Los varones que pagan por sexo, de invisibles a transparentes
Tincho2525.— Yo no se como hay algunos que no les gustan las putas, dios! es la perfeccion, la clara dominación del hombre sobre la mujer jajaja la verdad que este foro es lo mejor q me paso en el año.
Gustavín.— ??? Derrapaste a mi gusto. Si lo ves como algo de dominación te sugiero que vayas al psiquiatra.
Gondwana.— De donde salen estos personajes? A una mujer se la respeta por más q sea trola, gato o tu tia. Es lo mismo, de lo contrario la vas a pasar mal si vas con esa actitud. Las minas no son boludas y tienen más cancha q vos y yo por más q sean trolas, gatos o como quieras llamarlo. Ojo con comentar estas cosas.
Tincho2525.— Hay dominación de ambas partes porque ellas sin nuestro dinero no harían ese trabajo y nosotros sin su cuerpo no tendríamos q pagar. Soy muy machista pido disculpas pero las mujeres no fueron de darme bola y no pararon de humillarme, es por eso que soy tan machista igual debería cambiar.
Gustavín.— Te sentis humillado porque debes tener baja autoestima. Usas la prostitución como un medio para ganar confianza. Te metes en un loop de resentimiento muy autodestructivo. No solo vas a odiar a las mujeres asi, te vas a terminar odiando a vos mismo. A mi las minas feministas me vienen de pelos porque no quieren ser unas mantenidas. Tiran mucha mierda demas a veces con lo del heteropatriarcado pero no les des bola. Mira a largo plazo, yo prefiero pasar mas tiempo criando a mis hijos si pudiera es mas divertido que el laburo.
(Hilo “que me puede pasar si me hacen PT sin?”, Foro 2)
Hasta hace poco tiempo buena parte de los textos sobre los varones que pagan por sexo comenzaban haciendo referencia a su invisibilidad. Pero la insistente pregunta sobre “quiénes son estos varones” parece haber generado una respuesta simple: son “perversos”, “machistas”. Con la construcción de una representación unívoca del varón que paga por sexo como un sujeto violento y misógino, que paga para ejercer la dominación, podemos pensar si no hemos pasado del sujeto invisible a un sujeto transparente, carente de opacidades o tensiones. Esta concepción de la prostitución como un teatro de la dominación donde la performance del poder masculino se desenvuelve sin obstáculos –si bien puede ser políticamente útil a la hora de convocar una respuesta punitiva–, nos aleja de cualquier posibilidad de comprender las complejidades en las experiencias de estos varones. Tal como deja entrever la conversación que citamos para comenzar este libro –entre un principiante y dos clientes con más trayectoria en los foros online de comercio sexual–, los sentidos que atraviesan la práctica de pagar por sexo son mucho menos evidentes. Y como veremos a lo largo de este libro, las experiencias de los varones que pagan por sexo están lejos de ser una simple reafirmación de su masculinidad, al contrario, en muchas oportunidades reflejan de una forma elocuente su vulnerabilidad.
La representación de la prostitución como “un mundo donde las fantasías dictadas por el rol aprendido siempre se cumplen, sin que el hombre tenga que enfrentarse a su propia inseguridad o a las dificultades cotidianas de entablar o mantener una relación” (Szil, 2007), solo puede sostenerse mirando ese mundo de lejos. Adentrarse en el mercado sexual, conocer las experiencias de sus diversos actores, hacer investigación empírica sobre estos fenómenos, nos lleva a abandonar las concepciones monolíticas, los enunciados simplistas y los juicios universalizantes.
Para comprender este pasaje del sujeto invisible al sujeto transparente (y perverso) es necesario tomar en cuenta los debates que la prostitución ha generado en el seno de los feminismos. Si bien la prostitución siempre fue un tema del debate feminista, en la década de 1980 se originó, en el ámbito norteamericano, una polarización que ha dividido al movimiento como casi ninguna otra cuestión. En esa década, en el marco de las llamadas Sex Wars, surge la oposición entre el feminismo radical, que conceptualiza al sexo en un contexto patriarcal como un peligro y como la principal causa de la dominación masculina, y el feminismo pro-sexo, que lo enfocará también como una posibilidad de placer, más allá de los mandatos reproductivos. Si bien hay algunas variantes, las primeras buscan la abolición de la prostitución, vista como la expresión paradigmática de la subordinación femenina y una de las peores expresiones de las violencias de género, equivalente a una violación; mientras que las segundas consideran que el trabajo sexual es una opción, que presenta distintos grados de libertad y explotación, en un mercado de trabajo signado por múltiples desigualdades.
