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6 Amor(es) y dinero(s)

Las mujeres que hacen sexo comercial plantean una marcada división entre los vínculos que entablan con los hombres. En las charlas y entrevistas, en primera instancia, todas señalaban que distinguían entre los clientes y otros vínculos, y esta distinción aparecía como una regla primordial. Pero a medida que avancé en el trabajo de campo entendí que también había permeabilidad y zonas grises entre categorías.

En este capítulo[1] analizaré tanto las relaciones de pareja –los dilemas y conflictos que suponen las relaciones amorosas, las distinciones respecto de las relaciones comerciales– como los tránsitos entre ambas y las categorías especiales. Busco conocer las implicancias emocionales y afectivas en las experiencias de las mujeres que hacen sexo comercial, y poner de relieve los significados que se otorgan a los flujos de dinero y bienes, y de afectos o amores, en relación con sus identidades.

En los capítulos anteriores hemos visto las distinciones entre los mundos de relaciones familiares y aquellas del sexo comercial, o la estructuración de límites para manejar los vínculos con los clientes, y las dificultades para sostener el secreto o las fronteras en un contexto de asimetrías. Ahora me interesa abordar tránsitos y lugares de excepción que aparecen en este esquema pero que, sin eliminar las asimetrías, proceden de otras maneras. Para ello centraré el análisis en las relaciones de pareja y algunas relaciones especiales con clientes.

En la primera sección veremos cómo las entrevistadas piensan los vínculos de pareja y cómo manejan los problemas que estos representan. Aquí se ponen en cuestión las distintas concepciones sobre los sentimientos amorosos y las tensiones que estos producen tanto en el terreno sexual como en lo emocional y lo económico. En la segunda sección describiré las categorías que se encuentran muchas veces en puntos intermedios respecto de la división dicotómica (comercio / amor) y suponen desplazamientos de las relaciones estereotípicas de prostitución. Estos corrimientos se expresan tanto en la afectividad como en los intercambios monetarios / de bienes y los sentidos que estos encierran, por ello permiten abrir interrogantes y resignificar las experiencias e identificaciones que las mujeres asocian con el sexo comercial. Las experiencias de enamoramientos o las figuras limítrofes del cliente-amigo y el amante-renta permiten comprender que la maleabilidad de los vínculos los hace más complejos que el esquema binario que parece plantearse en un primer momento.

Las parejas. Difíciles pruebas de amor

“Para una mujer normal el sexo es amor, como lo fue para mí antes… pero ahora no sé…” (Lorena)

Hacer sexo comercial, además de una performance sexual, involucra hacer trabajo emocional y sostener un esquema complejo en términos de los afectos. Este doble cruce me llevó a indagar en las complicaciones que la experiencia del sexo comercial introduce en las relaciones íntimas-personales (todas eran relaciones heterosexuales).[2]

Según las entrevistadas, las relaciones de pareja son complicadas para quienes se dedican al sexo comercial. Para muchas, las parejas son directamente incompatibles con esta actividad, optan por no involucrarse e intencionadamente lo evitan (“me cuido mucho de no tener pareja”, Luli). A veces practican una autoexclusión a partir de la percepción de que dedicarse al sexo comercial las pone fuera del mercado matrimonial o de parejas.

Acordate que nosotras estamos en otra… No somos una mujer común y corriente. O sea, no es fácil de que… ponele que vos venís, y salís y la pasás bien conmigo, todo bien, pero… vos decís: “No, yo nunca voy hacer una vida con una mujer que está trabajando.” ¿Entendés lo que te quiero decir? O sea, nosotras eso lo tenemos claro (Sonia).

Para Lena Edlund y Evelyn Korn (2002) –citadas en el capítulo 3– esta exclusión del mercado matrimonial explica las diferencias en los ingresos que reciben las mujeres en el sexo comercial. Esto sería coherente con la mirada de aquellas que conciben la actividad como incompatible con el matrimonio, pero no contempla los casos de vínculos con maridos-proxenetas (a ellos me referiré más adelante).

La posibilidad de formar una pareja se construye como mutuamente excluyente respecto de la continuidad en el sexo comercial. Aunque esta concepción puede matizarse, el sexo comercial resulta problemático para los vínculos amorosos de pareja en varios aspectos que desarrollaré en los siguientes apartados: en el terreno sexual, por el desgaste y la complejidad de darle diferentes significados a las prácticas sexuales (como un “servicio” o como expresión de afecto); en lo emocional, por las dificultades de manejar tanto el enamoramiento como los celos o inseguridades que generaría en la pareja; y en lo económico, por el riesgo de perder su independencia o terminar manteniendo a un “fiolo”.

Emprender una relación de pareja implica una apuesta afectiva. Aunque esta es una característica común a cualquier pareja, la inseguridad y lo que se arriesga parece mayor o los ojos de las mujeres que hacen sexo comercial. Para varias de las entrevistadas, la pretensión de exclusividad de un vínculo amoroso pondría en jaque la relativa independencia que experimentan.

Ya modifiqué mi vida sin querer, dos veces…no la voy a modificar si no sé que la tierra es firme, ¿sí? Pero tampoco busco eso…tampoco busco eso…yo tengo mucho temor por el tema de mi libertad, el hecho de depender de alguien te limita un millón de cosas… (Abril)

Como indica Abril, para muchas entablar una relación de pareja implica “modificar su vida” en términos sustantivos. Emprender esta transformación es algo que pocas están seguras de querer. Ni las anteriores experiencias negativas, ni la perspectiva de perder su “libertad” las alientan para emprender este camino.

No sólo la cuestión económica, ni los celos de las parejas, también la propia concepción de lo que implica sostener un vínculo amoroso puede representar una dificultad para algunas, tal como señala Irene: “Yo, en mi punto de vista, si yo quiero a alguien no voy a querer compartir con otra persona. Y mucho menos con un montón”. En esta concepción del amor, la exclusividad del vínculo es lo que transformaría cualitativamente el afecto en amor. Dentro de este paradigma del amor romántico –donde se enmarcan la mayoría de las experiencias amorosas de las entrevistadas–, la exclusividad ha sido descripta por algunos autores como un rasgo específico del amor, según Georg Simmel (1993) constituye la esencia del amor y permite distinguirlo del puro hedonismo sexual. Antes, también Magnus Hirschfeld (1960) planteaba que mientras el “instinto sexual” sería polígamo, el “amor” encuentra en la monogamia su expresión adecuada. Tanto para Irene como para estos autores habría un lazo inextricable entre “amor” y exclusividad sexual. En la concepción romántica la actividad sexual es una expresión directa del amor. Entonces, la posición de las mujeres que hacen sexo comercialmente se complejiza cuando el “hedonismo” o el “impulso sexual” –contrapunto del amor–, no forma parte de la sexualidad legítima. Como vimos, esto aparece como una característica masculina, o propia de un terreno fisiológico y, para la mayoría, sin valor e incluso desvalorizante. Pero además, el efecto legitimador que tiene el amor romántico sobre la actividad sexual también sirve para demostrar que son mujeres “normales”: sin el romance el sexo (y quienes lo practican) se transforma. Empecemos entonces por aquí.

Sexo-servicio y sexo-amor. La instrumentalización y las expresiones amorosas

Para muchas parejas el sexo puede ser fuente de grandes placeres y/o de dolores de cabeza. En el caso de las mujeres que hacen sexo comercial, la labor sobre sí misma que implica construir, practicar y significar el sexo como un “servicio” pago, adiciona otras dificultades para sus vínculos amorosos. En el marco de una pareja, el significado del sexo parece muy distinto, la sexualidad se figura el punto cúlmine del vínculo amoroso o por lo menos una expresión afectiva muy intensa. Así aparecen dos significados para el sexo: sexo-amor[3] y sexo-servicio, y dos formas de vivenciarlo (o una forma de no-vivenciarlo en tanto sexo, sino “como trabajo”), pero el proceso de ida y vuelta entre estos dos polos puede ser costoso y no siempre resulta efectivo.

Cuando era más joven, me pasaba que me había enchufado tanto que el sexo era por dinero, que estaba con mi pareja personal y era como que estaba perdiendo plata, en el momento que estaba acostada con él, me entendés, en el momento que estaba arriba mío… sí, me ha pasado. (Marisol)

No sólo se trata de aprender a tener sexo instrumentalmente para obtener dinero, sino también desaprender para no repetir la performance con la pareja. El episodio que relata Marisol muestra que los (des)aprendizajes que deben hacer quienes se dedican al sexo comercial no refieren sólo a la esfera laboral, porque aquí la performance “laboral” no parece estar, a priori, culturalmente desligada respecto de la esfera íntima. Podríamos, por ejemplo, pensar que las mujeres que obtienen dinero cuidando (¿instrumentalmente?) niños ajenos atraviesan procesos similares respecto a los vínculos con sus propios/as hijos/as. Pero hay un conjunto de diferencias. Varias/es autoras/es han señalado que el amor romántico, como estructura discursiva que interpela especialmente a las mujeres, legitima la actividad sexual al ligarla a un vínculo íntimo afectivo (monogámico y heterosexual)[4]. Ya sea en el marco del amor romántico o incluso como placer hedonista, el sexo permanece ligado a la intimidad. Interpretar las prácticas sexuales como un “servicio” que se cambia por dinero, significa un esfuerzo y a la vez una trasgresión –socialmente condenada– de las normas incorporadas que construyen al sexo como expresión de intimidad y afecto (y luego, en la pareja, una reversión de esta trasgresión), como dice Marisol se tiene que “enchufar” (y luego “desenchufarse”). Sostener esta distinción implica procesos que están siempre por hacer y un trabajo constante para sostenerlos. Así me explicaba Úrsula:

Úrsula: El trabajo es una cosa y el placer con tu pareja es otro.
Santiago: ¿Y por qué elegís no hacer esas cosas, por ejemplo besos o… completo?
Úrsula: Porque no lo veo, porque… más allá que igual te lo van a pagar, así hagas un pase mínimo, igual te lo van a pagar… a que hagas un completo, por un poco más de pesos… que… eso es más… más íntimo para tu cuerpo, que es lo poco que le podés brindar a tu marido, me imagino… todo lo demás lo hacés con los clientes, por lo menos rescatás algo para hacerlo con tu marido en tu casa, más íntimo. ¿Entendés?

Como ya vimos, una táctica común para distinguir sexo-amor del sexo-servicio consiste en segregar algunas prácticas sexuales. Se delimita para la pareja un espectro diferente de prácticas sexuales de aquellas que se tienen con los clientes; por ejemplo, en muchas oportunidades las mujeres reservan el sexo anal y los besos para sus parejas. Otras veces prefieren no tener, en sus relaciones personales, prácticas connotadas como “raras” (“perversiones”), o incluso sexo oral, pues remiten a los clientes y las conectarían con la esfera laboral.

La delimitación de prácticas sexuales dotadas con sentidos distintos (“afecto-amor” / “trabajo-dinero) permite trazar los que Pasini (2000) llama límites simbólicos y corporales. Pero estos límites no son construidos únicamente como una táctica laboral ni para preservarse de la contaminación simbólica, sino que también tienen un papel en las relaciones de pareja. Poner límites a algunas prácticas sexuales en el contexto del sexo comercial representa un intento por (re)construir una intimidad demarcando una frontera sobre determinadas partes del cuerpo o usos del mismo que son ligados al afecto y la intimidad.

Varios elementos pueden minar la efectividad de estas delimitaciones pues la separación nunca es completa, por ejemplo, prácticas como el coito vaginal –central para la sexualidad heterosexual– se llevan a cabo en ambos contextos, laboral y personal. Además, las distintas prácticas con sus distintos significados, más o menos separadas, son operadas por un mismo cuerpo que, aunque desdoblado en distintos territorios y significados, cuenta con una cierta cantidad de energía física. Este hecho material ineludible entra en juego cuando la remuneración es baja y la cantidad de “salidas” diarias es elevada, lo cual requiere una actividad física importante. Al practicar sexo en el contexto laboral, con el cansancio físico, el propio deseo sexual puede caer como efecto de una jornada laboral intensa.

Es lo mismo que vos te la pases haciendo pozos por ahí… y después llegues a tu casa y tu señora te dice: ‘¿Me hacés un pozo?’ Es medio pesado, ¿viste? No es que uno se gaste, pero… Es difícil llevar, hacer lo mismo afuera y hacer lo mismo adentro. Es difícil, no se puede llevar bien. Es lo mismo que… vos… o un psicólogo que se la pasa atendiendo clientes, y llega a la casa y le dice el marido… o el pariente: “¿Por qué no me hacés una terapia?” […] Vos querés separar un poco… hacer otra cosa. Es muy difícil. (Susy)
Al estar…siempre haciendo esa actividad, es como que te resta sensibilidad. A mí, para mi punto de vista pasa eso con uno, porque perdés la sensibilidad de tu cuerpo. Y que te traten, te da lo mismo, bah, que pase el tren, ponele. No sentís nada. Como están tan, tan…es como que estás programada para decir empiezo a trabajar y no tenés que sentir nada. Entonces, como que eso lo llevás tan adentro, tan adentro, tan adentro, tan constante, tan constante que llega un momento que no sentís nada. Por eso algunas veces dicen que a nosotras, las que trabajamos en la calle, nos cuesta…ponele, este…tener pareja después, el día de mañana, ¿no? Porque nos volvemos… (Irene)

El agotamiento o la pérdida de sensibilidad ponen de relieve la falibilidad de los límites simbólicos especialmente en el terreno corporal y llevan a que muchas de estas mujeres desexualicen sus expresiones de afecto en el marco de sus parejas y prefieran otro tipo de prácticas (“Yo, por ejemplo, en particular siento como deseos de que me mimen, más que de sexo” dice Irene). Esta desexualización se condice con uno de los límites simbólico corporales más paradigmáticos. Si bien el coito vaginal difícilmente pueda ser vedado a los clientes, puede excluirse otra práctica, acaso tan central como el coito pero que –sin quitarle carga erótica– podemos concebir como más cercana al afecto y los “mimos”: el beso. He reservado el análisis de las limitaciones sobre esta práctica y la significación de su exclusión en el marco del sexo comercial pues este límite es el que más frecuentemente se vincula con el afecto y las parejas.

Algunos estudios cuestionan la mítica prohibición de dar besos que aparece entre quienes se dedican al sexo comercial (ver Allen, et al., 2003); cuán concreta sea esta restricción ha generado alguna polémica. En las entrevistas pude comprobar la mención frecuente de este límite –a excepción de las pocas que ofrecían servicios “onda novia”, quienes sólo intentaban evitar besar a clientes “desagradables”–. Aun cuando no es posible chequear la consistencia de las prácticas con estos enunciados, este plano discursivo resulta fundamental para sostener los límites corporales-simbólicos a los que me refiero.

¿Cuáles son los sentidos que tienen los besos? En la compilación de Cahen Historia del beso: primeras lecciones de amor (1997) encontramos varios análisis sobre los distintos rituales, significados y codificaciones asociadas a los besos. Allí, Bologne señala un recorrido que va desde los besos sagrados –con un carácter oficial y religioso– hasta los de la intimidad. Así, desde el Renacimiento, en occidente se otorgó un carácter amoroso a los besos e incluso sexualizado en el siglo XIX. También en esta compilación, Le Breton plantea que las regulaciones que codifican el contacto entre los cuerpos tienen dos zonas fundamentales: el sexo y el rostro (Daiana encarnaba esta codificación señalando claramente: “yo vendo mi cuerpo, no mi cara, yo no beso”). Los diversos besos tienen distintas significaciones, la ternura del beso maternal o el rito de salutación, pero el beso de boca a boca, que junta un rostro con el otro, y un cuerpo con el otro, es un ritual específico de los amantes.

“Solamente podés besar en la boca cuando estás bien. No podés agarrarlos a los besos a todos los locos. Vos besás cuando lo querés, porque lo sentís”. (Mercedes)

En las entrevistas las mujeres[5] asociaban los besos con el cariño, el afecto, y una relación con alguien deseado y especial, por ello eran reservados para el sexo en el ámbito privado. No dar besos aparecía como una de las reglas del oficio. Cuando les preguntaba por sus prácticas a nivel individual respondían generalizando esta conducta: “no se besa”. Lorena me explicaba: “creo que ninguna mujer de la calle da besos… eso es lo que nos queda para nosotras… y se lo valoriza más, vale más un beso que una penetración… lo sentís más”. El límite frente a los besos emerge como una regla sostenida colectivamente desde un “nosotras”. Aunque algunas pocas dijeron dar besos a los clientes eventualmente, en la universalización de esta regla desaparecía el mecanismo de segregación hacia las “otras” que se aplicaba en el caso del sexo anal. Podemos interpretar esta diferencia pensando que mientras el sexo anal condensa una cantidad de significados –especialmente relativos a la moral– los besos son la práctica simbólicamente más ligada a los sentimientos amorosos.

También algunas entrevistadas señalaron que besar a un cliente les producía “asco”[6], ello muestra la estrecha relación entre el beso y la persona a quien se besa. La repugnancia manifiesta la construcción de los besos como una práctica muy personal, y que contrasta con las prácticas permitidas en el sexo comercial, vistas como “impersonales” –tal el caso del sexo oral con preservativo–.

