Fernanda Pavié Santana[1]
Ironía y negatividad
En la crítica literaria que se ha escrito sobre la obra poética de Claudio Bertoni, escritor, fotógrafo y artista visual chileno, es habitual encontrar referido el tono humorístico como uno de los aspectos expresivos más característicos de su escritura[2], reconocimiento que incluso le valió ser galardonado en el año 2010 con el Premio Nacional del Humor conferido por el Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales. Ese sustrato humorístico bertoniano inconfundible sigue presente en su penúltima publicación, Miércale (2022), aunque en ella adopta la forma de una sensibilidad irónica sutilmente diferente a la que se halla desplegada en obras anteriores. En Miércale se nos revela el padecer de un cansancio generalizado expresado por medio de una ironía que, si, por una parte, hace de la queja constante un laboratorio de asociaciones de sentidos imprevistos que nos hacen esbozar una sonrisa amarga, por otra parte, muestra la incapacidad del hablante de defenderse de la negatividad que pareciera predominar sobre todas las cosas. No por casualidad uno de los poemas que concentra con mayor intensidad esta reflexión es el que lleva el mismo título del libro: “MIÉRCALE / Cuando / Uno se quita / La vida le quita / El gusto a la vida / De seguirlo haciendo / Mierda” (Bertoni, 2022: 260). El desaliento existencial, en ocasiones sordo –“Tengo una espina clavada en el dedo / no la veo pero me duele / es como pena del corazón” (Bertoni, 2022: 75)– y en otras insostenible –“Soledad insoportable soporta lo insoportable eso es lo insoportable” (Bertoni, 2022: 86)–, aparece amplificado por las penurias de la vejez, del aislamiento –el libro fue escrito en pleno confinamiento por la pandemia de covid-19–, pero, sobre todo, por la conciencia del vacío como condición que define el carácter negativo de la existencia humana. Si en obras anteriores esa conciencia se correspondía con un estado de inactividad que solía producir “chispazos de angustia y especialmente de deseo erótico” (Cussen, 2012: 12), en Miércale toma la forma de una ironía melancólica que convierte la angustia en su estado permanente.
Aunque las siguientes páginas se proponen reflexionar sobre ese particular y reconocido rasgo humorístico de la obra bertoniana, también pretenden integrar al análisis de la ironía melancólica presente en Miércale una línea interpretativa que Felipe Cussen dejó abierta en su ensayo “‘Haré que dios exista’: Claudio Bertoni y la teología negativa” (2012) y que no ha sido lo suficientemente explorada, a pesar de que podría contribuir a comprender desde el enfoque de la teología negativa no solo la relación del poeta con la divinidad, el misticismo y la inefabilidad, sino también la influencia de esta perspectiva en la configuración del característico tono irónico de su escritura. En general, esa influencia se puede apreciar en el hecho de que se siga insistiendo en el lenguaje incluso con más desparpajo, aun cuando se asume una concepción mística de dios, según la cual es imposible decir lo que esto es, y aun cuando se reconocen los límites de la palabra para dar cuenta de una ausencia original e inaprensible encarnada en todas las cosas. Por lo tanto, entre decir y no decir, mejor decirlo todo, aunque esto deje al poeta donde mismo, en “los escombros de la batalla perdida ante la divinidad” (Cussen, 2012: 20). Solo que en Miércale esa derrota se vive como una experiencia de desesperación intensificada, porque, con la amenaza constante de la enfermedad y el avance de la edad, la idea de la muerte se convierte en una posibilidad cada vez más cierta, cercana e ineludible: “¿Cómo puedo haber pasado tanto tiempo sin pensar exclusivamente en la muerte? Hoy en día cualquier cosa que pienso es un resbalín que me lleva derechito hacia ella” (Bertoni, 2022: 24).
