Masculinidad, carreras morales
y subcultura gatera
La naturalización del deseo sexual masculino parece a veces esencializar los procesos que posicionan a un varón como consumidor de sexo. En algunas investigaciones, el proceso de devenir cliente está ligado a carencias de la autoestima, o a una socialización no igualitaria en términos de género, sin embargo, dos investigaciones que llegan a conclusiones similares parten de muestras conformadas en su mayoría por clientes ocasionales (Mansson, 2004; Bouamama, 2004). Salvo algunas excepciones (Sanders, 2008 y Horswill y Weitzer, 2016), pocas investigaciones han estudiado las experiencias y el proceso por el cual los varones que pagan por sexo pasan a convertirse en clientes habituales. En este capítulo nos proponemos entender no sólo cómo un sujeto se torna un cliente, sino, siguiendo la jerga local, cómo se torna un gatero, es decir, un cliente que se reconoce en esa posición y forma parte de una comunidad. Aquí recuperamos la idea goffmaniana de “carrera moral” –utilizada agudamente por Meccia (2008) para analizar el sexo pago homosexual–, para entender bajo qué procesos estos varones producen una imagen del yo y paulatinamente se van desplazando de algunos mandatos que marcan el desarrollo de la “hombría” para los distintos momentos del ciclo vital. Como veremos, llegar a ser un gatero involucra una serie de aprendizajes e intercambios con otros que, en el contexto actual de declive del cabaret como ámbito homosocial, tienen un lugar privilegiado en los espacios virtuales.
En primer lugar, describiremos el debut en el sexo comercial de estos varones, –que muchas veces implica también el debut sexual–, donde se ponen en juego la masculinidad, la (hetero)sexualidad y las relaciones de poder intra-género. Luego, veremos los diferentes aprendizajes que deben hacer para iniciar sus carreras como gateros y pertenecer a la comunidad gatera, donde comparten sus experiencias sobre los distintos riesgos materiales y simbólicos que implica la práctica de pagar por sexo para la masculinidad.
La progresiva carencia de respetabilidad que representa ante diversos públicos la práctica de pagar por sexo ha generado que esta sea más frecuentemente mantenida en secreto, con la excepción de las comunidades online de clientes. El ocultamiento se funda en el temor a ser rechazados por otros/as que no comparten esta práctica “desviada”, “cuyo respeto y aceptación necesitan tanto en términos prácticos como emocionales” (Becker, 2010: 86). Para comprender cómo se tejen lazos entre los gateros en los espacios virtuales resulta útil retomar la noción de “subcultura desviada” de Becker, en tanto los miembros de esta comparten “un conjunto de nociones y puntos de vista acerca de lo que es el mundo y de cómo lidiar con él, y un conjunto de rutinas basadas en esas nociones” (Becker, 2010: 56). La mayoría de los grupos desviados cuentan con una lógica de autojustificación para neutralizar los sentimientos que sus miembros puedan sentir contra sí mismos y brindarles argumentos para continuar con la línea de acción que han tomado.
A su vez, para comprender el proceso por el cual un varón que paga por sexo se torna un gatero nos valdremos, como dijimos, de la noción de “carrera moral” propuesta por Goffman. Aquí importan “los aspectos morales de la carrera, es decir, la secuencia regular de cambios que la carrera introduce en el yo de una persona, y en el sistema de imágenes con que se juzga a sí misma y a las demás” (Goffman, 2001: 133). Si bien la construcción de un estigma para quienes pagan por sexo es aún incipiente, podemos pensar que estos sujetos
tienden a pasar por las mismas experiencias de aprendizaje relativas a su condición y por las mismas modificaciones en la concepción del yo, una “carrera moral” similar que es, a la vez, causa y efecto del compromiso con una secuencia semejante de ajustes personales (Goffman, 2010: 45).
Tener en mente tanto la noción de la carrera moral como la concepción del estigma como una relación entre atributo y estereotipo, nos permite pensar las tensiones que representa la práctica de pagar por sexo respecto de los estereotipos de masculinidad, especialmente en relación a las trayectorias que construyen respetabilidad. Al abordar las transformaciones en la imagen del yo en las carreras morales de los “gateros”, analizaremos las tensiones que emergen en sus propias experiencias sin dejar de lado sus posiciones estructurales ni sostener una mirada monolítica sobre ellos.
