Reflexiones sobre la perspectiva regional/local
Sandra Fernández (CONICET/UNR)
En busca de un camino
La perspectiva de los estudios regionales y locales en la historiografía argentina es lo suficientemente importante para considerarla un enfoque de interés en los estudios rurales en su conjunto. El giro “regional” en la investigación histórica puede datarse en el segundo quinquenio de la década de 1980, donde se abren cátedras en buena parte de las carreras de Historia de las universidades nacionales, dedicadas a la historia regional, la investigación regional, etcétera. Pero tal giro también obedece a la presentación y consecución de proyectos de investigación que iban a trabajar con problematizaciones derivadas de las diferencias y/o excepcionalidades regionales y locales en relación a procesos históricos, como la organización y consolidación del Estado nacional, la gestación del modelo agroexportador, los orígenes del movimiento obrero, entre otros. La necesidad de justificar el recorte y dotar de entidad a los supuestos sobre los que se desarrollaban los planteos del examen empírico llevó a una preocupación por intentar delimitar la referencia a lo regional, y por supuesto también, a lo local, evaluado además por la influencia de las historiografía europea y latinoamericana y las provistas por la historia urbana, entre otras.
Los estudios rurales no representan una excepción en esta trama historiográfica. Influenciados por el desarrollo de la historia económica en el horizonte historiográfico argentino, sus estudios tomaron a la región o la territorialidad como problema central de abordaje, insistiendo en un abordaje interdisciplinar para encontrar respuestas a los interrogantes sobre la evolución de la cuestión agraria en la Argentina contemporánea.
Desde una perspectiva general, la ampliación en el escenario argentino del conocimiento sobre realidades “regionales” que podían confrontar, acompañar y aun entrar en contradicción con las interpretaciones tradicionales alrededor del hecho nacional fue un elemento articulador de aproximaciones analíticas que comenzaron a diferenciarse de una historiografía dominante. En los noventa, entonces, a la vasta producción empírica se le iba agregar una sorda discusión sobre la pertinencia y alcances de la llamada historia regional, así como un franco choque con las líneas de fuerza propuestas desde los aportes realizados por los historiadores del hecho nacional. Pero si algo faltó en esos años, fue concentrarnos mucho más en la discusión sobre líneas historiográficas y teóricas que resultaban fundamentales para proseguir con los estudios regionales y locales. La historiografía argentina inició su etapa de mayor producción, en cantidad y calidad, pero de forma sistemática se rehusó a enfrentar reflexivamente su propia dinámica de acción.
Singularmente, en el campo de la historia agraria, los años noventa representa una época en la que se comienza a investigar de forma sistemática y comparativa sobre economías regionales, y de esta manera se supera la omni-presencia del área pampeana, no solo como eje analítico superlativo, sino en términos de pensar estrategias de interpretación intra e interregional. Aquí lo nacional y lo regional se convierten en un núcleo de tensión alrededor de la construcción de hipótesis y delimitaciones de problemas, así como también de perspectivas de larga o corta duración para interpretar procesos históricos complejos que involucraban sistemas productivos, ocupación del territorio, procesos de trabajo, circuitos de comercialización.[1]
El marco del Estado nacional omnipresente fue no solo una excusa editorial para satisfacer al mercado, sino también una impronta de la gestión del campo historiográfico profesional que hacía que ciertos “espacios” y “lugares” tuvieran atributos nacionales, y otros solo “delimitaciones” regionales, provinciales o locales, con la consecuente jerarquización de tales estudios. Si en el mejor de los casos implícitamente estas investigaciones exploraban los radios semánticos y teóricos del uso de “escalas”, la conceptualización del espacio, la justificación de la delimitación del lugar, la discusión nunca alcanzó ribetes de un intercambio de ideas generalizado que provocara un balance posterior. En paralelo, desde los estudios regionales y locales, se inició un proceso que llevó a enunciar y definir cuáles eran los alcances de su perspectiva de investigación, y allí sí se buscaron variables comprensivas para explicar cómo se gestaba y producía la investigación de cuño regional y local.[2] Los estudios agrarios se inscribieron en esta última línea, al insistir sobre los análisis intensivos de realidades regionales abocándose a sistematizar la carga empírica de las investigaciones y las definiciones en torno de lo regional para justificar de forma adecuada el paradigma interpretativo. Dos ejemplos de los muchos que se podrían consignar emergen como referentes. El primero, referido al desarrollo de la economía azucarera, es muy significativo, ya que no solo pone en cuestión la importancia de tal monoproducción y sus alcances e impacto político y social, sino la transformación de los recortes territoriales[3]. Un caso similar es el de la Norpatagonia, que produjo un corpus de conocimiento alrededor de la constitución de los mercados de tierras, capitales y trabajo, la reorientación atlántica de su economía sobre mediados del siglo XX, las características particulares de la configuración regional del Estado nación. En ambos casos, además, se profundizó en el escenario metodológico de cómo pensar y de cómo hacer operativo el concepto de región definiéndolo a partir de los alcances del objeto de análisis.[4]
El debate mostró que el tema de los estudios regionales y locales eran una preocupación al interior de la historiografía argentina. Reivindicarlos o ponerlos entre paréntesis conllevaba, además de una posición de política académica, el interés por comenzar a discutir la importancia de la búsqueda de su estatus teórico metodológico, en un contexto donde la producción escrita expresaba las transformaciones que los presupuestos interpretativos dominantes estaban teniendo en el medio. También puso al enfoque regional/local y sus representantes en la disyuntiva de explicitar cuál era la definición, los alcances, los límites y las contradicciones que los análisis realizados estaban teniendo; así como también hizo evidente la escasa sistematización de la bibliografía propuesta desde los estudios regionales y locales, y de manera concomitante la imposibilidad de establecer los puntos de contacto y divergencia al interior de tal producción. Pero lo que la puesta en común también expuso fue la integración de las discusiones que se estaban suscitando en Europa y Estados Unidos sobre lo global, lo nacional, lo regional y lo local de la mano de la Global History, la historia conectada, la historia local, la microhistoria…[5] líneas que al fin introducían formas de acercamiento al objeto que involucraban cuestiones de índole metodológica alrededor de la definición de la escala de análisis, el recorte territorial, así como –y esto no es menor– el descubrimiento, la selección, el tratamiento de fuentes para abordar lo local y lo regional. La aproximación a “viejas” fuentes en clave regional/local, la recuperación de colecciones privadas, archivos de matriz institucional local, entre otras, mediadas todas por una óptica fresca para abordarlas en una clave que no pretendía generalizaciones forzadas.[6]
Por ello, se elige una estrategia de presentación, que más que proponer una definición de los estudios regionales y locales, pretende transitar algunos tópicos que considero son solidarios a la historia regional y local, y que alcanzan también a los estudios rurales. En la búsqueda de ese camino, me parece entonces que se deben examinar al menos tres problemas que recorren la literatura de la historia regional y local, en particular en sus consideraciones metodológicas: la escala, el espacio y el lugar; y solidariamente también la reflexión sobre las fuentes. Se trata de perspectivas que sirven de referencia no solo para encontrar respuestas, sino para plantear nuevos interrogantes y buscar soluciones analíticas que permitan, al fin, mejorar nuestro marco de investigación.
