Adriana Mabel Porta[1]
Introducción
El presente trabajo aborda el análisis de La telepatía nacional (2020) de Roque Larraquy, última de las novelas que cierra una trilogía de textos (La comemadre, 2011 e Informe sobre ectoplasma animal, 2014) que se desmarca de las líneas transitadas por la narrativa argentina actual.
Ambientada durante la Década Infame, la obra cuestiona con sutil ironía la falacia ideológica del paradigma positivista y neoliberal de la derecha conservadora estableciendo un paralelo con los postulados de las denominadas pseudociencias. En nuestro estudio intentamos deconstruir el modo en que el cruce entre fantasía científica y episodios clave de la vida política nacional boicotea, desde la parodia y el humor, los presupuestos que rigen los discursos del poder y sus estrategias de legitimación. Para ello, nos apoyamos en las consideraciones de Paul de Man sobre el carácter “disruptivo” de la ironía, a la que define como “la permanente parábasis de la alegoría de los tropos” (De Man, 1998: 253), y en las observaciones de Freud sobre la caricatura y la parodia, que, en cuanto “procedimientos de degradar objetos eminentes” (Freud, 1905: 180), son un medio para socavar las formas de autoridad. El deslice desde el pensamiento mágico hacia lo real nos permite reflexionar sobre la permanencia de un modelo cultural que actualiza sus efectos hasta nuestros días.
La telepatía nacional narra la historia de un grupo de oligarcas porteños que en la década del treinta proyecta la construcción de un Parque Etnográfico en Tandil donde exhibir a grupos humanos de diverso origen étnico. Amado Dam, ideador del proyecto y parodia del personaje real, compra un “lote de indios” provenientes de la Amazonia peruana y delega en su asistente los detalles del traslado, pero, por una serie de errores e imprevistos burocráticos, terminan alojados en su piso en Recoleta. Tras un subseguirse de situaciones hilarantes y rocambolescas, acontece un hecho extraordinario: los indios introducen un tótem de leño que resultó ser un perezoso en estado de hibernación en grado de producir eventos telepáticos. Durante la noche, Dam, atraído por los gemidos que provienen del artefacto, mete la mano y, por un rasguño profundo del animal, entra en conexión mental con dos sujetos. El descubrimiento de esta facultad provoca un cambio de rumbo en el proyecto: se abandona la idea del Etnoparque por la institución de una Comisión de Telepatía que, en manos de los poderes fácticos, se convierte en un “dispositivo de control-sujeción” (Foucault, 1977: 64) paraestatal.
El hilo narrativo de la historia se estructura sobre dos prácticas culturales de la Argentina de comienzos de siglo: el desarrollo de las pseudociencias y la exhibición de la alteridad aborigen en museos o parques etnográficos. En cuanto a la primera, las novedades en materia de medicina mental y neurología que provenían desde Europa, centradas en el estudio del cuerpo histérico de la mujer, despertaron la curiosidad por el inconsciente, los automatismos nerviosos, la hiperestesia, y sobre todo la hipnosis, que abrió el campo a la telepatía. En un momento en que la ciudad aún carecía de estructuras especializadas, los espectáculos de prestidigitación, a la vez que atraían a un público de curiosos, funcionaban como observatorios para médicos y eruditos. En 1895, las demostraciones del famoso artista ruso Onoffrof, ilusionista e hipnotizador, tuvieron un impacto importante en figuras destacadas, como los doctores Ramos Mejía y Antonio Piñero, quienes celebraron el poder de la telepatía e intentaron explicar sus causas (Vallejo, 2016).
