Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

4 Jóvenes rurales y trabajo: desigualdades en las Unidades Domésticas

“Trabajar para el padre, obedecer a la madre”

Carla Daniela Rosales

Introducción

En este capítulo, nos interesa exponer algunos aspectos en torno a los lugares y funciones que las juventudes rurales de espacios periféricos desempeñan, principalmente en relación con las dinámicas y reproducción de las Unidades Domésticas (en adelante UD). Entendemos que estas últimas desarrollan una forma productiva basada en el trabajo familiar. Así, el carácter doméstico de la actividad económica le imprime una lógica específica, fruto de la evaluación subjetiva del trabajo que constituye un espacio de recreación del capital, la cual se produce mediante la articulación de mecanismos específicos de subsunción del trabajo doméstico (Chayanov, 1985). Comprendemos que la UD contribuye al proceso de acumulación de capital al articularse al mercado a través de la venta de la fuerza de trabajo de sus integrantes a través de las migraciones. Aquí las tensiones entre las/los jóvenes que realizan trabajos rurales (prediales o extra prediales) o trabajos domésticos configurarán internamente las relaciones de poder entre generaciones y géneros, que ponen de manifiesto las desigualdades de la condición juvenil dentro de las mismas UD.

En el campo de las ciencias sociales, poco se ha avanzado en el estudio de las juventudes rurales si se lo compara con la producción acerca de sus pares urbanos. La invisibilidad de las juventudes rurales es una constante, tanto en el ámbito académico como, lamentablemente, en las políticas públicas. Por otra parte las condiciones del mundo rural se han visto fuertemente reconfiguradas desde fines del siglo XX. Blanca Rubio (2018) le llama transición capitalista mundial, etapa que coincide con el periodo de este estudio, entre el 2003 y el 2014 en la que predominan los mecanismos destructivos y de ruptura del modelo neoliberal, de esta manera el aumento en las materias primas abrió el cauce a la expansión del capital sobre los recursos naturales, con lo cual se fortaleció el despojo en las comunidades indígenas y campesinas (Rubio, 2018: 22-23).

El despliegue de las formas del modelo neoliberal en el mundo rural impacta en la configuración diferenciada de las demandas que las UD realizan a sus integrantes en función de la intensidad de los ciclos del trabajo y/o de las necesidades del grupo. De allí que resulta necesario aproximarse a los ámbitos domésticos y familiares de espacios rurales periféricos en clave generacional, territorial y de género. Por otra parte, nos cuestionamos la universalidad de pensar la división entre las esferas del trabajo y de la casa/familia, ya que, en el medio rural, se agregan las tareas que se hacen dentro y fuera de sus casas (cultivos, corrales de animales, etc.), quiénes reciben una remuneración económica por ello y quiénes no. Estas esferas enlazadas y la propia dinámica al interior de las UD están movilizadas por la asalarización de sus miembros, proceso en que el capitalismo agrario dispone de nuevas/viejas formas de explotación de la fuerza el trabajo en el campo, en donde las tareas de reproducción y mantenimiento domésticos (destinadas a la reproducción de la vida de los trabajadores) van impactando de diversas maneras, ya sea en dos sentidos extremos: cuando predomina la venta de fuerza de trabajo o la auto explotación campesina. En estos contextos, nos preguntamos por los roles, funciones y demandas a los cuales las generaciones jóvenes responden/ocupan/habitan para la reproducción de la UD.

Podremos así, contrastar los roles que juegan los jóvenes en aquellos espacios donde la solicitud de contratación de mano de obra del capitalismo agrícola es intensiva, versus qué sucede en lugares donde persisten formas de organización campesina del trabajo familiar, con la realización de eventuales trabajos asalariados (por temporadas). Los jóvenes tienen demandas y responsabilidades diferentes por parte de la generación adulta, según el tipo de trabajo (es decir, según se desempeñen de manera asalariada, para la finca propia o para el puesto ganadero). Aquí los trabajos requeridos a los jóvenes tienen diferentes grados de rotación, donde lo doméstico y lo reproductivo ponen de manifiesto las diferencias de género con impacto en la permanencia/exclusión del sistema educativo. Además de los propios ciclos de la producción ganadera (caprina en este caso) y la producción agrícola (frutales u hortalizas), se imponen los ritmos de las agroindustrias locales (multinacionales) quienes concentran la demanda de mano de obra local. La frase “trabajar para el padre y obedecer a la madre” nos acerca la noción de una distribución de tareas y poder en función del género con implicancias económicas y reconocimiento de libertades bien diferentes, tanto entre como intrageneracionalmente, expresando desigualdades al interior de la UD con base en el género, la generación y los territorios.

1. Juventudes en los espacios rurales y unidades domésticas: separación casa y trabajo[1]

La investigación tuvo un diseño metodológico cualitativo para el cual se definieron guías de entrevista, tanto en profundidad como grupales. El criterio de selección de las y los entrevistados/as fue que se encontraran en el último año del secundario. También se realizaron entrevistas a adultos (docentes, líderes comunitarios, madres) y observaciones no participantes en espacios educativos, comunitarios y recreativos de ambos lugares sociales en dos distritos del departamento de Lavalle. En esta interrelación contrastante, ponemos el foco en las dinámicas internas de las UD de jóvenes que cursaban el último año de la educación secundaria de las escuelas públicas.

Los contactos con las y los jóvenes de la periferia rural se realizaron accediendo a escuelas secundarias y escuela albergue, comunidad huarpe de San José, Lavalle, áreas de juventud de la Municipalidad, centros educativos de jóvenes y adultos, organizaciones de trabajadores rurales (OTRAL y UST), entre otras. Se realizaron entrevistas individuales, observaciones no participantes, y grupos focales. Asimismo, se entrevistó a docentes y a referentes comunitarios adultos. Iniciamos el estudio en el año 2012 en la localidad de Costa de Araujo, y asistimos a diversas instituciones y organizaciones a lo largo de un año. Se hizo la búsqueda de los estudiantes del último año de la educación secundaria, principalmente durante el cursado escolar. En el caso de la comunidad huarpe de San José, realizamos entrevistas en profundidad durante el año 2013 y se dio inicio al trabajo de campo durante la vendimia, en los meses de marzo y abril, por ello se encontraron pocas personas en los puestos, pues la mayoría se había trasladado a Costa de Araujo a trabajar. También pudimos entrevistar a estudiantes de último año albergados en la escuela secundaria albergue 4-207 del mismo departamento.

Lavalle se encuentra situada en el noreste de la provincia de Mendoza, forma parte del oasis provincial y limita con las provincias de San Juan y San Luis. Es un departamento netamente rural ya que un 70% de su población total reside en el campo. Son características predominantes de esta zona irrigada la escasa cantidad de precipitaciones y la reducida canalización de cauces de riego. El 95% de la población se distribuye en tan solo 300 km2, correspondiente a los territorios regados, y que cubren solo el 3% de su extensión territorial. Los 9.900 km2 de secano o región conocida como “desierto lavallino”, es un territorio ocupado por alrededor de 500 familias campesinas en forma dispersa, dedicadas a la cría de ganado menor, principalmente caprino, como unas de las pocas estrategias plausibles para desarrollar la subsistencia y el autoconsumo.

Resulta llamativo que aún en un mismo oasis irrigado, encontramos territorios diferentemente integrados a la producción capitalista. A excepción de un sector menor en la vitivinicultura (Bocco, 2008)[2], la mayoría de los actores productivos no lograron alcanzar una reconversión de su agricultura, lejos del ritmo que la modernización neoliberal impuso en estas últimas décadas. La secuela fue el desarrollo de zonas rurales diferentemente integradas, de las cuales algunas se ubicaron de forma marginal frente a la mencionada transformación. Por ello entendemos que la configuración espacial mendocina fue el resultado de un manejo desigual del agua de riego. El territorio quedó fragmentado bajo una doble lógica: mientras se concentraron recursos, población y poder en una pequeña porción de este, a contracara se despojaron y agotaron otros espacios, recursos y grupos sociales minoritarios que quedaron integrados periféricamente al modelo desde su subordinación y vulnerabilidad.

