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5 La salud en la abstinencia

Sexualidad en los dispositivos religiosos de tratamiento para consumos de drogas en el
Área Metropolitana de Buenos Aires[1]

Daniel Jones y Paloma Dulbecco

¿Qué lugares ocupa la sexualidad en los diagnósticos sobre el consumo problemático de drogas y en las propuestas para su tratamiento? ¿De qué manera se conectarían ciertas actividades sexuales con el inicio en las drogas? ¿Cómo se regulan los compartimientos sexuales y los vínculos eróticos y amorosos desde las instituciones que abordan terapéuticamente el uso de drogas?

En este capítulo exploramos las perspectivas y prácticas sobre estas cuestiones de referentes de organizaciones con orientación religiosa y/o espiritual de atención por consumo de drogas del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA),[2] y de personas en tratamiento en esos dispositivos. Partimos de la conjetura de que el uso de drogas es vinculado a la sexualidad de diversas maneras por las y los protagonistas de este entramado institucional terapéutico. En este sentido, una idea fuerza que orienta el capítulo es que las experiencias sexuales son consideradas relevantes para comprender y explicar el consumo problemático de drogas, así como las prescripciones sobre sexualidad son planteadas como fundamentales para recuperarse de aquel.

En el primer apartado, argumentamos la pertinencia de indagar cuestiones de sexualidad dentro de un estudio sobre instituciones de orientación religiosa y/o espiritual de atención por consumo de drogas[3] y presentamos un breve panorama sobre qué sucede en estas instituciones. En el segundo, introducimos los lineamientos teóricos que guiarán nuestro análisis. A partir del tercer apartado exploramos las conexiones de la actividad sexual y las relaciones de pareja con el consumo problemático de drogas: los referentes de estas instituciones plantean un vínculo estrecho entre ciertas experiencias sexuales y el inicio en las drogas, y por ello otorgan centralidad al abordaje terapéutico de la sexualidad. En el cuarto apartado reconstruimos las reglas que establecen estas instituciones sobre las actividades sexuales y los vínculos eróticos para las personas en tratamiento: cuáles influirían negativamente en la recuperación y, por ende, son prohibidos o desalentados, en contraposición a otros aceptados e, incluso, promovidos. Comparamos estos posicionamientos de los referentes con las experiencias de quienes son atendidos. Finalmente, recapitulamos los principales hallazgos y planteamos nuestras conclusiones.

El trabajo de campo que sustenta este capítulo se realizó entre 2014 y 2015. En una primera etapa visitamos 26 instituciones y entrevistamos a sus referentes (directores, líderes religiosos, operadores comunitarios y profesionales de la salud; en una no aceptaron que registrásemos la entrevista realizada). Para la segunda etapa seleccionamos ocho instituciones, representativas tanto de las diversas modalidades de abordaje (comunidad terapéutica, centro barrial y tratamiento ambulatorio) como de las distintas orientaciones religiosas relevadas (espiritual, católica, evangélica y judía), en las que entrevistamos entre tres y cinco personas en tratamiento (hicimos 31 entrevistas individuales, 21 varones y 10 mujeres).

Cuadro 1: Listado de instituciones
Institución Localización Modalidad de intervención Orientación religiosa
Aquí y ahora CABA Tratamiento ambulatorio Espiritual
Asociación Civil “Centro Familiar Cristiano Centro Bernabé” GBA Noroeste Comunidad terapéutica Evangélica
Asociación Civil Cristiana Evangélica Emmanuel GBA Sur Tratamiento ambulatorio Evangélica
Asociación Civil “El Almendro” CABA Tratamiento ambulatorio Espiritual
Asociación Civil “Programa Por Decir” GBA Oeste Comunidad terapéutica Espiritual
Asociación “Revivir” GBA Sur Comunidad terapéutica Católica
Carpa de Plaza Constitución CABA Centro barrial Católica
Centro Barrial “Gauchito Gil” GBA Noroeste Centro barrial Católica
Centro Barrial “Padre Mugica” CABA Centro barrial Católica
Centro Barrial “San Alberto Hurtado” CABA Centro barrial Católica
Centro S.H.O.C. GBA Sur Comunidad terapéutica Espiritual
Comunidad Cenácolo GBA Norte Comunidad terapéutica Católica
Creer es Crear GBA Sur Comunidad terapéutica Espiritual
El Palomar GBA Sur Comunidad terapéutica Católica
Fazenda Da Esperanza GBA Sur Comunidad terapéutica Católica
Fundación “Maor” CABA Tratamiento ambulatorio Judía
Fundación “Reto a la Vida” GBA Sur Comunidad terapéutica Evangélica
Hogar “Adictos a Jesús” GBA Sur Comunidad terapéutica Evangélica
Hogar “El Buen Samaritano” GBA Sudoeste Comunidad terapéutica Católica
Modelo Minnesota GBA Oeste Comunidad terapéutica Espiritual
Niños de Belén CABA Centro barrial Católica
Programa Andrés GBA Norte Comunidad terapéutica Espiritual
Reencuentros CABA Comunidad terapéutica Espiritual
Vida Nueva GBA Sur Comunidad terapéutica Católica
Vivir Libre GBA Sur Comunidad terapéutica Evangélica

Fuente: elaboración propia.

Sexo y género en las instituciones terapéuticas para el consumo de drogas

Las religiones históricamente han procurado regular los comportamientos sexuales mediante diferentes dispositivos y estrategias.[4] A partir de esta recurrencia histórica, en el marco de una investigación sobre iniciativas religiosas y espirituales de tratamiento al consumo problemático de drogas nos interesó indagar las prescripciones sobre sexualidad en sus propuestas terapéuticas. Estas organizaciones tienen por objetivo la prevención y la asistencia terapéutica de un problema considerado de interés público (el uso de estupefacientes) y sustentan su legitimidad para intervenir al respecto “en una tradición de participación de actores religiosos en políticas sociales en Argentina y en su inserción territorial entre los sectores populares” (Jones y Cunial, 2017: 76).[5]

El ingreso a las instituciones terapéuticas puede originarse por la presentación de parte de las personas con consumos problemáticos o de sus familias, o por la intervención del Poder Judicial. Este último caso se enmarca en la ley nacional 23.737, que penaliza en Argentina la tenencia para el uso personal, pero dicha medida puede suspenderse si la persona acusada depende física o psicológicamente de la sustancia y accede a someterse a un tratamiento de rehabilitación. Quienes ingresan y comienzan a tratarse en las organizaciones relevadas, en general, son “poblaciones pobres estructurales con un alto grado de marginalidad y, en menor medida, de sectores medios bajos, mayoritariamente jóvenes y varones. Son personas con policonsumos (es decir, de diversas sustancias), que han desarrollado adicciones” (Jones y Cunial, 2017: 81).

No todas estas personas se identifican con la religión de la institución a la que piden ingresar o son enviadas, pero esto no representa una exigencia para iniciar el tratamiento. No obstante, lo religioso y lo espiritual[6] aparecen de múltiples formas en el entramado terapéutico de estas organizaciones. Por ejemplo, sus referentes comparten una serie de presupuestos alrededor de la importancia terapéutica de las creencias espirituales y/o religiosas: “acá lo que pedimos es que él crea en lo que quiera creer, ¿viste? Porque su dios fue la droga durante mucho tiempo (…) Podrá creer en Dios, en Cristo, en Mahoma, lo que quiera” (Psicólogo y coordinador de la institución, tratamiento ambulatorio espiritual); que entienda que “hay algo en la vida que lo trasciende y que para algo estamos acá como seres humanos, logran entender por qué cubren ese vacío espiritual, y moral, y sentimental y humano, que lo tapaban con el consumo” (Director, comunidad terapéutica espiritual 4); “básicamente hay que trabajar desde la creencia, desde lo irracional de la creencia. Eso te lo podría yo decir terapéuticamente” (Psicóloga, comunidad terapéutica católica 1).[7]

Las dimensiones religiosas también se hacen presentes a través de la pertenencia a un credo que exhiben líderes y autoridades de muchas de estas instituciones, incluso entre aquellas que se identifican como espirituales. En otras abiertamente religiosas ocupan un lugar central prácticas rituales como grupos de oración, bendición de comidas, misas, grupos de estudio de la Biblia, así como la participación en espacios de sociabilidad religiosa fuera de la institución.

