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2 La composición social
del servicio doméstico

En el año 1900, Caras y Caretas publicó una nota en la que planteaba los enojosos pormenores a los que se enfrentaban los patrones al momento de lidiar con el servicio doméstico.[1] Señalaba que cuando de mucamas se trataba, no era cuestión de “saberlas elegir” ya que no había elección posible, salvo que se hiciera “entre las malas y las peores”. Con un tono socarrón, el autor mencionaba algunas de las recomendaciones que le habían dado y los chascos que una y otra vez se había llevado:

‒Tome usted siempre muchachas recién venidas, y si son gallegas mejor ‒nos aconsejaron algunas personas‒. No están maleadas, no tienen pretensiones de sueldo, son fieles y como llegan ignorantes de todo, puede usted educarlas a sus gustos y costumbres.

Y en efecto, de las cinco que tomamos á prueba, una nos dejó sin valija, la otra nos sorprendió con un botín en la sopera, otra no pudo habituarse a vivir sin los dedos en las narices y de las viandas, una nos hizo comer á pequeñas dosis la mitad de su enmarañado cabello y otra resultó con un almácigo de primos, cuyas visitas la impidieron atender á los que no éramos de su familia.

[…] No tome Ud. para el servicio muchachas recién venidas. Saque una menor, y ya verá que bien le cumple, por miedo á volver al asilo ‒nos recomendaron otros.

Y la menor vino á casa, tras las diligencias, expedientes y formalidades de rúbrica.

Y á los diez ó doce días casi nos pega con la escoba porque le dijimos que el aceite era para cocinar y no para cubrir de manchas el pavimento de madera.

Déjese de reclutas y busque una sirvienta veterana, aunque se haga pagar –nos advirtieron no pocos.

Y merecimos el honor de que nos admitiera como patrones una que se anunciaba por los diarios […] Pero sucedió que ella había estado siempre en casa donde su habitación tenía balcones á la calle, y donde se dejaba á su voluntad lo que debía traerse del mercado […] y donde era lícito el paseo a cualquier instante, en fin donde amos y criados se confundían en un armónico conjunto de niveladoras preeminencias y es claro […] tuvimos que pasar por la terrible amargura de quedarnos sin veterana que supiera cumplir con su obligación, aunque se hiciera pagar.

Y hoy con una y mañana con otra y siempre explotados, y jamás bien servidos, van pasando sin que la más mínima esperanza de redención venga á endulzar nuestra arrastrada vida de patrones.[2]

Este pasaje ilustra, por un lado, la melancolía frente a la escasa observancia de las jerarquías sociales tradicionales y, por el otro, el habitual lamento de los patrones frente a (lo que se presentaba como) la desidia y la insolencia de los y las sirvientes, sentimiento que por cierto no era privativo de los porteños ya que se replicaba en distintos contextos nacionales.[3]

Aquella no fue la única oportunidad en la que el magazine le concedió un espacio al servicio doméstico, “uno de los grandes problemas que hoy como ayer y como siempre han traído y traen á mal traer á las señoras”. En 1910, otra nota hacía referencia a las ventajas que aparejaba tomar un muchacho, señalando que era mejor que cualquier mujer asalariada, “sin contar que queda[ba] así abolido el terrible é inevitable novio de la Menegilda, y sus desplantes y otra no poco despreciable clase de peligros”.[4]

Por último, otro artículo, titulado “Poliglotismo doméstico”, aludía a la inestabilidad de los vínculos entre patrones y sirvientes relatando las desventuras de un señor que no lograba dar con una sirvienta honesta y leal a sus patrones.[5] Enfatizaba ante todo la frecuente extranjería de quienes prestaban servicios domésticos, sus diversos orígenes nacionales, sus “fabulosas pretensiones”, sus “abusos” y sus “ingratas defecciones”:

Don Ventura de Tripotenti se daba con la cabeza contra las paredes, ante la imposibilidad de conservar servicio doméstico por más de quince días; las mucamas que periódicamente iba á recibir en el desembarcadero de la dársena norte, exteriorizaban pretensiones fabulosas, cual queriendo demostrar de primer intento que venían bien informadas acerca de las brillantísimas condiciones económicas de la Atenas del Sur.

Gallegas de Pontevedra, napolitanas de Sorrento y francesas de la frontera belga, inventariaban primeramente con abusiva prolijidad al postulante á la honra de tenerlas á su servicio, indagando si tenía “señora, criaturas menores, perros de cría y loro que tarareara la Marsellesa ó el Himno de Riego”.

[…] Acudía invariablemente, cada mes á mediados de semana, al flamante Hotel de Inmigrantes […] Y cerrado el trato, con á veces desesperantes dificultades de expresión dialectal por ambas partes […] arreaba a casa con la elegida.

[…] Sucesivamente y al azar de la nacionalidad de sus sirvientas […] fue aprendiendo distintos idiomas extranjeros, inclusive el guaraní; pero el premio a la abnegación de sus esfuerzos, hasta ahora siempre resultó burlado. Tuvo servicio español, alemán, inglés, lusitano y doncellas curtidas del Transvaal; por consiguiente aprendió todos los idiomas y dialectos respectivos.

A todas las analfabetas enseño á leer y escribir; les redactaba cartas para el cura, el novio […] lo peor del caso es que todas las muchachas se le fueron […] además le sacaban el cuero desde el almacén de la esquina hasta la cueva del carbonero […].

[…] Hoy en día don Ventura Tripotenti tiene canas […] ha olvidado uno por uno todos los idiomas que aprendiera en su generoso apostolado instructor… hasta el idioma nacional, el de menor uso en su casa […].[footnote]Ib.[/footnote]

Más allá del grotesco, estas expresiones permiten apreciar que, aunque las relaciones entre patrones y sirvientes se construyeron sobre la base de desigualdades y jerarquías, hubo espacio para acuerdos, negociaciones y conflictos. Pero no todos eran iguales y tampoco se vincularon de la misma forma con sus patrones.