Muerte y lenguaje: el problema de lo negativo
La ironía como chiste no aparece en Miércale para desdramatizar ese sufrimiento ante el vacío, sino como lo que acompaña a la específica experiencia sensible de esa nada que alcanza su expresión más radical en la muerte. Solo por citar un ejemplo, el poema que reza “No / puedo / dejar de / pensar que / voy a morir / no / puedo / tomarlo / en broma…” (2022: 40) es inmediatamente seguido por otro que solo dice: “¿Qué hace un japonés leyendo Las Últimas Noticias[3]?” (2022: 41). Este último verso, lejos de atenuar la gravedad de la conciencia de la muerte, la reafirma al señalar su presencia constante, y, en general, este tipo de intercalaciones favorecen una escritura que insiste en traerla al poema como para ensayar en él la anticipación de esta experiencia de confirmación extrema de la negatividad. La actualización de la inminente posibilidad de la muerte incluso en momentos que parecieran no anunciarla[4] es uno de los factores que podrían incidir en el despliegue de ese tono irónico y melancólico que atraviesa la escritura de Miércale. La operación artística que favorece la conformación de esa expresividad es la acumulación de anotaciones como instantáneas del presente que muestran el abismo a veces de forma lúdica, dolorosa, burlesca, desesperada, sencilla, en fin, con una diversidad de matices desinteresados en guardar algún tipo de compostura[5]. Algo así se sugiere también en algunos de los escritos desparramados del libro: “No hablo nunca en serio: es mi seriedad” (2022: 75).
La respuesta a la experiencia sensible del vacío, que suele venir de la mano con el recordatorio intermitente de la muerte, es la de seguir enunciando la multiplicidad de los momentos deteniéndolos en capturas que fijan el presente en su constante desenvolvimiento. Citando a Bob Dylan refiriéndose a la creación de un disco suyo “como algo que ‘no es más que el registro de lo que estabas haciendo ese día particular’”, Cristina Rivera Garza (2013: 101) pone en discusión el “halo de inmortalidad” que envuelve la imagen de “la edición final o definitiva” (2013: 101). Siguiendo esta misma línea compositiva, Miércale reúne una serie de poemas que coinciden con el instante en que, junto a la experiencia sensible de la negatividad, aparece el “tener-lugar” (Agamben, 2008) del lenguaje. Independientemente de que esos momentos sean prosaicos, reflexivos o cargados de desesperación, lo que importa en Miércale es dar cuenta de ellos como un intento de seguir hundiendo la mano hasta alcanzar el fondo de la realidad. Sin embargo, de inmediato queda claro que ese fondo no existe –ya lo anuncia una de las primeras anotaciones del libro, “El / sabio / retrocede / retrocede / y retrocede / hasta / caer dentro / de sí” (Bertoni, 2022: 7), y otra a la mitad, “Nadie / toca nunca / fondo” (85)–, y, pese a esa ausencia de base, o justamente por ella, el poeta sigue haciendo proliferar su discurso sin nunca terminar de desenredar la madeja de signos por los que se fugan improperios, lamentos, chistes o simplemente la constatación de momentos.
Probablemente porque la crítica ha desatendido el problema de lo negativo en la escritura de Claudio Bertoni, “ha primado la imagen de un autor ingenuo, descuidado y chistoso, pero sin grandes pretensiones” (Cussen 2012:7), visión que sigue predominando en la recepción general de Miércale, obra a la que algunos lectores han criticado como repetitiva, pero en la que también el poeta se muestra “espontáneo, chucheta, más miedoso que nunca”[6]. Sin descartar completamente tales opiniones, es necesario, sin embargo, interpretar esa repetición a la luz de la negatividad en la que se fundan los poemas de Miércale. Lo que se repite es, de hecho, la insistencia en volver sobre la idea de la muerte como el estribillo que estructura la obra entera, porque, aun cuando el poeta parece descansar de su acecho en versos como “Compro un sartén y la niña me dice: ‘Que le queden ricos los huevos’” (2022: 7), vuelve a aparecer de improviso demostrándonos que es lo que siempre está allí, se quiera o no admitir. A veces este recordatorio se nos presenta como una concisa nota al margen –“La muerte no se compadece con el llanto” (2022: 103)–, o como una queja más larga de lo habitual –“Despertarse a las 6 am es una hora muy fregada, volver a dormir no es casi posible y seguir despierto hasta las 9 pensando en la enfermedad y el dolor que me sigue hasta morir” (2022: 93)–. La repetición es, en efecto, lo que define el significado de “verso” –“(versus, de verto, acto de volver, de retornar, opuesto al prorsus, al proceder directamente de la prosa)” (Agamben, 2008: 126)–, y el hecho de que sea justamente sobre la base de esa estructura donde la muerte aparece y desaparece como la luz de un faro refuerza la idea de su inasibilidad.
