Apuntes para una comprensión de la sociedad rural
Luciano Martínez Valle (Ecuador)
Introducción
Actualmente, en las ciencias sociales y en especial en la sociología, es aceptado el análisis del territorio como un espacio de construcción social que permite superar la dimensión fisicalista y geográfica del espacio sin contenido social y recupera el rol central de los agentes sociales. En esta línea, resultan fundamentales los aportes de Henri Lefebvre, quien concibe el espacio social como el ámbito en donde se materializan en concreto las relaciones sociales, entendidas como relaciones de producción propias de la sociedad capitalista. Lefebvre también advierte sobre el peligro de caer en la “trampa de tratar al espacio como espacio en sí y como tal”, lo que conduciría a su “fetichización” en lugar de “descubrir las relaciones sociales” implicadas en los espacios (Lefebvre, 2013, p. 145). En consonancia con esta perspectiva, Bourdieu plantea claramente la diferencia entre el “lugar” o espacio físico donde un agente social se encuentra ubicado y el espacio social definido por la posición social que ocupa en relación con otros agentes, es decir, en el contexto de una “estructura de yuxtaposición de posiciones sociales” (Bourdieu, 1993, p. 251).
Esta distinción es clave para la sociología del territorio en la que se han consolidado, a grandes rasgos, dos líneas interpretativas: por un lado, una vertiente derivada de la sociología de Simmel (1986) y Goffman (1979) centrada en la interacción de los sujetos individuales en “espacios físicos específicos y su evolución a lo largo del tiempo” (Liu, 2024) o en la proyección espacial de las relaciones sociales (Berger, 2023); por otro lado, una línea que proviene de los trabajos de Bourdieu, enfocada en el rol de los agentes sociales en un espacio social determinado y estructurado en torno a la disponibilidad de capitales y la posibilidad de movilizarlos para modificar o conservar la posición ocupada en él (Bourdieu, 2021). La primera se concentra en el análisis de las interacciones entre actores individuales, pero no considera las estructuras sociales ni las relaciones de poder y lucha de clases, en tanto que la perspectiva de Bourdieu pone el énfasis en la dinámica de las clases sociales en un espacio social concreto (Liu, 2024).
Una interpretación intermedia puede encontrarse en los planteamientos de Alain Lipietz, quien considera el espacio social como un “condicionante objetivo” y, al mismo tiempo, como un “reflejo de la articulación de las relaciones sociales” (Lipietz, 1977, p. 22). En un sentido similar, Mela propone considerar el territorio como un medio de interacción social, donde los actores actúan a través de “variables espaciales” (Mela, 2015). Esta visión es compartida también por otros autores que subrayan la contribución del espacio en la configuración de las relaciones sociales (Billaud, 2009; Ripoll & Tissot, 2010; Löw, 2013; Rémy, 2015).
En este trabajo se moviliza la teoría de Bourdieu en torno a la conceptualización del espacio social y campo social, conceptos centrales del análisis sociológico del territorio que ante todo permiten destacar el rol de los agentes sociales (clases sociales) sus prácticas y estrategias, así como sus luchas no solo por apropiarse del territorio sino también por transformarlo. La relación dialéctica entre espacio físico o lugar y agentes sociales no se concretiza sino a partir de las estrategias individuales y colectivas (es decir, socializadas) en un territorio concreto. Así, la dimensión sociológica del territorio privilegia no tanto las características del lugar, sino las prácticas o estrategias de los agentes sociales —tanto a nivel individual como colectivo— orientadas a mejorar su posición dentro de un campo social determinado (Bourdieu, 1993).
La relación entre los conceptos de campo social y espacio social ha sido recientemente precisada por Wacquant, quien menciona que el espacio social es un concepto “genérico”, del que se deriva el concepto más “específico” de campo. Este autor advierte que la utilización de la noción de campo social es más factible en espacios diferenciados socialmente, es decir, donde las relaciones de mercado articulan las relaciones sociales. De esta forma, es mejor no utilizar la noción de campo en espacios ocupados por sociedades donde las relaciones capitalistas son incipientes o no existen y donde “no tienen límites institucionalizados, ni barreras de entrada, ni especialistas en la elaboración de una fuente de autoridad y sociodicea distintiva” (Wacquant, 2019, p. 17). Igualmente, Monique de San Martin, en un artículo reciente, previene sobre la necesidad de “estar atentos a los procesos de constitución del campo” y además preguntarse sobre los mecanismos sociales que pueden incidir en “procesos de desestructuración o descomposición de los campos” (San Martin, 2025, p. 53).
Desde una perspectiva sociológica crítica, resulta fundamental privilegiar una vía analítica sustentada en un enfoque relacional, que posibilite una comprensión integral de la complejidad social de los territorios. Este enfoque permite examinar las estrategias diferenciadas que los agentes sociales despliegan en función de la distribución y disponibilidad de distintos tipos de capital. Tales agentes ocupan posiciones estructuralmente diferenciadas, determinadas en gran medida por las relaciones de producción vigentes, y configuran así un “campo de fuerzas” en el que se dirimen luchas orientadas tanto a la reproducción como a la transformación de las relaciones de dominación.