En Argentina este debate ha calado profundamente y la polarización ha ido in crescendo en las últimas dos décadas. Aquí intervienen varios elementos: en primer lugar, el crecimiento y desarrollo de las organizaciones de mujeres que reivindican la idea de “trabajo sexual” y su posterior articulación con algunos sectores del feminismo y los movimientos LGBTI. Luego, el éxito del abolicionismo en la institucionalización de la lucha contra la “trata de personas con fines de explotación sexual”, desde una perspectiva que homogeniza todo el comercio sexual bajo la idea de la esclavitud. Finalmente, ambos procesos se amplifican en el marco de la expansión de los feminismos en lo que comienza a considerarse una “cuarta ola” que ha revitalizado al movimiento feminista a nivel local, regional y global. En Argentina esta expansión y masificación aparece ligada a la crítica de la violencia de género –especialmente asociada a las movilizaciones del “Ni Una Menos[1]”– y más recientemente a la lucha por la legalización del aborto.
Los términos dicotómicos en que se traduce la polarización del debate feminista parecen reducir todos los sentidos del comercio sexual bajo las etiquetas de “violencia” o “trabajo”. Creemos que ninguna de estas versiones simplificadas del problema resulta potente para la investigación. Si bien los mercados sexuales, tanto como la familia y otras instituciones, han sido históricamente construidos en torno a asimetrías de género, la lectura totalizadora y dicotómica que aparece en algunos feminismos, deja poco lugar a la heterogeneidad y la multidireccionalidad de las relaciones entre agencias, sujetos y estructuras (Piscitelli, 2005). Al mismo tiempo, cuando el género –en una concepción binaria– funciona como principal variable de análisis y se omiten otras, como la clase, la raza, la edad o la nacionalidad, se invisibiliza el carácter relacional e interseccional de las opresiones. Así se clausura la posibilidad de comprender en profundidad los matices y las tensiones presentes en las diversas relaciones que tienen lugar en el mercado sexual.
Los sentidos y funciones asignados a la sexualidad de varones y mujeres pueden orientarnos para comprender cómo emerge un mercado sexual. La división sexual del trabajo y la desigualdad en el acceso a los recursos, han generado que las mujeres hayan utilizado su sexualidad como un bien de intercambio. Esta ha sido construida como un servicio, en un continuo de intercambios económico-sexuales que va “desde las relaciones matrimoniales hasta las formas más corrientes de prostitución” (Tabet, 2012: 152). A su vez, debe contemplarse la construcción de las sexualidad masculina –acaso menos pensada desde los feminismos– como una necesidad, un desafío, una demostración de potencia, ligada al cumplimiento de un mandato, y no únicamente al propio placer. Si tomamos en cuenta ambos aspectos, aun asumiendo que las relaciones entre varones y mujeres pueden pensarse también como relaciones de clase, la sexualidad es más un lugar de disputa que de posiciones fijas.
Desde una perspectiva que no contrapone economía e intimidad, ubicamos al comercio sexual dentro de una constelación más amplia de relaciones sexo-afectivas interconectadas con compensaciones económicas. Esta concepción nos permite contemplar las jerarquías de género que se expresan tanto en la construcción de la sexualidad de las mujeres como servicio, como en el estigma que desde el nacimiento del mercado sexual se asocia a la figura de la “prostituta”. Al mismo tiempo, nos habilita a conectar los intercambios sexo-económicos del comercio sexual con otras formas de vinculación menos estigmatizadas y perseguidas. Asimismo, nuestro enfoque busca sostener la tensión entre estas posiciones jerarquizadas y los desplazamientos y desestabilizaciones que pueden ocurrir en el plano de la interacción; de manera que, ni ofrecer servicios sexuales relega a las mujeres a una única y estática posición de subordinación, ni pagar por sexo otorga a los varones un poder omnímodo e irrestricto sobre ellas.
