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2 Martín de Álzaga:
una semblanza política

a. La llegada a una Buenos Aires en veloz evolución

Martín de Álzaga nació el 11 de noviembre de 1755 en la anteiglesia[1] de Ibarra, en el municipio de Aramayona, provincia de Álava (País Vasco), y recibió su nombre de pila del santo patrono de su comarca. Hijo de Juan Francisco de Álzaga y de Manuela de Olavarría, fue el décimo de doce hermanos. Su padre trabajaba en la extracción de piedras en las canteras de la zona y había accedido a numerosas obras públicas, pero problemas de cobro y una serie de juicios sumieron a la familia en la pobreza, lo que forzó a varios de sus hijos a emigrar hacia otros lugares de España y, en el caso de Martín, a América[2].

Con el único activo de un apellido hidalgo, llegó a Buenos Aires en 1767, con apenas doce años de edad. Sin dinero ni un conocimiento suficiente del castellano, lograría un veloz ascenso hasta convertirse en uno de los miembros más ricos y prominentes de la sociedad colonial porteña. Lo recibió una ciudad que contaba en la época con unos 37 mil habitantes y que era un puerto distante y de escasa relevancia dentro del Virreinato del Perú. Eso cambiaría en 1776, cuando pasó a ser capital del nuevo Virreinato del Río de la Plata, lo que le permitió disfrutar de otras prerrogativas comerciales y convertirse en el centro mercantil más importante del confín sur del imperio. El crecimiento progresivo de la población y de la actividad comercial pronto pondrían a Buenos Aires al nivel de una ciudad peninsular de segundo rango, a despecho de su lejanía no únicamente de la metrópoli sino también de los principales centros urbanos de la América colonial española.

Martín de Álzaga llegó para trabajar como dependiente de una de las casas de comercio mayorista más importantes de la época, la del también alavense Gaspar de Santa Coloma, y en solo diez años logró hacerse del capital suficiente para poner en marcha su propio emprendimiento.

En 1780, con 25 años, se casó con una joven de buena familia, María Magdalena de la Carrera e Inda[3], lo que le permitió hacerse de una de las dotes más altas conocidas hasta entonces en Buenos Aires, dinero que resultaría crucial para la expansión de sus negocios[4]. Cabe señalar que el matrimonio –el de los propios comerciantes y los de sus descendientes– era, junto al compadrazgo, una institución clave en la sociedad colonial para la formación, ampliación y consolidación de clanes mercantiles[5].

A pesar de que el Litoral –en particular Buenos Aires y Entre Ríos– vivía la primera etapa de expansión de las actividades ganaderas, en los años fundacionales de la casa de Álzaga los principales productos regionales de exportación eran los metales preciosos provenientes del Alto Perú, mientras que los cueros y carne seca y salada ocupaban el segundo lugar.

El comercio no fue un destino casual para Martín de Álzaga; de hecho esa era la inserción principal de los peninsulares que, como él, llegaban con buen nombre, pero con escasos recursos. En España, la actividad no gozaba de prestigio ya que las familias encumbradas reservaban para sus hijos destinos eclesiásticos, militares o profesionales, pero en el distante Río de la Plata la acumulación de dinero era un buen modo de alcanzar respetabilidad. El ciclo de auge y decadencia de esa clase mercantil en general y de Álzaga en particular explicarán en buena medida las tensiones que estallarían en mayo de 1810 y en los eventos de 1812.

Como la Buenos Aires colonial vivía básicamente de su actividad comercial, quienes la desarrollaban se ubicaban al tope de la pirámide social. ¿Quiénes eran estos? Sin excepciones, españoles peninsulares, ya sea vascos, catalanes o gallegos. El resto de la vida económica estaba dominada, en buena medida, por las tareas administrativas, otra vez con los españoles disfrutando del monopolio de los cargos públicos a expensas de las crecientes y siempre reprimidas pretensiones de los criollos. El artesanado y la producción primaria quedaban confinados más abajo en la escala económica y en manos de nacidos en la colonia, mientras que debajo de estos en la pirámide social se encontraban las castas de indios –muy escasas en Buenos Aires–, negros e “infinitas gradaciones [dadas] por una conciencia colectiva cada vez más sensible a las diferencias de sangre”[6]. En tanto puerto de ingreso de mercancías, incluso humanas, una particularidad de la ciudad era, indica Halperin, la elevada proporción de esclavos[7].

Respecto de lo anterior, cabe recordar que el reproche por la falta de acceso a la burocracia estatal para los hijos de América, agravada desde el reinado de Carlos III, fue un elemento de queja relevante de los revolucionarios de 1810, una tirria que se filtraba hacia abajo de la sociedad colonial y que se potenciaba por su carácter estanco[8].

Como afirma Halperin, en su primera fase de desarrollo, la actividad comercial rioplatense se caracterizó por una muy baja propensión al riesgo. Si bien esto se fue moderando con el tiempo, no se alteró el objetivo central de buscar elevados márgenes de ganancia antes que un volumen de ventas creciente, rasgo derivado de la limitada capacidad de absorción de productos del mercado local[9]. Los altos precios y el consumo acotado resultantes de dicha práctica se sumaban, de un modo más directo, a la irritación de los sectores más bajos.

La mayoría de los mercaderes de la ciudad eran consignatarios –vendedores a comisión– de casas comerciales ubicadas en la Península. La relación entre estas y aquellos era radial y respondía principalmente a un núcleo en Cádiz. Con todo, la lejanía de las casas matrices fue ampliando los márgenes de acción y acumulación de capital de quienes inicialmente habían sido en principio meros representantes locales en condiciones desventajosas.

El relajamiento del monopolio y la apertura de los flujos de mercancías entre los puertos españoles y americanos, establecidos en 1778 en el marco de las reformas borbónicas, aceleraron el crecimiento de la ciudad y el encumbramiento de una capa social nativa. En palabras de Klaus Gallo:

Este nuevo orden económico incrementó en lo sucesivo la actividad comercial en el Río de la Plata y rápidamente allanaría el camino a la emergencia de un grupo comercial local, entre cuyos asociados se contaban futuras figuras revolucionarias como Manuel Belgrano, Hipólito Vieytes y Mariano Moreno[10].

Este punto es central, ya que la emergencia de este nuevo grupo comercial criollo, con aspiraciones de hegemonizar el poder, será materia de análisis de este trabajo, así como el proceso revolucionario iniciado formalmente en 1810.

En tanto, la capital del Virreinato del Río de la Plata también consolidaba su importancia comercial sobre la base del contrabando, intermediado por comerciantes ingleses desde Colonia, en la Banda Oriental, y favorecido por la falta de controles españoles efectivos en la zona[11]. Poco después, el corte de las rutas marítimas impuesto por la guerra en Europa, que enfrentó a España sucesivamente con Inglaterra y con Francia, también alentó la progresiva liberalización del comercio, tanto de facto como de jure, lo que coadyuvó al debilitamiento del vínculo entre la metrópoli y sus colonias.

La autorización para importar esclavos en buques de mercaderes porteños, 1791; […] para el comercio activo y pasivo con las colonias extranjeras, 1795; […] a los buques y comerciantes rioplatenses para intervenir activamente en el comercio con la Península, 1796 [y] para el comercio con países neutrales, 1797[12]

marcaron un crescendo elocuente en ese sentido. Estas medidas eran parches antes que soluciones, dado el marco bélico general, en una etapa negativa para la actividad mercantil.

La paulatina disolución de los lazos coloniales registró un hito importante en 1809, cuando la alianza de España con Inglaterra dio lugar al permiso para comerciar con esta última. Eso hizo que los intercambios recobraran fluidez en los principales puertos americanos y que la distante Buenos Aires regresara a su antiguo estatus subalterno. Mientras tanto, el auge de los productores vacunos del Litoral generaba la necesidad de contar con canales comerciales más amplios, ajenos a los del orden colonial, para la llegada de sus productos a Europa[13].

Estas tensiones y la relativa decadencia del sector dominante de Buenos Aires, sumadas al proceso revolucionario del 10, contribuyeron a las reacciones conspirativas de los españoles de Buenos Aires de 1809 y de 1812, las que reivindicaban un orden perdido. Álzaga llevaría la voz cantante en ellas, algo que lo conduciría a su destino final. Otra vez en palabras de Halperin:

He aquí unas de las razones del recelo con que los sectores mercantiles enfrentarán la crisis revolucionaria; la denuncia del monopolio gaditano no sólo los encontraba reticentes por los vínculos de dependencia económica que con ese monopolio mantenían; la hegemonía de Cádiz no era sino un aspecto de un sistema de comercialización que incluía también la de Buenos Aires como metrópoli secundaria para un área que le era asegurada, más que por su gravitación propia, por decisiones políticas de la corona […]. Los años de dislocación del comercio mundial no inauguran entonces una nueva prosperidad para Buenos Aires; las perspectivas de independencia mercantil que abren no son una alternativa válida para las seguras ganancias que el goce de su situación en la estructura comercial imperial, reformada en su beneficio, le asegura[14].

El malestar, con todo, no se agotaba en la numerosa élite local. Como se dijo más arriba, la cantidad de esclavos en la sociedad colonial era desproporcionada y se hacía “sentir sobre los sectores medios artesanales […]. La presencia de esa vasta masa esclava contribuye sin duda a mantener un sector marginal de blancos pobres y sin oficio”[15].

Si a hechos afianzados –una estructura social rígida, el acaparamiento de los cargos públicos y el ingreso privilegiado a la jerarquía eclesiástica por parte de los españoles residentes en el Río de la Plata y los reproches a los comerciantes peninsulares por el limitado acceso popular a los productos importados– se sumaban la emergencia de nuevos sectores ligados a la producción rural y una coyuntura económica en brusca mutación, quedaba establecido un terreno fértil para un choque fuerte entre las masas nativas frustradas y los peninsulares privilegiados desde hacía mucho tiempo. Más allá de la vacatio regis que se produciría en España, la revolución rioplatense contaría también con bases locales.

Si Martín de Álzaga quedó involucrado de un modo central en los hechos que trata este trabajo, corresponde analizar en la próxima sección la manera en que este convirtió su crecimiento material en protagonismo político y, en paralelo, qué ideas lo movieron.

b. Un monopolista en la encrucijada

Con independencia de su resistencia a asumir responsabilidades políticas, la condición de comerciante monopólico cada vez más poderoso obligaba a Martín de Álzaga a cultivar relaciones con las altas esferas coloniales y, a través de influyentes, incluso con la propia corte en Madrid. La imbricación entre negocios y política resultó para él inevitable.