Ver de cerca, ver lo pequeño, ver lo diferente
Sería extenso detenernos en el debate historiográfico alrededor de la escala, pero es importante esbozar alguno de los nudos que la problemática establece. Primero, la cuestión sobre lo micro y lo macro; segundo, la tensión entre lo global, lo nacional y lo regional, lo local, y –aunque parezca obvio– la cuestión de lo pequeño y lo grande.
Los usos de las escalas de análisis se adaptan muy bien a los abordajes que rompen el paradigma del Estado nacional como horizonte omnipresente de la pesquisa. La frase hecha cuanto menor, mejor dice mucho alrededor de la intensidad que la elección de la escala propone al momento de llevar adelante la recopilación de la información, la formulación de hipótesis y el proceso de interpretación y elaboración de resultados. Por eso no es de extrañar que en estos últimos veinte años la investigación regional/local se haya nutrido bastante tanto de los estudios que intentan superar el marco de las historias nacionales como de los aportes de historiografías que durante los años noventa del siglo pasado y la primera década del siglo XXI se han esforzado por discutir y elaborar estados del arte y justificaciones metodológicas alrededor de la escala (Fernández, 2018: 14-15).
Las influencias han sido muchas, en particular de la historiografía europea a partir de la presentación de dos tópicos sobre los cuales es necesario hacer énfasis. En principio, la idea de la escala. Desde la más ingenua idea del microscopio, pasando por la metáfora de la red de pesca, hasta la más compleja concepción de Bernard Lepetit (2015: 93) sobre la escala arquitectónica, los microhistoriadores europeos han influenciado mucho el referente de la escala de tratamiento como problema tanto desde un plano metodológico como instrumental. Hace ya más de veinte años, Jacques Revel (2015) compiló un texto señero: Jeux d’échelles. La mycroanalyse à l’expérience.[7] El texto proponía un debate sobre la relación de los enfoques micro y macroanalíticos, y establecía a lo largo de sus páginas dos visiones del conjunto; una mirada que colocaba en un plano superior a la dimensión micro, y otra que, sin privilegiar una sobre otra, ponía el énfasis en el “juego” de las escalas o la consciente variación entre las escalas. En ambas prima la consideración de que el ajuste de la escala es fundamental para abordar un objeto de estudio, que entre lo particular y lo general existe un vínculo y que tal vínculo puede establecerse desde la paridad o la jerarquía.[8]
Agudizar la mirada, poner el foco y concentrar la lente han sido expresiones emanadas desde esta corriente para demarcar las formas de pensar el problema de estudio y la delimitación de los corpus documentales. La microhistoria articula muy bien las dos primeras metáforas, en particular en textos señeros de la corriente: Revel (1995, 2015), Grendi (1977, 1996), Levi (1993, 2018), Ginzburg (1995, 2004) y Ginzburg y Poni (1991), y por supuesto en la compilación ya citada de Revel, así como los análisis sobre la corriente explicitados en los textos de Serna y Pons (1993, 2000). Si el microscopio introduce la idea de la mirada intensa sobre lo que a simple vista no puede verse ni reconocerse, la red lo hace en especial para imponer un recorte asociado a la cantidad, pertinencia y calidad de las fuentes a examinar. La adecuada selección de las fuentes para el acercamiento historiográfico es el gesto metodológico esencial para llevar adelante la investigación tanto microhistórica como regional/local (Fernández, 2015).
Pero también lo que la cuestión de la escala proponía era algo que estaba presente en las proposiciones microanalíticas de Edoardo Grendi (1996: 13-17): la radical oposición a la escala de observación macro que se pensaba más que ninguna otra como la variable adecuada para hacer fructificar analógicamente en el trabajo histórico. Angelo Torre lo define con exquisita claridad:
En esta configuración resultan inapropiadas tanto la ecuación (micro = local) como la contraposición (pequeño vs. grande). Ambas olvidan que no se trata de objetos, sino de escala: lo local y lo micro no son “pequeños”, “se ven de cerca”, así como lo global y lo macro “se ven de lejos” (Torre, 2018: 39).
Por su parte, Levi dirá:
Si queremos entender la Microhistoria, podemos decir que parte de una imagen de la historia como la ciencia de las preguntas generales pero de las respuestas “locales”; es decir, no apunta a generalizar respuestas, sino que, a través de un hecho, un lugar, un documento, un acontecimiento –leídos gracias a una ampliación de escala en un microscopio–, quiere identificar preguntas que tienen un valor general, pero que dan lugar a un amplio espectro de respuestas diferentes. Se emplean, en fin, como método, modelos generativos, elaborados a partir del examen minucioso de una realidad para generar e identificar una pregunta relevante para muchas realidades y que permita y preserve sin embargo las muchas soluciones diversas de casos específicos (Levi, 2018: 22).
El ambiente historiográfico donde se desarrolla todo este aparato de justificación teórica y metodológica tiene un marco historiográfico que cuestiona profundamente la visión de la historia total y, en particular, el horizonte de la historia nacional como marco descriptivo fundamental. Es por ello que en simultáneo a las disquisiciones alrededor de la escala, es importante hacer referencia a la problemática del Estado nacional como único escenario para la perspectiva de investigación historiográfica. Las naciones son artefactos que están muy ligados al surgimiento de la historia como disciplina científica, y en el caso de América Latina, han constituido una herramienta fundamental para definir identidades, otorgar argumentos para la consolidación del Estado nación.[9] Pero además, la perspectiva de “lo nacional” en muchos espacios, y por sobre todo en Argentina, por lo pronto han justificado de forma simplista la cuestión de la escala de análisis, introduciendo de forma acrítica categorías como global, nacional, regional, local, semejante a una “muñeca rusa” historiográfica. También es importante señalar que esta aproximación nacional no convence a los que sostienen por un lado que el archivo siempre es local, y que la textura metodológica de tratamiento de los documentos debe adecuarse a la unidad de análisis.
La historia agraria no se sustrajo al debate. Noemí Girbal señala que una de las tareas pendientes en esos momentos “es demostrar la interdependencia de las variables económicas, políticas, sociales, culturales y ecológicas en la conformación de los procesos que dan consistencia y singularidad al ámbito rural para cada espacio regional” (2013: 127); ya que la propia evolución histórica del Estado nación argentino muestra el esfuerzo puesto por parte de la dirigencia y de los actores sociales en general en preservar el “país rural” por encima de economías alternativas.
