En los capítulos previos, analizamos los factores principales que provocaron la emergencia de una nueva red de CAPs a partir de 1975, el rol que ocuparon estos centros durante la dictadura militar, cómo cambió su rol durante la transición democrática, y el papel de la diplomacia de la FF en estos procesos. La hipótesis que trazamos al principio de esta tesis sostenía que las contribuciones técnicas y financieras de la Fundación Ford a las ciencias sociales argentinas entre los años 1975 y 1983 jugaron un papel fundamental en la promoción, financiación y exportación del modelo think tank al país, con la intención de cambiar el proceso de la toma de decisiones políticas para impedir la polarización ideológica y la inestabilidad política crónica. En base a lo analizado en los capítulos previos, en este último apartado analizaremos nuestra hipótesis trazada al principio para generar algunas conclusiones y aportes importantes para futuros trabajos relacionados con el tema.
En el primer capítulo, analizamos la experiencia de la FF en las ciencias sociales argentinas desde su llegada al país en 1959 hasta 1975 con el objetivo de identificar los factores principales que provocaron el surgimiento de una nueva red de CAPs a partir de 1975 de la cual el CEDES y el CISEA formaban parte. Por un lado, examinamos los factores exógenos de la Fundación que provocaron el surgimiento de estos centros a través de nuestro análisis sobre el contexto político/académico/social local, y cómo estos factores – entre ellos la inestabilidad política crónica, la polarización ideológica, y las repetidas intervenciones militares en las universidades – generaron la necesidad de crear otra base institucional más allá de las universidades y los centros existentes. Por otro lado, examinamos los factores endógenos de la Fundación que provocaron el surgimiento de estos centros a través de nuestro análisis sobre la evolución de los objetivos y las estrategias de la Fundación, la importancia del énfasis puesto sobre los estudios políticos, y las relaciones que gestaron con los investigadores del CIAP que materializó en el programa de becas desplegado por la Fundación a mediados de la década de 1960.
La experiencia de la FF durante estos años fue clave, por un lado, dado que les permitió a los oficiales de la Fundación identificar los problemas principales que percibieron como los más urgentes que enfrentaba el país y reorientar sus programas en el futuro alrededor de esta problemática identificada. Como quedó establecido en el primer capítulo, los oficiales de la FF identificaron a la inestabilidad política crónica como el problema principal, una situación generada por la falta de una buena base de opciones políticas debido al estado “subdesarrollado” de las ciencias políticas. A través del nuevo énfasis puesto sobre el desarrollo de los estudios políticos, los oficiales de la FF buscaban proporcionar una base de opciones políticas para la toma de decisiones, vista como una posible vía hacia una solución para la polarización ideológica y la inestabilidad política crónica.
Por otro lado, la experiencia de la FF durante esta fase inicial fue importante porque les permitió identificar a los individuos más prometedores para el desarrollo de esta disciplina en el país, los investigadores del CIAP. Analizamos en el primer capítulo la estrecha relación que existió entre la FF y la concepción para la idea de la creación del CIAP en 1964, con un oficial de la FF, William Carmichael, como uno de los primeros promotores de la creación del centro, y los fondos del FF que formaban casi exclusivamente el financiamiento entero del centro desde su creación.
Si bien la emergencia del CEDES y el CISEA en 1975 (y también los primeros CAPs como el ITDT que emergieron durante la década previa) tuvo lugar en respuesta a varios factores exógenos a la FF que mencionamos antes, sostenemos que la creación del CEDES y el CISEA no hubiera sido posible sin los aportes de la Fundación. Sin embargo, la FF no fue el único actor internacional que contribuyó aportes importantes en el desarrollo de estos centros y entonces resulta pertinente aclarar por qué sostenemos que la FF jugó un papel fundamental.
En primera instancia, dada la presencia de varias ONG, agencias intergubernamentales y otras organizaciones de cooperación internacional, puede ser difícil comprobar si las contribuciones de la FF jugaron un papel decisivo o no en estos procesos. Desde nuestra perspectiva, sin embargo, es importante destacar que muchas de las contribuciones financieras de la FF fueron canalizadas justamente a través de estas organizaciones como las Naciones Unidas (ONU), la Organización de los Estados Americanos (OEA), el Banco Internacional del Desarrollo (BID), el Social Science Research Council (SSRC), el Consejo Federal de Inversiones (CFI) y el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), entre otros. De hecho, como vimos en el segundo capítulo, la canalización de fondos a través de otras agencias internacionales formó parte de una estrategia explícita por parte de la Fundación para seguir jugando un rol central en el apoyo a los CAPs sin ser vista como la única organización financiadora de los centros.
