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Los extramuros productivos

Un balance en el estudio de espacios periurbanos en Argentina

Celeste De Marco (CONICET/CEAR-UNQ)

Introducción

Es posible que uno de los desafíos más importantes del campo de los estudios rurales sea definir su propio objeto. ¿Qué es (y que no es) lo rural? Esta es una preocupación interesante porque, precisamente, la complejidad de definir este concepto se exacerba en los intersticios por donde se escurre aquello que presenta rasgos difusos. Dicho en otros términos, aquellos territorios de borde donde lo urbano y lo rural colisionan o se imbrican en diferentes grados. En ese sentido, avanzaron discusiones en el ámbito académico desde décadas previas, para complejizar visiones estereotipadas y proponer alternativas que permitan pensar ambas realidades.

Durante un largo tiempo, se consideró lo rural en términos de lo “no urbano”, como una realidad aún sin fagocitar por la influencia productiva, social y cultural citadina. Es claro que este tipo de lecturas resultan anacrónicas en las circunstancias actuales, en las que, cada vez más, se evidencia la necesidad de pensar de forma interconectada y compleja ambos escenarios. Incluso, hay quienes aventuran que no es posible seguir usando la categoría rural, puesto que lo que se agrupaba bajo esa consigna presenta ya demasiados cambios. De frente a las llamadas “nuevas ruralidades”, los vínculos entre el campo y la ciudad se redefinen y tensan aún más los desafíos por entenderlos, de mano del embate globalizador.

Pero si las concepciones binarias fueron cuestionadas, dentro de este panorama se entretejen realidades que ponen en cuestión también la idea de una continuidad gradual entre lo “urbano” y lo “rural”. Es así como los espacios de enlace gravitan con peso propio en las discusiones. Se trata de lo que actualmente se define con el concepto de periurbano. No obstante, las miradas inquisitivas sobre estos no son precisamente recientes.

En rigor de verdad, su existencia (y utilidad) siempre estuvo definida regularmente a través de rasgos transicionales y residuales. La idea de “extramuros” orientados a la producción y abastecimiento datan de largo tiempo. Por eso, aunque las formas de categorizarlos fueron mutando, prevalecieron lecturas que enfatizaban su carácter difuso y dinámico.

En nuestro país contamos con un nutrido conjunto de estudios que desvelan aspectos sobre aquello que comúnmente se ha reconocido como periurbano. En ese sentido, el objetivo del presente capítulo es doble. Por un lado, se procura revisitar las discusiones sobre los espacios transicionales entre el campo y la ciudad. Por el otro, se propone elaborar una lectura integradora que pueda funcionar como “hoja de ruta” sobre lo que se ha discutido y lo que se está discutiendo en nuestro país.

La propuesta es hacer un recorrido que tendrá tres paradas. En primer lugar, se presentará un derrotero abreviado de los conceptos a partir de las últimas décadas del pasado siglo, sus particularidades y principales discusiones. Luego, se propone un estado de la cuestión actualizado con base en el caso argentino. En tercer lugar, se presenta un balance crítico para vislumbrar focos de atención y áreas de vacancia, así como las nuevas perspectivas.

Entre el campo y la ciudad: recorrido sintético sobre una enredada relación

Un buen punto de partida para comenzar a pensar estos espacios es un breve repaso histórico. Como se anticipó, su existencia no es reciente. En Europa es posible identificarlos cumpliendo un rol nodal al proveer de alimentos frescos a los habitantes de los burgos medievales. Pero su difusión a nivel global, sin dudas, se vinculó con la expansión del centro urbano, una consecuencia del desarrollo industrial capitalista.

En ese contexto, la industrialización, el crecimiento demográfico y la urbanización se vieron alterados por una cuarta variable: las migraciones, lo que tuvo un impacto directo en la configuración de estas zonas de enlace. Su existencia, lejos de reducirse, se acentuó.

La era posindustrial incorporó efectos adicionales, que incluyeron la cristalización de una mirada dicotómica. De este modo, el binomio campo/ciudad se planteó como el modo lógico y natural para definir y clasificar que dejaba caer en sus resquicios particularidades que no encastraban en los rígidos términos.

En etapas contemporáneas se evidenció que la lógica dual se replicaba en la forma en que la mirada oficial se posaba en este tipo de espacios. Así, el periurbano fue presentado contemporáneamente en términos de problema/solución, un rasgo que se vería enfatizado por los conflictivos escenarios planteados.

En efecto, la primera mitad del siglo XX signada por crisis y guerras mundiales– incorporó el interés por definir los usos de estos espacios y sus recursos, producto de lo que se había aprendido por la negativa; sobre todo la segunda posguerra planteó que se debía impulsar la producción alimentaria de una forma más racional y eficiente. El escenario internacional se vio influido en la forma de considerar la tríada población-producción-alimentación, y en ese curso de ideas afincaron ciertas reflexiones e iniciativas que encontraban valor en los espacios rurales cercanos a las ciudades.