Muchas son las referencias que debemos señalar para justificar una aproximación metodológica. La crisis del paradigma de la historia total hizo que se agudizaran las miradas para interpretar realidades que habían estado por lo pronto opacadas en la historiografía dominante. Por ejemplo, la historiografía española no solo cuestionó profundamente la impronta que el annalismo había tenido sobre ella, sino que se permitió de manera más libre dialogar con tradiciones consolidadas, como el marxismo y la Local History británica[10], y otras en pleno proceso de eclosión, como la voluble microhistoria italiana, y así gestó una posición muy interesante sobre lo local. Los presupuestos vertidos por Casanova, Terradas, Serna y Pons sintetizan los lineamientos generales de la historia local española que más tributaron al espacio académico vernáculo. La disyuntiva de la historiografía española en este sentido es que la aproximación regional/local no confirma procesos generales como reflejo de lo macro, sino a partir de la interpretación de lo específico, poniendo en cuestión las afirmaciones producidas desde la historia nacional. Si Casanova (1999) pone el énfasis en la tensión metodológica alrededor de la generalización y en la cuestión de la historia nacional como fórmula preponderante, Terradas (2001), por su parte, pone el acento en la comprensión desde lo local y lo regional de lo que sucede en un nivel mayor, “a través de una sociedad, un país, una cultura, un mundo…”. Serna y Pons (2002, 2007), quizás oficiando casi como una síntesis al proponer una mirada más teórico-metodológica del asunto, señalan con mucha claridad que lo local y lo regional, en tanto categorías socialmente espacializadas, tienen importancia comprensiva paradójicamente a partir de la conciencia de su artificialidad, y por lo tanto el peso de los conceptos se encuentra no solo en un espacio físico, sino en el diseño de un tipo de investigación específica (historia regional y local). Desde esta última perspectiva, lo macro también puede estudiarse desde lo local. La meta, entonces, de toda investigación regional/local, para estos autores, no ha de ser solo analizar la localidad, la comarca, la región, sino sobre todo estudiar determinados problemas en esos espacios, con un lenguaje y una perspectiva tales que la transposición del objeto implique una verdadera traducción, la superación del ámbito identitario (Fernández, 2015).
Pero lo nacional también ha sido puesto en jaque por una corriente que, escasamente transitada en el escenario argentino, tiene una relevancia muy importante a nivel internacional: la Global History. Este enfoque es tributario de los cuestionamientos a la hegemonía del enfoque del Estado nación en la historiografía, pero también lo es del contexto académico post-caída del muro de Berlín. Tal como afirma Jeremy Adelman (2017: 2-4), desde fines del siglo pasado, los investigadores, en especial de habla anglosajona, se subieron oficialmente a bordo de una nueva perspectiva de análisis que tenía como una de sus metas eclipsar el núcleo siempre nacional de los abordajes. Historia significaba historia de la nación, sus pueblos y orígenes. A pesar de la fuerte irrupción de la historia social y cultural en torno de componer nuevos universos analíticos, el marco continuó siendo principalmente nacional; los historiadores aún escribían libros sobre la construcción de la clase trabajadora inglesa o la conversión de los campesinos en ciudadanos franceses. La noción de divisiones que no se tocan, no obstante, parecía incesantemente extraña con el presente claro y con tendencia a la fusión; y movilizó a una nueva generación de historiadores para ir más allá del antiguo marco comparativo con base en civilizaciones que pondría el énfasis en el entramado de intercambios y encuentros; ya que el eje sobre el que se instalaba la historia global era la dependencia entre sociedades, colocando entre paréntesis a los Estados nación. Si la globalización abrió sus fronteras a los occidentales y a aquellos provenientes del resto del mundo, los historiadores globales no estaban tan solo interesados en los contactos, sino en la forma en que los países y regiones se delineaban unos a otros.[11] Por otro lado, la historia global no significaba contar todo lo que ocurría en el mundo. Lo que era global no era el objeto de estudio, sino el énfasis en las conexiones, la escala y, por encima de todo, la integración.[12]
Expresiones como las vertidas por el Journal of Global History (una de las más prestigiosas revistas del área) para justificar la perspectiva insisten en que es una meta abordar los principales problemas del cambio global a lo largo del tiempo, junto con las diversas historias de la globalización; así como también examinar las contracorrientes de la globalización, incluidas aquellas que han estructurado otras unidades espaciales: “La revista busca trascender la dicotomía entre ‘Occidente y el resto’, sobrepasar las fronteras regionales tradicionales, relacionar el material con la historia cultural y política y superar la fragmentación temática en la historiografía” (Drayton y Motadel, 2018).
Sintéticamente, la historia global nos remite a interacciones, a transformaciones de las unidades espaciales que se vinculan, favorece una historia que se centra en relaciones, interacciones e interdependencias suprarregionales y transfronterizas de todo tipo, y sus repercusiones en diversos ambientes locales y regionales, cómo se han desbaratado y reconstruido a lo largo del tiempo. Pero además ha construido narrativas que explican la organización del mundo en centros y periferias. Para simplificar, podemos decir que lo global no es la suma de los infinitos locales de los que se compone espacialmente, sino algo más complejo, con capacidad de plasmar cada uno de ellos (Hausberger y Pani, 2018: 180-181). Se infiere así que los espacios no son “iluminados” de la misma forma; y las fuentes son relevadas en clave de universales, en general recortadas en corpus de matrices occidentales o de “zonas de contacto”.[13] Lo opaco, lo que no se mueve, lo que no se registra en la fuente hegemónica queda en estado de ausencia o latencia.
Adhiriendo a los dichos de Christian De Vito (2015: 816), esta perspectiva acaba por impedir la exploración de las relaciones entre sitios en el espacio accidentado de la historia solapando irresponsablemente el nivel de análisis (micro/macro) con la extensión espacial de la búsqueda (local/global) y por postular la subdivisión de las tareas entre un nivel macroanalítico, capaz de comprender las estructuras, y un nivel microanalítico, dirigido a comprender la agency. Lo que De Vito marca es la oposición entre quienes sostienen la historia global y los practicantes de la microhistoria: a las aproximaciones anchas de los primeros, los pequeños objetos de los segundos supondrían un obstáculo.
Sobre este último aspecto, Romain Bertrand (2015: 18) nos alerta sobre que la retórica de la talla de los objetos esconde algo fundamental: el metro está en la mano del historiador y no en la del actor. La cuestión de la articulación de lo macro y lo micro no es insoluble, sino a un nivel elevado de generalidad donde se cree en una realidad objetiva, totalmente exterior a la fuente, de los estadios de análisis. Al contrario, siempre se encuentra una salida para tal articulación cada vez que es tratada a nivel de la experiencia de los actores: “cuando el historiador o el sociólogo no delimita de antemano los ‘mundos vividos’ de los actores sino que los deduce de las prácticas que los constituyen, dotándolos de una pertinencia para la acción”.
