Malestar y soportes subjetivos
Brenda Riveros, Carla Pierri y María Belén Sopransi[1]
En las últimas décadas del siglo XX, la instauración de un modelo de producción flexible junto con la implementación de políticas neoliberales amplió las brechas de desigualdad y profundizó los procesos de vulnerabilización psicosocial. El impacto en la salud de las poblaciones, en relación con la agudización de las problemáticas psicosociales de las comunidades, interpela a los dispositivos de atención en salud respecto de sus posibilidades de desarrollar políticas de cuidado (Zaldúa, Pawlowicz, Longo, Sopransi y Lenta, 2016; Matusevicius y Battistessa, 2016).
Desde la perspectiva de la psicodinámica del trabajo, en este capítulo nos interrogamos acerca de las principales afectaciones subjetivas de un equipo de salud que trabaja con personas en situaciones de vulnerabilidad psicosocial, en contextos de precarización de la vida; así como por el desarrollo de estrategias y soportes subjetivos para el abordaje de dichas problemáticas.
Enfoque teórico-metodológico: trabajo y precarización de la vida
Para la psicodinámica del trabajo (Dejours, 1998), trabajar es hacer la experiencia de lo real, en tanto aquello de la práctica que resiste a la experticia, al saber-hacer de la actividad. Trabajar requiere mucho más que aplicar los procedimientos disponibles. Implica confrontarse con lo que excede al saber hacer acumulado y, por ende, conlleva frustración y sufrimiento. Si el sufrimiento es una invariante en relación con dicha experiencia, su destino no lo es (Wlosko, 2014).
Puede ocurrir que lo que inicialmente es vivido como pasivo en el encuentro con lo real sea motor de una transformación, de un “ir hacia el mundo en busca de solución” (Dejours, 2019). Cuando ello ocurre y se traspasa la exigencia de lo real del trabajo, el sujeto también se transforma a sí mismo, se vuelve más hábil, inteligente de lo que era antes de haber sobrepasado esas dificultades.
Sin embargo, cuando el fracaso se hace persistente acrecienta el sufrimiento y empuja hacia la enfermedad. La cooperación, el reconocimiento, la organización del trabajo resultan fundamentales para el destino de ese sufrimiento.
En cuanto a la categoría de precarización, hace referencia a la producción y distribución diferencial de la precariedad (Butler, 2017) que resulta de la aplicación de políticas neoliberales y de la reafirmación de la estructura patriarcal del modo de producción capitalista (Gelabert, 2016). Respecto de las consecuencias sociales de la implementación de estas políticas en la Argentina, según datos del INDEC (2020) para el segundo semestre del 2019, el 35,5% de las personas estaban por debajo de la línea de pobreza y el 8% por debajo de la línea de indigencia. Al respecto, distintos estudios (Bonfiglio, Vera y Salvia, 2020; Della Paolera, Biondi y Petrone, 2019) señalan una tendencia creciente a la feminización e infantilización de la pobreza.
Por su parte, la CABA presenta en la actualidad un ascenso de la pobreza, que alcanza a 703.000 personas (el 22,9% de la población) (Dirección General de Estadísticas y Censos [DGEyC], 2020a), y se distribuye de manera desigual entre las comunas. En comparación con la zona norte de la ciudad (comunas 2, 12, 13, 14), la zona sur (comunas 4, 7 y 8) registra peores resultados en relación con el acceso a la educación, la salud, el empleo y la vivienda (Martínez, Lo Cascio y Leone, 2018).
Por ejemplo, en cuanto a las condiciones materiales de la vivienda, habitacionales del hogar y de acceso a servicios públicos, existe una amplia brecha entre las áreas de asentamientos precarios y el resto de la ciudad. Si bien los asentamientos precarios están localizados en 7 de las 15 comunas de la Ciudad, cabe destacar que la mayoría y los más populosos se ubican en la zona sur. El 7,8% de los hogares de la CABA se encuentra en situación de hacinamiento (2 y más personas por cuarto); pero mientras que en la comuna 8 el porcentaje de hogares hacinados es del 21%, en las comunas 2, 6, 12, 13 y 14 no alcanza al 4% (DGEyC, 2020b). El hospital donde se inserta el equipo participante, si bien no pertenece a las comunas más desfavorecidas de la CABA en cuanto a indicadores socioeconómicos, contiene en su área de responsabilidad asentamientos y problemas de vivienda agudizados por procesos de gentrificación[2] en curso en toda la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Otros datos relevantes sobre la precarización de la vida y la distribución desigual de la vulnerabilidad en la CABA son el acceso al empleo y la distribución de ingresos. Por ejemplo, para 2019 la tasa de desocupación y subocupación horaria de los varones de la CABA fue de 7,0% y 9,0% respectivamente, mientras que las mujeres desocupadas alcanzaron a 9,2% y las subocupadas horarias a 13,3% (DGEyC, 2020b). En cuanto a los ingresos totales per cápita familiar para el cuarto trimestre del mismo año, el promedio en CABA alcanzó los $64.845 (DGEyC, s.f.a); pero mientras en la comuna 8 fue de $15.187, en la comuna 14 fue de $54.481 (DGEyC, s.f.a).