En algunos casos, encontramos dentro de los archivos internos de la Fundación situaciones en las cuales ni los propios oficiales de la FF estaban seguros si los fondos provenientes de otras organizaciones utilizados para el financiamiento de proyectos académicos en Argentina fueran realmente de la FF. Por ejemplo, en 1983 un oficial de la FF Jeffrey Puryear planteó, respecto de una subvención del SSRC al CEDES que “sería interesante saber si los fondos que tiene el SSRC a mano vienen de una subvención de la Fundación Ford” (Puryear, 1983). Aunque la canalización de fondos de esta manera puede tornar difícil conocer exactamente el alcance de las contribuciones financieras de la Fundación en el país, sirve para demostrar la profundidad de la red de operaciones que mantenía y el importante rol que jugó incluso dentro de algunas de las operaciones de otros actores internacionales.
Es importante destacar también con respecto al caso específico de los investigadores del CIAP que ninguna otra agencia de cooperación internacional privada tuvo un programa de becas para estudios de posgrado en el exterior tan extenso como el de la FF. El programa de becas jugó un rol central en la legitimización de estos investigadores desde la perspectiva de los oficiales de la Fundación y les permitió contar con un mayor conocimiento de los becarios y su potencial como investigadores en comparación con las otras organizaciones internacionales. Aunque los oficiales de la Fundación no necesariamente estaban en contacto directo con los becarios durante sus estudios de posgrado en el exterior, como analizamos en el primer capítulo, los oficiales de la FF estuvieron estrechamente ligados a las comunidades académicas e intelectuales en las que operaban. Varios profesores universitarios como David Apter, Phillippe Schmitter, Richard Fagan, Alain Touraine, Louis Goodman y Albert Hirschman – bajo quienes estudiaban muchos de los becarios del CIAP – formaban parte de la misma comunidad epistémica de la FF, y muchos de ellos luego sirvieron como evaluadores oficiales de la Fundación Ford en Argentina y en proyectos académicos de mutuo interés como en el Woodrow Wilson Center. A través de la participación de los investigadores del CIAP en estas mismas redes y comunidades académicas y la aceptación por sus pares en el exterior, empezaron a gozar de más reconocimiento y promoción por parte de la Fundación una vez terminados con sus estudios de posgrado. La confluencia de estos factores impulsó la creación de los dos centros en 1975.
Es importante resaltar también que a principios de la década de 1970 muchas de las agencias de cooperación internacional habían reducido de manera significativa sus contribuciones financieras y técnicas en la región, y en algunos casos habían cesado completamente. No había ninguna institución argentina interesada en el desarrollo de la ciencia política, ni tampoco una organización internacional dispuesta a financiarla. Aunque otras organizaciones de cooperación internacional como el Swedish Agency for Research Cooperation (SAREC) de Suecia y el International Development Research Centre (IDRC) de Canadá tuvieron operaciones similares en el país similares a las de la FF durante nuestro período de estudio, e incluso establecieron relaciones importantes con los investigadores del CEDES y CISEA, no estuvieron dispuestos a otorgar fondos para facilitar su creación.
Según Oscar Oszlak, la FF esencialmente quedó como el único proveedor de fondos disponible en aquel momento tras su salida del ITDT (entrevista Oscar Oszlak, 2019). Esta percepción era compartida por la Fundación, lo que pudimos evidenciar a partir de las palabras del oficial de la FF Richard Dye quien en julio de 1975 sostuvo, en relación a la creación del CEDES, que “el apoyo buscado por la Fundación en esta etapa inicial de manera realista no se podría haber obtenido por otro medio” (Dye, 1975). No fue hasta que los centros fueron establecidos y empezaron a ocupar un papel importante en el circuito intelectual internacional – procesos en los cuales la FF jugó un rol instrumental – que empezaron a recibir fondos de otras agencias de cooperación internacional privada más allá de la FF.
