Roxana Longo, María Malena Lenta y Graciela Zaldúa
Las comunidades de cuidado que logremos construir pueden prefigurar una forma de igualdad social más radical, pero si permanecen circunscritas por la comunidad local, el lenguaje y la nación no veremos una exitosa transformación de estas experiencias comunitarias en una política global […] mientras la salud continúe siendo inaccesible y costosa para tantos, mientras los ricos, los xenófobos y los racialmente privilegiados persistan en su arrogante convicción de que serán los primeros en la línea cuando la vacuna sea desarrollada […] estos mismos lazos serán rotos y arruinados intensificando la desigualdad. Y la consecuencia es clara: la vida es un derecho solo de los privilegiados.
El virus no trae consigo lecciones morales; es una aflicción sin justificación moral. Aun así, nos da una visión refractada de la potencial interconexión de una solidaridad global. Esto no sucederá por sí solo, sino mediante una lucha que se renueva ahora, en confinamiento, en el nombre de la igualdad de los vivos (Butler, 2020).
La marcha de los desempleados, de los que sufren la injusticia, de los que protestan contra la impunidad, de los que claman contra la violencia, contra la mentira y la falta de respeto por la cosa pública. La marcha de los sintecho, los sin escuela, los sin hospital, los desplazados. La marcha esperanzadora de los que saben que cambiar es posible (Freire, 2000).
La complejidad polisémica del objeto salud mental comunitaria adquiere relevancia frente a los procesos de cronificación y medicalización de la vida a través de viejas instituciones totales o de otras, también, de disciplinamiento y control. Y surge la propuesta de humanización e integralidad de las políticas de cuidado. En las últimas décadas, el proceso de globalización caracterizado por la instauración de un modelo de producción flexible y de diversificación de los centros de producción se ha desarrollado junto con la implantación de políticas neoliberales que exacerban la polarización en la distribución de la riqueza (Bauman, 2010; Sassen, 2008), lo que impacta en la salud y la calidad de vida de las poblaciones.
Las temáticas actuales del campo de la prevención y la promoción de la salud en territorios urbanos requieren una problematización sobre la heterogeneidad espacial en la producción social de problemas o eventos de salud. Junto a nuevas situaciones, emergen viejas y nuevas problemáticas, como la escasa visibilidad de los contextos, asociadas a la carencia o la falta de integración territorial y de las políticas, programas y proyectos sociales para abordar las cuestiones vinculadas a la salud integral y al cuidado (del Bono, 2016; Iñiguez Rojas, 2008). La fragmentación, la segregación, la gentrificación, la apropiación especulativa del territorio, la degradación del ambiente, la localización forzada en hábitats precarios, la disparidad en el acceso a los servicios de salud y educación y el deterioro del transporte público son las modalidades, visibles o veladas, que confluyen en una sinergia de eventos y acciones que ubican al territorio urbano como analizador social que devela la precariedad de los lazos sociales, la construcción simbólica del diferente como un otro problemático-peligroso, despojado de garantías de derechos o con una ciudadanía parcial (Delgadillo, Díaz y Salinas, 2015).
Sin embargo, frente a este escenario también se tejieron y crearon diversas redes de resistencia locales en tiempos de pandemia como, por ejemplo, los/as vecinos porteños/as que se organizaron y defendieron el acceso y derechos a habitar en territorios saludables y públicos enfrentando la destrucción y privatización de los espacios verdes de la costanera en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y otros barrios. Fueron destacables los actos y huelgas del personal de salud vinculados a procesos de problematización de mejores condiciones de trabajo y seguridad laboral frente a la alta tasa de mortalidad que se presentó entre los/as trabajadores/as de la salud y la precariedad de la estructura sanitaria, que connotaron a estas como políticas de descuido e impulsaron diferentes estrategias de exigencias colectivas (Lenta, Longo, Zaldúa y Veloso, 2021). Durante el ASPO, las mujeres productoras y aquellas encargadas de los comedores barriales siguieron al frente de estas actividades, y garantizaron el derecho a la alimentación para muchas familias. También fue importante el papel de las mujeres que integran colectivos productores agroecológicos, que generan alimentos sanos, seguros y soberanos e impulsaron estrategias para que dichos alimentos llegaran a la cuidad a través de la organización de nodos comunitarios.
