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3 De la “tolerancia” a la estigmatización: los “prostituyentes” como
masculinidades reprobables[1]

Estefanía Martynowskyj

Desde la reciente masificación de los feminismos, que podemos situar en 2015 para Argentina, las demandas por la igualdad y contra la violencia de género pasaron a ocupar un lugar protagónico, así como el cuestionamiento de lo que antes se nombraba como “machismo” y ha devenido “masculinidad hegemónica”. En este contexto, la práctica de pagar por sexo se volvió problemática en un sentido novedoso y para un público que desborda a lxs profesionales de la salud, a lxs funcionarios públicos y a las feministas, que históricamente habían sido protagónicos en el control de la prostitución y en su combate, desde perspectivas higienistas, eugenésicas y morales (Guy, 1994).

La campaña anti-trata que emergió con fuerza a finales del siglo XX en el plano transnacional, ya había comenzado a cuestionar a los varones que pagan por sexo, poniendo en el centro del debate público a la “prostitución”[2]. Además, esta campaña se articula con la transnacionalización del “modelo sueco” de penalización de la compra de servicios sexuales, vigente desde 1999. Este modelo forma parte del dispositivo neoabolicionista cuya racionalidad permite que conceptos como “patriarcado, vulnerabilidad y explotación sean instrumentalizados para aumentar la intensidad y la extensión de las tecnologías de control sobre las cis y trans mujeres bajo la gobernanza feminista de la trata sexual” (Iglesias Skulj, 2017: 12). Estudios realizados a diez años de su implementación muestran que no sólo no ha podido transformar las desigualdades de género a las que se proponía hacer frente, sino que las ha profundizado (Dodillet y Östergren, 2011), sobre esto volveremos más adelante.

En nuestro país, una batería de leyes y normas de distinto rango; diversos materiales –institucionales, periodísticos, activistas, académicos y artísticos– y una gran cantidad de acciones públicas –de sensibilización, concientización y protesta–, producidos y llevadas adelante por actores de proveniencias heterogéneas, le han dado forma a un “régimen anti-trata” (Piscitelli, 2015) de carácter punitivo y sexualmente conservador. Las figuras centrales de dicho régimen han sido la mujer “víctima de trata” y los “tratantes”, desde la clave interpretativa rígida y simplista del derecho penal. Pero de a poco el interés ha comenzado a centrarse, también, en la figura del cliente. En 1999, Silvia Chejter denunciaba en el Informe Nacional de UNICEF sobre la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes en la República Argentina, que de un total de trescientas noticias periodísticas sobre este tema, sólo dos mencionaban a los clientes, y de manera accesoria. Sin embargo, desde mediados de la primera década del 2000, los varones que pagan por sexo se han convertido en objeto de preocupación pública, y dicha práctica, en algo reprochable en diversos escenarios donde, hasta no hace muchos años, se justificaba de distintas maneras.

En el contexto de discusión de la Ley N° 26.364 de Prevención y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas (en adelante Ley de Trata), diversos actores comenzaron a hablar de los varones que pagan por sexo como un tipo particular de persona, a través de la figura del “varón prostituyente”. Aquí, tras un breve recorrido por las políticas que ha implementado el estado argentino, analizaremos algunos de los materiales más relevantes donde se construye esta categoría y la imagen degradada que la acompaña: desde libros académicos y militantes, hasta las campañas oficiales, para finalizar considerando las respuestas de las organizaciones de trabajadoras sexuales y otras organizaciones afines.

Así abordamos el proceso mediante el cual los varones que pagan por sexo se convierten en una preocupación pública. La producción de categorías y elementos de juicio sobre el “problema” de pagar por sexo, que intentan objetivar la percepción del fenómeno (Pereyra, 2018), nos permite rastrear la configuración de la “propiedad” del problema, es decir, de la red de actores que logran crear su definición pública e influir sobre ella (Gusfield, 2014). Aunque este “problema” todavía tiene la forma de una controversia, no todos los grupos tienen igual poder, influencia y autoridad para definirlo.

Pagar por sexo como problema público: de la protección masculina al desaliento de la demanda

