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2 “Escasez” de mano de obra y “falta” de trabajo

Transformaciones del trabajo rural en la viticultura mendocina

Bárbara Altschuler

Introducción

De los distintos actores sociales que conforman la vitivinicultura mendocina -productores vitícolas, bodegueros de diverso tipo, fraccionadores, trabajadores de bodegas y fincas-, son las/os trabajadoras/es rurales quienes constituyen el grupo social más invisibilizado y subordinado de la cadena agroindustrial[1]. En los múltiples estudios e informes existentes sobre la misma, estas/os no suelen ser consideradas/os como actores sociales con peso y voz propia, sino que son analizados desde el punto de vista de la demanda de mano de obra o la creación de empleo. En ese sentido, diversas/os autoras/es coinciden en señalar la invisibilidad de las/os trabajadoras/es vitivinícolas y, en mayor medida, de las/os trabajadoras/es rurales temporarios, quienes se ubican en el último peldaño de la escala sociolaboral (Azpiazu y Basualdo, 2003; Bocco y Dubbini, 2008; Heredia y Poblete, 2013).

Ello se evidencia tanto en la falta de estadísticas oficiales, que contrasta con una gran cantidad de información sectorial disponible sobre producción, variedades, calidad, mercados, precios, bodegas, etc.; como en la resistencia de muchos de los empresarios entrevistados a hablar del tema. A ello se suma la debilidad de los sectores gremiales obreros, en particular rurales, en oposición a un históricamente fuerte gremialismo empresario; y a la falta de representación de las/os trabajadoras/es en los organismos que nuclean al sector, como la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR). Este ente público-privado, que se presenta como de “amplia representación”, y suele ponerse como ejemplo de organización sociopolítica de una cadena agroindustrial a nivel nacional, excluye de representación al sector de las/os trabajadoras/es.

Históricamente, la sub-consideración del factor trabajo en el sector rural se vincula al uso de mano de obra familiar que implica, en buena medida, la invisibilidad del trabajo de mujeres y niñas/os, y a la marcada estacionalidad de la actividad, que conlleva una importante informalidad laboral, al igual que en otros sectores agrícolas. Además, es el resultado de relaciones fuertemente jerárquicas entre capital y trabajo que caracterizan al sector, y que oscilan entre “paternalismo y coacción” (Villulla, 2008). De esta manera se fortalecen las posiciones sociales de bodegueros y viñateros por sobre las de trabajadoras/es, en cuanto a poder, identidad y reconocimiento.

Con la reestructuración vitivinícola desde los años ´90 esta situación no se modificó sustancialmente, aunque plantea modalidades renovadas, con tensiones y consecuencias sociales propias de la época actual. De hecho, según se afirma desde sectores empresarios y estatales, una de las mayores dificultades que atraviesa la actividad en los últimos años -junto a la falta generalizada de rentabilidad, en especial para los actores y territorios más vulnerables- es la “falta de mano de obra rural”. Esta situación se agudiza y toma estado público en la época de cosecha (vendimia), en la que se amenaza con la “imposibilidad de levantar la uva”.

En este contexto, una pregunta emerge y guía el análisis: ¿Cómo explicar la coexistencia de las afirmaciones empresariales según las cuales “falta mano de obra”, con los testimonios de las/os trabajadoras/es que denuncian una mayor reducción de la demanda de trabajo?[2] Para abordar esta cuestión propongo restituir en el análisis una serie de elementos que hacen a la configuración histórica del trabajo rural y su transformación en los últimos años. Esta perspectiva no suele ser considerada por los eslabones superiores de la cadena, desde los cuales se formulan y difunden construcciones de sentido común (Nun, 2014; Grimson, 2008) que se traducen en aseveraciones reduccionistas, esencialistas y culturalistas tales como “los mendocinos son vagos”, “los jóvenes prefieren estar de vagos o salir a robar antes que ir a cosechar”, o “la gente no quiere trabajar”.

Complejizar la mirada permite explicar una de las principales tensiones que atraviesa el sector vitivinícola en la actualidad: la falta de trabajadoras/es estacionales para la cosecha. Con este objetivo, analizo el lugar que ocupan las/os trabajadoras/es en esa configuración social y productiva, en términos materiales y simbólicos. Dicho análisis busca poner en relación la estructuración histórica y transformación reciente del sector con la voz y visión de diversas/os trabajadoras/es y otros actores sociales de la cadena, procurando no separar de manera abstracta el “factor trabajo” de las personas que lo encarnan y el espacio social que habitan.

El presente artículo se desprende de una extensa investigación de campo cuali-cuantitativa realizada entre 2009 y 2012 con motivo de mi tesis doctoral[3]. Con base en la misma y a un abordaje conjunto desde la sociología y la antropología, parto del concepto de figuración social de Norbert Elias (1982) y de una concepción relacional de los sujetos y el poder, para analizar la reestructuración vitivinícola mendocina en tanto configuración histórico-social, entendida ésta como el “entramado que conforma un grupo de individuos interdependientes” (Elias, 1982). Ello aporta elementos para indagar sobre los modos en que se constituye el campo de fuerzas y las coacciones recíprocas entre actores, las fluctuaciones históricas de la balanza de poder, y el modo en que actores subordinados experimentan las asimetrías, distancias y fronteras sociales (Bourdieu, 1979 y 1984; Lamont y Molnár, 2002) en el marco del proceso de globalización y reestructuración de una actividad tradicional.

1. Transformaciones recientes del sector vitivinícola

A partir de la profunda reestructuración producida en la vitivinicultura mendocina desde los años 90, se tejió una nueva configuración de relaciones y campo de fuerzas entre actores sociales y territorios, hacia adentro y hacia afuera de la provincia y del sector (Altschuler, 2016). Ello se produjo en un contexto de profunda crisis de la actividad desde fines de los 70, y la entrada en escena de múltiples capitales internacionales (franceses, chilenos, españoles, holandeses, británicos y estadounidenses, entre otros), así como también, de grupos económicos de origen nacional. Ambas situaciones, crisis estructural del sector e ingreso al mismo de poderosos actores globales, transformaron el paradigma dominante hasta entonces en una actividad centenaria y fundante en la provincia (Collado y Altschuler, 2013).

La actividad vitivinícola en Mendoza data de los inicios de la colonia, pero es a finales del siglo XIX que la misma cobra un auge considerable, particularmente en Mendoza y San Juan. Desde su despegue en dicho periodo, la actividad presenta un crecimiento exponencial, aunque signada desde sus comienzos por crisis cíclicas de sobreproducción. Actualmente Mendoza constituye el centro vitivinícola más importante del país que reúne el 65% de la producción de uvas y el 70% de la elaboración de vinos de Argentina.

A diferencia del patrón dominante en la pampa húmeda, la vitivinicultura de la región se basa en la utilización de mano de obra intensiva y en torno a unidades productivas pequeñas y medianas, dando lugar al desarrollo de una importante clase media rural (Collado, 2003)[4]. El contratista de viña, figura paradigmática del desarrollo vitivinícola, a través del esfuerzo, el ahorro y con base en el trabajo de familias numerosas, podía llegar a ser propietario de una finca, mientras que sus hijos llegarían a bodegueros, enólogos o médicos[5].

