Paola Jirón y Constanza Ulriksen Moretti
La llamada “economía GIG” o “economía a demanda”, junto con la masificación de los teléfonos móviles inteligentes, han favorecido el surgimiento de trabajos móviles digitales (TMD). Es decir, prácticas laborales realizadas en movimiento, generalmente en áreas urbanas, sin estar fijas o emplazadas en un único territorio, y para las cuales los trabajadores utilizan las plataformas digitales con el fin de encontrar uno o varios trabajos. Se trata de un fenómeno asociado principalmente al campo de los estudios laborales, en particular al relativamente reciente campo de empleos digitales, en el cual se explora la intersección entre lo digital con trabajo y ocio, así como la difuminación de estas dos categorías (Jarret, 2019; Fuchs y Sevignani, 2013). Sin embargo, al abordar este tipo de trabajos desde la mirada de las movilidades, de los trabajadores y sus prácticas, así como del lugar de trabajo, entre otros elementos, se empieza a desdibujar y a dar forma a un fenómeno que resulta complejo de clasificar.
Los trabajadores móviles digitales se pueden clasificar en cinco tipos (Jirón et al., 2021): primero, conductores o drivers que realizan servicio de transporte de pasajeros u objetos, ya sea por medio de una aplicación como puede ser Uber, Didi, Cabify, Beat, entre otras, o no; segundo, repartidores o deliverers, quienes también pueden utilizar una plataforma como Rappi, UberEats, PedidosYa, Bicci; tercero, los shoppers, quienes no solo reparten una compra o pedido, sino que además buscan, en nombre de un cliente, los productos del pedido en un establecimiento (el caso más emblemático es Cornershop); un cuarto tipo, el profesional remoto, llamado también “teletrabajador” o cloud worker (Schmidt, 2017; Woodcock y Graham, 2020), que trabaja a distancia desde distintos sitios de la ciudad en la que habitan (casa, café, espacio cowork, espacios públicos); finalmente, los nómadas digitales, que son profesionales que trabajan mientras viajan de una ciudad a otra (Thompson, 2018; Mancineli, 2020).
Si bien los cinco tipos de TMD utilizan Internet y dispositivos tecnológicos como herramientas, el teléfono móvil o el computador portátil, el recurso productivo es diferente. Para los conductores, repartidores y shoppers, el principal recurso son sus cuerpos en movimiento o su capacidad de moverse por la ciudad, mientras que, para los profesionales remotos y nómadas digitales, es su formación profesional o las habilidades cognitivas adquiridas en estudios técnico-universitarios. Otra diferencia es que, para estos dos últimos, las plataformas están basadas en la web (crowdwork platforms), y, para los primeros, en la geolocalización, dado que la realización del servicio se hace materialmente (Berg et al., 2018, en Asenjo y Coddou, 2021). No obstante, estos TMD comparten ciertos rasgos comunes, en cuanto son trabajos inestables y ocasionales, no cuentan con contrato, empleador, ni seguros por accidente o enfermedad, son evaluados por el desempeño a través de la plataforma digital utilizada y no por el tiempo dedicado, e implican la disponibilidad o posibilidad de trabajar en cualquier momento y lugar. Esto último se estima como positivo en términos de flexibilidad, pero aún no se evalúan los costos asociados de estas potenciales jornadas 24/7 en la salud de los trabajadores.
Esta entrada ofrece una genealogía del concepto, seguida de una caracterización de los trabajos móviles digitales, rasgos comunes compartidos en diferentes contextos. Luego, se adentra en este fenómeno en el contexto particular de Latinoamérica y ofrece líneas de investigación que lo aborden desde la perspectiva de las movilidades.
Genealogía del concepto
La genealogía de la noción de “trabajos móviles digitales” proviene de investigaciones sobre las ciudades inteligentes o smart cities en Santiago de Chile y los procesos de transformación digital de la ciudad, la economía y la sociedad (Jirón et al., 2021) (ver “Comunicaçao, mídia e mobilidade”). Dichas investigaciones han identificado que las nuevas formas de trabajo digital en la ciudad, vinculadas al uso de plataformas de servicios, utilizan la infraestructura urbana, pero ni las plataformas digitales ni los trabajadores o socios colaboradores pagan por su uso, pese a las evidentes transformaciones e impactos en el espacio vial y espacio público. La noción de “trabajos móviles” proviene también de investigaciones relacionadas con la flexibilidad laboral y movilidad urbana en Chile (Jirón e Imilán, 2015), las cuales observan que las condiciones de un mercado laboral extremadamente flexible afectan la vida cotidiana de los habitantes, que se ven obligados a entrelazar lugares de trabajo dispersos, articular múltiples empleos en una misma jornada laboral o utilizar la movilidad tiempo-espacio para el teletrabajo.