En 1777, un año después de la creación del nuevo virreinato, el Cabildo de Buenos Aires obtuvo del virrey Pedro de Cevallos el permiso para la ampliación de la libertad de comerciar ya no solamente con España, sino también con las demás colonias americanas, lo que flexibilizó una actividad hasta entonces rígidamente radial con la metrópoli. Esa resolución precedió al Reglamento y aranceles reales para el comercio libre de España e Indias, que ratificó esa decisión y supuso una fuerte expansión de las actividades comerciales que Álzaga y sus colegas supieron aprovechar hasta que el ciclo se hizo descendente hacia mediados de la década siguiente.

En esa coyuntura, el 1 de enero de 1785 se eligió, como cada año en esa fecha, a las autoridades del Cabildo de Buenos Aires: a Álzaga le tocó, a sus treinta años y siendo ya el hombre más rico y uno de los más prestigiosos de la ciudad, su primer cargo, el de regidor y defensor de pobres. Transcurrido el año de duración del nombramiento, intentó darle impulso a su actividad con la apertura de una casa comercial en Potosí, cuya gestión encargó a su hermano Blas. El emprendimiento resultó en un fracaso apenas tres años después, lo que amenazó seriamente el poderío económico de la familia, por lo que Álzaga debió viajar al Alto Perú para salvar lo que fuera posible y reactivar los negocios.

Las dificultades económicas eran su argumento en esa etapa para resistir –siempre en vano– los nombramientos que cada 1 de enero le asignaban los otros ilustres de Buenos Aires. De ese modo, en 1790 se convirtió en síndico procurador general –representante legal del Cabildo– y en 1791, en primer regidor, lo que lo puso a cargo de la actividad general del cuerpo. En ese año quedaría demostrado por diferentes vías el modo en que el poder de Álzaga y sus pares descansaba en una retroalimentación permanente entre enriquecimiento e influencia política, las dos caras sociales de la moneda del imperalismo monopólico español.

Varios comerciantes prominentes de la capital virreinal remitieron a España el 21 de agosto de 1790 un pedido para el establecimiento en la ciudad de un Tribunal de Consulado destinado a dirimir los conflictos en los negocios y a agilizar el cobro de deudas, proyecto que la intrincada burocracia metropolitana permitió concretar recién cuatro años más tarde. A diferencia de lo que había ocurrido con los cargos políticos que se le ofrecían, Martín de Álzaga buscó activamente ser parte del nuevo organismo de justicia comercial, donde se trataban los asuntos que verdaderamente le interesaban. Instalado formalmente el 2 de junio de 1794, logró quedar a la cabeza del cuerpo con el cargo de prior[16].

Desde el comienzo, el Consulado fue la caja de resonancia del naciente, pero ya intenso conflicto ideológico y, más profundamente, de intereses entre monopolistas y librecambistas, con Álzaga como abanderado de los primeros y con el síndico Antonio de las Cagigas, un comerciante rival, y el secretario Manuel Belgrano como principales referentes de los segundos[17]. Volver en este punto sobre la referencia de Klaus Gallo, que ubica a Belgrano entre los asociados a un emergente grupo comercial de americanos, resulta especialmente relevante para dar cuenta de un juego de intereses de una complejidad desconocida hasta ese momento[18].

Para furia de quienes no concebían que el mundo pudiera marchar en un sentido diferente al que los había enriquecido, una Real Orden del 18 de noviembre de 1797 autorizó “el comercio desde los puertos neutrales”, lo que fue revocado por otra, del 20 de abril de 1799, producto de la enconada resistencia del sector monopolista.

Las exposiciones de Álzaga ante el Consulado lo muestran en esa época como un convencido de la monarquía absoluta y como un defensor a ultranza del monopolio que pretendía amarrar las colonias a la península. El monopolio, en efecto,

resumía los sentimientos de los comerciantes españoles más importantes, que se oponían con fuerza a la influencia de los ideales de libre comercio que habían penetrado rápidamente en Buenos Aires y atraído a la élite criolla y a quienes formaban los grupos revolucionarios[19].

Según Álzaga declamaba, la función primordial del comercio era engrandecer a España y reforzar el vínculo colonial.

En el plano personal, se exhibió como un hombre autoritario, alguien para quien las derrotas nunca eran definitivas y que reservaba a sus enemigos una memoria implacable; así, llegó a presionar por que De las Cagigas fuera expulsado del Consulado[20]. Sin embargo, en lo que representa un indicador interesante del modo en que iba cambiando la relación de fuerzas dentro del sector comercial de Buenos Aires, nunca terminó de dominar dicho tribunal y su salida de él, el 28 de mayo de 1800, cumplido el plazo para el que había sido designado, fue amarga y plena de reproches.

Se ha señalado a 1790 como un año crucial para entender el modo en que negocios y política se imbricaron en la vida de Martín de Álzaga, en particular por el nacimiento de una rivalidad que signaría buena parte de la vida de este y de toda una etapa en la Buenos Aires de fines del siglo XVIII y principios del XIX.

Santiago de Liniers, un francés que oficiaba como capitán de fragata de la Real Armada Española, resultó beneficiario junto a su hermano Enrique Luis de una Real Orden emitida el 24 de junio de 1790 en Aranjuez y de otra firmada el 20 de marzo del año siguiente que lo habilitaban a levantar una fábrica de gelatinas, pastillas de carne, aguardientes y almidones, y, sobre todo, a importar mil esclavos negros. Semejantes ventajas fueron repudiadas por los comerciantes españoles, que, con Martín de Álzaga a la cabeza, operaron a través del Cabildo para inhabilitar aquella instalación, lo que se concretó solo temporalmente y en medio de fuertes conflictos el 29 de abril de 1791[21].

En lo que hace a los esclavos, el problema entre Álzaga y Liniers no era ético. El primero, de hecho, no fue ajeno a la trata de africanos, lo que permite conjeturar que la disputa, que devendría política y grave, se originó en un choque de intereses puramente comerciales. Cabe en este punto hacer un breve salto adelante en el relato. Exactamente diez años después de esos episodios, Martín de Álzaga decidiría aprovechar el filón abierto por la Real Orden de Carlos IV del 24 de noviembre de 1791, que había abierto el Río de la Plata al comercio de negros al eliminar el pago de derechos vigente hasta entonces. Así, gestionó y obtuvo un permiso de esclavatura del virrey Gabriel Miguel de Avilés y del Fierro[22]. El emprendimiento duraría tres años y culminaría en 1804 en un desastre que incluyó la pérdida de una embarcación en la costa de Mozambique, la muerte por sed y enfermedades de 270 de los 300 esclavos importados y un enfrentamiento con el gobernador Ruiz Huidobro que llevó a Álzaga a presionar al virrey Sobremonte para que le permitiera desembarcar la carga a pesar de los riesgos sanitarios que eso provocaba. Más allá del episodio en sí, el relato vuelve a ilustrar el vínculo entre riqueza y relaciones de poder que constituía el núcleo de la posición de Martín de Álzaga en la sociedad de su tiempo[23].

Antes y después de eso, el centro de sus actividades estuvo conformado por las exportaciones de cueros de caballo y de vaca, plumas, pieles de nutria, sebo, jengibre, azúcar, cascarilla, cacao, cerda, tasajo y sal. En Arica compraba, para despachar también, cobre y estaño, y en Paraguay, “pieles de tigre”. Todo eso se enviaba a través de embarcaciones propias a puertos españoles como el de Cádiz, donde operaban sus representantes Agustín de Arribillaga y, más tarde, José de Requena, este último influyente en la corte de Madrid. Las naves –que viajaban también a Hamburgo, Londres, Ámsterdam, Lisboa, Cuba, Santo Domingo, Bahía y hasta Mozambique– volvían con seda y terciopelo –entre otras telas finas–, ropa confeccionada, herramientas varias, cuchillos, naipes, aceites, alquitrán, arroz y canela, entre otros productos. Martín de Álzaga gozaba del prestigio de ser uno de los principales exportadores e importadores del Río de la Plata[24].

El cuadro de un comerciante impregnado también de intereses políticos no quedaría completo si no se diera cuenta de que Martín de Álzaga no solo tejía relaciones hacia arriba, sino también hacia abajo. En efecto, muchas de sus acciones se correspondían con las de un hombre deseoso de acumular prestigio entre las capas populares, una suerte de clientelismo que encontraría base doctrinaria en la caridad inspirada por su ferviente catolicismo. De hecho, todos los sábados distribuía, con alguna de sus hijas, limosnas a los menesterosos que acudían a su vivienda. Además, acudía semanalmente a casas de personas ancianas o incapacitadas para darles ayuda económica de modo personal[25].

Vale un ejemplo para ilustrar el modo en que se comportaba. Uno de esos necesitados le habló en una ocasión de su deseo de comprar una pequeña vivienda. El comerciante la compró y se la cedió al hombre a través de una escritura que le permitía habitarla de por vida. Mucho después, tras la muerte violenta de Álzaga, el beneficiario quiso pagarle el monto adeudado a la familia, pero comprobó que la casa no estaba incluida en el listado de propiedades de su testamento: Martín de Álzaga se la había regalado[26].

c. Un contexto de cambios: hacia una nueva identidad

Como cada 1 de enero de elección concejil, la vida de Martín de Álzaga tomó en 1795 un nuevo curso, esa vez de un modo especialmente trascendente. La designación de autoridades realizada ese día por el Cabildo le deparó, nada menos, que el cargo de alcalde de primer voto. Comenzaba para él la etapa de máximo poder en el ámbito municipal, una que constituiría en los años subsiguientes la fragua de un mundo muy distinto al que había conocido y que había sido la base de su progreso y de sus convicciones.

El contexto era turbulento en 1795. En lo local, la coyuntura estaba signada por una severa crisis económica. El trigo escaseaba, lo que afectaba nada menos que el abastecimiento de pan. El tema se trató en el Cabildo el 13 de febrero, apenas un mes y medio después de la elección de Martín de Álzaga como alcalde de primer voto. Ante la emergencia, el comerciante se comprometió a “suplir el dinero que se necesitase para la compra de un mil o más fanegas de trigo en Montevideo”[27]. Además, cuando se anunció la llegada de un nuevo virrey en reemplazo de Arredondo, Pedro Melo de Portugal y Villena, la única forma de recibirlo con los honores debidos fue que los gastos corrieran otra vez por cuenta y orden del alcalde de primer voto[28]. Ambos hechos siguen delineando el perfil de un hombre dispuesto a acumular poder “por arriba” y “por abajo”, esto es, con base en relaciones cercanas con los factores de poder de la época y también, de modo paternalista y clientelar, hacia los pobres.