Del total de la población del departamento de Lavalle, que según datos del Censo Nacional de Población de 2010 era de 32.129 personas, solamente es considerada población urbana el treinta por ciento, es decir que 9.634 personas viven en poblados de más de 2.000 habitantes. Estos centros urbanos son Villa Tulumaya (7.005 habitantes) y Costa de Araujo (2.629 habitantes), ambos con características de centros de servicios rurales. Del mismo modo, identificamos que el 70% de la población (22.945 habitantes) vive en zonas rurales de forma dispersa. La población rural agrupada es el 12% y la dispersa el 58%[3] . Como ya dijimos, en el oasis irrigado lavallino se concentra la mayor cantidad de población del departamento. Puede observarse un gran contraste entre los territorios rurales: por un lado, existe la agricultura bajo riego artificial, que es la actividad más dinámica[4], y por otro, la producción ganadera en el secano (no irrigado) que es extensiva y de baja productividad (debido a que se desarrolla en ambientes áridos), pero constituye el medio de subsistencia para las familias rurales que habitan en los llamados “puestos”. El secano es la contracara del oasis irrigado y cultivado. A partir de la mutua relación de acumulación y despojo que estos territorios mantienen, hemos seleccionado los distritos para su estudio.

Costa de Araujo se ubica a 50 km de la capital mendocina, y le sigue en importancia de concentración poblacional y servicios a la villa cabecera de Lavalle. Se ubica en el oasis irrigado del departamento. Es un distrito agrícola, con bodegas de mediana producción y agroindustrias, y un polo de atracción de mano de obra, tanto del departamento como de otras provincias. Por otra parte, el distrito de San José es una comunidad huarpe que se encuentra a 130 km de la ciudad de Mendoza, sin comunicación por medio del transporte público y con 40 km de camino de tierra. Se ubica en el secano, zona no irrigada, y su actividad principal es la crianza de ganado caprino. Marcada por el crecimiento negativo, fruto del constante éxodo rural a las ciudades, es a la vez, proveedora de fuerza de trabajo de familias ‘puesteras’ (agricultura caprina de subsistencia) para las temporadas de cosecha en el oasis lavallino.

La temporada de trabajo estacional (vendimia) que se realiza una vez al año es muy esperada por los pobladores del secano y, particularmente, por los residentes de San José, pues está a unos 40 km de otros dos distritos ubicados en el oasis irrigado: Gustavo André y Costa de Araujo, donde las fincas y las agroindustrias demandan mano de obra para la cosecha de la uva, como así también del melón y de la sandía. En el caso de la localidad de Costa de Araujo, facilitado por las distancias, los/as jóvenes pueden desplazarse para realizar cosechas de otros cultivos, además de las ya mencionadas (aceituna, tomates, ajo, cebolla, entre otros), como así también realizar otras tareas agrícolas de mantenimiento de los cultivos en diferentes estaciones del año (aplicación de insecticidas y fertilizantes, podar, atar, desmalezar, desbrotar o emplearse como obrero/a rural), además de la temporada de cosecha.

Además, pudimos relevar en el trabajo de campo, que las familias de los/las chicos/as no combinan la actividad laboral asalariada con la agricultura o la ganadería (ni para autoconsumo ni para venta), a excepción de dos jóvenes que residían en la misma explotación agrícola (finca), uno con padres contratistas de viñas y otro con sus padres propietarios de finca. Este es un punto complejo, pues las trayectorias laborales se ven atravesadas por las diferencias socio espaciales y por la condición social de sus familias, para la cual el acceso a la tierra irrigada es un importante factor económico. Entendemos que la mayoría de las familias no son dueñas de la tierra y se trasladan de acuerdo con la oferta laboral (migraciones internas) en busca de trabajos estacionales. La posibilidad de asalariarse en forma precaria e inestable durante todo el año (exceptuando el invierno en donde disminuye la demanda de mano de obra), es una oportunidad exclusiva de los/as jóvenes de esta zona rural irrigada y agrícola. Si bien las familias campesinas-puesteras de la comunidad de San José se organizan económicamente en torno a la ganadería caprina (se realizan dos ventas anuales de chivos, el guano y la piel de estos), se combina la ganadería de subsistencia con la venta de artesanías. En algunos casos, se añade el ingreso de pensiones-jubilaciones o el empleo público (generalmente como celadores de las escuelas del pueblo), y los ingresos anuales provenientes de las cosechas y de los trabajos rurales también estacionales. En estos dos últimos casos, implica que algún o algunos miembros de la familia deban migrar temporalmente a otro distrito para concretar dichas actividades económicas.

En este sentido, comprendemos la noción de “juventud” como una construcción histórica, social, cultural y relacional que en diferentes épocas y procesos socioculturales ha asumido diversas denotaciones y delimitaciones. Entender a “la” juventud desde su sentido más tradicional, psicologista y biologista, y aplicarlo a las poblaciones rurales e indígenas, descalificaría todo tipo de signos juveniles, y negaría la existencia misma de la juventud en estos grupos, lo cual ha sido una de las formas en que se las ha invisibilizado, omitiendo su estudio.

De modo tal que “la juventud y la vejez no están dadas, sino que se construyen socialmente en la lucha entre jóvenes y viejos” (Bourdieu, 2002). En este sentido, observamos que en el plano de las generaciones existe una asimetría social que se gestó en un paulatino proceso histórico que tuvo características específicas de acuerdo con cada cultura y tipo de sociedad en el que se daba. Sin embargo, se fue configurando un sentido común en torno a que los grupos “mayores” se atribuyeron las responsabilidades de educar y transmitir sus conocimientos a los grupos “menores” a partir de una autopercepción de su rol social. Este proceso acentuó la noción de poder adulto desde la perspectiva de las relaciones entre adultos y los diversos grupos denominados menores, lo cual resulta en una sociedad que se articula desde una perspectiva adultocéntrica.

Respecto a las juventudes rurales, reconocemos la existencia de factores que las afectan particularmente, de allí que el conocimiento de las UD contribuya a comprender ciertas dinámicas que condicionan sus futuras trayectorias juveniles. Destacamos a la autoridad paterna como un elemento central, pues las percepciones de la juventud están marcadas por la construcción de que ese/esa joven debe ser vigilado/a y controlado/a. El peso de la autoridad paterna en el espacio doméstico es reproducido en las relaciones de trabajo familiar y en la organización de la explotación. Entendemos que esa autoridad crea mecanismos de vigilancia y control a través de las relaciones familiares y demás redes sociales, principalmente en las mujeres, y que trasciende el espacio doméstico. Agregamos también que sobre la organización doméstica prima la organización capitalista del trabajo rural.

Juventud/joven asociada a la transitoriedad del ciclo de la vida o biológico, transfiere para aquellos que son así identificados, la imagen de individuos o grupos de individuos que necesitan ser regulados, controlados, encaminados. Juventud rural es una categoría especialmente reveladora de esa construcción de jerarquía social. El análisis de esa categoría permite percibir cómo los procesos de construcción de categorías sociales configuran y refuerzan relaciones de jerarquía social (De Castro, 2002, p. 95).

Este planteo lleva a la reflexión de que tanto la relación laboral como el disciplinamiento están encarnados por una fuerte jerarquía generacional en la figura paterna/adulta en lo que respecta a las actividades de impacto económico, mientras que aquellas que se desarrollan dentro de la UD, que no siempre son vistas como trabajo en sí, son dirigidas por la figura materna/adulta. Estas dos formas de conducir la reproducción de la UD definen tareas y funciones en relación directa con el género y la edad. Por lo mencionado, la conducción (ya sea a cargo de la madre/padre o figura similar) adquiere fuertes características patriarcales y adultocéntricas.

Por otra parte, es necesario considerar las transformaciones de los espacios sociales rurales donde transitan las y los jóvenes. Entendemos que el espacio rural ya no solo es proveedor de alimentos y de materias primas para la industria agroalimentaria en el marco crecientemente complejo de las cadenas de valor agrícola, sino también un lugar de posibilidades de inserción laboral para el ciclo empleo-desempleo de trabajadores de origen industrial, rurales estacionales y agroindustriales, desocupados urbanos y rurales (familias pluriactivas o plurinsertas). Además, representa un lugar de producción de manufacturas artesanales, otras orientadas directamente al autoconsumo, y de bienes y servicios. Identificamos tensiones que resultan del actual dominio del capital sobre el agro en un proceso globalizador, como es la difusión del trabajo asalariado, la precarización del empleo rural, la multiocupación, la expulsión de medianos y pequeños productores del sector, las continuas migraciones campo-ciudad o a través de las fronteras, la orientación de la producción agropecuaria hacia los mercados, la articulación de los productores agrarios a complejos agroindustriales con predominio de núcleos de poder vinculados a grandes empresas transnacionales. Asimismo, es necesario asumir la existencia de una jerarquía de territorios vinculada directamente a la movilidad del capital y del trabajo con consecuencias directas en la desigualdad social y espacial. De esta manera, se reproducen las áreas marginales como reservorios de mano de obra y las áreas dinámicas como demandadoras de trabajo flotante, tal como lo son los distritos lavallinos de Costa de Araujo y San José.