Tras estos trabajos móviles digitales, existen profundos cambios en la matriz económica de las sociedades contemporáneas, cambios que se deben añadir a un análisis genealógico del fenómeno, de modo de dar cuenta de su pasado plural (Bevir, 2008, en Ulriksen, 2019). En particular, la economía GIG, llamada también “economía a demanda”, “de plataforma” o “colaborativa” (De Stefano, 2016; Gandini, 2019; Woodcock y Graham, 2020; Graham et al., 2017), se caracteriza por contratos o convenios de trabajo a corto plazo (Schmidt, 2017), pagos por tarea realizada (reparto, traslado, etc.), horarios irregulares basados en la demanda del cliente, trabajadores que proveen parte o todo el capital (teléfono móvil, bicicleta, automóvil, mochila, etc.) y plataformas que organizan el trabajo y proporcionan el servicio (Stewart y Stanford, 2017). Esta economía GIG es un proceso global con ciertas características comunes con el norte global, pero que presenta ciertas particularidades en Latinoamérica (Madariaga et al., 2019; Alarcón, 2019; Stefoni, 2018; Azuara et al., 2019). Desde aquí se pueden identificar denominaciones como on-demand platform workers (DeVault et al., 2019) y gig workers (Kuhn y Galloway, 2019), provenientes del norte global, las cuales son diferentes a los trabajadores informales (ver “Informalidad urbana”) de las realidades latinoamericanas.
Seis aspectos comunes de los trabajos móviles digitales
Se pueden reconocer seis aspectos de estos trabajos móviles digitales que son compartidos entre las realidades del norte global y de Latinoamérica. Primero, las discusiones en torno a flexibilidad y precariedad laboral de esta nueva economía GIG (Zwick, 2018; Alarcón, 2019; Fairwork, 2019; Woodcock y Graham, 2020). Si bien existen trabajadores que valoran la relativa flexibilidad experimentada en la selección de horarios y lugares de trabajo (Asenjo y Coddou, 2021), estos trabajos (re)producen procesos de precarización laboral en dos sentidos: por un lado, las plataformas transfieren costos, riesgos y responsabilidades a quien oferta y demanda el servicio (Schmidt, 2017), muchas veces con impactos en el bienestar personal de los trabajadores (Asenjo y Coddou, 2021); y, por otro lado, se produce una precarización de las bases productivas en cuanto estas plataformas no ofrecen perspectivas educativas que mejoren la carrera (Fairwork, 2019; Doorn, Ferrari y Graham, 2020).
Un segundo aspecto de estos TMD es la falta de clasificación o clasificación errónea de los trabajadores (Aloisi, 2016; Gauthier, 2016; Florisson y Mandl, 2018; Ruiz, 2016). Las nuevas formas de trabajar de estos TMD tensionan los tradicionales debates en torno a la economía informal planteados por la OIT a principios de los años 2000 (Leiva, 2012; De la Garza, 2017), ubicándose en la zona gris entre el trabajador asalariado e independiente. El debate se aleja del binomio formal-informal y se concentra en la lógica de subordinación o dependencia. Sin embargo, nuevas clasificaciones como las de trabajador autónomo o independiente son contestadas por denominaciones como las de “falso autónomo” (Leiva, 2012; Srnicek, 2016; Veen et al., 2019), refiriéndose a la subordinación oculta tras un acuerdo o convenio de trabajo autónomo.
En concreto, aún no existen categorías ni datos disponibles para caracterizar este tipo de trabajadores a partir de los instrumentos tradicionales de medición de empleo (Jirón et al., 2021). No obstante, a partir de la pandemia provocada por el covid-19, han surgido algunos estudios en la región que intentan dar cuenta de trabajadores por plataforma, en particular repartidores y conductores por aplicación (Asenjo y Coddou, 2021; BID, 2021).