Retomado este planteamiento, en el presente trabajo se abordan tres ejes que consideramos claves para el análisis sociológico de los territorios rurales, a saber: a) la ampliación del espacio social, b) la desigual distribución de capitales en el campo social, como una vía para el análisis de las clases sociales en el territorio, y c) la conflictividad social como producto de la dinámica de los agentes sociales en el territorio. La lógica de esta propuesta parte de la necesidad de abordar los territorios rurales como espacios sociales insertos en dinámicas globales que trascienden los microespacios rurales. Esta perspectiva permite indagar los cambios en las estructuras sociales locales, accesibles únicamente a través del análisis de las estrategias que implementan las clases sociales en territorios concretos. Para sustentar esta argumentación, se utilizarán algunos ejemplos de investigaciones recientes en cada uno de los ejes señalados.
1. La ampliación del espacio social
Un análisis de las dinámicas socio-productivas de los territorios no puede prescindir de la concepción de un espacio social cada vez más globalizado. Este es un proceso que se ha construido no solo por la mayor vinculación de los espacios rurales con los urbanos sino también, a partir de mediados del siglo pasado, por la integración progresiva de los territorios rurales en una dinámica económica global (Patnaik, 2018; Entrena Durán, 2025). Los trabajos de Bourdieu ya mencionan este proceso para el caso de las sociedades rurales de Francia a mediados del siglo XX, que genera una mayor integración mercantil sea en la esfera de la producción como en la del consumo. Así, la ampliación del espacio social significaba para los campesinos franceses de la región de Béarn cambios importantes en las estrategias matrimoniales, en la mercantilización de la tierra y del trabajo, así como en una mayor integración de las mujeres al mercado de consumo no productivo. La sociedad campesina anteriormente atrincherada en los valores solidarios y comunales había sido transformada por este proceso de ampliación mercantil que afectaba desde los gustos personales a las dificultades de la reproducción social (Bourdieu, 2002; Champagne, 2002). La integración de las sociedades rurales actuales en las relaciones mercantiles (commodification) supone, como lo menciona Bernstein, “que los hogares quedan sujetos a las dinámicas y limitaciones de la mercantilización que son internalizadas en sus relaciones y prácticas” (Bernstein, 2012, p. 147).
No obstante, este proceso de ampliación del espacio social debe necesariamente considerar los procesos multiescalares (micro-meso-macro) de transformación de los territorios, debido principalmente a factores externos (el mercado), y también a internos, vinculados a las estrategias de los agentes sociales ubicados en posiciones diversas dentro del espacio social. En el caso de los territorios rurales, este proceso empieza por una mayor integración rural-urbana facilitada por la eliminación de las barreras físicas de proximidad, en gran parte, debido a las mejoras en las vías de comunicación y el transporte, pero igualmente abre la puerta para una mayor vinculación con el mercado mundial en una fase del capitalismo donde el mercado ya ha invadido todos los poros de la sociedad rural y ha mermado las resistencias que a nivel individual pueden desplegar los productores. De este modo, se produce “una modificación de los ejes sociales de referencia que contribuyen a la transformación de la percepción que el pequeño campesinado tiene de sí mismo” (Champagne, 1986, p. 85).
No siempre se ha considerado cuáles son los factores internos (consolidados en estrategias muchas veces inéditas) que provienen de las prácticas de los agentes sociales como respuestas a los cambios demográficos, productivos, socio-ocupacionales y culturales que han experimentado los territorios rurales. Este es un elemento clave, el cual es importante examinar desde una perspectiva sociológica, pues permite develar las estrategias concretas que implementan los agentes sociales y el tipo de capital(es) que ponen en movimiento dentro del espacio social. Pero estas respuestas no se dan sino sobre un espacio social concreto (rural) vinculado con espacios más dinámicos (ciudad) en un proceso donde los factores externos encuentran el terreno fértil para impulsar el cambio de habitus, principalmente en las generaciones más jóvenes.
Así, por ejemplo, actualmente los agricultores franceses más acomodados, además de disponer de un capital patrimonial (la tierra), movilizan un capital cultural importante, sobre todo entre las generaciones jóvenes, estrategia que se asemeja bastante a la implementada por la pequeña o mediana burguesía urbana (Laferté, 2022). Champagne (2002), igualmente, indica que el automóvil, la televisión y la educación constituyen factores importantes que explican el “alejamiento físico y cultural de los jóvenes en la sociedad rural francesa, pero al mismo tiempo tienen la virtud de ser los factores que posibilitan un proceso de ampliación del espacio social en el que anteriormente se desenvolvían” (p. 160).
