María Malena Lenta, Roxana Longo y Graciela Zaldúa
En este capítulo abordamos el trabajo con un colectivo de ferroviarias en el contexto de la pandemia del COVID-19. Desde la estrategia de la investigación acción participativa hemos venidos desarrollando un proceso de intervención con este colectivo de trabajadoras en el que se propiciaron desde 2016 diferentes instancias de reflexión, problematización, organización (Lenta et al., 2018; Longo et al., 2019) y acción frente a las dinámicas precarizantes de la intersección entre capitalismo y patriarcado, es decir, su condición como mujeres trabajadoras.
Recuperamos en esta experiencia la perspectiva de la psicología social comunitaria que nos permite reconocer cómo los procesos de fragmentación derivados del capitalismo global reproducen relaciones de dominación que configuran nuevas modalidades de precarización de la vida desde la culpabilización y responsabilización individual y abre nuevos desafíos para la promoción de procesos de agenciamiento colectivos. Asimismo, apelamos a la epistemología feminista, que permite visibilizar las jerarquías de poder-saber que participan de la construcción de las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales en cada sociedad, incluyendo a la producción de conocimiento (Maffía, 2005). Integrar ambas perspectivas críticas, la de la psicología social comunitaria y la de los feminismos, permite complejizar el abordaje de los procesos colectivos de salud-enfermedad, como así también potenciar la acción transformadora (Lenta et al., 2021).
En este contexto, entendemos que las dinámicas de la división sexual patriarcal del trabajo configuran diferentes modos de discriminación e inequidades basadas en las relaciones de género, pero que operan tanto en el espacio público como privado. La legitimación de la mística femenina del cuidado no solo implica la naturalización de la asignación a las mujeres de las tareas de la vida doméstica, sino que también, como sostiene Federici (2018), supone su invisibilización misma como trabajo. Sobre la ideología del amor maternal se sostienen innumerables actividades que garantizan el desenvolvimiento de la vida cotidiana del conjunto familiar y que hacen posible el desarrollo de otros trabajos sí reconocidos como tales y remunerados fuera del espacio doméstico. Ahora bien, en el espacio público, las mujeres que trabajan también lo hacen en su mayoría relegadas a tareas que se sostienen sobre la misma lógica: cuidar, criar, enseñar, curar. Y ello tiene implicancias en la valoración tanto social como económica (incluyendo las condiciones y derechos) de los trabajos realizados.
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2020a), el impacto de la pandemia del COVID-19 en trabajadores/as presentó tres efectos: (a) sobre la cantidad de los empleos (aumento del desempleo y del subempleo –reducción de horas de trabajo–); (b) sobre la calidad de los empleos (caída de los salarios y empeoramiento en cuanto al acceso a la protección social); y (c) sobre grupos de trabajadores vulnerables a “cambios en el mercado laboral” (jóvenes, mujeres y migrantes).
De hecho, a escala mundial 3300 millones de trabajadores/as (81%) vieron modificadas sus condiciones de trabajo durante la pandemia (OIT, 2020b). De ese total, casi 510 millones de mujeres trabajadoras (el 40% del total de las trabajadoras remuneradas) desarrollan su labor en esos sectores más afectados por la pandemia y las medidas sanitaria de cierre de las actividades no esenciales, en particular los sectores de limpieza de casas particulares, hotelería, alimentación, comercios, servicios inmobiliarios y servicios administrativos, entre otros (OIT, 2020b). A su vez, en los países de ingresos bajos y medianos-bajos, el 90% de las personas que trabajan en el sector informal son mujeres, y suelen gozar de menor protección social, pierden sus puestos de trabajo o se ven obligadas a trabajar sin las condiciones de protección requeridas (OIT, 2020b).
En períodos de “normalidad” las mujeres llevan a cabo alrededor de tres cuartas partes del trabajo de prestación de cuidados no remunerado. El tiempo que dedican las mujeres a dicho trabajo aumenta si hay niñas/os en el hogar, y llegan a dedicarle más del triple de tiempo que los hombres a dichas tareas (OIT, 2018a). En el marco de la pandemia, el cierre de centros educativos para la primera infancia y de escuelas, así como la interrupción de la prestación de servicios de atención social y la falta de disponibilidad de familiares de mayor edad para prestar ayuda, ha aumentado la demanda de servicios de atención social durante la crisis. La situación de los/as progenitores/s solteros/as, el 78,4% de los cuales son mujeres en todo el mundo (OIT, 2018b), puede ser aún más compleja. Frente a la pandemia, las mujeres enfrentaron una particular vulnerabilidad, ya que tuvieron que seguir manejando el trabajo productivo, en el caso de conservarlo, y reproductivo (cuidado infantil y de otras personas dependientes, trabajo doméstico y enseñanza de infancias) en las circunstancias sumamente limitantes del confinamiento.
