Debates en torno a las tecnologías de la comunicación, la escuela secundaria y la subjetividad
Estamos en una sala de espera, en una plaza, en el patio durante el recreo, en la sala de profesores, en el transporte público, en la playa, en un café… En todas las situaciones, en todas y en cada una notaremos una escena común: personas con el cuello arqueado, mirando hacia el pequeño objeto que tienen en sus manos… golpeando la pantalla con los dedos, haciendo un gesto con índice hacia abajo, hacia arriba, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Capturados. Ese pequeño dispositivo, el teléfono celular, ha poblado las escenas de la cotidianeidad, se ha vuelto necesario ya sea para comunicarse, informarse, entretenerse, tomar fotografías, filmar, revisar las clases, poner música, comprar, vender, etc. Y en las escuelas, que son microclimas sociales, sucede algo parecido. Jóvenes y adultos, estudiantes y docentes han caído por igual en la fascinación mediática. Si no recordamos algo lo googleamos, si no sabemos una respuesta se la preguntamos a ChatGPT, si no tenemos ganas de corregir un texto lo pasamos por la inteligencia artificial, si queremos compartir la tarea usamos las plataformas de mensajería… La escuela no escapa, no es un contexto diferente. Atrás quedo el mandato fundacional de esta institución nacida en la modernidad que nos exigía, a priori, memoria, organización de saberes, disciplina y nada de distracción. ¿Qué pasa con los dispositivos mediáticos hacia adentro del dispositivo escolar? ¿Cómo se conjuga dicha fascinación –de la que somos víctimas docentes y estudiantes– con el entramado pedagógico?
No hay duda de que la emergencia de los dispositivos móviles en el ámbito escolar ha generado nuevos debates en el campo pedagógico, desde la necesidad de pensar cómo integrarlos curricularmente hasta las situaciones disciplinarias vinculadas con el uso dentro del aula. Aparecen también discursos tecnopedagógicos que buscan salidas mágicas frente al “aburrimiento y el sinsentido”, la gamificación, el ABP o el aula invertida… es mucha información y no sabemos por dónde empezar.
Para profundizar en el problema que nos ocupa, en este primer capítulo nos centraremos en la relación entre tres categorías fundamentales que nos han permitido mostrar la complejidad del objeto de estudio: subjetividad, medios digitales y escuela. Varios/as autores/as realizaron estudios sobre la interacción de estas categorías desde diferentes perspectivas, por lo que es menester referenciarse en sus trabajos para dar cuenta del estado del arte.
Características de la época
El nuestro es un tiempo de conexiones, una época marcada por la digitalización de los vínculos sociales, económicos, productivos, políticos y educativos que se imponen en el seno de una sociedad capitalista que se alimenta de ellos y los reconfigura. Quizás la aparente inmaterialidad del territorio virtual, sumada al discurso tecnológico operante, oculta su complejidad y dificulta su análisis (Van Dijck, 2016).
Para analizar el fenómeno en términos culturales, nos remitiremos al concepto de “cibercultura”. El filósofo francés Pierre Lévy retoma esta categoría para describir a una serie de cambios en la cultura surgidos a partir de la irrupción de internet o del ciberespacio. En Cibercultura. Informe al Consejo de Europa (2007), expone algunas de las implicancias culturales de las TIC tanto en sus alcances como en sus consecuencias. Nos interesa retomar las palabras que utiliza para definir la cultura digital:
La totalidad de las redes de sistemas sociotécnicos-culturales que han surgido y han sido configurados decisivamente por los impactos de las nuevas TIC digitales, la cultura digital abarca más allá de los sistemas, prácticas, entornos y medios culturales y simbólicos (como los directamente relacionados con la información, la comunicación, el conocimiento o la educación) y se extiende prácticamente por todos los ámbitos de la sociedad digital. Pues los rápidos procesos de innovación desencadenados por las TIC han transformado radicalmente junto con los sistemas, los colectivos y las dinámicas de la información y la comunicación, también las formas de conocimiento e investigación tecnocientífica (Levy, 1997, p. XVII).