“Recibirse de hombre”: debut sexual, alarde y vulnerabilidad
Tenía 18 años, fuimos con un grupo. Es una experiencia rara, porque vas a un lugar pago, pero a la vez estás nervioso, hay mucha tensión. Es una cosa que es como demostrar una hombría. […] Viéndolo desde una edad más adulta, ves que sí, te juntás en manada, salís, son todos hombres, sale uno, lo propone y es como que hay que marcar la masculinidad: “¡Vamos todos, vamos todos!” Y por ahí alguno no tenía ganas en su momento, no lo digo por mí, pero alguno no tenía ganas y por ahí iba igual, porque es como que el hombre en sí mismo se pone, ¿viste?: “Bueno, ¡vamos a pasar, pasá!” Es una boludez de machos, de pelotudos, de hombres. […] Es más, creo que la primera vez, digamos, de ir con muchos hombres, que la pasamos más mal que bien, por los nervios, porque estás muy nervioso (Lucio, 30 años).
Mis amigos habían ido y le pedí la plata a mi mamá. Tenía que pagar porque era el mandato. Fueron mis amigos y ¿cómo que no fuiste? La experiencia fue pésima, muy asustado, porque aparte estaba prohibido (Gastón, 51 años).
Tener y mostrar una heterosexualidad activa es, sobre todo a partir de la adolescencia, una de las formas centrales en las que las masculinidades de los jóvenes pueden conseguir estatus entre el grupo de pares. Pero la gesta de “hacerse hombre” a través de la iniciación heterosexual no sólo tiene que ver con el deseo sexual y la concreción del coito sino, como se aprecia en los relatos de Lucio y Gastón, con responder adecuadamente a la arenga de los pares y demostrar coraje para cumplir con el “mandato”, especialmente cuando el debut sexual coincide con el debut en el sexo pago. De hecho, en muchos de los relatos de las entrevistas y los foros, las experiencias no son satisfactorias y no son extraños los problemas de erección o la falta de deseo sexual debido a los nervios, el miedo o la incomodidad. Sin embargo, estos aspectos no suelen estar presentes en los relatos sexuales que se comparten con el grupo de pares, porque frente a la mirada de los otros varones es vital no mostrarse vulnerable y demostrar una sexualidad activa y potente si no se quiere ver subordinada la posición ocupada en la jerarquía de masculinidades. Es por ello que en las relaciones homosociales existe una clara diferencia entre las cosas que efectivamente se hacen y las cosas que se dice que se hacen (Flood, 2007). Por más que no refleje la experiencia, el alardeo de un deseo sexual activo y de unas prácticas potentes frente al grupo de pares “es un gesto ritual con una funcionalidad contextual, es decir, es válido mientras sirva a la cohesión del grupo y a la consolidación de las identidades” (Vásquez del Águila, 2013: 826).
Cuando la práctica de pagar por sexo tiene lugar bajo la legitimación naturalista del boom hormonal del deseo sexual adolescente y en el contexto de la presión del “mandato” por “hacerse hombre”, se presenta como una práctica deseable y difícilmente pueda ser un atributo que desacredite a los jóvenes varones. Si bien la práctica de pagar por sexo se halla cuestionada, no es extraño que los jóvenes accedan a su iniciación sexual pagando y guiados por pares mayores o familiares varones. Sin embargo, la relación entre masculinidad, heterosexualidad y poder en los grupos de pares no es la misma cuando se pasa a ser un cliente habitual del mercado sexual. Cuando el debut sexual coincide con la iniciación en el mercado sexual, la masculinidad puede verse reforzada; como señalaba un entrevistado, implica “recibirse de hombre”. No obstante, cuando se pasa a ser un cliente habitual la masculinidad puede enfrentarse a pérdidas de prestigio, por lo que el pagar por sexo se torna un atributo desacreditador frente a quienes no comparten esta práctica y, por ello, debe ser ocultada. Es entonces que el descubrimiento del foro como espacio de homosocialidad permitirá, para los que se auto-descubrirán como gateros, repensar su propia imagen. En palabras del usuario Ahoramismo:
Me sentí por primera vez parte de una comunidad, y si se quiere, de sentirme un poco “raro” a sentir como un orgullo. Al irme abriendo sobre mi afición vi que éramos muchos los que acudíamos al sexo profesional (ahoramismo, Hilo “¿Cómo llegaron al foro?”, Foro 1).
