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Tráfico ilegal

Luis Adolfo Ortega Granados

El tráfico ilegal corresponde al movimiento de personas, animales, objetos e información fuera del marco legal. Con esta definición como punto de partida, lejos de haber allanado el camino, se nos coloca en un entramado aún más complejo si se cuestiona dónde, cuándo, quiénes y cómo ocurre el tráfico; de ahí la importancia de contextualizar la definición. Ejemplo de ello es el consumo de sustancias como marihuana, cocaína y derivados de la amapola a principios del siglo xx en Estados Unidos, los cuales pasaron de usarse como elementos rituales, en algunos grupos, a sustancias prohibidas para vender y consumir. Repercutiendo en la frontera con México, país que más tarde se convertiría en productor y exportador de este tipo de sustancias para satisfacer el consumo de su vecino del norte (Valenzuela, 2012).

Con el propósito de ofrecer pistas que faciliten el acercamiento al tráfico ilegal, esta entrada se divide en tres secciones. En la primera sección, se esbozan coordenadas como multiescalaridad, circuitos de tráfico, jerarquías sociales y lo relacional entre la movilidad y la inmovilidad, con las cuales acercarse al análisis de esta práctica. En el segundo apartado, se presenta una serie de trabajos que estudian el tráfico ilegal en distintos momentos y con diversos enfoques, abordando desde el tráfico de personas, antigüedades e información hasta el turismo de la fertilidad. Ya en la tercera sección, se muestran algunas investigaciones realizadas desde América Latina en las cuales se resalta el impacto del tráfico ilegal en prácticas situadas en contextos de inseguridad y violencia. A manera de cierre, se refuerza la idea de analizar el tráfico ilegal desde contextos socialmente complejos, rebasando así los límites de una definición jurídico-legal.

Primeras coordenadas para definir el tráfico ilegal

Dado el giro de las movilidades, quedó de manifiesto el constante movimiento como una de las cualidades del mundo contemporáneo, pero fue desde el establecimiento de leyes o marcos legales por parte del Estado desde cuando la distinción entre legal e ilegal apareció, por lo que se construyeron movilidades ilegales: zonas de ambigüedad y de ilegalidad total (Heyman, 1999). Es cierto que esta sería una primera definición del tráfico ilegal, sin embargo, al incluir algunas coordenadas de análisis, la definición legal adquiere distintos matices y precisiones necesarias de realizar.

En el umbral del siglo xxi, John Urry (2000) dio cuenta de la centralidad del movimiento, resaltando tanto las coordenadas espaciotemporales en los viajes, como sus agentes sociales involucrados, aspectos reveladores del carácter relacional y contextual del movimiento. Entre los escenarios presentados por el sociólogo británico, aparece la diada legal e ilegal en constante tensión. Esto quedó ejemplificado en el uso de sustancias ilegales en la cultura rave, las cuales ayudaban a superar los convencionalismos del día y la noche (ver Movilidad enteogénica”), o bien en el trabajo de James Clifford (1997) sobre los medios de la movilidad entre comunidades diaspóricas, los cuales facilitan el tráfico legal e ilegal entre las comunidades. Estos primeros acercamientos al tráfico ilegal desde el enfoque de las movilidades colocaron las bases para lo que sería un desarrollo más claro sobre esta práctica, es decir, destacaron lo multiescalar desde el cuerpo, entendido como la escala territorial mínima, hasta la geopolítica global y relacional en la construcción social del tráfico ilegal.

