Entre los y las sirvientes se encontraban quienes habían nacido en la Ciudad de Buenos Aires, los que provenían de poblados de la campaña bonaerense, de rincones más alejados del país o de alguna nación vecina, pero sobre todo, los que procedían de Europa. Muchos llegaban solos, otros con familia. A veces eran convocados por parientes o amigos que ya se habían instalado en Buenos Aires.[1] Estas figuras eran fundamentales porque además de ser un sostén hasta que encontraban un empleo o medio de vida, eran muchas veces el nexo a través del cual conseguían una colocación. Podía ocurrir también que los migrantes arribaran a la ciudad en calidad de sirvientes escoltando a patrones que se los traían después de un viaje. Por último, estaban quienes se lanzaban a migrar con más imprecisiones que certezas y al arribar al puerto (o a la estación del ferrocarril), se enfrentaban muchas veces con una ciudad que distaba mucho de lo que imaginaban. Cuando no se disponía de contactos en Buenos Aires, los primeros tiempos podían ser muy duros. Para estos casos, existía la posibilidad de albergarse en el Hotel de Inmigrantes, donde una vez desembarcados, tenían un techo garantizado por cinco días y, entre sus prestaciones, una oficina de trabajo para atender los pedidos de empleo.[2]
Al respecto, Caras y Caretas publicó una nota en 1912 en la que reproducía algunas observaciones de un delegado proveniente de España:
[…] Hay dos argentinismos característicos, inconfundibles ‒[decía] en uno de sus apuntes‒. Todo argentino que necesite servicio femenino nos hablará del problema de la sirvienta y de que una de las fórmulas usuales de resolverlo es la de ocurrir al Hotel de inmigrantes. No hay argentino que en su lenguaje usual, omita emplear el término ocurrir en vez de acudir y que de una sirvienta o una criada, no haga una sirvienta. Pues bien: en beneficio y comodidad, tanto de las inmigrantes como de las señoras que han menester de sus servicios, la Dirección General de inmigración ha establecido una oficina especial atendida por señoritas, las que intervienen en el ajuste del salario, condiciones de trabajo, etc. […] ¿Quién más indicado, en efecto, que estas señoritas para morigerar las exigencias de las señoras y para infundir ánimo a las timoratas criadas en ciernes? […].[3]
Una vez vencidos los plazos de la estadía en el hotel, los pensionistas debían acomodarse como podían en habitaciones de viejas casas, en ranchos o casillas.[4] En su clásico estudio sobre la Ciudad de Buenos Aires, Scobie ha señalado que los conventillos recibían a los recién llegados y luego, una vez aclimatados, ellos o sus hijos se encaminaban hacia los barrios.[5] Estas viviendas colectivas ‒muchas de ellas abandonadas por las familias de clase alta‒ eran frecuentemente habitadas por los trabajadores y sus familias y predominaron sobre todo entre 1880 y 1900 en el centro de la ciudad y en algunos lugares por entonces depreciados de la zona sur, como La Boca, Barracas, Constitución y San Cristóbal.[6]
Ahora bien, ¿qué opciones tenían los sirvientes que buscaban una colocación? ¿Cómo hacían los patrones para tomar sirvientes? En el año 1912, con ocasión de la presentación de un proyecto de ordenanza para reglamentar el servicio doméstico en el Concejo Deliberante, uno de los expositores planteó de forma somera pero con mucha claridad cuáles eran los “medios y vías para que la oferta y demanda del servicio doméstico” se encontraran.[7] El concejal Aguilar explicó que, mientras las ciudades tuvieron baja densidad poblacional y una extensión geográfica acotada, el “intercambio” se llevaba a cabo generalmente mediante encuentros directos entre sirvientes y patrones, una modalidad que permitía que la gente cultivara vínculos de mutuo conocimiento, lo que facilitaba el contacto entre ellos pero también el acceso a la respectiva información. A medida que las ciudades se volvieron populosas, con “elementos nativos o extranjeros” y con mayor razón en el último de los casos (señalaba el expositor), los dos factores ‒la oferta y la demanda‒ se volvieron inaccesibles. Fue en ese momento que surgieron una serie de “intermediarios” que intentaban contactar a las partes, haciéndolas tratar y armonizar las expectativas y necesidades.
En el relato del concejal, los intermediarios tenían una función positiva y no era posible ni deseable erradicarlos: por eso era necesario controlarlos. Entonces, desde su perspectiva, los intermediarios particulares, las agencias de colocaciones, los avisos en la prensa, las bolsas de trabajo de los sindicatos facilitaban los contactos y los arreglos laborales en las grandes urbes.
No fueron esas las únicas formas de inserción laboral y de reclutamiento, sin embargo. El servicio doméstico fue un ámbito que se constituyó y dinamizó a partir de la coexistencia de lógicas económicas, prácticas sociales, procesos culturales y políticas institucionales con distintas racionalidades. Además de aquellas modalidades propias del mercado de trabajo urbano, era posible recurrir a otro tipo de circuitos. Quienes querían conseguir un muchacho o muchacha “para servir”, además de publicar un aviso, tenían la posibilidad de dirigirse a una serie de establecimientos de beneficencia pública o a una dependencia del Ministerio Pupilar de la Ciudad, donde se entregaban menores de edad mediante la celebración de un contrato que establecía las condiciones de la colocación. Las señoras de la Sociedad de Beneficencia y los defensores de menores de la capital dotaron a las familias porteñas de mano de obra a muy bajo costo ya que a través de ellos se podía acceder al servicio de mujeres y niños indígenas “distribuidos” en el marco de políticas implementadas (a decir de las autoridades) para contribuir a su “civilización y redención”.
Intermediarios particulares y asilos para sirvientas
Para quienes necesitaban una colocación, la forma más elemental de iniciar esa búsqueda era a través de relaciones o contactos en la ciudad. Intentar vincularse con algunas “figuras de referencia” en el barrio, sujetos que por el lugar que ocupaban o la función que desempeñaban participaban (y retroalimentaban) esa suerte de “solidaridad orgánica” que podía prevalecer en el vecindario. Podían ser marchantes, almaceneros, fonderos, puesteros del mercado o porteros los que, en su actividad cotidiana, entablaban conversaciones con un sinnúmero de vecinos y clientes, nucleando relaciones e informaciones potencialmente útiles.
De la misma forma, los patrones que querían tomar sirvientes podían comentárselo a estas mismas personas que solían estar informadas de lo que ocurría en el entorno. Entre esas novedades podía haber datos de algún ofrecimiento o solicitud para el servicio doméstico. En las páginas de los diarios se puede observar que aquellos que buscaban trabajo muchas veces indicaban la dirección de un comercio, o bien apuntaban dos direcciones diferentes: una donde obtener “razón” o “informes” y otra para “tratar”.[8] Como señala Martin-Fugier, ya sea por buena voluntad o porque en alguna medida el intercambio de este tipo de informaciones formaba parte de sus transacciones cotidianas, estas figuras podían facilitar perfectamente el encuentro entre patrones que buscaban sirvientes, y sirvientes que buscaban colocación.[9] Aunque estas situaciones remiten a otro tipo de estrategia (publicar un aviso de empleo) también permiten suponer que los postulantes contaban con algún tipo de contacto o figuras de referencia que aportaban informaciones sobre ellos, oficiando de intermediarios entre unos y otros.
Ahora bien, además de estas oficiosas colocaciones, existía otra posibilidad para las mujeres migrantes que no tenían contactos y que llegaban a la ciudad con intenciones de desempeñarse como sirvientas. Desde el año 1912, funcionaba en la calle Pueyrredón N° 312 un Colegio Asilo para las jóvenes que venían de otras provincias o países “para la profesión de sirvientas”.[10] Este establecimiento dirigido por la “Asociación Protectora de la Joven Sirvienta” ofrecía instrucción “intelectual y moral” y las formaba también en el lavado, planchado, cocina “y demás incumbencias de una sirvienta”.[11]
Bajo diferentes denominaciones, instituciones de este tipo funcionaron desde principios del siglo XIX en algunas ciudades de Alemania, Bélgica y Francia. En París, sobre todo a partir del último tercio de siglo, los asilos que ofrecían albergue y colocación para sirvientas se multiplicaron. En general, estaban dirigidos por órdenes religiosas (católicas o protestantes) que establecían restricciones concernientes al culto, la nacionalidad o la edad para el ingreso y estaban pensados como lugares de tránsito (no de permanencia) y, al parecer, quienes no podían afrontar esos gastos pagaban con su trabajo el alojamiento.[12]
Avisos de empleo
La publicidad fue uno de los medios que más ayuda proporcionaba para ofrecer y solicitar servicio, y era una de las modalidades más antiguas después del conchabo directo. Tan es así ‒señalaba el concejal Aguilar‒ que en la década de 1830, cuando todavía ni se pensaba en la existencia de agencias de colocaciones, ya se publicaban avisos de empleo en La Gaceta de Buenos Aires.[13] Posiblemente, esta forma de búsqueda laboral permitía una difusión de la información, accesibilidad y practicidad únicas: si el diario no se podía adquirir por falta de dinero, seguramente era facilitado por algún vecino, conocido o por la misma editorial; si no era posible leerlo (por no saber hacerlo), algún alma caritativa podía facilitar el acceso al texto escrito.
