Roxana Longo, Verónica Veloso[2], Graciela Zaldúa[3]
Las prácticas de salud en los hospitales públicos se encuentran afectadas por el incremento de las desigualdades e inequidades de los y las usuarias, por los procesos de desfinanciamiento del sector salud y por la precarización de las relaciones laborales. Las demandas actuales en lo que respecta a las prácticas de cuidado lleva a que los equipos de salud tengan que repensar los actos de salud, sus prácticas de cuidado y su rol e identidad profesional. Asimismo, los actos de salud están permeados por las cuestiones de género inscriptas en las identidades profesionales. La existencia de profesiones altamente feminizadas en los ámbitos de la salud se ha percibido como una prolongación del rol femenino.
El concepto de feminización de la profesión debe entenderse no solo como una noción que da cuenta cuantitativamente de la presencia mayoritaria de mujeres en ciertas profesiones, sino que es un término que incorpora una complejidad distinta, al poner el acento en la asignación de valores culturalmente considerados femeninos (Lorente, 2000, 2002).
Diferentes estudios sostienen que particularmente la feminización del trabajo social ha incidido en su desvalorización profesional (Alcázar-Campos, 2014). Numerosas investigaciones tienden a reivindicar el cuidado como un trabajo y buscan develar la subordinación y valorar los cuidados y lo femenino, tanto en la esfera de lo doméstico como en lo público y el mercado (Arango, 2015; Hirata y Araujo, 2012). Por ello, en el ámbito de la salud las trabajadoras sociales atraviesan simultáneamente dos aspectos de subalternidad, por pertenecer a una profesión no biomédica y por su condición de género.
Las trabajadoras de la salud en su ejercicio cotidiano en el ámbito hospitalario padecen una serie de sobreexigencias vinculadas al contexto de precarización de las vidas de los y las usuarias y del sistema de salud, exigencias vinculadas con su estatus y quehacer profesional y de género. Este escenario de precarización incrementa la inseguridad laboral, que se ha traducido en una inseguridad del mercado laboral para absorber la demanda de trabajo, la inseguridad en el empleo con la reducción de las protecciones frente al despido, inseguridad para mantener el propio puesto de trabajo frente a la movilidad horizontal, inseguridad en las medidas de protección de los/as trabajadores/as frente a accidentes y enfermedades, inseguridad a la hora de reproducir/actualizar/adquirir habilidades necesarias de su puesto de trabajo, inseguridad en los ingresos e inseguridad en los mecanismos de representación laboral que pone en jaque la ciudadanía plena (Gelabert, 2016). En este proceso, la dimensión de la identidad técnica profesional resulta vulnerada, ya sea a través de una autoridad cuestionada, del no reconocimiento y/o maltrato en la tarea, de las precarias condiciones de trabajo, y se manifiesta en estados de impotencia, aplastamiento, desorientación, desgaste de tiempo y energía (Zaldúa, Lodieu, Bottinelli, Pawlowicz, Gaillard, y Barbieri, 2010).
Recoger los elementos constitutivos del trabajo social es una labor necesaria para poder construir una episteme rigurosa a efectos de la elaboración de una identidad que pueda ser fortalecida por las/os propias/os profesionales (Estalayo, 2013). Recurrir al análisis histórico del surgimiento de la profesión permeado por determinadas condiciones histórico-sociales permite visualizar los movimientos de continuidad y ruptura que emergen en el campo del trabajo (Oliva, 2016). En las identidades de las trabajadoras sociales se manifiesta el reto de profundizar en el sincretismo que se presenta en el seno del trabajo social, en referencia a la división respecto al estatuto teórico y el estatuto práctico-profesional. José Paulo Netto (1997) identifica tres objetivos fundamentales de la estructura sincrética del servicio social: el universo problemático original que se le presentó como eje de demandas histórico-sociales, el horizonte de su ejercicio profesional y su modalidad específica de intervención. Esta situación da lugar a fragmentaciones en el interior de las concepciones teóricas que sustentan la base de acción profesional.
Las exigencias actuales e intensidad del trabajo impactan en los equipos de trabajo y producen efectos negativos sobre los vínculos y la confianza grupal, pero también afectan las dimensiones psíquicas y mentales de las trabajadoras de la salud (Neffa, 2017; Zaldúa y Lodieu, Koloditzky, 2000; Figueiredo-Ferraz, Gil-Monte y Grau-Alberola, 2009).