El género fue una de las condiciones que definió a los y las sirvientes, mas no la única.[6] Si la historia de las mujeres ha contribuido a superar la visión de los trabajadores como un sujeto homogéneo y ha incorporado la importancia del género como dimensión de análisis, es fundamental complejizar la mirada y reconocer determinaciones adicionales. En este sentido, el servicio doméstico se constituyó en un espacio social de trabajo donde además del género, las distinciones etarias, étnicas o raciales, y sobre todo de clase, ordenaron y conformaron las relaciones entre patrones y sirvientes (y de sirvientes entre sí) y definieron sus posiciones dentro y fuera del hogar.[7]

No es natural que en la organización social de la división sexual del trabajo, a las mujeres se les hayan reconocido (adjudicado) atributos innatos para el desempeño de tareas domésticas y reproductivas, y que sean ellas las que más se ocuparon en este tipo de actividades. En la ciudad de Buenos Aires de fines del siglo XIX y principios del XX, no fueron ellas las únicas que prestaron servicios domésticos. La participación de varones, aunque decreciente, fue significativa y la presencia de niños a partir de arreglos diversos (con padres, familiares o “tutores”) también fue un fenómeno insoslayable. La incorporación de inmigrantes europeos fue masiva y por estos años la composición del sector se transformó sustancialmente. La situación familiar de los y las sirvientes era diversa y compleja: si bien algunos no tenían ataduras, otros estaban casados o habían enviudado y muchos tenían hijos o personas a cargo. Sus compromisos afectivos y familiares se trastocaban en función de las condiciones que debían aceptar para conseguir una colocación. Ante las urgencias que les imponía la misma subsistencia, en este escenario urbano era habitual encontrarse con mujeres que se separaban de sus maridos, hombres que se separaban de su mujer y sus hijos, hijos que no podían permanecer junto a sus madres.

Varones y mujeres

Las tareas domésticas fueron en general actividades socialmente atribuidas a las mujeres y efectivamente fueron ellas las que más se destacaron en el rubro. En el período que nos ocupa, su participación en el sector se incrementó notablemente en términos absolutos, sumando más de 20.000 para 1887 y más de 57.000 para 1914.[8] De todas formas, en relación con otras actividades que también absorbieron mano de obra femenina, la importancia de las categorías ocupacionales asociadas al servicio doméstico fue disminuyendo a medida que avanzaba el siglo XX porque las mujeres se fueron incorporando a otras esferas del universo laboral. Aun así, para el período en cuestión los niveles de incidencia del servicio doméstico en el total de la participación femenina fueron muy significativos ya que llegó a concentrar al menos un cuarto de las mujeres con ocupación.

Las páginas de los diarios estaban plagadas de avisos que tuvieron a las mujeres como protagonistas. El universo de estas publicidades era inagotable, todos los días podían leerse ofrecimientos y requerimientos de empleo: “Sirvientas buenas, se precisan dos, una para mucama y otra para niñera […]”;[9] “Se ofrece una cocinera vasca española, sin cama, dando buenas recomendaciones de su conducta […]”;[10] “Sirvienta, se necesita una que sea mujer sola y con cama […]”;[11] “Mucama de preferencia francesa o alemana se necesita para casa en Belgrano […]”.[12]

Figura N° 1. “Sirvienta con cama que sepa cocinar”

Descripción: Sirvienta con cama que sepa cocinar VIR

Fuente: Caras y Caretas, 19 de octubre de 1900, Nº 107, p. 37.

A pesar de la presencia mayoritaria de mujeres, las cédulas censales evidencian que para el año 1869 aproximadamente 30 de cada 100 sirvientes eran varones.[13] La importancia relativa de estos tendió a disminuir como correlato de la diversificación y complejización del mercado de trabajo urbano. Sin embargo, un repaso rápido por las columnas de los avisos permite señalar que la presencia de varones que se ofrecían y se solicitaban para este tipo de trabajos fue permanente. La publicación de avisos tales como “Se ofrece un hombre español para cocinero, mucamo o portero […]”;[14] “Se necesita un mucamo que sepa bien su trabajo […]”;[15] “Se ofrece un cochero para casa particular […]”;[16] “Se ofrece hombre italiano […] entiende de cocina y servicio doméstico […]”;[17] “Muchacho se necesita uno para el servicio de una casa particular […]”[18], confirman una y otra vez su persistencia a través de los años.

Una mirada pormenorizada de los censos, las cédulas y los avisos sugiere que varones y mujeres tenían inserciones diferentes al interior del rubro. Ellas se desempeñaban como amas de leche, amas de llaves, costureras, lavanderas, niñeras, planchadoras. Ellos, generalmente como mucamos, valets, chefs, pinches, cocheros, porteros, jardineros. Sin embargo, era en los trabajos más habituales ‒como los de cocineros y cocineras, mucamos y mucamas, sirvientes y sirvientas, domésticos y domésticas‒ donde varones y mujeres se agolpaban compartiendo experiencias de trabajo y de vida.

Figura 2. Figuras ocupacionales del servicio doméstico

Descripción: tira

Fuente: Caras y Caretas, Buenos Aires, 6 de julio de 1901, N° 144, p.37.

El predominio de las mujeres se acrecentó pasando del 70% al 90% de los sirvientes entre 1869 y 1914. Como bien lo demuestra el siguiente gráfico, la relación entre estas y los trabajos domésticos se reafirmó y con el tiempo este espacio laboral se constituyó en un reducto eminentemente femenino. En efecto, los censos nacionales posteriores evidenciaron que las mujeres representaron el 94% del sector para 1947 y el 97% para 1960.

Gráfico N° 3

Descripción: cuadro3

*Los datos para 1869 fueron extraídos de una muestra de 1.000 sirvientes confeccionada a partir de las cédulas censales.
Fuente: AGN, cédulas censales del Censo Nacional de Población de 1869; Censos Nacionales de Población de 1895 y 1914 y Censos de Población de la Ciudad de Buenos Aires de 1887, 1904 y 1909.