Luego de sus primeros planteamientos sobre tráfico, Urry, en compañía de Anthony Elliott, abordó la práctica del tráfico ilegal a partir de la movilidad del sexo (Urry y Elliot, 2010). En este esfuerzo por identificar las vidas móviles, destacaron el tráfico de mujeres por parte de redes masculinas de tráfico: redes que las llevaban de un país a otro para ejercer actividades como prostitución, recepción de bares, bailes eróticos y trabajo doméstico. Al colocar este ejemplo, queda de manifiesto la complejidad del tráfico ilegal, resaltando los circuitos por lo que se realiza, la identificación de las personas que promueven esta práctica y las formas en las que estos circuitos se engarzan con las economías locales, muchas de ellas con carácter legal. En estos trabajos el aspecto que subyace es la tensión entre la movilidad y la inmovilidad a partir del engaño por conseguir una vida mejor o bien por su carácter impositivo y violento del tráfico.

También desde una perspectiva sociológica, Saskia Sassen (2003) destacó la complejidad de distinguir los límites entre el tráfico legal y el ilegal, pues nacen simultáneamente en los circuitos globales de tráfico. Es en estos circuitos donde el desplazamiento de personas adquiere relevancia, pues su tránsito involucra actividades específicas. Por ejemplo, la industria sexual o las actividades de cuidado, ambas vinculadas a la migración indocumentada. Con este tipo de prácticas, en principio situadas en la ilegalidad, devienen envíos de remesas para los lugares de origen, que, siguiendo a Sassen, son benéficas para los países en desarrollo, ya que se convierten en una forma de resistencia de países y comunidades más desfavorecidos. En términos espaciales, los nodos de estos circuitos del tráfico adquieren materialidad en los puntos de control de la movilidad: las fronteras nacionales.

Otro elemento a destacar para el acercamiento a la relación legal e ilegal corresponde a la jerarquía entre distintos grupos sociales. De acuerdo con Zygmunt Bauman (2001), el desplazamiento en un mundo globalizado se convierte en una práctica estratificada y estratificante vinculada a los marcos legales. Donde las personas que van de un lugar a otro, por lo regular cruzando fronteras, son tipificadas diferencialmente ya sea como turistas, vagabundos o ilegales, lo cual implica un trato diferenciado para cada uno de ellos.

Más recientemente, Tim Cresswell (2016) ha desarrollado investigación sobre las movilidades “negras”, trabajo derivado de las movilizaciones Black Lives Matter en Estados Unidos. Además de colocar al tráfico ilegal de personas afrodescendientes en el centro de su análisis, propone una metodología para su estudio identificando situaciones específicas, a las personas que intervienen, y el significado que estas les asignan a las prácticas en cuestión. Desde esta propuesta, el contexto adquiere protagonismo, pues, aunque algunas situaciones no son secuenciales cronológicamente, es mediante los vínculos contextuales mediante lo que la relación entre el tráfico ilegal y la movilidad se devela.

Resulta preciso considerar diversas coordenadas analíticas para acercarse al tráfico ilegal y así rebasar la cuestión legal. Es necesario identificar la escala territorial del tráfico, considerando su multiescalaridad (Urry, 2000), desde lo cual emergen circuitos de tráfico tanto legales como ilegales, donde el control del movimiento aparece como elemento central (Sassen, 2003). El controlar el movimiento cuestiona la idea de libertad de la movilidad al mismo tiempo que establece jerarquías sociales (Bauman, 2001). En este sentido, es importante identificar quiénes o qué se mueven ilegalmente (Elliot y Urry, 2010). Todo ello, sin olvidar que las situaciones, los contextos y los significados articulados al tráfico son los elementos que le darán la especificidad.

Así, más allá de una definición simple o aglutinante, conviene aceptar que el tráfico ilegal no es una práctica uniforme, sino todo lo contrario: en distintos lugares y tiempos, adquiere matices particulares. Con esta propuesta de definición analítica, en la siguiente sección, se mostrarán algunas prácticas vinculadas al tráfico ilegal, pues no todas tienen las mismas implicaciones.