Como ha señalado Becker (2010), lo que tienen en común los miembros de un grupo desviado es su desviación. Esto les hace sentir que comparten un destino y que tienen que enfrentarse a los mismos problemas, lo cual permite el surgimiento de una subcultura desviada. Entonces, cuando el relato del debut se hace en los foros, tiene lugar en el marco de una comunidad que comparte el carácter de sujetos desacreditables y cuyos miembros consideran a los debutantes como principiantes en la “carrera de gatero”, es decir, como potenciales miembros a quienes se da la bienvenida a este particular “nosotros”. En este último escenario, la inexperiencia no es una carencia sino una potencialidad, y la narración de problemas en la performance como la falta de erección u orgasmo y de experiencias de temor y nerviosismo, incluso aquellas que definen como “traumáticas”, no implican un riesgo de desprestigio como en el grupo de pares, sino que constituyen otro aspecto vital de las relaciones homosociales masculinas, la interdependencia y solidaridad. Algunas investigadoras han sugerido que al interactuar con personas con las que no hay necesidad de aparentar o de esconder la identidad como cliente, no se siente vergüenza, lo que brinda cierta seguridad, porque saben que no van a reaccionar negativamente o condenar sus comportamientos como extraños o incorrectos (Sanders, 2008a). Cuando algunos “novatos” se animan a preguntar preocupados en los foros por cuestiones que dejan en evidencia su vulnerabilidad, la comunidad gatera responde tranquilizadoramente, afirmando que esos problemas son psicosomáticos y se deben a “los nervios de la primera vez” que son abiertamente normalizados. Luego de dar la “bienvenida a este mundo maravilloso”, los miembros de la comunidad gatera aclaran que al principio suelen tenerse experiencias negativas, pero que con “esfuerzo” y “paciencia” se puede conseguir manejar la situación. Los hilos de un novato nos permiten reconstruir este camino, frente a las frustraciones que expresaba fue diligentemente alentado a “no aflojar”, así aprendería que en “la carrera de gatero” se pasa por diferentes etapas hasta poder dominarlo:
Un forista de acá, me dijo que cuando recién debutas es muy difícil controlar los tiempos, que una vez superado el problema ese de que se te cae sin razón aparente, hay que empezar a controlar los tiempos, mi problema ahora es que tengo que concentrarme para controlar los tiempos” (Error, Hilo “Mi cuarta xp fue con Lucrecia”, Foro 2).
Nuevamente vemos una diferencia entre el modelo del varón mayor que introduce al adolescente al mundo del sexo en el cabaret y las formas de funcionamiento de la cyber comunidad gatera. Para comenzar la carrera de gatero es necesario realizar un proceso de aprendizaje que incluye desde solicitar “consejos para la primera vez”, hasta conocer las “normas del gateo” y familiarizarse con una jerga específica. Los foros de intercambio de experiencias de sexo comercial que estudiamos, funcionan como una comunidad online donde se (re)producen los valores, las normas, el argot y la fraternidad distintiva de la comunidad gatera, se aprende a lidiar con el carácter de desacreditable que implica el pagar por sexo y a ser un “colega gatero”.
El “Manual del gatero”: aprendizajes, riesgos y comunidad
Para el gateo, en general, y casi para todas las cosas hay un conjunto de normas, que en muchos casos jamás fueron escritas. Pero se encuentran instituidas, y se van divulgando entre pares. Cuando un Pirata recién se inicia, quizás siga los consejos de algún par más experimentado, y así sucesivamente (Rojophd, Hilo “Algo sobre reglas del gateo”, Foro 1).
BUEN GATERO. Querés ser un BUEN visitante? Querés ser muy bien visto y recibido? Querés ser atendido realmente con BUENA ONDA y actitud? Bueno aca van algunos consejitos (elcapodelcabaret, Hilo “Manual del Gatero Ilustrado & Otras Disquisiciones”, Foro 1).
Muchos usuarios mencionan que antes de contratar por primera vez el servicio de una escort, leen las XP de otros gateros para interiorizarse en las características del mercado y poder elegir, así como para aprender los códigos del ambiente y la manera de relacionarse con las mujeres. También es común que, antes de compartir sus primeras XP, los principiantes pregunten sobre los significados de la jerga que utilizan los más experimentados. Así, conocer el significado de “840” (fiolo), “HEF” (hasta el final), “GP” (garganta profunda), “asterisco” (ano), “gift” (tarifa) y sobre todo mostrar su uso será un signo de pertenencia a esta subcultura.