En el momento actual, con el avance no solo del transporte sino en especial de las tecnologías de la información (Tic) y de las denominadas redes sociales, nuevos elementos están presentes en el medio rural que explican tanto la actual proximidad física de la sociedad rural como la ampliación del espacio social. Así, en una reciente investigación realizada en un territorio dominado por los agronegocios de flores y brócoli en la sierra ecuatoriana, se habían consolidado importantes procesos de cambio de habitus de consumo, especialmente entre los jóvenes asalariados. En este caso, el acceso al salario a través de las facilidades que brinda el sistema financiero (tarjetas bancarias) y el manejo individual de los ingresos, habían inducido al consumo de nuevas mercancías de prestigio, como la motocicleta y el celular o smartphone. Este nuevo tipo de consumo no tenía ningún vínculo con las actividades productivas de las parcelas familiares, sino con las decisiones personales de los jóvenes asalariados de ambos sexos, lo que muestra profundos cambios sociales y culturales en el grupo familiar, en las nuevas generaciones y en la misma dinámica territorial (Martínez Valle y Martínez Godoy, 2024).
Algunos de los efectos negativos, como la desafección de los jóvenes respecto al campo, la mayoría de los cuales ya no quieren permanecer en el medio rural, se dan también en las sociedades rurales de América Latina y confirman el inicio de procesos de “desterritorialización” como resultado de la ampliación del espacio social (Martínez Godoy, 2024). Si bien este proceso podría interpretarse simplemente como un desajuste generacional debido al incremento de la educación entre la población joven, en realidad implica una ruptura con la lógica de reproducción centrada en la actividad agrícola o agropecuaria. El hecho de que los jóvenes ya no quieran permanecer en el campo o no quieran retomar la actividad de sus progenitores indica que no existen las condiciones materiales, culturales y simbólicas para retener a esta población que de una u otra forma migrará de estos territorios.
Un primer elemento importante a destacar en esta reflexión es la movilización del capital cultural y simbólico por las nuevas generaciones, que se ven atraídas y atrapadas por nuevos habitus provenientes de la sociedad de consumo, ahora al alcance de la mano a través del internet, las redes sociales, el smartphone, los centros comerciales, etc. La ampliación del espacio social puede, entonces, conducir a la pérdida de la mano de obra más importante para las familias, muchas de las cuales deben afrontar el futuro sin la presencia de sus hijos. Como lo menciona muy bien Champagne refiriéndose a los cambios registrados en el territorio francés de Bresse, donde los hijos de campesinos se niegan a ser los herederos: “significa el rechazo del modo de vida de los padres, la crisis de reproducción es aquí una crisis de identidad social” (Champagne, 2002, p. 255).[1]
Un segundo elemento a considerar es que los cambios que acarrea la ampliación del espacio social no son iguales para todas las familias. Así, las familias más pobres, ubicadas en una posición subordinada en el campo social, son las que experimentan los mayores problemas, pues no disponen ni de suficiente capital económico ni cultural para ofrecer alternativas in situ para sus hijos. Si estos no tienen posibilidades de encontrar trabajo asalariado en el mismo territorio, se verán obligados a migrar a la ciudad, a otros territorios rurales e incluso al exterior. No sucede lo mismo para las familias acomodadas que de hecho conforman estratos de burguesía agraria que pueden fácilmente otorgar herencias importantes a sus hijos o invertir en capital cultural para un manejo posterior más técnico de sus propiedades (Laferté, 2021). Son estas familias las que están más preparadas para aprovechar las oportunidades económicas que surgen de la ampliación del espacio social, lo que implica además de acompañar y aceptar los cambios, la producción de una “nueva identidad social” (Champagne, 2002, p. 276).
Un tercer elemento a considerar es que la ampliación del espacio social es facilitada, a su vez, por la ampliación del campo productivo a través de la articulación con el mercado capitalista no solo local sino también global. Actualmente, en los territorios rurales de la mayoría de los países de América Latina, el eje de la producción agrícola pasa por la implantación de las agroindustrias o unidades empresariales capitalistas —los denominados agribusiness—, que no solo concentran la tierra, el agua y los recursos naturales sino también la mano de obra y los procesos de comercialización (Borras et al., 2013). De este modo, las unidades campesinas familiares se ven encapsuladas en una dinámica económica y social que no controlan, pero de la que depende su sobrevivencia o permanencia en el campo.