Fue a fines de los años 70 que la crisis tomó una magnitud irreversible, dando inicio a la desestructuración del modelo imperante. El mismo estaba centrado en la producción de grandes volúmenes de ‘vinos de mesa’ para el mercado interno, destinado a un consumo popular casi indiferenciado, y basado en la existencia de tres eslabones de la cadena bien diferenciados: los productores primarios independientes o “viticultores”, los elaboradores de vino a granel o “bodegueros trasladistas”, y las plantas fraccionadoras. Su crisis estará dada, entre otras cuestiones, por la caída abrupta del consumo interno de vinos, en virtud del avance del mercado de cervezas y gaseosas, así como por los cambios en las formas de vida y consumo de la población (Azpiazu y Basualdo, 2003)[6].

Desde el análisis figuracional la cadena vitivinícola puede ser pensada como una red de relaciones y grupos interdependientes, cuyos actores, escenarios, prácticas y sentidos, así como la correlación de fuerzas y jerarquías entre estos, presenta continuidades y rupturas desde su reconfiguración reciente. En este marco, sostengo que el paradigma de la calidad -con los sentidos específicos que implica en dicha configuración- se ha vuelto hegemónico en la vitivinicultura mendocina desde los años 90 y que ello implica un proceso de subordinación, invisibilización y/o exclusión de determinados actores, territorios, prácticas y sentidos de la actividad. No se trata de dos modelos -con eje en la calidad o en la cantidad– que se suceden en el tiempo, si no que por el contrario coexisten en tensión e interrelación, en el marco de un balance de poder entre grupos sociales y regiones que se ha modificado (Altschuler, 2016 y 2017).

2. Conformación histórica y transformaciones recientes del trabajo rural vitícola

2.1. Lo histórico estructural

El análisis histórico muestra, entre otras cosas, que los problemas de escasez de mano de obra no resultan nuevos en el sector. Según Richard-Jorba, estos desvelaban a los patrones mendocinos desde la segunda mitad del siglo XIX, ante la demanda de “brazos” que imponía el despegue económico de la actividad vitivinícola. La necesidad de contar con una fluida mano de obra, hasta entonces “crónicamente escasa”, condujo a la adopción de diversas políticas de coacción extraeconómica como la “papeleta de conchabo”, obligatoria para quienes no poseían propiedad, oficio o profesión, en el marco de las llamadas “leyes contra la vagancia” (Campi y Richard-Jorba, 2001)[7]. Este y otros estudios (Sabalain y Reboratti, 1980; Collado, 2003; García Vázquez, 2005), dan cuenta de una serie de particularidades de la conformación del mercado laboral vitícola y la estructura social agrícola provincial. En primer lugar, el modo coactivo de constitución del mercado de trabajo rural en Mendoza y su configuración diferencial respecto del sector cañero tucumano, que históricamente revestía condiciones sociolaborales más duras y peor retribuidas. En segundo lugar, Mendoza presentaba un número de inmigrantes europeos muy superior al de otras provincias. Además, diversas cuestiones convergían en la conformación de una clase de pequeños propietarios rurales que no se equiparaba con otras economías regionales del país. Por último, Mendoza presentaba salarios históricamente más altos que otras economías regionales y, junto a su condición de mano de obra intensiva con fuerte estacionalidad y el bajo nivel de mecanización de la cosecha, convertían a la vitivinicultura mendocina en una zona de fuerte atracción de migrantes temporarios o trabajadoras/es golondrinas del norte argentino, particularmente tucumanos y jujeños, o bolivianos, considerados en términos generales por la población local como “norteños” o “braseros del norte”.

Dentro de la mano de obra permanente, encontramos la figura paradigmática del contratista de viña, que estructuró históricamente la organización del trabajo rural vitícola desde el periodo de expansión de la actividad hasta hace algunas décadas. Según el estatuto del contratista, que data de 1973, éste realiza todas las tareas correspondientes al ciclo de cultivo durante los 10 meses que dura el contrato (de mayo a febrero), se vale de la fuerza de trabajo familiar, mujeres, niños y niñas para realizar tales labores, y tiene derecho a una vivienda dentro de la finca, por lo que “la casa y el trabajo constituyen una unidad indivisible” (Poblete, 2011). El contratista posee un estatuto híbrido, a mitad de camino entre el obrero rural y el arrendatario (Ibíd.), ya que, por un lado, percibe un jornal mínimo durante los meses que dura el contrato, y por otro, recibe un porcentaje de la cosecha (alrededor del 18%), que constituye su ingreso principal. De este modo “participa” de una parte de los riesgos y beneficios de la cosecha con el patrón. La centralidad histórica de la figura del contratista se debe a que esta permitía a un propietario explotar superficies medianas y grandes a partir de la administración de varios contratos; por otra parte, la posibilidad de echar mano al trabajo familiar en diversos periodos del año resultaba particularmente funcional a la necesidad histórica de flexibilizar la mano de obra rural.

Junto al contratista, se destacan más recientemente el obrero al día, mensualizado y en blanco, y el obrero al tanto, generalmente en negro y temporario. El trabajo “al tanto” constituye una especie de changa por la que se cobra según el trabajo realizado, en tareas como zanjeo, desmalezamiento, u otras. Esta modalidad crece en los últimos años y resulta la más precaria de las tres, por no mediar ningún tipo de relación contractual ni obtener ningún beneficio laboral. Finalmente, para los periodos de mayor intensidad de trabajo como la cosecha, entre febrero y abril, cuando la demanda de mano de obra llega a triplicarse, o la poda, de julio a agosto, ambas tareas cubiertas por hombres y por mujeres, se recurre en todos los casos a fuerza de trabajo externa, cubierta tradicionalmente por cuadrillas de trabajadoras/es golondrinas y/o locales, bajo el comando de un cuadrillero.

En síntesis, aparecen como características históricas del trabajo rural vitícola la fuerte participación del trabajo familiar, la marcada estacionalidad y el alto porcentaje de trabajadoras/es temporarias/os sobre las/os permanentes (Cerdá, 2007).

Transformaciones recientes del trabajo rural

A pesar de la carencia de datos cuantitativos, el grueso de los estudios (Azpiazu y Basualdo, 2003; Neiman, Bocco y Martín, 2001; Quaranta y Goldfarb, 2005; Bocco y Dubbini, 2008, Fabio, 2010; Poblete, 2011 y 2012) coincide en señalar que la profunda contracción de los viñedos desde los años 80[8], la crisis del sector y su posterior reestructuración en la década siguiente -marcada por la entrada de nuevos capitales internacionales, la orientación de una parte de la producción hacia la producción de uvas y vinos de alta calidad y la exportación, la integración vertical de las bodegas y la incorporación de tecnologías-, implicaron una disminución general y una transformación del empleo rural. En ello inciden varios factores como la incorporación de tecnología en las fincas, tendiente a la modernización de los viñedos, los cambios en las prácticas de cultivo orientadas a la calidad y las nuevas modalidades de gestión y contratación de trabajadoras/es, generalizadas desde los años 90[9].

