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David Ricardo: la economía política clásica y la actualidad del enfoque del excedente

Pablo Alberto Tavilla

Partimos de entender que el conocimiento en ciencias sociales no es necesariamente acumulativo ni linealmente evolutivo. La economía política clásica, de la que David Ricardo (1772-1823) es un exponente fundamental, no es para nada, en consecuencia, una simple etapa pasada dentro de un supuesto movimiento progresivo y único en el conocimiento disciplinar.

En ese sentido, podemos identificar al menos dos grandes tradiciones teóricas coexistentes dentro de la misma disciplina, a la que aquí se prefiere llamar “economía política”, tal como se denominaba en sus orígenes: la corriente que se puede llamar “del excedente y la reproducción social”, es decir, la economía política clásica, incluyendo en ella a Carlos Marx, y la predominante, más enseñada y difundida, economía marginalista, neoclásica o del equilibrio general (la “ciencia económica”). Sabemos que, para una larga tradición de pensamiento marxista, Marx representa la “crítica a la economía política clásica”. Aquí se destacan, más que nada, las profundas coincidencias, y se prefiere agruparlos en la misma mirada, más allá de la lucidez de Marx en marcar algunos límites de Smith y Ricardo como economistas burgueses incapaces de ver la especificidad histórica del capitalismo y de la propia burguesía como agente central capitalista, pero considerando a ambos sus “padres” teóricos y lo opuesto a lo que el propio Marx denostaba como “economía vulgar”. Sraffa, ya en el siglo xx, es también superación o mejora de Marx en algunos aspectos, de ahí que consideramos al gran alemán como dentro de la economía política clásica.

Un punto de discordancia relevante entre clásicos y neoclásico/marginalistas se da en relación con las teorías de los precios y de la distribución. En el primer caso, a partir del concepto de “excedente social” (separación de cantidades físicas producidas y formación de precios, determinación política de ingresos), y, en el segundo, a partir del “principio de sustitución” con supuestos de escasez y no reproductibilidad de factores de la producción (distribución a partir de precios de factores que son función de su escasez relativa y la idea de productividad marginal decreciente bajo supuestos de competencia plena y pleno empleo). En este segundo caso, constituyen la base para la idea de precios como indicadores de escasez.

Esto no implica de ninguna manera un intento de agotar el debate omitiendo otras corrientes relevantes del pensamiento económico, como pueden ser la keynesiana (y sus múltiples derivaciones y legados) o los estructuralistas latinoamericanos, pero aquí se privilegia simplificar agrupando en estas dos tradiciones consolidadas los efectos de la iniciación en temáticas de teoría y pensamiento económico.

Como nos recuerda Cesaratto (2018), vale la siguiente cita de Marx en El capital:

En el terreno de la economía política, la investigación libre se encuentra con más enemigos que en todos los demás campos. La particular naturaleza de la materia que se investiga levanta contra ella las pasiones más violentas, más mezquinas y más odiosas que anidan en el corazón humano: las furias del interés privado.

La perspectiva económica política clásica constituye actualmente un valioso y fecundo legado para la reflexión sobre el funcionamiento de las economías capitalistas y para encontrar respuestas adecuadas a problemáticas actuales, como alternativa a la del mainstream ortodoxo de raíz marginalista.

En particular, constituye un punto de partida muy fecundo el foco de la economía política clásica en la noción de “excedente social” (Surplus Approach) y de su relación con el dinamismo en materia de crecimiento económico y acumulación de capital, así como con el bienestar material. Especialmente luego de los aportes del gran economista italiano, poco difundido en nuestras tierras, Piero Sraffa (1898-1983). Precisando el concepto de “excedente social”, llamamos “plusvalía”, “superávit” o “producto neto” (de produit net de los fisiócratas) al excedente que surge de la fórmula simple: producto social menos consumos necesarios para producirlo equivale a excedente.

Siguiendo a Jean Cartelier (1976): “La economía política clásica es la que, sobre la base de la existencia de un excedente (físico), se plantea la pregunta de su distribución mediante un sistema de precios, bajo la presión de reproducción de la economía considerada”.

El énfasis de los economistas clásicos estará puesto en los costos de reproducción de una economía: el excedente será determinado por las condiciones técnicas de producción y por el salario, que se considera social e históricamente como de subsistencia.

En esta oportunidad, nos detendremos más que nada en describir los principales desarrollos de David Ricardo (1985) en su obra Principios de economía política y tributación, con base en la edición del Fondo de Cultura Económica de 1959 (México), que es la traducción de la tercera y última reedición inglesa de 1821. Con sus 32 capítulos y la introducción de Piero Sraffa, que incluye explicaciones sobre las diferencias con las anteriores dos ediciones de 1817 y 1819, así como respecto del ensayo de 1815, se corresponde con el original publicado en 1950 de The Works and Correspondence of David Ricardo (edición preparada por Piero Sraffa), Vol. I: On The Principles of Political Economy and Taxation, Cambridge University Press, Londres.

Nos interesa aquí describir, contextualizar y proponer una interpretación del sentido de sus contribuciones, así como identificar algunos legados ricardianos con los aportes de ciertos seguidores muy interesantes que los enriquecieron y también algunas “huellas” de su pensamiento en la Argentina.

En la estructura lógica de las contribuciones ricardianas, debemos reconocer el momento de un verdadero salto cualitativo en cuanto a trabajo de ordenamiento, conceptualización (abstracción), rigurosidad y avance de la economía como disciplina que, por esos tiempos tan interesantes de consolidación de conocimiento sobre las sociedades y su producción material, se llamaba “economía política”.

David Ricardo trata la problemática relación entre actores, distribución y ramas durante el inicio del primer proceso histórico de intensa diversificación productiva de una economía agraria, tal como es el caso de Inglaterra a principios del siglo xix (en su paso hacia la industrialización, en medio de la Revolución Industrial). En ese sentido, constituye un planteo referencial sobre ciertos aspectos relevantes de las condiciones de despegue y de los conflictos relacionados con cualquier proceso de industrialización en economías subdesarrolladas o predominantemente dedicadas a producciones primarias (con eje en los temas relacionados con la productividad agrícola, los actores que se apropian del excedente y su destino, el excedente y la urbanización creciente, el cambio en patrones de consumo, la diversificación en la demanda y las políticas sobre comercio exterior).

En David Ricardo, es importante entender su posición política favorable a la burguesía industrial en ascenso, que es lo que lo motiva a desarrollar teoría. Se trata de un claro ejemplo demostrativo de la imposibilidad de separar la economía de la política. Así se dará en los casos de su teoría del valor basada en el trabajo, la teoría de la renta diferencial, la teoría del comercio internacional basada en las ventajas comparativas, las reflexiones en torno a la tributación y el gasto público y sobre la creciente “maquinización” de los procesos productivos con una visión sobre el desempleo “tecnológico”. Aunque, también hay que decirlo, no fue así con el fundamental “desempleo” macroeconómico (“involuntario) por insuficiencia de demanda agregada, en cuanto Ricardo adopta la ley de los mercados de Jean Baptista Say. Esto va a generar una actitud crítica y hasta de menoscabo hacia Ricardo por parte de John Maynard Keynes, el gran economista del siglo xx. Un desencuentro superado por ciertos desarrollos teóricos actuales en las áreas de la macroeconomía y el crecimiento.

Finalmente, nos detendremos brevemente en describir algunos de los principales aportes del citado gran economista italiano Piero Sraffa, que parte de David Ricardo y que constituye un legado conceptual muy fructífero a partir del que puede llamarse “enfoque clásico moderno del excedente”. Entre sus seguidores podemos mencionar principalmente a su brillante discípulo Pierángelo Garegnani; al actual compilador y reeditor de su obra Heinz Kurz (Universidad de Graz, Austria); a académicos seguidores del primero y que participan del Centro di Ricerche e Documentazione Piero Sraffa del Departamento de Economía de Roma Tre (como A. Stiratti, S. Cesaratto de Siena, M. Pivetti, F. Petri, etcétera); y también, en Brasil, al grupo del Instituto de Economía de la Universidad Federal de Río de Janeiro con Carlos Aguiar de Medeiros y Franklin Serrano como nombres principales, así como los trabajos del argentino Eduardo Crespo, profesor de esa Universidad y de la Universidad Nacional de Moreno en Argentina. En nuestro país existen excelentes materiales (papers, bibliografía, traducciones) en bit.ly/3sebaTo, página web que la revista Circus administra (bit.ly/3sjPRQi), bajo dirección editorial de Alejandro Fiorito y Fabián Amico.

De Sraffa y sus continuadores, se pueden identificar aportes tales como la crítica demoledora “interna” a la escuela marginalista, es decir, a sus propios supuestos y en sus propios términos, con implicancias relevantes como el descarte teóricamente fundado de la imposible teoría de la distribución basada en la “escasez de factores productivos”, con productividad decreciente, principio de sustitución y funciones de producción, como desarrollaremos con base en Fiorito (2019). Además de extensiones en su alcance, entre las cuales está la inspiración de promisorios modelos de crecimiento diferentes al marginalista “a la Solow”, también son importantes sus aportes con respecto a la distribución del ingreso y la riqueza como variables exógenas al modelo, en cuanto se fundan en las relaciones de fuerza sociales y los consensos sobre bienestar epocales, complementándose con la teoría keynesiana y kaleckiana de la demanda efectiva (con impulso al crecimiento a través de sus componentes autónomos). Un marco que rompe con la ley de Say, especialmente con su correlato erróneo de que “el ahorro determina la inversión”, un punto teórico relevante en tiempos de ajustes y austeridad, que cuestiona las convocatorias a inútiles sacrificios para las mayorías populares en nombre de imposibles paraísos futuros de crecimiento y bienestar.

El excedente como concepto fundamental

Las sociedades, a lo largo de la historia, y en distintas cantidades y calidades, se han visto posibilitadas de obtener un producto excedente o neto con respecto a sus necesidades de consumo inmediatas, un sobrante que surge de restar al producto colectivo todos los consumos necesarios para volver a producirlo (desgaste de maquinarias, valor de la canasta familiar para la reproducción de los trabajadores según sea el consenso de época, etcétera), pudiéndose destinarse al incremento de la capacidad social para producir (y por ello disponer) más bienes en el futuro y a constituir aprovisionamientos (acumulación de existencias). Estamos hablando, para decirlo más sencillamente y en terminología más actual, la diferencia entre lo que una sociedad produce y sus costos de producción.

Definamos “excedente” o “plusvalía social” como una diferencia entre el producto final y sus reutilizaciones, siguiendo a Cesaratto (2018): “Por excedente social se entiende aquella parte del producto de la cual la sociedad puede disponer libremente una vez puesto de lado aquello que sirve para volver a producir el mismo resultado durante el período siguiente”.

Algo que se revela como muy presente en la historia humana es que la elevación de la productividad del trabajo fue posibilitando el aumento del volumen de excedente social, de manera que se fue renovando la secuencia o circuito: “mayor productividad – excedente-acumulación de capacidades productivas y mejoras – productividad”, a distintos ritmos e intensidades según el momento histórico y el lugar. Se destaca la intensidad que adquiere este círculo virtuoso a partir de la Revolución Industrial, en especial con su consolidación y profundización durante la segunda mitad del siglo xix.

No obstante, a lo largo de la historia, también se constata que dicho excedente no necesariamente se destina para lo que hoy llamamos “inversión productiva” (aumento y mejora de las capacidades productivas), sino que muchas veces se privilegian también otros destinos “de lujo” o no directamente productivos (fuerzas armadas, consumo suntuario, etcétera), temática particularmente relevante en tiempos de hegemonía del capital financiero. A modo de ejemplos de usos “improductivos”, abarcando distintos momentos históricos, podemos mencionar: consumos suntuarios (pirámides, catedrales, castillos, etcétera); mantenimientos de grupos sociales ociosos (clérigos, militares, cortes reales, nobleza, etcétera) y de pensadores e inventores; o nuestra tristemente conocida fuga de capitales al exterior y su reciclaje en las esferas financieras especulativas. En este último punto, autores como Manzanelli (2016) enfatizan la idea de “reticencia inversora” por parte de la cúpula empresarial argentina, como una brecha entre apropiación de ganancias y monto de inversiones.

Siguiendo a Paul Baran y Paul Sweezy (1968), “la tasa y dirección de desarrollo económico de un país en cualquier época dada depende de la magnitud y del modo de utilización del excedente económico”, entendiendo este como

esa porción del producto agregado no absorbido por el consumo de los productores directos de la sociedad y por la reposición ordinaria (necesaria por el desgaste) de sus medios de producción. Está disponible para una multiplicidad de propósitos: la inversión neta en la expansión de las facilidades productivas, los gastos educativos y culturales, el mantenimiento de aparatos religiosos y militares y el consumo de las clases sociales que están en mejor posición para apropiarse del excedente económico.

En este enfoque clásico, en especial de inspiración ricardiana, la atención a los distintos actores sociales adquiere relevancia en función de sus acciones en cuanto al uso más o menos productivo de los recursos apropiados, en los distintos momentos históricos y al interior de los distintos espacios sociales, punto relevante a la hora de analizar el grado del desarrollo de las distintas sociedades. Ricardo focaliza en el conflicto entre aristocracia terrateniente (renta) y burguesía industrial (tasa de ganancia) en un momento histórico donde todavía tienen un peso importante las producciones rurales en Gran Bretaña, como fuente principal del excedente social.

La reproducción de las distintas formaciones socioeconómicas históricas involucra, además de la reproducción de las personas y de los medios de producción, también la reproducción de las relaciones sociales de dominación, con las respectivas regulaciones ideológicas, políticas y económicas. Y aquí se pone de relieve la presencia de las distintas normas o procedimientos sociales a través de los cuales se han reglado y legitimado las distintas formas de distribución y apropiación del producto neto o excedente por los diversos grupos sociales.

El capitalismo, tal como mostró Marx, se caracteriza por la extracción del excedente social a través de relaciones mercantiles: la economía encubre y la hace menos transparente en comparación con otras formas de relaciones sociales de producción (como la servidumbre o la esclavitud). En el capitalismo la coacción económica reemplaza a la coacción política. Las relaciones sociales de dominación ponen en el centro de la escena al mundo fetichizado y cosificado de las mercancías que las ocultan o difuminan.

Salvo las pocas sociedades primitivas señaladas desde la antropología por autores como Pierre Clastres (2016), en la historia humana posterior a la etapa cazadora-recolectora y nómada, la generación de excedentes productivos ha sido regla constante.

