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Fake news y desinformación

Virus que enferman a las democracias

Sebastián Godínez Rivera[1]

Introducción

Las ciencias sociales han adquirido nuevos campos de estudio debido a una sociedad globalizada, donde la información viaja muy rápido. Desde el nacimiento de la ciencia política, el objeto de estudio ha sido el poder y con el tiempo se han sumado otros elementos que deben ser analizados, porque el mundo se vuelve más complejo.

Actualmente, la ciencia política ya no se dedica únicamente al estudio del poder, de los regímenes o sistemas políticos, sino que, en un mundo interconectado, trabaja de forma conjunta con otras ciencias para brindar explicaciones de los procesos políticos. No obstante, los politólogos han desarrollado la que podría ser considerada una nueva rama de la disciplina, que es el estudio de la desinformación y la posverdad, las cuales afectan las democracias modernas y fortalecen ciertos liderazgos.

El objetivo del texto es brindar un panorama sobre los daños que causan las fake news y sus consecuencias en países e instituciones, y cómo esto se traduce en un debilitamiento de las democracias. La desinformación puede surgir a raíz de una publicación en una red social, hasta de un mensaje emitido desde la más alta tribuna de un país; el problema proviene de quién los difunde, pero con frecuencia su propagación no puede ser detenida debido a la velocidad de su reproducción.

El reto para las ciencias sociales no es cómo erradicar las fake news, sino buscar los recursos para hacerles frente y que la gente sea consciente de las consecuencias que tienen. Actualmente, desde las ciencias de la comunicación, se han implementado metodologías para identificar noticias falsas o su procedencia; para la ciencia política el reto es más grande, puesto que se busca un antídoto para blindar a las instituciones y las democracias de sus efectos.

Las noticias falsas o fake news se han convertido en un virus que se propaga rápidamente por todos los países, sin importar si son desarrollados o en vías de desarrollo; democracias plenas o modelos híbridos; si cuentan con instituciones sólidas o no. Afectan por igual a las naciones, pero sus consecuencias pueden variar, y cobran mucha fuerza antes, durante y después de los procesos electorales.

Los países han intentado contrarrestar las fake news, no obstante, sus esfuerzos parecen insuficientes cuando encontramos que muchos políticos hacen uso de ellas para establecer retóricas que blindan sus proyectos nacionales; en otros casos la desinformación es un vehículo para lograr ciertos resultados (por ejemplo, el Brexit en Reino Unido), o sirven para emitir retóricas cuando se pierden elecciones argumentando fraudes electorales que no pueden ser probados.

La desinformación ha existido desde los tiempos antiguos, hay testimonios de Grecia y Roma que han documentado las noticias falsas; así lo expone Néstor F. Marqués en su libro Fake news de la antigua Roma, en el cual destaca historias como la del emperador Calígula, quien hizo senador a su caballo; respecto a este caso el autor destaca que nunca ocurrió, sino que el hecho cobró relevancia luego de que el emperador criticara el Poder Legislativo. Calígula hizo el comentario de que un caballo podía hacer un mejor trabajo que varios de los senadores; con el tiempo esto se deformó (Marqués, 2019).

Sin embargo, la razón por la que se han convertido en un objeto de estudio preocupante y atractivo para los científicos sociales, es que ahora se difunden con mayor velocidad debido a las redes sociales, aunado a que estas han superado el espectro que ocupan los medios tradicionales de comunicación.

Fake news, desinformación y posverdad

Para iniciar el análisis es necesario hacer la diferencia conceptual entre fake news, desinformación y posverdad, que son utilizadas como sinónimos, pero no lo son. Es importante que desde la ciencia política se establezca esta separación para desarrollar un estudio completo en el cual sea posible identificar las particularidades y efectos de cada elemento.

Las fake news, de acuerdo con la International Federation of Journalists (IFJ), se entienden como noticias falsas que se difunden con gran velocidad y provocan desinformación (IFJ, 2018, p. 1). La particularidad de estas noticias es que son difundidas mediante las redes sociales por gente o perfiles que no son conocidos o que pueden tener un gran número de seguidores.

La interconectividad y la velocidad de los nuevos medios de información, como el internet y sus derivados como plataformas sociales y canales de comunicación, hacen que estas fake news superen incluso a la información veraz o a los medios de comunicación tradicionales. La segunda década del siglo XXI ha estado marcada por las noticias falsas.

Por ejemplo, el “Pizzagate” surgió en medio de la contienda presidencial norteamericana de 2016, en la cual se afirmó que existía una red de pederastas que involucraba actores y políticos y que supuestamente operaba en la pizzería Comet Ping Pong. La fuerza de este rumor y su propagación se debió a que involucró a la candidata presidencial demócrata, Hillary Clinton, que se enfrentaba al magnate y outsider republicano, Donald Trump.

A pesar de que la información fue desmentida por el Departamento de Policía de Columbia en Washington D.C., ello no tuvo ningún efecto, ya que mucha gente había asimilado la idea de que Clinton encubría a los pederastas. Esto fue utilizado por los republicanos en campaña, aunado a que surgieron varios conductores de noticias pro Trump que repetían la noticia para mostrar que los demócratas promovían el crimen.

El concepto posverdad, según la historiadora Sophia Rosenfeld, se refiere a “la lucha por las personas en cuanto poseedoras de autoridad epistémica y por sus diferentes métodos de indagación y demostración en una era intensamente partidista” (Rosenfeld, 2021, p. 43). En pocas palabras, existe una lucha entre la verdad o hechos comprobables y quienes desde su opinión buscan construir una verdad.

Un ejemplo son los diversos casos de xenofobia que aparecen a lo largo y ancho de Europa y Estados Unidos, los cuales han servido a los partidos nacionalistas de derecha para construir una retórica atractiva. Partidos como Rassemblement National en Francia, Alternativa por Alemania, Vox en España o Fidesz en Hungría consideran que la inmigración del norte de África incrementará la delincuencia o que llegará a sus naciones para acabar con la cultura occidental.

La razón por la que estos partidos han utilizado la posverdad en sus campañas se debe a que “la verdad y sus opuestos siempre están envueltos en asuntos de poder: por lo tanto, la verdad nunca está separada por completo de la política o el conflicto social” (Rosenfeld, 2021, p. 48). En el campo de la comunicación política los discursos deben encender las pasiones de la población para que ello se traduzca en votos. Por eso el nacionalismo de derecha europeo ha tenido un crecimiento exponencial en todos los países desde 2016 hasta hoy en día.

De acuerdo con el informe Contrarrestar la Desinformación para Promover y Proteger los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la desinformación implica compartir hechos inexactos que buscan confundir a la gente (ONU, 2023). No debe confundirse con la información errónea, que es difundir datos de forma accidental.