Este alargamiento del espacio es el resultado de un proceso impuesto por una lógica productiva capitalista centrada en un patrón de cultivos (flex crops) e impulsada por las agroindustrias que favorece el acaparamiento de tierras y la desestabilización de las unidades campesinas. Estas corren el riesgo de no poder conservar sus pequeñas propiedades y tampoco retener a la población joven, que finalmente migra de los espacios rurales (Martínez Valle, 2025). En este sentido, se puede plantear que la ampliación del espacio social conlleva también la densificación del proceso de mercantilización de la sociedad rural, lo que implica una nueva dinámica de los agentes sociales, es decir, de las clases sociales en un territorio concreto.[2]
2. La desigual distribución de capitales en el espacio social: hacia una sociología de las posiciones sociales
Un aspecto que llama mucho la atención en la bibliografía de los últimos veinte años sobre las sociedades rurales en América Latina es el abandono progresivo de los análisis sobre los procesos de diferenciación social y de las clases sociales, que todavía hacia los años 90 del siglo pasado eran importantes en varios países de la región.[3] Sin entrar en la prolífica discusión sobre las causas académicas y políticas de esta situación, se puede esbozar dos hipótesis explicativas: la crisis del marxismo crítico en el campo universitario y el auge de las interpretaciones chayanoviano-campesinistas entre una gran parte de los investigadores en sociología rural (Van der Ploeg, 2013). Lo cierto es que, frente a la “avalancha” de estudios sobre la agricultura familiar y la agroecología desde esta última perspectiva, hay pocos estudios que se centran en la dinámica de las clases sociales en la sociedad rural. Frente a esta tendencia, algunos autores, como Pouch (2023), plantean la necesidad de rediscutir los aportes centrales de los “estudios agrarios críticos” y recuperar desde la economía política las tesis de los autores clásicos del marxismo (Bernstein, 2012; Byres, 2016).
Desde una perspectiva sociológica es importante, entonces, abordar el análisis de la heterogeneidad social de los territorios considerando la posición que ocupan los agentes sociales en un espacio o campo social determinado, lo que a su vez depende de la disponibilidad de capitales (económico, cultural, social, simbólico, etc.) y de las estrategias desplegadas para movilizar dichos capitales.[4] Como lo menciona Bourdieu: “… el lugar y la ubicación que ocupa un agente en el espacio físico apropiado constituyen excelentes indicadores de su posición en el espacio social” (Bourdieu, 2013a, p. 134). Sin embargo, no es suficiente detectar la posición social de los agentes en el espacio social sin analizar las relaciones que se establecen con otros agentes ubicados en posiciones diferentes. Además, hay que tomar en cuenta que estas posiciones no son fijas, pues no todos los agentes tienen las mismas oportunidades ni recursos para moverse a través del espacio social (Reed-Danahay, 2022).
En esta línea, utilizamos la noción de campo social como “… un universo en el que las características de los productores se definen por su posición en las relaciones de producción, por el lugar que ocupan en un determinado espacio de relaciones objetivas” (Bourdieu, 2008, p. 345). La utilización de esta dimensión más macro permitiría superar una de las amenazas que menciona el sociólogo sobre la construcción de las “clases sobre el papel” (clase teórica) y avanzar hacia la construcción de “la clase objetiva”, es decir, considerando “sus propiedades ligadas a sus relaciones objetivas con las demás clases” (Gutierrez, 2011, p. 12).
Como lo hemos mencionado más arriba, una de las rutas para abordar este desafío sociológico es el análisis de la heterogeneidad social en un espacio social determinado a través de la construcción de las posiciones sociales que ocupan los agentes sociales en un territorio (Bruneau et al., 2018). Ahora bien, siguiendo esta pista bourdieusiana, los agentes sociales adquieren una posición en un campo social según la disponibilidad de capitales que posean (económico, cultural, social) y las posibilidades que tengan para movilizarlos estratégicamente dentro del campo social, considerando además que la distribución de capitales es desigual entre los agentes que ocupan una posición dominante y aquellos que ocupan una posición dominada o subordinada.
Los autores que han abordado recientemente el tema de las clases sociales en el medio rural lo hacen a partir de la “posición social” de los agentes, es decir, buscan ubicar a los agentes en un campo social determinado para analizar sus estrategias diferenciadas. Así, según Laferté:
Aquí se prefiere la sociología de las posiciones sociales a la de las ocupaciones, demasiado restrictiva para definir los grupos sociales. La posición social es plural y multivariable. Incluye el estatus profesional y el estilo de vida, y se inscribe en una perspectiva relacional de los grupos sociales, unos posicionados en relación con otros. Recientemente, el estudio de la posición social también ha permitido alejarse de una sociología de los individuos y tener en cuenta el hogar en su conjunto —un punto decisivo para los agricultores—, un grupo marcado por la porosidad entre la escena profesional y la familiar (Laferté, 2021, p. 160).
Desde un punto de vista metodológico, este planteamiento implica captar en el terreno la posición social de los agentes a través del estudio de “espacios sociales localizados” (Laferté, 2014a). Como lo señalan muy bien Bruneau et al.:
frente a las críticas que a menudo se hacen a la supuesta pequeñez de los estudios de campo, hay que reafirmar que la escala local en cuestión es en efecto la de la observación y la investigación empírica, y no la de la construcción teórica del objeto (Bruneau et al., 2018, p. 15).