En este capítulo nos proponemos problematizar el proceso de construcción identitaria de un equipo de salud integrado por trabajadoras sociales de un hospital público del segundo nivel de atención de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Con ellas se realizó un trabajo de Investigación Acción Participativa (IAP) durante el primer semestre de 2019. En el trabajo se apuntó a la reflexión colectiva y crítica de la realidad cotidiana, lo que permitió transformarla en objeto de análisis, de estudio y de investigación con el propósito de generar cambios en la realidad inmediata del equipo. Se recuperan en este artículo aspectos centrales de la producción de conocimiento de ese trabajo.
Trayectorias identitarias y aspectos intergeneracionales
A lo largo de la historia, el trabajo social sufrió diferentes cambios y trasformaciones en su quehacer y praxis. Esos cambios generaron nuevos desafíos e interrogantes, así ampliaron sus prácticas, sus métodos de intervención y la configuración de nuevas formas de abordajes que impacta también en la identidad profesional. El trabajo social nació como consecuencia de la búsqueda de respuestas a las necesidades y problemas sociales, diferentes en cada momento histórico, y que han ido delimitando los espacios de la profesión (Del Villar y Tobías, 2015). Particularmente en América Latina, se gestó un importante movimiento de cuestionamiento y reformulación del trabajo social.
El movimiento de reconceptualización pretendió cambiar los presupuestos políticos, ideológicos y científicos del trabajo social bajo un propósito fundamental: producir un cambio en el dispositivo conceptual referente al marco teórico vigente de la profesión. Sin embargo, según Estrada Ospina (2011) el psicologismo impregnó y dominó el trabajo social en sus dimensiones, así como a otras ciencias sociales. Recayó de este modo en dos principios fundamentales: en primer lugar, la reducción del devenir social a la conducta del individuo, y, en segundo lugar, el estudio del individuo por fuerzas psíquicas de carácter instintivo, profundamente enraizadas en la “naturaleza humana”, la cual es considerada estable, determinada biológicamente y emparentada con miradas positivistas.
Como otras disciplinas, el Trabajo Social tiende a incorporar más fuertemente la perspectiva de género en el análisis de los problemas sociales. Considerar las contribuciones de la perspectiva feminista aporta a las necesidades y problemas sociales tan complejos como los que afrontan las trabajadoras sociales en el quehacer diario. Estos aspectos y tensiones impactan de manera significativa en la identidad profesional de las trabajadoras sociales.
La identidad es fruto de procesos de socialización e interacción en contextos sociales y situaciones cambiantes que, a través de identificaciones y atribuciones, configuran en las personas la imagen de sí mismas en función del reconocimiento de los otros (Andrade, 2014; Aquín, 2003; Bolívar, Fernández-cruz y Molina, 2005).
Una identidad profesional sin memoria no es posible. La identidad se representa y se sostiene entre la tensión de su pasado y su futuro, que es como se construye en el presente. Tener en cuenta y convocar estas referencias temporales en un espacio mediado por la reflexión es lo que hará posible una narrativa de la identidad en el trabajo social (Estalayo, 2013). También en las identidades profesionales ocupan un lugar significativo dos ejes que actúan como estructuradores: la formación y el empleo (Dubar, 2002):
Nosotras tenemos diferentes trayectorias y recorridos, a veces eso marca diferencias y puntos de vistas disímiles.
Algunas de nosotras hemos tenido en los primeros años de ejercicio profesional una fuerte experiencia comunitaria y otras se destacan por una experiencia más institucional.
Tenemos criterios diferentes en la construcción de informes.
Ante ciertos aspectos que han ido cambiando, se presenta una fuerte presión para delimitar la propia acción del profesional en diferentes encuadres que en muchas ocasiones no son propios del trabajo social. Ante ello, es necesario asumir un papel activo no solo de cara a los demás sujetos que participan en el campo de la intervención, sino con ellas/os mismas/os y con los/as propios/as compañeros/as de profesión para establecer lo que guiará su acción profesional (García Rico y Blázquez, 2016). En este sentido, se presentan desafíos en términos de profundizar diálogos intergeneracionales que tengan en cuenta la flexibilidad y la pluralidad necesaria para actuar en el contexto actual con respuestas profesionales oportunas frente a las situaciones emergentes e inmediatas. Teniendo en cuenta que las identidades más fuertes son aquellas que encuentran puentes y acuerdos entre el sí mismo personal y el social, aquellas que, como grupo profesional en este caso, comparten significados, cogniciones, representaciones incidiendo en sus prácticas (Van Dijk, 2000).
