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1 La Fundación Ford en las ciencias sociales argentinas (1959-1975)

El objetivo principal de este primer capítulo es analizar la experiencia de la Fundación Ford en las ciencias sociales argentinas desde su llegada al país en 1959 hasta el año 1975 para establecer cuáles eran los objetivos durante esta época y examinar cómo evolucionaron las estrategias y los mecanismos que empleaba en el país para lograrlos.

Con este propósito, estudiaremos el papel que desempeñó la asistencia técnica y financiera promovida por la FF en la institucionalización e internacionalización de las ciencias sociales argentinas como una forma de diplomacia académica. En primera instancia, analizaremos el programa de becas de la FF para los estudios de posgrado en el exterior de un grupo seleccionado de intelectuales argentinos, quienes se especializaron en los estudios de las ciencias políticas y la administración pública. Examinaremos, asimismo, las relaciones que se gestaron entre los oficiales de la FF y las comunidades académicas e intelectuales en las que operaban los becarios, indagando el modo en que dichas relaciones facilitaron la emergencia de estos individuos como parte de una nueva élite intelectual especializada.

En el último apartado, analizaremos la crisis institucional universitaria argentina y la falta de una base institucional sólida para los intelectuales apoyados por la FF. Esta situación provocó, por un lado, la necesidad de obtener el apoyo financiero para que los becarios de la FF pudieran seguir trabajando en Argentina y, por el otro, la exigencia de ampliar las instituciones existentes y concentrarse en la fundación de una nueva red de centros académicos privados (CAPs), sobre la cual nos abocaremos en el segundo capítulo.

1.1. El proceso de institucionalización de las ciencias sociales argentinas

Durante la década de 1950, los sistemas de ciencia y educación superior en Argentina experimentaron un crecimiento significativo cuando el número de estudiantes universitarios aumentó de 51.000 en el año 1947 a unos 140.000 en 1955 (Buchbinder, 2005: 159). Según Morales Martín y Algañaraz (2016), el aumento significativo en la tasa bruta de escolarización universitaria puede explicarse, por un lado, por el incremento de la feminización de la matrícula y, por otro lado, por la reconfiguración de los aparatos estatales para intervenir decididamente en los procesos de producción de saberes y de desarrollo económico. Los mismos autores también atribuyen el complejo y acelerado proceso de la modernización al despliegue de varias estrategias tendientes a la institucionalización de las ciencias sociales (pp. 225-226).

Cuando llegó la FF a la Argentina en 1959, según los memorándums internos de la Fundación, el campo de las ciencias sociales era “relativamente infértil” (Manitzas, 1971: 1). Los oficiales de la FF empezaron, así, a involucrarse con la institucionalización de las ciencias sociales argentinas en línea con sus objetivos principales de modernización y el desarrollo. Es importante, sin embargo, cómo definimos y caracterizamos estos objetivos promovidos por la FF para poder explorar y analizar las acciones de la Fundación en su intento de lograrlos.

Alejandro Blanco (2007), cuando refiere al tipo de modernización promovida por las fundaciones filantrópicas norteamericanas en las ciencias sociales latinoamericanas durante esta época, lo vincula a la reproducción, en estas universidades, de los rasgos característicos de los centros de estudios norteamericanos y europeos. Dentro de estas reformas modernizadoras, según Blanco (2007):

Habría que incluir, fundamentalmente, reformas en los planes de estudio y en los métodos de enseñanza, proyectos de actualización bibliográfica y de unificación del vocabulario, y la creación de organizaciones profesionales de las distintas disciplinas y de centros e institutos de investigación (pp. 15-16).

Cuando referimos a la modernización promovida por la FF, entonces, aludimos a la base intelectual desde la cual operaban los científicos norteamericanos de la época con respecto a Argentina: la creación de un marco favorable para la globalización, la apertura externa de Argentina y el apoyo a las democracias capitalistas. Como indica Roelofs (2007), la promoción de estos ideales ha formado una parte fundamental de las estrategias de las fundaciones filantrópicas norteamericanas en los países latinoamericanos desde sus comienzos (pp. 497-499).

El tipo de desarrollo promovido por la Fundación Ford en América Latina durante la década de 1960 estuvo en línea con las ideas desarrollistas provenientes de los países centrales. Arturo Escobar (2007) sostiene que la renovación de las ciencias sociales argentinas promovida por la FF y las otras fundaciones filantrópicas debe ser comprendida como el cruce de dos procesos: “una institucionalización gradual pero firme de las ciencias sociales en la región” y “la adopción de un patrón internacional de desarrollo” (p. 20).

En general, ser un país “subdesarrollado” implicaba la necesidad de modernizarse, primordialmente a través de la industrialización, la urbanización, la tecnificación de la agricultura, y la adaptación de la educación a los valores culturales “modernos” (Escobar, 2007: 34). Más allá del desarrollo de las instituciones universitarias, entonces, la asistencia técnica y financiera de la FF tuvo la intención de promover el desarrollo económico en el país.

Según Nahón et. al. (2006), el desarrollismo promovido en las ciencias sociales latinoamericanas asumió la necesidad del desarrollo capitalista mundial y, sobre esa base, intentó demostrar que cualquier país era capaz de alcanzar el mismo nivel de desarrollo que los países centrales, en la medida en que se aplicaran las reformas necesarias (pp. 331-334). Desde la perspectiva de los oficiales de la FF, el desarrollo económico que promovían sería clave en la expansión del sistema democrático y la consolidación política. Como sostiene Quesada (2015):

La doctrina desarrollista norteamericana entendía que existía una “correlación positiva” entre el nivel de desarrollo económico y los cambios necesarios para la expansión del sistema democrático, por esto la asistencia contribuía al desarrollo económico de las naciones y de manera causal generaba las condiciones para el desarrollo político (p. 19).

A este fin, la gran mayoría de las contribuciones técnicas y financieras de la FF en las ciencias sociales argentinas durante los primeros años fue destinada a los estudios económicos. En este escenario, según Quesada (2015), la asistencia técnica y financiera promovida por la FF en América Latina se convirtió en “una forma de acción diplomática y política que proveyó un marco de relaciones entre esta potencia central y los Estados periféricos” (p. 18).

Durante sus primeros años en Argentina, la FF jugó un papel fundamental en la institucionalización de las ciencias sociales argentinas en sintonía con sus ideas modernizadoras y desarrollistas. En la década de 1960, tuvo una presencia notable en varias instituciones públicas y universitarias del país, financiando proyectos e investigaciones en las universidades nacionales, incluyendo la Universidad de Buenos Aires (UBA), la de Bahía Blanca, la Universidad Nacional de Córdoba, la Universidad Nacional de Cuyo, la Universidad Nacional de Tucumán, y la Universidad Nacional de Rosario, entre otras (Carlson, 1971b).

La asistencia técnica y financiera de la FF también jugó un papel clave en el desarrollo del instituto de sociología de la UBA de Gino Germani[1] (ver: Pereyra, 2018) y los centros asociados del Instituto Torcuato Di Tella (ITDT), además de organismos regionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y algunos centros académicos privados pequeños como la Fundación Bariloche.