El autor da cuenta de las transformaciones que se han desarrollado con relación a los aspectos culturales vinculados con las tecnologías digitales y con las formas de acceder al conocimiento en el campo tecnológico y científico. Además, la cultura digital, según Lévy, agrupa todos los elementos materiales que soportan las tecnologías (cables, computadoras, tabletas, celulares), el software, programas, aplicaciones y páginas web, medios sociales y las interpretaciones subjetivas sobre dichos soportes (materiales e inmateriales), es decir, los “entornos simbólicos e interpretativos”.
Este libro aporta una nueva perspectiva sobre los vínculos entre cultura y las tecnologías de la información, y cuestiona la idea de “impacto tecnológico”. Lévy parte de la hipótesis de que las tecnologías no son entes autónomos sino un producto del desarrollo científico y económico de la cultura, es decir, surgen de ella misma para responder a necesidades acuñadas en su seno: “Las relaciones verdaderas no se dan pues entre la tecnología (que sería del orden de la causa) y la cultura (que sufriría los efectos), sino entre una multitud de actores humanos que inventan, producen, utilizan e interpretan diversamente unas técnicas” (Levy, 1997, p. 7).
Ahora bien, en la bibliografía encontramos otras categorías para representar el contexto sociotécnico tales como sociedad de la información o del conocimiento; la diferencia entre estas categorías y la cultura digital se expresa específicamente en el fenómeno que buscan describir. Mientras que el primer concepto pone la centralidad en la importancia de la información, entendiéndola como recurso económico, el segundo expresa la necesidad de construir sistemas educativos y culturales que nos permitan transformar la infinita cantidad de información en conocimiento (Alfonso Sánchez, 2016). Por su parte, la categoría cultura digital se orienta a pensar de manera crítica y reflexiva las transformaciones culturales que se producen a partir de la ubicuidad de las tecnologías digitales donde “el ocio, la comunicación, la política se encuentran fuertemente mediadas por los medios digitales” (Lassen, 2016).
En la Argentina, Marcelo Urresti publica en 2008 Ciberculturas juveniles, donde caracteriza las ciberculturas juveniles en torno a cinco elementos, a saber: el nuevo sistema de objetos tecnológicos; los nuevos géneros de comunicación, el paradigma del prosumidor, las transformaciones de la intimidad y las nuevas formas de construir comunidad.
No obstante, el concepto de cultura digital puede vincularse con extensos debates acerca de la relación entre sociedad y tecnologías digitales de la información, y resulta ser un tema prolífico en el ámbito académico. Esto es así no solo porque representa uno de los cambios más importantes en términos culturales, sino también porque el sistema tecnológico –hardware y software– cambia y se actualiza vertiginosamente; en términos de Lévy, estamos frente a un “mutatis mutandis”[1].
Sin retomar la dicotomía de Apocalípticos e integrados[2] (1965) planteada por Umberto Eco sobre las posibles posturas de los intelectuales frente a la cultura de masas, en virtud del corpus teórico consultado podríamos afirmar que encontramos dos perspectivas de análisis. Estas no son necesariamente contrapuestas, sino que podrían reconocerse como matices del tratamiento temático. Estas miradas se nutren la una de la otra, aportando diferentes tonos críticos a la comprensión de la complejidad del problema.