Sin embargo, la existencia de varones socava la idea arraigada en el imaginario social que concebía a las mujeres constituidas por “naturaleza” para el desempeño de trabajos domésticos. Los avisos confirman esta tensión al enfatizar en sus líneas una condición muchas veces excluyente al momento de la contratación: la necesidad de saber hacer el trabajo para el cual se ofrecían o solicitaban las mujeres. Son habituales menciones tales como: “Sirvienta extranjera, se necesita una que sepa bien su oficio […]”;[19] “Niñera se necesita una que sepa cumplir con su obligación […]”;[20] “Se necesita una que sea mujer sola y con cama y se le pagará un buen sueldo si sabe cocinar bien, inútil es se presente si no sabe cumplir con su obligación”;[21] “Sirvienta que sepa coser y planchar se necesita en casa de muy corta familia […] inútil presentarse si no es competente”.[22] Estos requisitos evidencian que, al igual que los varones, las mujeres “aprendían” a realizar trabajos domésticos. Lo que ocurre es que estos procesos de aprendizaje generalmente formaban parte de prácticas informales o de experiencias de instrucción en espacios de enseñanza (como asilos de menores o establecimientos religiosos) que no eran reconocidos por no estar formalmente institucionalizados.[23] Se comprende entonces que hubiera mujeres que no conocieran el oficio o que no tuvieran las aptitudes necesarias para realizar trabajos domésticos. En definitiva, se trataba de un métier, aunque no siempre fuera reconocido como tal. Las tareas domésticas eran desvalorizadas socialmente y, al estar ligadas a la cotidianeidad de las mujeres en sus hogares y a las condiciones materiales de vida, no siempre eran identificadas como “trabajo”.

Ahora bien, el aumento de la participación femenina experimentado a principios del siglo XX en el sector merece atención. Por un lado, la deserción de los varones de este medio de vida estaba claramente asociada a la existencia de alternativas de inserción en el mercado de trabajo más numerosas y tentadoras. Pero el repliegue de los varones de los servicios domésticos estuvo atravesado por otra condición: la edad. Los que mudaron de ocupación fueron, mayoritariamente, los adultos. Los niños permanecieron prestando servicios domésticos, aunque no necesariamente con familias acomodadas, sino más bien modestos patrones que disponían de menores recursos y que, al momento de contratar sirvientes, se contentaban con tomar niños a un muy bajo costo. En este plano, dos grandes universos de empleo se distinguen con claridad. Por un lado, se vislumbra el servicio de las grandes casas, con plantillas numerosas, diferenciadas y jerárquicas. Por otro, el servicio de las familias más modestas y de recursos limitados, que podían tener dos sirvientes (cocinera y mucama, sirvienta y niñera, mucama y criado) o bien la ya mencionada sirvienta “para todo servicio” o simplemente, el “sirviente o sirvienta”, el “doméstico o doméstica” o el “muchacho o muchacha”, que eran genéricamente las expresiones más utilizadas. Con el paso de los años, las mujeres fueron copando los puestos de esos espacios en sus diversas variantes.

En la Ciudad de Buenos Aires, la feminización del sector se dio junto a otro proceso intrínsecamente ligado al anterior, y de mayor duración: la simplificación e indiferenciación creciente del servicio doméstico como consecuencia de una disminución progresiva de las figuras ocupacionales que lo conformaban. Cárdenas destaca algunas transformaciones. En primer lugar, desaparecieron del escenario doméstico las ocupaciones típicamente masculinas, como los cocheros, choferes, chefs, pinches o ayudantes de cocina, valets, lacayos, entre otras.[24] Además, entre 1914 y 1947, el número de “empleadas de casa de familia” (cambia la forma de designarlas) disminuye considerablemente, así como las colocaciones “cama adentro”, que comienzan a ser reemplazadas paulatinamente por el servicio “cama afuera” o “por horas”. Esto pudo deberse a limitaciones en el espacio doméstico o a motivos económicos, pero lo cierto es que los “dueños de casa” se vieron obligados a reducir su personal que redundó en una menor diferenciación de las tareas domésticas. La autora señala que a mediados de siglo comienza a perderse el refinamiento y sofisticación del servicio doméstico y asocia estas modificaciones a los cambios en la composición del sector, porque a diferencia de los inmigrantes provenientes de Europa (varones y mujeres), “las mujeres que llegan de las provincias o de países limítrofes en busca de trabajo por lo general no han concluido la instrucción primaria y tienen una educación precaria.[25] En contraposición a esta perspectiva, es posible considerar que la simplificación en el servicio doméstico responde a cambios en los patrones sociales, culturales y técnicos, y no a cambios en el perfil de la población que se ocupa en el segmento laboral. Ahora bien, si estos movimientos de feminización, disminución, simplificación, indiferenciación del servicio doméstico se sucedieron en forma más o menos simultánea, cada uno tuvo un ritmo y una duración particular.

Niños y niñas

La presencia de niños en el servicio doméstico es difícil de dimensionar, debido a los problemas que tuvieron los relevamientos censales para registrar el trabajo infantil en general y las actividades domésticas en particular. En consecuencia, para poder estimar su importancia cuantitativa se ha recurrido a las cédulas censales de cuyo análisis y procesamiento se constata que el trabajo de niños menores de 14 años en este segmento laboral era muy frecuente y que a partir de los 6 años de edad (si no antes) muchos de ellos eran colocados como sirvientes, criados o niñeras, para ganarse la vida.

El gráfico siguiente permite apreciar los cambios entre ambos censos. Si bien una porción análoga de los sirvientes y sirvientas considerados no superaba los 25 años de edad, en el lapso que separa las dos muestras hubo una sensible disminución de la presencia de niños en el sector. Si para 1869 los menores de 14 años representaban el 26% de la población afectada al servicio doméstico, para 1895 constituyeron el 10%. Este movimiento pudo estar asociado a una baja efectiva de su participación, o bien, a cambios en los criterios que tuvieron los censistas para registrar el trabajo infantil.

Gráfico N° 4

Descripción: cuadro5

Fuente: cédulas censales del Censo Nacional de Población de
1869 y 1895.

A excepción del primer Censo Nacional de 1869, que procuró registrar a todas las personas con “profesión, oficio, ocupación o medio de vida” sin ningún tipo de exclusión, los Censos Nacionales de 1895 y 1914 solo recogieron información sobre ocupación a “personas de 14 años o más”.[26] De todas formas, este criterio no fue absoluto (al menos al momento del registro), ya que muchos niños menores de 14 años quedaron asentados “con ocupación” en las cédulas censales. Esto sugiere que la información que aparece registrada para 1895 es una representación accidentada y parcial que no refleja en toda su extensión la presencia de los menores en el universo de los servicios domésticos.

