No hay lugar para el temor ni para la esperanza, solo cabe buscar nuevas armas.
Gilles Deleuze, 1999
El sujeto y la subjetividad, de Foucault en adelante
En Vigilar y castigar (1975), a través de la caracterización de los dispositivos de control, Foucault hace una crítica a las sociedades disciplinarias. Los dispositivos que él llama disciplinarios –la escuela, la cárcel, la prisión e incluso el hospital– son aquellos que ejercen una minuciosa vigilancia sobre los cuerpos.
Las sociedades disciplinarias son, sin ir más lejos, las sociedades modernas con sus instituciones organizadoras de la conducta y de las relaciones. Más adelante, analizaremos la escuela como producto de la modernidad y nos detendremos en las rupturas y continuidades que presenta en su configuración actual respecto de ese modelo; sin embargo, en este apartado nos interesa profundizar en el contexto en el que estas se insertan para dar cuenta de la complejidad en la que se forjan las subjetividades de hoy.
Gilles Deleuze, en Post–scriptum sobre las sociedades de control (1990), analiza el pasaje de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control. Tomando los argumentos de Foucault, los actualiza para dar vigencia a la relación entre los dispositivos de control y la construcción de subjetividades. Para Deleuze, el disciplinamiento de los cuerpos ya no se produce a través de la vigilancia sino a través del control:
No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal (Deleuze, 1999).
La vigilancia se almacena en datos que los mismos usuarios vamos generando: movimientos de tarjetas de crédito y débito, llamadas telefónicas, búsquedas en la web o ubicaciones en el GPS. Cuando Deleuze escribió el ensayo que mencionamos, este fenómeno recién asomaba; sin embargo, treinta años más tarde, es posible dar cuenta del control a través del uso de los celulares y de la industria de extracción y procesamientos de datos, vinculada con la “economía de plataformas”. Los datos van con los/as usuarios/as a todas partes; el control es ubicuo.
En este sentido, los aportes de la cibernética nos permiten comprender de qué manera las interacciones a través de los dispositivos móviles ejercen, en línea con los aportes de Deleuze, una nueva forma de gobierno. El colectivo Tiqqun (2001) define a la cibernética como “un mundo autónomo de dispositivos mezclados con el proyecto capitalista en tanto que proyecto político, una gigantesca máquina abstracta hecha de máquinas binarias desarrolladas por el imperio, una nueva forma de soberanía política” (2015, p. 28). Esta disciplina surge como un dispositivo de guerra, de la mano de internet, que se sustenta en la constante comunicación entre las partes para lograr controlar un objeto. Esta empresa requiere de la continua extracción de información (procesos de separación) y de comunicación de esta (a partir de su organización), es decir, información sobre la información. La hipótesis cibernética plantea que los comportamientos son controlables programados y programables, gracias a la eficacia de los algoritmos individualizantes.
Los algoritmos pueden definirse como “un método resolutivo aplicado a un problema, un procedimiento compuesto por pasos simples a ejecutar en secuencia para obtener un determinado resultado” (Ippolita, 2010, p. 101). Parafraseando a los autores, podríamos compararlos con una receta que implica pasos por seguir para llegar a la solución de un problema. Los algoritmos son recetas informáticas escritas en lenguajes de programación para cumplir distintas funciones. Asimismo, los algoritmos se construyen a partir de los datos que los usuarios vamos “dejando” en la web. Cada clic, cada búsqueda, aporta información para construir un perfil de los usuarios.
Esto último resulta fundamental para comprender que la información que recibimos a través de medios sociales está programada para reforzar los propios pensamientos y los del grupo con el que nos identificamos. Podríamos afirmar que los algoritmos que programan la información que consumimos tienden a reproducir los estereotipos y prejuicios que sostenemos. Es relevante para nosotros considerar las implicancias que tiene en la subjetividad este cambio de época; Deleuze nombra dos que nos interesa destacar particularmente: la dividualidad y la modulación.
Afirma el autor: “Ya no estamos ante el par “individuo-masa”. Los individuos han devenido “dividuales” y las masas se han convertido en indicadores, datos, mercados o ‘bancos’” (Deleuze, 1999). Por dividualidad entendemos una forma fragmentada de ser, ya no individuos sino seres atravesados por múltiples escenarios que configuran formas de ser. Es decir, nos reconocemos en la multiplicidad de escenarios entre lo virtual y lo real e incluso como un cúmulo de datos divisibles, ordenables y organizables. Dividual quiere decir que se produce una subjetividad divisible, fácilmente localizable. La localización espacial de los cuerpos constituye una de las formas de disciplinamiento que enumera Foucault, sin embargo, la diferencia que plantea Deleuze es que, en este tiempo, el control se realiza “a cielo abierto” e incluso apelando a la voluntad de los sujetos[1]. La idea de dividualidad, incluso, separa el binomio individuo-masa propio de la modernidad y lo ubica (también) fuera de las instituciones para ejercer un control intenso que se extiende a los dominios de la vida privada. Cuando Deleuze utiliza el concepto “modulación”, lo hace haciendo referencia al paso de los sujetos de una institución a la otra, y dice: “Los encierros son moldes o moldeados diferentes, mientras que los controles constituyen una modulación, como una suerte de moldeado autodeformante que cambia constantemente y a cada instante, como un tamiz cuya malla varía en cada punto” (Deleuze, 1999).
En tiempos de vigilancia, la subjetividad se “moldeaba” en diversos dispositivos-instituciones. Los ciudadanos pasaban de un encierro a otro; por ejemplo, de la escuela a la fábrica. Independientemente del tipo de dispositivo del que se trataba, la subjetividad que formaba tenía que ver con un ciudadano trabajador. Las instituciones constituían moldes y los sujetos se formaban acorde a dicha moldura. La modulación, sin embargo, propia de las sociedades de control, da cuenta de un sujeto que va de un dispositivo a otro, la escuela, los teléfonos celulares, las plataformas virtuales, el trabajo, los medios de comunicación, la empresa. En las sociedades disciplinarias, por ejemplo, el sujeto era estudiante y después trabajador; hoy, en tiempos de control, donde las modulaciones son continuas y coexistentes, se puede ser trabajador y estudiante porque el mercado exige la constante formación. No hay una subjetividad, sino tantas como dispositivos interactuantes.