Otra característica que define a los TMD es la asimetría de poder producida por la desigualdad sistemática de información, en la cual las plataformas digitales actúan como cajas negras, en cuanto son las únicas que manejan toda la información y las comunicaciones entre oferta y demanda (Fernández Trujillo, 2020; Rosenblat y Stark, 2016; Veen et al., 2019). Por un lado, las plataformas disponen de los datos sobre los comportamientos de los trabajadores con el fin de asegurar un buen servicio, aludiendo a una objetividad algorítmica (Gillespies, 2014), y, por otro, ellas se reservan, además, el derecho de no hacer públicos tales datos ni las lógicas tras tales algoritmos, por razones de libre competencia. Sin embargo, el funcionamiento del algoritmo es opaco, haciendo el pago incierto y el tiempo de espera, inherente a este tipo de tareas, una fuente de ansiedad para los trabajadores (Maulat, 2020). Por su parte, el mediador que cobra por vincular demanda y oferta gana (Zunino Singh y Máximo, 2020), sin que nadie pueda acceder a esa información.
La necesidad de más investigación sobre el rol de la fuerza de trabajo migrante es un cuarto aspecto de los TMD. Sin ellos, las plataformas no podrían mantener una oferta de mano de obra estable y, por lo tanto, funcionan como un ejército de base (Woodcock y Graham, 2020; Graham y Anwar, 2019; Goods, Veen y Barrat, 2019; Zwick, 2018). En este mismo sentido, estudios han mostrado cómo trabajadores migrantes que se encuentran en situaciones precarias, algunos de ellos indocumentados, sufren de situaciones de explotación, por ejemplo, repartidores o conductores que subarriendan sus cuentas a trabajadores migrantes que no pueden registrarse en las plataformas puesto que requieren haber obtenido la nacionalidad para poder hacerlo (Maulat, 2020). Identificados incluso como los esclavos (Hidalgo y Salazar, 2020), estos trabajadores migrantes explotados además deben trabajar mucho más para subarrendar la cuenta y tener ingresos suficientes.
Un quinto elemento es la existencia de un control digital espacial y temporal sobre los trabajadores que contradice los principios declarados de autonomía y flexibilidad (Woodcock y Graham, 2020; Fernández Trujillo, 2020; Zwick, 2018; Guerra y Da Costa, 2019), respaldando la categoría del falso autónomo mencionada anteriormente. Desde la lógica de la plataforma, se analizan los datos y se busca la mayor eficacia para que el trabajador cumpla con su próxima tarea (reparto, arribo, etc.) en el menor tiempo posible (Woodcock y Graham, 2020). Respecto del control espacial, a diferencia de los profesionales remotos y nómadas digitales, los repartidores y conductores experimentan un control espacial por parte de las plataformas, de los lugares donde desarrollan sus actividades laborales, y controlan incluso las rutas que deben tomar. Por otro lado, el control temporal alienta a los trabajadores a estar constantemente activos a partir de incentivos financieros, lo que genera un exceso de oferta de trabajadores y, con ello, competencia entre ellos, debiendo trabajar muchas horas y renunciar a la flexibilidad para poder obtener ingresos suficientes (Fernández Trujillo, 2020). En casos extremos este control digital puede llevar a la desactivación de la cuenta en caso de incumplimiento de las normas o de un número de tareas establecido, o a una mala calificación, lo que incide en futuras tareas asignadas.
Finalmente, un aspecto menos explorado, referido a las consecuencias de estas prácticas laborales móviles de la economía GIG, se refiere a las diferentes escalas y lugares de trabajo (cuerpo, espacio público, calle, bicicleta/automóvil, la ciudad entera), así como a los espacios liminales o espaciotiempos intermedios de las múltiples tareas de los TMD, que cuestionan el actual concepto de “lugar de trabajo”, su temporalidad y su espacialidad (Woodcock y Graham, 2020; Jirón e Imilan, 2016). En particular, se plantea la idea de la extensión del tradicional lugar de trabajo (fábrica/oficina) a la ciudad como un lugar de trabajo en movimiento. La fragmentación de las actividades laborales implica que el trabajo ocurre tanto en el hogar, como en el traslado dentro de la ciudad, en calles y espacios públicos, es decir, cualquier lugar puede devenir en espacio laboral, lo que reconfigura no solo las prácticas urbanas, sino también los propios espacios e infraestructuras (ver “Infraestructuras de movilidad”), desapareciendo los costos asociados a la generación de un lugar de trabajo para las empresas (Boccardo, 2018; Gauthier, 2016). Las consecuencias urbanas de los trabajos en movimiento han existido desde hace mucho tiempo en el caso de los trabajos móviles no digitales, en particular del comercio callejero, pero, con la aparición de las plataformas, el fenómeno ha tendido a una masificación sin precedentes (ver “Informalidad urbana”).
