José Castillo
Las páginas que siguen a continuación están recorridas por un interrogante: ¿cómo y por qué se constituye la economía como discurso dominante?
Nuestra tesis es que “la economía” hoy aparece como la condición explicativa de la desigualdad como destino. Lo que en otros tiempos históricos ocupaba la religión, pilar del sometimiento y resignación de cada uno a su pertenencia a una casta o clase determinada, pasa a ser en la actualidad centralmente justificado por el discurso económico.
Por supuesto que un primer paso es poner en cuestión la propia existencia de la “economía”. ¿De qué se trata exactamente? ¿Siempre existió? O, aún más provocativamente, ¿existe? Dejemos por un momento en suspenso estos interrogantes. De lo que no cabe ninguna duda es de que existen “concepciones económicas” que se materializan en discursos que se imponen como dominantes. Esto nos permite complejizar un poco más nuestra pregunta original: ¿cómo un concepto (o una concepción) llega a constituirse en el “umbral” de una discusión?; ¿cómo es que la economía llega a construir un conjunto de afirmaciones que “se dan por supuestas”, “no se discuten” y pasan a formar parte del sentido común hegemónico?
Parafraseando a Althusser (1975), toda lectura (y, agregaríamos, toda escritura) es “culpable” de algo. Y entonces, al comienzo de cualquier texto, corresponde confesar de cuál lo somos. La concepción que se nos presenta como ineludible para nuestro análisis es la de Marx. El marxismo es la concepción “dominante” en todo lo que reflexionaremos de acá en más. Es la que, desde esa perspectiva, utilizaremos para analizar la historia de las representaciones que está detrás de eso que llamaremos el “discurso económico”.
No se trata de un intento novedoso. El propio Marx se enfrentó, a su manera y en su tiempo, al mismo problema. Tal como lo explica magistralmente Lenin (1973) (1), lo que solemos llamar “marxismo” se compone de tres “partes” (la filosofía clásica alemana, el socialismo utópico francés y, justamente, la economía política clásica inglesa) que, entrelazadas críticamente y ubicadas cada una de ellas en perspectiva histórica, pasan a constituir los tres “fundamentos” del marxismo.
Marx entonces se convierte en el autor “ineludible”, en el “horizonte teórico de nuestro tiempo”, tal como decía Sartre (1968). Y esta afirmación nos lleva a un recorrido que tiene una doble utilidad para nuestro análisis. Se trata de responder acerca de cómo el marxismo se constituye en la concepción teórica dominante en nuestras reflexiones críticas, cómo se autonomiza como una perspectiva, cómo se transforma en la herramienta central de nuestra “caja de herramientas”. Y a la vez, por contraposición, en cómo el discurso económico dominante también se autonomiza como tal. En ambos casos, cómo un “modo de ver” se constituye (y nos constituye) y se convierte en dominante. En un caso, en nuestro propio pensamiento crítico. En el otro, en las representaciones hegemónicas de la sociedad.
El horizonte de nuestro análisis será que el debate económico es, parafraseando a Althusser (1968), “lucha de clases en la teoría”. Es la expresión, con un lenguaje específico, de la defensa de intereses materiales contrapuestos.
Por eso es tan importante, cuando discutimos de economía, precisar “el punto de vista de clase”. No basta simplemente con señalar que existen distintas corrientes o escuelas –esto sucede en prácticamente todas las disciplinas, y mucho más en las ciencias sociales–, sino los intereses materiales que se despliegan, y defienden, en cada una de ellas. Ubicados, a la vez, en la perspectiva histórica de su tiempo y del nuestro.
Queremos empezar por poner en cuestión una división relativamente popular en los debates de economía política: aquella que separa a los diferentes economistas en “ortodoxos” y “heterodoxos”, ubicando a los primeros como los que acuerdan con el mainstream y englobando dentro de los segundos a todos aquellos que pertenecen a escuelas por fuera de esa corriente principal.