Foucault, en Defender la sociedad (1976), sienta las bases del análisis biopolítico, concepto que desarrollará en el curso posterior, denominado Nacimiento de la biopolítica (1978). Estos aportes son de fundamental importancia para comprender a la cibernética como un modo de control a cielo abierto. Según Foucault, la biopolítica es una forma de control sobre la vida, pero ya no de forma disciplinaria, es decir, sobre los cuerpos, sino sobre la población. Dice Foucault: “La biopolítica tiene que ver con la población, y esta como problema político, como problema a la vez científico y político, como problema biológico y problema de poder” (2001, p. 222). En este sentido, la biopolítica es una tecnología de control sobre la población que no se separa de los procesos disciplinarios, puesto que al ser de distinto nivel, uno sobre el cuerpo y otro sobre la población, pueden aplicarse el uno sobre el otro, disciplina y regulación. En Nacimiento de la biopolítica (1978), Foucault establece las relaciones entre la biopolítica y el neoliberalismo como forma de gobierno de las conductas. Aquí podemos establecer un núcleo de relaciones entre neoliberalismo, cibernética y biopolítica como formas de gubernamentalidad. El mismo Snircek caracteriza a las plataformas como Google, Facebook –o similares– como plataformas de publicidad, destinadas a extraer datos de sus usuarios, analizarlos y venderlos para la industria publicitaria.
Byung-Chul Han (2014) da cuenta de las relaciones de poder a las que los/as sujetos se someten voluntariamente en las sociedades neoliberales. Esta sociedad es, según explica, la sociedad de la trasparencia, donde la libertad individual se somete a la libertad del capital producto de la subjetivación neoliberal. Mientras que en las sociedades industriales el sujeto se convertía en obrero, sometido a la voluntad externa, en la actualidad “cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa” (2014, p. 17). Lo que plantea Han es que el capital necesita explotar la voluntad de los individuos para reproducirse a sí mismos y responsabilizar a cada sujeto por el éxito o el fracaso personal. “Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda la sociedad o al sistema” (2014, p. 18).
Al mismo tiempo, los sujetos se someten al panóptico digital, mucho más poderoso que el tradicional, entregando los datos de manera voluntaria. La “sociedad de la transparencia” es, según Han, un dispositivo neoliberal a través del cual todo se convierte en información medible, cuantificable y comercializable. Los big data, es decir, el análisis de la información que proviene de los dispositivos, permite anticipar las decisiones y el comportamiento de las personas; se trata de un “conocimiento de dominación que permite intervenir en la psique y condicionarla a nivel reflexivo” (2014, p. 25).
¿Qué entendemos por producción de subjetividad?
En este contexto, nos interesa reflexionar sobre el concepto de “producción de subjetividad” al que damos central importancia. Como hemos visto, Foucault, como Deleuze y Guattari, reconocen que la subjetividad tiene componentes históricos y situados. En Micropolítica. Cartografías del deseo (2005), Guattari y Rolnik afirman: “En lugar de ideología, prefiero hablar siempre de subjetivación, de producción de subjetividad” (2013, p. 37). La subjetividad puede entenderse desde una naturaleza maquínica, es decir, fabricada, modelada por las fuerzas del capitalismo. Los componentes psicogenéticos son importantes, pero no los únicos, puesto que en la complejidad de la trama de la configuración de la subjetividad las grandes máquinas sociales y masmediáticas desempeñan un rol fundamental.
En este sentido, es importante destacar que Guattari entiende que la producción de subjetividad es un caso particular de superestructura; así como la producción de objetos materiales, las sociedades actuales prestan especial atención a la producción de subjetividades, condición sine qua non para sostener el orden social imperante. Una de las cuestiones importantes del planteo de Guattari es la idea de que la producción subjetiva trasciende el lenguaje. Si se tiene en cuenta la formación psicoanalítica de este autor, este punto es de vital importancia, puesto que es un proceso colectivo en donde aparecen otras instancias o dispositivos –instituciones y estructuras del capitalismo posindustrial–.
Ahora bien, Guattari no se está refiriendo a un sujeto individual (como sujeto de la enunciación) sino a los sujetos colectivos, a los grupos sociales que se encuentran en un mismo proceso subjetivante, esto es, a los/as sujetos que son parte de un “agenciamiento colectivo de enunciación”. Es por esto por lo que se ocupa de diferenciar los conceptos individuación y subjetividad: “Una cosa es la individuación del cuerpo. Otra la multiplicidad de los agenciamientos de subjetivación: la subjetividad está esencialmente fabricada y modelada en el registro de lo social” (Guattari y Rolnik, 2015, p. 46).
Esto no significa que los procesos de subjetivación no tengan eco en el individuo, sino que, según el autor, hay una doble descentración, del cuerpo social al individuo y del individuo al cuerpo social. Es decir que el individuo siempre existe, pero como parte de ese cuerpo social que asume modos de subjetivación que pueden individualizarse. El individuo está, según Guattari, en la encrucijada de múltiples componentes de la subjetividad, que, en algunos casos, son inconscientes, otros son del dominio del cuerpo, otros del grupo primario y, finalmente, otros son del dominio del poder (las normas). Finalmente, Guattari agrega que existe otro dominio de la subjetividad más amplio que es la subjetividad capitalística [sic]: “Pienso, por el contrario, que es la subjetividad individual la que resulta de un entrecruzamiento de determinaciones colectivas de varias especies, no sólo sociales, son económicas, tecnológicas, de medios de comunicación de masas, entre otras” (Guattari y Rolnik, 2015, p. 50).
En este sentido, el autor plantea la diferencia entre singularidad e individualidad; la subjetividad colectiva no depende de una suma de individuos, sino de procesos sociales que van más allá de la individuación, que están vinculadas con los afectos. Tal es así que la alternativa a la modelización capitalística de la vida se da a través de la posibilidad de elaborar procesos de singularización subjetiva que son, también, colectivos.