Ahora bien, el problema de lo negativo que trae consigo la recurrencia de la muerte como certeza cada vez más próxima e insuperable también se relaciona con la específica actitud que se adopta frente al hecho lingüístico. Se trata de una perspectiva que descree de la facultad del lenguaje de asir la realidad en cuanto esta se cosecha en la ausencia de fundamentos, por lo que, en definitiva, no habría nada para asir. Pese a ello, el poeta no elige la vía del silencio porque asume, tal como también lo sugiere Agamben sobre la condición propiamente hablante del ser humano, que “el lenguaje custodia lo indecible diciéndolo, es decir, tomándolo en su negatividad” (2008: 10). Por lo tanto, la conclusión a la que se pareciera llegar en Miércale es que, si las palabras apenas rozan las cosas, entonces más vale seguir el camino de la verborrea para jugar con los fragmentos de la realidad, padeciéndolos, ridiculizándolos, volviendo a crearlos o insistiendo en el intento ilusorio de poder aferrarlos alguna vez. Felipe Cussen llega antes a una conclusión similar refiriéndose a publicaciones anteriores de Bertoni:
El ímpetu por contar cada una de sus experiencias o pensamientos, como si todo pudiera servir (en especial a la hora de llamar la atención de una mujer o de Dios), tiene que ver no solo con los modelos de la antipoesía, el haiku o el jazz, […], sino con el escepticismo general respecto al lenguaje que, ya desde Dionisio, marca la teología negativa: si de Dios no se puede decir nada, quizás también se puede decir todo, porque el resultado será igual (2012: 17).
La pobreza de las palabras
En lo que concierne a Miércale, se pueden apreciar dos operaciones básicas que expresan ese escepticismo sobre el lenguaje, el cual halla su sustento en la conciencia del vacío desde donde nacen y decantan todas las cosas sensibles. En primer lugar, destaca la puesta en escena de “la experiencia de la ‘pobreza de las palabras’” (Agamben, 2008: 10), es decir, del reconocimiento de que se puede seguir diciendo sin la pretensión de descifrar algún misterio indecible, porque pareciera ser que el secreto es que no hay: la ausencia de fundamentos hace que no haya ningún lugar en las profundidades donde se anclen inalcanzablemente las cosas. O si es que hubiera secreto, de todas maneras, la palabra poética nunca sería suficiente para proferir su indecibilidad y, por ello, más valdría aceptar su precariedad para seguir conmemorando dentro de sus límites el acontecimiento mismo del lenguaje. En algún punto aparecen los versos “No quiero pulir nada / prefiero el balbuceo / ¿hasta cuándo fingir?” (Bertoni, 2022: 67), que, a partir de la interpretación anterior, explican exactamente esa experiencia de la pobreza de las palabras. Más adelante podemos leer “Callar es hablar sin parar” (86), anotación que, a pesar de que alude al guardar silencio, tiene que recurrir a la precariedad del lenguaje para señalar el gesto. Precisamente porque ese gesto es motivado por una experiencia sensible que se ubica fuera de los márgenes del lenguaje, pero que se realiza mediante la palabra, en ocasiones el lenguaje se percibe como si de una enfermedad incurable o de un vicio se tratara: “No / puedo / dejar de / escribir” (Bertoni, 2022: 69). Es interesante que los versos siguientes sugieran que “lo / que / me obliga / a escribir / A / decir / lo que / digo” (69) no pueda ser definido y que para aproximarse mínimamente a eso que arroja a la escritura solo sea posible referirlo con el pronombre neutro “lo”. El lenguaje como enfermedad, entonces, se padece como un laberinto sin salida, porque no permite decir lo que “esto es” ni tampoco si quiera pensarlo fuera de sus límites.