El diario La Prensa apareció por primera vez el 18 de octubre de 1869 y a diez años de su fundación ya se encontraba entre los impresos más importantes de la ciudad porteña. Desde la tirada de sus primeros números informó a sus lectores que se publicarían “toda clase de avisos, á un precio módico”.[14] La publicidad era una fuente fundamental de financiamiento, sobre todo si se considera que, a diferencia del resto de los periódicos que circulaban en el ámbito porteño, este proyecto editorial buscaba insertarse sin depender del respaldo económico de las subvenciones del gobierno o de partidos políticos. De esta manera, como ha señalado Bressan, el mantenimiento de la circulación estaba supeditado al aumento de las ventas de los ejemplares y de los avisos publicitarios.[15] En sus comienzos entonces, por un peso (1,00$) la línea, el diario mantenía el anuncio impreso durante seis días.[16]
El periódico constaba únicamente de dos páginas y presentaba una estructura un tanto desorganizada. Los avisos se publicaban en la segunda hoja mezclados con la gacetilla, los hechos locales y variedades.[17] En noviembre de ese mismo año, esta publicación amplió su tamaño y número de páginas a la vez que modificó su formato. Aun así, los avisos continuaron ocupando la última página (junto con la sección comercial y de aduana, las diversiones públicas, los horarios de salida y arribo de vapores). A lo largo del período en cuestión, la estructura del diario fue cambiando y en un momento dado, los anuncios se ubicaron en las primeras páginas. La sección fue extendiéndose notablemente, y de exhibir unos pocos anuncios marginales, pasó a presentar varias páginas atiborradas de los avisos más diversos.
Figura N° 5. Avisos clasificados

Fuente: La Prensa, martes 6 de diciembre de 1870.
Los clasificados del diario ofrecieron una variedad de contenidos considerable que no se redujo a la oferta y demanda de trabajadores, pues una gran diversidad de bienes, inmuebles y servicios se propagaban caóticamente en las páginas. A mediados de la década del 1880, los clasificados comenzaron a ordenarse alfabéticamente y, posteriormente, para facilitar su lectura y comprensión se organizaron en rubros específicos y en apartados “empleos”, “inmuebles”, “servicios”, etc. Por su parte, en el caso de la sección de empleos, se diferenciaron y presentaron con el tiempo dos bloques separados, “ofrecidos” y “pedidos”.
A las dos semanas de la aparición de este impreso se publicó un aviso que fue el preludio de lo que en breve se constituiría en el sector de actividad más importante de la sección de empleos: la oferta y demanda de servicio doméstico. En aquella ocasión, se solicitaba en la calle Temple Nº 13 (actual Viamonte) “un mucamo inteligente para comedor y limpieza de patios, que [pudiera] dar garantías de su conducta”.[18]
La expansión de las columnas de anuncios del servicio doméstico fue tan vertiginosa que en muy poco tiempo se convirtió en un importante canal de acceso al mercado laboral y hacia fines de la década de 1880, la oferta y demanda de servicios domésticos se presentó de forma separada (en distintos apartados) del resto de las solicitadas de empleo, práctica que se mantuvo (al menos) hasta la década de 1930.
Figura N° 6. Avisos clasificados “Pedidos servicio doméstico”

Fuente: La Prensa, miércoles 3 de enero de 1900.
Los avisos brindaban información considerada importante para establecer un vínculo laboral. Lo primero que debía indicar el anunciante era si ofrecía o solicitaba servicio doméstico (“se ofrece” o “se necesita”). Nunca debía faltar, por otra parte, la dirección adonde había que dirigirse para establecer contacto y “tratar”. Además de estas dos referencias básicas, tanto del lado de los que buscaban colocación como de los que buscaban sirvientes, se indicaban una serie de atributos y/o condiciones que permiten conocer cuáles eran las cualidades valoradas (positiva o negativamente) y cuáles las exigencias de quienes participaban de este mercadeo. Una referencia ineludible era el sexo de los sirvientes, sobre todo en aquellos trabajos “mixtos” en los que se desempeñaban mujeres y varones. La terminación de la denominación de las distintas especialidades del rubro era clave (sirvientes/as, mucamos/as, cocineras/os) y, cuando era indistinto que fuera uno u otro, generalmente se lo aclaraba.[19]
Los anunciantes también indicaban la edad, y si no la explicitaban, de todas formas al utilizar términos como “mujer formal”, “hombre formal”, “joven”, “muchacha o muchacho”, sugerían ‒al menos de forma aproximada‒ la etapa que estaban transitando quienes buscaban una colocación, así como las preferencias de quienes solicitaban personal.[20]
Como ya se señalara en el capítulo anterior, otro elemento que se ponía de manifiesto era la nacionalidad de los sirvientes. El hecho de que al buscar trabajo se destacara el país de origen o el haber arribado recientemente de Europa, evidencia que muchos patrones consideraban especialmente esa condición. En efecto, eran ellos los que habitualmente indicaban esa preferencia o directamente solicitaban que se abstuvieran personas de determinada procedencia.[21]
Además del sexo, la edad y la nacionalidad, era frecuente la referencia a la situación familiar de los sirvientes. Expresiones como “solo/a” o “sin hijos”, “matrimonio”, “con hijo/a” eran habituales ya que el hecho de tener (o no) ese tipo de compromisos era una condición valorada, aunque no siempre de la misma forma.[22]
Los avisos también brindaban información sobre las características del empleo o servicio deseado por unos y otros. Lo más habitual era que se pidieran u ofrecieran sirvientas “para todo servicio” o “para todo trabajo” o bien, que estas mismas aparecieran bajo el apelativo “sirvienta” o la expresión “para el servicio de una familia” sin más referencias al respecto.[23]
Por su parte, cuando se necesitaba un sirviente para viajar o salir de la ciudad o había disposición por parte de los mismos para trasladarse, se indicaba esa posibilidad.[24] Cuando se requería que el sirviente viviera en el hogar de la familia que lo contrataba se aclaraba esa condición con la expresión “con cama”. Por el contrario, cuando se necesitaba uno con retiro después de finalizar la jornada, se indicaba con la frase “sin cama”.[25]
El tamaño de la familia era subrayado sobre todo cuando la cantidad de personas a servir era limitada (“para familia reducida”, “para anciana sola”, “para tres personas”) o cuando no había niños en la casa (“matrimonio sin hijos”, “no hay niños”).[26] Estos datos deben haber sido fundamentales para quienes buscaban colocación, ya que en ocasiones eran ellos mismos los que señalaban esa preferencia o directamente la establecían como una condición.[27] En relación con esto último, en 1906 Caras y Caretas comentaba:
[…] No hay más que leer los avisos en que se ofrecen mucamas y fregonas para convencerse de que están en peligro á grande orquesta los seres de pequeña edad. No hay sirvienta posible sino “para matrimonio solo o de corta familia”. Es la formula consagrada por la inmigración servil […] llegando á estos países de Indias se sienten llamados á tan cómodo destino, que no soportan ni la idea de agotar su naturaleza sirviendo á matrimonios que no gocen en su favor y provecho “la soledad de dos en compañía”.[28]
Con el cambio de siglo comenzó a hacerse referencia a los sueldos (fenómeno que no se constata en los avisos de empleo pertenecientes a otros rubros de actividad). Si no se indicaba una cifra concreta era muy común hacer alusión a la remuneración (“buen sueldo”, “poco sueldo”, “sin pretensiones”) o a otras formas de retribución que hacían a las condiciones de trabajo (“se dará habitación”, “sueldo y vestido”, “pago bien y aprende oficio”). [29]
Otro elemento llamativo es la referencia al “buen trato”, insistencia que permite pensar que con frecuencia los patrones maltrataban a los sirvientes, o bien que el buen trato no era algo que iba de suyo.[30] Ahora bien, si los sirvientes reclamaban buenos tratos, los patrones exigían garantías respecto de las personas que iban a introducir en sus casas. En los avisos se aprecia que quienes contaban con “buenos informes” o con “recomendaciones” lo destacaban al tiempo que, para muchas familias, esta era una condición excluyente y generalmente solicitaban que se abstuvieran de postularse quienes no cumplieran con ese requisito.[31]
Pero además de las recomendaciones y del conocimiento del métier, los patrones reclamaban de forma explícita cierta integridad moral a los sirvientes (“formal”, “de confianza”, “de respeto”).[32] Esas pretensiones de formalidad, seriedad, respetabilidad y honradez parecen haber interpelado a todos los sirvientes pero sobre todo a las trabajadoras en su integridad como “mujeres”, más que nada en lo concerniente a su moral sexual.
Si se considera la masa de anuncios, es posible sostener que los contactos laborales a través de este medio fueron cuantiosos. A modo de ejemplo, y para disponer de una aproximación a las dimensiones de este mercado, una muestra aleatoria de avisos, en distintos momentos del año 1910, permite apreciar que la sección dedicada al servicio doméstico publicaba entre 500 y 1.000 avisos diarios. Las solicitadas de trabajo se constituyeron en un medio dinámico que contribuyó a la estructuración del mercado de trabajo urbano.[33]
Agencias de colocaciones y oficinas de trabajo
Las agencias tuvieron su origen en Francia a principios del siglo XIX. En el caso de la ciudad de Buenos Aires, si bien su existencia es previa a 1870, las primeras referencias a ellas se encuentran en el diario La Prensa a los pocos meses de su creación. Las agencias de colocación o de conchabos (como se las denominaba en aquel tiempo)[34] también operaban como intermediarias facilitando el contacto entre patrones y sirvientes. A cambio de la búsqueda y colocación, los agentes cobraban una comisión que era, por cierto, la principal base de su comercio y la fuente de su rentabilidad.