La falta de este tipo de registros para años posteriores pudo suplirse acudiendo a otras fuentes de información disponibles. En 1901, un artículo publicado en La Prensa señalaba que el servicio doméstico ocupaba no menos de 20.000 personas, mujeres y niños en su mayoría, representando estos últimos el 22%.[27] En total se contabilizaron 4500 menores de edad (3500 niñas y 1000 niños sirvientes) estableciéndose entre ellos una relación de 80 niñas sirvientas cada 20 niños de igual condición.

La persistencia de menores de edad en el rubro también se pudo constatar al revisar avisos de empleo. Si bien podemos confirmar la permanencia de población infantil en el servicio doméstico a partir de los anuncios, es difícil dimensionar el volumen de esa participación debido a que estas publicaciones (ofreciendo o solicitando empleo) fueron un mecanismo más de contratación dentro de una serie más amplia. De todas formas, estas fuentes siguen siendo útiles para abordar el fenómeno, sobre todo para situarlo en relación con otros grupos sociales dentro del rubro y con otros sectores de actividad.

Las páginas del diario La Prensa permiten confirmar que era habitual requerir el servicio de niños y niñas para el desempeño de tareas domésticas. Permanentemente aparecen anuncios tales como: “Muchacho para el servicio de una corta familia, se necesita uno […]”;[28]Muchacha de 10 á 12 años se necesita una para todo servicio de un matrimonio […]”;[29] “Un sirviente sin cama, se precisa de uno 12 á 15 años; es inútil se presente sin informes de buena conducta […]”;[30] “Niñera se necesita una de 12 á 14 años […]”;[31] “Muchacha de 11 á 13 años se necesita, corta familia […]”;[32]Muchacha de 10 años para poco servicio se necesita […]”.[33]

Figura N°3. Avisos clasificados, 1910

Descripción: Muchachos y muchachas

Fuente: La Prensa, miércoles 12 de enero de 1910.

Pagani y Alcaraz han analizado en el diario La Nación la evolución del mercado laboral de niños y niñas entre 1900 y 1940, y han demostrado no solo la existencia de una oferta y demanda permanente para su desempeño en el servicio doméstico, sino también que los avisos específicos de este sector fueron numéricamente mayores en relación con los de otras actividades como las manufacturas o el comercio.[34] De la contabilización de avisos realizada para el año 1910, surge que la demanda de menores de edad seguía siendo muy importante y, lo que es más interesante aun, que el mercado organizado en torno a los avisos de empleo evidenciaba un déficit crónico, que se tradujo en un desfasaje permanente entre la gran cantidad de menores de edad que se solicitaban y los pocos que se ofrecían (que representaban aproximadamente entre un tercio y un cuarto de los solicitados).

Es posible reconocer cierta segregación ocupacional de los niños por género. Los varones habitualmente participaban de los servicios domésticos en general como sirvientes o mucamos y otras veces en tareas más específicas como la limpieza de patios, los mandados, la ayuda en la cocina: “Se precisa muchacho de 13 ó 12 años para el servicio de mucamo […]”;[35] “Muchacho de 13 á 16 años se necesita uno para sirviente […]”;[36] “Muchacho se necesita uno de 10 á 12 años, para mandados y quehaceres de casa […]”;[37] “Muchacho se ofrece para peón de cocina de casa particular […]”;[38] “Muchacho para servicio de comedor y limpieza se necesita”;[39] “Muchacho se necesita para servicio y mandados, de 12 á 14 años […]”;[40] “Muchacho de 12 á 14 años se necesita para lavar patios y mandados […]”.[41]

Por su parte, a las niñas se las convocaba generalmente como sirvientas, para cuidar niños, para cargar criaturas, y para todo tipo de servicios: “Muchacha se necesita una para cargar una chica […]”;[42] “Muchacha de 12 á 14 años se precisa para cuidar niños […]”;[43] “Sirvienta de 13 á 15 años se necesita para todo servicio para un matrimonio solo, con recomendación […]”;[44] “Muchacha de 12 á 15 años se necesita para sirvienta […]”;[45] “Muchacha de 14 años se ofrece á matrimonio solo, mucama y servir la mesa, inútil si no es casa muy seria […]”;[46] “Muchacha de 13 á 16 años se necesita para todo servicio […]”;[47] “Muchachita de 12 á 14 años se precisa para ayudar en el quehacer de muy corta familia […].[48]

Los datos y evidencias disponibles permiten suponer que su colocación en el servicio doméstico era una de las primeras experiencias laborales (si no la única) para muchos de ellos, sobre todo si se considera su corta edad y su temprana incorporación al universo laboral.

Nativos y extranjeros

El enfoque del servicio doméstico como un ámbito de trabajo poroso (abierto) se refuerza si se considera que muchos sirvientes compartían otra condición fundamental: la de ser migrantes o extranjeros provenientes de otros países. Estos atributos aparecían frecuentemente en los avisos de empleo a veces señalando el reciente arribo al país de muchos de los que buscaban empleo: “Se ofrece un joven español recien llegado para portero, mucamo ó cualesquiera empleo […]”;[49] “Una señora italiana de Lombardía, recien llegada a esta capital desea colocarse como cocinera de casa de familia […]”;[50]Un matrimonio francés recién llegado de Europa desea colocarse en una casa de familia; la mujer como planchadora […], el marido como sirviente […]”.[51]

La condición de ser “recién llegado” parece haber sido un atributo valorado, como indicaba el cronista de Caras y Caretas al principio de este capítulo, que recomendaba tomar muchachas “recién venidas” porque no estaban “maleadas”, no tenían pretensiones de sueldo y como supuestamente “llegaban ignorantes de todo”, era posible “educarlas” en los gustos y costumbres del patrón.[52] Del lado de los patrones, esta inclinación podía traducirse en menos expectativas salariales, menos exigencias y la ausencia de ciertos “vicios” que podían tener quienes conocían las características del mercado y la idiosincrasia local. Del lado de los sirvientes, dar cuenta de esta condición podía ser un recurso para evidenciar la vulnerabilidad de la situación que atravesaba quien se ofrecía, la imperiosa necesidad de que los tomaran.