La asimilación simplista de lo micro con lo local, y lo macro con lo global, es la misma cuestión que se presentaba con lo local y regional versus lo nacional. La definición de la escala, la delimitación del objeto, el compromiso contextual, la conceptualización adecuada, la instrumentalidad metodológica sobre el uso de las fuentes deben ser el ámbito donde plantear la investigación, y donde se define el tema del espacio y el lugar. Específicamente para el caso de lo rural, el cambio de escala permite ampliar el juego comparativo relativo a la diferenciación de los referentes territoriales que implican modelos económicos y sociales singulares. Por otro lado, aportan una resignificación del concepto territorial de las delimitaciones operativas en un plano metodológico, lo que otorga una mejor aproximación a la visibilización de las relaciones sociales como constructos operacionales en el plano espacial.
Del espacio al lugar
La idea de escala no deja de ponernos incómodos porque exige que definamos la noción de espacio que entraña una elección metodológica. En principio porque lo que habitualmente enunciamos como espacio puede tener tanto que ver con una construcción simbólica definida en términos muy amplios como una dimensión concreta, jurisdiccional o territorial. Las historiografías que hacen referencia a lo “micro” y a lo “macro” utilizan categorías espaciales; pero ¿las “formas” de ese espacio referenciado son comparables?, ¿el espacio es conceptualizado a priori o responde a los resultados de la investigación? Es evidente que no, y por ello la importancia de su delimitación.
La transitada frase de la “construcción social” del espacio marca una tendencia que piensa al espacio como relacional, como el escenario donde las relaciones sociales se desenvuelven, con sus conflictos y desacuerdos. Buena parte de las aproximaciones que se observan en la vasta producción de los estudios rurales, fundamentalmente en estos últimos veinte años, tiene que ver con la reconstrucción de la trama que construyen los sujetos sociales, permitiendo la caracterización de las relaciones de poder que sustentan las políticas públicas “entendiendo que ellas surgen de un tejido complejo de vinculaciones, estructuras, capacidades de gestión de recursos y de control sobre los grupos sociales” y que no se manifiesta al margen de fenómenos como la sociedad del conocimiento, el cambio tecnológico, el agronegocio, la estructura burocrática y la marginalidad (Girbal, 2013: 130).
Tales debates, como afirma Torre (2018: 40-43), son tributarios de una concepción del espacio constructivista y el análisis simbólico es entendido no tanto como un dato objetivo, absoluto, sino como el medio común para la construcción del sentido, y de este modo se presenta como una dimensión comunicativa: son las acciones y las prácticas las que lo llenan de connotaciones y lo hacen existir. De tal forma, el espacio de las microhistorias, por ejemplo, podría ser, en palabras de Torre:
el de una comunidad (Levi) o el de una ciudad (Cerutti), el de un valle (Ramella y Merzario), el de una familia (Modica), el de un pueblo (Gribaudi), el de una institución (Cavallo, Guarnieri), pero se trata sobre todo de un ámbito de relaciones, ojalá localizado con precisión (Torre, 2018).
Se lo puede explicar en términos de redes, de árboles, de clases, de movilidad social, pero no se trata tanto de un espacio físico como de la extensión de una modalidad: es una “construcción lógica”.
Aquí estamos en un terreno “antropológico”: la reconstrucción histórica a través de la exploración de las prácticas sociales, donde es posible recuperar por ejemplo las formas que traducen la competencia territorial (confines); las variadas formas que expresan tanto la “pertenencia” como la microconflictividad territorial y así sucesivamente. Por ello es interesante poner de relevancia cómo todas estas formas de acción expresivas, que postulan esquemas de valores compartidos socialmente, están estrechamente ligadas al espacio, al lugar, al territorio; esto es, a referentes a menudo descuidados por la tradición historiográfica (Grendi, 1996: 7-9).
La dimensión del “lugar” parece constituir el desafío más exigente: si hay una palabra clave en el surgimiento del spatial turn, es que el lugar es el que explica en cualquier nivel semántico la importancia de la dimensión local.[14] Es justamente considerando este aspecto de la discusión que nos damos cuenta de cómo localidad no tiene ninguna analogía con la “localización”: “lugar” tiene una relación problemática con el “espacio”. El spatial turn privilegia un espacio abstracto, figurado, metafórico, visual, y pierde de vista el espacio concreto, vivido y denso de prácticas que es objeto de estudio en las tradiciones precedentes. Si se piensa el espacio en términos metafóricos, es posible limitarse a imaginar que la interacción con el exterior “produce” el lugar, mientras que en el caso de un espacio concreto, el procedimiento requiere fatigantes recorridos analíticos entre las fuentes de archivo jurisdiccionales, notariales, cartográficas, observacionales, y sobre todo, exige una aproximación interdisciplinar a la localidad, por las múltiples competencias necesarias para comprender todas las dinámicas presentes en un lugar (Torre, 2018: 44-54).
Es posible inferir entonces que el espacio puede ser claramente una abstracción que nos guía en la organización de una investigación, o puede estar “localizado” en términos de corporización territorial. El lugar adquiere otra relevancia porque también explica la delimitación del objeto de estudio, y de este modo guarda una vinculación sustancial con el espacio simbólico que recortamos en una investigación. De alguna manera, el lugar adquiere, o mejor aún, se identifica con la acepción concreta del espacio.
Por otro lado, el término “lugar” no se puede emplear simplemente para designar un “punto en el espacio”. Los lugares son los escenarios de interacción, y a su vez los escenarios de interacción son esenciales para especificar su contextualidad. El estar juntos de la co-presencia exige medios que permitan a los actores coincidir. La corporeidad del agente, aun en este mundo marcado por la virtualidad, es una exigencia para la acción social. Las normas y el poder operan en un plexo complicado de relaciones sociales localizadas (Giddens, 1995: 74).
