Comerciar ilusiones de intimidad entre fronteras
“El acto cultural por excelencia es aquel que consiste en trazar una línea productora de un espacio separado y delimitado […] Los límites son lugares de lucha” (Pierre Bourdieu)
“El cliente tiene el poder de la plata entonces, él puede manejar tu vida con la plata […] me han tentado de quererme pagar mucha plata para irme a tener relaciones con un travesti, pero date cuenta, vos lo ves al travesti, vos decís ‘uh, ¿qué hago? Después de eso ¿qué límite puedo tener?” (Mónica)
En este capítulo considero las relaciones con los clientes. Abordo los significados que se asocian a las distintas prácticas sexuales en estos vínculos, así como los diversos límites que las mujeres utilizan para sostener las fronteras y hacerlas productivas tanto simbólica como materialmente. Aquí podemos ver al sexo comercial como escenario conflictivo donde se desarrollan un conjunto de tácticas y de trabajo emocional, persiguiendo la difícil tarea de preservar las fronteras de la intimidad y, a la vez, rentabilizar los encuentros.
Las relaciones con los clientes constituyen el núcleo de las actividades del sexo comercial y aquello que las mujeres buscan estructurar a fin de poder llevar a cabo de la mejor forma. ¿Qué significa llevar a cabo de la mejor forma? Por un lado, protegerse de, o eludir, la violencia material y aquella simbólica presente en la interpelación de “puta”; y por el otro obtener la mayor cantidad de dinero posible de la forma menos costosa, estabilizando o aumentando estos ingresos. Se intenta compatibilizar ambos fines mediante la construcción de ciertos límites y la puesta en marcha de tácticas y de trabajo emocional. Varias de las entrevistadas habían comprendido en su experiencia la importancia subjetiva de manejar las condiciones del encuentro, aspecto clave de hacer sexo comercial.
Me sentía mal. Me miraba al espejo y me decía cómo podés estar haciendo esto y… Para colmo yo de por sí soy una persona depresiva, y así… No entendía verdaderamente qué pasaba y me acostumbré. Pero, después, aprendí a tratarlos de otra forma, no aceptar todo lo que ellos me decían. (Mariana)
Decir todo que sí, que sí… es una situación muy vulnerable y… y creo que psicológicamente te destruye, porque nunca podés… tener un poco de personalidad propia. Todo hacer lo que dice la otra persona… y uno no puede… decir en algunas cosas. Yo pienso que… el poder decidir algo pone a la persona un poco más fuerte. Es tener un poco de personalidad. (Susy)
Veremos a continuación los distintos límites y las tácticas previas al encuentro, y posteriormente las que se usan durante las relaciones con los clientes. En otra sección me referiré especialmente al papel del trabajo emocional como forma de rentabilizar los encuentros y también como forma de construir una identidad en el sexo comercial. Finalmente, como parte del trabajo emocional analizaré las complejidades que entraña el placer sexual en las relaciones con clientes como emoción que puede permitir que se reinstale la acusación de “puta”, este último punto me permitirá dejar sentados los aspectos ligados a la afectividad y los sentimientos amorosos que abordaré en el próximo capítulo.
Generar y contener el desborde. Límites y tácticas pre-encuentro
La imagen de la “puta”, cuyo exceso lujurioso la hace siempre disponible para saciar el apetito sexual irrefrenable de los varones, opera generando una atracción. Un encendido de la libido por ese supuesto sexo infinito de la “puta”. A diferencia de las mujeres que aceptan las pautas de cortejo hegemónicas y atraen, pero fugazmente y luego se alejan un poco para seducir, las mujeres que hacen sexo comercial atraen deliberada, activa y sostenidamente. Pero a diferencia de las “putas” del imaginario, las mujeres que hacen sexo comercial deben manejar cuándo, dónde, cómo y a quién atraer (y a quién rechazar) si lo que se busca es extraer dinero y no sólo secreciones seminales. Veamos entonces qué límites y tácticas operan en estas fases previas.
¿Cuándo y dónde?
Un primer límite son los horarios en que se desarrolla la actividad. Dado que la demanda de los clientes puede presentarse en cualquier momento es necesario delimitar alguna banda horaria para el sexo comercial. La gran mayoría de las entrevistadas tenían un horario por fuera del cual no recibían a clientes.
Me tomo el tren, bajo en tal lado, a partir de que me bajé ahí trabajo, a partir de que llegué a la estación no trabajo más. Subo al tren soy otra persona, la mamá, la señora que vuelve a su casa… Yo estoy arriba del tren, o bajo en la estación en la que vivo, y me pueden llamar y no. Mi horario es de once a cuatro, mañana te veo, ni aunque me digan: “te doy el doble”, no vengo, ese es el horario en el que estoy con mis hijos. Es muy poco el tiempo que tengo para estar con mis hijos y lo disfruto en absoluto. Siempre trabajé así, no es que me llaman a las diez de la noche y voy corriendo. No. Yo después de las cuatro tomo acá el tren y chau. (Nelly)
Esta delimitación que explica Nelly restringe un determinado horario para su trabajo. Esto no sólo le permite organizarse “como cualquier persona que sale a trabajar”, sino que además delimita dos momentos con identidades distintas, demarcando un tiempo para su vida privada (y su maternidad) alejado de la demanda de los clientes. En algunos casos este límite puede flexibilizarse, Nelly también explicaba que si a último momento recibe una llamada de un cliente que “vale la pena” (paga bien) puede retrasar un poco el regreso en tren y extender la jornada. Como veremos, la necesidad económica es el principal factor que tensa los límites.
La explotación de proxenetas y las distintas modalidades de sexo comercial pueden restringir la capacidad para fijar límites, especialmente aquellos previos al encuentro. Como vimos en el capítulo 3, trabajar en “privados” o cabarets reduce casi toda la autonomía para fijarse lugar y horarios de trabajo (aunque en algunos casos pueden faltar algunos días). Luego, trabajar en la calle brinda cierta autonomía en cuanto a los horarios y permite elegir zonas alejadas del hogar. Finalmente, aquellas que establecen contactos por teléfono pueden manejar ambos aspectos con mayor independencia y evitan irrupciones indeseadas apagando su celular. Apagar el “teléfono del trabajo” funciona para muchas como una forma de distanciarse y concluir el día, a la manera de una jornada laboral.
La delimitación de horarios se combina con la restricción de ciertos espacios donde se hace sexo comercial. Como he dicho más arriba, estos espacios suelen estar distanciados del resto de las actividades, en especial alejados del hogar, salvo en los pocos casos donde se tienen encuentros con los clientes en la propia casa. La literatura señala que en estos casos se puede disponer una habitación de una forma particular, distinta del resto de la vivienda, para los encuentros con los clientes (O’Connell Davidson, 1996). Además, muchas entrevistadas evitaban los encuentros en los autos de los clientes cuando son desconocidos. También se restringen otros ámbitos ligados a la vida personal, como Anahí que no hacía “salidas” cuando iba al boliche. La delimitación espacial se hacía difícil para Susy pues trabajaba en la zona de Flores, y también alquilaba un cuarto de una pensión en las inmediaciones. La superposición de lugares hacía que tuviera que ser enfática frente los varones que la abordaban cuando no estaba trabajando. Por ejemplo, me contó como una mañana mientras salía de caminata por la plaza alguien que la había visto “parada” en la noche le insistía a cada vuelta para que “saliera” con él.
Como que nosotros fuéramos, qué sé yo… personas que estamos siempre en celo para levantar a alguien, ¿entendés? Cuando nosotros lo hacemos porque… es nuestra manera de ganarnos el dinero, pero no, no nos gusta… No es que yo me voy a levantar al otro o al otro… Eso… la mayoría de las mujeres que ejercen la prostitución tiene un horario, y en ese horario, y después chau… Después chau… Yo ahora me tengo que ir… y a un montón, no les doy bola porque no es mi horario de trabajo, ya demasiado que tengo un horario y en ese horario me ocupo y después ya no… no quiero saber más nada. (Susy)
El tono indignado de Susy y el pensar este límite como algo compartido por “la mayoría” de sus compañeras, dan cuenta de su importancia. Limitar la disponibilidad horaria no sólo es una prerrogativa que podría pensarse similar a otros trabajos, sino que en este caso colabora para posicionarse como mujer en el sexo comercial (y no como “puta lujuriosa” o “siempre en celo”). Ahí yace la importancia de hacer respetar este límite y la indignación que invadía a Susy.
¿Cómo?
En esa línea borrosa que separa a la mujer (decente) de la puta aparece la seducción, táctica que resulta clave en el sexo comercial. “La seducción, en tanto ritual de interacción y técnica de oficio, es un factor fundamental de poder sobre el cliente. Es un juego donde el hombre es conquistado, pero él se supone conquistador” (Gaspar, 1985: 102).
Las tácticas de seducción que apuntan a encender el deseo en los clientes incluyen momentos previos a la interacción y otros que se desarrollan cara a cara con aquellos. Primero, entonces, la producción de un cuerpo que active el deseo. En el caso de las escorts y aquellas que cuentan con más recursos esto puede abarcar desde ir a un gimnasio y hacer dietas o ir a la peluquería, hasta someterse a operaciones de cirugía estética. También puede incluir desarrollar habilidades para bailar o conversacionales, para aquellas que trabajan en cabarets –e incluso entender al menos algo de inglés para las que tienen clientes extranjeros–. En todos los casos incluye la elección de determinados maquillajes y vestimentas.
El relato de María sobre la selección y “producción” de “sus chicas” ilustra respecto a seducción, vestimenta y corporalidad; exponiendo a la vez las ambivalencias identitarias:
Las veo antes, si no tienen dientes y yo sé que tengo que invertir mucha plata en ellas, no. Yo, mirá, tenía una chica de Mediagua, que hace tres años que trabaja conmigo, cuatro, que es la chica esta la que te comenté, Pamela, que el marido la deja y no la deja, la deja y no la deja. Me cayó a mi casa con los pelitos cortitos, pegaditos, así, flaquita, negrita, porque es morocha, es media… […] Y me cae así con una pollerita larga, de esas que vienen de franjas, unos borceguitos, no sé, con un taco cuadrado así ancho, ah… Me cayó así a mi casa. Digo: “Bueno, ¿Cómo estás?” Yo la conocía de antes pero nunca le había hecho el ofrecimiento. Y bueno, estuvimos conversando y le digo: “Bueno, mirá, te voy a hacer salir para que no te vayas sin plata a tu casa y te voy a acompañar. Andá a bañarte”. […] La mandé a bañarse, agarré un pantalón Ossira que tenía, que, aunque no tengas culo porque es Ossira te hace culo ¿Entendés? Le puse un Ossira, unos tacos míos, no tacos aguja porque era el mediodía, entonces viste, unos tacos chinos blancos, unos tacos chinos, bien bonita, medios con, los pantalón localizado, así, una cintura, así un ojete le hizo, con un pantalón que te hace las piernas rectas más o menos, le vi que tenía poquita teta le puse un push up, push up, se las acomodé, le digo: “Tenés que usar push up, ponerte así”, la peiné, tenía los ojitos chiquitos entonces le doblé las pestañas, la depilé un poco, la maquillé. Salimos a la calle y le decían de todo […] son minas que están faltas de, de cariño o no tienen autoestima, porque encima tienen un marido, las que tienen marido o las que no tienen, tienen el marido que les está diciendo: “Puta de mierda, fiera, ¿Quién te va a dar bola a vos? Mirate cómo sos” ¿Entendés? Entonces las están todo el tiempo denigrando, denigrando, denigrando, cuando vienen conmigo a mí me encanta levantarles el autoestima para que se crean que son las más perras, y mientras más perras se sienten mejor laburan. (María)
Varias mujeres relataron cómo sus compañeras, especialmente las protectoras/mentoras, les enseñaban a vestirse de forma tal que explotaran los aspectos potencialmente erotizantes de su cuerpo. Antes de interpretar en términos de identificaciones, detengámonos un instante sobre la cuestión de la vestimenta. Una inversión importante para muchas era tener un vestuario apropiado para salir a trabajar y esto incluía comprar ropa “de marca”, sobre todo las escorts quienes enfatizaban la necesidad de mantener renovada su lencería de buena calidad. En algunos cabarets, o night clubs muy exclusivos se les exigía que se presentaran con vestidos de fiesta. Las formas de vestir varían, en cada “zona” en determinados horarios habrá mujeres de un rango etario y vestidas de una forma –y cuando alguna está fuera del canon sus compañeras pueden hacérselo saber–. He dicho más arriba que en ocasiones era difícil identificar a las mujeres que estaban ofreciendo sexo comercial por su vestimenta, esto les permitía mantener un perfil relativamente discreto y cooperaba con el ocultamiento. Las mujeres mayores en horario diurno usaban ropa que no era distinta de la de cualquier mujer, pero una buena parte de la vestimenta femenina regular funciona de forma erotizante por mostrar o, mejor, insinuar el cuerpo[1]. Incluso por más que las mujeres estuvieran casi “de civil”[2] nunca faltarían unos zapatos con tacos, un jean o calzas ajustadas o una minifalda, una camperita entallada y/o un escote pronunciado.
En la vestimenta se expresa la ambivalencia fundamental que recorre las identificaciones de las mujeres en el sexo comercial y los dos objetivos contrapuestos que han de lograr las tácticas y los límites: no ser una “puta” pero ganar dinero haciendo sexo comercial –lo que en el relato de María más arriba aparece expresado como la sutil diferencia entre ser una “puta de mierda” y ser una “perra”–. El vestuario cumple así dos funciones permitir el desdoblamiento y erotizar a los clientes[3].
Un cuerpo femenino aparece en la mirada hegemónica (masculina) siempre (hetero)sexualizado, y esta característica se potencia en el contexto del sexo comercial. La cadera quebrada para acentuar las nalgas, toda la espalda arqueada y el pecho abierto para mostrar el busto mientras comienza el diálogo con un potencial cliente, o tal vez mostrar una pierna levantada con el taco apoyado sobre la pared mientras se espera y se busca con la mirada. En complemento con la ropa, las posturas corporales son también un elemento fundamental de la seducción. Las mujeres que se dedican al sexo comercial han de prestar particular atención a su presentación e imagen corporal proyectada (Goffman, 1997). Realzar con las posturas o el andar las zonas consideradas eróticas y/o más capitalizables según los cuerpos de cada una. Ahora no únicamente como respuesta a un mandato cultural que se impondría a todos los cuerpos de mujeres, sino también como táctica de mercado, pues se establece una codificación entre las características (biométricas, etarias y étnicas) estimadas en los cuerpos que ofrecen sexo comercial, y su valor monetario: “algunas cobran 10 pesos, hay algunas que están mejores y te cobran 40 una salida, otras pueden cobrar 100, depende cómo están producidas, su cuerpo, sus formas” (Marisol).
Probablemente porque mi mirada masculina no estaba lo suficientemente avezada en cuestiones de maquillaje no pude notar ninguna particularidad (más allá de la generalidad de maquillarse más en lugares cerrados y cuando es de noche que cuando es de día). Algunas autoras señalan el exceso en los labios rojos, que según Susana Rostagnol (2004) aluden a los labios de la vagina, o el énfasis en los ojos, “órganos privilegiados para emitir significados en los relacionamientos eróticos” (Gaspar, 1985: 30) donde se agrega el uso de lentes de contacto cosméticas para acentuar el efecto.
Mi corporalidad masculina sí me habilitó a ser interpelado por las miradas cuando estuve en las zonas o en los cabarets. Si bien a veces no era sencillo distinguir por su vestimenta a quienes estaban ofreciendo sexo comercial, el efecto de la mirada era inconfundible. Las mujeres que hacen sexo comercial miran de una forma que transgrede las normas tradicionales de la coquetería femenina. Según Simmel la mirada que coquetea es:
de soslayo con la cabeza medio tumbada. En esa mirada reposa un retirarse, vinculado, inclusive, con un entregarse fugaz […] en tanto se niega simbólicamente, al mismo tiempo y en la otra dirección con la cabeza y el cuerpo. Esa mirada no puede durar psicológicamente más que unos pocos segundos. (citado en Costa, 2006: 765)
Las miradas de las mujeres que están ofreciendo sexo comercial exceden estos límites. Sin llegar a ser una mirada desafiante (y por ello masculina) es una mirada más directa, más sostenida y con un cuerpo que, en vez de alejarse, invita y llama. Para Perlongher “el golpe de vista de la prostituta […] sexualiza y enciende la muchedumbre anodina” (1993: 128) y dentro del “dispositivo de prostitución” funciona como una máquina de captura, pues rápidamente reconvierte ese deseo encendido en cantidades medibles de dinero[4].
Por fuera de las performances in vivo, pero dentro de las formas de seducción, encontramos otra máquina de captura: los anuncios. Los anuncios en la prensa han desaparecido –o se han camuflado en otros rubros–, allí el uso de imágenes no es muy habitual y las tácticas de seducción se circunscribían al lenguaje[5]. Sin embargo, los anuncios, además de los volantes que aparecen en Buenos Aires (ver imágenes en capítulo 4), proliferan en páginas de Internet que brindan una amplia gama de posibilidades, muy utilizadas por las escorts.
La máquina de la mirada queda inhabilitada en las fotos de los anuncios cuando se ocultan los rostros o los ojos para evitar la identificación (en el doble sentido de ser identificada y de identificarse) dada la exposición infinita que representa la circulación en Internet. Pero estos anuncios habilitan un conjunto de posibilidades, construyen un “perfil” que responde a la codificación a la que me referí (edad, altura, medidas, color de piel, de ojos, de pelo, nacionalidad), dan los datos de contacto (teléfono, días, horarios y lugares) y, un elemento fundamental, muestran no una, sino varias fotos de las mujeres, “galerías de fotos” que se actualizan constantemente.