En la región Cuyo, los sistemas agrícolas de cultivos intensivos se han adaptado a los ambientes áridos y semiáridos.

Uno de los factores sociales que posibilitó el desarrollo de la agricultura comercial fue el uso intensivo de la mano de obra en los oasis regados. Este modelo agrícola generó una importante concentración y retención de la población rural en el campo, en los oasis irrigados y ciertos fenómenos particulares de diferenciación social en los grupos sociales vinculados a la producción agraria (Bocco y Panuzzio, 2008, p. 12).

Esto aporta al análisis de los casos en estudio, pues los distritos seleccionados están vinculados por esta movilidad del capital y del trabajo, ya que el contraste de la desigualdad social y espacial se manifiesta en que Costa de Araujo, ubicada en el oasis irrigado, atrae mano de obra para la agricultura, mientras que las y los jóvenes de San José se trasladan por temporadas al primero para emplearse en las fincas y agroindustrias. La posibilidad y demanda de quiénes trabajan de manera remunerada y quiénes quedan dentro del predio a ocuparse de otras tareas sin salario, nos muestra cómo las diferencias generacionales y de género configuran la particular complejidad de las UD en los espacios rurales.

2. Unidades Domésticas rurales: diversidades y desigualdades internas

Para conocer las dinámicas de las UD con base en una economía sostenida principalmente por el trabajo asalariado de sus miembros, frente a economías de tipo campesinas, sostenidas en su mayoría por el trabajo familiar, será un factor central la diferenciación entre trabajo y casa. Podemos así perfilar algunas características que predominan en cada caso: frente a la avanzada de asalarización rural, la división entre casa y trabajo se hace más evidente, mientras que en el sostenimiento de las actividades del puesto, casa y trabajo se yuxtaponen, principalmente porque no se contrata mano de obra, pues la misma es familiar.

Cabe señalar que tanto uno como otro, están atravesados por la pobreza y la desigualdad, pues la intensificación de la mano obra familiar o la asalarización de gran parte del grupo doméstico da cuenta de la demanda que deben afrontar para su reproducción y subsistencia.

La separación occidental, moderna y capitalista entre “casa” y “trabajo” ha sido un proceso bastante reciente para el mundo rural. La superposición de esferas sociales (diferenciadas para el mundo urbano) como son el mundo de la producción y el trabajo, por un lado, y el mundo de la casa y la familia por el otro, es lo que predomina en este ámbito. La separación se inicia con la revolución industrial y la aparición de la fábrica como lugar de producción diferenciado. Se modifican las condiciones de la familia y va perdiendo su papel productivo para ocuparse principalmente de las tareas de reproducción (Jelin, 1998). Estas tareas, entendidas también como labor doméstica, forman parte de la cotidianeidad y aseguran la reproducción social en tres sentidos: la reproducción biológica (gestar, tener hijos), la organización y ejecución de tareas de reproducción cotidiana, y tareas que aseguran el mantenimiento y subsistencia de sus miembros como trabajadores asalariados dirigidas al mantenimiento del sistema social.

En este sentido, coincidimos en señalar que los principios básicos de organización interna de las UD son la generación, el género y el parentesco. A partir de estas diferencias, se realiza la división intrafamiliar del trabajo, la distribución y el consumo, y se rigen las responsabilidades de los miembros hacia el grupo.

Existe una dimensión temporal al interior de la UD que supone diferentes momentos a lo largo del desarrollo de la familia: se generan diversos recursos laborales que reflejan disposiciones y mecanismos internos de socialización, es decir, una división interna de trabajo de la que se desprenden derechos y obligaciones futuras para con sus integrantes. Este proceso interno ha sido explicitado en términos de “etapas o fases del ciclo doméstico” que tiene un impacto diferente entre los miembros de las UD según sus edades y sexo. Además, las etapas tienen connotaciones específicas según el lugar en la estructura agraria y el espacio social rural en el que estén insertas, pues el tipo de producción, la propiedad de tierra y el trabajo estacional darán su impronta a las unidades.

Así, hablamos de las etapas o fases del ciclo doméstico debido a que nos permite relacionar las dinámicas económicas y las de parentesco según los momentos vitales y las demandas en cuestión. Vale recordar que las fases[5] en el desarrollo del ciclo doméstico fueron planteadas tempranamente por Alexander Chayanov (1985) y luego retomadas por diversos autores que las adaptaron a distintos contextos[6]. También podemos hablar sobre cómo operan las generaciones jóvenes en determinado momento del ciclo cuando la generación adulta requiere de su energía y trabajo para continuar con su existencia o subsistencia. Aquí la variable de la condición social de las juventudes rurales es clave, pues las UD más pobres son las que más tempranamente demandan de sus tareas productivas o la combinación con las reproductivas, especialmente a jóvenes y niños.

En suma, en el modelo propuesto por Chayanov, el ciclo se inicia con la fase de “expansión” que dura desde el matrimonio hasta que termina el ciclo reproductivo. La reproducción está en función del ciclo de fertilidad de la mujer. En este período, los hijos dependen económica y afectivamente de los padres. La segunda etapa es la de “fisión” que puede, en muchos casos, superponerse a la primera. Esta fase comienza con el matrimonio del primer hijo y continúa hasta que el último hijo se casa. La última etapa es la de “reemplazo” que termina con la muerte de los padres. El modelo de Meyer Fortes (1979), quien toma al autor ruso mencionado, sugiere la utilización de recursos en fuerza de trabajo diferentes, ya que los recursos están sometidos a variaciones culturales como la edad en que se comienza a trabajar, la relación entre tipo de trabajo y edad y la importancia del sexo en la asignación de funciones en el proceso de producción. En base a estas dimensiones, Eduardo Archetti y Anne Stölen (1975) modificaron la tipología e incluyeron en cada fase diversas sub-fases dentro del ciclo. Toman como criterio la edad de los hijos, ya que determina la potencialidad de trabajo del grupo doméstico en consideración. Desarrollaron este esquema de sub-fases en función del caso de los colonos de Santa Fe en los años 60. Los autores mencionados observan en su investigación que los chicos empiezan a trabajar una vez que finalizan la primaria, a los 12 años: si la educación se prolonga, se los considera fuera del sistema de división de trabajo porque deben trasladarse al secundario en la ciudad. Pasada esa edad, empiezan a trabajar en el ciclo doméstico, ya los 15 años comienzan a asumir más responsabilidades, especialmente los varones que trabajan en la chacra con tractor. Luego de este momento, deciden si se quedan en la casa o buscan otra ocupación. En esa decisión están involucrados los intereses del padre, de la familia y del joven en cuestión. En el caso de las jóvenes, será la edad en que las hijas se casan lo que culminará con el abandono del hogar. Si tenemos en cuenta que en las zonas rurales, específicamente en Mendoza, la expansión de la educación secundaria (factor que ha posibilitado que muchas personas extiendan su escolaridad sin abandonar sus pueblos) se concreta en los años 90 y principio de milenio, a partir de la lógica de los autores, luego de los 13 años disminuye la cantidad de integrantes para distribuir el trabajo o se hace parcialmente, como es el caso de las UD que tienen jóvenes que asisten a escuelas de alternancia o albergues.

Archetti y Stölen (1975) consideran que la fase de expansión va a depender del límite de edad de 20 años, por lo cual distinguen dos fases: la expansión propiamente dicha, con hijos menores a 12 años, y otra fase que finaliza cuando los hijos pasan los 20 años. Esta edad marcaría el inicio de la fase de fisión, no así el matrimonio, pues lo que impacta es que los hijos se vayan de la casa. La fase de reemplazo comienza cuando el padre se retira de la actividad productiva y esta función es ejercida por algunos de sus hijos[7].

