Alejandro Reid
Introducción
En los últimos años, la digitalización de las comunicaciones ha cambiado la forma que las personas tienen de interactuar y de consumir contenidos. La instantaneidad ha llegado a niveles mundiales y una información puede extenderse por todo el mundo casi inmediatamente. Ya no descansa en los grandes medios el deber de informar. Cada ciudadano puede hacerlo. Hay una democratización de la comunicación (White, 1991).
Esta digitalización no se limita solo a las comunicaciones. Hoy en día, abarca gran parte de las áreas en las que se desempeña el ser humano. El análisis de datos ha traído mejoras notables en casi todos los ámbitos, desde el descubrimiento de nuevos materiales hasta lograr entender mejor algunos procesos que son muy complejos o poder enviar equipos a otros planetas. Hoy, el conocimiento crece diariamente de manera exponencial.
Este aumento de la cantidad de información y de la velocidad de procesamiento ha traído como consecuencia una masificación de aparatos tecnológicos que cada vez tienen mayor cantidad de prestaciones. Lo que partió como un simple teléfono móvil, cuya función era poder hablar, hoy se ha convertido en un minicomputador portátil: un aparato que es capaz de tomar buenas fotografías, grabar videos, navegar por Internet, hacer videollamadas, medir la cantidad de pasos que se dan al día y conectarse con otros aparatos que cumplen funciones aún más específicas.
Entre estos, podemos contabilizar un reloj que mide pulsaciones del corazón y que incluso es capaz de medir el impulso eléctrico con el que este funciona. O un saturómetro u oxímetro, que puede detectar la cantidad de oxígeno que hay en la sangre. Muchos de estos dispositivos se han miniaturizado de tal manera que se pueden encontrar muchas máquinas multipropósito del tamaño de un reloj, que cumplen variadas funciones al monitorear los signos vitales de una persona.
La tecnología al servicio de la salud está cada vez más masificada, pero pareciera que hay pasos que faltan. Para Blumenthal (2009), la adopción de un sistema tecnológico de salud es fundamental para el correcto desarrollo de la eSalud. La tecnología depende de una educación digital, y en algunos países de América Latina existe una gran brecha digital. ¿Cómo acercar toda esta tecnología a las personas? ¿Cómo interconectar todos estos datos?
Cambios en el uso de tecnologías y campañas de salud
A partir del desarrollo de los teléfonos inteligentes y de la masificación de las conexiones a Internet, la información se hizo cada vez más cercana. América Latina ha cambiado profundamente su nivel de digitalización en los últimos años. Pareciera que el acceso a la información ya no es solo privilegio de unos pocos, sino más bien un derecho básico.
Estos cambios en el tipo de acceso y en la intensidad de la información permiten hoy en pocos minutos saber lo que está pasando al otro lado del planeta. Esta misma velocidad e intensidad hacen que sea cada vez más fácil subir información a la red y que esta pueda ser analizada por sistemas tecnológicos muy sofisticados.
En Europa se han desarrollado muchas aplicaciones (apps) de salud y existen varias campañas masivas de educación sobre su uso (Boulos, 2014). El caso de América Latina también resulta interesante. Los gobiernos locales hacen esfuerzos gigantescos por mejorar la salud de sus ciudadanos. Basta echar un vistazo a la gran cantidad de campañas sanitarias que existen hoy en día en cada uno de los países. La mayoría de estas son transversales a toda América Latina: obesidad, alimentación sana, antitabaquismo, vacunación, dengue, etcétera. Pues hay, según Íñiguez Rojas (1998), problemas muy similares en muchos países americanos.
Por otro lado, la proliferación de los teléfonos inteligentes en América Latina, que incluyen cámara de video, de fotos, micrófono y la conectividad a Internet desde casi cualquier lugar por parte de la población, generó que fuera más fácil procesar datos de manera simple y rápida. Con esto, un dato de salud se podría transmitir en directo a cualquier parte del mundo y ser recibido y procesado en los centros asistenciales, sin necesidad de aglomeraciones y esperas.