Además, tendrán que adquirir herramientas para relacionarse con las escorts, tanto para que los encuentros sean placenteros, como para poder minimizar los riesgos que conllevan y sortear los obstáculos que implica involucrarse en una actividad estigmatizada. Entonces, no sólo tienen que aprender a tener una buena experiencia sexual, sino a controlar las emociones y manejar de manera apropiada el dinero.
Como veremos en el capítulo 7, una de las reglas que más consenso genera es la de no enamorarse ni involucrarse emocionalmente con las escorts; regla que es compartida e igualmente transgredida por las mujeres que hacen sexo comercial. Si bien es más típico en los primerizos, el recurrente riesgo de enamoramiento es un bucle que se retroalimenta tanto de la ilusión de intimidad y el disfrute que ella produce como de la supuesta capacidad de controlar las emociones. Además, el riesgo de perder el control de las emociones es percibido también como riesgo de ser manipulados económicamente por una escort. Un usuario experimentado, utiliza una “firma” al final de todos sus posteos que condensa estos dos temas centrales del mundo gatero: “Soy gatero profesional, por lo tanto no me enamoro de las escorts – no soy tan viejo ni tan feo para pagar +de $250 por una mujer” (Charles Lyon, Foro 1). Al respecto, el usuario elcapodelcabaret señala lo siguiente:
Bajo promesas de amor eterno y pedorradas de esa misma índole, las niñas acometen una depredación despojada de toda piedad, de toda y cada moneda que puedan rapiñar al incauto otario, jaja (elcapodelcabaret, Hilo “Manual del Gatero Ilustrado & Otras Disquisiciones”, Foro 1).
El enamoramiento pone a los clientes en una posición de riesgo ligada a la pérdida del control de sus emociones y al consiguiente mayor gasto por mantener económicamente a estas mujeres que aparecen como una otredad amenazante que los puede “rapiñar”. Por ello se hace necesario aprender a manejar las emociones que emergen en los encuentros y, si bien el riesgo del enamoramiento es difícilmente eliminable, es un “error” que suele achacarse a los novatos.
El dinero y la racionalidad en su uso también se ponen en cuestión cuando los gateros asiduos sienten que no pueden controlar su consumo y que se convierte en un “vicio” o una “adicción” –“como el faso, el alcohol o las drogas”– que los pone en riesgo de “patinarse el sueldo”. Seidler (2006) ha sostenido que la masculinidad se construye en torno a la idea de racionalidad, por lo que cuando las identidades y prácticas sexuales se consideran “animales”, al tiempo que se legitiman a través de la naturalización, se constituyen como amenazas a su ser racional si persisten sin control a lo largo de sus vidas. Además, como afirma Giddens, el sexo se vuelve compulsivo para el sujeto cuando la conducta sexual cotidiana “queda gobernada por una búsqueda constante de algo que, sin embargo, conduce persistentemente a sentimientos de vergüenza o inadecuación” (2004: 77). Por lo que uno de los aprendizajes que deben hacer los gateros es el de enfrentarse a la compulsividad que en muchos casos supone pagar por sexo, para poder manejarla. En el hilo “¿Hay reglas en el gateo?”, el usuario NN comparte su técnica para “no pasarse del presupuesto”:
Me fijo un gasto mensual y no salgo de allí. Si no me alcanza para darme el gusto con el super gato que me recalentó, dejo pasar los meses para ahorrar y ajustarme de nuevo al presupuesto para justificar el sobre precio. Solo me salgo de caja cuando a su vez me aparece un ingreso no previsto y ahí sí ¡a festejar! (Usuario NN, Hilo “¿Hay reglas en el gateo?”, Foro 1).