Algunos autores, como el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, consideran que la desinformación es producto de las sociedades que están interconectadas, debido a que el flujo de información es tan rápido que la gente no se toma el tiempo de verificar su veracidad. También se le conoce como infodemia, fenómeno entendido como la democratización de la información, por la cual las personas están expuestas a un mayor volumen de información, que puede ser veraz, pero en muchos casos termina siendo falsa.

Durante la pandemia de COVID-19, que tuvo lugar entre 2019 y 2022, varios presidentes en el orbe se dedicaron a desinformar a sus países, como en EE. UU. Donald Trump y su remedio de tomar cloro para no contagiarse; en Brasil, Jair Bolsonaro afirmó que vacunarse contra el virus era sinónimo de ser homosexual; y en México, Andrés Manuel López Obrador decidió apostar por la religión en vez de la ciencia para hacer frente al COVID-19.

Como podemos ver, los tres conceptos tienen sus propias características, a pesar de que pueden ser usados con un mismo objetivo: lastimar las democracias y sus instituciones. Algunos estudiosos consideran que las redes sociales y la aparición de nuevos difusores de información representan el triunfo de los medios digitales sobre los tradicionales, como la televisión y la radio.

Para el comunicólogo Michael Wolff no es así. Es cierto que la democratización y masificación de los canales informativos se han extendido a lo largo del siglo XXI, sin embargo, “la fraccionalización ha hecho disruptivos a los medios, ofreciendo una participación más individualizada para la televisión” (Wolff, 2017, p. 39). Es cierto que la gente tiene acceso a un teléfono inteligente y con ello a redes sociales, no obstante, cuando el internet o las compañías telefónicas fallan, la gente recurre a la televisión.

Asimismo, los medios tradicionales, como los grandes diarios y las cadenas televisivas, se han adaptado a la era digital al punto de tener sitios web, transmisiones en línea y hasta páginas en redes sociales. Para Wolff (2017) esto es un síntoma de que la revolución tecnológica que vivimos no ha llevado a la extinción a estos consorcios y mucho menos ha disminuido su influencia; al contrario, siguen siendo un poder fáctico dentro de los Estados modernos.

Empero, los medios tampoco han quedado exentos de las noticias falsas o la desinformación. Algunas cadenas, como Fox de Estados Unidos, mostraron su afinidad con Donald Trump y se convirtieron en canal oficial del trumpismo. Difundieron su remedio de beber cloro para evitar el COVID-19, cubrieron su campaña poniendo énfasis en los discursos antiinmigrantes, abonó a los cuestionamientos sobre la nacionalidad de Barack Obama, así como sus burlas hacia los periodistas.

En otro tenor, las y los comunicadores también han difundido noticias falsas, como la muerte de personajes de la farándula, o incluso han alimentado las narrativas que versan sobre la posverdad. En 2022, Jair Bolsonaro perdió las elecciones presidenciales ante Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje, pero algunos canales de televisión dieron cobertura a las protestas bolsonaristas que pugnaban por un golpe de Estado y alimentaron el discurso de que un nuevo mandato del presidente izquierdista llevaría a Brasil al socialismo.

En los casos antes expuestos, de Estados Unidos y Brasil, los medios tradicionales han funcionado como cajas de resonancia de discursos que en su mayoría carecen de veracidad. La justificación de hechos sin una validación que la antecede es lo que genera mayor desinformación, no obstante, se envuelve en una falsa certeza puesto que proviene de personajes conocidos, como jefes de Estado, de gobierno, legisladores o jueces.

Luego de conceptualizar y distinguir cómo las noticias falsas y la desinformación se han vuelto un actor importante en el orbe en la era de la globalización, se deben estudiar los diferentes casos en los que han debilitado la democracia, han puesto en duda la estabilidad de los gobiernos y han transformado a las democracias liberales en modelos de audiencias o consumidoras de eventos mediáticos, como menciona Manin en el libro Los principios del gobierno representativo.

En este punto, el populismo y la comunicación masiva se tocan para modificar la realidad o los datos que corresponden para dotar de una falsa legitimidad a sus discursos en aras de mantener el poder; luego entonces, estos terminan por dañar la democracia. En otros casos, las retóricas sustentadas en posverdades han moldeado a los electores con el objetivo de defender un proyecto político que promete justicia, igualdad y mejores condiciones de vida.

Por último, se abordará cómo durante los comicios las noticias falsas crecen exponencialmente. Se destacará el papel de las autoridades electorales, quienes han iniciado una cruzada contra las fake news y la desinformación con el fin de preservar la legitimidad democrática, la cual se traduce en gobernabilidad.

Populismo y desinformación

El populismo es un concepto que ha cobrado relevancia en la ciencia política desde el siglo XX. Max Weber escribió sobre el populismo en su obra El político y el científico, pero el autor no lo llamó liderazgo carismático. El carisma weberiano hace referencia a la capacidad que tiene un líder para aglutinar a las masas por medio del discurso o en torno a su propia imagen (Weber, 2015).

Autoras como Nadia Urbinati conceptualizan el populismo como

un término ambiguo y difícil, pues no es una ideología ni un régimen político en específico, sino un proceso representativo mediante el cual se construye un sujeto colectivo para llegar al poder. Si bien es “una forma de hacer política […]” (Urbinati, 2020, p. 56).

Esta definición permite ubicar la primera característica de populismo: es una táctica para atraer a la población en la cual se denuncian las fallas o males de la democracia, e incluso algunos otros perciben que el populista otorga una voz a sectores excluidos.

Otros autores que he decidido englobar en las posturas que reconocen al populismo como algo sano son la politóloga belga Chantal Mouffe (2021) y el filósofo argentino Ernesto Laclau (2013). Ambos lo conciben como una articulación de la sociedad para movilizar y señalar las fallas de la democracia; además, se entiende como una lógica para hacer política y acceder al poder.

En el texto La razón populista, Laclau clasifica al populismo según la región y condiciones en las cuales se desarrolla. Incluso el autor sostiene que “el populismo es la vía real para comprender algo relativo a la constitución ontológica de lo político como tal, una de las formas de constituir la propia unidad de grupo” (Laclau, 2023, p. 45).

Por otro lado, Chantal Mouffe (2021) ha desarrollado una nueva visión de la lógica populista, pues en los trabajos que hizo con Laclau ambos reconocen el populismo de izquierda como el camino para generar la unidad a través de las demandas sociales y que son asumidas por la población. Mientras tanto, Mouffe reconoce la existencia de un populismo de derecha, el cual se caracteriza por resistir a los postulados del populismo de izquierda.

A diferencia de los populistas tradicionales del siglo XX, los nuevos líderes carismáticos han implementado el uso de las nuevas tecnologías para lograr que su comunicación abarque a un mayor auditorio. Por ejemplo, Donald Trump abrió su red, Truth Social, luego de que Twitter suspendió sus cuentas por el asalto al Capitolio, y la derecha europea utiliza la plataforma Twitch para transmitir eventos o mensajes a sus seguidores (cabe destacar que esta plataforma es utilizada principalmente para jugadores de videojuegos).