Como mostraremos a lo largo del libro, la fantasía de “ir de putas” –sea como un espacio de dominación masculina o como un espacio festivo y descomprometido– suele entrar en tensión cuando atendemos a la narración de las experiencias de los varones que pagan por sexo. Es que la mercantilización del sexo, en vez de presentarse como un escenario de dominio irrestricto para los clientes, le plantea también limitaciones. Por ejemplo, mientras el contrato de matrimonio tiene una duración indeterminada y las disputas de poder suelen ser veladas por el marco del amor romántico, en la prostitución la interacción supone un enfrentamiento más claro por poner límites a la dominación e incluso disputas por los sentidos que se ponen en juego en esa performance.
Estos matices y tensiones desaparecen con la polarización del debate, donde las relaciones entre varones que pagan y mujeres que ofrecen servicios sexuales “han sido construidas como relaciones patológicas, problemáticas, criminales y explotadoras” (Phoenix y Oerton, 2005: 96). En este marco, estos varones han sido caracterizados como sistemáticos perpetradores de violencia de género y el mercado sexual como un espacio de sociabilidad masculina que no les representa ningún problema, sino que funciona más bien como (re)productor de una masculinidad hegemónica. La denominación “prostituyentes”, que el feminismo abolicionista propone para reemplazar a la de “clientes”, parece transformarlos en agentes que actúan libremente guiados por una voluntad de ejercicio de poder que aparece claramente en sus conciencias. Esta matriz interpretativa se ha visto potenciada los últimos años, a partir de la masificación de los feminismos, la puesta en cuestión de la “masculinidad hegemónica”, y el llamado a los varones a “deconstruirse”.
La novedad de la preocupación por los varones que pagan por sexo también está ligada al funcionamiento de los sistemas penales, que históricamente habían puesto en foco y sancionado solo a quienes venden sexo y no a quienes lo compran. Recién a fines de los noventa emergen normativas de penalización de los clientes, entre las que se ha consolidado el “modelo sueco”, que a partir de 1999 penaliza a quienes compran o intenten comprar “relaciones sexuales temporarias”. Luego, otros países de Europa han tomado este modelo de penalización –que también, como veremos, inspiró proyectos de ley en Argentina– y surgieron programas de “reeducación” para los clientes en Inglaterra y en los Estados Unidos. Frente a este modelo sueco han emergido dos críticas, una sobre su eficacia, y otra sobre sus efectos más concretos. En esta última se incluyen tanto los daños a las propias trabajadoras sexuales, quienes deben moverse en un mercado más clandestino que aumenta gravemente su vulnerabilidad, y el impacto sobre las concepciones de sexualidad. En este sentido, que resulta clave para nuestra investigación, Don Kulick (2005) ha propuesto que el modelo sueco probablemente esté dando lugar al nacimiento de un “nuevo perverso”, en el sentido foucaultiano. La operación de un conjunto de elementos que moviliza el modelo sueco –campañas publicitarias, tratamientos, encuestas, etc.– contribuirían a producir un otro desviado, el más reciente integrante del elenco de perversos que comenzara a emerger hace un par de siglos con el dispositivo de sexualidad. Es el funcionamiento de esta clasificación el que, como mostraremos, puede operar aún sin una sanción legal vigente, y que nos permite pensar en un incipiente proceso de estigmatización de los varones que pagan por sexo.
Para pensar este proceso y su vinculación con las experiencias de quienes pagan por sexo, es importante comprender las conexiones y rupturas entre experiencia y estructura, que se hacen visibles (o desaparecen) desde distintos niveles de análisis. En las miradas del feminismo radical que nutren a la ideología del modelo sueco, subyace un enfoque que podríamos vincular al estructural-funcionalismo, por el cual los varones que pagan por sexo parecen reproducir racional, intencional, acrítica y funcionalmente la estructura patriarcal que los privilegia y les da poder. Nuestro posicionamiento busca, sin olvidar las asimetrías estructurales, particularmente presentes en los mercados sexuales, dar cuenta de las tensiones y complejidades que emergen en el plano de las interacciones y las experiencias.