Así, por ejemplo, Laferté en sus estudios sobre la burguesía cerealera y vinicultora en Francia examina no solo la alta heterogeneidad social de estos productores sino el nuevo rol de los grupos dominantes, en especial de una burguesía agraria con alto capital económico y prácticas culturales similares a los de la burguesía urbana. Se trata, según este autor, de una aproximación multivariada de la posición social no solamente en relación con el aparato de producción sino también con “la jerarquía de prácticas y de saberes socialmente valorizados” (Laferté, 2014b, p. 162). Esto implica no perder de vista tanto la “posición objetiva” relativa a los medios de producción y susceptible de ser construida incluso mediante herramientas estadísticas, así como la “posición subjetiva”, entendida como “la percepción de sí mismo y de los otros, según el lugar y los grupos sociales con los que se interactúa” (Laferté, 2021, pp. 162-164).
En este segundo andarivel, la posición social hay que considerarla no solo a nivel individual sino también familiar, puesto que puede ser ampliada por la ocupada por otros miembros de la familia que aportan con conocimientos o prácticas en la formación del capital cultural, provenientes de otros espacios sociales en condiciones de alta movilidad, como sucede actualmente en las sociedades rurales, incluso las andinas.
Una aproximación al proceso de diferenciación social presente en comunidades andinas que supuestamente son homogéneas social y culturalmente la hemos realizado en una reciente investigación en el territorio de Cayambe, en la provincia de Pichincha (Martínez Valle y Martínez Godoy, 2019). La investigación muestra que las familias disponen de un desigual acceso al capital económico centrado en la producción lechera, base sobre la cual se estructuran los otros capitales, en especial el capital social. Las familias pertenecientes a una de las comunidades (La Chimba) se ubican en el espacio social en forma diferenciada de las otras familias pertenecientes a comunidades con menor capital económico, lo que les permite en un primer momento disponer de mejores recursos en tierra, agua, ganado y responder dinámicamente a la articulación con las agroindustrias de leche presentes en el territorio. Estas familias han empezado a adoptar patrones de consumo similares a los de las clases medias de pequeñas ciudades cercanas (utilización de vehículos para el transporte de leche, mejora notable en la educación de los hijos, cambios en el patrón de la vivienda rural, etc.). En este sentido, los actores experimentan un cambio de habitus que los vuelve no solo diferenciados, sino también diferenciantes (Bourdieu, 1994, p. 23). Pero también han empezado a realizar “emprendimientos” productivos novedosos en el territorio, como la instalación de pequeños invernaderos de flores y de frutillas, como resultado de la difusión vertical de la agroindustria de flores ubicada en territorios cercanos a estas comunidades. Lo más interesante de este ejemplo es que las familias con más capital económico movilizan el capital social de corte tradicional en su beneficio y, por otro lado, buscan construir nuevas redes sociales ampliando las relaciones hacia afuera del territorio a través del compadrazgo. Así, el estrato más acomodado de campesinos busca conseguir compadres que apadrinen a sus hijos en las ciudades próximas o capitales de provincia. Normalmente, los elegidos son profesores, técnicos, comerciantes, etc. Granovetter (2000) denomina esta tendencia como la “fuerza de los lazos débiles” que se establece en un espacio social que rebasa los estrechos límites de la comunidad.
La evidente proximidad “física” en el espacio social entre las familias que pertenecen a una misma comunidad o comunidades cercanas y que “comparten las mismas condiciones de existencia” no ha sido tampoco un obstáculo para la difusión de prácticas diferenciadas en el espacio productivo y social (Duval, 2015).
Una lectura sociológica de estos cambios territoriales nos lleva a constatar que estas familias, a pesar de pertenecer a comunidades de origen indígena, supuestamente homogéneas desde el punto de vista cultural y étnico, ocupan posiciones sociales diferentes, que más allá de la proximidad espacial responden a la distribución y utilización desigual de capitales (principalmente, económico y social). El capital social es sin duda un recurso estratégico que se moviliza preferentemente a nivel familiar antes que comunitario. La comunidad, por otro lado, ya no tiene un peso económico determinante sobre las estrategias familiares a través de las cuales se ha consolidado un claro proceso de diferenciación social: en la cúspide de este microcampo social, se ubican las familias vinculadas a la agroindustria lechera y que lograron acumular un capital económico y social importante; a nivel intermedio, se ubican familias de campesinos que disponen de menos recursos en cantidad y calidad, pero que al carecer de agua de regadío, tienen dificultades para integrarse a la cadena de producción de la leche y reproducen un patrón de cultivos tradicionales; en la base, se ubican las familias pobres con pocos recursos y pocas posibilidades de retener a sus hijos, afectados por procesos de proletarización que se cumple en el mismo territorio (florícolas) o fuera de él (construcción y servicios en las ciudades).
3. La diferenciación social: clave para identificar y procesar los conflictos sociales en el territorio
La pertinencia del análisis del campo social, según Bourdieu, es que lo considera como un “campo de fuerzas”, es decir, un “campo de luchas” entre los agentes sociales ubicados en situaciones polares como resultado del desigual acceso a los capitales de que disponen. Bourdieu anota esta diferencia:
Me veré obligado, a efectos de análisis, a distinguir dos momentos: 1) las propiedades del campo como campo de fuerzas, es decir, como espacio de posiciones que determinan conductas; 2) las propiedades del campo como campo de luchas destinadas a transformar o conservar el campo de fuerzas, entendiéndose que la fuerza en las luchas por transformar o conservar el campo de fuerzas depende siempre en parte de la posición ocupada en el campo de fuerzas (Bourdieu, 2015, p. 568).