En conjunto con preocupaciones relativas a tensiones solapadas y conflictos abiertos por la tenencia de la tierra en diferentes espacios, pero particularmente en América Latina, empezaron a estructurarse propuestas para afincar a familias rurales, fomentar producciones intensivas y administrar el acceso a la tierra mediante la acción del Estado. Este tipo de proyectos se multiplicaron entre las décadas de 1950 y 1970 con el apoyo de la Organización de las Naciones Unidades para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés). El pragmatismo marcaba así su impronta.

Desde los años sesenta en el Reino Unido, y con posterioridad también en Europa, se constató un flujo de desconcentración urbana (suburbanización) con dirección hacia espacios rurales próximos. En etapas más recientes, de la mano de nuevos modelos productivos, la valoración de los espacios periurbanos adquirió renovados matices, aunque no carente de contradicciones.

Por un lado, se destaca su potencialidad y valor estratégico en el orden productivo, pero también como “instrumento de dinamización local en un contexto de mejora la resiliencia ambiental del ecosistema urbano” (Hernández Puig, 2016: 3). Por eso, también se enfatiza en la necesidad de intervención gubernamental en cuanto a ordenamiento y gestión territorial. En otros espacios, asimismo, queda subrayada su conflictividad en tanto que funcionan como una “zona de amortiguación” donde se dirimen brechas imposibles entre el agronegocio y la agroecología (Aranguren y Martínez, 2015).

¿Cómo se posicionó Argentina en ese escenario? Al igual que otros países latinoamericanos, no quedó al margen de las tendencias, en una etapa donde la urbanización incontrolada y el éxodo rural eran aspectos que gravitaban como preocupaciones. El hecho de que nuestro país engarzara como productor de materias primas y alimentos en la división internacional del trabajo parecía corroborar su espacio en el arco de ideas mencionadas.

Al calor de estas iniciativas, proliferaron discursos locales que alentaban una revalorización de los espacios rurales próximos a las ciudades en su calidad de proveedores. Su cercanía abarataba costos varios: económicos (en el transporte de la mercadería), y materiales y simbólicos (en la radicación de familias rurales). Por mencionar un ejemplo, con base en estos argumentos fue que se estructuró toda una línea de colonización agrícola dedicada a producciones intensivas en espacios como el Gran Buenos Aires (GBA) (De Marco, 2018a).

No obstante, no sería recién hasta promediar el siglo XX que el periurbano entraría en escena en cuanto al campo de los estudios académicos y con esa denominación. Al contrario, la construcción de estos espacios en nuestro país es de larga data (Bozzano, 1999) y su formación hunde sus raíces en la historia de la tierra argentina y sus usos, que supo tanto de corrimientos como de transformaciones.

Para el caso de Buenos Aires, sus orígenes se reconocen en tiempos coloniales, cuando las chacras tenían la función de abastecer la concentración que crecía a la vera del Río de la Plata y su puerto. Lo mismo acontecía en otras ciudades de importancia del “interior”, con marcado crecimiento. En la provincia mencionada el cinturón agrícola ganadero que cuajó a finales del siglo XIX fue complementado con un espacio en el que florecía la horticultura, el tambo y pequeñas huertas familiares. Este esquema no dejó de afianzarse, sobre todo cuando esta zona fuera signada por un crecimiento demográfico concentrado que alteraría los vínculos entre el campo y la ciudad, integrándolo a la asombrosa dinámica poblacional industrial que tendría lugar (Puebla, 2009/2010).

En este entramado los sujetos que comenzaron a instalarse en las periferias rurales, sobre todo circundantes a la Capital Federal (lejos de ser las clases medias-altas que habían pululado en la dinámica conocida como “ciudad-jardín”, en busca de recreación y sosiego), fueron los desposeídos y subalternos. Desplazados desde la ciudad, numerosos núcleos familiares buscaron su lugar en los bordes, y así contribuyeron a formar, a mediados del siglo XX, un fenómeno denominado “la ciudad autoconstruida” (Garay, 2002).

En este contexto, pareciera que las discusiones sobre la utilidad de las zonas transicionales entre el campo y la ciudad quedaron inmersas en una cierta espontaneidad de los procesos socioproductivos acontecidos. Pero, al mismo tiempo, y abrevando en lo que sucedía y se discutía a nivel internacional, el periurbano comenzó a perfilarse como solución viable, y se le dedicó espacio en ciertas políticas para fomentar sus potencialidades, aunque estas serían más bien circunscriptas (De Marco, 2018a).

En la actualidad, se señalan renovados interrogantes y se plantea qué funciones cumplen (y cumplirán) en los presentes (futuros) escenarios. Al respecto, operan diferentes elaboraciones teórico-conceptuales que resultan en una multiplicación y superposición de significados (Ruiz Rivera y Delgado Campos, 2008: 84) que posiblemente derivan de las propias características de estos espacios. Esta proliferación de nociones, además, se renueva en virtud de que el estado actual de las discusiones impone un refinamiento de las categorías analíticas.