Detengámonos a pensar sobre la estigmatización, ya que puede ser una forma de ejemplificar tanto las asimetrías del mercado sexual, como el nivel de análisis que proponemos para este libro. Para pensar sobre el estigma, un aspecto clave señalado por Goffman, aunque usualmente pasado por alto, es que no debe pensarse al estigma de forma sustancialista, sino que lo que se necesita es un lenguaje de relaciones. Entonces, más que un atributo en particular, “un estigma es, pues, realmente, una clase especial de relación entre atributo y estereotipo” (2010: 14). Sin embargo, Goffman no profundiza las implicancias de este lenguaje de relaciones ni cómo lo influyen los procesos mediante los que surgen los estigmas, sino que se limita a concebir los distintos tipos de estigma como “atributos que resultan desacreditadores en toda nuestra sociedad”. En este enfoque, cuando una persona posee un atributo no esperado para su categoría social, se convierte en una persona “fallada”. Si esta falla sale a la luz, la persona será “desacreditada”, mientras que si logra ocultarla no será estigmatizada pero permanecerá latente, en el nivel de lo “desacreditable”. A diferencia de las “prostitutas” a quienes el mercado sexual exige diversos grados de visibilidad, los varones que pagan por sexo suelen permanecer como desacreditables porque su “falla” es relativamente fácil de ocultar y el estigma se vuelve invisible. Sin embargo, cuando no logran manejar la información y se conectan visiblemente con la “prostitución”, se convierten, en este contexto, en desacreditados socialmente.
Si entendemos la estigmatización como un proceso social esta se conecta con la (re)producción de relaciones de poder y control que transforman las diferencias entre sujetos en asimetrías y desigualdades entre grupos sociales. Además, como proceso social la estigmatización es cambiante y tanto los sujetos estigmatizados como los efectos que causa están afectados por diversas luchas políticas. Como veremos, los varones que pagan por sexo comienzan a ser percibidos como varones que no se ajustan a las “nuevas” formas de masculinidad prestigiosa (no serían los “hombres de verdad” que postula, por ejemplo, una campaña anti-trata argentina). Incluso, en muchos casos, esta tensión aparece internalizada en sus experiencias. Sin embargo, no hay algo así como un sujeto homogéneo detrás de la categoría varón que paga por sexo, su autopercepción y sus relaciones con otrxs varían de acuerdo a los diferentes contextos e interacciones, y a los actores involucrados en cada una de ellas.
Esta multiplicidad de posiciones que puede ocupar un sujeto ha sido teorizada por los estudios de masculinidades, que han planteado que las relaciones de género tienen múltiples dimensiones. Es por ello que no es extraño encontrar que aquello que privilegia a los varones y los sitúa en posiciones de poder a nivel estructural, puede tener un reverso en la experiencia donde, simultánea y contradictoriamente, se experimentan diferentes formas de vulnerabilidad. Somos conscientes que aludir a la vulnerabilidad y la estigmatización de un sujeto que ha sido históricamente protegido por la invisibilidad y posteriormente presentado como la encarnación de la dominación patriarcal y la violencia sexual, puede ser leído como una forma de victimización. Sin embargo, consideramos que las categorías “víctima” y “victimario” responden a una lógica binaria (y jurídica) que no refleja el dinamismo propio de las relaciones sociales y la forma en la que circula el poder entre la multiplicidad de actores involucradxs en el mercado sexual. En cambio, analizar relaciones sociales construidas a partir de jerarquías históricamente fundadas, nos habilita a pensar sus desestabilizaciones al mismo tiempo que nos recuerda que ninguno de los actores puede escribir su propio libreto.
Sabemos que la distribución del elenco entre víctimas y victimarios resulta seductora, y por el contrario la trama que presenta personajes cambiantes y difíciles de encajar en planos morales binarios puede resultar incómoda para muchxs lectorxs. Sin embargo, nos interesa más la incomodidad que puede dar lugar a nuevas preguntas, que reafirmar ideas previas.