Las fotos permiten grados más elevados de desnudez y poses más exageradas para mostrar los cuerpos y sus intervenciones quirúrgicas –varias renuevan sus “galerías” de fotos tras haberse operado–. Además, entra en juego toda una tecnología de producción de cuerpos en estudios fotográficos. Se utiliza indumentaria especial, juguetes sexuales, o “disfraces” estereotípicos (secretaria, colegiala, diablita) y sobre todo la edición vía software (el llamado “photoshopeo”[6]) para producir la excitación de los potenciales clientes. En las fotos se pueden sugerir, con las poses u objetos utilizados, las prácticas sexuales ofrecidas. Las prácticas sexuales también aparecen en los anuncios incluidas en los relatos de experiencias de clientes (las “xp”) y directamente anunciadas en un recuadro (“lo que si hago”). En algunas páginas web puede accederse a: “Búsqueda rápida por tipos de servicios: Activa, Aparatitos, Atención a mujeres, Atención a parejas, Besos negros, Bucal sin globito, Cambio de Roles, Combinados, Convencional, Depto propio, Disciplina, Domicilios, Encuentros, Fantasías, Fetichismos, Hoteles, Lesbianismo, Poses, Sadomasoquismo, Servicio completo, Shows, Streaptease. Búsqueda rápida por tipos de masajes: Antiestress, Aromaterapia, Convencionales, Deportivos, Descontracturantes, Digitoreflexologia, Masofilaxia, Orientales, Prostáticos, Sedativos, Sensitivos, Terapéuticos”. Entre toda esta información y sugestión en ninguna de las páginas relevadas se muestran las tarifas[7], si desea saber eso el cliente deberá hacer la llamada.
La seducción opera tanto desde la forma de vestir, maquillajes y diferentes accesorios, como en las propias formas del cuerpo –objeto de diferentes tratamientos según los recursos con que se cuente– y sus disposiciones y movimientos. Estos, junto con la mirada y el uso de la voz, serán fruto de diversos aprendizajes en el ámbito de sexo comercial y des-aprendizajes de las técnicas corporales[8] de la feminidad hegemónica. En términos de Bourdieu podríamos decir que se configura una héxis[9] particular, que en algunos puntos amplifica los rasgos atribuidos a la feminidad y en otros los contraviene. Más precisamente, esta héxis desborda por exceso los rasgos eróticos femeninos. Así, se “produce” un cuerpo que performa un exceso, para suscitar el deseo de otro. Pero la seducción para operar efectivamente como táctica debe capturar, como señala Perlongher. Es entonces un exceso que prontamente debe ser reconvertido en dinero.
Este doble juego de excitación y reconversión se observa cuando se abre el diálogo con los clientes, mezcla de seducción y negociación, artes que han de aprender con la experiencia y con las enseñanzas de las compañeras mayores. Con un tono de voz más grave de lo normal, exhalando mucho aire al hablar, casi gimiendo, usando diminutivos, se abre una invitación al placer. En un momento siguiente el tono se vuelve informativo y rápidamente, como las aclaraciones legales en una publicidad de radio, se dan las tarifas, servicios y tiempo que incluyen, para volver al tono sexualizado y preguntar nuevamente “¿vamos papi?”. Aquellas que trabajan en privados casi no tienen oportunidad de hablar con los clientes por lo que sólo pueden apelar a las formas de seducción por el cuerpo y la mirada, deben aprender a presentarse, elegir sus ropas, etc. Las que trabajan en cabarets o whisquerías[10] deben desarrollar sus habilidades de seducción también en las conversaciones, pues mientras conversan tienen que lograr que los clientes paguen las “copas” correspondientes para que les permitan luego hacer la salida. (Por ejemplo, en un night club que se presentaba como el más exclusivo de Recoleta, la zona más cara de la ciudad de Buenos Aires, las mujeres tenían prohibido abordar directamente a los clientes. Ellas debían seducirlos con la mirada, con bailes, pero siempre manteniendo una distancia inicial que sólo podían romper cuando el cliente les hacía algún gesto para llamarlas. A partir de ahí debían lograr que mientras conversaban y continuaban seduciendo al cliente, este les “invitara” al menos dos copas –de 20 dólares cada una– para poder dejar el lugar y hacer la “salida” tarifada por su cuenta normalmente en 100 dólares para argentinos y para extranjeros podía llegar a costar 300 dólares). Y por supuesto la charla “interesante” –y a la vez “sensual”– es demandada cuando las escorts hacen de “dama de compañía”, comparten viajes o estancias largas con los clientes.
Mientras charlaba con Anahí, su amiga y mentora Nazareth recibió una llamada y ofreció sus servicios en una forma sensual, pero a la vez comercial, la escuchamos por un momento y Anahí me dijo “yo no sé hacer eso que ella hace… hablar así con los hombres…”. Estas habilidades se aprenden con el paso del tiempo. Las mujeres que contactan por teléfono, especialmente las escorts y las “madamas”[11] que administran o explotan a las mujeres de un “privado”, son expertas en auto promocionarse, aclarando su tarifa y condiciones. Además, en el caso de las que trabajan de forma independiente, buscarán información estratégica sobre el potencial cliente que llama. Una fórmula es cortar con alguna excusa y pedir a los clientes que vuelvan a llamarles. De esta manera prolongan la conversación, confirmando el interés del supuesto cliente, e intentan estimar cuánto se les puede cobrar. Se debe sostener frente a los clientes la ilusión de estar sexualmente interesada en ellos y a la par –trasgrediendo las formas cotidianas de hablar del sexo “por omisión” o en doble sentido (de Certeau, 1999)– dejar claro que no le darán besos ni harán sexo anal, o que lo harán, pero el precio será más caro. A veces tienen que lidiar con el “regateo” de los clientes, algo que irrita a las mujeres quienes optarán entre usar el “chamuyo”[12] –sin aclarar demasiado, se “vende el paraíso” pero luego se manipula el encuentro y sólo se concreta una limitada porción– o dejar de lado a estos clientes.
¿A quién?
Desde el enfoque del feminismo radical ninguna prostituta podría elegir a sus clientes, sino que debe entregarse a cualquier hombre que tenga dinero. El cliente tiene el poder de elegir y tener relaciones con cualquier “mujer prostituida” según su preferencia en cada momento. (Barry, 1988; Jeffreys, 2009; ver también Overall, 1992)
Las mujeres que entrevisté muchas veces seleccionaban a sus clientes; pero no como lo hacían en su vida privada (fundando su elección en el deseo sexual y/o los sentimientos amorosos). Para comprender qué tipo de elecciones hacen las mujeres en el terreno del sexo comercial debemos pensar desde una lógica mercantil guiada por la voluntad de obtener ganancias (no placer ni amor). En un punto intermedio entre la sumisión total que origina disponibilidad absoluta e irrestricta y la elección libre y voluntaria, basada sólo en el propio deseo, allí encontraremos la capacidad de filtrar clientes.
Según las entrevistadas, filtrar ciertos clientes era un límite para intentar evitar “malas experiencias”. Claro que el margen para rechazar clientes es restringido. Además de las condiciones que imponen otras variables estructurales (relaciones de género, culturales y legales) cada modalidad de sexo comercial tiene sus restricciones para filtrar clientes. Las posibilidades de cobrar una tarifa más elevada, por tanto de reducir la presión de la necesidad económica, habilitan a filtrar más clientes. Esta capacidad se puede reducir en contextos como los cabarets o whisquerías y más aún en los departamentos o privados donde deben aceptar a todos los clientes que ingresan –por ello muchas buscan evitar esas modalidades. No obstante, las que trabajan puertas adentro pero de forma independiente se permiten filtrar a los clientes y dejar afuera a aquellos con los que ya tuvieron inconvenientes o que les resultan repulsivos por alguna razón. También por teléfono se puede intentar identificar algunos clientes para evitarlos –muchas escorts advierten que no reciben llamadas no identificadas– y también las mujeres que trabajan en las calles valoran esta modalidad porque pueden rechazar algunos clientes. Mónica aclara que la clave es no tener proxeneta “no tengo esa necesidad de que tengo que rendirle cuentas a alguien porque no tengo plata, no. De ninguna manera”.
El filtrado de clientes, donde se ponen en marcha tácticas de indagación-seducción[13], da como resultado un grupo de clientes confiables y estables: los “fijos”. Sin ser necesariamente clientes-amigos, los clientes frecuentes o “fijos”, son muy comunes entre las mujeres que se dedican al sexo comercial y algunas entrevistadas señalaron que constituyen la mayor parte de sus clientes. Los “fijos” son apreciados pues permiten asegurar un cierto monto de ingresos y reducir la peligrosidad o incertidumbre de los encuentros con clientes desconocidos. Los “fijos” pueden obtener el número de teléfono de las mujeres, algo delicado por las implicancias que este acceso tiene respecto al manejo de la información y el ocultamiento. Tal como señala Sabrina se debe ser cautelosa para sostener los límites claros.
Acá no vine ni para buscar novio, ni para buscar marido, ni nadie que me mantenga. Esto sólo lo hago ahora y yo lo asumo como mi trabajo. Yo vengo, trabajo, me pagás y me voy. Nada que me vas a llamar a cada rato… (Sabrina)
Entre los clientes que resultan más problemáticos, y por ello son más rechazados, aparecen los jóvenes, los poco higienizados o los “borrachos” o “drogados”. En el caso de los clientes jóvenes[14] el rechazo o la evasión se deben a que son menos considerados en el trato, más demandantes y a la vez es más difícil entablar vínculos de otro tipo u obtener remuneraciones extra[15] o estabilidad en las visitas.
Evito mucho a los pibes, a los pendejos… Y, porque les gusta mucho la joda, les gusta mucho…te lo digo así, simple, te cogen…si te pagan una hora te cogen una hora. Los clientes que son más grandes no, son más de charlar, más de otra cosa, te toca una persona grande que prácticamente no te hace nada y termina, son muchos más manejables y mucho más fáciles. (Yamila)
A la inversa que con los jóvenes el problema con “los drogados” es que “no funcionen”, lo puede significar demoras y una situación tensa. Pero aparecen excepciones: dos entrevistadas señalaron que los “drogados” siempre pagan bien y son convenientes pues muchas veces sólo quieren compañía para consumir. Las dificultades para manejar la situación suelen disuadir a las mujeres de tomar algunos clientes, pero la mayor experiencia y capacidad para manejar a los clientes potencialmente conflictivos, como los “drogados”, podría habilitar a obtener mejores remuneraciones.
Quiero detenerme sobre la cuestión de la violencia de los clientes. Desde el punto de vista de la coerción estructural de género, clase y raza no habría ninguna diferencia entre una violación, o un abuso sexual y una “salida”, tal como se suele argumentar desde el feminismo radical (Jeffreys, 2004; MacKinnon, 2001). Sin embargo, en los relatos de las experiencias de las mujeres en el sexo comercial hay marcadas diferencias entre aquellos encuentros que respetan lo pautado –aun si esto ocurriera bajo formas de coerción más veladas– y aquellos que transgreden violentamente los límites fijados, las “malas experiencias”.
Los clientes violentos, si bien no son la mayoría según las entrevistadas, son una posibilidad que deben tener en cuenta. Algunos estudios caracterizan a la violencia de los clientes como un “riesgo ocupacional” asociado a la prostitución (Barnard, 1993). Sin escindirlo de la violencia de género –que, en una sociedad patriarcal, puede afectar a mujeres en diversos espacios o trabajos[16]–, las vulnerabilidades específicas que caracterizan al sexo comercial, la desprotección legal y la estigmatización, aumentan el riesgo. Dulce Gaspar (1985), siguiendo a Simmel, plantea que el uso del dinero en la transacción de la prostitución supone la idea de la compra, y ello lleva a algunos clientes a creer que por haber pagado tienen “derecho a todo”. La última ratio de esta violencia masculina se expresa en el “yo te pagué” o “para eso estoy pagando” que esgrimían algunos clientes, según las entrevistadas. Es importante evitar estos clientes, no sólo por los daños físicos de la violencia, sino también para evitar el lugar abyecto de la “puta”.
Sonia: Los clientes que vienen tan malos, que te tratan como directamente la puta… o sea… ¿Entendés?
Rocío: Todos no te tratan igual. No, hay algunos que…
Sonia: No, hasta para hacértelo te quieren pegar… o te dicen: “Dale hija de puta, perra” O sea, te tratan como lo más bajo.
Rocío: Si no te querés sacar la parte de arriba, te tironean.
Sonia: Te tironean. Te dicen: “Dale, te estoy pagando y es así” O sea, ¿entendés?, tipos muy brutos. Y hay otros tipos que te hacen sentir tan mujer, tan… o sea… en el sentido más de… cómo te tratan. Que… es ahí el caso. No es todo color de rosa, no es todo que nosotras la ganamos fácil. (Sonia y Rocío)
La violencia significa ir más allá de los límites que pautan el encuentro[17]. Aunque esto no era muy frecuente según las entrevistadas[18], la mayoría de las mujeres relató algún episodio violento con clientes. Desde no pagar por la “salida” o quebrar los términos convenidos hasta los golpes y heridas, la violencia de los clientes y la ausencia de protección legal estatal llevan a las mujeres a intentar implementar tácticas para evitar estos episodios. La violencia física y sexual fue referida en más oportunidades en San Juan –donde también las entrevistadas dijeron reaccionar violentamente con mayor frecuencia–.
Vendo mi cuerpo, no mi cara, y también el hecho de decir cuerpo, no significa que te de derecho a hacer lo que vos quieras, sí, todo tiene un límite y por eso muchas veces, por eso he tenido que trasladarme a la fuerza, lamentablemente. Porque hay casos en los que no podés manejar la situación y bueno yo me he defendido, obviamente. No voy a permitir que ningún hombre me levante la mano, y mucho menos un cliente, y mucho menos un cliente. (Daiana)
El contraataque violento es la táctica menos efectiva, de hecho no es una táctica, sino una reacción ex post frente a la pérdida de control sobre el encuentro y el avasallamiento de los límites. En inferioridad de condiciones físicas y sin poder evitar el ataque muchas veces se puede recurrir a un arma como forma de responder a él.
Lo malo es que hay vagos que son muy malditos… una vuelta mirá… yo salí con un tipo que era milico… me quería hacer que se la chupara de prepo, y no quise… ¿qué me hizo? Me dio con el fierro de los milicos… me lo dio en toda la cara y me desfiguró toda la cara… pero así también le fue porque le di una puñalada y le corté la mano. (Deby)
Que el cliente que atacó a Deby haya sido parte de las fuerzas de seguridad permite comprender parte de la naturalización de la violencia que aparece en su relato. Sin embargo, esto no la pone en un lugar pasivo, como también dejaba claro Daiana. Otras veces las respuestas son colectivas, por ejemplo, cuando atacan entre varias a un hombre identificado como violento, tal como me contó Úrsula que habían hecho frente a la falta de respuestas de la policía sanjuanina.
Todas las entrevistadas señalaron que jamás volvían a salir con un cliente que había resultado violento, si bien no se puede evitar esta primera violencia sí se evita la reincidencia[19]. Las tácticas que buscan prevenir los encuentros con clientes violentos resultan más eficaces. Compartir información sobre clientes peligrosos entre compañeras puede ser una forma de prevenirse frente a clientes violentos o problemáticos. Algunas usaban una táctica mencionada más arriba, cuando se iban con un cliente sus compañeras anotaban la patente del auto y la monitoreaban usando sus celulares para chequear que esté bien, o también avisaban a un amigo o un novio cuando salían con un cliente desconocido[20].
Otra táctica para eludir un cliente sin rechazarlo directamente es “cantar” un precio extremadamente alto. Según las escorts, la elevada tarifa de su servicio restringe el acceso y esto es planteado como una manera de seleccionar a los clientes y evitarse problemas. Sin embargo las mujeres que trabajan en la calle ponen en cuestión que la selección en base a la clase –o a la clase percibida– sea efectiva para evitar problemas[21].
A veces te viene un tipo re trajeado en un súper coche y vos subís confiada y en la otra cuadra te hizo cualquier cosa. Y evitás salir con un muchacho lleno de grasa que viene saliendo de un taller mecánico en bicicleta, y ese pibe trabajó los siete días de la semana para salir con una piba y termina siendo un excelente tipo. (Marisol)
Si vos ves los autos que vienen: un Krysler, BMW, un Mercedes [Benz] no lo tiene un empleadito que con su sueldo… es el más degenerado que puede venir. Entonces, tenele más miedo a ese tipo […] inclusive hasta el hecho de no querer usar preservativo. Un tipo que viene prepotentemente, que viene demostrando ese nivel de altura y estatus social, ponerle un preservativo parece una ofensa. Debería ser al revés, él ya debería venir con el preservativo puesto. (Mónica)
Aquí la distancia social con clientes percibidos como de clase alta parece abrir una brecha de poder difícil de manejar en los encuentros. Pero rechazar a alguien simplemente por parecer de clase alta pone ante la disyuntiva de perder un cliente que podría pagar muy bien y a la vez ser prepotente o violento y quebrantar varios límites. La táctica más utilizada para limitar los encuentros con clientes problemáticos, pero sin perder oportunidades de incrementar las ganancias es “usar la psicología” o la “intuición”:
Con el tiempo vas aprendiendo, hay psicología en la mirada… El que viene con algo malo o a hacerte algo malo, siempre se le va a ir algo, está nervioso… [Busco] principalmente que sea dentro de lo posible educado, no importa que sea pobre, que sea limpito y educado. (Mónica)
Si viene un hombre que quiere un bucal en el auto, vos desde el momento en que él te habla, vos tenés que empezar a estudiarlo. Si es agresivo, si no va a ser agresivo. Vos lo sacás. Vos sabés que uno tiene un…un cierto instinto con la otra persona. Y tu primera impresión sobre esta persona tenés que darle mucho caso, hacerle mucho caso porque es seguro que no te falla la intuición. [Te fijás] cómo te habla…eh…cómo…hace morisquetas así en la cara. Vos le preguntás cosas y… ”¿cómo te llamás?” y “¿vivís cerca por acá?”, o “¿trabajás?”. Le buscás esa vueltita para que él se abra y ahí lo estudiás, en ese corto de… Igualmente, cuando vas a hacer en el hotel, hacés lo mismo. Le preguntás “vivís por acá o pasás de… andás de paso”. Así. Esas charlas así, ¿viste? Entonces lo estudiás. Por eso es que las personas…las mujeres que trabajamos en la calle somos muy intuitivas. (Irene)
Además del aspecto más intuitivo (o de “sexto sentido” como lo llamaba Susy) las mujeres señalaban el registro de ciertos patrones de conducta como indicios de riesgo en un cliente (nerviosismo o ansiedad al hablar, oferta de más dinero del demandado, querer tomar el “servicio” fuera de los lugares habituales o en un lugar alejado, etc.). Estos indicios que revelan la peligrosidad del potencial cliente deben obtenerse en la seducción-negociación previa al encuentro por lo que es crucial estar en un estado de atención y alerta[22] (“ser amable pero estar atenta” decía Irene), de otra forma podrían pasar desapercibidos. Esto le sucedió a Mónica cuando, tras haber discutido con sus hijas, fue a la zona con “los platos volados” y sin darse cuenta acabó en una situación muy complicada con un cliente.