La subjetividad, entonces, se produce en instancias individuales, colectivas e institucionales, es plural y polifónica. En este sentido, el mismo Guattari se pregunta por el rol de los mass-media y expresa que “las máquinas tecnológicas de información y comunicación operan en el corazón de la subjetividad humana, no únicamente en el seno de sus memorias, de su inteligencia, sino también de su sensibilidad, de sus afectos y de sus fantasmas inconscientes” (Guattari, 1997, pp. 14-15). Esto lo lleva a reflexionar sobre los componentes que agencian la subjetividad, a saber: componentes semióticos como la familia o la educación, elementos de la industria de comunicación y otras dimensiones a-significantes que ponen en juego máquinas informacionales de signos. Para explicarlo, coloca el ejemplo de un individuo mirando el televisor y dice:
Cuando miro el televisor yo existo en la intersección entre: 1) una fascinación provocada por el barrido luminoso del aparato que confina con el hipnotismo; 2) una relación de captura con el contenido narrativo de emisión asociado a una vigilancia lateral respecto de los acontecimientos circundantes (el agua que hierve en la hornalla, un grito infantil, el teléfono…), y 3) un mundo de fantasmas que habitan mi ensoñación (Guattari, 1996, pp. 29-30).
Retomamos a Guattari puesto que, entendiendo a la producción subjetiva desde una perspectiva histórica y colectiva, se pregunta por el rol de los medios de comunicación en el marco de las formas de subjetivación del capitalismo mundial. La producción subjetiva resulta central en los procesos capitalistas puesto que, según Guattari, “constituye la materia prima de toda y cualquier producción” (2015, p. 41). En la producción de subjetividad se juegan los procesos de precepción, de memoria colectiva y de sensibilidad.
Entre lo virtual y lo real: ¿qué define la subjetividad?
Encerrar el afuera, encerrar lo virtual, significa neutralizar la potencia de invención y codificar la repetición para quitarle toda potencia de variación.
Lazzarato, 2017
Los medios sociales son un territorio, un espacio. Esta idea constituye para nosotros una afirmación central, el “no lugar” –en tanto que en territorio virtual– se constituye en espacio de creación de contenidos e interacción social. Alessandro Baricco (2019) explica la relación entre lo virtual y lo real con la metáfora “mundo-ultramundo”. Afirma que en internet se elabora una copia digital de fácil accesibilidad del mundo real al que llama “ultramundo”. El ultramundo es un no-mundo virtual que se retroalimenta del mundo real: “La distinción entre mundo verdadero y el mundo virtual se convierte en una frontera secundaria, dado que uno y otro funden en un único movimiento que genera, en un conjunto, la realidad” (2019, p. 92).
Por su parte, Pierre Lévy, en ¿Qué es lo virtual? (1999), problematiza la dicotomía virtual-real, en tanto que lo virtual se podría entender como un “salir de sí”, una desterritorialización. Sin embargo, el autor lo concibe como un espacio de sincronización y conexión soportado por objetos técnicos. Lo que sucede en lo virtual tiene consecuencias tanto subjetivas como objetivas; explica que
La sincronización reemplaza la unidad de lugar, la interconexión sustituye a la unidad de tiempo. Pero, a pesar de ello, lo virtual no es imaginario. Produce efectos. Aunque no se sepa dónde, la conversación telefónica tiene “lugar” […]. Aunque no se sepa cuándo, nos comunicamos efectivamente por medio de contestadores interpuestos (Levy, 1999, p. 16).
En los estudios culturales sobre tecnología, se enfatiza en la dicotomía del mundo virtual, como lo irreal en tanto que no posee materialidad y que, en consecuencia, carece de entidad. Levy expresa que
… lo virtual no es, en modo alguno, lo opuesto a lo real, sino una forma de ser fecunda y potente que favorece los procesos de creación, abre horizontes, cava pozos llenos de sentido bajo 1a superficialidad de la presencia física inmediata (Levy, 1999, p. 8).
Explica, entonces, que lo virtual no se opone a lo real, sino que –si de dicotomizar se trata– se opone a lo actual ya que la virtualidad implica condición de potencia, posibilidad determinada por su naturaleza.
Por otro lado, Lévy plantea la idea de la virtualización como un “salir de sí” o una desterritorialización, como una separación del espacio físico que ocupan. Se podría decir, por ejemplo, que los medios sociales son una forma de desterritorializar la identidad, una forma de construir en otro espacio, en otro territorio una imagen de sí mismo/a que puede o no ser totalmente representativa. No obstante ello, ¿podemos afirmar que esa construcción, aunque fuera de sí, no afecta al sujeto? La pregunta que nos hacemos es si, a pesar de considerar que los fenómenos virtuales ocurren por fuera del sujeto, no constituyen una afectación. De esta manera, queda saldada la dicotomía virtual-real para entender que los dispositivos en tanto subjetivantes son “medios de acción a distancia” (Lazaratto, 2017).
Lazaratto, en Políticas del acontecimiento (2017), analiza la idea de la virtualidad citando a Deleuze: “Lo que está encerrado es lo virtual, la potencia de metamorfosis, el devenir. Las sociedades disciplinarias ejercen su poder neutralizando la diferencia y la repetición y su potencia de variación, subordinándola al adiestramiento” (2017, pp. 91-92). Lo virtual es aquí entendido como posibilidad, como potencia de transformación, como forma de disidencia.
Esta diferenciación es fundamental para comprender que lo que está encerrado en las sociedades de control y, por lo tanto, lo que encierran los medios digitales en tanto dispositivos subjetivantes es el afuera y la multiplicidad. Así como las instituciones de encierro buscaban producir sujetos homogéneos –podríamos poner en duda la conjugación en pasado–, los dispositivos de las sociedades de control, ocultos tras el velo de la democratización de la información, cumplen la misma función: también neutralizan las diferencias, pero a través de la modulación de las conductas.
Los medios sociales como dispositivos subjetivantes. Un análisis de TikTok, Twitch, Facebook, Instagram, YouTube y WhatsApp
Se trata de liberar lo que ha sido capturado y separado a través de los dispositivos para restituirlo a un posible uso común.
Giorgio Agamben, 2016
Entendemos que tanto la escuela secundaria como los medios digitales son dispositivos subjetivantes. Ambos, con formatos y modalidades diferentes, han logrado a través del tiempo modelar conductas, modos de ser y pensar. Nos interesa profundizar en este abordaje porque los/as estudiantes conviven en vinculación con uno y otro dispositivo cuyas lógicas difieren. Partiremos del concepto de “dispositivo” para avanzar en el análisis de las lógicas de funcionamiento de los medios digitales que los/as jóvenes reconocieron utilizar con mayor frecuencia: Facebook, Instagram, YouTube y WhatsApp.
