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Neoclásicos, marginalistas, subjetivistas, utilitaristas… El nacimiento de la “ciencia económica”, o el asesinato de la economía política y su crítica

José Castillo y Patricia Arpe

Pensamos mucho al darle un nombre a este capítulo. “Neoclásicos”, así se va a definir un grupo importante de los autores que agrupamos acá. Prestemos atención a la composición de la palabra: “neo-” y “clásicos”, “nuevos” clásicos. ¿Qué es lo nuevo, o sea, lo diferente, que esta corriente plantea frente a la economía política clásica de Smith y Ricardo? La respuesta más contundente será: otra teoría del valor, la teoría del valor utilidad, o teoría subjetiva del valor, o teoría de la utilidad marginal. Veremos enseguida que esto lleva a definir también otras “novedades” –como otro campo epistemológico para la propia economía como ciencia–. Pero el término “neoclásicos” también nos obliga a preguntarnos acerca de lo que permanece del planteo clásico, ya que estos autores se definen como sus continuadores. Y acá la respuesta es clarísima: estos autores compartirán con Smith y Ricardo su confianza ilimitada en el mercado como mejor asignatario de los recursos, a la vez que su desconfianza en el Estado para “intervenir” eficientemente.

Pero la definición de “neoclásicos” no alcanza. Veremos más adelante que algunos de los autores presentados en este capítulo no se sentirían representados si los agrupáramos bajo este rótulo (en particular los miembros de la denominada “escuela austríaca”). Pasemos a otro sustantivo colectivo, que nuevamente intenta definirlos –aunque, de nuevo, dejará sus “descontentos”: “utilitaristas”. Acá el centro está en que la teoría del valor que irán conformando se basará en la “utilidad”, y ya no en el trabajo, como centro explicativo del valor de los bienes. Pero no en la utilidad intrínseca a cada mercancía (sea natural o histórica), tal como la solían definir las concepciones del término “valor de uso” de clásicos o marxistas. Se tratará de la utilidad que “cada” consumidor, que será “soberano” en su subjetividad individual, le da al bien en cuestión. De ahí que, a veces, también aparezca la denominación “subjetivistas” para agrupar a nuestros autores. Se tratará, entonces, de los partidarios de una teoría “subjetiva” del valor, basada en la utilidad individual, a diferencia de la teoría “objetiva” del valor de clásicos y marxistas. Acá veremos que, mientras los autores de la escuela austríaca sí se ubicaban plenamente bajo este rótulo, la corriente walrassiana no le dio tanta importancia. Y, en lo que respecta a los autores ingleses, algunos como Jevons, lo consideraron central a su análisis, mientras que otros, sin dejar de asumirlo, lo combinaron con otros postulados que retomarían de alguna manera, elementos objetivistas, como el caso de Marshall.

Y existe aún otra definición, la de “marginalistas”. Se refiere aquí a los partidarios de la teoría de la “utilidad marginal”. Más adelante desarrollaremos el concepto. Por ahora retengamos que el término “marginal” remite a una connotación propia del análisis matemático: los movimientos de la próxima (o la “ultima”) unidad del bien que consumir o que ofrecer. Esta denominación nos permite observar una característica distintiva de la mayoría de los economistas que aquí agrupamos: la utilización profusa, hasta el extremo de confundir un método con la disciplina científica en sí, de la matemática. “La” economía pasará a ser una disciplina que mostrará su estatus de cientificidad a partir de la construcción de modelos matemáticos. Las matemáticas avanzadas serán “su” lenguaje (nuevamente, debemos excluir de esto a la escuela austríaca).

La idea de lo “marginal” es, de hecho, una generalización de un concepto que existía previamente en ciertos planteos de la escuela clásica: el de la productividad marginal decreciente, que había resultado central para la teoría de la renta diferencial de Ricardo (e incluso había aparecido en algunas deducciones de Adam Smith).

Una excelente síntesis del planteo de esta corriente es el que nos ofrece Cesaratto (2018):

En la base de esta teoría se encuentra la idea de que la economía está formada por individuos que desempeñan la doble función de propietarios de los “factores de producción”(trabajo, capital y tierra) y de consumidores. En su calidad de productores, que es el aspecto que aquí nos interesa en mayor medida, estos reciben un rédito (salario, ganancia o renta) proporcional al aporte que el “factor productivo” poseído por algún sujeto cualquiera le ocasiona a la producción (el así llamado “producto marginal”). Este aporte puede ser matemáticamente determinado a través del “cálculo marginal” (o diferencial); del cual la teoría toma el nombre de marginalismo.

Para terminar la explicación del título de nuestro artículo, digamos que, rápidamente, estos autores irán abandonando la denominación “economía política” (political economy en la designación de una disciplina, mayoritariamente anglosajona) para pasar a hablar de economics a secas –“la” economía o “lo” económico, que en español normalmente se terminará traduciendo como la “ciencia económica”–. No es casual que se busque eliminar el componente “político”, para enfatizar que esta nueva “ciencia económica” se basa en algo diferente: una ciencia de la “conducta individual”, la que busca explicar cómo se asignan eficientemente los recursos escasos.

¿Por qué surgió esta nueva corriente?

Existe un muy fuerte debate entre los especialistas en historia del pensamiento económico para responder esta pregunta. Según Mark Blaug (1985), se pueden agrupar las explicaciones en tres interrogantes:

  1. Se trató de un desarrollo intelectual autónomo dentro de la economía, la “natural decantación” de una disciplina que va creciendo, complejizándose y adquiriendo un perfil propio.
  2. Fue un producto de corrientes filosóficas distintas de las que se derivaron de la escuela clásica.
  3. Fue la forma de plasmar los cambios que estaban sucediendo en el propio devenir histórico de la economía de su tiempo (el estado de desarrollo del capitalismo).
  4. Se trató de un contraataque frente al surgimiento del marxismo.

Blaug sostiene que la respuesta más plausible es la primera. Si bien algo de razón tiene, como veremos más abajo, repasemos las “partes de verdad” que existen en las afirmaciones b), c) y d).

Con respecto a las cosmovisiones filosóficas, la primera respuesta debería ser negativa: los autores marginalistas que veremos a continuación responden a “ambientes intelectuales” muy diferentes entre sí. Mientras que la Gran Bretaña de Jevons y Marshall estaba imbuida de la tradición empirista-utilitarista, el clima filosófico suizo donde se movería Walrass era cartesiano y, en Austria (como en todo el mundo alemán), prevalecía lo que se llama el “neokantismo”. Sin embargo, aun sobre este “piso” heterogéneo, debemos prestar atención a un mundo donde iba ganando peso la “instrospección”, el subjetivismo y el hedonismo por sobre las grandes “filosofías de la historia”, que habían estado de moda en la primera mitad del siglo xix.

Con respecto al punto c), referido a los cambios en el mundo económico, hay un dato que merece ser tomado en cuenta: la aparición de las sociedades por acciones unida al surgimiento del management científico produciría una separación entre el “capitalista” y el “ejecutor” (la gerencia y la dirección efectiva de la empresa). Esto daría lugar a un nuevo tipo de “rentista”, muy distinto ya al terrateniente ricardiano: el accionista especulador, que vivía del “corte de cupones” y de la ganancia inmediata que obtenía de esos títulos de propiedad y que desconocía en absoluto (más aún, no le importaba) el proceso productivo. Tal vez exagerando y absolutizando un poco, Nicolái Bujarin (1974) llamaría por eso al marginalismo “la economía política del rentista”.

Con respecto al punto d), si bien fácticamente el planteo de Blaug es incorrecto en cuanto a verlo como “causa” del surgimiento del pensamiento neoclásico, sí observamos la importancia que adquirió a partir de la segunda generación austríaca como factor de desarrollo de esta escuela.

Pasemos, ahora sí, a lo que Blaug consideraba el “motivo” central del surgimiento del marginalismo: el estado del debate del propio pensamiento económico previo. Esto nos obligará a retomar las zonas grises dejadas abiertas nada menos que por David Ricardo.

Los problemas que dejó planteados Ricardo

David Ricardo y Adam Smith constituyeron las dos “espadas teóricas” de la burguesía en ascenso, en su lucha contra el antiguo régimen. Y, en el caso de Ricardo, contra el poder terrateniente inglés, en particular, al cual enfrentó en los planos teórico, político y práctico. Así, Ricardo impulsó la derogación de las “leyes de granos” y mostró las contradicciones en que caería el sistema (aún no se lo denominaba “capitalista”), en particular el miedo a la crisis y el estancamiento. Sus contribuciones sobre el origen de la renta diferencial de la tierra y sobre las ventajas comparativas en el comercio exterior fueron dos mandobles demoledores contra el proteccionismo conservador terrateniente de la época.