Antes de emprender un breve recorrido por los capítulos del libro, queremos hacer algunas aclaraciones terminológicas. La categoría “prostitución”, además de presuponer entre sus sentidos una corrupción de la “esencia” del sexo, está cargada de estigma hacia quienes ofrecen servicios sexuales y no nombra a quienes los consumen. Por ello no la utilizamos como categoría analítica, o bien lo hacemos cuando queremos marcar ese sentido estigmatizante. En cambio, utilizamos la categoría de “sexo comercial” que refiere a las prácticas de intercambio de servicios sexuales y afectivos por recursos económicos. Tal como hemos señalado antes (Morcillo, 2021 [2014]), los términos sexo comercial, o comercio sexual, no buscan de ninguna forma ser un eufemismo ni un gesto de corrección política, sino establecer un distanciamiento analítico que habilite a criticar su estigmatización. Además, el “comercio” del sexo ocurre actualmente en un mercado que, aunque crece y se diversifica, funciona como un mercado clandestino en el que desaparece la simetría entre las partes que supone el contractualismo liberal. Esta situación puede reflejarse en una de las acepciones de “comercio”: “comunicación y trato secreto, por lo común ilícito, entre dos personas de distinto sexo” (Real Academia Española, 2001). Entendemos el sexo comercial como una relación particular, tanto dentro de un “continuo de intercambios sexuales-económicos” más extenso (Tabet, 2012), como dentro de un mercado sexual más amplio, que incluye diversos intercambios de bienes comerciales y servicios que poseen un elemento erótico y sexual (Agustín, 2009).
En relación a la “trata de mujeres”, aunque dicha categoría circula profusamente, no hay acuerdo en torno a qué tipo de situaciones deberían incluirse en ella y ser perseguidas con las herramientas del derecho penal, lo cual produce una serie de equívocos. Tanto en el ámbito normativo como en el del debate y las acciones contra la trata de personas, hay diferentes definiciones de trata, algunas mas circunscriptas a la idea de la prostitución forzada y otras tan amplias que casi cualquier inserción en el mercado sexual puede ser leída de esa forma. Además, el despliegue de políticas anti-trata se ha articulado más bien como una cruzada anti-prostitución. Por ello, consideramos que “trata de mujeres” es una categoría de gobernanza que forma parte de la campaña anti-trata y no una categoría analítica (Martynowskyj, 2020).
En cuanto a la forma de referirnos a quienes demandan sexo comercial, protagonistas de este libro, decidimos utilizar la categoría “varones que pagan por sexo”. De este modo podemos dar cuenta de la especificidad de las posiciones de género que atraviesa la relación de sexo comercial heterosexual –aquella más presente en la porción del mercado sexual que abordamos y a la que nos circunscribimos–, y así ubicar a las mujeres cis[2] como proveedoras y a los varones cis como consumidores. Nos referimos a ellas como “mujeres que hacen comercio sexual” como categoría analítica, como “trabajadoras sexuales” cuando aludimos a su reivindicación política, y como “escorts” para usar el término nativo en los foros online de comercio sexual. Asimismo, “clientes” es la categoría nativa que circula en el mercado sexual –sobre todo entre las mujeres que hacen comercio sexual–, y que usamos cuando queremos resaltar ese sentido. Finalmente, la categoría “gateros” es con la que se identifican muchos de los consumidores asiduos y especialmente los usuarios de los foros en los cuales realizamos esta investigación.
En la primera parte del libro presentamos nuestra investigación, las principales líneas teóricas y el contexto de los discursos feministas. Primero describimos y analizamos las características del trabajo de campo, compuesto por entrevistas en profundidad y una etnografía virtual en dos foros online donde los varones que pagan por sexo comparten sus experiencias bajo identidades protegidas. Allí podemos tener una primera aproximación a las tensiones que aparecen cuando estos hombres son interpelados como clientes, y al espacio homosocial online de los foros que parece ser el heredero del cabaret.
A continuación ofrecemos las principales líneas teóricas sobre los estudios de masculinidades que utilizaremos a lo largo del libro. Si bien los varones que pagan por sexo han sido caracterizados como “machistas” o “masculinidades hegemónicas”, en este capítulo introducimos la distinción entre masculinidad privilegiada, dominadora y hegemónica. Esto nos ayuda a dar cuenta de la multiplicidad de posiciones y relaciones, en ocasiones simultáneas y contradictorias, que estos varones pueden tener en una diversidad de situaciones y contextos, y en interacción con los diferentes actores presentes en el mercado sexual.