Las relaciones de interdependencia y solidaridad entre gateros que conllevan estos aprendizajes compartidos, no implican que la comunidad gatera esté exenta de jerarquías que se van construyendo a lo largo del tiempo. Los usuales debates entre los usuarios sobre las formas de jerarquización muestran tanto los diferentes estatus como el interés compartido en ser parte de esa jerarquía (por ejemplo, en un hilo del Foro 1 llamado: “¿Cuándo me hago Súper gatero?”). A pesar del debate y las distintas posiciones sobre cuáles son los puntos más valiosos para un gatero, en ambos foros queda claro que un elemento fundamental para construir la reputación del gatero es la cantidad de XP que comparten. En el Foro 2 podemos leer en todas las intervenciones al lado del nickname de cada usuario la cantidad de XP compartidas, en el último mes, en el último año y en toda su trayectoria, además ambos foros muestran la cantidad de votos o valoraciones recibidas de parte de otros miembros como forma de avalar su “confiabilidad”. El compartir XP, punto central de la vida online de los foros, tiene varias aristas. Aquella más previsible es construir un relato que exalta la masculinidad y potencia sexual del narrador –el alardeo sexual–. Sin embargo, como ya hemos visto, estas XP a veces son criticadas y los gateros reclaman la necesidad de “compartir data objetivamente” para que toda la comunidad sepa los pros y contras de cada escort. Por ello podemos pensar que las XP actúan fundamentalmente como
un cemento social para unir a una “comunidad” en el mundo virtual y real […] y como un mecanismo de normalización que los clientes utilizan para entender su comportamiento no como `desviado´, sino como aceptable y acorde a los guiones sexuales heterosexuales masculinos normales (Sanders, 2008: 70).
Otra dimensión importante para convertirse en gatero es lograr manejar la potencial estigmatización que implica esta práctica y para ello es crucial, como sugeríamos más arriba, aprender a mantenerla en secreto. Si su práctica sale a la luz, el gatero sospecha que las relaciones con su esposa, novia y/o amantes, compañeros/as de trabajo o su círculo cercano pueden verse afectadas o incluso terminarse:
Tengo la mejor imagen con todas las mujeres de mis amigos salvo con una, que casi ni la conozco y nos vimos muy pocas veces. Pero evidentemente mi amigo “sin querer” le trasmite alguna data que no debería, pero me consta que no lo hace de mala leche, de boludo nomas… (LegumbreAmba, Hilo “Algo sobre reglas del gateo”, Foro 1).
En la interacción con otros gateros, el principiante aprende que reduciendo los círculos con quienes habla del tema y siguiendo algunas estrategias puede minimizar estos riesgos. Para eso adoptan una serie de cuidados, los cuales se comparten y discuten en el foro: agendar a las escorts con contraseña o cambiarle los nombres, usar otro chip o teléfono para contactarse con ellas, hacerse una dirección de email “gatera”, usar una computadora privada, no contarle a nadie sobre su afición al sexo pago, etc. Sin embargo, el secreto puede salir a la luz por distintos motivos y cuando esto pasa los gateros también reflexionan en términos morales sobre su práctica de pagar por sexo y sus masculinidades. En el hilo “Mi hija de novia con un gatero” (Foro 1), el usuario CatJoker relata que se encontró con su yerno saliendo de un privado y consulta con el resto de los foristas si debería contarle a su hija o hablar con el yerno, a lo que uno de los gateros responde:
Me parece que no corresponde blanquear [revelar] que gateas con tu hija. Es tu vida privada y no es necesario que pierdas la imagen que ella tiene de vos. Yo hablaría directamente con el novio, y le explicaría que esperás algo mejor para tu hija, y no un comegato como nosotros (OrtegaR, Hilo “Mi hija de novia con un gatero”, Foro 1).
Al igual que en el caso de los foristas antes citados, hemos encontrado que la mayoría de los gateros viven “dobles vidas”. Sanders (2008a: 113) plantea que esto es una consecuencia de la desaprobación social, del “miedo a la reacción de la pareja, el temor de ser etiquetado como extraño o pervertido sexualmente”. Cuando son descubiertos o descubren que alguien de su entorno familiar es gatero, muchos dejan en evidencia que comparten esta desaprobación social, que ha permeado en la subjetivación de sus experiencias. Como señalaba el usuario OrtegaR: “esperás algo mejor para tu hija y no un comegato como nosotros”. Por otro lado, lo que este usuario está expresando cuando aconseja “no es necesario que pierdas la imagen que ella tiene de vos”, es una tensión entre la posición del padre y la del gatero. Aquí la trama familiar y conyugal que supone una imagen de la masculinidad “respetable” ligada a la protección de las mujeres, diverge de aquella de la cofradía de gateros que aparece a veces ligada a la depredación de las mujeres (cuando se usa la denominación “comegatos”). Otros usuarios intentan construir discursos de respetabilidad para alejarse del estigma resaltando que son “buena gente”, que “aman a sus mujeres” y que son padres, atributos que los acercan al “buen comportamiento sexual” (Rubin, 1989). Sin embargo, estos discursos divergentes sólo pueden funcionar en la lógica de la doble vida y la protección que les ofrece el secreto. Un gatero que no ha mantenido en secreto su afición por el sexo pago, se lamentaba sobre cómo lo veían los demás, lo cual lo hacía sentir “degradado”:
La verdad es que me siento degradado porque no me gustaría pagar. Generalmente me pongo a pensar que las minas van conmigo sin ganas y porque les pago […] Y la verdad que me siento un perdedor teniendo que pagar. Veo que mis amigos tienen sus novias o mujeres, han hecho sus familias y yo solo y sin otra alternativa que pagar para ponerla. Esa es la parte fea. Quizás me siento culpable. Alguna vez lo disfruté porque ya hace 5 años que pago. Pero ahora ya no tanto. Encima mis amigos me cargan, me dicen “paganini” y todas esas cosas y la verdad que me rompe las pelotas. Es como que ya me hice la fama que si estoy con una mina es porque pago. O sea si me ven con una mina o la llevo a comer van a decir “este le paga”. Quizás me importe lo que me digan. Pero ver ese contraste de mis amistades casados con familia y yo solo y pagando me está pesando (gatero1984, Hilo “¿Alguna vez intentaron dejar de pagar por sexo?”, Foro 1).