El uso de esta táctica “intuitiva” requiere de aprendizajes y de experiencia para perfeccionarla. Ello muchas veces implica sufrir el maltrato y diferentes grados de violencia de parte de los clientes. Estos episodios son comprendidos como errores por falta de experiencia o como casos aislados de clientes “locos”. Estas miradas no parecen cuestionar el carácter sistemático de la violencia de género, naturalizada para algunas y cuestionada por otras –sobre todo por aquellas que participaban de organizaciones–. En contrapartida esta concepción no las ponía en una posición de víctima pasiva, sino que las impulsaba a perfeccionar las formas de protegerse de estos clientes y hacer respetar sus límites.
Otro aspecto de la “intuición” parece políticamente más complejo desde una mirada feminista, pues no sólo es una táctica individual para atacar un problema social, sino que se liga a los estereotipos femeninos. Resituarse en el terreno femenino de “las mujeres”, consideradas naturalmente intuitivas, es valorado positivamente por las entrevistadas, como se puede notar en las palabras de Irene quien usa orgullosamente la primera persona del plural. En el contexto de vulnerabilidad y de marginación en que están situadas las mujeres al hacer sexo comercial, la táctica defensiva de usar la intuición (femenina) para evitar la violencia (masculina) se vuelve un pequeño oasis donde protegerse, antes de estar en una habitación o en un auto a solas con un cliente potencialmente problemático. Susy decía “cuando está parada en la esquina, uno no tiene que parecer tan vulnerable… Aunque está vulnerable, pero no tiene que parecer”. Este “no parecer vulnerable” y sostener una parada, así como pretender un carácter “firme” son los primeros elementos del trabajo emocional que tienen aquí un carácter protector.
Entonces, tras fijar los límites de horario y lugar para trabajar, se pone en marcha la seducción, que debe mezclase con la indagación y la intuición para filtrar clientes problemáticos y con la negociación para fijar tarifas, prácticas y tiempos del “servicio”. Una vez allí, también se usan tácticas para conducir el encuentro y proteger los límites.
Cuerpo a cuerpo, tiempos y deseos. Límites y tácticas durante el encuentro
Una vez que se acuerda la “salida” entran en juego otras tácticas, siempre con el doble objetivo de rentabilizar el encuentro y sostener los límites –especialmente aquellos fijados en la negociación previa–. Estas tácticas y límites intentan controlar dos elementos: el tiempo del encuentro y el deseo del cliente (y con ello el tiempo y el cuerpo propio). Los cuerpos de las mujeres y las prácticas sexuales que se llevan a cabo pueden incentivar el deseo sexual de los clientes. Pero la limitación de ciertas prácticas sexuales no sólo busca controlar ese deseo, sino que se liga también al intento de preservar una esfera de intimidad. La delimitación de prácticas y la construcción de lo que llamaré, valiéndome de un término nativo, sexo-“servicio”[23], implican encarar el sexo con los clientes desapasionadamente y de una forma instrumental. En el próximo capítulo me referiré al papel que cumplen las limitaciones de las prácticas sexuales para diferenciar el sexo-servicio de las relaciones sexuales amorosas. Aquí abordaré el resto de las restricciones donde, además de los sentimientos, juegan un papel importante las concepciones sobre el cuerpo (sean morales, de dolor/placer, intimidad o salud) y el dinero.
Economía y temporalidad del “servicio”
Comencemos por lo primero. Lo primero es cobrar. Aunque podría parecer obvio, nada de la interacción en el sexo comercial es obvio para una novata, y cobrar antes de tener relaciones sexuales es algo que se aprende, o bien con el consejo de alguna protectora o tras haber sido estafada por algún cliente.
Yo empecé de muy jovencita, empecé a los dieciocho años a trabajar. Y yo no sabía, no estaba canchera para hacer este trabajo, ¿entendés? Y bueno, en una palabra, los tipos te cagaban. Vos le hacés el servicio y no te pagaban… O te decían… “No, esperame acá que ahora vengo, que voy a cambiar y…” Se iban a la mierda. (Pía)
Cobrar antes del sexo no tiene que ver únicamente con asegurarse de recibir el dinero, sino que con esta táctica se busca revertir la asimetría económica que gobierna la relación con el cliente. Sin revertir la asimetría de clase, al cobrar antes los clientes pierden “el poder de la plata” al que hacía alusión Mónica en el epígrafe, y al que refiere este cliente:
Los dos tienen un poder distinto. Ella tiene el poder de… de… fingir, digamos… Tiene ese ancho en su manga. O de disfrutar cuando le quepa. Y uno tiene el poder de la plata. Lo que pasa es que a vos te despojan del poder… Todas las putas cobran antes, entonces, vos podés perder tu poder automáticamente, antes de tocarla (cliente entrevistado, en Chejter, 2011: 83)
Esta disputa de poderes no concluye con ese primer pago, pues se pueden reiniciar las negociaciones una vez puertas adentro. Pero en este escenario, con el dinero en al bolsillo, es posible controlar el tiempo en que transcurre el encuentro, otra de las variables que delimitan y caracterizan al sexo comercial. Entre las entrevistadas este trabajo de control del tiempo, pero sin “relojear”[24] era común entre las escorts. Luli, por ejemplo, había elaborado una táctica de control del tiempo sin usar reloj, registraba la hora que duraba el encuentro con un conocimiento del cuerpo: “la hora es como que… ya de por sí… estoy acostumbrada tanto en esto como en Ju-jitsu[25]… en que todo se divide por tiempo, entonces es como que ya mi cuerpo tiene mentalizado cuánto tiempo es”. Además, su “servicio” incluía un momento breve de sexo anal, para hacer disimuladamente esta medición usaba la música con la que ambientaba los encuentros: “son cinco minutos. Es un tema. Pasa un tema y olvidate que la estoy sacando, ya”. Otras usaban la música para controlar el tiempo total del encuentro. El ritmo musical permite camuflar la duración temporal y la cuantificación del reloj parece desaparecer con las síncopas.
Brewis y Linstead (1998), retomando categorías de Deleuze y Guattari, plantean que en los encuentros entre clientes y prostitutas se mezclan dos formas de temporalidad. Por un lado, una simulación de intimidad, privacidad y afecto personal que corresponde a un espacio liso (smooth) donde el tiempo fluye (flows) y por el otro la realidad de la comercialización y regulación de un espacio estriado (striated) donde el tiempo se segmenta y hace “tic-tac” (ticks). “El artificio de la trabajadora sexual exitosa está en hacer que el tic-tac del reloj parezca fluir” (1998: 227).
Más allá de la precisión con que se mida el tiempo del encuentro este límite, como otros, puede ampliarse si hay una oferta de dinero. El tiempo de cada “salida” y el disimulo en su control dependen del monto de dinero recibido, este será el que regule por cuánto tiempo se brindarán los servicios sexuales.
“Para mí es un trabajo, qué sé yo, yo salgo y estoy mirando el reloj y trato de hacerlo lo más rápido posible. Obviamente si me ofrece más plata en la pieza, o en un hotel donde lo llevo, me quedo más tranquila” (Mariana)
Aunque el dinero parezca el principal factor que determina el tiempo de duración del encuentro, el manejo del tiempo tiene diferentes dimensiones. Hacer que el tiempo “fluya” implica no sólo controlar la duración disimuladamente, sino también manejar el transcurso del tiempo. Este manejo involucra técnicas para hacer pasar el tiempo con juegos no directamente sexuales o que evaden el contacto físico. Estos juegos podían ser masajes, “shows” tipo streep-tease (“capaz que si lo podés hacer que se relaje… alguno’ te pagan solamente para mirarte el… traste y hacerse la paja…” decía Deby), o que los propios clientes se vistan con lencería femenina:
[Un cliente anda] con la tanguita y se para y anda “ahhh”, total tira plata y yo me acuesto y empiezo “Qué hermosa que te queda” […] y caminan y van y vienen, y yo acostada ahí, bueno en parte a mí se me va el cliente y a mí me conviene… “Te queda bien”… gordo, sapo… (Mabel).
También se puede conversar con los clientes, para que corra el tiempo y evitar otro coito, –pero siempre cuidando mantener la conversación fuera de la propia intimidad, para proteger ese otro límite–.
Ponele, si se quedan acostados cuando terminan… es que quieren otro seguro, entonces qué le hago… y charlás… y por ahí… cuando más o menos, vos más o menos calculás el tiempo, yo más o menos sé qué tiempo llevo y cuando los veo que se están sentando o acostado ahí… y empiezo ya a decirle: “¿Y qué hacemos ahora cuando te vas? Te vas a tu casa, te vas con un amigo…” ¿Viste?, como que ya lo estás corriendo… No le decís “andate”, pero los corrés de alguna forma. (Deby)
Como señala Deby, el control del tiempo se articula con el control del deseo y del orgasmo del cliente. Para todas las entrevistadas el cliente que “se demora” aparece como una carga. En tanto esto ocurre porque no puede alcanzar el orgasmo representa un problema y potencial riesgo de violencia. Regular cuándo llega el orgasmo del cliente puede ser crucial pues no siempre queda claro en la negociación que el encuentro incluye una sola “participación” y el transcurso del tiempo convenido puede hacerse difícil de sobrellevar.
Por ahí vos le decís son quince, veinte minutos y porque el hombre está, viste, drogado… Entonces que el hombre no acabó y piensa que vos tenés que estar toda la noche con él. Por ahí son violentos, ponele, no todos. (Antonia)
Te agarran como un pedazo de carne… y no, tampoco soy de manteca, pero no… imaginate vos que en el trascurso de la noche… hay algunos que te pagan… bueno, que está escaso, una hora y… de diez te pasa que uno quiere una hora o 45 minutos quiere pasar aserruchando, es feo que 45 estás traca-traca, “¿¡pero qué tenés?!” digo yo… “sí, pero yo te pagué una hora”, “pero en una hora tenés sexo bucal, una penetración…” hay gente que sí se ubica entendés, pero de diez, como te dije yo, siempre te toca uno que te dice “pero yo te pagué una hora”, pero bueno “pará, ¿pero vos qué te pensás que íbamos a estar una hora traca-traca como si fuera un animal?”, ni el perro ni la perra están así una hora. (Mabel)
Muchos clientes que no quedan satisfechos con una “participación” pueden querer pagar por extender el encuentro. Tanto en los límites del tiempo como en las prácticas sexuales incluidas puede haber una constante re-negociación: mientras el cliente tenga más dinero y las mujeres tengan necesidad siempre puede reinaugurarse la negociación. Doris decía que no tenía límites fijos para las prácticas sexuales, había hecho “sanguchito” (salida con dos clientes) y hasta “filmado porno”. Para ella lo importante era mantenerse dentro de lo acordado –aun cuando se pueda llegar a renegociar–.
Doris: Siempre dentro de la regla, dentro de la regla es: antes de ir. ¿Me entendés? Por ejemplo, el tipo me dice: “¿Hacés anal?” “No, eso no”, o le digo “Eso sí, pero tanto [dinero], está ¿te cabe? Listo”. “Mirá, quiero tal cosa ¿Te cabe?” “Pero bueno, en total te sale esto, esta cantidad de plata”, ¿Me entendés? Ya vamos con… Si te vas adentro y me decís “No, mirá, yo quiero…” no sé, “mandarte un clavo de acá hasta acá”, te voy a decir: “No, eso no fue el trato”. Y siempre, de repente una caricia, te gusta el mimito, te gusta esto, ¿Me entendés lo que te digo? Uno dentro del trabajo también va mirando, digo, medianamente lo que va… No es que vos te vas y hacés, no, no es eso. No es que vos te vas y hacés lo que vos querés de mí.
Santiago: ¿Y alguna vez te ha pasado que te pidan algo que vos no has querido hacer?
Doris: Sí, muchas veces, pero bueno, ahí otra vez es a donde yo digo, yo en ese sentido soy muy frontal, yo paro todo lo que estoy haciendo y vuelvo otra vez a recordar lo que acordamos, ¿Me entendés? Y bueno, y si quiere, y si yo estoy de acuerdo, obviamente, siempre que yo esté de acuerdo, bueno, “pero si querés esto, esto no fue el acuerdo, pero mirá si querés esto, pero sale tanto. A ver, ¿tal?”, “Sí”, “Bueno, dame”, por las dudas, dame la plata primero. (Doris)
Beatriz: Yo le decía: “Hola, hola cariño, ¿Qué tal?, ¿Querés salir?” te preguntaba cuánto, yo le decía: “Mirá esta tarifa, hay tarifa así y así”, a ver, vos estabas con una tarifa y capaz que vos entrabas por treinta pesos, en esa época, cuarenta, porque antes se pagaba más, antes cobraba más ¿Me entendés? Entonces y te salías capaz que con cien, ciento cincuenta pesos. ¿Me entendés?
Santiago: ¿Y cómo era eso? ¿Cómo negociabas?
Beatriz: Y bueno, porque yo, ponele, entraba por el pase sólo y yo decía: “Bueno, mi amor, ¿qué te querés hacer? ¿Algo más?” qué sé yo, porque yo no me sacaba la remera si no me daba más plata, esa época era así ¿Me entendés? “Bueno, me querés sacar la remera, bueno, dame veinte pesos más” “Y si querés que”, un ejemplo, “Querés que te baile” yo nunca bailé, pero un ejemplo “Y son cincuenta pesos más”, o “¿Te querés quedar media hora?” Y bueno, así, así se pagaba.
Doris y Beatriz, habían hecho sexo comercial durante largos años y habían aprendido el espinoso oficio de negociar con los clientes. Las que aprendían a manejar mejor la negociación iban renegociando a lo largo del encuentro y poniendo un precio a cada detalle que los clientes pedían, como relataba Beatriz. Las asimetrías de clase y de género, así como la vulnerabilidad estructural de vastas franjas del mercado sexual potencian el regateo y la negociación, como en varios mercados clandestinos. Claro que, en este mercado donde la desigual pelea se hace con “uñas y dientes”, no todas han afilado sus “uñas y dientes”. La falta de expertise y mayor vulnerabilidad de Anahí, que (se) repetía (a sí misma) “en la media hora ellos me tienen que dar a mí 50”, contrastaban con el manejo de la negociación de otras como Abril, que regulaba los precios según “de dónde venga el contacto” y podía cobrar entre 250 a 400 pesos la hora –más el gasto de viáticos–.
Valores simbólicos y corporalidad en el “servicio” [26]
Ya sabemos entonces que, en tanto haya asimetrías, la re-negociación tiene siempre una puerta semi-abierta, pero el marco de la negociación no es únicamente económico, sino también simbólico y moral. Los límites sobre las prácticas sexuales nos permiten percibir estos aspectos. ¿Qué prácticas sexuales son las que se limitan, y por qué se las excluye? Estos límites variaban según las mujeres sus necesidades económicas, sus edades, sus creencias morales, sus cuerpos y según las modalidades de sexo comercial.
Veamos primero cuáles eran esos límites. Todas las entrevistadas dijeron negarse a tener contactos sexuales sin preservativo, este era claramente el límite más frecuente. La mayoría dijo rechazar, o buscar evitar los besos –salvo algunas escorts que brindaban el servicio “onda novia” al que me referiré más adelante–. Ambos límites aparecen recurrentemente en la literatura. Según muchas entrevistadas, otra práctica restringida con los clientes era el sexo anal, varias dijeron rehusarse a tener sexo comercial con otras mujeres o con travestis y otras tantas mencionaron que se negaban a recibir sexo oral o estimulación genital de parte de los clientes[27]. Si bien no era planteado como límite explícito, muchas entrevistadas preferían reducir al mínimo necesario tanto el contacto físico con los clientes, como la desnudez de su propio cuerpo, de forma similar a lo hallado en otras investigaciones (Gaspar, 1985; Sanders 2002).
¿Cuáles son los motivos y las tácticas asociadas con el sostenimiento de estos límites y los eventuales desplazamientos para controlar el deseo sexual y convertirlo en ganancias? Globalmente, el principal papel que cumplen los límites impuestos sobre las prácticas sexuales en las relaciones con los clientes es establecer una barrera simbólica-corporal. (estudios en distintos contextos plantean una interpretación similar Brewis y Linstead, 2000a; Gaspar, 1985; Kong, 2006; Pasini, 2000; Sanders, 2002, 2005). No es casual que uno de los significantes ligados a las limitaciones sea la “limpieza” o higiene, pues lo que permite esta barrera es mantener alejada la “suciedad”, una de las fuentes de contaminación simbólica, como ya vimos al referirnos a las primeras experiencias de sexo comercial (capítulo 3). Aquí parece invertirse el imaginario higienista situando a los clientes como fuente de contaminación y contagios –de ahí la preferencia por los clientes “limpios”–.