Esta diferencia es imprecisa por varias cuestiones. Primero y principal, porque otorga el rango de “ortodoxa” a dicho mainstream, constituido por el conjunto de una serie de corrientes (englobadas en lo que, en términos generales, podemos llamar “marginalismo”, “neoclasicismo” o “subjetivismo”) que, si bien hoy mayoritaria, fue claramente “revisionista” con respecto a aquella que dio origen a la propia economía política como disciplina: el pensamiento clásico de Adam Smith y David Ricardo. Si nos rigiéramos por la historia del pensamiento económico, la economía política clásica inglesa sería la que merecería la adjetivación de “ortodoxa”, y las corrientes que englobamos bajo el nombre genérico de “neoclásicos” o “marginalistas”, la de “heterodoxas”.
Un segundo cuestionamiento nos remite a las propias dificultades de englobar dentro del mainstream ortodoxo a distintas escuelas que, gozando todas de la “respetabilidad” de pertenecer a la “ciencia económica oficial”, son heterogéneas entre sí. Así, por citar solo un ejemplo, los economistas adscriptos dentro de lo que se denomina la corriente “austriaca” no aceptarían ser englobados al interior del pensamiento neoclásico.
Pero existe un tercer cuestionamiento a la división entre ortodoxos y heterodoxos, que es el que más nos va a interesar acá: dentro de la denominada “heterodoxia”, no solo existen también fuertes diferencias entre las diversas corrientes. Hay un corte decisivo: aquellas que defienden el sistema capitalista y aquellas que lo impugnan. Esto, que en el trazo más grueso nos remite a la diferencia irreconciliable entre keynesianos y marxistas, es lo que pone seriamente en duda la clasificación de “heterodoxos” versus “ortodoxos”.
Porque, sin duda, podemos, y lo haremos a lo largo del libro, detenernos a analizar las diferencias, y también las coincidencias teóricas entre las diferentes escuelas económicas, pero nunca debemos olvidar que el “grado cero” de nuestro debate será el punto de vista de clase: aquellas corrientes cuyo foco está puesto en la defensa del modo de producción capitalista, en facilitar el funcionamiento (automático o con algún grado de administración estatal) de los mercados, en priorizar el punto de vista del consumidor como sujeto aislado del productor, o en el rol del empresario (sea transnacional o nacional; monopólico, oligopólico o competitivo; grande, mediano o pequeño) por sobre el del trabajador, versus las que impugnan el capitalismo, la economía de mercado y la propiedad privada y se colocan incondicionalmente desde la posición de los explotados.
El punto de vista de clase, criterio metodológico primario que proponemos, debe ser colocado además en perspectiva histórica. Así, en términos genéricos tendremos:
- Economistas clásicos: correspondientes al período de la burguesía en ascenso (mediados del siglo xviii hasta las primeras décadas del siglo xix), encabezados, sin duda, por Adam Smith y David Ricardo.
- Crítica de la economía política: se va a comenzar a desarrollar en forma conjunta con la diferenciación y el ascenso de las luchas de la clase obrera desde el segundo tercio del siglo xix y alcanzará, sin duda, una primera cumbre con el pensamiento de Marx. Y se seguirá enriqueciendo en la pelea contra el pensamiento neoclásico-marginalista primero y keynesiano después, al mismo tiempo que deberá agregar nuevos elementos de debate cuando el capitalismo entre en su fase de “crisis, guerras y revoluciones” en la época imperialista (siglo xx–xxi).
- Neoclásicos y marginalistas: expresarán a la burguesía ya consolidada en el poder político, y se desplegará como principal abogado del capitalismo contra el socialismo. Coincidirá, a la vez, con el surgimiento del capital financiero y monopólico.
- Keynesianismo: producto, sin duda, de una burguesía, y un sistema capitalista, que debe convivir, explicar y proponer soluciones frente a su propia crisis, en particular desde la posguerra de la Primera Guerra Mundial.
Una cuestión importante, cuando nos planteamos trabajar en perspectiva histórica, es ponernos de acuerdo sobre los criterios de periodización. Siguiendo a Marx, el marco más general es el de los modos de producción: comunismo primitivo, modo de producción “asiático”, esclavismo, feudalismo, capitalismo. Y socialismo-comunismo como el nombre, en movimiento, que se le da al horizonte poscapitalista.