Esta consideración satura entre función y significado: el espacio de los lugares también enfrenta el ejercicio de dominación desde la territorialidad en términos jurisdiccionales, estatales y administrativos; y de este modo, nos pone en la disyuntiva del recorte conceptual y concreto de temas y problemas de estudio desde perspectivas espacializadas o localizadas.Por otro lado, cualquier estudio que se haga tomando como referencia un espacio concreto es, en realidad, un análisis de relaciones sociales producidas en una coyuntura histórica determinada. Para la historia, las unidades espaciales no tienen sentido en sí mismas, sino en cuanto a las prácticas sociales y culturales, particulares y específicas, que se conjugan en ellas en una temporalidad que ajusta sus alcances explicativos (Dalla Corte y Fernández, 2001: 218-219). Las diversas unidades dirigen nuestra atención hacia procesos distintos; esto es, las diversas unidades no son meras ventanas abiertas hacia el mismo objeto, sino que cada ventana nos permite ver procesos que quizá quedarían ocultos desde las demás. Ninguna unidad, pues, es superior por sí misma. Algunas, sencillamente, nos permiten generalizar, mientras que otras nos animan a ser más específicos. Esto también significa que nuestra elección final –qué incluimos y qué dejamos fuera– dependerá de las unidades elegidas. En todos esos niveles, se vislumbran dimensiones distintas del problema y esto no equivale a una exigencia de estudiar todos los posibles niveles distintos al mismo tiempo (Conrad, 2017: 668-671). El resultado de detenernos en esas argumentaciones lleva a que no solo debamos preocuparnos por las unidades de análisis, sino por sus contextos históricos de producción. La propia existencia de una región o localidad concita a pensar en el carácter construido de una entidad territorial, y por lo tanto siempre es necesario estudiar los procesos que hicieron posible su existencia. Por ejemplo, la concepción convencional de las unidades nacionales se basa en imágenes de autosuficiencia y autarquía, pero el estudio de larga duración de la aparición histórica de tales entidades espaciales desafía tal autonomía.
Debemos pensar entonces que la tensión entre el lugar y el espacio no lleva consigo problemas de escala, sino de acercamiento, de accesos para la observación. Desde esta perspectiva abonada por los colegas valencianos, Serna y Pons:
estudiar no es sin más confirmar procesos generales. De ahí que no aceptemos aquella afirmación según la cual lo local es un reflejo de procesos más amplios… si estudiamos este o aquel objeto en esa o en aquella comunidad no es porque sea un pleonasmo, una tautología o una prueba más repetida y archisabida de lo que ya se conoce, sino porque tiene algo que lo hace irrepetible, que lo hace específico y que pone en cuestión las evidencias defendidas desde la historia general (Serna y Pons, 2002: 125).
Por lo que desde esta afirmación se insiste en que desde lo cercano pueden formularse cuestiones generales. La reducción del objeto define un proceso de investigación y de elección de datos, por lo que optamos por una determinada escala porque creemos que ofrecerá resultados más significativos; esto no quiere decir que al usar distintas escalas tratemos cosas diferentes porque el historiador no captura, sino que representa (Serna y Pons, 2007: 23-28). Serna y Pons siguen de alguna manera los presupuestos de Geertz, que atiende a que lo importante no es “fijar” un caso particular en las páginas de un libro que no supere los límites de una localidad, sino “ir más allá” y contrastar, cuando es posible en términos de conmensurabilidad, casos diferentes. Así, no se renunciaría a la generalidad, sino que se podrían explicar grandes texturas situándolas en marcos locales de conocimiento, oscilando entre “los pequeños imaginarios del conocimiento local y los grandes de todo propósito cosmopolita” iluminando en un continuo equilibrio dialéctico lo local y lo global (Geertz, 1994: 89).
Casanova (1999: 18) señala que ninguno de los grandes temas que han presidido la evolución de la historia social –desde los movimientos sociales hasta la demografía, pasando por los análisis de clases– ha podido escapar a esa reducción del campo de observación y de la escala, a esa necesidad de limitar la medida del tiempo y del espacio para explicar mejor las mutaciones históricas. Se supone que el ámbito local es el espacio realmente vivido, el terreno “conocido y pisoteado”, al que es necesario conocer para poder entenderlo (Fontana, 1991: 66), y que su asunto “suele ser de espacio angosto y de tiempo largo, y de ritmo muy lento” (González, 1997: 27).
¿Hay otras fronteras, no propiamente físicas ni psicológicas, que nos permitan delimitar el espacio local? Aquí tropezamos otra vez con una barrera infranqueable: cuando aludimos a fronteras administrativas, lo local varía en función de si lo atribuimos al municipio, a la provincia o a la región. En este caso, puesto que no hay una sola, ni siquiera la barrera administrativa es un criterio universal que permita designar de común acuerdo. Por eso mismo, los historiadores podemos estar tentados de imponer categorías espaciales contemporáneas a nuestros antepasados indefensos. En ese sentido, es necesario ser conscientes de cómo se elabora un determinado referente espacial para así ponerlo en relación con la percepción que de ese mismo espacio tenían aquellos que son objeto de nuestro estudio (Serna y Pons, 2002: 128).
El lugar es el escenario privilegiado como ámbito de identidad, como espacio de resistencia y de petición de derechos, de conflicto, como continente de expresión privilegiado de la sociabilidad en sus múltiples formas. En ese franco proceso de construcción social, la recuperación del territorio planea el debate de los espacios y lugares jurisdiccionalmente delimitados como escenario de las prácticas y las agencias. Este es un atributo que no puede escamotearse en la investigación histórica, y los estudios locales y regionales, aun con deficiencias y de forma parcial, contribuyen a completar un panorama que se advierte como fundamental en la composición de una historiografía en el siglo XXI.
El poder del archivo
Las fuentes son un punto sensible para la perspectiva local y regional. Es un dato dado la importancia de una multiplicidad de corpus y colecciones que nutren la investigación apegada a cuestiones relativas a “lo local”, “lo regional”, “lo micro”. Pero además porque la perspectiva local y regional cambia el modo de leer los documentos. Mientras que una historia institucional (económica, jurídica, política, etcétera) privilegia una lectura tipológica de las fuentes, la historia local y regional exige una perspectiva topográfica, o, para decirlo mejor, la hace posible. La lectura topográfica de las fuentes permite restituir a la espacialidad el pragmatismo que otras perspectivas le restan, en el sentido de que subraya la co-presencia en el espacio de fenómenos (Torre, 2018: 54).
Los espacios y lugares dotan de sentido a las fuentes, las hacen hitos para comprender procesos, comparar eventos y establecer secuencias de sentido. Giros idiomáticos, normas administrativas, disposiciones legales, tradiciones consuetudinarias, estilos literarios (y podríamos seguir enunciando) marcan diferenciaciones y particularidades, con colecciones que aportan miradas generalizantes o pretendidamente superadoras en términos de dimensión (macro, nacional, global).
Además, porque las fuentes de carácter local y regional presentan un matiz que las hace particulares, no solamente por lo que nos brindan alrededor de reflexionar sobre un problema, sino por su estructura interna, y su contextualidad ambiental, entendiendo esto último como la forma de elaboración primaria del sentido de esa información: la horizontalidad constructiva de la trama fenomenológica que organiza tal relato. Levi (2018: 26-30) hablará de la “textura” de las fuentes, construida a partir tanto de una cultura historiográfica occidental de métodos de lectura y aprovechamiento del material documental con una larga tradición, como los propios modos de construcción y de conservación de las fuentes. Esto expone cómo una muestra de hechos puede ser leída por el investigador a través de distintos tipos de textos, con la consabida información que nos ofrecen, pero también con la propia dinámica de ese tejido documental, que se expresa de forma gramatical, lexical, contextual, más que puramente lingüística, y ayudan al lector o al oyente a que su oído y sus ojos se familiaricen con el relato y el texto, y reconozcan la verdadera intención de lo que el documento expresa.