El contexto actual interpela a la salud mental comunitaria y a la psicología social comunitaria con nuevas problemáticas, temas y campos de intervención. La irrupción de la epidemia del COVID-19 sacudió al mundo; además de los aspectos vinculados al virus y su propagación, las medidas preventivas y las prácticas de cuidado encierran una serie de aspectos psicosociales que también fueron interpelados. Evidencia la coexistencia de otras situaciones de crisis además de la sanitaria, como la ambiental, la económica y la social. La complejidad de la pandemia puso en tensión los actos de salud, las estrategias y experiencias comunitarias que nos llevan a reflexionar sobre la crisis civilizatoria y las dinámicas actuales de hipercomunicación (Han, 2020) que, como componente de la digitalización generalizada, impactan significativamente en el devenir de las configuraciones de la salud mental comunitaria. En este contexto, la psicología social comunitaria tiene varios retos: aportar a la micro y macro política del cuidado, reconociendo todos los saberes que se están jugando en la respuesta a la propagación del COVID-19, repensar las estrategias de intervención y planificación comunitarias y rescatar los saberes sociales y comunitarios que son igual de relevantes que los del mundo científico y tienen que poder dialogar y complementarse entre sí.
Otro de los aspectos que interpela a la psicología social comunitaria y a la salud mental comunitaria en la actualidad es la violencia sistémica como estructurante de la formación económico-social capitalista y los regímenes de opresión, como el patriarcado y el racismo. Identificar y problematizar los distintos modos que adquiere la violencia en la sociedad y en las comunidades es una de las tareas de la psicología social comunitaria para operar en el proceso de producción de la salud mental comunitaria. Slavoj Zizek (2013) refiere al trípode de las violencias que actúa sincrónicamente y reproduce las inequidades. Este trípode está conformado por la violencia sistémica, la violencia simbólica y la violencia intersubjetiva. En el escenario actual, es la convergencia de la psicología social comunitaria con el movimiento feminista que reemergió dinámicamente lo que permitió tornar visibles y urgentes para este campo las consecuencias de las violencias del capitalismo patriarcal colonial y racista, que construyen desigualdades sobre los cuerpos y los territorios a través de las subordinaciones de género, en un entramado junto con las subordinaciones de clase, étnicas y geopolíticas que legitiman la expoliación de los cuerpos, los recursos y los derechos (Lenta, Estrada, Longo y Zaldúa, 2021).
Subalternidad, poder y transformación constituyen nudos conceptuales a partir de los cuales es posible pensar una praxis dialógica entre la psicología social comunitaria y los feminismos críticos en orden a repensar los procesos de salud mental comunitaria. Esta convergencia permite visibilizar las jerarquías de poder-saber que participan de la construcción de las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales en cada sociedad. Y, en particular, favorece la emergencia de la perspectiva decolonial, que permite reflexionar sobre las asimetrías norte/sur, occidente/oriente, desarrollo/subdesarrollo y debate sobre los efectos que ha tenido en su representación de problemáticas tan diversas como la construcción del proletariado y los procesos de colonización y violencia racial, así como la homogenización de las naciones y Estados latinoamericanos (Orellano y González, 2015).
En este sentido, es trascendente el abordaje de problemáticas complejas ligadas al “territorio”. En la actualidad dicho concepto ha trascendido su ámbito disciplinar y es utilizado en el campo de las ciencias sociales, en general, y en la psicología social comunitaria, en particular. Los abordajes desde la psicología social comunitaria se caracterizan por plantear una interrelación compleja y diferenciada de los procesos sociales, espaciales, ambientales, culturales, políticos e históricos. Comprender las implicancias políticas y epistemológicas que supone el uso del concepto “territorio” para la psicología social comunitaria es sustancial frente a modelos territoriales globalizadores, megaproyectos y políticas extractivistas y/o de gentrificación, que provocan diversos daños psicosociales y respuestas comunitarias diversas vinculadas a iniciativas de justicia y reparación socioambiental.
Desde el enfoque de la psicología social comunitaria, para comprender e intervenir sobre los procesos de salud mental comunitaria se proponen abordajes contextualizados en los que se interroga sobre los actos técnicos y se promueve la apropiación de saberes y prácticas potenciadoras de autonomías creadoras, que facilitan la identificación y transformación de situaciones de marginación, dependencia y sufrimiento (Zaldúa, 2000). Se presentan desafíos profundos vinculados a la comprensión de sociedades que desarrollan complejos procesos institucionales y de relaciones entre comunidades y actores/as sociales diversos, los problemas epistemológicos del diálogo intercultural con otros saberes, con concepciones de mundos más allá del eurocentrismo y de la racionalidad científica dominantes (Santos, 2005, 2006).