Con respecto a la existencia de los “zoológicos humanos”, cuya última manifestación tuvo lugar en la Exposición Internacional y Universal de Bruselas (1958), cabe señalar que Buenos Aires también contó con una experiencia temprana en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Poco antes de su inauguración (1884), su director, Francisco Moreno, encerró a un grupo de tehuelches y mapuches capturados durante la Campaña del Desierto. Se estima que vivieron recluidas en los sótanos entre doce y veinte personas, obligadas a trabajar en la construcción del edificio y exhibidas como piezas de estudio a los investigadores europeos[2]. El caso más impactante es el de los caciques tehuelches Inakayal, muerto suicida, y su primo hermano Foyel, apresados junto a sus familias por el ejército argentino en Fortín Villegas y conducidos a La Plata. A pesar del silenciamiento, el hecho no pasó inadvertido para la prensa[3]. Mientras Larraquy escribía su novela, el proceso de reparación histórica llevaba años de ejecución. En 1994 la comunidad mapuche reclamó los restos del cacique Inakayal; en 2006 se retiraron de las salas los restos humanos de origen americano y en lo sucesivo se firmaron diversos acuerdos entre el INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, 1985) y las comunidades para la devolución de cuerpos ancestrales[4].
La realización de un emprendimiento científico (proyecto expositivo) para atracción del hombre blanco, occidental y cristiano es el motor que mueve el relato y el nudo que introduce a los indeseables del pasado histórico nacional: “indios”, afrodescendientes y, desde la mirada de la élite, los inmigrantes de origen mediterráneo. En Larraquy, la elección de lo fantástico, unido a las prácticas de la telepatía, actúa como un dispositivo literario que permite deconstruir las bases de este pensamiento plano, simplificador y mágico, como sostiene el autor, del discurso de la derecha conservadora, patriarcal y heteronormativa que naturaliza las diferencias sociales, el racismo y la misoginia en postulados que, por su falta de articulación, tensionan sus bordes rozando con la ficción. En su afán por imponer la propia verdad, necesitan continuamente “explicarse” y “legitimarse” entrando en contraste con la historicidad o realidad de los hechos, tal como sucede con las pseudociencias, empeñadas en persuadir a un interlocutor de por sí incrédulo (Borrelli, 2020).
El imprevisto se configura como un elemento de tracción que facilita el despliegue de la trama, pero que también imprime desvíos: por un lado, los descuidos burocráticos del asistente, por otro, la presencia de un perezoso que produce sensaciones telepáticas.
En cuando a su estructura, La telepatía nacional reedita el esquema lanzado en La comemadre (2011), que combina una primera parte de corte narrativo, que abarca la mayor extensión del relato (dos capítulos), con una segunda (anexo) en la que se alternan diversos materiales (cartas, decretos, informes) en los que prevalece el registro burocrático. Esta bajada abrupta, que produce un efecto de fractura y discontinuidad en el texto, precipita al lector en el uso nefasto que los poderes fácticos han hecho del don descubierto accidentalmente por el ideólogo, abriendo una línea de reflexión hacia el presente.
Posibilidades, (des)encuentros y permanencias
El relato se abre con la respuesta de Ontiveros, funcionario de la Peruvian Rubber Company, a Amado Dam (Iquitos, 5 de agosto de 1933), en la que especifica las características del “lote de indios” que enviará a Buenos Aires. En su presentación, que claramente alude al predominio del capital extranjero y al saqueo imperialista de los recursos naturales de los países latinoamericanos, se define como un especialista en ciencias de la raza que recolecta indios en la Amazonia peruana para la extracción del caucho y gomas silvestres.
Desde un primer momento, el racismo, basado en un determinismo biológico de corte evolucionista, se instala como elemento estructurante de todo el relato. El derecho a la dominación, explícito en la práctica de la cacería que avanza a paso de machete, acrecienta su efecto en los cuerpos “nublados de moscas, mordidos”, ignaros de la existencia del hombre blanco. La experiencia del contacto inicial recuerda el choque original: el desconocimiento de las armas de fuego, el carácter sobrenatural de los invasores, la incolumidad que degenera en actos de extrema violencia.
El tópico de la inferioridad y la retórica del eterno menor de edad afloran en la incapacidad pueril de los indios para contener la orina, pero también en su ineptitud para “entender la naturaleza fina del contrato” (Larraquy, 2021: 20), aspecto que connota la diversa significación cultural del intercambio y que, por su analogía situacional, nos lleva a la lectura del Requerimiento.