Mientras, el mundo cambiaba. Después de la Revolución francesa de 1789 y el proceso que le siguió –conmocionante para las monarquías europeas–, las Invasiones de 1806 y 1807 instalaron en Buenos Aires la idea del enemigo externo, en ese caso inglés. Más tarde, tras la Revolución de Mayo, el sentimiento de amenaza se concentraría en los españoles peninsulares que residían en la ciudad, como se verá más adelante. Se trata de instancias históricas distintas entre sí y que no es nuestra intención comparar, pero justamente esa diferencia hace interesante constatar que hayan confluido y consolidado un mismo efecto político: el arraigo de la noción de amenaza, ya sea directamente exterior o de agentes internos que sirven a intereses foráneos.

En el transcurso de esa transición, la monarquía española a la que Álzaga había servido de modo fiel –y de cuyos favores también había sabido sacar provecho– colapsaría, el comercio monopólico perdería sentido debido a la ruptura de hecho del lazo colonial y la relación de fuerzas en Buenos Aires cambiaría para siempre en detrimento de su sector social. Así, el comerciante vasco pasaría de ser el exponente más emblemático de una época y un lugar al más disfuncional dentro de un nuevo orden. Ya se llegará al momento de relatar ese proceso en detalle.


La suma de factores mencionados, extendidos a lo largo de casi dos décadas entre 1793 y 1812, bien podría ser analizada en términos de nico moral, el marco teórico que nació a principios de los años 1970 por el trabajo del sociólogo Stanley Cohen. En efecto, las categorías inherentes a este parecen aptas para analizar períodos de diferenciación identitaria a través de la separación de un “otro” o desviado, sobre el cual un grupo dominante hace caer un fuerte poder represivo a la vez que afirma su propio perfil grupal. Sin embargo, es preferible limitar su aplicación detallada a la “conspiración de los españoles de 1812” a fin de resaltar debidamente el objetivo de este texto: la identificación de esa coyuntura, con sus notables particularidades, como un momento relevante en la conformación de una identidad patriótica americana en el Río de la Plata, recortada por primera vez explícitamente de la española. Ese será el punto de llegada que se plantea.

Conviene ahora abocarse al rol de Martín de Álzaga en cada uno de los episodios de percepción de amenaza externa de la época: primero la del “complot de los franceses”, luego las Invasiones Inglesas y, finalmente, la propia “conspiración de los españoles”.

En 1795 perduraba a ambos lados del Atlántico un profundo impacto por la ejecución de Luis XVI el 21 de enero de 1793, por la guerra entre la Francia revolucionaria y las monarquías europeas y por la violencia de la etapa jacobina, cerrada poco antes, en julio de 1794.

La reacción de las autoridades y de los sectores pro statu quo de la sociedad ante la percepción de una posible amenaza francesa en el Río de la Plata se expresó en el bando del virrey Arredondo del 24 de junio de 1793, que prohibía a los súbditos entablar contacto con personas de ese origen en virtud del estado de guerra existente[29]. Los debates sobre libre cambio y monopolio en el Consulado, mencionados más arriba, no eran, desde ya, ajenos a ese estado de cosas.

Dicha conmoción tuvo en Buenos Aires el reflejo de un movimiento pequeño, pero considerado suficientemente amenazante, de respaldo a las ideas revolucionarias, lo que se evidenció en la aparición de pintadas callejeras y en la difusión de libros y panfletos[30]. La llegada del nuevo virrey –Pedro Melo de Portugal y Villena– en el año mencionado, 1795, coincidió con las versiones más específicas sobre una supuesta conspiración puesta en marcha por residentes franceses y respaldada por esclavos deseosos de obtener su libertad. Álzaga, ya un protagonista excluyente de los asuntos públicos porteños, fue encargado por aquel para ponerse al frente de la investigación, misión que cumplió con lealtad y extrema dureza.

Amenazado con la guillotina a través de anónimos y en medio de la proliferación de pasquines de retórica revolucionaria que prometían un alzamiento para el Viernes Santo[31], Álzaga se subió al clamor de una sociedad en estado de nico. Informantes, delincuentes de poca monta, proxenetas…, todas las fuentes eran válidas para él en su intento de encontrar la punta del ovillo de la conspiración. Los dichos, rumores y sospechas que recogió lo llevaron a realizar allanamientos infructuosos, uno de los cuales se produjo en la casa del relojero Santiago Antonini, mencionado anteriormente a propósito de la bibliografía mitrista. Bastó que allí cayera de la cama del sospechoso un papel con la inscripción “Viva la Liverta” para que este fuera arrestado y puesto en las manos del alcalde de primer voto[32].

Álzaga lo interrogó de modo implacable y el silencio persistente de Antonini hizo que aquel fuera escalando desde el 26 de marzo de 1795 en las torturas que ordenaba. Primero, mediante la aplicación del tormento de cordeles, luego el del potro, con Martín de Álzaga ordenando que “se le echasen dos garrotes en el brazo izquierdo y muslo derecho, apretándolos. Lo que así se hizo por manos del verdugo”[33]. El 13 de abril llegó la medida más extrema: la tortura de manoplas. El verdugo lo ató de pies y manos a una silla, dejando solamente liberadas las puntas de los dedos, e introdujo “una púa de acero entre uña y carne”, otra vez de modo inútil ante el coraje del relojero. La sesión, que dejó a salvo solamente sus pulgares, duró treinta y cinco minutos, entre “lamentos, súplicas y protestas de su inocencia”[34].

La aplicación de semejante violencia resultó excesiva para el fiscal Jerónimo Mantilla, quien pidió para Antonini simplemente “la pena ordinaria de muerte”. Sin embargo, el hombre se salvaría porque la Real Audiencia aceptó el 24 de octubre de 1795 los planteos del defensor, Pedro Medrano, según los cuales el papel con la consigna por la libertad no había sido encontrado entre sus pertenencias. De tal modo, se solicitó y obtuvo que tanto Antonini como otros dos acusados, Juan Polovio y el panadero Juan Luis Dumont, simplemente fueran desterrados a España. No hay constancia de que esa decisión se haya concretado[35].

Estos episodios, que involucran a Antonini, un hombre allegado a Santiago de Liniers, revelan otra faceta de Martín de Álzaga, quien, además de acumular poder sobre la base de las relaciones con las más altas esferas de su sociedad y de cultivar el favor de los pobres a través de la caridad, aparece como alguien dado a los deseos de venganza.

Pese a ese fiasco truculento, Álzaga insistió en su investigación y volvió a poner la mira en Liniers al allanar su Real Fábrica de Pastillas, con resultados tan pobres como los anteriores. Sin embargo, siguió forzando los hechos al arrestar al maestro mayor de la empresa, Carlos Bloud, a su esposa y al cocinero Pedro Mayette, quienes se encontraban en el predio, conminando a Liniers a ir personalmente a buscar las llaves del lugar al Cabildo. Este le respondió, con ironía, que se daba por notificado de las actuaciones y lo invitó a hacer otra inspección, no sin advertirle “que ignora el tratamiento que corresponde a un oficial de mi graduación y el conducto por el cual debe dirigir sus órdenes”[36].

La fallida actuación de Martín de Álzaga en la investigación de la supuesta conspiración, desplegada en clave de espectáculo político y social, terminó sin pruebas, sin condenados y con una estela de odio detrás de su figura. Como se verá, la espuma del nico social subió tan rápidamente como bajó. Aquel, en tanto, se dispuso a rumiar su humillación e inició, alegando incomprobables razones de salud, un ostracismo de la vida política que duraría hasta 1800.

Mientras tanto, la situación fue variando drásticamente en Europa. La ocupación francesa de las provincias vascas y de parte de Cataluña llevó a la Paz de Basilea de julio de 1795, el 18 de mayo de 1804 Napoleón Bonaparte se convirtió en emperador de Francia y la España borbónica volvió a quedar bajo la influencia de París y a enfrentarse con Inglaterra. Aunque sin olvidar sus viejos rencores, Álzaga, fiel a la corona, también cambió de enemigo, poniendo en la mira a Inglaterra.

Rafael de Sobremonte tomó el poder en la capital virreinal en abril de 1804 en reemplazo del fallecido Joaquín del Pino. El desastre franco-español de Trafalgar el 21 de octubre de 1805 y la consiguiente pérdida total del control del mar por parte de España sumió a los comerciantes de Buenos Aires, con Martín de Álzaga a la cabeza, en una severa crisis. Las travesías comerciales resultarían desde ese momento algo más que una aventura, lo que los condenaba a acumular stocks y resentimientos.

Sobremonte acentuaba su desconfianza hacia los criollos debido a las tirrias de estos con los peninsulares y a su apertura a las ideas liberales. Pese a eso, el virrey cavilaba sobre la conveniencia de armarlos preventivamente ante el temor a una invasión inglesa. Mientras tanto, empoderó al viejo enemigo de Álzaga, Santiago de Liniers, a quien le encomendó, junto a Juan Gutiérrez de la Concha, la formación de una flotilla defensiva.

Los miedos se hicieron reales el mediodía del 25 de junio de 1806, cuando 1.641 invasores llevaron a cabo un veloz desembarco en los bañados de Quilmes. La reacción del virrey fue despachar hacia Córdoba una caravana de carretas con los caudales públicos –y sus propias nueve mil onzas de oro– para evitar que cayeran en manos de las tropas lideradas por el general William Carr Beresford. Él mismo partió detrás del dinero el día 27, escoltado por 600 milicianos de caballería. Buenos Aires, una ciudad que en la época tenía 40 mil habitantes, pero a la que no le sobraban fuerzas, fue fácilmente tomada por ese puñado de ingleses.

No se pretende hacer un relato pormenorizado de las Invasiones Inglesas, pero sí destacar aspectos relevantes de la actuación de Martín de Álzaga en ese contexto y usarlas como una lente que permite observar los cambios políticos que, a la vez, se aceleraban en la capital del virreinato. En ese sentido, en una carta de julio de 1806 a Lord Melville, el principal promotor de la invasión, el almirante Home Riggs Popham, se muestra convencido de la existencia significativa en Buenos Aires de “gente […] no sólo deseosa de un cambio de amo sino que se satisfaría y desearía permanecer bajo la protección de Su Majestad” británica[37].

Dados sus limitados contactos con la élite local, el almirante sobredimensionaba la relevancia del supuesto movimiento independentista criollo al que también aludía en su misiva[38]. Poco después, el general Samuel Auchmuty, que había sido enviado a Buenos Aires para reforzar las tropas conquistadoras, pero que debió recalar en Montevideo ya que llegó tras la reconquista, insistió en la misma línea argumental, aunque ampliando la exageración sobre el grado de madurez del movimiento criollo emancipador. Así describía la situación política de Buenos Aires en un informe de marzo de 1807 dirigido, por medio del propio Beresford, ya fugado, naturalmente, al ministro de Guerra William Windham:

Nos parece que hay dos partidos entre ellos. El partido que está en poder se compone, en gran parte, de españoles europeos que ejercen casi todos los altos empleos de la Iglesia y del Estado; y que es enteramente adicto al gobierno español. Su política ha sido siempre inflamar los ánimos de las clases bajas contra los ingleses, valiéndose de todo género de exageraciones y falsedades […]. El otro partido es el de los nativos del país, aumentados con algunos españoles establecidos de largo tiempo en él. Estos, cansados del yugo español, están ansiosos de sacudirlo; y aunque por su incultura, su falta de costumbre y la rusticidad de su temperamento son completamente incapaces de constituir un gobierno propio, aspiran, sin embargo, a seguir los pasos de los americanos del norte y a erigirse en un Estado independiente […]. Si nosotros les prometiéramos la independencia, inmediatamente se alzarían contra su gobierno[39].