Cuando le pregunté por los besos Deby me dijo que no besaba en su servicio y me aclaró: “es sexo nada más lo que vos ofrecés”. Los besos ocupan un lugar distinto del resto de las prácticas sexuales, con la significación afectiva indeleblemente grabada. Los besos y también las caricias, salvo para las que ofrecían el servicio onda-novia, no parecen encajar con la mirada más instrumental y restringida que muchas tienen del sexo-servicio[7], el terreno de los besos es el del amor. Veamos entonces los distintos posicionamientos de estas mujeres frente a los sentimientos amorosos y las interpelaciones románticas.

Enamoramiento y amor. El “endurecimiento del corazón” o la licuación del amor

Las relaciones de pareja suponen, además de los inconvenientes relativos al sexo, problemas en relación con el enamoramiento y las concepciones del amor. Así como para algunas performar el sexo-servicio reducía la sensibilidad o el deseo sexual, también el trabajo emocional que conlleva el sexo comercial podía entrañar complejidades en la vida afectiva. El esfuerzo por bloquear los sentimientos amorosos, primeramente dirigido al plano del sexo comercial, puede luego invadir el terreno de las relaciones personales. Algunas entrevistadas decían que “se te va haciendo duro el corazón” o se les generaba una “coraza”, más aún tras una ruptura amorosa y un posterior regreso al sexo comercial. Estas experiencias las llevaban a no enamorarse y restringir su amor sólo a sus hijos/as.

No, yo me puse más fría, antes era más creída. Ponele, yo tengo al padre de mi hijo que me cagaba. Me han cagado, como dicen en la jerga. Pero es como que te hacen más dura, la vida te golpeó. Podés tener tres tipos delante tuyo que no se te va a calentar nada. No se te levanta un pelo. No es como una chica que no conoció la calle y se enamora de aquella persona que está en la esquina. Esto te hace ser más duro. Puede haber diez hombres lindos que no te va a gustar ninguno. Es lo que te decía antes, que no agarrás las cosas en serio […] Jamás me voy a subir a un auto a visitarme con un tipo para salir, para ir al baile o para ir a la peña, porque si me enamoré del hombre, me gustó o no. Yo conocí esto y nunca más. Es como que la calle me puso dura viste. Y… te pone dura la calle. (Antonia)
Santiago: ¿Y nunca has estado enamorada?
María: Una sola vez, cuando tenía 25 años, no me pasó de chica, me pasó de grande, una sola vez, y oh, qué espanto, no… No, es horrible… No, no me gusta. Prefiero así, el único amor que tengo incondicional para siempre es con mis hijos, nada más. Cuando uno quiere ahí sufrís, sabés, ay, lo que es sufrir, es horrible, y que no te quieran, es espantoso.

El sexo comercial pone a estas mujeres en contacto frecuente con una sexualidad que ellas conciben como propia de los varones, despojada de un vínculo amoroso o afectivo y, en tanto muchos clientes son casados, implicada en una traición al pacto monogámico de una pareja supuestamente amorosa. Esto produce una asimilación de los rasgos percibidos en los clientes con una suerte de esencia o cara oculta del “ser humano” o al menos de los varones. De allí que la veda amorosa que pesa sobre las relaciones con clientes acabe por extenderse a las relaciones por fuera del sexo comercial. Doris me decía: “Tal vez hoy estoy viendo mucho la realidad, y es feo también ver mucho la realidad, porque es como que esa fantasía se te va también, viste, ya ver tan, tan crudo todas las cosas…”. Para algunas esta visión rompía la “fantasía” del amor romántico que enlaza sexo y amor, o ponía en el plano de la fantasía los vínculos amorosos al contrastarlos con la “realidad”. Este impacto se registra con más fuerza en los testimonios de las mujeres de mayor edad. Ellas, en general sostenían miradas más románticas, usualmente tenían más años en el sexo comercial y más desengaños en sus relaciones amorosas.

Sin embargo, las relaciones en el sexo comercial no siempre están desprovistas de afecto y emociones, y algunas entrevistadas también contaron haberse enamorado de clientes. Comprender esos procesos nos puede dar una imagen más amplia del papel que juega el enamoramiento en el sexo comercial y cómo se vincula con las distintas concepciones de amor.

Dentro del “ambiente” enamorarse de un cliente es visto como un indicador de inexperiencia; el enamoramiento las tomaría casi de improviso. Estos relatos empalman con la concepción del amor como una fuerza que súbitamente toma posesión de los sujetos y anula su voluntad: amor pasión. Según Giddens (1998) el amor pasión se sitúa por fuera de las rutinas de la vida cotidiana y es un desorganizador de las relaciones sociales. Para quienes hacen sexo comercial el enamoramiento puede ser visto como una fuerza peligrosa a la que intentan resistirse en un primer momento.

Tal como en las narrativas más comunes sobre el enamoramiento (Barthes, 2008; Jackson, 1993), este aparece para las entrevistadas como una emoción cuyo signo es ser inmanejable. Aquí el enamoramiento puede hacer difícil sostener las divisiones sobre las que se estructuran las diferencias entre el sexo comercial y el sexo como expresión de afecto de la vida personal. Inés me había aclarado que ella siempre mantenía separados sus sentimientos de su trabajo, que hacía una actuación que los clientes creían y por eso a veces ellos se enamoraban, algo que nunca le sucedía a ella. Sin embargo, luego de charlar durante largas horas y habiendo entrado en confianza, admitió que el padre de su hijo fue un cliente y me explicó: “Tenía mi edad, me gustó… no pude resistir. Siempre me venía a buscar, me venía a buscar, me venía a buscar, entonces, ahí no pude separar, ahí me enamoré”.

Este borroneo de las fronteras puede leerse en vinculación con las ideas de Alberoni sobre el enamoramiento. Este autor, retomando los sentidos más comunes del amor romántico, plantea al enamoramiento como un estado de ignición de un movimiento colectivo de dos personas, a lo que agrega que la “experiencia del enamoramiento siempre conlleva la transgresión de una diferencia. No hay reglas para fijar en qué consistirán esta diferencia ni su trasgresión” [cursivas en el original] (Alberoni, 1983: 27).

Las emociones ligadas al amor romántico suelen experimentarse como liberadas de las reglas sociales –y, en especial, separadas de la esfera económica (Giddens, 1998; Illouz, 2006)–. Pero para las entrevistadas el enamoramiento representaba una emoción difícil de compatibilizar con el sexo comercial pues la “trasgresión de diferencias” puede provocar una desorganización del esquema emocional y la ecuación moral que las mujeres tenían organizada. Por ejemplo, puede sobrevenir el sentimiento de culpa. En esta situación, las mujeres deben luchar por sostener la diferenciación contra la cual embate el enamoramiento que reclama el monopolio sobre la sexualidad: expansión total del sexo-amor y desaparición del sexo-servicio.

Ya entre los dos había una conexión, había… habíamos comenzado, ya teníamos… ya estábamos la mayor parte del tiempo juntos… Y ya también era incómodo, yo irme al negocio [cabaret] y… y estar con otra persona. Iba y algunas veces no… no hacía nada porque pensaba… aquél se está haciendo la cabeza… todo lo que…, se está volviendo loco… con lo que yo estoy haciendo. Entonces a mí me generaba también un malestar. Porque ya no quería tampoco que ninguna otra persona me tocara. Así que (risa leve) parece que fue un flechazo. (Fernanda)

Según las entrevistadas hacer sexo comercial bajo el estado de enamoramiento les producía culpa y malestar. Estas sensaciones se incrementaban cuando sus parejas no estaban al tanto de su actividad –a veces sentían que los estaban “engañando”– pues debían ocultar o interponer información falsa frente a quienes se sienten más ligadas. En la conmoción de los esquemas que delimitan los tipos de vínculos (clientes / parejas), además de las dificultades para comunicarse, emerge la concepción común del enamoramiento como estado de “ceguera” que les impide ver las “verdaderas” características de los hombres con que se relacionan.

Con la pareja que estuve después vino el rechazo, después de haberme enterado que estaba casado…o sea, yo no le reclamé porque tendría que haberme fijado primero con quien me metía, pero con el amor no se puede, con el corazón no podés…no podés, el corazón dice: está, te enamoraste, ya está. (Carina)

Desde el punto de vista de las interacciones y la codificación de significados podemos considerar cómo intervienen los procesos de cortejo en estos vínculos. Según Niklas Luhmann, el cortejo como rito tiene una función vital: distinguir el amor verdadero del amor falso (1985: 93). Los procesos de cortejo que analiza Luhmann –que incluyen la simulación (de lo que no se siente) y el disimulo (de lo que sí se siente)–, se ven trastocados en las experiencias de las mujeres que son cortejadas por sus clientes. En el marco del sexo comercial no sólo se da un flujo restringido de la información personal, sino que hay una entrada directa en un terreno sexual (y económico) que altera los códigos románticos con los que se evaluarían los comportamientos de los pretendientes[8]. Esto puede llevar a la confusión y la ausencia de parámetros para decodificar y saber cómo conducir su vida amorosa.

Es un momento es muy difícil, si te involucrás sentimentalmente es muy difícil, es como que estás ciego. No te interesa. Intentás justificar a la otra persona, decís: “bueno, si yo tengo sexo con un montón, él también puede tener esos momentos”. Pero estamos hablando de dos cosas diferentes. (Abril)

En este contexto, más que un abandono total del discurso romántico, aparecía una adaptación que, reemitiéndolo a un plano extraordinario, lo alejaba de sus vidas cotidianas. Algunas entrevistadas oscilaban entre desconfiar de la “fantasía” amorosa y entender al amor como un evento fortuito, o algo que sólo sucede “una vez en la vida”. Este discurso, presente sobre todo en las mujeres de mayor edad, reposiciona al resto de las relaciones sexo-afectivas como de menor trascendencia.

Cuando me casé con él yo te puedo asegurar que no había otros ojos, toda mi vida, mi alma, mi entero era para él, yo vivía para él porque era algo, era el amor tan grande para mí, viste, para mí es muy sagrado[9] el amor y yo dije: “Nunca más me voy a enamorar” y no creo que me voy a enamorar, ya está, ya fue, digo yo, ahora con mis 50 años menos, viste. Y tampoco no, digo, no sé si me quedé muy golpeada pero no lo estoy buscando, no busco. […] ¿Qué es el amor? El amor yo pienso que es el querer estar con la persona, de querer compartir todo con esa persona, […] el amor es muy distinto para mí, para mí, yo será que soy una novelera de primera. (Doris)

Además, las dificultades para reconciliar afectividad y sexualidad en el ámbito de una pareja a veces producen una visión idealizada del erotismo que, ligado a la idea de amor romántico, culminaría con el matrimonio como utopía.

Cuando me he enamorado he estado muy ansiosa… y todo eso… me afecta en la parte sexual. ¿Entendés? (Risa leve) No pasaba nada… pero quizás hay personas que sí lo pueden conectar… dos cosas. Yo pienso que cuando se pueden conectar las dos cosas es la lotería… Te enamorás y la pasas bien sexualmente… es la… Se casan… se casan ahí (Risa) Se casan… y son felices y comen perdices (Risa) ¿O no? Eso es lo ideal… bueno, ese es el sueño de todo ser humano. (Susy)

Esta mirada romántica y melancólica sobre el amor puede ser muy productiva para sostener las fronteras que separan los encuentros de sexo comercial, con su intimidad ilusoria, de aquellos que pertenecen a la esfera de la intimidad personal, sobre todo si esta se pone en un plano extramundano o utópico. Para comprender la posición romántica de estas mujeres puede servirnos considerar algunas de las transformaciones del amor romántico.

En el amor romántico, la absorción del otro –típica del amour passion– queda integrada en la orientación característica de “la búsqueda”. La búsqueda es una odisea, en la que la identidad del yo espera su validación del descubrimiento del otro. Tiene un carácter activo y en este sentido la novela moderna contrasta con las historias medievales, en las que la heroína es habitualmente pasiva. (Giddens, 1998: 51).

En el contexto del sexo comercial pude observar que las miradas románticas de este grupo de mujeres mayores muchas veces conservaban esa posición pasiva. Así aparecía el imaginario de un varón que podría “sacarlas de la calle”, y relataban historias cercanas sobre compañeras a quienes “el marido la sacó, se casó y… ya… es toda una señora” (Fernanda). Aunque otras ironizaban sobre estos relatos, muchas habían tenido en el pasado esa “ilusión”.

Desde esta posición, en tanto no aparezca ningún objeto amoroso concreto que suscite el enamoramiento, mientras ningún caballero (de carne y hueso) venga a querer “conquistar” todo el territorio, se facilita construir un sexo-servicio, ligado al dinero y al comercio. Si consideramos que “el amor romántico es un amor sexual, pero pone entre paréntesis el ars erótica” (Giddens, 1998: 64), en tanto el amor exista sólo en el plano de la fantasía, el sexo instrumental y sin sentimientos profundos resulta compatible. Conviven en paralelo el improbable ideal romántico –donde la lujuria y la sexualidad terrenal pasarían a un segundo plano, para privilegiar el afecto y lo sublime del vínculo–, y la concreción del sexo-servicio, con una mirada técnica y despojada de sentimientos.

Otra de las características del amor romántico que colaboran con el sostenimiento de las fronteras en el sexo comercial es la pretensión de desinterés económico. Para varias entrevistadas obtener cotidianamente dinero a cambio de sexo potenciaba la mirada romántica que desprecia tanto la lujuria como la ambición material. Esto redunda en una mirada peyorativa de las relaciones de pareja donde hay un interés económico (“relaciones interesadas”) y una concepción del amor como un sentimiento profunda y claramente diferenciado.

El desinterés y el carácter no instrumental del vínculo romántico lo hacen aparecer como completamente desligado de la lógica del mercado (Bourdieu, 2000)[10]. Esta forma de romanticismo será funcional para aquellas que, por estar en el mercado sexual se consideran al margen del mercado matrimonial, allí el desinterés económico se lleva muy bien con un desinterés por el involucramiento en una pareja. Estas características permiten articular la frontera entre el sexo comercial y las relaciones amorosas como una oposición entre los hombres que pagan y los que podrían “conquistarlas de otras formas, pues son las relaciones de sexo por amor las que “ilusionan”[11].

Cuando tengo que estar con la persona que yo amo soy una mina normal, enamorada, que le regalan un chocolate y yo me derrito (risas) Cosas así, ¿entendés? Y así aunque el cliente con el que estuve a la tarde me haya dado dólares y el tipo que yo ame me haya regalado un chocolate de 2 pesos (Yamila)
Prefiero, que me miren que estoy parada, como quien dice… porque subo o bajo del coche y no que me miren en otro lado, con un señor más grande que yo, y que digan… “Ah…” Como capaz que yo digo, yo misma digo… ”Ah, pero esa anda con el viejo por la plata” […] Sabés que esa mina lo está viviendo al viejo. “Ay, yo te amo, yo te amo” ¡Qué lo vas amar! Amás la billetera, no al viejo. (Sabrina)

A su vez, como muestran estas entrevistadas –ambas jóvenes–, aun sin participar activamente del juego desinteresado del amor romántico sostener sus creencias permite retener o recuperar una identidad “normal” que asocia la feminidad y el amor, como en el caso de Yamila[12], o al menos distanciarse de las “otras minas” que son capaces de sostener relaciones aparentemente amorosas pero que esconden prácticas “interesadas” como señala Sabrina. En este sentido el “ser romántica” revela un valor importante para construir una identificación con valores de “mina normal”.

Sin embargo, al momento de formar una pareja que ponga en juego la permanencia en el sexo comercial –la principal y muchas veces única fuente de ingresos– la visión romántica y desinteresada del amor se tensa con reivindicaciones respecto de la economía conyugal.

Para mí el amor es el amor, qué sé yo… Porque para mí es algo, no sé si lo volveré a… digo, no, no creo, yo ya estoy segura que no me voy a enamorar más, pero es algo tan hermoso estar enamorado, es hermoso, das la vida por el otro. Pero sí también entendí hoy que el otro también tiene que dar la vida por vos, si no, no sirve, tienen que ser dos, porque uno no sirve, y yo creo que fui una siempre, así que, pero viste cuando estás enamorada no ves, sos ciega. (Doris)

Para varias entrevistadas el sentirse mujeres románticas –o una “novelera” como Doris[13]– las situaba en un plano de normalidad. Pero cuando este rol de mujer romántica supone muchos riesgos se adopta una versión tan idealizada del romanticismo que lo expulsa definitivamente de la vida terrenal. Esto puede producir el intento de clausurar los vínculos amorosos como en el caso de Doris.

Otras veces la disyuntiva de tener que abandonar el sexo comercial, sumada a la desconfianza sobre la estabilidad de los vínculos, lleva a alejarse del ideal romántico de pareja y entablar relaciones más contingentes y/o situadas. En estas, la exclusividad sexual y las proyecciones de futuro indefinido se desvanecen, y aumenta tanto la autonomía de los participantes como la volatilidad de la relación, aunque no por ello su intensidad.