Esta lógica de funcionamiento no siempre favorecía a las partes implicadas, sobre todo cuando la búsqueda del lucro se volvía indiscriminada. El beneficio de las agencias dependía de la inestabilidad de los vínculos laborales. Si no prosperaban, los agentes sacaban provecho viendo volver al ruedo a sus clientes para cobrarles nuevas comisiones por más búsquedas y colocaciones. Muchos jugaban con la posibilidad de presentar sirvientes que no se ajustaran a las exigencias de los patrones, o bien de enviar sirvientes a hogares conflictivos para que las partes se vieran obligadas a cambiar (de sirviente o de patrón, según el caso). En definitiva, de lo que se trataba era de lograr la mayor cantidad de colocaciones posibles. [35]
Las agencias publicaban anuncios que aparecían junto a los avisos de empleo (en los clasificados del diario). Si bien ofrecían y solicitaban trabajadores y trabajadoras para diferentes rubros y actividades, eran las especialidades del servicio doméstico y los peones “para distintos trabajos” las alternativas con las que más se promocionaban.[36] Con el paso de los años, la preeminencia de este tipo de ocupaciones se continúa al punto que se encuentran anuncios de agencias dedicadas únicamente a la búsqueda y colocación de distintas especialidades del servicio doméstico como así también otras dedicadas exclusivamente a la colocación de nodrizas.[37]
Si bien las agencias interpelaban a patrones y sirvientes en sus anuncios, era a los primeros a los que más intentaban captar destacando no solo la multiplicidad de opciones que les ofrecían (“sirvientes de toda clase”, “de todas las nacionalidades”, “para campo y ciudad”) sino también subrayando que los aspirantes a los puestos de trabajo que ellos procuraban eran una garantía (“servicio especial”, “con recomendaciones garantidas”, “de confianza”, “con buenos informes”).[38] Estas diferencias en las estrategias publicitarias transmiten en cierta medida la situación diametralmente opuesta en la que se encontraban quienes pretendían “ser servidos” y quienes necesitaban “servir”. Aquellos podían elegir y había que captarlos; los otros, estaban más constreñidos y tenían márgenes de acción más acotados ya que no debe haber sido posible para muchos de ellos pagar anticipadamente a varias agencias para que les consiguieran una colocación, sobre todo si estaban desempleados.
La expansión de estas casas estuvo asociada a la incesante llegada de inmigrantes que se lanzaban al mercado de trabajo, y ya en 1870 las autoridades de gobierno habían creado una Oficina de Trabajo para intentar limitar la acción de las agencias privadas.[39] Esta decisión, y el hecho de que las ordenanzas municipales hayan intentado reglamentar y controlar su funcionamiento desde el año 1875, permite pensar que el flujo de contactos y conchabos que por su intermedio se efectuaban era sustantivo.[40] Aunque en esa ocasión la normativa no pudo implementarse, resulta reveladora su existencia porque indica que las agencias y el comercio que en torno a ellas se generaba eran percibidos como un problema al que había que atender.
Durante las décadas siguientes, y con la intensificación de los ritmos migratorios, las agencias privadas expandieron su número y actividad. Y con el paso de un siglo a otro, se sancionaron nuevas ordenanzas, unas concebidas para regular el funcionamiento de las agencias de colocaciones en general y otras que, reglamentando la lactancia asalariada, incorporaron disposiciones destinadas a controlar específicamente a las casas que comerciaban con la oferta y demanda de nodrizas. La intervención de las autoridades públicas en este comercio no cesó, aunque, como se verá en el capítulo siguiente, la capacidad de control, inspección y sanción del Estado fue deficitaria.[41]
A juzgar por la consideración que tuvieron en los asuntos públicos, podemos pensar que las agencias estuvieron entre las vías de acceso más importantes al servicio doméstico. La cantidad de colocaciones efectuadas por su intermedio representaron un fenómeno que no se puede desdeñar. El Departamento Nacional del Trabajo (DNT) contabilizó en 1906 la existencia de catorce agencias que habían procurado trabajo a 24.755 personas. Ocho de ellas se dedicaban específicamente al servicio doméstico, cinco operaban con toda clase de trabajos y una tomaba nodrizas únicamente. Las colocaciones para el servicio doméstico representaron en ese año al menos el 40% del total. En el año 1912, el número de agencias particulares prácticamente se cuadruplicó y efectuaron 171.294 colocaciones. De las cincuenta casas registradas en la ciudad, la mitad se especializaba en el servicio doméstico. Según los informes, consiguieron empleo a más de 41.000 sirvientes, esto es, realizaron más de 100 colocaciones diarias.[42]
Circuitos institucionales de colocación de niños y niñas
Junto a los conchabos directos e indirectos propios del mercado de trabajo urbano, donde se ofrecían y demandaban sirvientes, se desarrollaron una serie de prácticas institucionales de entrega y colocación de niños y jóvenes a familias particulares para que prestaran servicios domésticos, prácticas que no respondían necesariamente a una lógica mercantil. Aunque menos importantes desde el punto de vista cuantitativo, este tipo de colocaciones imprimieron gran complejidad al sector. Eran oficiadas y sostenidas por el Ministerio Pupilar a través de los defensores de menores y por las autoridades de asilos, muchos de los cuales dependían de la Sociedad de Beneficencia.[43]
Las colocaciones institucionales fueron un fenómeno tan extendido que algunos autores han caracterizado a las defensorías como “agencias laborales” aludiendo justamente al rol de sus funcionarios como agentes oficiales que ubicaban niños y niñas huérfanos o abandonados en las casas de familia para realizar distintos trabajos.[44] Si bien esta apreciación sirve para dar cuenta de la dinámica de las colocaciones oficiales, tiende a reducir su complejidad analítica, ya que estos circuitos tuvieron una serie de mediaciones que no pueden reducirse ni asemejarse a la lógica mercantil de las agencias antes descriptas.
Desde principios del siglo XIX, la asistencia de los niños pobres, huérfanos y abandonados era un campo de acción compartido (y disputado) por órdenes religiosas, funcionarios públicos y por la Sociedad de Beneficencia (entre otras asociaciones análogas).[45] Esta institución había sido creada en 1823 por el gobierno de la provincia de Buenos Aires y, en ese mismo acto, fue encomendada su administración y dirección a mujeres pertenecientes a familias distinguidas del ámbito local. La asociación recibía recursos públicos para el sustento de colegios, asilos y hospitales destinados a mujeres y niños que habían quedado bajo su gestión, pero también para la creación de otros establecimientos afines.[46] En 1880, con la federalización de la Ciudad de Buenos Aires, pasó a ser dependencia del gobierno nacional, situación que le permitió seguir creciendo pero generó una mayor dependencia respecto de los recursos públicos, tendencia que, según Moreno, se acrecentó y se sostuvo hasta su disolución en 1946.[47]
Junto a la Sociedad de Beneficencia se erigía otra institución fundamental de la época, el Defensor de Menores, que, desde sus orígenes y más allá de la mayor o menor ampliación de sus facultades legales, también debió intervenir en los conflictos familiares y proteger a los niños pobres, huérfanos y abandonados que habitaban la ciudad.[48] En 1881, en el marco de la organización de la Justicia de la Capital de la República (Ley 1144), se crearon dos defensorías y se especificaron sus funciones. En su articulado se explicitó que estos funcionarios debían ejercer la guarda y protección oficial de los menores e incapaces; cuidar de los huérfanos o abandonados colocándolos “convenientemente” y atender las quejas por “malos tratamientos” dados por sus padres, parientes o encargados.[49] Por su parte, el Reglamento para las Defensorías de Menores de la Capital de 1884 les confirió la autoridad para celebrar contratos de locación con particulares que tomaran menores a su cargo.[50]
Ahora bien, ¿quiénes eran estos menores? Varios estudios del campo de la minoridad y la infancia han señalado que los “menores” no existían como tales, sino que se trataba de una categoría clasificatoria que se aplicaba a un segmento de la población infanto-juvenil que habilitó a una serie de organismos e instituciones a intervenir sobre ella. Se trataba de niños y jóvenes de ambos sexos que, se consideraba, estaban expuestos a situaciones de abandono y desamparo, vinculados a actividades “peligrosas” o, sencillamente, inmersos en contextos familiares precarios que no les garantizaban sustento material ni contención moral.[51] En este sentido, “menores” eran los huérfanos, los hijos ilegítimos de madres solteras, aquellos desvinculados de sus núcleos familiares, con oficios callejeros (canillitas, lustrabotas), los que no tenían un domicilio fijo conocido, los que delinquían, pero también, aquellos cuyos padres eran calificados como “incapaces” debido a su situación de pobreza. En otras palabras, menores eran básicamente ‒y en gran medida‒ los niños pobres o muy pobres que habitaban la ciudad.[52]
Los “menores” llegaban a las defensorías por intermedio de la policía que los arrestaba y desde ahí se los remitía, por otras instituciones (como hospitales o juzgados), por denuncias de vecinos o solicitudes de los propios padres.[53] Algunos eran devueltos a sus familias. Otros, los que quedaban a disposición de los defensores, eran enviados a asilos para menores o casas correccionales en los que quedaban internados hasta resolver su situación. Las dimensiones de este problema se evidencian en los censos municipales, que registraron en 1887 más de 4.500 menores asilados en la ciudad, y entre 1904 y 1910, algo más de 6.500 de 0 a 14 años bajo la tutela de asilos públicos o privados.[54] Por su parte, Emilio Coni identificó para 1917 la existencia de unos 35 asilos para menores en la Ciudad de Buenos Aires.[55]