Veamos ahora puntualmente los sentidos que tienen las interdicciones más mencionadas y las tácticas que movilizan. Dejaré para el próximo capítulo el límite sobre los besos que se halla más ligado a la afectividad y los sentimientos. Empecemos con el uso de preservativos. Solamente una entrevistada me dijo que, a veces, podía llegar a dar sexo oral sin preservativo, pero únicamente a unos pocos clientes que eran “muy conocidos”. Este uso uniforme según las mujeres[28], difiere de las experiencias relatadas por los clientes en los foros y de las ofertas que aparecen en los avisos donde los servicios “sin globito” son frecuentes. Sin embargo, más allá del uso real o no de preservativos, me interesa leer los sentidos que se asocian a esta práctica. Como he dicho más arriba, es probable que las campañas de prevención del VIH hayan instaurado cierta corrección político-sanitaria en los discursos de estas mujeres constantemente consideradas “población de riesgo”. Pero el uso de preservativos, o la prohibición de no usar el preservativo en las relaciones con los clientes, se ve a la vez como una práctica de cuidado y como una práctica protectora en un sentido más amplio que el sanitario. El preservativo es una barrera física que funciona a la vez como un límite simbólico. En contraste con lo que relataban respecto a los clientes, muy pocas entrevistadas dijeron utilizar preservativos en sus relaciones sexuales personales, aún en el caso de aquellas que tenían parejas no-estables. Esto muestra que la preocupación no se limitaba a la prevención de las enfermedades de transmisión sexual. Por contraposición a lo que sucedería en las relaciones con los clientes, el hecho de no utilizar preservativos en las relaciones sexuales personales es significado como una muestra de afecto, de confianza o, como veremos luego, una prueba de su fidelidad. Las connotaciones afectivas nos sitúan más allá de las consideraciones estrictamente biomédicas.
A su vez usar preservativos con los clientes es parte de la construcción de un sexo-servicio, permite tener una práctica más aséptica y posicionarse “profesionalmente”.
Inés: A mí me gusta hacer la francesa, sea quien sea, con forro. Es algo que no me da asco, que ya está como muy… muy rutinario ¿Viste? El chabón, el tipo que va… el cliente que va a buscar, lo primero que te pide es la francesa… que sería un sexo oral. Lo primero que te pide es eso.
Santiago: Ajá. Y eso para vos…
Inés: Para mí, a mí me gusta. Es más preferible eso.
Santiago: Ajá ¿Por qué preferís eso?
Inés: Y (Risa leve) ¡Que pregunta! Porque, no sé, porque me gusta… hacerlo, hacérselo a los clientes, con forro es como que yo no siento tanto, por ahí ellos sí, pero yo no.
En el uso de preservativo no sólo se juega la cuestión de la salud y las barreras simbólicas que separan a los clientes de la intimidad de las mujeres. Además, para las mujeres que hacen sexo comercial, utilizar preservativos contribuye a la rutinización y la consecuente deserotización, consagrando así el sentido instrumental del sexo-servicio. Emerge aquí una confluencia de sentidos que asocia el aspecto sanitario con la profesionalidad. Tanto Inés como Marisol (ambas militantes en organizaciones) tenían conocimientos sobre las vías de transmisión de ITS y decían que no hacían excepciones al usar preservativos con los clientes.
Yo por haberme organizado… y por haber estado en la organización… yo por ahí hablo y cuento mis cosas que hago y por ahí ya te notan que vos estás en la prevención, que estás cuidando al cliente, entonces el tipo te trata “dale, negra te ofrezco más dinero”… después yo digo, pero esto es por lo que yo he aprendido, viste…”Pero pucha, vos cuidá lo tuyo que yo cuido lo mío”…yo le digo “cuida tu familia, este es un ratito de joda” y te dicen “mirá te felicito, seguí laburando así”, pero bueno eso es porque vos te fuiste preparando de otra manera […] eso es lo que me gusta porque una peleó tanto por la prevención. Hablás y haces talleres con las chicas… es un pequeño taller que vos le hacés al tipo arriba del auto y al tipo le gusta. (Marisol)
Aquí podemos leer el uso del preservativo como una micro-batalla que condensa límites y tácticas: según las mujeres, los clientes pueden ofrecer pagar más, “chamuyar” diciendo que son alérgicos o intentar sacárselo; ellas pueden ponerlo como condición sine qua non desde el principio, intentar persuadirlos por su salud y la de su familia, buscar formas de erotizar el uso o hacerlo pasar desapercibido (como la táctica de colocarlo con la boca), convencer al cliente de que luego lo van a sacar, o aceptar el dinero extra.
Una trabajadora tiene sus vueltas. En ese momento de intimidad de…cómo te puedo decir, si vos sabés hacer las cosas, si sabés negociar, le ponés el preservativo y el tipo ni se entera. Pero tenés que saber…tener, como quien dice, calle, porque si vos no tenés calle el tipo te convenció, te dio vuelta y chau. (Nelly)
En una batalla desigual en términos de posiciones estructurales de poder, la experiencia en el uso de tácticas se torna una cuestión fundamental pues se pone en juego, más que la salud, la propia capacidad como “trabajadora” como señala Nelly. En términos de Goffman podemos pensar que esta micro-batalla por el preservativo es parte importante de establecer una definición de la situación, así sabremos si se trata de un cliente dando rienda suelta su deseo, de una “trabajadora” haciendo su labor profesional, o de los varios grises intermedios.
Las restricciones sobre el sexo anal no conllevan tanto connotaciones sanitarias o profesionales, como morales, sentimentales y/o de dolor físico. Según Lidia: “de atrás no puede hacer una mujer por más que haga el sexo completo, todo así… porque yo creo que eso es lo último que le queda de dignidad a una mujer“. Ya hemos visto en el capítulo anterior cómo estas connotaciones morales servían para distinguirse de “otras” mujeres que sí hacían sexo anal y más adelante veremos cómo a veces se lo “reserva” para los maridos o las relaciones sentimentales. Pero también había otras variantes que regulaban el acceso al ano.
Por el orto no, no hago trasero… no soy completa, no […] porque no me gusta y creo que, más a un hombre que no quiero, no deseo ni me simpatiza, como para sentir dolor, yo creo que eso es si vos lo querés, tenés una simpatía, para aflojarte un poco porque yo adentro estoy tensa, estoy muy tensa… varias veces dije que sí porque tenía un chizito (risa) ¡mi dedo era más grande! (Valeria)
Algunas, como Valeria, con la conveniencia anatómica y económica, saldaban el recelo moral sentimental. Si seguimos a Bataille (1997), la interdicción cultural sobre el sexo anal produciría una erotización del ano, la cual en el sexo comercial se traduce en una valorización monetaria. Esto lleva a que algunas mujeres dejen el sexo anal con los clientes, para cuando sean mayores y, tras la caída de su capital erótico, “necesiten trabajar así”. Otras resuelven la tensión entre moral y necesidad económica apelando a una táctica para engañar al cliente, Sonia y Rocío me “avivaron” al respecto:
Sonia: ofrecer, ofrecemos todo. Pero de hacer no hacemos todo.
Rocío: (Risa) Ah, sí…
Sonia: (Risa, mirando a Rocío) ¿se lo digo o no se lo digo?
Rocío: Y deciseló, si… ¡ha venido para saber!
Sonia: Nosotros ofrecemos el máximo que es el completo, que vendría a ser todo. Pero damos todo, menos la cola. O sea, supuestamente le damos a entender que damos todo… Pero no todo.
Rocío: No lo avivés al pedo, no vaya ser que después venga… (risa)[29] […]
Sonia: Hay muchas que no hacen…, obvio que es como…, estábamos diciendo con ella, porque muchas que no saben cómo hacerlo. Y no quieren entregar, obvio. Imaginate, no podemos salir con todo… que… tres o cuatro al día te quieran comprar un completo, te vas a ir con el trasero sabés cómo. Y hay muchas chicas que no lo saben hacer, y directamente no lo hacen. Que trabajan nada más con el polvo y media francesa… Bueno, pero las que más o menos… ya… ya más o menos sabemos, sí hacemos completo.
Rocío: Y por ahí te dice, bueno un completo. Y vos te ponés boca abajo, y decís bueno, está por la cola, pero nada que ver.
Santiago: ¿Y los clientes se lo tragan?
Sonia: Obvio porque lo hacemos de una manera que sea tan seco ahí… que cueste. Aparte te quejas del dolor (Risa)
Rocío: (Risa) […]
Santiago: ¿Y eso cómo empezaron hacerlo así?
Sonia: Bueno, yo no hace mucho. Ella sí llevaba más tiempo.
Rocío: Sí, porque primero tenía miedo. A mí me enseñó otra señora que es más grande, de edad. […] A veces yo… ponele, me decían completo. Y yo le decía: “¡No!” Porque yo tenía miedo, ¿viste? de… Entonces la señora esa me explicó cómo tenía que hacer para un completo. Entonces lo cobrás un poquito más y… Y bueno, yo lo hice así.
Sonia: Y bueno, ahí te das cuenta que cuando tenés bastante cola, es lo más fácil de hacer. Si tenés tanta cola, no puede nunca… saber… (Risas de ambas)
He incluido este fragmento extendido para observar, por un lado, la táctica que las mujeres utilizan para aprovechar la erotización del ano, simulando y engañando a los clientes, por ende, sin perder el valor simbólico y sin soportar el dolor físico. Al contrario, desde la posición de subalternas, la picardía parece reafirmarlas en su capacidad de lograr un objetivo táctico y quedarse con más dinero. En este sentido, Scott señala que “el pícaro” aparece siempre como el héroe de los grupos subordinados, como figura del personaje que a pesar de ser más débil se vale de su astucia para sobreponerse al dominante[30]. Además, en este pasaje de la entrevista también se manifiestan las relaciones de camaradería entre las mujeres y el uso del humor como una forma de sobrellevar las complejidades de hacer sexo comercial y trabajo emocional. Sanders (2004) planeta que el humor sirve tanto para sostener el negocio con los clientes, como para proteger su bienestar y trabar relaciones entre las mujeres.
La picardía y las relaciones entre compañeras son clave para algunas tácticas que involucran la complicidad entre las mujeres. Por ejemplo, cuando los clientes buscan lo que se llama “un lésbico” o “una fiesta”, es decir relaciones homosexuales entre dos compañeras, se pone de relieve la importancia de las duplas de trabajo:
Nos conocemos para trabajar. O sea, nosotros no es que… le fingimos todo el tiempo. Él pensará que nosotras… no sé, que ella me hace sexo oral a mí, pero siempre hay una trampa, me pone la mano y la de ella…, y en vez de hacerme sexo oral a mí, se pasa la lengua por su propia mano. O sea… una siempre elige con quién tiene más feeling y con cuál se puede trabajar más. Yo empecé haciendo con varias compañeras diferentes, pero después… si ellos me dicen: “¿Querés hacer una fiesta?” Yo les digo: “Sí, pero si es con fulanita de tal” (Inés)
Acá el límite en juego son las relaciones sexuales con otras mujeres. Mediante esta “trampa”, táctica que muchas llaman “hacer cuadros”, se logra vender el servicio y, engañando al cliente, proteger el límite. Sin embargo, las tácticas sólo pueden lograr éxitos coyunturales. Mabel nos recuerda la fragilidad que tiene la trasgresión pícara cuando esta se refiere a un terreno donde la propia moral está en cuestión.
Mabel: He visto cuadros… he visto hacer cuadros de mujeres viejas que están…. como en Rosario norte… unos cuadros… una santiagueña… el cuadro se le llama con el cabello largo y no tocar nada a la mujer, vos lo estás haciendo y ponés la mano, y le han pagado fortuna…
Santiago: ¿Cómo es?
Mabel: Este es el cuadro, o sea, está la mujer y está la vagina, con el cabello… y el tipo se come como la mejor. Pero hoy no existe eso. Hoy van a derecho viejo… las que les gusta van entre ellas, pero qué pasa, que ha pasado que va una bi [bisexual] y una no-bi. Y la no-bi le dice “mirá, no te hagás la pícara hacelo así” y resulta que no, la otra quiere, esta se rechifla, el cliente tira para la bi y ahí se agarran a puñetes todos, entonces esas cosas las tenés que evitar, pero es el hambre también… pero una cosa es el hambre y otra es el placer.
El relato de Mabel permite comprender, a la vez, la fragilidad de la táctica que depende de la complicidad entre las mujeres para engañar al cliente, y la importancia de separar la esfera laboral y las necesidades económicas, de la esfera sexual y el placer. Irene tampoco sostenía relaciones sexuales con parejas pues “se me hace como que…si la mujer me dice: ‘Me gustás vos’, es porque se está refiriendo a que vos tenés que tener algo con ella. Entonces, como que pasás la otra barrera, el límite. Y eso conmigo no va”. El límite del placer con otras mujeres las mantiene dentro de las fronteras de lo que parece aceptable para estas mujeres[31], todas heterosexuales. Su trasgresión implicaría otra ruptura con su identificación como mujeres. Si comenzar a hacer sexo comercial implicaba entrar en un campo vedado, el placer lésbico aparece para muchas como la “otra barrera” que reaviva los fantasmas de la abyección. La importancia de sostener la coherencia entre su identidad de género y su orientación sexual –sin desplazarse de la matriz heterosexual–, impide la disociación de un sexo-servicio a la hora de hacerlo con otras mujeres.
Para muchas entrevistadas, el placer debe ser sólo del cliente. Ello también explica las restricciones al cunnilingus (el “punto débil” según varias) y la estimulación genital vaginal –que también implicaba una invasión a la intimidad y el peligro de contaminación–. Asimismo esta asignación de roles en torno al placer permite comprender por qué no se ponen tantas restricciones a las “perversiones”[32] de los clientes.
[No hago] el completo que le dicen ellos, el tema anal… para mí no. No vale la pena, para mí no vale. No sé cuando sea más vieja, cuando ya no me ande adelante… Pero Dios hizo tal cosa para tal cosa y me parece que hay que tener muchísimo más cuidado. Te das cuenta que estás hablando de algo… sucio… ahora que ellos vengan con sus depravaciones y me pagan para que yo me preste al juego de ellos y de hacerles algo sucio, yo se los hago, no tengo problema. Si tengo que pegarle, les pego. Si les tengo que rasguñar, les rasguño. (Mónica)
En este fragmento Mónica muestra cómo protegía moralmente su ano (por ahora) de la “suciedad” de los clientes. Sin embargo, ella no tiene problemas para “ensuciarlos” a ellos y hasta parecía disfrutarlo en cierto sentido. Estas prácticas permiten, al mismo tiempo, no exponer su cuerpo, ganar dinero extra –siempre las “perversiones” se cobran más caro– y dejar claro que su único interés es económico, si hay alguien “perverso” o “zarpado” en la habitación esos son los clientes. Tal como en las transacciones marica-miché que analiza Perlongher (1993), aquí parece invertirse la jerarquía sexual por un momento y quien solicita el servicio pasa a ser el “desviado”. En estos casos, la moral sexual permite a las mujeres realizar prácticas que no interfieren con su intimidad ni con su identidad profesional, asegurándose la distancia por no estar guiadas por su deseo sexual, sino por el afán de lucro. Además algunas entrevistadas sentían que en estas prácticas ellas ocupaban un rol dominante[33], el cual podían aprovechar para una retaliación.
Finalmente, la propia desnudez es para unas un límite y para otras una táctica. He señalado que las más jóvenes preferían trabajar completamente desnudas, aun cuando en un principio les costaba, porque de esa forma aceleraban el orgasmo del cliente: “Si te lo querés sacar rápido… tenés que estar en bolas, como quien dice… sí. Como que lo motivas…” (Sabrina). Para ellas la desnudez es una táctica que permite controlar directamente el deseo de los clientes. Pero las mayores preferían limitar su desnudez, y expresaban varios motivos: por pudor y vergüenza de su cuerpo envejecido, para darle un acento más instrumental al sexo-servicio y evitar el contacto físico con el cliente, pero también como táctica para cobrar extra.
Acá en la calle, vos venís y decís yo voy a salir con él, vamos al hotel, te sacas una pierna del pantalón, una de la bombacha, te pones el forro y listo, y te venís […] no nos sacamos la ropa, si nos pagan, nos pagan 150 si nos sacamos la ropa, pero mientras tanto no. En general no nos sacamos la ropa, no, porque todo tiene precio, entonces, es así, cobramos por los precios. (Lidia)
En la desnudez se conjugan distintas variables: la distancia del contacto con el cuerpo del cliente, la restricción de mirada; pero también la posibilidad de cobrar más o acortar el tiempo del servicio. La necesidad de estimular al cliente para lograr su orgasmo, el valor erótico del propio cuerpo, la necesidad de proteger la intimidad y la necesidad de dinero se combinan, tal como sucede con todos los límites y las tácticas.
Los diferentes contactos con el cuerpo aparecen reglados por la moral sexual y también valorizados en términos monetarios. Entonces, cuáles son los límites que se transgreden y cuáles se hacen respetar depende de una compleja ecuación que incluye no sólo una economía monetaria, sino también una economía moral donde se juega la construcción de una identidad profesional no-sexual (no lujuriosa) y la preservación de una identidad de “mujer normal”. En este sentido varias de las escorts podían poner menos limitaciones a las prácticas sexuales con los clientes pues su forma de manejar la relación y su concepción del profesionalismo estaba ligada a otros elementos: su exclusividad y la capacidad para desarrollar trabajo emocional.
Trabajo emocional. Entre sábanas y bambalinas[34]
Los aspectos involucrados en el “servicio” de sexo comercial no remiten únicamente a lo temporal y lo sexual. Las emociones y afectos tienen un papel importante, tanto para llevar a cabo y rentabilizar la performance de sexo comercial como para el posicionamiento subjetivo respecto de la interpelación de “puta”. Esto significa que el trabajo sobre las emociones incluye las impresiones que generan en los clientes y una faceta de la identidad de las propias mujeres.