Marx (1975) nos da todavía, a partir de su mirada en El capital, la posibilidad de acercarnos a una primera periodización ya dentro del propio modo de producción capitalista: acumulación originaria, cooperación simple, manufactura y gran industria.
A fines del siglo xix y comienzos del xx, va surgiendo y consolidándose otra periodización: la que divide al capitalismo en “épocas”. Así, la gran división será entre una fase de ascenso de las fuerzas productivas, época donde prevalece la libre competencia y, desde el punto de vista del proletariado, la posibilidad del “reformismo” (obtener reivindicaciones más o menos estables sin poner en cuestión el capitalismo como tal), y otra, que Lenin (1973) (2) llamará de “guerras y revoluciones” y Trotsky (2008) de “estancamiento de las fuerzas productivas”, el imperialismo, donde prevalecen el capitalismo monopólico y las crisis globales.
Bajando más aún en grados de abstracción, y ya remitiéndonos a la época imperialista propiamente dicha, podemos hablar de diferentes fases de la economía mundial. La que, a posteriori de la crisis 1873-1895, da lugar a una fase expansiva hasta la Primera Guerra Mundial; el momento contradictorio de entreguerras que culmina con la gran crisis mundial de 1929; la gran recesión de la década del 30 que lleva a la Segunda Guerra Mundial; el boom de la posguerra hasta la crisis de los 70, y la crisis crónica que se abre a partir de ese momento, tal como desarrollamos en Castillo (2020).
Sabemos de la existencia de otras formas de periodizar, que, a nuestro juicio, solo pueden ser utilizadas con muchísimo cuidado. Tal la que plantea la teoría de las ondas largas –Kondratiev, luego rescatada por Giovanni Arrighi–, desarrollada en Tavilla (2020), o las clasificaciones a partir de regímenes de acumulación o modos de regulación, planteadas por Aglietta (1979), típicos de la escuela de la regulación, que, a escala global, propone la clasificación de taylorismo, fordismo y posfordismo.
A la vez, definida la forma específica de periodización utilizada, debemos incorporar otra cuestión: debemos “bajar” territorialmente los modos de producción (y sus respectivas periodizaciones): es lo que llamaremos las “formaciones económico-sociales”. En concreto, la particular “mezcla” que se constituye en cada país. Siguiendo a Trotsky (2017), con su planteo del “desarrollo desigual y combinado”, cada formación económico-social tendrá su particular articulación y conformación histórica. En la época imperialista, cuando el capitalismo ya ha cubierto territorialmente el conjunto del planeta, toda formación económico-social estará hegemonizada por el modo de producción capitalista. Y más específicamente, la propia economía mundial será un todo articulado donde se acumulará (y reproducirá) a escala global el capital.
Con estas precisiones, podremos (y a los fines analíticos deberemos) precisar la periodización de cada formación económico-social (en nuestro caso, la economía argentina o, a escala regional, la formación económico-social latinoamericana), explicándola a partir de “patrones” o “regímenes” de acumulación.
Todo esto será el marco, la cosmovisión, la perspectiva, desde lo cual abordaremos nuestra investigación.
Preguntémonos ahora sobre el “modo de ver” del discurso económico dominante.
El “mercado” o “los mercados” se convierten en el modo de ver lo real. La concepción “económica” delimita el problema a partir de una serie de interrogantes (¿qué es la riqueza?, ¿qué es la “soberanía del consumidor?, ¿qué son las expectativas?), que a su vez se sitúan en el marco de debates, donde lo fundamental es quién y con quién está habilitado el debate (y con quién no).
Lo que se disputarán serán categorías: valor, precio, dinero, capital, mercado. Y, lo más importante, se definirá una posición de los sujetos, una orientación para el problema. Así como insistimos en que nuestro punto de vista es de clase (el conflicto de clase y la perspectiva desde la clase trabajadora), también debemos preguntarnos desde dónde “mira” el pensamiento económico dominante: desde un supuesto sujeto autónomo que tiene una conducta de oferta y demanda en el mercado, un mercado que, supuestamente, “somos todos”, en igualdad de condiciones y oportunidades. Este individuo (el homo economicus, plenamente informado, que maximiza placer, ganancias y utilidades y, como contrapartida, minimiza dolor y costos) es quien “mira” e interpreta la realidad, y no los burgueses o proletarios que nosotros planteamos mirar desde una perspectiva de clase. Categorías como explotación, plusvalía, o reproducción del capital quedan así “invisibilizadas”, “prohibidas”, o “silenciadas”.