Este es sin duda un planteamiento central sobre la dinámica que se desarrolla en un campo social (y de paso una respuesta a las críticas sobre la supuesta inmovilidad estructural de los agentes sociales) que conduce en un segundo momento a una “lucha” por modificar las posiciones dentro del campo. Bourdieu señala la distinción que hay que realizar entre el concepto de “campo de fuerzas” y el de “campo de luchas”: “en todo momento, el campo de fuerzas funciona como un lugar al interior del cual se desarrollan las luchas por transformar el campo de fuerzas”. Así, el campo de fuerzas es considerado como la “teoría del estado de posiciones ocupadas por los agentes, grupos e instituciones”, posiciones que en todo momento son “relacionales”, es decir que se establecen en relación con otros agentes, grupos o clases presentes en el campo social (Bourdieu, 2015, p. 503).
El campo de fuerzas, que vendría a ser un concepto más descriptivo y estático de la posición ocupada por los agentes sociales, puede —en condiciones concretas— transformarse en un campo de luchas, un concepto más dinámico y que implica la agudización de las contradicciones sociales. En el campo de luchas, se requiere además que los agentes sociales tomen conciencia de su situación en relación con otros grupos sociales y que elaboren estrategias para enfrentar el poder de dominación que se ejerce sobre ellos. En este segundo andarivel, el sociólogo incluso plantea el concepto de “lucha de clases”, que se deriva de la misma dinámica del campo social (Bourdieu, 2013).
De este modo, las clases y fracciones de clase ocuparían determinadas posiciones en un espacio social concreto, definidas por su acceso a determinados capitales (o “bienes raros”, como lo señala el sociólogo) y que constituyen la base (le socle) de un espacio de luchas por conservar o incrementar esos bienes. Estas pueden ser “luchas de concurrencia”, de corte cotidiano en el campo social, así como también “luchas de conflictos”, o incluso “luchas revolucionarias”, especialmente cuando existe un enjeu sobre el cual ya no están de acuerdo los agentes sociales ubicados en posiciones dominadas y buscan construir otro u otros ejes que no necesariamente corresponden a los intereses de las clases dominantes y, por supuesto, no son aceptados por ellas (Bourdieu, 2013b, p. 33).
El planteamiento relacional sobre el campo social es un buen punto de partida para detectar lo que sucede detrás de la aparente homogeneidad social con la que se encuentra el investigador, sobre todo, al abordar los agentes sociales en los territorios rurales. No solo que existe una heterogeneidad social entre los estratos sociales subordinados (productores campesinos familiares, comunidades indígenas, asalariados rurales, etc.), sino también entre estos y los grupos intermedios y dominantes en el campo social. A partir de este posicionamiento estructural, se puede avanzar en un análisis de los conflictos o luchas que explícita o implícitamente se dan en el territorio.
Así, por ejemplo, en algunos territorios, como el Chocó Andino,[5] donde la variable medioambiental ha sido definida por las clases dominantes con alto nivel económico y cultural en alianza con ONG y el mismo Estado, como el eje del desarrollo territorial, privilegiando el manejo del bosque, la fauna local (oso andino) y el turismo de recreación, se ha minimizado, en cambio, la importancia numérica y social de los pequeños y medianos productores orientados a una producción mercantil de larga data en este territorio (café, caña de azúcar y ganadería). Si bien no se ha generado un conflicto territorial abierto, existen conflictos latentes que muestran que el “eje o meollo” medioambiental no ha sido asumido mayoritariamente por los agentes sociales ubicados en una posición subordinada. La presión desde arriba que se ejerce a través de ONG y militantes del medioambiente no considera las dificultades económicas y sociales que tienen aquellos pequeños productores para transformar sus parcelas en espacios de bosque andino o recreacionales. A mediano plazo, este territorio podría ser el escenario de una lucha en torno a la estrategia medioambiental, que empieza a ser cuestionada, frente a una estrategia productiva más diversificada, que favorece a los agentes sociales dominados.
En este territorio, existen claramente agentes sociales ubicados en una posición dominante en el espacio social (grandes propietarios, ONG ambientalistas, empresarios del turismo, etc.) que ejercen estrategias de dominación simbólica en torno al “reto” ambientalista y que tienen un notable impacto en el diseño de políticas públicas en los gobiernos locales y en la búsqueda de consenso en la opinión pública. Tal como lo menciona un estudio centrado en la zona de Mindo, el auge del mercado de tierras ha estado acompañado del alza del precio de la tierra y de una presión para el cambio en el uso del suelo, de la agricultura tradicional hacia el turismo y conservación privada (Coral et al., 2021). Por otro lado, los agentes subalternos carecen de un capital económico y social que podrían movilizar para crear un nuevo eje en torno al cual se podrían incluir sus demandas, hoy por hoy completamente invisibilizadas. Finalmente, también se podría argumentar que en este territorio se ha impuesto una “representación social” desde arriba, dado el poder que tienen los sectores dominantes y el manejo eficiente de los medios de comunicación frente a los agentes sociales dominados con bajos niveles de organización y una “representación individual” que no es suficiente para llegar a una “representación colectiva” del territorio (Moscovici, 2013, p. 134). Claramente, en este territorio no existe homogeneidad social, y en el horizonte, el conflicto social latente puede manifestarse como el resultado de una contradicción creciente sobre el uso del espacio rural (Chamboredon, 2019, p. 154).