Realidad latinoamericana e Internet
Internet entró en América Latina en el año 1989, con Argentina como el primer país en conectarse. A partir de ese año, y progresivamente, se fueron sumando Estados a la red; por ejemplo, Chile lo hizo en 1992, Brasil y Colombia, en 1994, y el último fue Haití, en noviembre de 1996 (Estache et al., 2002). Este acceso a Internet, por módem analógico, fue el principio del cambio y el nacimiento de una nueva era de información.
Los beneficios de una sociedad más conectada son patentes en materia de salud, productividad y educación, y asimismo mejoran los servicios gubernamentales como trámites online e información de políticas públicas, ahorrando tiempo y recursos a los ciudadanos (Grace et al., 2001). Latinoamérica ha tenido un fuerte desarrollo en los últimos años. Estar conectado con el mundo facilita la comunicación, la velocidad y la cantidad de información.
Por otro lado, se produjo el desarrollo del wifi a fines de los años 90, ideado para compartir una conexión de Internet con un grupo de usuarios (Forlano, 2008). Fue específicamente esto lo que catapultó la conectividad de los países.
El gran cambio vino con la creación del celular. Los primeros aparatos aparecieron en algunos mercados en los años 80, pero no fue hasta los 90 cuando se lanzó la segunda generación, también conocida como telefonía 2G, que permitía una conexión de datos inalámbricos. En 1992 se lanzó el 3G, o tercera generación de teléfonos móviles, que aseguraba una mayor velocidad de conexión y la navegación por Internet (De Vriendt et al., 2002).
Esto marca un punto de inflexión en el desarrollo de la conectividad de América Latina. Sin embargo, el problema está en que esta no se ha dado de manera pareja en todos los países, ya sea por políticas gubernamentales o por conectividad de los propios Estados.
En 2014, en promedio, prácticamente toda la población latinoamericana tenía acceso a telefonía celular, aunque solo la mitad a banda ancha móvil. Pero la realidad actual es otra. Existen países como Argentina, Panamá y Uruguay donde la penetración de celulares alcanza más de 140 %, pero la disponibilidad de banda ancha móvil está bajo el 40 % (oecd e idb, 2016).
El número de hogares conectados a Internet en América Latina creció 103 % entre 2010 y 2016 y llegó a 45.5 % promedio; son Costa Rica y Chile los países en los que la penetración de los hogares urbanos (70 %) y rurales (45 %) era más alta (Cepal, 2018).
Si se analiza el costo de una conexión fija en relación con el producto interno bruto per cápita (pib per cápita), se observa que, en Bolivia, Nicaragua y Honduras, es sobre 3 %, y en países como Chile y Uruguay, bajo 0.5 %.
La velocidad de conexión de los dispositivos móviles entre 2013 y 2017 en Paraguay y Venezuela se han mantenido planas, en torno a los 2 megabits por segundo, mientras que en Chile y Uruguay se han disparado de 3 a 9 Mb por segundo en promedio (Cepal, 2018). El mismo informe de Cepal (2018) muestra la conexión fija de Uruguay, Chile y México en torno de los 80 Mbps, y de Bolivia, Venezuela y Paraguay, menor a 10 Mbps.
Pese a que la tecnología pareciera ser culturalmente neutra, para varios autores el tema cultural es clave, y se ha estudiado cómo distintas culturas adoptan la tecnología de diferentes maneras, así como por qué y cómo la misma tecnología en dos países similares tienen crecimientos distintos. Todo esto influenciado por factores políticos, sociales, económicos y niveles de educación (Talet & Al-Wahaishi, 2011).
Digitalización de la salud
De las cifras anteriores, se puede entender que, aunque el promedio de conectividad de América Latina ha mejorado notoriamente en los últimos años, hay países en los que esta conectividad es muy cara o deficiente, por lo que mantienen a un porcentaje mayor de la población sin acceso a Internet. Son esos mismos países los que tienen un sistema de salud más precario, con niveles más altos de desnutrición y falencias en su red hospitalaria.