Muchos extranjeros intentaban colocarse en una casa de familia al arribar a la ciudad porteña ya que el servicio doméstico operaba como una puerta de acceso al mercado de trabajo. Las expresiones de un concejal, con ocasión de la presentación de un proyecto para reglamentar el servicio doméstico en 1912, refuerzan esta idea. Haciendo referencia a las características de este gremio en Europa, que ‒a su entender‒ era más culto y más educado que el local, señalaba que esto se debía a que en nuestra ciudad el sector se había nutrido con los inmigrantes que llegaban al país “sin conocimientos de ninguna clase” y que iniciaban su vida en América desempeñándose en el servicio doméstico.[53]

Con la gran inmigración del último cuarto del siglo XIX y principios del siglo XX, se operó un cambio sustancial en el perfil de los y las sirvientes. Si hasta entonces la mayoría de ellos habían sido criollos pobres, negros y mulatos (muchos de ellos ex esclavos y sus descendientes), “chinos” (indígenas o mestizos), esta relación entre “nativos” y “extranjeros” comenzó a revertirse en favor de los segundos y ya para fines de 1880 su presencia superaba la de aquellos.[54]

Gráfico N° 5

Descripción: cuadro4

Fuente: cédulas censales de 1869, Censos Nacionales de Población de 1895 y 1914 y Censos de Población de la Ciudad de Buenos Aires de 1887, 1904 y 1909.

La primacía de extranjeros en esta etapa fue significativa en la mayoría de las ocupaciones. Sin embargo, es necesario destacar que mientras el número de nativos crece muy lentamente en el servicio doméstico y para ellos esta actividad tiende a ser marginal en relación con otras alternativas laborales (sobre todo en el caso de los varones), en el caso de los extranjeros, el sector no solo no pierde significación sino que su número se duplica y en el mediano y largo plazo, la condición de migrante se constituirá en un rasgo permanente de la población ocupada en el sector. En efecto, la presencia de migrantes internos y de países limítrofes (entre los que se destacaron los uruguayos u “orientales” y los paraguayos) será una constante y se incrementará a partir de 1930 y 1950 respectivamente, ya que esta actividad resultó ser una de las opciones más frecuentes para las mujeres pobres de América Latina.[55]

Los avisos evidencian la presencia creciente de extranjeros en el mercado organizado en torno al servicio doméstico, donde el origen europeo era un rasgo destacado: “Ama de leche se ofrece una italiana fresca […]”;[56] “Se ofrece un mucamo español con buenas recomendaciones e inteligente en el servicio […]”;[57]Un alemán de 24 años, habla inglés y español, con buenas recomendaciones se ofrece como sirviente o para otro puesto en una casa de familia alemana o inglesa […]”.[58] Desde la perspectiva de los patrones, también había diferentes valoraciones de los sirvientes a partir de la nacionalidad. Por ejemplo, las familias acomodadas veían a los franceses o ingleses como un símbolo de prestigio: “Se necesita […] mucama francesa ó inglesa”;[59] “Niñera se necesita […] prefiriéndosele que hable idioma francés”;[60] “Niñera mucama que sepa francés ó ingles para ir a Europa […]”;[61] “Se necesita hombre para limpieza y mandados, se prefiere italiano”;[62]Muchacha formal italiana […] para corta familia se necesita […]”;[63]Sirvienta francesa o española se precisa […]”.[64]

Con relación a la población migrante nativa, en 1869 la mayoría de los y las sirvientes (87%) fueron registrados como oriundos de Buenos Aires, aunque pudo haber migrantes de localidades de la campaña bonaerense. Entre los que declararon ser de otros lugares del país (13%) se destacaron quienes provenían de Corrientes y Córdoba y en menor medida, Mendoza, Entre Ríos y Santa Fe. Para 1895, los migrantes internos representaban una mayor proporción (23%) y procedían principalmente de Córdoba, Entre Ríos, Mendoza y San Juan. Si a estos se les suma el 57% que fueron registrados como provenientes de “Buenos Aires” sin más (entre los que se incluyeron a los de localidades de la provincia, pero también seguramente de la ciudad), se observa que los que aparecieron como oriundos de la capital se redujeron sensiblemente (20%).[65]

Sirvientes solos, con familia o parientes

Varones y mujeres de diferentes edades, de distintas procedencias y con situaciones familiares diversas, se desplazaron de un lugar a otro en busca de un medio de vida. Entre los y las sirvientes, predominaban quienes declaraban ser “solteros”, un rasgo probablemente asociado al ciclo vital de quienes estaban afectados a estas actividades. En general se trató de una población joven (alrededor del 50% de los sirvientes tenían menos de 20 años para 1869 y menos de 25 años para 1895), por lo que no es extraño que muchos de ellos aún no hubieran formalizado pareja o asumido compromisos familiares. Frente a este cuadro, cabe preguntarse en qué medida este tipo de ocupaciones que generalmente implicaban vivir en el mismo ámbito donde se trabajaba (en el hogar de los patrones) incidía en que esa soltería se perpetuara, es decir, cómo afectaba la condición de sirvientes el desenvolvimiento de su vida afectiva y familiar.

De todas formas, es importante mencionar que los censos nacionales excluyeron en sus registros todas las prácticas de cohabitación conyugal no sancionadas jurídicamente. Es por eso que solo reconocieron tres posibilidades excluyentes de situación conyugal: “casados”, “solteros” y “viudos”. Así, el amancebamiento, sumamente extendido por aquellos años, fue ignorado por estas mediciones como modalidad propia del estado civil.[66] Es posible que muchas de las personas ocupadas en el servicio doméstico hayan sido registradas como solteras porque no se habían casado, lo que no implica que no tuvieran pareja (aunque esa situación no haya quedado reflejada en las mediciones). Si tomamos en consideración a la población de “18 años y más” que se ocupaba en este ámbito, lo que se constata es que efectivamente eran los solteros los más numerosos, constituyendo el 57% y el 63% de los casos en 1869 y 1895 entre varones y mujeres. Por su parte, la presencia de sirvientes que declararon estar casados fue muy significativa ya que representaron entre el 28% y el 26%. Finalmente, entre un 15% y un 11% de los sirvientes señalaron ser viudos.