Desde fines del siglo XIX el Estado Argentino ha aplicado distintos modelos legales para gobernar la prostitución. A grandes rasgos podemos señalar un período reglamentarista, entre 1875 y 1936, y otro abolicionista desde 1936 hasta la actualidad. Aunque, como han mostrado Morcillo y Justo Von Lurzer (2012), las normativas que regulan la “prostitución” conforman un patchwork en el que conviven legislaciones penales abolicionistas, con normas de menor rango de corte prohibicionista, en los códigos provinciales contravencionales, y en algunas localidades, hasta no hace mucho tiempo, disposiciones reglamentaristas, a través de normativas municipales que regulaban whiskerías y cabarets. Además, el despliegue efectivo de las leyes penales y de las regulaciones de menor jerarquía, así como también las formas de ejercicio del poder de policía y las prácticas de intervención de lxs operadorxs implicadxs en las políticas anti-trata, impulsan formas de gobierno de la prostitución (Daich y Varela, 2014: 67) que no siempre están en armonía con los objetivos del cuerpo normativo vigente. Así, tanto durante el período reglamentarista como en gran parte del abolicionista, el tratamiento que se les dio a los varones que pagan por sexo fue prácticamente el mismo. Legisladores, médicos higienistas, autoridades eclesiásticas y sindicalistas coincidían en que la prostitución era un “mal necesario”, pues la sexualidad masculina se consideraba un impulso natural desbordante que necesitaba ser saciado, más allá de la relación conyugal, para el buen rendimiento de los varones como trabajadores, soldados y padres de familia (Guy, 1994). Tanto la regulación de las llamadas casas de tolerancia como su cierre, se consideraron medidas oportunas y eficaces para cuidar a los varones del contagio de las enfermedades venéreas –cuyo foco de contagio se pensaba que eran las “prostitutas”– y evitar así su propagación al resto de la sociedad.

Como muestra Queirolo (2013), con la consolidación del Estado Nación en las últimas décadas del siglo XIX, se estableció también un orden de género binario. Mientras para las mujeres el placer sexual quedó anulado y fue reemplazado por el deseo maternal, para los varones el placer sexual adquirió la modalidad de “descarga del instinto” que podía canalizarse tanto a través de “aventuras clandestinas” como de la prostitución. De esta manera, se habilitó una doble sexualidad masculina –matrimonial y extramatrimonial– en la que el comercio sexual adquirió importantes funciones. No sólo permitir las descargas sexuales, sino también, evitar males como la canalización equívoca de tales descargas: el “onanismo” o la “inversión” –el sexo con otros varones– (Queirolo, 2013: 71)

Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XX, el reglamentarismo que “garantizaba” el cuidado de los varones y sus familias cuando pagaban por sexo, fue puesto en cuestión tanto por los médicos como por la prensa, los “vecinos” y las “prostitutas”. Ello fue en parte producto del fracaso de los controles sanitarios sobre las enfermedades venéreas que solo vigilaban a las mujeres. Así, en 1936 se aprobó la Ley de Profilaxis 12.331, se cerraron los prostíbulos reglamentados, el Estado dejó de tutelar directamente la compra de servicios sexuales. En 1957 Argentina adhirió al Convenio para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena –aprobada en 1949 por la ONU–, la cual fue reglamentada en 1965 por el gobierno de Illia, restringiendo aún más la venta de sexo. En este contexto, algunos médicos higienistas vinculados a la OMS comenzaron a preocuparse por el rol de la demanda: “los clientes ganaron relevancia en los análisis y entre los abolicionistas emergieron consignas que tendían a señalar las prácticas de pago por sexo como ′sin precio no hay prostitución′” (Simonetto, 2018: 193).

No obstante, es recién con el cambio de milenio, en el contexto de la campaña anti-trata, que la preocupación por los “clientes” –ahora encuadrada por el lente de la violencia y la desigualdad de género–, desbordó a lxs profesionales de la salud, a lxs funcionarixs y a las feministas y se instaló como un tema de agenda pública.

Cuando se sancionó la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (convención de Belem do Pará de 1994), la violencia contra las mujeres se convirtió en el significante privilegiado para tematizar las diversas desigualdades de género y reclamar en términos de derechos humanos. Entonces las ideas del feminismo radical-abolicionista encontraron suelo fértil para propagarse y alimentaron la campaña global anti-trata. Así, la idea de la prostitución como violencia contra las mujeres ganó espacio dentro del feminismo –y ese lenguaje fue apropiado por actores con intereses diversos, como agentes estatales, grupos religiosos, ONGs, espacios políticos– (Weitzer, 2007). Los varones que pagan por sexo comenzaron a ser vistos como los principales responsables, junto con actores que los discursos anti-trata caracterizan como grupos mafiosos (Varela, 2015). Así, podríamos pensar al “varón prostituyente” emergiendo, por un lado, como ya dijimos, como una figura más de la batería de “anomalías sexuales” del dispositivo de sexualidad descripto por Foucault, que construye la variedad sexual en términos de desviaciones y perversiones (Kulick, 2005; Morcillo y Justo Von Lurzer, 2012) y, por el otro, como parte del repertorio del discurso abolicionista que lo reprueba moral y políticamente, en tanto (re)produciría y se abusaría de una relación asimétrica de poder, en un contexto patriarcal y capitalista.