En el caso de las violencias de género, los femicidios en la Argentina durante 2019 ascendían a 268, siendo la cantidad mayoritaria de víctimas directas de 25 a 34 años (Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación, 2020). Según los datos de la Oficina de Violencia Doméstica (2020) para el cuarto trimestre del año 2019, sus equipos interdisciplinarios atendieron 3.442 casos, siendo esta cantidad la más alta en comparación con los mismos trimestres de los últimos 5 años. Del total de personas afectadas, el 34% fueron niños, niñas o adolescentes y el 44% provinieron de la CABA.
En este contexto de precarización, así como se configuran diversos límites para la exigibilidad del derecho a la salud, también se despliegan procesos colectivos de resistencia, capaces de activar los mecanismos institucionales existentes para demandar la vigencia de derechos (Zaldúa, Longo, Lenta y Bottinelli 2018; Tisera, Lohigorry, Bottinelli y Longo, 2018; Lenta, Pawlowicz, Riveros y Zaldúa, 2018; Zaldúa, 2016).
En el marco del proyecto de investigación UBACyT: “Salud mental comunitaria: contextos de precarización y políticas del cuidado”, dirigido por la profesora Graciela Zaldúa, y desde el enfoque de la psicología social comunitaria y la psicodinámica del trabajo, se llevó adelante un estudio cualitativo y participativo que implicó la administración de un cuestionario sobre precarización laboral y relaciones de género a diferentes colectivos de trabajadoras/es de las áreas de educación, de las políticas sociales y de salud de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), durante el segundo semestre de 2019. Este capítulo se desarrolla a partir del trabajo con un equipo de trabajadoras del servicio social de un hospital general[3] de la zona norte de la CABA. Este está conformado por 11 mujeres profesionales (casi todas con posgrados realizados). Excepto una, todas son trabajadoras sociales. La edad promedio es de 38 años (aunque se distribuyen entre los 31 y los 55 años), y una de cada dos tiene al menos un hijo. La mitad de ellas vive sola.
Con base en los materiales empíricos producidos para este estudio, desplegamos a continuación el análisis de tres dimensiones:
- Contextos de precarización de la vida y producción de padecimientos
- La dinámica del reconocimiento y el sufrimiento en el trabajo
- Construcción de soportes subjetivos como estrategia ante el trabajo con problemáticas psicosociales complejas
1. Contextos de precarización de la vida y producción de padecimientos
E: ¿Qué malestares de salud piensa que se relacionan con su trabajo?
TS: Dificultades para dormir. Preocupación, quedarme pensando en alguna situación.
Las participantes de este estudio señalan que las principales problemáticas psicosociales con las que trabajan se refieren a situaciones de violencia y, más específicamente, de violencia de género; situaciones de pobreza y exclusión social (se destaca, entre las dificultades para la satisfacción de necesidades básicas, la problemática del acceso a la vivienda); inestabilidad laboral y desempleo; problemáticas de salud mental y discapacidad, y obstáculos para la accesibilidad a la atención integral en salud. Se trata, en definitiva, de problemáticas que dan cuenta de situaciones de precariedad, entendida como incertidumbre o incapacidad de generar un proyecto de vida a largo plazo por falta de condiciones materiales y simbólicas (Gelabert, 2016). Son el resultado de procesos de vulnerabilización psicosocial que alcanzan a vastos sectores de la población y configuran desigualdades sociales diversas en función de la clase social, el género, la generación y la etnia (Breilh, 2013).
Desde la perspectiva de las trabajadoras, en el último año[4] muchas de estas problemáticas han empeorado. Principalmente las relacionadas con el acceso a la vivienda, las violencias, las dificultades en la accesibilidad a la atención integral en salud, la salud mental y el acceso a pensiones. Por fuera de toda lectura individualizante y fragmentadora de los problemas de salud, habitual en el sistema sanitario, ellas atribuyen dicho empeoramiento a la situación socio-económica del país y a las políticas públicas, que son fruto del modelo de producción neoliberal. Asimismo, refirieron un aumento en la demanda de atención de situaciones de violencia de género y de interrupción legal del embarazo. Este crecimiento lo asociaron a la lucha del movimiento feminista, que al visibilizar socialmente problemáticas en la agenda pública permite enunciarlas como problemas de salud y por ende solicitar asistencia y cuidados al respecto.