Diversidad de abordajes y conceptualizaciones

Tradicionalmente, el espacio rural fue pensado como un conjunto territorial donde prevalecía un particular uso del espacio, caracterizado por una baja densidad de población y edificación, con predominio de paisajes vegetales. El “campo” aparecía distinguido por un modo de vida en el que la pertenencia a colectividades de tamaño limitado, el estrecho conocimiento personal y los fuertes lazos sociales (con un entendimiento directo, vivencial del espacio ecológico) eran fundamentales, y primaban las identidades y representaciones vinculadas a la cultura “campesina” (Kayser, 1990).

Las derivaciones de estas ideas fueron amplias, difundidas en el sentido común. Propiciaban visiones encorsetadas que impedían vislumbrar realidades que no encastraban tan fácilmente en tales características. En definitiva, lo rural aparecía definido con rasgos residuales, en virtud de lo que aún no era urbano, al tiempo que destilaban una subordinación y explotación por parte de lo urbanizado (Baigorri, 1995).

Sin dudas, estas ideas tenían sentido para un mundo pretérito al proceso urbanizador que trajo consigo la industrialización y luego la globalización. Pero a partir de entonces, el avance incesante de la ciudad sobre el campo se hizo obvio, como también el desafío intelectual por entenderlo.

Una vez instalada la preocupación, las miradas más clásicas se enfocaban en los vínculos entre el centro o ciudad y su periferia, es decir, el campo, con todas sus gradaciones posibles. En el marco de estas perspectivas –que definían las producciones, modos de vida y paisajes como absolutamente distintos, a la vez que visiblemente diferenciados–, prosperaron planteos como el de Von Thunen. En las primeras décadas del siglo XIX, propuso un modelo de anillos concéntricos, cada uno de los cuales tenía rasgos y objetivos diferenciados a partir de la cercanía y los vínculos con las ciudades, mientras que en sus intersticios prosperaban espacios transicionales (Ruiz Rivera y Delgado Campos, 2008: 84). Este tipo de propuestas coincidían con miradas romantizadas sobre la vida rural y sus habitantes, consideraciones idílicas que veían en el campo un reservorio moral.

Aún bajo la influencia de estas perspectivas, aunque con las renovaciones que inspiraban los cambios tejidos a lo largo del siglo XIX e inicios del XX en Europa, se perfilaron estudios como el de Thomas y Znaniecki (1918). Este proyectaba una mirada progresiva desde los entornos rurales hacia un sistema social ligado a la vida urbana: de las tradicionales comunidades rurales, se pasaba a las modernas asociaciones (García Bartolomé, 1991: 88). Sin embargo, las lecturas sobre la cultura y los estilos de vida de los habitantes del campo resultaban generalizadoras, supuestos que fueron cuestionados con las transformaciones de la sociedad postindustrial. Al mismo tiempo, suponía una mirada progresiva que no siempre tenía correspondencia con los procesos que ocurrían en las afueras de las ciudades.

Los años venideros reforzaron la idea de que la ciudad había “colonizado” el campo y no solo en términos cuantificables material y productivamente. Parecía que la vida urbana había sido irremediablemente trasfundida al corazón de las comunidades rurales. De tal suerte, los elementos de la relación ciudad-campo dejaron de verse como opuestos para constituir un continuum, concepto acuñado en la tercera década del siglo XX por Sorokim y Zimmerman (García Bartolomé, 1991: 88), que enfatizaba en los vínculos de reciprocidad (Ávila Sánchez, 2009).

Este conjunto de ideas tuvo una buena acogida y fue profundizado más tarde en trabajos como los de Pahl (1966) y Clout (1976). Para enfatizar la superación de una visión dualista se consolidó la noción de gradaciones. Sin embargo, la renovación aún carecía de complejidad para anclar las particularidades de los procesos, pues no se contemplaba la coexistencia de elementos sociales ni la caracterización de transformaciones (Larrubia Vargas, 1998: 85).

Es importante remarcar que, con variable intensidad, entre las décadas de 1930 y 1970 se vieron alentadas diferentes propuestas tendientes al reformismo agrario –o al menos fueron discutidas (Baigorri, 1995: 6)–, como una respuesta a reclamos sobre la propiedad de la tierra en países latinoamericanos. Pero no solo se trataba de medidas preventivas ante posibles estallidos de protesta.

Con la certeza de que la urbanización de la vida rural se planteaba como un camino inexorable, y con la intención de paliar sus efectos, algunas propuestas buscaban mejorar la calidad de vida de las poblaciones campesinas y retenerlas en sus espacios. Aunque también se cobijaba la esperanza de que trasladar familias urbanas al campo funcionara como una alternativa, por ejemplo, a través de la formación de colonias agrícolas en zonas productivas cercanas a las grandes ciudades (De Marco, 2018a). De esta forma, se intentaba fortalecer los pulsos contraurbanizadores que dialogaban empíricamente con la existencia de flujos urbanos hacia zonas rurales en diferentes países europeos, el Reino Unido y Estados Unidos. El correr del tiempo confirmó que esas tendencias demográficas ciudad-campo, más que contradecir el proceso urbanizador e inaugurar nuevas realidades, mostraban sus etapas. Hacia la década de 1970 Lefebvre consolidó la idea de una compleja expansión de la ciudad y sus modos de vida, más allá de sus extramuros (Ávila Sánchez, 2009).