Una caminata a Luján, una comunión en la Fiesta de la Virgen. Una confesión, una reconciliación. El taller de espiritualidad de los viernes (Párroco, centro barrial católico 2).

Tenemos que rezar de lunes a sábado, ¿no? Hay días que tenemos la misa a las 7:30, hay días que tenemos la misa a la tarde (…) todos los días se saca una palabra del Evangelio que es como una motivación para vivir, la palabra de Dios (Responsable, comunidad terapéutica católica 6).

(…) tratamos que empiecen a conformar nuevos grupos en donde se puedan relacionar. Y muchas veces encontramos en las iglesias con cosas que en realidad les permiten a ellos relacionarse con gente que no tenga que ver con el consumo (Director, comunidad terapéutica evangélica 3).

En cuanto a la especificidad de los tratamientos con orientación religiosa o espiritual, según la percepción de sus referentes, se diferencian de aquellos que no la tienen en que priorizan los abordajes comunitarios, dando lugar a un acompañamiento afectivo de pares y de terapeutas, en lugar de concentrarse en un enfoque psicológico que trabajaría, desde su mirada crítica, siguiendo una dinámica más individual de atención y un registro exclusivamente racional.[8]

Se puede ayudar a que pueda salir de la adicción sin necesidad de profesionalizarlo todo. Porque uno, a veces, cuando profesionaliza todo genera como una separación del vínculo (Coordinador, centro barrial católico 1).

[El abordaje religioso] va directo al corazón y el psicólogo no puede llegar al corazón, puede llegar a hablar, a lo mental. (…) Eso es lo que realmente les ayuda mucho (Fundador, comunidad terapéutica evangélica 1).

(…) la contención, que ahí se cosifica la parte espiritual. La contención del grupo. Nosotros hemos visto gente que uno que tenía ganas de consumir, todo el grupo en la casa [reunido] esa noche para que no consuma (Director, comunidad terapéutica espiritual 4).

¿Qué sucede con la sexualidad en estas instituciones? Tres grandes hallazgos nos permiten trazar las coordenadas para luego profundizar en la temática: la escasa oferta terapéutica para mujeres; la extendida prohibición de tener relaciones sexuales, e incluso de establecer noviazgos, para las personas internadas; y la reproducción de estereotipos de género en los diagnósticos y tratamientos.

Primero, de las 26 organizaciones de orientación religiosa o espiritual identificadas en el AMBA, la mitad brinda atención exclusivamente a varones y no hay ninguna solo para mujeres. Estas organizaciones presentan diferentes modalidades de intervención: 17 son comunidades terapéuticas (de internación), cinco son centros barriales y cuatro ofrecen tratamientos ambulatorios.[9] Mientras que los centros barriales y tratamientos ambulatorios permiten la asistencia de varones y mujeres, la población aceptada en las comunidades terapéuticas es predominantemente de varones: de las 17 comunidades, 12 son exclusivamente para ellos; tres disponen de casas separadas para varones y para mujeres; y solo dos ofrecen internación mixta (con dormitorios y baños separados).

Segundo, en todas las instituciones de internación pesa la prohibición para las personas en tratamiento de tener relaciones sexuales y, en muchas, de establecer cualquier relación erótica o amorosa (como noviazgos) entre ellas o con referentes institucionales. Ninguna contempla las visitas de parejas (externas) para tener encuentros sexuales (como sí está previsto en las cárceles).[10]

Ambos hallazgos se conectan, en tanto la oferta de internación exclusiva para varones suele explicarse por la prohibición de ingresar a mujeres para impedir a las personas en tratamiento tener relaciones sexuales. En todos los referentes entrevistados[11] opera una presunción de heterosexualidad de las personas en tratamiento, que invisibiliza la posibilidad de relaciones sexo-afectivas entre personas del mismo sexo, sobre la que volveremos.

Tercero, estos referentes reproducen estereotipos de género en su diagnóstico del consumo de drogas y al fundamentar ciertas decisiones del tratamiento. Por ejemplo, un operador terapéutico de una comunidad evangélica justifica la dificultad de atender a mujeres porque les resultaría más fácil hacerse de recursos “prostituyéndose” para solventar su consumo, aprovechando su carácter “manipulador”. A su vez, varios referentes consideran a los varones más proclives a recaer en el consumo en caso de iniciar un vínculo amoroso y que este no prospere, por ser más “enamoradizos” y por ende vulnerables, una imagen que justifica la enfática prohibición de comenzar estas relaciones mientras están en tratamiento.

La asunción y expresión de estas imágenes estandarizadas de varones y de mujeres es consistente con que prácticamente ningún referente adopta una perspectiva crítica de género: si bien mencionan ciertas diferencias entre ellos y ellas, no abordan las desigualdades entre unos y otras, ni las heterogeneidades dentro de cada grupo, que podrían estar incidiendo en los consumos de drogas y la recuperación. La única persona entrevistada que sugiere tímidamente asumir una perspectiva de género es una psicóloga católica, perteneciente a una comunidad terapéutica católica mixta. Reconoce que un tratamiento mixto, con convivencia cotidiana, tiene el costo de que varones y mujeres coqueteen entre sí (de allí la estricta separación de cuartos y el alejamiento entre los baños correspondientes), pero considera que cuenta con el beneficio de “recomponer lo femenino y lo masculino en la cotidianeidad” –en una suerte de intento de resocialización de género–, en vista de que muchas mujeres vienen de relaciones en las que ha sido consideradas un objeto o han atravesado situaciones de abuso.

Perspectivas teóricas

En este capítulo partimos de una noción de sexualidad, heredera de la teorización de Michel Foucault, donde las regulaciones son productoras de la sexualidad, es decir, que de ningún modo “natural” las antecede. En su contrapunto con la llamada “hipótesis represiva”[12] (de los freudo-marxistas, como Wilhelm Reich y Herbert Marcuse), Foucault no concibe a la sexualidad como una especie dada de naturaleza que el poder (religioso, médico, terapéutico) intentaría reducir, sino como un dispositivo histórico inventado por las sociedades occidentales modernas a partir del siglo XVIII. Este dispositivo engendró la noción de “sexo”, que “permitió agrupar en una unidad artificial elementos anatómicos, funciones biológicas, conductas, sensaciones, placeres, y permitió el funcionamiento como principio causal de esa misma unidad ficticia; como principio causal, pero también como sentido omnipresente, secreto a descubrir en todas partes” (Foucault, 2000: 187).