Como destaca Cesaratto (2018), en el celebrado y muy valioso trabajo realizado por el biólogo Jared Diamond (2004) sobre la historia de la humanidad durante los últimos trece mil años, desde el quiebre fundamental que implicó el cultivo de algunas plantas y la domesticación de animales (orígenes de la agricultura y ganadería) en unas pocas regiones geográficas (Media Luna Fértil asiática, etcétera) y el comienzo de vidas sedentarias, se converge con la visión clásica en cuanto a la relevancia decisiva de la producción material y la generación de excedentes en el crecimiento poblacional y en la complejidad que fueron adquiriendo las sociedades (instituciones, clases sociales, religiones, administración del poder, organización de aparatos militares, campañas de conquista, tratamiento de enfermedades, etcétera). Es, sin duda, una confluencia con la mirada de los economistas clásicos que trasciende los propósitos deliberados de Jared Diamond. En clara ruptura con los nuevos institucionalismos tan en boga, fue el desarrollo de la base material (en especial, la disponibilidad de alimentos) lo que posibilitó el desarrollo institucional y cultural, y no al revés. Se impuso la secuencia “mayor disponibilidad de alimentos (por cultivo de plantas y domesticación de animales, sedentarismo con primeras aldeas) ‒ aparición de excedente ‒ aumento poblacional ‒ ciudades y complejidad social creciente (gobierno y poder, normas, religión, conocimientos aplicados a la producción, etcétera)”.

Una línea histórica de reflexión sobre la generación y distribución del excedente entre grupos o clases sociales debe incluir a los fisiócratas como Robert Jaques Turgot y otros autores, entre los que se puede mencionar a los británicos John Locke, David Hume y William Petty, quienes tienen una clara percepción de la relevancia de la “plusvalía social” entendida a partir de la citada fórmula, expresada por Cesaratto (2018): “producto social – reutilizaciones o consumos necesarios = excedente”.

En los autores clásicos, se encuentran claramente conceptualizados y delimitados los ingresos de al menos tres tipos de actores socioeconómicos relevantes en el modo de producción capitalista: salarios-trabajadores, ganancias-capitalistas y rentas-terratenientes. El excedente social se obtiene a partir del trabajo asalariado, dadas las condiciones técnicas de producción en ese momento histórico.

Especialmente destacable es la noción de “salario real” como “canasta de bienes” mínima necesaria para la sobrevivencia y la reproducción, lo cual implica la inclusión de variables sociales, políticas y culturales en su determinación. Es decir, lo que es “sobrevivencia” mínima necesaria y lo convencional obtenible mediante la puja por la distribución del excedente hacia la clase trabajadora. Vale recordar, sin embargo, que David Ricardo no se ocupó de este caso, sino del conflicto entre clases dominantes.

En una visión actualizada, con base en Fiorito (2019), podemos ordenar sintéticamente este enfoque del excedente o clásico combinando en el orden causal siguiente (dirección determinante): salarios de subsistencia (más posible plus por luchas sociopolíticas), tecnología (que determina cantidad de trabajadores e insumos) y producción física  excedente productivo ‒ distribución y precios.

Se trata, como vemos, de una visión alternativa y crítica a la de la más difundida determinación simultánea de precios y cantidades por medio de curvas de oferta y demanda, propia del marginalismo predominante.

Los clásicos y el capitalismo industrial

Hacia finales del siglo xviii, van expandiéndose en forma sostenida las actividades manufactureras, que ya son sinónimo de introducción de maquinarias, de desarrollo de la división del trabajo, de libre contratación de la mano de obra asalariada, de mayor reinversión productiva del excedente generado, de legitimación del derecho de apropiación de este por parte de los dueños de los medios de producción, de aplicación de conocimientos y de complejización de la estructura social. Se está ya en plena Revolución Industrial.

Nace entonces la economía política, que destaca el papel central de la producción manufacturera como factor de progreso social, un momento histórico bien claro en cuanto a la emergencia de una esfera propia de actividad económica dentro de la sociedad. Como dice Dobb (1945): “La economía política había creado el concepto de la sociedad económica como un sistema autónomo, regido por leyes propias”.

En 1776 el escocés Adam Smith, primer gran teórico y considerado “padre” de la economía política, publica su libro Investigación sobre la naturaleza y causa de las riquezas de las naciones, en donde ubica el trabajo como la verdadera fuente de prosperidad de las naciones cuando señala su frase célebre: “La opulencia nace de la división del trabajo”.

Ahora el trabajo “productivo” es el que permite generar un valor neto que se presenta bajo la forma de un nuevo concepto económico: la ganancia, el ingreso específico de los dueños del capital. La acumulación de medios de producción en el seno de las relaciones capitalistas exige que sea producido un excedente en valor, y que la forma bajo la cual exista ese valor neto permita, en el período siguiente, el intercambio con trabajo y medios de producción.

No desarrollaremos en esta oportunidad al “padre de la economía”, pero no podemos evitar mencionar la riqueza de sus reflexiones y nos tentamos en un esfuerzo de síntesis sobre algunos de los temas que planteó lúcidamente y nos legó, muy lejos de la simplificada visión neoliberal como la de la fundación inglesa que hoy lleva su nombre (“no hay sociedad, solo individuos”):

  • El precio de los bienes depende de la retribución al capital, el trabajo y los recursos utilizados (rentas), es decir que el precio se encuentra íntimamente relacionado con la distribución del ingreso entre salarios y ganancias.
  • La distribución entre ganancias, rentas y salarios, su idea de “precios naturales” no remite a algo inmutable, sino a las relaciones de fuerza entre grupos sociales.
  • Un modelo dinámico de crecimiento acumulativo, en torno a la secuencia de reacciones encadenadas: propensión al intercambio, división del trabajo, especialización, aumento de la productividad, incremento de la demanda (o ensanchamiento de los mercados) y nuevamente reinicio. La identificación de lo que hoy llamamos “rendimientos dinámicos de escala crecientes”: la división del trabajo es un proceso impersonal que crece en función del tamaño de los mercados que se deben atender; es decir, señala el vínculo entre crecimiento de la demanda y de los rendimientos. Esto último, en particular, es todo un ejemplo de lo lejos que se situaba la riqueza de su pensamiento respecto de quienes más explicitaron su carácter de herederos: los economistas neoclásicos. La clara diferencia con lo que suele ser un axioma de base en los razonamientos estáticos de los neoclásicos, el de ausencia de rendimientos crecientes.
  • La originalidad de haber señalado la división del trabajo como el motor que impulsa la demanda (el mercado), en una espiral de productividad ascendente (rendimientos de escala).
  • Una visión de la tecnología como endógenamente generada a partir de la profundización de la división del trabajo, tanto productiva como intelectual; un real precursor en cuanto a superar la frecuente visión irreal de que la tecnología es un dato exógeno.
  • La importancia de los aspectos organizacionales sobre la dinámica de la productividad.
  • La productividad del trabajo como fenómeno esencialmente colectivo.
  • Al lado de su optimismo, la lucidez en cuanto a las consecuencias que, a su vez, podría generar la expansión capitalista en materia de pobreza y exclusión en el mundo.
  • La división del trabajo social como fuente de desigualdad.
  • La importancia del rol del Estado en la educación.
  • La defensa del laissez faire, pero que debe entenderse en un contexto histórico que implicaba terminar con las regulaciones de un Estado “viejo”, a partir de creer que el sistema “caminaba por sí mismo” –Dobb (1945)– y como un modo de coordinar actividades productivas.
  • Su liberalismo “progresista” (crítica a los mercantilistas) subordinado a un interés “nacionalista” en el progreso de Gran Bretaña.

Va a ser David Ricardo, con sus publicaciones Ensayo sobre las ganancias en 1815 y Principios de economía política y tributación en 1817 (primera edición), quien retomará los problemas de Smith y desarrollará su discusión sobre el origen del producto excedente y su distribución social.

A diferencia de las sociedades anteriores, en la sociedad capitalista la apropiación del excedente se efectúa a través de las relaciones mercantiles y no de las de tipo personal, es decir, se detrae en forma de valor de cambio. De aquí que una cuestión teórica fundamental es la problemática de la articulación entre la formación del valor de cambio y la formación de los diversos tipos de ingresos que surgen por la participación de la producción social e históricamente situada: la ganancia y el interés, el salario, la renta.

Con los economistas clásicos, se visualiza claramente lo inseparable de las dimensiones política y económica, ya que la producción, distribución, circulación y consumo de bienes implican luchas y conflictos como norma, y no como excepción, en la dinámica de las sociedades y de su organización institucional.

Un documento con una lúcida descripción de este revolucionario proceso capitalista industrial transformador y de sus implicancias y alcances (incluso anticipaciones de tendencias como la globalización o la marcha hacia el fin del patriarcado) lo constituye el Manifiesto comunista de Marx y Engels, publicado en 1848.

Los desarrollos teóricos de David Ricardo

Esta es la época en que se hablaba de economía “política”, y en la que este autor nos señalaba que el “problema primordial” de esta disciplina es el de la determinación de las leyes que rigen la distribución del producto social. Es decir, a partir de esta inauguración de una fructífera tradición de pensamiento económico, nos lleva a definir un objeto de estudio de la economía que se diferencia radicalmente de otras definiciones más difundidas acerca de lo específico económico, mayoritariamente provenientes de la perspectiva neoclásico/marginalista del equilibrio. Tal es el caso de la muy popularizada definición de que el objeto de estudio de la economía se reduce a un problema de asignación de recursos escasos y fines múltiples. Y de que, frente a necesidades ilimitadas, lo que hay es un problema de recursos escasos. Los neoclásicos, de esta manera, entienden la economía solo como “ciencia de la escasez” y centrada en un problema meramente técnico-contable.

En particular, el problema central de la “economía política ricardiana” es el de la determinación del nivel de la tasa de ganancia (g), y esta preocupación “analítica” es algo esencial por su relación con la acumulación de capital. Ello equivale a la comprensión del funcionamiento mismo del capitalismo.

Ese interés se manifiesta explícitamente y en forma elaborada en el folleto An Essay on influence of a low price of corn on the profits of stock de 1815 (popularizado como Ensayo sobre utilidades), en ocasión del debate sobre la provisión de cereales a Gran Bretaña a través del comercio internacional.

La conceptualización de Ricardo implica un momento histórico-científico en que ya se construyen conceptos recurriendo a la modelización, un trabajo conceptual movido por sus posicionamientos políticos, que lo conducen a las tres elaboraciones teóricas básicas más conocidas sobre las que nos detendremos aquí brevemente: la teoría de la renta diferencial, la teoría del valor y la teoría del comercio internacional o de “las ventajas comparativas”. Aclaremos que también están sus reflexiones en torno a la tributación y a las cuestiones del maquinismo y el empleo.

El progreso de la acumulación de capital dirigido por la industrialización, que llevaba a un aumento en la ocupación industrial (y en la población urbana), conducía a un incremento en la demanda de alimentos y en su precio que, en consecuencia, encarecía el valor del trabajo, tal como dice Ricardo (1985): “[…] dejando a todas las otras mercancías en sus precios originarios, y la baja de las utilidades generales a causa del alza general de los salarios”. Como va a expresar en múltiples oportunidades a lo largo de sus obras, el problema estaba en que las ganancias caían si aumentaban los salarios.

Un principio ricardiano “de hierro” es la visualización de una relación inversa entre salarios y ganancias, con el problema de que aquellos, reducidos al bajo nivel de subsistencia o reproducción básica de entonces, constituían en su modelo un nivel “piso” o umbral inmodificable sin costos en vidas.

Vale la pena destacar esta concepción del “precio del trabajo” en términos reales, es decir, no de salario nominal, sino como la referencia en una canasta de bienes básicos para que exista y se reproduzca la población trabajadora. Si se encarecía esa canasta básica, caían las ganancias, es decir, la proporción del excedente social que iba a empresarios capitalistas.

La agricultura presentaba límites para desarrollarse y producir todos los bienes de subsistencia necesarios (wage goods) para alimentar al creciente número de asalariados, lo que provocaba el aumento de los precios de la canasta de esos “bienes salario” y, como consecuencia, una caída en la tasa de ganancia, dado que de esta depende la acumulación y el crecimiento en la sociedad capitalista. Es decir, el excedente iba bajo la forma de renta a los terratenientes más que como ganancias a los inversores capitalistas.

La tesis que defiende puede sintetizarse en la siguiente idea: solo los progresos en la agricultura (más productividad) o la provisión externa de productos más baratos podrían, en principio, postergar que el crecimiento económico y la capitalización del país encontraran límites al inducir una caída de la tasa de ganancia (g) y una desaceleración con tendencia al estado estacionario de crecimiento cero.

El foco ricardiano puesto en el conflicto entre la aristocracia terrateniente y la burguesía industrial por porciones del excedente social se correspondió, en ese tiempo histórico, con el debate en el Parlamento británico sobre una nueva ley de granos (que se sintetizaba en liberar o no la importación de estos).

La teoría de la renta diferencial (trd)

Empezando por el final, y a modo de rápida síntesis, Ricardo elabora este modelo “pesimista” para demostrar cómo, de no mediar cambios en la agricultura o de no permitirse la libre importación de productos agrícolas más baratos, la tasa de ganancia de la economía tendería a caer por la necesaria suba de salarios de subsistencia ante el aumento del precio de los wage goods, hasta llegar a un “estado estacionario” de crecimiento económico cero.

La contrapartida de los mayores precios agrícolas es la apropiación, por parte de los terratenientes, de una proporción mayor del excedente social bajo forma de renta diferencial con destino improductivo, a diferencia del capitalista. El punto de partida para describirla son dos supuestos teóricos claves:

  • Existencia de tierras de fertilidad diferente y superficie limitada.
  • Uniformidad de la tasa de ganancia (g) para toda la economía como norma de distribución del excedente entre los dueños del capital, también conocida como tendencia a la igualación de la tasa de ganancia vigente en la economía fronteras adentro, lo que implica una determinada estructura de precios relativos (y su contrapartida de precios “naturales” o de “producción”, no de mercado).

Este último principio fue tomado de Smith, y se explica por la acción de la competencia entre capitales “racionales”, que hace que se desplacen entre las distintas ramas de producción y hacia donde es posible obtener ganancias mayores o extraordinarias, dentro de las fronteras nacionales.