La alta penetración de los teléfonos celulares y la gran cantidad de aplicaciones que hoy existen para ingresar datos contrastan con la precariedad de algunos sistemas de salud. Esta penetración de teléfonos inteligentes se puede convertir en una gran oportunidad para que, por medio de la alfabetización digital, se logre que la población ingrese datos al sistema, sin que tengan que esperar a ir a un control médico.
A mayor cantidad de datos ingresados, más real es la información con la que los países pueden tomar las decisiones correctas. En Estados Unidos, la mitad de los usuarios de teléfonos inteligentes introduce datos de salud en alguna de las aplicaciones existentes. La culturización digital es fundamental. Pese a que 65.5 % de las personas usa apps de salud, está demostrado que son las mujeres menores de 50, con un nivel de educación más alto, las que más usan su celular para ingresar este tipo de datos (Krebs, 2015).
Existen hoy en el mercado un gran número de aplicaciones de la salud que pueden ser descargadas e instaladas, tanto en teléfonos móviles como en computadores. Estas se podrían dividir en dos grandes grupos: las de consulta y las de seguimiento.
Entre las aplicaciones de consulta, hay algunas que van desde bases de datos con consulta de sintomatología, como WebMd[1], otras que mapean todos los centros asistenciales de un respectivo lugar, y algunas que recuerdan cuándo tomar las medicinas y cuándo termina el tratamiento, como Drugs.com[2], o cuándo hay que comprar otra caja de remedios, e incluso algunas ayudan a reconocer de qué medicamento se trata cualquier pastilla.
Por otro lado, en las aplicaciones de seguimiento, el usuario ingresa datos reales de sus mediciones de salud, ya sea físicamente en la app o mediante un sensor conectado al teléfono. Esto permite que se puedan registrar datos de manera automática, tales como pulso cardiaco, nivel de ejercicio, peso y nivel de grasa corporal o cantidad de pasos dados en un día. Incluso pueden fijarse alarmas ante la falta de ejercicio o inmovilidad. Entre estas aplicaciones, también existen algunas en las que se puede anotar las comidas del día y comprobar las calorías que aportan, con lo que, al saber cuánto la persona se mueve, se puede determinar si está comiendo bien, poco o demasiado.
Estas apps de seguimiento son las que más rápidamente están evolucionando. Las personas con diabetes, por ejemplo, pueden monitorear sus niveles de azúcares en tiempo real. Hay algunas que son capaces de detectar caídas y avisar a un número de teléfono predeterminado en caso de que se produzca una emergencia.
El mercado está evolucionando rápidamente. Existe mucha información disponible, pero esta –para que sea útil– debe ser procesada y analizada. Un primer paso consiste en incentivar el uso de las aplicaciones para poder descomprimir las mediciones básicas en los centros de salud. El segundo paso podría ser el desarrollo de apps de salud que ayuden a centralizar esta data, levantar alertas y derivar a algunos pacientes a centros asistenciales.
Los países de América Latina se podrían clasificar en dos grandes grupos, según la disponibilidad y penetración de la banda ancha: avanzados y en desarrollo. Entre los avanzados, estarían México, Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Costa Rica. Estos países ya tienen una infraestructura de redes de datos en funcionamiento, por lo que implementar una política de uso de aplicaciones podría ser relativamente más fácil.
Por otro lado, el grupo de los países en desarrollo, como Perú, Ecuador, Bolivia y Paraguay –estos dos últimos, al fondo de la tabla en cuanto a desarrollo, penetración y conectividad–, podrían implementar una política de uso de apps de salud en paralelo con el aumento de la cobertura de sus redes de datos.
Estimular la demanda de conectividad y universalizar el acceso en una primera etapa, para luego poder implementar una política de aplicaciones móviles.
Acercar la tecnología a la salud en Latinoamérica
Los distintos países que componen América Latina tienen niveles muy diversos de desarrollo y de penetración de tecnologías y de conectividad, lo que propone un desafío mayor para la implementación de políticas de adopción de aplicaciones de salud.
Las necesidades de la población son las mismas, por lo que se pueden ver campañas de salud muy similares en toda América Latina. Como ejemplo, tomamos el documento de Salinas y Vio (2003) publicado en la Revista Panamericana de Salud Pública, en el que se describe el desarrollo de las campañas de deporte y actividad física en Chile desde 1960, sus causas y logros en los últimos años.