La bibliografía también coincide en señalar la heterogeneidad de situaciones, acorde al desigual alcance de la reestructuración vitivinícola en diversas zonas y explotaciones. Se constata que las mayores transformaciones se producen en las fincas orientadas a la calidad, en las que se observa una disminución general de la mano de obra requerida, con mayor énfasis en la de baja calificación, así como un aumento relativo de la demanda de mano de obra calificada para tareas de poda y cosecha especializada, manejo de riego por goteo computarizado, entre otras tareas[10]. Por último, se verifica un aumento generalizado del modo de contratación temporaria y la externalización de mano de obra, no solo para tareas estacionales como se producía históricamente, sino también para tareas permanentes cubiertas de manera creciente por agencias de empleo eventual y cooperativas de trabajo (Fabio, 2010; Poblete, 2011).

Estas tendencias, iniciadas en los 90 y profundizadas en las siguientes décadas, se articulan con el objetivo de las empresas de lograr mayor flexibilidad laboral y disminución de costos, en el marco de la creciente competencia que caracteriza a la nueva etapa global de la vitivinicultura. Un estudio del Fondo Vitivinícola de Mendoza de 2010 señaló que en el segmento de producción primaria un 77% de los puestos de empleo eran temporarios, y solo el 23% eran permanentes. Asimismo, del conjunto de puestos de trabajo del sector vitícola, un 70% correspondía a viñedos tradicionales (espaldero bajo y parral) y un 30% a viñedos modernos (espaldero alto), cuestión que no se modificó sustancialmente en la década siguiente[11].

Así, en la actualidad resulta habitual la coexistencia de un pequeño núcleo de trabajadoras/es estables con mayor calificación, con una gran cantidad de trabajadoras/es temporarias/os y tercerizadas/os, de menor calificación. Este proceso es concomitante con la retracción de la figura del contratista, especialmente en las fincas medianas y grandes y en los nuevos viñedos orientados a la calidad, en los que se tiende a la “modernización” de las relaciones laborales y la mayor “racionalización” y control de la fuerza de trabajo. En sustitución del contratista y su fuerza de trabajo familiar se extiende la figura del encargado o administrador, que comanda un núcleo pequeño de obreras/os asalariadas/os permanentes y/o temporarias/os.

Como mencioné anteriormente, el avance de estas transformaciones varía en virtud de las escalas productivas y las zonas. Muchos productores de uva continúan utilizando contratistas, por lo que ésta sigue siendo una figura importante en zonas como el Este mendocino[12].

En relación con la externalización de mano de obra y la contratación de personal temporario, mientras que los productores chicos o medianos seguían utilizando los servicios de un cuadrillero -forma tradicional-, las grandes firmas recurrían de manera creciente a agencias de empleo y cooperativas de trabajo. Las agencias -orientadas al sector agropecuario en las últimas décadas como extensión de las actividades urbanas, industriales y de servicios-, son contratadas especialmente por grandes fincas o bodegas con producción vitícola integrada. Esto se debe a las ventajas que implica desvincularse de la difícil y problemática tarea de reclutamiento de trabajadoras/es, así como de las cargas sociales, los pagos del jornal, el transporte y la logística de la jornada laboral, tareas todas que delegan a las agencias. Sin embargo, en el trabajo de campo se detectó que, para asegurarse mano de obra, las mismas agencias de empleo recurren a cuadrilleros, ya que estos tienen capacidad de reclutar trabajadoras/es a través de sus contactos personales, familiares y por el desarrollo histórico de la actividad.

En cuanto a las cooperativas de trabajo, se extendieron en el sector vitivinícola desde fines de los 90, generalizándose esta modalidad en la década siguiente (Poblete, 2011). Esta figura jurídica resulta un modo de eludir los costos vinculados a beneficios sociales como obra social, aportes jubilatorios y ART. En general las/os trabajadoras/es no tienen opción cuando se les plantea que deben asociarse a una cooperativa para sostener la fuente de trabajo (Millán, 2010; Poblete, 2011), y en muchos casos se trata de “cooperativas fantasmas”, operadas por las mismas empresas[13]. De este modo, las fincas grandes tienden a mantener, por un lado, a aquellos trabajadores más calificados como asalariados en blanco (tractoristas, regadores, encargados y administradores), mientras que otras tareas de menor calificación son cubiertas de manera tercerizada a través de cooperativas o agencias de empleo.

En síntesis, el nuevo escenario del trabajo vitícola implica menor nivel general de empleo, disminución del empleo permanente, mayor demanda de trabajadoras/es calificadas/os y niveles crecientes de tercerización y externalización de la fuerza de trabajo rural. Como consecuencia, se verifica una mayor flexibilización, precarización, diferenciación y segmentación de la mano de obra (Bocco y Dubbini, 2008; Heredia y Poblete, 2013). Dentro del conjunto de trabajadoras/es una primera división es entre trabajadoras/es de bodega y de finca, las/os primeras/os suelen ser más calificadas/os, mejor remuneradas/os y gozar de una mayor formalización de las relaciones laborales[14]. Dentro de las/os de finca, una frontera clara es entre asalariadas/os permanentes y temporarias/os (que corresponden al grueso de las/os trabajadoras/es). Al interior de las/os temporarias/os, también encontramos una frontera entre trabajadoras/es registradas/os y no registradas/os -“en negro”-, quienes se encuentran en la situación de mayor precariedad laboral y vulnerabilidad social. A ellas/os se suman las/os trabajadoras/es estacionales migrantes o “golondrinas”, quienes junto con las/os trabajadoras/es “en negro” se encuentran en la base de la escala sociolaboral. Como sintetizan Bocco y Dubbini (2008, p. 25), “si se trazara una línea de situación de mayor vulnerabilidad social a menor vulnerabilidad social, se debería ubicar primero al trabajador migrante o golondrina, seguido por el trabajador temporario, el trabajador rural y el operario de bodega”.

Veamos a continuación las consecuencias y tensiones que implican estas transformaciones para las/os trabajadoras/es, así como algunas redes de ayuda y contención que sobre ellas/os se tejen, y las condiciones de vida general que imperan en el ámbito rural, teniendo en cuenta la voz, visiones y opciones que expresan las/os propios sujetos.

2.2. Percepciones de las/os trabajadoras/es, condiciones de trabajo y de vida

Entre las/os trabajadoras/es entrevistadas/os, en términos generales, las/os de mayor edad preferían “el contrato” que trabajar “al día”. Si bien reconocían que aquel implicaba “más trabajo” e “ir a riesgo”, también valoraban el manejo de sus tiempos y el control de su tarea, mientras que la/el trabajadora/or al día “tiene todo el tiempo encima al capataz”, implicando un mayor control sobre el proceso de trabajo[15]. Como contraparte, en el contrato “trabajan todos”, refería una entrevistada, en relación con toda la familia, de modo que mujeres, niños y niñas constituían la mano de obra rural invisibilizada (Entrevista 1: trabajadora rural, Zona Este)[16].