Por otro lado, otros Ejecutivos del mundo se han sumado a la comunidad de TikTok, la red que permite elaborar videos, aunado a que por su alcance y conformación del algoritmo los mensajes pueden llegar a otras latitudes. El presidente venezolano, Nicolás Maduro, ha optado por subir extractos de sus mensajes y con eso combatir la imagen que se tiene de Venezuela en el exterior. En España, el partido izquierdista Podemos optó por realizar transmisiones en vivo en Facebook Live o Instagram para platicar con sus seguidores y con ellos generar comunidad.

La democracia ha sufrido muchos cambios en todo el planeta, ya no solamente es procedimental como en un principio, sino que ahora engloba a los derechos humanos, la justicia y el desarrollo económico. Desde inicios del siglo XXI se ha sumado un nuevo elemento: las nuevas tecnologías, las cuales han modificado la forma de comunicar y de hacer campañas.

La desinformación siempre ha existido, pero ha sido a través de la masificación de las redes sociales cuando se ha vuelto un pilar de los proyectos políticos. De acuerdo con Ignacio Ramonet, “el culto a la mentira y la difusión de propaganda gris o sea, noticias falsas, se convirtieron, a partir de entonces en una práctica regular y habitual al más alto nivel” (Ramonet, 2022, p. 87). Los políticos recurren más a datos falsos o malinterpretados y así sus discursos se distancian cada vez más de la realidad y la cientificidad de los hechos.

Esto se debe a la radicalización de la revolución del internet, puesto que desde un teléfono la gente tiene acceso a redes sociales, videos, imágenes y todo tipo de información. Cuando las computadoras y el internet incursionaron en la vida diaria no penetraban de forma profunda, sino que solo eran una herramienta de trabajo. El estudioso Tim Wu (2016) sostiene que las personas están expuestas a todo tipo de estímulos, y la velocidad con la que se consulta la información se traduce en un bajo nivel de cuestionamiento sobre lo revisado.

Para los electores es cada vez más difícil discriminar y procesar información en las redes sociales. Por ejemplo, ahora cualquier persona puede generar encuestas a través de los formularios de Google que eventualmente tengan mayor nivel de participación que las encuestadoras serias; no obstante, estas carecen de un método científico que pueda ser revisado.

Asimismo, la aparición de cuentas y creadores de contenido ha logrado articular opiniones, teorías y pseudoanálisis, los cuales tienen un mayor impacto en los internautas que un estudio elaborado a través del método científico y desarrollado de forma rigurosa. Al combinar el populismo con la desinformación, esto se traduce en polarización ya que los líderes carismáticos basan sus discursos en creencias o verdades a medias.

Muestra de ello es la declaración que dio Newt Gingrich, un ultraconservador del Partido Republicano que sintetizaba la campaña electoral de Donald Trump de 2016 en la siguiente frase: “Los hechos ya no importan. Las estadísticas teóricamente pueden ser correctas, pero no es donde están los seres humanos” (Ramonet, 2022, p. 89).

La declaración es reveladora y preocupante, puesto que estos elementos transforman los cimientos de las democracias liberales, por lo que algunos autores, como Bernard Manin, han expuesto la transición a un modelo de audiencias. Esta consiste en que la gente vota ya no por las propuestas, sino por el personaje que compite y los discursos que enarbola; esto le dota de identidad o sentido de pertenencia. Los políticos dicen lo que la gente quiere escuchar, aunque esto carezca de datos e incluso de coherencia.

Los datos han pasado a segundo término, lo que se traduce en una disputa con la ciencia y los métodos comprobables. Esto ha generado que las fake news y la posverdad se impongan sobre los datos y la racionalidad de las investigaciones. Los populistas apelan a las emociones de las masas y a través de ello construyen su base política, la cual no cuestiona sus discursos o afirmaciones.

Desinformación y el asalto al Capitolio (2020)

En pleno proceso electoral en los Estados Unidos, el entonces presidente Donald Trump aspiraba a gobernar el país cuatro años más, mientras que su contendiente, el demócrata Joe Biden, quería echarlo de la Casa Blanca. La contienda estuvo marcada por embates agresivos, teorías conspirativas y se coronó con un asalto al poder surgido a partir de una denuncia de fraude electoral, que nunca pudo ser comprobada.

Ignacio Ramonet ha documentado el perfil de los votantes de Trump, el cual está conformado por hombres y mujeres blancos, con un bajo nivel académico, pertenecientes a la clase baja y que creen en las teorías de la conspiración (Ramonet, 2022). El respaldo hacia el republicano surgió porque se presentó como el salvador de la Unión Americana, sumado a un discurso agresivo en el cual denunciaba al establishment.

Logró construir un discurso a través del simbolismo y la oratoria, junto al uso de sus redes sociales, específicamente Twitter. Trump fue el primer presidente de Estados Unidos que gobernó vía una red social; desde esa tribuna los despidos de funcionarios del gobierno fueron anunciados, así como sus principales propuestas para poner aranceles y combatir a los enemigos del pueblo estadounidense.

Mientras tanto, en el terreno de la contienda electoral, esta se cerró entre el demócrata y el republicano, el conteo de votos aún no terminaba; el Ejecutivo se había declarado ganador, pero denunció un fraude para quitarle el triunfo. En algunos estados péndulo, como Wisconsin, Georgia y Michigan, conocidos así en el mundo electoral estadounidense porque tienen un peso relevante en los comicios, aún no habían dado resultados, lo que alertó y movilizó a sus simpatizantes.

Desde sus redes sociales, el mandatario denunció que los demócratas querían robarse su triunfo y que eso no debían permitirlo. Esto llevó a que Twitter (ahora X), censurara algunos posts debido a que violaban las normas de convivencia, y se consideró que sus mensajes podían ser catalogados como fraudulentos. La actitud del Ejecutivo se tradujo en una búsqueda de recuentos en los estados antes mencionados, pero principalmente en Georgia, que es considerado un bastión republicano desde 1996.

Del 3 de noviembre de 2020 al 8 de enero de 2021, el Partido Republicano se dividió entre quienes buscaban preservar el Estado de derecho y la democracia, frente a los que creían fervientemente en el fraude. La sociedad norteamericana se polarizó, incluso el politólogo Joseph Colomer catalogó a este periodo como una democracia en estado de sitio, es decir, “tras la proclamación de resultados oficiales, Trump ordenó a los organismos gubernamentales que no cooperaran con la transición de Biden” (Colomer, 2023, p. 188).