Todos los países de América Latina tienen algún grado de obesidad, por lo que una campaña como esta es absolutamente transversal. Se podría digitalizar y conseguir que los logros en actividad física y peso sean plasmados en una aplicación, lo que implica levantar dos focos simultáneos para generar un avance en la salud digital.
Por un lado, hay que mejorar la infraestructura de comunicaciones que tiene cada país, para lograr una mejor conectividad de sus habitantes; y, por otro, se debe iniciar el desarrollo de campañas de uso de aplicaciones para el autocuidado de la salud. Estas, que pueden ser desarrolladas por el Estado, tienen la ventaja de que su contenido interno puede ir cambiando en función de la campaña que tengan al aire. Esto implica un gasto menor en publicidad y una campaña más enfocada en resultados finales.
El análisis de los antecedentes mencionados da pistas sobre cómo son las políticas de conectividad en el interior de los distintos países de América Latina, que, según la forma de conectividad disponible, pueden clasificarse en cuatro tipos, considerando las medidas que existen frente al desarrollo de las nuevas plataformas y el impulso de la conectividad:
- Países digitalizados: son los que tienen una penetración de datos móviles superior a 85 %. En estos países, la mayoría de la población tiene smartphones que operan en banda 3G o 4G y la velocidad promedio de navegación es superior a 30 megas. El parque de celulares tiene en promedio menos de tres años, existe libertad de cambio de compañía, la población maneja y entiende el lenguaje digital y es capaz de suplir toda su necesidad de comunicación desde un smartphone. México, Chile, Colombia, Brasil y Argentina se consideran dentro de este grupo.
- Países en vías de digitalización: son los países donde la penetración de datos móviles está entre 50 % y 85 %. Existen gran cantidad de smartphones que operan en 3G, pero conviven con teléfonos 2G y analógicos. El parque de celulares tiene en promedio entre tres y cinco años, el cambio de compañía no es tan fácil y, al hacerlo, se pierde el número. Existe un sector de la población que se maneja en el mundo digital, pero no es la mayoría. El uso de celulares se complementa con canales de televisión tradicionales y radiodifusoras. Perú, Panamá, Brasil, Costa Rica y Ecuador se consideran dentro de este grupo.
- Países analógicos: son los países donde la penetración de datos móviles está bajo el 50 %. Existen pocos smartphones, los usa un grupo muy pequeño de la población y en su mayoría son 2G o analógicos. El parque de celulares tiene más de cinco años y no hay cobertura ni de celular ni de datos en el nivel nacional. Bolivia, Venezuela y Paraguay se consideran dentro de este grupo.
Pese a que el desarrollo de las aplicaciones en el nivel mundial pareciera muy avanzado, cada país tiene sus propios problemas de accesibilidad a la red, lo que significa que cada uno tendrá que priorizar la conectividad primero para luego poder, en una segunda etapa, implementar campañas de salud o salud digital.
El mundo de las apps
La clasificación de los países nos da pistas de los distintos focos que sus gobiernos deben tener en la implementación de políticas de conectividad y de usos de aplicaciones de salud.
El camino al mundo digital parte con una buena conectividad. Esto es el paso fundamental para poder mejorar el acceso universal a la salud. Pero aún hay países que ven la digitalización como algo negativo. Pareciera ser que mucha información en las cabezas de los ciudadanos podría ser contraproducente para algunos gobiernos latinoamericanos.
La dirección correcta está marcada: la salud tiene que masificar su presencia en las aplicaciones, pero esto levanta nuevos problemas. Hay apps de distinta calidad, algunas muy buenas y otras que solo sirven como repositorio de información. La experiencia de otros países puede dar pistas sobre cómo se ha implementado por parte del gobierno el uso masivo de aplicaciones de salud.
En Inglaterra se creó la Online Health Apps Library, una biblioteca de apps de salud ordenadas y clasificadas por el National Health Service. Estas están cuidadosamente revisadas y deben cumplir estándares mínimos para ser publicadas.