De la mano de estas experiencias, prosperaron renovaciones teóricas en las décadas siguientes. A inicios de la década de 1980, Van den Berg (1982) formuló el modelo de estadios de desarrollo urbano. Postulaba que las dinámicas relaciones entre el campo y la ciudad eran atravesadas por cuatro etapas: urbanización, suburbanización, desurbanización y reurbanización (Ruiz Rivera y Delgado Campos, 2008 :85). Eso explicaba los movimientos poblacionales, pero también las dinámicas propias de los espacios periurbanos: en las dos etapas intermedias era cuando se generaban, los más cercanos primero y los más lejanos, luego.

Una década más tarde, Geyer y Kontuly (1993) propusieron una mirada orgánica a las fases contrapuestas que se habían observado, a través del llamado modelo de urbanización diferenciada. Para estos autores, los sistemas urbanos atravesaban tres fases. La primera, denominada urbanización (o ciudad preponderante), señala la concentración de población en una ciudad principal. En la segunda, son las ciudades intermedias las que crecen, mientras la principal disminuye. Por último, en la contraurbanización, mientras las dos primeras menguan, son las pequeñas urbanizaciones las que asumen desarrollo (Pérez Campuzano, 2006).

En una línea similar, Baigorri (1995: 8) propone el concepto de urbe global, postulando que cada espacio está sumido en un continuum inacabable con formas y funciones diversas, cohesionados a través de nodos o centralidades integrados a la cultura y civilización urbanas. De este modo, la globalización gestó megaciudades, promoviendo, a su vez, procesos de desconcentración con nuevas y diversas actividades económicas, la radicación de funciones urbanas en pequeñas y medianas ciudades, espacios rurales o urbano-rurales (Ávila Sánchez, 2009); por esto, en las periferias metropolitanas aparecen usos discontinuos del suelo urbano-rural.

En síntesis, estos estudios, aun sin ser un análisis exhaustivo, nos permiten corroborar que las formas de pensar los vínculos urbanos-rurales pasaron de los términos antitéticos a la interrelación, atravesando diferentes ideas acerca de las gradaciones. Estas influyeron también en las conceptualizaciones orientadas a designar, en específico, a los espacios intermedios entre una realidad (ciudad) y la otra (campo). Como decantación de esta multiplicidad, se generó un variado abanico de términos, entre los cuales se destaca periurbano para enfatizar la localización “circunurbana”, es decir, la cercanía desde la ciudad y sus vínculos. Pero las acepciones son múltiples.

Como se sugirió, en las fluctuaciones de la ciudad –su avance, estancamiento e incluso retrocesos–, aparecen los espacios transicionales: dinámicos, fluidos, difíciles de delimitar. Al reflexionar sobre estas cuestiones, Carter (1972, en Hernández Puig, 2016: 4) señala como rasgo distintivo del periurbano su formación azarosa al generar un patrón irregular de los usos del suelo. Sus características aparecen marcadas por la volatilidad y la exposición.

Valenzuela (1986, en Hernández Puig, 2016: 4) sostiene que se trata de “zonas degradadas en lo urbano y residuales en lo agrario, que se caracterizan por situaciones de especulación, marginalidad del uso del suelo y por el desarrollo de un hábitat disperso, frecuentemente carente de los servicios y equipamientos necesarios”. Por su parte, Capel (1994: 139-140, en Barsky, 2013: 29) advierte que el espacio periurbano es una de las áreas “más críticas del globo” porque en él se pueden identificar procesos convergentes de una “larga e intensa evolución histórica”, al tiempo que predomina una importante “diversidad y mezcla de usos del suelo”, mientras que se desarrolla como un “medio natural sometido a intensas presiones”.

En palabras de Ávila Sánchez, el periurbano refiere a

[la] extensión continua de la ciudad y a la absorción paulatina de los espacios rurales que le rodean; se trata del ámbito de difusión urbano-rural e incluso rural, donde se desarrollan prácticas económicas y sociales ligadas a la dinámica de las ciudades (Ávila Sánchez, 2009: 88).

En esta línea, recuperando a los antropólogos Redfield y Lewis, aparece la idea de la “ciudad difusa”, que cuestiona las polarizaciones tradicionales para destacar la interdependencia (Gorelik, 2008; Capel, 1994).

En el plano local, se los ha definido como “aquellos ámbitos donde los efectos de aglomeración urbana se reducen o son menos evidentes, particularidad que no implica necesariamente la disminución gradual en la intensidad de ocupación residencial” (Bozzano, 2000: 85-87). Aparecen, así, como aquel conjunto de territorios productivos, residenciales y de servicios emplazados en el contorno de ciudades que, en su crecimiento, consolidan la oferta de ciertos productos. En ese sentido, se perfila en ellos un entramado de explotaciones primario-intensivas (como las del cinturón verde hortícola bonaerense y platense), cuya ventaja principal es la cercanía a los mercados de consumo (Barsky, 2011: 15). Por eso, la historia agraria, y en particular su vertiente periurbana, no puede ser abordada sin considerar el desarrollo de las ciudades, dado que ambos aspectos componen un sistema “complejo, interactivo y dinámico” (Svetlitza de Nemirovsky, 2011: 32).