La idea de independizar el Río de la Plata nunca se materializó por las indecisiones del gobierno inglés. Por otro lado, más allá de aquellas percepciones desmesuradas, el proyecto independentista no contaba aún con la madurez e influencia necesarias. En ese contexto, resultó natural que Martín de Álzaga –fiel a la corona, monopolista y conservador– se irritara ante el nuevo estado de cosas. La carta que le escribió el 5 de julio de 1806 a Zacarías Pereyra, su apoderado en Montevideo, resulta elocuente acerca de sus sensaciones:

Ya podrá Ud. considerar la terrible desgracia y la infamia más execrable sucedida con la entrega de esta capital a sólo el número de 1.500 y más ingleses, bisoños e incapaces de combatir con un tercio de este vecindario si las cosas se hubiesen dispuesto conforme correspondía pues estando toda la gente con el ánimo pronto a defenderse de millares de militares que hubiesen sido; todas las disposiciones del virrey se dispusieron a poner a salvo su familia, su persona y sus bienes hasta la última hilacha, y dejar rendida la capital para que los subalternos la entregasen a voluntad del enemigo[40].

En lo que constituye un hecho significativo, por primera vez, Álzaga marca diferencias profundas con quien, al fin y al cabo, era el representante de la corona. En la misiva, decía que Sobremonte “va camino de Córdoba a que allí lo reconozcan por superior, a fin de lograr sueldo y sus honores, y sin la esperanza de tomar el más mínimo recurso de tantos como hay en el Reino para venir a recobrar esta desgraciada capital”. Asimismo, describía con amargura el ambiente social, según el cual

la desunión y la suma desconfianza que reina en todos los corazones son motivos poderosos para que ya no se haya levantado la chusma y en seguida la parte de otras esferas, de suerte que así seguimos bajo la dominación de cuatro gatos.

La resistencia estaba en marcha. Felipe Sentenach, Gerardo Esteve y Llach, José Fornaguera, Pedro Miguel Anzoategui, Juan de Dios Dozo, Tomás Valencia, José Francia y Miguel Ezquiaga se reunieron y coincidieron en ponerse a las órdenes del más notable y rico de todos: Martín de Álzaga. Este convocó de inmediato a todos los conjurados a su propia casa el 8 de julio, apenas tres días después de haber dado forma de carta a su frustración[41].

Como jefe de la proyectada reconquista, ordenó la colocación de una mina bajo el cuartel principal de los ingleses en la Ranchería y otra bajo el Fuerte, donde se alojaban los oficiales invasores. Además, dispuso el reclutamiento de unos 500 o 600 hombres en la campaña y la búsqueda de las armas y pertrechos necesarios para el contragolpe. Él pondría el dinero. Sentenach fue designado jefe de la nueva milicia, mientras que Esteve y Llach y Valencia debían secundarlo. El cuerpo de Voluntarios Patriotas de la Unión, cuya divisa blanca y roja evocaba su lealtad al rey, quedaría integrado por peninsulares y criollos, bajo el mando, por supuesto, de los primeros.

Ajeno a esos planes, Santiago de Liniers se escabulló a Montevideo, donde, con ayuda del gobernador de la Banda Oriental Pascual Ruiz Huidobro, logró armar una fuerza de 846 hombres, a la que sumó, ya de regreso, más voluntarios en las afueras de la ciudad hasta totalizar 1.936 efectivos. En Retiro, los conjurados Álzaga y Sentenach dejaron a un lado el disgusto que les generaba el francés y aportaron sus 600 hombres a la campaña de aquel. La tropa reunida resultó irresistible para las fuerzas de Beresford, que terminaron cediendo.

¿Pero qué ocurría con esos cenáculos nativos, que, a tientas, comenzaban a imaginar un futuro desligado de España? Carlos Roberts no solo valida la idea de la existencia de los mencionados “partidos” español y criollo, sino que ya hacia 1803 divide al segundo en dos facciones: una probritánica, liderada por Juan José Castelli, y otra profrancesa, orientada por Santiago de Liniers, el hermano de este y Juan Martín de Pueyrredón[42]. Ante la falta de documentación que permita aseverar ese extremo con las demandas actuales de validez histórica, Gallo concluye que

los orígenes de la actividad criolla antes de las invasiones son oscuros. Las actividades de esos grupos revolucionarios, a los que supuestamente pertenecían algunos de los criollos más notables, si existían, eran llevadas a cabo con el mayor secreto[43].

Sin garantías de los invasores británicos sobre un apoyo a la causa de la separación de España, esos grupos criollos se sumaron a la campaña por la reconquista. Testimonios de la época de Manuel Belgrano y Mariano Moreno resultan reveladores, en ese sentido, del rechazo que les generó el espectáculo de una tropa invasora tan poco numerosa adueñándose de su “patria” urbana[44].

Si bien Liniers capitalizó el mayor rédito político de la reconquista, documentos y testimonios dan cuenta de lo crucial que resultó el aporte económico de Martín de Álzaga[45]. Su motivación estuvo dada sin dudas por su fidelidad a la monarquía, pero también por la necesidad de mantener el viejo orden que era la base de su riqueza, poder y prosperidad. Por otra parte, su rechazo profundo a Liniers crecía en paralelo al modo en que Buenos Aires se entregaba a este. “Liniers, a quien el pueblo ha aclamado como Reconquistador, nada vale”, le decía Álzaga por carta a su yerno, entonces en Cádiz[46]. Mientras el ausente Sobremonte, virrey de jure, era el nombre del oprobio para los porteños, el francés fue impuesto de facto en el Congreso General del Cabildo del 14 de agosto como depositario de la autoridad política y militar en lo que constituyó todo un alzamiento, tanto popular como de la autoridad capitular, contra las Leyes de Indias. Este sería refrendado más tarde por Madrid, que lo declararía portador del poder en las ocasiones en que el virrey siguiera impedido de presentarse. Fuera del Cabildo, grupos de criollos expresaban a viva voz su adhesión al francés, en lo que sumaba un precedente de importancia: la aparición pública, por primera vez, de un improvisado “partido” criollo.

El enfrentamiento entre ambos personajes creció. Por un lado, por lo simbólico, debido a la reticencia de Liniers a reconocer el rol de los Voluntarios Patriotas de la Unión en la Reconquista, por más que hayan sido la vanguardia de la batalla final y los primeros en ingresar a la Plaza Mayor. Por el otro, debido a la puja por el poder duro, armado, debido a la resistencia de Liniers a admitir a sus integrantes como una milicia. Álzaga tomó la cuestión como algo personal, pero apenas logró que su cuerpo fuera admitido a costa de su reducción y fragmentación: apenas tendría 455 hombres –no ya los 600 originales– y estos serían divididos en siete compañías[47]. Vale destacar que el factor de las armas ingresó en esta etapa en la concepción de hacer política del comerciante.

Tras la derrota española en Trafalgar, el cordón umbilical entre metrópoli y colonia quedó en buena medida cortado, lo que privaba al llamado “partido alzaguista” o español de un respaldo crucial y de su propia fuente de legitimidad. Esto ubicaba a Álzaga como jefe de una facción que en lo sucesivo defendería su espacio y preeminencia en la sociedad de Buenos Aires de un modo cada vez más autónomo de la corona, lo que supondría un cambio radical en su actitud.

Decidido a jugar la carta popular y miliciana, a sus voluntarios sumó pronto el control del cuerpo de Artilleros que sostenía al Cabildo. En diciembre aparecieron panfletos que llamaban a los “patriotas” a “patrocinar al padre de la patria, don Martín de Álzaga”. Al mismo tiempo, sus aliados del cuerpo municipal lo convocaban a aceptar otra vez la mayor carga pública de la ciudad, “agregado este sacrificio a los muy señalados que Ud. ha sufrido para promover la reconquista de esta importantísima plaza”, lo que suponía todo un mensaje a Liniers y los suyos.

A pesar de la esperable resistencia y voto contrario de criollos como Francisco Belgrano y Manuel Mansilla, apoyados a su vez en los Patricios, Álzaga se impuso y el 1 de enero de 1807 asumió nuevamente como alcalde de primer voto. Otra vez, como le había ocurrido en 1795, su momento de mayor poder político coincidía con eventos internacionales relevantes, en este caso en los que derivarían en la vacancia en la monarquía española.

Como se ha señalado, Álzaga aparecía por primera vez enfrentado a la representación de la corona en la ciudad, por lo que no debe sorprender que el virrey virtual, Sobremonte, buscara desde Montevideo aliarse con los criollos recién mencionados y se negara a avalar la elección concejil. Sin embargo, alzado de hecho, el Cabildo volvió a desconocer la autoridad del representante del monarca, cuyo paradero aseguraba ignorar, e insistió en su reemplazo, por lo que las nuevas autoridades asumieron el 26 de enero.

Mientras se dirimían esas disputas, los responsables de la flota inglesa que merodeaba desde hacía algún tiempo otra vez el Río de la Plata pasaron a la acción: el 16 de enero de 1807 unos 5.500 ingleses desembarcaron en El Buceo, al sur de Montevideo. Álzaga y el Cabildo decidieron enviar a su enemigo Liniers al mando de dos mil hombres para que intentara evitar la pérdida de esa ciudad. Sin embargo, lo mandaron sin los caballos prometidos, lo que impuso demoras decisivas a la campaña. Así, la capital de la Banda Oriental cayó el 3 de febrero.

Una muchedumbre se reunió frente al Cabildo de la acechada Buenos Aires el 6 de febrero para exigir la salida del virrey formal. Los enemigos de Martín de Álzaga sospechaban que este era el impulsor de la ofensiva, suspicacia que el alcalde de primer voto convirtió en certeza al ponerse personalmente al frente del reclamo que, tres días después, derivó en la decisión de suspender a Sobremonte. La ruptura formal de Álzaga con la corona resultaba concretada.

William Beresford y sus oficiales habían quedado cautivos en Luján después de la Reconquista. Desde allí, el inglés buscó reactivar la misma red de apoyo local que había hecho posible su incursión del año precedente: el “partido criollo” vinculado a Liniers, alguno de cuyos elementos entrevieron la oportunidad de pergeñar el primer proyecto independentista rioplatense. El eje entre locales e ingleses era el capitán Saturnino Rodríguez Peña, pero esa plataforma era demasiado endeble. Hacía falta alguien más.