En la misma línea, sostiene la CEPAL (2020) que con las medidas de aislamiento y cierre de escuelas la desigualdad de género aumentó (incluida la violencia de género), pues se incrementó la sobrecarga de las tareas domésticas de las mujeres que de antemano estaban afectadas por la brecha salarial ungida sobre peores ingresos y condiciones laborales que los varones. En este marco, surgen interrogantes específicos en relación con el impacto particular de la pandemia del COVID-19 en la vida de las trabajadoras ferroviarias: ¿cuáles fueron sus afectaciones subjetivas durante el período de la pandemia y el aislamiento social? ¿Qué estrategias singulares y colectivas desarrollaron frente a la reconfiguración de los espacios familiares y laborales?
Camino metodológico
Basado en la estrategia de la IAP, este capítulo tiene como objetivo el análisis de las afectaciones de la pandemia en el proceso de salud-enfermedad de las trabajadoras ferroviarias, junto con coconstruir estrategias de cuidado y exigibilidad de derechos. En este sentido, se buscó contribuir a la autonomía de pensamiento y acción de las trabajadoras ferroviarias a través de diferentes estrategias y técnicas. La metodología propuesta desde la IAP es un proceso que incluye simultáneamente la investigación científica, la formación y la acción política, y que considera el análisis crítico, el diagnóstico de situaciones y la práctica como fuentes de conocimiento (Flamtermesky, 2014).
La apuesta metodológica buscó producir en las ferroviarias un fortalecimiento colectivo y subjetivo para facilitar el desarrollo de capacidades y recursos para controlar y transformar diversas situaciones de vida, acentuando en el entorno cotidiano y de trabajo.
El proceso estuvo orientado a producir colectivamente un conjunto de reflexiones, acciones, análisis y valoraciones de la experiencia colectiva promovida por las trabajadoras ferroviarias. Asimismo, se buscó detectar las problemáticas actuales que presentaron las ferroviarias en relación con la violencia de género en contexto de pandemia y potenciar los lazos sociales, empoderamiento y la participación ciudadana en la promoción de los derechos humanos, así como también favorecer a la asociatividad para mejorar la calidad de vida y el bienestar singular y colectivo de las trabajadoras.
El trabajo se desarrolló entre abril y mayo de 2020 con 26 trabajadoras ferroviarias (24 de la línea Sarmiento y 2 de la línea Mitre) de diferentes espacialidades (banderilleras, limpieza, control de tránsito, evasión y boletería) a través de tres encuentros virtuales de discusión temática sobre tres tópicos: afectaciones de la pandemia en el proceso de trabajo, en las relaciones familiares y amorosas y en la sexualidad. Asimismo, se coprodujeron dos materiales posteriores a los encuentros de discusión: campaña audiovisual de problematización sobre las cargas del trabajo en el contexto de la pandemia y un cuadernillo de sistematización temática.
Algunas puntualizaciones sobre los emergentes del proceso de la IAP
La pandemia y la dislocación del tiempo y el espacio
La vida cotidiana comprende al conjunto de actividades que realizan las personas para la reproducción de la vida. No solo implica prácticas, sino también procesos intersubjetivos de producción de sentido sobre los diferentes acontecimientos de la vida.
El tiempo y el espacio constituyen dos coordenadas centrales en los modos de significación de las actividades que se trastocaron ante la irrupción de la pandemia y las medidas de aislamiento sanitario. Las medidas preventivas de restricción de la circulación en el espacio público a nivel general configuraron una marcada frontera entre el adentro y el afuera del espacio doméstico. Pero la connotación de peligro o amenaza trascendió ambos territorios para las mujeres ferroviarias:
“Las calles están más vacías. Se vuelve peligroso salir del trabajo de noche. Especialmente para las mujeres”.