El relato avanza con la llegada del contingente a Buenos Aires el día 11 de septiembre. El asistente personal de Dam, narrador omnisciente al que solo conocemos por su cargo, documenta, con finta distancia objetiva, los avatares del traslado. El texto, de carácter expositivo-narrativo, asume la superestructura del informe. La descripción llevada al absurdo, de claros ecos cortacianos, instala una comicidad construida en la antítesis y la paradoja: el uso del registro formal desentona con la banalidad del contenido y las frases soeces. El lector, guiado por la rigidez de la forma, tropieza con escenas que subvierten sus expectativas. La hipérbole alimenta su exceso en el placer antropológico que orienta la mirada del narrador. En Larraquy, el fantástico produce una torsión que procesa lo “etnográficamente registrado” (Sarlo, 2006: 2), concebido, en este caso, desde la perspectiva de la dominación (Jostic, 2011).
La indiferencia aflora en el trato desigual e inhumano de los cuerpos “mercancía”: la desnudez de los indios, su rechazo a la vestidura, el confinamiento en la bodega del barco “estallada de excrementos”, la higiene restituida a baldazos una vez por semana. Larraquy aborda el paradigma de la dominación con guiñada burlona: “Cómo les explicamos, sin lengua en común y contra toda evidencia, que no están cautivos ni al servicio de nadie. Bienvenidos, me gustaría decirles. Se me ocurre que alzando los brazos en gesto de abrazo general entenderán la idea” (Larraquy, 2021: 27).
El percance burocrático, a la vez que retoma el tema de la diversidad cultural, ofrece nuevos materiales para lo cómico: el oficial de migraciones no puede registrar el ingreso al país porque los indios carecen de apellido. La paradoja jurídica reenvía al no lugar de los pueblos originarios en la formación de los Estados nacionales. Las independencias borraron su colocación histórica para ingresarlos en un mundo en el que no tienen cabida ni aceptación. El “lote” queda varado en la aduana, y vienen conducidos a un cuarto del Hotel de Inmigrantes.
La subida de los indios al camión, abriéndose paso entre los inmigrantes europeos, genera nuevas manifestaciones de racismo. El cansancio y el estrés emocional de seres capturados y obligados a un viaje extenuante se descifran como un gesto de obediencia animal:
Como el acceso al hotel está lleno de tanos y polacos de mierda no podemos acercar el camión a la puerta y para llegar a la avenida tenemos que cruzar el gentío con los indios en pelotas […]. Los indios no miran a nadie. Colaboran, suben mansos al camión. Dam me dice al oído que son mansos porque confían en nosotros (Larraquy, 2021: 32).
La transposición en estilo indirecto de los diálogos del asistente con valor autorreferencial se transforma en un gesto punitivo que reproduce el servilismo y la hipocresía de clase. De hecho, la dupla Dam-asistente es el contrapunto necesario para significar la relación de amor y odio entre el “medio pelo” y la oligarquía argentina; en esa tensión constante de la burguesía de “aparentar un estatus superior al que en realidad posee” (Jauretche, 1987: 7), dando la espalda a los sectores populares y a los oprimidos, y la aversión de la élite por la riqueza sin tradición y sin linaje.
Las reuniones del Comité para la organización del proyecto, celebradas, primero, en la exclusiva sede del Jockey Club argentino y luego en el domicilio de Rosso, accionista mayoritario, se convierten en el escenario de nuevas consideraciones racistas y clasistas. La noticia de Dam que informa el retraso del lote de indios y la llegada del tótem con un Bradypus tridactylus desencadena la competición entre los presentes. Rosso descubre excitado una vitrina en el medio de la sala: “Son veinte cráneos de indios nacionales clasificados y con documentación de origen, donados por Ameghino para el proyecto” (Larraquy, 2021: 43). Dam alza la apuesta y recuerda la oferta de la compañía de incorporar un grupo de negros recién llegados de África. Otro agrega que hay “negros y asiáticos en camino. Llegan en el mismo barco que los mapuches que mandaron a repatriar desde Francia” (Larraquy, 2021: 44). El peligro de la asociación negro-esclavo en el imaginario común enciende el debate; la reacción de la prensa opositora con el daño de imagen, la escena del “negro” que viola y mata a los visitantes. Se pide más dinero en seguridad: la fabricación de un enemigo común que obliga a potenciar el aparato represivo exime de cualquier comentario. La polémica se cierra con practicidad filantrópica y reenvía al pasado aborigen y a la presencia de afrodescendientes en el Río de la Plata:
Gatto dice que sin negros no hay negocio. A nadie se le ocurriría viajar a Tandil para ver unos indios. Cuando él era chico Buenos Aires estaba llena de negros. Ahora que no hay más, son muy exóticos. El verdadero interés de un antropoparque está en la sección africana (Larraquy, 2021: 45).