Los establecimientos donde eran ingresados los menores no dependían de los defensores sino que estaban en su mayoría bajo la égida de la Sociedad de Beneficencia. Por otra parte, la facultad para colocarlos no era privativa de aquellos funcionarios: la Sociedad también tenía amplias prerrogativas, y no reconocía limitaciones para el desarrollo de estas prácticas de entrega y colocación.[56] Pretendía conservar la misma tutela sobre los menores internados en sus asilos y sobre los que eran colocados, mientras que los defensores argüían que solo les correspondía la tutela de los que ingresaban “directamente” a sus establecimientos, y que aun así, esta cesaba y pasaba a ser ejercida por ellos una vez que los niños eran colocados en casas de familia. Estos entrecruzamientos dieron lugar a interacciones (y conflictos) permanentes, que giraron en torno a los niños que los defensores derivaban y que las benefactoras albergaban, pero así también en derredor de las colocaciones que ambos viabilizaban.[57]
La permanencia en los establecimientos solía ser transitoria, ya que el destino habitual de la mayoría de los menores era la colocación. Como ha señalado Aversa, las autoridades públicas y asilares tenían a su disposición herramientas administrativas y redes instituidas de entrega y circulación de menores mediante las cuales procuraban protegerlos y “regenerarlos”, encauzando de esta forma esas trayectorias de vida que causaban preocupación por estar ancladas en la miseria y ser fronterizas al mundo del delito.[58]
La idea de la “recuperación” de los menores por medio del trabajo estaba legitimada por un amplio espectro de médicos, juristas, higienistas, abogados (en calidad de intelectuales y de funcionarios públicos), pero también por las damas de la beneficencia y las órdenes religiosas. El trabajo era concebido como una herramienta de disciplinamiento y moralización de las clases menesterosas y como un mecanismo de contención e integración de los niños pobres que, una vez identificados como menores, debían ser objeto de tutela y protección oficial. Una vez ingresados al “ciclo tutelar”, permanecían en un estado de minoridad jurídica y social que se perpetuaba.[59]
Las colocaciones laborales debían cumplir una serie de funciones. Por un lado, satisfacer las necesidades de alimentación y vestimenta de los niños, de esta forma el Estado y su brazo asistencial (la Sociedad de Beneficencia) se desligaban del sustento material de los mismos al tiempo que descomprimían los asilos ‒siempre atestados y con recursos limitados‒.[60] Por otro lado, debían instruirlos en un oficio que les proporcionara un medio para vivir y les permitiera integrase al orden social como trabajadores “útiles”. Además, los menores colocados debían corregir hábitos y costumbres nocivas adquiridas en el medio social de origen del cual eran “rescatados” ‒la calle, el conventillo, la familia‒.[61]
Las colocaciones efectuadas por la Sociedad eran registradas y se formalizaban mediante un “formulario de compromiso” donde quedaban explicitadas las cargas de las partes. A modo de ejemplo, la Casa de Huérfanas utilizaba a fines de siglo un modelo de contrato en el cual se establecía que la presidenta de la Sociedad “entregaba” al depositario (en masculino) una niña menor de edad “para que le sirva”.[62] Este la tomaba a su cargo bajo la condición de “cuidarla y educarla moral y religiosamente” y de “atender á su alimentación y vestido”. A su vez, se explicitaba que no se establecía una obligación salarial hasta que la menor cumpliera 18 años de edad, momento en el cual debía fijarse un sueldo “acordado” con el defensor de menores. La menor colocada podía ser retirada de la casa donde se encontraba en caso de fallecimiento del depositario o si no se cumplía con las obligaciones contraídas. Además podía prestar conformidad (o no) a lo pactado en el compromiso una vez que alcanzara los 14 años (edad establecida por el Código Civil). Este debía ser ratificado por el defensor de menores, quien a su vez, tenía que controlar su cumplimiento.[63]
Hacia fines del siglo XIX, las colocaciones domésticas no fueron los únicos destinos laborales posibles. En efecto, los menores (sobre todo los varones) comenzaron a ser ubicados en comercios, talleres, estancias o destacamentos militares a medida que aumentaban las necesidades de control del territorio por parte del Estado y se transformaba la economía local.[64] De todas formas, las entregas en calidad de sirvientes y “criados” nunca menguaron y continuaron siendo un destino ineludible para la mayoría de ellos. Como se observa en el gráfico siguiente, entre 1883 y 1907, las colocaciones domésticas efectuadas (o ratificadas) por los defensores representaron entre el 72% y el 100% de las registradas por las dos defensorías de la ciudad. En términos absolutos, su número fue variable, fluctuando en un rango que iba desde las 200 a las 1.000 entregas de menores de edad en calidad de criados, sirvientes o aprendices (en menor medida) por año.[65]
Gráfico N° 6

Fuente: Aversa, María Marta, Un mundo de gente menuda. El trabajo infantil tutelado, Ciudad de Buenos Aires 1870-1920, tesis para optar por el grado de Doctora en Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 2014, p. 331.
Hacia el cambio de siglo, los defensores comenzaron a cuestionar abiertamente a las damas de la beneficencia por promover esa práctica tan extendida de retirar menores asilados para que se desempeñaran como sirvientes sin remuneración.[66] En 1895, Adolfo E. Carranza, defensor de menores de la sección sud, elevó una nota al ministro de Justicia e Instrucción Pública señalando que la Sociedad entregaba menores sin control a quienes los solicitaban con el pretexto de “adoptarlos como hijos” bajo condiciones objetables.[67] Frente a esta situación, el defensor sostenía que desde los 8 años los niños colocados podían prestar servicios y que para compensar el trabajo realizado había que asignarles un sueldo módico. Proponía que los contratos se celebraran en la defensoría y que se aplicara una escala salarial, planteando sin rodeos que las relaciones creadas bajo el régimen de las colocaciones se centraban en el trabajo.[68]
Las propuestas del defensor no tuvieron una respuesta favorable y con el paso de los años, surgieron nuevos cuestionamientos.[69] La objeción se reiteraba: resultaba excesivo el número de años establecido (18 años de edad) para que los niños y niñas colocados comenzaran a ganar sueldos por sus servicios. Además, se trataba de prácticas “no controladas” que no se ajustaban a las leyes civiles del país en lo que se refería al ejercicio de la tutela y a la edad establecida para que los menores comenzaran a cobrar un sueldo (15 años de edad).[70] De allí que lo que se solicitaba era que se modificaran los términos del compromiso y que se facultara a las defensorías para controlar a las damas benefactoras.
A mediados de 1904, la Sociedad logró que el gobierno nacional aprobara mediante un decreto un nuevo formulario para la colocación de menores.[71] En este convenio se establecía que la presidenta confiaba al “cuidado” de una Señora (en femenino) a una menor, que se obligaba a proceder como “madre cariñosa”, a la “educación moral y religiosa” y a satisfacer todos los gastos de sostenimiento de la persona que recibe.[72] Si bien este convenio ya no explicitaba que la menor era entregada a su depositaria “para que le sirva”, se trataba igualmente de una relación laboral desde el momento que uno de sus artículos establecía que, a partir de los 14 años de edad, la menor ganaría un sueldo que debía ser depositado en el Banco Nación en una libreta a su nombre y a la orden de la Sociedad. Como bien ha señalado Villalta, el resto de las cláusulas estaban destinadas a especificar y a reafirmar las facultades que tenía la Sociedad para conservar la tutela sobre los menores colocados.[73]
Si bien los defensores cuestionaban las colocaciones domésticas que efectuaba la Sociedad, sus oficios no arrojaban resultados muy diferentes. Preocupados por sacarlos de las calles, ubicaban a los niños y niñas donde podían y, bajo la consigna de formarlos en un oficio, terminaban por facilitar el acceso a mano de obra infantil a muy bajo costo. Así, como señala Aversa, debido a fisuras y tensiones propias de la dinámica cotidiana, estas prácticas de colocación lejos de velar por una instrucción en oficios ligados a las demandas y necesidades de la economía, terminaron por constituirse en un mecanismo de entrega de niños y niñas como sirvientes y “criados” sin demasiadas expectativas de progreso.
Había pocos requisitos y aun menos controles para “retirar” niños. Los interesados se hacían presentes en los asilos o las defensorías y/o elevaban notas a sus autoridades. Una de las pocas “formalidades” que debían llenar por precaución era que los solicitantes fueran recomendados por dos personas “honorables” o de “buena posición social”.[74] Además, un inspector del asilo del cual dependían los menores debía emitir un informe (previa visita a la casa de la familia) dando el visto bueno para que se efectuara la colocación. Los niños y niñas asilados debían tener una permanencia mínima de tiempo que en un momento fue de dos años y medio en los establecimientos antes de ser colocados, para evitar posibles conflictos ‒que de todas formas se suscitaban‒ con familiares que los reclamaban. Si en ese lapso nadie solicitaba su restitución, la Sociedad procedía a su entrega.[75]
A juzgar por las irregularidades y conflictos que se suscitaban y por la cantidad de niños y niñas que se fugaban de los hogares donde eran colocados, estas prácticas de entrega y colocación constituyeron una posibilidad de acceder a mano de obra muy barata, sin demasiados controles ni exigencias contractuales por parte de las autoridades.[76] Los circuitos se asentaban en comportamientos sociales ya establecidos, debido a que se trataba de prácticas consuetudinarias que excedieron los mecanismos propiamente institucionales.[77]
Por otra parte, como ha señalado Zapiola, las relaciones entre los defensores, las benefactoras, los niños y niñas pobres y sus familias evidenciaban la persistencia de “modelos antiguos”, en los cuales las autoridades públicas compartían con los particulares la responsabilidad de proteger a los “huérfanos y abandonados”.[78] En este sentido, los sistemas de entrega y colocación de niños fueron la expresión más clara del carácter dual (público y privado) de las políticas destinadas a ese segmento de la infancia pobre, pero así también de la importancia que en ellas tuvieron los hogares particulares y, en definitiva, las prácticas privadas informales y extralegales.