Abril: Me lo han propuesto en varias ocasiones [entablar otro tipo de relaciones], sí…pero…o sea, no te voy a decir que no es complicado mantener la distancia con cierta gente, pero…yo creo que es perder el tiempo.
Santiago: ¿Sí?
Abril: Sí, porque todo lo que empieza tiene un final, es muy concreto. A corto o largo plazo tiene un final. Entonces es preferible mantenerse al margen, si podés conservar la amistad de alguien, por un determinado tiempo o por un tiempo indeterminado…bárbaro, pero si vos sabés que vas a empezar algo…que vos sabés que realmente tiene futuro, o no, que generalmente nada tiene futuro, porque el futuro es muy corto hoy en día…yo prefiero mantener a esa persona viéndola con menos frecuencia o con más frecuencia pero no perder a alguien que puede llegar a suceder.
No tengo relación de pareja, es una persona con la que yo me veo cada, qué sé yo, una vez por mes, dos veces por mes. Él viaja mucho, por su trabajo y bueno, es la persona que yo amo. Yo hago mi vida y él hace la suya. Pero cuando yo estoy con él es él y yo y nadie más. (Yamila)

Si bien pocas entrevistadas dijeron tener vínculos afectivos de tipo más contingente me interesa considerarlos por la forma en que logran resolver la tensión entre los vínculos personales y aquellos comerciales. Zygmunt Bauman (2005) llama “amor líquido” a formas de relaciones modernas que se apartan del modelo romántico. Sin embargo este amor descripto y concebido solo por contraste con el amor romántico –tal la estrategia expositiva de Bauman–, aparece como descomprometido y guiado por una lógica de consumo[14]. Prescindiendo de una mirada esencialista que asimila las características del amor romántico o el amor pasión con la “naturaleza del amor” (Bauman, 2005: 21) podemos comprender estas formas de amor como lazos más situados. Al abandonar el tono metafísico de una duración más allá de cualquier circunstancia (como suelen rezar los votos matrimoniales “en la pobreza y en la riqueza”, es decir haciendo caso omiso de las condiciones materiales de existencia), emerge lo que podemos llamar un amor contingente.

Lidia también tenía un vínculo de este tipo, ella rápidamente aclaraba “no, estoy de novia, en pareja no, de ahí que pase a convivir de nuevo nunca más en mi vida, por Dios, ya tuve experiencia”. Veía a su novio cada quince o veinte días y se sentía bien con esa relación, salvo cuando él le insinuaba que quería “sacarla de la calle”, me decía: “estoy acostumbrada a tener mi plata, plata para mis hijos, ¿me entendés? como que me choca un poco” y me explicaba “él también es casado, separado y tiene tres chicos y yo creo que tanto para los míos como para los de él no le va a alcanzar, ¿no? Seamos honestos, ¿no?”. La materialidad de la supervivencia lleva a poner límites a las pretensiones de las parejas, algo necesario y deseable para estas mujeres si quieren “ser honestas” o tener “los pies en la tierra”.

“Yo no se lo cuestiono, él no me lo cuestiona, punto. Las cosas están bien, cuando estamos, estamos, cuando no estamos, no estamos, punto. ¿Sí?”, Abril optaba por entablar acuerdos amorosos en su vida privada limitando la expansión de ese amor, restringiendo su posesividad a la par que su extensión temporal, como en el caso de Lidia o Yamila. Estos acuerdos hacen que el desdoblamiento del sexo comercial no sea tan radical y las fronteras con el mundo personal menos contrastantes –aunque no por eso las borren–. Las relaciones sexo-afectivas que se alejan del modelo amoroso romántico, del “para toda la vida” matrimonial, conllevan también a la desaparición, junto con la trascendencia romántica, de las exigencias de una pareja que resultan demasiado complejas para la compartimentación de la vida sexo-afectiva implicada en las experiencias de las mujeres en el sexo comercial.

Las posicionas amorosas, más tradicionales o más alternativas, estaban muchas veces correlacionadas con la pertenencia a distintas generaciones (como plantean Bauman, 2005; Beck y Beck, 1995; Giddens, 1998) pero también ligadas a la experiencia acumulada en el sexo comercial. Correrse de la interpelación romántica que cae sobre las mujeres resultaba difícil y costoso, por ello varias se habían enamorado y sufrido desengaños fruto de los “errores de juventud”, otras tantas entrevistadas recluían el romanticismo en la melancolía[15], y sólo unas pocas –en su mayor parte las más jóvenes– se apartaban del modelo romántico monogámico y planteaban otros tipos de relaciones.

¿Cuántos son una pareja? Ocultamiento, monogamia y doble estándar

Las tácticas de ocultamiento –descriptas en el capítulo 4– son otro obstáculo para construir un espacio de intimidad compartida en las parejas, pues entran en tensión con los sentimientos de fusión amorosa –querer compartirlo todo– y/o con la necesidad de lograr una estabilidad afectiva. Las reflexiones de Marta Lamas, que retoman la perspectiva de Luhmann, nos pueden dar un panorama de la encrucijada que atraviesan estas mujeres:

La capacidad para hablar de sí mismo parece ser la condición previa para el inicio de una relación íntima; estimula a la otra persona que, a su vez, habla de sí misma. Luhmann afirma que la sexualidad ya no puede simbolizar de manera suficiente el amor, puesto que por ese camino no es seguro que pueda llegar a ser satisfecha la necesidad de comunicación íntima. (Lamas, 1990: 172)

La información sobre la vida laboral constituye un tema de la vida cotidiana que se comunica asiduamente en los vínculos personales, y, si seguimos a Luhmann, también sería importante en el contexto de las relaciones amorosas –más aún la vida laboral de una mujer, que sigue siendo sospechosa para muchos varones–. Esta expectativa colisiona con el desdoblamiento y ocultamiento como táctica para separar el sexo comercial de las relaciones personales.

Yo suponía que él no me mentía para nada. Entonces, yo decía: No, que mal… Porque él me decía: “Ay, yo te amo” y que esto y que el otro, y todas las cosas… Y yo decía, no, le estoy mintiendo. ¿Y si le digo? A veces me daban ganas de decirle “Mirá, yo hago esto y esto” Pero yo decía, yo le llego a decir esto y me mata. (Sabrina)
“Mi miedo era que se entere por otra persona. Sí, tuve oportunidad de contárselo, pero… ¿viste?, yo me hacía la cabeza de cómo se lo digo, ¿entendés? No es fácil… Es tu pareja, es tu… tu vínculo familiar…” (Pía)

La tensión del secreto puede manejarse de diferentes maneras en el marco de los vínculos de pareja. Además de la revelación, la secreción y la comunicación a las que me he referido en el capítulo 4, el ocultamiento puede mantenerse en el contexto de pareja y ser costeado de diversas formas, por ejemplo con trabajos domésticos en el hogar. Nelly contrapesaba su relativa independencia y autonomía de horarios[16] y movimientos, sin rendir cuentas a su marido, siendo servicial en el hogar:

Yo siempre fui una persona de carácter… muy fuerte, yo hago lo que quiero, a mí no me mandan, a mí no me preguntás a qué hora voy, a qué hora vengo, si total vos tenés tu casa, tu comida, tu ropa limpia, todo a horario. (Nelly)

Nelly prefería hacer trabajo doméstico como forma de asegurar su secreto. La comunicación del secreto resultaba inabordable para la mayoría, la sola idea de que sus parejas pudieran enterarse de la actividad que realizaban les suscitaba una gran preocupación. Simmel (1906) planteaba que en una pareja o matrimonio deben mantenerse ciertos aspectos secretos como forma de evitar la rutinización del vínculo y mantener cierta seducción en marcha. Pero el contenido estigmatizante de este secreto difícilmente pudiera tener esos efectos y se transforma en una carga difícil de sobre llevar para mujeres dedicadas al sexo comercial.

El temor de que se introduzca el estigma en el ámbito íntimo de la pareja las lleva actuar con cautela tanto en el manejo de la información como en la selección de los pretendientes. Para estas las mujeres no es frecuente lo que ocurre con las strippers que suelen buscar pareja entre sus colegas varones (Bradley-Engen y Hobbs, 2010). Este criterio de selección de parejas minimiza el riesgo de ser estigmatizada y supone una mirada compartida sobre la realidad laboral. La regla del oficio entre las mujeres que hacen sexo comercial (“no enamorarse de clientes”) hace que el criterio de selección de parejas sea excluir a los clientes. Una de las razones para esta restricción –muy compartida pero que varias trasgredían– era la imposibilidad de borrar las inseguridades en parejas con ex clientes. De allí surge la amenaza constante de los reproches por el “pasado” de las mujeres. Por eso Nelly, hablando de una joven colega, aconsejaba:

Ojalá que encuentre un novio, que la saque de esto, pero que el muchacho no se entere. El día que vos conozcas a un pibe no digas que vos estuviste acá. Esto es como una página de un libro que vos tenés que dar vuelta y terminarlo, no se puede enterar el muchacho, si el muchacho se entera no te valora. No te valora. Toda la vida te va a decir: “callate, si vos…” Y el muchacho no va a confiar. (Nelly)

La pérdida del control sobre la información puede ser muy riesgosa para las mujeres cuyas parejas, aun cuando ellas no estén en actividad, pueden enrostrar el “pasado” estigmatizante ante cualquier disputa o como justificación de un control omnipresente. La identidad de “ex-puta” echa por tierra todo el esfuerzo por quitarse la etiqueta de encima. Inés tuvo esa experiencia y creía que haberse involucrado en una pareja con un ex-cliente fue un error por ser inexperta en el trabajo:

Pasa una pelea… o tenemos una diferencia y siempre sale el tema ese. O sea que ellos no tienen la seguridad de la mujer que tienen al lado. Porque están inseguros ellos. Siempre sacaba el tema “No, si yo te conocí a vos allá en la esquina… que chupabas pija” […] Si yo salía con pollera corta… era porque salía a levantar tipos. (Inés)

En algunas oportunidades, las mujeres que no quieren o no pueden abandonar el sexo comercial prefieren comunicar su secreto a sus novios o parejas, por la insistencia de estas, como en el caso de Daiana, o porque se puede revelar su secreto pues trabajan en la calle con mucha visibilidad, tal como sucedía a Lidia que se “paraba” en una avenida transitada de San Juan. Aun cuando esta información no se use para estigmatizar, esta comunicación no pone un fin a los problemas pues no se establece una complicidad como sucedía cuando se comunicaba a las madres. Si se opta por la comunicación como forma de hacer a un lado la tensión y los engaños que dificultan la relación íntima, todavía resulta difícil saber qué contar, hasta dónde llegar y cómo evitar que sus parejas “se hagan la cabeza”.

Las múltiples relaciones sexuales que una mujer tiene en el sexo comercial presentan un desafío a las reglas convencionales de las parejas monogámicas. Las relaciones poliamorosas o las parejas abiertas suponen algún tipo de contrato sexual –incluso con más reglas– entre los y las participantes (Klesse, 2011). Así también el trastrocamiento sobre los criterios sociales acerca de la fidelidad sexual que ocurre en el sexo comercial implica la necesidad de reconfigurar los límites permisibles. Y esto no es una tarea que deban acometer únicamente las mujeres, sino también sus parejas. Si para las propias mujeres que se dedican al sexo comercial es a veces complejo establecer límites claros, para sus parejas varones resulta más espinoso comprender la división personal / laboral. Establecer un acuerdo se dificulta pues “el tema este del trabajo a los hombres es como que les cae medio…que no lo entienden mucho” como me dijo Irene y me explicó que “muchas veces nos dicen que lo hacemos porque nos gusta”. En la incapacidad de comprender las distinciones entre el sexo-servicio y el sexo-amor, a veces los varones proyectan el imaginario de la “puta lujuriosa” sobre sus parejas. La doble moral patriarcal permite la existencia de complementos extramatrimoniales para la sexualidad masculina, pero las prostitutas deben estar fuera y no dentro del matrimonio.

Cuando un marido no puede comprender “esto del trabajo” pues se sentiría amenazado en su monopolio sobre la sexualidad de su esposa, probablemente se le ocultará. Pero además de proteger así el vínculo amoroso, la propia institución matrimonial merece ser respetada y ello obliga a negar (y negarse) cualquier placer por fuera de ella.

Hace diez años atrás que estaba casada, sí, yo ya, digo, bueno, esto era exclusivamente el trabajo y punto, viste, no había un… algo que podía darme vuelta de decir: “Ah, me gusta esto y hago”, no por el respeto al, al matrimonio que tenía ¿No? (Doris)

Según la literatura sobre las clases populares de Brasil, el sentimiento de “respeto” en el marco del matrimonio refiere a las obligaciones sociales que sostienen la vida familiar y puede ser opuesto al placer (ver Piscitelli, 2011: 556). Acá excluir el placer en las relaciones con clientes parece ligarse a la identidad de las mujeres casadas respecto al matrimonio y la pauta monogámica. Lorraine Nencel (2000) señala que entablar relaciones de pareja monogámicas restaura la identidad de género asemejando a estas mujeres a las no prostitutas. Pero aún falta un marco claro para determinar qué tipo de relaciones, sexuales o no, constituirían una infidelidad, las mujeres ensayaban diferentes criterios de delimitación. Los más mencionados fueron la aparición de sentimientos amorosos, la gratuidad y/o lo placentero de los encuentros, otras también mencionaron la cohabitación. Estos puntos revelan elementos clave para el establecimiento o el desvanecimiento de fronteras en los significados de las prácticas sexuales, en las emociones que suscitan y en los vínculos que las enmarcan. (Veremos con mayor detalle los significados de estos elementos en los tránsitos entre categorías analizados en la próxima sección).

Si no se garantiza la relación de exclusividad que demanda el amor romántico –y todas sus formas tradicionales monogámicas– aparece la incertidumbre y el malestar. Estos se pueden paliar de dos formas: una es abandonar el romanticismo y tener vínculos amorosos eróticos más laxos, aquellos del amor contingente donde la fidelidad o infidelidad no son tan importantes y no hay “cuestionamientos”. Otra forma es intentar establecer un vínculo basado en la confianza. Ya dijimos junto a Luhmann que la confianza es un rasgo fundamental para compartir intimidad[17]. Pero la incertidumbre no invade sólo a los ex-clientes. Como he dicho más arriba, los vínculos de sexo comercial, según las entrevistadas, son en su mayoría relaciones extramatrimoniales, pues “la mayoría son casados”. Entonces, la mella sobre la confianza se suma a la desvaloración genérica de los varones propiciada por las reiteradas experiencias de una sexualidad masculina distanciada del afecto.

“Acá no hay hombres fieles… mentira que hay confianza. No he encontrado una pareja que sale con vos nada más, mentira, el hombre es hombre y ve un culo nuevo y se va”. (Marisol)
“Estuve de novia, así, pero no mucho tiempo. Es como que… me agarró la desconfianza de todos. Que pienso que todos son iguales…, que te quieren usar, como quien dice, y después te agarran y te tiran”. (Sabrina)

En este contexto una fórmula muy recurrida para renovar la confianza en la pareja es suspender el uso de preservativos. Más arriba señalé que numerosas investigaciones han constatado el uso diferenciado de preservativos según se trate de vínculos con clientes o personales. Mantener relaciones sexuales sin preservativos en el ámbito de la pareja constituye una forma de construir intimidad y, a la vez, una distinción respecto del sexo con los clientes. Pero, como señalaba Marisol, que no usaba preservativos con su pareja “por la confianza”, esta práctica muchas veces no es suficiente. Cuando se trata de hombres que han sido clientes la desconfianza es más difícil de sortear aún. El contacto frecuente con la faceta del doble estándar de moral sexual que los varones normalmente ocultan a las mujeres tiene un fuerte efecto sobre estas. Así, ellas consolidan un estereotipo del “putero” que esencializa la conducta de los clientes y afirma la imposibilidad de que estos varones dejen de consumir sexo comercial, “el tipo que es putero va a morir putero” (María). Otras veces los clientes son vistos como hombres con algún tipo de problema psicológico o que “algo les pasa” (Antonia), concepciones que resultan muy efectivas a fin de distanciarse y evitar el involucramiento afectivo.

Por contrapartida, la autopercepción como mujeres vulnerables por las carencias afectivas y/o en el intenso trabajo emocional que se despliega en el sexo comercial –y que produce el “endurecimiento del corazón”– alerta contra los aparentes enamorados que pudieran buscar aprovecharse de esta situación.

Nosotros somos como los perros de la calle, viste. Les haces un mimito y ya estamos ahí somos los perros más fieles, estamos ahí y yo pienso que es por eso que el hombre se aprovecha de esa mujer que trabaja, sabe, saben […] vos lo terminás manteniendo porque necesitás cariño (Mónica)

Dos movimientos se retroalimentan aquí. Por una parte, las dificultades que se les presentan a las mujeres que hacen sexo comercial para entablar vínculos de pareja las pondrían en una situación de vulnerabilidad en el terreno afectivo. Por otra parte, esta vulnerabilidad, sumada a la percepción de una relativa independencia económica y movilidad social, potenciarían el riesgo de ser explotadas en una relación. Uno de los principales obstáculos para entablar parejas es el temor a “mantener un marido”.

El 8-40, marido-proxeneta. Asimetrías de poder y explotación

En toda pareja la faceta económica está presente de una u otra forma, para las mujeres que hacen sexo comercial este puede ser un obstáculo y acaso el más riesgoso. Las relaciones de pareja de las mujeres que se dedican al sexo comercial, sobre todo cuando incluyen la cohabitación y/o la crianza de hijos/as, puede tomar forma asimétrica en el aspecto económico. Desde la falta de reciprocidad en las contribuciones económicas hasta la explotación directa y violenta o velada por el lazo afectivo, surgen diversos vínculos económico-afectivos en las parejas. En el marco de una sociedad patriarcal donde el mercado laboral sitúa a las mujeres en inferioridad de condiciones, la desprotección legal y la estigmatización de las que hacen sexo comercial brindan un terreno fértil para las inequidades. Además de estos factores estructurales, las entrevistadas mencionaban: el enamoramiento, la “ingenuidad” o el desconocimiento del funcionamiento de estas relaciones, las carencias afectivas que pueden predisponer a sostener parejas que las explotan.