Como se ha sugerido, definir los espacios periurbanos implica también recuperar dimensiones conflictivas, pues constituyen zonas sujetas a transformaciones que sin dudas manifiestan desajustes en la articulación sociedad-naturaleza, de modo que se pone en juego una serie de situaciones, como la superposición de usos, pérdidas en los servicios ambientales y procesos de contaminación (Ferraro, Zulaica y Echechuri, 2013). En ese sentido, los espacios periurbanos son eje de discusión en virtud de los desafíos que asume la sustentabilidad en ellos.

En el marco de lo que se ha dado a conocer como neorruralismo, en las últimas décadas también se acuñó el término rururbano para referir al continuo rural-urbano (Barros, 1999). Este concepto representa “la franja externa del periurbano, frontera donde se combinan dos ambientes cuyos pobladores poseen idiosincrasia, formas de vida e intereses particulares y disímiles, si bien sus espacios de vida y referentes espaciales son comunes, pues están signados por la convivencia” (Sereno, Santamaría y Santarelli Serer, 2010). Aparecen así también dimensiones sociodemográficas y comunitarias que caracterizan las particulares dinámicas de estos espacios transicionales.

El desvanecimiento del campo y la ciudad como dos “campos geográficos, económicos y sociales” diferenciados, la urbanización del campo y la ruralización de ciertos espacios de la ciudad, la penetración de nuevas tecnologías en la labor rural, la consolidación de una población rural no dedicada a tareas agrícolas –unidades familiares plurifuncionales– son aspectos que –atravesados por cuestiones étnicas, de género, de clase e incluso ambientales– hacen que la perspectiva de la nueva ruralidad sea sumamente compleja (De Grammont, 2004: 3).

Sin embargo, aunque el vínculo urbano-rural frecuentemente ha sido pensado en clave de interdependencia y complementariedad (Tadeo, 2002: 39), también resulta sugerente distinguir los espacios periurbanos como campos sociales específicos, con particularidades e identidades propias (Attademo, 2008). Podría decirse que en los abordajes sobre estos espacios se puede identificar una intensa diversificación que revela focos de interés, pero también vacancias.

Cartografía de la producción académica sobre espacios periurbanos en Argentina

Si se piensa en este campo de estudios en nuestro país como un tejido, este se compondría de hebras irregulares, con algunas más y otras menos trabajadas. Esta disparidad puede percibirse en la disciplina desde la cual se reflexiona, pues es notable que predominan miradas desde la geografía, la antropología, la sociología y, solo de forma más reciente, la historia. Pero también hay diversidad en la elección del enfoque, el interés temático, en las periodizaciones trabajadas y en las espacialidades abordadas. Aunque, en líneas generales, predomina el estudio de caso. A continuación, se presenta un sucinto recorrido con apreciaciones sobre algunos trabajos, aunque, como toda selección, no podrá contener todos los aportes existentes.

En Argentina el interés por el periurbano ha sido creciente, pero no por eso carente de matices. Como bien señala Barsky (2017), en los últimos quince años se corrobora un incremento en la atención pública por el tema de la agricultura periurbana, sobre todo, orientada al desarrollo de las actividades que tienen lugar en la región metropolitana de Buenos Aires (RMBA). En ese sentido, Feito (2014: 156) señala una serie de cambios introducidos en el sector público que indicaban la presencia de la cuestión en la agenda política. Unas breves referencias servirán de ilustración. En agosto de 2005 se creó en el partido de Hurlingham (GBA) el Centro de Investigación para la Agricultura Familiar (CIPAF), dependiente del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). En 2010 fue inaugurado el Programa Nacional de Agricultura Periurbana, en la órbita de la Secretaría de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación (MAGyP). En esa línea, se encolumnó también la creación de la Estación Experimental de Agricultura Urbana y Periurbana para el Área Metropolitana de Buenos Aires del INTA en el año 2014. Luego, también en 2014 tuvo lugar la fundación de la Subsecretaría de Agricultura Familiar, dependiente del MAGyP. Sin embargo, a partir de septiembre de 2018, momento en que la cartera ministerial se disuelve y refunda como Ministerio de Agroindustria, la subsecretaría también dejó de funcionar. De este modo, se pueden entrever las complejidades que la temática plantea en cuestiones políticas e institucionales, que son de gran actualidad. No obstante, el interés por el periurbano, y en particular dentro del ámbito académico, no es reciente.

El estudio de estos espacios se estructura entre mediados de la década de 1980 e inicios de 1990, donde se destacan trabajos como los de Gutman y Gutman (1986), Gutman, Gutman y Dascal (1987), Benencia (1984) y Bozzano (1990, 1995). Estos aportes sistematizan las dinámicas de ocupación y usos del suelo, así como los modos de producción en el área metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Con cierta regularidad, aparecen referencias a la configuración histórica de estos espacios y la huella que comienza a dejar el crecimiento demográfico urbano, en virtud de procesos productivos, socioeconómicos y migratorios. La producción de autoconsumo y ciertas reflexiones concernientes a aspectos ambientales también son mencionadas.