“Cuando vamos a trabajar, no hay gente en la calle, tengo miedo de que me roben porque estoy regaladísima, hay mucha violencia callejera, acoso callejero”.
“Me llamó la atención en la encuesta que realizamos a las compañeras que un 26% dijo tener algún caso de abuso cercano en su entorno”.
“Muchas compañeras viven violencia de género en las casas. No hay seguridad igual adentro y aumenta con esta situación”.
En ambos espacios, la percepción de la amenaza apareció incrementada en el contexto de la pandemia por razón de género. Pero no solo en cuanto al peligro de violencia física o sexual basada en el género, sino también debido a la condensación de las actividades personales, familiares y sociales en cada uno de los espacios:
“La cuarentena se hace tediosa, hay días buenos y días malos. Hay días que estar en casa es intolerable”.
“En casa perdés el tiempo propio. Siempre estar con las mismas personas”.
“Trabajar en tu casa es muy pesado”.
Para las ferroviarias, el hecho de que su trabajo haya sido considerado como esencial tuvo consecuencias en relación con mantener el tránsito por el espacio público, especialmente de la calle y el trabajo. No obstante, algunas trabajadoras lograron licencias por el cuidado de hijos/as menores de edad o de familiares. Para estas, la permanencia continua en el espacio doméstico, con las mismas personas y sin variabilidad de vínculos, se volvió tedioso o agotador, sobre todo ante la pérdida de espacios íntimos.
El tiempo también apareció trastocado entre el adentro y el afuera del espacio doméstico. Para aquellas trabajadoras que no tenían la licencia, ese pasaje implicó un aumento del tiempo dedicado a las tareas de higiene preventiva, mientras que para aquellas que se encontraban de licencia o con teletrabajo la percepción del tiempo de trabajo y de no trabajo aparecía borroso:
“En la casa no parás, siempre estás haciendo algo. Se hace como un chicle sin descanso”.
“Al quedarte en tu casa es como siempre lo mismo. El tiempo como que no pasa”.
“Es una pérdida de tiempo lo que tardás entre prepararte para entrar o para salir de la casa. Son muchas cosas nuevas que tenés que hacer. Pérdida de tiempo para hacer otras cosas”.
“En el trabajo todo es más complicado. Tenés que estar limpiando todo el tiempo para no contagiarte. Mucho cuidado”.
La sobrecarga y el desgaste de las trabajadoras
La reconfiguración del tiempo y el espacio en el marco de la pandemia ha implicado sobrecarga laboral y mayor desgaste en el proceso de salud-enfermedad de las trabajadoras, incrementado por su condición de género. Las cargas de trabajo, integradas por riesgos y exigencias técnicas de las tareas por desarrollar (Laurell, 1994), fueron claramente mayores:
“Es continua la exposición a las malas condiciones de trabajo en cuanto a los suministros de limpieza como el gel antibacterial y la lavandina. Si te alcanza bien y si no arreglate”.
“Hay que cumplir un protocolo de cuidado para el trabajo, además tené en cuenta que hay muchas licencias y sectores que tienen bajas”.
Pero la sobrecarga no solo se dio a nivel global debido al conjunto de medidas sanitarias por cumplir dentro del ferrocarril, sino también por el incremento de las tareas que las ferroviarias desarrollan en el espacio doméstico y por los costes de ser mujer trabajadora en un espacio laboral históricamente masculino:
“Estoy sola con mi hija, al principio me costó lo de la escuela, las tareas y todo esto nuevo. No estoy capacitada”.
“Siento una gran sobrecarga en este momento al tener que hacerme cargo de todo. Mis hijos, el trabajo. Soy único sostén de hogar”.
“Nos dan la licencia a las mujeres por cuidado de los hijos, pero encima de que trabajás en tu casa, te descuentan y te miran mal. Eso porque acá es muy de hombres”.
“Como ferroviarias, vivimos a diario esta minimización como mujeres. He tenido peleas con conductores de trenes, cuando dicen que si una mujer no sabría cómo responder. Es una minimización continua de las capacidades de nosotras”.
En cuanto al desgaste, se comprende como la pérdida de capacidades psico-somato-sociales, efectivas y/o potenciales, originada por las cargas del trabajo (Laurell, 1994). No obstante, si bien determinado patrón de desgaste puede expresarse en un plano individual, es a nivel colectivo en donde cobra significado y visibilidad.