Distribución de indígenas
Los niños y niñas pobres de la ciudad no fueron los únicos sujetos “minorizados” en su condición jurídica y social. Durante la denominada “conquista del desierto”, cientos de mujeres y niños indígenas fueron objeto de entregas informales y extralegales y forzados a trabajar una vez “distribuidos” entre las familias porteñas a fines del siglo XIX.[79] Estas entregas eran masivas y espasmódicas, pues estaban supeditadas a los avatares de las campañas militares (que se traducían en la posibilidad de controlar territorios y someter poblaciones), a rutinas administrativas (en las que intervenían militares, policías, jueces de paz, sacerdotes), o a las necesidades de traslado de estas poblaciones cautivas.
El destino de muchos indígenas fue encomendado por el gobierno nacional a las damas de la beneficencia. Así, por ejemplo, en 1878 con una carátula que decía “Protección á indígenas y su colocación” se consignó “la lista de indígenas colocados por la Sociedad de Beneficencia” durante el mes de diciembre de ese mismo año:
[…] A la casa de Expósitos se mandó una india cautiva con un hijo y una india con dos hijos […].
[…] Al Asilo de Huérfanos una india vieja con una hija de 18 años […].
[…] Sra. Carolina L. del Campo, Temple 631, se le entregó una indiesita […].
[…] Sra. Paz domiciliada Calle Rivadavia 710 se le entregaron dos indiesitos chicos, uno varon y mujer la otra […].
[…] Sra. Petrona E. de Mones (Pueblo de Belgrano) llevó una india con dos hijos […].
[…] Sra. De Walls un chinita […].
[…] Nicolasa de Terrero un indio de 10 años llamado José María hijo de Casimira […].
[…] Sra. Francisca C. de Campos recibió á la india Benita de 8 á 10 años […].
[…] Sra. Dolores Maldonado de Conde, Cuyo 553, una india de 8 años hija de Manuela Morales. Llevó también á esta […].
[…] Petrona D. de Debacino, Corrientes N° 674 llevó a la india Isabel Torres de 24 á 25 años […].
[…] Sra. Manuela V. de Novoa, Andes 56, llevó una india Micaela de 30 años más o menos […].
[…] Avelina C. de Camelino, Cangallo 873, llevó a Carmela de 30 á 35 años con un hijo de un año […].
[…] Adelaida B. de Burgos – Rivadavia N° 652 llevó a la india Remigia con un hijo de un mes […].
[…] Señor Doctor Manuel Augusto Montes de Oca un indiesito hijo del cacique Pincen – llamado Merenao como de 7 años […].[80]
En total sumaron 285 las mujeres y niños indígenas repartidos en esa oportunidad. La forma de registro los cosificaba. Apuntaban sus entregas muchas veces sin sus nombres, denominándolos “india”, “india vieja”, “indiesito/a”, “india con hijo/s”. La condición de minoridad jurídica y social a las que quedaban reducidos justificaba la necesidad de la tutela ejercida. Es notorio el contraste entre la forma de identificación del depositario o depositaria mediante su nombre y apellido completo, y la forma de registro de las mujeres y niños colocados, mucho más irregular, imprecisa, impersonal, anónima. Además, luego del detalle que consignaba datos (ínfimos) del depositario y de los indígenas entregados, en el margen derecho de la hoja se sumaban (utilizando números, cual tabla de contabilidad) la cantidad de indígenas colocados con esa persona y al final de la página se trazaba una línea y se colocaban los subtotales que se sumaban al final de la lista.[81] En el año 1885 otra oleada de colocaciones se realizó a pedido del ministro de Guerra. En esta oportunidad una legión de 325 indígenas fue distribuida mediante la celebración de contratos entre la Sociedad de Beneficencia y los particulares.[82]
En la conformación y expansión del mercado del servicio doméstico hubo diferentes circuitos de acceso y colocación. De su descripción y análisis surge una imagen del sector parcial, incompleta, ya que cada uno de ellos estuvo sujeto a dinámicas específicas. Por momentos se presenta como un ámbito de actividad mercantilizado, donde prevalecieron relaciones laborales asalariadas organizadas a partir de la oferta y demanda de trabajadores “libres” para contratar (aunque siempre condicionados por circunstancias y contextos socio-históricos específicos). La caterva diaria de avisos de empleo, las numerosas agencias de colocación emplazadas en la ciudad y los acuerdos a los que se llegaba para iniciar un vínculo laboral constituyen buenos ejemplos de ello. En otros casos, el sector incorporó sujetos que lejos estuvieron de poder elegir su destino. Tal es el caso de los niños y niñas colocados como sirvientes y “criadas” o bien, el de las poblaciones indígenas que fueron distribuidas para el servicio de las familias porteñas.
Estas evidencias suponen un desafío para la historia del trabajo en la medida que el servicio doméstico dio lugar a relaciones asalariadas pero también a otras formas remunerativas, a diversos “arreglos” que incluyeron el trabajo no remunerado, a vínculos de dependencia y subordinación, a contextos forzados de trabajo. Todas estas situaciones se suman a otras evidencias disponibles y desestabilizan aquellas interpretaciones que suponen que con los procesos de modernización económica en nuestro país únicamente se establecieron relaciones de trabajo libre.[83] Asimismo, invitan a reflexionar sobre las limitaciones que las categorías tradicionales imponen a la comprensión de aquella vasta realidad socio-histórica.
- Devoto, Historia de la inmigración…, pp. 247 y ss.↵
- El primer establecimiento fue creado en el año 1887. La inauguración definitiva del hotel se realizó en 1911. Cibotti, “Del habitante al…”, pp. 370-371.↵
- “Dirección General de Inmigración. El delegado de la misión española”, en CC, 21 de diciembre de 1912, N° 742, p. 91.↵
- Liernur, “La construcción del país…”, p. 412.↵
- Scobie, Buenos Aires. Del centro a los barrios…, p. 275.↵
- El número de personas por vivienda pasó de 8,8 a 13 entre 1869 y 1887, y descendió a 12 para 1895. La cantidad de familias por vivienda también aumentó de 1,6 en 1869 a 2,5 en 1887 con pocas variaciones hasta 1914. En los inquilinatos y conventillos se hacinó una porción importante de la población urbana, llegando a 21,6% en 1881 y sin descender del 17% hasta 1919, año en que disminuyó al 8,9%. Gutiérrez, Leandro H., “Los trabajadores y sus luchas”, en Romero, J. L. y Romero, L.A. (dirs.), Buenos Aires. Historia…, pp. 72-73. Un tratamiento de la historia de la vivienda popular se encuentra en Yujnovsky, Oscar, “Del conventillo a las villas miseria”, ib.↵
- Proyecto Ordenanza Reglamentaria del Servicio Doméstico, presentado por el concejal Aguilar. CEDOM, República Argentina, Versiones taquigráficas del H. Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires correspondientes al 2º período de 1912, Buenos Aires, 1912, pp. 866 y ss.↵
- “Madre é hija de 15 años se ofrece, para todo servicio, para campo ó ciudad, Alsina 1521 y 25. Almacén”, LP, 25 de enero de 1905; “Se ofrece para una familia de cuatro personas lo mas, una sirvienta española sin hijos, necesita pieza para el marido que tiene oficio y en cambio de la comida puede prestar algún corto servicio, para informes 591 zapateria, para tratar Chile 1930, pieza 12”, LP, 1° de febrero de 1890.↵
- Martin-Fugier, La Place des bonnes…, pp. 41 y ss.↵
- Para dirigir el colegio, vinieron desde Europa miembros de la Congregación Religiosas de María Inmaculada. La Gaceta de Buenos Aires, 27 de septiembre de 1912. Información extraída de goo.gl/giLJRw, consultado el 20 de marzo de 2013.↵
- Biblioteca Nacional (BN). Estatutos Generales de la Asociación Protectora de la Joven Sirvienta, Buenos Aires, Casa Editora Alfa y Omega, 1914, pp. 3-6. La comisión directiva de la asociación estuvo formada en sus inicios por Mercedes Avellaneda de Dellepiane (presidenta), Susana Funes de Pizarro Lastra (vicepresidenta), Luisa Madero de Martínez de Hoz (secretaria), María Susana Castilla (vicesecretaria), Alcira Gianello Lértora (tesorera), Delia O´Gorman (vicetesorera). Ib, pp. 12-13.↵
- Las fuentes literarias de la época son muy expresivas y han dejado descripciones más bien críticas de este tipo de establecimientos y de las experiencias de las jóvenes allí asiladas. Un tratamiento sobre estos temas se encuentra en Guiral y Thuillier, La vie quotidienne…; Martine-Fugier, La Place des bonnes…↵
- Presentación y fundamento del Proyecto Ordenanza Reglamentaria del Servicio Doméstico, presentado por el concejal Aguilar. República Argentina, Versiones taquigráficas…, 2° período de 1912, pp. 866 y ss.↵
- LP, 20 de octubre de 1869.↵
- Para un análisis de este diario en su primera década de existencia véase: Bressan, Raquel Valeria, La Prensa, 1869-1879. Un acercamiento al mundo periodístico a partir de la primera década del diario, Tesis de Maestría en Investigación Histórica, Universidad de San Andrés, 2010.↵
- LP, 22 de octubre de 1869.↵
- Bressan, La Prensa, 1869-1879…, pp. 49 y ss.↵
- LP, 8 de noviembre de 1869.↵