Un primer grupo de autores –al que llamaremos tecnofílicos– destaca las potencialidades de las tecnologías digitales de la comunicación para mejorar las relaciones humanas en términos personales y políticos. Acentúan la posibilidad de acceso a los bienes culturales de manera libre a través de un clic, la facilidad para comunicarse con cualquier persona alrededor del mundo, el libre acceso a la información, la visibilidad y viralización de los reclamos políticos y sociales o la posibilidad de organizar a un colectivo heterogéneo a través de las redes sociales, entre otras. Desde esta mirada, los medios digitales no solamente han modificado cualitativa y cuantitativamente las relaciones humanas, sino que son considerados una herramienta para la transformación social. No podemos negar que las tecnologías de la comunicación tuvieron un rol fundamental en las manifestaciones de la conocida Primavera Árabe en 2011, o en el caso argentino en el movimiento #NiUnaMenos, que logró por primera vez en 2015 organizar, a través de la mencionada etiqueta, multitudinarias manifestaciones por las calles de las principales capitales del país en reclamo por el creciente índice de femicidios. Este hecho es uno de los antecedentes de la visibilidad del movimiento feminista argentino con repercusiones internacionales.
Cabe destacar que esta perspectiva esperanzadora del vínculo entre tecnología y sociedad se desarrolla especialmente a partir del surgimiento de internet y principalmente de su uso doméstico en los años 80 y 90, llegando a su plenitud en los primeros años del milenio con la proliferación de la web 2.0 y la posibilidad de cooperación entre las/os usuarias/os, la creación de contenido, la participación ciudadana que esta permite.
El segundo grupo de autores, a los que llamaremos tecnofóbicos, reconocen algunas de estas potencialidades, pero avanzan hacia una mirada crítica de los vínculos entre las nuevas tecnologías y la sociedad. En esta línea de pensamiento, encontramos análisis referidos a los cambios en la comunicación, en los vínculos sociales, en la aceleración del tiempo, en el lugar del cuerpo en la participación política o el rol del usuario como un consumidor, entre otros. Exponen advertencias con respecto a la cibernética como modo de gobierno de la máquina sobre los cuerpos. Cabe destacar que los estudios críticos sobre la cibercultura se desarrollaron desde la propagación de la web 2.0 en adelante, especialmente con la proliferación de la portabilidad y las plataformas sociales. En esta perspectiva interdisciplinaria, encontramos aportes de los estudios culturales, la filosofía de la técnica, las investigaciones postfeministas y la informática social.
La crítica central de estos luditas se basa en el modelo capitalista que representa internet en la actualidad. Ya no es un espacio de libre acceso al conocimiento, sino una gran plataforma de negocios de cuya red resulta difícil escapar. Frank Webster, en 1995, publicó La sociedad de la información, en donde destaca cinco elementos característicos (tecnológico, social, ocupacional, tiempo, espacio y economía). Los críticos indican que todas ellas se subsumen a una lógica cooptada por el capitalismo (especialmente el llamado “capitalismo cognitivo”) propio de las “sociedades del control” (Deleuze, 1999).
Si hablamos de la época, resulta central destacar las discusiones que ponen énfasis en el concepto de “capitalismo cognitivo” como un nuevo modo de organización de la producción. Llamamos capitalismo cognitivo a “una economía basada en la producción, la distribución y la utilización de servicios y de bienes inmateriales” (Blondeau, 2004, p. 31), es decir, signos cuya productividad se basa en el trabajo intelectual de un grupo social conocido como “trabajadores cognitivos” o, tal como explica Berardi, “cognitariado”. El capitalismo cognitivo basa su productividad en la mercantilización de “signos” cuyo valor se esconde del sentido bajo el velo de la inmaterialidad. Los programas, las aplicaciones, los desarrollos informáticos y la información hoy son base de las nuevas relaciones productivas:
Si un signo no es material, no deja por ello de convertirse en mercancía, toda vez que se puede objetivar, puede circular, intercambiarse y ser vendido. Un creador de software, por ejemplo, ¿no se objetiva en una obra que le supera? ¿Su trabajo no es, en tanto que trabajo asalariado, productor de plusvalor? De la misma manera, el fenómeno de la mercantilización de los servicios, al que asistimos hoy día, contribuye a hacer de la actividad de servicios un trabajo productivo. Así pues, cabe plantear que el trabajo inmaterial no es solamente fuente de productividad, sino también en sí mismo trabajo productivo (Blondeau, 2004, p. 34).