El dispositivo, según Foucault, está ligado a un juego de poder y saber que emergen de él y, al mismo tiempo, lo condicionan. Foucault, en una entrevista, define dispositivo como
Un conjunto heterogéneo, que implica discursos, instituciones, disposiciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos; proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas; tanto lo dicho como lo no dicho son elementos del dispositivo, y el dispositivo mismo es la red que puede establecerse entre esos elementos (Foucault, 1984).
En este sentido, podemos reconocer la función del dispositivo en tanto formación discursiva y forma de construcción de verdad.[2] Consideramos que los medios digitales son dispositivos justamente por su capacidad de producir disposiciones en los/as sujetos. Independientemente del contenido que se reproduzca, tanto Facebook como Instagram o YouTube se estructuran en lógicas que han logrado convertirse en formas de pensar el mundo y nombrar el mundo. Tal es el caso de todo el abanico de palabras o expresiones que surgen del uso de los medios digitales, como “googlear” o “twittear”. Estas se refieren a prácticas dentro de las plataformas que en muchos casos se trasladan a las prácticas fuera de los medios y al lenguaje cotidiano.
Agamben explica que “el dispositivo es, sobre todo, una máquina que produce subjetivaciones y solo como tal una máquina de gobierno” (2016, p. 27). Exponemos en los próximos párrafos algunos datos obtenidos durante la investigación que nos permiten justificar la selección de los medios sociales que analizaremos teóricamente.
Facebook y las nuevas lógicas de sociabilidad
Sin duda, Facebook es uno de los medios sociales más importantes y el primero que fue adoptado masivamente por los usuarios. En el libro Facebook es el mensaje (2011), de Guadalupe López y Clara Ciuffoli, las autoras desentraman las características que posicionaron a la red como la más importante a nivel global. Mientras que en 2011 (fecha de publicación del libro) la plataforma alcanzaba los 800 millones de usuarios, en 2019 –según los datos presentados por la empresa– supera los 2300 millones de usuarios en todo el mundo. Esto significa que, a pesar de la constante pérdida de perfiles, sigue aumentando la cantidad de personas que la eligen. En el último tiempo, Facebook ha sido blanco de denuncias debido a la utilización de los datos de los/as usuarios/as con fines políticos, e incluso se dice que va perdiendo popularidad entre los más jóvenes, que “migran” a otras plataformas digitales. El propósito de este apartado es desentramar las razones por las cuales sigue siendo uno de los medios sociodigitales más elegidos. Las autoras esbozan algunas hipótesis de este fenómeno:
- Facebook es un mutatis mutandis, es decir, una plataforma que se modifica al mismo tiempo que su cambio transforma la red. Se “inició como una red social exclusiva y fue mutando hacia un entramado digital que integra en un mismo lugar una plataforma de publicación personal, con una gran variedad de herramientas y aplicaciones” (2011, p. 9).
- La plataforma ha evolucionado conforme a la demanda de los usuarios: comienza siendo una red de universitarios creada por Mark Zuckerberg cuyo objetivo era conectar a los estudiantes de Harvard (2004-2006) para convertirse en una red pública con la posibilidad de vincular a personas de todo el mundo con aplicaciones que permitían mostrar las publicaciones de la red de contactos como las propias. En esta instancia, se incorporó la opción “Compartir” a la que nos referiremos más adelante (2006-2007). Una vez que cobró trascendencia internacional (2008-2010), se convirtió en una red masiva y abierta cuya principal característica fue la creación del botón “Me gusta” y “Hazte fan”. El primero permitía a los usuarios manifestar su acuerdo con las publicaciones de sus contactos y el segundo daba la posibilidad de conectar desde Facebook con intereses de los usuarios, desde marcas hasta artistas famosos. Esto último marcó un punto de inflexión ya que, poco a poco, fue mutando a una plataforma de marketing y publicidad indirecta. La cuarta etapa que marcan las autoras es la de una “web social y personalizada” (2011 en adelante), que se caracteriza por la implementación del protocolo Open Graph, que posibilita la integración de Facebook a cualquier sitio web; esto significó, por ejemplo, la posibilidad de comentar noticias en los portales utilizando el perfil de la red social, o entrar a un sitio utilizando el perfil de Facebook.
No podemos afirmar que la red social sea elegida masivamente por estas consideraciones técnicas que pueden no ser conocidas por los/as usuarios/as, pero ¿qué diferencia a Facebook del resto de las plataformas virtuales? Lo que aporta la red social es la posibilidad de tener una experiencia de internet más participativa y fluida, ya que la información se cruza entre distintas plataformas o aplicaciones. Lo que parece más sencillo se vuelve una gran red cuya puerta de entrada es Facebook. Para ejemplificarlo, sencillamente imaginemos que somos usuarios de Facebook y que con nuestra cuenta nos asociamos a Spotify para escuchar música o a Prezi para elaborar presentaciones académicas, incluso nos interesa unirnos a LinkedIn para buscar trabajo. Todas estas plataformas están vinculadas a Facebook, es decir que, en lugar de crear un usuario para cada página, tenemos la opción de ingresar con nuestra cuenta de Facebook. ¿Qué pasaría si quisiéramos eliminar nuestra cuenta de la red social? ¿Cómo podríamos recuperar la información de las otras plataformas? Gracias al protocolo Open Graph, Facebook se convierte en puerta y al mismo tiempo candado. - Del medio a la hipermediación: la hipermediación es un concepto acuñado por Scolari –a partir de la idea de mediación que propone Jesús Martín Barbero– que da cuenta de que Facebook nos permite “pensar en la trama de reenvíos, contaminaciones e hibridaciones de los procesos de comunicación” (Scolari, 2008, p. 113). En este sentido, Facebook es un hipermedio que cuenta con la posibilidad de “linkear” noticias, vincular y agrupar otros medios de comunicación.
- Facebook funciona como un medio convergente: vinculado con la idea anterior, podemos decir que es convergente en tanto que en la misma plataforma podemos encontrar una evolución de otras plataformas utilizadas antes de Facebook, como el chat, el formato blog e incluso Fotolog. Al mismo tiempo, permite compartir videos de YouTube, notas de otros medios y comprar y jugar en red. Facebook pretende ser todos los medios en uno.