- “Se precisa una cocinera ó cocinero con cama que sepa cocinar regular y una muchacha de 14 á 15 años, para mucama. Calle Corrientes núm. 992”, LP, 26 de febrero de 1880; “Muchacha ó muchacho bueno, de 9 á 11 años, se necesita para el servicio de corta familia, se le dará instruccion, casa, comida y un pequeño sueldo, ocurrir corrientes 346, 2° piso, buen trato”, LP, 5 de septiembre de 1900.↵
- “Se ofrece un hombre formal y con buenas recomendaciones para portero y también entiende un poco de jardinero y cocina. Cangallo núm. 9”, LP, 1 de abril de 1880; “Muchacha se necesita una de 13 á 15 años para pequeños servicios de familia, Cambaceres 189 altos”, LP, 12 de abril de 1890; “Se necesita urgente una mujer formal para todo servicio, que sepa planchar, sueldo 30 $ con cama; Méjico 2745”; LP, 3 de enero de 1900; “Joven con buenas recomendaciones y que entienda de limpieza, como segundo mucamo se necesita, Paraguay 920”, LP, 5 de mayo de 1910.↵
- “Se necesita en la calle de San Martin núm. 206 una mucama francesa ó inglesa, se exije sepa planchar”, LP, 17 de febrero de 1875; “Cochero francés se ofrece para casa particular, Paraguay 1269”, LP, 26 de agosto de 1890; “Mucama y niñera o gobernanta de niños, extranjeras, que no sean españolas se necesitan, bien recomendadas, buen sueldo. Tucumán 1434”, LP, 26 de noviembre de 1900; “Mucamo, joven, español, se ofrece para casa particular, para ciudad ó campo, con buenas recomendaciones. Independencia 353”, LP, 8 de enero de 1905.↵
- “Matrimonio sin hijos se necesita el marido para cocinero y la mujer para mucama es escusado se presentaren sino saben su oficio, para tratar calle Venezuela 495”, LP, 6 de diciembre de 1870; “Se ofrece una sirvienta con una niña de 8 años para la ciudad ó la campaña, ocurrir calle Lima núm. 169”, LP, 26 de febrero de 1880; “Hombre formal italiano solo se ofrece para el servicio doméstico, sereno ó cuidar casa, sabe cocinar, recomendado, Sarandí 1358, pieza 18”, LP, 3 de abril de 1905; “Se precisa sirvienta con hijo de 12 á 14 años, 25 de Mayo 218”, LP, 4 de enero de 1910.↵
- “Se ofrece un hombre formal de nacionalidad español, para todo servicio de una casa bien sea en la ciudad ó en la campaña garantiendo su buena conducta ocurrir calle de Esmeralda núm.12”, LP, 19 de agosto de 1875; “se necesita una sirvienta para todo servicio en casa de familia, Azcuénaga 157”, LP, 12 de abril de 1890; “sirvienta para todo trabajo de matrimonio se necesita, sin cama, recomendada, Florida 772”, LP, 25 de enero de 1905.↵
- “Mucama general […] que quiera ir al Tigre para la temporada se necesita […]”, LP, 21 de abril de 1875; “Morena de 12 á 20 años que quiera acompañar á una familia á Europa para el cuidado de un niño se precisa, […]”, LP, 17 de febrero de 1880; “Niñera mucama que sepa francés ó ingles para ir a Europa, se necesita, […]”, LP, 5 de mayo de 1910.↵
- “Sirvienta extranjera que sea joven se precisa una con cama, en la calle de Salta n. 545 para todo servicio de una corta familia, se le pagará buen sueldo y se le dará buen trato”, LP, sábado 28 de agosto de 1875; “Sirvienta para todo trabajo de matrimonio se necesita, sin cama, recomendada, Florida 772”, LP, miércoles 25 de enero de 1905.↵
- “Muchacha se necesita una de 14 á 15 años para el servicio de una señora sola calle de Tucumán núm. 578”, LP, 25 de febrero de 1875; “se necesita un muchacho de 14 á 16 años para el servicio de una corta familia en Flores, es inútil presentarse sin recomendación […] Bolivar 22”, LP, 22 de febrero de 1880; “Sirvienta de 13 á 15 años se necesita para todo servicio para un matrimonio solo, con recomendación, se preferiría sea blanca, Solis 348 […]”, LP, 26 de febrero de 1880; “Se necesita una criada para todo servicio, sin cama, no hay niños, Viamonte 1616”, LP, 19 de septiembre de 1905.↵
- “Se ofrece una mujer formal con un chico de 4 años para una corta familia, […]”, LP, 1° de febrero de 1890; “Se ofrece señora con niña de dos años para matrimonio solo, prefiere buen trato y poco sueldo […]”, LP, 19 de abril de 1905. ↵
- CC, 10 de febrero de 1906, N° 384, p. 32. ↵
- “Sirvienta se necesita una para corta familia en la campaña, para planchar y lavar, se le pagará buen sueldo, teniendo buenas recomendaciones, ocurrir Santa Fé 586. LP, 22 de febrero de 1880; “Muchacha ó muchacho bueno, de 9 á 11 años, se necesita para el servicio de corta familia , se le dará instruccion, casa, comida y un pequeño sueldo, ocurrir corrientes 346, 2° piso, buen trato”, LP, 5 de septiembre de 1900; “Muchacha para servicio de matrimonio, pago bien y aprende oficio. Rodríguez Peña 2026”, LP, 4 de enero de 1910.↵
- “Sirvienta extranjera que sea joven se precisa una con cama, en la calle de Salta n. 545 para todo servicio de una corta familia, se le pagará buen sueldo y se le dará buen trato”, LP, 28 de agosto de 1875; “Se ofrece una mujer para todo servicio de una casa de 2 0 3 personas, teniendo cama y comida para su marido, en tratos convencionales, calle Andes 1183”, LP, 1° de febrero de 1890; “Se ofrece señora con niña de dos años para matrimonio solo, prefiere buen trato y poco sueldo. Entre Rios 1077”, LP, 19 de abril de 1905.↵
- “Muchacha para criar un chico, se necesita una, con buenas recomendaciones, podrá ocurrir á la calle del Parque 319”, LP, 6 de diciembre de 1870; “Cochero se precisa en la calle Cangallo núm. 138, es escusado se presente sin buenas recomendaciones”, LP, 5 de diciembre de 1870; “Una sirvienta se ofrece con una chica de 8 años tiene buenos informes de conducta. Ocurrir Lima 169”, LP, 22 de febrero de 1880; “Se ofrecen madre é hija para la cocina y mucama, con cama, buenos informes. Charcas 3421”, LP, 3 de enero de 1900; “Niñera mucama que sepa francés ó ingles para ir a Europa, se necesita, Guido 156 […] inútil presentarse sin excelentes recomendaciones”, LP, 5 de mayo de 1910.↵
- “Mujer formal, se necesita á quien en cambio de muy poco servicio, se le dará una hermosa pieza seca y aseada y mantención, en casa de familia. Es más como una compañía […]”, LP, viernes 9 de diciembre de 1870; “Se necesita una señora de respeto que tenga buenas recomendaciones para cuidar una niña para vivir en casa de su padre […]”, LP, jueves 25 de febrero de 1875; “Se necesita una mucama y una cocinera […] personas serias […]”, LP, viernes 13 de febrero de 1880; “Sirvienta formal y honrada se necesita […]”, LP, sábado 1 de febrero de 1890.↵
- Una columna contenía alrededor de ochenta a cien avisos y en una página entraban siete columnas. Aproximadamente la mitad pertenecía a los apartados “servicio doméstico pedido” y “servicio doméstico ofrecido”. La relación entre ofrecidos y pedidos dentro del rubro estaba bastante equilibrada aunque generalmente eran más numerosos los anuncios de la demanda que los de la oferta.↵
- En este libro se mantiene la doble ortografía de la palabra “conchabo” y “conchavo” ya que en aquellos años las dos formas coexistieron. Si bien la segunda opción cayó en desuso, en el período de estudio ambas alternativas eran consideradas correctas.↵
- Para un análisis de la lógica de funcionamiento de estas agencias y los intentos de controlar este comercio por parte de las autoridades públicas en Francia véase: Guiral y Thuillier, La vie quotidienne…, pp. 227 y ss. Martine-Fugier, La place des bonnes…, pp. 48 y ss.↵
- “Conchavos. En la Agencia calle de Potosí No. 427, se necesitan dos peones vascos, un matrimonio, mucamas y cocineras, y hay para colocar mayordomos, dependientes, cocheros, mucamos, cocineros y peones”. LP, jueves 2 de junio de 1870. La tendencia manifiesta en las publicidades de las agencias como también en los avisos de empleo de los diarios refuerza los planteos realizados en el primer capítulo, donde mostramos que peones, jornales y sirvientes eran mayoritarios en la estructura ocupacional de la ciudad y los más ofrecidos y requeridos en la dinámica del mercado de trabajo urbano.↵
- “Agencia de las dos señoras francesas. Calle Tacuarí. Hay colocación para cocineras, mucamas, niñeras y también se buscan con recomendación las personas que quieren honrarnos de su confianza serán servidas con actividad. También se buscan sirvientes de todas clases siendo este pedido gratis por los patrones. Agencia Tacuarí 287”, LP, 27 de agosto de 1880; “A las amas de leche. Desde hoy las amas de leche pueden pasar a la oficina de nodrizas calle Tacuarí 185, la primera establecida en Buenos Aires, donde obtendrán excelentes colocaciones. Horas de oficina de 9 á 5 de la tarde”, LP, 24 de abril de 1880; “Amas de leche. Hay solamente de primer orden, vasca, lombara, sueldo de 30 a 60$. Corrientes 1566, agencia Irene Gay”, LP, 3 de junio de 1905.↵
- “Servicio doméstico. Las familias que precisen un servicio especial, de confianza y con buenas recomendaciones, lo hallarán siempre, de buenos cocineros y cocineras, de mucamos y mucamas, de niñeras, amas de leche, porteros, jardineros, etc., etc., en la ajencia de la calle Cerrito número 51 entre Piedad y Cangallo”, LP, 2 de octubre de 1880.↵
- Falcón, El mundo del trabajo…, pp. 66-72.↵
- El Reglamento del servicio doméstico de 1875 se aborda en el capítulo 4.↵