Los trabajadores cognitivos de la actualidad aportan al sistema de producción ya no su fuerza de trabajo material, sino su fuerza creativa, que –según Berardi– produce valor que no se puede medir. “La materia a transformar se simula por secuencias digitales. El contenido del trabajo se mentaliza, pero al mismo tiempo los límites del trabajo se vuelven inciertos” (Berardi, 2007, p. 86).
Conjuntamente al llamado cognitariado (científicos, ingenieros, programadores o diseñadores), Dyer-Witherford (2004) señala la emergencia de nuevas clases de trabajadores que se encuentran por debajo este en la pirámide social, los prosumidores (quienes consumen aplicaciones y programas, pero al mismo tiempo producen modificaciones y las comparten), y un nuevo tipo de proletariado vinculado a la extracción de los recursos necesarios para la fabricación de los dispositivos electrónicos. Ejemplo de ello son las condiciones de explotación de los hombres, mujeres, niños y niñas que trabajan en la extracción de los minerales que se utilizan en la producción de componentes para la fabricación de dispositivos TIC. Amnistía Internacional, en un informe de 2016 denominado Por esto morimos: los abusos a los derechos humanos en la República Democrática de Congo potencian el comercio mundial del cobalto, denuncia las condiciones de niños y niñas que trabajan hasta 14 horas diarias en la extracción por uno o dos dólares diarios. Entre las situaciones que describe el informe, se explican el riesgo para la salud que implica inhalar los restos de la explotación minera, la cantidad de horas, las ínfimas remuneraciones y los peligros a los que se exponen quienes trabajan en las minas de extracción manual. Son las grandes corporaciones como Apple, Microsoft o Samsung las que compran las materias primas a la empresa extractora para producir las baterías de sus dispositivos (Amnistía, 2016)[3].
El contexto político-económico, según Berardi, podría definirse como un capitalismo recombinante, es decir, caracterizado por modos de producción de trabajo inmaterial y material desterritorializado, fragmentado en diferentes empresas alrededor del mundo, algunas dedicadas a la expoliación de recursos naturales en manos proletarias, otras al armado de dispositivos electrónicos o a la producción de bienes inmateriales como programas o aplicaciones para teléfonos celulares. Cabe destacar que, en relación con el consumo, el “capitalismo cognitivo” se sustenta en la “economía de la atención”, es decir, en la idea de que la atención es limitada y que, por lo tanto, ante el creciente aumento de los bienes inmateriales, los agentes de producción luchan por obtener mayor visibilidad frente a los/as consumidores/as.
Por otro lado, otros autores reflexionan sobre la influencia de las tecnologías digitales en la toma de decisiones cotidianas de los/as usuarios. Lo que llamamos cultura algorítmica son las nuevas formas de poder y control que ejercen las tecnologías digitales –especialmente los celulares smartphone– en la vida cotidiana de las personas, su capacidad cognitiva y de toma de decisiones. Además, cuestiona la concepción de internet o el llamado “ciberespacio”, que desde su creación fue considerado un espacio de libertad, democracia y apertura. Cabe preguntarse si la era digital genera o profundiza nuevas brechas como, por ejemplo, la brecha cognitiva, ya que pasamos de usar tecnologías a confiar en ellas, por lo que nuestra capacidad de tomar decisiones se ve limitada por las configuraciones automáticas. Dice Cobo:
La tentación de reducir nuestra capacidad cognitiva puede tener profundas consecuencias. Estamos apenas en el génesis de comprender el impacto de adoptar las configuraciones predeterminadas (por defecto) de los servicios que usamos. Hay importantes preguntas por explorar: ¿cuáles serán los efectos a largo plazo de limitar nuestras opciones?, ¿afecta nuestra capacidad para tomar buenas decisiones?, ¿quién termina decidiendo por nosotros?, ¿las decisiones tomadas por defecto corresponden al libre albedrío digital? (Cobo, 2019, p. 27).