Claro que el propio Ricardo dejó abierto “huecos teóricos”, en particular en su análisis sobre la teoría del valor. Recordemos que él dio un inmenso paso adelante, con respecto a Adam Smith, al precisar claramente de qué se trataba la teoría del valor trabajo: el valor de una mercancía está dado por el trabajo que contiene, no por lo que se paga por ese trabajo (que Ricardo llamó “valor del trabajo” y Marx, “fuerza de trabajo”). Ya discutimos cómo esto había aparecido confuso en Smith, haciendo que su inicial teoría del valor trabajo se deslizara a otra que podemos denominar “de los costos de producción”.

Pero el propio Ricardo tampoco fue capaz de dar una solución completa al problema. Es que, si el valor de una mercancía (dado por el trabajo que incorpora) es distinto al “valor del trabajo” (lo que se le paga al trabajador), queda un “excedente”, distribuido entre el terrateniente (renta) y el empresario capitalista (ganancia o beneficio). Esto es sumamente importante: ese excedente es trabajo no remunerado, no pagado, originado en el trabajo. En concreto, el análisis de Ricardo remite con claridad a que al trabajador no se le paga el total del fruto de su trabajo, sino una parte (el “valor de trabajo”, materializado en el salario), y el resto va a parar (es apropiado, por distintos mecanismos que Ricardo analiza a fondo en Principios) a manos de empresarios capitalistas y terratenientes.

Sin embargo, dado que el interés ricardiano estaba puesto en la confrontación entre capitalistas y terratenientes, no se interesó en poner el foco en la importancia del origen de este excedente. Apenas si lo hace para destacar que hay una relación inversa entre salarios y ganancias. Así, afirma Ricardo (1985):

La proporción que debería pagarse en concepto de salarios es de importancia máxima en lo que atañe a las utilidades, pues bien se comprende que las utilidades serán altas o bajas, exactamente en proporción a que los salarios sean bajos o altos.

En lo que respecta a la distribución de esa riqueza generada por el trabajo, Ricardo determina leyes diferentes para el salario, el beneficio o ganancia y la renta. Mientras que esta última está dada por el mecanismo de la renta diferencial, y el salario, por el valor de una canasta de bienes de subsistencia, la ganancia o beneficio del empresario se obtiene por el “resto”. Es la “diferencia”, lo que queda tras abonar salarios y rentas. Claro que ese beneficio o ganancia existe porque el empresario capitalista ha invertido (ha adelantado capital). ¿Por qué lo ha hecho? ¿Con base en qué expectativas? La respuesta es simple: esperando obtener una diferencia, que será mucha o poca en proporción justamente a ese capital invertido: un porcentaje, una “tasa de ganancia”. Ricardo sostiene que, en una economía donde hay libertad para elegir cómo invertir ese capital, nadie lo hará donde obtenga menos tasa de ganancia. Todos buscarán el máximo beneficio posible, y así, en el mediano plazo, se producirá una “tendencia a la igualación de las tasas de ganancia”.

Esto es muy importante. Y obliga a Ricardo a responder a un par de problemas. Lo hará en las secciones 4 y 5 del capítulo i de Principios. El primer inconveniente teórico fue: ¿qué sucede si, para producir dos bienes, se requieren distintas dotaciones de trabajo y capital?

Como cuando el salario crece la ganancia se reduce, la única posibilidad de que eso no afecte a la igualación de las tasas de ganancia es si, en todas las ramas de la producción, hay similar dotación de capital fijo (maquinarias o insumos producidos en períodos de tiempo anteriores). Pero, en la realidad, las cantidades de capital fijo necesarias son distintas en cada sector.

Quedaba planteado un problema: o se mantenía la “ley” enunciada por Ricardo al comienzo de Principios, de que el valor de una mercancía está dado por el tiempo de trabajo que contiene y, por lo tanto, la distribución de ese tiempo en salarios, renta y ganancias no influye en ese valor; o se modificaba esa ley para hacer cumplir la otra “ley”, la de la tendencia a la igualación de las tasas de ganancia, y entonces modificaciones en salarios y ganancias hacen mover, a la vez, el valor de la mercancía. Ricardo optó por esta segunda salida. Al hacerlo abandonó la estricta disciplina de la teoría del valor trabajo y pasó a una teoría del valor de acuerdo a los costos de producción.

¿La teoría del valor de Ricardo era, entonces, una teoría del valor trabajo o una teoría del valor acorde a los costos de producción (como, recordemos, había terminado siendo la de Smith)? Y, lo más importante: ¿cómo se resuelve el problema del valor? La respuesta quedaría pendiente hasta Marx.

Sin embargo, el tema no opacó el éxito de Ricardo. Y eso se debió a razones estrictamente históricas: donde había absoluta claridad era en el mecanismo entre ganancia capitalista y renta terrateniente. Y en la salida que ofrecía nuestro autor a partir de las ventajas comparativas en el comercio internacional. Esa era la pelea decisiva en los primeros años del siglo xix, cuando la burguesía aún no se había asentado en el poder político y mientras la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado permanecía en un estadio más larvado.

Como bien señala Marx (1975) en el prólogo a El capital, esto cambiaría en las décadas siguientes, posteriores a la muerte de Ricardo. Ricardianos y antirricardianos se enfrentaron hasta 1830, dando lugar, al decir de Marx, a “brillantes torneos”. James Mill, John Ramsay McCulloch y Thomas de Quincey del lado de Ricardo y Robert Torrens, Samuel Bailey y Nassau William Senior, en su contra. Pero la realidad es que todos, más temprano o más tarde, fueron abandonando la teoría del valor trabajo y pasándose a una concepción donde lo importante era que los precios se determinaban de acuerdo a los “costos de producción”. Todo esto fue acompañado por una fuerte “vulgarización” de la economía política, transformada ahora en una disciplina cuyo principal (y casi único) objetivo pasaba a ser realizar una apología del sistema existente, el modo de producción capitalista. Todo eso, como brillantemente explicó Marx, iba de la mano del ascenso de la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, que ahora se ubicaba en el centro del escenario. La burguesía era cada vez más clase “políticamente” –además de económicamente– dominante.

Un antecedente “prehistórico” del marginalismo: Nassau William Senior

Entre los “antirricardianos”, merece destacarse Nassau William Senior, que realizó algunas afirmaciones que fueron antecedentes claros de lo que luego irían a ser algunos de los planteos marginalistas y neoclásicos. Siguiendo a otro antirricardiano más antiguo, Jean Baptista Say (autor de la famosa frase, luego hecha “ley” con su nombre: “La oferta crea su propia demanda), Senior planteó que tierra, capital y trabajo son tres “factores” de la producción que, sumados, constituyen el valor de las mercancías. Y Senior puso énfasis en el concepto de “sacrificio”. Así como el trabajo implica un “sacrificio” al obrero, el capitalista también se “sacrifica”, en este caso al dejar de consumir (es una “abstinencia”). Con una clara connotación clasista que no se le escaparía a Marx, Senior afirmó:Abstenerse del disfrute que está en nuestro poder, o buscar resultados distantes en lugar de resultados inmediatos, está entre los esfuerzos más dolorosos para la voluntad humana”.

El “cierre ecléctico” de las controversias sobre Ricardo: John Stuart Mill

La vulgarización de la teoría ricardiana alcanzó su punto más alto con la publicación de Principios de economía política, de John Stuart Mill, obra a la que podemos calificar como la primera “manualización” (en el sentido peyorativo del término) de la economía política.

John Stuart Mill (1978) “resolvió” las controversias previas sobre la teoría del valor retrocediendo a Adam Smith, en particular al capítulo vi de La riqueza de las naciones: el valor de las mercancías es la suma de los distintos “costos de producción” (increíblemente, Mill afirmaba que esto es lo que “dijo” Ricardo). Pero a esto le agregó el “aporte” antirricardiano de Senior: el “costo del capital” se toma de la “espera” o “abstinencia” sufrida por el capitalista: “De la misma manera que el salario del trabajo es la remuneración del trabajo, así las ganancias del capitalista son propiamente, según la afortunada expresión de Mr. Senior, la remuneración de la abstinencia”.

Como conclusión, podemos decir que, al momento en que surgió el pensamiento neoclásico, la teoría del valor trabajo tal como la había planteado Ricardo (aun dejando abiertas sus zonas grises) ya no era defendida por ninguno de los autores posteriores, en los 25 años siguientes. Todos, sin excepción, se habían pasado a una teoría del valor basada en la “suma de los costos de producción”, con los obvios matices acerca de qué significaba exactamente esto para cada uno de ellos.