Respecto de la dimensión temporal, debido a que el tiempo de espera no es remunerado y solo se paga por tarea, tal como entrega, viaje, etc., los TMD de esta economía GIG deben ir cada vez más rápido (Maulat, 2020) o utilizar múltiples aplicaciones para llenar los tiempos intermedios (Jirón et al., 2021) y así generar suficiente ingreso. Esta multiplicación de espaciotiempos laborales en los cuerpos de los trabajadores tiene su correlato en el espacio urbano, lo que implica que la cohabitación y la convivencia vial se ven afectadas por tensiones por el uso del espacio, con colisiones con peatones, el uso de veredas por parte de repartidores, el no respeto de la luz roja, la utilización de espacios de estacionamiento, motores encendidos de vehículos en espera, etc. (ver “Espera” y “Tráfico urbano”).
Las descripciones actuales como on-demand platform workers o gig workers no incorporan directamente a la movilidad, lo cual nos conecta con la necesidad de comprender mejor las distintas espacialidades de estas nuevas formas de trabajar. Autoras como Parks (2014) señalan que no solo se produce un lugar de trabajo en movimiento, sino que, además, se genera una “presencia modulada” (Parks, 2014: 252), una presencia ausente en que el trabajador, atento a su teléfono móvil, disminuye su atención en el espacio público y vial, que es lo que está provocando accidentes y malas prácticas de conducción. En ese sentido, la economía flexible causa una privatización del espacio público cuyos impactos no se han abordado suficientemente en la literatura de urbanismo.
Mirada latinoamericana de los trabajos móviles digitales
Desde una mirada crítica latinoamericana, estas nuevas formas atípicas de trabajo que aparecen como un fenómeno nuevo del norte global, propio del capitalismo tardío, han estado presentes desde el inicio de los procesos de desarrollo económico de las sociedades latinoamericanas bajo la noción de “informalidad” (De la Garza, 2017; Palacios, 2019). Esta responde a una relación estrecha entre formas de empleo y estrategias de sobrevivencia que tensionan la visión tradicional de trabajo en cuanto empleo asalariado, la cual se impuso como un deber ser desde los organismos internacionales en el marco de las políticas desarrollistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial (Palacios, 2019; De la Garza, 2017; Leiva, 2012). Cabe reconocer que en ciudades latinoamericanas los trabajadores móviles como repartidores de leche, cartas y mensajería, vendedores múltiples, han existido desde hace mucho tiempo; algunos de ellos, de maneras más formales que otros. La diferencia que hace la digitalización y el uso de plataformas es la posibilidad de contar con múltiples trabajos, a toda hora, y con decrecientes capacidades de controlar la autoexplotación que estas aplicaciones generan.
Por lo tanto, la digitalización tanto de la vida cotidiana como del mundo del trabajo, de empresas no solo multinacionales, sino también locales, entrega una nueva especificidad a esta condición histórica latinoamericana, la cual es incluso más apremiante en ciudades donde, a las situaciones de empleo ilegales, atípicas y precarias de nuestras economías informales, se les suman estas nuevas formas de trabajos digitales caracterizadas por ser temporales, múltiples, irregulares y dinámicas. Estas nuevas tensiones en las categorías que definen el trabajo amplifican las críticas a la informalidad como una categoría confusa y poco útil. La mirada dicotómica al concepto de “informalidad” no recoge la realidad existente en ciudades de la región. La urgencia por abordar la situación de estos trabajos informales poco calificados es cada vez mayor, puesto que serán cada vez más recurrentes en las economías por plataformas y probablemente se expandirán a nuevas áreas de la economía de servicios (Alarcón, 2019), particularmente en momentos pospandémicos.
En el marco de esta economía GIG en la que se insertan los TMD, la especificidad de gran parte de los países de América Latina responde a una digitalización subordinada en la que el predominio de teléfonos celulares por sobre el computador favorece habilidades digitales básicas que predisponen al desempeño en trabajos informacionales poco calificados de gran cantidad de población (Alarcón, 2019), lo que produce una precarización de las bases productivas, como se mencionó anteriormente. De esta forma, los debates en torno a la informalidad se alejan de la dicotomía formal-informal para pasar al modelo dual de subordinación y dependencia (Gauthier, 2016; Leiva, 2012).