Entre las críticas principales, José Van Dijck (2016), en La cultura de la conectividad, destaca la exposición de los/as usuarios/as a la publicidad involuntaria, la privacidad y venta de datos. En cuanto a la primera, explica que desde que se incorporó el botón “Me gusta”, la red social recibió denuncias en Estados Unidos, Canadá y Alemania porque infringía las leyes de la privacidad de estos países. Esto se vincula a la gran cantidad de datos que Facebook tiene de sus usuarios desde que implementara el sistema Open Graph. Cada “Me gusta” y aplicaciones similares generan datos, que la plataforma estructura en una base de datos de los usuarios, para luego direccionar la publicidad, las recomendaciones y las publicaciones que aparecen en sus muros.
Esta situación excede el marketing y la publicidad, ya que constituye un problema de ciudadanía. Es conocido el caso del acceso a la información de los usuarios de Facebook por la empresa Cambridge Analítica para utilizarlos con fines electorales en el referéndum por el Brexit en Gran Bretaña y en Estados Unidos durante la elección presidencial de 2016. Esto podría poner en peligro la popularidad de la plataforma:
Si los usuarios del mundo entendieran que Facebook perdió mística, vendió sus datos privados o contribuyó a la censura gubernamental, su popularidad podría desvanecerse. Si otras plataformas lograran atraer una base de usuarios significativa y ocupar nuevos nichos especializados dentro del universo de las redes sociales, ese valor podría caer (Van Dijck 2016, p. 68).
Uno de los análisis interesantes que plantea Van Dijck es que si Facebook como plataforma dejara de existir, si perdiera su aceptación popular y su lugar en la cotidianeidad de los/as usuarios/as, las lógicas instaladas y su vocabulario podrían seguir presentes puesto que logró instalar una lógica de sociabilidad on–line.
Instagram y el marketing del yo
Instagram es una aplicación para compartir fotografías que surge en 2011 bajo el nombre de “burnb”. Un año más tarde, fue comprada por Facebook por 1000 millones de dólares; en la actualidad, es una de las redes sociales más utilizadas por los/as jóvenes y, según el blog oficial de la empresa, cuenta con más de 800 millones de usuarios en todo el mundo.
En sus inicios, Instagram buscaba que las fotos que se publicaran en la red simularan un estilo de fotografía vintage con filtros de colores y un formato cuadrado que emula a las viejas instantáneas, tal es así que su nombre refiere a dichas cámaras. En la actualidad, este estilo se ha ido modificando, sin embargo, no ha perdido la centralidad estética de las imágenes.
Con relación a la sociabilidad que propone, mientras que en Facebook es la de mutua amistad, en Instagram no necesariamente ocurre así, ya que, al igual que en Twitter, los usuarios siguen a los perfiles que les interesan por diversas razones sin la condición de reciprocidad. Esto convierte a Instagram en una gran vidriera y en un marcador de popularidad. Hoy en día, por ejemplo, muchos usuarios alcanzan el éxito mediático a través de una cuenta con muchos seguidores. Estos jóvenes, por lo general, de clase acomodada y de códigos de belleza hegemónicos, son llamados “influencers” y, producto de su actividad en la red social, comienzan a pactar contratos de publicidad, o a trabajar como modelos, actores o actrices. Generan desde sus cuentas un tipo de publicidad diferente a la convencional y venden a través de sus perfiles con imágenes espontáneas y de la vida cotidiana. Promocionan indumentaria, productos estéticos, aplicaciones, estilo de vida; es decir, un modo de ser joven, un molde en el que encajar.
La investigadora canadiense Alice Marwic (2015) afirma que Instagram es una nueva forma de adquirir popularidad: a través de distintas estrategias, los/as usuarios/as buscan aumentar la cantidad de seguidores/as. Entre ellas, podemos encontrar: agregar (a veces compulsivamente) a una comunidad más amplia que los amigos cercanos, usar hashtags populares y conectar con comunidades de fotografía para perfeccionar la calidad y el estilo de sus fotos y mejorar la visibilidad de su Instagram. En relación con los “instagrammers”, la autora afirma que se trata de “microcelebridades” que tienen una considerable cantidad de seguidores.
Instagram se diferencia de otras redes sociales por varias razones: en primer lugar, surge para los teléfonos móviles y, aunque es posible visualizar y comentar imágenes a través de un ordenador, no es posible subir contenido sino desde la aplicación para el smartphone; es una red pensada para la portabilidad, para capturar las imágenes en el momento. La importancia dada a las imágenes tomadas con los celulares ha llevado a complejizar la tecnología disponible en el mercado como a desarrollar las habilidades fotográficas de los usuarios.
No cabe duda de que Instagram es una red social centrada en las fotografías: gracias a la explosión de TikTok, ha agregado y popularizado el formato de videos cortos llamado “reels”, y aunque exista la posibilidad de agregar texto a los “posteos”, estos no pueden superar los 2200 caracteres y los 30 hashtags. Mientras que la arquitectura de Facebook permite compartir ideas, debatir, incluir notas externas, textos más amplios, Instagram es el reino de la imagen; fomenta la comunicación unidireccional y la lógica de la popularidad a través de la cantidad de seguidores y de “likes”. En el caso de los “influencers”, es decir, de los más populares, lejos están las imágenes que comparten de mostrar la instantaneidad del momento, puesto que lo que se busca es fomentar un marketing de sí mismos/as. El culto a la imagen perfecta va más allá de los filtros que la aplicación tiene para editar las imágenes. En paralelo, han surgido otras aplicaciones que editan las fotos, desde afinar los cuerpos hasta aclarar las pieles. No estamos afirmando que esta dinámica ocurra solamente en Instagram, pero al tratarse de una aplicación centrada en las imágenes, podría potenciarse.
La cultura de la imagen es un tema que ha sido extensamente estudiado en la pedagogía con relación al cine y a la televisión; la particularidad del problema en la actualidad es la capacidad que tienen las imágenes de producirse y reproducirse:
Lo que queremos subrayar es que no es nuevo el peso de la imagen en las sociedades humanas; más bien, podría argumentarse que en sociedades no letradas su influencia era aún mayor a la actual, ya que no tenían la competencia con la escritura que tienen ahora. Lo que es nuevo son sus modos de producirse y circular, su participación en un cierto régimen visual (Dussel, 2010, p. 9).