Este nuevo paradigma pone en jaque el modelo de producción fordista de la modernidad y las formas en las que entendíamos la distribución del trabajo y de la riqueza. En esta misma línea, Eric Sadin (2018) plantea que estamos frente a una economía de los datos hoy marcada por un doble proceso: la generación de una gran cantidad de datos favorecida por la diseminación de sensores y dispositivos y, por otro lado, el creciente desarrollo de la inteligencia artificial. Silicon Valley ha tenido una preeminencia en el desarrollo de esta nueva faceta de la economía puesto que, según el autor, las empresas que se desarrollan allí fueron las primeras en comprender que las relaciones económicas estarían basadas en “el acompañamiento algorítmico de la vida” que tiene la capacidad de ofrecer a cada persona en cada momento “el mejor mundo posible”. El autor, cuestionando la supuesta neutralidad de la técnica, alerta sobre el proceso de colonización de la vida bajo la ideología empresarial que hizo brillar a Silicon Valley.
La tesis de la autonomía de la técnica es errada. Asistimos en cambio a una automatización en nombre de procesos económicos-políticos que habilita ciertas evoluciones tecnológicas que producen incansablemente efectos más pregnantes en nuestras existencias. En los hechos lo que se genera es una inquietante y creciente autonomización del tecnoliberalismo validado por el social-liberalismo (Sadin, 2018, p. 43).
El tecnoliberalismo, según Sadin, procede de tres ambiciones difundidas por la “silicolonización”, a saber: la voluntad de ser todopoderoso, la neurosis del enriquecimiento perpetuo y la negación de la imprevisibilidad de lo real. La visión del proyecto humanista del progreso ilimitado, originado en la modernidad, finalmente se vuelve en su contra dado que se pierde la comprensión del límite en el tiempo, en el espacio, en el consumo y en la expoliación de la tierra y de las almas en favor del crecimiento económico ilimitado.
Finalmente, destacamos los aportes de Snircek, quien, en Capitalismo de plataformas (2018), explica las transformaciones en las relaciones económicas a partir del desarrollo de las plataformas digitales. Las caracteriza como una nueva forma de empresa cuya particularidad es proporcionar la infraestructura para diferentes interacciones entre diversos grupos sociales. El autor caracteriza cuatro tipos de plataformas: las publicitarias, cuyo objetivo es extraer datos para el marketing, las plataformas de la nube (como Dropbox) que cuentan con un software que venden o alquilan según la necesidad; las industriales, que se caracterizan por producir plataformas que sirvan a la llamada “internet de las cosas”; las plataformas de productos, que son aquellas que son propietarias de los bienes que comercializan, como es el caso de Netflix y las demás empresas de entretenimiento a demanda, y por último las plataformas austeras (como Uber), que dependen del software producido por otras empresas.
Esta nueva economía se basa a en la extracción y procesamiento de datos que surgen de las interacciones de los/as usuarios/as, por lo tanto, el potencial éxito económico surge de la capacidad de complejizar el análisis de estos. La economía de plataformas organiza un complejo abanico de trabajadores, desde ingenieros, diseñadores y científicos de datos hasta los/as jóvenes que llevan los pedidos a través de Uber. Sin embargo, las condiciones laborales son diferentes para cada uno. En este sentido, podemos seguir con el razonamiento de Dyer Witherford que, mientras que los primeros gozan de estabilidad y altos salarios debido a la complejidad del trabajo que realizan, los últimos resultan explotados bajo la promesa del trabajo sin jefe propia de la lógica del emprendedurismo. Durante 2018, los trabajadores de Rappi, Pedidos Ya y Uber organizaron, luego de una masiva huelga coordinada a través de WhatsApp, el primer sindicato que nuclea a los/as trabajadores de aplicaciones (Asociación de Personal de Plataformas [APP]). El objetivo de esta organización es avanzar en la conquista de mayores derechos laborales comenzando por la regulación de la actividad económica. En este sentido, Snircek afirma que el modelo de negocios de este tipo de desarrollos, las plataformas austeras, se basa en la reducción de costos para ofrecer diversos servicios, por lo que están destinadas a desaparecer a menos que logren monopolizar la oferta. Estos objetivos se oponen los reclamos de regulación del personal.