Los conflictos sociales, entonces, tienen un sustento estructural que obedece al menos a tres condicionantes: a) la posición ocupada por los agentes sociales en el campo social, que implica la desigual disponibilidad de capitales, b) la movilización o estrategia que pueden utilizar los diferentes estratos sociales de esos capitales y c) la búsqueda de modificación o cambio del eje o ejes en torno a los cuales se define el campo social. Todas estas instancias conforman espacios de conflictos sociales, no en abstracto sino entre los agentes sociales que participan en un territorio concreto.[6]
Ahora bien, este es un reto para la reflexión sociológica de los territorios que tiende en el mejor de los casos a concentrarse en el análisis de los agentes sociales subordinados (proletariado rural, campesinos pobres), mientras que no se aborda el estudio de los sectores dominantes (empresarios, dueños de los agronegocios, grandes comerciantes y banqueros, etc.), quienes concentran el capital económico, cultural, social y, sobre todo, el capital simbólico, a través del cual se ejerce un efecto de “dominación suave” sobre el campo social.[7] El análisis de los agentes ubicados en una situación intermedia también es otro de los vacíos en la investigación del espacio social. Muy importantes sobre todo en los territorios rurales en la medida en que se trata de nuevos agentes que densifican la estratificación social a nivel local (comerciantes, intermediarios, técnicos, agentes del capital financiero, etc.) y en especial porque colaboran estrechamente en los mecanismos de dominación elaborados por los grupos dominantes.[8]
Algunas reflexiones finales
En este capítulo se ha buscado abrir la reflexión sobre el análisis sociológico de los territorios más allá de la dimensión espacial o geográfica, privilegiando la perspectiva de los agentes sociales y sus posiciones en el espacio social. Si bien existen varios enfoques sociológicos para analizar el territorio, aquí se ha privilegiado la perspectiva relacional de Bourdieu, que permite acercarse al espacio y al territorio a partir de la discusión sobre las clases sociales (Bourdieu, 1984). Como lo menciona Rémy (2004): “la sociología debe construir no las clases sino los espacios sociales al interior de los cuales pueden diseñarse las clases…” (p. 389). Para ello, se han analizado tres aspectos que nos parecen centrales para impulsar una reflexión teórico-práctica sobre el territorio: la ampliación del espacio social, la desigual distribución de capitales en el espacio social y la relación entre diferenciación social y conflictos territoriales.
El punto de partida de toda esta reflexión sociológica es que no existe homogeneidad social en los territorios, sean urbanos o rurales y, por lo mismo, un análisis de la dinámica territorial solo es factible a través del estudio de las estrategias de los agentes sociales que disponen de varios tipos de capital en forma desigual y que ocupan posiciones diferenciadas en el espacio o campo social.
Sobre el primer punto, es más que evidente que desde la mitad del siglo pasado existe un proceso creciente de ampliación del espacio social inmerso en los procesos de mercantilización cada vez más y más globalizados. Pero esta ampliación puede obedecer tanto a dinámicas internas como externas y afectan en diferente forma la misma lógica de reproducción de las unidades productivas. Ahora bien, esta ampliación no necesariamente conlleva cambios estructurales en el campo social, que perfectamente puede permanecer articulado en torno a una estructura de dominación anterior. No obstante, la ampliación puede manifestarse a través de cambios en el comportamiento individual de agentes sociales más proclives a estas modificaciones o cambios de habitus, ya sea por su nueva situación laboral (proletarización) o por el acceso a mayores niveles de educación, proceso que se evidencia en especial entre los jóvenes rurales.
Sobre el segundo punto, destacamos que el acercamiento a las posiciones sociales que ocupan los agentes en el campo social permite, en primer lugar, conocer la disponibilidad de capitales (económico, cultural, social, simbólico) y, en segundo lugar, analizar las estrategias altamente diversificadas de “movilidad” tendientes a cambiar de posición para el caso de los agentes dominados, y de “conservación” para los agentes que ocupan una posición dominante. La posición social de los agentes no solo depende de su acceso a recursos económicos, sino también de su capacidad para movilizar otros capitales, como el cultural, el social y el simbólico. El resultado sería disponer de una fotografía no estática de la estratificación social, a través de la cual se pueda explicar la situación actual y futura de los agentes sociales involucrados, es decir, de la dinámica social del territorio.