De ahí que sería Karl Marx quien retomaría la teoría del valor trabajo, siendo plenamente conciente de los problemas teóricos que había dejado sin resolver Ricardo.

Los manuscritos de 1857-1858 (Gründisse), la Contribución a la crítica de la economía política (1859), los manuscritos de elaboración de su obra magna en la década del 60 y, finalmente, la publicación del tomo i de El capital (1867) serían su respuesta.

Pero el conjunto de estos textos de Marx era absolutamente desconocido por el mundo de los economistas al momento del surgimiento del pensamiento neoclásico (formalmente en 1871 con la aparición de las primeras obras). Bastante más adelante, con el surgimiento del marxismo como movimiento político en las décadas posteriores, y particularmente con la publicación de los tomos ii (1885) y, especialmente, iii de El capital (1893), un sector del marginalismo le saldría al debate.

¿De quién estamos hablando? La presentación de los personajes. Los precursores

Los autores neoclásicos no surgieron de la noche a la mañana. Aquí y allá, en las décadas previas, podemos encontrar algunos antecedentes en las décadas anteriores a 1870 –a veces más lejanos, a veces más cercanos–. En todos los casos, se trató de economistas que se mantuvieron alejados de la corriente principal de la economía clásica smithiano-ricardiana.

Citaremos solamente a tres. En primer lugar, a Jean Baptista Say, que pasó a la historia por la célebre frase que luego sería centro de la crítica de Keynes: “La oferta crea su propia demanda”. O sea: los equilibrios de oferta y demanda son automáticos, sin que haga falta preocuparse por fomentar o intervenir sobre la demanda para garantizar la realización en el mercado de los bienes producidos. Detrás de este planteo, está lo que luego sería un supuesto muy fuerte de todo el neoclasicismo: cuando los mercados están en equilibrio, siempre están ocupados todos los recursos (entre ellos el trabajo, por lo que no existirá el desempleo “involuntario”). La economía pasará a ser una disciplina cuyo centro será lograr la asignación óptima de recursos escasos, todos plenamente ocupados.

Jeremy Bentham será nuestro segundo nombre; él aportó a la cosmovisión económica su concepción del “hedonismo”. El ser humano actúa racionalmente si maximiza placer y minimiza dolor. Sería lo que luego se denominaría el homo economicus, un supuesto psicológico de conducta que estaría en el centro de toda la concepción neoclásica.

Y el tercer “antecedente” sería Hermann Heinrich Gossen, el real “descubridor” de la teoría de la utilidad marginal decreciente. Gossen aportaría dos “leyes” que serían fundamentales para el concepto de la teoría del valor neoclásico. La primera ley de Gossen diría, citada por Roll (1980): “La cantidad de uno y el mismo goce disminuye constantemente a medida que experimentamos dicho goce sin interrupción, hasta que se llega a la saciedad”.

Y la segunda afirmará:

[…] para obtener la cantidad máxima de goce, un individuo que puede elegir entre muchos pero no disponer de tiempo suficiente para procurárselos todos plenamente, está obligado, por mucho que difiera la cantidad absoluta de los goces individuales, a procurárselos todos parcialmente, aun antes de que haya terminado el más grande de ellos. La relación entre ellos tiene que ser tal que, en el momento en que son discontinuados, las cantidades de todos son goces son iguales.

La primera generación (1871)

Ubiquémonos en el año 1871. Apenas cuatro años después de la publicación del tomo i de El capital de Marx. Muchos cedieron a la “tentación” de pensar el surgimiento de la corriente neoclásica como una respuesta a los planteos marxistas. La historia del pensamiento económico y el recorrido de las biografías de los autores que citaremos a continuación nos permiten asegurar que no fue así. Ninguno de los tres autores de la naciente escuela neoclásica conocía el texto de Marx, editado, por otra parte, en una oscura editorial de Hamburgo.

Pero estamos en los comienzos. Y sí hay algo sorprendente: la simultaneidad y coincidencias de los planteos de tres economistas que vivían en distintos países y que provenían, cada uno de ellos, de tradiciones culturales diferentes. Stanley Jevons, autor de la Theory of Political Economy (1871, en Gran Bretaña, Manchester), Karl Menger, con su Grundsätze der Volkswirtschaftslehre (1871, Austria, Viena), y Leon Walras, con Éléments d´économie politique pure (1874, Lausane, Suiza), sorprenden por la simultaneidad y similitud de sus reflexiones centrales. Los tres llevaron la economía a un nuevo camino, detrás de la utilización del concepto de utilidad marginal”. Jevons (1871), en el prefacio de su obra, deja muy claras sus intenciones: “La continua reflexión y la investigación me han conducido a la idea, algo novedosa, de que el valor depende por entero de la utilidad”. Para enseguida agregar: “ […] en esta obra he intentado tratar a la economía como un cálculo del placer y del dolor”.

Claro que también conviene señalar, en este marco común, las diferencias, o, mejor dicho, “especificidades”, de cada uno de estos tres autores. Jevons fue el que expresó con mayor claridad la llamada “teoría subjetiva del valor”. El propio Leon Walrass se lo reconocerá:

Jevons afirmó claramente en mayo de 1879, al final del prefacio a su segunda edición de tres páginas muy curiosas, que debería invertirse totalmente la fórmula de la escuela inglesa, al menos la de la escuela de Ricardo y Mill, porque los precios de los servicios productivos vienen determinados por los de los productos, y no al revés.

Esto es lo primero, y diríamos lo central, del planteo de Jevons y luego de todo el pensamiento marginalista: “invertir la fórmula”. El valor de un bien ya no está dado por nada “previo”, sea el trabajo que llevó producirlo o la suma de los costos de producción. Por el contrario, se determina en el mercado. Para llevar a fondo la discusión: los bienes llegan sin valor previo al mercado.

Recordemos que, tanto para los clásicos como para Marx, obviamente había “algo” que sucedía en el mercado: existía un precio de mercado que terminaba manifestándose después de las interacciones de ofertas y demandas. Pero lo que define al pensamiento clásico y marxista es la existencia previa de otras categorías (valor, precio natural, precio de producción, trabajo, según los autores) que eran expresión de sucesos previos a los de mercado. Esto desaparecería en el neoclasicismo (por lo menos en la primera generación, después veremos que Marshall los “reintrodujo” de una forma muy particular). Las mercancías (los “bienes”, en la denominación preferida por los marginalistas) no tienen ningún atributo objetivo intrínseco que les confiera valor. Jevons en particular propuso directamente eliminar todas estas denominaciones y pasar a hablar directamente de “relaciones de intercambio”.

Los que le atribuyen valor a los bienes son, entonces, los individuos en el mercado. Esto es muy importante: todo el mundo de la producción ha desaparecido del análisis. Lo único que importa es cómo se determina el precio en el único lugar digno de ser examinado: el mercado, para estos autores.

En este mercado, los bienes tienen entonces solo dos atributos: una cantidad y una utilidad, definida subjetiva, individual y psicológicamente por el consumidor. Esta utilidad subjetiva expresa la capacidad del bien en cuestión en procurar placer (o evitar dolor) al consumidor. Como lo dirá el propio Jevons: “En esta obra he intentado tratar a la economía como un cálculo de placer y dolor”.

Es muy importante entender la articulación entre cantidad y utilidad. La utilidad total de un bien no es lo importante. No tiene sentido la pregunta: ¿cuál es la utilidad del agua? Sino que debemos remitirnos, señalaba Jevons, a los distintos grados de utilidad de las diferentes porciones del bien. Y acá nuestro autor, siguiendo a Gossen, afirmaba que la utilidad se va reduciendo a medida que el individuo consume más y más del mismo bien. La pregunta, obviamente, es hasta dónde puede reducirse la utilidad del bien. Y la respuesta depende de la cantidad total de este. Si el bien es muy abundante, llega un momento en que la utilidad es cero (más aún en el caso del agua, puede terminar siendo un problema, una “desutilidad”, por ejemplo en el caso de una inundación). Pero en muchísimos bienes existe el principio de escasez: se acaban antes de que su utilidad llegue a cero. Así, la “última unidad deseada”, que se llamará la “utilidad marginal”, será el valor (y, por lo tanto, el precio) del bien en cuestión.

Esta ley, de la “utilidad marginal decreciente”, es la base de la teoría neoclásica del intercambio puro, por lo menos en esta primera versión jevoniana. El valor de un bien se determina de esta manera en el intercambio, antes de la producción.