Como analizamos en el segundo capítulo, la participación de los investigadores en el circuito internacional fue generada, por un lado, por el contexto político-social de la dictadura militar, pero también por los cambios de las estrategias de la FF. Las estrategias de la FF fueron diseñadas para que los CAPs no dependieran exclusivamente de la financiación de la FF, pero también para que sus investigadores participaran en el circuito internacional de manera de garantizar su subsistencia como instituciones.
A través de la subvención inicial realizada en 1975, los oficiales de la FF apostaban por estos individuos, en un período en el cual no había demasiado interés por parte de las instituciones argentinas o de las agencias de cooperación internacional en el desarrollo de las ciencias políticas. Esto quedaba explicitado en las palabras de uno de sus oficiales, James Gardner, quien afirmaba que “estamos claramente apostando por los individuos involucrados aquí” (Gardner, 1975).
Como analizamos en el segundo capítulo, debido en gran parte a su participación en las redes internacionales, el CEDES y el CISEA lograron consolidar su prestigio y legitimidad en el circuito internacional como importantes productores de conocimiento y especialistas en los saberes del Estado, un proceso en el cual la diplomacia académica de la FF jugó un papel importante. El aumento del prestigio y el reconocimiento de sus pares en el exterior estimuló la aparición de una pluralidad de instituciones internacionales financiadoras como SAREC, IDRC, y las Fundaciones Guggenheim y Tinker, entre otras. En efecto, los oficiales de la FF fueron exitosos en su apuesta por estos investigadores, facilitando la formación de CAPs con un amplio grado de autonomía y que no dependiesen exclusivamente de los fondos de la FF.
La confianza de la FF hacia estos individuos se explica tanto por el reconocimiento de sus pares en el exterior, como por la cantidad de dinero que la Fundación había invertido en su desarrollo como investigadores. Como pudimos observar en los archivos internos de la Fundación que los oficiales de la FF muchas veces referían a estos investigadores como “inversiones” dada la cantidad de dinero que la Fundación había gastado en sus estudios de posgrado en el exterior, además de las extensas contribuciones financieras y técnicas proporcionadas al CIAP durante su asociación con el ITDT. Como sostuvo una oficial de la FF, Nita Manitzas, en junio de 1976 sobre una subvención al CEDES: “Una parte significativa de los investigadores del CEDES fue entrenada en el exterior al nivel posgrado con becas financiadas por la Fundación. Ayudar a mantener intacto el grupo y trabajando de manera productiva en Argentina podría ser visto como una manera de proteger y capitalizar sobre nuestra inversión anterior” (Manitzas, 1976: 5).
En 1975, los oficiales de la FF percibieron que sin el compromiso y el financiamiento de la FF en este momento clave, era muy probable que muchos de los investigadores del CIAP se hubieran ido del país, lo que hubiera significado una pérdida de la inversión realizada por la Fundación. Como vimos en el segundo capítulo, muchos de los investigadores podrían haber duplicado o triplicado su salario en alguna institución extranjera, pero estaban determinados a quedarse en Argentina a pesar del contexto autoritario, como miembros de la denominada cultura de resistencia.
Sin embargo, sin la base institucional proporcionada por la creación de los nuevos centros, les hubiera resultado mucho más difícil, si no imposible, seguir trabajando como investigadores de ciencias políticas en el país durante el gobierno militar. Podemos concluir en base a esta lectura, entonces, que la FF jugó un rol fundamental en el surgimiento de los centros en 1975.
La mayoría de las investigaciones centradas en las fundaciones filantrópicas norteamericanas y el papel que jugaron en la institucionalización e internacionalización de las ciencias sociales latinoamericanas se enfocaron en el flujo de conocimiento y la exportación de ideas, conceptos y campos de estudios nuevos del norte al sur. Aunque sin duda estas investigaciones han formado una parte importante de este trabajo, nuestro enfoque ha sido puesto no en las ideas o las disciplinas formuladas en los Estados Unidos y exportadas al sur, sino en la exportación de los mecanismos de la producción de conocimiento y la elaboración de políticas públicas materializada en la adopción del modelo think tank en Argentina.
Como analizamos en el desarrollo de la tesis, al ser una parte integral de la comunidad epistémica del establishment del Este, la Fundación Ford buscaba establecer una red de intelectuales, políticos, académicos, y especialistas que compartieran la misma visión del mundo con la intención de convertir sus creencias en políticas públicas y programas gubernamentales.