- En 1908, se sancionó una ordenanza para mejorar la regulación de las agencias de colocación. Frente a la ineficacia de los controles municipales, nuevos proyectos reglamentarios de las agencias vinculadas al servicio doméstico fueron presentados en 1912 pero no tuvieron asidero. La única modificación que sufrió la normativa tuvo lugar en 1913 y estuvo orientada a perfeccionar los registros que confeccionaban las agencias para reforzar las formas de identificación y control del servicio domestico. República Argentina, Digesto Municipal de la Ciudad de Buenos Aires. Recopilación de leyes, ordenanzas y decretos por José Matías Zapiola (hijo), Edición Oficial, Buenos Aires, Talleres Gráficos de L. J. Rosso y Cía., 1918, capítulo XX: “Reglamentación del servicio doméstico y oficios”, pp. 477-478.↵
- Los datos ofrecidos solo contabilizan las colocaciones de las agencias especializadas en el rubro. Quedan por fuera las colocaciones para el servicio doméstico realizadas por otras agencias (generales) por no poder diferenciarlas. República Argentina, Boletín del Departamento Nacional del Trabajo, Nº 27, agosto 1 de 1913, Buenos Aires, Imprenta “Alsina”, 1913, pp. 497 y ss. ↵
- El análisis de las prácticas de entrega y colocación efectuadas por defensores de menores y por la Sociedad de Beneficencia se basa en notas, comunicados e informes contenidos en el Fondo “Instituciones de la Sociedad de Beneficencia y Asistencia Social (1823-1952)”, disponible en el AGN. Véase: Coni, Emilio R., Asistencia y previsión social. Buenos Aires caritativo y previsor, Buenos Aires, E. Spinelli, 1918.↵
- Véase: Szuchman, Mark D., Order, family, and community in Buenos Aires, 1810-1860, Stanford, California, Stanford University Press, 1988, p. 71; Aversa, María Marta, “Colocaciones y destinos laborales en niños y jóvenes asilados en la ciudad de Buenos Aires (1890-1900)”, en Lionetti Lucía y Míguez, Daniel (comp.), Las infancias en la historia argentina. Intersecciones entre prácticas, discursos e instituciones (1890-1960), Rosario, Prohistoria ediciones, 2010, p. 38. ↵
- Sobre la asistencia social, las relaciones entre el Estado y la Iglesia católica y el desarrollo de las instituciones de caridad, véase Moreno, José Luis, “Introducción”, en Moreno, José Luis (comp.), La política social antes de la política social (caridad, beneficencia y política social en Buenos Aires, siglos XVII a XX), Buenos Aires, Prometeo Libros, 2000, pp. 7 y ss. Sobre la construcción de este campo de la beneficencia oficial y las relaciones entre estos actores institucionales, véase: Villalta, Entregas y secuestros…, pp. 17 y ss.↵
- En un principio se incorporaron a su administración el Colegio de Niñas Huérfanas, la Casa de Niñas Huérfanas, el Hospital Betlemita y la Casa de Niños Expósitos, y se avanzó en la creación de una serie de escuelas para niñas en la ciudad y la campaña bonaerense.↵
- Véase Moreno, “Introducción”, en Moreno (comp.), La política social…., pp. 11 y ss. Pita, Valeria Silvina, La casa de las locas. Una historia social del Hospital de Mujeres Dementes. Buenos Aires, 1852-1890, Rosario, Prohistoria, 2012, pp. 16 y ss.↵
- Sobre las atribuciones y ámbitos de intervención y su relación institucional, tensiones y conflictos con la Sociedad de Beneficencia, véase Kluger, Viviana, “El Defensor General de Menores y la Sociedad de Beneficencia. La discusión de 1887 en torno a sus atribuciones”, en Revista de Historia del Derecho, N° 17, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, Buenos Aires, 1989, pp. 411-430. Disponible en: goo.gl/o7odz8. ↵
- Sobre las atribuciones de los defensores de menores véase también: Villalta, Carla, “¿De quién son los niños pobres? El debate por la tutela administrativa, judicial o caritativa en Buenos Aires de fin de siglo pasado”, en Tiscornia, Sofía; Pita, María Victoria (comps.), Derechos humanos, tribunales y policías en Argentina y Brasil, equipo de Antropología Política y Jurídica, FFyL, UBA, Buenos Aires, Antropofagia, 2005; Freidenraij, Claudia, “El caso Manuel Sicar. Resistencias y disputas en torno a los niños tutelados por el Estado (Buenos Aires, fines del siglo XIX)”, en Trashumante. Revista Americana de Historia Social, N° 8, 2016, pp. 154-175. Disponible en: goo.gl/tmv5uI.↵
- Aversa, “Colocaciones y destinos…”, p. 38. El Reglamento también les confirió la guarda interina de los menores que, hallándose bajo la patria potestad o bajo la acción de un tutor o encargado, sufrieran malos tratos o estuvieran expuestos a situaciones de abandono moral o material. Kluger, “El Defensor General…”. ↵
- Un análisis de la irrupción de la infancia abandonada como problema social se encuentra en Aversa, María Marta, “Infancia abandonada y delincuente. De la tutela provisoria al patronato público (1910-1931)”, en Lvovich, Daniel y Suriano, Juan (eds.), Las políticas sociales en perspectiva histórica, Argentina, 1870-1952, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2006. Sobre las condiciones de emergencia de la figura del menor y los sentidos atribuidos a esa categoría véase: Zapiola, María Carolina, La invención del menor: representaciones, discursos y políticas públicas de menores en la ciudad de Buenos Aires, 1882-1921, tesis presentada ante el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de General San Martín para optar por el título de Magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural, 2007. Un análisis de las prácticas, los sentidos y los actores que constituyeron dicha categoría se encuentra en Villalta, Entregas y secuestros…↵
- Zapiola, La invención del menor… Siguiendo a esta autora, se emplea aquí esta categoría para hacer referencia a esas poblaciones.↵
- Muchos padres solicitaban la internación de sus hijos haciendo uso de “derecho de corrección”, facultad establecida por el Código Civil de Vélez Sarsfield (Art. 278) por medio de la cual los padres podían “corregir o hacer corregir” a sus hijos (con intervención de un juez) solicitando su detención en un establecimiento correccional por el término de un mes. Algunos estudios han señalado de todas formas que argüir problemas de conducta también era un recurso utilizado por los padres para conseguir un lugar para sus hijos en los establecimientos sin que fueran considerados “abandonados”. Véase: Villalta, Entregas y secuestros…, pp. 47-48.↵
- Aversa, “Infancia abandonada y…”, p. 95. Zapiola, María Carolina, “Niños en las calles: imágenes literarias y representaciones oficiales en la Argentina del Centenario”, en Gayol, Sandra y Madero, Marta, Formas de Historia cultural, Prometeo-UNGS, Buenos Aires, 2007, p. 5.↵
- Información extraída de Ciafardo, Eduardo O., Los niños en la ciudad de Buenos Aires (1890/1910), Buenos Aires, CEAL, 1992, pp. 22 y 62.↵
- Tales atribuciones tuvieron sustento jurídico con la sanción del Código Civil en el que se estableció que “los niños admitidos en los hospicios, o en las casas de expósitos por cualquier título, y por cualquier denominación que sea, estarán bajo la tutela de las comisiones administrativas” (art. 396). Invocando este artículo y posteriormente un decreto del 18 de junio de 1904 que las respaldaba, reivindicaban el derecho para disponer libremente de todos los menores asilados en sus establecimientos, aun los que habían sido remitidos por los defensores. Villalta, Entregas y secuestros…, pp. 46-53. De la misma autora: “¿De quién son…”.↵
- Ib.↵
- Aversa, María Marta, Un mundo de gente menuda. El trabajo infantil tutelado. Ciudad de Buenos aires, 1870-1920, Tesis de Doctorado en Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 2014.Un análisis de las colocaciones familiares y laborales para un período posterior se encuentra en Silvestrin, Ana María, Los desamparados de la vida… Estrategias de la Sociedad de Beneficencia de la Capital dirigidas a la inserción social y laboral de los asilados (1925-1945), Tesis de Licenciatura en Historia, Universidad Nacional de Luján, 2004. ↵
- Para el abordaje del ejercicio tutelar, véase el Código Civil de la República Argentina, Buenos Aires, Pablo E. Coni, 1874, Título VII “De la tutela”, arts. 377 y ss. Véase asimismo: Villalta, Entregas y secuestros…, pp. 58-60; Aversa, “Colocaciones y destinos…”.↵
- En 1891, la presidenta de la Sociedad envió una nota al defensor de menores Ramón de O. Cesar en la que planteaba que no podía hacer frente a la cantidad de niños que diariamente solicitaban admisión en la Casa de Huérfanos porque se encontraba “sumariamente escasa de recursos”. El defensor le respondió que frecuentemente se presentaban en la defensoría personas “bien acomodadas” solicitando la guarda de menores “para encargarse de su crianza y educación”. Le solicitaba a la presidenta una nómina de los menores en condiciones de ser entregados, para darles “colocaciones adecuadas”. Nota del 3 de julio de 1891, AGN, Sociedad de Beneficencia de la Capital (SBC), Defensoría de Menores, Legajo 57, 1824-1895, vol. 1, folio 131.↵