Para comprender estos aspectos del sexo comercial he partido de las conceptualizaciones de Arlie Hochschild (1979, 2008). Tomando como disparador el trabajo de Goffman, esta autora profundiza sobre los aspectos emocionales de las actuaciones que el enfoque dramatúrgico de este sociólogo no abordó. Hochschild acuña el concepto de “trabajo emocional” para referirse al intento de cambiar en cantidad o en calidad una emoción o sentimiento[35]. Este esfuerzo por inducir o suprimir los sentimientos se orienta a sostener el “rostro” (outward countenance) que produce en los otros el “estado mental apropiado”. El trabajo sobre las emociones, si bien es un acto consciente que realizan las personas, está ligado a las estructuras sociales y las ideologías pues las emociones se deben acomodar a las “reglas del sentimiento” (feeling rules). Estas se entienden como un conjunto de pautas socialmente compartidas que indican cuáles sentimientos son apropiados en qué contextos. Así guiado, el trabajo emocional va más allá del mero control o eliminación de emociones, pues incluye la “evocación”, el moldeo de una emoción deseada pero ausente, tanto como la “supresión” de una emoción no deseada pero inicialmente presente. Hochschild señala tres técnicas de trabajo emocional: cognitiva (cambiar imágenes o ideas para modificar los sentimientos asociados), corporal (cambiar síntomas somáticos de la emoción) y expresiva (cambiar gestos expresivos para cambiar los sentimientos). Las tres técnicas están separadas analíticamente, pero muchas veces juntas en la práctica (1979: 562) como veremos en el caso del sexo comercial.
Analicemos primero la faceta del trabajo emocional que se orienta hacia los clientes. Esta comienza con el trabajo sobre el propio carácter en la “parada” (o en el contacto telefónico), antes de la salida, para “no parecer vulnerable”. Pero este primer momento de ser más “caradura”, como decía Susy, deberá estar en un delicado equilibrio con la seducción, la amabilidad, ser cariñosa, mostrarse atenta por el cliente y sus demandas, fingir el goce sexual y/o “hacer de psicóloga”, e incluso hacer pasar desapercibidos los aspectos que remiten a lo comercial: el pago, el “relojeo”, las llamadas de otros clientes, es decir todo aquello que puede romper la ilusión[36] de intimidad. En definitiva, el trabajo emocional es un esfuerzo global para conducir la performance durante todo el encuentro, pues “eso es el trabajo”:
La amabilidad que vos tenés que tener con el cliente para tener a ese cliente, porque si vos atendés mal al cliente no vuelve más, por más que estés, por más que estés agonizando tenés que vos ser muy simpática, muy amable, muy cariñosa, porque eso es el trabajo. (Beatriz)
Yamila definía su trabajo como: “brindarle lo mejor a la otra persona. Ese es mi trabajo, hacer que se sienta bien”. Para muchas, la capacidad de hacer trabajo emocional es considerada un signo de madurez y capacidad profesional.
Ahora se hacen llamar trabajadoras sexuales y la palabra prostitutas que deberían emplear es muy amplia, no es abrirse de piernas. Hay que saber llevar al cliente. El cliente, vos te subís al auto y capaz que te dicen 20 pesos y vos le podés sacar 70. Porque a la hora de la verdad… vos venís ahora y te querés casar conmigo, si no por 70, por 150 yo me casé. Terminó la hora, pero él estuvo casado una hora conmigo. Amor, pasión platónica con él, pero uno lo tiene que llevar. Es un cliente, pero es un ser humano. No lo voy a hacer sentir que soy una computadora programada, eso es lo que dice la juventud de hoy “pero si este es un gil”, pero cómo que es un gil si te está dando de comer. Pero tampoco el abuso, ojo, donde te puede el cliente te jode. Hay clientes y clientes. (Mabel)
Mabel señalaba que no todas estaban dispuestas a hacer trabajo emocional. Algunas entrevistadas lo veían como una actuación que las incomodaba, y cuyo único sentido es pasar tiempo eludiendo el contacto sexual. Sin embargo, otras mujeres con mayor trayectoria o con un mayor dominio de la performance, daban al trabajo emocional un lugar central. Susy, por ejemplo, me decía que con los años aprendió a “ser más viva” y “vender más fantasías”. El trabajo emocional servía, según las entrevistadas, tanto para fidelizar y conservar clientes, como para obtener mejores remuneraciones.
Desde el simple “fingimiento” del orgasmo, donde se suelen usar los gemidos como una técnica expresiva, hasta las representaciones de “amor”, el trabajo emocional durante el encuentro puede tomar diversas formas. Bernstein (2007b) afirma que en la actualidad existe una modalidad de servicios sexuales[37] que pueden entenderse como un lazo de “amor temporario”, que diferencia entre el servicio de girlfriend experience y la mera descarga sexual. Para Bernstein, lo que los clientes consumen en ese mercado es la fantasía de un vínculo deseado, vivenciado como especial por el cliente y a veces por la “trabajadora sexual”. Sin embargo, aunque ambos participen de la fantasía, será esta última quien esté a cargo de su realización dramática, para lo cual debe contar con escenografía y libreto apropiado.
El uso de un maquillaje, simbólicamente comprendido como una máscara (el nom de guerre, la vestimenta y otros aspectos de las tácticas analizadas con anterioridad) facilitan la entrada en el “personaje de prostituta” (Sanders, 2005). Incluso se habilita un juego de emociones y performances distintas a las que se identifican normalmente como propias, a veces la “artisteada” llega incluso a sorprender a las protagonistas, como mencionó Fernanda quien dijo haber “aprendido a ser actriz sin estudiar” haciendo el “teatro” para los clientes. Esta actuación valorizaba su performance pues, según ella, si bien para algunos clientes “cualquier concha saca leche”, otros apreciaban su performance y la buscaban exclusivamente a ella. De hecho, la des-maquinización de su performance, posible a causa del trabajo emocional, no sólo valorizaba sus “servicios” en términos comerciales: según Fernanda sus clientes incluso se ponían “celosos” frente a otros. Varias entrevistadas concebían la dimensión de actuación que tiene el trabajo emocional como la creación, producción y puesta en marcha de un personaje que activa el deseo del cliente, para luego convertirlo en dinero. Entre el polo de lo que Hochschild llama “actuación profunda” (deep acting)[38] –implícita en el control de las emociones– y el de la dramaturgia de superficie de Goffman –que utiliza las “fachadas personales” compuestas de “apariencias” y “modales”–, hallamos las distintas actuaciones de las mujeres que hacen sexo comercial.
Según las entrevistadas, en ocasiones pueden representar escenas de sexo casual “haberse conocido en un boliche”, o más románticas “hacer de cuenta que se conocen hace mucho tiempo”, incluso ser “marido y mujer”. Una de las características más valoradas por los clientes es el despliegue del trabajo emocional y la performance del sexo comercial que emula relaciones afectivas de pareja, lo que en la jerga se conoce como el servicio “onda novia” –en este sentido similar a la girlfriend experience que refiere Bernstein–.
Es algo que me favorece mucho, te digo, los besos, las caricias, ser un poco cariñosa, un poco mimosa, es lo que busca el cliente, busca mucho eso. En una pareja de rutina, rutinaria, ya esas cosas no hay. Te estoy hablando de un matrimonio, vos te das cuenta que en un matrimonio de muchos años no se besan. (Yamila)
Otro aspecto asociado a estos servicios que involucran trabajo emocional, consiste en ocultar las otras relaciones que ellas pudieran tener, replicando la exclusividad de los vínculos de pareja. Así se sostiene la ilusión de los clientes de tener un vínculo especial, y por tanto una preferencia de ellas. Según Daiana, algunos de sus clientes se pondrían celosos si se enteraran de que tiene una pareja, más aún, pensarían que ella es una “puta”. Aquí, la necesidad de sostener la ilusión de intimidad del sexo comercial origina una paradójica inversión donde el vínculo de pareja –el marco socialmente más legítimo para la sexualidad femenina– sería el que la estigmatiza. Entonces Daiana, para preservar sus ingresos y eludir la interpelación de “puta” (o sea sostenerse económica y subjetivamente) debe movilizar energías extra y hacer su performance escondiendo otros vínculos frente a estos clientes.
La performance “onda novia” puede ser parte de la modalidad del “servicio” y no implica necesariamente una relación especial –a diferencia de los que llamaré clientes-amigos, a quienes me referiré con mayor detalle en el próximo capítulo–. El concepto de “autenticidad limitada” (bounded authenticity) que Bernstein (2007b) elabora para comprender los vínculos entre clientes y las escorts sirve para captar la sutil diferencia entre estas relaciones “onda novia” y las de los clientes-amigos. En las primeras el pago, exclusivamente en dinero, mantiene los límites de la intimidad que se comparte y cuando las mujeres comienzan a ofrecer servicios gratuitos ahuyenta a los clientes pues se podría comenzar a desdibujar el límite para la “autenticidad”. Entonces si bien, como veremos luego, con los clientes-amigos tampoco desaparece el pago, muy a menudo estos entregan dinero y regalos por fuera de la tarifa y así los límites de la intimidad aparecen más borrosos. Además, la girlfriend experience no requiere un vínculo forjado con el paso del tiempo y los vínculos con clientes-amigos sólo se construyen a lo largo de muchos encuentros.
La performance “onda novia” comprende un manejo global de las emociones y es frecuente en los estratos más altos del sexo comercial. Además de incluir los rehuidos besos, buena parte de este servicio implica ocultar el carácter comercial de la transacción, así, las conversaciones “cómodas” y “fluidas” evitarán los tópicos que puedan romper la ilusión.
Pasa que generalmente intentás estar cómoda vos, y la persona también intenta que estés cómoda, y entonces sentirse cómoda, entonces, generalmente las conversaciones son demasiado fluidas, intentan evitar ciertas cosas…intentan hacer de cuenta que no están contratando un servicio, ¿sí? Sino que están, sino que están con alguien más, entonces es como que…del tema laboral es muy raro que alguien te pregunte algo. (Abril)
Antes vimos el relato del cambio de modalidad de sexo comercial de Abril (capítulo 3). Al pasar de trabajar en un “privado” donde sólo le importaba “la plata y hacer el pase lo más rápido posible” –pues por la explotación debía acumular muchos “pases”– a trabajar por su cuenta con sus contactos, descubrió el valor del trabajo emocional y decía que como escort:
Si bien existe la necesidad de plata no vas solamente por la plata, sino que vas…no sé, porque si sabés que estás con esa persona y realmente la atendés bien…puede volver, te puede generar más contactos, un millón de cosas. En un momento [en el privado] era: bueno, si te vi una vez y no me acuerdo punto. Era simplemente por el tema de plata, no te importaba si vos te sentías bien, si la otra persona se sentía bien. Era muy diferente. (Abril)
Dos lógicas de acumulación en modalidades de sexo comercial distintas movilizan técnicas de trabajo diferentes. Entonces, cuando se abandona la lógica puramente cuantitativa del privado ¿cómo llevar a cabo una performance de sexo comercial más allá del sexo y del pago? Además de las condiciones de explotación, hacer trabajo emocional en el contexto del sexo comercial depende del desarrollo de habilidades que se aprenden con el tiempo y/o con las enseñanzas de las compañeras más experimentadas.
Un departamento o un hotel de alto nivel parecen escenarios más apropiados para un servicio “onda novia” que otros como un auto o un callejón oscuro, sin embargo, la performance romántica y el trabajo emocional no son exclusivos de las escorts. Otros estudios han tratado la cuestión del trabajo emocional enfocando en los estratos más altos del mercado sexual (Sanders, 2005; Bernstien, 2007b). Durante las conversaciones y entrevistas con mujeres que hacían sexo comercial callejero noté que el trabajo emocional no era exclusivo de las escorts. Irene y Pía, como varias de las que trabajaban en las calles, dijeron hacer performances que incluyen trabajo emocional, relatado aquí como “fingir” para el cliente.
Uno tiene que estar todo el tiempo fingiendo y tratándolo bien, porque esa es una forma de atraer más los clientes, de tratar siempre bien, de estar bien, siempre alegre, contenta, como para llamar la atención. (Irene)
Pía: Tenés que hacerte un poquito la novia…
Santiago: Ajá. ¿Y que sería hacerse un poquito la novia?
Pía: Y bueno, cuando la persona te dice: “Pía ¿me querés?” Y sí, yo te digo que sí… Sí, te quiero amor…” ¿Entendés? No es fácil, pero… para no perder un cliente.
Hacer sexo comercial de forma independiente, sea en las calles o como escort, puede propiciar performances de trabajo emocional. Celia Williamson y Lynda Baker (2009) elaboraron una tipología entre las mujeres que trabajan en la calle y señalan que aquellas que trabajan independientemente (renegade prostitution) buscan siempre “hacer sentir bien” a sus clientes para formar una cartera de clientes “regulares” –por oposición a las que están bajo un proxeneta (pimp-controlled prostitution[39])–.
Si bien todas las escorts que entrevisté hacían hincapié en el trabajo emocional, esta capacidad no es excluyente de este estrato, se desarrolla con la experiencia y se potencia cuando las mujeres trabajan por su cuenta. Pero también se connota distinto: para las escorts el trabajo emocional era propiciar un buen ambiente para el encuentro, para las que estaban en las calles era más un mero fingimiento y a otras les resultaba odioso o indignante hacer servicios “onda novia”. Estas últimas prefieren limitarse a hacer “el pase” lo más rápido posible e incluso ven este tipo de trabajo emocional, no como innecesario, sino como intolerable. Aunque los clientes las tilden de “frías” para ellas no fingir y mostrarse impávidas es casi un motivo de orgullo.
Él [un cliente] me dice “vos sos fría conmigo, ¿cuánto hace que nos conocemos no me das ni un poquito de cariño?”, entonces yo a todos los atiendo igual, para mí son clientes, yo de ellos no me enamoro, yo a ellos voy a ofrecerles el sexo por la plata nada más, no voy para enamorarme, ni para decirle “ay, sí, te quiero te amo, ahora me voy a ir a vivir con vos”, no. Ellos a lo mejor están creyendo eso, que porque son clientes de hace años que te vas a brindar totalmente y más amor, pero no, no, no, a lo mejor hay mujeres que lo hacen o fingen tenerles amor, pero yo no, no, a mí no me gusta, yo soy como soy chau, yo les brindo mi servicio y nada más. (Mirta)
Deby: Yo les digo, yo no sé mentir, no sé fingir estar excitada eso… no, yo no.
Santiago: ¿y por qué no fingís? no hacés como una escena de que…?
Deby: me da vergüenza
Santiago: está bien… ¿y por qué te da vergüenza?
Deby: porque me parece una estupidez hacer algo que no… [cambiando de un tono risueño a uno más serio] no, no me gusta. (Deby)
En estos casos, cuando pregunté por el fingimiento o algún tipo de actuación las entrevistadas decían que, aunque haya “otras” que fingen, ellas prefieren perder aquellos clientes que les reprochan ser “frías” antes que impostar sus emociones (o mostrarlas). Como ya vimos, esta puede ser una conducta frecuente en los privados[40], pero ¿por qué también algunas mujeres que parecían trabajar por su cuenta evitaban hacer trabajo emocional e incluso sentían rechazo? Hay varios elementos que colaboran para comprender esta situación. En primer lugar, a un nivel más general podemos comprender las diferencias entre las escorts y las demás en términos de clase, pues varios estudios afirman que a medida que ascendemos en la clase social, o en términos de Norbert Elías cuando nos encontramos en posiciones menos periféricas en un entramado social –y por ende con mayor interdepedencia–, hay un manejo más refinado de las emociones (Elías, 1993; y también Hochschild, 2008). Esto también se liga a los distintos niveles en la profundidad de la actuación: lo que algunas veían como un fingimiento, era para otras –las escorts– una disposición personal.
No obstante, la clase sólo permitiría comprender algunas de las diferencias entre las escorts y el resto. Entre las características de las feeling rules que plantea Hochschild, podemos hallar otro elemento para entender estas variantes. Las “reglas del sentimiento” delimitan una zona dentro de la cual tenemos permiso para sentirnos libres de preocupaciones, culpa o vergüenza en relación con los sentimientos situados (Hochschild, 1979: 565). Así podemos comprender por qué en el marco de una pareja, sobre todo cuando es de larga duración, se puede hacer trabajo emocional –incluso fingir orgasmos y hacer “trabajo sexual” (en el sentido de Duncombe y Marsden, 1996)– sin los sentimientos de culpa o vergüenza que pueden aparecer en el marco del sexo comercial. A diferencia de lo que sucede en una pareja, en el sexo comercial, constituido como un sector marginal de la vida sexual y emocional femenina, algunas de las reglas del sentimiento no parecen tan claras para todas y esto complica las formas del trabajo emocional más ligadas a las emociones románticas o sexuales.
En cambio, había otra faceta ligada al trabajo emocional que era valorada más uniformemente: lo que se conoce como “hacer de psicóloga”. Susy sacaba sus propias conclusiones sobre el valor del doble trabajo implicado (sexual y emocional)
“¿Sabés?” –me dice [un cliente]– “yo la verdad que con vos… mato dos pájaros de un tiro” “¿Por qué?” Dice: “Tengo la contención sexual y la contención psicológica porque… yo te digo y vos me decís…” La verdad… porque te cuentan… ¿viste? Y la verdad que tendríamos que cobrarles el doble. (Susy)
Escuchar los problemas de los clientes, las vicisitudes de sus trabajos o de sus relaciones de pareja –un tópico recurrente[41]–, si bien podía ser desgastante, también resultaba gratificante. Esta arista del sexo comercial era uno de los aspectos positivos que señalaban la mayoría de las entrevistadas, y formulada como la posibilidad de “conocer gente y ayudarla”. Varias mujeres, tanto escorts como en otras modalidades, decían que buscaban hacer más agradable (o menos “denso”) su trabajo explotando ese costado de los vínculos.