Es necesario destacar que el confinamiento obligatorio por la pandemia de covid-19 acrecienta la experiencia de la pobreza de las palabras, porque la vida cotidiana también se empobrece con las restricciones sanitarias: “Mi vida es tan fome que ya cambiar de vereda es todo un panorama” (Bertoni, 2022: 107). Además, el encierro forzado hace que el poeta redoble su atención sobre sus espacios y objetos domésticos y que vislumbre en ellos, por más mínimos que parezcan, significados que le permiten interpretar lo divino como una forma de hacer aparecer a dios a fuerza de invocarlo, aunque no crea en él: “En broma estaba pensando si dios me diera una señal como la zarza en llamas para Moisés cuando tomé el control remoto de la televisión que no funcionaba apreté la tecla del volumen y funcionó” (235). Asimismo, reveladoras reflexiones sobre el carácter negativo de la existencia surgen de la atención minuciosa a las situaciones domésticas: “La / luz / del baño / encendida / nada / es como / debería” (83). Hay otras veces que, por el tono con el que se registran estas situaciones, se tiene la impresión de que se asiste a la lectura de sentencias enigmáticas que encierran significados trascendentales; sin embargo, es más plausible que detrás de esas enunciaciones subsista, en cambio, la voluntad de traer a colación verdades domésticas que muchas veces se viven en silencio, pero que, cuando se verbalizan, por alguna razón, causan gracia: “Todos / Los que / Lavamos platos / Sabemos que las / Cucharas dada vuelta / Para arriba salpican siempre” (85).
Este último tipo de anotaciones sacan al poeta de su ensimismamiento doloroso, sobre el cual a veces insiste en exceso llegando a reproducir la imagen de un Narciso que, en vez de amar su rostro, lo rechaza, pero aun así no puede dejar de contemplarlo ni salir del encierro de su mismidad: “Estoy / empantanado / en mí / yo / soy / mi propio / pantano / si / alguien / me saca / de mí / si / alguien / me des- / empantana / me / mata” (26). El problema de lo negativo en la experiencia del yo –es decir, de la nada que se le revela al mirar su reflejo incapaz, como toda ilusión, de “asirlo o garantizar su consistencia más allá de la singular instancia de discurso” (Agamben, 2008: 120)– es una cuestión constitutiva de la existencia humana y de su estar en comunidad, pero en Miércale se vuelve más notorio, probablemente por efecto del aislamiento sanitario que exacerba la ingravidez experimentada por la ausencia del contacto con los otros. En este sentido, es significativo el formato de cuaderno de anotaciones que sigue el libro, en la medida en que, a través de la recopilación de una serie de apuntes heterogéneos, se pone en evidencia un aferrarse a ese hablar “desde la nada y de la nada” (Agamben, 2008: 120) que resulta de la experiencia intensiva del yo y que conduce, una y otra vez, a la reflexión sobre la muerte. El carácter irónico y melancólico de estas reflexiones se encuentra reforzado justamente por el carácter contradictorio de las notas, como se puede apreciar cuando, en medio de una seguidilla de comentarios amargos sobre la muerte, aparece escrito: “¿Cómo llegó tan hondo debajo de la cama esta zapatilla culiá?” (54). La repentina aparición de esta pregunta en el flujo del discurso, además de sacar momentáneamente al poeta de su ensimismamiento sombrío como lo hace la cita sobre las cucharas dadas vuelta o del japonés leyendo el periódico de farándula chilena, acentúa la exasperación que genera la idea del fin. De esta manera, las expresiones vulgares, así como las de uso corriente, desarrollan un discurso poético que no necesita de la solemnidad para explicar y transmitir la intensidad de la melancolía que embiste al poeta, puesto que este trabajo lo hace el poder evocativo de las acotaciones espontáneas, que aparecen como estornudos de vitalidad entre los “manotazos de incredulidad y pena [que] ahora doy” (18).