Jevons desarrolló todo esto como base para el intercambio entre dos bienes. Quien lo generalizaría hasta demostrar cómo se realiza el equilibrio entre todos los bienes en el mercado sería Leon Walras.

Walras fue el verdadero creador de la economía matemática y del concepto de “equilibrio general”, donde los precios y las cantidades intercambiadas se explican por las interacciones de todos los mercados. A la “utilidad marginal” o “grado final de utilidad” de Jevons, Walrass la llamaría rareté. Para Walras las funciones de demanda y oferta de un bien dependen no solo de su precio, sino también de los precios de los demás productos, de los ingresos, y de las cantidades de los bienes existentes. Los participantes económicos en el mercado proceden mediante un “tanteo”, que finalmente implica un comportamiento que tiende a maximizar la utilidad. El punto de equilibrio de cada mercado depende de lo que sucede en todos los demás, por lo que la determinación del equilibrio general de todos ellos implica también la determinación simultánea del equilibrio parcial de cada mercado. Walras construyó para esto un sistema de ecuaciones que define este equilibrio.

El tercer autor en cuestión, Karl Menger (1985), por su parte, fue el que insistió en que el método de la economía debía asentarse sobre una base individualista, y que de lo que se trata es de estudiar las conductas de los seres humanos abocados a la actividad económica, entendida como la utilización eficiente de los recursos escasos. Menger generalizó todos estos principios no solo a los bienes de consumo, sino también a los medios de producción. El economista austríaco también partía de la utilidad marginal tal como Jevons (aunque él la llamó Grenznutzen, textualmente “utilidad en el límite” o “utilidad en la frontera”).

Siempre partiendo del mercado y de la primera determinación del valor de los bienes de acuerdo a la utilidad y la cantidad, Menger propuso integrar todo esto con una teoría de la distribución. “Reaparecieron” entonces las preguntas de cuánto se remunera al trabajo, al capital, a los insumos que se utilizan. A lo bienes que se utilizan para producir otros bienes los denominó “bienes de orden superior”.

Tengamos claridad: Menger rechazaba absolutamente cualquier planteo de que los precios dependen de los costos de producción. “El valor que tienen para nosotros los bienes de orden inferior no puede estar condicionados por el valor de órdenes superiores utilizados para la producción de los primeros”. O sea que todos los valores de estos bienes de orden superior dependen de las previsiones sobre el valor de los bienes de primer orden. Menger, a diferencia de Walrass, se sostuvo enfáticamente en el terreno de una economía “literaria”, restándole entidad a los desarrollos matemáticos como presuntamente “mas científicos”. Esto abrió una especificidad de la corriente austríaca, la única de todas estas tendencias surgidas en los años 70 del siglo xix y que perviven hasta hoy que sigue resistiéndose a la matematización extrema de los modelos de la “ciencia económica” moderna.

Digamos, para terminar, que esta primera generación de autores, “fundacional”, no logró ser rápidamente aceptada en el mundo de la economía. La “ortodoxia” seguiría siendo, por un tiempo, la escuela ricardiana, “leída” por el texto de John Stuart Mill. Y, en segundo lugar, en el mundo germano, la llamada “escuela histórica”. Esta corriente, que no desarrollamos en este libro, había puesto énfasis en la inexistencia de leyes económicas generales (de hecho, ni generales ni pertenecientes a un único modo de producción, concepto por lo demás extraño a esta escuela). En la práctica, era una escuela que se centraba casi exclusivamente en la historia económica, más que en la economía política o la ciencia económica.

La segunda generación: Alfred Marshall y Principios de economía

Si hubiera que definir “un libro” exclusivo para los fundadores del neoclasicismo, este sería sin duda Principios de economía de Alfred Marshall, publicado en 1890. A este autor se le debe el prestigio ganado por lo que pasaría a denominarse la “escuela de economía de Cambridge”. Otros autores importantes de esta corriente en Gran Bretaña fueron Francis Edgeworth, Philip Wicksteed y Arthur Pigou.

En el origen de la enseñanza y la investigación en economía de esta prestigiosa universidad inglesa, se encuentra la figura de Marshall. A posteriori, uno de sus discípulos, John Maynard Keynes, “derrotaría” en ese bastión a los neoclásicos. Discípulos de Keynes, a su vez, harían nuevas aportaciones –bastaría acá nombrar a figuras como Richard Kahn, Joan Robinson, o Piero Sraffa para dar cuenta de la importancia que tendría este lugar en el futuro del pensamiento económico–. Pero el Cambridge, desde los años 30 del siglo xx, ya sería plenamente keynesiano. El neoclasicismo británico disputaría en esos tiempos desde el lugar de la London School of Economics, bajo la dirección de Lionnel Robbins, que incluso traería a Londres a Friedrich Hayek, uno de los más grandes economistas austriacos. Sin embargo, en los años posteriores, cuando se impusiera la hegemonía keynesiana, incluso ese baluarte pasaría a tener cada vez más economistas de esta corriente.

Vilfredo Pareto y su “óptimo”

El italiano Vilfredo Pareto sería el sucesor de Walrass en la cátedra de Economía de Laussana en 1893. Se suele decir que la escuela de Lausana en la práctica se desintegró tras la muerte de Pareto en 1923. Si bien esto es cierto, veremos que, tras la crisis del pensamiento económico de la década del 70, muchos economistas retomarán los planteos walrasianos del equilibrio general.

Si bien el sucesor de Walras terminó siendo Pareto, su acceso a los estudios con su maestro le fue dado por otro economista italiano, Maffeo Pantaleoni, que estudió en primera instancia a través de la obra de este. Vilfredo Pareto publicó, ya a cargo de la cátedra cedida por Walras, su Curso de economía política entre 1896 y 1897, Sistemas socialistas entre 1901 y 1902 y finalmente su Manual de economía política en 1906 (corregido en la segunda edición publicada en francés en 1909). En los últimos años de su vida, si bien continuó con su interés en la economía, escribió su gran obra sociológica: Tratado de sociología general, en 1917. Quizás como una señal de la deriva hacia la derecha del pensamiento económico liberal a partir del neoclasicismo, Pareto al final de su vida adhirió al fascismo en 1923.

Remitiendonos a Pareto y su aporte, digamos que quizás se trate del único de todos estos autores neoclásicos que se dedicó a algo más que a la “economía”, como ya se la empezaba a conocer (la otra excepción fue Hayek). Así, Vilfredo Pareto fue también un destacado sociólogo. Su capacidad para continuar el avance de la matemática en el discurso económico se debía a su sólida formación en ese aspecto, ya que de origen era ingeniero.

Desde el punto de vista de su aportación al pensamiento neoclásico, nuestro autor reformuló la célebre “mano invisible” de Adam Smith. Los seres humanos, actuando libremente y sin interferencia estatal en los mercados, alcanzarían, según Pareto, una situación “óptima” de satisfacción de sus necesidades, dados los recursos escasos existentes. A este óptimo llegará el mercado automáticamente, por medio de los movimientos de oferta y demanda, al alcanzar el punto de equilibrio. Pareto aportó al análisis económico las “curvas de indiferencia”, que se tornarían en la forma popular de derivar las curvas de demanda. Insistió, a la vez, en que ninguna intervención estatal estaría en condiciones de reunir la “información” necesaria de las infinitas decisiones individuales que permiten alcanzar el punto óptimo. Pareto pretendió así “demostrar científicamente”, en lo que llamaría la “economía del bienestar”, la superioridad del libre mercado por sobre cualquier intervención estatal o intento de planificación. Otros autores de esta “segunda generación” de la escuela suiza fueron los italianos Giovanni Antonelli y Enrico Barone (de ahí que, por la presencia de tantos economistas de esta nacionalidad, algunos pasaron a llamarla la “escuela italiana”).

La escuela austríaca y su confrontación con el marxismo

Será la segunda generación austríaca la que sí, efectivamente, iniciaría la disputa con el planteo de Marx. Ahí se destacaría Eugen Böhm-Bawerk, autor del primer texto marginalista de crítica al marxismo. El hecho de que los autores austríacos se hallaban en el entorno “alemán” con una fuerte presencia política de la socialdemocracia primero y luego de 1918, también de los partidos comunistas, hizo que esta subcorriente del neoclasicismo fuera la que asumiera las posiciones más “de batalla” contra el marxismo.

Un contemporáneo importante de Böhm-Waker sería Friedrich von Wieser. Pero la potencia de esta escuela se desarrollaría en las primeras décadas del siglo xx. Allí se destacaría la figura de Ludwig von Mises, y luego de su discípulo Friedrich Hayek, al que se lo consideraría luego uno de los padres fundadores del pensamiento neoconservador.