Desde este modelo de interpretación documental, los resultados que se pueden obtener son de gran interés. Episodios mínimos rescatados de las fuentes activan la reflexión y cambian el “paisaje” interpretativo. La documentación totalmente nueva con la que trabaja la historia regional y local también nos ponen frente al desafío de asir estas fuentes, de interpretarlas en un contexto particular y definido a partir de este horizonte metodológico. Estos “nuevos documentos” –en sentido de descubrimiento– interrogan en la abundancia y en la escasez a corpus documentales preexistentes (casos de estudio con una profusa información documental previa, u otros con ausencia de colecciones para que puedan ser indagados), ya que pretenden obtener respuestas con modelos diferentes de problematización.
La historia local y regional siempre mantiene su comunicación con las fuentes y con los archivos, ya que no solo usa los existentes, sino que rescata los que aún no son. La recuperación documental es abundante. Colecciones particulares, fragmentos olvidados materializados en fotografías, epistolarios, rastros fragmentarios en forma de folletos, humildes publicaciones barriales, comunitarias, fondos de empresas abandonados en sótanos y habitaciones olvidadas son algunos de los muchos ejemplos de búsqueda y rescate de documentación fundamental y apropiada para la investigación regional y local.
No es menor la tarea que se impone para trabajar con fuentes desde lo local y regional, y tal desafío se hace extensivo a la cuestión de los estudios rurales, ya que la transformación en el tratamiento documental es un tema de interés que ha acompañado la investigación sobre el medio agrario en estos últimos años. El descubrimiento de materiales documentales que se encontraban fuera del radar de los investigadores, que no son parte de los archivos institucionales y públicos consolidados, ya es en sí mismo un gesto metodológico de excepción. Se le suma otra característica: muchas veces esos corpus no solo deben ser descubiertos para ser usados, sino que deben ser recuperados. Tal recuperación se piensa en primer término a partir de la propia utilidad del investigador, pero la excede porque en la mayoría de los casos se realiza para otorgarles a esas colecciones una vida pública, que se traduce en el uso por parte de otros profesionales del campo y de la comunidad. La recuperación que se realiza es dispar y se encuentra vinculada en forma directa con los recursos económicos que se dispongan así como del compromiso de entidades de carácter público o privado que se encolumnen tras la conservación de esos fondos. Por ello, desde conseguir un espacio físico para resguardarlos hasta la substanciación de operaciones de curación y digitalización, y, en el mejor de los casos, puesta en línea, los caminos imperfectos del rescate llevan a multiplicar las fuentes y socializarlas. La curación de las colecciones conlleva procesos iniciales de interpretación para su catalogación y referencia, tareas que en la mayoría de los casos se encuentran aunadas a la predisposición metodológica provista por la historia local y regional. El ejercicio de contextualización, al fin, permite otorgarles a las fuentes el segundo gran gesto metodológico: ubicar a la fuente en una cadena de significados que nutre no exclusivamente a la producción de conocimiento final, sino a la construcción de un “archivo” que rompe con la definición clásica del espacio físico de guarda y conservación; así como de su consideración como símbolos de la supra organización estatal.
Sobre la cuestión de las fuentes descansa buena parte de la originalidad de los enfoques innovadores de la historia social, y en particular se ha manifestado de forma sugestiva en la evolución de los estudios rurales. Esta innovación cubre no solo la cuestión clásica de recuperación de corpus que permiten visibilizar a los sujetos sociales opacados, escondidos y corridos por un relato historiográfico que prioriza una mirada desde “arriba” de los procesos; sino de contemplar –como dijimos más arriba– la textura, el ámbito no solo de producción, sino de sentido que ese documento porta. La cualidad del investigador es por supuesto la de “salvar” un corpus, pero asimismo, la de comprender la plástica de esos textos como impresiones de las tramas sociales del pasado; es decir, construidas con categorías que pertenecieron a quienes las usaron, y donde el espacio y el lugar tuvieron mucho que ver.
La historia rural no se sustrae del escenario descripto, ya que ha transitado de manera recurrente e intensa los archivos estatales. Reservorios fundamentales de un cúmulo muy importante de documentación, censos, registros, boletines, informes, programas de asistencia técnica y desarrollo, relevamientos, etcétera, en tanto resultados de los distintos actos y proyecciones gubernamentales (ministerios, secretarías, debates legislativos, archivos judiciales, institutos). La clave regional y local se manifiesta en los mismos a partir de su diversidad. Los documentos encuadrados en la órbita nacional disponen de una textura diferenciada de las fuentes que se recuperan desde las instancias provinciales, departamentales o municipales, y en muchos casos conviven mecanismos y metas diferenciados de recuperación de la información. Se suman a estos documentos las colecciones ligadas a entidades civiles, corporaciones, cooperativas, ONG, entre otras, que están vinculadas a los espacios propios de la sociabilidad reglamentada por el Estado. En este último segmento hay que destacar, por ejemplo, los registros notariales, repositorios con un volumen de datos superlativo. De igual modo, en este último tiempo también se han sumado a la recopilación documental, las fuentes que describen las manifestaciones informales como reuniones ligadas a reclamos sectoriales, encuentros, programas de formación técnica, que respondiendo a metas coyunturales, permiten obtener información sobre objetos de estudio particulares. Además hay que considerar la importante información que puede encontrarse en las colecciones privadas, que conservan una gran cantidad de material susceptible de ser estudiado. Estos reservorios son de acceso aleatorio, y consultarlos en la mayoría de los casos obedece a situaciones excepcionales. Epistolarios, libros contables de empresas y almacenes generales son algunos de los ejemplos que pueden señalarse. Una derivación de esto último, tanto como complemento o como elemento central de relevamiento, se encuentra en el despliegue de la metodología de la historia oral para obtener un caudal de información que, por su calidad y cantidad, permite cubrir un área de vacancia. La historia oral permite recuperar voces y perspectivas individuales y colectivas de los sujetos y relaciones sociales del mundo agrario. Entrevistas estructuradas, semiestructuradas, historias de vida, encuestas, cada una de ellas con los matices propios de la investigación cualitativa, permiten a los investigadores obtener una colección de datos imposibles de recatar a partir de los repositorios clásicos de fuentes escritas. Aquí, tanto con un gesto más antropológico o sociológico, y de acuerdo a lo que imponga el diseño de análisis, la información obtenida se convierte en un insumo de referencia y comparación con el resto de las fuentes levantadas. Al fin se debe tomar en consideración que este abanico de fuentes siempre se encontrará supeditada a la problemática sobre la cual se decida investigar; es evidente que poner el foco sobre la propiedad y tenencia de la tierra será distinto que avanzar sobre temas ligados a las relaciones sociales, problema, circuitos mercantiles, agroindustria, tecnificación, distribución de bienes e ingresos, familia, etcétera.