En síntesis, se trata de entender las perspectivas, los “modos de ver”. Desde distintas definiciones de sujetos (individuo en el mercado versus clase social), se definen las posiciones en la lucha entre diferentes “modos de ver”. Esas perspectivas, contrapuestas, orientarán las distintas producciones de saberes y prácticas. Siguiendo a Foucault (1996) en El orden del discurso, se establece así un régimen de visibilidades y enunciables.
Ahora bien, ¿en qué momento nace ese saber llamado “economía política”? No hay debate al respecto: surge en el siglo xviii. Como veremos en su momento, hay textos y enunciados previos que hoy llamaríamos “económicos”, pero que, cuando fueron elaborados, no pertenecían a ese campo, simplemente porque no existía como tal.
Claro que, cuando sostenemos que la economía política como tal surge en el siglo xviii, nos estamos refiriendo a dos cuestiones diferentes: la economía como “cosa”, como realidad claramente delimitada de otras prácticas, como lo visible; y la economía como “palabras”, como lo enunciable. El mercado como campo o lugar de lo visible se hace claro en el siglo xviii. En el caso del mercado, este no solo se hace visible, también se hace “mostrable”: deja de ser ese lugar “sórdido”, “escondido”, “pecaminoso” de los siglos anteriores (incluso desde el Pireo de la Atenas clásica, donde era el sitio de los extranjeros, de una práctica que no tenía relación con la supuestamente virtuosa de los ciudadanos). A partir del siglo xviii, comenzará a ser cada vez más un lugar para “ver y ser visto”, con sus carteles (que en el siglo xx llegarán a las luces de la propaganda comercial) y sus sitios cada vez más invasivos en las principales ciudades (desde las galerías del siglo xix a los shoppings modernos). Las mercancías, sus precios, sus tasas de cambio son cada vez más visibles. Como contrapartida, tal como relata genialmente Marx (1975) al final del capítulo 4 del tomo I de El capital, la fábrica, la usina de producción, la suciedad de la explotación se invisibilizan. Es lo que no se ve, y a la vez de lo que se evita hablar, ya que “avergüenza”, “contamina”, desnuda la mentira de una ciudadanía “formal” donde supuestamente somos todos libres e iguales.
Prestemos atención a la diferencia. Cuando surge la economía política, se muestra, se ilumina lo que antes aparecía escondido: el mercado. Y, por el contrario, se torna opaco, se esconde, el “cómo” de la producción, que con anterioridad era transparente (incluso justificando las “desigualdades naturales”, como la servidumbre o la esclavitud). Recordemos que, incluso cuando en determinadas épocas la producción tenía sus secretos (como en los gremios medievales), eso implicaba un “orgullo” para los propios productores. Era secreto, pero no vergonzoso. La superexplotación de las usinas de producción del capitalismo, en cambio, trata de invisibilizarse frente al discurso de una sociedad moderna, supuestamente progresista y que “incluye” cada día a más sectores de la población mundial en sus beneficios.
Por eso es muy importante reflexionar qué pasa en ese período, que ya forma parte de la modernidad, lo que Foucault (2002) llama “la época clásica” (siglo xvii), cómo eso se desarrolla en el siglo xviii y xix (donde ya está el capitalismo plenamente desarrollado), qué sucede en el siglo xx, con las crisis capitalistas, pero a la vez con el hiperconsumo de la sociedad de masas y con la velocidad de los intercambios en los tiempos de la denominada “globalización”. Y, no menor, cómo todo eso se reconfigura desde el mundo periférico, subdesarrollado, dependiente y semicolonial.