Teniendo en cuenta la división internacional del trabajo, el surgimiento del cognitariado, las formas de producción y las lógicas extractivistas (de recursos naturales y de fuerza de trabajo) que subyacen en la industria informática, podemos afirmar que en la sociedad de la información no alcanza con poseer el conocimiento, sino los recursos económicos y naturales para ponerlo a trabajar. Las relaciones del semiocapitalismo global y la industria informática requieren de un exhaustivo análisis geopolítico puesto que tienden a monopolizarse cada vez más y a reproducir lógicas de poder colonialistas.
Los medios digitales y la subjetividad
Para iniciar, podemos definir la subjetividad como un sistema complejo de sentidos históricamente situados que se conjugan en dos planos interrelacionados y mutuamente influyentes, el individual y el social, a partir de los cuales los sujetos van elaborando diferentes operaciones que les permiten estar en el aquí y en el ahora, habitando una época con sus caracteres particulares, su sistema de creencias y, entre otras, sus prácticas.
Para pensar la construcción subjetiva en la modernidad, nos interesa particularmente referirnos a los estudios de Michel Foucault porque inauguran la línea de trabajo en la que nos posicionamos. En Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (1975), Foucault explica el surgimiento de las sociedades disciplinarias. Comienza haciendo referencia a la espectacularización de los castigos en espacios públicos que, con el paso del tiempo, a partir del siglo XVIII pasan a reservarse a espacios cerrados, aislados y vigilados a través de un panóptico, como la cárcel. Foucault explica cómo, a través de determinadas estrategias de encierro, vigilancia o examen, se disciplinan los cuerpos para que incorporen las normas procedentes de las tecnologías de poder disciplinarias.
El modelado de la conducta como operación de las instituciones modernas supone que las subjetividades son una sustancia a la que se le da “forma” acorde al molde institucional de la escuela, la fábrica o el Estado, por lo que el paso de una institución a la otra no debiera generar mayores conflictos. En este sentido, Foucault da cuenta de las subjetividades que producen las instituciones; en el caso de la escuela, se subjetiva “alumno”; en la cárcel, “delincuente”; en la clínica, “paciente”.
Más adelante, en el primer volumen de Historia de la sexualidad (1976), trabaja la idea de “subjetivación” como un proceso que resulta de las prácticas de sí. La subjetividad ya no se percibe como un molde impuesto sino como lo que el sujeto hace con las condiciones de saber y poder con las que convive. Esto resulta interesante porque nos presenta posibilidades de libertad frente a los imperativos de la época.
Podríamos decir que, si bien el modelo de Foucault es preciso para explicar el disciplinamiento de las subjetividades, dejaría afuera algunas expresiones que desbordan las paredes, los controles impuestos. Tal vez por sea por esto, por los sujetos que buscan de-sujetarse, que las instituciones modelo de las sociedades disciplinarias están atravesando una gran crisis.
En Postcriptum de las sociedades de control (1999), Gilles Deleuze, otro reconocido filósofo francés, explica que para la vigilancia de los cuerpos ya no es necesario el encierro. Las sociedades de control tienen formas más sutiles de disciplinamiento que prescinden de la vigilancia o el encierro porque se dan al “aire libre” y por propia sujeción. Deleuze sostiene que el panóptico de Foucault se “invierte”: en lugar de ser observados por un dispositivo de control, somos observadores y observados a través de distintos dispositivos de información. La lógica del control atrapa el deseo produciendo un autodisciplinamiento. Este texto inaugura una serie de reflexiones sobre la información, nuevos medios y subjetividad entre las que podemos encontrar las de Michael Hardt y Antonio Negri (2002) y Mauricio Lazzarato (2017), entre otros.