Ahora bien, las transformaciones estructurales antes aludidas, junto a la prohibición del trabajo de menores en las viñas durante los últimos años -punto que analizaré luego-, venían a desestructurar esta modalidad laboral histórica predominante. Conseguir un contrato o entrar como obrera/o al día en una finca se hacía cada vez más difícil, por lo que las opciones laborales de las/os trabajadoras/es rurales entrevistadas/os eran limitadas. Sobresalía el trabajo “en negro” en los galpones por la temporada: ‘empaque’ para uva en fresco o ‘selección de fruta’ para industria; ‘la atada’ de la viña y ‘la poda’ en los meses de invierno, y ‘agarrar el tacho’ en el verano para cosechar la uva; o bien “en los frutales”, como durazno y ciruela, “en la aceituna” o “en la madera”, que implicaba ‘la tala y colocación’ de palos para las viñas.

Mientras que la ‘poda’, ‘el desorillado’, ‘poner los palos de la viña’ y ‘hacer mugrones’, eran tareas que generalmente hacían los varones, las mujeres trabajaban en ‘la atada’, ‘la desbrotada’ y participaban de la cosecha. En el invierno, generalmente “el hombre poda y la mujer ata, aunque como últimamente no hay mucho trabajo, emplean a los hombres nomás”, explicaba Ángela, trabajadora rural entrevistada, que alternaba tareas temporarias rurales y en los galpones de empaque con trabajo doméstico por horas en la ciudad (Entrevista 2: trabajadora rural, Zona Este).

cosecha 2Cosecha de la uva en viña. Zona Este, Mendoza, 2010. Fotografía de la autora.

cola 2Cola para descargar la uva en el camión. Zona Este, Mendoza, 2010. Fotografía de la autora.

Diversos testimonios coincidían que, en otras actividades rurales, como la hortícola (y particularmente en el ajo), predominantemente desarrolladas por bolivianos y “norteños”, las condiciones de trabajo eran aún más precarias y era más corriente el trabajo en negro que en la viña, donde había más controles estatales.

Así, resultaba interesante en este contexto de escasas opciones laborales y bajos ingresos, identificar diversas redes de ayuda mutua y asistencia que se tejían en torno al mundo rural. Por un lado, redes horizontales como la amistad, el parentesco y el vecinalismo, eran significativas ante dificultades laborales, habitacionales o personales. Por otro lado, redes verticales, institucionalizadas, como la escuela, el Estado y la iglesia, las cuales -sobre todo esta última- tenían una presencia significativa en la vida rural. Respecto a esto, resulta mejor hablar de las iglesias, ya que diversos cultos hacían base y misionaban por las zonas periurbanas y rurales.

Las transformaciones laborales tenían también consecuencias en el modo de uso del territorio, y viceversa. Así como anteriormente el contratista y otras/os obreras/os vivían con sus familias dentro de las fincas, el declive de esta figura y la “modernización” de las relaciones laborales venían a disolver la unidad casa-trabajo. Asimismo, el ausentismo de los productores y patrones en las propiedades rurales era creciente, de modo que desde los años 80 y 90, los territorios rurales se iban deshabitando progresivamente, al tiempo que crecían los barrios -o villas según los casos- tanto a la vera de los poblados rurales y cabeceras de departamento como en las cercanías del Gran Mendoza[17]. Ello implicaba una mutación considerable en las formas de vida de trabajadoras/es y sus familias, potenciada por la disminución general del empleo demandado, las deficientes condiciones de vida y vivienda, la dificultad de acceso a bienes y servicios; la incidencia del delito, la violencia social y la “inseguridad” en el medio rural, como expresaban múltiples entrevistados. En regiones como el Valle de Uco, la expulsión de trabajadoras/es rurales de las fincas se veía inducida también por las nuevas inversiones, el alza en los valores de la tierra y la orientación creciente de las fincas al turismo.

En el marco de crisis de rentabilidad del sector y magros salarios, el Sindicato de Obreros y Empleados Vitivinícolas y Afines (SOEVA) “pedía un aumento del 25%, le dieron el 12% y no se habló más”, explicaba un informante clave del sector, que al respecto afirmaba: “el obrero de viña es un esclavo en plena posmodernidad” (Entrevista 3: ex obrero rural, y actual militante social y sindical, Zona Este), en relación con la falta de opciones y alternativas que determinaban una posición de máxima coacción y menor margen de maniobra para este sujeto social.

Muchas/os trabajadoras/es rurales, al igual que los pequeños productores empobrecidos, quedaban así sujetadas/os a la pobreza y la zona rural, lo que implicaba menores opciones laborales, socioculturales, y un deterioro general de las condiciones de vida, educación y salud. En los barrios periurbanos, convivían los planes sociales con el trabajo temporario y en negro. En este contexto varias/os entrevistadas/os afirmaban: “si se cortan los planes se viene un desastre social”, “están desapareciendo los productores y los trabajadores rurales”; “vamos a una catástrofe a nivel trabajo”, por la pérdida de saberes y oficios, especialmente entre las/os más jóvenes.

2.3. Transformaciones laborales, planes sociales y cuestión intergeneracional

A comienzos del siglo XXI, los problemas de “escasez de mano de obra” volvían a caracterizar críticamente al sector vitícola, particularmente para el período de cosecha. En la vendimia del año 2011, los empresarios y cámaras anunciaban públicamente un faltante del 40% de la mano de obra requerida, lo cual haría peligrar buena parte de la cosecha. El déficit de mano de obra afectaba especialmente a la Zona Este -donde se ubicaban 10 de los 20 millones de quintales de uva-, y a las pequeñas y medianas unidades, de menor atracción para las/os trabajadoras/es temporarias/os, ya que, si bien pagaban los mismos salarios y precio por el tacho de uva, tenían menos capacidad de asegurar la continuidad del trabajo que las grandes fincas.

En este contexto, aparece la pregunta por el modo en que la estructuración histórica y las transformaciones recientes ayudan a comprender la configuración actual. El impacto de las transformaciones laborales y territoriales se complementaban con cambios socioeconómicos, culturales y políticos que afectaban las formas de vida y repercutían, también, en el mercado de trabajo y la “disponibilidad de mano de obra”. Estas transformaciones se debían a los cambios en las pautas culturales y a las expectativas de consumo y acceso a bienes y servicios de las familias -de las/os jóvenes en particular-; a la incorporación de las políticas sociales de los últimos años, planes de empleo y Asignación Universal por Hijo (AUH) desde 2009; y a la regulación laboral del trabajo de menores, junto a la predisposición de las/os jóvenes a trabajar la tierra. Para analizar estas cuestiones, resulta necesario tener en cuenta los dos componentes centrales del mercado rural vitícola: la mano de obra local y las/os trabajadoras/es golondrinas, cuya suerte estaba interrelacionada, aunque requiere análisis diferenciados.