Esta primera época en el país fue caracterizada por los oficiales de la FF como un proceso de “institution-building” (construcción de instituciones) con la idea de que fortalecer a las instituciones académicas y universitarias del país traería consigo el tipo de modernización y desarrollo económico que buscaban los oficiales de la FF (Manitzas, 1971: 3).

La proliferación y dominación de las ideas modernizadoras y desarrollistas promovidas por la FF durante la institucionalización de las ciencias sociales argentinas llegó a tener un cierto grado de influencia en los planos económico, político y social del gobierno argentino durante los mandatos de Arturo Frondizi (1958-1962) y Arturo Ilia (1963-1966). En efecto, Diego Pereyra (2005) señala que Frondizi fue uno de los promotores más activos de la ALPRO y los ideales modernizadores promovidos por la FF (p. 183). Varios economistas apoyados por la FF durante las décadas de 1950 y 1960 ocuparon cargos gubernamentales importantes, incluso en los gobiernos militares. La inestabilidad política crónica del país, sin embargo, no se vio afectada por las acciones de la FF y su fuerte énfasis de los estudios económicos.

Puede sostenerse, en base a esta lectura, que el desarrollo de los estudios económicos no había generado las condiciones necesarias para el desarrollo político como habían apostado los oficiales de la FF, y en junio de 1966 el país sufrió otro golpe de Estado. El nuevo régimen militar liderado por General Juan Carlos Onganía (1966-1970) frenó de manera significativa los procesos de institucionalización y modernización de las ciencias sociales argentinas, y puso fin a una década de autonomía universitaria[2].

Con la fuerte intervención militar en las universidades argentinas, especialmente después de acontecimientos de fuerte represión como “La Noche de los Bastones Largos”[3] en julio de 1966, muchos profesores dimitieron o fueron removidos de sus cargos universitarios. Solamente en la UBA, 8.600 profesores renunciaron o fueron removidos durante el gobierno militar de Onganía (Brunner y Barrios, 1987: 69). Muchos intelectuales argentinos fueron exiliados del país o decidieron autoexiliarse para seguir estudiando en el exterior dada la intervención militar y falta de autonomía de las universidades (Buchbinder, 2005: 190). La FF jugó un papel importante en facilitar la emigración de muchos intelectuales del país para seguir estudiando en el exterior durante estos tiempos difíciles (Braslavsky y Carnota, 2018).

Para los oficiales de la FF, los estudios económicos “puros”, en los que habían enfatizado los investigadores financiados por la Fundación, ignoraban las realidades políticas y sociales existentes. En consecuencia, carecían de las herramientas necesarias para proporcionar soluciones concretas a los problemas que enfrentaba el país, principalmente la inestabilidad política. En las palabras de una oficial de la FF, Nita Manitzas:

Me atrevería a suponer que parte del fenómeno argentino puede ser explicado por el rol que los economistas argentinos han aceptado implícitamente para su profesión. Particularmente durante los últimos cinco años más o menos, una parte significativa de la comunidad económica ha estado dispuesta a funcionar como tecnócratas. Con esto quiero decir que, en sus roles profesionales, han estado dispuestos a dejar las “políticas” y las variables sociales (o estructurales) a un lado y atender a los asuntos que caben, en una definición reducida, dentro del ámbito tradicional de la economía (Manitzas, 1971: 12).

Los oficiales de la FF reconocieron que debían centrarse con mayor énfasis en los estudios políticos, y de este modo, las estrategias y los objetivos de la FF comenzaron a enfocarse en el desarrollo de esta disciplina. Para los oficiales de la FF, el problema no residió en los estudios económicos que promovieron durante la época previa, sino en el sistema político que los iba aplicando. Como señala Manitzas (1971), la presente deterioración de la economía argentina “tiene poco que ver con los estudios económicos convencionales y tiene mucho que ver con el fracaso de establecer un sistema político viable y coherente” (p. 5).

Entender el aparato político argentino y comprender cómo manejar eficazmente la inestabilidad política del país, constituirían las claves para lograr la modernización y el desarrollo del país. Es decir, para poder alcanzar el desarrollo en términos económicos, primero debían lograrlo en términos políticos, de manera de encauzar correctamente las políticas económicas recomendables. A las ciencias políticas argentinas “subdesarrolladas” le fueron atribuidos los problemas políticos y sociales que le impidieron el desarrollo económico durante la época de la construcción de instituciones, algo que requirió una reorientación de las estrategias de la Fundación. Como señala Nita Manitzas (1971):

Si en nuestro trabajo tendemos a darle un peso especial a las disciplinas que se relacionan con los problemas sociales más apremiantes que identificamos en cada país, entonces en Argentina probablemente deberíamos darle más énfasis que el que le hemos dado hasta ahora a las ciencias políticas. Si bien hemos notado entre nosotros los efectos de tal política “subdesarrollada” en la matriz institucional de la sociedad argentina, el personal de la Fundación nunca asignó una prioridad especial a la construcción de una ciencia política fuerte en Argentina (p. 26).

La idea principal sostenía que el cambio de enfoque hacia los estudios políticos podría proporcionar una “base de opciones políticas” para la toma de decisiones, vista como una posible vía hacia una solución para la polarización y la inestabilidad política crónica del país. Tal sistema, sin embargo, requería de individuos capacitados para implementarlo, un proceso en el cual la asistencia técnica y financiera de la FF jugó un papel instrumental central como veremos en el próximo apartado.

Estas ideas se ven reflejadas en las palabras de un reporte de la FF en 1986, en el cual los oficiales de la FF reflexionan sobre esta época en Argentina en retrospectiva. Fue importante que los funcionarios de la FF enfatizaran “el mejoramiento en la capacidad de los latinoamericanos de tomar decisiones racionales entre las opciones políticas importantes que enfrentan a sus sociedades”. Un componente fundamental para cumplir con este objetivo, según el reporte, fue “crear un grupo de científicos sociales altamente competentes y desarrollar una buena investigación y capacitación como base para la elección de políticas” (Fundación Ford, 1986: 2).

Por esto, la FF se enfocó durante esta etapa en la formación de intelectuales argentinos en el exterior, con la idea de que formaran un núcleo de científicos políticos en el país luego de finalizar sus estudios. Como parte del acuerdo de financiamiento, los becarios aceptaron regresar a Argentina para completar sus tesis de doctorado. En un memorándum interno de la FF, William Carmichael insistía sobre sobre esta necesidad, al sostener con respecto al programa de becas, que “los becarios tuvieron que tener una base institucional en Argentina, y el compromiso a volver” (Carmichael, 1973).

El sistema de becas otorgadas por la FF a los intelectuales argentinos tuvo la intención explícita de tomar una generación de investigadores argentinos del país para que fueran entrenados en las universidades más prestigiosas de los Estado Unidos y Europa. Como nos indican los memorándums internos de la FF sobre el nuevo programa, “removió a toda una generación de estudiantes de Argentina y facilitó sus estudios avanzados en Harvard, Yale, Berkeley, Cambridge, Oxford, y París, justo cuando los pilares de las ciencias sociales argentinas empezaron a desmoronarse” (Cleaves, 1979).

