Pablo Mansilla Quiñones y Andrés Moreira Muñoz
Los animales y sus movilidades han sido relegados a un segundo lugar de importancia en las ciencias sociales, centradas en comprender las movilidades humanas, y han sido entendidos como simples dispositivos de transporte a tracción de sangre, o como recursos que deben ser transportados de un lugar a otro. En esta entrada se propone ir más allá de los enfoques antropocéntricos de la movilidad. Por una parte, estudia la movilidad de los animales, es decir, la manera en que los animales pueden ser considerados actores con agencia en el mundo, que despliegan prácticas individuales o grupales de movilidad. Así, este enfoque promueve comprender la manera en que los animales viven y significan experiencias espaciales móviles. Al mismo tiempo, implica reconocer las movilidades con animales, es decir, la manera en que las movilidades animales y humanas se encuentran estrechamente enredadas, generando relaciones de apoyo mutuo, dependencia, poder y conflicto, entre otras formas de encuentro de sus trayectorias de movilidad, en las cuales es difícil distinguir los límites de lo humano y lo animal.
Esta entrada sobre movilidad animal se estructura en cinco secciones. En la primera parte, se aborda la relevancia del estudio de la movilidad animal en el contexto de los cambios socioambientales. Luego de especificar la diferencia entre movimiento y movilidad animal, se explica de qué manera se ha estudiado esta última. En cuarto lugar, se detallan los principales métodos utilizados en el estudio de la movilidad animal. Finalmente, se aborda la ausencia de debate sobre movilidad animal en América Latina y los posibles caminos que pueden tomarse.
Por qué es relevante el estudio de la movilidad animal
El estudio de las movilidades animales reclama un lugar en la teoría de la movilidad especialmente en el contexto del Antropoceno, donde las diversas formas de vida comenzaban a moverse a un ritmo acelerado como respuesta al cambio global (Baldwin, Fröhlich y Rothe, 2019; Bettini, 2019; Fishel, 2019). Los estudios recientes sobre animales parten de la premisa de que estos habitan mundos significativos (Von Uexküll, 1934), y rechazan la epistemología humanista en la cual el “significado” es patrimonio exclusivo de los sujetos humanos (Hodgetts y Lorimer, 2018; Bekoff, 2007; Ingold, 2011). De este modo, los estudios de movilidad animal buscan comprender la manera en que las prácticas de movilidad de humanos y animales se ensamblan en tramas de complejas relaciones de existencia y significado. Al mismo tiempo, si pensamos el estudio de la movilidad como un enfoque (Jirón e Imilan, 2019), el análisis de las movilidades animales nos permite superar las perspectivas estáticas de la naturaleza, cuyas múltiples especies (incluidas las humanas) han intentado ser delimitadas y confinadas al interior de áreas naturales (de conservación, protección, etc.). El enfoque de la movilidad habilita a reflexionar sobre la manera en que los movimientos animales se reproducen a diversas escalas espaciales y temporales transgrediendo los límites impuestos por los humanos.
La preocupación por lo animal se viene planteando durante los últimos años, en las ciencias sociales y las humanidades, en la noción de “geografías animales” (Buller, 2014), unida al “giro multiespecie” (Venegas, Moreira Muñoz y Mansilla Quiñones, 2022). Tales nociones han generado una profunda crítica a las perspectivas especistas y antropocéntricas que han primado en los estudios espaciales. Estos giros emergieron a partir de la necesidad de superar la fractura entre lo natural/cultural y lo humano/animal, que se han impuesto en el contexto de las formas de dominio y explotación de la naturaleza bajo la matriz de razón moderna, capitalista y colonial (Alimonda, 2011; Hovorka, 2017). Reconocer que los animales y los demás seres vivos, como plantas (Pitt, 2015), hongos, microbios, entre otros, tienen una ontología propia, tienen su lugar en el mundo y deben ser examinados desde una perspectiva afectiva y sintiente (Giraldo y Toro, 2021). Al mismo tiempo, estas perspectivas permiten escudriñar la manera en que la vida humana y “más que humana” (Kirksey y Helmreich, 2010) tiene agencia en el mundo, y la manera en que esta se enreda en entramados relacionales de existencia en los que la distinción humano-animal se diluye.