Cuando uno no sabe lo que es viene un proxeneta y te, te pinta todo lindo y hasta que te, te enganchás, te enamorás, y vos ves un zapato nuevo, una ropa linda, pero vos no te das cuenta de que sale eso de tu cuerpo, decís: “No, él me da”, no, cuando sos grande cuando recién te das cuenta, cuando recién aprendés, como ahora, te das cuenta la realidad de tu vida, lo que has pasado ¿No? Porque antes decías: “Ay, mi marido, sí, mi marido”. (Beatriz)

Tomaré un desvío para comprender algunos aspectos puntuales sobre las relaciones de poder en estos vínculos. Más allá de las complicaciones en las posibilidades de formar pareja, hay aquí dos puntos a analizar: las ambigüedades en la forma de nombrar estas relaciones y los enfrentamientos que suscitan.

Las denominaciones equívocas expresan la mezcla de dominación, explotación y afecto presentes en estos vínculos. Según su relato, Beatriz comprendió ex post, cuando fue “grande”, que lo que ella llamaba “marido” era un proxeneta que la explotaba. En estos vínculos lo explícito y violento de la explotación va desde casos donde las mujeres son “paradas en la calle”, obligadas a trabajar y expropiadas de su dinero –incluso bajo maltrato–, hasta otros donde los maridos “no consiguen trabajo” y sobreviven con los ingresos que ellas aportan[18]. Sin embargo, esta diversidad de situaciones no se expresaba en una diversidad de categorías. La misma denominación “marido parece abarcar todos los casos.

Otras investigaciones han hallado este uso de la denominación marido (Araújo, 2006; Fonseca, 1996). Araújo señala que las mujeres de Dergo en Goiana (Brasil) nunca usaban la expresión “cafetão” (equivalente a “fiolo”). Durante mi trabajo de campo era común escuchar, sobre todo a las entrevistadas mayores, distinguir a las mujeres según las que tenían marido y las que no tenían marido, dando por sobreentendido tanto la relación afectivo-sexual como la de explotación. En contadas ocasiones se nombraba a los varones de estos vínculos de formas que permitieran distinguir el vínculo de explotación. Valeria mencionó haber estado con una pareja que la traía y la buscaba de la “zona”, al darse cuenta de que era “como un fiolo” decidió separarse.

Valeria: Yo tenía una pareja que sabía, me venía a buscar, me traía y me llevaba, era como un fiolo mío. Yo lo mantenía, pero me di cuenta que no es bueno
Santiago: ¿por?
Valeria: porque no, yo creo que el trabajo se hace de los dos, no de uno solamente. Yo venía a poner el cuerpo y él estaba en casa lavando los platos, antes porque lo amaba y por el amor seguí, pero ¡hacé algo!
Santiago: ¿y a él lo conociste trabajando?
Valeria: no, yo le dije, yo le conté de qué trabajaba. El hombre que sabe de esto no te comprende, te lo comprende hasta cierto límite, después ya no, él esperaba que llegara con plata, nada más

Otro término de la jerga es el “8-40”, usado con más frecuencia por los clientes[19] que por las mujeres. Conversando con Inés sobre las charlas que tenía con los clientes me dijo que varias veces le preguntaban si tenía un “8-40” y frente a mi cara de incógnita me explicó:

Un ocho cuarenta es tener una pareja que sepa… que yo, por ejemplo, ¿no? somos pareja ¿no? somos pareja, vos sabes que yo trabajo ¿Entendés? Y a la vez vos no trabajás pero vivís de mi plata. Eso es ser ocho cuarenta, fiolo, proxeneta. Nosotros le decimos ocho cuarenta y los clientes también. (Inés)

La denominación “8-40” proviene de la jerga policial pues sería el número del artículo que penaba el proxenetismo, pero Inés me dijo que desconocía el origen de esta denominación. Tanto este dato como la propia definición hablan de una ambigüedad de esta figura. Destacan dos puntos: en primer lugar, un 8-40, un fiolo, o un marido, son parejas que “saben”, es decir que conocen la actividad de sus esposas. En segundo lugar, el 8-40 o fiolo, y también algunos maridos, usufructúan el dinero que ellas generan. Parece poco probable tener un compañero que, estando al tanto, comparta sus ingresos. [20]

Ahora bien, ¿es este un vínculo coactivo? En los relatos de las entrevistadas esto permanece en un lugar menos claro. La relación de Mabel con su primer marido muestra estas tensiones, primero ella afirmó “Sí, tuve marido que me explotó también, siempre hay una primera vez. Sí, con él tengo un hijo del amor”, y cuando repregunté por este vínculo me dijo:

No es que me explotaba, a mí en una palabra me cabió porque si a mí no me hubiera gustado algo… de repente si, bueno… yo vengo de una clase media con buena educación, mi vida la elegí yo, hay veces que digo… nunca me arrepiento de lo que hice, sí de todo lo que perdí… en valores, en dinero monetario. (Mabel)

Varios aspectos favorecen la ambigüedad. Una transformación de los roles patriarcales varón-proveedor / mujer-cuidadora, donde las mujeres pasan a proveer, pero sin una reasignación clara del rol para los varones. A su vez, esta falta de un rol claro se potencia con la ambivalencia de la figura del 8-40, públicamente condenado pero también celebrado en algunas culturas masculinas (Bourgois, 2006)[21]. Finalmente, los sentimientos complejos de las mujeres hacia estos hombres, la vergüenza frente a sus pares (Beatriz, la más explícita al hablar de la relación de explotación con su primer marido-proxeneta[22], me pidió que le garantizara que ninguna de sus compañeras iba a escuchar lo que me había contado), el amor junto con la violencia, que les impiden, al menos en un primer momento, separarse.

En su tesis de maestría, Leticia Tedesco (2008) estudia los que ella llama parceiros não-comerciais, aquellos compañeros de las prostitutas que colaboran con tareas relativas a la prostitución y con quienes las mujeres entablan vínculos afectivo-económicos. Aquí entre las prostitutas de Porto Alegre aparecen las denominaciones de marido o de gigolô. Lo que diferenciaría a uno de otro serían, básicamente, el manejo del dinero y su situación ocupacional. Si bien Tedesco pone matices en torno a lo afectivo y la sumisión o no de las mujeres, esquemáticamente podemos plantear que mientras el marido comparte gastos y tiene su trabajo, el gigolô expropia el dinero de “su mujer” y no tiene una fuente de ingresos propia.

Desde otra mirada, Barry (1996) plantea que más allá del vínculo que entablen, cada vez que una mujer se prostituye para un hombre se trasforma en “su puta” sea su esposa, pareja, novia, hermana o hija. Para esta autora toda la prostitución que incluye un proxeneta (pimp) –es decir, prácticamente toda la prostitución, según ella– es esclavitud sexual, es decir una situación donde las mujeres no pueden cambiar sus condiciones y, más allá de cómo entraron, no pueden salir de la violencia y la explotación sexual.

Entre las mujeres que entrevisté no encontré marcadas las distinciones y matices que señala Tedesco, pero tampoco las víctimas impotentes que describe Barry. Por ejemplo, Sonia me contó cómo fue que su esposo “la paró” en la esquina directamente, pero también cómo ella se rebelaba frente a las agresiones de éste.

Sonia: Me trajo en un vehículo y me dijo: “Te bajás acá o te bajás acá” “Eh, pero no, que yo…”, “Vos trabajás ahí” Claro, ¿entendés? Y él me vigilaba desde la esquina a ver con quién me iba, cuánto me demoraba. Te digo, me ha pegado montones de veces porque… o me he demorado o no he traído la plata que tenía que traer… O sea, eso ha sido antes, hace muchos años. Yo tengo treinta y nueve ahora.
Rocío: Lo que pasa que a veces te agarran tan joven.
Sonia: Claro, a mí me agarró de pendeja. Pero qué hizo el tipo vivo… a mí me agarró de dieciséis años, esperó que cumpliera los veinte… Pero me he llevado muchas palizas con esto […] Después me dio una puñalada, una puñalada quedé renga. Estuve tres años, después… me puse como un poco firme y… y estuvo… cinco años manteniéndome él. No trabajé más.
Santiago: Ah, no trabajaste.
Sonia: No. Hasta que… y después me separé.

Beatriz también pudo, con dolor y sufrimiento, salir de la situación que la oprimía: “Yo una sola vez tuve, este… proxeneta, después yo nunca tuve un tipo que me diga: ‘Andá a trabajar’, porque en mi casa mando yo, porque eso aprendí de tantos golpes, tanto sacrificio y tanta amargura ¿Me entendés?”. En todas las experiencias de explotación por parte de maridos-proxenetas las mujeres relataban haber aprendido, “darse cuenta” de esta situación y buscar alguna forma de revertirla. Salir de estos vínculos de explotación es un movimiento que puede resultar costoso y difícil. Sin embargo, estas mujeres pueden ejercer su capacidad de agencia y para ello resulta importante compartir experiencias con otras compañeras, sea en el marco de una organización o simplemente en la calle. Revertir la situación de explotación también supone a veces dejar de trabajar o administrar su propio dinero, y generalmente separarse de estas parejas.

Antes… la mayoría venía, trabajaba y se iba… porque tenían muchos maridos malos, que las golpeaban…, que esto, que aquello, que les sacaban la plata. O que andaban con dos o tres mujeres ahí… ¿Entendés? Y eso ya… para las que estamos de años, eso ya fue… ya cambió. Ahora una se animó a poner la denuncia, la otra se animó a… con el mismo palo que me pegaste, te pego diez palos, y así. (Úrsula)

Tal como lo relata Úrsula en San Juan, Marisol en Rosario o Beatriz en Buenos Aires, la frecuencia con que las mujeres estaban sometidas a maridos proxenetas parece haber disminuido desde ese “antes” (aproximadamente unos 20 años atrás) a la actualidad. En un nivel estructural podemos asociar dicho cambio a las transformaciones en las relaciones de género de las últimas décadas. Pero además podríamos vincularlo a la innovación en los patrones de explotación en el sexo comercial[23] y en las conductas de las mujeres cada vez más lejanas a aceptar la sumisión / explotación en estos vínculos de pareja.

Volvamos ahora a los problemas de las relaciones de pareja. Aunque sólo algunas entrevistadas dijeron haber tenido marido-proxeneta, casi todas de más de 40 años, la mayoría conocía este tipo de relaciones y buscaba preservarse de ellas. Ninguna de estas mujeres creía que fuera viable un vínculo de pareja donde ellos “sepan” y ellas continúen haciendo sexo comercial. Tanto por la ambigüedad de los sentimientos y la dificultad para manejarlos, como por los riesgos de quedar sometidas en vínculos de explotación. De esta forma a la hora de pensar en una relación de pareja entre las condiciones que se plantean aparece lo que llamo “mandato de manutención”. Es decir que, de aceptar un vínculo de pareja, el sostenimiento económico debería estar a cargo del varón.

Mindy Bradley-Engen y Carrie Hobbs (2010) señalan que dentro de los rasgos que las strippers buscan en sus parejas el respeto y la estabilidad financiera ocupan un lugar destacado. En el caso de las mujeres que entrevisté estas características se acentúan y no es sólo estabilidad financiera lo que se busca, sino que la pareja debe, ineludiblemente, suplir las necesidades económicas. Sin embargo, este planteo va más allá de la estrategia de recurrir al matrimonio como fuente de movilidad social, que según algunos estudios es frecuente en los sectores populares (Fonseca, 1996). El carácter ineludible de este mandato de manutención expresa sentidos tanto sobre el amor como sobre el dinero. Por un lado, la manutención aparece ligada directamente con la credibilidad de los sentimientos amorosos.

Si él me… si yo soy pareja de él obviamente tengo que dejar de trabajar en la esquina, si él me quiere, él saldrá a trabajar y yo me quedaría en mi casa. (Inés)
Conozco chicas también que tienen su pareja y saben que están trabajando en una esquina y le permite que trabaje en una esquina. Para mi punto de vista, eso no…no hace bien. Para mí sería, si vos querés realmente a una persona no le vas a permitir que esté parada en una esquina […] O es blanco o es negro. Porque si te quieren, te tienen que sacar de ahí (Irene)

Las dificultades para estar en pareja y continuar trabajando, sumadas al temor a entrar en un vínculo de explotación, llevan a dejar de lado el carácter desinteresado de la mirada romántica. En varios estudios se ha planteado una asociación entre el bienestar y seguridad social y la potencialidad del amor romántico como marco que desestabiliza la búsqueda de homogeneidad económica (Zurita, 2007). En sentido inverso, habría una dificultad para olvidar los aspectos económicos al evaluar a sus eventuales cónyuges en la situación de las mujeres dedicadas al sexo comercial, quienes si bien pueden mejorar sus ingresos económicos continúan en condiciones de vulnerabilidad estructural (doble vulnerabilidad: por las asimetrías de género y por el estigma y marginación que sufre su actividad). Allí el amor asume más explícitamente su carácter material. Tal como señala Piscitelli: “En contextos de pobreza, el amor raramente puede ser separado de un mundo de dependencias, que implica reciprocidad, desigualdades e, inclusive, violencia.” (2011: 575)

En estas condiciones, el mandato de manutención que se pone como condición para las parejas se liga a un desencantamiento de los sentimientos amorosos y la concepción de amor material. Nelly con 43 años y tres hijos, escuchaba los reproches de su hija adolescente –quien le decía que no tenía pareja porque solo pensaba en “el signo pesos”– y respondía: “Yo con amor no lleno la olla ni pago las cuentas […] Si no tenés mínimo para pagar una boleta de luz de la novia, la mujer, la amante, lo que sea, de la que tenés ¿¡para qué caray querés un tipo?!”.

Habitar las márgenes del mercado de parejas y matrimonial causará un efecto singular en la percepción del dinero que tienen estas mujeres. El dinero suele estar asociado a los varones y los valores masculinos (Canal, 1996). Si bien esta asociación no se cuestiona explícitamente en los discursos de las entrevistadas, su posición sí se transforma respecto a la circulación de dinero. Beatriz nunca disfrutó de hacer sexo comercial, no obstante, pudo transformar en parte su posicionamiento al abandonar a su marido-proxeneta y pasar a manejar su propio dinero.

Me sentía distinta en esto de que podía comprarme lo que quería, podía disfrutar, manejarla yo a la plata, comprarle cosas a mi hija, salir a disfrutar, estar con mi familia. ¿Me entendés? Es muy distinto manejar tu plata, no estar pidiendo: “Necesito un pantalón” o “Quiero un pantalón” (Beatriz)

Para Beatriz este cambio de posición fue como dejar de ser una niña, infantilizada por su marido explotador, y pasar a ser una adulta que puede administrar su propio dinero. Otras nunca pasaron por esa situación, se encuentran desde el principio situadas en otro lugar respecto de la circulación de dinero. Abril, por ejemplo, da cuenta de este posicionamiento al referirse a su rechazo a continuar trabajando y estar con una pareja que no la mantenga. Es decir, para ella el sentido del mandato de manutención tiene que ver con el cambio de posición respecto del dinero: “O sea… si estás viviendo conmigo mínimo me tenés que mantener, no voy a salir a sacarle plata a un tipo para mantener a otro, me parece algo totalmente estúpido.” (Abril).

Que una mujer haga sexo comercial y no acepte como pareja a un marido-proxeneta genera un corrimiento dentro de la estructura patriarcal. Si partimos del matrimonio como la norma que pauta y legitima los intercambios sexuales-económicos, el sexo comercial sería una aparente ruptura[24]. Pero en esta modalidad paralela de intercambios el marido-proxeneta recaptura el flujo de dinero que podría fugarse a manos de mujeres. Este reaseguro, que mantiene el doble control sobre el dinero y sobre la sexualidad femenina, sostiene la primacía patriarcal del sistema de intercambio de mujeres (ver Rubin, 1986). No tener marido-proxeneta o abandonarlo genera una fuga en este sistema que estructura las relaciones de parentesco y sociales, sexuales y económicas. De esta forma las mujeres obtienen directamente dinero de los varones, “sacándoselo” como dice Abril y alienando directamente su sexualidad sin que medien sentimientos amorosos ni matrimonios. María, descreída del romanticismo, me decía que “las esposas son prostitutas de sus maridos” y la diferencia es que las prostitutas “de afuera” no dependen de un único hombre. Por ello uno de los precios a pagar por participar del mercado sexual es estar al margen del mercado matrimonial. Adicionalmente esta fuga o corrimiento es uno de los aspectos que originan la estigmatización de las mujeres que obtienen dinero al vender sexo; una marca que pesa más aún para las que no tienen marido-proxeneta, llamadas las “locas sueltas” (Galindo y Sánchez 2007)[25].

Esto no habilita una lectura del sexo comercial como estructura liberadora de las mujeres. Si el flujo de dinero generara una amnesia de la posición subalterna, la estigmatización, la violencia (si ya no de maridos-proxenetas) de la policía o de clientes, el desamparo legal, la criminalización y los costos en términos subjetivos –especialmente para aquellas más románticas que ligan sexo y amor– están allí para recordar la posición de subordinación estructural.