De este modo, según Neiburg y Plotkin (2005), “las universidades más prestigiosas de los EEUU se convirtieron así en espacios de contacto e internacionalización de las élites latinoamericanas” (p. 214). En el próximo apartado, estudiaremos en profundidad este proceso de la internacionalización, enfocando en el programa de becas otorgadas de la FF para los estudios posgrados en el exterior, y el papel que cumplieron los oficiales de la FF como diplomáticos académicos en las comunidades intelectuales y académicas en las que operaban sus becarios.

1.2. La internacionalización de las ciencias políticas y la diplomacia académica

Dado el nuevo enfoque sobre los estudios políticos, los oficiales de la FF estaban especialmente interesados en los investigadores del Centro de Investigaciones en Administración Pública (en adelante: CIAP) del Instituto Di Tella (en adelante: ITDT)[4]. El CIAP fue fundado como un centro asociado del ITDT a mediados de 1964, en respuesta al creciente interés de parte de los organismos internacionales en los estudios políticos y administrativos.

Las ideas generales que guiaron la fundación del CIAP fueron discutidas en los Estados Unidos y la financiación del centro provenía casi completamente de la Fundación Ford, como nos revela este informe oficial del ITDT para la FF sobre los antecedentes del CIAP fechado en diciembre de 1970:

Se producía en los organismos internacionales de asistencia técnica, y en las instituciones que participan en programas educativos, una valoración creciente de la importancia del análisis de los aspectos políticos y administrativos de los procesos y políticas de desarrollo económico y social, y de los roles alternativos que el sector público puede asumir en los mismos. Siendo la Fundación Ford una de las instituciones que más atención había prestado a estos problemas, se obtuvo su contribución financiera para un programa cuyas líneas generales fueron discutidas en los EEUU con el Dr. Carmichael[5], el aquel entonces Decano de la Escuela de Administración de la Universidad de Cornell, y en Francia con el Prof. Debeauvais del staff de la OCDE. Este programa contemplaba la formación en universidades escogidas del exterior, norteamericanas y europeas, de un plantel de 10 investigadores a los que se capacitaría en Administración Pública encarada con un sentido amplio, incluyendo elementos de ciencias sociales, particularmente de Ciencia Política y Economía, y de las materias específicas de ciencias administrativas (Instituto Torcuato Di Tella, 1970).

La nómina de investigadores del CIAP que eran becarios de la FF incluía a Guillermo O’Donnell[6], Horacio Boneo[7], Marcelo Cavarozzi[8], Oscar Oszlak[9], Jorge Sábato[10], Jorge Roulet[11], Dante Caputo[12] y Néstor Lavergne[13] entre otros[14]. Aparte de las subvenciones directas al ITDT, la FF también canalizaba los fondos para las becas a través de organizaciones regionales como el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), el Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Consejo Federal de Inversiones (CFI), entre otras.

Guillermo O’Donnell fue el primero en recibir una beca de la FF[15] en 1964, lo que le permitió culminar sus estudios de posgrado en ciencias políticas en la Universidad de Yale, y el resto de los becarios empezaron los estudios de posgrado en el exterior en 1966. En este año, a través de una beca otorgada por el CONICET, Dante Caputo empezó sus estudios de posgrado en el Programa de Relaciones Internacionales de la Universidad de Tufts en Boston antes de seguir con los estudios de doctorado en la Universidad de París con una beca de la FF (OEA, 2019).

Por su parte, Jorge Sábato se fue de Argentina en 1966 para estudiar Sociología Política en la Universidad de París, donde se quedó para realizar estudios de doctorado (gracias a una beca de la FF a través del ITDT) y estuvo en contacto con otros investigadores del CIAP, incluyendo a Dante Caputo, Jorge Roulet y Néstor Lavergne, quienes estudiaban en la misma universidad (Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2019).

En 1966, Oscar Oszlak, Marcelo Cavarozzi y Horacio Boneo recibieron becas de la FF para completar los estudios de Maestría en Administración Pública en Estados Unidos. Oszlak estudió en la Universidad California-Berkeley, Cavarozzi en Cornell[16] y Boneo en Syracuse. En 1968, Boneo empezó sus estudios de Doctorado en Economía en Syracuse, mientras Oszlak y Cavarozzi recibieron otra beca de la FF el mismo año para realizar el Doctorado en Ciencias Políticas en la misma institución, la Universidad California-Berkeley[17].

Las estadías en el exterior durante los estudios de posgrado fueron claves para los intelectuales argentinos, dado que les permitieron aprender las técnicas y conocimientos especializados en las ciencias políticas (predominantemente norteamericanas), y les facilitó la oportunidad de establecer contactos personales y académicos con miembros importantes del circuito intelectual internacional.

En los Estados Unidos, establecieron contactos con varios científicos sociales importantes de la época como David Apter, Phillippe Schmitter y Albert Hirschman. Apter tuvo una estrecha relación con la FF, y participó en varios proyectos latinoamericanos financiados por la Fundación a lo largo de las décadas de 1960 y 1970. Además de ser profesor de Cavarozzi y Oszlak en Berkeley, Apter también fue profesor de Guillermo O’Donnell en Yale, y trabajó con varios de los becarios de la FF durante su tiempo como el director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de California-Berkeley (Camou et. al., 2007: 192-197).

Hirschman, por su parte, fue un consultor importante para la FF y participó en varios proyectos financiados por la Fundación en América Latina durante de las décadas de 1960 y 1970. Hirschman fue profesor visitante varias veces en Argentina, y es citado por muchos de los becarios de la FF como uno de los profesores más influyentes en sus trayectorias intelectuales, incluyendo Guillermo O’Donnell y Oscar Oszlak (Camou et. al., 2007: 192).

Experiencias similares se contabilizan en Francia, donde los becarios establecieron contactos con intelectuales importantes de la época como Alain Touraine y Celso Furtado. Touraine, quien fue uno de los jurados para la defensa de tesis de Sábato y también de Caputo, había participado en varios proyectos latinoamericanos financiados por la FF, y fue profesor visitante en Argentina en varias ocasiones durante este período.

La FF como institución estuvo estrechamente vinculada con las redes intelectuales y académicas en las que operaban sus becarios. A mediados de la década de 1960, donó alrededor de 1,5 millones de dólares para facilitar la creación de una red académica que promovía el intercambio de profesores entre instituciones universitarias seleccionadas. Entre ellas se encontraban las universidades de California-Berkeley, Harvard, Columbia, Cornell y Texas, las mismas universidades que fueron seleccionadas por los becarios (Parmar 2012a: 187).

La Fundación también jugó un papel central en el desarrollo de los estudios latinoamericanos en los Estados Unidos con subvenciones de 100.000 dólares para la creación de la Asociación de Estudios Latinoamericanos[18] (LASA por sus siglas en inglés), y 1,3 millones de dólares para la creación del Joint Committee del Social Science Reseach Council (SSRC) (Parmar, 2012a: 187).