La movilidad va necesariamente de la mano con la posibilidad de la interrupción de la movilidad (Adey et al., 2021) (ver “Espera”). La (in)movilidad también afecta a las infraestructuras (ver “Infraestructuras de movilidad”) que detienen o entorpecen los desplazamientos animales, y muchas veces generan la muerte en el contexto de las huellas del Antropoceno (Fishel, 2019). Hoy se ha vuelto paradigmática la inmovilidad causada por la pandemia del covid-19. De una forma, la cuarentena afecta a los humanos y libera a los animales (Durand, 2020), y de hecho se han visto con mayor frecuencia pumas en la periferia de grandes ciudades como Santiago (Venegas, Moreira Muñoz y Mansilla Quiñones, 2022). Siguiendo las propuestas de gran parte de los autores citados en este texto, y de muchos etólogos antes de ellos, es posible encontrar las rutas para transitar en el tiempo del Antropoceno/Capitaloceno hacia una “inmersión apasionada en las vidas de los otros seres no-humanos” (Durand, 2020; The Multispecies Editing Collective, 2016; Van Dooren et al., 2016). Sin embargo, dicha ruta está plagada de dificultades, pues, como señala Giucci (2018b), es importante comprender también el movimiento humano en su condición animal.
Movilidad y movimiento animal
Una perspectiva más amplia nos lleva a considerar no solo el feble concepto de “animal” (Ingold, 2016), sino lo que nos rodea y está vivo, que de una u otra forma se encuentra en movimiento, aunque sea de manera casi imperceptible a la percepción humana (Southern et al., 2018). En efecto, el movimiento de los animales es indispensable para sostener las relaciones socioecológicas que permiten la vida de humanos y animales.
Uno de los primeros y más relevantes trabajos que han delimitado este emergente e innovador campo de estudios ha sido desarrollado por Hodgetts y Lorimer (2018), quienes distinguen entre movilidad y movimiento animal. Definiendo la movilidad animal como “la experiencia animal encarnada, afectiva y vivida de las movilidades” (Hodgetts y Lorimer, 2018: 5), desde una perspectiva antiespecista que reconoce a los animales como seres significantes que habitan atmósferas afectivas y que tienen capacidad de agencia en el mundo a través de sus movilidades. Según los autores, estas movilidades animales se encuentran relacionadas y moldeadas por la acción humana, y, por lo tanto, están insertas en relaciones de poder. Al respecto, trabajos como los de Creswell (2014) abordan la movilidad animal desde una perspectiva crítica que analiza la manera en que los animales y sus cuerpos participan en circuitos capitalistas de producción que se encuentran sujetos a diversas formas de movimiento.
Por otra parte, el concepto de movimiento animal es un término que se reserva para los desplazamientos en el espacio euclidiano, entendido en términos de coordenadas espaciales, factible de ser registrado mediante modelos mecánicos de comportamiento etológico, por ejemplo, a través de modelos producidos mediante sistemas de información geográfica, análisis de big data, dispositivos GPS, análisis isotópicos, entre otras modernas técnicas de geolocalización que permiten analizar los patrones de desplazamiento animal (Kays et al., 2015). En este enfoque, se registran diversos estudios que analizan la manera en que los elementos de la geografía física de un territorio, así como las infraestructuras humanas (autopistas, rejas, puentes, o incluso corredores de vida silvestre), facilitan o dificultan el movimiento de distintos grupos animales (Hodgetts y Lorimer, 2018).
Reconocer el movimiento de los animales y su relación con el movimiento en humanos, y dónde ocurren los cruces, así como visibilizar dichos cruces para relevar posibles encuentros (¡y choques!), permite promover un actuar humano más consciente en relación con los animales en el contexto de las fracturas que expone el Antropoceno. Esta recomposición y reconocimiento de relaciones es lo que ha sido tratado como una “inmersión apasionada en las vidas de los otros seres no-humanos” (Tsing, 2011, citado en Van Dooren, Kirksey, y Münster, 2016: 5). Al mismo tiempo, el estudio de las movilidades interdependientes que resultan de la cohabitación entre humanos y animales permite generar alternativas en el contexto del Antropoceno desde la perspectiva de la convivencialidad (Pizarro y Larson, 2017), inspiradas en los trabajos de Marta Tafalla en la propuesta de su libro titulado ECOAMINAL: Una estética plurisensorial ecologista y animalista (2019).