Von Mises también se mostraría como un gran polemista, con importantes textos de debate con respecto a la viabilidad de la planificación socialista (Socialismo, teoría e historia). Ya en los años posteriores de su vida, culminaría su obra con la publicación de un importante tratado: La acción humana, en 1949. Hayek, por su parte, tras participar en un primer período de las confrontaciones contra Keynes y prácticamente “retirarse” luego de los debates sobre el pensamiento económico, reaparecería luego con la crisis de los años 70 y su nominación como Nobel de Economía.

Otros autores

Esta “segunda generación marginalista” también tuvo un importante desarrollo en Suecia, con las figuras de Knut Wicksell y Gustav Cassel. Y en los Estados Unidos, con John Bates Clark e Irving Fisher. El aporte de los suecos a los desarrollos sobre la teoría del capital sería muy importante, y ejercería una influencia importante en Mises y Hayek; disputaría, de hecho, la “punta” del desarrollo neoclásico a los ingleses de Cambridge. Sin embargo, la mayor extensión del idioma inglés por sobre el sueco o el alemán sería el factor determinante para mantener a la ciencia económica como una disciplina centralmente “anglosajona”.

El derrotero del pensamiento neoclásico/marginalista en el siglo xx

El neoclasicismo, que se transformaría en “la economía”, de forma que hegemonizaría todo lo que se consideraba “ciencia” en este campo, sufrió una dura derrota en la crisis de 1929, al no poder dar respuesta a la Gran Depresión. De su seno surgió (en particular de Cambridge) y se desgajó lo que sería la corriente keynesiana.

El neoclasicismo/marginalismo permaneció como una corriente minoritaria, refugiada en unos pocos centros académicos, hasta la crisis de 1973. Uno de sus bastiones fue, como mencionamos antes, la escuela austríaca. Otro surgió en la Universidad de Chicago, en los Estados Unidos de América, que, bajo la dirección de Milton Friedman, dio lugar a lo que se conocería como el “monetarismo”. Ambas construirían un importante foro conjunto en 1947, llamado la Sociedad Mont Pelerin, que quedaría como el reservorio del pensamiento liberal más extremo, fuertemente conservador, antisocialista y antikeynesiano.

A posteriori de la depresión de 1973, y cuando se produzca la crisis del keynesianismo, asistiremos al revival neoclásico, ahora bajo la denominación más moderna de lo que algunos llaman –un poco imprecisamente, a nuestro entender– “neoliberalismo”.

Premisas fundamentales

En el momento en que surgió el neoclasicismo, lo que prevalecía en el campo epistemológico era el positivismo. Era el momento del auge de lo medible. Todo estaba inserto en un “monismo metodológico”, donde “el método” científico era el de las ciencias naturales. Jevons y Pareto, en la primera y segunda generación, respectivamente, son ejemplos claros: tomaron el cálculo diferencial y la mecánica racional newtoniana y buscaron el equivalente de la física para aplicarlos a los fenómenos económicos.

La persona (y su conducta) quedó, entonces, definida como una función matemática. Sería el homo economicus que maximiza placer y minimiza dolor. Todo es un proceso para resolver el problema entre medios (escasos) y fines (múltiples, en el límite “infinitos”).

Rápidamente, surgió un gran problema: para poder realizar todos estos cálculos, que involucran además al tiempo (y en particular al futuro), se requiere de una capacidad de información altísima. Nuevamente: casi infinita.

Los neoclásicos ingleses y walrassianos se moverían en este mundo, donde es posible la información plena y perfecta y se alcanzan “equilibrios”.

Los austríacos, influidos, sin duda, por el neokantismo, que daría lugar, entre otras cosas, al pensamiento weberiano, no se sentirían cómodos ni con la plena información, ni con los “equilibrios”: pondrían énfasis en los acontecimientos de evento único.

Generaciones posteriores, tanto de autores que romperían con el marginalismo como Keynes, como de otros que permanecerían dentro de este paradigma, incorporarían la incertidumbre, las expectativas y la racionalidad acotada. Pero eso ya sería otra historia.

Limitémonos, por ahora, a los conceptos básicos de ese neoclasicismo naciente, que se desarrolló entre 1870 y la crisis del 1930:

-El concepto de equilibrio”: tanto en los planteos de Marshall, como en los de Walrass, los análisis se centran en el equilibrio del mercado que, según los neoclásicos, tiende a perpetuarse, salvo que se produzcan perturbaciones (shocks) exógenos al sistema. En el caso de los mercados competitivos, el equilibrio se alcanza cuando, al precio de mercado, la cantidad ofrecida por los vendedores (la “oferta”) es igual a la cantidad demandada por los consumidores (la “demanda”). Esta sería la definición más general de “equilibrio”, tal como la enunció Leon Walrass, que se debería dar simultáneamente en todos los mercados existentes, el llamado “equilibrio general”. Alfred Marshall, a posteriori, analizó los equilibrios en cada mercado en particular, los llamados “equilibrios parciales”. Pero, más allá de que estemos hablando en términos de equilibrios simultáneos de todos los mercados (el equilibrio general walrassiano) o de equilibrios de cada mercado en particular (con la explicación de las curvas de oferta y demanda de Marshall), lo que debe quedar claro es que todo autor neoclásico se basa en la existencia de un equilibrio, al cual se arriba si operan un conjunto de supuestos. Como ya dijimos, la única corriente que cuestionó esa omnipresencia de los “equilibrios” en el análisis económico marginalista fue la austríaca.

-El rol de la competencia de mercado: el supuesto de mercados de “competencia pura” significa que ningún agente individual, sea oferente o demandante, tiene la capacidad de influir sobre el precio de mercado. En el límite se enuncia esto diciendo que hay “infinitos” demandantes e “infinitos” oferentes. Esto implica que los agentes individuales toman decisiones de producción o consumo, aceptando los precios de mercado como un dato. Si le añadimos el supuesto de que las empresas tienen libertad para entrar y salir de los distintos mercados –es decir, cambiar de rubro–, o, más en general, que todos los productos que se ofrecen en el mercado tienen un sustituto, y que todos los agentes tienen perfecta información –conocen todos los productos ofrecidos y demandados, sus precios, cualidades y cantidades–, tendremos lo que se denomina como “competencia perfecta”. El planteo de competencia pura, que no requiere todos los otros “supuestos” que acabamos de enunciar, basta para los análisis de corto plazo. Para sostener planteos vinculados al largo plazo, los neoclásicos requerían del total de los supuestos que llevan a la competencia perfecta.

-El individualismo metodológico: el análisis siempre parte del estudio del comportamiento de agentes individuales, con empresas productoras (oferentes) y hogares consumidores –que generalmente se los denomina “familias” consumidoras– (demandantes). Las empresas deciden cuánto producir, qué insumos contratar, cuánto tomar prestado y cuánto invertir. Los hogares deciden cuánto trabajarán sus miembros, cuánto ahorrarán y qué bienes consumirán. La suma de las decisiones individuales determina el comportamiento de la oferta y la demanda en los mercados. Se supone que cada individuo toma la mejor decisión, suponiendo como dadas o fijas las decisiones de los demás (en la definición de equilibrio de John Nash [1950], que, en mercados competitivos, equivale al equilibrio general walrassiano).

Detengámonos en comprender qué significa que cada agente tome “la mejor decisión”. En el caso de las empresas, implica que logran maximizar sus beneficios. Para los hogares, que maximizan su utilidad o satisfacción. Este último supuesto de comportamiento es una innovación importante respecto al pensamiento clásico: la conducta maximizadora es deducida como resultado de la racionalidad de los “agentes”, es decir, de su capacidad de elegir los mejores medios escasos, para alcanzar sus fines. Fines que suelen tomarse como dados.

El método

El nuevo método –o enfoque–, cuyo surgimiento histórico hemos comentado en los párrafos precedentes, a pesar de contener algunos elementos de la cosmovisión clásica, plantea una fuerte ruptura epistemológica, al centrar su teoría del valor en los principios de utilidad y escasez.

Mientras que los clásicos (y su crítica, tal el caso de Marx) ponían el énfasis en el lado de la producción y sus costos (o lado de la “oferta”, para empezar a familiarizarnos con la terminología que acá presentamos), los autores neoclásicos lo harían del lado de la demanda. De hecho, como veremos, la “curva de demanda” tendría un rol central en la determinación de los precios en el mercado. En el caso de la escuela austríaca, este rol sería excluyente.