2.4. Predisposición de las y los jóvenes a trabajar la tierra, trabajo infantil y cuestión intergeneracional

Resultaba un tema de recurrente preocupación en el sector el hecho que “los jóvenes hoy ya no quieren continuar la actividad” o “le huyen al trabajo en la tierra”. El desaliento de las/os jóvenes respecto del trabajo agrícola constituye un tema complejo y multideterminado, que responde tanto a condiciones estructurales como a visiones y expectativas de las madres, los padres y de sus hijas/os. Por el lado de las/os jóvenes, expresaban que vieron a sus madres y padres “sacrificarse toda la vida y no progresar”, vivenciando, por el contrario, situaciones de creciente precariedad laboral y vulnerabilidad social. Tanto madres como padres, por las mismas razones, no quieren que sus hijas/os continúen en la actividad, prefiriendo que busquen otros horizontes, “cualquier cosa, mientras no sea la tierra”. Si esto se verificaba en el caso de los productores, más aún entre las/os trabajadoras/es. Un trabajador rural contaba su experiencia personal y sintetizaba una visión de conjunto al expresar:

Mi papá siempre me decía, ‘M` hijo, usted no se quede en la tierra’. Entonces siempre, atrás, está esa frasecita. Es una maldición trabajar la tierra, la gente no quiere trabajar la tierra. Si hacés un plebiscito acá, gana no trabajar la tierra. (Entrevista 3: ex obrero rural y actual militante social y sindical, Zona Este).

Respecto a esto, un productor mediano con cierto nivel de capitalización expresaba:

La vitivinicultura es muy compleja, y no es fácil. Estos jovencitos no le van a poner el mismo esfuerzo que le pone uno, ellos son más light, han vivido mejor, están acostumbrados a otra cosa… La viña es muy sacrificada, no cualquiera trabaja, no cualquiera sabe hacer las labores culturales. (Entrevista 4: Productor Zona Este, 25 ha).

Productores de diverso tipo y zona expresaban: “La gente está deprimida, cobra poco”, “el trabajo rural está mal visto, mal pago, los jóvenes tratan de esquivarle a la tierra”, y más aún, “los jóvenes sienten que los miran bajo porque trabajan la tierra”. Un argumento muy extendido refería a que “la tierra embrutece”. Un pequeño bodeguero mencionaba al respecto:

Te puedo decir que, en general, la gente del campo es distinta a la de la ciudad […]. Vos vas a hablar con la gente del campo y es más brutita, no se saben expresar. Si querés un término objetivo y calificativo: ‘la tierra embrutece’, y ¡es cierto! Los obreros tienen primaria y chau, ¿quién trabaja la tierra? ¡Son pocos! es un error dejar tan de lado a la gente del campo, porque son los que dan de comer. (Entrevista 5: Pequeño bodeguero, Zona Este).

Las/os propias/os trabajadoras/es enunciaban frases como: “no me da la cabeza”, “no sirvo para estudiar”, “prefiero trabajar en cualquier cosa”. Era habitual que las/os trabajadoras/es rurales se calificaran a sí mismas/os -y fueran calificadas/os por otras/os- como “burros”, en el doble sentido de “no le da la cabeza para estudiar” y de “no hacen otra cosa que trabajar y trabajar”. Como expresó en tono bromista –y dramático- un contratista de viña de 57 años: “A mí a los 5 años me echaron de la escuela porque no sabía jugar” (Entrevista 6: Contratista, Valle de Uco).

Como señalaba Elías (1976) con relación al estigma: “dale a un grupo social un nombre malo y vivirá según él”. En tanto ocupaban los lugares inferiores de la cadena en términos materiales y simbólicos, las “armas” de las/os trabajadoras/es rurales para revertir el estigma eran mucho menores que las de otros grupos sociales. A la dureza de las tareas en la viña, los malos salarios, las malas condiciones de trabajo y de vida se agregaba una dimensión simbólica: la desvalorización de las/os trabajadoras/es rurales, que reforzaba el lugar de inferioridad que ocupaban en la configuración social. De ahí que muchas/os madres y padres trabajadoras/es se oponían a que sus hijas/os continuaran la actividad, señalando de modo generalizado el deseo de que estudien. Sin embargo, en la mayoría de las trayectorias analizadas, las/os jóvenes rurales abandonaban los estudios, cuestión en la que tenían un peso significativo las dificultosas y sacrificadas condiciones materiales que significa estudiar en las zonas rurales, así como la falta de adecuación de la educación formal a las particularidades de estas/os jóvenes y la vida rural.

Otros tres aspectos importantes incidían, además, en la no continuidad de las/os jóvenes en el trabajo rural. Primero, la pérdida de oficios y saberes heredados de generación en generación. Al respecto decía un trabajador entrevistado:

Yo, por ejemplo, se podar, se regar, pero porque venía de mi viejo y él me enseñaba… Tengo 38, pero hay muchísima juventud que no alcanzó a aprender el trabajo de la viña, y hoy tienen hijos de 15, 17 años. Esos chicos no saben trabajar el campo, no saben manejar un tractor, y por lo tanto ¡no pueden acceder a un trabajo de viña de calidad! ¡No saben! Si esto sigue en progresión geométrica no va a quedar nadie que sepa trabajar la viña. (Entrevista 7: trabajador rural, Zona Este).

Segundo, la falta de oportunidades para formarse de acuerdo con las nuevas demandas de calificación. Los cambios tecnológicos y laborales implicaban cambios en la cultura tradicional del sector. Un técnico del INTA al respecto señalaba: “Riego manual o por goteo, cambia mucho el panorama, técnica, cultural y sociológicamente. Un trabajador anda con la zapa, todo embarrado; el otro en una oficina con una planilla y una calculadora” (Entrevista 8: Técnico de INTA, Valle de Uco).

En tercer lugar, la prohibición del trabajo a menores de 16 años en las viñas desde 2008, que representa un tema delicado y candente en el sector[18]. Durante la investigación hallé que el grueso de los productores y bodegueros entrevistados, y muchas/os trabajadoras/es, cuestionaban con énfasis tal prohibición y consideraban que la misma socava las bases mismas de la actividad, al no permitir que las/os jóvenes aprendieran el oficio. Típicamente las/os mayores habían comenzado a trabajar desde pequeñas/os ayudando a sus madres y padres, por lo que valoraban esa experiencia formativa, y remarcaban la distinción entre explotación infantil, en tanto contratación informal asalariada de menores por parte de terceros, y el trabajo familiar, en el que las/os menores iban aprendiendo distintas tareas junto a sus madres y padres, iniciándose, por ejemplo, como “graneras/os” en la cosecha (levantando los granos de uva).

Ahora bien, actualmente diversas cuestiones vienen a interrumpir esta ‘naturalidad’ con la que la tarea era incorporada desde pequeñas/os. Un estudio sobre el trabajo rural en Mendoza, con base en Valle de Uco, parte del concepto de habitus de Bourdieu, entendido como “disposiciones construidas en la relación prolongada con cierta estructura objetiva de posibilidades” (Bourdieu y Wacquant, 1995 citados en Mingo y Berger, 2009), y planteaba:

Entendemos que la iniciación temprana y el “aprendizaje” del trabajo constituyen un momento de “comprensión” e “incorporación” de las condiciones de vida y trabajo. Ello constituye más que una simple socialización […]; representa la “vivencia” de ciertas reglas […] De ello resultan algunas disposiciones como la orientación al esfuerzo y al sacrifico (contrapuestos a la “flojera”) […] así como la aceptación del trabajo como una actividad “naturalmente” inestable surcada por períodos de “descanso” y en la que, aun teniendo trabajo estable, no se reúnen los ingresos suficientes para cubrir las necesidades del hogar. Se acepta ese trabajo como un trabajo de poco valor. (Mingo y Berger, 2009. p. 16 – 17).