Las palabras del presidente fueron:

No toleraremos más, nunca nos rendiremos; nunca aceptaremos. Vamos a caminar por la avenida Pennsylvania e iremos al Capitolio… Vamos a intentar dar a nuestros representantes republicanos ‒los débiles‒ el tipo de orgullo y valentía que necesitan para recuperar nuestro país (El Mundo, 2021).

Sus partidarios atendieron el llamado y con banderas republicanas y confederadas, algunos también con carteles, marcharon al Congreso para defender la reelección de su líder.

Cuando llegaron a la puerta del Congreso, los simpatizantes movilizados por el republicano ingresaron al Capitolio para impedir que se validara el resultado de la elección. Mientras los trumpistas se enfrentaban con las fuerzas del orden, algunos simpatizantes armaban una horca, ya que buscaban colgar al “traidor de Mike Pence”, como coreaban los rebeldes. El asalto se consumó, los legisladores salieron ilesos y se decretó el estado de sitio en Washington D. C.

El republicano intentó mantenerse más allá de su mandato en el poder, una fórmula constante en América Latina. La diferencia es que Trump nombró a perfiles cercanos a él en el Departamento de Defensa, que le dieron la espalda y garantizaron el respeto a la Constitución y las instituciones (Colomer, 2023, p. 189). Tras los hechos el Ejecutivo publicó un mensaje en redes sociales en el cual llamaba a sus seguidores a irse a casa de forma pacífica, pero seguía argumentando un fraude.

Este asalto al Congreso no solo es emblemático, sino que dista mucho de los casos de estudio donde los liderazgos encabezan las turbas para tomar el poder. En el caso de Trump, fue a partir de un discurso que movilizó a sus partidarios, sin que él tuviera que encabezarlos. Este es uno de los argumentos que ha usado en su defensa frente a las autoridades judiciales, que él no encabezó la rebelión y tampoco llamó a la toma del poder directamente.

El trasfondo que explica este comportamiento, más allá de las simpatías por un populista o la seducción autoritaria por parte de algunos líderes, tiene que ver con la desinformación. Esta se ha vuelto más difícil de identificar, ya que el nuevo sistema informativo impulsa los peores instintos de la humanidad (Ramonet, 2022). La facilidad con la que muchos mensajes y publicaciones son difundidos es lo que genera un remolino de información, el cual no necesariamente está verificado.

Algunos autores, como Sigmund Freud (1930), sentaron las bases de lo que en su momento se llamó el malestar en la cultura; esto implica un cuestionamiento a los valores democráticos en los que la sociedad está fundada. La erosión de las instituciones, la crisis de la democracia representativa y la seducción autoritaria son factores que deben tomarse en cuenta para entender los flujos de información y el crecimiento de la desinformación.

La exposición a una retórica que nunca fue comprobada no fue el motor para el asalto al Capitolio, sino la forma en la que se difundió. Los trumpistas optaron por creer en un robo, en vez de reconocer que las acciones tomadas durante la pandemia de COVID-19 no fueron las indicadas. El ascenso del racismo, materializado en crímenes contra afroamericanos y latinos, exacerbó la polarización. El fanatismo hacia un líder carismático fue lo que llevó a que muchos simpatizantes propagaran el discurso del fraude como motor de la defensa de la democracia.

Tras los hechos del 6 de enero, Biden tomó posesión de su cargo el 20 de enero de 2021, mientras que la democracia estadounidense quedó debilitada. Trump entregó el poder, pero hasta la fecha sigue siendo investigado por llamar a la insurrección. Pese a todo, volvió al poder el 5 de noviembre de 2024.

La segunda campaña republicana no dista mucho de la primera en 2016, Trump afirmaba que había sido víctima de un fraude y que lo persiguen judicialmente porque es el único que puede cambiar el país. Las fake news y la desinformación son pilares de su campaña para ganar la presidencia e incentivar a sus electores a salir a votar. Habló de la decadencia del país, la invasión de migrantes a territorio de Estados Unidos y la implantación del socialismo. En palabras de Ramonet, el nuevo aparato de desinformación se puso en marcha (2022).

Aunado a lo anterior, las consecuencias del asalto al Capitolio no solo fueron políticas, sino que mermaron los estándares de la democracia norteamericana. Desde 2017, con la elección de Donald Trump, The Economist, de acuerdo con Democracy Index, clasificó a la Unión Americana como una democracia defectuosa, y ya no como una plena, como era conocida. Esta se entiende como “democracias [que] observan bajos niveles de participación ciudadana y presentan problemas de gobernanza, al margen de ofrecer procesos electorales justos y libres pero con una cultura política debatible” (The economist, 2021).

Abordar esta definición implica reconocer que son democracias que ya no cuentan con una gobernanza efectiva, el pluralismo comienza a mostrar desgaste y existe cierta falta de balance entre las instituciones esenciales. La aparición de Trump en el escenario político no solo fue un factor disruptivo, sino que hizo caer a los Estados Unidos a una categoría en la cual solo se consideraba a países latinoamericanos, Europa del Este y algunas naciones asiáticas.

No obstante, la medición de democracia defectuosa no ha podido ser superada, ya que la aparición del trumpismo en el escenario norteamericano y su segundo mandato presidencial han influido para no reconsiderar a Estados Unidos como una democracia plena. Sobre todo, porque desde su victoria en la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses se erigieron como faro de la democracia y la capital del mundo libre. Sin embargo, hoy distan mucho de esa visión hegemónica y es cada vez más cuestionada por la academia y el concierto internacional.

En conclusión, el populismo combinado con la desinformación ha mostrado sus consecuencias no solo como difusora de falsedades o mentiras, sino que también ha permeado en un sector amplio que sostiene la existencia de un fraude en 2020 y que no cree en las vacunas o la ciencia como método para combatir afecciones. No solo de una manera cuantitativa es medible el desgaste de la democracia estadounidense; ya no es el país de instituciones que Tocqueville admiró en la Democracia en América y tampoco es el centro de las libertades, como se erigió durante el siglo XX.

Posverdad, poder y la 4T

En los países en vías de desarrollo, los medios de comunicación tienen mucho poder, como en el caso de México, donde crecieron a la sombra del régimen autoritario. Las televisoras y la radio fueron primordiales para el sostenimiento del presidencialismo del siglo XX, ya que fungieron como filtro de la información para dar a conocer lo que convenía al gobierno en turno y así mantener una falsa sensación de estabilidad política y social.

Durante los años noventa del siglo pasado se reconfiguró el panorama político y social de México en aras de transformar su régimen autoritario en una democracia. Gracias a la globalización, los flujos informativos expandieron el espectro político, en consecuencia, el mundo tomó la forma de la aldea de la información, entendida como “la expresión de ideas, patrones y valores socioculturales imaginarios, que pueden ser vistos como teoría basada en símbolos, signos, lenguajes y significados que crean un nuevo modo de percibir, imaginar e interactuar el mundo” (Ianni, 1998, p. 74).