Cómo se ha estudiado la movilidad animal
Aunque existen pocos estudios, la literatura disponible muestra que la movilidad animal se da en distintas escalas espaciales y temporales (Hodgetts y Lorimer, 2018), atendiendo también al tamaño del ser en movimiento (desde microbios a ballenas). Los trabajos científicos sobre movilidad y movimiento animal se han concentrado principalmente en cuatro campos:
- Ecología del movimiento animal;
- Experiencia de movilidades animales y humanas en el Antropoceno;
- Geografía política y movilidades animales; y
- Geografía cultural de la movilidad humano-animal.
El primero corresponde a la ecología del movimiento, donde se examina el movimiento animal, los patrones de comportamiento y distribución de las especies, así como la relación entre movimiento y conservación de la biodiversidad. Estudios como los de Costa Pereira et al. (2022) analizan desde la perspectiva de la ecología comunitaria el movimiento de especies, las interacciones y asociaciones ambientales mediante herramientas GPS, la teledetección y la ecología del comportamiento. Asimismo, el trabajo de Kays et al. (2015) plantea nuevos avances en la investigación sobre movimiento animal mediante dispositivos de posicionamiento global. Tal aproximación permite rastrear no solo los distintos recorridos, sino que el uso de animales como sensores del medio ambiente posibilita también determinar las causas y consecuencias de sus prácticas de desplazamiento.
En un giro reciente de los estudios sobre movimiento animal, Miller et al. (2018) intentan superar las dicotomías entre el análisis del movimiento animal y el movimiento humano. Desde perspectivas cuantitativas y análisis de datos de diversas fuentes geotecnológicas, proponen avanzar hacia una ciencia integrada del movimiento que comprenda los cruces y las relaciones entre ambas especies.
Algunos puntos en común entre los estudios del movimiento animal y humano son los métodos para recopilar, gestionar, analizar y visualizar los datos de objetos en movimiento. Así, para los autores hay puntos de vista, teorías y métodos que pueden ser compartidos entre ambos campos de investigación, que podrían contribuir a generar avances científicos (ver “Métodos móviles”). De forma complementaria, Urška Demšar et al. (2021) han profundizado en la investigación de una ciencia integrada del movimiento incorporando las visiones no solo de expertos, sino de una ciencia que opera desde abajo hacia arriba.
Un segundo grupo se aproxima a la relación entre el enfoque de movilidad y los animales en el contexto del Antropoceno. Estos estudios incorporan una mirada descriptiva y comprensiva sobre las relaciones multiespecie en el contexto de prácticas de movilidad. Por ejemplo, el trabajo de Tucker et al. señala que “el movimiento de los animales es fundamental para el funcionamiento de los ecosistemas y la supervivencia de las especies” (2018: 1), y este se estaría viendo perjudicado por la acción humana, que afecta las relaciones ecológicas en las cadenas tróficas. A escala planetaria, los flujos de materia y energía regulan la movilidad no humana (Szerszynski, 2016). Desde una perspectiva etnográfica multisituada y de movilidad global, se ha estudiado, por ejemplo, la caza de ballenas por pesqueras industriales japonesas (Blok, 2010).
Ejemplos de este tipo de estudios pueden ser encontrados en trabajos como los de Pizarro y Larson (2017), quienes, en Raíces emplumadas y rutas migratorias, analizan la manera en que los migrantes que llegan a Canadá y Estados Unidos poseen conocimientos sobre aves de los lugares de origen y destino, identificando las rutas que siguen estos conocimientos. Los autores ponen atención en la manera en que estos resultados nos demuestran las transformaciones en la movilidad de las experiencias naturo-culturales que se dan en el contexto del Antropoceno. De igual forma, Baird y Manorom (2019), al abordar el caso de pescadores artesanales del pueblo indígena Laos en Tailandia, utilizan la teoría del actor red y la ecología política para realizar una investigación que vincula movilidad de conocimientos situados asociados a los animales. Los resultados demuestran la manera en que los conocimientos asociados a la movilidad de los cardúmenes se encuentran afectados por las transformaciones de sus desplazamientos en el contexto de cambio ambiental generado por el ser humano.