Avanzando sobre las décadas de 1990 y 2000, los estudios se aglutinan en torno a ciertos tópicos. Un primer grupo se orienta a analizar aspectos productivos, condiciones de tenencia de la tierra y modos de trabajo predominantes, con énfasis en la organización de la mano de obra familiar. Algunos ejemplos de estos análisis son los realizados por García (2015), Mao, Nieto y Molina (1998), Hang et al. (2013) y Cieza et al. (2015), entre los que predominan los que se ajustan a la zona productiva del periurbano de La Plata (Buenos Aires).

Pero el periurbano no solo aparece como un espacio relevante orientado a la producción. Existen otros aspectos que se comienzan a entrelazar, apuntando a su dimensión más conflictiva, en una variedad de sentidos. El periurbano aparece abordado en su estructura y ordenamiento territorial (Bozzano, 1990; Barsky y Vio, 2007; Sereno, Santamaría y Santarelli Serer, 2010; Rocca, 2013), en virtud de las disputas que generan los usos del suelo, donde con frecuencia convergen actividades solapadas. Por eso también aparecen como objeto del accionar estatal a través de políticas públicas orientadas a las familias en vinculación con el desarrollo local o rural (Feito, 2010, 2013, 2017; Seibane y Ferraris, 2017; Salomón, 2016).

En esa línea, se pone en tensión la sustentabilidad de este tipo de espacios (Rocca et al., 2014) como asunto de relevancia. Al mismo tiempo, comienzan a plantearse de forma creciente abordajes que contemplan la dimensión ambiental (Carut, 1998; Botana, 2003; Formiga, 2003), que discuten la habitabilidad como problemática principal (Pintos, 1997; Zulaica y Celemín, 2008; Frediani, 2010).

Otro grupo de trabajos, muy nutrido y con sólidos resultados, es el que se orienta al estudio de los sujetos. Dado que el periurbano frecuentemente aparece como un territorio altamente dinámico donde se instalan poblaciones de rasgos marginales, muchas veces de origen inmigrante, se perfiló desde hace décadas el interés por desentrañar sus realidades. Por caso, en el Gran Buenos Aires y Gran La Plata, se destacan los de origen boliviano, vinculados a la obtención de productos frescos (Benencia, 1998, 2006). En ese orden de ideas, también se introdujeron lecturas que abordan en específico la cuestión laboral y la sindicalización (Lemmi, 2017).

El sujeto familiar cobra importancia junto con las identidades y trayectorias puestas en juego, mostrando que las experiencias y estrategias son claves necesarias de lectura. La calidad de migrantes, sus recorridos vitales y los lazos interculturales estructuran las producciones. En esa línea se pueden mencionar trabajos como el de Attademo (2006), Botana (2004), Ringuelet (2008), Archenti (2008), Castro (2016), Bártola (2016) y Benencia y Pizarro (2009). En efecto, Feito (2013) compila una interesante labor conjunta donde confluyen miradas etnográficas con la recuperación de memorias.

En este cuadro, un conjunto de investigaciones más recientes se ha ubicado en la escolarización de niños radicados en estas zonas, y en particular de los hijos de bolivianos radicados en este tipo de espacios (Lemmi y Morzilli, 2016; Cafiero, 2011; Oddone, 2018) e incluso, en las prácticas educativas orientadas a la conservación del espacio (De Marco, 2013). Lo anterior permite comprender cómo influyen ciertas condiciones en las trayectorias escolares, la influencia de determinadas políticas o las estrategias de demarcación étnica. No obstante, es interesante notar que, aunque existen aportes que especifican en el trabajo femenino (Attademo, 1999), aún es una arista bastante inexplorada, al igual que la niñez en este tipo de espacios. Si bien es posible encontrar trabajos que contienen las experiencias infantiles en el marco del proceso escolar, como los arriba mencionados, solo abordan una faceta de la cotidianeidad de este grupo. Desde una perspectiva histórica que contemple las experiencias de niños en zonas periurbanas pertenecientes a otros colectivos migrantes, europeos y asiáticos, se ubican los aportes de De Marco (2018b).

Inspirados en ese orden de ideas, hay trabajos que se proponen recuperar la dimensión comunitaria a través de una puesta en valor del patrimonio cultural, las fiestas locales y la oferta recreativa que pueden ostentar los espacios periurbanos (Rossi, Gómez, Mallo y Rampello, 2014; Rispoli y Waisman, 2013; Formiga y Ercolani, 1998, Rispoli et al., 2014).

Hasta aquí pueden identificarse dos grandes grupos de investigaciones con una variedad de intereses, que, sin embargo, comparten el recorte temporal, pues la mayoría de los estudios sobre el periurbano se abordan de la década de 1980 en adelante. Los trabajos históricos son más escasos, pero entre los últimos se destacan los de Lemmi (2015) y Bengoa (2001), ambos orientados a desentrañar la evolución del periurbano bonaerense en el siglo XX.