El mecanismo es que esas ramas de la producción hacia donde fluyen inversiones deseosas de mayores ganancias se encontrarían luego con excesos de oferta o en condiciones de competencia (por ejemplo, en un caso de vanguardia tecnológica temporal) que presionan a la baja los precios de sus productos hasta la eliminación de ese plus de ganancia inicialmente superior al del resto de la economía y su convergencia a los llamados “precios naturales”. Estos precios naturales (que Marx luego denominará “precios de producción”) se forman con la tasa de ganancia general predominante o única de la economía. El conducto es el sistema de precios relativos y sus variaciones, y la tendencia, por eso, es a que exista una sola tasa de ganancia vigente en la economía: la normal o referencial. Otra manera de verlo es que las propias necesidades de la división del trabajo social llevan a producciones que inicialmente pueden generar cuasi rentas o ganancias por encima de las normales, pero que luego esto tiende a equilibrarse por el libre movimiento de los capitales al interior de un territorio nacional.

Analicemos ahora la idea de la renta diferencial. En un estadio inicial del desarrollo capitalista, las tierras están en relación de sobreabundancia respecto de la cantidad de capital disponible y se utilizan, naturalmente, primero las más fértiles. A los efectos del concepto de renta “diferencial”, es irrelevante diferenciar entre las versiones trabajadas por David Ricardo sobre su expresión (tasa de ganancia expresada en el mismo bien o en distintos bienes componentes con sus precios) y sobre el origen de la mayor o menor productividad (si es por condiciones naturales de la tierra o por tecnología aplicada).

Ilustremos con un ejemplo numérico una primera versión de la teoría de la renta diferencial (con insumo y producto en cantidades físicas del mismo cereal).

En la tierra A, con un capital invertido en cultivos equivalente a 200 quintales de trigo, se obtienen 300 quintales. La tasa de ganancia es del 50 %, que será también la vigente en toda la economía en virtud de la norma de distribución establecida por hipótesis (tasa de ganancia uniforme, tal como explicamos más arriba). Suponiendo que, al continuar la acumulación de K (capital), se hacen necesarios más productos de la tierra porque es mayor el capital circulante o “fondo de salarios” disponibles, y se contratan y ocupan más personas contra el pago de un salario, se requiere entonces ocupar otras tierras, menos fértiles. Se pasa a producir en la tierra B, donde, con un mismo capital equivalente a 200 quintales, se producen 250 quintales, es decir, bajan los rendimientos, y la g (tasa de ganancia) del arrendatario capitalista que explota la tierra menos fértil será entonces menor, del 25 %, y ese valor será, en consecuencia, lo que regula las inversiones en el resto de las ramas de la economía, incluyendo la agricultura realizada en la tierra más fértil. Otra forma de plantear el ejemplo es que, para obtener los mismos 300 quintales, se necesita un capital mayor, en el ejemplo, equivalente a 250 quintales, lo cual resulta también en una menor tasa de ganancia respecto de la obtenida si solo se produce en la tierra A (25 % de tasa de ganancia contra 50 % si solo se produce en A). Una consecuencia para retener: la manutención y reproducción de los trabajadores se encarece.

Este proceso modifica los precios relativos, y la tierra menos fértil determina el precio de los cereales (más elevado por el aumento en los costos) y permite el cobro de una renta por parte de los propietarios de la tierra A, posibilitada por la puja en el mercado de arrendamientos, en búsqueda de utilizar las mejores tierras en un contexto de escasez relativa.

El razonamiento será el mismo si se necesita pasar a producir en una tierra C, menos fértil aún. Las consecuencias ahora serán: mayores costos de producción, encarecimiento de los granos, menor nivel aún de la tasa de ganancia, aumento de la renta diferencial en A y aparición de una renta diferencial en B, si bien menor a la de A.

Toda ganancia extraordinaria o renta diferencial o “cuasi renta” se basa en general en algún tipo de ventaja que otorgue un costo unitario inferior, dependiendo siempre de la particularidad de que el sistema de precios conduzca a que no sean las condiciones de producción más ventajosas las que regulen el precio dentro de la rama productiva (tierra o yacimiento menos fértil puesto a producir, ramas o sectores sin incorporar las últimas innovaciones, etcétera). Por el contrario, el precio del producto en cuestión (el trigo en nuestro ejemplo) es determinado por la producción con costos más altos (en la tierra menos fértil).

En síntesis, en esta primera versión de la trd, la tasa de ganancia prevaleciente en la economía está determinada por dicha tierra de menor fertilidad debido a los menores rendimientos y mayores costos de producción. Otra lectura posible, en la versión más realista que luego veremos, será que depende de los mayores costos de la tierra menos fértil el precio o valor de cambio de los principales bienes de subsistencia (los bienes-salario se encarecen).

En consecuencia, se puede evitar la caída en la tasa de ganancia vigente si, precisamente, existen alternativas para evitar que se recurra a esas tierras de menor fertilidad (con mayores costos de producción) para obtener el cereal necesario. Una opción es recurrir al mercado internacional, es decir, a la importación desde aquellos países con abundantes tierras fértiles y menores costos de producción. La otra es recurrir al avance en el conocimiento técnico aplicado a la producción agrícola, para bajar los costos por esa vía. La imposibilidad de comprimir la canasta básica de consumo asalariado, por esa época ya en niveles muy bajos, no existe como opción.

El centro de la preocupación ricardiana será tratar de evitar que se reduzca la parte del excedente social apropiado por las burguesías industriales bajo la forma de tasa de remuneración al capital (tasa de ganancia, g). Esta ingeniosa construcción conceptual es realizada por Ricardo para defender el libre comercio, porque permitiría contener los salarios y, en consecuencia, sostener la tasa de ganancia. Una visión en la que cada país podría especializarse en producir ciertos bienes y no todos. En ocasión del debate sobre una ley que proteja la producción interna de cereales, Ricardo defiende, entonces, la libre importación.

También puede verse como que Ricardo es el defensor de los intereses de la emergente burguesía industrial (productores de manufacturas), dado que, si esta se apropiaba del excedente bajo la forma de ganancia, posibilitaría el mejor uso productivo de este, a diferencia del destino que le darían los rentistas (terratenientes o usureros).

Visto desde las economías capitalistas desarrolladas, las dificultades ligadas a la explotación de recursos naturales y al abastecimiento de los centros principales de acumulación se han asociado y se asocian a guerras, cuestiones de geopolítica (imperialismo, colonización, hegemonía militar o estratégica) y a frecuentes planteos en términos de preocupaciones por alza de precios de insumos críticos, como el petróleo (1973, 1979, 2010) y otras materias primas.

La historia de las revoluciones industriales y de los comienzos en los procesos de industrialización de varias economías nacionales es rica en cuanto a enfrentar esta problemática de abastecimiento y de alza de precios de materias primas y alimentos y los límites de la naturaleza, tal como lo plantean David Ricardo y Thomas Malthus en los tiempos de consolidación de Gran Bretaña como vanguardia en producción manufacturera, que deja atrás progresivamente el carácter de economía agraria. Un momento fundamental de profundización de la “gran divergencia” entre Europa y el resto del mundo (por ejemplo, China), cuyo origen se registra en el siglo xvi con la expansión del modo de producción capitalista (primero en su fase comercial) y su característica definitoria (y ley de hierro): la acumulación de capital.

Una misma teoría con dos versiones para cálculo de la tasa de ganancia

El otro supuesto implícito de la primera versión de la teoría de la renta diferencial ricardiana, y ya en un plano abstracto relacionado con un análisis más exigente de consistencia teórica, es que el insumo (o capital empleado) y el producto en la agricultura son físicamente idénticos. Recordemos, en este caso de evaluación del modelo teórico, se trata de un requisito fundamental la consistencia teórica, en cuanto no se trata aquí de contrastar una teoría con la realidad a los fines de comprobar su poder explicativo. En esta primera versión de la teoría, esto se salva con un solo bien, tanto como insumo como producto final: se necesita trigo para producir trigo en una cantidad mayor, el primero como alimentos de los que trabajan la tierra.

Es decir, la tasa de ganancia se puede determinar en la agricultura en forma independiente del precio del capital (trigo), relacionando cantidades físicas y cumpliendo con la condición de validez de comparar magnitudes homogéneas. En esta primera versión más elemental, la teoría de la tasa de ganancia es independiente de la teoría del valor, y el modelo tiene entonces la citada consistencia teórica.

Sin embargo, esta primera versión de la teoría de la renta ricardiana (planteada así en el Ensayo de 1815), con este forzado supuesto principal, es evidentemente inaceptable en el plano real, en cuanto son distintos los bienes que intervienen en los costos (capital), es decir, la parte del denominador para calcular la tasa de ganancia.

Para comparar dos magnitudes, primero debe homogeneizárselas, lo cual puede resolverse, en el caso del cálculo de la g (tasa de ganancia), donde la comparación es entre un monto de capital invertido y el monto de la ganancia obtenida, a través de un sistema de precios (en este caso, para los bienes de capital, insumos y bienes de consumo básico, así como para los bienes producidos con ese capital empleado) o, como en esta primera versión simplificada de la trd, suponiendo que el mismo bien agrícola está como input y como output (mayor).

En consecuencia, en esta otra versión más cercana a la realidad, se trata de considerar que la “canasta de bienes salario” no solo incluye productos de la agricultura y que el capital invertido en la producción agrícola se compone de salarios (bienes salarios, o wage goods) y también de otros medios de producción. Los trabajadores no solo se alimentan, sino que también se visten y necesitan otros bienes como estándar mínimo para subsistir y reproducirse como población trabajadora, además de que la producción requiere de materias primas, insumos y herramientas, distintas al bien agrícola trigo.

El problema que se plantea en una segunda versión más realista será que, para establecer las diferencias entre fertilidades, es necesario suponer que los precios ya están establecidos y son conocidos antes que la tasa de ganancia, ya que esta se determina por las condiciones de producción menos favorables (cuesta más trabajo y, por lo tanto, mayores costos).

De ahí que Ricardo trabaja otra versión de la trd a los efectos de superar ese problema de falta de homogeneidad entre insumos y productos recurriendo al sistema de precios y a la teoría del valor.

En palabras de Cartelier (1976):

Para poder declarar que una tierra es menos fértil que otra –y más generalmente que un método de producción no es tan bueno es necesario suponer que los precios ya son conocidos y que están determinados antes que la tasa de ganancia, ya que la tasa se determina, según Ricardo, por las condiciones de producción menos favorables en la agricultura. El cálculo de los distintos costos de producción asociados a las diferentes técnicas necesita un sistema de precios.

Es decir que, para determinar la tasa de beneficio, es imperativo presuponer una teoría del valor coherente. Esto es lo que Ricardo intenta en las diversas versiones del capítulo 1 de su libro Principles basada en la cantidad de trabajo incorporado en la producción de la mercancía de la que se trate. Se puede hablar entonces de una segunda versión de la teoría de la renta diferencial, que tiene como presupuesto lógico una teoría del valor de cambio, anterior a la determinación de la renta y la tasa de beneficio. Remarquemos que, a partir de cierta mirada sraffiana posterior, en realidad la teoría del valor tanto en Marx como en Ricardo solo apuntaba a ese propósito, una teoría concisa y coherente para determinar la tasa de ganancia.

Ahora en lo fundamental, se habla en términos de precios: para justificar la aparición de la renta en la tierra más fértil, es el alza del precio del trigo como consecuencia de la mayor cantidad de trabajo que demanda su producción en la tierra menos fértil (B y C, en el ejemplo trabajado).

En cuanto a la evolución de la tasa de ganancia en la industria, tenemos que decir que el incremento de los precios relativos de los bienes-salario de origen agrícola en relación con los precios de los productos industriales se traduce en un descenso de la tasa de ganancia g en la industria, en virtud de la competencia que hace que se generalice al conjunto de actividades económicas.

Ambas versiones de la trd conducen a la misma conclusión acerca de la evolución de la sociedad capitalista. La causa de la caída en g es consecuencia del alza del precio de estos “bienes-salario” agrícolas. Vale aclarar, sin embargo, que este incremento en los precios de los bienes-salario, y por ende en el salario nominal, no es un aumento del salario real y en la posibilidad de adquirir más cantidad de los bienes que integran la canasta básica, sino un encarecimiento de la misma canasta fija.

Las limitaciones al desarrollo capitalista no van unidas, en Ricardo, a las contradicciones internas derivadas del antagonismo entre trabajadores y capitalistas, como en Marx. El conflicto que se coloca en el centro de la escena es entre dos clases dominantes: la nueva (la burguesía industrial más que nada) y la antigua aristocracia terrateniente (los propietarios de tierras).

La importación de cereales constituye la propuesta de solución ricardiana en ese momento histórico, y para ello debe suprimirse el proteccionismo agrícola. El propósito es bajar el precio de los alimentos, fundamental componente en los costos de producción. En términos del concepto de “excedente”, bajar los “consumos necesarios” o “de reposición”. El éxito de las intervenciones políticas de Ricardo, orientadas en ese sentido, se verificará recién 21 años después de su muerte.

La popularización de estas ideas ricardianas guarda íntima relación con el período de progresiva dominación mundial británica y un esquema de división internacional del trabajo en que Argentina participará a posteriori como parte de una “periferia próspera” proveedora de alimentos hacia el último cuarto del siglo xix (primero con carnes y luego con cereales).

Rentas diferenciales tipo i y ii

Finalmente, se pueden identificar otras dos tipologías de rentas diferenciales ricardianas en función de las condiciones productivas de estas y el origen de los mayores rendimientos de los recursos naturales (por propiedades físicas o por tecnología aplicada).

La renta diferencial de tipo i proviene de la diferencia de fertilidad o rendimiento de tierras, minas o yacimientos de petróleo y gas, más fáciles de explotar para satisfacer requerimientos del mercado, lo cual incluye también la valorización de la ubicación (por ejemplo, la cercanía a centros urbanos de consumo). La productividad se basa en las condiciones y propiedades naturales de la tierra.

La renta diferencial de tipo ii se distingue en que la fertilidad, riqueza y productividad del recurso no se deben solamente a la naturaleza, sino también a las mejoras e inversión en tecnología que la elevan. Claramente, en el caso de la tierra, su productividad puede mejorarse (con maquinaria agrícola más sofisticada, fertilizantes, herbicidas, genética aplicada, etcétera).

Lo más común es que la renta diferencial sea difícil de separar en estas dos fuentes (i y ii), es decir, lo que viene dado por la naturaleza y lo que se deriva de la acción humana innovadora (por ejemplo, actualmente en el complejo sojero argentino). Siempre el supuesto clave es que el precio de los bienes producidos se determina a partir de la explotación de tierras o yacimientos menos productivos y con mayores costos de producción (más caro) que los primeros utilizados.