- Ib. Villalta ha señalado que las prácticas mediante las cuales los niños menores eran distribuidos en los asilos y en las casas de familia se apoyaban en una retórica “salvacionista”. La intención era sustituir el medio en el que vivían y “trasplantarlos” para que se convirtieran en otros sujetos. Villalta, Entregas y secuestros…, pp. 62-63.↵
- En dichos formularios solo se consignaban: del lado del depositario, el nombre y domicilio; del lado de la menor, el nombre, el número adjudicado para su identificación y el establecimiento en el que se encontraba al momento de ser retirada. Tomamos como modelo un “Compromiso” celebrado en el año 1887. Nota del 30 de septiembre de 1887. SBC, Casa de Huérfanas, 1823-1912, legajo 46, vol. 2, folios 110 a 111.↵
- Ib. ↵
- Los varones podían ser enviados a los cuerpos de línea en calidad de músicos, a batallones particulares, a escuelas de grumetes o al ejército (una vez creada dicha institución). Aversa, “Colocaciones y destinos…”, pp. 38 y 44.↵
- Los registros de las defensorías no dan cuenta del total de las colocaciones institucionales. Las autoridades de los asilos de menores también podían efectuar colocaciones y esto no siempre era informado a los funcionarios. En efecto, permanentemente nos encontramos con notas que evidencian las tensiones que se generaban entre defensores y damas benefactoras debido a las irregularidades al momento de informar sobre los destinos de los niños.↵
- Véase: Villalta, “De quien son los…”.↵
- Nota del 20 de mayo de 1895. SBC, Defensoría de Menores, Legajo 57, 1824-1895, vol. 1, folio 334.↵
- Cuando el menor cumplía 8 años, debían depositarles en la defensoría 2 pesos al mes hasta los 12 años; desde esta edad hasta cumplir los 14 años, 4 pesos; en adelante 6 pesos hasta cumplir los 16 años y, desde esa edad, 8 pesos, debiendo proveer asimismo sus necesidades de alimentación, vestuarios y calzado “de la mejor manera posible”. Ib.↵
- Nota de diciembre de 1895. SBC, Defensoría de Menores, Legajo 57, vol. 1, folio 344; Notas del 28 de noviembre de 1903. SBC, Defensoría de Menores, Legajo 4, años 1896-1904, vol. 2, folios 251 a 261.↵
- El Código Civil establecía que “el que hubiese criado a alguna persona, no [podía] ser obligado a pagarle sueldos por servicios prestados, hasta la edad de quince años cumplidos. Tampoco [serían] obligados a pagar sueldos los tutores que [conservaban] en su compañía a los menores de quince años, por no poder darles acomodo”. Código Civil de la República Argentina…, cap. VIII, “De la locación de servicios”.↵
- Nos referimos al decreto del Poder Ejecutivo del 18 de junio de 1904. Véase: Villalta, Entregas y secuestros…, p. 52.↵
- Del lado de la “cuidadora”, la novedad en los datos consignados era que, además del nombre y el domicilio, se asentaba su estado civil. De lado de la menor, se registraba su nombre, su número de identificación y el nombre que en adelante podía usar. Para describir el nuevo formulario nos basamos en un convenio firmado el 1° de agosto de 1904. SBC, Casa de Huérfanas, 1898-1912, legajo 46, vol. 3, folio 75.↵
- El convenio establecía que la depositaria tenía la obligación de presentar a la menor toda vez que la Sociedad o el Ministerio de Menores así lo requirieran. No podía sacarla del país sin sus autorizaciones ni “traspasar” sin consentimiento escrito de dichas autoridades. En caso de fallecimiento, debía dar aviso y constancia de la enfermedad que la había causado. Al cumplir 14 años la menor debía dar su consentimiento para continuar bajo el cuidado de la depositaria ante el Ministerio de Menores. Por último, se firmaban tres ejemplares, uno quedaba en posesión de la Sociedad, otro de la Señora y el tercero en el Ministerio de Menores. Ib. De esta forma, a las niñas no les quedaba copia de los “convenios”.↵
- A modo de ejemplo, en 1888, el defensor de menores Pedro Roberts se dirigía a la Sociedad apoyando el pedido del señor Eduardo Pieves solicitando uno de los niños que se hallaban en el asilo de huérfanos con el fin de darle un trato verdaderamente fraternal. Nota del 14 de julio de 1888, SBC, Defensoría de Menores, Legajo 57, vol. 1, folio 59. Unos años más tarde, el defensor Ramón de Oliveira Cesar le “suplicaba” a la presidenta confiar a los cónyuges Sres. Vasconcellos una niña expósita asegurándole que dada su buena posición harían su felicidad pues tomarían a esta en carácter de hija adoptiva. Nota del 23 de abril de 1892, SBC, Defensoría de Menores, Legajo 57, vol. 1, folio 157. En 1900 el cura Hicario Costebarria, recomendaba a la presidenta el pedido del Dr. Justo López Novillo, que deseaba le mandasen del asilo una niña de doce a catorce años para niñera para cuidar una criatura de seis meses. Nota del 18 de septiembre de 1900. SBC, Defensoría de Menores, Legajo 57, 1827-1904, vol. 1, folio 275. Ver además Nota del 2 de julio de 1903. Ib., folio 370. El subrayado es nuestro.↵
- El Reglamento de la Casa de Huérfanas de 1883 reconocía dos tipos de menores asiladas, las ingresadas por sus deudos o tutores y las “huérfanas expósitas”. Sobre estas últimas establecía que la Sociedad velaría por ellas “empleándolas en sus establecimientos ó colocándolas del modo más conveniente” (art. 8°), aunque indicaba que “no podía colocarse ninguna huérfana sin que haya cumplido su tiempo de internado, salvo en aquellos casos que sean solicitadas para ocupar el lugar de hijas” (art. 10°). El subrayado es nuestro. Reglamento de la Casa de Huérfanas de la Merced [1883]. SBC, Casa de Huérfanas, 1823-1912, legajo 46, vol. 2, folios 42 y 43. Por su parte, el Reglamento de 1909 no difiere demasiado en lo que a las colocaciones se refiere. Véase: SBC, Casa de Huérfanas, 1898-1912, legajo 46, vol. 3, folios 241 y ss. El subrayado es nuestro.↵
- La Sociedad de Beneficencia colocaba niños como sirvientes, pero también como “hijos”. Desde el punto de vista legal, al no existir la figura de la “adopción”, estas colocaciones no creaban relaciones de familia por lo que en esos hogares los niños no tenían parientes y no tenían derecho a heredar. No hay que perder de vista que recién en 1948 fue sancionada la Ley 13252, que fue la primera en reglamentar las adopciones. La Sociedad seguía siendo la “tutora legal” de los menores colocados y podía solicitar su devolución en caso de irregularidades. Villalta, Entregas y secuestros…, pp. 46-47. Sobre la primera ley de adopción de niños: ib., pp. 91 y ss.↵
- Cicerchia, Ricardo, “Familia: la historia de una idea. Los desórdenes domésticos de la plebe urbana porteña, Buenos Aires, 1776-1850”, en Wainerman, Catalina H. (comp.), Vivir en familia, Buenos Aires, Unicef-Losada, 1994, p. 60; Cicerchia, Ricardo, “Las vueltas del torno: claves de un maltusianismo popular”, en Fletcher, Lea, Mujeres y cultura en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, Feminaria, 1994, p. 204. Se volverá sobre estos temas en el capítulo 6.↵
- Zapiola, La invención del menor…, pp. 43-44.↵
- Masés, Enrique H., Estado y cuestión indígena. El destino final de los indios sometidos en el sur del territorio (1878-1930), Buenos Aires, Prometeo, 2009.↵
- SBC, Servicios Extraordinarios (sin catalogar), 1823-1900, vol. 1, folios 128 a 135. La expresión “china” o “chinita” designaba a las personas de ascendencia india o mestiza.↵
- El listado ocupaba 13 páginas tamaño oficio.↵
- Sobre las cargas del depositario o la depositaria respecto a la o el indígena a su cargo, véanse los Contratos de colocación de indígenas, año 1885. SBC, Servicios Extraordinarios…, vol. 1, folios 151 a 136. Folios 165 y ss.↵
- En los años noventa, Campi señaló que con el desarrollo de la agro-industria azucarera en la segunda mitad del siglo XIX en Tucumán, los métodos coactivos (leyes de conchabo, vagancia, peonaje por deudas) fueron fundamentales para el reclutamiento de mano de obra para los ingenios y plantaciones. Aunque estas herramientas legales fueron derogadas o cayeron en desuso, de ninguna manera desaparecieron en sus efectos. Véase: Campi, Daniel, “Captación forzada de mano de obra y trabajo asalariado en Tucumán, 1856-1896”, Anuario IEHS, num. 8, Tandil, 1993; del mismo autor, “La conformación del mercado de trabajo en Tucumán (1800-1870)”, en Trabajo y Sociedad. Indagaciones sobre el empleo, la cultura y las prácticas políticas en sociedades segmentadas, N° 5, vol. IV, septiembre-diciembre de 2002, Santiago del Estero, Argentina. Disponible en: goo.gl/g7QIih. Recientemente, Aversa ha mostrado la importancia que tuvo el trabajo forzado de menores en contextos de encierro y en los circuitos de entrega y colocación oficial antes mencionados. Aversa, Un mundo de gente menuda… Un balance sobre estos temas se encuentra en Pita, Valeria: “Historia social del trabajo con perspectiva de género en Argentina: aspectos de un entramado en construcción”, en Pérez Toledo, Sonia y Solano de las Aguas, Sergio P. (eds.), Pensar la historia del trabajo y los trabajadores en América, siglos XVIII y XIX, Iberoamericana Vervuert, 2016.↵