Como sostiene Seidler (2006) los varones aprenden a hacer lo que se espera de ellos y, por lo tanto, a definirse “externamente”, sobre todo frente a la mirada del grupo de pares masculinos. Los varones que pagan por sexo cumplen con la promiscuidad y la virilidad considerada propia del “macho alfa”, pero se alejan del papel de conquistador sexual que también se espera de ellos (Sanders, 2008). Asimismo, en la adultez la validación homosocial masculina requiere también que se ocupen otras posiciones, principalmente la de proveedor y la de padre de familia (Fuller, 2001). Así, el usuario gatero1984 se siente avergonzado, frente a la mirada de sus pares se ve como un “solterón”, incapaz de seducir a una mujer. Esto degrada la posición de su masculinidad en el grupo, mostrando que la práctica de pagar por sexo puede estar desprestigiada para otras masculinidades, y ser percibida como un atributo vergonzante. Por eso, muchos prefieren no contar sus experiencias de sexo pago.
El consumo de sexo comercial cambia con la edad, volviéndose más solitario en la adultez, donde suele permanecer como una práctica privada o íntima. Las excepciones serían los momentos de ocio puntuales (despedidas de soltero, ciertos eventos laborales, cumpleaños) donde lo grupal vuelve a adquirir centralidad y lo que se pone en juego principalmente es la consolidación de los valores homosociales ligados a la masculinidad. De modo que, cuando los varones ingresan en la adultez, se espera que se inserten en la vida doméstica y pública y dejen atrás los “excesos” de la juventud, ya que la masculinidad asociada al “Don Juan” no encuadra dentro del modelo de la “verdadera hombría” de la adultez y carece del reconocimiento y respeto de lxs “normales”. Sin embargo, si consideramos al estigma como relacional y situacional, dado que el mismo atributo que desacredita a unos puede confirmar la normalidad de otros, los gateros son desacreditables por fuera de la comunidad gatera, pero cuando interactúan con otros gateros el estigma se suspende, algo que, como veremos en el último capítulo, resulta crucial en la etapa final de la carrera, “la retirada”.
En este capítulo hemos planteado las distintas circunstancias que atraviesan las carreras de los varones que hacen de la práctica de pagar por sexo parte central de sus vidas, y se identifican como gateros, formando parte de una comunidad online. Una serie de hitos y procesos conforman estos recorridos poniendo de relieve cómo estas construcciones son variables y se hallan marcadas por tensiones. Al contrario de los discursos que suponen la naturalidad tanto del consumo de sexo pago (“gatero se nace”) como del deseo sexual (como una fuerza natural irrefrenable), las experiencias de los varones que pagan por sexo, y en especial de los gateros, revelan la necesidad de atravesar procesos de aprendizaje para controlar y manejar diversos aspectos de los intercambios en el comercio sexual. Inclusive para poder obtener placer es necesario el aprendizaje. Asimismo, el análisis de las carreras nos permitió pensar un conjunto de coincidencias y divergencias para concebir la especificidad del gatero distinguiéndose de otros varones que pagan por sexo y desplazándose de algunos ideales de la hombría.