Sobre el tercer aspecto, se enfatiza la visión del campo social como un espacio de conflictos sociales implícitos o explícitos debido a la heterogeneidad social existente en el territorio y que se materializa en la presencia de clases sociales o fracciones de clase. Estas buscan elaborar fundamentos estratégicos que permitan su consolidación y lucha en los territorios. Por un lado, las clases dominantes han elaborado estos “fundamentos”, es decir, visiones del territorio o “representaciones sociales”, que cuentan con el apoyo de actores externos interesados en la conservación del modo de dominación (ONG, Estado, fundaciones ambientalistas, etc.) y que no incluyen las demandas e intereses de los sectores sociales dominados. Por el otro, los sectores subordinados no han logrado movilizar alguno de los capitales de que todavía disponen (por ejemplo, el capital social), para elaborar alternativas que conformen un nuevo marco interpretativo del territorio en el cual se vean incluidos y no excluidos. El conflicto social, en definitiva, depende de las estrategias de las clases sociales presentes en el territorio y del enfrentamiento entre el “sofisticado” modelo de dominación elaborado por las clases dominantes frente al desafío planteado por las clases subordinadas en una nueva interpretación de la dinámica económica y de los valores cardinales del territorio. En definitiva, la conflictividad social en los territorios rurales está estrechamente ligada a la distribución desigual de capitales y a las estrategias que los agentes despliegan para conservar o transformar su posición en el campo social.
Finalmente, el análisis sociológico de los territorios implica el desafío de abordar la sociedad rural desde la perspectiva de las posiciones que los distintos agentes sociales ocupan en el campo social, lo cual requiere considerar tanto las estrategias que estos despliegan como sus representaciones y los conflictos que los atraviesan. Si bien este enfoque supone un abordaje empírico complejo sobre la heterogeneidad social desde una perspectiva relacional, también permite abrir nuevos horizontes analíticos para una comprensión más estructural y compleja de la sociedad rural. Al mismo tiempo, plantea exigencias teóricas y metodológicas significativas para las nuevas generaciones de investigadores comprometidos con el siempre vigente problema de la construcción social del territorio. En este sentido es importante recordar la propuesta bordieuisiana de que la teoría no es más que el “humilde servidor de la investigación empírica” (Wacquant, 2016, p. 26).
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- Los problemas referentes al relevo generacional que afectan a las sociedades rurales latinoamericanas han sido analizados recientemente por Castillo & Rodríguez, 2023, y Tafuri Marques, 2024. ↵
- Este proceso ha sido caracterizado para el caso mexicano como “desagrarización”, que implica el incremento de la pluriactividad en el mismo territorio, pero que no logra detener los procesos de migración internacional (Carton de Grammont, 2009). Igualmente, en territorios altamente minifundistas de la sierra ecuatoriana, las familias rurales combinan la pluriactividad con procesos de migración interna que les permiten de alguna forma subsistir en el campo (Martínez, 2009).↵
- Para el caso latinoamericano, son importantes los trabajos de Stavenhagen (1970), Ianni y Mansour (1971), Bartra (1974), Deere y De Janvry (1981), mientras que para el caso ecuatoriano se dispone de los estudios de Archetti y Stolen (1980), Archetti (1986), Durston y Crivelli (1983), Llovet (1985), Waters y Buttel (1987), por solo mencionar algunos. ↵
- Lemieux menciona que las estrategias pueden ser comprendidas como parte del “juego social”, es decir, como “la inclinación y aptitud a jugar el Juego” (Lemieux, 2011, p. 79).↵
- Ubicado en el noroccidente de la provincia de Pichincha, incluye las parroquias de Lloa, Nono, Pomasqui, San Antonio de Pichincha, Calacalí, San José de Minas, Nanegalito, Nanegal, Gualea, Pacto y Mindo. Ocupa una superficie de 2868.97 km², que representa el 30 % del área total de la provincia. Ha sido reconocido por el Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MaB) de UNESCO.↵
- Por falta de espacio, no abordamos aquí el tema de la gobernanza territorial, estrechamente vinculado al de los conflictos territoriales, que requeriría sin duda investigar al menos las tres nociones consideradas como básicas sobre la dimensión organizacional del territorio: la cooperación, la confianza y las redes (Chia y Torre, 2025).↵
- En efecto, el capital simbólico, considerado como el prestigio o reconocimiento que alcanzan los agentes dominantes, puede ejercer un efecto de control matizado por relaciones clientelares sobre los agentes dominados en un campo social (Martínez Valle, 2019).↵
- A partir de un estudio concreto sobre lo que ocurre en el terreno, se puede llegar a plantear el análisis del poder, una categoría muy utilizada en algunas disciplinas sociales pero que con frecuencia parte de una reflexión teórica sin un verdadero contenido de las causas, mecanismos y formas de dominación en un campo social heterogéneo, minado por las estrategias de agentes sociales altamente diferenciados.↵