A partir de una perspectiva generacional, veremos qué esperan los adultos sobre los lugares designados para ser ocupados por los jóvenes. Entendemos a partir de ello que las responsabilidades no se distribuyen de la misma manera dentro de la UD, pues edad, género y el parentesco se combinan y definen las posibilidades de recorrer o no ciertas trayectorias educativas, independizarse del hogar, heredar la tierra, etc. Estas responsabilidades para con el grupo están fuertemente condicionadas por las presiones de la UD respecto al número de consumidores y de asumir los costos de la reproducción doméstica en los tiempos que no hay trabajo estacional.

3. Las generaciones jóvenes como sostén y refuerzo dentro de la UD

Dentro de las fases del ciclo doméstico, nos ocuparemos ahora de desarrollar las dos sub-fases: “refuerzo” y “sostén” de la primera, llamada “expansión” debido a que, de acuerdo con la investigación realizada, la primera fase del ciclo coincide con adolescencia y juventud (etapa de escolaridad obligatoria: primaria y secundaria).

Para ello consideramos necesario estructurar cada sub-fase considerando la variable generacional, al reconocer que dentro de la misma UD coexisten grupos de personas relacionalmente identificadas como niños, jóvenes o ancianos. Otra variable es el género, entendido en este contexto en su concepción binaria de femenino y masculino. También tomamos en cuenta las relaciones de parentesco, ya que reconocemos que la UD coincide en los casos estudiados con familias y existen lazos de consanguineidad entre sus miembros. Como mencionamos que esta fase coincide con la escolarización, intersectamos la trayectoria educativa de las y los jóvenes pues, como hemos señalado antes, es el número de consumidores quienes generan presión respecto de los límites de la autoexplotación de la UD.

En el caso de la primera fase denominada expansión, identificamos una particularidad que entrecruza generación y parentesco: en el inicio de esta hay un número mayor de consumidores-hijos-niños que dependen de un número menor de trabajadores-adultos-padres que sostienen a este grupo. Aquí en el caso de los consumidores, existe una mayor dependencia, pues coincide con la presencia de grupos generacionales ancianos y/o niños.

Para hablar de las sub-fases de la “expansión”, a los principios de organización interna los pondremos en tensión con las variables educativa, laboral y territorial en los espacios sociales rurales en estudio. Pues, como hemos analizado, existen fuertes contrastes en el acceso a la oferta educativa y laboral en cada distrito.

La primera sub-fase, dentro de la expansión, la denominamos “sostén”, pues aquí una generación, la de los adultos (padre y/o madre), asume y concentra la responsabilidad de la reproducción y producción de la UD. Consideramos la extensión aproximada de esta fase durante los años de educación primaria de los niños, que sería la generación de integrantes “consumidores”. Las tareas que el grupo de niños-hijos de la UD realizan se circunscriben al ámbito doméstico y pueden presentarse las primeras instrucciones acerca de cómo realizar las labores rurales. Aquí el éxito o fracaso en la educación primaria, sumado a las presiones del número de consumidores en un territorio de marcado avance del capitalismo agrícola, puede convertir a algunos niños y niñas en fuerza de trabajo suplementaria y progresiva que muchas veces impacta negativamente en la permanencia del sistema educativo. Esto podemos relacionarlo también con el denominado “temprano ingreso al mundo del trabajo rural”, afirmación que oculta e invisibiliza otros ciclos vitales y otras demandas de la UD que se reproduce y subsiste en condiciones de pobreza rural.

La segunda sub-fase de la expansión se denomina “refuerzo”, pues aquí se plantea a la UD la necesidad de sostener a una generación en el sistema educativo (escuela primaria y secundaria), y podemos observar dos entrecruzamientos claves para su subsistencia, por lo que demanda apoyo a la generación joven en dos aspectos centrales: uno en las tareas domésticas y otro en tareas rurales remuneradas.

Esta demanda de apoyo pone de manifiesto una división sexual del trabajo en función de la generación y el parentesco (hijos) que funciona como mano de obra de refuerzo en las actividades vitales que realizan los adultos para la reproducción del grupo. Esta división se perfila con las decisiones que la generación adulta toma respecto de los recursos que dispone para cubrir ese “apoyo” necesario, específicamente en lo que respecta a reforzar las actividades productivas, generalmente definido por el padre y las reproductivas/domésticas, por la madre. Trabajar bajo las órdenes del padre o de la madre como refuerzo de las tareas que ellos realizan, tiene implicancias diferentes, pues la ayuda al padre se traduce en dinero o permisos para salidas, mientras que, en el caso de la madre, no se obtiene recompensa alguna por realizarlo. Aquí retomamos la división entre casa y trabajo que mencionamos anteriormente, pues la división sexual del trabajo de la UD estudiada también reproduce los estereotipos de género en su interior. Así, las actividades productivas y remuneradas se encuentran fuera del grupo doméstico (trabajo) y están a cargo de hombres mientras que las reproductivas en el ámbito privado y doméstico sin remuneración (no reconocidas como trabajo) están a cargo de mujeres (casa). Esta división se reproduce en el interior de la UD generacionalmente, el padre convoca a los hijos y define actividades y labores necesarias, mientras que la madre recurre a las hijas en la definición de tareas domésticas. La intensificación del trabajo de los miembros provoca una reorganización de tareas que se traduce en grandes recargas generacionales debido a la imposibilidad de contratar a otras personas (obreros/cosechadores/etc.) o servicios de cuidados (niñeras/jardín maternal/cuidador de adultos mayores/etc.). La recarga de tareas de refuerzo de un/a joven, demandada en un tiempo prolongado, se traduce en un abandono del sistema educativo (sea para contribuir al trabajo del padre o de la madre).

Al tener en cuenta que las edades en que las y los chicos son padres/madres en las zonas rurales, el ciclo de una nueva UD se iniciaría justamente en la fase que hemos llamado de refuerzo. En este sentido, consideramos en esta sub-fase la presencia de una tercera generación de consumidores que, por parentesco, serían los nietos. Situación que produce una mayor presión a la UD respecto de los límites de su autoexplotación. Consideramos que estas presiones sobre las y los jóvenes pueden culminar con la salida del grupo doméstico en distintas formas: al independizarse (un consumidor menos), al conformar otra UD nueva en caso de tener hijos, por migración laboral (trabajos por temporadas) o por continuar los estudios en la ciudad. Aquí podríamos estar en presencia del inicio de la fase de fisión que mencionábamos antes. Este momento coincide con la etapa de la escuela secundaria, lo cual habla del impacto de la mayor permanencia de los miembros de la UD en el sistema educativo.

Con respecto a la fase llamada de reemplazo, podríamos proyectar diferentes situaciones que la condicionan o que ponen en peligro la persistencia de la misma en los espacios sociales rurales, como consecuencia del difícil acceso a la tierra (históricos conflictos sobre la titularidad de la tierra) y los procesos migratorios campo-ciudad de las y los jóvenes, que ponen en riesgo la permanencia en ciertos espacios sociales rurales, como es el caso de San José. Estas son las situaciones que tornan inviables la continuidad de las UD debido a la nula rentabilidad en su mantenimiento y reproducción. En otros lugares de la estructura social agraria, en donde conservar la tierra y continuar el trabajo del padre es redituable, la UD persiste y da inicio a un nuevo ciclo.

3.1. El trabajo rural estacional de las y los jóvenes rurales, tensiones entre la autonomía personal y la vigilancia familiar

Durante el trabajo de campo realizado en la comunidad de San José, recorrimos una zona de población rural dispersa dentro del distrito llamado “Alto de los Lechuzos”. Cuando comenzábamos a charlar con quien estaba en ese momento en el puesto, surgía de inmediato la disculpa de no poder ofrecer sillas pues habían sido llevadas para la cosecha. Así, en esta época, muy pocos integrantes del grupo familiar se quedan en el puesto y el resto se traslada a la finca a trabajar llevándose sillas y colchones, pues allí “les dan casa”[8].