Delineando el tráfico ilegal

Una de las temáticas que mayores reflexiones ha propiciado corresponde al tráfico de personas (Lee, 2013; Guia, 2015; Pryimachenko et al., 2021), en donde priman los motivos de salida, el tránsito y la evasión de los controles migratorios ubicados principalmente en los espacios burocrático-fronterizos. Algo similar ocurre con el tráfico de armas localizadas, principalmente, en zonas de conflicto (Simala y Amutabi, 2005) o en países con carreras armamentistas, como es la región del sureste asiático (Chouvy, 2013), en donde se saca provecho de las ambigüedades subyacentes en los marcos legales para satisfacer las necesidades de unos a expensas de otros. Este carácter desigual del tráfico ilegal también se ejemplifica en los países europeos donde, al ser bajas las tasas de natalidad, se recurre a la adopción ilegal sin cumplir con los requisitos básicos y sin considerar el impacto cultural que tiene el cambio de residencia para niñas y niños (Torres, 2003).

En este sentido, como lo menciona Saskia Sassen (2003), una vez montados los circuitos de tráfico, todo aquello que se mueve a través de ellos adquiere una cualidad variopinta. Tal como lo demuestra Pierre-Arnaud Chouvy (2013) para el caso del sureste asiático, región donde no solo se mueven armas, sino también mujeres para el comercio sexual, productos falsificados, drogas y recursos naturales. Cabe destacar que el tráfico de drogas no siempre es realizado con fines de divertimento, ya que en ocasiones se produce y se exporta con la finalidad de fabricar medicamentos legales, lo cual evidencia los matices en el tráfico ilegal (Gootenberg, 2005).

Recientemente, la información y las bases de datos abiertos han adquirido mayor relevancia, distintos países tratan de implementar esfuerzos para que los datos transiten de manera segura por las plataformas digitales; sin embargo, siempre está el riesgo de circular por espacios virtuales ilegales (O’Grady, 2017) y, con ello, de que se haga mal uso de la información de acceso libre. Esto queda de manifiesto con la fauna silvestre, ya que las bases de acceso abierto podrían utilizarse para fines de tráfico de especies en peligro de extinción como son loros y rinocerontes, o bien para localizar partes de animales, como colmillos de elefantes, por destacar solo algunos (Haas y Ferreira, 2015).

En este sentido, el tráfico ilegal de fauna y vida silvestre (ver “Movilidades animales”) también adquiere relevancia debido a su alto nivel de depredación; sin importar lo rígido del marco legal de los países que intentan regularlo, pese a todo, el tráfico continúa (Sas Rolfes et al., 2019). Con esta práctica, se visibilizan no solo los traficantes, sino también coleccionistas privados o bien personas que exhiben la vida silvestre como joyas preciosas, ya sea por los plumajes o por las pieles (Vander, 2019).

En el mismo tenor ambiental, se ubica el tráfico de desechos, sean de carácter peligroso o no, lo cual se realiza al cobijo de acuerdos internacionales. Esta práctica ocurre debido a los vacíos legales entre un país y otro, por los incentivos económicos o por los impulsores del comercio internacional de desechos, y no solo pone en riesgo la calidad ambiental, sino también la salud humana (Derek, 2015).

Otro elemento incluido en los circuitos de tráfico corresponde al arte y las antigüedades, en la que se mueve tanto el objeto material como también elementos simbólicos, lo que significa un saqueo del pasado, un robo de la historia de los lugares. Sin embargo, esto no solo ocurre con objetos antiguos, sino también con las obras de arte, objetos que se montan en los circuitos de élites internacionales, con lo cual se atenta contra los bienes identitarios de un lugar y de comunidades enteras (Manacorda y Chappell, 2011).