La interpretación psi: la prostitución como escenario de la “degradación del objeto amoroso”

En 2006 se publicó Ir de putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución del médico y psicoanalista Juan Carlos Volnovich. Allí se propone analizar, desde un punto de vista psicoanalítico, los motivos por los cuales los varones consumen prostitución –“la psicología del usuario”–. Sin embargo, de los seis capítulos que componen el libro, solo los tres primeros están dedicados a este tema. Aunque se plantea que el punto de partida son la mayoría de sus pacientes varones, que han tenido o tienen relaciones con prostitutas, no hay un análisis detallado de los discursos y experiencias de estos varones. El autor se basa principalmente en una investigación realizada por el Mouvement du Nid[3] en 2004, pero dejando de lado buena parte de las tensiones y matices que este estudio muestra. A ello suma, su lectura de la teoría psicoanalítica freudiana y las reflexiones del feminismo radical-abolicionista, con el cual comparte una idea esencialista y normativa de la sexualidad, unida íntimamente al concepto de patriarcado como dominación masculina universal. La prostitución se representa en clave psicoanalítica como la degradación del objeto de deseo y la imagen que emerge del cliente es la del varón como personificación de la dominación masculina:

El pago es esencial en el caso de varones que disimulan la puesta en acto de un deseo sádico, la humillación ejercida, a partir del valor en el mercado de los “gatos” que usan. La relación sexual solo es un medio para ejercer el poder que la degradación del objeto amoroso como fin, testimonia […] sirve de pretexto para el despliegue de una escena totalmente ritualizada, simulacro de un encuentro sexual, parodia de una relación pasional, en la que todo está puesto al servicio de la dominación, la denigración femenina… (Volnovich, 2006: 31-32. Énfasis propio).

No hay una nosología, ni un tipo específico de perfil de cliente, como el autor sostiene, pero sí una manera de entender la sexualidad como un espacio de posiciones de poder y de género que son fijas. Así, la relación cliente-prostituta permite a los varones eludir “el alto precio del compromiso afectivo”, lo cual sería un requisito de la “masculinidad hegemónica” (Volnovich, 2006: 23). En una entrevista, ante la pregunta por los motivos que llevan a los varones a pagar por sexo, Volnovich señaló:

El varón paga para denigrar a la mujer y reforzar estereotipos tradicionales que puede ver en peligro. No es porque no pueda conseguir a una mujer de otra forma […]. Lo que está en juego es la violencia, el ejercicio del dominio y la explotación del cuerpo de las mujeres[4].

Asimismo, se comprende esta práctica como el efecto del “fracaso de la evolución progresiva de la libido”. Siguiendo a Freud, explica este fracaso como el efecto de la fijación de la sexualidad de los jóvenes en fantasías incestuosas inconscientes, lo cual los llevaría a relacionarse con prostitutas para garantizar un vínculo sexual sin la presencia del cariño (que los remitiría al vínculo con la madre) (Volnovich, 2006).

Aparece una tensión irresuelta entre la explicación freudiana de las motivaciones psíquicas inconscientes como motores del pago por sexo, y la intencionalidad precisa y consciente de subordinar a las mujeres. Como ha señalado Marta Lamas (2017), el aporte de Freud “fue señalar que los encuentros eróticos no sólo se dan entre cuerpos sexuados sino entre seres con un inconsciente”. Así, mientras algunas psicoanalistas, siguiendo a Freud, sostienen que en el comercio sexual también hay un fuerte componente psíquico que cubre necesidades emocionales de clientes y trabajadoras sexuales (Welldon, 1993), otras investigaciones psicológicas sobre sexo comercial postulan la existencia de un imperativo de dominación. Sin embargo, este planteo “resultan esquemáticas porque no registran las diversas formas de trabajar como puta y las muchas maneras de ser cliente” (Lamas, 2017: 77). Este es el caso del trabajo de Volnovich, que presenta una mirada negativa sobre el comercio sexual y sostiene que la prostitución es siempre “mala porque supone el cumplimiento de imperativos patriarcales y capitalistas que proclaman el uso y abuso del cuerpo del otro a cambio de un pago”[5].

La devaluación simbólica y la estigmatización del sexo comercial –sostenidas en el ideario del amor romántico, la cosmovisión judeo-cristiana, la teoría feminista radical-abolicionista, y en la idea de que el dinero y la intimidad representan esferas separadas y mundos hostiles (Zelizer, 2008)–, no permiten ver otros vínculos entre prostituta-cliente que no sean de degradación. Desde la perspectiva de Volnovich, que recupera elementos de estos distintos idearios, la circulación de afecto entre clientes y prostitutas es ininteligible. Sin embargo, otras investigaciones han dado cuenta que el devenir afectivo de una relación de sexo comercial es frecuente, poniendo en cuestión el imaginario de la prostitución como un intercambio frio, desafectado y/o violento (Morcillo, 2017; Puglia, 2016). Como veremos en el capítulo 7, hay una serie de vínculos entre estas y sus clientes, donde aparece el afecto y/o el amor, y que alteran el esquema dicotómico comercio/intimidad.