Los regímenes de visualidad, dice Dussel, son configuraciones que contienen elementos políticos, epistemológicos, estéticos y éticos que requieren un análisis complejo desde una “cultura de la imagen”, es decir, la posibilidad de pensar “qué tipo de conocimientos o efectos produce y cuál es su relación con formas de poder/saber” (2009).
Steyrel (2014), desde una perspectiva crítica, se posiciona desde lo que llama “capitalismo visual” y analiza las características de las imágenes en la actualidad con el potenciamiento de las tecnologías. Afirma que las imágenes, en la actualidad, “son imágenes pobres”; es decir, son manipuladas, recortadas, compradas, remasterizadas, y circulan a través de los dispositivos con estas características. En este sentido, afirma que “participar de las imágenes es tomar parte de todo esto” (2014, p. 57). Participar de la imagen, entonces, puede tener potencialidades positivas o negativas (puesto que puede ser utilizada con diversos fines) y que, a través de las imágenes, los/as sujetos tienden a ser objetivados.
Desde esta posición, las imágenes construyen saberes –éstéticos y éticos– que se inscriben en prácticas sociales que trascienden la virtualidad; es por esto por lo que consideramos que Instagram, como plataforma que prioriza la imagen, produce nuevos “públicos” como formas de subjetivaciones complejas movidas, principalmente, por pasiones tristes tendientes al consumo y a la manipulación. Es por esto por lo que abogamos por una pedagogía de la imagen, que, en palabras de Reguillo, nos permita salir de una “reprensible posición de espectadores” (2006, p. 73).
YouTube y la creación de contenidos
YouTube es una plataforma de videos que surge como un espacio en donde los usuarios pueden compartir contenidos audiovisuales haciendo más interactiva la experiencia tradicional de mirar televisión.
Van Dijck explica que
Entre las verdaderas novedades de YouTube sin duda estuvo la introducción del contenido en streaming, la posibilidad de subir videos y las funciones de red social (técnicas que en el contexto de la producción audiovisual tendrían un fuerte impacto sobre el viejo modelo de difusión). La presentación de YouTube, primero como un sitio donde “compartir” videos y luego como sitio de almacenamiento y red social, le permitió proliferar como un serio rival del complejo del entretenimiento, amenaza que ya había estado presente con el crecimiento de internet en la década de 1990 (2016, p. 119).
La plataforma permite que sean los mismos usuarios quienes filmen, editen y produzcan sus contenidos a través de canales propios. Esta característica, derivada de la pertenencia a la web 2.0, ha generado un lenguaje específico, narrativas, tiempos e identidades propias de YouTube.
Estas identidades, los “youtubers”, son aquellos usuarios que suben videos a sus canales; muchos de ellos (y los más exitosos en cuanto a cantidad de seguidores) están dedicados no solo a crear contenido audiovisual, sino también a estudiar las características del público para hacer crecer el número de sus suscriptores.
Como otras plataformas de la ecología mediática, YouTube es un negocio que genera ganancias económicas a través de los productos que comparten sus usuarios/as. En este sentido, es la única plataforma que paga a los/as productores de contenidos que cumplan determinadas características como número de suscriptores o cantidad de visualizaciones, al mismo tiempo que los/as capacita para que generen mejores contenidos.
Sin embargo, no todos los usuarios de YouTube son productores de contenido, ni todos los videos que se suben a la plataforma tienen grandes cantidades de visualizaciones, no todos los usuarios son “youtubers”, sino que gozan de este estatus aquellos que suben videos con periodicidad, escriben los guiones, producen, filman y editan contenidos y quienes, sobre todo, tienen un púbico con el que interactuar.
La plataforma instaló la lógica de “homecasting” a través del streaming; esto significa que, por un lado, el usuario/a elige qué ver y cuándo, mientras que puede disponer del contenido online, sin necesidad de descargarlo y almacenarlo en el dispositivo. Sin embargo, aunque parezca que contamos con libertad para elegir los videos que llegan a nosotros/as, no lo hacemos de forma aleatoria; en primer lugar, la “elección” se realiza entre los contenidos disponibles, los cuales en muchos casos tienen que superar los obstáculos de derechos de autoría para poder ser publicados y, en segundo lugar, existen algoritmos diseñados según las preferencias y el ranking.
El diseño de interface de YouTube y sus algoritmos seleccionan y filtran el contenido, y guían a los usuarios para que les sea más fácil encontrar y ver determinados videos entre los millones de cargas… El sitio controla el tráfico de video no por medio de grillas de programación, sino por un sistema de control de la información que direcciona la navegación del usuario y selecciona qué contenidos promocionar (Van Dijck, 2016, p. 120).
El algoritmo es, tanto en YouTube como en otras plataformas, no solo un instrumento de búsqueda, sino un instrumento de evaluación de las búsquedas cuyo historial se va acumulando en bases de datos. A medida que el usuario utiliza un motor de búsqueda, los datos de las búsquedas se acumulan para ofrecer a cada usuario lo que, según el análisis que hace el algoritmo, espera encontrar. En este sentido, el mismo Cobo (2018) plantea que la capacidad de influencia de los algoritmos llega hasta construir un universo virtual a medida de cada usuario a través del procesamiento de la cantidad acumulada de datos estructurados.
Lo que miramos en YouTube está determinado previamente por las búsquedas y las elecciones anteriores que anticipan una posible elección. El algoritmo está pensado para generar placer, invita a quedarse en la plataforma. No olvidemos que esta no es una técnica ingenua, sino que apunta a expandir los mercados de consumo y vender publicidad. YouTube, al igual que las otras compañías que estudiamos aquí, forma parte de la llamada “economía de plataformas”, es decir, un nuevo modelo de negocios capaz de extraer y controlar una inmensa cantidad de datos para el control del marketing global (Snircek, 2018).
WhatsApp, entre la mensajería y la red social
WhatsApp es una aplicación de mensajería instantánea para celulares que funciona a través de internet. Fue creada en 2009 y adquirida por Facebook en 2014.
WhatsApp se ha convertido en la principal vía de comunicación a través de celulares de tipo smartphone y prácticamente ha reemplazado la tecnología del mensaje de texto o SMS. Esta aplicación puede adquirirse por descarga gratuita y, en muchos casos, ya se encuentra incorporada en el sistema operativo de los celulares al momento de la compra. Funciona asociado a los números telefónicos de sus usuarios, de quienes se crea un perfil al cual es posible agregar una fotografía y una breve frase descriptiva.