Los referentes de las instituciones indagadas esbozan una etiología sexual del consumo problemático de drogas y sitúan a la sexualidad en un lugar relevante en sus propuestas terapéuticas, en las que coexiste una serie de prohibiciones de actividades y vínculos sexuales para las personas en tratamiento con la exigencia de que escriban y hablen sobre sus experiencias sexuales. Como apunta Foucault (2008: 45): “A diferencia de lo que ocurre con otras prohibiciones, las prohibiciones sexuales están continuamente relacionadas con la obligación de decir la verdad sobre sí mismo”. Es por ello que pensamos las dinámicas exploradas en estas instituciones en clave de una producción de la “sexualidad”, antes que una represión del sexo, donde la incitación al discurso, la formación de conocimientos, el refuerzo de los controles y las resistencias se encadenan unas con otras según grandes estrategias de saber y de poder (Foucault, 2000: 129).

Las instituciones de orientación religiosa o espiritual de tratamiento para el consumo de drogas constituyen escenarios privilegiados de la incitación discursiva en torno al sexo. Algunas exigen a sus pacientes realizar un “inventario sexual” (un ejercicio escrito individual que sistematice sus experiencias sexuales, a ser socializado luego en el grupo de pares terapéutico), que combina los procedimientos de la confesión religiosa y la discursividad científica. Esta dinámica de tratamiento refleja cómo la “puesta en discurso” del sexo ha estado sometida a una incitación creciente, en una conminación propia del occidente moderno: “El sexo se ha convertido (…) en algo que debe ser dicho, y dicho exhaustivamente según dispositivos discursivos diversos pero todos, cada uno a su manera, coactivos. Confidencia sutil o interrogatorio autoritario, refinado o rústico, el sexo debe ser dicho” (Foucault, 2000: 43). Siguiendo esta línea teórica, proponemos considerar a las dinámicas terapéuticas exploradas como

tecnologías del yo, que permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría (Foucault, 2008: 48).

Estas operaciones consisten en disciplinas cotidianas, que suponen abstinencia (sexual mientras dura la internación, de drogas en todo momento), para alcanzar una vida más plena (por definición, sin drogas), en un horizonte vital que incluye (y se vería beneficiado por) relaciones de pareja y familiares más “sanas” (por ejemplo, sin violencia).

Para dotar de una perspectiva de género a nuestra exploración, que nos permita identificar posibles intervenciones e imágenes diferenciales según sean varones o mujeres quienes consumen drogas, adoptamos la crítica feminista de Teresa de Lauretis a la conceptualización foucaultiana[13] y su propuesta teórica de tecnologías del género:

(…) pensar al género en paralelo con las líneas de la teoría de la sexualidad de Michel Foucault, como una “tecnología del sexo” y proponer que, también el género (…) es el producto de variadas tecnologías sociales (…) y de discursos institucionalizados, de epistemologías y de prácticas críticas, tanto como de la vida cotidiana (de Lauretis, 1989: 8).

¿Qué experiencias sexuales relacionan con el consumo de drogas y cómo proponen abordarlas?

Empezar a consumir drogas, sostenerlo en el tiempo y que se torne problemático, buscar y/o recibir un tratamiento son situaciones que estarían atravesadas por ciertas experiencias sexuales y/o amorosas recurrentes. Así lo consideran referentes de las instituciones y personas en tratamiento, quienes relacionan el uso problemático de drogas con la sexualidad de diferentes maneras y describen distintos abordajes de las actividades y vínculos sexo-afectivos que se implementan en estas propuestas terapéuticas.

Algunas experiencias sexuales son consideradas causas o estrechamente conectadas con el origen del consumo de drogas. Los abusos en la infancia o una relación de noviazgo conflictiva en la adolescencia podrían disparar el inicio en las drogas, así como su consumo regular estaría acompañado por ciertos patrones sexuales moralmente desaprobados por estos referentes (“promiscuidad”, “lujuria”, “perversión”). Este diagnóstico sobre el cruce entre drogas y sexualidad supone una caracterización estandarizada del perfil psicológico y la trayectoria vital de las y los usuarios de drogas, que fundamenta su abordaje terapéutico.

El adicto es muy promiscuo y en el 90% de los casos, o tuvo algún abuso desde la infancia, algún problema sexual, o lo ha tenido durante el consumo: ya sea lujuria, perversión, lo que sea. Sale mucho eso en adicción. Y la recuperación es como una cebolla: vamos sacando por capas. Primero las consecuencias, (…) lo que se ve, todo lo que pasó en el consumo. Después, romper un mecanismo de defensa, con el carácter, empezamos a hablar, con pensamientos. Así vamos a llegar al interior de la recuperación, donde ya empiezan las bases que tienen que ver con la vergüenza, que tienen que ver con el odio, que tienen que ver con los abusos, esas son las raíces del problema (Consejero y operador terapéutico, comunidad terapéutica evangélica 1).

El consumo de drogas sería una respuesta o “síntoma” ante las “heridas” por abusos sexuales o maltratos familiares, reflejadas en sentimientos como “dolor”, “vergüenza” y “odio” que atraviesan la cotidianeidad del “adicto”. Como registra Garbi en su estudio de comunidades terapéuticas en el Gran Buenos Aires, debido a su conexión con “problemas preexistentes al consumo, en su mayoría asociados a vínculos relacionales problemáticos (abusos, abandonos, fallas/faltas, violencia intrafamiliar, etc.), durante el tratamiento se hace hincapié sobre ese tipo de episodios durante la vida de los residentes” (Garbi, 2013: 168). Paradójicamente, pocas veces el consumo de drogas es visto per se como el principal problema de la persona en tratamiento por ese consumo:

Tenemos un dolor que llegó antes que la droga. Porque antes pensábamos que el problema era la droga. Y cuando uno va caminando y acompañando la vida de los pibes, se da cuenta que, en realidad, la droga, dentro de su estructura, fue el remedio. Algo que llegó antes, que tiene que ver con heridas muy, muy profundas. Bueno, desde abandono, maltratos, abusos… entonces uno se da cuenta que el problema no era la droga sino es lo que le pasó en la vida. (…) Él creció físicamente, pero la vida se le quedó en algún rincón ¿viste? Cuando tenía 6 años, 7 años, 4 años, 5 años. En un lugar concreto, en una situación concreta, y es de ahí de donde hay que sacarlo. Y es lo más doloroso. Ahí, bueno, se acompaña desde la Psicología y desde la espiritualidad (Párroco, comunidad terapéutica católica 5).

Frente a los diagnósticos que conectan la “adicción” a las drogas con experiencias sexuales traumáticas que acarrean consecuencias emocionales de larga duración, algunos tratamientos otorgan centralidad a abordar terapéuticamente la sexualidad. Así sucede en las instituciones (de orientación espiritual y religiosas) que adoptan el programa de los Doce Pasos, “un conjunto de principios de naturaleza espiritual que actúan como eje central en el proceso de rehabilitación” (de Ieso, 2012: 218), en el que los pasos se presentan como guías para la vida y el crecimiento espiritual de las personas involucradas. Como analiza Grippaldi en su estudio sobre las narrativas biográficas de personas en tratamiento en estos programas en la ciudad argentina de Santa Fe, “las actividades de escuchar y hablar con otros adictos que detuvieron la adicción en el tiempo ocupan un lugar central para la recuperación. Verbalizar la propia experiencia y oír las voces ajenas es vital para este proceso” (2015: 73). En los dispositivos que exploramos, esta verbalización de la experiencia tiene múltiples canales, que van desde el intercambio oral en el grupo terapéutico de pares, aquel individualizado con un profesional, hasta los ejercicios de escritura para revisar las propias trayectorias vitales y el presente.