Ahora bien, si se analiza detenidamente la conformación de los grupos domésticos a los que pertenecían las y los sirvientes al momento de ser censados, es posible encontrarse con “matrimonios de servicio” conformados generalmente por inmigrantes europeos que se desempeñaban en ocupaciones domésticas “con cama”, a veces con hijos ‒que también podían oficiar de sirvientes‒ que vivían en el hogar de sus patrones. De todas formas, lo más frecuente era que sirvientes casados no convivieran con sus esposos, esposas e hijos.

La diversidad de situaciones familiares se vuelve muy palpable en los avisos de empleo. En general, la existencia de compromisos (por la presencia de hijos o de parejas) operaba en gran medida como un obstáculo para acceder a un empleo y esto se reflejaba en las exigencias o condiciones que explicitaban los patrones al momento de requerir servicios domésticos: “Sirvienta estrangera joven y sin familia se necesita […]”;[67] “Se necesita cocinera con cama, que sea sola […]”;[68]Se necesita una que sea mujer sola y con cama y se le pagará un buen sueldo si sabe cocinar bien”.[69] Como ser “solo” o “sola” era un atributo valorado generalmente en forma positiva, como contrapartida, muchos sirvientes enunciaban esta condición al momento de ofrecerse en el texto de los avisos: “Cocinera se ofrece mujer seria es sola con ó sin cama, […]”;[70]Cocinera de profesion genovesa, se ofrece, sola, […]”.[71]

Por su parte, la presencia de varones y mujeres con compromisos familiares también se evidencia al analizar los avisos de empleo. En ellos se observa que era habitual el ofrecimiento y/o requerimiento de matrimonios para colocarse en una casa de familia: “Se ofrece un matrimonio italiano ambos para mucamos […]”;[72]Se ofrece un matrimonio sin hijos, el hombre para cocinero y pastelero de profesion, y la muger para mucama […]”;[73]Se ofrece una mujer para todo servicio de una casa de 2 0 3 personas, teniendo cama y comida para su marido, en tratos convencionales […]”;[74]Matrimonio español recién llegado, se ofrece ella para cocinera y el para jardinero, con buenos informes […]”;[75]Matrimonio se ofrece, cochero y cocinera ó para sirviente […]”.[76]

Estas solicitudes tenían su contrapartida en una demanda más bien minoritaria (aunque permanente) de patrones que optaban por tomar matrimonios para el servicio: “Matrimonio se necesita uno en la calle de Maipú 343, con buenas recomendaciones y que sepa cocinar la muger”;[77] “Matrimonio se precisa, la mujer para cocinera y el marido para cochero en el Caballito, se prefiere extranjero […]”;[78] “Se necesita un matrimonio para todo servicio, que sepa desempeñar su obligacion, se prefiere italiano […]”;[79] “Matrimonio se necesita para corta familia, se prefiere el marido cocinero y limpieza de patios y ella niñera ó sirvienta […]”;[80] “Matrimonio se desea para el servicio de un hombre solo, ella como cocinera (a la francesa), él como sirviente; inútil se presenten sin buenas recomendaciones […].[81]

Figura N°4. “Matrimonio práctico desea colocación”

Descripción: Matrimonio práctico desea colocación

Fuente: Caras y Caretas, 19 de octubre de 1900, Nº 107, p. 37.

Es posible que esta preferencia por contratar matrimonios fuera una forma de garantizar cierta armonía entre los sirvientes del hogar, o bien que por el hecho de tomar a ambos (situación que si bien era frecuente, no era predominante) los patrones pudieran negociar (rebajar) el costo de sus servicios. Había familias que aceptaban tomar una sirvienta casada y hospedar a su marido: “Sirvienta que sepa cocinar se necesita […] si es casada, se da casa y comida al marido, sueldo 35$”;[82] “Sirvienta que sepa cocinar, se le da pieza al marido ó con chico […]”;[83] “Matrimonio, sirvienta se necesita, se da cuarto al marido […]”;[84] “Se precisa mujer para poco servicio de corta familia, se le toma con marido ó viuda con criatura[…]”.[85]

Otras veces, no eran matrimonios sino familiares o parientes los que se ofrecían para colocarse juntos. Este tipo de ofrecimientos también fueron considerados como una opción válida para algunos patrones, seguramente porque podían tomar a dos personas para los trabajos domésticos a un precio menor o “por un mismo sueldo”: “Sirvienta se precisa una persona formal para todo servicio de un matrimonio solo; y si tiene algún chico en su compañia es mejor […]”;[86] “Mujer formal si es posible fuera con una hija de doce á quince años, se precisa para el servicio de tres personas, se prefiere italiana […]”;[87] “Mujer formal, sola ó con hija, ambas para el servicio de corta familia […] se necesita”;[88]Madre é hija ó dos hermanas se necesitan para todo servicio de matrimonio […]”;[89] “Se necesita sirvienta que entienda de cocina, se admitirá con hijo mayor de 7 años […]”.[90]

Las situaciones familiares y laborales más difíciles de resolver eran las de mujeres trabajadoras que habían sido madres solas y que tenían hijos demasiado pequeños como para ser considerados “útiles” económicamente: “Se ofrece una señora formal para todo servicio, para mucama, cocinera ó planchadora, tiene dos hijos pequeños; dará garantías de su conducta […]”;[91]Se ofrece una señora sola, vasca española, con un niño de 12 meses, sabe planchar ropa de señora y de hombre y un poco de cocina, para servicio de un matrimonio solo […]”;[92]Madre é hija con una chica de 4 años se ofrece para todo trabajo, ciudad ó campo […]”;[93]Señora viuda con chico de 2 años, se ofrece para sirvienta, entiende de cocina […]”.[94] En estos casos, cuando sus ofrecimientos no llegaban a buen puerto y no podían establecer ningún acuerdo laboral, las mujeres que no tenían con quién dejar a sus hijos debían separarse (al menos de forma transitoria). Algunas contrataban amas de leche, otras los ingresaban en la Casa de Expósitos de la ciudad (donde los cuidaban y alimentaban otras amas de leche internas o externas contratadas por el mismo establecimiento), los abandonaban mediante artilugios o los mataban (situación que fue más bien excepcional).[95]