La perspectiva radical-abolicionista: lógica patriarcal, cosificación y dominación

En el caso del libro de María Galindo y Sonia Sánchez, Ninguna mujer nace para puta, publicado en 2007, plantean la idea del varón “prostituyente”, producto de la lógica patriarcal, que le concede privilegios y lo sitúa en un juego de dominación, que funciona a través de una red de complicidades –o cadena de explotadores– entre “proxeneta, prostituyente, policía y marido” (2007: 131). Esta lógica patriarcal significa que los varones tienen el poder de poseer y controlar el cuerpo de las mujeres.

Esta lectura del comercio sexual en clave de dominación masculina, en tanto forma concreta de poder que reproduciría una dialéctica dicotómica amo-esclava, desestima el rol de agentes de las mujeres en esa relación, al presentarlas siempre y de antemano como objetos de consumo y transacciones entre hombres. Además, la conceptualización de las relaciones de poder entre varones y mujeres como relaciones de amo-esclavo no permite dar cuenta de los mecanismos estructurales impersonales a través de los cuales operan las desigualdades de género en el capitalismo tardío. En el contexto actual, lo que se vende en el contrato de prostitución “es una fantasía masculina del derecho sexual masculino, fantasía que implica su precariedad en la realidad” (Fraser, 1997: 307). La mercantilización del sexo en vez de otorgar dominio irrestricto al cliente, más bien plantea limitaciones al mismo.

Otro punto que sostiene Sonia Sánchez es que el consumo de “cuerpos de mujeres” constituye un proceso de humillación y cosificación. Y que el “prostituyente” es “la cara más grotesca del poder sobre los cuerpos de las mujeres” (Galindo y Sánchez, 2007: 136), llegando a representarlo como un “torturador” y a los prostíbulos como “campos de concentración”. Esta figura, que encarna una violencia tan extrema, está en sintonía con la figura de la “desaparecida”, que comenzaba a extenderse en el movimiento de mujeres en esa misma época para representar a las “víctimas de trata” (Varela, 2015), produciendo asociaciones con la última dictadura cívico-militar.

El libro de Silvia Chejter, basado en gran cantidad entrevistas a varones que pagan por sexo, sostiene que la prostitución es dominación sexual legitimada por las costumbres y tradiciones, y que los “prostituyentes” son la causa de “la oferta de cuerpos para usos sexuales” y, por tanto, responsables de sostener la cosificación de las mujeres. La autora sentencia: “aprender a ser hombre es aprender a ser prostituyente” (Chejter, 2010: 39). Y si bien manifiesta que el libro es sobre el discurso de quienes pagan por sexo, no hay un análisis de los testimonios sino que estos se alternan con citas de textos dispares y fragmentados, pues el objetivo manifiesto no es comprender las motivaciones ni analizar sus posiciones subjetivas, sino sólo hacer visible su discurso (Chejter, 2010: 14). Las tensiones en sus discursos son dejadas de lado, o pensadas como trampas, idealizaciones o inversiones de la realidad, y cualquier análisis de mayor profundidad parece innecesario.

Hay varias cuestiones en común entre los tres libros, en particular la idea de guiones fijos donde los varones que pagan por sexo siempre ponen en acto la dominación masculina –por eso son “prostituyentes”–. En el libro de Sonia Sánchez y María Galindo hay un relato en primera persona, que tiene como punto de partida la experiencia de la “puta”, aunque esa experiencia se presenta como transparente, directa y como evidencia incontrovertible y punto originario de toda la explicación. Algo similar a lo que ocurre con los discursos de los “prostituyentes” en el libro de Chejter cuyo análisis es omitido pues parecen ser autoevidentes. Sin cuestionar la veracidad de la experiencia relatada, consideramos importante por el contrario, utilizar dicho concepto en el sentido que lo hace Scott (2001), es decir, como mediada y moldeada por contextos discursivos más amplios. Eso nos permitiría analizar los procesos históricos que, a través del discurso, posicionan a lxs sujetxs y producen sus experiencias en unos términos y no en otros. Es decir, hacer visibles las operaciones de los complejos y cambiantes procesos discursivos por las cuales las identidades se adscriben, se resisten o se aceptan.

En este sentido, la figura del “varón prostituyente” es la contracara de la de “mujer en situación de prostitución”, que presenta las experiencias de las mujeres como mero reflejo del deseo masculino, desconociendo su agencia, en un contexto en que prima el topos de la violencia contra las mujeres en cuanto posición legitimada para enunciar y demandar derechos. Si la “mujer en situación de prostitución” es caracterizada por su vulnerabilidad absoluta, es decir que su condición de mujer –pero también de pobre, joven, madre, migrante, etc.– la despoja de su capacidad legal de autogestión de su sexualidad; en el caso de varones que pagan por sexo, es su poder el que es caracterizado como absoluto. Aunque no queda claro en estos libros de dónde viene este imperativo de dominación. Como señala Fraser (1997:300), “apelar a un derecho sexual masculino, equivale a postular una tendencia masculina dada, no explicada, a la violación y el maltrato físico”.