Observamos que la dimensión territorial expresa condiciones desiguales para que los jóvenes de ambos distritos puedan acceder al empleo rural (estacional y precario). Ya que si bien las y los jóvenes entrevistados en ambos distritos estudiados se emplean en las cosechas (principalmente de la uva, melón y sandía), son los residentes de San José quienes tienen que migrar para poder trabajar, pues por las distancias y la ausencia de medios de transporte público entre localidades, no pueden ir y volver en el día a las fincas. En Costa de Araujo, los jóvenes se trasladan en el día, pues la presencia de cuadrilleros[9] lo facilita. En suma, para las y los jóvenes de este último distrito el trabajo agrícola no implica mudarse, mientras que para los jóvenes de San José sí y, la mayoría de las veces significa uno de los pocos motivos por los cuales salen del distrito[10].

Otro aspecto que advertimos es cómo la condición de género de las y los jóvenes dentro de la UD pone de manifiesto desiguales formas en la condición juvenil, vinculadas a la autonomía económica y en el hecho de no ser vigilados por la generación adulta. En las familias contactadas, pudimos observar las siguientes situaciones entre los/as jóvenes: por un lado, a los jóvenes varones se les permite/autoriza ir a cosechar solos e inclusive disponer de ese dinero para sus gastos personales y, por el otro, las jóvenes mujeres no cosechan para ellas, sino que lo hacen junto a su familia. Aquí diríamos que a ellas se les demanda “ayudar a cosechar” a un adulto que, generalmente, es el padre, lo cual implica a las jóvenes una negociación posterior respecto del uso del dinero ganado. De allí que el “ir a cosechar solo” o decir que este año “coseché para mí”[11] es un marcador de autonomía que da cuenta del inicio de un proceso de independización económica al que acceden con seguridad los jóvenes. Este aspecto remite al estereotipo de la masculinización del trabajo rural que contribuye a justificar que es un tipo de trabajo que solo podrían realizar los hombres. Los jóvenes de San José tienen expectativas sobre el trabajo de la cosecha de la uva, pues significa en ciertos momentos la generación de un ingreso propio o compartido con el novio o la novia (si cosechan juntos) o la posibilidad de disponer de ese pago: “cosecho para mí, ya no cosecho con mi papá”. La vendimia representa también la posibilidad de vivir una experiencia fuera del control familiar, en la cual es posible conocer gente nueva[12] fuera de los grupos escolares o de vecinos-parientes del pueblo. Y, por otra parte, en el caso de las jóvenes, como desarrollaremos más adelante, significa una oportunidad para realizar una actividad productiva remunerada. En ambos casos se coincide en que es una actividad que se transmite de generación en generación y que fueron los padres quienes les enseñaron los conocimientos sobre la actividad agrícola. Aquí, el hecho de cosechar en familia (trabajo sin salario), marca un momento del ciclo familiar en el cual parte importante de la socialización supone la transmisión de saberes y entrenamiento entre los integrantes de la UD inter generacionalmente.

En el caso de las UD de los jóvenes entrevistados en Costa de Araujo, advertimos la tendencia que al menos un integrante tenga un trabajo “estable” durante el año en diferentes actividades rurales y no rurales, tales como: servicio doméstico, empleados de bodegas o de agroindustrias, empleados públicos no profesionales, etc. Además, en estas UD, algunos de los integrantes más jóvenes participan de la cosecha y colaboran con el presupuesto familiar (refuerzo) o bien ahorran gastos fijos del grupo asumiendo con ese dinero los costos para el inicio escolar. Solo en un caso entrevistado con los mayores indicadores de pobreza rural, todos los integrantes de la unidad doméstica se encontraban trabajando como obreros rurales y lo hacían durante todo el año, trasladándose inclusive a otras provincias. En suma, el trabajo rural estacional es la principal ocupación en el año de las UD de Costa de Araujo y también se combina con otros empleos (rurales o no). En el caso de San José, el trabajo de la cosecha se alterna en el año con los requeridos por la ganadería caprina (en el mismo predio/puesto).

Es importante mencionar que la vendimia, paradójicamente, tiene como contratacara el desfasaje temporal y espacial con el ciclo escolar rural, que anualmente ocasiona el retraso del inicio de clases de los/as jóvenes y niños/as, pues la familia completa se ve incluida en esta tarea que le facilita una base de ahorros anuales. Con respecto al calendario escolar y las cosechas, la escuela albergue de San José es la única que ha realizado modificaciones institucionales para asegurar la inclusión de aquellos jóvenes que retrasaban su inicio por razones laborales. Por otro lado, pudimos observar cierta flexibilidad respecto al reconocimiento de la doble condición de las y los jóvenes como trabajadores y estudiantes en el CENS (Centro de Educativo de Nivel Secundario) de Costa de Araujo, que justificaba las faltas por la cosecha mas no modificaba el inicio de las clases como sí sucede en la escuela secundaria albergue de San José. Aquí el trabajo estacional se combina con las tareas de mantenimiento del puesto que, como mencionamos antes, supone la cría de ganado caprino. A su vez, se desarrollan otras actividades reproductivas, vinculadas al cuidado de algunos integrantes dependientes, como pueden ser niños, ancianos o personas enfermas. Entendemos como “tareas de cuidado” las relacionadas con la alimentación, higiene, salud y responsabilidades de la crianza de las y los niños/as. Desarrollaremos a continuación de qué tareas se ocupan las y los jóvenes dentro de las UD en cada distrito.

3.2. Sobrecarga de tareas y escaso movimiento en las UD de Costa de Araujo

Como hemos venido desarrollando, en este distrito la actividad agrícola está fuertemente comandada por las agroindustrias locales y los requerimientos estacionales de mano de obra. La incorporación periódica de trabajadores rurales en el mercado local va a impactar las dinámicas internas de las UD propiciando cambios y acomodamientos en función de quienes salen a trabajar.

Así, pueden diferenciarse dos grupos de jóvenes de Costa de Araujo: por un lado, aquellos que pueden cursar su secundario como estudiantes exclusivos. Son hijos de pequeños productores o contratistas que tienen trayectorias educativas continuas. Por otro lado, las jóvenes con “sobrecarga doméstica o laboral” pues, además de cumplir con la responsabilidad de todas las tareas domésticas o de trabajar en las chacras como temporarias, permanecen en el sistema educativo de alguna manera.

En el grupo de los “estudiantes exclusivos”, encontramos a jóvenes hijos de propietarios y de contratistas de viñas que emplean obreros, en estos casos los jóvenes se dedican en forma exclusiva al estudio y eventualmente “ayudan” a los obreros del padre. Entre la importante carga horaria de la escuela técnica (doble turno), sumado a pasantías y actividades deportivas, los jóvenes entrevistados a los que nos referimos no tienen tareas intradomésticas asignadas. Y, como pudimos observar en las entrevistas, la labor de ayuda (jóvenes varones) a los obreros de la finca no es remunerada, sino que a cambio el padre les facilita permisos, vehículo o dinero para salir con sus amigos en el fin de semana. Así nos decían estos jóvenes:

-B: Y trabajando… Le estoy ayudando a mi papá en la finca y hace un par de meses estuve trabajando en una metalúrgica con un amigo, y de ahí nada más… Porque tengo mucha carga horaria, entonces como mucho que no me da el tiempo (…).

-E: O sea que con el tema del trabajo ¿cómo te organizás? ¿Los fines de semana?

-B: O los días que no tengo tanta carga horaria (…).

-E: Pero bueno, en caso de que vos trabajes, ¿lo hacés con tu viejo?

-B: Claro, ayudándole.

-E: Ahí ¿cómo hacés, te paga por día? ¿Te pagan por hora?

-B: En realidad, no… Sí me da por ejemplo los fines de semana, lo cambio por un rato que me preste el auto más que nada… Para salir, él se encarga de echarle gasoil y yo ocuparlo (risas) (…).

-B: Claro, de vez en cuando sí me sabe dar plata (Benjamin, 2012).

En esta entrevista, llama la atención que este joven no es demandado para ninguna tarea específica al interior del hogar, aunque sí eventualmente para trabajos rurales, ya que su función puede ser suplida por un obrero mientras él está ocupado con el estudio.

Aquí, las UD de estos jóvenes, considerando las diferencias económicas en el mismo espacio social rural, pueden sostenerlos en el sistema educativo de manera exclusiva y disponer de un obrero para reforzar el trabajo de la generación adulta (padre). La función de “ayudar al obrero” en los tiempos libres de estudio tiene por finalidad realizar un determinado trabajo en menos tiempo y así “ahorrar”, pues se le paga menos horas al trabajador a destajo. En los casos entrevistados, se concluye que los jóvenes pueden disponer de dedicación exclusiva al estudio e inclusive realizar actividades deportivas y recreativas sin la obligación de dedicar tiempo a tareas productivas (remuneradas o no) o reproductivas dentro de la UD. Esta comodidad facilita la permanencia en el sistema educativo y permite darle prioridad a la formación más que al trabajo.