Según el referente de una comunidad de orientación espiritual, la redacción de planes terapéuticos por parte de quienes están en tratamiento apunta a una concientización de su problemática, no limitada al consumo de drogas, sino que alcance a las situaciones negativas disparadas por ese consumo. “El carácter reflexivo mismo de la escritura –reforzado por la lentitud del proceso de escritura en comparación con la presentación oral, así como por el aislamiento del escritor en comparación con el orador– propicia el desarrollo de la conciencia” (Ong, 2006: 147). Mediante este proceso de auto-escritura, se les propone sistematizar reflexivamente riesgos, pérdidas y repercusiones de sus acciones en otras personas, y así desarrollar habilidades para afrontar peleas, frustraciones y fracasos. Esta dinámica funciona como una tecnología del yo que implica sucesivas operaciones sobre sus pensamientos y conductas:

(…) Escriben planes terapéuticos. Los planes terapéuticos tienen objetivos y metas a corto y largo plazo, que, más que nada, tienen que ver con (…) tomar conciencia de la problemática que tienen. Cuando hablamos de problemática hablamos de adicción, de la enfermedad de la adicción. Que no solamente está abierto al consumo de sustancias, sino con un montón de otras acciones negativas que, a causa del consumo, llegan a tener en sus vidas. Entonces lo que van escribiendo siempre tiene que ver con eso, con toma de conciencia, no sé, situaciones de riesgo, pérdidas, cómo esto ha repercutido en otros. (…) Y que puedan aprender nuevas habilidades para poder afrontar la vida (Operador, comunidad terapéutica espiritual 1).

Según Ong (2006), la escritura es una tecnología que opera transformaciones interiores de la conciencia mediante un distanciamiento: “Para vivir y comprender totalmente, no necesitamos sólo la proximidad, sino también la distancia, y esto es lo que la escritura aporta a la conciencia como nada más puede hacerlo” (Ong, 2006: 85). Como ilustra Pablo Ramos en su libro de crónicas sobre la experiencia personal de haber transitado por un tratamiento de Doce Pasos: “Los pasos se leen, se entienden y se escriben para luego compartirlos con un compañero. Escribir para luego corregir, y corregir para corregirse. Y corregirse para volver a escribir desde ese ser mejorado” (2016: 33).

Los planes terapéuticos requeridos por las instituciones relevadas se inscriben en una tradición literaria occidental de larga data, cuyo objeto ha sido el cuidado de sí mismo.[14] En esta línea de escritura de sí mismo, partiendo del presupuesto de que las “recaídas” con las drogas suelen vincularse con ciertas experiencias sexuales, otra comunidad de orientación espiritual exige un “inventario sexual” a quienes están internados.

¿En qué consiste esta propuesta de escritura? Por un lado, cada persona registra en un diario sus vivencias, pensamientos y sentimientos de esa jornada (por ejemplo, las ganas de consumir); y, por el otro, en el mediano plazo (entre los 6 y 12 meses que dura el tratamiento en promedio) debe redactar un plan terapéutico, conformado por diferentes planes internos, a ir exponiendo al grupo de pares y esperar la evaluación y aprobación de sus terapeutas.[15] Como cuarto paso de este plan, debe elaborar un “inventario sexual”, que consigne sus experiencias sexuales con consecuencias emocionales y espirituales negativas, así como reflexionar sobre las estrategias para prevenir recaídas en el consumo una vez fuera (que pueden ser desatadas por relaciones sexuales y/o amorosas).

Trabajamos mucho por medio de la escritura de la historia. Todos los chicos antes de irse a dormir escriben un inventario diario, donde ponen lo más significativo del día. Lo más significativo del día es lo que pensó, lo que sintió, resentimientos, culpas, ganas de consumir… todo lo que aparezca más complicado. Aparte de eso escriben un plan terapéutico. (…) Un cuarto plan se hace un inventario sexual, que en la parte de adicciones es muy importante recoger la parte sexual del paciente, porque muchas de las recaídas tienen que ver con la cosa sexual y… hay una segunda parte de ese plan que ya te habla de las pérdidas emocionales y las pérdidas espirituales (Operador, comunidad terapéutica espiritual 1).

La exigencia de elaborar un “inventario sexual” como dinámica terapéutica y, a la par, mantener la abstinencia sexual durante el tratamiento, puede interpretarse como parte de la referida “obligación de decir la verdad acerca de uno mismo a través de la sexualidad, este acoplamiento singular entre la prohibición de hacer y la obligación de decir” (Morey, 2008: 35). La necesidad de tematizar “el sexo” en un proceso terapéutico sobre drogas, en el que la importancia de su abordaje no resulta a priori evidente, se comprende a la luz del dispositivo histórico de la sexualidad, donde “es por el sexo (…) por lo que cada cual debe pasar para acceder a su propia inteligibilidad (puesto que es a la vez el elemento encubierto y el principio productor de sentido), a la totalidad del cuerpo” (Foucault, 2000: 189).

¿Cómo se despliega este plan terapéutico? Una vez redactado individualmente (en un ejercicio que supone una fuerte revisión de sí mismo), cada individuo (autor y, a la vez, protagonista del plan) debe presentarlo ante el grupo de pares en tratamiento y los profesionales. “Después de hacer todo eso había que encarar y leer en público las confesiones que uno había escrito una y otra vez hasta que la mayoría aprobara la sinceridad y el compromiso que se había puesto en ellas”, señala Ramos (2016: 68) en clave autobiográfica. Esta dinámica replica una serie de rasgos del ritual de la confesión, en tanto el tipo de relación de poder que atraviesa estas instancias habilita la evaluación y definición de un discurso como verdadero (o no) y la consecuente aprobación o no de la progresión terapéutica (de la que depende, concretamente, un mayor o un menor tiempo de internación):

No se confiesa sin la presencia al menos virtual del otro, que no es simplemente el interlocutor sino la instancia que requiere la confesión, la impone, la aprecia e interviene para juzgar, castigar, perdonar, consolar, reconciliar. (…) Su poder no consiste sólo en exigirla (…) consiste en constituir, a través de la confesión y descifrándola, un discurso verdadero (Foucault, 2000: 78 y 84).

En caso de no ser aprobado (por el terapeuta, pero con una participación esencial del grupo de pares), este ejercicio debe ser corregido y volver a exponerse, hasta que lo sea y así habilite la escritura del siguiente plan.

(…) Primero es “Historia de vida”, después es (…) la “Carta a un poder superior”. (…) Después, el tercer trabajo son, eh, 35 preguntas, y después el cuarto son un “Inventario sexual”, de la primera vez que tuviste relaciones hasta la última, de cómo te relacionabas, lo que te llevó el consumo a hacer cosas. (…) Todos los jueves leemos el plan adelante del grupo, y te tiran devoluciones, opiniones, de lo que ven, de lo que te puedan ayudar, y te lo aprueban o no te lo aprueban. Si te lo aprueban seguís avanzando al próximo trabajo, si te lo rebotan, tenés que fijarte lo que tenés que corregir para volverlo a dar. (…) Trato de ser lo más honesto posible para que me ayude a mí, porque yo no quiero volver otra vez a lo de antes, y hay cosas que me dan vergüenza, de lo que me hizo el consumo, pero trato de ponerlo, y de sacármelo, para no guardarme nada, más que nada, para no tener secretos y de sentirme limpio (Santiago, varón, 28 años, Comunidad terapéutica espiritual 1).

El relato ilustra cómo en estas dinámicas terapéuticas la tradición ritual de la confesión cristiana se modula en los términos de un discurso científico (el de la psicología), permaneciendo la lógica de la interacción asimétrica (entre quien da el discurso y quien/es lo aprueba/n), así como cierta terminología con una carga religioso-moral (“sentirme limpio”). “Dar testimonio” supone procurar saber qué está pasando dentro de sí (faltas, tentaciones, deseos), para luego revelarlo a una comunidad que, además de terapéutica, en muchos casos es religiosa. Como apunta Foucault, ciertas técnicas de verbalización que permitían la revelación del yo a lo largo de todo el cristianismo, desde el siglo XVIII hasta el presente “han sido reinsertadas en un contexto diferente por las llamadas ciencias humanas para ser utilizadas (…) para constituir positivamente un nuevo yo” (2008: 94).