En el caso de la otra tipología, conocida como renta “absoluta”, se trata de un ingreso que debe pagarse al dueño del recurso natural por el solo hecho de ser el titular de la propiedad privada, y, a diferencia del anterior, este lo exige en forma “absoluta”, es decir, sin que medie en su determinación el precio mayor definido por el recurso de menor fertilidad y mayores costos. El caso es más frecuente en relación con los recursos minerales y ha sido planteado por Marx.

Siempre se trata en realidad de ingresos de monopolio relacionados con los derechos de propiedad reconocidos y legitimados por el orden institucional capitalista, es decir, el propietario de un terreno o yacimiento (privado o estatal) puede prohibir o facilitar el acceso para su explotación exigiendo un “precio de reserva” (canon, arriendo, alquiler), que puede cubrir la totalidad o no de la renta diferencial que se genera a partir del sistema de precios y las distintas condiciones de producción (productividad). Si existe abundancia del recurso (tierra o yacimiento), el precio será menor y hasta puede ser cero, al menos al nivel teórico; abundancia que es más bien relativa a los requerimientos de la demanda y al estado del conocimiento científico y tecnológico.

La renta: concepto relevante en el análisis del desarrollo histórico argentino

En el proceso de continuidad de la acumulación de capital a escala del sistema capitalista mundial, la reinversión de beneficios de ayer en la formación de nuevo capital requiere, entre otras condiciones, de la disponibilidad de materias primas y medios de producción (máquinas, insumos, energía) y de bienes de consumo para los trabajadores asalariados (bienes de la canasta básica de asalariados: alimentos, indumentaria, etcétera).

La expansión de capital es un proceso que requiere solucionar los distintos tipos de obstáculos o posibles limitaciones que pueden presentarse para su continuidad, tal como afirma Harvey (2010), y uno de los puntos claves es el aprovechamiento de la naturaleza de diversas maneras:

  • como fuente de materias primas e insumos (petróleo y otros recursos fósiles, minerales metálicos como cobre, oro, plata, litio y uranio, otros como salitre y guano; recursos forestales para maderas, goma y papel, cultivos “industriales” como el tabaco, el caucho y el algodón, etcétera);
  • como fuente de alimentos básicos (con base en cultivos como cereales y oleaginosas, ganadería, pesca, cultivos tropicales como café y bananas, etcétera);
  • como suelo para nuevos desarrollos capitalistas urbanos (inmuebles, etcétera) y rurales;
  • como espacio de depósito de desperdicios de la sociedad industrial.

Junto a los capitalistas, aparecen también otros actores (terratenientes, dueños de yacimientos y minas, privados o estatales, etcétera) que, por tener títulos de propiedad sobre la tierra o yacimientos minerales, participan de la distribución del valor generado socialmente (excedente) en el marco de la economía mundial, apropiándose de ese ingreso llamado “renta de recursos naturales”. Es decir, un ingreso derivado de las mejores condiciones de producción en relación con el “precio de producción” influenciado por una productividad media internacional o social inferior.

Para Argentina, algunos autores hablan de una renta diferencial a escala internacional aplicando el concepto ricardiano, como son los casos de Flichman (1977), Plasencia (1995) y Laclau (1969), a partir de la existencia de ventajas en la posesión de tierras fértiles, y de un sistema de precios y de tasa de ganancia doméstica con cierta correspondencia respecto de los valores internacionales. No es la única modalidad de conceptualizar el ingreso relacionado con la propiedad de los recursos naturales, conocido como “renta”, pero probablemente sea la versión más conocida y difundida. Aclaremos, aunque pueda resultar obvio, que el uso que se le da aquí al término “renta” refiere a los ingresos por la propiedad de un recurso natural (tierra, yacimientos), algo diferente al uso que se le da como “renta de activos financieros”, o cuando en textos españoles se dice “renta” como el ingreso nacional.

Se trata, entonces, de la existencia de una renta diferencial internacional a partir de los menores costos de producción derivados de las tierras fértiles de la pampa húmeda con respecto al resto del mundo. La renta diferencial, en este caso, es un ingreso que, con origen en el mercado internacional, se suma al valor o riqueza generada en el país, de forma que se amplía el excedente disponible.

Como vimos, la existencia de cuasi rentas y rentas diferenciales depende de que el sistema de precios dentro de una rama lleve a que el precio de mercado específico no dependa de las condiciones más favorables en materia de costos, sino, al contrario, de las producciones con costos mayores, y que así se origine una ganancia extraordinaria a las producciones con menores costos (debido a la innovación, a la mayor fertilidad o a la productividad de un yacimiento).

La Argentina, especialmente en relación con la producción y exportación agrícola y ganadera pampeana, posee una historia económica en que la presencia de renta de recursos naturales y su apropiación o distribución entre diferentes actores sociales (no solo terratenientes sino comercializadores, sector financiero, estado, trabajadores, sector industrial) ha constituido una temática relevante para una serie de estudios tendientes a la comprensión de su funcionamiento económico y social.

La continuidad del movimiento del capital industrial desde la segunda mitad del siglo xix guarda una íntima relación con la incorporación al espacio capitalista mundial de zonas y países “periféricos”, configurándose formas de división internacional del trabajo donde estos últimos frecuentemente han cumplido y cumplen roles de proveedores de bienes primarios. En el caso de nuestro país, el sector primario de la pampa húmeda es de las pocas producciones competitivas de Argentina en el ámbito mundial. En las últimas décadas, esto se ha relativizado un poco, con la incorporación de algunas armadurías industriales (automotriz, maquila en informática y textiles) o de ciertas commodities manufactureras, pero sigue siendo central.

De ahí la relevancia del concepto de “renta” para los países de América Latina en general, que es el ingreso relacionado con la explotación de los abundantes recursos naturales existentes y con el rol asignado en el orden capitalista desde sus orígenes como Estados nacionales modernos tardíos con ausencia de cuasi rentas originadas en avances tecnológicos. Al solo título ilustrativo, nombramos los casos de las rentas del petróleo venezolano, el cobre chileno, las minerías boliviana y peruana (gas, minerales metalíferos), los cultivos de exportación (café, caña de azúcar, cacao, caucho) de Centroamérica y zonas tropicales colombianas y brasileñas.

Si bien se suele hablar genéricamente de “renta de la tierra” y, en Argentina más que nada, de “renta agraria”, también debe considerarse la renta derivada de la explotación minera: yacimientos de minerales metalíferos (oro, plata, cobre, litio) y de combustibles fósiles (gas, petróleo, así como en el último tiempo se le presta particular atención a la potencialidad de reservas del yacimiento no convencional de Vaca Muerta).

La existencia en nuestro país de una renta agraria a partir de la extraordinaria fertilidad de las tierras pampeanas es una regularidad histórica con vigencia en distintos regímenes de acumulación. Es decir, no únicamente en la etapa agroexportadora, sino también en la denominada isi (industrialización sustitutiva de importaciones) y en períodos más recientes y actuales, debiéndose computar también la proveniente de otros recursos minerales y energéticos (en estos últimos casos, con fuerte preponderancia del capital extranjero en su apropiación y remisión al exterior).

Una problemática relevante es la relacionada con la lucha y los conflictos por su distribución (apropiación), que da lugar a debates como los que siguen: bajos precios internos (vía impuestos al comercio exterior o tipo de cambio bajo) de alimentos (“bienes-salarios” para abaratar el costo de reproducción de la fuerza de trabajo nacional) o de materias primas e insumos para el desarrollo industrial nacional versus su exportación como commodities; apropiación de recursos fiscales por parte del Estado o exclusiva apropiación privada; excedente o ahorro nacional canalizable para la industrialización o actividades rentístico-financieras; recursos para financiar políticas sociales integradoras y obras de infraestructura o libre apropiación de la renta por el propietario, etcétera.

Recordemos que, tomando como unidad de análisis al sector agropecuario en el marco de los “clásicos” modelos macroeconómicos del tipo “dos sectores” o stop and go (lo que se denomina “estructura productiva desequilibrada), suele describírselo por sus tres roles como productor y proveedor de “bienes-salarios”, suministrador de divisas (vía exportaciones) y generador de renta diferencial a escala internacional, aunque en relación con este último aspecto es menos frecuente la profundización en los estudios.

En el trabajo de Bus y Nicolini (2015), se realiza una estimación de la renta diferencial agrícola argentina de los principales cultivos (producción) para el período 1986-2008. El valor estimado que alcanza la renta diferencial (agrícola) es equivalente, en promedio para el período, al 1,87 % del pib. Presenta valores inferiores al 1 % del pib para 1988-1995 y en el trienio 1999-2001, y valores muy superiores al 2 % a partir de 2002. La renta diferencial llega a representar el 7,19 % del pib en 2008 (pleno conflicto por retenciones, unos 24.000 millones de dólares de ese año).

Grinberg e Iñigo Carrera en un artículo periodístico (Página 12, 13/7/2015) señalan que la economía argentina cuenta con una fuente extraordinaria de plusvalía que fluye desde el exterior: la renta agraria, para la cual realizan estimaciones. La renta agraria habría representado el 18 % del total de plusvalía (excedente para el capital) apropiada en el país en el lapso 1991-2001 y el 20 % en 2003-2013, la que llega a un pico del 33 %. Estiman que en este último período el 50 % de la renta queda en manos de los propietarios de la tierra, y el resto beneficia a otros sujetos sociales vía tipo de cambio y regulaciones directas.

Una diferenciación muy importante dentro del rico debate sobre la presencia de la renta diferencial en Argentina es la que hace Plasencia (1995) entre “apropiación” (distribución) y “generación” de la renta, lo cual conduce a diferenciar teóricamente al sector agrario, beneficiado directo de ese ingreso, respecto del “sector rentista”.

Es decir, existen otros agentes distintos a los terratenientes que participan también de la apropiación de parte de la renta, ya sea como parte de la cadena o proceso productivo agrario o minero, como acopiadores, transportistas, logística, sector financiero, agroindustrias, empresas comercializadoras, extractoras, proveedoras de servicios técnicos –en cuanto tienen posibilidad de imponer condiciones por monopolizar tramos de procesos de producción o circulación–, o también actores ajenos a la actividad, como el Estado o pertenecientes a la industria, mediante subsidios redistribuidos por el Estado, o los trabajadores. En línea con autores clásicos, la política y otras relaciones de poder son factores decisivos para explicar estas retribuciones y transferencias.

Sobre el rol de la renta como instancia clave o forma institucional omnipresente a lo largo de la historia económica argentina, dice Plasencia (1995):

Repartiendo renta es posible dar cumplimiento a las dos condiciones de la acumulación (la de producción de plusvalor suficiente para sostener la tasa de ganancia, y la de su realización). Se pueden sostener las tasas de ganancia de los capitales individuales, aún en ausencia de avances en la productividad, repartiendo renta, y se puede garantizar la realización de dicho plusvalor sosteniendo la demanda, de consumo o de inversión, también repartiendo renta.

Jaccoud, Monteforte y Pacífico (2015, en Lindenboim, J. y Salvio, A.) llegan hasta el punto de encontrar una correlación positiva entre las fluctuaciones de empleos asalariados y de salario real con el nivel de la renta, otorgando así un rol central a esta última en nuestro país. La renta de recursos naturales sería una especie de fondo de recursos que, a través de diversos mecanismos “políticos” de distribución, juega como factor compensatorio de la menor productividad industrial del trabajo nacional en relación con los estándares internacionales (“falta de competitividad industrial”).

Los instrumentos que tradicionalmente vehiculizaron la redistribución de la renta entre distintos actores y sectores sociales son básicamente de tres tipos:

  • fiscal-tributarios: retenciones a las exportaciones agrícolas, impuestos a la renta potencial de la tierra, impuesto inmobiliario provincial urbano y rural, impuesto a las ganancias (transferencia de subsidios a la industria o vía políticas sociales, etcétera). Acá pueden incluirse opciones como la de regulación de mercados (juntas de carnes o granos) o incluso otras como la estatización del comercio exterior (atento al carácter estratégico de las divisas y la renta);
  • cambiarios: mediante política cambiaria y propósitos en términos de tipo de cambio alto o bajo;
  • de control de precios (políticas de incentivo al consumo interno y de baja de costos industriales).

Debemos incluir al Estado entre los que han logrado en ciertos momentos apropiarse de parte de la renta internacional (por ejemplo, vía retenciones a las exportaciones o impuestos a la tierra rural o incluso estatización del comercio exterior o regulación de precios de mercado), a la vez que ha jugado un rol importante en la segunda fase de redistribución de renta a través de medidas típicas como créditos subsidiados para la industria, financiamiento de inversión pública, sostenimiento de un tipo de cambio sobrevaluado (barato), subsidios para abaratar ciertos consumos populares, políticas sociales universales y asistencia a la pobreza, etcétera. Es oportuno destacar el impactante conflicto político del gobierno nacional con el sector de patronales agrarias y de agronegocios en 2008, en principio, en torno a las alícuotas del impuesto (retención) sobre el comercio exterior de granos, con el dato de que su mayor intensidad fue en un momento de muy altos precios internacionales, especialmente en la soja y sus derivados. Es decir, en momentos de elevadas rentas.

Algunos autores han atribuido un especial carácter rentístico a nuestras clases capitalistas nacionales dominantes en relación con el incumplimiento de lo que debería ser un supuesto rol “desarrollista” de la burguesía industrial. Es decir, la idea de rentista está asociada a la del menor esfuerzo en la obtención de ingresos y riquezas, así como a los consumos improductivos y de lujo, a diferencia de lo que sería una cultura productivista (industrialista), de asunción de riesgos y de innovación (producto, proceso, etcétera).

Las argumentaciones se basan en caracterizarlas como “oligarquías” capitalistas que, aun cuando se benefician de la característica explotación de los trabajadores en el capitalismo, poseen ingresos adicionales sin necesidad de asumir los desafíos y riesgos asociados a un liderazgo industrialista transformador y capaz de asociarse con otros grupos sociales: conflicto social, desarrollo del mercado interno, innovación técnica, incorporación de equipamiento y costos por inmovilización de capital, extensión a otros mercados y salarización, inversión en recursos humanos, etcétera.

Ciertamente, en la obtención de renta, los sectores terratenientes, financieros, comerciales y de servicios ligados al agro (alquiler y venta de maquinaria agrícola, servicios de arado y preparado, etcétera) tienen muchas razones, pero una central para ser librecambistas y para oponerse al proteccionismo más favorable a la configuración de un capitalismo industrial autónomo es la plena apropiación de la renta diferencial generada a escala mundial.