A su vez, tampoco esta subordinación inmoviliza a las mujeres. En el terreno de las parejas y los vínculos con maridos-proxenetas, los relatos demandan una lectura más allá de ser considerados como casos aislados: el pegar “con el mismo palo que me pegaste” de Úrsula, el “darse cuenta” y escapar con su dinero y sus hijos de Beatriz, u otras como Mabel quien aprendió que “un día el alumno es más rápido que el maestro” y no dudó en dejar en la calle a su marido-proxeneta y emanciparse.

Me paré en una esquina hasta que un día me dí cuenta que el alumno es más rápido que el maestro, él fue maestro y después corrí carrera. Un día dije “hasta aquí llegó mi amor”, vacié una casa del campo, se vendió la de acá y chau… (Mabel)

El acto insubordinado de librarse de los proxenetas cambia la posición de las mujeres y puede habilitar a percibir las relaciones entre sexo, amor y dinero bajo otra luz. Dedicarse al sexo comercial sin un marido-proxeneta puede significar una puesta en cuestión de las visiones más románticas que si bien no implican necesariamente una sumisión de las mujeres, por su mirada desinteresada y la posición de entrega de las mujeres, pueden exponerlas a una mayor vulnerabilidad. A su vez, el sexo comercial como fuente de ingresos puede transformar la visión del rol de proveedores de los varones.

“Mirá Pía, yo te quiero mucho” –me dice– “Si yo te propongo algo, si yo te diría que dejés esa vida, de que no trabajes más en la calle, yo no te voy a mantener, pero bueno, te daría con… algunos pesos” Me quería ayudar con plata, ¿entendés? “No sé –le digo– si querés podemos probar”, le digo. Pero no, no funcionó. A mí no me gusta la vida… encerrada, ¿viste? Yo tengo mis… mi vida, yo tengo mi…, yo sé manejar mi plata. ¿Entendés? Porque una vez que vos… proponés a una persona así, que… que te va a mantener, que te va a tener bien… eh…, el tipo te va a decir: “No, no salgas acá, cumplí tu horario” “No, yo soy una persona libre –le digo– yo sé manejar mi plata” A mí nadie me… A mí nunca me gustó que me maneje nadie, ¿entendés? Por esa justa razón no quería que… que nadie me mantenga, que me tenga bien, ¿me entendés? Yo soy una persona libre. (Pía)

En el mismo sentido María me había comentado que “una mujer que se independiza económicamente le pega una patada en el orto a cualquier hombre”. Una percepción positiva de la independencia económica y la relativa autonomía que les proporciona el manejar sus ingresos, y poder sostenerse a sí mismas y a sus hijos/as –muchas veces experimentado como “darles una mejor vida” que la que ellas tuvieron–, permite a estas mujeres mirar con otros ojos su situación.

La posición defensiva frente al peligro de entablar una pareja y quedar bajo el poder de un marido-proxeneta habilita un intersticio de independencia económica (que algunas complementarán con la melancolía romántica y otras con relaciones más contingentes). La figura de víctima pasiva puede ser (más o menos) adecuada para aquellas que esperaban que algún hombre las “saque de la calle”. Expectativa válida para algunas, incluso entre las que participaban en organizaciones, una fantasía para otras y algo que genera mucha desconfianza a las que valoran más su autonomía y prefieren evitar una pareja que las “tenga bien”.

Hasta aquí hemos visto un conjunto de complejidades que emergen respecto a los vínculos de pareja. He descripto y analizado estos problemas tomando en cuenta cuatro terrenos, cada uno tratado en un apartado. Repasemos:

– Sexual-corporal: la necesidad (y dificultad) de tener sexo sin sentimientos afectivos (sexo-servicio), pero también tener un sexo ligado al afecto y al amor, donde la táctica consiste en trazar una división de prácticas sexuales –por ejemplo, reservar los besos como forma de intimidad– y aparecen como obstáculos el desgaste físico y del deseo.

– Sentimientos amorosos: el enamoramiento es visto como riesgo –por la “ceguera” y el desmoronamiento de las fronteras con la expansión del sexo-amor–, y como falta de experiencia cuando ocurre con un cliente. Las identificaciones como “románticas” restituyen normalidad (más allá de las prácticas), la ideología del desinterés y el “endurecimiento del corazón” combinado con la melancolía aparecen como adaptaciones del romanticismo; para otras, los lazos más situados o de amor contingente resultan más compatibles.

– Secreto y monogamia: la táctica de desdoblamiento es difícil de usar en la pareja y el secreto complica la comunicación y la construcción de intimidad, además aparece el problema de la desconfianza (mutua) cuando se transgrede la norma monogámica. Entonces, la esencialización de los varones como “infieles” funciona como alejamiento.

– Explotación y afecto: en el terreno económico se mezclan los sentimientos amorosos con las relaciones de poder y la explotación, tanto la vergüenza frente a las demás mujeres como los lazos afectivos hacia la pareja impiden diferenciar claramente entre maridos y proxenetas. No obstante, las mujeres pueden aprender estas diferencias y reaccionar frente a la explotación –lo cual les da otras perspectivas–, así aparecen como alternativas el mandato de manutención (hacia los futuros pretendientes) o la valoración de la independencia económica.

Para las mujeres entrevistadas los vínculos de pareja se asociaban al amor. Aquí el discurso romántico interpela especialmente a las mujeres y funciona como legitimador de su sexualidad: las mujeres “normales” serán las que tienen “sexo por amor”. Se traza una ligazón entre sexo / amor / pareja / matrimonio y una separación del dinero o el interés asociados a la “prostitución”. Desde este paradigma hacer sexo comercial y tener una pareja plantean un conjunto de problemas que las mujeres encaraban por caminos diferentes. En el siguiente gráfico he representado sintéticamente las respuestas frente a los dilemas que supone la relación antagónica entre amor y dinero planteada por el discurso romántico.

Gráfico 1. Complejidades de las relaciones amorosas[26]

grafico

Aquí he esquematizado los procesos que he venido describiendo más detalladamente antes. Los intentos de manejar el conflicto que implica el comercializar sexo y entablar relaciones de pareja pueden conducir, en diversos momentos a distintas posiciones (no fijas): la melancolía romántica (sin pareja), el amor contingente (sin exclusividad sexual), la manutención de un marido-proxeneta, o la exigencia de ser mantenidas (amor material) y el abandono del sexo comercial.

Clientes-amigos, amantes-renta. Entre el contrabando afectivo y las fugas de capitales

“El capital confunde todo: libidiniza los dineros, monetariza las pasiones” Néstor Perlongher

Las distinciones tajantes entre las relaciones personales y aquellas de sexo comercial, pueden ser vistas de una forma más fluida si consideramos algunos tipos de vínculos que son intersticiales o de tránsito. Me refiero a los vínculos con clientes que adquieren una carga afectiva y/o amorosa en ese margen que, sin ser una relación de pareja, excede el marco del estereotipo de prostitución. También aquí la circulación de bienes va más allá de lo monetario y de la lógica mercantil, pues “en la economía sexual, encontramos que los pagos pueden funcionar para crear y mantener distinciones que importan moral, sentimental y personalmente” (Zelizer, 2008: 13). Aquí recupero críticamente la distinción entre compensaciones, derechos y regalos[27] que plantea Zelizer (2008), pero además considero el papel de los intercambios no monetarios, tomando en cuenta algunas especificidades de los vínculos en el sexo comercial.

Un abanico de relaciones económico-sexuales (Tabet, 2004) se expresan, además de por las formas de pago, por lo estricto o no del tiempo del encuentro con los clientes y por el tipo de servicios e involucramiento emocional. No creo que sea posible trazar una distinción tajante entre vínculos que son afectivos o amorosos y aquellos que sólo implicarían la búsqueda de mayor rédito económico. Las mujeres que hacen sexo comercial pueden esforzarse por mantener estos mundos separados[28], pero el énfasis y los modos pueden variar, y el paso del tiempo puede ir transformando el sentido de los vínculos. Los intercambios de dinero, regalos, sexo y afecto pueden desencajar las relaciones y situarlas más allá o más acá de la dicotomía cliente / pareja. Tal como señala Laura Agustín en su artículo “Lo no hablado” (2004), estos aspectos de las relaciones han recibido poca atención desde las ciencias sociales. Podemos encontrar valiosas excepciones en los trabajos de Piscitelli (2008) y de un conjunto de investigadoras/es de Brasil que han abordado las cuestiones relativas a los sentimientos en los mercados sexuales trasnacionales, asociados a las migraciones o el llamado “turismo sexual” (ver Piscitelli, et al., 2011); también otros trabajos ligados a este sector del mercado sexual han problematizado la cuestión (Cabezas, 2004).

En esta sección me centraré en vínculos que implican alteraciones respecto del esquema dicotómico comercio / intimidad. A partir de los relatos de las entrevistadas, he organizado estas relaciones en tres tipos[29]: los casos intersticiales de clientes en su tránsito hacia ser (intentos de) parejas amorosas; los clientes-amigos como una categoría más estabilizada que expresa afectos, pero mantiene el pago por “salida” y suma otras formas de intercambios; y los “viejos” o amantes-renta como relaciones sin pagos tarifados y que, sobre todo en el caso de los segundos, suponen una pretensión de un vínculo exclusivo.

Tránsitos entre la remuneración y la gratuidad

Fernanda me relató cómo fue mutando la relación que tenía con un cliente[30] después de algunos encuentros. Hasta la redefinición como una pareja se fueron ajustando algunos parámetros:

Fernanda: Hasta que tuvo la confianza de llevarme a su casa. Ahí sí tuvimos… Entonces ya me daba vergüenza decirle “me debes tanto”.
Santiago: ¿Y eso cómo fue?
Fernanda: Por eso te digo, cuando me llevó a su casa. Ya ahí como yo… Bueno, pero me quedaba la duda igual… y después que me fui me quedé pensando en eso, pero cuando lo volví a ver le dije: “Mirá que… cuando me llevaste a tu casa, estuvimos juntos… y no me diste ni las gracias. No –me dijo– porque yo ya no quiero… Yo te puedo dar una ayuda como quien dice… qué sé yo, comprarte un regalo, comprarte esto, pero no… no así, porque yo ya no te quiero así”. Entonces le digo: “Bueno, pero dime cómo me quieres, porque la verdad que no entiendo” (Risa). ¿No? y ahí que se había enamorado.

Dos puntos resultan significativos para percibir que ese vínculo se estaba transformando: entrar en la casa del cliente y dejar de cobrarle. Al igual que en el caso de Inés –cuyo enamoramiento mencioné más arriba–, entrar en la casa de un cliente –o que él entre en la de ellas– significa una apertura de la vida privada. Este papel de la entrada en la casa puede entenderse en relación con la oposición estructurante casa / calle o casa / trabajo (capítulo 4) y al sentido de la cohabitación como indicador de una relación de pareja (abandonar el hogar conyugal es uno de los criterios de infidelidad).

El otro punto, que marca una diferencia más importante aún, es dejar de cobrar, o que deje de haber una remuneración explícita por cada encuentro sexual, es decir abandonar la forma de compensación monetaria tarifada. En la descripción que hacía Fernanda dejar de cobrar la “salida” aparece como un evento no planificado. También Inés relató que “en un momento sin pensarlo ya no le cobraba más” y esto significaba “crear una relación afectiva. O sea, a partir de que… ya no era mi trabajo, no era porque yo no estaba fingiendo algo”. Úrsula comenzó a ver con mucha frecuencia a un cliente y “ya no mezclábamos el placer con el trabajo… ya era otra cosa”. Según ella, esto era claro porque empezó a “sentir cosas” y “él demostraba también”, fue entonces que “ya no se cobró más”.

Cobrar por la “salida” funciona como signo que enmarca el vínculo y da sentidos que las entrevistadas oponen al amor romántico. A la inversa, dejar de cobrar resulta ser un indicador de que el vínculo comercial ha dado lugar a otro tipo de lazo. La aparición de sentimientos amorosos puede motivar la desaparición del cobro. Sea un gesto irreflexivo o conscientemente motivado por los sentimientos, dejar de cobrar es una señal de que se han alterado los parámetros del intercambio sexual económico y, en algunas ocasiones, un indicio de que puede haber otro tipo de vínculo.

No siempre está claro que el horizonte de este vínculo naciente sea el de una pareja estable, pues ya hemos visto todas las complejidades que encierra. Pero sí es evidente que dejar de cobrar significa una transformación de la relación. La forma de concebir las relaciones y los procesos aparecía más segmentada en las entrevistas con mujeres que entre las travestis. Para ellas era más frecuente la figura del “garrón”[31] como un lugar intersticial donde podían estabilizarse relaciones. A diferencia de las parejas, estos vínculos podían ser múltiples –se pueden tener varios “garrones”–, incluir distintos grados de afecto, intimidad y una dosis importante de placer sexual. En estos casos, las travestis decían que podían sostener encuentros sexuales gratuitos sin que ello implique la necesidad o el deseo de formar una pareja estable. Esta posibilidad no era frecuente entre las mujeres, un vínculo de este tipo entrañaría una mayor desprotección frente al estigma de “puta”[32] y/o sería poco “profesional”.

Yo ni siquiera eso sé concebir, ni un garrón, porque estoy tan estructurada que vos, yo me encamo y me tenés que pagar ¿Me entendés? Para mí siempre es un trabajo, yo digo el garrón lo voy a buscar a otro lado, no acá. ¿Me entendés? Tengo como una, tengo como una… ¿Cómo se dice? Una, no sé cómo lo diría, tengo mi manera de trabajar así, viste, de, de, nada, que uno ya está. Pero sí que aprecio, me gusta y viste nos echamos los polvos ¿Me entendés? Pero la guita me la da. (Doris)

Aunque pueda haber aprecio en vínculos con algunos clientes, salvo que se intente entablar una relación de pareja, el pago no desaparece. Entonces ¿cómo se conciben estos vínculos? Encontré con mayor frecuencia entre las mujeres la figura del “amigo”.

Si bien las mujeres los llamaban directamente “amigos”, me referiré a estos como clientes-amigos para marcar el doble rol de este vínculo. Esto también permite diferenciarlos de los amigos que son “sólo amigos”, es decir, que nunca fueron clientes o lo fueron y están actualmente en pareja, con quienes se entablan vínculos que excluyen el contacto sexual. En el primer caso, conocerse previamente en otro contexto y haber compartido otro tipo de intimidad inhibe la relación de sexo comercial. Además, este límite es mantenido con mayor vigor pues estas amistades son muy valoradas (especialmente cuando no hay secretos) e iniciar intercambios sexo-económicos con quienes son “sólo amigos” pondría en riesgo la estabilidad del vínculo, según las entrevistadas. Los tránsitos que las mujeres describían incluían pasar de cliente a cliente-amigo o a pareja, pero no viceversa (de amigo o pareja a cliente o cliente-amigo). Ello indica la persistencia de barreras que impiden comercializar sexo a cualquier persona. Si bien es complejo sostener la frontera entre vida privada y sexo comercial, también es difícil hacerla desaparecer.

Cuentas claras… La extraña convivencia de amistad y dinero

Con los clientes-amigos el trato iba más allá de las transacciones del sexo comercial e incluía afecto, “ayudas” de diverso tipo y compartir “charlas de amigos”. En este tipo de vínculos, forjados a lo largo del tiempo, no se suspenden los pagos por las “salidas” ni las relaciones sexuales, pero se excede lo estrictamente comercial.

Santiago: ¿De qué cosas conversan?
Daniela: Y… por ejemplo de las familias de ellos o de… del trabajo… Igual ellos saben de dónde yo soy, de lo que trabajo, de dónde vivo… Ellos me conocen la casa. Mentiras no hay… (Daniela)
Tengo, dos o tres clientes que…somos muy, muy amigos. Ya te digo, ellos vienen y si yo estoy ocupada se van a la cocina, se sirven algo, abren la heladera como si estuvieran en su casa, cosa que a mí también me agrada porque sé que están cómodos. No lo puedo hacer con todo el mundo, pero estaría bueno poder hacerlo con todo el mundo, que todo el mundo se sienta cómodos, que esa es la idea, ¿no? (Carina)

Además del afecto y la confianza, ambas entrevistadas hacen referencia a sus casas. Compartir mates, la cocina o alguna comida como contaba Carina –quien trabajaba en su departamento–, o como Luli, que ofrecía a algunos una “promo” y les cocinaba pizzas caseras, constituyen rasgos de domesticidad. Aquí se puede trazar un paralelo con los casos analizados por Paola Tabet (2004) quien, a partir de un conjunto de etnografías realizadas en distintos pueblos africanos, reconstruye un abanico de intercambios económicos-sexuales que complejizan la dicotomía prostitución / matrimonio. Entre otros factores que hacen variar los tipos de vínculos aparecen el trabajo doméstico y la cohabitación, ampliando las categorías de conyugalidad. También testimonios de clientes en Argentina aluden a vínculos similares, por ejemplo, cuando en sus casas de estudiantes universitarios refugiaban a las prostitutas (durante la dictadura de los 70’), compartían el techo y las comidas (ver Das Biaggio, et al., 2008).

Estos “amigos” que mencionaban las entrevistadas, no dejan de ser clientes, pero a la vez son más que simples clientes. Con afecto, un trato personal, rasgos de domesticidad y tiempos flexibles, pero sin eliminar el cobro bajo la forma compensatoria, se alejan de los polos dicotómicos del matrimonio y la “prostitución” –en su imagen más esterotípica–.