El abandono de la colonia por parte de los borbones, lo que había provocado la caída de Buenos Aires en 1806 y amenazaba con generar otra, impactaba decisivamente en el sentido común de la ciudad y hasta el alcalde Martín de Álzaga, siempre un monárquico leal, comenzó a expresar su resentimiento hacia las políticas coloniales de Carlos IV incluso en sus despachos a la Corte de Madrid. Así, se quejaba en el oficio que envió a España el 21 de mayo de 1807 de que

[…] habiendo transcurrido once meses de la vergonzosa pérdida de esta ciudad, y muy cerca de diez desde su gloriosa Reconquista, no se haya dado la Corte por entendida en nada, ni hayamos tenido correspondencia alguna sobre el particular, cuando en las anteriores guerras no se ha cortado comunicación y se los ha comunicado todas las noticias por el Brasil; sólo en la ocasión observamos un profundo silencio que nos llena de los mayores cuidados[48].

Mientras Beresford y Saturnino Rodríguez Peña urdían su conspiración, Álzaga evolucionaba hacia posiciones separatistas con respecto a Madrid. Tan claro resultaba ello que los responsables del segundo intento quisieron sumarlo al plan, que involucraba también, entre otros, a Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Juan José Castelli, Martín de Sarratea, Hipólito Vieytes, Juan Martín de Pueyrredón y Antonio Luis Beruti.

“Álzaga conocía los planes de Beresford […] y, al mismo tiempo, acariciaba pensamientos semejantes”, escribió Enrique de Gandía, quien exageró el perfil “independentista” del primero, aunque no de modo caprichoso, como se verá más adelante[49]. De hecho, en documentos vinculados a la asonada del 1 de enero de 1809 aparecen testimonios como el de Juan Trigo, el hombre que alquiló la quinta de Perdriel en la que se creó el cuerpo de Voluntarios de la primera invasión inglesa. Según este, Álzaga le aseguró que “pensaba cómo se podía sacudir el yugo, pues que España sabía bien que la América no necesitaba de ella para nada”[50].

Álzaga recibió en su casa al emisario de los conspiradores y el propio Beresford consideraba que podría sumarlo a la causa. De hecho, Klaus Gallo habla, citando a Williams Álzaga, de una actitud del comerciante vasco y de Liniers “altamente sospechosa durante el episodio”[51]. Es posible que el líder del llamado “partido europeo” haya sopesado opciones, pero durante la mencionada reunión instaló en un cuarto contiguo a un escribano, Juan Cortés, y a otros dos testigos, Juan de Dios Dozo y Miguel Fernández de Agüero. Al final, no se comportó como un separatista, sino como alguien que deploraba cualquier posibilidad de cambio de orden, en particular si este iba a estar erigido sobre las ideas liberales que compartían los ingleses y ese grupo de criollos. “El pérfido infame de Peña, luego que esa plaza [Montevideo] fue perdida, se propuso en su imaginación, y aun convino con Beresford, el proyecto de independencia”, le escribió a Francisco Javier de Elío[52].

El alcalde de primer voto, reconocido ampliamente desde 1806 como un enemigo de los ingleses, se entregó a defender a Buenos Aires de la nueva invasión, lanzada el domingo 28 de junio de 1807 por unos nueve mil ingleses respaldados por 16 piezas de artillería. Para ello movilizó a las milicias voluntarias y a vecinos y, asimismo, convocó al Cabildo a sesión permanente. También dejó asentada ante escribano su queja por las insuficientes medidas de contingencia que había contemplado el jefe militar Liniers[53] y, ante el fracaso de este en detener el avance inglés, reagrupó las tropas y acopió armas dentro de la ciudad. Ordenó que se combatiera desde las terrazas de las casas, donde apostó al tercer batallón de Patricios, emplazó combatientes en un radio de tres o cuatro cuadras de la Plaza Mayor, hizo abrir zanjas alrededor y dispuso partidas para acosar al enemigo. Además, definió que se entregara a los pardos y morenos las espadas que estaban reservadas a los alcaldes de barrio, que se iluminara la Fortaleza, que se organizaran posiciones de defensa y trincheras y que se acopiaran municiones y víveres[54]. Mientras, para ganar tiempo, demandó que los invasores llevaran por escrito su ultimátum, para finalmente, rechazarlo[55]. Su autoridad sobre el Cabildo era absoluta.

Liniers quedó fuera de combate en los Mataderos de Miserere, pero pese a eso, las disposiciones que había tomado Álzaga terminarían por abrir la posibilidad de una victoria. La llegada a la ciudad de numerosos prisioneros alentó a los combatientes, especialmente a los de la “baja esfera” y aun a los esclavos, señalaría luego el parte oficial[56].

Antes de que se consumara el triunfo, Álzaga se había vuelto a imponer sobre Liniers al rechazar su idea de ofrecerles a los ingleses la chance de rendirse y regresar a Europa con los prisioneros que habían sido tomados. Finalmente, el primero fue reconocido en su superioridad sobre su viejo rival y, dada la oportunidad, decidió que el Cabildo informara directamente al rey sobre lo ocurrido. Además aprovechó para pedir “los mayores esfuerzos para que sea premiado don Santiago de Liniers pero relevado del cargo porque por su carácter sumamente bondadoso y otras cualidades no es idóneo para ejercer el mando de estas provincias”[57].

La amenaza quedaba definitivamente disipada, pero las invasiones dejarían huellas. Buenos Aires ya sabía que no podía contar con Madrid en emergencias como las vividas no ya esporádicamente, sino dos veces a lo largo de un año. Si, como se señaló más arriba, Álzaga no había dejado de sostener durante su participación en el Consulado que la función del comercio monopólico era contribuir a la grandeza de España y que el desarrollo americano no era más que un subproducto de aquella, el estado de cosas posterior a las Invasiones Inglesas haría virar su pensamiento. Es posible acercarse a esta evolución ideológica a la luz de su relación con Mariano Moreno. En ese sentido resulta de especial interés el trabajo de Noemí Goldman sobre este último, ya que trabaría un vínculo fuerte y cambiante con Álzaga desde su retorno de Chuquisaca a Buenos Aires en 1805.

Si bien Moreno había insinuado en la acción profesional y social realizada en el Alto Perú un patriotismo criollo –aún no independentista, vale aclarar–[58], su ingreso al Cabildo lo aproximó a Álzaga. Según surge de la Memoria sobre la invasión de Buenos Aires por las armas inglesas (1806) que comenzó a redactar durante las mismas invasiones, Moreno calificaba al Río de la Plata como “el punto más interesante de estas Américas”. En efecto, indicaba, “es la Primera Puerta del Reino del Perú; y Buenos Aires es el centro, que reúne, y comunica las diversas relaciones de estas vastas Provincias”[59]. En esa línea, defendió jurídicamente ante la corona la justicia de que, en atención a su comportamiento en la defensa contra los ingleses, se le concediera al Cabildo el título de “Conservador de la América del Sur, y Protector de los demás Cabildos de este Virreynato”[60], prerrogativa que, más allá de lo honorífico, tendía a concentrar en la ciudad los recursos de todos aquellos, subordinándolos de hecho. Es difícil pensar que Moreno alegara en nombre de un Cabildo controlado por Álzaga sin que este compartiera esas ideas.

El trauma de las invasiones consolidaba, en tanto, otra tendencia. El júbilo popular y la participación decisiva de los sectores subalternos en la gesta de la defensa representaron una vuelta de tuerca sobre la politización de la ciudad. El peligro que se avecinaba para los defensores del statu quo era el de un intento de cambiar el ordenamiento político en lo local y en todo el virreinato sobre la base de las acciones de un sector plebeyo empoderado, más consciente y ahora, en una medida considerable, enrolado en cuerpos de milicia. De modo inevitable, Buenos Aires seguiría en estado de efervescencia y sus dos facciones, la conservadora y la tendiente a la aceleración del cambio, más activas que nunca.

d. Nace un conspirador

El desenlace de la Defensa de Buenos Aires hizo que el poder del Cabildo recayera desde el 1 de enero siguiente, una vez más, en Martín de Álzaga. Sin embargo, Madrid parecía ajeno a las relaciones de poder local y pronto se sabría que Carlos IV había reconocido a través de una Real Orden del 3 de diciembre de 1807 a Santiago de Liniers como nuevo virrey interino. Así las cosas, 1808 no podía resultar un año más.

Ante la amenaza de Napoleón Bonaparte, Juan VI de Portugal y su corte se trasladaron de Lisboa a Brasil con respaldo británico, lo que incorporó a un actor de enorme importancia a las encrucijadas del Río de la Plata, a la vez que sostenía las aspiraciones inglesas de expansión comercial. La prenda de cambio de dicho apoyo fue el permiso de ese monarca al libre comercio entre los puertos brasileños y los considerados países amigos, un mero eufemismo dado el dominio británico del Atlántico. Libre cambio, ingleses y ahora portugueses… Martín de Álzaga puso ya en febrero en guardia al Cabildo, al que llamó a no descuidar la protección de Buenos Aires para evitar la repetición de males como los recientes. Por si hacía falta alguna comprobación de la acechanza, el canciller de Brasil, Rodrigo de Souza Coutinho, le ofreció el mes siguiente al Cabildo la protección portuguesa y británica, “generosidad” que llegó acompañada de la amenaza de un ataque militar[61]. Si a eso se suma la invasión napoleónica de la península Ibérica, resulta claro que la dinámica política había quedado radicalmente alterada.

Marcela Ternavasio despliega en su real dimensión ese giro histórico[62], que comenzó con el impactante traslado de entre 10 mil y 15 mil miembros de la corte portuguesa a Sudamérica. Juan VI estaba casado con la hija mayor del rey español Carlos IV, lo que alimentó su pretensión sobre el Virreinato del Río de la Plata a través de una intensa actividad conspirativa entre 1808 y 1814, esto es, el período que va del Motín de Aranjuez, la “protesta” de Carlos IV y las abdicaciones de Bayona hasta el momento en que su hermano Fernando VII finalmente resultó restituido en el trono en España. La autora discute con la historiografía que dio un lugar marginal a las pretensiones dinásticas de la infanta Carlota Joaquina sobre el Río de la Plata y, al restablecerle al momento histórico su inherente incertidumbre, postula que, a pesar de la falta de apoyos decisivos a esos planes, “su despliegue impactó significativamente en las disputas de poder de aquellos años y en los distintos posicionamientos que fueron adoptando los actores involucrados”[63].