El segundo grupo que identificamos es el de hijas de obreros rurales, asalariados, que denominamos “sobrecargados” que, además, son jóvenes expulsadas de la educación secundaria y que están finalizando la misma bajo la modalidad de CENS. Observamos el caso de las jóvenes entrevistadas, cuya responsabilidad sobre las labores domésticas viene a cumplir una función de refuerzo respecto de aquellos integrantes adultos o jóvenes que son asalariados, pues la concreción de estas contribuye a la permanencia de la UD. Las referidas tareas no se combinan con las actividades ganaderas como sucede en San José.

Una joven entrevistada nos cuenta respecto a la organización familiar y personal para cumplir con las tareas domésticas y a la vez el estudio:

-Y:(…) Sé qué tengo que hacer en mi casa… Tener la comida lista cuando llega mi mamá porque almuerza y se tiene que ir a trabajar… Y bueno, es la que trabaja.

-E: ¿Trabaja muchas horas?

-Y: Sí.

-E: ¿Y cómo te las arreglás para estudiar, para cursar y ayudarle a tu vieja?
Y: Hago las cosas en la mañana y ya tengo la tarde para estudiar… O si no en la noche también… Sí… Tiempo para estudiar siempre me hago… Y más si tengo evaluación en el colegio (Yamila, 2012).

Aquí la joven funciona como refuerzo de su madre ocupándose de las actividades reproductivas como prioridad y acomodando, a su vez, los tiempos para el estudio.

Otra de las jóvenes nos cuenta cómo se maneja con ambas responsabilidades:

-F: Y yo en mi casa me quedo sola… Cuando hago las cosas de mi casa y bueno también algo los quehaceres en la mañana tengo que cocinar y cuando llega ya mi papá a comer…

-E: ¿Vos sos la encargada de la cocina?

-F: Eh, en realidad de todo, porque… De lunes a sábado es mi tarea, ya el sábado en la tarde depende y ya el domingo lo tengo para descansar.

-E: Estás bastante ocupada…
F: En realidad sí… Porque ellos están trabajando, porque tengo también a mi hermano que trabaja… Mis hermanos van a fútbol, el más chico juega, se va a jugar (Fabiana, 2012).

Destacamos en este caso que se reconoce y legitima como “trabajo” solo el que se realiza fuera del hogar y es remunerado, mas no las tareas domésticas que la entrevistada realiza, aun cumpliendo horarios en días fijos de la semana. Además, a partir del avance del proceso de asalarización en este poblado rural, las UD redistribuyen las tareas de sus integrantes en función de incrementar su presupuesto, de allí la centralidad de los trabajos remunerados. Emerge nuevamente la variable de género, pues las actividades reproductivas y de cuidados son designan como refuerzo a las jóvenes de la UD. Llama la atención que dentro de este grupo de estudiantes que abandonaron el secundario realizaran la doble jornada entre trabajo y estudio a demanda de los adultos de su grupo.

En otra entrevista, la joven es obrera rural a destajo, y nos explica cómo se organizaron dentro de la UD cuando todos trabajan en la chacra (como obreros temporales), y cuál es el rol asignado a su madre:

-D: Cuando llegamos acá sí trabajaba, porque nosotros estábamos estudiando todavía entonces… Pero ya no después, ahora ella se queda en mi casa, no mi mamá no trabaja…

-E: ¿Ella se encarga de la casa?
D: Y sí porque ir todos a trabajar y llegar y que la casa está hecha una mugre… Sin comida… Entonces no… Ella se queda acá y llegamos y todos estamos tranquilos (Diana, 2012).

Esta UD experimentó un límite: no contar con integrantes que se ocuparan de las labores domésticas. Para resolverlo, una adulta (madre) abandona el trabajo remunerado, su condición de asalariada, para poder resolver las tareas de reproductivas y de cuidado. Las condiciones de pobreza en este grupo son extremas, al punto de que, aunque todos están trabajando como obreros (géneros y generaciones) y no hay integrantes dependientes, están al límite de la subsistencia.

Otra joven entrevistada nos decía:

Y yo también… O sea, con mi mamá hacemos las cosas de mi casa porque como mi hermana estudia, (…) somos yo y mi mamá nada más para hacer las cosas… Y mi mamá se encarga de lavar, yo lavo los platos, bueno y mi papá como ahora está sin trabajo (…) Y mi hermano trabaja el fin de semana en el centro y también le pasa lo mismo, que no sabe dónde están las cosas, que hay que estar buscándole las cosas, siempre a último momento, todo eso (Camila, 2012).

La designación de estas funciones al interior de la UD está dada en este caso por la madre de una de las entrevistadas y la discusión que genera en el grupo focal en torno a la distribución de tareas domésticas pone en evidencia una clara división sexual del trabajo, observándose que las jóvenes reemplazan las tareas de la “madre” y al tomar ese lugar solo ellas están habilitadas a hacerlo, de allí que haya una justificación, ya sea desde la carga laboral o de las habilidades atribuidas al género o la obediencia (mi mamá no me tiene que decir) para decidir no distribuir las tareas y que no recaigan siempre en la misma persona que funciona como refuerzo (las hijas mujeres).

Concluimos que existe colaboración entre miembros de una misma generación para la función de refuerzo, pero se da entre el mismo género (entre hermanas o entre hijas y madre). A diferencia de San José, se permiten actividades de tiempo libre como juego o deporte y hasta la misma condición de desocupación de padres para justificar que no se los convoque a realizar las labores domésticas, lo cual deja fuera de ellas a los hombres sin importar la generación de referencia. La vivencia misma de la condición juvenil dentro de una misma UD y en espacios sociales rurales diversos, se encuentra fuertemente condicionada por la clase social en la que se inserta y su posición dentro de la estructura agraria, de allí la importancia de advertir los riesgos de homogeneizar realidades diversas bajo una misma categoría: juventud rural.

3.3. Movilidad y dinamismo dentro de las UD de San José

Como hemos venido hablando, este distrito conserva tramas comunitarias de reproducción social (parciales o debilitadas, vigentes o integrales), inscripta en identidades campesinas/indígenas. Pineda Ramírez hecha luz a esta característica (2019) cuando describe las tareas y trabajos colectivos y explica que los modos de división del trabajo colectivo (reciprocidad, compartición, rotación, faena, tequio) formulan mecanismos de igualación en el trabajo, como técnicas que dispersan el esfuerzo entre todos los que integran la comuna, pero que también existen varios modos de organizar el trabajo cotidiano, de manera rotativa o el trabajo igualitario de todas las redes de parentesco. En este sentido, compartir y dispersar el esfuerzo es un proceso de socialización permanente de saberes locales transmitidos por las redes de parentesco, tanto como un modo de hacer en comunidad. Esta fuerte interacción con medios de vida y de subsistencia que son intensivos en mano de obra y cooperación representan a la vez fuertes vínculos afectivos y de convivencia (Pineda Ramírez, 2019:124-125)

Acerca de las tareas que ocupan los/as jóvenes dentro de las UD de San José, advertimos dos aspectos que las caracterizan: la rotación y alternancia de las tareas reproductivas, domésticas o productivas prediales, en donde el género y la edad son las principales referencias en su asignación. Este es un dato distintivo en los casos comparados, pues en Costa de Araujo observamos una clara división entre quienes realizan un trabajo remunerado fuera de la UD y quienes trabajan al interior de esta sin salario donde las tareas son más rígidas y estables para sus integrantes. El acuerdo entre miembros de la UD es que quienes salen a trabajar afuera no son quienes se encargan de las tareas domésticas. La variable de género es fundamental pues quienes realizan trabajo asalariado y remunerado (fuera de la casa), en su mayoría son hombres.