En la aldea de la información, los medios de comunicación prevalecen sobre los escritos y los radiofónicos. Asimismo, existe una mercantilización de la información que convierte a la ciudadanía en consumidores. Cabe destacar que los periódicos, televisiones y radios siguen siendo parte del ecosistema informativo, empero quedan relegados a un segundo término debido a que tardan más en dar a conocer noticias, pero sobre todo porque se atienen a un proceso de verificación de la información (Mackuen y Coombs, 1998).

Los años de gobiernos divididos y las alternancias (1997-2018) entre los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional generaron un sistema de pesos y contrapesos. Por otro lado, las cadenas televisivas, los periodistas y las redes sociales democratizaron la opinión pública; se mantuvo la preeminencia del duopolio Televisa y TV Azteca, pero estos fueron perdiendo audiencia desde que las redes sociales se convirtieron en el principal canal de información.

Sin embargo, con la victoria de Andrés Manuel López Obrador y su partido Morena en 2018 se reconfiguró el tablero político, pero también el terreno de la opinión pública. Un líder carismático llegaba al Poder Ejecutivo, luego de perder en dos ocasiones, 2006 y 2012, y lo que se pensó que sería solo una alternancia más, inauguró la nueva era del presidencialismo mexicano, así como en la comunicación política.

López Obrador fue jefe de Gobierno del Distrito Federal (2000-2005) y en su peculiar forma de ejercer el poder, estuvieron las conferencias matutinas en las cuales abordaba temas de la ciudad y de índole nacional. Doce años después, estas se implementaron desde la presidencia de la república. Para el propio presidente y sus simpatizantes, estas son un canal para informar a la gente sobre su gobierno y un método de rendición de cuentas.

La “mañanera” es un método innovador de comunicación política, de polarización y de rendición de cuentas. Dejando un poco de lado la teoría y aterrizando a un análisis sobre la información que se maneja en la “mañanera” sobre los tres rubros anteriormente mencionados, su objetivo es dar una demostración de que el mandatario se expone a los medios de comunicación, pero también “prioriza el contacto con los reporteros para desplegar su narrativa y liderazgo” (Curzio y Gutiérrez, 2020, p. 81).

Sin embargo, es necesario destacar que “las conferencias matutinas son extensas y no tienen un objetivo preciso. El presidente abre el menú propuesto y los temas fluyen sobre los temas de coyuntura” (Curzio y Gutiérrez, 2020, p. 91), aunado a que el Ejecutivo ha confesado que no prepara nada, sino que habla dependiendo de su sentir.

El objetivo del mandatario es mantenerse en los medios de comunicación y no desaparecer de la agenda pública, de hacerlo desaparecería del escenario como sus antecesores y entonces las empresas de la comunicación impondrían la agenda. La lógica de las conferencias reside en que, aun cuando están presentes funcionarios del gobierno que hablan de determinados temas de acuerdo con el día, la conferencia gira en torno al discurso de López Obrador.

Autores como Leonardo Curzio y Aníbal Gutiérrez plantean que “no hay forma de validar muchos de los dichos presidenciales porque la premisa mayor es: todo lo que diga el presidente es verdad” (Curzio y Gutiérrez, 2020, p. 117). Cuando se cuestiona al mandatario, pocas veces su interlocutor recibe una respuesta favorable a su pregunta. López Obrador impone su verdad, los “otros datos” y su concepción de la ley o el poder, pero difícilmente argumenta y expone la realidad de los hechos.

El presidente mexicano es un populista, en el sentido politológico de la palabra, y es a través de su discurso, descalificando, invalidando argumentos o por medio de disertaciones, como impone su narrativa. En su sexenio, al igual que en los mandatos de otros populistas, “la libertad de expresión se ha usado como un arma política para justificar la desinformación con fines de lucro” (Rosenfeld, 2021, p. 222).

El mandatario ha sido uno de los principales impulsores de la posverdad o de información que no es fiable en su totalidad. Esto puede expresarse a partir de su conocida frase “yo tengo otros datos”, la cual hace referencia a la descalificación de argumentos o cifras que ponen en duda su labor como presidente. Esta frase ha sido utilizada en múltiples ocasiones, así como “mi pecho no es bodega”, la cual tiene el objetivo de refutar los cuestionamientos que el Ejecutivo considera que son para calumniar o desprestigiar su administración.

La esencia del discurso presidencial es el embate contra los cuestionamientos a su gobierno, una actitud del priísmo del siglo XX, del cual proviene parte de su formación política. Algunos analistas, como Raúl Cortés, han identificado que en sus conferencias el tabasqueño recurre al doble pensamiento, esto es, que puede realizar aseveraciones categóricas y luego negarlas (Cortés, 2023).

Por ejemplo, en plena pandemia de COVID-19, primero informó del incremento de contagios, pero después cayó en contradicciones al hablar de su disminución (López Obrador, 2021a). En realidad, México fue uno de los países con más decesos a nivel mundial debido a las pocas medidas que se tomaron, sumado al menosprecio de la ciencia.

El Ejecutivo llamó a quedarse en casa, no hacerse pruebas para no saturar hospitales y promovió las reuniones, a pesar de que la Secretaría de Salud había llevado a cabo la campaña de sana distancia para evitar contagios. La pandemia cobró 808.619 vidas de acuerdo con el informe independiente de COVID-19, a lo que el presidente respondió descalificando a los investigadores señalándolos de corruptos y opositores a su gobierno.

Otro elemento de las conferencias matutinas ha sido la descalificación de posturas opuestas a su gobierno o que cuestionen sus datos. Una actitud poco democrática, ya que el debate y la contraposición de las ideas es la esencia de la democracia; si una sola voluntad se impone, entonces el pluralismo se debilita. López Obrador constantemente afirma que es uno de los presidentes más atacados por los medios de comunicación, agregando que “muerden la mano que les quitó el bozal” (López Obrador, 2021b).

En democracia, los medios de comunicación forman la opinión pública, tratan de mantenerla actualizada y para ello usan los códigos de información/no información, lo que para las y los periodistas implica catalogar y discriminar notas y datos (Vallespín, 2000). Esto es algo con lo que el presidente polemiza, puesto que se queja de que “los periodistas no hacen investigación como antes”, “sirven a los grupos de interés y solo desinforman” y en algunas ocasiones el mandatario sugiere temas de investigación a los reporteros.

No obstante, la disputa por la opinión pública se ha dado entre el presidente y los reporteros. Jorge Ramos, presentador de televisión y reportero en Univisión o CNN en Español, se ha vuelto conocido por confrontar a líderes autoritarios, como Donald Trump o Nicolás Maduro. Mientras que Reyna Hayde Ramírez es fundadora del colectivo Sonora Red y su estilo se caracteriza por las interpelaciones y confrontaciones con el Ejecutivo federal.