El trabajo de Fishel (2019) analiza la relación entre humanos y animales con las infraestructuras de movilidad (ver “Infraestructuras de movilidad”), las cuales son entendidas como parte de las huellas materiales del Antropoceno. El artículo invita a pensar de forma creativa las relaciones de los animales con las infraestructuras y el diseño de carreteras de forma ética con el fin de asumir la muerte y el sufrimiento animales generados por las infraestructuras que facilitan la movilidad humana.
Por último, otra perspectiva de esta relación entre movilidades animales y humanas es desarrollada por Schuurman y Syrjämaa (2021), quienes analizan los animales de compañía, tomando como caso de estudio los hogares de Finlandia, y abordando la movilidad conjunta de animales y humanos en múltiples escalas espaciales, que van desde las movilidades dentro y fuera del hogar, hasta las trayectorias transnacionales. Sobre la evidencia recabada, buscan comprender las agencias animales frente a los humanos, y la forma en que se generan hogares multiespecie.
El tercer ámbito de discusión sobre movilidad animal enfatiza la geografía política de la movilidad animal. Shell (2018) analiza los convoyes de elefantes utilizados para transporte y carga en Birmania y la India. A través de una combinación de trabajo de campo, observación y análisis de archivos históricos, el autor busca comprender la relación entre movilidad con animales y subversión política, analizando el caso del uso de elefantes en el contexto de conflictos armados modernos. De igual forma, el trabajo de Gutkowski (2020) aborda el uso de animales y sus cuerpos en el contexto del control de la movilidad fronteriza entre Israel y Palestina.
Brown et al. (2019) proponen comprender cómo los animales desafían las geografías de la propiedad privada a través de sus prácticas de movilidad –tomando como referencia las prácticas de pastoreo de renos– y de qué manera esto incide en la noción de “justicia espacial” no solo desde la perspectiva de la ocupación fija de un lugar, sino de acuerdo con la circulación sobre espacios geográficos. La resignificación (bio)política de las líneas imaginarias que dejan las aves migratorias ha sido utilizada por grupos ambientalistas que han considerado a las aves como indicadores no humanos para visibilizar y comunicar los daños muchas veces ocultos de la contaminación (Rodríguez Giralt, 2015). También se analizan los problemas de injusticia social que emergen a partir de la superposición entre las movilidades de especies y la búsqueda de mejores formas de relación entre especies (convivencialidad interespecífica) (Scott, 2020).
Por último, un cuarto grupo de investigadores (investigaciones del ámbito de la antropología, geografía, agronomía) se preocupa del estudio de la geografía cultural de la movilidad humano-animal para comprender las geografías pastoriles y las identidades culturales que emergen de la trashumancia. El viaje del ser humano ha sido en compañía, “con” y “por” los animales, sea por necesidad o deporte, en pos de la trashumancia pastoril o huyendo de ella. Ya sea con renos en Siberia (Vitebsky y Alekseyev, 2015) o con llamas en los Andes, ello incluye el control simbólico de los lugares (Tomasi, 2013), así como una “inmanencia trascendente” en la relación humano-animal y “lo sacro” implicado en dicha relación (Deleuze, 2001; Sullivan, 2014). Es lo que Ingold (2006) trata como el regreso a un animismo en el cual lo animal tiene evidentemente una posición trascendental. Y lo que desde América Latina Viveiros de Castro, desde el perspectivismo amazónico, describe como “estado de ser ontológico donde el yo y el otro se interpenetran, sumergidos en el mismo medio inmanente, presubjetivo, preobjetivo” (Viveiros de Castro, 2004: 464, citado por Sullivan, 2014).
Métodos para estudiar las movilidades animales
Una posibilidad de acercamiento metodológico sistemático a las movilidades animales ha sido propuesta por Hodgetts y Lorimer (2018), quienes distinguen cuatro campos de estudio:
- Seguimiento, detección y modelado, que corresponden a todos aquellos estudios enfocados al seguimiento y la proyección del movimiento de las especies mediante técnicas GPS, análisis de ADN o de isótopos, entre otras técnicas que permiten comprender trayectorias de movimiento o el origen-destino espacial de los animales.