Como hemos visto, el consumo de sexo pago no implica per se una posición prestigiosa para la masculinidad. Cuando coincide con el debut sexual, puede asociarse con “recibirse de hombre” en el contexto del grupo de pares y funcionar como una fuente de estatus. Sin embargo, en el marco de la incipiente construcción del estigma de “prostituyente”, el pagar por sexo asiduamente comienza a percibirse como un atributo desacreditador para el “hombre de verdad”, que sólo debería recurrir a la seducción para conseguir tener relaciones sexuales y dirigirse progresivamente hacia la consolidación de la posición masculina de padre-protector-proveedor.
Es en los foros donde el sujeto potencialmente desacreditable encuentra la posibilidad de iniciar su carrera moral como gatero. Allí podrá formar parte de la comunidad gatera que, como subcultura desviada, conlleva una serie de aprendizajes. Tanto para iniciarse en el consumo de sexo comercial como para ser un “buen gatero”, los varones solicitan los consejos de los más experimentados; pero aquí no aparece la figura del familiar adulto que lleva al joven a debutar, ya que nos hallamos por fuera de la trama del parentesco. Serán otros gateros quienes enseñarán no sólo los códigos del ambiente, sino a minimizar los riesgos y sortear los obstáculos que implica involucrarse en una actividad estigmatizada. De estos, los más relevantes son enfrentarse a la compulsividad que en muchos casos supone pagar por sexo y poder manejar la potencial estigmatización. En relación al primero, los aprendizajes articulan diferentes facetas que pondrán a prueba su masculinidad: conseguir una buena performance sexual, controlar sus emociones para no enamorarse de las escorts y manejar el dinero para no “despilfarrarlo” ni dejarse “rapiñar”. En relación al segundo, lo que aprenden los gateros es a mantener esta práctica en secreto a partir de una serie de cuidados en el manejo de la información, y en algunos casos desarrollarán una “doble vida”.
Como hemos sostenido, los mandatos de masculinidad cambian con la edad y si bien la “hombría” se construye centralmente en torno a demostrar una (hetero)sexualidad activa, cuando los varones ingresan en la adultez, buena parte de la respetabilidad se desplaza a su posición como padres-proveedores-protectores, y por lo tanto se tensa con la posición de los gateros, asociada a una imagen de despilfarradores-predadores (“comegatos”). En este sentido, si bien el cuestionamiento moral y estigmatizante queda suspendido en los foros, los gateros precisan recrear constantemente entre sí estrategias de normalización de sus prácticas. De allí el papel fundamental –y jerarquizante– que juega el compartir sus XP’s. Por fuera de los foros la necesidad, cada vez mayor, de recurrir al secreto expresa la divergencia entre la construcción de la hombría y la carrera de gatero.
El análisis de estas carreras, en el marco de las transformaciones del mercado sexual, del orden de género y del régimen de sexualidad, habilita a plantear algunos interrogantes cuya respuesta no podemos aventurar aquí (salvo en forma conjetural). La coyuntura actual de expansión de los feminismos, y en particular del feminismo abolicionista ligado a la campaña anti-trata, habilita el cuestionamiento de los sentidos que atraviesan la práctica de pagar por sexo, especialmente para los varones cis heterosexuales. La imagen pública de los varones que pagan por sexo comienza a ser criticada, pero en buena medida bajo la forma de una campaña estigmatizadora. En este marco es posible preguntarse, ¿de qué formas las nuevas configuraciones del mercado sexual afectan los sentidos del debut sexual? Las experiencias analizadas en este punto parecen estar tanto más abiertas a expresar las vulnerabilidades como bloqueadas a la hora de repensar el propio deseo sexual masculino. ¿Cómo se ligan los aprendizajes en relación al control de emociones, dinero e información con las nombradas transformaciones? Dos puntos resultan claves a la hora de profundizar nuestra indagación: por un lado, el desarrollo de las crecientes culturas virtuales que permiten un manejo de la información más complejo; y por el otro un posible crecimiento de patrones de consumo sexual más individualizado y montado en torno a la ilusión de intimidad. Sobre esto vamos a volver en los capítulos siguientes, donde analizamos el funcionamiento de los foros como espacios homosociales donde los varones que pagan por sexo expresan y tramitan colectivamente emociones especialmente vinculadas a la vulnerabilidad en los varones, como el miedo y la vergüenza, e indagamos en como la expresión de estas emociones tensiona los sentidos históricamente asociados a la masculinidad.
- Este capítulo ha sido reelaborado a partir de Morcillo, Martynowskyj y de Stéfano Barbero (2020a).↵