“No es solamente un rato de diversión, es como que me siento alguien importante porque acuden a mí… más allá de lo que yo sea o para lo que labure…, para conseguir… alguien con quién hablar, una amiga…” (Luli)

Las relaciones con clientes-amigos son muy apreciadas pues, aun sin producir una desidentificación como prostituta, permiten revalorizar la propia posición subjetiva en el sexo comercial compartiendo sus intimidades. Las frecuentes “charlas de amigos” permiten que los clientes-amigos conozcan aspectos personales de las mujeres (por ejemplo, muchas veces dejan de usar el “nombre artístico”). Esta mezcla de trabajo y afecto podría ser vista como una contravención de las reglas del oficio. Sanders (2005) señala que las trabajadoras sexuales crean un personaje para los clientes y se cuidan de no comentarles su intimidad, pues esta es una forma de segregar y proteger su vida privada. Pude escuchar posiciones similares entre mis entrevistadas, en general refiriéndose a clientes nuevos u ocasionales.

Algo parecido sucedía con los límites sobre las prácticas sexuales, Yamila me decía que con sus “amigos” se sentía bien y me explicaba: “Que me sienta bien es que me sienta cómoda, cómoda y que me pueda liberar, dejarle hacer cosas que quizás con alguien que recién conozco no se las dejo hacer”. Los casos de clientes-amigos permiten hacer excepciones a reglas y límites, probablemente porque esta “amistad” puede resituar la relación no sólo excediendo el marco sexual, sino incluso ubicándola en un lugar diferente respecto del canon laboral.

Sí, es como que o te llaman…o te mandan un mensaje. Algunas veces te traen regalos y es como que vos te sentís…eh…no te sentís tanto como que… eh… que estás laburando totalmente. Pero esa clase de personas no son la mayoría. Son pocos. Son contados. O por ahí de repente se acuerdan la fecha de tu cumpleaños. O por el día de la madre o por el día del amigo. Entonces vos, a esas personas vos les tomás… eh… de otra forma, otro trato. (Irene)

La connotación de amistad puede llevar a sentir que “no estás laburando totalmente”, pero no implica estar enamorada ni dejar de cobrar. En un sentido similar al que atribuyen algunos estudios sobre “turismo sexual” (Cabezas, 2004), las relaciones con los clientes llamados “amigos” encuentran un lugar liminal entre el trabajo y el amor, donde el afecto no disputa el lugar de los ingresos. A la vez, este espacio desarticula la rigidez de la identidad estigmatizada que se asocia con la prostitución y el afecto de los clientes-amigos las interpela diluyendo el estereotipo de prostituta con las identidades de “amiga”, “mujer” o “madre”, socialmente más valoradas. Sin embargo, a diferencia de las relaciones en el marco del turismo sexual donde algunas mujeres entablaban “romances” con los turistas extranjeros y buscan evitar el cobro directo por el sexo (Cabezas, 2004; Piscitelli, 2007), las entrevistadas se podían dejar llamar “novia” por los clientes-amigos pero eso no excluía el cobro de la “salida”.

Estos vínculos eran más frecuentes entre las escorts quienes al cobrar tarifas mucho más elevadas no necesitan tener tantos clientes. Además de los relatos de las entrevistas, las interacciones entre clientes y escorts en los foros de Internet –aunque no excluyen los conflictos– también muestran una sociabilidad amistosa. Esta sociabilidad virtual no es anónima, todos/as están registradas/os como “usuarios/as”, lo que permite recrear identidades y construye cierto sentido de “comunidad virtual” –lejana del anonimato total de “la prostitución”– que, claro, tampoco está exenta de intereses comerciales[33]. Las escorts y los clientes-amigos también sostienen espacios de sociabilidad (virtuales y reales) que exceden lo laboral. Ellas dicen disfrutar estos encuentros en fiestas, salidas grupales o cenas y también aquí pueden obtener nuevos contactos. Abril, por ejemplo, podía reunirse con clientes por fuera del trabajo en un ámbito recreativo y esto le generaba muchos contactos con otros que pueden ser luego clientes. Este tipo de vínculos –a la manera de las reuniones extra-laborales empresariales donde se tejen redes de contactos– son usuales entre las escorts, quienes aplican más habitualmente la denominación de “amigo” para sus clientes y valorizan su capital social a partir de los contactos que reúnen.

Tal como aclaraba Irene, muchas destacaron que los clientes-amigos no eran la mayor parte de los clientes, pero todas las entrevistadas mencionaron tener vínculos de este tipo, incluso aquellas que remarcaban ser “frías” con los clientes –como Mirta que sonrió al recordar a un par clientes frecuentes y admitió extrañarlos cuando no venían a verla–. Entablar estos lazos no sólo depende de la modalidad de sexo comercial, también supone un aprendizaje y un control de las emociones para sostener una distancia entre los clientes-amigos y los sentimientos amorosos. “Amigo” es una denominación para algunos clientes, que supone algo más que un cliente, en términos de afectos y de compartir intimidad, pero no supone exclusividad –algo que puede resultar confuso cuando se lo llama “novio”–. Mirta señalaba la necesidad de no olvidar la faceta comercial y Doris muestra cómo pasar a ver como “novio” a un cliente-amigo puede ser afectivamente riesgoso.

“El cliente por ahí ve carita nueva, y por ahí sale cinco años con vos y por ahí de repente ve una chica nueva y empezó a salir y le empezó a gustar, empezó a salir y te dejo a vos y salió con otra”. (Mirta)
Resulta que un día me bajo yo a verlo a mi novio y mi novio se enganchó a otra y se la llevó, supuestamente era mi amor, viste. Yo te puedo asegurar que ahí cayó mi corazoncito y se rompió toditito ahí, digo “Nunca más”, dije, “Ya está”. (Doris)

Doris pasó (¿sin notarlo?) de un vínculo afectuoso a uno amoroso romántico con un cliente-amigo. La decepción al ver salir a su “novio” con otra compañera transformó radicalmente su percepción del vínculo (y de los vínculos con los clientes en general). Su enamoramiento eclipsó el aspecto comercial del vínculo. A diferencia de otros casos donde se reclama la pertenencia de un cliente por un interés económico (aunque tal vez también afectivo), Doris lo hacía desde el interés amoroso y romántico (que presupone exclusividad). Este aprendizaje fue doloroso para ella. El corrimiento abrupto del tono amoroso y exclusivo del vínculo (“supuestamente era mi amor”) la situó, según sus palabras, claramente en el lugar de prostituta (“ahí me desperté y dije: ‘yo soy una prostituta’”). En el caso de Doris, que se autodefine como “una novelera de primera”, no fue recibir el dinero de los clientes, sino el desengaño amoroso lo que la posicionó-expulsó: “soy una prostituta más, soy la que siempre la gente lo discrimina”, una abyecta del romanticismo.

El afecto en los vínculos de sexo comercial puede tornarse difícil de manejar cuando se tiñe con una demanda amorosa de exclusividad. Entre las escorts que pude entrevistar había un manejo más cuidadoso de este tipo de vínculos, probablemente por ser más frecuentes en este estrato –entre las escorts sólo Carina, la única mayor de 30 años, relató haberse enamorado de un cliente–. Las escorts demarcaban los límites para la relación partiendo de establecer una tarifa, generalmente en la comunicación telefónica. Aunque luego pudieran entablar amistades y “trabajar” con tiempos y prácticas flexibles, este inicio marcaba que no habría un vínculo amoroso. La tarifa –que usualmente fija un precio en dinero para un servicio con determinadas prácticas sexuales en un determinado lapso de tiempo–, siempre reinscribía el vínculo en el terreno comercial. ¿Cómo se gestionan entonces los bienes o el dinero extra-tarifario?

Los “regalos”, las “ayudas”. Más allá (y más acá) de la lógica comercial

Muchas entrevistadas me contaban que algunos clientes les regalaban dinero o bienes de diverso tipo (desde perfumes y ropa, hasta mercadería de almacén y pañales). Tanto regalos como otros tipos de flujos de dinero y bienes se sitúan al margen con respecto al intercambio de la lógica comercial en su sentido más estrecho (el pago compensatorio por la “salida”). Veamos, entonces, las distintas formas de circulación de dinero o bienes para comprender sus significados en los vínculos.

“No es que yo digo, arreglamos un precio y, bueno, por esto va todo. ¿Me entendés? Si me querés hacer un regalito, bienvenido sea.” (Doris). Estos “regalitos” o extras del servicio[34], serían la modalidad más cercana al pago compensatorio estandarizado de la tarifa por la “salida”, pues sólo son un plus al precio convenido. Por fuera del valor que pone el mercado sexual –y por fuera de los porcentajes que retienen los proxenetas–, este plus se entrega según el criterio del cliente, es decir que no es algo que se pueda exigir.

Estos dineros que se dan como extras pueden ser desplazamientos mínimos de lo estrictamente comercial. El sentido atribuido por los clientes puede variar entre el refuerzo de la posición de superioridad del cliente y la expresión de cariño. Según lo que se plantea en la literatura sobre clientes de prostitución, la intención de los clientes que otorgan ese extra puede ser diversa: expresar un cierto afecto, crear un lazo especial, mejorar la calidad del servicio, mostrarse como generosos y/o poderosos, o varias de estas juntas (cfr. Bernstein, 2001; Chejter, 2011; Volnovich, 2006). Las entrevistadas recibían estos dineros sin preocuparse demasiado por cuáles sean esos sentidos.

Otro tipo de tráfico económico son las “ayudas”, que pueden ser en dinero y/o en bienes o servicios. Por ejemplo, una forma de circulación de dinero extra-tarifario son los préstamos que no se reintegran a los clientes. Algunas entrevistadas contaban que, en momentos de necesidad económica, clientes-amigos de larga data les habían prestado dinero pero aclarando que no tenían obligación de devolverlo[35]. Las “ayudas” también pueden incluir llevar alimentos o abrigo cuando las mujeres están detenidas –como un “enamorado” que llevaba botellas de agua al calabozo para que Susy soportara el agobiante calor de verano–. Otra forma de las “ayudas” son las colaboraciones con los gastos de manutención de los hijos/as. Beatriz sostuvo durante muchos años un vínculo con un cliente-amigo, quien la ayudó durante todo su embarazo y el nacimiento de su hija, y me explicaba: “Esas personas te hacen sentir, no un objeto, te hacen sentir persona, te valoran”. El elevado valor que tiene la maternidad para estas mujeres hace que este tipo de ayudas sean muy apreciadas y despierten un afecto especial. Algunos de estos gestos ponen en cuestión los estereotipos de los clientes como hombres violentos que sólo buscan ejercer dominación sobre las mujeres. Juana contrastaba las atenciones y ayudas de sus clientes con la desafección del padre de su hija, Úrsula relataba algo similar respecto al abandono de su familia:

No, [el padre] ni vio nacer a mi hija, nada. Después desgraciadamente en julio la internaron a mi hija, que yo no trabajaba en la calle, la internaron a mi hija en el hospital Rawson y agarró, agarré yo y me vine, le dije a la Hilda, a la Marcela estaba ahí, le digo: “Mirá, voy a volver a la parada”. A mi hija le empezaron a pedir cosas y yo plata no tenía, gracias a dios me habían salido unos buenos clientes que me ayudaron un montón, te digo, con plata, con pañales, inclusive la iban a ver todos ellos a mi hija. (Juana)
“Yo he tenido clientes de años acá… Pero… más que nada he ganado un poco de amistad con todos estos. Porque yo por ahí tengo algunos problemas y ellos… están… Y capaz que mi familia no… ¿Me entendés?” (Úrsula)

Las “ayudas” parecen situar a las relaciones con estos clientes-amigos más allá del mundo del sexo comercial e incluso a la par con los vínculos familiares. La comprensión de estas “ayudas” como forma de solidaridad las distancia del pago como compensación y, en menor grado, de los regalos como expresión de superioridad y arbitrariedad –en los términos de Zelizer (2008)–. Sin llegar a ser un “derecho”, ni por tanto algo exigible, sí se puede pedir una ayuda lo cual sostiene cierta relación de desigualdad de poder, pero disminuye el componente arbitrario de los regalos.

Piscitelli plantea que en Brasil las “ayudas” pueden comprenderse, en un sentido amplio, como “intercambios, generalmente asimétricos, que implican dinero y/o otros beneficios y tienden a crear obligaciones y, con frecuencia, afectos” (2011: 13). Así, estos intercambios que representan las ayudas, permiten hacer circular otros sentidos en las relaciones iniciadas en el mercado sexual. “Si el ‘programa’ [la ‘salida’] evoca un contrato de servicios, la ayuda, inserta en una tradición de intercambios jerárquicos, remite a nociones de amparo, cuidado y afecto, que se expresan en términos de contribución para la supervivencia económica y para el consumo” (2011: 550). Aunque Piscitelli aclara que no debe pensarse en términos de una oposición dicotómica entre el pago de la “salida” (programa) y las “ayudas”, en cada una de estas formas de circulación de dinero o bienes hay sentidos y lazos diferentes.

Un punto significativo de las relaciones con los clientes-amigos es que las mujeres no dejaban de cobrar las “salidas” aun cuando recibieran ayudas; ambas parecían transitar por carriles distintos. Las relaciones comerciales, aunque si evitaban el involucramiento más romántico, no implicaban la exclusión de la amistad. En estos vínculos, el cobro de la tarifa por la “salida” es una forma de evitar confusiones, pues “la gente generalmente confunde muchas cosas, confunde la amistad con…temas sentimentales” (Abril). Así, aunque pudiera parecer paradójico, mantener el aspecto más comercial –cobrar la “salida”–, era el que permitía sostener los vínculos afectivos amistosos que se expresaban en las “ayudas”.

Las entrevistadas también mencionaban que con frecuencia recibían regalos que no consistían en dinero (distintos de los “regalitos” de dinero “extra” que se suma a la tarifa).

Cuando viajan… apenas llegan, vienen… por ahí ni están… Vienen y es para dejarme el regalo que me trajeron de recuerdo de donde anduvieron. Algo para mí, algo para mi nene y se van… y después cuando tienen tiempo y están tranquilos, vuelven… (Luli)

En estos regalos no monetarios desaparece el símbolo del dinero. Según Simmel (1993) el carácter impersonal del dinero sería lo que hace socialmente degradante al intercambio de la prostitución. En la lógica de los intercambios afectivos que plantea Simmel la degradación de las prostitutas se produce al intercambiar lo más personal (el sexo) por lo menos personal (el dinero) reduciéndolas a una cifra monetaria. Venimos viendo que en las relaciones de sexo comercial hay muchos matices que pueden hacer más complejo este esquema un tanto simplista de Simmel. No obstante, sin negar la versatilidad de significados que puede asumir el dinero en los distintos tipos de pagos, algo de la óptica simmeliana nos permite comprender el papel de los regalos. Cuando estos no son dinero, gratifican (o incomodan) ya no tanto por la forma en que se entregan, sino porque por su contenido aludiría a una singularidad (o no). Estos regalos, según la alusión que hagan, colaboran en una resignificación o complejización de la identidad de estas mujeres.

Estos intercambios no monetarios dan un tono singular al vínculo con los clientes que obsequian, sin excluir lo comercial, pero sobrepasando los límites estrechos del intercambio directo de determinada práctica sexual por determinada cantidad de dinero. Tal como en el caso de las “ayudas”, este más allá de lo comercial no implica abandonarlo, pero si las ayudas eran algo que las mujeres necesitaban, en el caso de los regalos no monetarios las significaciones pueden ser más complejas en términos de cómo sitúan a las mujeres. Inés percibía con sentimientos ambivalentes los obsequios que recibía de un cliente:

Encima que [un cliente] te pague todo el día, como si fuese que, yo estaba… trabajando parada en una esquina y, encima que te compre ropa, te compre sandalias, que te regale una cartera… eh… te… ¿Cómo se dice? Te dé plata para la peluquería, yo me sentía bien. Me hacía sentir bien. Me hacía sentir importante. No sé… Pero él también estaba creando una mina, porque no era esa, era la que él quería… que me vista así ¿Me entendés? Y que esté al lado de él así vestida, como él quería. (Inés)

Aunque Inés se “sentía bien” al recibir estos obsequios, su experiencia revela que la personalización de los regalos puede ser también una forma en que los clientes “fabrican”, de una forma más unilateral, una imagen de la mujer y el tipo de vínculo que buscan. En este caso, el valor permanece ambiguo pues la singularización que operaban estos regalos no apuntaba a las características que Inés percibe como propias. La ambivalencia de los sentimientos de Inés, elogiada, revalorizada y a la vez desplazada de lo que ella percibe como su forma de ser, muestra lo complejo de los significados que asumen los regalos no monetarios. La interpelación más singular de los regalos pone de relieve ambivalencias de las identificaciones de estas mujeres. Y no es casual que los regalos que eran siempre bienvenidos fueran los obsequios para sus hijos/as, que aludían a su identidad de madres.

Otras investigaciones señalan que a veces los regalos no monetarios pueden incomodar, pues implican un afecto que transgrede los términos del intercambio comercial y no otorgan la “libertad” que supone el dinero al poder ser cambiado por cualquier otra cosa (Russo, 2008). En las entrevistas que realicé, estos valores de “libertad” asociados al dinero, aparecían ligados al consumo sobre todo en los primeros momentos; pero luego eran más generalmente expresados como “posibilidad” (de salir de la pobreza o poder estudiar) y aparecían casi siempre mediados por el vínculo maternal (poder mantener, educar, dar mejor calidad de vida a los/as hijos/as). Cuando apuntaban a los/os hijos/as, el valor simbólico de la maternidad compensaba el escaso valor de cambio de los regalos no monetarios, pues expresaban una identificación positiva y ampliamente compartida.