Ya sea por las situaciones derivadas de la precarización de la vida como por las problemáticas visibilizadas por la lucha de las mujeres, este equipo se percibe trabajando con problemáticas psicosociales complejas que “las dejan pensando”. Los mecanismos de producción de tales problemáticas se despliegan en un momento económico-político determinado, donde la lógica mercantil y de consumo han ido ganando centralidad; donde los lazos sociales vienen de procesos de labilización (y en algunos casos de reconfiguración) y las mismas relaciones del trabajo vienen precarizándose.
Por el tipo de problemáticas y por los grupos sociales usualmente vulnerados en sus derechos, con quienes trabajan, podemos pensar que el encuentro con lo real aflora insistentemente en el quehacer de este equipo. Al preguntarles qué de su trabajo es lo que más les impacta, destacaron la pobreza, desesperanza o falta de oportunidades, en primer lugar; las violencias, especialmente las de género; la “soledad relacional” o la “falta de redes”.
Ante tal panorama, la organización del trabajo puede posibilitar u obstruir procesos que resultan centrales en el destino del sufrimiento en el trabajo, a saber, la cooperación entre compañeras y el reconocimiento de la propia labor. La organización del trabajo se refiere a la manera en que las tareas son definidas, divididas y repartidas entre los trabajadores, la manera en que son concebidas las prescripciones de trabajo, y la forma en que se pone en práctica la vigilancia, el control, las órdenes, la jerarquía, entre otras cuestiones (Dejours, 2019). A continuación, avanzaremos sobre algunos aspectos de esta problemática.
2. La dinámica del reconocimiento y el sufrimiento en el trabajo
TS: Las chicas de TS
En Argentina, el sistema de salud tiene su origen en una tradición hospitalocéntrica (Bonazzola, 1999), biomédica, centrada en la enfermedad y en la asistencia (Vasco Uribe, 1984; Menéndez, 2003). Numerosos autores han alertado sobre los riesgos y problemas en salud que se vienen profundizando debido a la procedimentalización, fragmentación y gerenciamiento en salud (Merhy, 2006; Sousa Campos, 2009; Dejours, 2019). Las formas de organización del trabajo que se producen desde esta orientación fomentan la competencia, la productividad orientada por los procedimientos y, a partir de ello, atentan contra los tiempos necesarios para la problematización y reflexión compartida y por ende contra la cooperación. Estas perspectivas entran en tensión con otros enfoques que reconocen la complejidad del objeto salud entendido de modo integral (Ley 153, CABA) y como objeto histórico y social (Iriart, Waitzkin, Breilh, Estrada y Merhy, 2002).
El Trabajo Social como disciplina no es ajeno a estas disputas. Habría así, al menos, dos grandes perspectivas para pensar sus intervenciones (Matusevicius y Battistessa, 2016). Una de ellas es la hegemónica y se refiere a la identidad profesional atribuida, caracterizada por una frágil conciencia social que abriría espacio para la producción de prácticas alienadas y alienantes, en tanto se interviene asistencialmente brindando respuestas puntuales y concibiendo como individuales problemas estructurales. Esta identidad se liga al origen histórico y tradicional de la disciplina.
En contraposición a esta, otra perspectiva se refiere a una identidad instituyente, construida y contrahegemónica, en tanto cuestiona el statu quo y apuesta su quehacer al ejercicio de derechos (Matusevicius y Battistessa, 2016), al acompañamiento de procesos de transformación de las situaciones generadoras de malestares sociales. Este enfoque crítico cuestiona las miradas que individualizan los problemas estructurales, y desconocen su determinación histórico-social.
La fragmentación, la jerarquía histórica de la medicina sobre otras disciplinas y las características mencionadas del sistema de salud de la CABA construyen un plafón adverso para la posibilidad de reconocimiento de la labor del trabajo social en general, y del enfoque crítico en particular.
El reconocimiento es el medio por el cual el sufrimiento puede ser transformado en placer en el trabajo al inscribirse en la dinámica de la construcción y la estabilización de la identidad (Dejours, 2019). La realización de sí en el campo social, que siempre pasa por el trabajo, toca de lleno esta cuestión. ¿Qué dijeron las participantes sobre el reconocimiento de su disciplina? Más de la mitad consideraron que su profesión no cuenta con reconocimiento social. Caracterizaron al trabajo social como una “profesión invisibilizada”, primero por parte de otros profesionales de la salud (“Siempre ha sido profesión auxiliar de otras disciplinas. Cuesta que te vean como profesional de la salud”, “Nos nombran como ‘las chicas de TS’”), y en menor medida por parte de los usuarios (“Nadie termina de saber qué hacemos”). Además, destacaron que la suya es una profesión concebida por los otros desde una mirada “caritativa porque trabaja con población excluida”, punitiva y de control. Dicha mirada se liga justamente a la identidad hegemónica y tradicional de la disciplina.