En esa línea, debemos señalar el aporte de Barcos (2007) sobre los campos ejidales, el de Ciliberto (2009) que aborda las relaciones comerciales urbano-rurales en el siglo XIX y el de Ciliberto y Rosas Príncipi (2014) sobre la cuestión urbano-rural en la historiografía agraria argentina. Otro grupo de aportes históricos se centra en comunidades migratorias ultramarinas, precedentes al ingreso del colectivo boliviano. En esa línea podemos ubicar a Borges (1991), quien enfatiza en el valor de los estudios de memoria, Svetlitza de Nemirovsky (2005) acerca de las quintas portuguesas y Sabarots (1987) sobre las colonias japonesas.

Más recientemente, la tesis doctoral de De Marco (2018a) se enfoca en dos colonias multiétnicas, colonia La Capilla, en Florencio Varela, y colonia Urquiza, en La Plata, para analizar los vínculos entre la política colonizadora y la vida de las familias rurales, muchas de ellas inmigrantes, radicadas allí entre 1950 y 1980. En esa línea también se encolumna el aporte de Manzoni (2016) con relación a la colonia agrícola periurbana Laguna de los Padres, en Mar del Plata. En este sentido, un aporte interesante, por la pluralidad de enfoques que propone sobre el periurbano de la zona sur del Gran Buenos Aires, es el libro compilado por Ruffini y Gutiérrez (2017), resultado de un proyecto que aborda específicamente aspectos periurbanos y que incluye tanto trabajos históricos como actuales.

Aunque componen lecturas necesarias porque ayudan a reponer el entramado histórico del periurbano, contribuyendo a darle continuidad y sentido a las transformaciones posteriores, aún son fragmentarias, pues requieren de una mayor articulación entre sí para condesar en una historia propia del periurbano.

Si los avances en estudios sobre el periurbano se centraron en un período histórico, también es notable su focalización espacial: el interés por los contornos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y de la provincia de Buenos Aires se destaca. Dentro de la órbita bonaerense, otro foco de interés ha sido Mar del Plata, pues concentra varios aportes (Garamendy, 2002; Rosenthal et al., 2002 y Vitteri y Carrozi, 2003). Otro espacio abordado también fue Bahía Blanca, desde diferentes puntos de vista que imbrican el interés por las producciones, pero también por los sujetos (Formiga, 1997).

Por supuesto, existe obra académica orientada a otros casos, pero el mismo magnetismo que genera Buenos Aires en tantos aspectos se evidencia también en la forma en que se estructura el campo de estudios que nos ocupa. Al mismo tiempo, se distingue un buen corpus bibliográfico ocupado de los alrededores productivos de dos capitales de provincia importantes como Rosario y Córdoba. Por citar algunos ejemplos concretos, Albanesi et al. (1999) y Propersi (1999) se ocupan de la horticultura en las cercanías de Rosario (Santa Fe). También el caso de la capital de Córdoba y sus inmediaciones recibieron atención (Díaz Terreno, 2011; Giobellina y Quinteros, 2015).

Más allá de estos espacios, se vertebran miradas menos recurrentes, pero de forma progresiva robustecidas. Algunas referencias resultarán ilustrativas. Sobre el periurbano del Gran San Miguel de Tucumán, estudiado con interés sobre la calidad de vida de su población, en dinámico crecimiento, encontramos el trabajo de D’Arterio y Magalhaes (2010). Más recientemente, Salomón se centra en el periurbano de Comodoro Rivadavia. Analiza sus dinámicas en conjunto con las migraciones y el desarrollo local, y encuentra que la construcción de este espacio es una “herencia de la inmigración […] donde la memoria se construye y reconstruye” (Salomón, 2015: 170).

Los ejemplos se multiplican, pero una idea bastante completa acerca de cómo avanzan los estudios en diferentes escenarios del país lo brinda el libro de resúmenes del Primer Encuentro Nacional sobre Periurbanos e Interfases Críticas, realizado en la ciudad de Córdoba en 2017 (Tittonell y Giobellina, 2018). Una valoración de los aportes permite comprender el peso significativo que tiene la preservación de recursos naturales y la sustentabilidad de las producciones.

Al final de este sucinto recorrido es importante notar que las producciones en general se focalizan en el periurbano bonaerense, pero más específicamente, en el caso del Gran Buenos Aires y Gran La Plata. Hay un corpus de trabajos orientados al Gran Rosario, Córdoba o el caso de Bahía Blanca. Sin embargo, aún resta trabajo por extender los esfuerzos hacia otras zonas aún subexploradas.

Más allá de estas investigaciones, muchas de las cuales componen el dossier de académicos con años de experiencia en el campo de estudios, es interesante tener en cuenta qué vertientes están explorando investigadores en formación. Esto permitirá desvelar cuáles son las preocupaciones más actuales, qué líneas se fortalecen y qué novedades se introducen. Una buena forma de hacerse un panorama al respecto es indagar en las becas doctorales en curso, otorgadas por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en los últimos años.