Las afectaciones subjetivas de la sobrecarga y el desgaste
Las trabajadoras ferroviarias refirieron a dos efectos prevalentes y paralizantes concomitantes a la sobrecarga del trabajo en el contexto de la pandemia: el miedo y la culpa ante la contagiosidad del virus y la precariedad de las protecciones.
El miedo apareció vinculado al contagio del virus, a la violencia de género en las calles, en el trabajo y en la casa y a la presión de las jefaturas y de los compañeros varones ante las licencias y la pérdida de trabajo:
“Tengo miedo al futuro, pero también ir a trabajar todos los días en un contexto muy complicado genera angustia, incertidumbre. La única forma de cuidarnos es entre nosotras porque la empresa no tiene ningún plan para que no nos contagiemos, tenemos que pedir todo”.
“Me preocupa el tema del trabajo porque me siguen descontando días. No sé hasta qué punto está bien el descuento”.
“Al salir a la madrugada para ir a nuestro trabajo, es muy impactante salir a la calle y sentir miedo. Esto que antes no nos pasaba, pero desde que empezó la cuarentena hay mucho silencio y no hay gente en la calle. También genera miedo en nosotras los posibles descuentos en nuestros salarios”.
“En el trabajo recién hace dos días nos dieron barbijo. Por otro lado, sentimos incertidumbre por la continuidad de nuestro puesto en el trabajo”.
La culpa emergió vinculada al peligro de contagio a familiares, el no poder acompañar en tareas a hijas/os y a sobrecargar a compañeras/os por los pedidos de licencia:
“Tengo hijos y adultos mayores a mi cargo, los cuales son grupo de riesgo. Esto me genera una sobrecarga en el ámbito económico. Tengo miedo más que nada por lo que nos puede pasar a nosotras por lo que traemos a casa”.
“Me da culpa de contagiar a mi familia. A mis viejos. Cuando me voy me da miedo volver y que se mueran”.
“Necesito la licencia porque no doy más. Pero entiendo que la situación está difícil y no la quiero complicar. No quiero sobrecargar. Me da culpa”.
“Me pone mal a veces la situación. Me da culpa también no poder ayudarlas a mis hijas. Me angustia mucho”.
“Estoy de licencia por ser paciente de riesgo. Al tener una hija en edad escolar tiene muchas tareas, la tengo que acompañar. Tengo miedo en el después, el ser un gasto para la empresa, el volver y qué va a pasar”.
El colectivo de trabajadoras que se ha constituido permite enunciar el derecho a preservar la salud propia y la de los otros/as como un derecho exigible. Pero al mismo tiempo, las condiciones en las que se desarrolla el proceso de trabajo configuran una tensión para las mujeres ferroviarias: ser sostén de hogar las confronta con la demanda de madre-mujer cuidadora, tanto para las que se encuentran trabajando en el ferrocarril como para las que se encuentran con licencia. En el primer caso, la salida al espacio público las podría llevar a ser posibles transmisoras del virus. Pero, en el segundo caso, solicitar la licencia las podría ubicar ante la amenaza de la pérdida de trabajo o salario.
Estrategias colectivas: “No estamos de vacaciones, estamos cuidando y trabajando”
En el proceso de discusión en los espacios de debate desarrollados desde la estrategia de la IAP, la confrontación de las experiencias de la vida cotidiana durante el proceso de la pandemia y las medidas de aislamiento social sanitario permitieron desindividualizar el malestar y priorizar necesidades y demandas del colectivo de trabajadoras:
“Sensibilización de los compañeros acerca de la sobrecarga de trabajo para las mujeres”.
“Visibilización de las tareas de cuidado como trabajo”.
“Acompañamiento de casos críticos: violencia de género en el ámbito familiar y laboral”.
“Es necesario exigir por nuestros de derechos y ser solidarias con otras trabajadoras de servicios esenciales”.