Una participante destacó que es una profesión feminizada y concebida desde lo “amoroso”, caritativo para dar cuenta de cómo las relaciones de género configuran una feminización de los cuidados y refuerzan estereotipos donde lo femenino sería afectuoso, alojador, emocional, comprensivo.
Una frase que sintetiza las narrativas acerca de cómo es vista la profesión podría ser: “Las amorosas chicas de TS que trabajan con población excluida”. Muestra una percepción de la disciplina desde una mirada que apunta a desjerarquizar en términos etarios o generacionales (chicas), de género (chicas, amorosas), profesionales (en tanto se ligaría a lo afectivo por sobre lo profesional) y de grupos sociales con los que se trabaja (población excluida). Esta percepción pareciera acentuarse en las trabajadoras con menos antigüedad en el ejercicio de la profesión.
La combinación del trabajo con problemáticas psicosociales agudizadas por un contexto de precarización, y la percepción de falta de reconocimiento, participa de la producción de afectaciones físicas y subjetivas. Excepto una de ellas, todas mencionaron tener malestares de salud que asocian a su trabajo, como mínimo esporádicamente. Principalmente, mencionaron afectaciones emocionales (estrés, cansancio emocional, preocupación), osteoarticulares (dolores, tensiones, contracturas) y psicosomáticas (dolores de cabeza principalmente, aunque también vómitos y diarreas, insomnio).
Asimismo, consideraron que las causas de su malestar en el trabajo eran principalmente la falta de recursos y “políticas públicas no meramente paliativas”, y el no poder resolver o dar respuestas suficientes a los padecimientos de la población que asisten. También destacaron la “sobrecarga” y “demanda múltiple” o “tironeos” que reciben, la “burocratización” en el acceso a insumos y recursos necesarios para el trabajo cotidiano, y como cuestiones coyunturales la profundización de las problemáticas y sus salarios reales disminuidos.
Una última consideración: si bien hemos nominado algunas afectaciones, estas no dan cuenta de procesos de “quemarse por el trabajo”, agotamiento o sentimientos sostenidos ligados a la impotencia. En relación con esto, y considerando que se trata de trabajadoras que abordan problemáticas complejas y que, desde su perspectiva, su labor cuenta con escaso reconocimiento, nos preguntamos: ¿cómo logra este equipo acotar las afectaciones subjetivas y el sufrimiento en el trabajo?
3. Construcción de soportes subjetivos como estrategia ante el trabajo con problemáticas psicosociales complejas
E: ¿Cuáles son las principales acciones que realiza frente a las situaciones laborales complejas?
TS: Gestión. Equipo. Intersectorialidad
La mayoría de las trabajadoras mencionó que ante la complejidad de las problemáticas que abordan, buscan instancias de reflexión compartidas con otros (supervisiones, covisiones y reunión de equipo); o bien, la conformación de equipos de trabajo (equipo ad hoc, articulación intersectorial e interinstitucional, fortalecimiento de las redes de las personas y equipos). Hay en ese proceder una búsqueda de fortalecer lazos y miradas interdisciplinarias, intersectoriales, pero también intersaberes. En ese sentido, ellas valoran especialmente la existencia de un equipo que posibilite compartir recursos, reflexiones, identificar puntos ciegos. Podemos hipotetizar que dicho entramado les permite enfrentar aquello del trabajo que las confronta con la violencia estructural y les genera padecimiento.
Desde la psicodinámica del trabajo (Dejours, 2019), uno de los campos donde se juega la dinámica de la realización de sí y de la construcción de la identidad es el campo social y, en especial, el del trabajo. En relación con ello, la constitución y el funcionamiento de un colectivo de trabajadores ocupa un lugar central en la producción de salud mental. En este sentido, el reconocimiento por parte de la comunidad de pares constituye una ganancia para el sujeto en cuanto a la realización de sí mismo. En otras palabras, trabajar no es un acto individual, sino que implica una relación con otros. Un tipo de relación posible es la cooperación entre pares que implica construir acuerdos comunes sobre reglas, ajustes, transmisiones, saber esperar al equipo, dar lugar, lo cual exige confianza, esfuerzo. La búsqueda de construcción de equipos ad hoc, la covisión entre pares, se inscribe en esa línea. La reflexión sobre la práctica cotidiana, los espacios de encuentro formales e informales y los espacios artísticos resultan, así, indispensables para abordar y “soportar” la complejidad de la tarea.