Ambos se han enfrascado en debates con el presidente sobre las cifras en materia de inseguridad, asesinatos y casos de corrupción. Cuando el debate sube de tono, el mandatario recurre a los otros datos o a decir que es el presidente más atacado. Estos periodistas tienden a incomodar al Ejecutivo, que suele responder con descalificaciones hacia sus medios o su persona. Los señala de corruptos, de no ejercer prensa libre y de lucrar con la información en aras de desestabilizar su gobierno y la transformación del país.

Sin embargo, en comunicación y política la forma es el fondo; lo que el presidente busca es conectar con su base social a través de la polarización y la posverdad (Cortés, 2023). Similar a Donald Trump y su retórica del fraude, López Obrador busca crear la imagen de un país que no existe. Destaca que creará un sistema de salud como el de los países nórdicos, impulsa la idea de que la democracia nació en 2018 con su llegada y que con su honestidad ha limpiado a la Administración Pública.

La realidad es palpable y ninguna de las promesas antes mencionadas han sido cumplidas o tan siquiera se acercan a ello; de acuerdo con el Centro de Investigación en Políticas, Población y Salud de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el país ha retrocedido en materia de salud (Martínez, 2024); el Índice Global de Corrupción elaborado por Transparencia Internacional muestra que México ha caído a la posición 126 de 181 países (Transparencia Internacional, 2023).

La democracia se ha erosionado y el país está calificado como un modelo híbrido, un país con tintes democráticos y a la par autoritarios caracterizado por las amenazas a las autoridades electorales y al Poder Judicial, las descalificaciones hacia la sociedad civil, universidades, opositores y periodistas. De acuerdo con la medición de The Economist, desde la llegada del presidente López Obrador y su partido Morena se ha buscado dinamitar los contrapesos, por eso se cataloga a México como un país híbrido.

Es importante distinguir entre un modelo híbrido y uno autoritario; en el primero las características democráticas y autoritarias coexisten de cierta forma, mientras que en el segundo, el pluralismo y la división de poderes son casi inexistentes. México es un modelo híbrido y esto se ha ido construyendo a través del discurso que ha promovido el gobierno; se habla de una democracia verdadera, pero en realidad el país se adentra cada vez más en el autoritarismo de un solo partido. Abordar la hibridación de un régimen implica tomar en cuenta los siguientes elementos:

(hay) falta de confianza en los resultados electorales; aunque tienen un pluralismo partidista mantienen una baja participación ciudadana, entendida por la corrupción que presenta un Estado de derecho débil, al que se suma una presencia de medios de comunicación bajo presión del gobierno (The Economist, 2021).

Las claves para entender el discurso lopezobradorista son dos: 1) el presidente es un líder carismático que ha cosechado su imagen y logra generar simpatía entre la gente, y 2) su discurso se basa en apelar a las emociones, mas no a los datos o a la realidad. Al conjuntar estas variables, se encuentra la respuesta a por qué la gente cree en el Ejecutivo a pesar de los resultados de su gobierno y la realidad.

Además, el presidente no pone en marcha la comunicación gubernamental como lo hacen otros mandatarios, la cual se caracteriza por aportar datos verificables e información certera. De acuerdo con el politólogo Luis Antonio Espino (2021), el Ejecutivo hace uso de la propaganda, la cual consiste en crear una imagen y una percepción que no necesariamente está apegada a la realidad.

En consecuencia, sus seguidores creen todo lo proveniente del Ejecutivo puesto que en él reside la verdad del país y del rumbo que está tomando; asimismo, en el imaginario colectivo de sus simpatizantes cualquier crítica en su contra es asumida como una agresión. La política de las emociones reforzada con la posverdad es lo que ha gestado la polarización política bajo la cual vive el país, aunado a la defensa a ultranza de un líder que no ha demostrado recibir bien las críticas o el debate democrático.

Los gobiernos deben ser fuente de información verídica y comprobable, puesto que sus acciones repercuten en la realidad de las personas. Empero, para esto debe existir un canal de comunicación fiable que abone el debate público. En el caso de nuestro país, “al repetir sistemáticamente afirmaciones que no tienen respaldo en información verificable y abierta a los ciudadanos, López Obrador ha convertido a la institución presidencial en la principal fuente de desinformación en México” (Espino, 2021, p. 76).

En el siglo del populismo, como llama Pierre Rosanvallon al siglo XXI, la propaganda ha rebasado a la comunicación gubernamental, por lo tanto, la veracidad de la información se ha convertido en una amenaza para los populistas. Las realidades alternas se han vuelto la herramienta favorita de gobierno para algunos líderes del orbe; la posverdad ahora define a los bandos políticos y sociales y la Cuarta Transformación en México es muestra de ello.

¿Cómo combatir la desinformación desde las ciencias sociales?

Las ciencias sociales atraviesan un momento de dificultad debido al auge que han tomado las aseveraciones pseudocientíficas, que cada vez logran mayores simpatías de la sociedad. Además, las fake news y las posverdades se han convertido en un nuevo frente que los científicos sociales deberán considerar, en aras de preservar la democracia y sus instituciones. Su influencia nociva para la democracia ha cobrado relevancia debido a que algunos gobernantes se han convertido en sus principales difusores. La creación de realidades alternas o la constante reproducción de discursos que no son comprobables, pero sí aceptables por amplios márgenes de la población, han hecho que las opiniones se eleven a un nivel de una verdad que no necesariamente es cuestionada con la veracidad de datos, indicadores o información.

Ahora bien, desde la ciencia de la comunicación, las asociaciones de periodismo y algunas instituciones se han implementado campañas, manuales y metodologías para identificar las fake news o rumores. Sin embargo, en el caso específico de la ciencia política el tópico es relativamente nuevo, entonces los estudios o diagnósticos tienden a ser limitados o enfocados a ciertos casos.

Entender que el mundo de la política, la comunicación y las noticias están interconectados implica reconocer que ya no son tan distantes como se creía en el siglo pasado. Al contrario, las redes sociales y los nuevos medios de comunicación han revolucionado las formas de ejercer el poder; por ejemplo, antes relevar a un secretario o ministro era producto de un comunicado o una conferencia de prensa, hoy se realiza desde un post en una red, como relata John Bolton, exconsejero de Seguridad Nacional de Trump, en su libro La habitación donde sucedió.

La gobernabilidad democrática está basada en la información veraz, verificable y comprobable, la cual es proveída por la academia, pero también por los datos que proporcionan el gobierno y las instituciones. Hoy, algunos líderes populistas o carismáticos intentan influir en la conversación por medio de posicionamientos en redes sociales.