Desplazamientos en la política estatal: de la protección a la estigmatización y los intentos de penalización

El Programa de Rescate y el Comité contra la Trata, han producido slogans y campañas de sensibilización que pusieron en el centro la figura del cliente. El Programa de rescate desde el 2012 utiliza un eslogan que ha tenido mucho impacto en las organizaciones anti-trata y que se ha expandido en otras arenas públicas –tales como los programas televisivos de actualidad, el cine, los tribunales de justicia, la prensa y otros órganos ejecutivos y legislativos del Estado–, que reza “Sin clientes no hay trata” y cuya expresión gráfica incluye un código de barras.

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Imagen 3: Campaña “Sin clientes no hay trata”.

Este eslogan representa dos ideas fundamentales. La primera es que la causa de la trata es la existencia de la demanda de servicios sexuales por parte de los hombres, lo cual homologa prostitución y trata. La segunda es que las personas en el mercado del sexo son mercancías, objetos que son vendidos, lo cual borra su capacidad de agencia, por restringida que esta sea.

Por su parte, el Comité contra la Trata realizó para el Mundial de fútbol del 2014 una Campaña Nacional de Difusión sobre el delito de la trata de personas denominada “Paremos la trata”. Esta incluyó, por primera vez, un eje sobre la vinculación estructural entre trata y la práctica de pagar por sexo, para desalentar y desnaturalizar prácticas sociales que están en la base de este delito.

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Imagen 4. Campaña “No manches la camiseta”.

Kuosmanen (2011) ha señalado que la población sueca apoya la penalización de los clientes aun sabiendo que no es eficaz en sus objetivos, porque representa bien a Suecia en el mundo. Hay una necesidad de apuntalar una sexualidad oficial que sería buena, en el sentido de “buen sexo, aprobado socialmente y constituido por relaciones consentidas entre dos adultos –iguales socialmente– que reporten satisfacción mutua” (Kulick, 2005: 208). En el spot y la gráfica de la campaña del Comité contra la Trata para el Mundial de fútbol de 2014, esta apelación a una “buena sexualidad nacional” se expresa en el eslogan “no manches la camiseta”[6] mediante el cual se intenta construir una responsabilidad individual para un problema social; y caracterizar a los hombres que pagan por sexo como transgresores de los “valores nacionales” que el Estado promueve. En el material audiovisual de la campaña, esta responsabilización individual se representa en una escena en la que vemos a un grupo de amigos festejando el triunfo de Argentina en un partido del Mundial y cuando uno de ellos comenta “muchachos, me ofrecieron unas chicas para festejar”, todas las personas en el bar se quedan en silencio y sus amigos reprueban el ofrecimiento diciéndole “pecho frio”, “amargo”, “muerto”, “cualquiera”, “que mufa”. Luego una voz en off precisa: “En los grandes eventos deportivos miles de mujeres y niñas son captadas para ser sometidas a explotación sexual. No manches la camiseta”. Y finalmente retoman el festejo, dejando de lado la posibilidad de pagar por sexo y coreando “Argentina, Argentina”[7].

En esta misma línea se inscribe la campaña que realizaron en el 2013 desde la Mesa Interinstitucional contra la Trata (MIT) de Mar del Plata, que tuvo una amplia difusión en los eventos populares de la temporada de verano, como el torneo de fútbol, los recitales y las obras de teatro. El eslogan era “Hombres de verdad no compran mujeres. El que paga por sexo financia la esclavitud de mujeres y niñas”. Este eslogan, traducción de una campaña norteamericana, con variaciones fue replicado en varias ciudades argentinas y ha girado por todo el globo.[8] La apelación a una masculinidad “verdadera” se inscribe en las narrativas hegemónicas sobre la trata como el anverso de la categoría del “prostituyente”, conceptualización que también subyace los proyectos de ley que proponen la penalización de los “clientes” –en sintonía con la política sueca que todos los proyectos citan como ejemplo a seguir–.