Una gran parte de los proyectos doctorales financiados fueron reconocidos como temas estratégicos. En esa línea se destacan los avances en la relación entre producción, ordenamiento territorial y desarrollo local, y más específicamente, desarrollo sustentable de espacios periurbanos. También hay abordajes sobre la cadena productiva con foco en los canales de comercialización. Si bien la periodización que se observa se sigue manteniendo desde la primera década de 2000 en adelante, se percibe la multiplicación de recortes espaciales más diversos que trascienden las realidades bonaerense y platense que predominan. En ese sentido, se encuentran en curso formaciones doctorales sobre el periurbano de la ciudad de Córdoba, los entornos del Gran Chaco, el área metropolitana de la capital de Mendoza y de Misiones. Es interesante observar también que entre estos últimos los enfoques exceden el ámbito productivo y se dedican a las relaciones socioculturales en contextos escolares, las relaciones interétnicas y la subjetividad juvenil en barrios periurbanos.

Reflexiones finales

La importancia del estudio del periurbano, y todo lo que puede quedar comprendido dentro de este complejo y cambiante concepto, parece ser una discusión fructífera y acreditada. El carácter altamente dinámico, escurridizo y, en buena media, indefinible, no oculta, por otro lado, el hecho de que importantes procesos tienen lugar dentro de estos marcos. En un contexto de redefinición que lo rural ha transitado, desde los términos de una oposición de lo urbano, hacia las gradaciones de una interrelación, llegando a fundir las barreras de distinción entre un mundo y otro. En suma, la importancia y la complejidad que implican estos espacios son dos rasgos inexpugnables a la hora de pensarlos.

El periurbano se configura como un conjunto de territorios donde se manifiesta una diversidad de procesos. Son demográficamente muy dinámicos, verdaderos laboratorios de los ciclos migratorios en Argentina en diferentes etapas, que constatan ingresos y egresos poblacionales confluyentes. Se trata, en suma, de analizar espacios en los que se fueron afianzando “procesos que le dieron nuevos sentidos a la vida de ciertos colectivos” (Attademo y Ringuelet, 2008: 2), porque “el espacio ‘material’ no existe en sí mismo, sino que se encuentra siempre en relación con la manera en que él es “descripto, apropiado y vivido” (Glessener y Kmec, 2010: 2, citado por Jacinto, 2012: 4).

Pero también son espacios de deudas, de ausencias. Con alta frecuencia, suelen estar expuestos a carencias de servicios básicos que repercuten en la calidad de vida de sus habitantes. Incluso, se registran como espacios donde reverberan hechos de inseguridad que se ven atravesados por la ausencia estatal que data de varias décadas. El periurbano del Gran Buenos Aires constituye un ejemplo claro. De hecho, en partidos como Florencio Varela y La Plata las demandas por luz eléctrica y gas natural se desarrollaron con resultados diversos, aunque dilatados en el tiempo. Y la inseguridad se configuró como una de las circunstancias que más reclamos ha recabado desde 1970 en adelante en la toma de medidas específicas sobre asaltos, robos y otros hechos similares (De Marco, 2018a).

En Argentina, el área de estudios centrada en estas cuestiones, aunque ha percibido importantes aportes desde su consolidación a finales de la década de 1980, se encuentra en una etapa de dinámico desarrollo con buenas perspectivas. Pero aunque los hallazgos derivaron en lecturas valiosas, su curso se presenta bastante focalizado temática, temporal y espacialmente. En efecto, se constata un encuadre en el análisis de espacios pampeanos, especialmente aquellos circundantes a la Capital Federal y a la capital de la provincia de Buenos Aires. Asimismo, la periodización que abunda se centra precisamente en explorar la etapa que coincide con la consolidación del campo de estudios (1980-2000).

Esta condición circunscripta significa una limitación, pero también un estímulo, para contemplar otras realidades, como se constata que progresivamente que está sucediendo. La descentralización de los estudios, a medida que se vertebra con más fuerza, permitirá visualizar la situación de los espacios periurbanos desde múltiples perspectivas, valorando los casos, los sujetos (pues son estos los que construyen el espacio a través de las fuerzas productivas y las relaciones de producción) y la dimensión local (Signorelli, 1999) desde puntos de vista que articulen diferentes escenarios y procesos contemporáneos en el país. Por eso, una mirada microscópica se plantea como un modo de estudiar las políticas públicas en este tipo de espacios, una arista compleja, dado que la intervención del Estado en estos territorios se ha mostrado fragmentada, difícil e incompleta (Butterworth, Bustamante y Ducrot, 2007).

Un abordaje más aglutinador y complejo sobre los sujetos sociales que transitan el periurbano aún es un objetivo por cumplir, para dar cuenta de lateralidades y marginalidades dentro de los bordes de por sí invisibilizados. Específicamente, enfoques que particularicen sobre la condición infantil y femenina enriquecerían sobremanera los estudios actuales. Como se ha señalado, sería indispensable reforzar una mirada retrospectiva con vistas a un desarrollo del área de estudios que pueda profundizar en aspectos aún poco explorados. Parece importante darles mayor entidad a los trabajos históricos, que permitan trazar una línea más evidente en el derrotero de este tipo de espacios, para identificar el curso de los procesos sociodemográficos, políticos, productivos y económicos. Finalmente, resulta indispensable entretejer vasos comunicantes entre los trabajos históricos y los más nuevos, para darles densidad a las explicaciones más recientes.

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