Todo esto está estrechamente unido al momento en que aparece la economía como enunciado. Contemporáneamente a Adam Smith, e incluso un poco después, comenzarán a surgir las primeras cátedras de economía política en las universidades. Adam Smith (2005), en su texto Naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, pone “luz” en dos cosas: la fábrica manufacturera y el mercado. Ese es su “campo de visibilidad”.
Smith está, desde el punto de vista de su cosmovisión, todavía en la época clásica foucaultiana (de hecho, con su ejemplo de la fábrica de alfileres en el primer capítulo de la Riqueza de las Naciones, demuestra que no ve en su totalidad los enormes cambios que está produciendo la Revolución Industrial). Pero sienta bases fundamentales.
Comparemos con lo que, décadas más adelante, planteará Jeremy Bentham (2013): el individuo en el mercado, egoísta, sí, pero con los límites morales que le coloca Adam Smith, pasa a ser el extremo hedonista del homo economicus. Y a la vez, Bentham avanza con su panóptico. La prisión, el manicomio, la fábrica pasan a ser lugares donde el que tiene el poder pueda “mirar sin ser visto”, exactamente lo contrario que la galería comercial que citamos anteriormente.
Del lado de los enunciados, ha surgido la economía política. Con un estatuto totalmente diferente a la disciplina “menor” y subordinada oikos+nomos, la economía de Aristóteles (2005), que mantuvo esa jerarquía subordinada durante la hegemonía del tomismo medieval. A pesar de que, luego de la conquista de América y con el saqueo de los metales preciosos, se da la llamada “revolución de los precios” en la España del siglo xvi–xvii, y de que los debates sobre los precios (el justo precio) y las normas para el funcionamiento de los mercados, que empezaban a generalizarse, comienzan a tener más complejidad, la economía sigue subordinada a la ética y, en el fondo, a la teología. Esto sucederá incluso con la máxima expresión de la época: la llamada Escuela de Salamanca, relatada por Gómez Machado (2011).
En cambio, ya en el siglo xviii, y Smith es una muestra de esto, el mercado y la fábrica aparecen como las “evidencias”. Si acordamos en que cada formación económico-social posee su propia evidencia, su propia “visibilidad”, la fábrica y el mercado integran el par de nacimiento de la economía.
Ahora bien, en ese par de visibilidades, el régimen de luz, lo “iluminado” tenderá a ser, cada vez más, el mercado. Que Smith primero, y Ricardo después, le conserven un lugar importante a la usina de producción y que la teoría del valor trabajo obligue a comenzar el análisis por el lado de la producción será justamente la contradicción “maldita” de la economía política. Será aquello que, lúcidamente, Marx verá y llevará a su máxima consecuencia. Pero la fábrica deberá ser lo ocultado. La forma de producir, el proceso de trabajo, el régimen de valorización y el propio sujeto de todo, el obrero, tenderán, cada vez más, a ser escondidos. Esto se logrará plenamente recién con el pensamiento neoclásico-marginalista.
Inspirándonos libremente en el Toni Negri (1991) “obrerista”, podemos decir que la economía primero niega al obrero, lo invisibiliza como sujeto específico. Hasta que ya no puede hacerlo. Primero no puede hacerlo políticamente: la emergencia de la Revolución rusa. Pero posteriormente tampoco puede hacerlo desde lo específicamente económico, con la crisis de 1929. Con Keynes se lo “integra” en el consumo vía la “demanda efectiva”. Y en la política, con los llamados “Estados benefactores”. Será la cristalización de una nueva relación de fuerzas, favorable a los trabajadores a partir de la cadena de revoluciones que recorren el siglo. Habrá que analizar –lo haremos en el capítulo final– qué sucedió en los últimos 50 años, con un capitalismo mundial en crisis crónica, y al calor de los grandes cambios acaecidos luego de 1989.
Decía Marx (1970) en 1859:
[…] la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos solo brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización.
Siguiendo nuestro razonamiento, cada formación histórica dice “lo que puede decir”.
En síntesis, cada formación histórico-social construye su ideología, sus evidencias y sus discursividades. La gran pregunta que nos recorre es: a partir del surgimiento de la economía como discurso y como suceso autónomo, ¿cómo se constituyen las visibilidades y cómo se constituyen los enunciados?