Todo esto es un tema de gran actualidad si se toma el caso del tremendo avance del modelo conocido como “sojero”, con fuerte expansión en la producción y en la ocupación de superficie. Parte del agronegocio ligado al auge en la demanda internacional, en especial de China, de granos y productos del complejo industrial sojero (harinas, aceites, en que Argentina es primer exportador mundial) se asocia a altos precios y a la incorporación de tecnologías que generan altísima rentabilidad (y renta) en su explotación (siembra directa, biotecnología y semillas genéticamente modificadas, nuevas maquinarias, etcétera).

Finalmente, y aun cuando estemos lejos de pretender agotar un debate que trasciende largamente los objetivos de este texto, Arceo (2003) cuestiona la pertinencia de los conceptos estrictos de “ventajas comparativas”, en su versión neoclásica bajo el supuesto de no movilidad internacional de capitales, y de “renta diferencial internacional” como el desarrollado, que asigna a este último el supuesto de precio único internacional en función de tierras menos fértiles, a la hora de dar cuenta del caso argentino. Arceo señala aquello que a su juicio son categorías más apropiadas y que remiten también a “un complejo de elementos históricos, sociales y tecnológicos”, en una mirada muy crítica respecto de la muy difundida visión liberal “estática” sobre la dotación de factores productivos del país y lo que sería su “natural” especialización de tipo agroexportadora (es decir, antiindustrialista). Así, propone nociones como renta internacional (a secas), régimen de tenencia de la tierra, régimen de acceso a la explotación de las tierras, régimen de acumulación, modalidades de la dominación oligárquica, y el análisis y caracterización diferente de las condiciones imperantes hacia fines del siglo xix y principios del xx como nociones centrales para el análisis.

La teoría del valor de Ricardo

Ricardo coloca como primer capítulo de su Principios de economía política y tributación una reflexión sobre el valor, siempre subordinada a su interrogación principal, relacionada en particular con la distribución del excedente entre clases sociales a través de un sistema de precios y, en definitiva, con la relación entre el nivel de la tasa de ganancia y la acumulación de capital y el crecimiento económico. Recordemos lo que dijimos en el apartado anterior: el objetivo de Ricardo es resolver teóricamente el supuesto irreal y restrictivo de homogeneidad física de insumos y producto en la agricultura (igual bien en numerador y denominador).

En ese marco, este primer capítulo fue importante para Ricardo y, por cierto, un serio proveedor de “dolores de cabeza”. La prueba de ello está en las modificaciones que incluyó en las dos reediciones de su obra en 1819 y 1821, sin resolver satisfactoriamente la consistencia de una teoría basada en la cantidad de trabajo incorporada.

Ricardo, como gran representante de la economía clásica, entiende que, detrás de los fluctuantes precios de mercado, existen otra serie de precios o valores reguladores que actúan como “centros de gravedad” y que traducen tasas de ganancias más o menos iguales. Los llama “precios naturales” que, a su vez, tienen un factor regulador oculto: la cantidad total de trabajo necesario para producir una mercancía.

Toma de Smith la idea de que, “en las primeras etapas de la sociedad, el valor de cambio de las mercancías […] depende […] de la cantidad comparativa de trabajo gastada en cada una”, y pasa a afirmar que esta proposición es válida en general y no solo en las primeras etapas de la historia de la humanidad.

En la sección iii de su capítulo i, Ricardo pasa a afirmar: “El valor de los bienes no solo resulta afectado por el trabajo que se aplica de inmediato, sino también por el que se empleó en los instrumentos, herramientas y edificios con que se complementa el trabajo inmediato”. Se refería a la cantidad de trabajo incorporado directamente en el proceso productivo de una mercancía e indirectamente en la producción de los medios de producción utilizados para producirlo; revela así una ley de formación de precios que dejaría una base importante para el desarrollo teórico más consistente por parte de Marx, quien llama “precios de producción” a los precios “naturales” (con tasa de ganancia igual para todas las ramas). Estos precios de producción (en la terminología marxista) o precios naturales (en la ricardiana) son los que no se determinan a partir de la ley del valor, sino que se forman incorporando la lógica social expresada en una tasa de ganancia uniforme o única.

El valor de uso de las mercancías es un requisito para que ellas sean tales, es decir, para que posean valor de cambio, aunque, eso sí, no lo es para la medición de este. Se refiere a las propiedades cualitativas de las mercancías, y a su capacidad de satisfacer necesidades y deseos.

No obstante, Ricardo también incluye la posibilidad de cierto tipo de mercancías que derivan su valor de cambio de la escasez, pero que a su juicio no revisten interés para el análisis económico, en cuanto serían casos muy especiales: obras de arte, ciertos vinos especiales, joyas, etcétera. A Ricardo le interesan, en cambio, aquellas mercancías que son el resultado de un proceso social de producción, y, respecto a estas, se ocupaba del “precio natural y primario” frente a las “desviaciones accidentales y temporales que presenta el precio efectivo del mercado”.

Es oportuno recordar que, para los primeros economistas clásicos antes de Marx, el modo capitalista de producción es visto como un orden “natural universal”, sin concebirlo como una fase particular del desarrollo histórico de la humanidad. Algo así como que, a lo largo de la historia, el hombre siempre razonó imbuido de la lógica capitalista, produciendo mercancías (“eternizaban” algo que, en realidad, es solo producto de un particular momento histórico).

Hasta esta tercera sección del capítulo i, Ricardo mantiene independientes las razones que explican los precios de las causas que determinan los ingresos de las distintas clases (salario, renta, tasa de ganancia). Ello lleva a que, al poder determinar los precios naturales, se puedan homogeneizar los conceptos que componen el capital con los que integran los respectivos productos obtenidos, de forma que se hace posible el cálculo de las tasas de ganancia en las diferentes ramas.

Sin embargo, Ricardo, en las secciones siguientes, rompe esa independencia entre distribución y valor de cambio, es decir, ahora sus variaciones se influyen mutuamente: “El principio de que la cantidad de trabajo empleada en la producción de bienes determina su valor relativo” va a quedar modificado por “el empleo de maquinaria u otro capital fijo y duradero (proporciones diferentes de capital fijo y circulante según los requerimientos técnicos de producción para los distintos bienes)”, y también por “la durabilidad desigual del capital fijo y por desigual rapidez de retorno del capital circulante a quien lo ha empleado”.

Con estas excepciones, si bien consideradas por él mismo como insignificantes, el aumento o disminución de los salarios (y, por ende, de la tasa de ganancia en sentido inverso) afecta a las relaciones de cambio entre los distintos bienes, y se llega a una indeterminación por circularidad en el razonamiento. Para determinar la tasa de ganancia, se necesitan precios (p). Y ahora, para determinar los precios, también se necesita conocer antes la tasa de ganancia g, y en definitiva la distribución entre salario, ganancia y renta. Siendo muy consciente de este problema, Ricardo afirma la necesidad de encontrar un patrón invariable de valor o “mercancía numerario” en términos del cual se pueda expresar el valor de cambio de todas las mercancías y saber así “cuáles de ellas bajaron y cuáles aumentaron sus valores reales”. Esta medida invariable de valor requeriría cumplir con condiciones muy restrictivas:

  • Que “ahora y siempre requiera precisamente la misma cantidad de trabajo para su producción”.
  • Que su valor no cambie al cambiar la distribución de los ingresos, es decir, que, por sus especiales condiciones de producción, puedan aislarse los efectos ocasionados por las “excepciones” explicadas en las secciones iv y v del capítulo i.

Si bien Ricardo reconoce la inexistencia de una medida de este tipo, admite que el oro satisface razonablemente las exigencias: “¿Acaso no puede considerarse el oro como un bien producido con una proporción tal de ambas clases de capital que se acercará lo más posible a la cantidad promedio utilizada en la producción de la mayoría de los bienes?”.

David Ricardo no puede resolver desde el punto de vista teórico la cuestión del valor basado en el trabajo, cuestión que retomará Marx posteriormente. Finalmente, será recién el economista de Cambridge, su traductor y continuador de la tradición clásica y marxista por excelencia, Piero Sraffa, quien desarrollará y resolverá esta problemática, tal como consta en su publicación de 1959, a través de un sistema de ecuaciones simultáneas y prescindiendo de la teoría del valor trabajo; este autor da un tipo de solución que él considera coherente a la problemática marxista conocida como “el problema de la transformación de valores en precios de producción”.

Para algunos marxistas, esto implica apartarse de su tradición, pero no así para quienes ven continuidad y muchas más semejanzas que diferencias en esta genial superación clásico-sraffiana que pone al día la valiosa y pertinente tradición de pensamiento basada en el excedente productivo o social (o produit net, o superávit, o plusvalía).

La teoría de las ventajas comparativas y el libre comercio

David Ricardo desarrolla a fondo su concepción sobre el comercio exterior en el capítulo vii de Principios de economía política y tributación. La idea básica es que la especialización de cada país en el comercio internacional reposa sobre el principio de las ventajas comparativas (y no absolutas, como en Adam Smith). Un concepto que expuso ingeniosamente David Ricardo hacia las primeras décadas del siglo xix con el objetivo de oponerse al proteccionismo. Puede resumirse así: si cada país se especializara en aquellos sectores productivos en que cuente con menores “costos relativos” (y no absolutos), todos ganarían, incluyendo a los que producen con menor eficiencia en términos absolutos (menor productividad).

Una buena síntesis de sus intenciones es la esbozada por Aguiar de Medeiros (2001):

La teoría del comercio exterior desarrollada por Ricardo constituyó un poderoso argumento para el librecambismo, mientras la gran cuestión para Ricardo era cómo el comercio exterior podría liberar la tasa de crecimiento de la producción industrial de los límites que fijaba la agricultura inglesa.

La explicación más difundida, y conforme a los fines de David Ricardo de justificar que el libre comercio es beneficioso para todos los países, es que cada economía nacional debe especializarse en ciertas producciones y, así, “contribuirá en gran medida a aumentar la masa de bienes y, por consiguiente, la suma de disfrutes”. Y ello es así porque es la vía de abastecerse de la mayor cantidad y mejores bienes. A través del intercambio comercial entre países, se pueden disponer de más bienes en el ámbito nacional en comparación con la situación hipotética de que todos los bienes fueran solo producidos “localmente” en una economía cerrada, es decir, sin comerciar.

Si Portugal no tuviera relaciones comerciales con otros países, en lugar de emplear una gran parte de su capital y de su industria en la producción de vinos, con los cuales adquiere de otros países la ropa y la ferretería que consume, se vería obligado a dedicar una parte de ese capital a la fabricación de dichos bienes, los cuales obtendría probablemente en menor cantidad y de inferior calidad.

Respecto de Adam Smith, que también brega por el libre comercio y la especialización en un esquema de división internacional del trabajo, en Ricardo adquiere mayor universalidad la argumentación favorable a la adopción del libre comercio y al desarrollo de la especialización en cada país como vía para proveerse de todos los bienes necesarios. Es claro que Ricardo está hablando desde el país que entonces era la potencia hegemónica manufacturera en mercancías, capitales y tecnología.

Siempre movido por el fin de que la única posibilidad de sostener las ganancias es por la vía de abaratar la subsistencia, en este caso importando “bienes salarios”, se trata de una construcción ingeniosa a través de sus ejemplos de dos países y dos producciones, en las situaciones antes y después del comercio. Aquel país que es menos eficiente en ambas producciones igual puede ganar comerciando si se especializa en aquella producción relativamente menos eficiente y abandona la producción del otro bien. El supuesto es que no existe movilidad de capitales entre países como sí lo hay entre las regiones dentro de un mismo país (y donde, por lo tanto, opera la ley de la competencia y de la igualación de las tasas de ganancia).

A modo ilustrativo, se pone el caso hipotético de que Inglaterra y Portugal producen paños y vinos considerando que, en función del desarrollo de las fuerzas productivas, en ambos países la situación previa al comercio es, por ejemplo (en un año como período para producir las mismas cantidades), la siguiente:

Inglaterra 100 hombres necesarios para producir el paño.
120 hombres necesarios para producir el vino.
Portugal 90 hombres necesarios para producir el paño.
80 hombres necesarios para producir el vino.

En el intercambio, a Portugal le conviene especializarse utilizando su capital en la producción de vinos e intercambiarlos por los paños ingleses. Lo que importa es la relación de precios antes del comercio. Así, en Inglaterra será 1,2 de paño por vino antes del comercio y, evidentemente, si puede proveerse de vino a una relación de paño-vino menor, le convendrá. Esa misma relación es en Portugal de 0,89 paño por vino, y, entonces, si producto del comercio exterior Portugal puede obtener una paga en paño mayor que 0,89, también le convendrá. En síntesis, si el comercio se realiza a un precio que se sitúa por debajo de 1,2 y por encima de 0,89 de paño por vino, ambos países ganan (aunque el precio final dependerá de la elasticidad de la demanda). A la misma conclusión se llega si, a la inversa, se analiza con la relación de cantidad de vino por paño. Puesto que la ventaja relativa de Portugal es en vinos (la eficiencia relativa es mayor), este país se especializará en producir vinos y los intercambiará con Inglaterra, que tiene ventaja relativa en la producción de textiles (si bien posee desventaja absoluta en ambas producciones).

Los defensores del pensamiento económico liberal son quienes se han apropiado especialmente del concepto de “ventajas comparativas”. En el caso de un autor argentino, Federico Sturzenegger (2003) apela una metáfora explicativa del comercio internacional equivalente a como si alumnos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires inventaran una misteriosa máquina que transformara una cierta cantidad de trigo en un auto (en el ejemplo, un Peugeot 206). Con la célebre simplificación argumentativa de los economistas ortodoxos o liberales, asociada, eso sí, a la siempre meritoria preocupación por formar sentido común y en simultáneo con la permanente omisión de toda responsabilidad para ciertos actores, en el caso que nos ocupa y para defender la apertura comercial, sostiene: “En realidad, estos alumnos descubrieron que, si exportaban trigo a Francia, obtenían los recursos que les permitían importar de allí un Peugeot 206. La máquina, en realidad, es un túnel al puerto, donde los pseudo-ingenieros hacen el cambiazo”.

Una versión posible de la teoría de las ventajas comparativas es la que supone que, en realidad, esta funciona a partir de una teoría cuantitativa del dinero tal como la planteaba David Hume. Así, aun cuando un país exportara los dos bienes al otro, se generaría un saldo positivo en la balanza comercial que resultaría en la entrada de metales preciosos que, a su vez, aumentarían la cantidad de dinero circulante, y por eso subirían los precios, por lo que se revaluaría la paridad cambiaria y se volverían competitivos los productos del país anteriormente comprador. Una mirada muy simplificada de un mundo que no parece funcionar así nunca (ya que en la realidad solemos encontrarnos con superávits y déficits comerciales crónicos en diferentes países, por citar solo un ejemplo).