- Evocación, que corresponden a una serie de trabajos audiovisuales y del cine que se han encargado de retratar y narrar el movimiento de los animales. Desde videos aficionados en YouTube hasta las narrativas del video documental naturales, se exploran una serie de técnicas que permiten representar lo animal. Estas evocaciones audiovisuales logran internarse de maneras creativas e impensadas en las movilidades animales mediante nuevos dispositivos como drones, cámaras de acción o cámaras lentas entre otras.
- Etología y etnografía multiespecie, la primera corresponde al estudio del comportamiento animal, mientras que la segunda, a una caja de herramientas basadas en la observación de las relaciones humano-animal. La etnografía multiespecie también se encuentra influenciada en muchos casos por la teoría actor-red, que comprende las relaciones entre actores humanos y más que humanos más allá de las dicotomías naturaleza y cultura.
Las etnografías multiespecie es una de las principales herramientas metodológicas que se vienen utilizando desde el giro epistemológico animal. Si bien las etnografías multiespecie no trabajan explícitamente con el enfoque de movilidad, poseen un gran potencial para integrar los métodos móviles de observación de las relaciones humano-animal. Uno de los artículos más relevantes sobre este tema es el trabajo de Kirksey y Helmreich (2010), donde los autores profundizan la manera en que la antropología y las ciencias sociales han comenzado a crear nuevas etnografías y narrativas que abordan el estudio de las historias sociales que se construyen entre animales y humanos de forma enmarañada. Así, los autores proponen que la etnografía multiespecie confiera “énfasis en la subjetividad y la agencia de los organismos cuyas vidas están entrelazadas con las de los humanos” (Kirksey y Helmreich, 2010: 566).
Al respecto Buller (2014) señala que uno de los principales desafíos metodológicos en el giro animal tiene relación con realizar etnografías que vayan más allá de la entrevista a los humanos sobre sus relaciones y significados con los animales. El esfuerzo está en aproximarse a la significación ontológica del otro animal. Desde esta perspectiva, el autor reconoce trabajos etnográficos que parten de la base del animal como un ser consciente de su agencia en las relaciones humano-animal. Consecuentemente, la etnografía efectúa una “observación empática e interpretativa de la forma en que se practican y realizan los intercambios entre humanos y no humanos entre ‘sujetos en interacción’ que tienen ‘biografías compartidas’” (Buller, 2014: 4).
Otra de las metodologías ampliamente utilizadas en el giro animal corresponde a la teoría del actor-red, que, como señala Buller, busca “enfatizar la práctica relacional y la agencia no humana, y de revelar multiplicidades” (Buller, 2014: 5). Desde este enfoque metodológico, se propone comprender la manera en que los animales se vuelven actantes sociales que se entrelazan en redes sociotécnicas con otros animales, humanos y objetos.
Un aspecto importante para considerar en el trabajo etnográfico es la dimensión relacional de las tramas de vida de actores humanos y más que humanos. Por ejemplo, el trabajo de Ana Tsing (2015) sobre la vida de los hongos es un claro ejemplo de cómo el relato etnográfico de los hongos permite narrar la historia de diversos lugares, personas, especies y objetos que se encuentran entrelazados por las relaciones de vida que se establecen entre ellos, y la forma en que están atravesados por la historia, la política, la economía o la cultura. El trabajo de Haraway (2020) también ha sido inspirador en este giro multiespecie, en particular en la descripción sobre los animales de compañía y las profundas relaciones de existencia que generan con los humanos, al punto que sus ontologías se confunden y hacen difusa la distinción entre lo humano y lo animal.
Movilidades de animales y con animales en América Latina: un camino que recorrer
En América Latina, la mayor parte de los estudios corresponden a investigaciones de las ciencias ambientales que abordan el movimiento animal desde una perspectiva de su desplazamiento y distribución ecológica (Bravo et al., 2017). Estos estudios se basan en el seguimiento mediante dispositivos GPS y de telemetría para el trazado de los tracks de recorrido que dejan los movimientos animales. Del mismo modo, destaca el uso de sistemas de información geográfica especializados para el análisis de los patrones de movilidad y distribución de especies.