Los oficiales de la FF a título individual también establecieron estrechos vínculos con las redes intelectuales y académicas en las que operaban los becarios. Los oficiales del Programa Latinoamericano de la Fundación Ford, en efecto, formaron parte de la élite político-social del establishment de la Costa Este estadounidense de la época. De tendencia liberal y partidarios del ala Demócrata, habían asistido a las universidades Ivy League y luego ocuparon cargos de profesores y/o decanos de las universidades estadounidenses más prestigiosas. Asimismo, muchos ocuparon cargos gubernamentales importantes.

Reynold Carlson, por ejemplo, quien fue el oficial de la FF encargado de los asuntos de la Fundación en Argentina durante los años 1969-1973, fue un graduado de Harvard y luego un profesor universitario en Vanderbilt, y durante la presidencia de Lyndon B. Johnson (1963-1969) fue embajador de los Estados Unidos en Colombia.

David Bell se desempeñó como vicepresidente ejecutivo de la división internacional de la Fundación Ford entre 1966 y 1981. Como Carlson, Bell era un graduado de Harvard y también había servido en las administraciones de Kennedy y Johnson como director de la Oficina del Presupuesto durante 1961-1962, así como director de la Agency of International Development (USAID) durante los años 1962-1966 (Fundación Ford, 2018).

William Carmichael fue el director del Programa Latinoamericano de la FF durante los años 1971-1976 y luego fue el vicepresidente de la Fundación Ford durante 1981-1989. Entre 1961 y 1968, Carmichael fue Decano de la Escuela de Administración de la Universidad de Cornell, y los estrechos vínculos con la comunidad académica le facilitaron a ocupar un papel fundamental como consultor para la FF en la gestión de las becas otorgadas a los investigadores argentinos. Como mencionamos antes, de hecho, también fue instrumental en el establecimiento del CIAP en 1964.

Kalman Silvert fue otro oficial de la FF que jugó un papel importante en la formación del Programa Latinoamericano de la Fundación, donde se desempeñó como director desde 1967 hasta su muerte en 1976. Graduado de la Universidad de Pennsylvania, Silvert fue un intelectual y profesor universitario en Harvard y Dartmouth[19] y trabajó como profesor visitante en la Universidad de Buenos Aires y en el Instituto Gino Germani durante las décadas de 1960 y 1970. Silvert, de hecho, fue el primer presidente de LASA, y fue una figura central en la fundación del Programa Latinoamericano del Woodrow Wilson Center en 1968 junto con Albert Hirschman, Guillermo O’Donnell y otro oficial de la FF, Abraham Lowenthal (Morales Martín, 2017: 474).

Abraham Lowenthal, por su parte, también se graduó de Harvard[20] y fue un oficial de la FF desde 1964 hasta 1974 cuando se incorporó al cuerpo docente de la Universidad de Princeton. Lowenthal se desempeñó como el fundador del Programa Latinoamericano del Woodrow Wilson Center y miembro del consejo directivo de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA).

La participación de varios oficiales de la FF en estas nuevas redes intelectuales y académicas les permitió actuar como “diplomáticos académicos” a través de establecer y canalizar contactos personales e intelectuales, fomentar redes y consolidar nexos institucionales (Beigel, 2010). Además, le facilitó a la FF ejercer un cierto grado de autoridad con respecto a la decisión de cuáles serían las instituciones y los individuos que se beneficiarían de sus subvenciones. Estas redes intelectuales y académicas les sirvieron a los oficiales de la FF no solamente para delimitar el contenido de los programas de estudios latinoamericanos, sino también para orientar sus futuros programas en la región.

1.3. El Instituto Di Tella, los investigadores del CIAP y la gestión de una élite intelectual política

De regreso en Argentina a principios de la década de 1970, los investigadores argentinos empezaron el proceso de completar sus tesis de doctorado mientras se incorporaban al Centro de Investigaciones de Administración Pública (CIAP) del Instituto Torcuato Di Tella (ITDT). A partir del golpe de Estado de Onganía en 1966, el ITDT se había consolidado como el destino principal de financiamiento de la FF en las ciencias sociales argentinas (Nagel, 1968: 6; Gibb, 1969).

Los estudios de las ciencias sociales en el Instituto se componían de cuatro centros académicos asociados: el Centro de Investigaciones de Administración Pública (CIAP), el Centro de Investigaciones Económicas (CIE), el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y el Centro de Estudios Urbanos y Regionales (CEUR). A los oficiales de la FF les interesó mucho este modelo del ITDT de varios centros académicos asociados, cada uno especializado en áreas de investigación distintas, pero complementarias. Solían compararlo con el modelo utilizado por el think tank estadounidense Brookings Institute y, de hecho, un oficial de la FF David Bell en 1969 sostuvo que los fundadores del Instituto “tuvieron en mente el modelo del Brookings Institute en la organización de su grupo de centros” (Bell, 1967)[21].

La relación entre la FF y el ITDT floreció durante su primera década de existencia y entre los años 1959-1969 la Fundación invirtió alrededor de 3,4 millones de dólares al ITDT como asistencia financiera para los centros de ciencias sociales asociados al Instituto, incluyendo una subvención institucional de 2,1 millones de dólares a finales de 1969 (Gibb, 1969).

El ITDT fue una institución favorable para los oficiales de la FF por varias razones. Desde el punto de vista de la FF, el ITDT era la única institución del país que contaba con prestigio nacional y regional en las ciencias sociales (Bell, 1968: 2). A los oficiales de la FF también les interesó el hecho de que muchos de los investigadores del ITDT ya contaban con un título de posgrado en el exterior, incluyendo el director Enrique Oteiza, quien había completado los estudios de posgrado en la Universidad de Columbia (Berger y Blugerman, 2017: 9). Un consultor contratado por la FF para revisar y calificar el ITDT en diciembre de 1967, Henry Wilhelm, notó como un aspecto favorable del Instituto en su reporte oficial a la FF que “cinco de los 13 investigadores senior ya tienen sus doctorados en economía de universidades como Harvard, Stanford, Columbia, o Yale, y cinco más ya están en el proceso de terminar sus tesis doctorados en los EEUU” (Wilhelm, 1967: 2). Neiburg y Plotkin (2005) sostienen con respecto al ITDT que debía ser entendido:

en el contexto más amplio de la generación de mecanismos de consagración y legitimación propios del campo de las ciencias sociales internacionalizadas. El primero de estos mecanismos estaba asociado a la exigencia de títulos de posgrado en el exterior, particularmente en el caso de los economistas, de un “Ph.D.” obtenido en una universidad norteamericana, lo cual pasaba a ser requisito indispensable para ser incluido en el plantel de investigadores del ITDT (pp. 221-222).

Como señalaba Oteiza en una carta a Torcuato Di Tella fechada en febrero del 1968, para él, el “degree” (sic) “es la única forma de control de performance a distancia” (Neiburg y Plotkin, 2005: 222).

