibilidad de la regulación y con la privatización?, ¿esta transformación genera distribución de la riqueza y oportunidades o genera concentración y exclusión?, ¿los excedentes quedan en las localidades o es un modelo extractivo?, ¿las agro-localidades tienen dinámicas de socialización propias o son similares a las de los grandes centros urbanos?, ¿qué particularidades poseen las agro-ciudades?, ¿tiene sentido seguir hablando de campo e industria o de sectores primarios, secundarios y terciarios de la economía como categorías excluyentes?, ¿finalizaron las migraciones estacionales vinculadas a las cosechas o se complejizaron sus dinámicas y características de los sujetos?, ¿son social y ambientalmente sostenibles?, ¿cuál es el lugar de las familias productoras en este proceso? (Gras y Hernández, 2016; Barsky y Dávila, 2008).

De este modo, es posible realizar un estudio exhaustivo de los procesos y dinámicas que recorren los sistemas socio-económico-ambientales con el fin de calibrar las transformaciones históricas y actuales operadas en el territorio productivo agro-local a partir de las características arquitectónicas del poder y que se perfilan como un nuevo paradigma socioproductivo en los espacios agrarios argentinos.

Consideraciones finales

A pesar de que el concepto de territorio y las transformaciones que en el mismo se generan a partir del proceso de metabolismo social, remite ineludiblemente a una definición espacial (una porción de la superficie terrestre), su propia existencia no depende solo del ejercicio cartográfico de delimitación y definición de fronteras, sino también de que en ese determinado espacio material un grupo humano realice una actividad determinada (Elkisch Martínez, 2007: 3). Es el uso del territorio, y no él en sí mismo, el objeto del análisis social. Asimismo, los procesos metabólicos sociales se inician con la apropiación, por parte de los seres humanos, de materiales y energía de la naturaleza. Estos pueden ser utilizados (extraídos), transformados y circular para ser consumidos y finalmente desechados, de nuevo, a la propia naturaleza. Cada uno de estos procesos tiene un impacto socioambiental diferente dependiendo de la manera en la que se realizan, la cantidad de materiales y energía implicados en el proceso, el área donde se produce, el tiempo disponible o la capacidad de regeneración de la naturaleza (Toledo, 2008: 4; Zuberman y Fernández, 2016).

En la actualidad, los estudios agrarios deben ser abordados a la luz de los cambios teórico-metodológicos y conceptuales definidos, entendiendo que su tratamiento no puede hacerse exclusivamente desde un solo ángulo de observación, sea este económico, social, político o institucional. Su estudio debe comprender todos esos aspectos, enfatizando el análisis de casos particulares que den sentido al microanálisis para tratar de ir construyendo, al igual que un rompecabezas, pieza a pieza, los procesos macrosociales del heterogéneo mundo rural argentino. Se trata de generar un conocimiento holístico de las dinámicas que se conforman e interrelacionan en el territorio que permiten identificar procesos de desarrollo (económico, sociocultural y ambiental) bajo una idea de sustentabilidad integral de todo lo que conforma. Es decir, un abordaje comprensivo de las articulaciones entre habitantes, instituciones y sujetos productivos que (re)significan tanto las prácticas capitalistas hegemónicas como las tradicionales en el intento de mejorar una coexistencia inevitable (Rabinovich y Torres, 2004). Asimismo, develar las tramas de poder insertas en ellas. Como señala Marina Poggi en su análisis de las representaciones y estrategias de circulación de reivindicaciones a través de la red de los grupos UST (Argentina) y el MST (Brasil):

El debate del territorio se enfoca, así, desde una perspectiva integradora, que ve a la territorialización como un proceso de dominio (político-económico) y/o de apropiación (simbólico-cultural) de los espacios por los distintos grupos humanos. Los renovados debates sobre la cuestión territorial ponen el acento en las discusiones acerca de los procesos de desterritorialización producto de las dinámicas globalizantes, donde se contempla que el territorio en sí mismo como dato geográfico es, al tiempo, el resultado del uso del espacio (Poggi, 2017: 5, citando a Domínguez, Lapegna y Sabatino, 2003: 240).

En este proceso holístico, para abordar los interrogantes que surgen, es necesario despojarse de los parámetros clásicos de polarización entre lo urbano y lo rural, ya que resultan insuficientes para explicar la multidimensionalidad de ambos conceptos: lo rural ya no puede ser abordado como una prolongación supeditada a lo que ocurre en el espacio urbano, dado que posee particularidades heterogéneas y una reciprocidad compartida. Lo rural y lo urbano ya no pueden ser analizados desde un binomio jerarquizado. En este contexto cualquier espacio puede contener en sí una amplia gama de “artefactos de la globalización” (De Mattos, 1999), pero mantener un “modo de vida” de carácter rural o de carácter urbano. En palabras de Claudia Concha et al.:

[…] al entender lo urbano y lo rural como polos de un continuo permite distinguir diversos tipos de territorios como la ciudad agrícola, el pueblo agro industrial, la ruralidad conectada a los procesos de industrialización capitalista del agro, o una ruralidad que si bien también ha sido afectada por estos procesos se mantiene más cerca del tipo ideal “rural” […] Asimismo, reconoce la posibilidad de que estos territorios puedan presentar formas de habitar el espacio que combinen elementos urbanos y rurales (Concha et al., 2013: 8).

Por todo lo anteriormente señalado, el metabolismo agrario se erige como una herramienta de análisis integral de los procesos que se despliegan en un espacio productivo específico pero interrelacionado indisolublemente con un sinfín de flujos y dinámicas que lo atraviesan. Este espacio productivo en Argentina se sitúa en un territorio que deja de ser estrictamente rural para convertirse en un espacio muntidimensional para poder dar cuenta de las realidades que alberga.

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  1. Para debates actuales sobre lo rural y lo urbano, ver: los estudios de las “ciudades rurales” (Berdegué, Jara, Modrego, Sanclemente y Schejtman, 2010), de las “nuevas ruralidades” (Gómez, 2008; Gorestein, Napal, Barbero y Olea, 2007; Cartón de Grammont, 2004; Echeverri y Rivero, 2002; Ceña, 1993; Chevalier, 1980); del “continuo rural-urbano” o “rururbano” (Carneiro, 2001; Wanderley, 2001); de los “territorios y población agraria” (Canales y Canales, 2012; Canales y Hernández, 2011); o, haciendo una nueva distinción, esta vez no entre rural y urbano, sino entre lo “rural” y lo “agrario” (cambiando la dicotomía tradicional rural-urbano por el binomio urbano-agraria/urbano-metropolitana) (Dear y Dallas, 2001; Davis, 1990).
  2. Los datos macro del agro argentino remiten al censo de 2002, ya que las informacines presentes en el censo realizado en 2008 fue considerada por el propio INDEC como insuficientes y no comparables con las encuestas anteriores (INDEC, 2009). En 2018 se realizó un nuevo Censo Nacional Agropecuario que se espera que aporte datos fiables sobre este espacio productivo.


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