En el tercer capítulo, ponemos el foco sobre el proceso mediante el cual los varones que pagan por sexo se han convertido en una preocupación pública. Para ello analizamos tanto las producciones académicas y militantes, como las campañas públicas que fueron moldeando la figura del “varón prostituyente”, oscilando entre la patologización, la criminalización y la reprobación moral. En el capítulo siguiente, en contrapunto con estas interpelaciones del feminismo abolicionista, abordamos las respuestas entre los varones que pagan por sexo. El análisis de sus posiciones muestra tanto el rechazo como el desconcierto y la afinidad con algunas de las principales reivindicaciones feministas.
En la segunda parte del libro, nos concentramos en las experiencias de los varones que pagan por sexo, comenzando por las primeras experiencias de sexo pago de los varones y los diferentes aprendizajes que deben hacer para iniciarse como gateros y pertenecer a la “comunidad gatera”. Este aprendizaje muestra que, lejos de ser algo naturalizado, la carrera de gatero supone sortear distintos riesgos materiales y simbólicos que implica la práctica de pagar por sexo para la masculinidad, como aprender distintos modos de justificar sus prácticas (hoy cuestionadas) y reconstruir una imagen respetable de sí mismos.
La idea de que los vínculos en la prostitución carecen de emociones –probablemente ligada a la ilusión de relaciones sexuales sin implicaciones– obtura la posibilidad de comprender una dimensión necesariamente presente. En los dos capítulos siguientes, analizamos las emociones que representan un desplazamiento del estereotipo de prostituyente y son frecuentemente narradas por los clientes. Primero nos centramos en la vergüenza y el miedo, dos emociones singularmente ligadas a las masculinidades en su dimensión homosocial. Luego, retomamos las historias de enamoramientos, en contraste con los relatos más modelizados, aparentemente despojados de emociones, estas narrativas, muestran afectos y confusiones que desestabilizan ciertas formas de masculinidades. Asimismo, la conexión entre ambos tipos de relatos nos permite poner de relieve las ilusiones que la lógica del mercado sexual produce.
El octavo capítulo está dedicado al análisis de un emergente del propio campo que no estaba previsto en el proyecto, pero resultó clave para comprender las experiencias de estos varones: el “fiolo”. La figura del proxeneta aparece insistentemente en los relatos de los varones que pagan por sexo y pone de relieve un conjunto de tensiones para su masculinidad y su sexualidad. Mostramos cómo la representación generizada del fiolo que circula entre ellos se articula con el uso y los significados del dinero, de la violencia y de las emociones, habilitando a repensar las supuestas relaciones de complicidad entre masculinidades en el mercado sexual.
A continuación estudiamos las preocupaciones de los gateros en torno a la salud, centrándonos en las enfermedades de transmisión sexual y las llamadas “disfunciones sexuales”, que despiertan con mayor frecuencia sus ansiedades y temores. Aquí, entre preservativos y estimulantes sexuales, la prostituta como riesgo de contagio y el mandato de la performance sexual masculina acechan la experiencia de estos varones. Finalmente, abordamos las vicisitudes de la retirada del mercado sexual, atravesada por las tensiones entre lo que se debe y lo que se puede hacer, entre la voluntad de “sentar cabeza” y serle fiel a una pareja, e ideas vinculadas al vicio y a una sexualidad masculina incontrolable, ambas cuestiones condicionadas sensiblemente por la edad y por los cambiantes sentidos que adquiere la masculinidad a lo largo de la vida.
- Utilizando el hashtag #Niunamenos, un colectivo de periodistas, artistas, escritoras y activistas, llamó a manifestarse el 3 de junio de 2015 en plazas de toda Argentina contra la violencia de género en reacción a una serie de femicidios. La viralización de la convocatoria, en conexión con otras como la de #metoo, dieron inicio a un movimiento internacional sin precedentes en la lucha contra la violencia de género.↵
- El sufijo “cis”, por contraposición a “trans”, hace referencia a las personas que se identifican con el género que les fue asignado al nacer. Ver Cabral, Mauro (2014), “Cuestión de Privilegios”. Disponible en: https://bit.ly/34VBFTR Asimismo, nos referimos a mujeres cis cuando hablamos de escorts, pues estas son las más mencionadas por los varones (las trans y travestis ocupan una sección aparte en los foros).↵