Un eje central de su estrategia a partir de la década de 1960 fue el desarrollo y financiamiento de think tanks, como el Brookings Institute, como herramientas que permitieran justificar los planes económicos-políticos alineados al consenso tecnocrático liberal que promovían. Justamente durante la misma época en la cual los oficiales de la FF empezaron a reconocer la importancia y la utilidad de los think tanks en el aparato político, habían hilado y financiado una red de CAPs latinoamericanos – entre ellos el CEDES y el CISEA – gestionados por élites intelectuales políticas que tuvieron el mismo potencial para generar cambios en sus respectivos países de manera similar a los think tanks estadounidenses.
Como sostiene Stahl (2016), la FF “percibía la política y la vida política como un asunto esencialmente de las élites, uno que recompensaría y ubicaría en su pináculo a las instituciones de élite que aceptaran tal visión del mundo” (p. 29). Se puede concluir, en base a esta lectura, que los oficiales de la FF claramente percibieron a los investigadores del CEDES y el CISEA como parte de la misma comunidad epistémica, lo cual puede explicar la promoción y financiación de la Fundación a estos centros como un elemento clave en su reconversión a think tanks durante la transición democrática.
Dentro de los archivos internos de la Fundación y en los medios de comunicación estadounidenses, hay muchas comparaciones entre el gobierno alfonsinista y el gobierno de John F. Kennedy que sirven para resaltar esta afirmación que proponemos. Por ejemplo, en noviembre de 1983 un oficial de la FF William Saint sostuvo con respecto a los investigadores del CEDES y el CISEA elegidos para cargos gubernamentales que “de manera similar a John Kennedy, Alfonsín intenta confrontar los masivos problemas políticos y económicos atrayendo a los ‘mejores y más brillantes’ a su administración” (Saint, 1983). Los “mejores y más brillantes” intelectuales del gobierno de Kennedy a los que refiere Saint, por supuesto, son los mismos intelectuales que formaban parte de la comunidad epistémica de la FF. Otra demostración de esta sensación de semejanza se observa en un artículo publicado en junio de 1984 en el New York Times – también una parte integral del establishment del Este – en el que el autor refiere al presidente Alfonsín como el “John F. Kennedy argentino”[1] (Schumacher, 1984).
Tal como hizo con el Brookings Institute, la FF identificó a los grupos de investigadores que eran percibidos como parte de la misma comunidad epistémica, y les proporcionó asistencia técnica y financiera para facilitar su participación en la formulación y elaboración de políticas públicas. En Argentina, conscientes de que la ciencia política y los saberes del Estado serían de suma importancia durante la transición democrática, concluimos que los oficiales de la FF promovieron y facilitaron la reorientación de estos centros en think tanks durante el período transicional. La existencia de think tanks como los generadores principales de conocimiento dentro del mercado de ideas – siempre y cuando se utilizaran metodologías científicas y fueran ideologías democráticas y no radicales – fue visto por la FF como el sistema ideal para el debate sobre las políticas públicas en el cual los think tanks jugaron un rol central. La creación de tal mercado de ideas como una base de opciones políticas fue una parte integral de la estrategia de la FF con la intención de cambiar el proceso de la toma de decisiones políticas para impedir la polarización ideológica y la inestabilidad política crónica.
Es importante mencionar aquí, sin embargo, que para afirmar nuestra hipótesis no nos parece necesario sostener que los investigadores del CEDES y el CISEA simplemente actuaran según los órdenes de la FF al ocupar el papel de think tanks durante la transición democrática. Al contrario, como hemos analizado a lo largo de esta tesis, existió una confluencia de objetivos e intereses entre los investigadores de los centros y los oficiales de la FF que influyó al papel que cumplieron durante nuestro período de estudio. Es decir, aunque los investigadores de los centros fueron conscientes de los objetivos y las recomendaciones de la FF, adaptaron a las realidades políticas y sociales de la época, y como vimos en el capítulo tres, tuvieron sus propios intereses que los condujeron a ocupar un papel que extendió más allá del papel tradicional de los think tanks estadounidenses[2].