Este sistema resulta interesante, pues incluye apps creadas por compañías, por particulares y por el mismo gobierno, agrupadas en un repositorio que las analiza y valida. La biblioteca ayuda, además, a clasificarlas según su tipo y utilidad. Tiene un buscador de aplicaciones, maneja 17 categorías distintas y es capaz de distinguir entre apps gratuitas y pagas.
Nos queda un camino por recorrer
Mucho se ha hablado en Europa y en Estados Unidos del concepto de apps as a medical device (‘aplicaciones como un aparato médico’), pues existen en el mercado miles de aplicaciones desarrolladas para ayudar a los usuarios en sus temas de salud. Pero la confianza que la persona puede depositar en una app varía de acuerdo con la seguridad que esta le da.
El tema hoy se ha movido hacia la diferencia entre una simple aplicación y una aplicación exitosa. Es considerada exitosa la que logra ayudar a un paciente a controlar alguna enfermedad, a detectarla a tiempo o simplemente a hacerla más llevadera. No se limita solamente a almacenar datos, sino que presta un servicio de utilidad a la persona. Aplicaciones así tienen miles de descargas y les han cambiado la vida a muchos pacientes.
Existen ingredientes clave que una app debe tener para ser tener éxito. No basta con solo ingresar datos o poder conectarse con un sistema centralizado de análisis. Hay temas de usabilidad y de facilidad de uso, y también cuestiones de tamaño, de peso y de la cantidad de actualizaciones que tiene, pues cada una implica mejoras en la aplicación y en su usabilidad.
Parte de las preocupaciones actuales es también qué hacen las apps con los datos que el paciente introduce, cómo se maneja su privacidad y cómo se conectan estas con su ficha unificada, que en muchos países ya es una realidad. Cómo autoriza el paciente a un médico a tener acceso a su ficha unificada y cómo puede revocar esta autorización posteriormente son otras cuestiones asimismo analizadas.
El mundo de las aplicaciones llegó para quedarse, pero aún nos queda un camino por recorrer. Mientras tanto, podemos empezar a introducir datos en nuestros celulares, que más adelante nos servirán como datos históricos.
El desarrollo de las apps de salud de manera masificada puede cambiar los focos de las campañas gubernamentales y descomprimir muchas consultas básicas, cuya respuesta se puede obtener ingresando los síntomas en la aplicación correcta.
Referencias
Blumenthal, D. (2009). Stimulating the adoption of health information technology. West Virginia Medical Journal, 105(3), 28-30.
Boulos, M. N. K., Brewer, A. C., Karimkhani, C., Buller, D. B. & Dellavalle, R. P. (2014). Mobile medical and health apps: state of the art, concerns, regulatory control and certification. Online Journal of Public Health Informatics, 5(3), 229.
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De Vriendt, J., Lainé, P., Lerouge, C. & Xu, X. (2002). Mobile network evolution: A revolution on the move. Ieee Communications Magazine, 40(4), 104-111.
Estache, A., Manacorda, M. & Valletti, T. M. (2002). Telecommunication reforms, access regulation, and Internet adoption in Latin America. Policy Research Working Paper, n.º 2802, The World Bank.
Forlano, L. (2008). Anytime? Anywhere?: Reframing Debates Around Municipal Wireless Networking. The Journal of Community Informatics, 4(1), 128.
Grace, J., Kenny, C. & Qiang, C. (2001). ICTs and broad-based development. Washington D. C.: World Bank Global Information and Communications Technology Department.
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Katz, R. & Callorda, F. (2018). Accelerating the development of Latin American digital ecosystem and implications for broadband policy. Telecommunications Policy, 42(9), 661-681.
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Salinas, J. & Vio, F. (2003). Promoción de salud y actividad física en Chile: política prioritaria. Revista Panamericana de Salud Pública, 14, 281-288.
Talet, N. & Al-Wahaishi, S. (2011). The relevance cultural dimensions on the success Adoption and Use of IT. International Proceedings of Economics Development and Research, vol. 19.
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