Tal “iniciación temprana”, que junto a otros factores permitía sostener históricamente la reproducción de la fuerza de trabajo rural en condiciones de fuerte desigualdad social, se interrumpe en la actualidad comprometiendo la sostenibilidad de la actividad vitivinícola. Así, dentro del mercado laboral local, la progresiva retracción de la figura del contratista, como la prohibición del trabajo de menores y los mayores controles públicos en las fincas, limitaban fuertemente en los últimos años la vía de flexibilidad histórica del trabajo rural que representaban las “ayudas familiares”.

2.5. Las/os “golondrinas”, planes sociales y (des) valoración de trabajadoras/es locales

Las cuestiones antes planteadas, disponibilidad de las/os jóvenes a continuar la actividad, falta de formación para las demandas de calificación, y prohibición del trabajo de menores, se vinculaban en las narrativas de las/os entrevistados -más o menos directamente según los casos- a otros tópicos críticos y controversiales que atraviesan al sector. Se trata de los “planes sociales” y la valoración positiva de las/os trabajadoras/es golondrinas que “vienen a trabajar” en relación con la categorización negativa de las/os locales que “son vagos”, y hasta las conductas delictivas de algunas/os jóvenes, no socializados en la “cultura del trabajo”. Veamos cómo lo expresaban algunos entrevistados. Un productor mediano respondía al preguntarle cómo se manejaba para la cosecha:

Ah, ese es todo un problema. Es todo un tema muy complicado… Primero, voy a culpar al gobierno [se ríe] que mentaliza a la gente, hablemos de un adolescente de 15, 16 años que no puede trabajar ¿por qué? por los derechos humanos. Yo no digo la explotación que es una cosa, pero… este, el arte de trabajar o de saber cómo se hace un trabajo, agranda a la persona; aprender un oficio, y a su vez ganarse su propia plata […] acá lamentablemente, vos fíjate, los planes… ¡no quiere trabajar la gente nuestra! Tienen que venir jujeños, hacer 2000 km, o tucumanos, hacer 1000 y pico de km para venir a cosechar, porque la gente nuestra no, no… ¡lamentablemente! Porque estamos creando una mentalidad que es en contra de… qué se yo, yo a los 13, 14 años sabía lo que era el trabajo, como la mayoría de la gente de nuestra edad… y cómo era ir a cosechar ¡era una fiesta! Ahora te ponen tantos problemas, tantas trabas, que es todo lo contrario a disfrutar la cosecha. Hablamos de los productores chicos, ¿no? Es realmente una complicación. (Entrevista 9: Productor, 54 años, 18 has).

Otro productor lo expresaba en términos semejantes y agregaba el tema de la delincuencia:

[…] y el gobierno prefiere que estén en los cybers, ahí no les dicen nada, pero que vayan a trabajar ¡es un pecado! ¡Te sacan ahí en el televisor en primera plana! […] Cómo le veo yo, capaz estoy equivocado, la explotación es una cosa, pero la dignidad del trabajo es otra cosa, y lo que no lo aprendés a los 15, 16 años, a los 18 ¡es más fácil no trabajar! […] y después de todo, con la cosecha sacan una buena plata. Pero prefieren estar de vagos […] no digo todos, pero hay mucha juventud que en vez de trabajar sale a robar, ¡y el gobierno lo incentiva! Estamos al revés nosotros acá. Estamos todo al revés acá. (Entrevista 10: Productor, 58 años, 15 ha).

Comparando las/os trabajadores “locales” con las/os “norteñas/os”, un productor que contrató “trabajadores evangelistas” para “evitar problemas con la cosecha”, decía:

Son todos de la zona, no tenemos ningún norteño, nada… Ojo, que no me quejo de los norteños, que si no fuera por ellos acá no se levanta nada […] ¡El que no me gusta es el de acá! Vos vas a un barrio los Parrales… y te dicen… ´cuánto estás pagando el tacho´, ‘y… $2’, ´no, si no me pagas 3 no voy´; o sea, no quieren trabajar… Yo creo que la gente del norte nos salva, la palabra que podés poner (ya que me ve escribiendo) es nos salvan. Salvan al viñatero mendocino. (Entrevista 11: Productor, 64 años, 21 has).

Y un productor pequeño de uvas finas del Valle de Uco expresaba:

Acá la cosecha nosotros no la levantaríamos si no hubiera bolivianos, tucumanos o salteños… ¡nos salvan! El que no labura, en este momento, es porque tiene un plan social, y con el universal este, ni hablar, peor. Con este que había de jefes de hogar cobraban 150 y en la cosecha sacaban 150 ¡por semana!, pero no venían, porque perdían el plan. Si ellos querían trabajar podían, ¡quién se iba a enterar!… Pero era más fácil ganarse los 150 tomando mate en la casa que levantando un tacho. No multiplican, ¡no saben multiplicar! (Entrevista 12: Productor, 35 años, 12 has).

Sin embargo, un análisis más amplio como el que propongo da cuenta de que la escasa continuidad de las/os jóvenes en la actividad resultaba un fenómeno complejo en el que confluían múltiples factores socioeconómicos, socioculturales e históricos. Estas argumentaciones empresarias tan corrientes, construidas desde el “sentido común” y de clase, esencializan a las/os trabajadoras/es como “vagos”, y califican de “ilógica” e “irracional” la opción por “el plan” en lugar del trabajo; realizan un cálculo económico y racional de corto plazo por el cual “con la cosecha se puede sacar tres veces más que con el plan”. Pero omiten otros elementos de análisis que constituyen a dicha posición social: 1) el haber visto a las/os madres y padres sacrificarse toda la vida sin progresar, 2) la falta de oportunidades de inserción y la disponibilidad en el mercado de trabajos mal pagos, temporarios y poco valorados socialmente, 3) áreas rurales con escaso acceso a servicios educativos, de salud y transporte, déficit cuantitativo y cualitativo de vivienda rural, 4) inestabilidad estructural y creciente de las labores rurales en relación con la mayor continuidad del plan, y 5) el hecho de que los tiempos cambiaron, para todas/os y no solo para los sectores urbanos. Las/os jóvenes ya no trabajan en la finca desde pequeños como antaño y, por tanto, no se acostumbran a un trabajo duro ni se conforman siempre con una vida rural. En los tiempos que corren, ¿por qué se les exigiría a las/os jóvenes que elijan trabajar en una actividad que posee una distancia enorme, en cuanto a nivel de vida y oportunidades, respecto de un mundo globalizado, marcado por el consumo y la velocidad? “Prefieren estar todo el día en el cyber” o “en la esquina tomando cerveza”, o hasta “salen a robar”, eran argumentos que culpabilizan al individuo, sin analizar el contexto social y las opciones de trabajo y de vida realmente existentes para determinado grupo social. Mientras ello es condenado por los patrones y los medios de comunicación a través de diversos mecanismos, pocos se preguntan ¿quién quiere trabajar la tierra de sol a sol en plena era de la información, la comunicación y el consumo? ¿Quién tiene la fortaleza física y psíquica, forjada por toda una vida, para soportar jornadas a pleno sol o en el frío del invierno, o para cargar tachos de uva de hasta 25 kg durante largas horas? Tareas que fueron quedando para quienes venían “de afuera”, “del norte”, “ellos sí vienen a trabajar”, porque “allá están peor”.