En cuanto a las fuentes de las ventajas comparativas y la especialización internacional, se pueden diferenciar dos interpretaciones a partir de los desarrollos de Ricardo: la que se apoya en la heterogeneidad de las dotaciones nacionales de factores, en la línea neoclásica más difundida de los autores Eli Heckscher y Bertil Ohlin, y aquella otra que hace hincapié en las dife­ren­cias interna­cio­nales en la productividad del trabajo, que describimos brevemente al final, luego de un refresh de las teorías críticas.

La versión del modelo convencional de Heckscher-Ohlin

Según esta visión inscripta en la tradición teórica neoclási­ca o marginalista, que termina constituyéndose en la ortodoxia en la materia, el comer­cio internacional se explica por las diferencias en la dota­ción relativa de los recursos poseídos por los distintos países (teoría de las proporciones factoriales).

En este modelo, la ventaja comparativa está determinada por la interacción entre los recursos de las naciones (abun­dancia relativa de los factores de la producción) y las tecno­logías de producción (que influyen en la intensidad relativa con la que los distintos factores son utilizados en la produc­ción de los bie­nes). Cada país se especializará en la expor­tación de aquellos bienes cuyas funciones de producción utilicen con mayor intensi­dad el factor productivo relati­vamente abundante en él.

En sentido estricto, el modelo neoclásico de Heckscher-Ohlin también supone que las funciones de producción son la mismas en todas partes y linealmente homogéneas, que los factores de la producción son completamente inmóviles a nivel internacional y que existe competencia perfecta (con precios al coste marginal y todos los otros supuestos que requiere la competencia perfecta), lo cual conduce a que las diferencias en los precios dependan de las posibilidades productivas de cada país (frontera, de la producción, en condiciones de pleno empleo), que, a su vez, dependen solo de las dotaciones de factores. Así, cada país exporta aquellos productos en que sería usado intensivamente su factor relativamente más abundante e importa aquellos que incorporan intensivamente los factores relativamente más escasos dentro de sus fronteras.

En realidad, las contrastaciones empíricas de esta teoría han presentado resultados poco satisfactorios, en especial a partir del célebre trabajo de Wassily Leontief en 1953, cuando se encuentra que las exporta­ciones de Estados Unidos son menos capital-intensi­vas que sus importaciones; este resul­tado se popularizará con el nombre de “parado­ja de Leontief”. A ello se le suma la evidencia de que una gran parte del comercio internacional es de tipo intraindus­trial (o intrarrama) y entre países con dotaciones simila­res de recursos productivos. Actualmente, esto último se acrecienta por la organización de la producción en cadenas globales de valor, o sea, eslabones del proceso productivo a cargo de diferentes organizaciones y en diferentes países, como son los casos de la industria electrónica y automotriz, por citar solo dos ejemplos.

Particularmente utilizada por la tradición de historiadores económicos liberales, la idea de la plena vigencia del patrón de ventajas comparativas tradicionales, es decir, de una especialización argentina en productos primarios del complejo agroexportador, se asocia a lo que estos autores consideran el “período de oro” nacional y la visión de la que nunca tendríamos que habernos desviado. Las industrias, según esta concepción, serían algo “antinatural” en nuestros países, asociado a supuestas ineficiencias crónicas irremontables, en cuanto contradice la ley de las ventajas comparativas con base en la dotación de factores de la producción (recursos naturales, capital y trabajo). Por cierto, se trata de una concepción estática, y no dinámica de las ventajas comparativas, claramente antiindustrial.

Esta versión neoclásica, sin dudas, ha tenido una aplicación muy difundida en Argentina, especialmente a la hora de explicar esa etapa de inserción internacional supuestamente “exitosa” durante el período agroexportador 1880-1930 con base en “la dotación relativa de factores”. En nuestro caso, esa dotación estaría dada por la abundancia relativa de tierras fértiles, sin incluir consideraciones político-histórico-institucionales que también fueron decisivas para la configuración de dicho modelo.

Se opaca de esta manera el análisis necesario en torno a otros factores y rasgos relevantes, como es el del régimen de acceso y tenencia de la tierra, la conformación de clases sociales y el Estado, el rol de la potencia hegemónica de entonces y sus intereses geopolíticos, las características predominantes de esa fase de expansión capitalista y de internacionalización de capitales, la vulnerabilidad externa y la inestabilidad financiera, el endeudamiento creciente y los problemas de balanza de pagos, la distribución del ingreso desigual, y el claro sesgo antiindustrial, entre otros. Cuestiones claves a la hora de explicar desempeños históricos o análisis comparativos como la trayectoria económica diferente de la Argentina respecto de otros países que también han contado entonces con abundantes recursos naturales valorizados internacionalmente, igual de periféricos y “prósperos”, como Australia y Canadá.

La versión de la teoría de las ventajas comparativas según las diferencias internacionales en la pro­ductividad del traba­jo

Se trata de otra posible versión de la teoría de las ventajas comparativas que surge de los mismos textos ricardianos. Por cierto, esta explicación parece tener un poder explicativo de mayor alcance aun en la actualidad, en cuanto permite la diferenciación entre una concepción “estática” y otra “dinámica” (industrialista) de las ventajas comparativas que pueden generar los distintos países.

En este modelo, quizá más acorde a los escritos de David Ricardo, el grado de desarrollo de las fuerzas productivas de una economía nacional se manifiesta a través del nivel de la productivi­dad del trabajo.

El comercio se debe a que los países difieren en la produc­ti­vidad del trabajo de sus diferentes industrias, es decir, en el grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Cada país expor­tará los bienes que su trabajo produce de forma relati­vamen­te más eficiente e importará aquellos que su traba­jo puede producir de forma relativamente menos eficiente.

También, de esta manera, en la argumentación ricardiana, siempre ganarían todos los que intervienen en el comer­cio si se especializaran en producir esos bienes para los que son relativa­mente más eficientes, en el sentido de mayor productividad laboral comparativamente con otros países. La oferta disponible de los bienes que circulan en cada país requerirá menos aplicación o gasto de trabajo “nacio­nal” en compara­ción con el caso hipotético en que se autoabasteciera en todo sin comer­ciar. Ahora lo que juega es la produc­tividad relativa como expresión de las diferencias de acervo tecnológico desarrollado entre las distintas economías nacionales.

La actual realidad muestra que una parte mayoritaria del comercio mundial es de tipo “intrarrama”, es decir, importaciones y exportaciones de productos industriales, entre países de similares niveles de desarrollo y con participación de países periféricos exportadores de manufacturas, generalmente a partir de “armadurías” con base en mano de obra barata. Estos últimos son los típicos casos de rubros de la industria electrónica, textil y automotriz con un comercio internacional organizado en el marco de las que se conocen como “cadenas globales de valor”.

Una larga tradición de visiones críticas sobre el libre comercio y la teoría de las ventajas comparativas

En palabras de Robinson (1976) sobre la teoría de las ventajas comparativas y su pretensión de beneficios extendidos e igualitarios:

[…] fue ávidamente aceptada por la opinión ortodoxa del país que más podía beneficiarse con unos mercados abiertos a sus exportaciones. Pero, en la práctica, ello se demostró a base de eliminar en los supuestos preliminares todas las dificultades que en realidad dan lugar a la aplicación de políticas proteccionistas y todos los objetivos que estas persigue.

Shaik (1991) sostiene que la ley de las ventajas comparativas de Ricardo, tanto a los fines de explicación del comercio internacional, como de recomendación de política que adoptar, es falsa en sus propios fundamentos. Cuestionando lo que considera como supuesto necesario de esta teoría, que es la teoría cuantitativa del dinero asociada a la vigencia del patrón oro, Shaik entiende que las ventajas absolutas de los países centrales predominan siempre, haciendo que el libre comercio internacional sea funcional al dominio de los intercambios por esos países, con sus efectos de desarrollo desigual, déficits crónicos y endeudamiento para los países menos desarrollados.

Lejos del optimismo de las teorías acerca de un mundo en que convergerían los países en cuanto a niveles de desarrollo y de estándar de vida (convergencia, catch up tecnológico), lo que se ve claramente es una gran brecha y divergencia entre zonas geográficas más y menos desarrolladas, prósperas y pobres; países desarrollados y no desarrollados, más allá de las excepciones de algunos casos que están logrando industrializarse en el último período (China, Corea del Sur), y que deben ser analizados en particular. Es la idea de desarrollo desigual y combinado generado por la lógica misma del capitalismo.

Por lo pronto, hay una evidencia histórica que es contundente, salvo en el primer país que se industrializa y posee la delantera tecnológica y productiva: siempre la industria nace con desventaja comparativa. Por lo tanto, adoptar políticas de libre comercio es contrario y perjudicial para los tiempos de aprendizaje y maduración que demanda todo proceso de desarrollo industrial (aprendizajes tecnológicos, escalas de producción, infraestructura, redes de proveedores, etcétera). Su productividad y eficiencia dependen de su propio desarrollo.

Lo avala la experiencia de muchos países que hoy consideramos industrializados, en que las políticas comerciales restrictivas se han conjugado con políticas cambiarias, de ciencia y tecnología, crediticia y de desarrollo de infraestructura que, en los casos de integración virtuosa, permiten hablar de la vigencia de una “política industrial” (esto se ha dado en todos los casos, incluyendo los asiáticos más recientes, con el ejemplo de configuración de lo que sería un “Estado desarrollista” chino).

Las experiencias históricas de Estados Unidos y Alemania y las referencias en los autores Hamilton y List (1841), que desarrollan la noción de “industrias nacientes”, constituyen elementos fuertes en favor de, al menos, cierto proteccionismo temporal. Una temática muy relevante para países como Argentina y el resto de los latinoamericanos, marcados a fuego por la importancia de su especialización en la producción y exportación de productos primarios (la llamada “industrialización trunca”), situación íntimamente relacionada a su vulnerabilidad y dependencia externa.

Solo Inglaterra, por ser la primera nación industrial, ha podido ser la exclusiva y excluyente excepción histórica en cuanto a que adoptar el liberalismo comercial sea consecuente con el desarrollo industrial, tal como lo concibe y propugna David Ricardo en los debates parlamentarios, a partir del conocido esquema de división internacional del trabajo entre manufacturas y materias primas, durante el período histórico en que es nación hegemónica. Bregar por que se abran las economías a las exportaciones británicas es una operación exitosa hacia mediados del siglo xix, en una asociación con intereses exportadores de las burguesías periféricas y con radicación de capitales en las colonias con materias primas estratégicas.

No abundaremos aquí en la larga y rica tradición crítica a la teoría de las ventajas comparativas, particularmente en lo que hace a su muy discutible corolario acerca de que “todos los países se beneficiarían con el libre comercio”, pero no podemos dejar de nombrar al menos:

  • Los aportes de Raúl Prebisch en términos del sistema “centro-periferia” y la tendencia al deterioro de los términos del intercambio para los países especializados en producción y exportación de productos primarios, a favor de las manufacturas.
  • El rico debate de los años 70 con los planteos críticos de la que se conoce como “teoría o enfoque de la dependencia latinoamericana” (Theotônio dos Santos y Ruy Mauro Marini, entre otros), concebida como una teoría del imperialismo visto desde las periferias dependientes.
  • La discusión en torno al concepto de “intercambio desigual” (Arghiri Emmanuel, Samir Amin), que hace eje en las transferencias de parte del excedente de la periferia hacia los países centrales.
  • La tradición industrialista a partir de los aportes citados de List y Hamilton, contrarios al libre comercio para fines de desarrollo industrial.

Se trata en todos los casos de tradiciones de pensamiento que intentaron e intentan explicar una realidad de profundas diferencias de oportunidades para el desarrollo capitalista y de desigualdad económica, social y política, enfocando en los factores reproductores de esas diferencias, así como en las modalidades que fueron adquiriendo las relaciones de subordinación.

Es decir, trascienden la fragmentación que implica focalizar solamente sobre las causas de los flujos de comercio separados de una mirada integral acerca del capitalismo, desplegado a escala mundial, con todas las dimensiones que involucran las relaciones sociales y políticas entre economías, actores privados y Estados nacionales. El punto es que el capitalismo genera desarrollo en el centro y un simultáneo subdesarrollo como tendencia en la periferia dependiente, como su reverso, la “otra cara de la misma moneda”, más allá de las posibles excepciones, por cierto muy escasas (Corea del Sur, China).

Ricardo se ocupa del comercio internacional solamente, algo entendible en su contexto histórico, luego de un mundo que por varios milenios se dedicó a actividades rurales y ya conocía, desde fines del siglo xv especialmente, una intensificación del comercio, en especial a partir de la conquista de América. De eso dan cuenta los desarrollos teóricos de los autores conocidos como mercantilistas. Una mayor complejidad en las relaciones internacionales, que implican otros intercambios como los flujos financieros y las inversiones productivas directas, van a tener una expansión recién hacia las últimas décadas del siglo xix, con la etapa del “imperialismo clásico”, tal como lo describe Lenin (1973) (1).

Las teorías del imperialismo y otras basadas en las relaciones de hegemonía internacional y de dependencia van a intentar dar cuenta de este mundo más complejo en que la tensión histórica entre predominio de motivaciones políticas (poder) o económicas (acumulación de capital) va a dar origen a distintas visiones explicativas. En este marco, acerca del debate en torno al rol y predominio de lógicas políticas o económicas, los roles de los Estados y los actores privados, la lógica del poder y de la acumulación de capital, la conquista territorial y el móvil del lucro, resultan muy importantes los trabajos del brasileño José Luis Fiori y de Giovanni Arrighi. El primero enfatiza más el predominio de las dimensiones del poder, y el segundo, las motivaciones económicas.

Wallerstein (2011), por su parte, propone la visión de que el moderno sistema mundial se inicia como una entidad más económica que política, hacia el siglo xvi, y se diferencia de los imperios históricos en ese sentido (Roma, China, Persia). Contiene en su interior, definido por relaciones económicas, a los emergentes Estados nacionales y a las ciudades Estado. Es una “economía mundo” en ese sentido: la base de las vinculaciones asimétricas entre las partes del sistema es económica, si bien se respalda en el poder militar y se refuerza en relaciones culturales y arreglos políticos, y es también, a la vez, un sistema interestatal y de expansión del capital privado (conquista territorial, tributación y afán de lucro).