Ahora bien, mientras que el compromiso individual con la recuperación opera en algunas personas como un incentivo para revisar y modificar rasgos de personalidad y comportamientos que consideran vergonzosos, incluyéndolos en sus ejercicios terapéuticos para “sentirse limpio”[16] y “no volver otra vez a lo de antes”, la exposición grupal puede generar resistencias. La falta de confianza hacia el resto de los internados lleva a un joven a negarse a escribir y compartir la intimidad de su historia personal, pese a reconocer que ha atravesado experiencias como las que la institución le exige abordar mediante el plan terapéutico para avanzar en el tratamiento.[17]

Otra iniciativa de abordaje grupal sobre cuestiones sexuales se da en el marco de una comunidad terapéutica católica mixta, que ofrece un grupo exclusivo de mujeres para trabajar sobre los abusos padecidos y cómo enfrentarlos y “hacerse valer” ante otros intentos de abusos. Esta intervención es lo más cercano a la adopción de una perspectiva crítica de género que identificamos, al abordar desigualdades que acarrean vulnerabilidades diferenciales, en este caso, para las mujeres.

Los lunes las mujeres tenemos grupos de mujeres o una psicóloga que no son para las mujeres sino que se hablan temas de abuso puntuales, de abuso, de… todas las chicas ya tenemos un tiempo acá y empezamos hablar cosas acá y con el tema del consumo, empieza acá la dificultad de la convivencia con los varones, si tenemos una situación… de cómo pararnos como mujer (…) cuando uno tiene problemas con abusos es difícil de alguien con quien contar de decir “mirá, sabés que me pasó esto en la calle”, entonces se arma un grupo, que este se armó hace poco, hace 5 meses. (…) Pueden hablar cosas que le pasaron antes o, cómo decirlo, cómo hacerse valer como mujer, cómo no seguir usando nuestro cuerpo para tener… (Mónica, mujer, 19 años, Comunidad terapéutica católica 1).

Esta joven hace referencia a que en el grupo terapéutico hablan del uso de las mujeres de su actividad sexual para obtener drogas y cómo dejar de hacerlo, lo que nos lleva a la regulación de sus actividades sexuales durante el tratamiento.

Prohibiciones y consejos sobre sexualidad para la recuperación

Las instituciones para abordar el consumo problemático de drogas establecen diversas regulaciones de la sexualidad de sus pacientes. Un punto de partida compartido por sus referentes es considerar a las actividades y vínculos sexuales y/o amorosos mientras dure el tratamiento, en general, perjudiciales para el proceso terapéutico y la recuperación. En base a ello, plantean una serie de consejos, prohibiciones y eventuales castigos a las transgresiones.

¿Cuáles son y con qué argumentos los justifican? En primer lugar, la prohibición de relaciones sexuales[18] en la internación (entre pacientes y con referentes) es una regla en todas las comunidades terapéuticas.

Reglas principales que hay acá son: no violencia, no relaciones sexuales entre los compañeros o con gente del equipo, y el uso de sustancias acá adentro, no (Operador, comunidad terapéutica espiritual 2).

Acá no se puede tener relaciones sexuales, no se puede tener un novio, no es el momento, el contexto y no… se deja así, bajada de línea. (…) No está dentro de las cosas que nosotros contemplamos que la persona venga acá a tener novio, no da (Psicóloga, comunidad terapéutica católica 1).

Hay normas básicas: no al sexo, no a la droga, no a la violencia, ni física, ni verbal. (…) Cuando empieza a recaer con actitudes, ahí llega el consumo. Al descuido, al no manejarse como corresponde, al no respetar las pautas… (Operador terapéutico, comunidad terapéutica católica 3).

Mientras que dura la internación, en estas comunidades se equiparan las prohibiciones de consumir drogas, ejercer violencia física y verbal, y tener relaciones sexuales. Si bien a menudo se justifica la prohibición de actividades sexuales para mantener cierta disciplina en una convivencia grupal prolongada en una situación de encierro, también se fundamenta conectando las recaídas en el consumo con las transgresiones a las normas de permanencia en la institución (según esta lógica, tener relaciones sexuales durante la internación, una transgresión, puede disparar una recaída en las drogas, otra transgresión).[19]

En segundo lugar, también se prohíben o desalientan los vínculos eróticos y/o amorosos dentro de las comunidades, tanto en las religiosas como en las espirituales. La restricción se justifica por la búsqueda de una presunta mayor efectividad terapéutica, antes que por la adecuación a una norma religiosa: estos vínculos pueden obstaculizar el tratamiento al distraer las energías de quienes deben concentrarse en su recuperación. Las personas internadas conocen y explican estas reglas:

No se puede “histeriquear”.[20] (…) Y si te pasa, una cuestión que se histeriquean o algo, la idea es que tomen distancia, para cuidarlo. (…) Porque si no el pibe se va… yo qué sé, se junta [con una pareja] y después, como que el tratamiento… (Martín, varón, 18 años, comunidad terapéutica católica 1).


Acá somos todos compañeros, hermanos, digamos, y no puede haber ningún vínculo de amistad, ni de noviazgo, ni nada por el estilo. Cuando suceden estas cosas, que por ahí uno se las deja pasar, los operadores toman medidas… quizás se los incomunica, para que ellos piensen, y se den cuenta. (…) Yo lo tomo para este lado, para no pensar, bueno, tengo que laburar esto, llevar a terapia esto, eh, me pongo a “boludear”,[21] o prefiero tapar mi malestar haciendo estas cosas. (…) Lo digo porque me pasó, digamos que un montón de tiempo también boludeé y perdí tiempo. (…) Mayormente, lo que pasa [es] que las chicas, por ahí, histeriquean a los varones, (…) y como se perjudica a uno y perjudican al otro, el operador le pone una medida educativa (Daniela, mujer, 18 años, comunidad terapéutica católica 1).

La comunidad terapéutica mixta en la que están internadas las dos personas cuyos testimonios citamos establece que no debe haber ningún tipo de vínculo de mayor afinidad con una u otro compañero.[22] Así, la prohibición de relaciones sexuales es acompañada por una restricción a los intentos de seducción (“histeriquear”), que supondrían pérdidas de tiempo y energía para quien está en tratamiento, y podrían desembocar en una relación amorosa y/o un encuentro sexual. Por un lado, para evitar esa seducción, se regula la vestimenta de las mujeres[23] y se restringe el contacto físico:

Si bien uno le puede dar un abrazo a los compañeros, pero tampoco estar colgado, así, no sé… tocarle la cabeza a un compañero, tampoco la cara. (…) Porque uno no sabe lo que le puede llegar a generar al compañero (Daniela, mujer, 18 años, comunidad terapéutica católica 1).

Por otro lado, quien transgrede estas reglas recibe una “medida educativa” para reflexionar sobre por qué lo hizo:

Hay un montón de diferentes medidas educativas, si alguien hizo algo malo, que rompió una norma, o hay medidas educativas que son bastante fuertes, que no es un castigo, sino que es para que aprenda, para que reflexione. Pueden estar incomunicados con toda la casa, y desplazados, no pueden hablar con nadie, y bueno, mientras que todos comen, ponele, pueden darles aparte, solos, mirando la pared. Pero es en realidad para que ese tiempo lo use para pensar las cosas que hizo (Morena, mujer, 18 años, comunidad terapéutica católica 1).