El carlotismo tuvo en Buenos Aires adherentes como Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Antonio Beruti, Hipólito Vieytes y Nicolás Rodríguez Peña, entre otros, ansiosos por impulsar un proceso de separación de España al que aún le faltaban tiempo, recursos, apoyos y oportunidad para madurar. Si el carlotismo era producto de la vacancia real en España, también lo sería todo lo trascendente que ocurriría más tarde. Las ideas separatistas ya eran parte del ambiente y Martín de Álzaga no sería ajeno a ellas, como ya se anticipó, aunque de ningún modo de la mano de ingleses, portugueses e ideas de libre comercio. Este escenario estaría detrás de la actividad conspirativa que comenzaría entonces a acelerar.

Con la excusa, tantas veces usada, de que tenía problemas de salud, Martín de Álzaga pidió licencia al Cabildo el 4 de mayo de 1808. Sin embargo, aparecería apenas tres días más tarde en Montevideo para tratar con su amigo y por entonces gobernador de la Banda Oriental Javier de Elío una posible invasión a Rio Grande do Sul, un modo de anticiparse a las amenazas luso-británicas. Sin embargo, el propio Álzaga desistió finalmente del proyecto por considerarlo inviable. La información que le llegaba invitaba, por el contrario, más a planear una defensa que un ataque, por lo que intentó dotar a Montevideo de las mismas herramientas que había dispuesto en Buenos Aires el año precedente[64].

Llama la atención la libertad con que los actores locales españoles se manejaban en la coyuntura, planeando acciones militares y negociaciones con potencias extranjeras sin que ninguna autoridad metropolitana fuera convidada siquiera a opinar. Ese curso de acción, sin embargo, se alteró cuando la imprevisible dinámica de la época juntó en una alianza a España, Portugal e Inglaterra contra el invasor francés.

Esa ausencia de la metrópoli, para Martín de Álzaga ya capaz solamente de emitir órdenes incumplibles o directamente repudiables, y la vacancia real resultante de las abdicaciones de Bayona del 5 de mayo de 1808 entregaron a aquel a las ideas juntistas. Alguien que no pudo acceder al poder político al que aspiraba en virtud de una decisión lejana y dejado en manos de su enemigo más enconado, el restablecido Liniers, pero a la vez pleno de recursos y de ambición, no tenía otro destino que la conspiración.

Para su proyecto juntista acudió nuevamente a su amigo De Elío, de modo de sublevar a la Banda Oriental contra un virrey francés que les despertaba a ambos fuerte desconfianza. Más aun cuando llegó al Río de la Plata, en representación de Bonaparte, el marqués de Sassenay, encargado de asegurar la sumisión de la colonia al hermano del emperador, José I. En tanto, la Junta de Sevilla operó a favor de la lealtad al ausente Fernando VII a través del envío del brigadier José Manuel de Goyeneche, lo que dejó frente a frente dos legitimidades contrapuestas: la del virrey interino oportunamente designado, Liniers, y la de Sevilla, que alentaba la formación de juntas.

Rápido de reflejos, Liniers reemplazó a De Elío por el capitán de navío Juan Ángel Michelena. En tanto, los partidarios de Martín de Álzaga recorrían la ciudadela de Montevideo al grito de “muera Liniers” y de “hágase Cabildo”. Michelena, finalmente, debió fugarse a Buenos Aires[65].

La rebelde capital de la Banda Oriental quedó entonces libre para, en desafío a Buenos Aires, crear una junta leal a la de Sevilla. El virreinato implosionaba. Esos episodios exacerbaron el enfrentamiento en Buenos Aires entre el sector alzaguista, ya entregado a una práctica abiertamente conspirativa, y el que unía a Liniers con criollos notables. En efecto, la cabecera del virreinato quedaba cada vez más claramente dividida en facciones, aunque estas fueran informales y porosas.

Entre los numerosos panfletos anónimos que circulaban en la ciudad, uno resulta especialmente ilustrativo: el Diálogo entre un castellano y un español americano, atribuido a Belgrano y que llegaría a manos de Carlota Joaquina. El texto recogía esa diversidad política, en la que se destacaban, en orden creciente de partidarios, los favorables a una ocupación portuguesa, los partidarios de José I –el hermano de Napoleón Bonaparte–, los carlotistas y, finalmente, los juntistas amparados en la obediencia a la Junta Central en nombre del cautivo Fernando VII. Esta última opción, que consideraba el carlotismo apenas un caballo de Troya de las pretensiones portuguesas sobre el Río de la Plata, es la que se había impuesto en Montevideo con el desconocimiento de Liniers como virrey[66].

¿Cómo corresponde ubicar, dentro de ese bosquejo, a Martín de Álzaga? Otra vez resulta de utilidad contrastar sus ideas con las de Mariano Moreno. Ambos coincidieron en el anticarlotismo, aunque si en el caso del segundo ese sentimiento se inspiraba en una creciente aversión al ordenamiento monárquico, en el del primero respondía sobre todo al hecho de que lo consideraba una fachada de las pretensiones portuguesas sobre el Río de la Plata. No obstante, no deja de llamar la atención que eso llevara a Álzaga a rechazar un reclamo legitimista fundamentado en la ausencia del rey al que, se suponía, debía fidelidad[67].

En este sentido y de modo pertinente a los fines de este trabajo, cabe hacer una digresión: el final del proyecto carlotista coincidiría, hacia 1812, con la sofocación violenta de la “conspiración de los españoles”, cuando, entre otros factores, “la revolución en Buenos Aires se radicalizó a partir de la formación de un nuevo gobierno en octubre” de ese año[68]. El tiempo de los intentos restauradores habría culminado para ese momento y ya no habría marcha atrás posible.

Retomando el hilo, las conexiones entre quienes se alineaban con Martín de Álzaga y quienes lo hacían con Liniers seguían vigentes, pero el rechazo de aquel a sumar criollos a su proyecto, algo inevitable dada su concepción de que los peninsulares debían mantener el control, terminó de recortar esas dos facciones que se involucrarían en una pelea definitiva. Así, el alcalde de primer voto y sus aliados del Cabildo enviaron el 15 de octubre de 1808 un memorial secreto a la Junta Central de Sevilla en el que pedían la remoción de Liniers, el que incluía una advertencia poco velada sobre un movimiento popular contra este que la institución municipal se vería imposibilitada de “atajar”[69].

Liniers, por su parte, informó el 22 de octubre al Cabildo que, en lo sucesivo, el mantenimiento del cuerpo de los Patriotas de la Unión recaería en la Tesorería General del Ejército y Real Hacienda, intentando privar a Álzaga del respaldo de dicha milicia. Los planes conspirativos –que se demoraron, pero no se detuvieron– eran conocidos en detalle por Cornelio Saavedra, según consta en su Memoria Autógrafa:

Nada ignorábamos de cuanto se trataba y acordaba, ya en los cabildos nocturnos que celebraba Álzaga con las juntas que se hacían también a deshoras de la noche en el palacio episcopal [donde se sumaba el obispo alzaguista Benito de Lué y Riega]. Yo tenía personas que, al momento, me comunicaban cuanto se decía y acordaba en aquellas reuniones”[70].

Aparece en medio de esta trama un personaje que volverá a aparecer más adelante, cuando se presente el nudo de este trabajo: Bernardino Rivadavia. En plena puja de poderes entre el virrey y el Cabildo, este fue designado alférez real por Liniers, algo debido, según se sospechaba, al hecho de que el francés le debía dinero al padre del criollo, Benito González. El Cabildo reaccionó de modo volcánico al enfatizar que la importancia del cargo hacía desaconsejable que lo ocuparan “individuos incapaces: que en este grado se halla Dn. Bernardino González Rivadavia; que éste no ha salido aún del estado de hijo de familia, no tiene carrera, es notoriamente de ningunas facultades que son públicas en esta ciudad”[71]. Rivadavia llegaría al Triunvirato en 1812 y Álzaga pagaría semejante desdén[72].

Hacia la misma época, Liniers cometió el error de omitir la debida licencia real para celebrar el casamiento de su hija María del Carmen con el francés Juan Bautista Perichón de Vandeuil[73], lo que llevó a los conspiradores a considerar que aquel quedaba automáticamente inhabilitado. La Real Audiencia rechazaría la pretensión, postura que el jefe de los Patricios, Cornelio Saavedra, defendería en los hechos en octubre de 1808. Se acercaba la pelea de fondo.

El 1 de enero de 1809, día habitual de elección de los cargos concejiles, los regimientos de Vizcaínos, Catalanes y Gallegos ocuparon la Plaza Mayor. Los cabildantes abrieron entonces un cuarto intermedio para aguardar “novedad en orden al nombramiento del Alférez Real”[74], pero el virrey autorizó la elección ad referendum de lo que se definiera en España. La votación continuó, sin que Álzaga inscribiera su nombre como postulante y con el de Agustín de Orta en lugar de Rivadavia. Mientras la plaza se llenaba de alzaguistas que exigían a gritos la salida del “francés Liniers” en nombre de Fernando VII y del juntismo, “como en España”, el comerciante vasco concurrió a entrevistar al virrey, quien lo desconcertó reconociendo la elección emanada del Cabildo, lo que lo liberaba de un nuevo conflicto de poderes con potencial para que se volviera a plantear su cesantía.

Dado el acuartelamiento de los Patricios, a los que se sumaban los Arribeños, Montañeses y Húsares, los alzaguistas comenzaron a repartir armas entre los civiles. Otras milicias comenzaron entonces a tomar partido, con los Andaluces cruzando de bando hacia la facción de los defensores de Liniers.

Dentro del Cabildo, Martín de Álzaga impulsó la formación de una junta, para la que propuso como titular a Ruiz Huidobro y a la que sumó a dos criollos: Mariano Moreno –todavía su aliado, aunque ya por poco tiempo– y Julián de Leiva. Una comisión integrada por el propio Álzaga y Moreno, entre otros, volvió entonces al Fuerte para exigir la renuncia de Liniers. Saavedra también acudió, ingresando por la parte trasera del edificio para tomar posición dentro del propio despacho del virrey.

El obispo Lué se apartó de los juntistas y actuó como mediador. Liniers aceptaba retirarse y el mando militar debía entonces recaer en el jefe de mayor gradación: Ruiz Huidobro. Saavedra, en tanto, se retiraba con sus Patricios del Fuerte y los manifestantes vivaban el éxito del golpe de mano. Cuando Liniers se disponía a hacer efectivo el anuncio, Saavedra volvió a irrumpir en el Fuerte junto a otros jefes militares. Interpelado por el obispo, respondió:

Señor comandante, ¡por Dios, no quiera usted envolver este Pueblo en sangre! […]. Señor Ilustrísimo, es una de las muchas falsedades que se hacen jugar en esta comedia: en prueba de ello, venga el Señor Liniers con nosotros, preséntese al pueblo, y si éste lo rechazase o dijese no querer su continuación en el mando, yo y mis compañeros suscribiremos el acta de su destitución.