Feminización de la salud e identidad profesional
En el ámbito de la salud, al igual que en todos los sectores laborales, se observa la división sexual del trabajo. En aquellas disciplinas que mantienen contacto más directo con la población –medicina general, medicina familiar y comunitaria, pediatría y profesiones no médicas– el índice de feminización es aún mayor (Fernández y Cardozo, 2020). En esta línea, se señala que la esfera pública está íntimamente relacionada con la esfera privada y que las habilidades subjetivas de las mujeres se están usando cada vez más en el trabajo asalariado, generando un refuerzo entre la “socialización femenina” y el valor de estas habilidades en el mundo del trabajo asalariado (Federici, 2013). De esta manera la “semiprofesionalidad” justifica la supervisión de las prácticas, y requiere de tutela, supervisión y generación de conocimiento por parte de otras profesiones con carácter superior (Wilensky, 1964, en Lorente 2004, p. 44).
Desde los dispositivos sanitarios, que son un subconjunto de la sociedad patriarcal con sus mismas normas, se transforma la diferencia en dicotomía y se aplica sobre ella un eje vertical que construye una desigualdad (Benedicto, 2018). El trabajo de cuidado nos interpela como trabajo vivo e inmaterial generizado en la división sexual del trabajo y que exige que sus protagonistas sean escuchadas, reconocidas, dignificadas, calificadas y justamente remuneradas (Lenta, Longo y Zaldúa, 2020). Paralelamente, la división del conocimiento también implica, a su vez, una asignación por género de los saberes considerados valiosos, abstractos, analíticos, trascendentes, productivos y transformadores frente a los que se consideran cotidianos, repetitivos, complementarios o asistemáticos, adjetivaciones que proyectan una concepción ideológica sobre el valor de los saberes y los jerarquiza genéricamente en nuestras sociedades (Lorente, 2004).
Las narrativas de las trabajadoras sociales subrayan las diversas inequidades que atraviesan en el territorio hospitalario. Este equipo de trabajo conformado solo por mujeres de disciplinas no médicas pone en evidencia las tensiones cotidianas que afrontan desde su práctica profesional:
Nosotras acá estamos acostumbradas a los chistes e ironías.
Tenemos que ser muy cuidadosas con los informes que les entregamos a otras/os profesionales del hospital.
Nosotras cuando nos acercamos a las/os usuarios/os y a las diferentes áreas del hospital en las que interactuamos [vamos] con otros/as profesionales con nuestras carpetas. Las carpetas son una especie de escudo frente a posibles situaciones de vulneración y violencia.
En el proceso de reflexión colectiva las trabajadoras sociales evidenciaron e identificaron estrategias defensivas colectivas como la “utilización de las carpetas” para defenderse de las exigencias exteriores en el ámbito hospitalario y cómo el sufrimiento de las mujeres trabajadoras se trivializa fácilmente (Molinier, 2003). Esta visualización permitió la reflexión sobre la importancia del apoyo sororo como pilar fundamental e indispensable para fortalecer las identidades profesionales y los proyectos colectivos futuros de las trabajadoras de la salud (Longo, Lenta y Zaldúa, 2018).
Territorios de precarización en salud
En el territorio se despliegan conflictos, solidaridades, saberes y sentidos comunes, experiencias de vida, racionalidades, discursos, capacidades, intereses, proyectos. En el territorio se disputa poder (Ussher, 2015). Consideramos la territorialidad como un analizador dentro de las narrativas de las trabajadoras sociales. El espacio, en donde despliegan sus recorridos, se presenta como un factor de incidencia en las prácticas.
El campo de la salud merece ser reconocido como un territorio en disputa. Las tensiones se dirimen en los posicionamientos ético-políticos de las actoras frente a las necesidades de la población y la determinación social de la salud; entre los objetivos de la salud pública de atención-cuidados integrales y universales de los procesos de salud-enfermedad y las políticas públicas que los sustenten (o no); entre los intereses económicos de la mercantilización de la salud y los limitados accesos ante la fragmentación del sistema de salud; y entre modelos hegemónicos y modelos innovadores en el ejercicio de las profesiones.