Muchos autores dan a este nuevo enfoque el nombre de “revolución marginal”. Todos los miembros de esta corriente compartían una fuerte insatisfacción por la teoría del valor trabajo, que en sus distintas versiones había sido el basamento del pensamiento clásico. Pero incluso, tampoco consideraron válidas las soluciones “eclécticas” que diversos autores (postricardianos, Senior, John Stuart Mill) propusieron como salida explicativa para la formación de precios. El “abandono tajante” de la teoría del valor trabajo y un rediseño absoluto de todos los supuestos que conformaban la hasta entonces economía política estuvieron en el origen de esta “revolución marginalista”. Maurice Dobb (1975) afirma que hay dos modificaciones sustanciales con respecto a los clásicos:

En primer lugar, en lo referente a las influencias y determinantes causales, desvió el énfasis que se ponía en los costos en que se incurría en la producción, y por lo tanto arraigado en las circunstancias y en las condiciones de producción, hacia la demanda y el consumo final, poniendo así el acento sobre la capacidad de lo que emergía de la línea de producción para contribuir a la satisfacción de los deseos, urgencias y necesidades de los consumidores.

Y de ahí se derivó, continúa Dobb, la segunda cuestión: “[…] un prejuicio individualista o atomístico del pensamiento económico moderno conducente a la preocupación por el análisis microeconómico de la conducta y la acción individuales en el mercado y el enraizamiento de las generalizaciones económicas en esos macrofenómenos.”

Una novedad que ofrecieron los neoclásicos es que se modificó rotundamente el sentido de las relaciones de causa-efecto en economía. Para Ricardo y también para Marx, la distribución era un proceso anterior al intercambio. Lo que determinaba el salario, el beneficio o la renta estaba dado previamente por las “condiciones de producción de los bienes-salario” en Ricardo, o por las “relaciones sociales de producción” en Marx. No estaban relacionadas con el mercado, sino que dependían de condiciones sociohistóricas exógenas y, en cierta forma, anteriores al proceso de intercambio. Por ejemplo, recordemos que para Marx el valor de la fuerza de trabajo era el equivalente al valor de una canasta de bienes necesarios para la reproducción del trabajador y su familia, y que dependía de condiciones históricas, geográficas y, en el sentido más general, del resultado en un momento determinado de la lucha de clases. Por el contrario, en el análisis económico neoclásico/marginalista, los precios de los factores de la producción (así se denomina al “factor” trabajo, tierra, capital o capacidad empresaria), están determinados endógenamente. No son otra cosa que las “productividades marginales” respectivas de esos factores.

La demanda

Los términos “demanda” y, por contrapartida, “oferta” obviamente no fueron inventados por los neoclásico/marginalistas. Pero sí es cierto que ellos fueron los primeros en hablar de “curvas” de demanda y “curvas” de oferta.

El eje básico, y archiconocido, del funcionamiento de lo que se denomina la “curva de demanda” se sintetiza en la premisa: “Si sube el precio de un bien, la cantidad demandada del mismo caerá; si, por el contrario, el precio desciende, se incrementará la cantidad demandada”. Y suele representarse en un eje cartesiano como una curva de pendiente negativa. Esta curva, entonces, representa en qué condiciones “cuantitativas” (a qué precio) se está dispuesto a adquirir unidades adicionales del bien en cuestión.

Por supuesto, podríamos aceptar que esta curva no hace otra cosa que reflejar el comportamiento de la mayor parte de los bienes en el mercado (los llamados “bienes normales”). Cualquiera puede observar que, si se incrementa el precio de un artículo y el consumidor puede prescindir de él, o buscar un sustituto, le conviene hacerlo y, por lo tanto, demandará menos del bien en cuestión. Claro que todo esto supone que cualquier otro factor (el ingreso de la persona en cuestión, los precios de todos los demás bienes, los gustos respecto al bien en cuestión y a todos los alternativos) permanece constante (ceteris paribus, se suele decir en la jerga microeconómica). Por supuesto, desde este planteo básico, habría autores neoclásicos de la microeconomía que irían incorporando los efectos de ir levantando cada uno de estos supuestos (de forma que darían lugar a lo que se conocería como los efectos “ingreso” y “sustitución”).

Pero el enfoque neoclásico es más complejo. La curva en cuestión no es deducida simplemente desde algún tipo de verificación empírica. La teoría se basaba, en su formulación original, en la llamada “ley de la utilidad marginal decreciente”. La elección de los bienes que consumimos está asociada a la satisfacción o utilidad que proporcionan. Se consumirá más de un bien cualquiera en tanto proporcione más utilidad. En concreto: “más” de ese bien es preferible a “menos”. Esto técnicamente se enuncia como que la utilidad marginal del bien en cuestión debe ser positiva –mayor que cero–. Sin embargo, como hemos visto que señalaba Gossen, cada unidad adicional de ese bien implica un aumento cada vez menor de la satisfacción, o, lo que es lo mismo, la última unidad consumida se valora menos que la unidad anterior. En el punto de máxima utilidad, las últimas adiciones del bien ya no aportan ningún aumento apreciable de la satisfacción, y, a partir de ahí, un consumo mayor del bien en cuestión empieza a reducir (y no aumentar) nuestra satisfacción. Es que hemos llegado al punto de saturación. De todo esto deducimos que los puntos realmente relevantes de la curva de demanda están donde la utilidad marginal (utilidad que produce agregar una nueva unidad) es mayor que cero y decreciente, es decir, la última unidad consumida incrementa la satisfacción del consumidor, pero se valora menos que la unidad anterior.

Así, el aumento de las cantidades consumidas de un bien aumenta la utilidad total que produce ese consumo. Al principio, cada unidad consumida aumenta mucho la satisfacción, hasta llegar al punto de inflexión, donde cada incremento del consumo sigue aumentando la utilidad, pero cada vez menos. Finalmente llegamos al punto de saturación (utilidad máxima), más allá del cual mayores consumos producirán menos (y ya no más) utilidad total.

Preguntémonos ahora por la utilidad marginal de esos consumos (o sea, la utilidad de la última unidad consumida en cada caso). La utilidad marginal será creciente hasta el punto de inflexión, y luego pasará a ser decreciente hasta la utilidad máxima (el punto de saturación), tras lo cual se transformará en negativa. Ese “tramo” de la curva de utilidad marginal (el que va del punto de inflexión al de saturación), donde se verifica la pendiente negativa, es el que se utiliza para la construcción analítica de la curva de demanda en la corriente neoclásico/marginalista.

Un punto en el que se ha hecho mucho hincapié es la solución de la llamada “paradoja del valor” de los economistas clásicos. Los clásicos se preguntaban: ¿por qué algunos bienes muy útiles para la vida, como el agua, eran casi gratuitos en su época, mientras que otros bienes claramente prescindibles y, por tanto, menos útiles, como el oro, eran muy caros? Mientras que la solución clásica se basaba en el trabajo que llevaba producirlos o extraerlos, los neoclásicos propondrían otra respuesta, basada en la distinción entre utilidad total y utilidad marginal y en la “ley de utilidad marginal decreciente”. Así, el agua brinda una gran utilidad total, puesto que sin ella no se podría vivir. Sin embargo, cuando se la bebe en gran cantidad, la utilidad marginal del último vaso será muy pequeña, y en consecuencia el consumidor no estará dispuesto a pagar prácticamente nada por él. El caso del oro es opuesto. Como el oro es un bien siempre escaso, normalmente se lo encuentra en poca cantidad, por lo que su utilidad marginal permanece alta, y, por lo tanto, los consumidores estarán dispuestos a pagar mucho por él.

Nótese entonces el lugar central que en este análisis juega la escasez para determinar el valor de los bienes. Acá podemos señalar un punto de contacto con David Ricardo, que no ignoraba la influencia de la escasez en el valor de las mercancías, pero la consideraba solo pertinente para los bienes raros cuya oferta no podía incrementarse con el trabajo.

La oferta

La primera generación neoclásica negó cualquier pertinencia a “los costos de producción” en la determinación de los valores de los bienes. Sin embargo, esto cambió con Alfred Marshall, que, conservando el planteo subjetivista neoclásico, reintrodujo una “teoría de la oferta”. A partir de Principios de Marshall, esta fue la concepción prevaleciente que apareció en los manuales neoclásicos de microeconomía.

La teoría neoclásica de la oferta se fundó en la llamada “teoría de la producción”, que a su vez se basó en la llamada “ley de la productividad marginal decreciente”, de gran similitud formal con la “ley de la utilidad marginal decreciente”.