Para finalizar, nunca está de más tomar en consideración otro elemento sustantivo: la jerarquización y solapamiento de los documentos. ¿Los archivos son horizontales en su conformación y puntos de vista? Evidentemente, no. Ellos son leídos a través de un cristal que ya impone medidas a la hora de pensar y presentar la información. Aun sin límites lingüísticos y culturales, la cuestión de la perspectiva de la escala, del espacio y del lugar imponen referencias que no son posibles de soslayar, y que solo el ejercicio metodológico de interpretación acerca a una comprensión más cercana y perfectible de la problemática.
Un camino imperfecto
Desde mediados de la década de 1980, la historiografía argentina retomó varios de los lineamientos historiográficos trazados durante el siglo XX. La cuestión del Estado nacional volvió para hegemonizar la delimitación del campo de estudio. El resultado fue, por un lado, la insistencia en el paradigma nacional como variable interpretativa, pero en paralelo se gestó una perspectiva, la historia regional y local, que ocupando un lugar marginal, comenzó a delinear una aproximación al conocimiento histórico desenfocado de la explicación generalizante. Desde la mirada nacional, la historia “argentina” no se construyó sobre preceptos metodológicos de interconexión, integración y/o comparación. Por el contrario, lo hizo con base en una fuerte verticalización de los resultados historiográficos. Eso nos habla de dos deudas. La primera radica en la necesidad de haber realizado una fuerte sistematización de los aportes historiográficos de los estudios locales y regionales con base en su lectura y posterior incorporación a un debate de carácter integrador. La segunda se debe establecer sobre la base de la elaboración de esquemas de conexión, comparación y síntesis entre estudios con ejes de problemáticas comunes que se han realizado desde entradas microanalíticas, sobre espacios y lugares particulares.
Las deudas siempre son parciales porque quizás ese camino común que propugnamos solo pueda realizarse con base en un giro metodológico que tenga el gesto de pensar reflexivamente, pero también con humildad, la integración de los trabajos de una historiografía que ha demostrado ser voluptuosa en estos últimos años, pero con escasez de recursos comunes para discutir en clave colectiva una agenda. Y en esto último los estudios rurales tienen mucho para ofrecer porque han explorado, como pocas problemáticas en el medio argentino, diferentes entradas para no buscar respuestas desde una exclusiva dimensión analítica. En esto último, diferenciar lo rural de lo agrario no es menor. Aunque muchas veces sean usados como sinónimos, la cuestión agraria se inclina hacia un análisis de las condiciones materiales de la vida social y recurre a temas y métodos afines a la historia económica, mientras que lo rural tiende a abordar objetos y aproximaciones más amplias cercanas a problemáticas propias de la historia social (Blanco y Blanco, 2019: 2). Este panorama abre una agenda diferenciada, que hace posible una propuesta que busca no solo la comparación, sino la conexión de fenómenos propios del ámbito rural.
En este caso los estudios rurales han demostrado versatilidad en la dimensión analítica para abordar lo regional y local. Los exámenes sobre la realidad pampeana y extrapampeana muestran una gran variedad de temas. Algunos de ellos proponen el análisis de caso como referente metodológico, otros son proclives a la búsqueda de generalizaciones que permitan interpretaciones de largo plazo sobre procesos como el siempre presente modelo agroexportador, o la evolución de la agroindustria, el uso del suelo, las transformaciones bioambientales, entre otras. En esa búsqueda, la historia agraria regional se ha hecho cargo de las propuestas que indagan en los cambios teórico-metodológicos y conceptuales, y así iniciaron un camino que pretende articular procesos micro y macro para apostar por una síntesis de los grandes temas del campo. En esa senda tres han sido las líneas de interés. Primero, la consideración de la región como el resultado de la producción social del espacio territorial, vale decir, como un “complejo territorial”, en tanto flujo de una relación-tensión que pone el énfasis en las vinculaciones y conflictos político-económicos y socioambientales (vía que permite estudiar las diferencias interregionales). Segundo, el énfasis colocado en el estudio de las relaciones sociales, insistiendo en el análisis de los sujetos sociales individuales y colectivos, las redes que los vinculan y operacionalizan; y lo más importante, la certeza de que este juego relacional se despliega en un territorio que define la problemática de la Argentina rural. Tercero, la caracterización de las relaciones de poder que sustentan las políticas públicas de la Argentina rural, entendiendo que ellas surgen de un tejido complejo de vinculaciones, estructuras, capacidades de gestión de recursos y de control sobre los grupos sociales en el amplio espectro regional del territorio nacional, que no es ajeno a la sociedad del conocimiento y al cambio tecnológico (Girbal, 2010: 10-12).
Intentar saldar alguno de esos déficits, creo, que es una senda que puede transitarse aplicando algunas reflexiones que a trasluz surgen desde este texto, y que resultan muy oportunas para interpretar la vasta producción de los estudios rurales.
La tarea tiene dos puntos de inflexión. El primero tiene que ver con la escala que los estudios regionales y locales permiten desplegar desde un punto de vista metodológico, que une la explotación intensiva de las fuentes con la atención a lo particular, sin olvidar nunca el contexto. Contexto entendido como las coordenadas espacio-temporales que delimitan un hecho y que lo convierten en eslabón de una cadena de significados, y que permiten definir objetos y problemas de estudio corriéndose de la cómoda justificación de lo nacional para circunscribir un abordaje historiográfico. Segundo, tales investigaciones rescatan una gran cantidad de corpus que, desconocidos o escasamente transitados, exponen y traducen nuevos datos que son puestos en perspectiva, con fuentes más tradicionales y recorridas. De este modo, estas premisas permiten superar la definición de estas categorías simplemente sobre la base de la exposición y el recorte de los objetos de estudio, insistiendo en la transversalización de las problemáticas tratadas y haciendo hincapié en la propuesta teórico metodológica (Fernández, 2018: 14).
Aquí la cuestión de la escala es uno de los valores de este enfoque regional/local que formula muy explícitamente la cuestión, por un lado, de las escalas entrelazadas, y por otro, de las perspectivas espaciales más apropiadas, con lo que obliga al historiador a reflexionas sobre sus decisiones. Lo que la noción de escala comporta es, en palabras de Ricoeur (2000: 207), la ausencia de conmensurabilidad de las dimensiones. Cambiando de escala, no se ven las mismas cosas más grandes o más chicas. Se ven cosas diferentes. No se puede enunciar simplemente la reducción de escalas, se trata de encadenamientos diferentes en configuración y en causalidad.