Dentro de esta revisión, es pertinente mencionar el aporte de las movilidades hacia otros campos de estudio, como es el de la seguridad. De acuerdo con Emmanuel-Pierre Guittet (2017) para los estudios de seguridad con enfoque crítico, la movilidad ha sido central para repensar tres ejes temáticos en sus investigaciones sobre (in)seguridad: uno de ellos concerniente al establecimiento de instituciones de regulación, control y corrección de las movilidades consideradas como imperfectas; el segundo eje se vincula a la materialización del control en los espacios fronterizos, en los territorios en disputa y otros espacios liminales; y finalmente el tercer eje está relacionado a las narrativas de amenaza derivadas de las migraciones, la circulación y la libertad de movimiento. A partir de estas líneas de investigación, han aumentado los trabajos que resaltan la movilidad y la inseguridad, por lo regular asociada con el tráfico ilegal (Leese y Wittendorp, 2017, 2018; Peoples y Vaughan, 2010).

Como ha destacado este grupo de investigación, encabezado por el politólogo suizo Matthias Leese, si bien es cierto que el movimiento ha estado en los trabajos de la seguridad, también es verdad que nunca había adquirido un papel protagónico; esa sería la principal contribución de las movilidades, ubicarse en el centro de la (in)seguridad, es decir, poner atención a las geografías ocultas de la seguridad y a la velocidad y la aceleración relacionadas con las violencias y las personas que la ejercen, y atender a los mecanismos de exclusión, clasificación social y estratificación a partir de las movilidades. En otras palabras, el principal impacto del giro de las movilidades a los estudios de seguridad consiste en repensar sus categorías, el papel de las personas, los tiempos y sus espacios, es decir, contextualmente (Guittet, 2017).

Como se puede ver en las contribuciones del enfoque de las movilidades al campo de la seguridad, el espacio es crucial para entender los mecanismos de control de la movilidad en distintas escalas, pues no siempre son las fronteras nacionales los puntos nodales, como menciona Saskia Sassen (2003), ya que también aparecen a nivel de calle, como ocurre en el caso de Tailandia, donde se erigen puestos para combatir el flujo de drogas, que, sin embargo, más allá de reducir el tráfico de estupefacientes, limitan la movilidad de las personas de las tribus de las montañas, incluso cuando tienen la documentación adecuada que les permite viajar fuera de sus distritos (Chouvy, 2013). Lo mismo ocurre con las murallas metálicas que se utilizan para protegerse de la violencia urbano-local y controlar el movimiento de los transeúntes (Ortega, 2017, 2019).

Recientemente, algunas investigaciones dan cuenta de un nuevo fenómeno: las movilidades reproductivas. De acuerdo con Mimi Sheller (2020), este problema revela la aparición de nuevas rutas y actores vinculados al turismo de la reproducción. En primera instancia, es importante asumir que las leyes no son algo que permanezca en lo abstracto, sino que están ancladas a países y territorios concretos. Esto significa que lo que para algunos es ilegal para otros no lo es, más aún, se otorgan todas las facilidades para ejercer el turismo de la reproducción. Tal es el caso de México, país que, aprovechando el cierre de este mercado en la India y Tailandia, se posicionó como un lugar prominente dentro del mapa global (Schurr, 2019), promoviendo un turismo de las fertilidades que involucra a médicos, enfermeras y material biomolecular (Bergmann, 2011; Speier, Lozanski y Frohlick, 2020).

Acercamiento al tráfico ilegal desde América Latina

En América Latina, la literatura sobre el tráfico ilegal es igual de basta y diversa que en otras latitudes. Sin embargo, la región tiene sus propias particularidades, por ejemplo, los marcados contextos de violencia y desigualdad que impactan en amplios sectores sociales. De tal manera que en esta sección se esbozan algunas líneas de investigación en las que se ha venido trabajando en los últimos años.

Una línea de investigación corresponde a las disputas territoriales entre grupos armados de distinta índole, desde cárteles de la droga hasta pandilleros, cuyo objetivo es tomar el control del movimiento en distintos territorios y a través de ellos, por ejemplo, de personas migrantes, armas y drogas (Durín, 2012; Smilde, 2013). Otra línea de investigación que deriva de dichas disputas versa sobre los desplazamientos forzados, no solo de sectores populares, sino también de élites de poder que huyen de la violencia vinculada al tráfico ilegal (Ortega, 2017; Gómez et al., 2008). Con estas agendas la reflexión puede encaminarse hacia otras formas de habitar y desplazarse; en otras palabras, emerge el proceso de reconfiguración de las formas de hacer, pensar y sentir los territorios.