Además, la FF vio como un aspecto favorable las conexiones que tenía el ITDT con la comunidad intelectual internacional, sobre todo con agencias intergubernamentales y organizaciones que ejercían algún tipo de influencia en el ámbito económico. En las palabras de un oficial de la FF, John Nagel, en 1968 sobre el ITDT:

Los centros de ciencias sociales han colaborado en investigaciones conjuntas con universidades norteamericanas y europeas, el Brookings Institute y otros; su personal se ha desempeñado como profesores visitantes en los EEUU y Gran Bretaña y algunos enseñan a tiempo parcial en universidades argentinas. Varios han sido asesores para el Banco Interamericano de Desarrollo y para varias agencias gubernamentales económicas y financieras, incluyendo al Banco Central (Nagel, 1968: 1).

Añadía a este diagnóstico, asimismo, una lectura sustancial para nuestros propósitos: durante el régimen militar de Onganía, el ITDT se había convertido en la única fuente de estímulo intelectual y de relaciones entre los científicos sociales, quienes en protesta renunciaron de las universidades, pues de lo contrario serían aislados (Nagel, 1968: 1-2).

Por estas razones, según un oficial de la FF, David Bell, en 1969, la Fundación dependía “considerablemente del Instituto, buscando avanzar los objetivos de la Fundación en Argentina y a lo largo de América Latina, más notable en nuestros esfuerzos para mejorar la calidad y la relevancia de la investigación, la docencia, y el análisis” (Bell, 1969: 2).

La idea que guiaba a los oficiales de la FF en su programa de becas y la subvención institucional para el ITDT en 1969 era que el CIAP sería la base institucional para los becarios una vez terminados sus estudios en el exterior. Según el oficial de la FF, Reynold Carlson, era más favorable que “simplemente enviar becarios del CIAP que quizás nunca regresarían o por lo menos no tendrían un lugar a donde regresar” (Carlson, 1971a: 2).

A finales de 1969, sin embargo, el consejo directivo del ITDT tomó la decisión de realizar un recorte de 50% en el presupuesto del centro[22]. Con esta decisión, entonces, dejó 5 de los 10 becarios sin financiamiento para terminar sus tesis de doctorado ya en proceso, una situación que obligó a la FF a otorgar alrededor de 40.000 dólares más a los 2,1 millones que habían otorgado al Instituto unos meses antes (Oteiza 1969: 2-3).

Dos oficiales de la FF, Kalman Silvert y Peter Hakim, describen la conducta del ITDT respecto al CIAP como “vergonzoso”, añadiendo que “el Instituto ha fallado con su compromiso moral de hacer lo mejor posible con los tipos de ciencias políticas y administración”. Sugerían, además, que “no deberíamos aceptar tan débilmente la anulación de este compromiso” (Hakim, 1974). Cuando se hizo evidente que la decisión del consejo directivo no cambiaría, los oficiales de la FF incluso buscaron una solución legal para tratar de recuperar el dinero ya invertido en el ITDT, aunque eventualmente reconocieron que carecían del fundamento legal para hacerlo. Según Peter Hakim:

Los materiales de referencia sobre la subvención que he leído, sin embargo, no contienen ninguna referencia explícita sobre un compromiso con la ciencia política, ni dicho compromiso es mencionado en el memorándum de entendimiento. El personal de la Fundación quizás haya dado por sentado que Di Tella, quien era visto como una organización erudita y humanística, haría todo lo posible para sostener un recurso intelectual tan valioso como el CIAP. Pero no ha sido el caso. Nosotros en la Fundación, desde el principio del otorgamiento de la subvención, hemos expresado nuestras preocupaciones sobre la situación del CIAP, pero no tenemos ningún fundamento “legal” o influencia para requerir un cambio en esa situación (Hakim, 1974).

De esta situación con el ITDT surgió la cuestión sobre la autonomía de la institución receptora de las subvenciones institucionales de la FF, y el papel que tuvo la FF en dirigir la inversión de los fondos que les había otorgado. Es decir, la habilidad de la FF en supervisar y ser parte del proceso de toma de decisiones con respecto a cuáles disciplinas, individuos y temas de estudio eran de mayor importancia, y cuáles formarían parte del enfoque principal de la institución. Mientras a los oficiales de la Fundación Ford les interesaban más los estudios políticos por las razones mencionadas anteriormente, el consejo del ITDT decidió enfocarse en los estudios económicos y, en menor medida, en estudios sociológicos. Según sostenía el oficial de la FF, James Gardner, en enero de 1972 con respecto a la situación del ITDT: “debemos declarar nuestros valores y objetivos de manera más explícita, tomando en consideración los intereses latinoamericanos” (Gardner, 1972).

Dada la falta de compromiso por parte del ITDT, los investigadores del CIAP se vieron obligados a financiarse a través de contratos con varias instituciones, tanto gubernamentales como no-gubernamentales, por afuera del Instituto (entrevista Oscar Oszlak, 2019). Por ejemplo, Jorge Roulet, Oscar Oszlak, Néstor Lavergne, Marcelo Cavarozzi y Jorge Sábato integraron el cuerpo técnico del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) (entrevista Marcelo Cavarozzi, 2019). Asimismo, en 1974, Oszlak y O’Donnell organizaron junto con Phillippe Schmitter el primer curso en Argentina sobre políticas públicas. Entre los participantes se encontraban Albert Hirschman, Adam Przewski, Fernando Cardoso y Enzo Faletto (Juncal, 2015: 28).

Además, casi todos los investigadores ocuparon puestos en la Facultad de Economía de la UBA, desempeñándose como profesores de varios cursos sobre temas relacionados con la política económica y la administración pública. Asimismo, muchos de los investigadores del CIAP fueron profesores universitarios en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y en la Universidad del Salvador (USAL), y también recibieron invitaciones para desempeñarse como profesores en varias universidades de otros países del Cono Sur (Instituto Torcuato Di Tella, 1979: 305-339).

Para los investigadores del CIAP, los títulos de posgrado y los contactos personales e intelectuales que habían establecido en el exterior los dotaron de un grado importante de legitimidad en los organismos internacionales. Gracias en gran parte a este capital social y cultural, empezaron a ocupar cargos como consultores y asesores técnicos tanto en las instituciones nacionales como en los organismos regionales e internacionales como el CLACSO, la CEPAL, la ONU y la OEA, entre otros (Instituto Torcuato Di Tella, 1979: 305-339).

Durante los años 1970-1972, Oscar Oszlak participó en varias “reuniones de expertos” sobre el desarrollo en América Latina patrocinadas por la CEPAL, sirvió como asesor para la ONU sobre “Reforma Administrativa del Plan Nacional de Desarrollo” y fue consultor para la ONU para el “Proyecto de Capacitación en Servicio Civil” (Instituto Torcuato Di Tella, 1979: 336-337). Además, Oszlak participó en un proyecto financiado por la Fundación Ford a través de la Universidad de California Berkeley y su programa POMLA (Politics of Modernization in Latin America) (entrevista Oscar Oszlak, 2019).