Sean cuales sean las razones, referentes institucionales y personas en tratamiento coinciden en que este tipo de contactos y los vínculos eróticos en general resultan perjudiciales para el proceso terapéutico. Al justificar por qué les prohíben o desalientan que formen nuevas relaciones, los referentes señalan que esto quitaría atención y energía que deberían poner en su recuperación, y trazan un perfil estandarizado del “adicto” como emocionalmente inestable.

El tema con cada paciente es diferente. Si tiene pareja o si no tiene pareja, decimos que no tome ninguna decisión durante el primer año, apresurada. Porque el adicto, ¿qué hace? Es impulsivo (…) Entonces si está en pareja que no tome grandes decisiones. Y si está sin pareja, que se mantenga sin pareja. Entonces dicen (…): “El fin de semana, ¿puedo ir a un piringundín [cabaret]?” “No”, “Eh, pero, ¿por qué no?”. ¿Por qué motivo? Primero: ir a un lugar de mujeres está relacionado con el consumo, pone en riesgo su recuperación. Segundo: “Conocí a tal chica. ¿Puedo salir con ella?”. “No”. “¿Por qué no?”. Porque el adicto se enamora muy fácilmente. (…) Y el adicto pierde, ya deja de poner su foco, su energía en la recuperación y pone su energía en la relación (Director, comunidad terapéutica espiritual 3).

Este perfil del adicto como “impulsivo” y enamoradizo se atribuye principalmente a los varones, mientras que a las mujeres consumidoras se las caracteriza como “manipuladoras” y capaces de usar su sexualidad para obtener drogas o dinero para comprarlas. Lejos de ser “naturalmente” intrínsecos a varones y a mujeres, proponemos pensar a dichos rasgos en tanto efectos de estos mismos dispositivos terapéuticos, entendidos como tecnologías sociales que producen la instanciación diferencial de los sujetos femeninos y masculinos (de Lauretis, 1989: 8-9).[24] Ante la impulsividad atribuida a los usuarios de drogas, la regla es no innovar: si están en pareja que sigan en ella, si están solteros que continúen así. A modo de justificación para no comenzar una pareja, además de la energía que les demandaría, aparece el riesgo de que se rompa en algún momento y desparezca el equilibrio emocional necesario para avanzar en la recuperación.

El argumento de que iniciar y sostener una pareja desvía las energías del tratamiento es usado no sólo para prohibir que se formen dentro de las comunidades terapéuticas, sino también para negar sus visitas o permitirlas en condiciones muy restringidas. Así, en tercer lugar, ninguna de las comunidades relevadas contempla un espacio de intimidad sexual para que las personas se encuentren con sus parejas externas. Por ejemplo, en una comunidad terapéutica evangélica las visitas de parejas son como cualquier otra: se dan una vez al mes, en presencia del par que actúa como “sombra”,[25] y no pueden estar solos en ningún momento, ni tener contactos eróticos (ni siquiera besarse).

En cuarto lugar, las comunidades terapéuticas también establecen requisitos sobre cómo y cuándo podrían tener relaciones sexuales y/o conformar una pareja sus pacientes una vez que salen. Por ejemplo, una comunidad evangélica habilita los contactos sexuales en las salidas (que recién son permitidas cuando se evalúa que las personas están relativamente recuperadas de su adicción), siempre que puedan revincularse con su pareja sin violencia y no utilicen estos encuentros como excusa para volver a consumir drogas. Un entrevistado en tratamiento enmarca estas regulaciones en el mandato bíblico de estar en pareja entre un hombre y una mujer, una de las pocas menciones a una normatividad de carácter explícitamente religioso:

Entrevistador/a: Debe haber chicos quizás en pareja, digo, en esos contextos… ¿Tienen lugares para estar de manera íntima con ellos?

Entrevistado: No, no, no… no, no, no, no se permite. Eso es cuando ya se van de visita al hogar, bueno, obviamente, o sea, no está prohibido que tengan… vos tenés tu mujer, o, al contrario, el pastor no quiere eso, ni en la Biblia, en ninguna parte de la Biblia dice que el hombre no tiene que tener una mujer ni estar con su mujer. Al contrario, dice que la tiene que tener y tiene que estar, y más vale, en pareja, y tiene que disfrutar de su pareja. Y bueno, nos manejamos cristianamente, o sea, se les da la libertad de ir con su pareja, pero cuando están bien, o sea, tiene que cumplir unos requisitos. Ponete bien, y vas a tener todo lo que vos quieras, pero ponete bien primero (….) tenés que dejar de… si le pegás, de pegarle, si le gritabas, de gritarle, o sea, ya tenés que demostrar un cambio de actitud para poder estar con tu pareja (Mateo, varón, 40 años, comunidad terapéutica evangélica 2).

Este testimonio ilustra la extendida presunción de heterosexualidad sobre la población atendida, tanto de parte de las personas en tratamiento como entre los referentes de estas instituciones. En ningún caso mencionan situaciones que escapen a relaciones sexuales y/o amorosas entre un varón y una mujer: las prohibiciones y las recomendaciones siempre tienen por objeto los contactos heterosexuales, de manera explícita o dándolo a entender (aunque esto no sugiera una mayor permisividad ante relaciones no heterosexuales). Además de la presunción de heterosexualidad de sus pacientes, algunas comunidades terapéuticas católicas y evangélicas promueven formar una pareja (heterosexual) y establecer una familia nuclear tradicional (con hijos/as) como el horizonte más propicio para continuar la recuperación del consumo de drogas una vez concluida la internación. Independientemente de las identidades y los comportamientos sexuales de quienes asisten (algo que no indagamos en el estudio), estas dinámicas institucionales colaboran con la invisibilidad de las prácticas homoeróticas y con mantener su carácter secreto y silenciado, como registran otras investigaciones sobre servicios de salud en Argentina (Pecheny et al., 2010). En suma, las intervenciones de estas instituciones para el consumo problemático de drogas se enmarcan en (y refuerzan) la heteronormatividad, en tanto “principio organizador del orden de relaciones sociales, política, institucional y culturalmente producido, que hace de la heterosexualidad reproductiva el parámetro desde el cual juzgar (aceptar, condenar) la inmensa variedad de prácticas, identidades y relaciones sexuales, afectivas y amorosas existentes” (Pecheny, 2008: 14).

Finalmente, en algunos tratamientos ambulatorios se aconseja no tener relaciones de pareja con quienes están en el mismo dispositivo y, en general, con otras personas adictas. Los argumentos van desde las complicaciones de mantenerse en un tratamiento (y que este funcione) compartiendo espacio terapéutico con una pareja (por ejemplo, por las restricciones para contar cosas íntimas que no se quiere que sepa la pareja), hasta los mayores riesgos de recaídas “porque ahí saltan las chispas de dos adictos, porque salta la locura de él, mi locura. Uno pierde. Por eso dicen que no es conveniente” (Edith, mujer, 33 años, tratamiento ambulatorio espiritual). Por el contrario, en estos dispositivos se promueve conocer gente nueva que no tenga que ver con el consumo drogas.

Recapitulación y conclusiones

En este capítulo indagamos qué espacios se le asignan a la sexualidad en los diagnósticos sobre el consumo problemático de drogas y en las propuestas terapéuticas, según los referentes de organizaciones con orientación religiosa o espiritual de atención por uso de drogas y las personas allí en tratamiento.