El estudio de los circuitos de tráfico legal e ilegal representa la tercera línea de investigación. En Latinoamérica aparecen dos casos que facilitan la comprensión de los circuitos de tráfico legal e ilegal: la llamada “triple frontera” entre Argentina, Brasil y Paraguay y la frontera entre México y Estados Unidos. De acuerdo con Pinheiro Machado (2010), el contrabando de la triple frontera no solo debería identificarse con estigmas negativos, pues en algunos casos el comercio realizado alrededor del Puente de la Amistad es el único medio de subsistencia para los habitantes de la región, quienes van marcando los propios tiempos del tráfico (Rabossi, 2015, 2019).

Lo mismo ocurre en la frontera entre México y Estados Unidos, donde los mercados informales transfronterizos se componen de distintos actores, objetos y sujetos de tránsito, metodologías y herramientas, desde el tráfico de drogas y personas, la materialización de circuitos subterráneos para el desplazamiento ilegal, también llamados “narcotúneles” (ver “Infraestructuras de movilidad”), hasta la circulación de medicamentos ilegales en Estados Unidos (Hernández, 2021).

Con estos casos fronterizos, es posible desprender una cuarta línea de investigación en donde el tráfico ilegal no necesariamente está marcado con un estigma negativo o como un mal social, pues, para determinados grupos, estas prácticas se convierten en prácticas estratégicas que facilitan la subsistencia y la resistencia a un sistema global que promueve el control de los desplazamientos. Para ilustrarlo, un último ejemplo: la implementación de la Ley Volstead en Estados Unidos, ley que prohibía el consumo de alcohol, derivó en el desarrollo económico de varias ciudades mexicanas como Tijuana y Mexicali.

Consideraciones finales

Por lo mencionado a lo largo de esta entrada, antes que una definición legal poco flexible sobre el tráfico, conviene retomar algunas coordenadas analíticas para una mejor comprensión del fenómeno. Así, aspectos como lo multiescalar, lo relacional, los circuitos de tráfico (i)legales, el control, las jerarquías sociales, los agentes móviles, las situaciones, los contextos y sus significados se convierten en elementos que permiten identificar lo complejo del tráfico ilegal. Sin embargo, también es importante reconocer que en ocasiones es difícil colocar los límites entre el afuera y el adentro de la legalidad, pues, como afirma Pinheiro Machado (2010), la ilegalidad se reconfigura y relocaliza constantemente.

Desde una perspectiva general, es importante distinguir hacia qué direcciones ocurre el tráfico ilegal. De tratarse de una cuestión de extracción de recursos naturales, la literatura indica que son los países del norte global quienes sacan provecho de la cartografía ilegal. Por otro lado, si se trata de circulación de personas de sur a norte, sea para cuidado, trabajo o servicios sexuales, este tipo de tráfico no solo se tolera, sino que llega a promoverse. Lo que queda claro en las prácticas ilegales es el mismo aspecto: una asimetría de poder en el control de la circulación. Esa es la importancia de colocar una mirada desde el enfoque de las movilidades, pues, como menciona Tim Cresswell (2010), las políticas del movimiento operan todo el tiempo. Entonces, además de preguntarse por qué se mueven las personas o las cosas, qué tan rápido lo hacen, a qué ritmo o a través de qué rutas, conviene añadir cuestiones como bajo qué marco legal ocurre el movimiento, cuándo, dónde y cómo los movimientos pasan de legales a ilegales, y quién o quiénes promueven esta (i)legalidad. Con todos estos elementos, tal vez sea posible identificar y analizar el tráfico ilegal en su justa dimensión.



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