En Argentina, desde 2012 se han presentado cinco proyectos de ley en Diputados y uno en Senadores (aunque ninguno ha llegado a debatirse en comisiones, perdiendo estado parlamentario). Salvo este último, que propone penar a los clientes de “trata” y no a los de “prostitución”, atendiendo específicamente ese delito, el resto tienen como objetivo desalentar la demanda de servicios sexuales. En el proyecto presentado en 2013 por lxs diputadxs Marcela Rodríguez, María Luisa Storani, Héctor Pedro Recalde y otrxs, se sostiene que hace falta un cambio simbólico para “mudar el estigma que recaía sobre las personas prostituidas para que comience a recaer en quienes pagan por el uso sexual de estas”, porque “la prostitución reafirma la función social dominante del hombre, subordinando socialmente a la mujer”. Además, no se distingue entre trata y prostitución y se afirma que “el usuario le infringe a la victima de trata un daño adicional equivalente a una violación”, volviendo equiparables las dos situaciones y convirtiendo a la práctica de pagar por sexo en un delito y al cliente en un criminal. Los otros cuatro proyectos presentados en Diputados en 2012, 2013, 2014 y 2016[9], se inscriben en la misma línea argumental, hablando de la práctica de pagar por sexo como la “compra del cuerpo de las mujeres”, la “esclavitud del siglo XXI” y como un acto deshumanizante y estigmatizante. Todos los proyectos presentados en Diputados proponen una clave de lectura sobre la prostitución desde el prisma de la violencia contra las mujeres, en sintonía con los análisis del feminismo radical-abolicionista –incluso en el proyecto de abril de 2013 se la cita a MacKinnon. La sexualidad masculina es presentada como siempre violenta, expresando la dominación masculina, en particular cuando se mezcla con la utilización del dinero. En los diversos proyectos se cita reiteradamente una idea moralizada de igualdad sexual, opuesta al sexo comercial: “en una sociedad con igualdad de género, es vergonzoso que los hombres consigan relaciones sexuales con mujeres a cambio de una paga” (Expediente 1509-D-2013, página 14, énfasis agregado). La moralización supone que sólo algunas de las relaciones sexuales que suponen un intercambio económico son señaladas como vergonzantes, tal como señala Tabet:

La distinción neta, que contiene un juicio moral, entre intimidad, afecto y transacciones económicas, oculta la estructura económica fundamental de las relaciones entre los sexos, olvidando, entre otras cosas, los siglos de historia de los países occidentales durante los cuales la dependencia económica de las mujeres era la regla y las mujeres debían someterse a su marido, padre o jefe (Tabet, 2012: 163).

Si el sexo comercial puede pensarse siempre y de antemano como algo reprobable, más allá de si involucra o no situaciones de violencia y/o explotación, es porque funciona una jerarquización de las prácticas sexuales que al tiempo que estigmatiza el sexo comercial (entre otras prácticas), lo constituye como frontera del sexo bueno, normal y natural, “idealmente heterosexual, marital, monógamo, reproductivo, no comercial, dentro de la misma generación y practicado en los hogares” (Rubin, 1989).

Lo peligroso de esta concepción, tal como sostiene Kulick, es la cristalización de un encuadre sobre la sexualidad y sobre cómo debería practicarse, que vuelve a unir amor y sexo, de una manera que puede parecer benigna pero que hace falta mirar críticamente. Esa misma unión sostiene relaciones donde las mujeres siguen estando subordinadas a los hombres de muchas maneras (desde una desigual distribución de las tareas domésticas y de cuidados, pasando por la complacencia sistemática de los deseos sexuales de los maridos, hasta la violencia más cruenta –en Argentina los femicidios en el marco de las relaciones de parejas constituyen un 59% del total de los casos[10]-).

Otras interpelaciones a los clientes. Las propuestas de las trabajadoras sexuales y organizaciones afines

Son pocas las organizaciones de trabajadoras sexuales que han producido discursos para interpelar a sus clientes. En los casos en que lo han hecho, estas interpelaciones no apuntan a la estigmatización, sino a la sensibilización, propiciando un trato respetuoso e intentando concientizarlos en relación al carácter laboral de su actividad y al de ellas como trabajadoras. Otras organizaciones afines han producido campañas con un sentido similar. Es el caso de Amnesty for Women que desde hace algunos años acompaña los pedidos de descriminalización del trabajo sexual que sostienen las organizaciones de trabajadoras sexuales. En 2006, durante el Mundial de Fútbol en Alemania, elaboró una campaña para fomentar el respeto hacia las trabajadoras del sexo que establecía pautas de comportamiento para los clientes a través de “10 reglas de Oro”:

Para hacer que el sexo con una trabajadora sexual sea más agradable y divertido, ten en cuenta las siguientes pautas:

1. La educación, el respeto y una apariencia agradable te abrirán muchas puertas… y más. 2. Tal vez el alcohol te ayude a vencer tus miedos, pero también afecta a tu capacidad para mantener el ritmo. En otras palabras: cuanto menos bebas, mejor te lo pasarás. 3. Un hombre mantiene su palabra. Negocia claramente desde el principio lo que quieres y el precio. Prevendrá de decepciones posteriores. 4. No, significa no. Por ejemplo, besarse normalmente está fuera de los límites. Todos los negocios tienen sus límites. 5. Con condón o con condón, tú eliges. Negro, verde, azul, con estrías…, puedes elegir. No usar condón, sin embargo, es una estupidez. 6. Si sospechas que se está usando la violencia o la fuerza contra una trabajadora sexual, ¿qué deberías hacer? No intentes ser un héroe. Busca la línea de atención directa a trabajadoras sexuales más cercana 7. El trabajo es trabajo, y no amor, aunque vuestro tiempo juntos fuera genial. Esto significa: Mantente tranquilo y con los pies en la tierra. 8. La presión no ayuda a la ejecución. A veces simplemente la cosa no funciona. Está bien, relájate y, cuando sea el momento, vuélvelo a intentar. 9. Cuando compras sexo, no hay devolución de dinero. Si no estás satisfecho, háblalo. Si eres listo, no perderás la cabeza. Sea lo que sea lo que ocurra, no pidas que te devuelvan el dinero. 10. Los vecinos quieren dormir y no están interesados en tu vida sexual. En serio.