Deleuze (2015), analizando a Foucault, afirma que los enunciados priman por sobre las visibilidades. Sin embargo, el saber, la “verdad” es un proceso (lo visible) sumado a un proceder (lo enunciable).
Por eso, la pregunta clave es qué es lo que una época “ve” y “hace ver”, “dice” y “hace decir”. Dirá Foucault que esas son las condiciones de los comportamientos. Volviendo a Marx, nosotros le agregamos que la argamasa de la cual dependen son, a su vez, las condiciones materiales de existencia.
La “economía”, entonces, se nos aparece como la práctica que define qué es “lo posible” y qué lo imposible. Miremos toda la potencia de algunas definiciones. La del historiador victoriano Thomas Carlyle: la dismal science (la ciencia “lúgubre”), citada brillantemente por Dixon (2010). La del principio de “escasez” de los autores neoclásicos. Así la pregunta, hasta entonces puramente filosófica, “¿con base en qué condiciones esto (algo) es posible?” se transforma en una pregunta “técnica” (económica).
Recordemos que lo visible y lo enunciable son los a priori de un saber que no tiene objeto ni sujeto, sino solamente elementos (visibles y enunciables). Pero esto no nos transforma en kantianos: saber no es conocer. Por eso, cuando hablamos de economía como discurso económico, no estamos en el terreno de lo científico, a la búsqueda de una verdad, sino de una justificación ideológica.
El umbral anterior de Adam Smith (el siglo xvii, que lo precede) es la entonces denominada “filosofía moral”, el posterior es transformar ese saber en “ciencia”, tal como se la entendía en ese momento (la contradicción no resuelta entonces entre racionalismo y empirismo). Pero Adam Smith, en medio del llamado “renacimiento escocés” (David Hume, Ferguson), ya transforma esa filosofía moral en “economía política”, y su umbral posterior pasa a ser la formalización de ese conocimiento, tal como señala Broadie (1997). Formalización que, en el terreno enunciativo, dará un salto con los Principios de economía política y tributación de David Ricardo (1985), pero que quedará pendiente hasta su resolución definitiva con la economía matemática, desarrollada por el pensamiento neoclásico-marginalista.
La economía con Smith todavía es plenamente “política”. Por eso ocupa un lugar importante el “derecho del soberano” a extraer recursos (impuestos). Recordemos que esto también ocupaba un lugar preponderante en los autores de lo que usualmente se señala como la prehistoria de la economía política moderna: mercantilistas y fisiócratas. Pero, a la vez, Smith es un hombre de fines del siglo xviii, donde el centro ya es “hacer producir”, o sea tomar un objeto útil y multiplicarlo. Como diría Foucault, en ese momento ya está planteado un régimen de organización o “cuadricularización” de la vida social. La división del trabajo, en la usina de producción y en la sociedad, ya implica una forma de gestión y control de la vida. La economía política ya no solo se dedicará a enunciados soberanos (política económica, con relación al Estado), sino también disciplinares. Será una disciplina que presentará todo un programa útil para la burguesía en ascenso. Tal como afirma Eric Roll (1973):
[…] su éxito no hubiera sido tan grande de no haberse dirigido a un auditorio dispuesto a recibir su mensaje. Habló [Adam Smith] con la voz de éste, la voz de los industriales que ansiaban acabar con todas las restricciones del mercado y de la oferta de trabajo, restos anticuados del capital comercial y de los intereses de los terratenientes.
“La economía” como actividad, junto con “la economía política” como discurso, constituye entonces un saber que es a la vez una práctica. Saber que está en manos de los que ejercen esa actividad (comerciantes, dueños de fábricas, banqueros) y de los que se dedican a estudiarlo e interpretarlo (los economistas), articulando ambos saberes y ambos grupos de personas el ejercicio de la “política económica” por parte de los Estados o de organismos internacionales que van a ir surgiendo a medida que el capitalismo vaya adquiriendo dimensión global.