En muchas ocasiones, hablar de escala nos ha puesto frente al uso de metáforas. Las metáforas han sido y son fundamentales en el campo científico, ya que condensan en formulaciones sencillas un pensamiento complejo que llevaría un esfuerzo mayor de explicación. La metáfora selecciona, pone énfasis, suprime y organiza ciertas características, pero la metáfora no se reduce a cambiar de sentido ciertas palabras, sino que puede tener también otro efecto: modificar nuestra manera habitual de ver las cosas. Hay, por consiguiente, no solo una función sustitutiva de la metáfora, sino también una función interactiva. Las metáforas científicas en un plano didáctico comunican rápidamente un nudo constitutivo de una interpretación o explicación científica, pero también las metáforas se convierten en partes insustituibles del mecanismo lingüístico de la ciencia: metáforas utilizadas constantemente por los científicos para expresar tesis (Fernández Buey, 2004: 171-173).
Al fin las metáforas del microscopio, el ajuste de la lente, la intensidad de la mirada, la precisión para enfocar lo que no se observa a simple vista; la de la malla de la red de pesca, con su amplitud y dimensión que arrastra más o menos material conforme la unidad de análisis nos lo prescriba, el juego de medidas de la escala arquitectónica tomando la perspectiva humana como central, la metáfora del encuadre cinematográfico donde el plano corto no prolonga el plano largo: dice otra cosa, del mismo modo que la secuencia y el travelling no se articulan, no hacen más que poner en escena que la cuestión de la escala es un problema crucial de la investigación histórica. Es esto sobre lo que ha insistido en estos últimos años la perspectiva de los estudios historiográficos regionales y locales. Seguir sistematizando las producciones, reflexionando sobre los gestos metodológicos apropiados y fomentando el diálogo es un camino, y también un desafío. Por estas razones, en los estudios rurales recientes del enfoque regional/local se advierte plenamente el impacto de los nuevos debates sobre las concepciones del espacio y el territorio.
La cuestión fundamental es desde dónde planteamos las explicaciones e interpretaciones de la problemática abordada en términos locales y regionales. Podemos proponerlas desde las provistas por la conexión con un todo mayor, ya fuera nacional o global, renunciando al análisis concreto de ese espacio en tiempo histórico, y explicando a partir de tal conexión los fenómenos; podemos jerarquizar a partir del análisis particularizado, y que ese espacio localizado es fruto de las acciones y las prácticas que le otorgan entidad y lo hacer existir; y también podemos recortar el lugar, y hacerlo eje, aun con sus connotaciones jurisdiccionales, y haciendo de ellas también foco de constitución de ese espacio. Hacer una lectura de la localidad en los términos de un proceso de construcción social y cultural directamente vinculado a las conexiones de dimensiones mayores las define como espacios producidos subjetivamente, donde no son construidas a través de acciones concretas, sino marcadas por referentes mayores. Volviendo a Torre (2018: 55), lo local y lo regional no son dimensiones subjetivas, sino “émicas”, es decir, construidas con prácticas y con categorías que pertenecen a quien las usa: se interpreta y representa a través de categorías que son específicas de la localidad y de sus protagonistas.
La respuesta para el correcto uso de los aportes instrumentales de la perspectiva regional y local es saber qué pretendemos investigar, y cómo, pero también por qué resulta trascendental entender qué es lo micro, lo particular, la definición del espacio que propongamos, la categorización del lugar sobre el cual extendemos nuestras interpretaciones. No hay un manual. Al fin la tarea no es nada más y nada menos que “volver a dar sentido a una narración del pasado múltiple, no lineal y no exclusivamente fáctica” (Levi, 2018: 29).
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- Un balance de la situación puede observarse en Fernández (2018; 2015).↵
- La producción es muy nutrida al respecto; sin ánimo de síntesis, sino de ejemplificación, podemos señalar los textos de Campi, Moyano y Teruel (2017) y Campi (1991-1992, 1995) como aproximaciones sugestivas a la problemática. ↵
- En el mismo sentido que el caso de la producción azucarera, pueden señalarse los textos de Bandieri (2017) y Blanco y Tozzini (2017) como una posibilidad de ejemplificación.↵
- Quizás esta última fue la que más impacto tuvo en nuestra historiografía, ya que se conocieron ampliamente sus producciones; pero en paralelo se discutió muy poco acerca de la aplicación de su metodología en el análisis histórico.↵
- Buena parte de estas reflexiones fueron publicadas a lo largo de la primera década de este siglo. Compilaciones y artículos se esforzaron por elaborar estados del arte sobre el tema, que al fin posiciona a la discusión en torno de lo regional/local en un escalón superior al que se podía observar veinte años atrás. Como referencia, pueden consultarse al menos tres compilaciones que sintetizan esta idea: Fernández y Dalla Corte (2001), Fernández (2007) y Blanco y Blanco (2008).↵
- La versión en idioma original es del año 1996; la traducción al español fue publicada por UNSAM en 2015.↵
- Es importante recorrer los diferentes textos publicados por Quaderni Storici que muestran el recorrido en los primeros años de gestación de esta propuesta historiográfica. En nuestro idioma es ineludible citar dos de los textos más significativos sobre el tema: Serna y Pons (2000, 1993).↵
- No hay que dejar de enunciar que buena parte de esta producción se asentó sobre la base de un financiamiento académico que tuvo como meta la consolidación de tal perspectiva.↵
- Podemos mencionar tres textos ilustrativos de este diálogo: Thompson (1992), Tiller (1993) y Phythian-Adams (1993).↵
- En La grande divergenza. La Cina, l’Europa e la nascita dell’economia mondiale moderna (2012), Kenneth Pomeranz demolió la tesis de los europeos como los autores de su propio milagroso despegue. El libro reveló cuánto de la acumulación y emprendimiento de los europeos compartían con China. Y cómo el alejamiento de Europa del cinturón maltusiano de Eurasia comenzó no con la peculiaridad interna de la región, sino con el acceso y conquista de los que Adam Smith llamó el páramo de las Américas. De igual modo, los historiadores globales demostraban cuánto de las iniciativas de banca, seguro y transporte le debían al tráfico esclavista de África. El milagro europeo era, en resumen, una cosecha global (Adelman, 2017: 2).↵
- Una obra muy interesante para tomar en consideración es Textures of Time: Writing History in South India 1600-1800 de Rao, Shulman y Subrahmanyam (2002). ↵
- Mary Louise Pratt (1997: 20) define a las “zonas de contacto” como espacios sociales en los que culturas dispares se encuentran, chocan y se enfrentan, a menudo en relaciones de dominación y subordinación fuertemente asimétricas: colonialismo, esclavitud.↵
- Como referencia para aproximarnos a un balance de esta corriente, pueden consultarse los clásicos textos de Edward Soja (1989; 2010), la compilación de Warf y Arias (2009) y el reciente artículo de Marramao (2015).↵