En Canadá, en 2008, el Colectivo Stella publicó una guía llamada Dear John (“Querido Cliente” en su versión en español). Allí responden preguntas que les podrían surgir a los clientes en relación al trabajo sexual, dan información sobre prácticas sexuales en el marco de una relación sexo-comercial, proponen pautas para lograr encuentros placenteros, respetuosos y sin violencia, y brindan información sobre salud sexual. Asimismo, la página web de la organización cuenta con un espacio donde las trabajadoras sexuales pueden denunciar y consultar un listado de “malos clientes y agresores”. El colectivo Hetaira de Madrid, frente a la campaña anti-trata lanzada por el ayuntamiento bajo el lema “Porque tú pagas, existe la prostitución. No contribuyas a perpetuar la explotación de seres humanos”, propuso una respuesta: “No contribuyas a perpetuar la explotación de seres humanos, por eso, respétanos, usa siempre condón y páganos bien”. En Barcelona, la Fundació Àmbit Prevenció mantiene un sitio web para clientes (webcliente.com) donde brindan información sobre diferentes temas relacionados con el trabajo sexual –aspectos legales, derechos como clientes y recursos de atención a la salud–, ofrecen un espacio para consultas referidas al sexo comercial, y fomentan valores de respeto y no estigmatizantes hacia las personas que realizan trabajo sexual. También la organización de trabajadoras sexuales Genera lanzó en 2008 una campaña dirigida a los clientes y al uso del preservativo con el lema “Respeta mi trabajo, sigue mi consejo, úsalo”. Su objetivo era

recalcar la responsabilidad de los clientes en el uso del preservativo, hacerles entender que las mujeres que ejercen prostitución deben ser respetadas como profesionales del sexo, con las normas y los límites que cada una de ellas impone en su trabajo.

Siguiendo en la línea de Amnesty for Women, Genera propuso “5 normas básicas que debería respetar la clientela de la prostitución”.

En América Latina, la ONG brasileña DaVida, pro derechos de las trabajadoras sexuales, lanzó una campaña de folletería durante la Copa Mundial de Fútbol de 2014 que tuvo lugar en su país. Bajo el lema “Beijinho da rua: jogue limpio na Copa!”, replicaba las diez reglas de Amnesty para tener “más placer con una profesional del sexo”.

En Argentina, las trabajadoras sexuales nucleadas en AMMAR, si bien no han producido este tipo de campañas, si han expresado su desacuerdo en relación a los intentos de penalización de los clientes. Sus principales críticas tienen que ver con que la penalización las empujaría a una mayor clandestinidad, lo cual a su vez las expondría a abusos y presiones policiales, de clientes y de locadores. Además, sostienen que ante una eventual disminución de la demanda, se verían en la necesidad de aceptar clientes que no hubieran tomado en otras circunstancias o prácticas riesgosas, como tener sexo sin preservativo[11].

Esta crítica también se expresa en la consigna “Sin clientes no hay plata”, que jugando con la consigna abolicionista “Sin clientes no hay trata”, utilizada por el Estado y diversas organizaciones feministas, cuestiona la identificación de la prostitución con la trata, el posicionamiento de las mujeres como víctimas y de los clientes como el peor mal de las trabajadoras sexuales. Esta frase ha suscitado la indignación de mujeres feministas de procedencias heterogéneas que la leen como una burla, e incluso como una injuria a la lucha legítima contra la “trata”. Sin embargo, las trabajadoras sexuales sostienen que es una respuesta política “en un contexto donde se dio la modificación de la Ley de Trata que quitó el consentimiento de las trabajadoras sexuales posicionándonos a todas como víctimas (negando nuestra agencia) y a los clientes como delincuentes”[12].


Históricamente la posición del “cliente” ha sido la más invisibilizada en las relaciones de sexo comercial. El Estado argentino la ha abordado desde un punto de vista principalmente higienista, justificando el consumo como un “mal necesario” e intentado proteger al cliente-padre de familia-trabajador, de los “peligros a los que se exponía” en las relaciones con las “prostitutas”. La figura del “varón prostituyente”, que comienza a circular en nuestro país durante la primera década del 2000, da cuenta de una estigmatización emergente, al correr el foco de la práctica al sujeto. Desde el feminismo radical-abolicionista, el “prostituyente” se considera no sólo una persona portadora de una sexualidad repudiable, sino también sujeto de la expresión y (re)producción de la dominación masculina. Desde esta perspectiva se argumenta a favor de su penalización, sosteniendo, por un lado, que reproducirían con sus prácticas la desigualdad de género y, por otro, que serían los causantes de la trata de mujeres. Sin embargo, las mujeres que se consideran trabajadoras sexuales, se oponen a la homologación de trata y prostitución y a la estigmatización y/o persecución del cliente, en tanto implica desconocer su agencia en la relación de sexo comercial y podría generar una disminución de la demanda, mayor clandestinidad y la exposición a condiciones laborales más riesgosas.