Sin embargo, la particularidad de los trabajos móviles digitales no es solo que responden a la transformación digital o a esta nueva economía de plataforma, sino que son trabajos en movimiento favorecidos por las tecnologías digitales. En este sentido, los estudios existentes en América Latina provienen principalmente de reportes de agencias internacionales u organizaciones relacionadas con el ámbito laboral, abordando distintas realidades de trabajadores por plataforma, en particular, conductores, repartidores y teletrabajadores, estudios que proliferaron con el inicio de la pandemia de covid-19 (Asenjo y Coddou, 2021; Gutiérrez, 2021; BID, 2021).
En el caso de los trabajos de reparto, se pueden señalar cuatro aspectos relevantes de la literatura actual. Primero, el trabajo de repartos es altamente masculinizado (alrededor de 90 %, según un estudio del BID, el que abordó 15 plataformas de América Latina y España), y compuesto en su mayoría por población joven (Jirón et al., 2021). Segundo, dentro de la información disponible, se señala que el uso de plataformas de reparto habría crecido en promedio un 50 % solamente entre la primera y última semana de marzo en América Latina (BID, 2021), y que, a nivel laboral, la pérdida de empleos y las transformaciones en las relaciones laborales han impulsado el uso de plataformas laborales digitales. A partir de la pandemia, se han producido cambios en los patrones de consumo, los cuales han dejado en evidencia la relevancia del sector de los repartos, considerándolo como servicio esencial en la mayoría de los países (BID, 2021). Las restricciones a la libre circulación, el riesgo de contagio y el cierre de muchos comercios en forma presencial han promovido un aumento significativo en la digitalización de las compras.
Un tercer aspecto es el relacionado con las vulnerabilidades y precariedades laborales que experimentan los trabajadores de reparto, como las jornadas de trabajo agotadoras, la inseguridad física, el estrés, la falta de protección social, la exposición a riesgos sanitarios y una percepción de injusticia frente al pago recibido, el cual no se corresponde con el alto riesgo al que se ven enfrentados (Asenjo y Coddou, 2021). Un cuarto tema es el de la regulación, puesto que, si bien la pandemia ha fortalecido el debate en torno a la regulación del sector de las plataformas, e incluso ha habido agradecimientos de parte de las autoridades a los repartidores por su labor esencial, todavía es pronto para evaluar el impacto de la pandemia en la futura regulación del sector (BID, 2021). Una encuesta realizada en Chile señala que el 83 % de los repartidores expresa estar de acuerdo con la clasificación de trabajador por cuenta propia, lo que, no obstante, no supone una renuncia a sus demandas por más y mejores protecciones y beneficios (Asenjo y Coddou, 2021).
Sin embargo, los actuales estudios no abordan dos aspectos que parecen relevantes a la hora de describir estos nuevos trabajos móviles digitales: en primer lugar, sus impactos en el ámbito urbano, considerando el uso intensivo que hacen del espacio urbano, de infraestructuras y de la vialidad; y, en segundo lugar, las realidades de otros trabajadores móviles digitales que no funcionan a través de las plataformas diseñadas para ello y que responden a otros modelos organizativos, los cuales, si bien utilizan las TIC como medio de comunicación, están fuera del mainstream de las plataformas digitales e incluso las utilizan para generar sus propios emprendimientos y carteras de clientes (Jirón et al., 2021). Otros modelos organizativos de bici-logística en Chile son algunos ejemplos de ello, como cooperativas de bici–mensajería (Pantera Courier, La Veloz, entre otras) y modelos de gestión territorial, como el caso de la municipalidad de Renca en Chile, con su delivery municipal gratuito #PídeloEnCleta. Para el caso de conductores, existen iniciativas informales que logran agruparse y funcionar a través de redes sociales como Facebook, Instagram y WhatsApp, por ejemplo, Ubre, emprendimiento de transporte para mujeres en Buenos Aires. No obstante, faltan estudios que indaguen en este tipo de trabajos móviles digitales más allá de las plataformas convencionales de empresas privadas. Finalmente, también es importante señalar los intentos por sindicalización por parte de estos trabajadores, como, por ejemplo, Ni Un Repartidor Menos, agrupación mexicana que trabaja por mejorar las condiciones laborales de repartidores y apoyar a quienes sufren accidentes en bicicleta o en motocicleta.