El segundo bloque de la discusión se centra en la arquitectura del parque en construcción. La presentación de la maqueta replantea el axioma civilización y barbarie: la escultura del arco de entrada Cronos pacifica a los atlantes es la metáfora-síntesis del proyecto. El debate renueva “la contingencia del estallido de negros”; el arquitecto sugiere canalizar el arroyo y separar los pabellones en islas conectadas con puentes levadizos. Dam recuerda, con desilusión, los resultados del proyecto inmigratorio:
Dam imagina las canoas yendo y viniendo con semen fresco para la reproducción cruzada entre indios, negros y asiáticos. Y la caída del proyecto en una generación. Que se reproduzcan asegura la continuidad del parque, pero no cualquier cruza. Para ver gente mezclada no hace falta salir de Buenos Aires (Larraquy, 2021: 50).
La eventualidad del incesto sugiere la posibilidad de “cargar con ejemplares defectuosos” (ivi). La reunión degenera en una discusión acalorada animada por la hipocresía, el desprecio de clase, la aberración por la diversidad y los epítetos homofóbicos hacia un miembro del grupo.
La inesperada llegada de la señora Dam desde la estancia de Lobos abre espacio a nuevas consideraciones misóginas. La quietud se disipa con el susurro del ama de llaves que anuncia la fuga de una india. La emergencia que proporciona el imprevisto detona comicidad. En su lectura etnográfica de la búsqueda, el asistente se asombra por la velocidad de adaptación de la salvaje al mundo civilizado: “Descifró el ascensor. Entender el ascensor es entender el total del mundo moderno. No el total, pero sí una parte impensable para una india. Semejante uso del cerebro pudo haberla dejado exhausta y violenta” (Larraquy, 2021: 57). Desde Harrods los gritos preanuncian el desastre: la escena circense describe las peripecias de la mujer que corre en cuadrupedia sobre la cornisa del cuarto piso. El contraste cultural y las distancias sociales completan el contexto: el “enano de trajecito verde” en la puerta, los clientes selectos, los ciudadanos ingleses en la gerencia. La india, acorralada y empapada de lluvia, se despoja del vestido con furia:
La india desnuda y el ruido de la ropa que cae sobre el pavimento enardecen al público. Salta para esquivar un brazo que sale del ventanal. Vemos los pies rugosos y su vagina como una estela negra con la línea del salto. Corre en cuatro patas como un lagarto por la cornisa. En la esquina sobre la avenida para en seco y queda quieta, con la cabeza en alto, mirando el tránsito (Larraquy, 2021: 61).
La descomposición de la escena en secuencias cinematográficas añade espectacularidad al momento. Las tratativas de rescate suman colorido al cuadro. La alusión a los rasgos anglosajones del personal de Harrods, estereotipado en los rubios naturales o fingidos, produce nuevos efectos racializadores:
Pregunta si estoy bien y me busca la mirada como hacen los afeminados. Entiendo. Ganó este puesto porque es rubio, aprendió a limar los gestos bestiales de italiano, se atenuó, y eso dejo al maricón al descubierto. Las tiendas de lujo contratan maricones. En Gath & Chaves está lleno […]. El ascensorista me pregunta como pienso salvar a la india. Por las cejas se nota que es rubio natural, pero en la cabeza tiene mechones teñidos de un rubio más claro que el suyo. Otro afeminado (Larraquy, 2021: 63-64).
Las estrategias de rescate desplazan el foco hacia la homofobia y añaden desconocimiento por la otredad cultural. La voz estridula del asistente provoca la risa del público espectador. El empleado de Harrods le sugiere que llame a la india por su nombre de pila; el asistente encapsulado en un corsé y amarrado a una cuerda comienza la tratativa. El travestismo enriquece su performance: “… mientras me engancha en el radiador, es oportuno hacer un chiste para todos. Improviso una pose femenina frente al espejo y me pongo el sombrerito fantasía para completar el cuadro. Se ríen” (Larraquy, 2021: 67).