Marcelo Cavarozzi en 1972 fue consultor para la OEA sobre “Problemas Administrativos en Países en Desarrollo”, además de ocupar varios cargos con las Naciones Unidas para el Desarrollo (UNDP). Jorge Sábato fue invitado para participar en un coloquio en París sobre “Diseminación de resultados de investigaciones económicas y sociales en países en desarrollo” organizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). En 1974, Sábato y Cavarozzi fueron codirectores de una conferencia sobre “Políticas públicas en América Latina contemporánea” patrocinada por el Social Science Research Council (SSRC) (Instituto Torcuato Di Tella, 1979: 329-334).

Dante Caputo, por su parte, estableció contactos importantes con organismos regionales como CLACSO y FLACSO, trabajó en el Consejo Federal de Inversiones (CFI), donde estuvo en contacto con otros investigadores del CIAP – Horacio Boneo y Jorge Roulet – y en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), donde se vinculó con otro becario de la FF, Juan Sourrouille.

La participación de los investigadores del CIAP en estas organizaciones internacionales les otorgó legitimidad y reconocimiento no solamente de parte de la comunidad académica e intelectual, sino también de los oficiales de la FF. A ellos les demostró que los investigadores del CIAP no solamente contaban con la suficiente capacidad de ocupar estos cargos internacionales importantes, sino que también habían sido capaces de utilizar los contactos personales y académicos que habían establecido para obtener financiamiento y reconocimiento de sus pares en el exterior, una habilidad necesaria para el funcionamiento de cualquier centro académico exitoso. Además, les demostró la importancia del mantenimiento de la red académica en la que operaban los investigadores del CIAP para vehiculizar el capital académico que producían, fomentar la colaboración entre investigadores de la región y los organismos internacionales y establecer vínculos políticos importantes que podrían ser claves a futuro.

Sin embargo, la experiencia de los investigadores del CIAP a principios de la década de 1970 no fue importante solamente por los cargos que ocuparon en los organismos regionales e internacionales, sino también por el trabajo académico que produjeron. Según Bulcourf (2003), el trabajo académico producido por los intelectuales argentinos como los del CIAP a principios de la década de 1970 constituyó el primer buen “indicador de la existencia de una ciencia política acorde a los cánones internacionales de investigación y producción del conocimiento” (p. 12).

La financiación de la FF para un grupo selecto de investigadores argentinos facilitó la emergencia de una nueva élite intelectual política, estrechamente vinculada al circuito internacional y que producía conocimiento en línea con los objetivos de la FF. Como señala González-Chiramonte (2007):

Fue claramente exitosa en su intento por crear un “nuevo sujeto” en América Latina. El grupo de científicos sociales que surgió en los nuevos centros de investigación de la región, como en el caso del Instituto Torcuato Di Tella en Buenos Aires, compartió el lenguaje científico y técnico de las iniciativas norteamericanas y colaboró en la expansión económica que consolidó la influencia de EE.UU. (p. 240).

En efecto, a través del CIAP, la FF había facilitado la emergencia de una nueva élite intelectual en el país de especialistas en las ciencias políticas que, debido a su formación educativa y profesional, hablaban el mismo idioma (inglés), tenían experiencias educativas y profesionales similares, se conocían entre sí y se enfocaban en los problemas de la economía y del Estado desde una perspectiva idéntica (Dezalay y Garth, 2003: 61).

Los investigadores del CIAP fueron bien conocidos por los oficiales de la FF, sobre todo William Carmichael y Kalman Silvert, quienes tuvieron una estrecha relación con los investigadores a lo largo de su formación académica y profesional, y también Peter Cleaves, quien había sido compañero de Oszlak y Cavarozzi en la Universidad de California-Berkeley y luego profesor universitario junto a Kalman Silvert en Dartmouth.

Los investigadores del CIAP fueron claramente vistos como los más prometedores por la FF debido a su trato personal con los oficiales de la FF y la aceptación de sus contrapartes académicos en el circuito internacional. Tras décadas de intervenciones militares en las universidades nacionales, sin embargo, la crisis institucional universitaria en Argentina generó ciertos cambios en el funcionamiento del sistema académico en el que operaban los investigadores argentinos, como analizaremos en el próximo apartado.

1.4. La crisis institucional universitaria y la necesidad de una nueva base institucional

La crisis institucional universitaria en Argentina respondió, en gran parte, a la falta de autonomía por parte de las universidades nacionales como resultado de la inestabilidad política y los sucesivos golpes militares. Más allá del ciclo político prevaleciente, fuese peronista o antiperonista, la injerencia estatal en las universidades significó intervenciones y depuraciones de los claustros de docentes y retrocesos en el desarrollo de los programas de investigación y enseñanza (Brunner y Barrios, 1987: 67).

Los constantes giros de la política generaron una fuerte polarización ideológica en las universidades argentinas, algo experimentado por los investigadores del CIAP mientras trabajaban como parte del cuerpo docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad del Salvador (USAL) a principios de la década de 1970. La experiencia de la Universidad del Salvador (USAL) demuestra cómo la fuerte polarización ideológica presente en las instituciones universitarias afectó a los científicos sociales, particularmente en lo respectivo a su habilidad para conducir investigaciones independientes. Esta experiencia nos ayuda también a entender dónde se situaron los investigadores del CIAP en el contexto de la crisis institucional universitaria.

La USAL, una universidad privada católica fundada en el año 1958 por los jesuitas de la Compañía de Jesús, contó con una de las primeras carreras en ciencias políticas del país (de la cual Dante Caputo fue un graduado). A finales de la década de 1960, el Programa de Ciencia Política de la USAL empezó a verse afectado por la integración al claustro docente de un grupo de investigadores recién regresados de sus estudios en el exterior (Bulcourf, 2003: 11-12). Dentro de este grupo se encontraban varios investigadores del CIAP, incluyendo a Guillermo O’Donnell quien empezó a trabajar en la USAL en 1968, y unos años después se incorporaron Oszlak, Cavarozzi, Sábato, Lavergne y Caputo. Oszlak, de hecho, fue el primer director de la Licenciatura en Administración Pública de la USAL (Camou et. al., 2007: 200).

En 1968, bajo la dirección del nuevo Decano Carlos Floria (egresado de la Universidad de Pennsylvania y recién regresado al país), se creó un nuevo plan de estudios para el Programa de Ciencias Políticas de la USAL que reunía novedades temáticas y una concentración de autores norteamericanos. Sin embargo, dada la fuerte polarización ideológica del país, particularmente visible en las universidades, este nuevo plan de estudios fue rápidamente criticado por un grupo de docentes y no duró mucho tiempo (Bulcourf, 2003: 12-13).

A comienzos de la década de 1970, la USAL experimentó una fractura ideológica importante cuando el cuerpo docente se fragmentó en dos grupos claramente polarizados. Por un lado, se ubicaron los que habían formado parte del grupo proponente de una ciencia política científica (el denominado “Grupo Criterio”[23]), caracterizado por una visión empírica y en línea con las ideas de modernizadoras y desarrollistas promovidas por la FF. Por el otro, quienes proponían una ciencia política militante.