Le busqué el lado para no hacerlo… tipo trabajo y es… “Ah, bueno, me tengo que sacar la ropa y ponerme en conchita” Busco la manera de divertirme […] Le busco siempre el lado positivo a todo. No de que esto se haga… “No, bueno, me dio la plata, listo, ya sé lo que tengo que hacer… y… le saco un polvo y que se vaya” No, trato de divertirme yo también, para que no sea denso. Porque es bastante denso… darte cuenta a la noche…, cuando estás contando la plata que hiciste…, saber por cuántos pasaste y no conocés en realidad a ninguno. […] voy para el lado divertido de eso, riéndome, con las mejores ganas… sacándole charla… No es que es una hora… y es una hora… Siempre busco una manera de conocerlo, de divertirme… y hacer que se divierta y que tenga ganas de volver… Y cuando tenga… y cuando hago el papel de psicóloga mío, también… busco la manera de divertirme, de que a la vez como ellos se sacan sus problemas conmigo, yo poder hablarle de algunas cosas de mi vida. (Luli)
Tengo algunos clientes que me agrada como…o por ahí de repente cómo me hablan o me tratan. O por ejemplo, son señores que vienen, que te pagan y que escuchan. O te cuentan sus problemas, por ejemplo. A mí me gusta hablarlos y ayudarlos. Porque es como que uno que está en la calle y ve muchas cosas, y tenés muchas vivencias. Es como que vos les hablás y ellos te escuchan y eso me gusta. (Irene)
Estar siempre de buen humor y usar la risa, como habíamos visto antes, es una forma de hacer trabajo emocional y conducir el encuentro; pero también ser perceptiva, escuchar los conflictos de los clientes e incluso contar los propios, forman parte del trabajo. Las charlas de “psicóloga” son muy apreciadas por clientes y por las propias mujeres que sienten revalorizado su propio lugar, “hacer de psicóloga” significa colateralmente no ser una “puta”. Aunque este rol comprende un trabajo emocional, el esfuerzo es distinto pues es desexualizado y así, mientras el estigma se difumina, el trabajo puede ser visto como algo terapéutico[42] y por ello valorizado.
A su vez, el rol de “psicóloga” pone de relieve el papel del anonimato como límite y sostén de esta intimidad temporal:
Nosotras conversamos de diez con los clientes, ¿sabés por qué?, porque ellos no nos conocen a nosotras y nosotras a ellos tampoco. Ellos pueden venir y contar todos los problemas que le están pasando a ellos […] saben que no va a salir nada de mi boca, ni de ellos, ni mía porque no nos conocemos, ¿me entendés? (Lidia)
En la performance de “psicóloga” las charlas sostenidas ponen en juego complejidades para las mujeres en torno al manejo de la propia información: mantener los límites de la propia intimidad en cierto anonimato, no revelar información inoportuna para el cliente ni para las propias mujeres –por ejemplo respecto a las parejas– para que ello no interrumpa la burbuja de intimidad.
Inés: [los clientes] me preguntan con quién vivo, dónde vivo, qué hago los fines de semana que no voy a trabajar.
Santiago: Ajá. ¿Y vos les contás?
Inés: No, no, trato de no contarles todo.
Santiago: Ajá. ¿Por qué?
Inés: Y porque…Se involucran…, si la mina le gusta y… ellos van a buscar una compañía también y si ven que la chica los escucha y ven que no está apurada con el tiempo, qué sé yo, ellos… como que empiezan a entrar en un idilio, que se lo hacen ellos propios ¿Me entendés? Arman una historia, que la arman ellos, y que ellos se sienten protagonistas de esa historia, pero que por el lado de las otras chicas no…
Sostener una ilusión de intimidad es una forma de “enganchar” al cliente, pero al mismo tiempo tiene otro aspecto complicado pues puede llevar a que los clientes se sientan ligados afectivamente. Mostrar a los clientes un “prototipo de mujer”, como lo llamaba Luli, siempre de buen humor, receptiva para escucharlos y dispuesta a disfrutar del sexo, es efectivo para aumentar ganancias –y para desplazarse parcialmente del lugar abyecto de “puta”–. Pero también puede generar en los clientes una fantasía y sentimientos que comiencen a exceder el marco del encuentro de sexo comercial. La regla del sentimiento que parece más clara en este marco (“no enamorarse”) es trasgredida, en esta ocasión, por los propios clientes.
La performance que se construye con el trabajo emocional puede hacer que los clientes se enamoren y sean “pesados”, invadan la intimidad o demanden mayor atención. Son frecuentes las historias de clientes que insinúan separarse de sus esposas para “juntarse” con las mujeres que les dan sexo comercial. Algunas pueden buscar capitalizar estos “enamoramientos”, sin embargo, estos planteos de los clientes enamorados suelen molestar más que suscitar interés, pues en general la viabilidad de estas propuestas de formar una pareja es muy cuestionada. Algunas entrevistadas señalaron que la recurrencia de estas afirmaciones en los clientes les quita credibilidad (“todos dicen lo mismo”). Otras marcaron la diferencia entre enamorarse verdaderamente y “comerse un camote”[43] o “enconcharse”, es decir un mero apasionamiento o infatuación. Si bien estos clientes pueden interpretar la disponibilidad sexual comercial como disponibilidad afectiva –e incluso intentar “sacar” a las mujeres del sexo comercial–, otros logran establecer vínculos sin dejar de tener claro que la performance de afectividad está ligada a las remuneraciones monetarias.
Fran es… es como que él dice: “Se enamoran de mí”. “Ay”, le digo, “Fran, no seas tan payaso”, yo se lo digo en la jeta, “Nadie se enamora de vos a esta altura, tu mujer está con vos porque te quiere, no porque está enamorada. Una pendeja no se va a enamorar de vos, se enamora de tu billetera, que es diferente”, se lo digo en la jeta. En cambio el Serafín sabe, el Serafín te dice: “No, acá si no te ponés con un mango no tenés nada, es cortita la cosa” (María)
Estos dos clientes de María comprendían las performances de las mujeres de formas distintas. El significado del dinero mantiene los vínculos en la esfera comercial –como tenía claro Serafín–, pero no por eso debemos interpretar una repelencia entre el dinero y todo tipo de emociones. Como plantea Bernstein (2007b), acá el dinero no impide, sino que da un límite a la “autenticidad” tanto para los clientes como para las mujeres. Entonces, para aquellas mujeres que no han inhibido su capacidad de performar emociones en el contexto del sexo comercial, el dinero les brinda la certeza de que “no es por amor”. Y este movimiento se retroalimenta pues el trabajo emocional multiplica el flujo de dinero, cumpliendo con uno de los objetivos vitales del hacer sexo comercial.
No obstante, el trabajo emocional no sólo apunta a ganar más dinero, puede realizarse en dos direcciones o mejor dicho con dos fines. Ya me referí al trabajo dirigido hacia el cliente, mostrando una actuación y las emociones asociadas para agradarle, manejar el encuentro y así ganar más dinero. Queda ahora por abordar el papel que tiene el trabajo emocional orientado hacia sí mismas y su autoimagen, que cumple funciones tan fundamentales como la de ganar dinero.
El control emocional orientado hacia las propias mujeres apunta a dos cuestiones, por un lado eludir las emociones que les impedirían sostener relaciones sexuales con los clientes: el asco. Y por el otro inhibir, o en su defecto ocultar, los estados emocionales propios que parecen vergonzantes: el placer. Una tercera emoción a manejar, que se puede ligar a esta última, es el enamoramiento. Me referiré detalladamente a esta última en el capítulo siguiente. Aquí sólo señalaré que, aunque el control puede fallar, el enamoramiento es la emoción que presenta, comparativamente, menos problemas. Ello probablemente porque “no enamorarse de los clientes” es la regla del oficio más clara y porque el enamoramiento es una emoción más compleja y menos frecuente que el asco o el placer sexual. Abordaré ahora brevemente la cuestión del asco para luego detenerme en el placer como subtema especial.
¿De mi lado? Nada… para mí no es nada el sexo. Yo le especifico qué es lo que hago y el precio… y si quiere hago el servicio… pero nada, para mí no es nada… es como lavar un plato, como barrer la vereda…[…] tenés que mentalizarte… pensás en otra cosa mientras… al principio te cuesta mucho… yo me acuerdo, mirá lo que te voy a decir, re… nada que ver… pero me acuerdo que al principio yo lo que hacía era pensar en lo que le iba a comprar a mi hijo, en lo que le iba a poder dar lo que necesitaba… y después te acostumbras… nada… ya no pensás nada… (Lorena)
Yo me siento bien porque cuando yo estoy con un tipo, no estoy pensando si la paso bien o no la paso bien, yo estoy pensando en que tengo que pagar tanta cosa, si este chabón me paga tanto ya cumplo con lo otro… ¿Entendés? Hay otras cosas que pasan por mi cabeza. (Inés)
Ya vimos en el capítulo 3 que uno de los recuerdos más recurrentes de las primeras experiencias de sexo comercial era el asco. Las que pudieron continuar haciendo sexo comercial han aprendido técnicas para intentar manejar esta emoción. Una de las técnicas cognitivas más comunes es “poner la mente en blanco” o pensar en otra cosa para controlar las emociones en el momento del sexo propiamente dicho. Es frecuente que el objeto de esos pensamientos sea el dinero (tener el “signo pesos en la cabeza”) y/o los hijos. Ambos, el dinero y los hijos, son elementos significativos que se articulan en las construcciones de identidad de las mujeres en el sexo comercial.
Inés, por ser joven, tenía más clientes y filtraba a los que veía como demasiado desagradables, pues pensaba que no iba a poder “fingirles” de ninguna manera y tampoco iba a poder soportar ella misma la sensación de asco. Mantener un estado de relativa tranquilidad es una condición mínima para poder tener relaciones sexuales. Algunas señalaron que si no podían sostener ese estado de relajación la falta de lubricación vaginal sumada al látex de los preservativos podía producirles irritaciones que les impedirían trabajar por varios días –más aún en el caso del sexo anal–. Aquí podemos ver la cooperación y complementariedad entre sostener los límites y hacer trabajo emocional. Por un lado, el trabajo emocional puede ayudar a sostener algunos límites –por ejemplo, lograr que el encuentro se desarrolle en un tono “onda novia” reduciría las posibilidades del maltrato, según algunas entrevistadas–. Por otro lado, cuando el control de las propias emociones no puede ser garantizado resulta importante sostener algunos límites (por ejemplo, no hacer sexo anal, evitar besos, filtrar clientes muy desagradables o no trabajar en días en que ellas se encuentran de malhumor). Entonces, respetar los propios límites también es útil para lograr llevar a cabo la performance, ya que sobrepasarlos implicaría ir más allá de las capacidades de manejo de las emociones y rompería la ilusión que se vende.
Algunas de las entrevistadas más jóvenes, dijeron usar otra técnica cognitiva para manejar sus emociones en los encuentros con clientes que les disgustaban. Esta consistía en pensar en alguna persona que les resultara atractiva, o un novio, mientras estaban teniendo sexo con un cliente que les producía asco.
“Trato de pensar en otra persona, en mi novio, que estoy con mi novio. Me dice ella [Nazareth] el otro día, vos tenés que cerrar los ojos y pensar en tu novio, es lo único que hago”. (Anahí)
Decíme ¿cómo hacés vos si estás con tu novia y de repente conociste a otra persona, que es divina y te calienta muchísimo? no te la vas a coger pensando en ella, te la vas a coger pensando en otra quizás, entonces por eso te digo es una cuestión psicológica. (Abril)
Anahí estaba aprendiendo, guiada por su protectora Nazareth, a usar esta técnica de trabajo emocional, para Abril la técnica era tan común que daba por supuesto que yo también la utilizaba en mis relaciones personales[44]. Pero hay una diferencia importante con las otras tácticas para controlar el asco. Los contenidos de estas técnicas cognitivas pueden permitir que se mezcle una emoción que resulta problemática en marco del sexo comercial: el placer sexual –el cual, para muchas entrevistadas, como veremos a continuación, está directamente asociado a otra emoción no permitida: el enamoramiento–.
La función global de mantener los límites y manejar las emociones es habilitar para hacer sexo comercial, ganando dinero, sin enamorarse y sin sentirse una “puta”. Abril, estudiante de psicología, aunque era joven llevaba varios años en su trabajo, comprendía claramente estos aspectos, y separaba sin culpas ni vergüenza dónde ser “fría” y calcular cifras, y dónde mostrarse (y permitirse sentir) de otras formas.
Mi parte comercial, yo comercializo por teléfono, empieza ahí mi parte comercial y termina cuando me pagan, después el resto… yo te trato como una persona, la transacción es el tema comercial, después el resto no tengo por qué tratarte como un objeto y no tienen por qué tratarme como un objeto. (Abril)
La claridad del marco comercial puede habilitar otras emociones, especialmente entre las escorts jóvenes. Una vez saldada la negociación y obtenido el dinero, Abril podía permitirse que por su cuerpo y su mente circulara esa emoción conectora que tiene su punto cúlmine en el orgasmo.
El peligro en el placer
Al preguntar a las entrevistadas por sus experiencias en el sexo con los clientes las respuestas más comunes consistían en negar cualquier aparición de placer y anteponer el trabajo[45]. En estas respuestas subyace una cadena de significados que liga sexo-amor-placer.
Santiago: ¿y cómo es el sexo con los clientes?
Deby: ¿de mi parte?… nada… porque yo no siento nada… yo siempre hablo con los clientes… y obvio que sé que estoy haciendo… teniendo sexo pero nada… […] no me gusta directamente… no te digo que espantoso así pero, porque vos por ahí decís, porque hay algunos que se te hacen los langa [galán] y te dicen que te van a hacer ver estrella todo eso… y… vo’ lo ve’ ¡no te hacen na’! hay algunos que sí, pero… pueden llegar a… peroooo eso está en uno si quiere tener o no quiere tener, aparte yo digo eso es tener sexo o sea… […] no nunca he tenido una… eyaculación [sic] con un algún cliente, no.
La vinculación entre sexo y placer es tal que muchas entrevistadas los tomaban casi como sinónimos y planteaban que con los clientes no tenían “sexo”. También José Miguel Nieto Olivar (2013) ha encontrado algo similar en su etnografía con prostitutas en Porto Alegre que, desconcertantemente, afirmaban: “programa não é sexo” (traducido a la jerga argentina: la “salida” con un cliente no es sexo). Deby notaba que lo que me decía podía sonar extraño y me aclaraba “ya sé que estoy teniendo sexo”, y Susy, quien usaba el mismo giro para expresar su control del placer, luego revelará que este control no es infalible.
Susy: Sexuales somos todos. Ahora… con quién, esa es la diferencia. Hay con quién sí y con quién no… eso lo elegimos… Bah… yo lo elijo, hay otras que no lo eligen.
Santiago: ¿Cómo es eso?
Susy: Yo elijo… Ya a esta altura de mi vida elijo. Con quién pasarla bien o con quién no pasarla bien… Es más, uno a veces decide pasarla bien y no la pasa bien… O decís: La voy a pasar mal y la pasás bomba.
Admitir estas fallas en el autocontrol permite poner en cuestión las declaraciones de ausencia absoluta del placer en el terreno comercial. En este sentido algunas de las entrevistadas que participaban de organizaciones se permitían hablar del placer en el sexo comercial dándole un lugar marginal como un “accidente de trabajo” –sobre todo entre aquellas que hablaban de “trabajo sexual”–. Esta idea muestra al placer sexual con cierta inevitabilidad, como algo que no siempre se puede reprimir (“la que te diga que nunca… te miente”) y aun así parece ser una falla a justificar (“somos seres humanos”). De todas formas, la mayoría expresaba la necesidad de controlar esta emoción.
Beatriz: Capaz que sí alguna vez que tuve un orgasmo, pero no, nunca lo demostré.
Santiago: Ah, no, no lo demostrabas.
Beatriz: ¡Nooooo! no.
Santiago: ¿Por qué elegías no demostrarlo?
Beatriz: Porque yo no me lo permitía, porque era mi trabajo. Y si ahora me viene a… si alguna mujer te dice: “Nunca tuve un orgasmo”, te está mintiendo porque de, de, de diez tipos que te están manoseando, o veinte tipos, en algún momento, no te digo que todos los días, no, pero… ¿Me entendés? Por eso te digo que hay que ser muy profesional para esto, trabajar con la mente… Hasta con el estómago trabajás.
Santiago: Aha… ¿Cómo trabajabas con el estómago?
Beatriz: Claro, porque yo pensaba y era como que, era, era como una cosa que yo endurecía acá mi estómago cuando me penetraban, cuando me penetraban [baja la voz] Entonces es como que trabajaba con la mente y el estómago. […] Para no poner, esa sensación de contacto, de que te puedan llegar a darte un orgasmo, entonces trabajás acá, pensás y así… Por lo menos yo… y creo que hacen muchas mujeres.
Santiago: ¿De endurecer acá, así?
Beatriz: No, pero no es que endurezco. Es naturalmente ya entre la mente y eso.
La técnica que Beatriz mencionaba (compartida por otras entrevistadas con versiones similares), combinaba elementos cognitivos y corporales para impedir el placer, y en caso de que el control emocional no pueda contenerlo y se “escape” un orgasmo[46] la mejor alternativa sería no demostrarlo. Para la mayoría de las mujeres, no sentir placer con los clientes era ser “profesional”, pues para construir el sexo-servicio parece necesario distanciarlo del placer.
La necesidad de reprimir el placer tenía distintos motivos. Algunas entrevistadas señalaban que les producía agotamiento. Por un lado, entonces, en relación al cuerpo, el desgaste físico que agregan los orgasmos impediría tenerlos con cada cliente o frecuentemente. Pero luego, por otro lado, aparecían dos motivos que podemos relacionar con las reglas del sentimiento: morales y afectivos. Esta última motivación se liga tanto a la necesidad de reservar los orgasmos para el ámbito de las relaciones amorosas, como al riesgo de involucrarse afectivamente a partir de sentir placer, la conexión placer-amor.
Fernanda: Esa mezcla de sentimientos, que uno nunca termina por aceptarlo, por estar haciendo algo que no me gusta… Y bueno… Como tal, y si te digo que nunca tuve un orgasmo, te miento… Porque llegué a tener, algunas veces… Ahí yo me sentía peor.
Santiago: Ah, cuando tenías un orgasmo…
Fernanda: Cuando tenía un orgasmo, me sentía peor.
Santiago: ¿Por qué?
Fernanda: Me sentía peor porque yo decía… bueno, pero… eh… no lo tuve con una persona… si por lo menos que yo estuviera enamorada. Lo tuve… porque… yo digo siempre… estas palabras: la carne es débil, si no te tocan, vos no sentís nada. Pero si estás… siempre… en el toqueteo… a mí… que ninguna chica… que hace lo que hace… y que diga: “Mira, yo nunca me acabé…” No se lo creo… No se lo cree ni ella misma.