Un segundo grupo de investigaciones se sustenta desde una perspectiva antropológica y geográfica, en el estudio de los ensamblajes entre movilidades animales y humanas. La temática más abordada en América Latina son los estudios de trashumancia pastoril (Mora Ledesma, 2013), siendo posible encontrar literatura en Patagonia chilena y argentina, así como también en zonas altiplánicas, que dan a conocer las movilidades conjuntas de arrieros con piños de ovejas, caballos, perros ovejeros, entre otros animales con los que cohabitan en estas prácticas de trabajo.
Desde una perspectiva histórica, se suma la reflexión sobre la manera en que los animales fueron utilizados como vehículos de tracción a sangre que posibilitaron gran parte de las movilidades de personas y objetos hasta antes de la incorporación de los vehículos motorizados, a inicios del siglo xx (Booth, 2013), y la forma en que ciudades, como Santiago de Chile, se adaptaron para la circulación de miles de animales que se movilizaban por las calles de manera que generaban un problema para la planificación urbana e higienismo.
Si bien los estudios que incorporan el giro animal aún son escasos en América Latina, cabe destacar el dossier de la revista Tabula Rasa, que reunió a diversos investigadores sobre el giro etnográfico multiespecie. Aunque tales investigaciones no priorizan un abordaje desde el enfoque de movilidad, existen algunos interesantes estudios sobre movilidad animal-humana. Lázaro Terol (2021), a través de la etnografía visual digital, explora el mundo de los perros guía que acompañan las prácticas de movilidad de las personas no videntes, interrogándose sobre cómo se dan estas relaciones humano-animal y las representaciones sociales que se generan de esta relación a través de internet. Otro trabajo es el de Fanaro (2021) sobre los perros de trineo y los mushers o conductores de trineo en Tierra del Fuego, que describe la forma en que estos desarrollan la práctica del mushing y los conocimientos, las corporalidades y las habilidades involucradas en el movimiento. Por su parte, Adolfo Ortega (2019) describe el uso de perros bravos en barrios peligrosos y con narcotráfico en la Ciudad de México como medio de defensa y protección.
No obstante, los cruces entre las geografías animales y las movilidades como objeto o enfoque de estudio aún son poco comunes en América Latina. Por tanto, el estudio de las movilidades animales y sus ensamblajes con la movilidad humana representa un camino que recorrer. Uno de los pocos trabajos en la región realizado desde el giro de la movilidad lo desarrolla Salazar Arenas (2019), quien propone que el descentramiento del
análisis de la vida urbana de lo puramente humano permite acceder a una complejidad que a la vez involucra lo concreto, lo tangible, las representaciones, las narrativas y los discursos, más allá de la retórica ciudadanista que tiende a desmaterializar las relaciones sociales (Salazar Arenas, 2019: 36).
Respecto al encuentro entre el giro de la movilidad y el giro animal, es posible plantear algunas particularidades que este debate puede adquirir en América Latina, a partir de reflexiones epistemológicas recientes que trascienden la fractura entre naturaleza y cultura, y entre lo animal y lo humano. El primero tiene relación con el giro decolonial y la discusión sobre la colonialidad de la naturaleza, que se refiere a la manera en que la razón moderna –colonial occidental– ha primado sobre nuestras formas de concebir y actuar frente a la naturaleza, y, por supuesto, frente a lo animal. Así, la naturaleza es representada como una realidad externa a lo humano, mientras que lo animal es cosificado y reducido a un recurso bajo el dominio colonial. Desde una perspectiva decolonial, se ha incorporado el análisis de las prácticas de movilidades indígenas que comúnmente se encuentran asociadas al movimiento con otras especies y a lecturas de los cambios ambientales (Whyte, Talley y Gibson, 2019).
Al respecto, trabajos como los de Sánchez Maldonado (2018) describen los conflictos ontológicos y políticos que se desprenden de la producción camaronera en Colombia. Señala Sánchez Maldonado algunos conceptos relevantes para el debate latinoamericano. Uno de ellos es el de “entramados humano-naturales”, desarrollado por Arturo Escobar como una concepción ampliada del territorio que integra una perspectiva relacional de las diversas formas de vida humana y más que humana. Es de suponer que estos entramados humano-naturales se configuran a partir de múltiples movilidades humanas y más que humanas que confluyen en redes de existencia.