Sin tarifa. “Viejos” amigos o amantes-renta

En otros casos, las mujeres entablan relaciones con algunos clientes-amigos donde los pagos abandonaban completamente la forma tarifada. En estas relaciones el flujo monetario deja de estar ligado a las contraprestaciones sexuales. Para María[36] estas relaciones significaban un ingreso fundamental y se jactaba de su logro.

María: No creo que, que todos los viejos mantengan a todas las putas o a todas las minas porque sí. Noooo…
Santiago: ¿Y por qué creés que a vos te pasa eso?
María: Porque tengo buena relación, somos amigos. Yo, de mis clientes, hay algunos que rescato que soy amiga, no son clientes para mí, somos amigos, entonces ¿Por qué? Por años de relación, por escuchar un montón de cosas, a veces yo sé cosas que no les cuentan a los amigos, que me las cuentan a mí, cosas de su pareja, de sus hijos ¿Entendés? Entonces creás un vínculo de amistad y cuando tenés un vínculo de amistad, una persona grande, con una persona más joven, como yo ¿Entendés? Y ves que cada vez que yo he necesitado estar, y la otra persona necesitaba cualquier cosa mía yo estoy, entonces uno llega a tener cariño con esa persona. Yo te digo, a Fran no lo soporto porque es un ‘seca mente’ [pesado], pero […] viene y me tira cien pesos por la ventana, le pedí mil seiscientos y me dejó cien el lunes, pero no tiene obligación conmigo, es lo que me dicen: “¿es tu macho?” “No, no es mi macho”, no tiene obligación pero ¿Por qué lo hace? Porque me quiere, un afecto tiene conmigo, sabe que no se me puede dejar sola. Es igual al Serafín, yo le digo, viste, que por lo menos por prestarles el oído que me dejen plata, porque he sido amiga de ellos un montón de años, entonces que me paguen por haber sido amiga, que me indemnicen los oídos de última (risa) (María)

Según afirmaba María, para estos “viejos” amigos ella es una “novia”. Los aportes económicos habituales –sobre todo de Serafín– hacían parte de los ingresos estables de María. Ellos fueron clientes de sexo comercial, y aunque seguían teniendo relaciones sexuales hay también una relación que ella describe como afecto. María tiene claro que no tienen obligación de mantenerla porque no son “su macho”, pero a la vez entiende que “prestar la oreja” también constituye un servicio que debe ser remunerado, aunque aquí los pagos son más difusos y no responden a una tarifa por cada servicio. María puede pedir estos pagos cuando le hacen falta, como hacía con Fran, o simplemente contar con que recibirá esos dineros como le sucedía con Serafín[37] “él, por ejemplo, no hace falta que yo le diga: ‘Mirá, Serafín, no tengo plata’, él viene para verme y me golpea la puerta y me dice: ‘¿Cómo anda la pancita? ¿Bien? Tome un regalito’ [haciendo el gesto de entregar dinero]” (María). A diferencia de los “regalitos” como extra que mencionaba Doris más arriba, y de los regalos no monetarios, estos son pagos monetarios relativamente estables más allá del “servicio”.

Este tipo de vínculos toma un cariz diferente ya que el modelo del intercambio no sigue la lógica de la transacción comercial tradicional. Claudia Fonseca (1996) encuentra entre las prostitutas de Porto Alegre un tipo de cliente que es el favorito de ellas, el “viejo” (velho). Define así este término nativo:

Un cliente que se convierte en fijo (freguês) proporcionando, además del pago regular, una amplia gama de regalos. Estos van desde una canasta básica hasta secadoras de ropa, viajes y, eventualmente, una casa. El viejo (velho) no se confunde con el marido. Es un tipo de otario que alimenta la ilusión de ser único o al menos privilegiado en lo que respecta a los afectos de la mujer [cursivas en el original] (Fonseca, 1996: 24)

Los “viejos amigos” de María, se asemejan a este modelo del velho que según Fonseca no es exclusivo de las prostitutas. Sin embargo, la especificidad de las relaciones que entablaban tanto María como otras entrevistadas con algunos clientes (devenidos “viejos amigos” o lo que llamaré amantes-renta) radica en la eliminación del pago regular que menciona Fonseca. Al desaparecer el pago por la “salida”, todo el dinero y los bienes circulan bajo la forma de ayudas” que, al ser el único modo de intercambio, adquieren un sentido de mayor obligación que las “ayudas” que otorgan los clientes-amigos. Por ello, estos pagos no son estrictamente una compensación ni un regalo, sino algo más cercano a lo que Zelizer categoriza como un “derecho”, pues, aunque no hay una transacción explícita, las mujeres pueden sentir que merecen estos dineros o bienes. Aun estando en una posición estructuralmente subordinada, ellas pueden lograr capitalizar su ascendente sexo-afectivo sobre estos varones, y algunas decían controlarlos y mostraban cierto desprecio.

A mí Fran no me gusta porque es un gordo espantoso, pero es porque es un gordo espantoso, encima pesado, si fuera un gordo agradable… tiene una verga [con expresión de desagrado], si fuera agradable bueno, pero es un gordo espantoso, pesado […] lo hago que me chupe la concha cuarenta minutos, me lo garcho en cuatro minutos y me voy a bañar y voy a hacer todo lo demás en los quince minutos, una hora clavadita, y si puedo menos. (María)

Fonseca plantea que, aunque las mujeres suelen burlarse de los velhos –especialmente frente a otras mujeres– pueden sostener lazos de afecto y respeto. María mantenía medido el tiempo de los encuentros sexuales con Fran –uno de los parámetros que delimitan la relación de sexo comercial–, pero a veces se quejaba de las eyaculaciones precoces de Serafín y hubiera querido que “durara más”, “soportaba” a uno, “quería” al otro. Pero a pesar de estas diferencias, a ambos los concebía como sus “viejos amigos”. Con ellos ha entablado vínculos extendidos durante largos años donde el dinero recibido escapaba a la forma compensatoria de la tarifa y quedaba en un lugar de regalo que, con el tiempo, se iba transformando en un derecho[38]. En este tipo de relaciones que se corren de los estereotipos de la prostitución, la dislocación de estos pagos respecto de los “servicios” permite resignificar el dinero que circula por fuera de la tarifa. Aquí también la aparición de sentimientos románticos en los clientes puede introducir una variante.

Santiago: ¿Y cómo fue que empezaste a eso, a relacionarte con él de otra forma?
Beatriz: No lo quería yo, yo no lo quería, ni lo amaba, ni lo quería, nos pusimos de novios, todo porque él me daba mucha plata.
Santiago: Ah, ¿Pero siempre te siguió pagando?
Beatriz: A mí ya no me pagaba, ya me daba todo.
Santiago: ¿Cómo te daba todo?
Beatriz: Todo, plata, todo lo que yo le pedía me daba, porque él tenía esperanza de que yo sea la mujer definitiva de él, apostó eso y bueno, no, no, no era así porque yo no lo quería, yo lo quería por lo que él me daba, ya no me pagaba, ya me daba lo que yo le pedía.
Santiago: Ahá, pero ¿no te pagaba cada vez que tenían relaciones?
Beatriz: Noooo, a mí me traía: “Yo hoy necesito tanto. Mañana tanto” y él venía: “Tomá, tomá y tomá” y todos los días tomá.

Además de los lazos de “amistad” como clave de las variaciones de los vínculos comerciales, también las pretensiones amorosas de los clientes pueden hacer que cambie el vínculo. Más arriba he descripto las transformaciones que aparecían cuando las mujeres se enamoraban, ahora me refiero a los casos donde los sentimientos románticos no las afectaban. En estas las relaciones, los que llamaré amantes-renta[39] dejaban de pagar por la “salida”, se mostraban como enamorados y planteaban el vínculo con un supuesto horizonte de pareja, aunque no había una correspondencia en los sentimientos de parte de las mujeres.

Santiago: ¿Y cómo es hacerte la enamorada?
Valeria: y bueno, abrazarlo, darle la mano, decirle que lo querés, llamarlo todos los días a romperle las pelotas como si fueras la novia.
Santiago: pero ¿vos no te la creías en ningún momento?
Valeria: No. No era mi tipo, mi mentalidad era que él me iba a ayudar a comprar un terreno.

La ilusión de estos amantes –quienes, como los velhos, creen ser únicos o privilegiados–, llevará a que las mujeres desplieguen tácticas para sostener esta fantasía y así obtener mayores beneficios. Aquí también el pago deja de ser tarifado, el dinero se entrega desde la confluencia de los deseos amorosos de los amantes y su pretensión exclusividad sexual. En estos casos, que no eran frecuentes entre las escorts, las mujeres mostraban una mirada más interesada en la faceta económica que en la afectiva.

Según Fonseca (1996), para las prostitutas los velhos no sólo deben ser engañados, también deben ser explotados. La pretensión de tener un velho que ajude aparece como legítima entre las mujeres de clases populares en Brasil, y es un objetivo que puede estructurar las carreras de las prostitutas. En Argentina, Soto encontró entre sus entrevistadas la expectativa de que algún hombre les provea protección y sustento económico como para dejar la calle. En general estas relaciones no duran más que algunos meses, salvo cuando las mujeres aceptan sostener una relación paralela con hombres que tienen otra familia y las prostitutas muestran una actitud de renuncia “en beneficio del otro grupo familiar” (Soto, 1988: 73). Este “punto fijo” (un único cliente que mantiene a las mujeres) se asemeja a lo que llamo amante-renta. Sin embargo, en las entrevistas que realicé en general no se mencionaba al “otro grupo familiar” y las mujeres asumían una posición menos pasiva, donde la manipulación de los vínculos siempre era relatada como algo consciente. La dramatización de emociones especiales buscaba aprovechar el dinero, los bienes o inmuebles que proporcionaban estos amantes-renta.

“En dos años un cliente me daba todos los días un cheque de 100 pesos y no quería que estuviera en la esquina, pero yo me quedaba igual por las ganas que tenía de trabajar…” (Mabel)
Yo me fui un poco también con él [un cliente que conoció antes de separarse de su esposo] porque yo me quedé en la calle, yo me fui de mi casa, y yo perdí todo porque yo me fui de la casa, en esa época era que si vos te ibas perdías todo, más o menos. Igual nunca lo fui a recuperar, viste. También me di cuenta, digo, que la libertad es mucho mejor que todo el dinero que puedas llegar a tener. (Doris)

Mabel engañaba a un cliente que le pedía exclusividad pues no estaba dispuesta a abandonar “la esquina” y resignar su fuente de ingresos, y Doris al tiempo de usufructuar los recursos de un cliente devenido amante-renta comenzó a valorar la independencia. La pretensión de exclusividad de los amantes-renta requiere de las mujeres un trabajo emocional intenso y cotidiano para sostener la ilusión. Varias entrevistadas dijeron no soportar estas presiones, sobre todo aquellas que tenían una mirada más romántica y desinteresada del amor. También otras valoraban más la independencia que les da tener varios clientes y sostener su trabajo, en vez de ser mantenida por un amante-renta y circunscribirse a ese vínculo.

Tanto por la desaparición de las tarifas y difuminación de los límites temporales de la “salida” –así como aquellos límites que protegen la intimidad y el espacio del hogar[40]–, como por el supuesto afecto y las pretensiones de exclusividad, estos vínculos se deslizan en el continuo de relaciones sexuales-económicas alejándose del estereotipo de la prostitución. Entonces es comprensible que, al referirse a estas relaciones, las entrevistadas trazaran paralelos entre estos vínculos y “algunos matrimonios”, según señala Susy:

La ama de casa que aguanta al marido. Aunque no lo quiere, no siente nada con él… porque le deja el sueldo… Pero está bien visto, y ella está sufriendo horrores. ¿Qué diferencia hay ahí? ¿Vos le ves la diferencia? No hay diferencia. La gente no se separa y aguanta al tipo lo que sea. “¡Che, traeme la comida!” Y la mujer viene con la comidita […] No todo es amor (Risa leve) (Susy)

El pretendido contexto amoroso y romántico del matrimonio anularía cualquier mirada especuladora de los cónyuges que pudieran estar buscando obtener algún beneficio. Cuando este contexto y las acciones supuestamente desinteresadas son puestas en cuestión la concepción de la relación cambia y no parece tan lejana a aquella del sexo comercial. Jean Duncombe y Dennis Marsden (1996) analizan el papel del “trabajo sexual” en el sostenimiento de las parejas heterosexuales de larga duración. El “trabajo sexual” es definido, en este caso, como los esfuerzos que se llevan a cabo para tener sexo considerado satisfactorio. Según Duncombe y Marsden son mayormente las mujeres quienes realizan este trabajo sexual –los hombres sólo lo harían al principio de la relación, antes del matrimonio–, y el sentido del contrato matrimonial se transforma cuando este trabajo desparece.

Cuando las relaciones son despojadas de los apuntalamientos del trabajo sexual […] las diferentes dimensiones de poder interpersonal emergen más severamente y el sexo asume un valor de cambio, ahora regulado por negociaciones verbales o corporales más explícitas que los anteriores ‘contratos’ (Saunders, citada en Duncombe y Marsden, 1996: 235)

Para Susy –quien, como vimos antes, admitía ser comprada sólo con “flores y bombones”– el paralelo entre los matrimonios interesados, sin amor, y los intercambios del sexo comercial se construye recortándose de ese ideal de amor romántico. Para ella, como para otras entrevistadas, este contraste con el “amor verdadero” igualaba las variantes entre los distintos clientes (“aunque ellos crean que somos amigos”). Otras, más alejadas de los ideales románticos, marcaban y experimentaban las diferencias en esas relaciones con algunos clientes particulares donde se combinaban de forma compleja afecto e interés.

A partir de los tránsitos y las figuras intersticiales que hemos recorrido en esta sección, podemos reflexionar sobre los significados que tienen estas experiencias de sexo comercial. La cuestión del pago tarifado y monetario contribuye a delinear los vínculos, pero no por sí sola, pues también interviene el manejo del tiempo en los encuentros, las formas de domesticidad, los regalos no-monetarios, los lazos afectivos construidos a lo largo del tiempo y la presencia o no de una pretensión de exclusividad. Todos estos elementos se conjugan para trazar las relaciones con clientes, clientes-amigos y “viejos” o amantes-renta.

Al tomar en cuenta todo este esquema, vemos que el dinero puede adquirir diferentes significados en diversas relaciones económico-sexuales. Así como las entrevistadas asignaban distintos sentidos al sexo (sexo-servicio/ sexo-amor) lo mismo puede suceder con el dinero. Según los contextos y los vínculos, el que en las primeras experiencias de sexo comercial era “dinero sucio” de un desconocido puede devenir un gesto cariñoso y/o de superioridad de un cliente-amigo, una forma de “ayuda”, o el derecho que debía pagar un amante-renta.

Desde el punto de vista de las entrevistadas no es el dinero lo que complejiza estos vínculos (como sucedía con las parejas), son los afectos devenidos sentimientos amorosos y pretensión de exclusividad los que parecen generar, a la par, dificultades y posibilidades. La comprensión de los distintos vínculos sexuales-económico-afectivos que emergen en el contexto del sexo comercial requiere matizar una visión binaria que opondría matrimonio-amor por un lado y prostitución-dinero por el otro. En las historias de algunas entrevistadas la aparición del afecto y luego el amor llevaba a la paulatina desaparición del cobro por el sexo. Pero este cobro también desaparecía con el supuesto amor y exclusividad sexual de los vínculos con amantes-renta que se mezclaban con el interés económico. En otras oportunidades los vínculos se afianzan en un lugar intersticial de “amistad”. Las relaciones con clientes-amigos consolidan afectos y, aunque no se pretendan desinteresadas (como quiere el discurso romántico), trazan vínculos de solidaridad y aprecio dentro del terreno supuestamente impersonal del sexo comercial. Los obsequios y atenciones juegan un importante papel para personalizar estos vínculos, así también las “ayudas” que permitían ampliar el marco comercial más estrecho. En tanto estos intercambios incluyen muchas veces a los/as hijos/as reinscriben sutilmente los vínculos en una trama familiar e hibridan las identificaciones superponiendo “prostituta” y “madre”.

Recapitulación

En este capítulo he abordado las experiencias de las mujeres que hacen sexo comercial en relación a dos nudos problemáticos: los sentimientos y los intercambios económicos. La monogamia y la relación antagónica entre los sentimientos románticos y el mundo económico del dinero plantean un escenario complejo para las relaciones de pareja. Aquí las alternativas más frecuentes incluyen: la reclusión de los sentimientos románticos en una melancolía acompañada del “endurecimiento del corazón”; la reconsideración de los lazos de pareja desde una mirada más materialista (amor material) o desde una perspectiva que otorga un carácter más circunstancial a las relaciones (amor contingente).

Desde las posiciones más románticas, la solución al dilema que plantean las relaciones de pareja implica bloquear las posibilidades amorosas en el ámbito de los recuerdos melancólicos. Aquí la adherencia al discurso del amor romántico en sus sentidos más tradicionales garantiza la feminidad, les permite identificarse como mujeres “normales” y se expresa paradigmáticamente bajo la interdicción del beso. El precio a pagar (afectivamente) es la exclusión de los vínculos sentimentales de pareja (al menos aquellos que podrían ser rotulados como de “verdadero amor”).