A su regreso, Dam lo recibe con los brazos abiertos y con la respuesta del embajador peruano en mano, “indio letrado y resentido” dirá, quien puntualiza con sutil ironía la colocación anómala de la Argentina blanca y burlona en el contexto cultural hispanoamericano.
El segundo capítulo es una carta de Dam dirigida al doctor Thibaud en la que narra su experiencia telepática. El relato está precedido por una cadena de recuerdos compartidos que destila misoginia y racismo. Las “muchachas en flor” agitando sus caderas al son de los tambores durante la fiesta patria, el quinetoscopio con la sugestiva imagen de una mujer “de nalga bien provista” y cara de italiana inclinada sobre un rosal, la noche pasada con las prostitutas en el Armenonbille.
Entre el 21 y el 22 de setiembre, después del intercambio sanguíneo con el perezoso, el cuerpo de Dam es teatro de diversas manifestaciones paranormales conservadas en recuerdos. El primero es la imagen de un indio en la orilla de un río que viene mordido por una culebra y que interpreta como un maleficio; con el segundo, comprueba que se trata de una mujer que se comunica con sus pares ejecutando movimientos vaginales; y el tercero consiste en dos relatos, una prueba de sobrevivencia colectiva y el mito antropogónico del grupo étnico. Todos los recuerdos rematan con el mismo colofón racializador: mientras que el hombre blanco concibe la fenomenología telepática como una “transacción mental”, para los originarios se reduce a una actividad recreativa, un “vicio” que se transmite mediante una secreción física. Aun así, la superioridad ética del “civilizado” se desploma en las escenas de flirteo, placer sexual y autoerotismo involuntario con las que Larraquy, exprofeso, pone a prueba al protagonista: “Yo sigo retorcido de placer como una culebra, cubierto de semen hasta los pies. Resisto a la india caliente que mientras piensa todo esto quiere que me autosuccione el pene para regodeo de ambos” (Larraquy, 2021: 112). Las reflexiones finales del contacto, expresadas con palabras desafectas, demuestran que la experiencia empática no fue suficiente para bajar el filtro cultural de la dominación:
Un dato llamativo del evento es que sumergirme en ella no alcanzo para amarla. Uno pensaría que ponerse en los zapatos ajenos es la base del amor y la solidaridad. No fue el caso. También es cierto que el evento no se llevó demasiado de mí. Estaba renovado por la experiencia de haber sido una india por un rato, pero me reconocía. Eso sí: lo que reconocía como mío y no de ella, me parecía arbitrario y reemplazable. Por suerte con las horas esa impresión se fue yendo (Larraquy, 2021: 115).
El segundo grupo de recuerdos reconducen al asistente. La primera escena es un evento traumático del asistente niño en el foyer del Teatro Colón con su madre, una docente italiana de clase media, melómana, con peinado exagerado y modales burdos. El complejo de inferioridad, la vergüenza de clase y el miedo al ridículo renuevan el prejuicio de la élite porteña hacia los sectores medios de origen inmigratorio. Sucesivamente, el foco se desplaza al asistente adulto, que corre desnudo en la noche fría de Tandil para volver sobre la hipocresía moral del protagonista, que lo trata de “manfloro” mientras reprime el placer sexual que le provoca. Por último, su encuentro con O’Dogan, encargado de los asuntos del parque, permite retomar el tópico de la superioridad étnica del genotipo rubio aludiendo a la pervivencia de un modelo que aún se asocia a la distinción de clase.
El relato culmina con una escena de corte distópico y antisemita que eleva la cifra de lo fantástico: el asistente entra en un bar en el centro de Tandil, y lo atiende “un gordo en camiseta [que] parecía [un ruso] recién bajado del barco” (Larraquy, 2021: 139), ordena con un gesto circular y, como todos los clientes, conecta su brazo a una cánula de goma para consumir su pedido. La implementación de la telepatía, “para uso de espionaje privado y/o estatal, siempre a favor de los intereses de la patria” (Larraquy, 2021: 117), ya es un hecho.