El registro del advenimiento del lenguaje
La segunda operación con la que se pone de manifiesto la idea de la negatividad fundamental del lenguaje es la que se refiere al registro del momento exacto en que se produce la enunciación. Para ilustrar mejor esta idea, basta citar:
Es para la risa las cosas van bien uno dice las cosas van bien mientras la cabeza urde uno de sus hilitos llamado cerebro y hace pebre todo lo bien que nos iba esto último es falso dejé la flexión a medio hacer y escribo lo que digo (Bertoni, 2022: 90).
La indicación final describe lo que efectivamente el hablante hace, escribir lo que dice, y esta precisión también señala el momento exacto en que ocurre el lenguaje como un acontecimiento. La misma operación se observa en el siguiente apunte: “En la radio de unos obreros en la esquina Creedence Clearwater Revival / disimulo / escribo esto” (230). En primera instancia, la acción de precisar que se escribe lo que pasa –que, en realidad, es un anunciar que se escribe la escritura– podría parecer redundante; sin embargo, es una oración que intenta capturar el momento exacto en que advienen las cosas, aunque se sepa de antemano que ese intento es, al fin y al cabo, irrealizable. El valor irónico aquí reside precisamente en el hecho de que los versos “Escribo lo que digo” y “Escribo esto”, por mucho que quieran atajar el presente, se quedan cortos en registrar lo que el poeta está vivenciando y, por lo tanto, quedan flotando como oraciones que se burlan de sí mismas.
Lo que en cambio acaban haciendo este tipo de versos es el registro del nacimiento del lenguaje como la única instancia posible en la que pueden existir el resto de los acontecimientos presenciados. Sin embargo, como ya se advirtiera desde la teología negativa “cuyo fundador fue Dionisio Areopagita” (Cussen, 2012: 11), pasando por el concepto heideggeriano de Dasein hasta sus reformulaciones en la obra de Giorgio Agamben centrada en la relación entre el lenguaje y la muerte, el signo lingüístico se apoya sobre la ausencia de fundamentos; por lo tanto, todo lo que se pueda decir proviene de una nada y, precisamente porque el ser humano es el único con la facultad de lenguaje, quien enuncia es también un ser “in-fundado” (Agamben, 2008: 10). En consecuencia, si la experiencia sensible y la instancia de la enunciación discursiva que intenta traducirla surgen desde una nada, el gesto de anunciar “Escribo esto” trata de asir esa nada o, cuando menos, de encontrar el lugar donde acontece lo indecible para poder decirlo.
De esta manera, lo que también está en juego en el registro del advenimiento del lenguaje a raíz de una experiencia sensible es la identificación del lugar donde tiene origen la palabra poética; sin embargo, ese lugar es “inencontrable” (Agamben, 2008: 126) en cuanto es in-fundado, o bien, fundado en la negatividad. La búsqueda de un eventual “tener-lugar” del lenguaje explica que en Miércale abunden poemas metalingüísticos, siendo estos en particular los que concentran en mayor grado la idea de la inaccesibilidad de las palabras. De hecho, así como se desprende del siguiente poema, las palabras parecen transitar por un carril diferente al de las cosas que designan porque, antes de remitirse a sus referentes, indican su propio acontecer independientemente de lo que digan:
Las palabras significan / por su lado / lo que se les antoja / son el mundo paralelo / enhebrado al / de uno / hacen lo que quieren / son incomprensibles / para uno / silban / pasan con las manos / en los bolsillos delante / de uno / se burlan / no nos llevan ni de apunte (como diría mi mami) / libres pajaritos / nos ignoran (27).