En redes como X, antes Twitter, con un hashtag es posible posicionar un tema en segundos y que la comunidad internauta esté hablando de él. Algunos como #BlackLivesMatter o #AsaltoAlCapitolio durante 2020 sirvieron para que mucha gente se enterara sobre el racismo y el autoritarismo que había dejado a un lado la oscuridad para salir a relucir. En un instante, gente de todo el mundo sabía lo que pasaba en Estados Unidos, lo que desencadenó posicionamientos de diversos jefes de Estado, gobiernos y académicos.

La fuerza con la que se difunden hechos en redes sociales puede ser de apoyo para dar a conocer los hechos al instante. Empero, es ahí cuando también la desinformación juega un papel en el escenario, y es en estos mismos medios en los cuales la veracidad y la falsedad se cruzan. Por ejemplo, cuando Donald Trump dijo que bebiendo cloro se combatía el COVID-19, muchos de sus seguidores comenzaron a postearlo y varios de ellos se intoxicaron.

El hashtag #ClorovsCovid se posicionó en las preferencias globales y los resultados fueron varias intoxicaciones; ante estos hechos Trump se limitó a hablar sobre otros temas y no desmintió su propuesta. Otro ejemplo reciente es el tema de la reforma judicial para la elección de jueces, magistrados y ministros mediante voto popular, la cual se señala como beneficiosa para la democracia por el presidente López Obrador y por la presidenta Claudia Sheinbaum.

A través del #ReformaJudicialYA y #ReformaJudicialVA el oficialismo y sus simpatizantes buscan posicionar el tema a través de argumentos ideologizados, sesgados o que provienen de la simpatía política. Para ilustrar, se dice que la votación de jueces es más efectiva y democrática, luego entonces, la reforma busca democratizar un poder para que ya no sea corrupto.

Partiendo de este escenario, se crea una falacia, puesto que si la elección por voto del personal judicial es la solución para combatir la corrupción, entonces no habría noticias o hechos de gobernadores, secretarios de Estado o legisladores que reproducen esta conducta. Bajo esta óptica el concepto de democracia se ha degenerado e incluso ha perdido su esencia, ya que el gobierno de la Cuarta Transformación la ha enarbolado y la utiliza en sus discursos.

Existió una campaña oficial en pro de esta reforma, la cual trató de sustentarse con una supuesta consulta popular mediante una encuesta, en la que el 80 % de los encuestados aprobó el cambio. El instrumento se aplicó a dos mil personas, cuando México tiene 127 millones de habitantes. Pese a ello, para el gobierno el resultado significaba que todo el país quería la reforma judicial.

Estos ejemplos son muestra de la propaganda de los líderes populistas, junto al uso de posverdades o fake news para enarbolar sus proyectos políticos. La arena política y la materia de estudio también se han trasladado a las redes sociales, las cuales cumplen una función legitimadora de los discursos y el ejercicio del poder. Es ahí donde los politólogos debemos realizar el análisis fino de las interacciones entre quienes ostentan el poder político y sus simpatizantes.

Esto no implica hacer a un lado los campos de estudio tradicionales, sino reconocer que la reconfiguración de los procesos de socialización y los canales para gobernar se han diversificado. Además, la ciencia política no es estática sino que obliga a refutar, cuestionar y replantear las teorías tradicionales frente a las nuevas tecnologías y los cambios sociales que cada vez son más rápidos.

El campo de estudio es próspero para los politólogos en ese aspecto, puesto que los discursos impactan en las democracias y sus instituciones. El surgimiento de estos personajes y su adaptación a un mundo interconectado hace más complejo el análisis. Aunado a que la democracia no vive su mejor momento en todo el orbe, debido al ascenso del autoritarismo que ahora ya no se implanta por la fuerza, sino por las elecciones, y que es sostenido por la desinformación.

Sin embargo, también tenemos un reto mayor ya que la desinformación y la posverdad hacen más difícil nuestro análisis. Por eso es necesario desarrollar la capacidad de discriminar y cuestionar la veracidad de los datos que exponen los actores políticos o en las redes sociales. La verificación de la información es y debe seguir siendo columna vertebral de nuestras investigaciones para no errar o sesgar los análisis.

Ahora más que nunca los cientistas sociales tenemos una función central en cuanto al funcionamiento de las democracias y su preservación. Este no debe entenderse como una oposición política o reaccionaria a ciertos liderazgos, pero sí como un aporte desde la cientificidad de nuestra disciplina para fortalecer las decisiones informadas, analizar los gobiernos y alertar sobre las consecuencias que pueden surgir de algunas políticas.

La cientificidad que durante años ha caracterizado a las ciencias sociales se está viendo rebasada por la propaganda, las opiniones y las teorías conspirativas. La comunidad académica en muchos casos intenta ser acallada por los grupos de poder a quienes les disgusta que la rigurosidad científica advierta sobre los riesgos de la democracia y algunas políticas. Estas son descalificadas como opiniones o productos de intereses oscuros para atropellar la voluntad popular.

El combate a la desinformación se nutre a través de los análisis rigurosos de cifras y datos que pretenden explicar una parte de la realidad, no su totalidad. Pese a lo cual no es una tarea que solo corresponde a la academia, a los medios de comunicación o a los gobernantes, sino también a la ciudadanía. La información actualmente está a un clic o a un deslizamiento de la pantalla y esto genera que la gente esté expuesta a un mayor volumen de datos.

Uno de los principales retos para la ciencia política es la trivialización de la información, como menciona Raúl Trejo Delarbre (2022) en Posverdad, populismo y pandemia, que se caracteriza por 1) la velocidad con la que circulan las noticias a través del ciberespacio; 2) los algoritmos encauzan a las noticias, es decir, dependen de la información consultada, el contenido informático está orientado; y 3) la difusión de noticias falsas puede ser intencional (Trejo, 2022, p. 107).

Desde las ciencias sociales no es posible atacar en lo individual o supervisar a todas las personas respecto de lo que comparten y postean. Lo que se puede hacer es que los gobiernos se acerquen a los científicos sociales para hacer diagnósticos e implementar estrategias que abonen a la concientización sobre la desinformación y el combate de las fake news. Algunas instituciones en varios países, principalmente las electorales, han impulsado estas campañas, pero sin una planeación multidisciplinaria en todos los niveles de gobierno.

Para ilustrar esto, existen los casos del Instituto Nacional Electoral (INE) en México, que ha creado Certeza INE para desmitificar mensajes de WhatsApp, videos o posts en los que se difunden noticias falsas. En Costa Rica, el Tribunal Supremo de Elecciones implementó por medio de sus redes sociales comunicados y videos para desmentir el supuesto fraude electoral y también hacer frente a las declaraciones del presidente, Rodrigo Chaves, que cuestionaban su labor.