Según Bulcourf (2003), este último grupo se caracterizó por “virar el eje de la problemática del conocimiento hacia otra faceta vinculada fuertemente con el accionar político y las fracturas ideológicas” (pp. 12-13). En 1974, el sociólogo jesuita Sánchez Aizcorbe fue nombrado como nuevo Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y promovió un plan de estudios nuevo en el que reunió autores nacionales y populares con elementos neo-marxistas. La gestión de Aizcorbe se caracterizó por un fuerte rechazo a la ciencia política norteamericana, y los cambios precipitados por este nuevo plan de estudios provocaron en 1974 la renuncia conjunta de la mayoría de los profesores del “Grupo Criterio”[24]. El ITDT se convirtió en el lugar de anclaje de parte de los integrantes de este grupo tras su retirada de la USAL (Bulcourf, 2003: 15).

En lo que concierne a la FF, podemos afirmar que tiene una larga historia de apoyo a la ciencia política científica antes que a la ciencia política militante, por considerarla anti-intelectual. Como señala Pereyra (2005), desde su llegada a la región sudamericana, la FF intentaba exportar un modelo organizativo a las universidades latinoamericanas en el cual las ciencias sociales siguieran el patrón de la investigación científica con un enfoque empírico (p. 173).

Durante una gran parte de la década de 1960, la FF había apoyado considerablemente a Gino Germani, quien es reconocido por muchos intelectuales como uno de los padres fundadores de las ciencias sociales argentinas, y quien compartió la orientación guiada por los integrantes del Grupo Criterio. Según Gil (2011), el Departamento de Sociología de la UBA de Gino Germani constituyó el símbolo de modernización universitaria que los oficiales de la FF buscaban establecer en el país (p. 160).

Germani tuvo una estrecha relación con la FF, y jugó un papel instrumental en la internacionalización de las ciencias sociales. Había participado como profesor visitante en Harvard[25] como parte del Latin American Faculty Exchange Program (USLAFIP), un programa establecido en 1962 con fondos provenientes de la FF y cuyo objetivo era el intercambio de profesores norteamericanos y latinoamericanos e incluía las universidades de California-Berkeley, Columbia, Harvard y Texas, entre otras (Pereyra, 2005: 181).

A lo largo de la década de 1960, Germani sumó a muchos científicos sociales del circuito internacional al país, incluyendo a Alain Touraine y Kalman Silvert, para dictar cursos y seminarios de corto plazo. Desarrolló una nutrida trama de relaciones con varias universidades en los Estados Unidos y Europa, y gestionó becas de posgrado para varias instituciones, entre ellas el CONICET, la OEA y la Fundación Ford[26], hasta su salida del país con rumbo a Harvard en 1965 (Bulcourf, 2003: 9; Pereyra, 2018).

Los grupos no apoyados por la FF formaron parte del otro lado del debate, los proponentes de las denominadas ciencias políticas militantes, junto con el sector sindical. De hecho, Brunner y Barrios (1987) señalan que los contactos entre el mundo sindical y el mundo político de los CAPs son escasos hasta la década de 1980 (p. 132). La gran mayoría de estos grupos se identificaba con el movimiento peronista, y los oficiales de la FF no tenían una buena opinión respecto al peronismo y su legado en el ámbito académico.

En efecto, muchos de los problemas en las ciencias sociales argentinas durante la década de 1960 fueron atribuidos por los oficiales de la FF al “triste legado académico del peronismo” (Manitzas, 1971: 1). Según Nita Manitzas (1971):

Esta percepción se ve reflejada en su comportamiento en las aulas. Los más vociferantes entre ellos, la mayoría de tendencia peronista, rechazan cualquier enseñanza que no consideren “relevante” a su propósito político. […] Es un comentario triste sobre el estado del pensamiento político nativo cuando jóvenes nacionalistas “progresistas” no tienen mejor literatura a la que recurrir que a las escrituras eclécticas y no sistematizadas de Evita y Juan Domingo Perón (p. 14).

Esto no significa que la FF negara el apoyo a los intelectuales argentinos peronistas. Por el contrario, a lo largo de los años, algunos intelectuales argentinos como Oscar Landí y Jorge Enrique Hardoy contaban con el apoyo de la FF, a pesar de su participación en el Partido Comunista y aunque luego se vinculasen con el peronismo. Se puede sostener que los oficiales de la FF favorecieron el otorgamiento de becas precisamente para los intelectuales de izquierda, con la idea de lograr, al enviarlos a estudiar en el exterior, reorientar sus tendencias ideológicas hacia las construcciones políticas establecidas y promovidas por la ciencia política norteamericana.

Si bien en esta investigación no nos interesa sostener una tesis conspirativa respecto a las intenciones de los oficiales de la FF en este sentido, es importante destacar que tendieron a encontrar más legitimidad en los individuos que operaban dentro de las mismas comunidades académicas e intelectuales promovidas por los oficiales de la FF y que producían conocimiento en línea con las ideas modernizadoras y desarrollistas.

Desde la perspectiva de los oficiales de la FF, lo que existió fue un sistema meritocrático en términos de su apoyo o no a los intelectuales argentinos. Sin embargo, dentro de tal sistema, los oficiales de la FF tendieron a encontrar más mérito y legitimidad en los intelectuales que contaban con títulos de posgrado en el exterior y que eran reconocidos y aceptados por la comunidad académica internacional, procesos en los cuales la FF jugó un papel central. Más que promover una ideología específica, la FF buscaba apoyar a los investigadores argentinos que pudieran producir conocimiento dentro de las delimitaciones intelectuales impuestas por las comunidades académicas internacionales, con el fin de entender mejor los procesos políticos, económicos y sociales en el país y para orientar sus programas en el futuro.

A principios de 1973, en medio de la crisis institucional universitaria y los problemas con el ITDT, la Fundación convocó a una reunión para solidificar su estrategia en la región para los próximos años. En la reunión que tuvo lugar en Río de Janeiro participaron los oficiales de la FF Kalman Silvert, William Carmichael y Reynold Carlson, además de una multitud de asesores y consultores de la FF involucrados en las ciencias sociales en el Cono Sur. En el informe final sobre la reunión, una parte titulada Why Argentina? (¿por qué Argentina?) nos revela no solamente la importancia de esta generación de becarios argentinos, sino también el papel del programa de becas en el país como un “programa piloto” para forjar una estrategia regional (y hasta global) de la FF:

Parece que a algunos Representantes [de la Fundación Ford] en América Latina […] estaban escépticos sobre desplegar un concurso subregional involucrando dos o tres países desde el principio. Les pareció que quizás sería mejor intentar innovar en un solo país como un programa piloto para verificar la viabilidad y para probar los riesgos […] En síntesis, pareció como un momento oportuno para irnos más allá de la formación mediante becas y del desarrollo institucional per se, y a cambio buscar maneras y medidas para profundizar, en vez de ampliar, el stock de talento que tenemos (Gardner, 1973: 3).