El problema de lo indecible y del registro del momento en que se deja percibir también se encuentra presente en poemas que no necesariamente lo afrontan desde la reflexión metalingüística, sino por medio de palabras con funciones demostrativas que Roman Jacobson denomina shifters (1957). Frente a la falta de nombres para hablar de lo inefable, en Miércale generalmente se opta por señalarlo por medio de pronombres neutros o adverbios que indican la indefinición de ese algo inaprensible que parece subyacer sobre todas las cosas. En el siguiente poema, esa función la cumple el adverbio demostrativo “así”, que, en el habla coloquial chilena, también se dice “asá” cuando asume una función disyuntiva: “nada / es así / o asá / todo / es más / o menos / así / o / más / o menos / asá” (46). En la medida en que la mayoría de las palabras que componen estos versos son indefinidas, el poema realiza cabalmente la idea de indeterminación en cuanto hace posible el hablar de la nada y a partir de nada y, de esta manera, poner en evidencia el lugar mismo donde se origina el lenguaje: en la nada. Con la deíxis como procedimiento con el cual no solo se muestra “un objeto innombrado, sino ante todo la instancia misma del discurso, su tener-lugar” (Agamben, 2008: 50), los poemas de Miércale también logran transmitir el efecto de la indeterminación ya no solo desde la experiencia sensible a lo lingüístico, como se podría apreciar en los poemas terminados en “Escribo lo que digo”, sino además desde el discurso mismo al ámbito no lingüístico. Los shifters, en efecto, son signos enteramente formales porque no significan nada por sí solos hasta antes de cumplir su función como indicadores de lo indeterminado.
De alguna manera, esta ausencia de significados propia de la deíxis, al poner en evidencia que el fundamento de la experiencia sensible y del advenimiento del lenguaje es la nada, también contribuye al despliegue de la sensibilidad melancólica característica del libro que sufre por un vacío originario. Sin embargo, este sufrimiento inmediatamente deja ver también su dimensión irónica con la realización de otra operación, igualmente orientada a reafirmar el “tener-lugar” mismo del lenguaje y que tiene que ver con los frecuentes juegos lingüísticos. El sentido de inefabilidad de la experiencia sensible y lingüística se intensifica con la manipulación lúdica del lenguaje, porque estos procedimientos generan un excedente de significados que hacen posible vislumbrar, al menos por un instante, la amplitud del lugar inaccesible y originario desde donde nace la palabra poética. Si bien esta no dice directamente “la indecibilidad del acontecimiento del lenguaje” (Agamben, 2008: 127), de todas formas, la logra transmitir como una experiencia sensible que, al igual que el chiste que no puede ser explicado si no queremos que se desvanezca su gracia, genera efectos de sentido que desbordan el contenido de la enunciación. “Desaliento / Aliento en reversa” (Bertoni, 2022: 11); “SUFRIMIENTO / Sufrí / Miento” (2022: 121); “TRISTÍSIMA TRINIDAD / Viejo / Enfermo /Y solo” (2022: 89); “LL / Orar / LL / Orar / LL / Orar (2022: 79); “Ya no es viacrucis, es vía nomás” (2022: 104), son algunos de los juegos lingüísticos que interrumpen el hábito de las palabras haciendo aparecer su fondo de indecibilidad mediante la recolección de sus múltiples sentidos posibles. En estos casos, la exploración de las diferentes opciones combinatorias de significados y significantes se convierte en el centro de la atención, mostrando que jugar con las palabras también significa jugar con la propia desazón que se intenta expresar, sin que esto implique una transformación definitiva del malestar. Por este motivo, la ironía alcanza su tono más melancólico en aquellas composiciones basadas en juegos lingüísticos, porque ni siquiera estas prácticas, tan asociadas a la infancia y a la libertad creativa, sirven para cambiar el estado permanente de pesadumbre.
La ironía melancólica: consideraciones finales
Lo melancólico de la ironía presente en Miércale se halla en el hecho de que nada es suficiente para aliviar la desesperación que desencadena la conciencia de la muerte. Como una manera de contrarrestarla, aunque vanamente, aparecen con especial intensidad la recolección convulsiva de toda clase de observaciones y la contemplación arrobada de objetos residuales –“Inaudito / ¿qué? / todo: / un / dedal / un / auto / un / alfiler / de gancho” (2022: 221)–, prácticas artísticas que, si bien han estado presentes a lo largo de la obra poética de Claudio Bertoni, en Miércale se intensifican dando lugar a una sobreexposición de la intimidad de la voz que se exaspera y se entristece ante la idea inminente del abismo. Es posible identificar el carácter irónico de los poemas precisamente en esa exhibición desvergonzada de las miserias sufridas, aunque en primera instancia esta relación pueda parecer contradictoria. En efecto, si por definición la ironía corresponde al acto de disimular, el encubrimiento del dolor se genera precisamente en la acción de desahogarla sin tapujos, porque de esta manera las angustias aparecen como caricaturas paródicas de sí mismas que vuelven a dibujar en el sujeto poético una sonrisa burlona, crucial para seguir soportando los estragos del solo hecho de estar vivo.