En su doble condición de dispositivos terapéuticos y organizaciones religiosas o espirituales, estas iniciativas procuran regular los cuerpos y los comportamientos no sólo en relación con las drogas sino también alrededor de la sexualidad. Para justificar sus prescripciones al respecto, casi no apelan a argumentos explícitamente religiosos o espirituales, sino que prevalecen aquellos sobre la efectividad terapéutica, como no distraer tiempo y energías de la recuperación de las drogas involucrándose en relaciones sexuales o amorosas.

Una primera cuestión a destacar es que diversas experiencias sexuales (como abusos en la infancia o noviazgos conflictivos en la adolescencia) son consideradas causales del inicio en las drogas, así como ciertos patrones sexuales moralmente desaprobados son vistos como concomitantes al consumo (“promiscuidad”, “lujuria”, “perversión”). Ante los diagnósticos que conectan la “adicción” a las drogas con la sexualidad, los tratamientos otorgan centralidad a su abordaje: desde la escritura de un “inventario sexual”, como parte de un plan terapéutico exigido a cada paciente, hasta conversaciones en entrevistas individuales con psicólogos/as o grupos de pares para revisar situaciones sexuales traumáticas y proveer herramientas frente a futuros riesgos (por ejemplo, otras experiencias sexuales que podrían hacer “recaer” en las drogas). Estas instancias replican algunos rasgos del ritual de la confesión (la relación de poder que las atraviesa habilita la evaluación y definición de un discurso como verdadero o no), pero prevalece una interpelación terapéutica basada en saberes psi, antes que una sustentada en la autoridad religiosa. Esto resulta comprensible en el marco de la amplia legitimidad contemporánea de la psicología como foco de producción discursiva de la sexualidad, lo que habilita a interrogar a las personas en tratamiento y que estas escriban y hablen al respecto, en estos dispositivos terapéuticos.

Una segunda cuestión a subrayar es cómo estas instituciones establecen diversas reglas y recomendaciones sobre sexualidad para las personas en tratamiento. Prohíben las relaciones sexuales en la internación (entre pacientes y con referentes); prohíben o desalientan los vínculos amorosos y/o eróticos dentro de la comunidad (de ahí las restricciones a los intentos de seducción y a la vestimenta de las mujeres, en las instituciones mixtas); y no ofrecen un espacio de intimidad para que las personas en tratamiento puedan tener contactos sexuales con sus parejas durante las visitas (que se dan en presencia de una tercera persona). El principal argumento es que las actividades sexuales y los vínculos amorosos quitan atención y energías que deberían estar puestas en recuperarse de la adicción mientras dura el tratamiento, ya sea este ambulatorio o con internación.

Finalmente, hay una producción recurrente de estereotipos de género alrededor de la sexualidad de las y los consumidores de drogas desde estas instituciones terapéuticas. Sus referentes atribuyen ciertas particularidades a las mujeres consumidoras (por ejemplo, la posibilidad de acceder a las drogas a través de su actividad sexual, intercambiándola por estupefacientes o dinero que destinarían a estos) y los desafíos que implica atenderlas, por ejemplo, por ser “manipuladoras”. También a los varones “adictos” se les asignan rasgos de personalidad diferenciales, como ser más impulsivos y enamoradizos. La falta de adopción de una perspectiva crítica de género se refleja en la producción de estas imágenes estandarizadas que justifican decisiones en los tratamientos por consumo de drogas, desde restricciones a la vestimenta de las mujeres hasta la prohibición de iniciar una pareja (según los referentes, por el riesgo que particularmente significaría para los varones, por su vulnerabilidad a recaer en las drogas en caso de una ruptura amorosa). Sus regulaciones también presuponen la heterosexualidad de la población atendida, reforzando la heteronormatividad que enmarca estas intervenciones terapéuticas. La ausencia de una problematización de las desigualdades entre varones y mujeres, intra-género (entre modelos de masculinidades, por ejemplo), por orientación sexual y/o identidad de género, impide ver si y cómo estas pueden estar incidiendo en las formas del consumo de drogas, lo que requeriría de estrategias de tratamiento diferenciales.

Las experiencias sexuales, eróticas y amorosas son vistas como parte del problema del consumo de drogas, tanto como de las posibles soluciones. En este marco, aunque los referentes plantean críticas a situaciones de pareja y familiares que habrían conducido al uso de drogas, la idea de formar una pareja (heterosexual) y una familia (nuclear), una vez garantizada cierta estabilidad en la recuperación, es considerada una parte nodal de la contención de por vida que precisa un consumidor problemático de drogas.