La pandemia devela la catástrofe que el capitalismo significa para los seres humanos y el ambiente, dado que desnuda la lógica del mercado que encubre las relaciones sociales de producción (Zizek 2020; Butler, 2020a). En los diferentes territorios analizados en este proyecto de investigación UBACyT (y su reconfiguración para este nuevo escenario), la pandemia permitió dar cuenta de las desigualdades e inequidades frente a los derechos básicos, las dificultades del acceso a la salud por la mercantilización del sector y de los efectos en la morbimortalidad y letalidad por el virus (Butler, 2020b). La pandemia se convirtió en analizador social y visibilizó los límites de la mirada simplista del enfoque biomédico como única alternativa para limitar la transmisibilidad y contagiosidad (Breilh, 2020). En ese sentido, debe aportarse multiplicidad de miradas y sentidos frente al paradigma biomédico de vigilar y controlar los cuerpos (Preciado, 2020). Los saberes situados, los equipos de salud y del campo de las políticas sociales con sus redes y las poblaciones usuarias en los territorios nos convocaron a resignificar las posibilidades y límites en la accesibilidad de la salud mental comunitaria.
En este nuevo escenario las dinámicas de la exclusión social de vastos sectores de la población –en función de su clase social, género, generación, etnia o sus padecimientos mentales– configuran desigualdades sociales que expresan profundas diferencias injustas y evitables. En este marco, las políticas del cuidado interpelan las condiciones de reproducción del capitalismo y el patriarcado, y posibilitan espacios de subjetivación y lazo social como un desafío ético-político existencial (Lenta, Longo y Zaldúa, 2020a). La privatización de los bienes sociales colectivos, como la salud, la educación, el agua potable, la electricidad, los servicios postales y de telecomunicaciones y la seguridad social, es solo la manifestación más visible de la prioridad dada a la mercantilización de la vida colectiva.
Desafíos para la salud mental comunitaria en contextos de precarización
La distribución diferencial de la pandemia se ha intensificado en la población con derechos vulnerados. Los efectos del aislamiento y/o el distanciamiento social preventivo y obligatorio en territorios de precarización aumentan la incidencia de sufrimientos y violencias y demandan nuevas estrategias de apoyo psicosocial. En los equipos de tareas esenciales avanzó el desgaste laboral ante las situaciones críticas ligadas a la precariedad y las sobrecargas basadas en las relaciones desiguales de género.
Las dimensiones epistémicas de la epidemiología crítica y la psicología social comunitaria crítica en diálogo con la epistemología feminista contribuyen a problematizar situaciones naturalizadas y/o interpretadas ideológicamente como subproductos inevitables del orden social de exclusión y las responsabilidades individuales: violencias, abusos, inequidades, opresiones, etc. Desde estos aportes, se logra resemantizar la fragilización de algunas vidas y la abyección de otras, para posicionarlas como vidas dignas de ser vividas (Butler, 2020), proceso que se torna constitutivo de nuevas prácticas alternativas en las grietas institucionales (Lenta, Longo y Zaldúa, 2020b). La esfera del proceso salud-enfermedad-atención-cuidado nos remite a que algunas de las problemáticas de salud se inscriban en función de las condiciones de vida, los estilos de vida individual y comunitaria y también las construcciones culturales y simbólicas que predominan en este caso sobre el cuerpo de las mujeres y disidencias, las infancias y las personas con padecimientos mentales graves. Su condición social subordinada incide en la generación de perfiles epidemiológicos específicos, los que se desprenden tanto de las diferencias biológicas, sociales y culturales como de aquellas producidas desde su condición de género, etnicidad, edad y/o padecimiento (Vicent, 2017).
Desde una perspectiva interseccional, que señala cómo dos o más sistemas de dominación (clase, género, etnia, generación, territorio, etc.) se combinan para producir una matriz mixta de subalternidad, en el campo epidemiológico interpelamos al concepto de sindemia. Como plantea Singer (2009, citado en Lores, 2021), este concepto refiere a una situación por la que dos o más enfermedades interactúan de forma tal que causan un daño mayor que la mera suma de las dos enfermedades. El impacto de la interacción además es facilitado por condiciones sociales y ambientales que hacen que la población sea más vulnerable a su impacto. En el caso del COVID-19, interactúa con condiciones preexistentes de comorbilidad como diabetes, cáncer y problemas cardíacos y otras problemáticas de salud. También se advierte el aumento de letalidad en comunidades en situaciones vulnerables y diferentes minorías excluidas, lo cual señala que la búsqueda de una solución puramente biomédica para el COVID-19 fracasará a menos que los gobiernos definan políticas de cuidado frente a las inequidades sociales estructurales en las que acontece la pandemia.