La dificultad para detectar el malestar laboral por las deficiencias del espacio físico como una falla institucional les devuelve a las trabajadoras el conflicto al interior del grupo de trabajo, que ensayan aciertos y desaciertos en las improvisadas estrategias de resolución. Contextualizar el escenario de las políticas de desfinanciamiento del sistema público de salud y la mayor complejidad de las demandas de las/os usuarias/os devela que el conflicto territorial en salud tiene una dimensión macro que se dirime colectivamente en el afuera del grupo de trabajo con los gestores del sistema de salud y los decisores políticos.
Las trabajadoras de la salud pudieron describir los “espacios” en los cuales se despliegan las prácticas.
No tenemos un lugar para hacer las entrevistas, es un único espacio con una mesa larga donde atendemos a las personas.
Más de una vez estamos reunidas y nos gritan por la ventana para que atendamos.
Se escucha lo que hablamos desde afuera.
Muchas veces hablamos con las personas en los pasillos.
El no lugar para el ejercicio de determinadas prácticas profesionales, en particular las prácticas no médicas, es uno de los indicadores de tensión en los hospitales. El no lugar desde lo simbólico a aquellas intervenciones por fuera del paradigma médico hegemónico impone el no lugar material para ser habitado por “profesionales subalternos” (trabajadoras sociales, psicólogas, enfermeras, etc.), desterradas al pasillo y a la invisibilización, según el modelo de salud biomédico dominante en el sistema de salud local.
El espacio de reflexión colectiva de las trabajadoras en sí mismo se construye como una resistencia a la desterritorialización de sus prácticas y saberes en el territorio de la salud integral. De las narrativas colectivas se pueden observar los arribos a una restitución subjetiva de los “territorios existenciales”, es decir, aquello que cada uno tiene dentro y que define su forma de significar e interactuar con el mundo.
La apropiación del espacio para la palabra en las trabajadoras de la salud habilita movimientos de desterritorialización de los lugares impuestos y la reterritorialización de nuevos posicionamientos ético-políticos frente a la realidad social. Las trabajadoras del hospital, a partir del intercambio, lograron visibilizar que de alguna manera sostenían el statu quo de la inequidad en la distribución de los espacios:
el espacio de la jefatura es una oficina que bien serviría para realizar las entrevistas con mayor privacidad, si bien lo ofrecen y en muchas oportunidades está libre, nosotras nunca lo usamos, “es el lugar de las jefas”.
Durante los encuentros de reflexión crítica, las trabajadoras se permiten revisar los rodeos que deben hacer para el acceso a un “espacio seguro” en el cual desplegar las entrevistas a usuarios/as con privacidad y cuidado:
Cuando vemos que es una entrevista compleja le damos prioridad para usar el espacio, pero a veces tenemos varias entrevistas difíciles al mismo tiempo.
Esto afecta la demanda espontánea. Los/as usuarios/as vienen igual y tenemos que atenderles.
La naturalización de las deficitarias condiciones de trabajo en cuanto al espacio físico y su uso deteriora el encuadre para las buenas prácticas. Las trabajadoras sociales pueden registrar el ruido/bullicio que se interpone en los actos de salud que despliegan en el sector, ese ruido que viene de afuera o del propio bullicio de las colegas se cuela en la entrevista. No puede delimitarse el adentro y el afuera, el ruido y la ausencia de divisiones o puertas lo distorsiona, las trabajadoras intentan ir por sobre ese obstáculo ejecutando su tarea a costo del malestar.
Dar paso a un movimiento de desterritorialización en el colectivo de trabajadoras sociales podría estar dado en la construcción de la posibilidad para solicitar a las autoridades institucionales un cambio de lugar. Esta propuesta circuló entre las participantes, si bien se puntualizó la necesidad de que se construya respecto de ella un grado de acuerdo que permita reconocerla como una decisión colectiva.
Reconocimiento solidario
Las trabajadoras sociales compartieron un espacio de reflexión colectiva que permitió revisar los puntos de partida, anclajes y trayectorias desde donde cada una constituye su identidad profesional. Las trabajadoras recorrieron la historización disciplinar desde la búsqueda de reconocimiento entre pares. Sin embargo, entre las percepciones subjetivas, la desvalorización y la sobreexigencia mostraron la tensión entre los vínculos interpersonales y las relaciones de poder. La intensidad del compromiso con la tarea, la distribución inequitativa de la tarea, la formación y trayectorias profesionales diversas establecen diferentes criterios de trabajo y debilitan el posicionamiento disciplinar que también reclama reconocimiento en el campo de la salud al exterior del servicio.