Salvo para las pocas que podían pensar los vínculos amorosos desde concepciones no románticas –menos estáticas, más situadas en relación a sus contextos y necesidades– entablar una pareja pone a las mujeres frente a un conjunto de desafíos. Sea por las dificultades emocionales (y/o sexuales-corporales) que supone hacer sexo comercial estando enamoradas, o por los dilemas de mantener en secreto la actividad (o repensar la monogamia), aún para las que no sostienen un discurso tan romántico, la opción de entablar una relación de pareja estable equivale a abandonar la actividad y logar la manutención a cargo de sus compañeros. Aquí el mandato de manutención no sólo expresa una necesidad económica, a la vez se liga a la veracidad de los sentimientos del pretendiente. Esta concepción del amor más ligada a la materialidad aparece entre quienes se encuentran en posiciones poco privilegiadas. Entonces el tono desinteresado del amor romántico –que desde una perspectiva subalterna puede traducirse como veladamente aristocrático– se deja de lado, y el príncipe azul debe traer su bolsa llena de oro si es que quiere ganar un corazón de oro.

Aun así, esta estrategia amorosa se presenta como una apuesta riesgosa no sólo en términos afectivos, sino porque también implica una renuncia a la independencia económica. Frente a las desventajas que presenta dedicarse al sexo comercial, una de sus potencialidades es una cierta autonomía económica. Este aspecto incide también sobre la autopercepción de las mujeres, que, como vimos, se transforma cuando, tras abandonar al marido-proxeneta, comienzan a administrar por sí mismas sobre el dinero que ganan en el sexo comercial.

Las posiciones subjetivas también pueden variar dentro de las diversas relaciones sexo-comerciales. He dicho que comprendo al sexo comercial como un recorte dentro de un continuo de relaciones sexuales económicas. Las relaciones sexo-económicas que hemos explorado en este capítulo muestran que ni las fronteras ni las profundidades del sexo comercial pueden ser trazadas de forma definitiva. Si al independizarse de los maridos-proxenetas se quiebra el esquema patriarcal tradicional, también los vínculos sexo comerciales con clientes-amigos se apartan del estereotipo de la prostitución y la figura de los amantes-renta se acerca nuevamente a la del varón proveedor, pero como parodia, fuera del marco matrimonial (con lo cual abre brechas para su cuestionamiento).

Si tomamos en cuenta las distinciones que propone Zelizer (regalo, compensación y derecho) como formas de marcar relaciones, podemos leer los trastocamientos en los pagos como corrimientos respecto de las concepciones más tradicionales o estereotípicas (matrimonio / prostitución). En este sentido, el caso más significativo lo constituyen las relaciones con los clientes-amigos que operan un conjunto de desplazamientos, pero sin abandonar el terreno comercial. Por ejemplo –sólo por retomar un aspecto– si tradicionalmente la prostitución ha sido emplazada como una actividad pública, fuera del ámbito doméstico, los clientes-amigos ponen en cuestión esta distinción al entrar en los hogares y compartir intimidades. Si antes vimos que las asimetrías de clase, género, raza/nacionalidad podían debilitar los límites que las mujeres trazaban para proteger su intimidad y protegerse del estigma de “puta”, ahora podemos comprender cómo estos límites pueden permearse, pero bajo procesos diferentes. En estas relaciones con clientes-amigos, los lazos afectivos –que no excluyen el interés económico ni el sexo– indican que los significados de los vínculos no tienen que ver exclusivamente con la compra-venta del sexo o su gratuidad, ni con la exclusividad sexual, sino también con otros aspectos como la duración del vínculo en el tiempo y, especialmente, el reconocimiento de las múltiples identificaciones. En este sentido, la cuestión de los límites (sexuales-temporales-espaciales) puestos como barricadas que protegen la intimidad y la dinámica de combate que vimos en el capítulo anterior se pone entre paréntesis en las relaciones con clientes-amigos. Aquí los límites y tácticas pierden parte de sus funciones pues por un lado permanece claro el vínculo comercial con el pago de la “salida”, y a la vez los regalos y las “ayudas” –una forma de circulación de dinero que expresa el encabalgamiento sobre las distinciones– reducen el papel estigmatizante de la interpelación de prostituta/puta y habilitan el reconocimiento de otras identificaciones. Estas relaciones, aunque aparecen como marginales en términos cuantitativos –la mayoría dijo tener relativamente pocos clientes-amigos salvo en el caso de las escorts– sirven también para iluminar mejor las características que puede asumir los intercambios de sexo comercial en distintos tipos de vínculos.


  1. Algunos fragmentos de este capítulo fueron reelaborados y posteriormente publicados (ver Morcillo, 2017a).
  2. Ninguna de las entrevistadas se identificó como lesbiana o dijo haber entablado vínculos de pareja con otras mujeres. Acá también pude notar el contraste con las experiencias de las travestis para quienes los vínculos de pareja no parecían singularmente problemáticos por dedicarse al sexo comercial.
  3. También se podría llamar a estas expresiones “sexo-afecto”, pues lo que se opone es expresión de afectos vs. instrumentalización, pero el contrapunto es más perceptible si referimos específicamente a los afectos ligados al amor, en especial a las versiones de amor romántico que sostenían muchas entrevistadas, por ello he preferido usar “sexo-amor”.
  4. Una excelente síntesis de los principales trabajos elaborados desde el feminismo sobre esta cuestión puede consultarse en el artículo de Stevi Jackson (1993)
  5. Estos sentidos otorgados a los besos también eran compartidos por las travestis, lo cual indica la hegemonía de estos significados de los besos.
  6. Otras tantas también señalaban el temor al contagio de enfermedades, lo cual también puede ser un temor a una contaminación simbólica, como vimos antes siguiendo los planteos de Mary Douglas.
  7. Esta diferencia es planteada por algunas activistas en términos de “sexo” y “sexualidad”: con los clientes se tiene únicamente sexo y la sexualidad (que incluye caricias, abrazos y otras prácticas) se elige con quien tenerla. (ver en Berkins y Korol 2007)
  8. Es importante la aclaración de Marta Lamas: “todavía hoy los puntos de apoyo para lo que Luhmann llama la codificación del medio de comunicación amor están culturalmente marcados por el género. Aunque en algunas sociedades la acentuación de la igualdad social entre los sexos está borrando la diferencia de sus actuaciones sexuales, aún nos encontramos con códigos amorosos femeninos y masculinos.” (1990: 172)
  9. Eva Illouz (2009) siguiendo a Durkheim plantea al amor romántico como una experiencia de lo sagrado migrada de la religión, también Beck y Beck (1995) proponen pensar al amor como una religión secular.
  10. Aunque Eva Illouz (2009) señala que la lógica mercantil capitalista puede impregnar las prácticas románticas transformándolas en prácticas de consumo, esta ligazón estaría velada en el discurso romántico. Para otros autores el vínculo romántico tendría la capacidad de poner entre paréntesis la lógica del capital. (ver las divergencias en esta cuestión en Adelman, 2011; Costa, 2006)
  11. Acá “ilusión” significa “fantasía” y a la vez evoca el sentido bourdesiano de ilusio, es decir la creencia en las reglas del campo amoroso que aparece como un terreno fuera de las luchas de dominación (Bourdieu, 2000) y por ello la “conquista” no es una derrota sino un renacimiento místico.
  12. La relación de pareja en términos laxos que sostenía Yamila no era un inconveniente en este sentido.
  13. Más adelante veremos cómo un desengaño amoroso lo que interpeló a Doris como prostituta y expulsándola a la abyección.
  14. En este sentido podríamos pensar en la idea de “amor confluente” propuesta por Giddens (1998), que no aparece como un amor romántico degradado. Sin embargo, este autor presupone para dichos vínculos una especie de equidad de género o simetría en las relaciones de poder, lo cual hace que esta noción sea también relativamente inadecuada para comprender los vínculos que entablaban algunas de las entrevistadas.
  15. Uso la idea de melancolía desde una concepción de sociología de las emociones, más que psicológica, sin caracterizarla como un estado patológico, sino como una emoción que conjuga cierta tristeza con la satisfacción de un bienestar pasado, lo cual puede asociarse en algunos casos a las sanciones morales internas (cfr. Scribano, Magallanes y Boito, 2012; Stets y Turner, 2006)
  16. Los horarios, sobre todo para las que trabajan por la noche, fueron mencionados como uno de los problemas que impiden tener una pareja. La demanda omnipresente o “absorbente” de algunos clientes disputaría el tiempo con las parejas. No es casual que Susy haya mencionado que estos clientes demandantes “se hacen la ilusión de que es una pareja”.
  17. El anonimato, efecto del ocultamiento, podría pensarse como otra posibilidad que permite compartir intimidad, aunque una intimidad paradójica en términos de la relación con la identidad (intimidad anónima) y distinta de la intimidad amorosa (romántica) que implica una comunicación personal (ver Costa, 2006). Podemos pensar vínculos de este tipo en las experiencias de las mujeres que “hacen de psicólogas” con los clientes, donde ellos revelan su intimidad. Pero, si bien se puede sostener el anonimato al principio de una relación de sexo comercial, este puede transformarse cuando comienza otro tipo de vínculo más duradero, y, según la codificación romántica, debe desaparecer completamente si la relación deviene pareja amorosa.
  18. Por ejemplo, Mirta me contó que su marido no podía trabajar porque tenía problemas de salud (“es asmático, problemas de próstata, y qué sé yo todos los remedios que tiene”), pero me aclaró que lo que él gana con su pensión “lo pone en mi casa, no es una persona que ande chupando, que va cobrar la plata y se la va chupar no.”
  19. En el uso que le dan los clientes puede incluir tanto a los maridos como a las proxenetas, o “madamas”, o a cualquier proxeneta.
  20. Únicamente Mirta afirmó tener un acuerdo de este tipo con su marido quien cobraba una pensión por problemas de salud “pero el sueldo de él lo pone en mi casa, no es una persona que va cobrar la plata y se la va chupar, no” buscando dejar en claro que su marido no era su “fiolo”. Sin embargo, cuando le pregunté cómo había conocido a su marido me dijo “yo no hablo de mi intimidad”.
  21. Estas ambivalencias se expresan en la letra de “Ocho cuarenta” del popular cantante de cuartetos Rodrigo (“Ese vago atorrante, que nunca tuvo un cospel, le puso el pecho de arranque, erizándole la piel. Con chamuyos elegantes, le pinto el mundo al revés, para que siempre lo banque, de primera la hizo bien. El amor sobre toda diferencia social, dentro del calendario, cada día se va, a pesar de las dudas y del que dirán, el amor puede más.”)
  22. Siguiendo el uso en el relato de Beatriz que cité al principio de este apartado he optado por denominar “marido-proxeneta” como forma de destacar tanto el vínculo de pareja como el de explotación.
  23. Según algunas autoras, la explotación ha pasado de manos de maridos-proxenetas, en el marco familiar pre-capitalista y de sexo comercial callejero, a proxenetas a secas, en cabarets o privados donde funciona el sexo comercial puertas adentro en un capitalismo avanzado y globalizado. (Jeffreys, 2009)
  24. La tesis de Olivar (2013) apunta justamente a mostrar cómo la prostitución funcionaba dentro, y no fuera, de las redes de parentesco. Entendida como “predación familiarizante”, la prostitución aparece articulada sexual y productivamente con el matrimonio en los ’80 en Porto Alegre. Sin embargo, entre las mujeres que entrevisté los relatos de ruptura predominaban por sobre las narrativas de unidad familiar-matrimonial que describe Olivar.
  25. Si bien María Galindo y Sonia Sánchez tienen una posición abolicionista, resulta significativo que reparen en la diferencia entre las que tienen “fiolo” y las que no, las “locas sueltas”. Sheila Jeffreys (2009) rastrea las vinculaciones entre matrimonio y prostitución y ve en los matrimonios arreglados un antecedente de las formas en que los varones expropian y explotan la sexualidad femenina y solidifican los lazos de masculinidad (male bonding). Sin embargo, no marca ninguna distinción para los casos de mujeres que no tienen proxenetas. Probablemente esta diferencia sea atribuible al énfasis estructuralista (y determinista) de su enfoque, tanto como a la poca atención a los casos empíricos y las experiencias de mujeres que trabajan sin proxeneta.
  26. He incluido este gráfico dibujado a mano alzada (no diseñado con computadora) como forma de representar el carácter problemático y variable que tienen las relaciones amorosas para las mujeres que hacen sexo comercial.
  27. Zelizer plantea que hay “tres maneras posibles de organizar cualquier tipo de pago monetario: como compensación (intercambio directo), como derecho (el derecho a una participación) y como regalo (el otorgamiento voluntario de una persona a otra). El dinero como compensación implica un intercambio equitativo de valores y una cierta distancia, contingencia, negociación y control entre las partes. El dinero como derecho implica fuertes reclamos de poder y autonomía por parte del receptor. El dinero como regalo implica subordinación y arbitrariedad. Las tres formas de pago definen la calidad de las relaciones sociales entre las partes. En total, derechos y regalos implican una relación social más durable entre ellas que lo que supone la compensación. La gente se preocupa mucho por hacer esas distinciones; la transferencia (monetaria) incorrecta desafía, confunde o viola la definición de las relaciones sociales particulares” (Zelizer, 2008: 44)
  28. Es lo que Zelizer (2009) llama la teoría de los “mundos hostiles” para referirse a la ideología que sostiene la separación entre intimidad y mundo económico, como un fundamento moral. Algo que la autora se esfuerza por mostrar como una simplificación pues los medios por lo que se expresan los significados de las relaciones, incluyendo las íntimas, pueden ser también económicos, e incluso monetarios.
  29. Estos tipos no son excluyentes –pues a veces podían mezclarse–, ni exhaustivos respecto de las posibles fugas de la dicotomía, pero representan los casos más mencionados.
  30. El involucramiento afectivo también incluye las experiencias de los clientes. En los foros de internet pueden leerse diversos relatos al respecto. Muchos clientes cuentan sus experiencias con escorts detalles de prácticas, actitudes y del cuerpo de las escorts (sintetizados en una tabla de puntajes). Pero también se pueden encontrar relatos de confusión sentimental, de amistad, de engaños, de decepciones y de ilusiones. Los más experimentados aconsejan la frialdad a los enamorados, otros reconocen haber entablado vínculos afectuosos y francos con alguna mujer. (Por ejemplo, un forista detallaba un encuentro con una escort, valorado muy positivamente, y a continuación aclaraba que no iba a compartir más en el foro sus experiencias con esta mujer pues no quería hacer públicas cosas de una relación que consideraba íntima).
  31. Si bien en el lunfardo común “garrón” se utiliza para referir a un evento negativo que adviene fortuitamente, en la jerga más específica del sexo comercial se denomina garrones a aquellos clientes con los que se entabla un vínculo sostenido, que incluyen lazos afectivos e intercambios sexuales no remunerados.
  32. Las travestis que “garroneaban” también recibían una acusación (bajo otros términos) pero parecía resultarles menos interpelante.
  33. El desarrollo de las formas de identificaciones y sociabilidad en estos foros amerita una investigación aparte para profundizar en el análisis. Sin embargo, una observación superficial permite notar que el sistema de foro con usuarios registrados y con “rangos de confianza”, supone un contexto distinto del más anónimo de las salas de chat. (ver por ejemplo el artículo de Martín Boy en Pecheny, et al., 2008)
  34. No debemos confundir este extra con el “regalito” o “gift” que aparece en la jerga de los clientes, especialmente de escorts, y refiere únicamente al precio de la tarifa establecida.
  35. Si bien podía crear alguna otra obligación esta permanecía difusa. Esto supone una diferencia respecto a las deudas que se contraen y que generan un compromiso monetario, lo que la literatura anglosajona llama debt bondage.
  36. María implementaba estas tácticas para obtener gratificaciones de todo tipo y más allá del contexto del sexo comercial. Haciendo uso de su capital erótico sin inhibiciones afirmaba “siendo mujer, yo no he tenido nunca que poner un mango para drogarme, ni para tomar alcohol […] Siempre tenía más posibilidades, yo sé que los hombres… entonces siempre me abusaba de eso”.
  37. Según María, el más querido de sus “amigos” era Serafín y sus aportes eran tan importantes como incondicionales: “El, prioriza a su familia, que no todos los hombres priorizan a su familia, él sí. […] Tiene enconche, como todo hombre, porque sale con pendejas más jóvenes, pero nunca les ha hecho faltar nada, la mujer tiene, él, el sueldo de él depositado en la cuenta de la mujer, todo, todo para la familia. Y, obviamente, todos los rescates que se hace va y los reparte, porque tiene un montón de novias. Por eso yo lo quiero, porque el chabón prioriza a su familia y después todo lo demás. Y así no me deja nunca y aunque no estemos, no nos vemos nunca, me llama por teléfono y yo le pido plata, y si no puede venir él, me manda a alguien, así. Es buen amigo (Ríe) Porque económicamente no me deja […] se merece que lo quiera” (María).
  38. Tal como plantea Zelizer (2008) que sucedió con el “bono de navidad” devenido un derecho de los empleados.
  39. Uso esta denominación pues varias veces las mujeres apelaban a la comparación con las relaciones de amantes para describir estos vínculos.
  40. Los “viejos” y los amantes-renta entraban en las casas de las entrevistadas y conocían muchos aspectos de sus vidas personales.


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