El etiquetamiento de estos varones como “prostituyentes” parece transformarlos en agentes que actúan libremente guiados por una voluntad de dominación masculina que aparece clara en sus conciencias, como ya hemos dicho, pasando de la invisibilidad a la “transparencia”. Sin embargo, como veremos a lo largo del libro, los motivos que llevan a estos varones a pagar por sexo, las relaciones que entablan con las trabajadoras sexuales, entre ellos mismos y con otros varones que forman parte del mercado sexual, las tensiones en la relación entre sexualidad, emociones, salud y masculinidad, y las particularidades de la homosocialidad que tiene lugar en los foros de gateros, muestran que no se puede dar por sentada y universalizar una práctica de masculinidad basada en relaciones dicotómicas de amo-esclava. Por el contrario, las relaciones generizadas que tienen lugar en el mercado sexual merecen ser investigadas en las formas específicas de poder y sexualidad que (re)producen.


  1. Este capítulo ha sido reelaborado a partir de Martynowskyj (2018).
  2. Este resurgimiento está marcado por la sanción del Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños (Protocolo de Palermo) en 2001, en Viena. En un contexto de migraciones transnacionales crecientes, signado por la preocupación de los países centrales por controlar sus fronteras, el debate sobre la prostitución y la trata de mujeres reingresó al escenario transnacional (Varela, 2012).
  3. El Mouvement du Nid, creado en 1937, es un movimiento social francés de origen cristiano, que trabaja sobre las causas y consecuencias de la prostitución, desde una perspectiva abolicionista, haciendo prevención y sensibilización de la ciudadanía en general, para desalentar el consumo de prostitución, y al mismo tiempo, acompañamiento de mujeres en prostitución. Sin embargo, en la investigación referida, Bouamama (2004) muestra las tensiones, frustraciones y complejidades que matizan la experiencia del “devenir clientes”. Tras señalar cautelosamente la imposibilidad de generalizar los resultados de un estudio con una muestra reducida, concluye: “Nuestros análisis también subrayan el carácter mutilado e insatisfactorio de la sexualidad de los clientes de la prostitución. No nos encontramos con muchos clientes felices, sino más bien con personas que sufren tratando de llenar un vacío sexual, emocional y amoroso a través del clientelismo. Sin embargo, estas mismas personas transmiten imágenes y comportamientos que son portadores de la dominación del otro.” (Bouamama, 2004: 139). Probablemente por ello el Mouvement du Nid tuvo varios reparos en plegarse al pedido de penalización de los clientes que terminó primando en Francia (Mathieu, 2015).
  4. “El varón paga para humillar a la mujer”, en Página 12, 27 de Mayo de 2013. Disponible en: https://bit.ly/3g2fceq.
  5. El significado de “ir de putas”, en diario La vaca, 15/10/2006. Disponible en: https://bit.ly/2SaBgue.
  6. Este eslogan es un juego de palabras que se ancla en un momento célebre de la cultura popular argentina, cuando Diego Armando Maradona dijo, en su despedida oficial del fútbol el 10 de noviembre de 2001, “El fútbol es el deporte más lindo y sano del mundo. Eso no le quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.
  7. Spot disponible en https://bit.ly/3wR3ngO.
  8. Las campañas pioneras en plantear esta idea son “Real Men Don’t Buy Girls’ Campaign”, lanzada en 2011 en Estados Unidos por The Demi and Ashton Foundation (DNA) y “Cool Men Don’t Buy Sex Campaign”, de la ONG india Apne Aap Women Worldwide.
  9. Expedientes en Cámara de Diputados de la Nación N° 2753-D-2012; 1509-D-2013; 5881-D-2013; 0837-D-204 y 1615-D-2016.
  10. Estos datos corresponden al 2020, según el Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina (Corte Suprema de Justicia de la Nación). Disponible en: https://bit.ly/3fY3dhS.
  11. Ver comunicado “Penalizar a los clientes es penalizar a las trabajadoras sexuales autónomas”, del 4 de abril del 2013. Disponible en: https://bit.ly/3fZKIcG.
  12. Ver comunicado “La frase Sin clientes no hay plata no es una burla o un chicaneo, es una respuesta política”, del 9 de junio de 2017. Disponible en: https://bit.ly/3uVf9Fr.


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