Frente al primer momento de la pandemia, con desorganización del tiempo y del espacio y la pérdida de territorios comunes conquistados por este colectivo, la posibilidad del encuentro permitió, además de compartir y confrontar afectaciones, recuperar estrategias anteriormente utilizadas para reterritorializar el ferrocarril como espacio de acción política y de cuidado. La cooperación, como estrategia de movilización colectiva, representó una manera de actuar de las ferroviarias que hace parte de procesos previos de organización para fortalecer la participación laboral, sindical y política de las mujeres en el ferrocarril en un espacio de trabajo con una cultural históricamente masculina, así como también acompañar situaciones de violencias de género y posicionarse en la exigibilidad de derechos con el conjunto de sus compañeros trabajadores (Lenta, Longo y Zaldúa, 2019; Longo, Lenta y Zaldúa, 2020).
En este marco se coconstruyeron dos producciones creativas: una campaña audiovisual de recuperación de las experiencias de las vivencias de la pandemia orientada a la problematización de la sobrecarga de trabajo en función de la intersección de la subordinación de clase y género dirigida especialmente a la sensibilización de los compañeros de trabajo, y una campaña de sistematización de lo problematizado en los espacios de discusión junto con los recursos para el apoyo de las compañeras en situación especialmente crítica por violencia de género o dificultades con las tareas de cuidado.
La solidaridad entre pares las fortaleció como colectivo de mujeres trabajadoras. La sororidad emergió como alternativa a la política que impide a las mujeres la identificación positiva de género, el reconocimiento recíproco, la agregación en sintonía y la alianza (Lagarde, 2012). En el proceso que transitaron reactualizaron problemáticas históricas, debates, disputas, propuestas y desafíos. Asumieron la crítica feminista respecto a la división sexual patriarcal del trabajo y analizaron los múltiples procesos de violentación que atraviesan en su devenir como mujeres por la presencia del patriarcado. Ese ejercicio colectivo les permitió visibilizar la necesidad de producir cambios en su vida laboral, pero también en el plano singular respecto al sexismo y la dominación masculina que atraviesan en sus vidas cotidianas a partir de reconocer las limitaciones sociohistóricas que tienen los cuerpos feminizados, la necesidad de defender el derecho a elegir, a ejercer más libremente su sexualidad y a disponer de tiempos propios:
“Nos es necesario pensar cómo nos organizamos y organizamos, las que podemos, otras formas de dividir las tareas en la familia. El cuidado, con nuestros compañeros. Sino en la pandemia no vamos a poder sobrevivir. Es demasiado”.
“Tenemos que seguir aprendiendo. Llama la atención el tema del placer entre las compañeras. Hay cosas del placer femenino que no sabemos. Y eso tiene que ver con razones políticas. Al patriarcado no le sirve que tengamos sexo más allá de la reproducción”.
“La relación de sometimiento existe y no decís lo que te gusta por miedo al rechazo. Hablar de la sexualidad desde lo político y desde como una se relaciona”.
Comentarios finales
Entre los resultados preliminares de este estudio identificamos la relevancia de la reconfiguración de las coordenadas de tiempo y espacio en el incremento de la sobrecarga laboral de las trabajadoras ferroviarias en el contexto de la crisis pandémica. Miedo y culpa emergieron como afectos prevalentes ante el aumento de la demanda en el trabajo, tanto en el espacio público como en el doméstico, así como también ante las amenazas sobre la continuidad del trabajo. En este marco, la magnitud del desgaste del proceso de trabajo se exacerba por las condiciones de mujeres y trabajadoras, lo cual debe ser considerado en la comprensión de salud-enfermedad de estas.
Asimismo, el proceso de participación impulsado desde y con este colectivo de mujeres trabajadoras produjo en ellas un fortalecimiento subjetivo que favoreció el desarrollo de estrategias y recursos para morigerar las cargas del trabajo, así como también repensar aspectos de la propia vida. Desde el encuentro, se pudieron abordar dimensiones de la vida cotidiana como el poder y la alteridad, lo que es parte de la promoción de la autonomía y la afirmación ético-política como sujetas de ciudadanía.
En el marco de la crisis pandémica y las medidas de aislamiento sanitario, la protección de las/os trabajadoras/es del transporte es una prioridad absoluta para todas las ciudades para garantizar el funcionamiento del sistema urbano, incluyendo la accesibilidad al sistema de salud. A este respecto, los gobiernos locales y regionales tienen una responsabilidad especial en la seguridad de las/os trabajadoras/as de este servicio público esencial, como así también sus empleadores. Las/os trabajadoras/os del transporte deben estar igualmente protegidas/os y es tarea de aquellos garantizarlo.