Para Fernanda, dominicana y llegando a sus 40 años, tener un orgasmo con un cliente, alguien a quien no amaba, era algo vergonzante y a la vez difícil de evitar por completo. Casi como una falla en los controles sobre el cuerpo y de los modales (cfr. Elias, 1993), los orgasmos avergüenzan, pero por razones más complejas. Es la interpelación de “puta”, como aquella mujer que “lo hace porque le gusta”, la que subyace a los criterios morales con que Fernanda, y otras varias, juzgaban los placeres sexuales extra-amorosos. Esto requiere reforzar el control emocional.
Santiago: ¿Cómo es el sexo con los clientes?
Marisol: Y me enchufo en la cabeza de que es un trabajo, entendés. Trato de no disfrutarlo, si bien, bueno, hago mi trabajo, me río y jodo, pero me conscientizo que es un laburo…
Santiago: Aha… ¿por qué tratás de no disfrutarlo?
Marisol: Porque yo tengo mi pareja personal, entendés. Y tengo bien asumido que con un tipo que recién conocés no podés tener un orgasmo, si bien somos seres humanos y por ahí te llevan a un hotel… y te tratan tan bien… hay clientes que te tratan tan bien… dicen “no, hacelo tranquila, cuando vos quieras”… y vos decís pucha este tipo…por lo general estás acostumbrada al “dale, abrite, ponete así” que cuando un tipo te trata bien, como que vos decís “¿qué le pasa a este loco?”, viste, y cuando está arriba tuyo y las caricias y todo, te hacen sentirte mujer, pero no te digo que no termino… hay personas que te hacen sentir… tenés ganas que ese tipo venga todos los días, ¿entendés?, pero el tipo viene de vez en cuando o por ahí viene una vez y después no viene nunca más. Por eso mismo tenés que mentalizártelo de que es un laburo, si bien lo pasaste bien esa vez y nada más… para no volarte los pelos y tener que ir al psicólogo [risas]
La relación de pareja, la educación moral (“tengo bien asumido que…”) y el riesgo de enamorarse (o “volarte los pelos”), se mezclan para explicar por qué no se debe disfrutar del trabajo en las ocasiones en que este resulta placentero, pues sino podría tener que “ir al psicólogo”. Por ello también Marisol, como otras, se “enchufaba en la cabeza que era un trabajo”, y por las dudas, limitaba las prácticas que le podían dar placer con sus clientes: el cunnilingus y la estimulación genital. Límites y trabajo emocional cooperan para mantener al placer, y los afectos que se le pueden ligar, alejados del sexo comercial. La aparición furtiva de experiencias placenteras en este terreno muestra la fragilidad de las demarcaciones del sexo-servicio –o de las distinciones entre “trabajo” y “sexo”, en los términos de las entrevistadas– y el constante trabajo emocional que, ahora, se moviliza para impedir el placer.
Sin embargo, el manejo del placer sexual no es el mismo para todas las mujeres. Anna Kontula (2008) señala que las prostitutas o call girls independientes[47] en Finlandia no hacían distinciones claras entre el sexo privado y comercial en relación con el placer sexual. “Es cierto que las trabajadoras sexuales hacen una distinción entre trabajo y la vida privada, pero mis datos no indican que la distinción se haga situando placer y emociones mayormente en las relaciones privadas” (Kontula, 2008: 618). No obstante, señala que para esas mujeres la importancia que se le atribuye al placer será mayor en las relaciones sexuales personales que en las relaciones sexuales con clientes, donde es un elemento secundario y no problemático. Esto marca un contraste con los relatos que he analizado hasta acá, en los que sentir placer en el sexo comercial es visto como una amenaza (física y/o psíquica) y como algo vergonzante.
En la investigación de Elisiane Pasini (2000) en San Paulo, Brasil –un contexto más similar al de algunas de las entrevistadas– las mujeres que realizan trabajo sexual intentan mostrarse como sexualmente excitadas frente a los clientes. Pero frente a sus colegas demuestran que aquellos les producen indiferencia (representada corporalmente como “mantenerse seca” en las relaciones con los clientes) como signo de ser profesional y casi con orgullo. Asimismo, según Pasini, las mujeres que están en pareja bloquean mucho más fácilmente el placer y el afecto. Y viceversa, no estar en pareja habilita más cómodamente –y con menos culpa– las filtraciones del placer sexual con los clientes.
Entre las mujeres que entrevisté la desaparición de la culpa y la vergüenza por sentir placer ocurría mayormente entre las escorts jóvenes y sin pareja.
Disfruto…disfruto. Obviamente a la otra persona le gusta que disfrutes, pero generalmente disfruto por una cuestión personal. Se me pasa el tiempo más rápido, la paso bien y vamos rápido a casa, y estuve mil horas y no me di cuenta, ¿sí? Y ellos tampoco. (Abril)
Santiago: ¿Y vos sentís placer?
Luli: Sí. Sí, trato… Trato de que… sí. Trato de que sí, trato de que sí, porque estoy sola y… es lo único que… Es el único momento que estoy con alguien.
Santiago: Ajá. ¿Pero te sale, lográs tener placer?
Luli: Sí, no tan seguido como uno quisiera, pero sí… Uno va haciendo los cálculos y decís… ya van veinte servicios y no acabé una sola vez, es como que decís pará… alguna vez te toca.
Ellas se permitían, sin vergüenza ni culpa, sentir placer, o incluso, en vez de evitarlo sistemáticamente, lo pueden buscar. Allí donde otras encontraban demasiado pesado o indignante el tener que “fingir” y/o vergonzante la aparición del placer, para Abril o Luli eran más “densos” los encuentros rápidos y sin emociones, el placer era una forma de aprovechar el tiempo en su propio beneficio –además de mejorar sus ingresos-. Las condiciones objetivas en que estas escorts, jóvenes y sin pareja, tenían sexo comercial, habilitaban cierto grado de disfrute en un contexto de menor presión económica.
Ellas tienen también otra característica en común: confían más en su capacidad de sentir placer y distinguirlo del enamoramiento. Podríamos decir que, a la vez que tienen un mayor control sobre sus emociones, se muestran como menos románticas o desconfían de ese discurso. Es interesante el contrapunto con las que tenían ideales románticos. Para estas otras mujeres, especialmente las mayores, el placer sexual está ligado al amor, y esta es una característica generizada, pues según ellas son los varones quienes pueden sentir placer sexual sin amar.
Susy: Ninguna mujer se quiere acostar con cualquier tipo que viene por la calle. Las mujeres somos más difíciles, funcionamos de otra manera. (Risa)
Santiago: ¿Por qué, cómo es… eso…?
Susy: Las mujeres funcionamos por la conquista… este… por el trato. No, no funcionamos por… El hombre funciona… así, ves y le gustas. No, yo no veo si me gusta… A nosotros puede ser que nos guste algo, pero… después tienen que entrar más… tiene que tener otras cosas, qué sé yo, tiene que ser caballero, amable… Qué sé yo, todo lo que vemos las mujeres (Risa leve) que a lo mejor a los hombres les guste. Parece una tontera, pero… pero funcionamos así. ¿Por qué a las mujeres les regalan bombones, flores, de todo…? Porque a nosotras nos compran así. Nos tienen que conquistar, no es que nosotros miramos, y “ya está, ese me gusta, con ese me quiero acostar” (Risa) Los hombres sí funcionan así. (Susy)
En la mirada de Susy vemos la forma lícita del placer sexual femenino ligada al marco romántico, allí los varones sí pueden “comprarlas”, pero no con dinero, sino con “flores y bombones”. Tener placer sexual por fuera del amor y libre de vergüenza, culpa o problematización es una característica masculina. Ello permite comprender la diferencia que algunas plantean entre el enamoramiento verdadero y el “enconcharse” de los clientes que reduce el vínculo al placer sexual, algo que se atribuye a la sexualidad masculina.
Las relaciones entre amor y sexualidad están marcadas también por las jerarquías que caracterizan a las relaciones de género aún en las sociedades occidentales contemporáneas. Estas relaciones definen características diferentes para las sexualidades femeninas y masculinas, en las que aparece un predominio del amor-pasión como característica masculina y un lazo mayor de la sexualidad femenina con el amor romántico. Las posibilidades de experimentar prácticas eróticas en las que no intervengan sentimientos amorosos aparece como una característica más propia de lo masculino que de lo femenino. (Szasz, 2004: 72)
Pero la generización de este placer sexual disociado del afecto era mencionada también por aquellas que reivindicaban su placer sexual con los clientes y desligado del amor.
[Cuando estoy con un cliente] yo le hago que me chupe tanto la concha y el orto que ya me pongo así, entonces digo bueno […] Yo a veces soy como un hombre, yo a veces pienso como un hombre, como vos, por más que no te gusta la mina, pero te está peteando, te está chupando la pija, estás a punto de acabar, en algún momento vas a acabar, por más que no te guste la mina, vas a acabar. ¿O no? ¿O si no te gusta la mina no podés acabar? No, yo cierro los ojos e imagino cualquier otra cosa. (María)
María, usando una técnica cognitiva y corporal lograba disfrutar su orgasmo, incluso con un cliente que le resultaba desagradable, una forma de sacar provecho de la situación, algo similar a lo que de Certeau llama un “escamoteo”[48]. A diferencia de muchas otras que hubieran asociado estas prácticas con las de una “puta”, María se identificaba “como un hombre”.
Para mí un orgasmo… o un polvo… no significa que hay sentimientos para nada, ni tanto en el hombre como en la mujer. Un polvo, un orgasmo, lo puede lograr cualquiera, en cualquier momento, por cualquier cosa. […] No, un polvo es algo que… que se me hace… que es corporal… es algo del cuerpo. Algo que necesita vibrar en el cuerpo. No se puede mediar en eso… con lo que es… un sentimiento. Por lo menos fue lo que a mí me enseñaron en las clases de sexología. (Luli)
Luli tampoco se sentía una “puta”. La versión del escamoteo de Luli, quien contaba de sus orgasmos, aparece como por fuera del género y más biologizada –pero la biologización y la cuantificación de la sexualidad que opera la sexología son también características que pueden asociarse a la masculinidad hegemónica (Bruckner y Finkielkraut, 1995)–.
Dejando de lado los casos de estas elusiones, ¿cómo se articula la generización del placer sexual con la necesidad de evitar el goce en el contexto del sexo comercial que aparece en la mayor parte de las entrevistadas? Mi interpretación pone en el centro la figura de la “puta” como exterior constitutivo de la “mujer normal” para quién “el sexo es amor”.
Las dificultades que implicaba enamorarse de los clientes dejan fuera de juego la legitimación amorosa para el placer. Y la asimilación entre placer y sexo hace que la figura desbordante de la “puta”, perversa y lujuriosa, esté rondando a las mujeres que hacen sexo comercial no sólo entre los prejuicios comunes, sino desde sus propias miradas. Tal como vimos en el capítulo 4, el placer puede ser motivo de una estigmatización entre las propias colegas. La mayoría plantea que las que trabajan haciendo sexo comercial lo hacen exclusivamente por una necesidad económica. La exclusión del placer, junto con el dinero, serán los principales exorcistas de la “puta”.
Daiana: No soy puta soy prostituta, que es distinto, esa es la diferencia.
Santiago: ¿y cuál es la diferencia entre puta y prostituta?
Daiana: la diferencia de puta, la puta es la que se regala en cualquier lado, yo no me regalo a mí me tenés que pagar, esa es la diferencia.
La verdadera mujer se deja “comprar” románticamente, la prostituta por dinero, pero la puta, la verdadera puta se regala, fuera de todo marco, amoroso o comercial, desbordada, sólo por placer. Según Rubin (1989) en la cultura sexual hegemónica sería la intervención directa del dinero lo que denigra la sexualidad femenina, que solo podría ser entregada en un vínculo amoroso estable. Entonces una mujer se podría “regalar”, pero a un solo hombre y en realidad uno que haga su aporte económico vía matrimonio. Sin embargo, en el planteo de Daiana es el dinero justamente el que permite distinguir a una prostituta (cuyo interés es económico) de una puta (que es simplemente promiscua y “se regala” por lujuriosa). Así una mujer puede estar con varios hombres, pero sólo si hay un fin puramente económico: buscar dinero y nunca sentir placer, de esta forma podría distinguirse de una “puta”.
Recapitulación
En este capítulo hemos recorrido los distintos aspectos que marcan las experiencias de sexo comercial en las relaciones con los clientes. Desde aquí podemos vislumbrar la construcción de identidades que aparece, en ese contexto de relaciones, marcada por la cuestión fundamental de los límites.
Los límites que se fijan refieren tanto a aspectos previos e introductorios de los encuentros –horarios y lugares de trabajo, atracción, negociación y filtrado de clientes– así como al propio desarrollo de aquellos –conversaciones, duración y, especialmente, prácticas sexuales–. Los motivos que sustentan los límites pueden responder a la salud, la moral, los afectos y emociones, las cuestiones relativas al cuerpo (placer, dolor) o las necesidades económicas. Ahora bien, trazar un límite supone una posición de poder. En el caso de las mujeres que hacen sexo comercial estos límites pueden representarse, más que como una frontera custodiada por un ejército, como un conjunto de barricadas que, desplegadas en distintos puntos vulnerables, buscan proteger la zona fronteriza que separa su vida personal del sexo comercial.
Sostener estos límites puntuales y la frontera global que entre todos buscan proteger, dada la posición subalterna de estas mujeres, involucra constantes batallas y escaramuzas, para las que algunas se hallarán mejor pertrechadas y posicionadas que otras. Poner límites es así un acto de agencia. Pero esta agencia no se halla flotando en un mundo abstracto y puramente simbólico, y la materialidad del combate se hace presente por ejemplo cuando aparece la violencia física. Los límites se inscriben en un terreno de lucha donde acontece una performance, un proceso que en cada iteración se halla atravesado y constituido por fuertes tensiones que expresan su inserción en procesos sociohistóricos más amplios. Entre estas tensiones que marcan las posibilidades de corrimiento o sujeción de los límites fijados juega un papel importante la presión económica (la necesidad económica de cada una, cuánto dinero ofrezca el cliente y cuánto dinero se haya ganado hasta ese momento de la jornada). Sin embargo, a esta deben sumarse: las pautas culturales y legales (que sancionan el estatus más o menos clandestino y estigmatizado del sexo comercial); las relaciones de poder entre los géneros (que tienen condicionantes estructurales, pero se actualizan y en cada interacción pueden desestabilizarse) y las condiciones de trabajo (el grado de independencia, el lugar donde se llevan a cabo las relaciones, el sentirse segura ahí o no, las relaciones de poder con la policía, etc.).
Además de estas características macro del mercado sexual, también interviene el capital específico que se reúne con los años de experiencia en el sexo comercial. Aquí es donde intervendrán las tácticas (por ejemplo, pactar las condiciones y cobrar anticipadamente, las diversas maniobras para engañar o persuadir a los clientes, etc.) para, a la vez, sostener dichos límites y aumentar la rentabilidad del encuentro. De Certeau (1999) describe las tácticas de los consumidores frente a los imperativos del poder que los disciplina para que consuman sus productos. En el contexto del sexo comercial las tácticas de las mujeres surgen frente al imperativo de su sexualización y mercantilización. Tal como los consumidores, estas mujeres no escapan del imperativo, pero buscan formas de sacar algún rédito propio, aunque este no tiene únicamente un sentido económico. Las tácticas sirven entonces como apuntalamientos de los límites, sosteniendo la frontera que delimita la intimidad, y a la vez como pequeños orificios para traficar dinero, con una lógica mercantil.
Las tácticas se retroalimentan con el trabajo emocional, pues este evoca o suprime, respectivamente, sentimientos o estados emocionales que potencian o entorpecen la actuación. El trabajo emocional es así un esfuerzo que contribuye a los mismos fines que las tácticas, pero con otros medios. Por un lado, permite aumentar las ganancias, en vez de funcionar como barricada, sirve como camuflaje produciendo u ocultando emociones que pueden disimular o atenuar el carácter comercial e instrumental del sexo-servicio. Por el otro, el trabajo emocional, sea una performance romántica o el control del placer (“onda novia” o “fría”), contribuye a eludir la interpelación de “puta”. Es decir que, al construir un personaje, articula una performance, una identidad coyuntural (como todas) que permite responder, al menos pragmáticamente, a la pregunta ¿quién soy cuando hago sexo comercial?
Las cuestiones de los límites, del trabajo emocional y la del placer sexual me permiten leer dos planos: uno económico –en términos de economía monetaria pero también de energética corporal– y el otro simbólico y moral. En este último se pueden vislumbrar también los conflictos que se expresarán en las identificaciones.
Desde los límites espacio-temporales a la fachada de la vestimenta y las formas de presentación-seducción, se juegan formas de interacción que buscan mantener a salvo su identidad como mujeres “normales”. Ser “perra”, erotizar, para convertir deseo en dinero, pero evitando la degradación; ser prostituta sin ser puta. En este sentido el sexo comercial opera dentro de la lógica capitalista logrando con el sexo lo que con cualquier facultad humana (conocimiento, creatividad, emociones): aislarlo del deseo propio, cuantificarlo y provocar el deseo de consumo. Pero una diferencia significativa es que el control patriarcal sobre la sexualidad femenina no se contenta con someterla, sino que, en este caso, además la marca con el estigma de puta.
Desde la posición subalterna y atravesada por las vulnerabilidades, las mujeres que hacen sexo comercial performan este conjunto de tácticas que deben, en primera instancia, hacer lo posible para reducir las chances de la violencia física. Seducir, pero sin mostrarse vulnerables y además estar atentas a las posibles amenazas (seducción-indagación). Tal como señala Scott (2000), aquellas/os grupos dominados siempre prestan más atención a los dominantes que la que reciben de estos. Y una vez captada esa atención, deben encargarse de manejar el encuentro y conseguir una (difícil) definición de la situación que les permita conducir el encuentro de forma profesional. Los saberes y astucias creadas en la carrera serán casi las únicas armas en esta asimétrica batalla.