Decimos que WhatsApp es un híbrido puesto que se encuentra entre el servicio de mensajería y las redes sociales. La posibilidad de generar grupos de contacto y subir historias (que en WhatsApp se llaman “estados” –imágenes que duran 24 horas–) hace que la plataforma tome algunas características de las redes sociales.
Entre las características que hacen que WhatsApp sea una aplicación revolucionaria en términos de comunicación interpersonal, encontramos la posibilidad de enviar y recibir imágenes, videos, archivos de audios y realizar videollamadas a través de internet, tanto interpersonales como grupales.
Una de las cuestiones que más nos llama la atención es que los/as jóvenes encuestados manifiestan que WhatsApp es la red social que más utilizan y en la que mayor tiempo pasan. A través de este servicio de mensajería, intercambian comentarios, “memes”, imágenes y videos. Al tratarse de un espacio privado, WhatsApp es la plataforma por la que circulan los chistes y los videos ofensivos que constituyen casos de acoso virtual o segregación, tal es el caso de los grupos de WhatsApp en los que se excluyen deliberadamente entre compañeros de curso. Nos ocuparemos de este análisis más adelante.
TikTok: el triunfo de la inmediatez
TikTok es una red social creada en China en 2016 bajo el nombre de ByteDance. En sus inicios, la aplicación, que permitía hacer playbacks de manera lúdica con audios y videos, logró atraer a 100 millones de usuarios, pero su nicho se encontraba principalmente en China y Tailandia. En 2018, compró Musical.ly, otra aplicación con una idea similar, pero con una biblioteca musical muy popular. Esta fusión permitió que, bajo el nombre de TikTok, se lanzara al mercado internacional. Durante la pandemia por COVID-19, alcanzó su punto de mayor éxito. Según el diario El País, TikTok cuenta con mil millones de usuarios en el mundo, y registró más visitas que Google y más tiempo de permanencia que YouTube.
Como veníamos desarrollando, Van Dijk identifica en las redes sociales como Facebook, Instagram o YouTube una lógica de la conectividad. TikTok trae como novedad que su algoritmo les otorga menos importancia a las interacciones y más a las etiquetas o hashtags, por lo que no es necesario para ganar visibilidad tener muchos seguidores, sino dar con la canción del momento, la descripción o la etiqueta viral y generar mucho contenido. Además, TikTok, ofrece una experiencia de entretenimiento que logra comprometer de manera activa al usuario, por ejemplo, las coreografías, los playbacks, etc. A diferencia de otras plataformas, TikTok invita a generar contenido rápido y compartirlo, con diversidad de canciones, frases de series o películas y filtros, que son el gancho perfecto para comenzar a interactuar con la plataforma. En términos de mercado, se ha convertido en una plataforma de para posicionar productos de diversas industrias y hacerlos virales.
Varios estudios coinciden en que es adictiva, atrapa en la pantalla y no deja escapar. Y no cabe duda, repleta de fast content, con una interfaz sencilla y un algoritmo personalizado que invita a navegar por horas. Es consumo en bucle. ¿Cómo se genera esta adicción? Una de sus principales características es la inmediatez: rápidamente cambia el consumo de moda, la canción o la etiqueta que permite ser visible en este vasto universo digital. Además de mostrar contenido personalizado basado en la huella digital (es decir, a partir de los intereses de las/os usuarios), los contenidos son ilimitados y cortos, se consumen rápidamente.
En cuanto a la privacidad de los usuarios, el informe Domar el algoritmo (2023) explica que
La plataforma almacena información de imagen y audio información de otras fuentes y redes como, por ejemplo; Facebook, Twitter, Instagram y Google, en gran medida con el objetivo de procesar y comercializar los datos con fines publicitarios. Otras dimensiones de la información extraída por TikTok a sus usuarios son los comentarios y menciones de otras personas mensajes directos denuncias y personajes públicos (2023, p. 18).
Twitch: la vida en vivo
Twitch es la plataforma de streaming que mayor crecimiento ha registrado en los últimos años. Esta plataforma, adquirida por Amazon en 2014, permite a los usuarios realizar y consumir transmisiones en vivo de todo tipo. Se destaca por su sencillez: con una cámara, un micrófono y conexión a internet, ya es posible montar un estudio de transmisión. La interfaz es sencilla: las transmisiones se agrupan por categoría, cuenta con un buscador, el video y un chat en vivo para interactuar.
El stream, en sus diversos géneros, logró gran popularidad durante la pandemia por COVID-19 ya que los jóvenes lo encendían para conversar (aunque, a pesar del chat, la interacción sea mayormente unidireccional) o para consumir contenidos de otros streamers más o menos profesionales. En la plataforma se pueden encontrar charlas sobre diversidad de temas, podcast, canales de radio y televisión, e-sports, etc. Al igual que YouTube, Twitch permite a los usuarios crear contenido, sin embargo, son pocos los streamers que logran gran visibilidad, mientras que el resto solo consume el contenido disponible.
El streaming, en la actualidad, no es solo una plataforma de entretenimiento sino un nicho de negocios importante, no solo para Amazon, claramente, sino para los creadores de contenido que van profesionalizando cada vez más sus transmisiones, teniendo en algunos casos estudio, equipos de producción, columnistas y hasta publicidad. Se podría decir, entonces, que el consumo de medios de comunicación de adolescentes y jóvenes, ya sea para entrenamiento o acceso a información, ha migrado progresivamente a los medios digitales como Twitch o incluso el stream en YouTube. Sin duda hay que seguir investigando este fenómeno, que ha transformado la comunicación otorgando más horizontalidad y libertad que los medios tradicionales y tiempos más laxos para la “conversación”.
Síntesis del capítulo: dispositivos de poder
Estas plataformas que hemos analizado están en el centro de las formas de socialización de la actualidad. Desde nuestro punto de vista, constituyen dispositivos en tanto tienen la capacidad de ordenar, organizar y normalizar las formas de ser de los usuarios. Existen espacios para las grietas, pero es interesante examinar la forma en que este dispositivo trabaja –afecta– a las subjetividades juveniles en pleno proceso de construcción de la identidad.