De inmediato, le habló al virrey: “Vamos, Señor, preséntese Vuestra Excelencia al público, y oiga de su boca cuál es su voluntad”. En reemplazo de los alzaguistas que habían dado prematuramente por finalizada la pulseada, una multitud diferente, compuesta esta vez por americanos, había rodeado el Fuerte y lanzado vivas a Liniers y consignas como “¡Guerra!” y “¡Mueran los pícaros sarracenos!”[75].

Conviene subrayar el uso de ese mote despectivo dirigido a los españoles, “sarracenos”, tenidos ya por enemigos de la causa de los criollos.

Martín de Álzaga quedó detenido en el Fuerte junto a sus aliados Juan Antonio de Santa Coloma, Esteban Villanueva, Olaguer Reynald y Franciso Casiano de Neyra y Arellano, quienes recibieron tratamiento de “verdaderos reos”[76]. El 4 de enero todos ellos serían trasladados en la goleta Araucana a la prisión de Carmen de Patagones.

¿Cuál fue el significado profundo de la asonada del 1 de enero de 1809? Una vez más, la lente de los alineamientos que se producían en torno a Carlota Joaquina resulta reveladora. De acuerdo con los partidarios de la infanta, señala Fabio Wasserman, los juntistas del Río de la Plata “promovían la creación de un gobierno republicano y aspiraban a monopolizar el poder en detrimento de los americanos”[77]. El autor explica que “la noción de ‘república’ se utilizaba para el gobierno del Cabildo, institución que era manejada por ese grupo” de peninsulares.

Resulta interesante, al respecto, que la alianza entre Álzaga y Moreno haya alcanzado en los episodios recién relatados su punto más alto y que, de inmediato, se disolviera. Según Noemí Goldman, en 1809:

Moreno apoyó […] al Cabildo. Sus verdaderas motivaciones nos son desconocidas. Pero sí sabemos que él era abogado del Cabildo, que había defendido sus prerrogativas y su representación popular en diferentes escritos, y que tenía una consideración negativa del gobierno de Liniers. Su hermano nos ofrece una plausible explicación. Mariano había coincidido con el principio (la necesidad de formar una junta) pero no con la forma. Por otra parte, el alzamiento se habría dado en forma apresurada, pues no se buscó el apoyo de los cuerpos de milicianos criollos, sino que, por el contrario, se los insultó y amenazó. Asimismo, Moreno habría considerado que la composición de la junta propuesta, que lo tenía como uno de sus miembros, no contaba con suficientes americanos[78].

Pese a tal diferencia, a esa altura irreconciliable, Moreno defendió a los líderes del complot. No fue acusado por haber participado en la trama, pero sí Álzaga, Felipe de Sentenach y José Miguel de Ezquiaga, todos desterrados a Carmen de Patagones. Después de ese último acto de lealtad de Moreno ya no habría retorno en su vínculo con Martín de Álzaga.

Estos hechos tuvieron un impacto crucial al determinar el fracaso del primer proyecto juntista del Río de la Plata, destinado a proclamar los derechos del “pueblo” –ciudad– de Buenos Aires en virtud de la vacatio regis. El juntismo del llamado “partido español”, despojado en los hechos de impronta monárquica merced a la ausencia entonces percibida como irreversible de Fernando VII, estaba perdido y, con él, el ideal de una suerte de republicanismo bajo control de peninsulares en Buenos Aires.

Autores como Lozier Almazán y, con mayor énfasis, Enrique de Gandía consideran, en virtud de los antecedentes repasados, que Martín de Álzaga fue un precursor de la independencia que el Río de la Plata terminaría por consagrar en 1816. Resulta imprescindible entender esta afirmación. Lo fue, diría el primero, en tanto contribuyó al ideal juntista y en virtud de una acción conspirativa que aceleró, seguramente a su pesar, el derrumbe del antiguo orden social. Sin embargo, el talante del movimiento era netamente conservador y anticriollo, por lo que corresponde considerarlo parte de una facción que emergió como tal ante la acefalía de la monarquía y que pretendía, justamente, prolongar el dominio peninsular a través de nuevos medios. Lo cierto, en todo caso, es que la intentona terminó de desatar el poder de movilización popular y militar del bando americano.

Tan pronto como el 17 de febrero de 1809 Martín de Álzaga fue visto en Montevideo, tras un paso fugaz por Carmen de Patagones[79]. En tanto, el 29 de julio de 1809 llegaría a Buenos Aires un nuevo virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros, enviado por la Junta Central en reemplazo de Liniers. Su debilidad congénita pronto convenció a Álzaga de que no encontraría en él un aliado que le permitiera buscar revancha. Tanto fue así que Cisneros ordenó el 2 de noviembre el cumplimiento de la orden del 31 del mes anterior de que se lo llevara preso e incomunicado al convento de los padres franciscanos en virtud del juicio que se había llevado adelante en su contra por “independencia del dominio de nuestro soberano a esta capital”. Finalmente, se ordenó que cumpliera arresto domiciliario[80].

A fines de 1809 casi toda España ya estaba en poder de Francia y la Junta de Sevilla era un recuerdo. La disolución terminal del poder en la metrópoli dejaba a Buenos Aires librada a su propia dinámica. Con todo, pese a su reciente derrota, la facción peninsular no estaba todavía erradicada y la americana emergente aún requería tiempo para madurar. Según le diría Saavedra en una carta a Juan José Viamonte, el momento para ir por más no era el “oportuno” para los criollos[81].

Como se ha visto, además de la candente cuestión de la vacancia real, el tipo de comercio que debía practicar Buenos Aires ante el auge de las ideas librecambistas era uno de los grandes tamices ideológicos del período. Una vez instalado como virrey en una Buenos Aires que sufría por la interrupción del comercio ultramarino y donde crecía el fenómeno del contrabando, Cisneros requirió la opinión del Cabildo y del Consulado sobre la posibilidad de autorizar el intercambio directo con los británicos. Esto, que no debe confundirse con el comercio libre ya que mantenía las limitaciones a la residencia de mercaderes extranjeros en la ciudad, resultaba clave para la sustentabilidad de las cuentas de la administración virreinal[82].

En lo que se refería a la postura de Moreno como abogado del Cabildo, el virrey contaba de antemano con su respaldo a la iniciativa aperturista. La respuesta de aquel quedó contenida en la célebre Representación de los Hacendados, la primera apología criolla formal del libre comercio y, en sus consecuencias –imprevistas por Cisneros–, un primer paso hacia la separación de la metrópoli. En ella:

Por la fuerza de los últimos acontecimientos (la invasión francesa a la Península) y la ‘identidad’ de derechos entre todos los pueblos integrantes de la monarquía española es que Moreno se permite insinuar que incluso la relación entre España y América podía invertirse completamente, es decir, España pasaría a ser un ‘accesorio’ de América[83].

Semejante vuelta de campana encontraría a Martín de Álzaga en el bando opuesto, convencido como estaba de que, más allá de la suerte de la corona y de la propia España, los peninsulares debían retener el control de América. La ruptura con Moreno ya era pública. Con todo, ese enfrentamiento personal expresaba algo más, esto es, la emergencia de una visible separación cultural: en su Representación, Moreno se refiere a los americanos como “nosotros”, es decir, el cuerpo que tiene “‘más fuertes derechos’ a reclamar la libertad de comercio como un acto de ‘justicia’, incluso en el ‘estado Colonial'”[84].

Siguiendo a Noemí Goldman, con la evolución ideológica de Mariano Moreno se abría una nueva forma de pensar la soberanía, que, aunque hacía eje en el elemento tradicional del Cabildo, iba mucho más allá al postular como su basamento la idea roussoniana. El contrapunto con Álzaga no podía resultar mayor.

En efecto, después de la revolución de 1810, la decisión de los miembros del Cabildo de jurar en octubre lealtad al Consejo de Regencia llevaría a la Primera Junta a reemplazarlos por otros, leales al nuevo orden. La circular que formalizaría esa determinación, obra del propio Moreno, señalaría que el gobierno patrio ejercía “una representación inmediata del pueblo”, lo que la convertía en el “órgano legítimo de su voluntad”[85].

Ante esto, y con España al parecer perdida, el mundo que Martín de Álzaga había conocido y gozado, el que había sido la base de su riqueza, su prestigio y su poder, sucumbía. Juntista a la fuerza por el cautiverio del monarca, sus convicciones seguirían siendo las de un europeo convencido de la centralidad de lo español en América sin importar qué ocurriera al otro lado del océano, así como las de un defensor de un comercio adverso a la prepotencia inglesa y controlado en beneficio de su clase. El choque con el nuevo poder revolucionario sería inevitable.

Aunque todavía sin declaración formal de independencia, el orden establecido en mayo de 1810 emprendió una guerra contra las fuerzas españolas en lo que habían sido todos los confines del virreinato. Desde ese momento y hasta su final dos años después, Álzaga haría, casi al modo de un personaje trágico, una apuesta final a su antiguo liderazgo, a la base social que creía conservar, a sus amplios recursos materiales y a un programa que no había alcanzado a enunciar, pero que ya resultaba claro: el objetivo de que, con o sin el rey en el trono, la ciudad siguiera siendo lo que había sido hasta entonces en términos de estructura económica, jerarquías sociales y organización política, con una indisputada preeminencia del sector peninsular. Sin embargo, su enfrentamiento creciente con la representación de la corona, primero con Sobremonte y luego con Liniers y hasta con Cisneros, y más tarde la propia desaparición de la figura del rey dejarían ese proyecto desprovisto de su vieja legitimidad borbónica a la vez que el curso vertiginoso de los acontecimientos no le permitiría pergeñar una nueva. Esto, sumado al irresistible ascenso del factor criollo como actor políticamente conciente, haría de Martín de Álzaga el rostro más visible y la víctima más notable de un orden moribundo.