Futuras líneas de investigación
La revisión de investigaciones recientes en torno a los trabajos móviles digitales revela que el fenómeno está siendo estudiado principalmente desde la transformación digital en el ámbito laboral y en torno a debates sobre la precarización laboral, la subordinación y el trabajo decente. Sin embargo, la dimensión de movilidad de estas nuevas formas de trabajar nos lleva a líneas de investigación de temas aún poco abordados en América Latina y que refieren al ámbito urbano y espacial.
En primer lugar, la emergencia de un urbanismo logístico y un urbanismo de plataforma en el contexto del modelo de las smart cities y del capitalismo de plataforma (Srnicek, 2018; Cingolani, 2016), en el cual la materia prima son los datos y su modo de extracción son las plataformas. En el también llamado “capitalismo de vigilancia” (Zuboff, 2015, en Sthelin et al., 2020), se estaría dando un modo de acumulación organizado en torno a la captura, el procesamiento algorítmico y la monetización de los datos del usuario que aún no ha sido suficiente abordado en los países de nuestra región. Además de una nueva infraestructura digital de este urbanismo de plataforma, se está produciendo un nuevo ethos offline, en que los gobiernos y las ciudades deben ser inteligentes, las empresas, disruptivas o innovadoras, y los trabajadores, flexibles (Srnicek, 2018) (ver “Movilidad de políticas urbanas”).
En segundo lugar, los trabajos móviles digitales en cuanto tareas que mantienen la economía GIG, de plataforma o compartida, además de cortos, precarios e impredecibles, implican operaciones logísticas en los espacios urbanos, cuyas consecuencias no solo remiten a la congestión (Tirachini y Gómez Lobo, 2020), la contaminación (Zunino Singh y Máximo, 2020) o el desarrollo de infraestructuras de transporte o almacenamiento, sino a las futuras arquitecturas de los comercios y espacios públicos (Maulat, 2020). Un ejemplo de esto último es la potencial instalación de estaciones de parada para TMD con infraestructura de recarga de teléfonos móviles, agua, refugio en caso de mal tiempo, etc., así como el aumento de una o dos líneas de ciclovía que permitan la coexistencia de diversas velocidades de ciclismo en el caso del sector repartos (Maulat, 2020), temas aún no abordados por la planificación urbana.
Por otro lado, la forma en que las personas se transforman en infraestructuras humanas (Simone 2004), sin quienes llevar a cabo estos trabajos sería imposible, todavía no se ha estudiado en profundidad. Esto se relaciona con el rol que cumplen los socios, los amigos y las redes, los cuales aportan y ayudan a desplazarse por la ciudad y a usar las aplicaciones. Pese a que la aplicación induce a un trabajo individual y solitario, tal como se puede observar en las calles de muchas ciudades latinoamericanas, no todo es individual y existen ámbitos de relación humano-máquina-redes, la que permite que funcione mejor para el humano. La fuerza del conocimiento territorial, colectivo y colaborativo (Jirón, Lange y González, 2021) otorga un equilibrio del poder a la fuerza del algoritmo. Es decir que se puede percibir que el comportamiento frente al algoritmo no es solo individual, sino colectivo, y así los trabajadores van aprendiendo juntos, pero el conocimiento se comparte por fuera de la aplicación.
Finalmente, la evidente complejidad de estos TMD, sumada a la falta de clasificaciones y estadísticas, requiere de urgentes propuestas de marcos conceptuales y epistemológicos a partir de los cuales pensar nuevos instrumentos que den cuenta de realidades laborales cada vez más dinámicas en nuestras ciudades, replanteando la forma en que la movilidad permite observar el continuum entre formas cotidianas de habitar y el mundo del trabajo, donde los límites y las separaciones son indistinguibles cuando se observan desde la movilidad. En este sentido, la movilidad como enfoque permite cuestionar nociones tradicionales tanto de trabajo como de ciudad, pero al mismo tiempo ayuda a comprender las interrelaciones existentes en nuestras ciudades, las que son cada vez más difíciles de desenmarañar. De este modo, las propuestas respecto a políticas de empleo, seguridad social, infraestructuras, espacio público, migración, entre otras, deben ser replanteadas cuando se miran desde las múltiples formas en que la movilidad complejiza la vida actual.