Como hemos mencionado, en las familias campesinas-puesteras, las tareas de la UD transcurren entre dos ámbitos: aquellas destinadas a la ganadería caprina y las de labor doméstica, menos visible y a puertas adentro del puesto. De acuerdo con el censo de puesteros (2009), el promedio de habitantes por puesto es de 4 personas. Remarcamos este dato, pues la modalidad de escuela albergue altera el número de integrantes de la UD de manera periódica, razón por la cual la rotación y alternancia es una respuesta de la UD para poder mantener su funcionamiento. Aquí se expresa de manera particular la fase de refuerzo, con el impacto de que el/la integrante que esté disponible se ocupará de la tarea suplantando a los/as estudiantes albergados en la escuela.

Esto significa que la UD organizada en torno al puesto requiere de un mínimo de integrantes para su funcionamiento y, en caso de ser necesario, se demandaría el trabajo de ese/a estudiante para la subsistencia de la UD.

En el tiempo que no se asiste a la escuela, un entrevistado nos cuenta las dinámicas de las actividades de cada uno dentro de la UD:

De lo que haya que hacer… Ir al puesto a ver cómo está o al kiosco, veo los animales a ver si están todos y me acuesto a dormir… Mi hermana se ocupa de mi hermanito o se ocupa de la limpieza o atender el negocio… Nos turnamos… Mi mamá cocina, pero yo sé hacer de todo… Y mi papá se va al campo todo el día a ver a los animales, está con el negocio cuando nosotros no estamos (2013, Miguel).

Este joven, al igual que su padre, se ocupa más de las actividades ganaderas y comerciales. Aunque habla de rotación, observamos que son las mujeres quienes se ocupan del cuidado de niños. La pista de la rotación frente a una dinámica escolar de albergue es la frase: “yo sé hacer de todo”, pues la UD necesita para funcionar poder relevar a los integrantes ausentes.

Otra de las jóvenes entrevistadas nos decía cómo es la distribución de tareas en su puesto:

-M: Sí, en realidad cuando estamos con mi hermana hacemos las cosas un día cada una: la que no hace la comida, lava los platos, la que no lava los platos tiene que limpiar adentro…

-E: ¿Y eso con los varones también se lo reparten?

-M: No, entre las mujeres solamente… Mi hermano a veces hace, y mi hermano más chiquito, está jugando… Se va a lo de mi abuelo todo el día… Y mi hermano más grande es poco lo que está ahora… Como el año pasado empezó a estudiar venía los fines de semana nada más… Y cómo él tenía que estudiar nosotras lo dejábamos que descansara, pero no cuando en realidad hay que lavar, lavamos con mi hermana… Y mi mamá hace otra cosa y así (2013, Mariela).

Observamos que las tareas domésticas se presentan como rotativas entre hermanas (mujeres de una misma generación) en los días en que no asisten a la escuela mientras que, por otras referencias que se dan en la entrevista, entendemos que los adultos de la UD están a cargo de la actividad ganadera y son quienes se ocupan del corral. Otra de las chicas entrevistadas nos explica cómo se distribuyen las tareas dentro de la UD:

[…] en la mañana van los cuatro al corral… Siempre y ahí a la tarde mi mamá, se queda en la cocina haciendo las cosas de la cocina, la otra [hermana] va a ordenar la casa adentro y la otra [hermana] ordena afuera, esa es la organización… Y mi viejo, arregla el corral… Arregla un poco el corral, arregla cosas así… Y si no al otro día es mi hermana en la cocina… Es mi hermana en la cocina y la otra en la casa y así nos turnamos (2013, Vanesa).

En este relato, nuevamente la movilidad y el dinamismo de las tareas, tanto en la casa como en el corral, asegura el funcionamiento de la UD cuando alguno de sus integrantes se ausenta. Los adultos (padres) y hermanos mayores son quienes se ocupan “siempre” de realizar una tarea ganadera en particular, que tienen un alto impacto en las condiciones de vida y economía de la familia (de allí la expresión “sí o sí hay que hacerlo”). De esta manera es generación adulta quien asume tareas fijas y que pueden rotar con otros miembros de la generación joven cuando no asisten a la escuela. Así entendida, la UD es una organización social, un microcosmos de relaciones de producción, de reproducción y de distribución, con una estructura de poder y con fuertes componentes ideológicos y afectivos que cementan esa organización y ayudan a su persistencia y reproducción. Dentro de ella, también contiene tareas e intereses colectivos o grupales que responden a su ubicación en la estructura social (Jelin, 1998).

Existe una división sexual del trabajo doméstico y productivo: las mujeres en las actividades domésticas, los hombres con mayor dedicación al corral y el control de los animales que salen a pastar al campo. En suma, el refuerzo de sus integrantes se realiza de manera intrageneracional (entre hermanas jóvenes, por ejemplo) mas no se realiza entre géneros (hermano que hace tareas ganaderas como refuerzo del padre).

Palabras finales

Reconocemos que las UD de ambos distritos se encuentran en la fase de “expansión” y, dentro de ella, en la sub-fase de “refuerzo”. Esta sub-fase, presenta un mayor requerimiento de participación de la generación joven tanto en tareas reproductivas o fuera de la casa como las productivas (principalmente remuneradas), con la particularidad que este “refuerzo” de la generación adulta se sostiene fuertemente por la sobrecarga e invisibilidad de las tareas productivas que realizan las jóvenes presentes en el grupo doméstico. De esta manera, a la demanda intergeneracional de las y los jóvenes como mano de obra de refuerzo, se suman las presiones por la condición de género. Son las jóvenes quienes tienen labores domésticas fijas y dicho trabajo es realizado sin salario alguno bajo la supervisión, control y obediencia de las madres. En este sentido, pudimos ver cómo los jóvenes trabajando para el padre pueden obtener dinero, permisos para salidas los fines de semana o el uso del auto del padre. Por lo mencionado, entendemos que la autonomía personal y económica de las y los jóvenes dentro de una misma UD reproduce y plasma una desigual división sexual del trabajo, en este caso de refuerzo.

En estos espacios sociales rurales periféricos, marcados por la precariedad laboral y la pobreza, observamos que la penetración del capitalismo agrícola ha promovido un avance de la asalarización de las/los trabajadores rurales (con mayor intensidad en las cosechas) generando una mayor autoexplotación al interior de la UD y presiones a las generaciones jóvenes. Entendemos que a mayor cantidad de integrantes asalariados de la generación adulta (padres/madre), se demanda otra proporción de integrantes jóvenes prestos a reemplazar (temporal o permanentemente) a los primeros. Nuevamente emerge la condición de género como criterio para definir y asignar roles de refuerzo a las y los jóvenes. Frente a la asalarización de la generación adulta en las agroindustrias locales, observamos que las tareas de refuerzo (reproductivas) adoptan características tales como la rigidez y falta de rotación, siendo asignadas exclusivamente a las jóvenes. Esta responsabilidad se expresa en una sobre carga de tiempo y trabajo que pone en riesgo el cumplimiento de otras actividades tales como la asistencia escolar, y tiempo de recreación, entre otros.

Frente a la necesidad de la UD de sumar otros integrantes que “refuercen” el trabajo de los adultos, el “trabajo rural” (productivo) se presenta con una imagen negativa, sancionatoria y culpógena para estos jóvenes cuando son demandados a trabajar en el campo. De esta manera, el trabajo rural (remunerado) se impone como “castigo” para los jóvenes que fracasaron en el sistema educativo, lo cual expresa un límite de la UD en el sostenimiento de los integrantes dependientes por las dificultades en su subsistencia. Mencionamos el trabajo de María Luz Roa (2017) quien coincide en señalar

[…] cuando los jóvenes dejan la escuela, su trabajo en la tarefa (cosecha del tabaco) se experimenta como una suerte de castigo por no haber aprovechado las oportunidades que no tuvieron sus padres (Roa,2017; p. 30).