Impactos de la pandemia en los campos de la salud mental, infancias y géneros
El contexto actual no solo la hace más visible, sino que también refuerza la injusticia, la discriminación, la exclusión social y el sufrimiento inmerecido (de Souza Santos, 2020). La pandemia tiene consecuencias dramáticas en la expansión de una serie de procesos destructivos de la vida humana y patrones de indefensión, que son marcados por sociedades dominadas por el modelo extractivista en gran escala que impacta significativamente en el deterioro de los ecosistemas. Se acentúan los desarrollos geográficos desiguales en función de las instituciones financieras, el foco de las políticas públicas, las reconfiguraciones tecnológicas y la red cambiante de las divisiones del trabajo (Harvey, 2020).
El debilitamiento de los sistemas de salud pública y de protección social implica una menor eficiencia para hacer frente a la pandemia a tiempo, así como una mayor exposición de los equipos de la salud y trabajadores/as esenciales a enfermedades y muertes (Oliveira Souza, 2020). En el escenario de la pandemia del COVID-19, algunas de las consecuencias de estos procesos se observan en el aumento de las denuncias por violencia de género en la Argentina a partir de las medidas de aislamiento social preventivo obligatorio en un 39%, junto con el crecimiento de los femicidios (ONU, 2020a) y la disminución del acceso a las interrupciones de los embarazos (Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires, 2020). A su vez, se estima que el impacto de la desocupación podría tener un efecto severo en muchas profesiones dominadas “femeninas”, ya que, dentro de las profesiones llamadas “no esenciales”, el 87% corresponde a trabajos que realizan mayormente las mujeres, como la enseñanza, el servicio doméstico, el comercio, el turismo, los servicios jurídicos y contables, etc. Está situación incide notablemente en el proceso de feminización de la pobreza y en una mayor dependencia económica de las mujeres (ONU, 2020b).
En el caso de la población travesti y trans, un informe del CELS (2020a) sostiene que su situación se vio agravada a partir de las medidas de prevención del COVID-19 debido a las condiciones precarias de trabajo para la mayor parte de esta población y el restringido acceso a la vivienda, a la alimentación y a la atención en salud.
En cuanto a la población con padecimientos mentales graves, otro informe del CELS (2020b) resalta la falta de protocolos adecuados para la prevención del contagio del COVID-19 en la población institucionalizada en monovalentes de salud mental, que llega a 12 035 personas, así como el recorte de los dispositivos de atención en la comunidad para las personas con sufrimiento mental grave.
Respecto de la situación de la infancia, según UNICEF (2020a), la pandemia también afecta el derecho a la educación de niños, niñas y adolescentes, así como también los expone a situaciones de violencia intrafamiliar e impacta en su salud mental y nutricional. Incluso la Defensoría Nacional de Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes (2020) resalta que los 1305 adolescentes privados de su libertad en instituciones del sistema penal juvenil presentan significativas posibilidades de contagio del COVID-19 en función de la falta de implementación de protocolos y cuidados adecuados.
Reflexiones finales
En este contexto permeado por la pandemia identificamos campos problemáticos de la salud mental comunitaria respecto de los procesos de violentación en dos sentidos: 1) por el impacto que provoca en la calidad de vida de las personas (lesiones físicas, psíquicas, afectivas y morales); y 2) por la necesidad de desarrollar estrategias de trabajo interdisciplinarias e intersectoriales debido a la complejidad de las problemáticas psicosociales que aparecen en los tres campos: géneros, infancias y salud mental.
En nuestros trabajos de investigación, desde el diálogo con diferentes colectivos de trabajadoras/es y a partir de los programas mapeados, se evidencia la complejidad del campo de la salud mental comunitaria, sus dimensiones, territorialidades, actores/as y construcciones de sentido en contextos de precarización de la vida, sumada a las escasas respuestas de políticas de cuidados integrales frente a las demandas psicosociales complejas en las que se inscriben múltiples procesos de violencias que interpelan la dimensión de integralidad en salud y los límites de los abordajes desde la fragmentación de los dispositivos. Esta situación tiene un impacto significativo en las/os trabajadora/es que se ubican en el plano de la asistencia de la puesta en práctica de las políticas públicas.
Reconociendo la complejidad y los desafíos que este escenario presenta para los equipos de salud, desde la psicología social comunitaria, salud colectiva y la salud mental comunitaria nos parece sustancial que desde los equipos y colectivos de trabajo se gesten procesos de reflexividad crítica e iniciativas colectivas que propicien condiciones salutíferas, construir estrategias colectivas de cuidado y afrontamiento en los equipos de salud frente al desgaste laboral. Entendemos el cuidado de la salud mental del equipo o colectivo de trabajo como algo que debe ser tenido en cuenta al diseñar y llevar a cabo el trabajo, para evitar en la medida de lo posible el sufrimiento y el desgaste laboral. En este contexto resulta sustancial promover procesos de trabajo creativos y saludables para todos/as.