Recién cuando sus hijos tenían 6 o 7 años aproximadamente, las mujeres podían intentar colocarse con ellos ofreciendo sus servicios personales: “Se desea colocar una señora con un niño de 6 años, para el servicio de adentro ó sea para la cocina de un matrimonio sin hijos, sin pretension de mucho sueldo, solo desea habitación […]”;[96] “Una sirvienta se ofrece con una chica de 8 años tiene buenos informes de conducta […]”;[97] “Cocinera hija del país que sabe desempeñar su obligación se ofrece, con un hijo de 13 años […];[98] “Se ofrece una sirvienta italiana con una hija de 12 años […]”;[99] “Se ofrece una sirvienta con un chico de 9 años […]”.[100]

El perfil demográfico y social de las y los sirvientes, reflejado también en el tenor de los avisos, permite apreciar la existencia de una gran diversidad de sujetos, situaciones y de “tipos” de trabajadores del sector. Al tratarse de actividades asociadas a la cotidianeidad de los hogares y a las condiciones materiales de vida, los servicios domésticos permitieron la inserción en el mercado laboral a quienes no tenían experiencia o calificación suficiente para participar de otros ámbitos de trabajo.

En la Ciudad de Buenos Aires de fines del siglo XIX y principios del XX, el fenómeno de la domesticidad estaba muy extendido y tener un sirviente resultaba muy accesible desde el punto de vista económico. La extensión del fenómeno salta a la vista, máxime cuando se constata la existencia de mujeres y niños que prestaban servicios no siempre a cambio de un salario sino ‒dependiendo del tipo de arreglo‒ a cambio de habitación, comida o vestido, de promesas de formación laboral, o de educación moral y religiosa.

Para muchas familias porteñas, las características de sus sirvientes ‒y no solo la posibilidad de contratarlos‒ eran importantes al momento de delimitar fronteras sociales. Más que la existencia de sirvientes, entonces, lo que operó como un mecanismo de diferenciación social fue el “tipo” y la cantidad de sirvientes a los que se podía acceder. En virtud de sus perfiles sociales y laborales y de la diversidad de condiciones que los afectaban se puede inferir que este ámbito de trabajo dio lugar a distintas experiencias de domesticidad.