Creemos que, a través de los análisis, queda claro que no nos estamos refiriendo solo a medios de comunicación, sino a dispositivos de poder-saber. En términos de poder, es importante tener en cuenta las formas en las que en la actualidad este se ejerce a través de los dispositivos digitales (Cobo, 2018, pp. 74-76):
- Vigilancia y monitoreo: la capacidad de grabar y rastrear los datos de nuestra vida a través de distintas plataformas tanto online como offline. Si bien el discurso oficial está centrado en la idea de que la vigilancia puede garantizar mayor seguridad, los datos obtenidos pueden ser utilizados en beneficio de terceros. El mayor éxito de la vigilancia está dado en el hecho de que hayamos naturalizado el panóptico y que, incluso, seamos los mismos usuarios quienes aportemos los datos voluntariamente.
- Influencia: una de las principales funciones de los big data es lograr elaborar un perfil detallado de los usuarios de los medios sociales. A través de las funciones “Me gusta” o “Like” de los diversos medios, se ha reconstruido una detallada demografía de los gustos –disgustos– e intereses de cada uno/a de los usuarios. Esta técnica avanza hasta lograr reconocer posibles elecciones en términos de consumo como de preferencias políticas. Mucho se ha estudiado en el último tiempo sobre la microsegmentación –la posibilidad de llegar a cada público con una oferta especialmente diseñada para sus intereses– y la influencia que estos procedimientos han tenido en distintas elecciones democráticas.
No solo recibimos los contenidos de nuestra preferencia, sino que se reconstruye una realidad digital hecha a nuestra medida, donde encontramos personas que tienen similares gustos a nosotros y casi con las mismas inquietudes y aspiraciones (Cobo, 2018. p. 74).
- Pérdida del autocontrol: con esto, Cobo se refiere al control ubicuo de la atención que ejercen los dispositivos digitales sobre los sujetos. Existen algunas resistencias a entender este fenómeno en términos de adicción del comportamiento, sin embargo, es notable la cantidad de tiempo que disponemos frente a las pantallas ofreciendo nuestra atención y nuestras capacidades cognitivas. El mismo Berardi (2016) hace referencia a las mutaciones de la subjetividad en la generación postalfabética, como el aumento de la ansiedad o la depresión.
- Sobrecarga cognitiva: según Cobo, “una forma alternativa de control y censura no está en restringir el acceso a la información, sino en todo lo contrario, en inundar los canales de comunicación con exceso de información que muchas veces es simplemente distracción o información falsa” (2018, p. 76). El multitasking, por ejemplo, ha sido considerado durante mucho tiempo una característica positiva en los seres humanos, sin embargo, ahora estamos notando que no necesariamente es una virtud. Por otro lado, la sobrecarga de información conlleva la imposibilidad de ordenarla y jerarquizarla; finalmente, contribuye a la desinformación.
Finalmente, retomamos la importancia del dispositivo como red de poder-saber, pero no como una construcción diferente sino, en todo caso, como una continuidad de las formas de exagoreusis que plantea Foucault en El origen de la hermenéutica de sí (2016).
La exagoreusis, dijimos, es un término que utiliza el autor para explicar las formas de construcción de verdad sobre sí en el cristianismo, especialmente en el dispositivo de la confesión, cuando el sujeto verbaliza los pecados hablando sobre sus actos y sus pensamientos. Este acto, aunque implique un renunciamiento, va creando certezas que vinculan al hablante consigo mismo y con su confesor. Aunque la tecnología se haya modificado, asistimos a tiempos en los que a los usuarios conectados parece urgirles la necesidad de hablar sobre sí mismos/as. Los medios sociales son escenarios especiales para ello, puesto que invitan al relato del aquí y del ahora a través de las fotos o de las preguntas características como ¿qué estás pensando? Las sensaciones y los sentimientos están presentes aun cuando no se dice nada; se manifiestan en la utilización de los botones que expresan sensaciones como “me encanta”, “me enoja” o “me divierte”. Todo parece estar preparado para una constante confesión. En etapas de construcción identitaria, como ocurre en la adolescencia, encontrar la voz propia resulta fundamental y los medios sociales se presentan como canales de expresión por excelencia, debido al espacio que otorgan para ello.
- Esta idea de “voluntad” puede ser cuestionada en términos de producción subjetiva puesto que en época de subjetividades mediáticas cabe preguntarse qué es realmente voluntario. Frédéric Lordon, en Capitalismo, deseo y servidumbre (2015), cuestiona la idea de servidumbre voluntaria, la alienación y el consentimiento en términos capitalistas. Nos ocuparemos de este problema más adelante.↵
- Hemos decidido utilizar la categoría “dispositivo” tal como la plantea Foucault para explicar sus relaciones con la producción de subjetividad en un particular contexto histórico. Sin embargo, cabe aclarar que aunque existe diversidad de denominaciones, a lo largo de este escrito nos referimos a los dispositivos utilizando la categoría “nuevos medios”, tecnologías digitales y TIC. Respecto de la primera, Lev Manovich (2006) explica que resultan de la convergencia de dos recorridos diferentes, la tecnología informática y la tecnología mediática, y responden a cinco características: a) representación numérica (códigos de programación y digitalización de la información), b) modularidad, es decir, la estructura fractal de los objetos que pueden ser combinados (píxeles, caracteres, scrips, etc.), c) automatización de sus funciones, d) variabilidad, es decir, que un objeto mediático nunca existe de una vez y para siempre, sino que se puede ir modificando a lo largo del tiempo y e) transcodificación cultural, es decir, la mutua influencia entre la capa cultural y la capa informática de los medios. Respecto del concepto “tecnologías digitales”, tal como explica Manovich, este se refiere a la representación a través del código binario. Baricco (2019) explica que el término digital proviene del latín digitus, ‘dedo’, forma utilizada en la antigüedad para contar; por lo tanto, hace referencia a número. Como sabemos, el código binario se construye con la combinación de los números 0 y 1: esto significa que toda la información disponible en las tecnologías digitales tiene su traducción al código binario. Finalmente, el concepto TIC (tecnologías de la información y la comunicación) es empleado en este escrito especialmente en los diálogos con los/as docentes de las escuelas a las que asistimos y en las referencias a estos diálogos. Cabe aclarar que en los diseños curriculares tanto nacionales como provinciales se utiliza esta terminología, por lo que decidimos retomarla para el análisis.↵