Las asimetrías no concluyen en la posición de género, de clase o la raza, sino que la propia moral sexual de las mujeres puede generar una serie de obstáculos y amenazar con la degradación simbólica. En el mejor de los casos serán las “perversiones” solicitadas por los clientes las que degraden más aún a ellos y restablezcan, al menos en este plano, cierta simetría. Otra posibilidad es que los clientes demanden un servicio “onda novia”, donde la degradación se atenuaría. Sin embargo, pocas de las entrevistadas se sentían cómodas con las performances románticas (salvo las escorts), y si algunas (sobre todo las mayores e independientes) habían aprendido los beneficios de “fingir”, para muchas el trabajo emocional implicado aquí era una carga insufrible. En cambio, la disposición para hacer trabajo emocional era más amplia a la hora de soportar y disimular el asco, o reprimir y disimular el placer sexual. Si unas pocas podían traficar placer desde el sexo comercial, lo hacían con pasaporte masculino, y para la mayoría el precio de mantener la identificación como “mujer” se traducía en una posición desventajosa.
- La diferencia entre mujeres y travestis es explicativa. Ambas deben dejar ver al menos las formas de sus cuerpos a sus potenciales clientes –nadie usa un vestido holgado para ofrecer sexo comercial– pero rigen principios diferentes. Entre las mujeres –salvo los casos de las más jóvenes en las calles o en cabarets– prima un intento de discreción. En las travestis la exhibición del cuerpo responde a una lógica distinta, no sólo pretende una valorización comercial de sus atributos, sino que muchas veces hay un deseo personal de mostrarlos. Esto es visible en los contextos de calle. En el circuito de sexo comercial travesti que funciona en los bosques de Palermo se ven cuerpos completamente desnudos, cubriendo sus genitales con una cartera y sus pies con zapatos de tacos altos.↵
- Término de la jerga para decir que no estaban vestidas específicamente para hacer sexo comercial.↵
- Una tercera función tiene que ver con el placer que les produce comprar ropa a algunas, expresando su poder adquisitivo y también una identificación con los estereotipos femeninos.↵
- Perlongher explica su concepción del dispositivo de prostitución en este pasaje: “La prostitución sería uno de los dispositivos por los cuales el gozo (de intensidades incomposibles irrecuperables) se circunviene en la intercambiabilidad generalizada del capital. La energía libidinal del goce perverso se integra, mediante el pago, al circuito de los intercambios; a resultas de esa conexión, las sensaciones y las emociones van a ser ‘negociadas al precio de la calle’” (1993: 109). Acuerdo con esta mirada global sobre la prostitución, sin embargo, mi propio trabajo de campo me lleva a hacer algunos matices, por ejemplo, respecto a los distintos significados que se expresan en el pago, y sobre las “negociaciones al precio de la calle”, como veremos más adelante.↵
- Las fórmulas habituales apelaban a lo que Bataille (1997) llama erotización por interdicción, ofreciendo prácticas sexuales no-reproductivas, resaltando las edades apenas legales, la extranjería y/o la raza.↵
- Uno de los elementos que los clientes suelen evaluar y discutir en los foros virtuales es el porcentaje estimado de “photoshop” en los anuncios de la escorts.↵
- Esto sí se podía observar en los volantes callejeros que usualmente corresponden a “privados”. Sin embargo, las formas de anunciar en estos volantes han cambiado a partir del decreto 936 volviéndose más encubiertas.↵
- Según Marcel Mauss (1979) las técnicas corporales son las que permiten transformar al cuerpo en la primer herramienta. En el contexto de sexo comercial las técnicas corporales específicas ayudarán, junto con otros artificios, a performar el sexo-servicio, usando el cuerpo como herramienta primero para seducir, excitar, causar la erección y luego la eyaculación del cliente.↵
- Según Bourdieu las clasificaciones sociales de género se naturalizan en forma de divisiones en los cuerpos, de héxis corporales, es decir, en forma de disposiciones corporales hegemónicas que se traducen en características de masculinidad y feminidad. “Lo esencial del aprendizaje de la masculinidad y la feminidad tiende a inscribir la diferencia entre los sexos en los cuerpos (en particular, mediante la ropa), en formas de maneras de andar, hablar, comportarse, mirar, sentarse, etc.” (Bourdieu, 1999: 187)↵
- Por ejemplo, en un night club que se presentaba como el más exclusivo de Recoleta, la zona más cara de la ciudad de Buenos Aires, las mujeres tenían prohibido abordar directamente a los clientes. Ellas debían seducirlos con la mirada, con bailes, pero siempre manteniendo una distancia inicial que sólo podían romper cuando el cliente les hacía algún gesto para llamarlas. A partir de ahí debían lograr que mientras conversaban y continuaban seduciendo al cliente este les “invitara” al menos dos copas (de 20 dólares cada una) para recién poder dejar el lugar y hacer la “salida” tarifada por su cuenta (normalmente unos 100 dólares para argentinos y para extranjeros podía llegar a costar 300 dólares).↵
- En muchos privados hay una mujer encargada de atender las llamadas telefónicas, muchas veces simulando ser quien dará el “servicio”.↵
- “Chamuyo” tiene varias acepciones que toma del lunfardo, fuera del ámbito del sexo comercial se puede usar para hacer referencia a una conversación que llena el silencio o al cortejo de seducción, sin embargo, para estas mujeres chamuyar refiere a persuadir y/o engañar a sus clientes. El chamuyo opera en conjunto con la “psicología” término nativo usado para referirse a la capacidad de anticipar, adivinar las intenciones y las estrategias de sus clientes, como veremos a continuación.↵
- Estas tácticas contrastan con la forma, más activa y dominante, que aparece en la literatura sobre las prostitutas brasileras. Por ejemplo, José Miguel Nieto Olivar (2013) emplea la metáfora de la cacería para explicar las relaciones entre las prostitutas callejeras de porto alegre y sus clientes.↵
- Muchas mujeres que hacen sexo comercial se quejan de las actitudes de los jóvenes, Carla Corso (2004) refiere al “puttan tour” como una práctica juvenil de moda en Italia y Europa que implica salir en grupos y molestar a las mujeres sin pagar por ningún encuentro. En mi trabajo de campo con las mujeres en las calles pude encontrar testimonios de conductas similares. ↵
- Dulce Gaspar (1985) afirma que las “garotas de programa” clasificaban a los clientes cruzando la edad con la situación económica. Las mujeres que entrevisté ponían atención en la edad de los clientes y lo consideraban un dato relevante, pero, como veremos, algunas cuestionaban los prejuicios de clase sobre los clientes.↵
- ver Barrón López (2012).↵
- Esta sería la diferencia con la violencia convenida de los servicios por ejemplo de sadomasoquismo.↵
- Además, en la “Primera Consulta Nacional sobre Trabajo Sexual”, en 2008, mujeres y travestis de todo el país denunciaban más la violencia en el accionar de la policía, o de eventuales ladrones, que de los clientes.↵
- Según Aucía evitar la violencia de los clientes puede ser más difícil en los casos de mujeres víctimas de violencia intraconyugal y económicamente dependientes de sus parejas (2006). Así, Úrsula asociaba la “rebelión” contra los clientes y policías violentos con la emancipación de los maridos-proxenetas.↵
- También una entrevistada dijo tener un arreglo con el hotel donde llevaba a los clientes para que la protegieran en caso de tener problemas.↵
- La diversidad en términos de clase era valorada por varias mujeres como parte de “conocer mucha gente distinta”, aspecto positivo del sexo comercial según muchas. Esto les permitiría “aprender a diferenciar las distintas clases sociales y a tratar con cada uno de ellos”, u otras veces la charla les permite identificarse como parte de una misma clase social explotada y reducir la distancia del encuentro.↵
- Esto era percibido por muchas como algo incompatible con el consumo de sustancias psicoactivas, sean “drogas” o alcohol, por lo cual el uso estratégico que algunos estudios proponen de estos consumos como forma de manejar psicológicamente los encuentros con los clientes (Brewis y Linstead, 2000a) era desestimado por las entrevistadas. Si había algún uso de psicoactivos, el motivo de este era más soportar el cansancio físico y/o el frío en el invierno, y aparecía mencionado más frecuentemente entre las travestis.↵
- “Servicio” era una de las denominaciones nativas para referirse al sexo con los clientes. También se puede denominar hacer el “pase” o la “salida”.↵
- Así se denomina en la jerga al hábito de estar controlando constantemente el tiempo del encuentro.↵
- El Ju-jitsu es un arte marcial que Luli practicaba y también estaba empezando a enseñar.↵
- Parte de estas ideas fueron reelaboradas tomando en cuenta un trabajo anterior (Morcillo, 2011)↵
- Otras prácticas menos mencionadas fueron dar “besos negros” (anilingus) a los clientes pues les producía asco, usar juguetes sexuales en ellas por ser considerado poco higiénico y el rechazo a ciertas posiciones cuando estaban menstruando por las mismas razones; ninguna entrevistada mencionó haber trabajado durante su embarazo, pero tampoco fue puesto como un límite (sobre las tácticas utilizadas para ocultar la menstruación y los embarazos puede consultarse Lahitte, 2012). Sólo una entrevistada dijo evitar, aunque no rechazar, las felaciones a clientes.↵
- Varios estudios sobre prevención del VIH muestran estas respuestas. Por ejemplo, según el estudio llevado a cabo en 2007 entre trabajadoras sexuales en distintas ciudades del país el 98.6% había usado preservativo con su último cliente y el 93% dijo usar preservativos con los clientes siempre. (Ceil-Piette/CONICET)↵
- Acá se puede observar cómo revelarme una táctica supone una cierta complicidad conmigo a pesar de mi posición como varón, algo que no habría ocurrido sin haberme desplazado del lugar de cliente.↵
- En los cuentos populares el pícaro logra vencer a sus enemigos más poderosos “Sólo conociendo las costumbres de sus enemigos, engañándolos o aprovechando su codicia, su tamaño. su credulidad o su premura, puede encontrar la manera de escapar de sus garras y derrotarlos.” (Scott, J. C., 2000: 195)↵
- También podemos observar este límite, pero referido a relaciones con travestis en la cita de Mónica en el epígrafe de este capítulo.↵
- Se referían así a la sodomización de los clientes –sea con juguetes, objetos o sus dedos (protegidos con preservativos)–, a lo que se conoce como “lluvia dorada” (orinar sobre el cliente) o a prácticas masoquistas.↵
- El caso más evidente lo constituyen las que hacen un servicio como “dominatriz”, que consiste en someter sexualmente a los clientes (ver McClintock, 1993; O’Connell Davidson, 1996)↵
- Este apartado y el siguiente fueron reelaborados y publicados posteriormente (Morcillo, 2014b)↵
- Siguiendo a Hochschild usaré emoción y sentimiento de forma intercambiable, y tomaré su definición de emoción: una cooperación corporal con una imagen, pensamiento o memoria de la cual el individuo es consciente (1979: 551). Pretendo, como la autora, alejarme de las interpretaciones “organicistas” de las emociones –aquellas que las ligan con un estrato biológico y pre-social– y sostener una mirada interaccionista y ligada a los procesos y estructuras sociales. El carácter social de las emociones se liga al hecho de que el trabajo emocional esté diferencialmente atravesado por el género (y en menor medida por la clase). Es a las mujeres a quienes se suele demandar más trabajo emocional, especialmente en los contextos laborales asociados a los servicios. En este aspecto dejaré de lado la distinción que algunos/as han planteado entre emotion work y emotional labour, donde el primero refiere al manejo de las emociones en el contexto privado o familiar y el segundo en el espacio laboral (ver en Stets y Turner, 2006). Dado que estas distinciones son justamente las que se ponen en juego y se confunden en el sexo comercial he optado por desecharlas, aunque sí distingo entre las formas de trabajo emocional que se dirigen más a los clientes y aquellas que apuntan en mayor medida a las propias mujeres.↵
- Por “ilusión” no quiero decir que esta sea necesariamente falsa, sino que es un efecto específico del tipo de vínculo creado en el contexto del sexo comercial y, puntualmente, un producto de la performance y el trabajo emocional que llevan a cabo las mujeres. En este sentido, al contrario de algunas lecturas del trabajo de Hochschild en el marco de la alienación (Brook, 2009), y como han hecho otros estudios sobre las emociones en el mercado sexual (Piscitelli, et al., 2011), me propongo analizar las emociones sin juzgar sobre su autenticidad.↵
- Según Bernstein esto es parte de un paradigma nuevo de sexo comercial que, aunque tiene precursores históricos –cortesanas europeas, geishas japonesas o devadasis indias–, representa una transformación respecto del modelo moderno de prostitución (2007b: 171). También otros estudios señalan la presencia de performances parecidas en Copacabana, Brasil (Silva y Blanchette, 2005).Como dije antes, resulta difícil saber hasta qué punto este paradigma de “sexo comercial postindustrial” se adapta a las configuraciones de los mercados sexuales argentinos (en un sentido similar apuntan las diferencias que plantea Piscitelli para comprender las especificidades del llamado “tercer mundo”, 2011). Claramente esto demanda una investigación con una mayor extensión. Haber logrado una cuota menor de entrevistas a escorts limita las posibilidades analíticas en este sentido. Sin embargo, sí es clara la diferencia en las concepciones de la “ética sexual”. En el contexto local no aparecen las críticas radicalizadas a la sexualidad burguesa que sostienen Annie Sprinkle o las mujeres ligadas a la organización norteamericana de trabajadoras sexuales activistas COYOTE (Call Off Your Old Tired Ethics) que Bernstein toma como expresiones ligadas al nuevo paradigma de sexo comercial. De todas formas, algunos elementos analíticos de los desarrollados por esta autora me han resultado útiles para comprender la cuestión del trabajo emocional, en especial entre las escorts.↵
- Para comprender la dimensión de la actuación que planeta Hochschild es importante tener en cuenta las concepciones dramatúrgicas que utiliza. “Hochschild se basa en el trabajo de Konstantin Stanislavski para hacer la distinción entre la actuación de superficie y de profundidad. Stanislavski es el padre del ‘método de actuación’. Este método requiere al artista, intérprete o ejecutante entrar en el personaje hasta el punto en que no actúan, sólo reaccionan como el personaje. En el actuar de superficie, el artista pretende ser el personaje para el beneficio de la audiencia. El rendimiento se hace siempre con la audiencia en mente, sus reacciones y su participación. En el método de actuación, o la actuación profunda, el intérprete se vuelve el personaje hasta tal punto que la audiencia es casi secundaria; el ejecutante existe como el personaje durante la duración de la obra.” (Allan, 2006: 1)↵
- La tipología se completa con un grupo de mujeres que, aunque trabajan sin proxeneta, no buscan construir un negocio ni tener clientes regulares, sino que prefieren robarlos y engañarlos de distintas formas, las autoras llaman a este grupo outlaw prostitution.↵
- Freitas relata una actitud similar en las prostitutas de burdeles de Belo Horizonte. Allí las mujeres aguardan cada una en una habitación leyendo revistas o mirando la televisión, actividades que no interrumpen frente a la entrada de un cliente, a quien parecen no notar y mostrando apatía no los miran a la cara hasta no haber llegado a un acuerdo (Freitas, 1985: 32).↵
- Varias entrevistadas aconsejaban a sus clientes “quedarse con su esposa” y relataban orgullosas que habían “salvado más de un matrimonio”. El orgullo expresa una identificación con el ideal del matrimonio y la familia, pero también con estos consejos evitaban que los clientes se enamoren de ellas, como veremos más abajo.↵
- Las connotaciones del sexo comercial “postindustrial” al que se refiere Bernstein (2007b) también aluden a efectos terapéuticos (que a veces se combinan con una especie de sacralidad y las escorts aparecen como sacerdotisas sexuales). Sin embargo, en dichos casos las propias prácticas sexuales adquieren ese carácter terapéutico y no sólo la charla de “psicóloga” como sucedía entre las mujeres que entrevisté.↵
- Camote es la forma de denominar a la batata en San Juan y otras provincias de Argentina, se supone que se usa como metáfora de la infatuación por el sabor dulce.↵
- Como veremos más abajo, María también me planteó la cuestión en estos términos.↵
- En el comienzo del capítulo 3 analicé la conexión de sentido que aparecía en las entrevistas cuando, al pedir que describieran en qué consistía la actividad, me respondían con una justificación moral. Al preguntar cómo era el sexo con los clientes a veces obtenía respuestas similares, aclarando ante todo la necesidad económica y que lo hacían “por los hijos”. En este capítulo me dedicaré a analizar la cuestión del placer y dejaré para el capítulo 7 las conexiones con las concepciones de “trabajo”.↵
- Beatriz me explicaba: “Capaz que, capaz que estaba por empezar, este, a ponerme, a empezar a indisponerme y capaz que ese día justo que tenía ganas de, de largarte un orgasmo, pero te quiero decir esto, que yo jamás confundí mi trabajo con, con, con placer, no. Se iba ¿Me entendés? […] se escapaba. Para mí era una cosa nada más, no sé si me entendés. No es que lo agarraba al tipo y le digo: “Guau”, no, no, no, eso para mí era un trabajo y punto, se fue”.↵
- Según la autora, las condiciones de las trabajadoras sexuales en Finlandia (nivel educativo elevado, oportunidades laborales alternativas para retirarse luego de 5 años en promedio, y una demanda mayor a la oferta que les permite ser muy selectivas con los clientes) se equiparan con la prostitución de elite en otros países. Por ello concluye que para comprender las formas de alienación: “En lugar de argumentar que el sexo comercial es de por sí una práctica abusiva, debemos considerar bajo qué tipo de condiciones el trabajo sexual se lleva a cabo” (Kontula, 2008: 618).↵
- Podemos entender el escamoteo (en francés la perruque) como el trabajo propio del o la trabajadora que simula ser trabajo para su empleador/a. Se diferencia del hurto en que nada de valor material es robado. Se diferencia de ausentismo en que el/la trabajador/a está oficialmente en su trabajo. (de Certeau, 1999)↵