Por otra parte, muy lejos de las ficciones y leyendas del llamado “neoliberalismo”, el Estado en la economía mundo capitalista ha sido y es clave en cuanto buena parte de la energía política es siempre puesta en la obtención de derechos monopolísticos por parte de los empresarios emergentes, siendo las estructuras y el poder estatal los espacios y medios decisivos en los procesos económicos. Es solo un mito el planteo de que el capitalismo implica la actividad de empresarios privados libres de toda “interferencia” estatal. El Estado nación ha sido crucial para maximizar la acumulación de capital, rasgo distintivo del período en que se consolida lo que llamamos “capitalismo”.

Ya no se trata solamente de las históricas exacciones de tipo “extraeconómicas” o tributarias con base exclusiva en el poder militar (clásicas de imperios como el romano, chino, español o portugués, típico del colonialismo tradicional), sino de formas de relaciones económicas más complejas y veladas, más aún a partir de la irrupción del capitalismo industrial y la hegemonía británica (que incluye comercio, inversión extranjera, préstamos, etcétera) con el despliegue de lo que se conoce como “imperialismo”. Es decir, una transformación que se diferencia de las anteriores formas de “imperio”, predominantes por varios milenios, que eran una unidad organizativa en que la centralización política y la expansión y el dominio militar permitían la extracción de recursos a la periferia correspondiente (extracción de tributos y monopolio del comercio). Dice Wallerstein (2011):

Los imperios políticos son un medio primitivo de dominación económica […] el logro social del mundo moderno consiste en haber inventado la tecnología que hace posible incrementar el flujo de excedente desde los estratos inferiores a los superiores, de la periferia al centro, de las mayorías a la minoría, eliminando el “despilfarro” de una superestructura política excesivamente engorrosa.

Corresponde hablar, en el desarrollo histórico capitalista de los últimos cinco siglos, de una expansión de cadenas de mercancías que atraviesa fronteras estatales, es decir, del despliegue de una amplia división social del trabajo cada vez más extensiva en el plano funcional y geográfico y cada vez más jerárquica. Es decir, una jerarquización del espacio en la estructura de los procesos productivos que se asocia a una creciente polarización entre el centro y las zonas periféricas de la economía-mundo.

El comercio internacional (y las inversiones extranjeras directas y financieras con sus efectos de endeudamiento explosivo, giro de utilidades, patentes, dolarización monetaria periférica, financiarización, etcétera) se asocia a relaciones de intercambio desigual en materia de transferencia de recursos y de muy diferenciadas y acotadas posibilidades de desarrollo. Es decir, un escenario muy distinto al paraíso en que “se beneficiarían todos”, tal como predica la versión liberal más difundida de la teoría ricardiana de las ventajas comparativas.

La histórica intervención de la fuerza es crucial incluso en la determinación de los precios a los fines de favorecer a los centros o metrópolis. Más aún, en la visión de Wallerstein, este uso de la fuerza no es ninguna novedad ni es invención del capitalismo: el intercambio desigual es una práctica antigua y constituye la motivación misma de los sistemas de dominación, sean imperios, “economías mundo” o formas imperialistas.

Se trata, en definitiva, de la transferencia de una parte del excedente producido por una zona y enviada a otra, como ,durante el siglo xx, desde la periferia al centro hegemónico o imperialista. Lo propio del capitalismo es que lo hace mucho mejor, con más eficiencia y eficacia (menos costos, más ganancias) y de forma oculta mediante relaciones económicas. En palabras del mismo Immanuel Wallerstein (2014):

El intercambio desigual es una práctica antigua. Lo notable del capitalismo como sistema histórico es la forma en que se pudo ocultar este intercambio desigual; de hecho se pudo ocultar tan bien que los adversarios del sistema no han comenzado a develarlo sino tras 500 años de funcionamiento de este mecanismo.
La clave para ocultar este mecanismo central está en la estructura misma de la economía-mundo capitalista, la aparente separación en el sistema capitalista mundial entre la arena económica (una división social del trabajo a nivel mundial con unos procesos de producción integrados, los cuales operan a favor de la incesante acumulación de capital) y la arena política (compuesta en apariencia por estados soberanos aislados, cada uno de los cuales es responsable autónomo de sus decisiones políticas dentro de su jurisdicción y dispone de fuerzas armadas para respaldar su autoridad).

Estas miradas críticas son de raigambre clásica (y marxista) y conducen a una visión diferente de la formación de precios, en este caso en los mercados internacionales. Los precios reflejan relaciones sociales y distribuciones de recursos de poder asimétricas. Y se asocian al desarrollo legal-institucional favorable a las minorías mundiales privilegiadas (Estados y actores transnacionales). El centro de interés en el excedente y su reparto, ahora a escala mundial, siempre vigente.

Volviendo a los planteos del comienzo del capítulo, nos referimos a la economía política clásica en cuanto esta implica ruptura con la tan difundida idea de supuestos “mercados impersonales” en que se da la determinación simultánea de precios y cantidades con base en inexistentes curvas de oferta y demanda y que disuelve así la problemática del excedente social y su distribución (antes que nada, política, ligada a relaciones de poder y conflicto). En síntesis, un imperio es, en épocas anteriores, antes que nada una construcción histórica que posibilita recaudar tributos de los pueblos sojuzgados (vía sus colonias, protectorados, etcétera). El capitalismo, en cambio, termina constituyendo una alternativa “superadora” en cuanto a una posibilidad más lucrativa e “invisibilizada” de obtención de parte del excedente generado desde las periferias.

Por otro lado, y tal como señalan algunos autores pioneros del desarrollo como es el caso de Arthur Lewis, la cuestión del intercambio desigual y del deterioro de la términos del intercambio para la periferia encuentra sus raíces en la propia sociedad y economías nacionales de esos países, y no es solo un problema de especialización en determinado tipo de bienes: se trata de países predominantemente agrarios o mineros, con excedentes de mano de obra que presionan a la baja los salarios y los precios internos y, en consecuencia, priorizan sus precios externos.

En los países centrales, en cambio, y al menos hasta fines de los años 70, la dinámica de las luchas sociales y la organización mayor de los trabajadores con la presión por “Estados de bienestar” y la búsqueda de innovaciones tecnológicas hacen que los aumentos de productividad industrial, además de más frecuentes, se repartan más equitativamente entre capital y trabajo y, por sobre todo, queden en el mismo centro (desarrollo del mercado interno, desarrollo industrial con retornos crecientes, mejores condiciones materiales de vida generalizadas, etcétera), a diferencia de las economías periféricas especializadas en productos primarios. En ese marco, Crespo y Delucchi (2010) plantean la necesidad de analizar las transformaciones en el orden del comercio mundial a partir del rol de China como gran proveedor de bienes industriales baratos con base en mano de obra barata, con economías de escala difícil de alcanzar para sus competidores y creciente dominio de tecnologías (estándares de productividad difíciles de alcanzar, por lo que ya no es tan clara la asociación “industrialización-altos salarios”, etcétera).

En un trabajo reciente sobre desigualdad mundial y su historia, Milanovic (2017) demuestra cómo los períodos de mayor apertura comercial y liberalización a flujos financieros internacionales como el actual (la llamada “globalización”) se corresponden con períodos de mayor desigualdad social. En consecuencia, señala la apertura comercial (libre comercio) como uno de los tres factores históricos decisivos, junto con el rol de las tecnologías y de la política y las luchas por conquistas sociales, en la explicación de la evolución histórica de la desigualdad mundial. Milanovic (2017) se refiere a la trilogía tap en la explicación histórica de la desigualdad, es decir, su aumento o disminución de tecnología, apertura (comercial y de la cuenta capital) y política (incluye las guerras y las luchas sociales por mejoras materiales, Estados de bienestar, etcétera). En el análisis que estamos desarrollando, nos interesa la segunda.

Ricardo y los modelos estructuralistas para la Argentina

Resulta oportuno mencionar acá el antecedente de los aportes de David Ricardo respecto de los modelos de tipo stop and go o “de dos sectores” como representativos de la economía argentina (agro e industria), elaborados y discutidos por autores como Oscar Braun y Leonard Joy, Carlos Díaz Alejandro, Adolfo Canitrot, Javier Villanueva y Aldo Ferrer.

Se trata del caso de “una economía nacional que intenta el paso de economía agraria a economía industrial”, proceso especialmente conflictivo en una formación social periférica, en cuanto el lugar en el mundo como proveedor de bienes primarios o “productos con baja elaboración y escaso contenido tecnológico” se asocia a un modelo y una estructura productiva que tiene sus ganadores o beneficiarios locales, en buena medida identificados con la percepción de una renta. Es decir, sin interés en modificar estructuralmente el statu quo de inserción en la economía internacional y con una identificación con políticas liberales de apertura comercial y plena integración financiera mundial.

El planteo “ricardiano de dos sectores” subyace en los iluminadores y no menos vigentes enfoques, del tipo de los que Marcelo Diamand denomina “EPD” (“estructura productiva desequilibrada”) o de “stop and go”, inscriptos en la tradición estructuralista nacional de enfoques macroeconómicos sobre “heterogeneidad estructural y especialización productiva” (Cepal) para caracterizar a las economías capitalistas periféricas y diferenciarlas de las economías desarrolladas del centro capitalista (con homogeneidad estructural y diversificación productiva).

Los modelos de “dos sectores” consisten en diferenciar un sector industrial y de servicios más complejos, importador de tecnología, insumos y bienes de capital y con menor productividad que el otro sector, y otro agropecuario, productor eficiente y exportador de wage goods, proveedor de divisas, bienes-salario y renta diferencial. Este modelo se sostiene (y no siempre) si los “productos” de este segundo sector se administran estratégicamente y se canalizan en función del propósito de desarrollo industrial, que es comparativamente menos eficiente (menor productividad), pero de mayor valor desde el punto de vista social (nivel de empleo, eslabonamientos y sinergias, espacio amplio para el desarrollo científico y tecnológico).

La crucial temática conocida como “restricción externa”, vinculada a esta familia de trabajos con secuencias stop and go, excede el marco del propósito de este texto, pero no podemos omitir mencionarla. Se refiere al límite de carácter estructural que presenta la tendencia crónica a la escasez de divisas, dado su carácter de moneda de pagos aceptada internacionalmente, que traba la expansión de la demanda interna y, en consecuencia, la sustentabilidad del crecimiento económico nacional en el largo plazo. En las últimas décadas, se ha visto agravada por las aperturas de la cuenta capital y financiera y la relevancia que han adquirido actores transnacionalizados y “élites globales o cosmopolitas” que se referencian en el espacio mundial para rentabilizar sus capitales (con dolarización de rentas y ganancias).

A partir de los años 30, con el inicio del proceso de industrialización por sustitución de importaciones en una economía primarizada “agrícola-ganadera”, en Argentina se puede hablar también de un conflicto de tipo intercapitalista con algunas similitudes respecto del planteado por David Ricardo en torno a la apropiación de recursos para dinamizar el crecimiento: con los terratenientes y los intereses agroexportadores, de un lado, y la posibilidad de capitalistas industriales que acumularían con base en el mercado interno, del otro. Subrayamos que no se trata de un debate “igual” al planteado por Ricardo en Gran Bretaña a principios del siglo xix, pero de la misma “familia” de planteos.

Es que, en nuestro país, también se da cierto tipo de conflicto en torno al precio de los alimentos u otros recursos naturales como los energéticos (fósiles), solo que, al revés que lo que sucede en Inglaterra, aquí es debido a la posibilidad de exportarlos, lo que puede disminuir su oferta en el mercado interno nacional y, por lo tanto, encarecerlos (en realidad, equipara su precio al valor internacional, vía la “ley de un solo precio”), a la vez que concentra la renta en pocas manos y de forma no favorable a un proyecto de industrialización nacional. Es por eso por lo que el librecambio (libre comercio o apertura comercial importadora) generalmente favorece a las clases e intereses contrarios al desarrollo industrial y al de ventajas comparativas “dinámicas” tecnológico-industriales, en favor del predominio de ventajas “estáticas” agrarias o mineras.

Las discusiones sobre producción de alimentos para garantizar primero el abastecimiento interno a costos razonables, dada su relevancia sobre el salario real (bienes-salarios o canasta familiar,) versus alimentos como producto de exportación con precios alineados a los determinados en los mercados internacionales, así como la distribución de la renta diferencial internacional y el abastecimiento y administración estratégica de divisas, son los términos de otro núcleo temático relevante para estudiar la estructura económica argentina, sus potencialidades en materia de diversificación productiva y las políticas e instituciones necesarias.

Finalmente, cabe aclarar que, en la Argentina actual del siglo xxi, la creciente importancia de la producción sojera, tanto en la superficie cultivada como en las exportaciones (complejo sojero), pareciera desmentir que estamos aún en un país “productor y exportador de bienes-salarios”, ya que se trata de un producto de exportación en más de un 90 %. No obstante, el fuerte rol de sustitución y desplazamiento que este cultivo viene asumiendo respecto de otras producciones agrarias más tradicionales como trigo y ganadería (carne, lácteos, etcétera), agricultura familiar (hortalizas, legumbres) y criaderos de aves y otros animales no cambia lo esencial del razonamiento: el poder explicativo y la utilidad en términos del modelo estilizado de dos sectores.

Piero Sraffa y la moderna economía política clásica

Piero Sraffa (1898-1983) es uno de los grandes economistas del siglo xx que participa del grupo selecto que interactúa en Cambridge con el grupo de John Maynard Keynes (llamado, en su tiempo, el Circus) desde 1926 hasta su muerte en 1983. También es conocida su amistad y relación solidaria con Antonio Gramsci, ya que es uno de los apenas dos o tres allegados que sigue comunicándose y apoyando material y anímicamente al gran intelectual y político italiano durante el duro período carcelario y hasta su muerte.

Entre sus trabajos, caracterizados por su minuciosidad y profundidad, se encuentra la publicación en 1951 de las Obras completas de David Ricardo, por el que recibió en 1961 el reconocimiento de la Academia Sueca de Ciencias (medalla Sodestrom), antecedente directo del Premio Nobel de Economía. Implicaba una revalorización de la economía política clásica, incluyendo también a Marx, resolviendo ciertas cuestiones teóricas pendientes y sentando bases para lo que podría llamarse una versión moderna y actualizada, vista desde su eje en la teoría del excedente.