Conclusiones

Tanto productores como bodegueros entrevistados coincidían en referirse a la vitivinicultura como “una actividad que requiere mucha mano de obra” y que permitió una importante “oportunidad de ascenso social” para trabajadoras/es y productores primarios en tiempos pasados. Ello se producía en un contexto de crecimiento y expansión de la actividad hasta fines de los 70, resultando un proceso de ascenso selectivo que privilegió, sobre todo, a inmigrantes europeos y a algunas/os trabajadoras/es rurales que lograron acceder a la propiedad de la tierra. La posterior crisis y reestructuración de la actividad desde los 90, por el contrario, resultó en procesos de fuerte concentración económica y de la propiedad, y de expulsión de múltiples actores sociales, redundando en una menor demanda de empleo estable, mayor precariedad y tercerización de las/os trabajadoras/es.

La progresiva retracción de la figura del contratista de viña y del trabajo familiar de mujeres, niños y niñas, junto a la prohibición y mayor control del trabajo de menores, así como los complejos procesos históricos, socioculturales y socio-territoriales, coadyuvaron a que la mano de obra flexible excedente (típicamente familiar) ya no esté disponible del mismo modo que en el modelo tradicional. En este proceso, que implica una mutación histórica en la reproducción de la mano de obra rural en la región, y que se traduce en crecientes tensiones para la sostenibilidad de la actividad, convergen la ruptura de la iniciación temprana de las/os jóvenes en las tareas agrícolas, las transformaciones del mundo rural y de la sociedad en general, así como la falta de oportunidades de acceso a puestos de trabajo permanentes y bien remunerados. Todo lo cual redunda en un mayor desarraigo de las/os jóvenes y las familias en las zonas rurales. Asimismo, incide en ello el lugar de subordinación, menor margen de maniobra y máxima coacción que ocupan las/os trabajadoras/es rurales en esta configuración histórica, siendo el escalón inferior de la cadena agroindustrial en términos materiales y simbólicos.

Los norteños salvan al viñatero mendocino”, resulta una frase que expresa, por un lado, las transformaciones y crisis del trabajo rural en la actualidad, y por otro, una articulación históricamente desigual -a través de migraciones temporarias- entre estructuras socioeconómicas regionales. Así, las/os trabajadoras/es rurales en general, y las/os “golondrinas” en particular, se encuentran en la escala más baja de la cadena, en una posición de máxima coacción.

Ahora bien, tal “salvación” de los viñateros mendocinos por la llegada de “norteños” se está viendo crecientemente socavada en las últimas décadas, por la mediación estatal y las políticas sociales a nivel nacional. La intervención del Estado a través de la AUH viene a mediar la vinculación de trabajadoras/es con un mercado laboral cuya correlación de fuerzas es históricamente desigual entre capital y trabajo, y crecientemente segmentada por el lado de las/os trabajadoras/es. Las/os “norteños”, que llegan a la región cada vez más a cuentagotas, tendrían ahora una opción entre salir a trabajar, viajar a Mendoza para la cosecha, o quedarse en casa y en “su pago” con el salario familiar. Esta cuestión irrita aún más a los patrones y a la opinión pública general, a través de la exaltación de un valor trabajo en abstracto –que se pone en escena cada año en los actos de vendimia, por ejemplo-, en el marco de los problemas de “escasez” de mano de obra que caracterizan al sector.

Así, cuando las/os trabajadoras/es rurales aluden a que “hoy, hay menos trabajo” en la vitivinicultura, refieren esencialmente a un trabajo estable y en blanco; mientras que cuando los patrones señalan que “no encuentran mano de obra disponible”, refieren principalmente a los requerimientos extraordinarios de mano de obra temporaria para la cosecha, fenómenos que se encuentran estrechamente vinculados.

Este análisis permite comprender al menos tres cuestiones centrales: la oposición unánime y enfática de los productores vitícolas a la prohibición del trabajo de menores en las fincas y en el marco del “trabajo familiar”, que es vista como una amenaza a la continuidad del trabajo rural; la alta valoración positiva del conjunto de los patrones respecto de la llegada de trabajadoras/es golondrinas, y la categorización de las/os “norteños” como gente que “viene a trabajar” en oposición a los mendocinos que serían “vagos”; y la solapada pero contundente oposición de los patrones a la “proliferación de planes sociales”, que mermaría más aun la disposición de locales y externos a trabajar en las viñas, en los puestos predominantemente temporarios, precarios y mal pagos que están disponibles.

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Diario Uno, Mendoza www.diariouno.com.ar

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Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas de Mendoza (DEIE) www.deie.mendoza.gov.ar

Fondo Vitivinícola Mendoza (FVM) www.fondovitivinicola.com.ar

Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) www.indec.mecon.ar

Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) www.inv.gov.ar

Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) www.inta.gov.ar

Observatorio Vitivinícola Argentino http://www.observatoriova.com

Entrevistas citadas (marzo 2009- marzo 2012) por orden de aparición

Entrevista 1: Trabajadora rural, 42 años, Zona Este.

Entrevista 2: Trabajadora rural, 31 años, exesposa de contratista de viña. Zona Este.

Entrevista 3: ex obrero rural y actual militante social y sindical, Zona Este, 47 años.

Entrevista 4: Productor mediano capitalizado, 52 años, 25 ha, Zona Este.

Entrevista 5: Pequeño bodeguero trasladista, Zona Este.

Entrevista 6: Trabajador Contratista, 57 años, Valle de Uco.

Entrevista 7: Trabajador rural, 38 años, Zona Este.

Entrevista 8: Técnico de INTA, 56 años, Valle de Uco.

Entrevista 9: Productor vitícola, 54 años, 18 has, Zona Este.

Entrevista 10: Productor vitícola, 58 años, 15 hectáreas, Zona Este.

Entrevista 11: Productor vitícola, 64 años, 21 has, Zona Este.

Entrevista 12: Productor vitícola, 35 años, 12 has, Valle de Uco.