En el otro extremo, en las UD campesinas/ganaderas de subsistencia del secano, los ciclos se enlazan con los ritmos propios de la producción ganadera, por lo que las tareas de reproducción y producción organizan la cotidianeidad y prioridades a su interior. La UD funciona en torno a la producción ganadera, de allí que todos sus integrantes, más allá de que tengan responsabilidades diferentes según género y generación, han sido socializados cultural y ancestralmente en el conocimiento y manejo de los animales. No resulta visible la división entre casa y trabajo, y se combinan tanto las labores domésticas de cuidado como las destinadas al cuidado del ganado. En esta dinámica, la sub-fase de refuerzo cobra otra dimensión: la división social del trabajo gira en torno de la producción caprina y no en reforzar el trabajo asalariado de la generación adulta. Esto permite que todos/as conozcan las tareas a realizar, lo cual facilita la alternancia y rotación de estas. La consecuencia de la asalarización de la generación joven en esta subfase que pone de manifiesto el límite de la autoexplotación y presiones sobre los miembros como expresión de la pobreza rural y de un proceso de descampesinización en marcha, es que son los jóvenes quienes van migrando a las ciudades en busca de trabajos “con salario” y en el puesto se queda la generación adulta frente a la escasa rentabilidad de la actividad ganadera. La pobreza rural contribuye directamente a la descomposición de la UD, dada por la progresiva pérdida de integrantes que debilitan el sostenimiento del trabajo mínimo necesario para su reproducción. Lo que se suma a las condiciones ambientales degradadas por la falta de agua y la falta de servicios, que ponen en un límite crucial a la producción caprina. Así, las y los jóvenes integrantes de la UD que migran, con predominio femenino, colaboran con remesas a los integrantes que persisten en el campo.

Referencias bibliográficas

ARCHETTI, Eduardo y STÖLEN, Ane. (1975) Explotación familiar y acumulación de capital en el campo argentino, Bs. As., Siglo veintiuno editores.

BOCCO, Adriana y PANUZZIO, Martin (2008). Análisis participativo del proceso de transformación productiva e institucional en el departamento de Lavalle, provincia de Mendoza, en “El desarrollo rural en la Argentina, un enfoque territorial” Barsky, O. y Scherjtman, A. Comp., Bs. As., Ed. Siglo XXI.

BOURDIEU, Pierre. (2002). La “juventud” no es más que una palabra. En Sociología y cultura (pp. 163-173). México: Grijalbo, Conaculta.

CHAYANOV, Aleksandr. (1985), La organización de la unidad económica campesina. Nueva Visión, Bs. As.

DUARTE QUAPER, Claudio en SOLUM DONAS, Burak. (Comp.) (1998)” Adolescencia y juventud en América Latina”. Libro universitario regional, Costa Rica.

FORTES, Meyer y EVANS, Pritchard (1979) Sistemas políticos africanos. En Llobena, J. Antropología, Ed. Anagrama, Barcelona.

GUARANÁ DE CASTRO, Elisa (2009). Juventude rural no Brasil: procesos de exclusão e a construção de um ator político. En Revista 275 Latinoamericana de Ciencia, Sociedad, Niñez y Juventud. Nº 7(1): 179-208. Manizales. Obtenido el 20 de marzo del 2017 de http://www.umanizales.edu.co/revistacinde/index.html

JELIN, Elizabeth (1998) Pan y afectos. La transformación de las familias, Buenos Aires, Fondo de la Cultura Económica.

PINEDA RAMIREZ, Cesar Enrique (2019) Comunidad, autonomía y emancipación. En Vuelta a la autonomía. Debates y experiencias para la emancipación social desde América Latina. MAKARAN, Gaya; LOPEZ, Pabel; WAHREN, Juan (Coord.). Ciudad de México, Bajo Tierra A.C.

RADONICH, Marta y STEIMBEREGER, Norma (Comp.) (2007) Restructuraciones sociales en cadenas agroalimentarias. Buenos Aires, Ed. La Colmena.

ROA, María Luz (2017) Juventud rural y subjetividad. La vida entre el monte y la ciudad. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Grupo Editor Universitario.

ROSALES, Carla. Hacia la construcción social de las juventudes rurales en noreste mendocino. Tesis doctoral sin publicar. Doctorado en Estudios sociales agrarios de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. 2017

RUBIO, Blanca Ed. (2018) América Latina en la mirada: las transformaciones rurales en la transición capitalista. Ciudad de México, Ed. Universidad Autónoma de México.

—- (2003). Explotados y excluidos. Los campesinos latinoamericanos en la fase agroexportadora neoliberal. Universidad Autónoma de Chapingo, México.

TEUBAL, Miguel. (2004). Globalización y nueva ruralidad en América Latina. En ¿Una nueva ruralidad en América Latina?, GIARRACA, Norma. (Comp.), Buenos Aires, CLACSO.


  1. El presente artículo nació del cuerpo de mi tesis doctoral y ha sido reelaborado con la finalidad de contribuir al sentir de este libro. La referida tesis se llama La construcción social de las juventudes rurales: el caso de los jóvenes del noreste mendocino (Rosales, 2018), tuvo como departamento de referencia a Lavalle, ubicado en la provincia de Mendoza. El trabajo de campo fue realizado durante dos años en los distritos de San José y Costa de Araujo.
  2. El sector vitivinícola de la provincia en la década de los 90 alcanzó una cierta modernización productiva. Junto a la introducción de capitales transnacionales, se revalorizaron determinados territorios dentro de los oasis vitivinícolas y se incorporaron en las empresas tecnologías productivas y organizacionales para responder a las nuevas características nacionales e internacionales que demandó el mercado de vinos (Bocco y Panuzzio, 2008).
  3. Este grupo reside en territorios bajo riego y no irrigados, como se desarrollará más adelante. El clima árido influye notablemente en su organización territorial y en los patrones de asentamiento de su población. Debido a la ausencia de precipitaciones, sus espacios urbanos y rurales se encuentran organizados en función de la estructura de la red de riego (Bocco y Panuzzio, 2008).
  4. Fundamentalmente con cultivos intensivos de altos valores agregados y tradicionales en el campo mendocino.
  5. Cobra relevancia tomar en cuenta este estudio pionero, pues los ciclos vitales familiares son mirados desde las diversas formas que adquiere el trabajo productivo y reproductivo en cada momento o etapa de la vida familiar y las generaciones que la integran, específicamente las jóvenes. Este es un esquema que, situado y contextualizado, nos permite mirar a las UD rurales y contemplar además de la expansión familiar, las dimensiones generacionales y de género que están presentes en ese ciclo.
  6. Otros antecedentes teóricos son los de Archetti y Stölen (1975) quienes analizaron en la década del 60’ en la Colonia Santa Cecilia (Santa Fe), el desarrollo del ciclo doméstico y la determinación de la fuerza de trabajo en las explotaciones agrícolas. Dichos autores toman el modelo de Meyer Fortes (1979), quien distingue las fases de expansión de los grupos domésticos, que en general coinciden con las fases de expansión de la familia.
  7. El hallazgo de estos autores en la Colonia de Sta. Cecilia es una suerte de curva de distribución normal de la fuerza de trabajo: menos gente trabajando por grupo doméstico en la primera fase, un aumento en la segunda y una disminución en la tercera (p. 59) Los investigadores aclaran que para el análisis sólo toman a la fuerza de trabajo masculina, pues ubican al trabajo de la mujer dentro del ciclo de subsistencia. A partir de este estudio, desde el punto de vista social, el trabajo de los hijos tiene consecuencias importantes ya que, por un lado, asegura la transferencia de tierra y garantiza la vejez del jefe de familia y, por el otro, permite la expansión económica de la explotación (Archetti y Stölen, 1975: 61).
  8. La cosecha de la uva, en este caso, llamada vendimia, convoca a muchos trabajadores y muchos de ellos son jornaleros estacionales o “golondrinas”. Debido a su desplazamiento, se ofrece un campamento o viviendas compartidas para hospedarse los días que dure la faena. El común de las veces es que estos lugares son precarios y con servicios insuficientes para el número de personas.
  9. Generalmente hombres de la zona que, al disponer de vehículo, se encargan de buscar cierta cantidad de trabajadores para la jornada (tareas agrícolas) y se ocupan de trasladarlos desde un punto de encuentro en el pueblo hasta la finca y viceversa.
  10. Menos alentado para las mujeres, quienes tiene más limitado el trabajo fuera el hogar o puesto.
  11. Los jóvenes de familias puesteras/campesinas hacían referencia al ingreso obtenido en la cosecha de la uva como la única posibilidad en el año para concentrar un ingreso y, de esa manera, cobrar impulso para independizarse de su grupo. (‘Cosechar con el novio’ o ‘cosechar para mí’ dicen de ese proceso en marcha).
  12. La comunidad de San José cuenta con gran parte de su población como rural dispersa, la zona de los puestos sería una de ella. El trabajo rural se presenta como un espacio de socialización e intercambio por fuera de la familia y la escuela.


Deja un comentario