Referencias bibliográficas

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  1. Agradecemos a las y los miembros del equipo de investigación (que participan de este libro en otros capítulos) y a Guido Vespucci, Karina Felitti y Nicolás Viotti, por sus enriquecedores comentarios a versiones preliminares.
  2. El Área Metropolitana de Buenos Aires es la “(…) zona urbana común que conforman la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y los siguientes 40 municipios de la provincia de Buenos Aires: Almirante Brown, Avellaneda, Berazategui, Berisso, Brandsen, Campana, Cañuelas, Ensenada, Escobar, Esteban Echeverría, Exaltación de la Cruz, Ezeiza, Florencio Varela, General Las Heras, General Rodríguez, General San Martín, Hurlingham, Ituzaingó, José C. Paz, La Matanza, Lanús, La Plata, Lomas de Zamora, Luján, Marcos Paz, Malvinas Argentinas, Moreno, Merlo, Morón, Pilar, Presidente Perón, Quilmes, San Fernando, San Isidro, San Miguel, San Vicente, Tigre, Tres de Febrero, Vicente López y Zárate, entre otras jurisdicciones que podrán integrarse” (Página web, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires). Estos municipios de la provincia de Buenos Aires son conocidos como el conurbano bonaerense o el Gran Buenos Aires (GBA).
  3. El capítulo se basa en el trabajo de campo realizado en el proyecto de investigación PICT 2012-2150 “Iniciativas religiosas en prevención y asistencia en jóvenes con consumos problemáticos de drogas en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA)”. Grupo Responsable: Ana Clara Camarotti, Pablo Di Leo y Daniel Jones. Grupo Colaborador: Ana Laura Azparren, Santiago Cunial, Martín Güelman, Romina Ramírez y Paloma Dulbecco.
  4. En Argentina esta cuestión se ha abordado, por un lado, rastreando los vínculos entre la elite eclesiástica católica y el Estado argentino a lo largo de la historia (Esquivel, 2000) y cómo esto ha influido en el diseño y la implementación de políticas públicas de control demográfico y planificación familiar en las décadas de 1950, 1960 y 1970 (Felitti, 2007; Cosse, Felitti y Manzano, 2010), y más ampliamente en materia de sexualidad y reproducción en las de 1990 y 2000 (Gutiérrez, 2004; Vaggione, 2006; Esquivel, 2011; Irrazábal, 2011). Por otro lado, esta voluntad regulatoria de las religiones también se ha explorado entre las iglesias evangélicas a partir de sus pronunciamientos en debates públicos sobre derechos sexuales y reproductivos (Carbonelli, Mosqueira y Felitti, 2011; Jones y Cunial, 2011, entre otros).
  5. Los siguientes trabajos citados se basan en la misma investigación colectiva que sustenta este capítulo: Jones y Cunial (2017), Camarotti, Güelman y Azparren (2017) y Camarotti y Güelman (2017).
  6. “La pretensión de diferenciar el carácter espiritual del programa de la matriz religiosa se fundamenta en que la espiritualidad es entendida como una experiencia dinámica de búsqueda de sentido trascedente en la vida cotidiana, mientras que la religión es asociada a la institucionalización o formalización de un conjunto de creencias y prácticas vinculadas con dicha búsqueda” (Camarotti y Güelman, 2017: 37).
  7. Al referirnos a las instituciones solo señalamos su modalidad de tratamiento y su orientación religiosa, y de los referentes entrevistados su rol o profesión, para mantener la confidencialidad y el anonimato pactados. De modo de poder diferenciar entre sí a aquellas instituciones que comparten ambas características, las numeramos de manera aleatoria (sin considerar el orden que aparece en el cuadro del listado de instituciones) y de esa forma son nombradas a lo largo del capítulo. Por estas mismas razones, las personas en tratamiento entrevistadas son identificadas con seudónimos.
  8. El corrimiento respecto de las dinámicas terapéuticas de carácter psicoanalítico y la centralidad de determinados rituales en los abordajes religiosos y espirituales, se encuentra en línea con algunos hallazgos del trabajo de Míguez (2002) sobre los programas de rehabilitación de jóvenes delincuentes.
  9. La modalidad ambulatoria consiste en la asistencia a la institución de las personas implicadas para entrevistas individuales y/o reuniones grupales. A diferencia de las comunidades terapéuticas que requieren la internación, los abordajes ambulatorios están destinados a quienes pueden sostener actividades educativas y laborales externas al tratamiento, pese a su consumo problemático. La diferencia fundamental entre dicha modalidad y la de los centros barriales consiste en que estos últimos no son pensados exclusivamente como espacios de tratamiento para las adicciones, sino sobre todo como dispositivos de inclusión social: “El propósito de los referentes es que los consumos de drogas no se restrinjan exclusivamente al ámbito de la salud, sino que sean abordados de manera interdisciplinaria, involucrando a la comunidad barrial” (Camarotti, Güelman y Azparren, 2017: 123).
  10. La Ley de Ejecución Penal en Argentina prevé que “para afianzar y mejorar los lazos familiares” las personas encarceladas que no gocen de permiso de salida puedan “recibir la visita íntima de su cónyuge o, a falta de este, de la persona con quien mantiene vida marital permanente” (ley 24.660, art. 167). Las frecuencias de estas visitas son quincenales y los reglamentos permiten que duren dos horas (página web, Procuración Penitenciaria de la Nación).
  11. En la gran mayoría de las instituciones visitadas nos propusieron entrevistar a referentes varones (directores, líderes religiosos, operadores comunitarios, profesionales de la salud). De 25 entrevistas, solo cuatro fueron a mujeres (una directora del centro de tratamiento y tres profesionales de la salud -psicólogas y trabajadora social), de allí que al consignar los puntos de vista de referentes utilizaremos predominantemente el genérico masculino.
  12. La idea de que durante la Era Victoriana la sexualidad fue encerrada en la familia conyugal y absorbida por la función reproductora, confinando al sexo al silencio (Foucault, 2000: 9).
  13. “Este trabajo crítico está produciendo un conocimiento (…) de la tecnología del sexo al que la teoría de Foucault no podría conducir, en sus propios términos, ya que ahí la sexualidad no es entendida como generizada, como teniendo una forma masculina y una forma femenina, sino que se la toma como una y la misma para todos y, consecuentemente, como masculina” (de Lauretis, 1989: 21).
  14. “El cuidado de sí se vio relacionado con una constante actividad literaria. El sí mismo es algo de lo cual hay que escribir, tema u objeto (sujeto) de la actividad literaria. Esto no es una convención moderna procedente de la Reforma o del romanticismo: es una de las tradiciones occidentales más antiguas. Ya estaba establecida y profundamente enraizada cuando Agustín empezó sus Confesiones” (Foucault, 2008: 62).
  15. En base al testimonio del director de esta organización, podemos reconstruir la secuencia de planes que deben escribir las y los pacientes. El primero se refiere a su historia de vida, desde que tienen uso de razón hasta su internación, focalizando en su consumo de drogas y las consecuencias que le trajo. El segundo busca reunir “las diez consecuencias más dañinas del consumo”. El fundamento de este plan es la memoria selectiva que caracterizaría al “adicto”: dado que, ante las ganas de consumir nuevamente, sólo recuerdan los buenos momentos, los responsables buscan que los pacientes especifiquen, mediante la escritura personal, malos momentos que reflejen el carácter dañino del consumo de drogas, para utilizarlos como herramientas que contribuyan al reconocimiento de la “enfermedad”. A partir de este segundo plan, la escritura debe dirigirse a un poder superior, cualquiera que el paciente elija, ya que ese poder superior será el encargado de llevarle una solución. El tercer plan se centra en identificar sus defectos de conducta, cuáles fueron sus pensamientos y sensaciones en esas situaciones (de vergüenza, deshonestidad, humillación) y ejemplos de cuando se han sentido lastimados o rechazados.
  16. Sintomáticamente, una expresión también utilizada para cuando un consumidor se mantiene alejado de las drogas (“estar ‘limpio’ de drogas”).
  17. El requisito de elaborar varios escritos puede resultar una exigencia muy grande, considerando el perfil socioeducativo de las personas en tratamiento en las instituciones relevadas. En nuestras visitas vimos cómo se apartaban mucho tiempo, reconcentrados, tratando de elaborar ese escrito con dificultad, chequeando unos con otros el contenido y la comprensión de esos textos; en oportunidades, fuera de las entrevistas, nos comentaban la dificultad que tenían para escribir lo que les pedían.
  18. Si bien se refieren a relaciones coitales, de los testimonios se desprende que engloba toda interacción sexual genital.
  19. Mientras que la prohibición de mantener relaciones sexuales es durante la internación, la de consumir drogas permanece (como horizonte ideal) para toda la vida.
  20. Coquetear, intentar seducir.
  21. En este caso, no tomarse en serio el tratamiento y perder el tiempo haciendo otras cosas.
  22. Esta iniciativa terapéutica se orienta a un ideal de comunidad sin preferencias de afinidades personales, proponiendo un delicado equilibrio entre cercanía emocional vía compañerismo y equidistancia entre los distintos miembros de la comunidad: se procura un sostén afectivo y, a la vez, evitar que se transforme en un afecto preferencial por algún miembro.
  23. “Yo llegué acá, imaginate, que llegué con… porque en sí hay una norma para vestirse acá adentro, yo llegué con los shortcitos re cortitos, con las polleritas, las remeras escotadas hasta acá” (Vanesa, mujer, 25 años, Comunidad terapéutica evangélica 1). El hecho de que no haya menciones a restricciones equivalentes sobre la vestimenta y el mostrar el cuerpo en los varones indica que en estas instituciones existen ciertas normativas de género asimétricas.
  24. “Pensar al género como el producto y el proceso de un conjunto de tecnologías sociales, de aparatos tecno-sociales o bio-médicos es, ya, haber ido más allá de Foucault, porque su comprensión crítica de la tecnología del sexo no tuvo en cuenta la instanciación diferencial de los sujetos femeninos y masculinos, y al ignorar las conflictivas investiduras de varones y mujeres en los discursos y las prácticas de la sexualidad, la teoría de Foucault, de hecho, excluye, si bien no impide, la consideración del género” (de Lauretis, 1989: 8-9).
  25. Las comunidades organizan un sistema de acompañamiento de pares asignando esa responsabilidad a personas con más tiempo en tratamiento. Estas figuras –llamadas “sombra” (comunidad terapéutica evangélica 1), “hermano” (comunidad terapéutica católica 1), “ángel custodio” (comunidad terapéutica católica 4)– desarrollan un trabajo afectivo nodal para la contención y permanencia de quienes se encuentran en las fases iniciales del tratamiento, amén de vigilar su cotidianeidad dentro de la institución.


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