  1. El presente artículo ha sido escrito utilizando lenguaje inclusivo en los casos que lo admiten. Cuando hago referencia a categorías como ‘sujeto’ o ‘actores sociales’ mantengo el uso del masculino. Del mismo modo, cuando refiero a roles u ocupaciones que, en las realidades a las que remiten, son llevados a cabo casi exclusivamente por varones. Quiero agradecer los aportes realizados a este artículo por Patricia Collado, quien fuera mi codirectora de tesis doctoral, ocasión en la que me brindó valiosos aportes analíticos y permanente acompañamiento; y a Carolina Bloch Nazar, quien realizó una detallada y cuidada corrección de estilo del texto.
  2. Si bien hago hincapié aquí en el período estudiado, 2009-2012, tal situación se agudiza en los últimos años. Sólo como ejemplo pueden citarse: Diario Los Andes (23/02/17); Clarín Rural (16/02/19), donde se expresan frases desde el mundo empresario tales como: “la falta de mano de obra para realizar la vendimia es una constante año tras año…”; “todos los años el problema de la mano de obra avanza, por ello compramos una cosechadora mecánica hace ya 3 años…”, entre muchas otras notas y afirmaciones del mismo tenor.
  3. En el marco de mi tesis doctoral en Ciencias Sociales: Desigualdades y Fronteras Sociales en la Configuración de la Vitivinicultura Mendocina (UNGS- IDES, 2016), realicé entre 2009 y 2012 más de 60 entrevistas en profundidad a actores sociales e informantes clave: productores vitícolas, bodegueros y trabajadoras/es de diverso tipo, representantes de cámaras empresarias, funcionarios y técnicos. La mayoría de las entrevistas fueron realizadas en la Zona Este de Mendoza (San Martin, Rivadavia y Junín), donde se produce el 70% de las uvas y vinos de la provincia, aunque también realicé entrevistas en el Valle de Uco y la llamada Primera Zona Vitivinícola (Luján y Maipú). Se analizaron también estadísticas y documentos del sector y se realizó un seguimiento de prensa de la actividad.
  4. En la actualidad, a pesar de la “caída” de muchos pequeños productores y una mayor concentración de la tierra en los últimos años, el 80% de las explotaciones vitícolas tiene menos de 10 hectáreas (INV, 2010).
  5. Según explica Salvatore (1986) el sistema de contratista fue un régimen de tenencia y de relaciones de trabajo que permitió a los propietarios cultivar sus viñedos con la fuerza de trabajo combinada de inmigrantes y criollos, actuando los contratistas como intermediarios entre los propietarios y la masa de peones criollos.
  6. El consumo de vinos en Argentina pasó de 90 litros anuales per cápita en 1975 a menos de 30 en el 2000. Un factor local explicativo de la crisis fue, además, la bancarrota a fines de los 70 del grupo económico Greco, que concentraba el 70% del mercado de vinos a granel, o “mercado de traslado” (Mellado, 2008).
  7. La “papeleta de conchabo” certificaba la relación de dependencia con un patrón. La normativa afectaba principalmente al trabajo rural y al servicio doméstico, siendo aplicada a varones desde los 14 y a mujeres desde los 12 años (Campi y Richard-Jorba, 2001: 121).
  8. Existían en 2008 la mitad de los viñedos y el 60% de la superficie cultivada respecto de 1978, cuando alcanzó su récord histórico (INV, serie histórica).
  9. Además de la variedad y la zona vitivinícola, otro factor que incide en la calidad del viñedo tiene que ver con el rendimiento. Así, la cantidad resulta inversamente proporcional a la calidad de la uva que se obtiene (Martín, 2009). Mientras que un parral de uvas criollas puede llegar a rendir entre 300 y 400 quintales/ha., un valor de referencia que se maneja para las uvas finas es de 100.
  10. En las fincas con mayor tecnología (tractores modernos, riego por goteo, uso de herbicidas, etc.) y orientadas a la calidad, hay una serie de tareas culturales que ya no se realizan, como abrir surcos, desorillar, desmalezar, dada la combinación de “labranzas mínimas o cero” y el uso de herbicidas. Mientras que otras nuevas tareas se incorporan como el desbrote, raleo de ramas y racimos, para evitar la proliferación de frutos y bajar los rendimientos; o el deshoje, para tener mayor luz solar; se aplica además un tipo de poda especial.
  11. En Mendoza son unos 76.000 los trabajadores vitivinícolas: alrededor de 40.000 trabajadoras/es de bodega y 55.000 trabajadoras/es de viña, entre permanentes y temporales. Por su parte, se requieren unas/os 11.500 cosechadoras/es cada año para levantar las uvas (Observatorio de ACOVI y COVIAR, 2019).
  12. La figura del productor tiene un carácter netamente masculino, tratándose en su amplia mayoría de varones de edades avanzadas (el promedio era de 55 años en 2012). Aunque existen mujeres productoras, aquellas que pudimos entrevistar se habían hecho cargo de la gestión de la finca debido al fallecimiento de su marido o por la herencia paterna de la actividad, no habiendo hermanos varones que quieran/puedan ocupar el puesto. De todos modos, las mujeres participan activamente en las decisiones y tareas vinculadas a la finca tranqueras adentro, aunque son los varones los que encarnan típicamente de manera pública el rol de productor. En el caso del contratista, si bien éste realiza las tareas con base en el trabajo familiar de mujeres, niños y niñas, una vez que él no cuente más con la relación laboral, la pierde toda la familia. Una trabajadora rural que pude entrevistar perdió la casa en la finca, además del trabajo, ya que le rescindieron el contrato al fallecer su marido, debiendo emplearse en servicios domésticos en la ciudad (Entrevistas, 2012).
  13. Tanto las agencias como las cooperativas pasaron a considerarse “ilegales” para la contratación de personal en el medio rural a partir de la nueva Ley de Trabajo Agrario de 2011 (Ley 26727), reglamentada en 2013. Sin embargo, la misma no contempla al sector vitivinícola.
  14. Si bien me he referido aquí particularmente al empleo rural, los estudios citados dan cuenta de que las/os trabajadoras/es industriales, en términos relativos, poseen mejores condiciones de trabajo y mayores salarios, aunque también los fenómenos de flexibilidad laboral y tercerización afectan al sector, generalizándose la subcontratación a través de agencias de empleo (Altschuler, 2016).
  15. Aquí y en adelante presento fragmentos de entrevistas realizadas a trabajadoras/es, productores y bodegueros de diversas zonas vitivinícolas de Mendoza entre 2009 y 2012.
  16. Teniendo en cuenta que una persona sola puede trabajar unas 5ha, si el contrato es de 10 ha, por ejemplo, se suman otros integrantes del grupo familiar. Estas son consideradas “ayudas familiares”, remuneradas o no.
  17. Entre 1980 y 2001 la población rural de Mendoza descendió del 31% al 20%, es decir que una de cada tres personas que vivían en áreas rurales migraron hacia aéreas urbanas. Dentro del área rural la población rural dispersa también tendió a concentrarse en población rural aglomerada (poblados menores a 2.000 habitantes). En 2010 la población rural era del 19% para el conjunto provincial, pero conformaba entre el 40% y el 30% en zonas de producción vitivinícola como el Valle de Uco, la Zona Este, Luján y Maipú (DEIE, CNP 1980, 1991, 2001 y 2010).
  18. En 1994 Argentina adhirió a la Convención de los Derechos del Niño, aprobada por Naciones Unidas en 1989. En 2005 se sanciona la ley 26061 de Protección Integral de los derechos de las niñas, niños y adolescentes, que establece como principio general que la edad mínima para ser admitida/o en un empleo no puede ser menor a la que establece la obligatoriedad escolar (Suriano, 2007:374). Luego, en 2008, se promulga la ley nacional 26390 de Prohibición del trabajo infantil y protección del trabajo adolescente, que eleva la edad mínima a 16 años, prohibiendo la actividad laboral de menores en todas sus formas, exista o no relación de empleo contractual, y sea éste remunerado o no (Diario La Nación, 2011). Para una profundización sobre el tema, puede consultarse el artículo de Barboza y Estrada disponible en el presente libro.


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