El primer concepto para la construcción de la curva de oferta neoclásica es el de la función de producción. Para producir bienes, se necesitan otros bienes, o, en otras palabras, para obtener productos, se requiere de insumos. Para los autores neoclásicos, los insumos abarcaban desde medios de producción –maquinarias, bienes intermedios, materias primas, distintas clases de tierras– hasta el insumo “trabajo”, también en distintos tipos y categorías. Dado el estado de la tecnología, el llamado “estado de arte”, existe una relación entre productos e insumos. La función de producción de cierto bien define, entonces, la cantidad máxima de producto que puede obtenerse con un conjunto dado de insumos, lo cual corresponde con la noción de eficiencia técnica. Así, si q es la cantidad de producto y x1 y x2, las cantidades de los insumos necesarios para producir un bien, la función de producción se representa con la expresión matemática “q = f(x1, x2).

Suele suponerse que la función de producción tiene ciertas propiedades según como se comporte frente a ciertos cambios. La primera propiedad se refiere a cuánto varía la producción ante cambios de la escala de la actividad productiva. Por ejemplo, qué pasa con la producción cuando se duplican los insumos x1 y x2. Si en tal caso la producción se duplicara, diríamos que la función de producción tiene rendimientos constantes a escala. Este es el supuesto neoclásico tradicional ante cambios de escala.

Sin embargo, existe la posibilidad de que haya rendimientos crecientes a escala, es decir que, ante, por ejemplo, una duplicación de las cantidades utilizadas de todos los insumos, la producción aumente más del doble. Este caso se conoce también como “economías de escala”. En las últimas décadas, la escuela neoclásica le ha prestado mucha atención a las economías de escala, pero debemos hacer notar que lo básico del esquema neoclásico en la determinación tradicional de las curvas de oferta se basa en el supuesto –irreal e inverificable– de que la inmensa mayoría de las funciones de producción tienen rendimientos constantes a escala.

Los rendimientos a escala son una propiedad cuyo interés va más allá de lo técnico, ya que tiene importantes consecuencias sobre los atributos de los equilibrios de mercado. La existencia de mercados competitivos depende crucialmente de que los rendimientos sean constantes a escala. La presencia de economías de escala puede llevar a situaciones de oligopolio y hasta monopolio.

La segunda propiedad de la función de producción se refiere a cómo responde la producción ante la variación de la cantidad utilizada de un solo insumo, manteniendo constantes las cantidades empleadas de los demás. La variación en la producción generada por el aumento (pequeño) de la cantidad utilizada de un insumo se conoce como “producto marginal” del insumo en cuestión. El punto central es si el producto marginal de ese insumo es decreciente o no. Y esto depende decisivamente de los rendimientos a escala. Si los rendimientos son constantes a escala, el producto marginal del insumo cuya utilización aumenta será decreciente. Esta es la llamada “ley de la productividad marginal decreciente”. Por ejemplo, supongamos que tenemos dos insumos, tierra y trabajo (ambos homogéneos), que se utilizan para producir trigo. Fijamos la cantidad de tierra y vamos agregando trabajadores. Partiendo de cero, el primer trabajador agregará cierta cantidad a la producción, el segundo, otra cantidad positiva, el tercero, otra, y así sucesivamente. La pregunta es si el segundo agrega más producción, pero menos que el primero, y el tercero, menos que el segundo, y así correlativamente. Esta idea ya estaba en los clásicos (en particular en Ricardo) con el nombre de “ley de proporciones variables”, y también detrás de las famosas leyes del crecimiento de la población (progresión geométrica) y los alimentos (progresión aritmética) en Thomas Malthus. En tanto que, en un sentido amplio, también podríamos vincularlo con la productividad marginal decreciente del trabajo agrícola que fundamenta la teoría de la renta diferencial ricardiana.

La existencia de rendimientos decrecientes en la producción en el corto plazo implica que la productividad media y marginal del trabajo es decreciente, es decir, la última unidad de trabajo incrementa la producción, pero menos que la unidad anterior.

Vemos entonces que los neoclásicos generalizan la “ley del producto marginal decreciente” para todas las clases de trabajo y para todos los factores de la producción, cada vez que suponen los famosos “rendimientos constantes a escala”.

En el caso ricardiano, esto es un resultado del agotamiento de las tierras fértiles: así se deduce que cada vez cuesta más producir una unidad, por lo cual los costos medios (el costo de producir una unidad, o, matemáticamente, el costo total dividido por la cantidad de un insumo) y los costos marginales (el costo de producir la última unidad) crecen.

El enfoque neoclásico deduce que la curva de costo marginal es equivalente a la curva de oferta, por lo cual esta es creciente o de pendiente positiva porque la propia curva de costo marginal es creciente.

Oferta y demanda: determinación del precio de equilibrio

En el punto donde se intersecta la curva de demanda con la curva de oferta, se obtiene el precio de equilibrio o de mercado, es decir, el precio de un bien es igual a su utilidad marginal y, además, coincide con el costo marginal.

Así, tenemos que:

Precio = Umg (utilidad marginal del bien) = Cmg (costo marginal del bien).

De esta forma, para los neoclásicos se deducía que el precio surge de la utilidad y el costo; desaparece así el trabajo como determinante del valor de una mercancía, tal como lo planteaba la escuela clásica y marxista.

Teoría de la distribución: las curvas de demanda y oferta de los factores productivos

Para este enfoque, el análisis de la distribución del ingreso no es más que un problema de formación de precios de los factores productivos “trabajo, “tierra”, “capital” y, le agregan, “aptitud empresarial”. Estos interactúan en el proceso de producción de bienes, asignándose a cada uno de ellos una participación en el ingreso de acuerdo a su productividad.

El ingreso del factor trabajo (nótese ya que no se trata del valor de cambio de la fuerza de trabajo), que corresponde al salario, es el equivalente a su productividad y a la valoración del ocio que realiza el trabajador individual.

Los propietarios de la tierra reciben como remuneración la renta o alquiler, asociado a los servicios productivos que esta genera.

Los propietarios del capital perciben el interés como recompensa a su espera, por el sacrificio que implica el renunciar al consumo presente, a favor de una posible ganancia futura.

La aptitud empresarial obtiene como retribución la ganancia (“salario imputado” a los empresarios propietarios, de acuerdo a Marshall) por su función de organizar y dirigir la producción.

Como vemos, en estas definiciones de las participaciones distributivas del ingreso, desaparece el concepto de “plusvalía” de Marx y aun el de “beneficio”, de la escuela clásica.

Vamos a detenernos en dos de estos “mercados” de los factores de la producción, por la importancia que tienen para la construcción del discurso económico neoclásico/marginalista como gran “justificador” del orden capitalista existente: el llamado “mercado de trabajo” y, a posteriori, el “mercado de capital”.

Mercado de trabajo

En él se determinará tanto el “precio del factor trabajo” (el salario), como la cantidad de personas ocupadas en la producción. En la lógica neoclásica, se actúa como en cualquier otro mercado: por el cruce de las curvas de oferta y demanda.

Una apreciación previa es que, siguiendo la cosmovisión de esta corriente, en dicho mercado interactúan individuos. Por lo tanto, no se habla de trabajadores y capitalistas en cuanto clases sociales, sino exclusivamente de individuos propietarios, uno del factor capital, y que entonces “demanda” trabajo (el empresario), y, por otro lado, el propietario del factor trabajo (el trabajador) que ofrece esto último. Veamos, a partir de ahí, cómo se constituyen ambas curvas.

Comencemos con la curva de demanda de trabajo. Por el supuesto de productividad marginal decreciente, cuanto más se utilice de un factor productivo (en este caso, el trabajo), menores serán los aportes o rendimientos marginales (el aporte adicional de una nueva unidad de trabajo). El empresario, que paga por la utilidad marginal de esas unidades de trabajo, pagará menos por cada unidad adicional. La curva de demanda de trabajo tendrá entonces pendiente negativa (pocas unidades de trabajo serán demandadas a un precio –salario– muy alto, y luego, en descenso, se llegará a que muchas unidades de trabajo solo sean demandadas a un precio –salario– cada vez más bajo).

Ya mucho se podría discutir sobre todos los supuestos que esconde la construcción de esta curva. Como vemos, está fuera de análisis si se está en una situación de recesión o crecimiento económico o cualquier planteo acerca de la tasa de ganancia que requiere dicho empresario. Para responder algunas (solo algunas) de estas cuestiones, tendremos que esperar a ver cómo se determina el mercado de capital, a posteriori cómo todo esto se articula con el mercado de bienes y, en una lógica de “equilibrio general”, cómo cierra el conjunto del sistema.