Aunque los think tanks y la influencia que ejercen sobre los Estados latinoamericanos contemporáneos aparece cada vez más entre los temas de estudios, los orígenes de los think tanks en la región y el rol que tuvieron las fundaciones filantrópicas norteamericanas en la adopción de este modelo por parte de los países latinoamericanos, ha sido menos estudiado. El presente trabajo ha querido servir entonces para comprender un caso paradigmático de este fenómeno a través del análisis del papel que la Fundación Ford desempeñó en Argentina entre 1975 y 1983 y el surgimiento del modelo think tank en el país durante la transición democrática en el cual desempeñó un papel fundamental.
El surgimiento del modelo think tank en Argentina es un tema particularmente relevante en esta coyuntura, dado que según el Global Go-To Think Tanks Index más reciente de 2019, actualmente Argentina cuenta con 227 think tanks, el quinto monto más alto del mundo (McGann, 2020: 41). De hecho, la utilidad de los think tanks en los años recientes se revela por el hecho de que el número de think tanks en el país casi se duplicó durante la última década, de 122 think tanks en 2008 a 227 en 2018.
Sin embargo, como hemos analizado previamente, Argentina no fue el único país latinoamericano en el que la FF tuvo operaciones similares y tampoco fue el único en el que surgió el modelo think tank. De hecho, encontramos dentro de los archivos internos la FF casos en los cuales los oficiales refieren a su papel en la emergencia de los think tanks a nivel regional al sostener que “muchos de los individuos que ahora están ocupando cargos importantes en el diseño de políticas dentro de los nuevos gobiernos democráticos provienen de, o han sido influidos directamente por, estos centros independientes” (Fundación Ford, 1986).
En base a estas premisas, un trabajo futuro que indague sobre el surgimiento del modelo think tank en otros países de la región en los cuales la FF tuvo operaciones similares – y el papel que jugó la diplomacia de la FF en este proceso – podría aportar algunas contribuciones importantes para profundizar su papel en América Latina y la adopción de este modelo a nivel interno. De manera similar, se podría estudiar el papel de los centros académicos privados durante las transiciones democráticas de otros países latinoamericanos y comparar estos casos con el caso argentino examinado en este trabajo para evaluar el impacto que tuvieron estos grupos en el proceso de retorno a la democracia.
Es también relevante subrayar que, aunque los think tanks latinoamericanos comparten muchos aspectos en común con sus contrapartes en los Estados Unidos, seguramente no actúan de manera idéntica dado que operan dentro de contextos nacionales distintos. Podría ser interesante, entonces, un trabajo que indague sobre las diferencias entre los think tanks estadounidenses y los think tanks latinoamericanos para profundizar el conocimiento sobre las diferencias en sus papeles y las funciones que tienen dentro de los diferentes casos nacionales.
Finalmente, el papel que ocupan los think tanks en Argentina, y en América Latina en general, ha evolucionado desde sus inicios hasta hoy. El presente trabajo puede servir entonces como una base de datos sobre la emergencia del CEDES y el CISEA como think tanks que podría ser utilizada para analizar la evolución de los think tanks desde el periodo que analizamos. De manera similar a nuestro análisis sobre la evolución de los think tanks en los Estados Unidos en el capítulo 3, por ejemplo, podría examinar la evolución de los think tanks argentinos desde el CEDES y el CISEA durante el gobierno alfonsinista, la Fundación Mediterránea durante el gobierno de Carlos Menem (1989-1999), y los think tanks contemporáneos, como la Fundación Creer y Crecer, en el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019).
En definitiva, este trabajo ha contribuido a identificar los factores principales del surgimiento del modelo think tank en Argentina y el papel que jugó la diplomacia académica de la FF en este proceso, que puede resultar de utilidad, asimismo, para cruces disciplinares y ejercicios de comparación con otras experiencias.
- Es interesante destacar que el autor del artículo, Edward Schumacher, realizó sus estudios de posgrado en el Programa de Relaciones Internacionales en la Universidad de Tufts unos años después de Dante Caputo del CISEA. Schumacher fue un profesor universitario en Harvard y Vanderbilt, y también trabajó en el Woodrow Wilson Center.↵
- Por ejemplo, un eje importante del trabajo del CEDES fue el establecimiento de extensas redes de relaciones más allá del ámbito político en los sectores menos privilegiados, asociaciones barriales, el campo de la educación popular, el movimiento sindical, los organismos de derechos humanos, el movimiento de mujeres, etc. (CEDES, 1988).↵