  1. La anteiglesia es un concepto vizcaíno que alude a un pequeño poblado cuya vida social se articulaba en torno a una iglesia local.
  2. Los datos biográficos sobre Martín de Álzaga que se mencionarán en lo sucesivo fueron tomados de Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, 1998.
  3. La pareja se instaló muy cerca de la Plaza Mayor exactamente a dos cuadras, en la calle de la Santísima Trinidad (hoy Bolívar) y San Francisco (Moreno). Tiempo después se mudó media cuadra más al sur, en dos fincas que unificó sobre la misma calle de la Santísima Trinidad, entre las actuales Belgrano y Moreno. En verano la familia se trasladaba a la quinta de Barracas, ubicada en la calle Larga, actual avenida Montes de Oca. Martín y María Magdalena tuvieron catorce hijos, diez mujeres y cuatro varones, cuya lista de padrinos fue denotando la permanente ampliación del círculo de relaciones de la familia. Ver Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 16.
  4. La dote incluía “plata sellada, plata labrada, joyas, muebles, vestidos, alhajas y negros esclavos”, además de acreencias en favor de la familia de la novia valuadas en 39.774 y medio reales. Susan Socolow, Los mercaderes del Buenos Aires virreinal: familia y comercio, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1991, pág. 214.
  5. Esta institución permitía a dos hombres sellar a través de un ritual religioso una relación especial, casi de parentesco. También era funcional a las alianzas comerciales. Ibid., cap. 2.
  6. Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra, pág. 53.
  7. Ibid., pág. 61.
  8. Ibid., pág. 65.
  9. Ibid., págs. 44 y 45.
  10. Klaus Gallo, Great Britain and Argentina. From Invasion to Recognition, 1806-26, Palgrave, Houndmills, 2001, pág. 13. En lo relativo a este libro, la traducción es propia.
  11. Ibid., pág. 11.
  12. Tulio Halperin Donghi, Revolución y guerra, pág. 47.
  13. Ibid., pág. 51.
  14. Ibid., págs. 49 a 51.
  15. Ibid, pág. 61.
  16. Otros firmantes del petitorio fueron Juan José Lezica, Joaquín de Arana, Domingo Belgrano, Bernardo Gregorio de Las Heras y Ventura Marcó del Pont. Debajo de la autoridad de Martín de Álzaga, había dos cónsules, nueve consiliarios y un síndico. Todos ellos tenían un teniente, un secretario, un contador y un tesorero. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, págs. 31 y 56.
  17. Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga, pág. 70.
  18. En ese sentido, ver también la polémica interpretación de Halperin Donghi sobre Manuel Belgrano, en particular en su rol en los negocios de su familia. Tulio Halperin Donghi, El enigma Belgrano. Un héroe para nuestro tiempo, Siglo XXI, Buenos Aires, 2014.
  19. Klaus Gallo, Great Britain and Argentina. From Invasion to Recognition, pág. 77.
  20. Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga, págs. 66 a 79.
  21. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 33.
  22. Archivo General de la Nación, leg. 46-1335. Justicia. En Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga, pág. 37.
  23. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, págs. 65 a 69.
  24. Ibid, págs. 21 y 22.
  25. Ibid., pág. 34.
  26. El personaje es aludido, pero no mencionado por su nombre por Ángel Justiniano Carranza, debido a que el protagonista “en vida nos pidió la reserva de su nombre”. En Enrique Williams Álzaga, Vida de Martín de Álzaga (1755-1812), Emecé Editores, Buenos Aires, 1984, pág. 247.
  27. AGN: Acuerdos del extinguido Cabildo de Buenos Aires, Serie III, t. X, pág. 608. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 41.
  28. Ibid, pág. 486.
  29. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 37.
  30. Ibid., págs. 42 y 43.
  31. Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga, pág. 43.
  32. Ibid., pág. 22.
  33. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, págs. 46 y 47.
  34. Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga, pág. 28.
  35. Ibid., págs. 29 y 30.
  36. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 50.
  37. Beresford to Castlereagh, 11 July 1806, Public Records Office, War Office 1/161. En Klaus Gallo, Great Britain and Argentina. From Invasion to Recognition, pág. 38.
  38. Klaus Gallo, Great Britain and Argentina. From Invasion to Recognition, págs. 38 a 42.
  39. Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina, tomo II, Apéndice, pág. 415. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 122.
  40. Enrique Williams Álzaga, Cartas (1806-1807), Emecé Editores, Buenos Aires, 1972, págs. 114 a 127.
  41. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 87.
  42. Carlos Roberts, Las Invasiones Inglesas del Río de la Plata, 1806-1807, Talleres Gráficos de la Sociedad Anónima Jacobo Peuser, Buenos Aires, 1938, pág. 42.
  43. Klaus Gallo, Great Britain and Argentina. From Invasion to Recognition, pág. 75.
  44. Ibid., págs. 75 y 76.
  45. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 93.
  46. Ibid., pág. 94.
  47. AGN: Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires, serie IV, t. II, pág. 316. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 98.
  48. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 110.
  49. Enrique de Gandía, Las ideas políticas de Martín de Álzaga, tomo II, pág. 83.
  50. Ibid., pág. 88. En concreto, Martín de Álzaga le pregunta: “¿y no ve usted cómo nos tiene la España abandonados, el poco caso y aprecio que hace de nosotros, pues ni nos mandan aviso alguno, ni aún pliegos por el Brasil como podrían hacerlo en virtud de ser neutrales?”.
  51. Klaus Gallo, Great Britain and Argentina. From Invasion to Recognition, pág. 79.
  52. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 115.
  53. Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga, pág. 82.
  54. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 128.
  55. Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga, pág. 92.
  56. Ibid., pág. 98.
  57. Ibid., pág. 114.
  58. Noemí Goldman, Mariano Moreno. De reformista a insurgente, Edhasa, Buenos Aires, 2016, págs. 54 y 55.
  59. “Memoria sobre la invasión de Buenos Aires por las armas inglesas (1806)”, Mariano Moreno. Selección de escritos, Prólogo de Roberto Etchepareborda. Buenos Aires, H. Concejo Deliberante, 1961, pág. 71. En Noemí Goldman, Mariano Moreno. De reformista a insurgente, pág. 87.
  60. Ricardo Levene, Mariano Moreno. Escritos, Biblioteca de Clásicos Argentinos, Estrada, Buenos Aires, 1943, pág. 164. En Noemí Goldman, Mariano Moreno. De reformista a insurgente, pág. 95.
  61. AGN: Acuerdos del extinguido Cabildo de Buenos Aires, Serie IV, t. III, año 1808, pág. 530 y siguientes. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, págs. 146 y 147.
  62. Marcela Ternavasio, Candidata a la Corona. La infanta Carlota Joaquina en el laberinto de las revoluciones hispanoamericanas, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 2015.
  63. Ibid., 2015, págs. 19 y 20.
  64. Héctor C. Quesada, El alcalde Álzaga, págs. 129 a 140.
  65. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 154.
  66. Marcela Ternavasio, Candidata a la Corona, pág. 163. Asimismo, Fabio Wasserman, Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario, Edhasa, Buenos Aires, 2011, págs. 69 y 70.
  67. “Perteneciendo el Dr. Moreno al círculo de amigos que escuchaba el proyecto de la Carlota, se halló informado de cuanto pasaba, y asistió a algunas conferencias. Su voto fue siempre contrario a esta eventualidad, tanto porque la monarquía no convenía a la organización del país, como por la calidad de la persona que la quería introducir”. Manuel Moreno, Colección de arengas en el foro, y escritos del doctor Dn. Mariano Moreno abogado de Buenos Ayres y secretario del primer gobierno en la revolución de aquel estado, Jaime Pickburn, Londres, 1836, págs. cxx-cxxi. En Noemí Goldman, Mariano Moreno. De reformista a insurgente, pág. 99.
  68. Marcela Ternavasio, Candidata a la Corona, pág. 210.
  69. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, págs. 156 y 157.
  70. Ibid., pág. 158.
  71. AGN: Acuerdos del extinguido Cabildo de Buenos Aires, años 1808-1809, Serie IV, t. IX, pág. 402. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, págs. 158 y 159.
  72. Ibid., pág. 159.
  73. La licencia era considerada necesaria en virtud de la Real Pragmática de 1776, que aludía a las condiciones de “desigualdad notoria” de origen. Aunque en lo explícito la norma se refería a diferencias raciales, de modo de evitar matrimonios entre miembros de diferentes castas, en las colonias su sentido se amplió a las económicas, de linaje o de lugar de nacimiento. En Mariana Alicia Pérez, “El matrimonio y la elección de consorte de los inmigrantes peninsulares pobres (Río de la Plata tardo colonial)”, I Jornadas Nacionales de Historia Social, 30, 31 de mayo y 1 de junio de 2007, La Falda, Córdoba. Consultado en <http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.9646/ev.9646.pdf> en abril de 2021, pág. 8.
  74. AGN: Acuerdos del extinguido Cabildo de Buenos Aires, pág. 406. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 161.
  75. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 168.
  76. Colección Ernesto J. Fitte, Carta de Martín de Álzaga al Arzobispo de Lima, Benito María de Monxó y Francolí, del 19-4-1809. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 169.
  77. Memoria escrita por criollos, fechada el 20 de septiembre de 1808, que conservó el agente carlotista ítalo-portugués Felipe Contucci y fue publicada por Ariosto González en “Manuel Belgrano y la Princesa Carlota Joaquina, 1808”, Historia, número 3, 1956, págs. 83 a 87. En Fabio Wasserman, Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario, pág. 66.
  78. Manuel Moreno, Vida y memorias del Dr. Dn. Mariano Moreno secretario de la Justa de Buenos Ayres, capital de las Provincias del Río de la Plata. Con una idea de su revolución, y de la de México, Caracas, & por su hermano Dn. Manuel Moreno, Imprenta de J. M’Creery, Black-Horse Court, Fleet Street, 1812, págs. 77 a 79 y 123 y 124. En Noemí Goldman, Mariano Moreno. De reformista a insurgente, pág. 102.
  79. Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 181.
  80. Ibid., págs. 184 y 185.
  81. Carta de Cornelio Saavedra a Juan José Viamonte del 27-6-1811, reproducida en El Redactor General, Cádiz, 16-6-1812. En Bernardo Lozier Almazán, Martín de Álzaga. Historia de una trágica ambición, pág. 173.
  82. En este punto, vale la pena repasar brevemente la evolución del comercio porteño. El “comercio directo”, así definido, era una medida extraordinaria pero conocida por las autoridades metropolitanas en situaciones de emergencia. De acuerdo con Noemí Goldman, “si esta práctica se había ya iniciado en 1797, se intensificó a partir de 1805, cuando en la batalla de Trafalgar la Armada Española fue derrotada por la inglesa y perdió definitivamente el dominio del comercio atlántico. Con la invasión francesa a la Península en 1808, la admisión de buques neutrales en los diferentes puertos americanos se generalizó, pese a las nuevas prohibiciones de las Reales Órdenes de la Junta Central del 17 y 21 de marzo de 1809. Además, desde 1789 se venía ampliando el libre comercio de esclavos y en 1795 se otorga a los comerciantes y buques rioplatenses permiso para intervenir en el comercio con la Península. Por otra parte, el cambio de alianzas, provocado por la misma invasión, había llevado a España y sus posesiones ultramarinas a aliarse con Inglaterra y Portugal, lo que incentivó la presión inglesa sobre los puertos americanos”. En Noemí Goldman, Mariano Moreno. De reformista a insurgente, pág. 105.
  83. Ibid., pág. 114.
  84. Ibid., pág. 113.
  85. Ibid., pág. 149.


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