Pero adentrémonos en la curva de oferta de trabajo. Acá es donde se percibe con más claridad toda la cosmovisión ideológica neoclásica/marginalista. Comencemos por el final: la curva de oferta de trabajo tendrá, como la mayoría de las curvas de oferta de los demás bienes, pendiente positiva. O sea que, a medida que se incremente el precio del bien (en este caso, el “precio del factor trabajo”, es decir, el salario), aumentarán las “cantidades” (en concreto, los individuos que, a un mayor salario, estarán dispuestos a trabajar). A un salario muy bajo, pocas personas aceptarán trabajar, pero luego, a medida que se ofrezcan salarios más altos, más individuos desearán ingresar a ese puesto de trabajo, y así sucesivamente: a salarios muy altos, muchos individuos-trabajadores se ofrecerán.

Detengámonos a analizar cuidadosamente los supuestos que hay detrás de la construcción de esta curva. Se trata de una ruptura total y absoluta con los planteos de determinación del salario en clásicos y marxistas. Para ambos, el salario (como expresión monetaria del valor del trabajo –en Smith y Ricardo– y la fuerza de trabajo –en Marx–) era algo “exógeno” al modelo. En concreto, se establecían socialmente, a partir de las relaciones sociales (en clave más “demográfica” en Ricardo, siguiendo a Malthus, y de acuerdo a la lucha de clases en Marx). Con los neoclásicos sería totalmente distinto: el salario de equilibrio se determinaría “endógenamente” en el mercado de trabajo.

¿A partir de qué un individuo-trabajador decide aceptar o no cierto salario? El supuesto es que el trabajo es un “sacrificio”, una “desutilidad”. Por el contrario, el “placer”, su contrario, está en el “ocio”. Cada trabajador, como individuo con sus preferencias individuales, en cuanto “consumidor soberano”, sabrá cuánto ocio (placer) está dispuesto a canjear a cambio de los nuevos bienes que puede adquirir con un salario determinado. De esta forma, al principio, a niveles de salarios muy bajos, serán pocos los individuos-trabajadores que, en su particular relación ocio/placer versus trabajo/dolor, aceptarán trabajar. Solo lo harán aquellos que valoren muy poco el ocio, y, por lo tanto, prefieran fácilmente canjearlo por los nuevos que podrán adquirir con el salario ofrecido. Pero, a medida que aparecen en oferta salarios más altos, más individuos-trabajadores irán sacando la conclusión de que la utilidad marginal que obtienen con los nuevos bienes que pueden adquirir supera al placer del ocio que deben ceder a cambio.

Así, cruzando las curvas de demanda y oferta de trabajo, se tendrá un punto de equilibrio, donde se obtendrá un salario y una cantidad de trabajo (número de trabajadores en realidad) donde coincidan ambos y efectivamente se realice la transacción: se contratará a esa cantidad de personas y a ese salario.

Veamos la conclusión ideológica de todo esto. Con este esquema, no hay lugar (“no existen”) desempleados involuntarios. Solo hay personas a las que, en su particular preferencia ocio/trabajo, eligen “no trabajar”, porque valoran más el placer de no hacerlo que los bienes que podrían obtener a cambio. En concreto: hay puestos de trabajo para ellos, a un salario menor, que dichas personas no aceptan.

Reflexionemos sobre el fuerte contenido clasista de este planteo. Ante la existencia empírica y efectiva del desempleo involuntario, los neoclásicos responderían que ello se debe a uno de los dos motivos siguientes. El primero, a problemas de “información”: los puestos de trabajo existen, pero las personas en cuestión no lo saben, y “tardan” en encontrarlos; es lo que se denomina “desempleo por fricción”. El segundo motivo se debe a lo que estos autores llamaron la “rigidez de los mercados de trabajo”. En este caso, el salario mínimo se fija en un nivel superior al de equilibrio. Por motivos vinculados sea a la legislación laboral o a la presión de los sindicatos, el salario no puede descender hasta el punto de equilibrio. A ese valor, demasiado “alto” para el mercado de trabajo, menos empresarios estarán dispuestos a tomar más trabajadores. Más aún, como el salario está en ese nivel elevado, muchos individuos-trabajadores quieren ingresar al mercado de trabajo. La solución neoclásica/marginalista sería “flexibilizar” las relaciones laborales (derogar o reducir salarios mínimos, quitar cargas patronales, eliminar indemnizaciones por despidos, no cumplir con los convenios colectivos), en concreto, “reducir los costos laborales”. Según este planteo, cuando el mercado se flexibilice, los salarios bajarán. Y así se llegará al pleno empleo, en parte porque más empresarios tomarán a más personas a esos salarios menores; pero también porque una porción de los individuos-trabajadores se retirarán del mercado de trabajo, ya que, a ese menor salario, su preferencia será permanecer en ocio, ya que eso les garantiza más placer.

Todo este planteo desnuda el conjunto de la cosmovisión neoclásica: no se pregunta cómo hace una familia trabajadora para vivir y reproducir sus condiciones de existencia sin ingresos ni, mucho menos, se incorpora ninguna otra variable social. Se trata del más crudo planteo reaccionario de defensa del punto de vista del capital. Veremos, en el capítulo sobre Keynes, el cuestionamiento a todo esto desde el punto de vista analítico.

Mercado de capital

Los supuestos para conformar el mercado del factor productivo capital no son muy distintos. Los individuos que ahorran “ofrecen capital”, y están dispuestos a cederlo a cambio de un precio: una cierta tasa de interés. A mayor interés, mayor ahorro. Esto solo ya merece toda una discusión. Mientras que, para el marginalismo, el ahorro era el producto de “no consumir” (y el interés, un precio de “premio” por posponer consumos), veremos que posteriormente para Keynes sería una función del ingreso disponible de las personas. Estudiaremos entonces que la relación de causalidad ahorro-inversión sería inversa en un planteo y el otro. Pero no nos adelantemos. Por ahora, digamos que, en el planteo neoclásico/marginalista, el ahorro determina la inversión.

Ahora bien, para culminar el análisis del mercado de capital, tenemos que incorporar la curva de “demanda de capital”. En principio, el planteo parece simple: la demanda de capital, como la de tantos otros bienes, es decreciente. Ya que más unidades de capital tendrán una productividad marginal decreciente.

El cierre del esquema es simplista: se cruzan ambas curvas y allá habrá una tasa de interés de equilibrio que garantiza el pleno empleo de los recursos de capital.

Claro que acá tenemos que detenernos y preguntarnos qué entiende exactamente el neoclasicismo/marginalismo por “capital”. Acá hay un problema de mensurabilidad producto de la teoría del valor utilidad, que es técnicamente irresoluble. Porque el pensamiento neoclásico/marginalista se apoya en cantidades de factores productivos. Cuanto más escaso es ese factor (llámese “tierra”, “trabajo” o “capital”), más alta será su remuneración. Esto es fácil de explicar con el trabajo: las unidades son personas ocupadas, u horas de trabajo. Incluso con la tierra, que la podemos medir por hectáreas o cualquier otro signo métrico.

Pero esto es imposible de determinar en el stock de capital. Porque el capital se compone de un conjunto de bienes heterogéneos (insumos, máquinas, etcétera). Solo es cuantificable si se lo homogeneiza en términos de valor. Para los clásicos, y más claramente aún para Marx, esto se resolvía con las horas de trabajo socialmente necesario a que correspondían. Pero, si vamos a una teoría del valor utilidad, ¿cómo lo medimos? La respuesta simple sería tomar todas las cantidades de los distintos bienes de ese stock de capital y multiplicarla por los precios. Pero el problema es que no conocemos sus precios ni su distribución. El “precio del capital”es su retribución, equivalente a su productividad marginal. Pero, para conocer cuánto es esa productividad marginal, necesitamos saber cuál es el stock de capital; y para conocer este último, necesitamos esos precios. Es un círculo vicioso sin salida, irresoluble, cuyo simple enunciado manifiesta un ataque demoledor a la teoría subjetiva del valor en sus propios términos analíticos. Sería tarea de la escuela de Cambridge en las décadas del 50 y 60 entrar en estos debates, en particular con Piero Sraffa y sus sucesores, que destrozaron a los neoclásicos/marginalistas en su propio terreno. Por supuesto, como sabemos, esto no hizo mella en la capacidad político-ideológica de esta corriente como uno de los principales pilares de justificación de la dominación capitalista. Tal vez como una de las mayores demostraciones que lo central en el debate económico no es la coherencia analítica, sino su función social como discurso de poder.

Bibliografía

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