En otras latitudes, como el Brasil, los magistrados electorales han sancionado, pero también desmentido, los dichos de algunos actores políticos que acusaban de fraudes en las urnas electrónicas. Finalmente, la Junta Nacional Electoral (JNE) de República Dominicana a través de infografías trató de combatir la desinformación acerca del voto anticipado o el sufragio en el exterior.

Como podemos ver, existen ejemplos que son motivo de análisis, lamentablemente solo se implementan durante los procesos electorales. Las pautas por seguir están presentes en todo el globo, sin embargo, es necesaria la coordinación entre instituciones, actores políticos, ciudadanía y academia para hacer frente a esta pandemia informativa. Esto no implica censurar a quienes piensen distinto, pero sí resignificar la cientificidad en aras de preservar la democracia.

La desinformación ha estado presente desde que el hombre apareció sobre la tierra y constituyó sociedades modernas, negarlo es imposible. Sin embargo, nunca había tenido tanta fuerza y consecuencias como en esta era digital, debido a la facilidad con la cual se propaga. Basta con un post y pulsar enviar para que esta pueda ser viral y llegue incluso a los medios tradicionales.

Las fake news son relativamente nuevas, puesto que el surgimiento de creadores de contenido, nuevos noticiarios e influencers ha abonado a su crecimiento. Desde la muerte de actores o personajes del espectáculo hasta la asociación de teorías conspirativas con algunos políticos. Las noticias falsas son una realidad y combatirlas debe ser un objetivo prioritario.

En cuanto a la posverdad, se ha convertido en una herramienta de los gobiernos populistas para consolidar su base social. Las cifras y hechos expuestos no son una verdad absoluta, al contrario, deben cuestionarse y analizarse a través del método científico. Sin dejar de lado su objetivo de construir un discurso que legitime el poder político, en aras de conservarlo y ejercerlo. Los cuestionamientos son válidos siempre y cuando tengan un objetivo explicativo y de contraste, de acuerdo con lo que se está exponiendo.

A manera de conclusión

El texto busca despertar el interés en los temas estudiados y corroborar a través de la selección de casos que las ciencias sociales y el ciberespacio no están tan alejados como parece. Al contrario, en estos tiempos se han convertido en parte de la materia prima, al punto que ya es posible citar tweets o posts de personajes para la elaboración de investigaciones.

La democracia y las noticias falsas no son entes aislados, sino que existe un punto donde se encuentran. Los efectos están a la vista, pero son una parte diminuta en comparación con lo que nos ha demostrado la realidad. A través del ciberespacio ya es posible saber lo que hacen los jefes de Estado: presenciar golpes políticos o rebeliones a través de videos; e incluso las redes sociales sirven como una herramienta para la protesta cívica o para la expresión de demandas hacia organizaciones y gobernantes.

Las y los politólogos tenemos un campo de estudio que cada vez se ha ido expandiendo. Nuestra materia prima se ha trasladado de un entorno físico al ciberespacio, pero las consecuencias siguen siendo las mismas. La adaptación y la evolución de la ciencia política debe ser acorde con los nuevos tiempos y con la exigencia de los retos que tienen enfrente las instituciones y la democracia.

Las redes sociales han llegado para quedarse, en consecuencia, modifican nuestro objeto de estudio, que es el poder. Estamos en un mundo cambiante e interconectado por las redes sociales, en las cuales el poder interactúa con la ciudadanía a un clic de distancia. Como se ha ilustrado a lo largo del texto, algunos liderazgos han traspasado la comunicación al ciberespacio y esto los acerca más a su base electoral.

Desde las ciencias sociales, es importante acercarnos a entender y estudiar el desarrollo de la arena política digital. Actualmente se habla de la red X (antes Twitter) como el canal que varios políticos utilizan para hacer campaña, propaganda política y compartir lo que piensan; el abanico de ejemplos es amplio, los mandatarios ecuatorianos Guillermo Lasso y Daniel Noboa, el Ejecutivo salvadoreño Nayib Bukele y el primer mandatario Javier Milei son algunos de ellos en la región latinoamericana.

La red X es una de las más utilizadas para difundir posturas políticas, discutir e incluso divulgar trabajos académicos. Las grandes universidades del mundo, entre ellas la UNAM, han adoptado canales de comunicación para dar a conocer sus trabajos, publicaciones y cosas que pasan en el día a día. Incluso diversos investigadores de todos los rubros han implementado las publicaciones electrónicas para dar a conocer sus hallazgos o debates.

Sin embargo, existen otras, como TikTok, a las cuales los políticos están migrando y se han convertido en canales de comunicación más eficientes, con mayor número de visitas y que reflejan un mayor impacto en el electorado y la ciudadanía. Desde el exmandatario ecuatoriano Lasso, que hizo campaña en el ciberespacio, pasando por ejecutivos como Emmanuel Macron de Francia, quien anuncia decisiones gubernamentales en su canal, hasta el polémico presidente venezolano Nicolás Maduro, que utiliza esta red para confrontar a sus detractores.

No obstante, se debe reconocer que en este nuevo ciberespacio también existen diversas fuentes que no son confiables y solo desinforman. Lamentablemente, los internautas abordan con mayor facilidad estas publicaciones que pueden ser falaces o no. Basta con que una persona de renombre o con varios seguidores comparta un post para que se dispare de forma exponencial.

Las redes sociales son una realidad que debe ocupar y preocupar a las y los científicos sociales para tratar esta discusión y proponer soluciones o métodos para hacer frente a la desinformación, posverdades y fake news. Sus efectos en las naciones no solo son la caída en los indicadores de democracia en el mundo, sino que se materializan en hechos como el asalto al Capitolio de 2021, el intento de toma de los poderes en Brasil de 2023 o las descalificaciones y hostigamiento hacia periodistas críticos, como ocurre en el caso de México.

Las consecuencias pueden contribuir a la erosión democrática, a fomentar la debilidad institucional y a la adopción de discursos falaces en aras de defender un liderazgo. Por eso considero que la desinformación, las noticias falsas y las posverdades son virus que enferman a las democracias y en general a las naciones. Sobre todo, en un contexto donde el autoritarismo ha resurgido, pero ahora toma el poder mediante la vía electoral y desde dentro dinamita los sistemas de pesos y contrapesos.

Los científicos sociales debemos ser una especie de médicos de la democracia que identifiquen estos síntomas y brinden soluciones para que los países desarrollen estrategias, como si de anticuerpos se tratara, para hacer frente al problema. Por eso es importante que nos involucremos en este nuevo espacio que ha cambiado la forma de hacer política. Conocer y analizar sus implicaciones no será una labor fácil, pero por algún lado debemos comenzar.

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  1. Licenciado en Ciencia Política y Administración Pública por la UNAM. Colaborador de W Radio Colombia, Conductor del programa: “Café, política y algo más”, producido por Proyecto Radio Mx, y columnista en Latinoamérica21.


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