Hacia 1974 cuando los becarios del CIAP se encontraban en el proceso de finalizar sus tesis de doctorales, los oficiales de la FF manifestaron la esperanza de que se materializara el apoyo y “compromiso moral” de parte del consejo directivo del ITDT, y que se mantendrían como parte del plantel investigativo. Sin embargo, a lo largo del año, tal compromiso no se materializó y los investigadores quedaron sin una base institucional en la que seguir desempeñándose en el país. Dado el estado de las universidades nacionales, era evidente que se requiriera una base institucional más allá de la existente. El 31 de diciembre de 1974, entonces, tras varios años turbulentos, la relación entre el CIAP y el ITDT se desintegró formalmente, y del CIAP se crearon dos centros académicos privados (CAPs) nuevos en junio del siguiente año: el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y el Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y Administración (CISEA), que serán el objeto de estudio del capítulo siguiente.


  1. Gino Germani tuvo una estrecha relación con la FF y jugó un papel central en la institucionalización e internacionalización de las ciencias sociales argentinas, como analizaremos más adelante en el capítulo.
  2. El 29 de julio de 1966, Onganía firmó el decreto ley 16.912, el cual disolvía los consejos superiores universitarios y obligaba a los rectores y decanos a transformarse en interventores sometidos a las autoridades del Ministerio de Educación. Los rectores de las universidades nacionales de Cuyo, del Nordeste, y del Sur aceptaron transformarse en interventores, mientras los de Tucumán, Litoral, La Plata, Córdoba, y Buenos Aires, en cambio, lo rechazaron (Buchbinder, 2005: 189).
  3. “La noche de los bastones largos” refiere a la intervención violenta en las universidades nacionales por parte del régimen militar y la policía federal el 29 de julio de 1966. Cinco facultades de la UBA, que habían sido ocupados por estudiantes y profesores en oposición a la intervención militar en las universidades, fueron desalojadas de manera violenta. En las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y de Filosofía y Letras, donde la represión fue particularmente violenta, la policía obligó a los estudiantes, profesores, y autoridades universitarias a pasar por una doble fila al salir de los edificios, donde fueron golpeados con dureza y luego detenidos. Fueron detenidos alrededor de 400 personas, y varios laboratorios y bibliotecas universitarias fueron destruidas.
  4. Los miembros del CIAP en junio de 1975 se separaron del ITDT para formar el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y el Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y Administración (CISEA). Esto se retomará en profundidad en el capítulo 2.
  5. El Dr. William Carmichael, quien luego trabajó por muchos años con la Fundación Ford, fue Decano de la Escuela de Administración de la Universidad de Cornell durante los años 1961-1968.
  6. O’Donnell se recibió de abogado de la UBA en 1958, y luego fue profesor universitario en la Facultad de Derecho de la UBA y en la Universidad Católica Argentina (UCA). Además, fue activo en los movimientos estudiantiles y se desempeñó como presidente interino de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) en 1955.
  7. Boneo se recibió de ingeniero en 1958 de la UBA. Además, estudió en Italia durante 1962-1963 enfocándose en la administración de empresas.
  8. Cavarozzi realizó sus estudios de grado en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, donde se recibió de contador público en 1964.
  9. Oszlak se recibió de contador público de la UBA en 1958. Además, se recibió en economía en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, donde se destacó como parte del Consejo Pedagógico y obtuvo una beca a través de la ONU para estudiar una Maestría en Tributación en Harvard.
  10. Sábato estudió ingeniería y luego abogacía en la UBA, donde se recibió de abogado en 1964. Sábato, además, durante 1962-1965 trabajó con modelos matemáticos aplicados a la Economía y Sociología en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.
  11. Roulet se recibió de ingeniero industrial en 1952 de la UBA. Se afilió a la Unión Cívica Radical (UCR) y fue elegido presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) en 1950, y presidente de la Federación Universitaria Argentina (FUA) en 1952.
  12. Caputo se recibió de ciencias políticas en la Universidad del Salvador (USAL), mientras trabajaba como profesor de enseñanza secundaria.
  13. Lavergne se graduó de la UBA en 1955 como ingeniero. Había participado en varias manifestaciones estudiantiles antiperonistas durante su tiempo en la universidad y estuvo ligado al Partido Comunista.
  14. Otros becarios del CIAP como Roberto Salomón, Julio Neffa, Jorge Aviles, Manuel Kulfas, y Roberto Martínez Nogueira nunca fueron incorporados al centro.
  15. Aunque los fondos para las becas eran de la Fundación Ford, fueron canalizados a través del Institute of International Education (entrevista Oszlak, 2019).
  16. Cavarozzi solamente pasó un par de meses en Cornell, sin embargo, y decidió trasladarse la Universidad California-Berkeley donde finalizó sus estudios de Maestría (entrevista Marcelo Cavarozzi, 2019).
  17. Peter Cleaves, quien luego sirvió como un oficial del Programa Latinoamericano la FF durante 1972-1982, había sido compañero de Oszlak y Cavarozzi en el programa doctoral de ciencias políticas en UC-Berkeley (Juncal, 2015: 36).
  18. LASA es una organización fundada en 1966, gracias a una subvención de la FF, cuyo objetivo principal es reunir intelectuales y académicos de varias disciplinas de ambos continentes para fomentar el dialogo entre los participantes sobre los temas principales sobre los estudios latinoamericanos.
  19. Durante este tiempo Kalman Silvert estuvo en contacto con Peter Cleaves, otro oficial de la FF, quien también fue profesor en Dartmouth.
  20. Como una nota interesante, Kalman Silvert había sido profesor de Lowenthal en Harvard y fue Silvert quien le reclutó a Lowenthal a trabajar para la FF una vez terminado con sus estudios doctorales (Morales Martín, 2017: 483).
  21. De manera similar al ITDT, el Brookings Institute contó con grupos de estudio separados, pero con papeles complementarios, y durante las décadas de 1950 y 1960 se organizaba en tres grupos según el área de estudio: estudios económicos, estudios políticos y relaciones internacionales.
  22. Los recortes presupuestarios del ITDT a finales de la década de 1960 respondieron principalmente a los efectos de la crisis económica de la empresa SIAM Di Tella, de donde provenía la mayor parte del financiamiento para el Instituto. En 1972, SIAM fue nacionalizada por el gobierno de facto de Agustín Lanusse (Berger y Blugerman, 2017: 9-10).
  23. Más allá de los investigadores del CIAP, entre los miembros del denominado “Grupo Criterio” se encontraron Rafael Braun, Natalio Botana, Marcelo Montserrat, Félix Peña, Carlos Strasser, Mariano Grondona, Marcos Kaplan, y Arturo Fernández (Bulcourf, 2012, 70).
  24. Aunque Oscar Oszlak mantuvo su relación con la USAL hasta 1975.
  25. Durante su tiempo en Harvard, Germani fue miembro de jurado de un examen oral de ciencia política de un futuro oficial de la FF, Abraham Lowenthal (Morales Martín, 2017: 484).
  26. Germani recibió una subvención de 210.000 dólares de la FF en 1961.


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