  1. Caras y Caretas (CC), 26 de mayo de 1900, p. 14.
  2. Ib. El subrayado es nuestro.
  3. Véase: Moya, Primos y extranjeros…, p. 238.
  4. “El problema del servicio doméstico”, CC, 15 de octubre de 1910, N° 628, p. 64.
  5. “Poliglotismo doméstico”, CC, Buenos Aires, 14 de septiembre de 1912, N° 718, p. 117.
  6. Por “género” nos referimos a la construcción social de la diferencia sexual, a las formas mediante las cuales las diferencias biológicas producen roles diferenciados y formas de organización social en las que subyacen relaciones de poder. El género es el saber sobre la diferencia sexual, el cual no está biológicamente prefijado, sino que se va conformando cultural e históricamente y ordena las relaciones sociales. En palabras de Scott: “el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y el género es una forma primaria de relaciones de poder”. Scott, Joan W., “El género: una categoría útil para el análisis histórico”, en Lamas, Marta (comp.), El género: la construcción social de la diferencia sexual, México, Miguel Ángel Porrúa Grupo Editor, 1996, p. 289.
  7. Por “etnicidad” nos referimos a las prácticas culturales y perspectivas que distinguen a una determinada comunidad de personas. Véase: Giddens, Anthony, “Etnicidad y raza”, en Giddens, Anthony, Sociología, Alianza Editorial, Madrid, 2000, pp. 277-315.
  8. En estas cifras no están consideradas las cocineras, que constituyeron un grupo muy numeroso. Para 1895 sumaron algo menos de 7.000 (más del 70% de la categoría “cocineros”) y en 1915 se triplicaron sumando más de 21.000 (aproximadamente el 84% de la fuerza de trabajo registrada en dicha categoría). Véase: capítulo 1.
  9. LP, 5 de noviembre de 1870.
  10. LP, 17 de febrero de 1880.
  11. LP, 1 de febrero de 1890.
  12. LP, 4 de enero de 1910.
  13. La presencia de varones en el servicio doméstico ha sido observada en otras ciudades latinoamericanas y europeas. En la ciudad de México, algo más del 21% de los sirvientes eran varones para 1910. Goldsmith, Mary, “De sirvientas a trabajadoras. La cara cambiante del servicio doméstico en la ciudad de México”, en Lamas, Marta (comp.), Miradas feministas sobre las mexicanas del siglo XX, México, FCE, 2007, p. 90. En Río de Janeiro, entre 1870 y 1900 cerca del 20% o 30% del servicio doméstico era masculino. Fernandes de Souza, “Entre a convivência…”, p. 122. En París, los hombres representaban el 31,7% de los domésticos en 1851 y el 17% en 1901. Guiral y Thuillier, La vie quotidienne…, pp. 10-11. Referencias para otras ciudades europeas se encuentran en Sarti, Rafaella, “Criados, servi, domestique…”, pp. 26 y ss.
  14. LP, 9 de marzo de 1875.
  15. LP, 17 de febrero de 1880.
  16. Ib.
  17. LP, 3 de enero de 1900.
  18. Ib.
  19. LP, 17 de febrero de 1875.
  20. LP, 8 de enero de 1885.
  21. LP, 1 de febrero de 1890.
  22. LP, 4 de enero de 1910.
  23. Fernandes de Souza, “Entre a convivência…”, p. 96. Si comparamos a las trabajadoras domésticas con el caso de las empleadas administrativas tal vez se evidencia mejor lo antedicho. Queirolo ha señalado que las mujeres que querían emplearse en “trabajos de escritorio” no solo debían saber leer y escribir como un requisito excluyente, sino que además debían capacitarse a través del paso por una densa red de profesores, institutos y academias que las formaban en saberes específicos de mecanografía, taquigrafía, caligrafía, etc. Queirolo, “Las mujeres y los niños…”. A diferencia de lo que ocurría con las y los sirvientes, el proceso de capacitación de las empleadas administrativas era formal y estaba institucionalizado. Un análisis de las dificultades en la inserción de las mujeres en el mercado laboral y las trabas impuestas por el sistema educativo formal e informal se encuentra en los trabajos que componen el dossier: Ramacciotti, Karina Inés, “Dossier. Mujeres, trabajo y profesionalización”. Disponible en: http://goo.gl/eWcKvd.
  24. Véase: Cárdenas, Ramona y el robot…, pp. 99-100; pp. 110-111. Algunas de estas ocupaciones dejaron de existir y otras se desvincularon del sector hasta autonomizarse y constituirse en un gremio aparte. Seguramente este movimiento les permitió desmarcarse de la desvalorización de los trabajos domésticos e iniciar un camino de resignificación social de sus ocupaciones que se tradujo en algunos casos en mejoras en las condiciones laborales.
  25. Ib., p. 110. Ib., pp. 99-100; pp. 110-111.
  26. Ese corte etario se definió sobre la base de lo establecido por el Código Civil, que instituyó los 14 años de edad como límite para el cumplimiento con los deberes escolares y para contraer matrimonio. Otero, Estadística y Nación…, pp. 253-254.
  27. La Prensa, XXIV, 18 de setiembre de 1901. Publicado en González, Ricardo, Gente y sociedad. Los obreros y el trabajo. Buenos Aires, 1901, Buenos Aires, CEAL, 1984, pp. 79 y ss.
  28. LP, 3 de noviembre de 1870.
  29. LP, 14 de agosto de 1875.
  30. LP, 26 de febrero de 1880.
  31. LP, 12 de abril de 1890.
  32. LP, 8 de enero de 1905.
  33. LP, 4 de enero de 1910.
  34. Pagani, Estela y Alcaraz, María Victoria, Mercado laboral del menor (1900-1940), Buenos Aires, CEAL, 1991, pp. 35 y ss.
  35. LP, 30 de abril de 1875.
  36. LP, 24 de abril de 1880.
  37. LP, 12 de abril de 1890.
  38. LP, 20 de julio de 1900.
  39. LP, 26 de noviembre de 1900.
  40. LP, 3 de enero de 1900.
  41. LP, 4 de enero de 1910.
  42. LP, 8 de marzo de 1870.
  43. LP, 21 de marzo de 1875.
  44. LP, 26 de febrero de 1880.
  45. LP, 12 de abril de 1890.
  46. LP, 3 de enero de 1900.
  47. LP, 3 de abril de 1905.
  48. LP, 4 de enero de 1910.
  49. LP, 19 de agosto de 1875.
  50. LP, 13 de febrero de 1880.
  51. LP, 8 de enero de 1885.
  52. CC, 26 de mayo de 1900, p. 14.
  53. Sesión ordinaria del 17 de Mayo de 1912. Proyecto de ordenanza presentado por el concejal Monsegur “Reglamento del servicio doméstico”. República Argentina, Versiones taquigráficas…, 1° período de 1912, p. 259.
  54. Moya, Primos y extranjeros…, p. 231.
  55. Véase: Jelin, “Migración a las ciudades…”.
  56. LP, 2 de noviembre de 1870.
  57. LP, 17 de febrero de 1880.
  58. LP, 1 de febrero de 1890.
  59. LP, 17 de febrero de 1875.
  60. LP, 13 de febrero de 1880.
  61. LP, 5 de mayo de 1910.
  62. LP, 4 de enero de 1910.
  63. LP, 4 de enero de 1910.
  64. LP, 17 de febrero de 1875.
  65. Las cédulas censales de 1869 no hicieron distinción entre la ciudad y el resto de las localidades de la provincia de Buenos Aires. Los registros de 1895 sí la hicieron (aunque no siempre del todo clara) y agregaron a veces la localidad de origen (Las Flores, Azul, por ejemplo) o bien especificaron que se trataba de Ciudad de Buenos Aires. La confusión se presenta cuando solo se registró “Buenos Aires” porque no permite saber si se trataba de migrantes provenientes de pueblos de la provincia que se asentaron en la ciudad capital. También puede haber ocurrido que los censados hayan declarado su último lugar de residencia y no el de origen, velando en esos casos también su condición de migrantes. Ver: cédulas censales del Censo Nacional de Población de 1869 y 1895.
  66. Otero, Estadística y Nación…, pp. 421-423.
  67. LP, 27 de junio de 1875.
  68. LP, 17 de febrero de 1880.
  69. LP, 1 de febrero de 1890.
  70. LP, 20 de julio de 1900.
  71. LP, 19 de abril de 1905.
  72. LP, 1 de diciembre de 1870.
  73. LP, 28 de abril de 1875.
  74. LP, 1° de febrero de 1890.
  75. LP, 8 de enero de 1905.
  76. LP, 4 de enero de 1910.
  77. LP, 28 de febrero de 1875.
  78. LP, 12 de abril de 1890.
  79. LP, 1° de junio de 1890.
  80. LP, 28 de abril de 1900.
  81. LP, 8 de enero de 1905.
  82. LP, 19 de septiembre de 1905.
  83. LP, 4 de enero de 1910.
  84. LP, 5 de mayo de 1910.
  85. LP, 20 de agosto de 1910.
  86. LP, 20 de abril de 1875.
  87. LP, 12 de abril de 1890.
  88. LP, 19 de abril de 1905.
  89. LP, 2 de septiembre de 1905.
  90. LP, 4 de enero de 1910.
  91. LP, 24 de abril de 1880.
  92. LP, 12 de abril de 1890.
  93. LP, 25 de enero de 1905.
  94. LP, 19 de abril de 1905.
  95. Se volverá sobre estos temas en el capítulo 5.
  96. LP, 12 de abril de 1890.
  97. LP, 22 de febrero de 1880.
  98. LP, 9 de octubre de 1890.
  99. LP, 3 de enero de 1900.
  100. LP, 4 de enero de 1910.


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