El formato de apuntes de cuaderno, similar al del diario de vida que registra la intimidad, también favorece la sobreexposición del padecimiento a través de la acumulación de anotaciones de todo tipo. Sin embargo, lejos de volver accesible las rêverie de la vida íntima, su exposición incesante las encubre, poniéndose en evidencia una vez más el problema de lo negativo en Miércale en cuanto se revela la imposibilidad de aprehender o incluso de soslayar ese algo indefinido, cuya identidad inasible se reconoce también en lo divino: “Dios inalcanzable / si uno lo alcanza / lo pierde” (Bertoni, 2022: 260). Aun así, pareciera ser que el poeta no puede evitar ir detrás de la estela que va dejando ese algo indefinido, huidizo y sin nombre, aunque tampoco puede evitar un ánimo melancólico ante la conciencia del vacío que hace que esa persecución no tenga fin.
Bibliografía
Agamben, Giorgio (2008), El lenguaje y la muerte. Un seminario sobre el lugar de la negatividad, trad. es. Tomás Segovia, Valencia: Pre-textos, Valencia [1982].
Bertoni, Claudio (2022), Miércale. Santiago de Chile: Overol.
Contreras, Roberto (2007), “La ironía en la poesía chilena actual. Una revisión a la obra de Parra-Lihn-Lira-Bertoni”. Letras mysite. En www.letras.mysite.com/rc110907.htm.
Cussen, Felipe (2012), “‘Haré que dios exista’: Claudio Bertoni y la teología negativa”. Revista Chilena de Literatura, n.º 81, pp. 5-24.
Jacobson, Roman (1957), Shifters, verbal categories and the Russian verb. Massachusetts: Harvard University Press.
Rivera Garza, Cristina (2013), Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación. Ciudad de México: Tusquets.
- Sapienza Università di Roma.↵
- Algunos estudios más extensos que se aproximan a la dimensión irónica son Es un asunto de audacia y mala fama: Acercamiento a la poesía de Claudio Bertoni (tesis de grado de Luis E. Figueroa Rodríguez, Universidad de Chile, 2002) y El falso bufón entronizado: carnaval e ironía en tres poemarios de Claudio Bertoni (tesis de grado de Ashle Ozuljevic Subaique, Universidad de Chile, 2008). ↵
- Periódico chileno de farándula. ↵
- Abriendo el libro al azar, me encuentro con los siguientes versos sueltos: “Ya / me comí / el ave palta / la / vida / vuelve / a ser abismo” (2022: 20). Resulta tentador interpretar ese abismo como la conciencia de una negatividad fundamental que halla su expresión más radical en el vacío total que implica la muerte. Esa conciencia le llega a la voz poética justo después de la acción inofensiva de comerse un ave palta, momento en el que pareciera suspenderse el vértigo que produce la nada para luego retomarse inexorablemente. ↵
- Roberto Contreras sostiene que la obra de Claudio Bertoni a veces asume el talante de “un niño envejecido” o el de “un viejo inmaduro” (2007: párr. 21), siendo este último el que predomina en Miércale bajo la forma de una voz irónica al mismo tiempo que se torna melancólica por dimensionar de manera dolorosa un vacío original y existencial insalvable. Otra actitud que deriva de esta conciencia es una que toma distancia de los modelos místicos “que admira pero se siente incapaz de emular” (Cussen, 2012: 9). ↵
- Reseñas disponibles en https://tinyurl.com/bderfc96 (último acceso, 03/02/2025, N.d.E.).↵