Autores “discípulos” de Sraffa, como Pierangelo Garegnani (1930-2011) y, actualmente, Heinz Kurtz (Universidad de Graz), continúan su legado, y, con la incorporación del principio de la demanda efectiva, es decir, los aportes de Keynes y Kalecki, se configura un marco teórico promisorio y más pertinente para la explicación del crecimiento económico y la evolución histórica de las economías capitalistas, incluyendo las periféricas. Nos referimos a que el excedente apropiado con base en la desigual distribución de ingresos entre clases sociales tiene como contrapartida una tendencial insuficiencia en la demanda agregada.

A través de su libro Producción de mercancías por medio de mercancías, de 1959, formula de manera rigurosa el enfoque del excedente sobre la base del modelo ricardiano, apuntando, con su interpretación, a echar luz sobre algunos conceptos que no fueron definidos ni resueltos por el mismo David Ricardo ni tampoco por Marx.

Sraffa y sus herederos, como Garegnani, no piensan e interpretan la tradición de la teoría objetiva del valor, o basada en el trabajo, como una cuestión filosófica, ética o de denuncia política, sino que la entienden en la necesidad teórica y analítica, tanto de Marx como de Ricardo, de determinar la tasa de ganancia, homogeneizando elementos para su cálculo, es decir, determinar los precios de producción. Y ello tampoco va en desmedro de las denuncias contra las inequidades y los daños humanos estructurales del capitalismo.

La concepción básica compartida por Marx con los clásicos Smith y Ricardo es la del excedente, y el planteo analítico del concepto de “valor” debe entenderse a partir de la idea central de que ese superávit o plusvalía social es distribuido entre los sectores a través de un sistema de precios, en valor de cambio y de acuerdo a normas de competencia. Se trata de un excedente generado en la producción a partir de la explotación del trabajo asalariado. En el caso más general, este excedente se distribuye no solo como ganancia entre los diversos sectores, sino también como ganancia comercial, renta de la tierra e interés del dinero.

Podemos sintetizar. Como vimos, la teoría del valor se subordina a la necesidad de determinar consistentemente una tasa general de ganancia y los precios de producción a partir de tomar como dados el nivel de salario real (convención social y política) y las técnicas de producción vigentes. En palabras de Serrano (2006), valorizando el aporte marxista original contra sus detractores y contextuándolo en su época:

Hoy sabemos que el uso de la determinación simultánea y no secuencial de la tasa de ganancia y de precios de producción permite una solución más exacta y válida sobre condiciones mucho más generales que las que alcanzó Marx en su época.

Mediante un sistema de ecuaciones en que la distribución del ingreso es exógena, como en la tradición clásica, es decir, relacionada con las luchas sociales, las relaciones de fuerza y los sentidos comunes hegemónicos acerca de qué es lo justo en términos de estándar material de vida, la simultaneidad matemática permite resolver el sistema y determinar los precios de producción, sin necesidad de una teoría del valor trabajo.

En concreto, puede decirse que Sraffa reivindica y reafirma a Marx y a la tradición de la teoría del excedente resolviendo también el problema de determinación de los precios de producción en forma simultánea con la tasa de ganancia (uniforme). En Marx se logra una lúcida aproximación “sucesiva” al problema de la determinación de precios de producción que son distintos a los que surgen de su teoría del valor basada en las cantidades de tiempo de trabajo socialmente necesarias, dadas las distintas composiciones orgánicas del capital en las producciones de las diversas ramas y sectores.

En su visión materialista del excedente, Piero Sraffa propone un sistema económico en el cual las mercancías ingresan como input (medios de producción) y salen como output o producción (mercancías que producen mercancías). El excedente es la diferencia entre ambos términos, el monto total de las mercancías producidas menos las mercancías gastadas que sirven como medios de producción, incluyendo materias primas y, principalmente, restando también las mercancías que constituyen la canasta básica de los trabajadores y van a ellos como salario (trabajo presente y pasado). Las ecuaciones simultáneas, dado el salario (determinado “política e históricamente”, un “dato”), permiten calcular los precios de todos los bienes y la tasa de ganancia.

La vigencia de los clásicos con base en las contribuciones de Sraffa y su crítica a la teoría marginalista del capital en el ámbito de la Universidad de Cambridge británica origina lo que se conoce como la “controversia sobre el capital” o de “Cambridge versus Cambridge” (entre la británica y el mit estadounidense de Massachusetts) durante los años 60 del siglo pasado. Un debate de alto nivel entre grandes nombres de la ciencia económica (Joan Robinson, Piero Sraffa, Luigi Pasinetti, Paul Samuelson, Robert Solow, James Tobin) en que queda refutada por inconsistente e insostenible la noción de “factor de producción capital” de los neoclásicos/marginalistas: no se puede conocer el precio del capital sin conocer previamente la distribución del ingreso (ganancias, salarios), a la vez que no se puede conocer esta sin conocer el monto de capital involucrado.

Otra vez, para determinar la tasa de ganancia y todo el armado neoclásico básico de funciones de producción, se necesitan saber los precios que permiten homogeneizar las cantidades de bienes y servicios, pero, para saber los precios, se necesita conocer la tasa de ganancia, es decir, se da un problema de circularidad e indeterminación. No puede hablarse de cantidades de capital sin conocer antes la distribución del ingreso, que es exógena y relacionada con el conflicto social y político, aspecto expulsado del marco teórico marginalista, pero incorporado en esta versión clásica y moderna del surplus approach.

Se desmorona así toda la construcción neoclásica y su teoría economicista de la distribución del ingreso basada en los precios de los factores de la producción, a partir de su escasez relativa y de lo que se conoce como “principio de sustitución factorial”. En función del sistema de precios y de la ley de productividad marginal decreciente, en el marco teórico neoclásico, se adoptan las técnicas productivas que utilizan más intensivamente el factor productivo relativamente más abundante y por eso más barato.

Un punto de vista en que las retribuciones son justas y “objetivamente” determinables de una forma más emparentada con el ámbito ingenieril que con el de las ciencias sociales, en coherencia con la definición central de “ciencia económica neoclásica” basada en la escasez de recursos que padece la humanidad. La imposibilidad del “principio de sustitución factorial”, que es la base sobre la que descansa la naturalizada relación inversa entre precio y cantidad (y curvas de oferta y demanda), invalida la idea de escasez relativa de factores y la de precios como indicadores de esta escasez (y tampoco deja en pie la idea de “precios que limpian mercado”).

A partir de la contribución de Sraffa con base en el enfoque clásico, se demuestra que es imposible basar la teoría de la distribución del ingreso en la sustitución técnica de factores, en que la remuneración de los factores de la producción depende de su productividad marginal, decreciente con su mayor abundancia relativa (respecto del otro factor constante). Se cuestiona así la difundida concepción neoclásica que supone incorrectamente la supresión de la especificidad del problema de la distribución en relación con el problema de la determinación de los precios (teoría del valor).

Ya no puede haber “productividad marginal decreciente” analizada dentro del típico modelo de variación de las cantidades de un factor productivo mientras permanece fija (constante) la cantidad del otro (trabajo o capital). La idea de un factor fijo y el otro variable en su cantidad con rendimientos decrecientes (por ejemplo, la idea de productividad marginal decreciente del capital como resultado del supuesto de que bienes de capital adicionales se combinan con una fuerza de trabajo plenamente empleada) no es coherente teóricamente, y más aún, supone también que son factores no reproducibles. Esto último es todavía menos válido desde el punto de vista empírico, en cuanto implica como corolarios la imposible escasez de mano de obra, por ejemplo, en un país periférico.

Y esto abre otras implicancias relevantes, como que los precios relativos de factores y productos no son indicadores de escasez; no existen las populares curvas de oferta y demanda; resulta imposible sostener el supuesto de pleno empleo y de su relación inversa con el nivel de los salarios; se desmorona también la teoría de las ventajas comparativas de Heckscher-Ohlin y la teoría de la convergencia entre países a partir del movimiento de capitales (desde zonas en que este abunda hacia las zonas en que escasea). Subrayemos también que esa citada “relación inversa” entre pleno empleo y nivel de salarios está en la base de la teoría neoclásica del “desempleo voluntario”, funcional a la defensa de políticas de “flexibilización laboral” con razonamientos micro y frases notables de tipo “Si se facilita el despido, se facilita la contratación de mano de obra y aumentará el empleo”. Sin evidencia empírica histórica, pero que forma mucho sentido común solo aparentemente lógico.

Razonar en estos términos neoclásicos, sin embargo, sigue siendo abrumadoramente habitual, y estos supuestos inviables colonizaron hasta el “inconsciente” de los formados en economía. Ciertamente, resulta increíble que estas ideas marginalistas sean excluyentemente dominantes en la formación en economía en los centros académicos. Evidentemente, no es por razones científicas, en cuanto no se sustentan teóricamente, como el mismo Paul Samuelson termina reconociendo en ocasión del debate entre las “Cambridge” durante los años 60. La refutación es contundente, pero la preeminencia marginalista/neoclásica seguirá presente como si nada hubiese pasado.

La idea de productividad marginal decreciente del capital y la convergencia entre niveles de desarrollo de todos los países mediante la exportación de este factor relativamente más abundante desde los países centrales no resiste tampoco la mínima prueba empírica. Más bien al contrario, los países que lograron activar la acumulación propia de capital aceleran su andar y constituyen una abundante evidencia empírica de la fuerte conexión entre la tasa de crecimiento del producto y del producto por trabajador con la tasa de inversión en capital (efectos del acelerador y multiplicador). Notemos que la explicación sobre los aumentos sostenidos en la productividad del trabajo es diferente a la neoclásica e incluso a los enfoques del progreso técnico marcados por el “ofertismo” (y la ley de Say). En la tradición de Adam Smith (donde se da una relación clave entre desarrollo de la división del trabajo, progreso técnico y tamaño de mercado), surge lo que se conoce como “ley de Kaldor-Verdoorn”, que, como respaldan contundentes evidencias empíricas en materia de crecimiento en los países capitalistas, asocian lo esencial del proceso de logros en materia de productividad del trabajo al sostenimiento de altos niveles de actividad económica (McCombie, J., Pugno, M. y Soro, B., 2002). Son también datos sólidos en contra de la tan difundida idea, basada en la ley de Say, acerca de que hay que ahorrar previamente para invertir y crecer y que, en consecuencia, “primero hay que crecer para después pensar en distribuir más equitativamente”, con convocatorias a sacrificios de las mayorías para arribar a paraísos que, como sabemos, no existen ni existirán.

Aguiar de Medeiros y Serrano (2004) proponen renovar la teoría del desarrollo enriqueciéndola con el abordaje clásico del excedente, a partir de los aportes de Sraffa y Garegnani, para inaugurar un programa de investigación muy promisorio y consistente (Universidad Federal de Río de Janeiro, Brasil). En un rescate crítico de los valiosos legados de los autores “del desarrollo” latinoamericanos, centralmente Raúl Prebisch y Celso Furtado, proponen enriquecerlos con una más correcta conceptualización de la problemática de las formas de generación y apropiación del excedente en nuestros países sobre la base de la teoría “moderna” sraffiana del excedente.

El surplus approach o enfoque del excedente, en cuanto da fundamento lógico, es funcional también a una explicación de las crisis del capitalismo vinculando la desigual distribución del ingreso (y la riqueza) a los problemas de insuficiencia de la demanda agregada. Tal como vislumbra Marx (y Keynes y Kalecki), y no Ricardo, al respecto, que era tributario de la ley de Say. Este es un punto de partida teórico que cuestiona radicalmente muchas de las ideas más difundidas. Así, bajar el gasto público para crecer es una contradicción e, incluso, tomando en cuenta que el Estado recauda sobre la base del nivel de actividad económica, existe abundante evidencia empírica que muestra cómo lo que esto termina generando paradójicamente es un aumento de los déficits fiscales. Las ideas “neoliberales” de que hay que ahorrar para invertir, de que “no se puede vivir por encima de las posibilidades” y de que bajar salarios sirve para aumentar el empleo también se revelan como ilógicas y contrarias a la experiencia histórica en que más bien suelen aumentar (o disminuir) conjuntamente salarios, impuestos, gasto público, empleo, inversiones y pbi. La teoría económica incluye conocimientos que permiten sostener altos niveles de empleo y crecimiento, pero sus límites están en la política, tal como explicó lúcidamente Michał Kalecki en su ensayo Aspectos políticos del pleno empleo en 1943.

Recordemos que Marx deja planteadas distintas explicaciones acerca de las crisis capitalistas. Los sraffianos se apartan críticamente de la idea común de muchos herederos marxistas sobre la ley conocida como “de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”, en cuanto esta última está relacionada íntimamente con la resignificada teoría del valor trabajo. Los sraffianos plantean, en cambio, la idea, parafraseando al propio Marx, de “entender para transformar” la realidad, valorizando la teoría, el rigor en las causalidades y deducciones y la explicitación de los canales para explicar hechos reales. Pretenden, según sus propias palabras, salir de todo planteo religioso y dogmático, basado en la supuesta autoridad de “escrituras sagradas”.

Partir de David Ricardo y la mirada sraffiana no implica negar la realidad de explotación y degradación humana que genera el capitalismo y su lógica sistémica. Por el contrario, se fortalece el materialismo y la innegable continuidad entre Marx, Smith y Ricardo al respecto, poniendo el foco en la actividad humana creativa en la historia, es decir, en lo que puede sintetizarse como el análisis de las fuerzas productivas y las relaciones de poder entre clases sociales, las relaciones de producción (Serrano, 2006).

En cuanto a la aplicación del modelo de Sraffa en Argentina, Braun (1973) elabora una versión de la teoría del intercambio desigual y del imperialismo, originalmente planteada por Arghiri Emmanuel, integrando parte de ese aparato conceptual y metodológico: “Estoy convencido de que, de la apropiación por parte de la economía marxista de los resultados obtenidos por la Escuela de Cambridge, puede esperarse, en este y otros campos de análisis, un enriquecimiento sustancial de la teoría marxista”.

Finalmente, estamos lejos de pretender agotar aquí este marco teórico sraffiano. Por el contrario, solo se buscó presentar e introducir lo que constituye una excelente y promisoria tradición teórica plenamente vigente, poco conocida entre la selva de confusiones y jueguitos abstractos de la predominante “economía vulgar” marginalista. Un trabajo altamente recomendable para ampliar estudios al respecto es el libro del profesor Alejandro Fiorito (2019), publicado a través de la editorial de la Universidad Nacional de Moreno. Otra excelente referencia en cuanto a difusión de autores sraffianos es el sitio de la revista Circus, en bit.ly/3sebaTo.

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