La segunda parte de la obra está compuesta por un anexo que incluye cuatro contenidos que tematizan la fragilidad del Estado democrático, amenazado por la polarización interna y las fuerzas de facto. La construcción del edificio Atlas (Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalizados), transformado en Alas después del golpe de 1955, simboliza el intento de superación de la “grieta” en la sociedad argentina, metáfora de las insanables diferencias que enfrentan dos proyectos de nación. La transcripción textual del Decreto Ley 4.161 de Proscripción Ideológica del Peronismo (1956), y el interrogatorio de una mujer “ajenada” por equivocación, supervisado por un brigadier en una “cámara de intrusión”, refieren, con inequivocable estilo, a las prácticas de secuestro y desaparición forzada de personas durante la última dictadura militar.
El cierre final de la obra enlaza, en un epílogo desolador, los elementos que Larraquy ha ido diseminando a lo largo del texto para evidenciar, con lucidez y amarga ironía, los rasgos de un presente que no es más que la reedición cíclica de su propio esquema.
Bibliografía
Borrelli, Gabriela (10 de diciembre de 2020). “Charla en vivo con el escritor argentino Roque Larraquy”. En www.youtube.com/watch?v=7PnFSzTMXjA.
De Man, Paul (1998). “El concepto de ironía”. La ideología estética. Madrid: Cátedra, pp. 231-261.
Foucault, Michel (1977). Saber y verdad. Madrid: La Piqueta.
Freud, Sigmund (1969). El chiste y su relación con lo inconsciente. Madrid: Alianza.
Jauretche, Arturo (1987). El medio pelo en la sociedad argentina (Apuntes para una sociología nacional). Buenos Aires: Peña Lillo Editor [1967].
Jostic, Sonia (2011). “Novela ‘etnográfica’ o la logofagia de la cumbia villera”. Cuadernos del Sur-Letras, (41), pp. 151-172.
Keve, Carolina (14 de febrero de 2020). “Los aborígenes que vivieron en cautiverio en el Museo de La Plata”. La Nación. Historias. En www.lanacion.com.ar/lifestyle/historias-los-aborigenes-que-vivieron-en-cautivero-en-el-museo-de-la-plata-nid2333997.
Larraquy, Roque (2021). La telepatía nacional. Basauri: Fulgencio Pimentel.
Sarlo, Beatriz (2006), “Sujetos y tecnologías. La novela después de la historia”. Punto de vista, año XXIX, n.º 86.
Vallejo, Mauro Sebastián (2016). “Telépatas porteños: la transmisión del pensamiento en la ciencia y la cultura de Buenos Aires (1880-1900)”. Universidad Andrés Bello, Revista de Humanidades, 34, pp. 91-116. En hdl.handle.net/11336/179167.
- Università per Stranieri Dante Alighieri di Reggio Calabria.↵
- El inventario elaborado por el antropólogo Lehmann Nitsche (1910), contratado por Moreno, describe 5.581 piezas dispersas en cajas y aún no del todo identificadas que incluyen desde “lotes de cervicales” hasta un “feto disecado” (Keve, 2020). ↵
- En los archivos del diario La Capital (Rosario), un artículo publicado el 27 de septiembre de 1887 bajo el título “Denuncia gravísima” informa: “Dícese que desde cuatro días a esta parte han muerto en el museo tres indios de las dos familias que allí viven por cuenta del gobierno […]. El cacique Inacayal, el mismo que salvó la vida del señor Moreno en un pasaje de sus expediciones al Sur y que lo refiere en su obra ‘Viaje a la Patagonia’, ha muerto ayer. El cadáver de este ser humano, a la hora que escribimos, lo están descuartizando en el mismo museo. ¿De qué ha muerto? ¿Qué médico certifica la defunción? ¿Y la municipalidad ha autorizado su inhumación aérea? […]. Agregamos también que hay varios otros indios amenazados de una muerte próxima…” (Keve, 2020). ↵
- Véase www.museo.fcnym.unlp.edu.ar/restituciones/restituciones_presentacion-21.↵