El reconocimiento social es condición del desarrollo de la identidad, su negación o falla está necesariamente acompañada por una pérdida en la integridad del sujeto. Esta esfera es sumamente dependiente de las valoraciones que una comunidad hace, por eso aparece muchas veces como lucha, por cambiar patrones culturales o ampliar visiones (Fascioli, 2016).
La circulación de la palabra allí en donde las preguntas no se habían explicitado y los niveles de acuerdo eran precarios abrió paso a las diferencias a la vez que unificó la identificación del conflicto en la “mala comunicación”. Los espacios de encuentro brindaron un encuadre capaz de exponer las diferencias y revisar las coincidencias, sosteniendo el respeto y la valoración de la búsqueda colectiva por la resolución de los malestares. La naturalización del conflicto delineó las prácticas comunicativas entre estar “en alerta” y “andar con cuidado” en desmedro de la participación y la confianza, que son dos elementos fundamentales para el reconocimiento social:
Creo que nos cuesta escucharnos. Tenemos una mirada o hipótesis previa a la respuesta de la compañera.
En las relaciones comunicativas cotidianas se encuentran presentes ciertas expectativas normativas de reconocimiento social, y lo que es percibido como injusto es cuando, contrariamente a sus expectativas, las personas son negadas en el reconocimiento que sienten que merecen (Fascioli, 2016).
Si bien en las narrativas de las trabajadoras sociales se explicita el reclamo a las instancias jerárquicas por mayor autonomía en las prácticas, una visión relacional de la autonomía devela que dicha autonomía será en el reconocimiento recíproco disciplinar y desafía la forma individualista de desarrollo profesional. Las relaciones entre las trabajadoras fluctúan, en función de los malestares dichos y no dichos, entre el repliegue hacia un rol con padecimiento en soledad y la colaboración entre pares, o entre la desvinculación activa del colectivo, como podría señalarse en algunas ausencias para la tarea reflexiva, y el reconocimiento recíproco.
La visibilización conjunta de estas tensiones pone de manifiesto el alto costo de seguir trabajando con las condiciones impuestas, en el adentro y el afuera del grupo, por los viejos modelos hegemónicos de fragmentación y subalternización disciplinar o restituir derechos en un nuevo escenario con condiciones de posibilidad hacia el reconocimiento recíproco y solidario entre trabajadoras sociales.
Reflexiones finales
Las trabajadoras sociales de este hospital público de CABA transitan territorios de precarización e inequidades de género como escenario continuo donde inscriben sus prácticas. Los territorios existenciales de las trabajadoras son puestos en tensión frente a las inequidades y descuidos del sistema de salud, que impregna de sufrimientos el contexto de trabajo. El proceso de IAP habilitó un movimiento de reflexión-acción colectiva crítica y el intercambio propició un diálogo sobre las tensiones y los puntos de encuentro que las trabajadoras presentaron sobre el conflicto de la comunicación intraequipo. Se registró una “doble faz” a recuperar de las diversidades presentes en el colectivo. Por un lado, se problematizaron las diferencias generacionales, jerárquicas, de formación, criterios y trayectorias institucionales que generan distanciamiento y malestar; sin embargo, es esa diversidad de experiencias y miradas lo que enriquece el trabajo en equipo y construye lazos solidarios frente a los contextos críticos a atender. Por otro lado, identificaron un posicionamiento común frente a la subalternización de las profesiones no biomédicas que en territorios de precarización en salud interpela a las trabajadoras sociales ante procesos deteriorantes que estarían denegando y dificultando la constitución grupal identitaria, el reconocimiento recíproco y disciplinar. El territorio existencial en el cual las trabajadoras sociales se inscriben establece ritmos de trabajo intensos, dinámicos y tensionados por sucesivos y continuos procesos de problematización (Franco y Merhy, 2011). La producción subjetiva de la realidad social se da a través de movimientos de desterritorialización y reterritorialización de los/as propios/as sujetos que producen en el cotidiano: el funcionamiento social.
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- Agradecemos a las trabajadoras del servicio social participantes en el proceso de IAP. Por resguardos éticos acordados con el equipo, no se presenta aquí el nombre de la institución de referencia.↵
- Miembra del proyecto UBACyT “Salud mental comunitaria: contextos de precarización y políticas del cuidado” ↵
- Directora del proyecto UBACyT “Salud mental comunitaria: contextos de precarización y políticas del cuidado”.↵