Por otro lado, dos de las trabajadoras de mayor antigüedad en el cargo destacaron asimismo dos estrategias, además de las mencionadas: una de ellas, la participación de espacios artísticos; la otra, el registro.
En cuanto a los espacios y acciones artísticas para los equipos intervinientes en situaciones de violencia, la participante destacó que podían funcionar como “cable a tierra para tramitar y elaborar todo lo que queda en el cuerpo del impacto del trabajo”, y también, en tanto “eros frente a thanatos”, por lo doloroso de las situaciones que acompañan. Refirió que trabajar con lo creativo en esos casos “toca huellas y predispone a trabajar mejor”. Es decir, concibe la participación en espacios creativos como parte de la tarea, puesto que permite elaborar lo ocurrido, incorpora la dimensión del cuerpo del propio trabajador. Pero también porque con aquella experiencia estética se predispone a trabajar mejor “desde una pedagogía de la sutileza”.
En cuanto al registro, es posible concebirlo como escritura que permite pensar lo acontecido, extraerlo del lugar de anécdota para poder continuar definiéndolo, aprender de ello y construir nuevas respuestas.
Ambas estrategias se orientan a trabajar con lo que les acontece a las trabajadoras con la tarea y en ese punto es posible pensar que se configuran como aquello que sostiene la dinámica de la historia de trabajo, y que se reconoce como haciendo con y no siendo pasivas de. Desde la psicodinámica del trabajo (Dejours, 2019) se destaca la posibilidad de sublimar que puede brindar el trabajo cuando permite márgenes de creación, invención, pensamiento para abordar las complejidades.
Por último, las participantes de este estudio destacaron como principales satisfacciones de su trabajo dos grandes cuestiones principalmente:
- la posibilidad de armar equipo por sobre el trabajo en soledad. Ello incluye el trabajo interdisciplinario.
- el trabajo desde una perspectiva compartida de salud como derecho humano con perspectiva de género que se oriente al acceso efectivo a derechos.
También destacaron la resolución de problemas de la vida cotidiana de la población, los aportes concretos y, por último, refirieron que otra satisfacción la brindaba la construcción de vínculos de confianza y reconocimiento con usuarias/os y compañeras.
Desde nuestra perspectiva, no es casual que la cooperación, el valor social otorgado por el grupo de pares al trabajo realizado y los vínculos interpersonales que se construyen sean el contrapunto al malestar en el trabajo. Son estrategias colectivas de producción de cuidados que generan condiciones de posibilidad para el afrontamiento de los efectos que produce el trabajo en contextos de profundización de la precariedad.
Comentarios finales
La pandemia del COVID-19 aceleró y agudizó la crisis socioeconómica global. Frente a lo adverso del contexto rescatamos las propuestas vertidas por el colectivo de trabajadoras para la resolución de las problemáticas con las que lidian cotidianamente. Pensar modos de organización participativos y desburocratizantes, especialmente que confronten las formas jerarquizadas que impone el modelo médico hegemónico –incluidas las prácticas sostenidas en las desigualdades de género–, se vuelve imprescindible para atravesar la crisis actual. Retomando la perspectiva de la psicodinámica del trabajo, la apuesta es al despliegue de esa inteligencia anclada al cuerpo, que está presente en este colectivo, que inventa creativa y cuidadosamente alternativas una y otra vez frente a lo que aparece como irresoluble, al sufrimiento del/a otro/a, a la injusticia social. Ante la precarización de la vida, la apuesta a rehabilitar lo político a través de la acción colectiva en el trabajo señala la necesidad de pensar un modo alternativo de la organización del trabajo centrado en espacios de deliberación y democratización.
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- Miembras del proyecto UBACyT “Salud mental comunitaria: contextos de precarización y políticas del cuidado”.↵
- Como expresión de las políticas urbanas neoliberales, los procesos de gentrificación implican sustituciones territoriales con carácter de clase en función del negocio y la especulación inmobiliaria (Rodríguez, 2015). Es decir, el desplazamiento de la población de sectores populares en los barrios y su sustitución por clases medias y altas.↵
- Se omite el nombre del hospital dado que se siguieron los principios éticos de confidencialidad, voluntariedad y anonimato en el trabajo con las participantes.↵
- Dado que el trabajo de campo se realizó durante el segundo semestre de 2019, este dato se refiere al año 2018 y principios de 2019.↵