En una línea crítica, el italiano Franco “Bifo” Berardi describe los diversos pathos de las sociedades actuales en Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo (2007). El autor reconoce la mutación de la subjetividad a través de diversas patologías de la actualidad que se generan a partir del activismo mediático y de la aceleración de la infósfera, como la desexaulización, la depresión, el aislamiento o el pánico.
En Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva (2017), Berardi trabaja sobre la mutación sensitiva sufrida por los seres humanos a partir de (entre otras cosas) la revolución tecnológica en el marco del semiocapitalismo. Bifo cuestiona la capacidad de sentir, de percibir el entorno, de comunicarse no solo a nivel lingüístico sino también corporal. Está pensando en la transformación de la sensibilidad humana, de la cognición y la percepción del tiempo y de la capacidad de atender conscientemente. En términos individuales, según Berardi, estas transformaciones derivan en ansiedad y depresión. En términos colectivos, esto impacta sobre la mutación de la subjetividad; explica Berardi que tiene diversas implicancias, a saber: culturales –la expansión de la globalización–, económicos –el surgimiento y profundización del semiocapitalismo– y políticos –el fundamentalismo y el racismo–.
En el ámbito local nos referenciamos en los trabajos de Ignacio Lewkowicz y Cristina Corea, quienes, en su libro Pedagogía del aburrido (2011), presentan la categoría “subjetividad mediática” y la contraponen con las subjetividades acuñadas en el marco de las lógicas estatales. Los autores, tomando a Foucault, dan cuenta de qué manera los dispositivos de poder/saber, las técnicas de dominación y una multiplicidad de dispositivos tecnológicos individualizantes de sujeción-subjetivación van configurando las subjetividades en relación con la destitución de las escuelas como tecnología moderna del saber. Recientemente, se publicó un libro póstumo, Todo lo sólido se desvanece en la fluidez (2023), que reúne varios artículos, entrevistas y textos en donde reflexiona sobre el estatuto de la subjetividad en tiempos de mercado. Volveremos sobre el aporte de Lewkowicz más adelante.
En este capítulo, presentamos los conceptos clave que orientan nuestro análisis de la subjetividad en la cultura digital. No pretendemos revisar todas las teorías existentes sobre este tema, sino explicar nuestra perspectiva y enfoque. Luego, profundizamos en el significado de producción de subjetividad en la cultura digital y analizamos cómo se relaciona con la educación formal.
- El autor utiliza el término latín mutatis mutandis como metáfora para designar aquello que cambiando logra cambiar también su entorno.↵
- Eco escribe en 1965 Apocalípticos e integrados, un texto fundamental en el análisis de la cultura de masas que se desarrolla sobre todo con el cine y posteriormente con la televisión. Mientras que para los apocalípticos la cultura de masas representa la “anticultura”, puesto que es compartida por todos y sobre todo adaptada y elaborada a la medida de todos, para los llamados “integrados” la cultura de masas se interpreta de manera optimista porque la televisión, los periódicos, la radio, el cine, la historieta y la novela popular ponen los bienes de la cultura a disposición de todos, lo que la hace más amable. Esto permitiría que todos puedan ampliar su universo cultural. “Que esta cultura surja de lo bajo o sea confeccionada desde arriba para consumidores indefensos, es un problema que el integrado no se plantea. En parte, es así porque mientras los apocalípticos precisamente han elaborado teorías sobre la decadencia, los integrados raramente teorizan, sino que prefieren actuar, producir, emitir cotidianamente sus mensajes a todos los niveles” (Eco, 1999, p. 28). El texto representa un clásico en el análisis de estos fenómenos que posteriormente se ha utilizado para explicar las posturas sobre “la sociedad de la información”. Sin embargo, nos interesa dar cuenta de la complejidad del análisis y evitar “rotular” a las diferentes posturas a fin de no opacar los planteos teóricos.↵
- Ver informe de Amnistía internacional. Disponible en: https://tinyurl.com/6sbvshyb↵