Ese saber económico, esa práctica, no tendría, en principio, ningún secreto, nada “oculto”. Simplemente se trataría de saber “extraerlo” del lugar correcto. Por supuesto, primero se deben conocer las reglas de formación de los enunciados. Luego, estaría todo dicho.
Así, hoy la operación ideológica es hacernos creer que ese saber estaría en los papers de la “ciencia” económica neoclásica o marginalista, el citado mainstream, formalizada a partir de complejos modelos matemáticos encriptados para todo aquel que no tenga capacidad de descifrarlos. Y ello sumado a un conocimiento práctico que solo tendrían los animal spirits capitalistas, ya se entiendan a estos como el empresario emprendedor schumpeteriano, el empresario endiosado de los economistas austriacos o el especulador keynesiano.
Volvamos una vez más a Foucault, citado por Deleuze (2015) cuando nos dice que hay que encontrar los enunciados allí donde están: en los “archivos”. La pregunta es: ¿dónde están esos archivos, ese corpus de palabras, frases y proposiciones que constituyen lo que denominamos “economía”?
Repasemos: las palabras claves serán “mercado”, “precio”, “valor”, “dinero”, “capital”, “salario”, “ganancia”, “renta”, “interés”. Ahí está el saber, lo que se ve (y lo que no se ve), lo que “se dice” (y lo que “no se dice”). Pero el problema económico no es solo una cuestión de saberes, sino también, y principalmente, de poder. Por eso definiremos a la economía como un “discurso de poder”.
Pero cuando hablamos de poder queremos darle un contenido bien concreto. Por un lado, acordamos con Foucault cuando, al preguntarse si hay algo más allá del poder, responde afirmativamente, situando en ese lugar al “deseo”. Esto es fundamental en economía: el deseo materializado es tener (poseer) bienes, para así satisfacer placeres (“maximizados”, diría el pensamiento neoclásico-marginalista). Bienes que, vía la generalización de los mercados, solo pueden ser mercancías. Que lleva entonces a tener (poseer) valor. Valor de uso, por cierto, pero, como veremos en los capítulos siguientes, valor de cambio, la materialización del “Valor” (así con mayúsculas), secreto a la vez de la fuente del plusvalor. Lo que nos lleva al verdadero secreto del deseo dominante en el capitalismo: la acumulación siempre creciente de plusvalor, su reproducción y acrecentamiento infinito. El deseo en síntesis de “riqueza”, esa palabra tan presente en los primeros autores de la economía política.
Pero, digámoslo con todas las letras, acá es dónde no nos alcanza Foucault. El poder no flota en el aire, ni puede explicarse desde la subjetividad individual. El sustrato material, objetivo, del poder está en las relaciones de clase. La lucha por el poder expresa las contradicciones irreconciliables entre clases sociales: explotadores y explotados. Que, a su vez, se apoya, contradictoriamente, sobre las condiciones materiales de existencia, el estadio del desarrollo de las fuerzas productivas.
Entre los enunciados (la economía como disciplina) y las visibilidades (lo económico como actividad), hay una diferencia de naturaleza absoluta, pero a la vez hay “capturas” de unos hacia los otros. Tomando una muy feliz expresión de Deleuze (2015): se trata de “abominables” relaciones de poder. Expresión que nos recuerda a Marx (1975), que, en el primer párrafo de El capital, utiliza el término ungeheure (‘monstruoso’) para referirse colectivamente a las mercancías que son manifestación de la riqueza en el modo de producción capitalista.
La relación entre el enunciado (discurso económico) y la actividad estará siempre “sucia”, cruzada por esas relaciones de poder, y será, entonces, profunda e infinitamente ideológica. Ese será el destino de la economía como disciplina: cosmovisiones enfrentadas por vientos huracanados de la lucha de clases.
Teniendo esto en claro, digamos también que un enunciado se define por el campo de vectores a que está asociado (Foucault), o, lo que es lo mismo, por su espacio asociado o adyacente. Esto no es menor en economía: remite nada más ni nada menos que a la pregunta de si la economía es una ciencia del comportamiento –uno de los padres de la escuela austriaca, Mises (2017), la definirá como “teoría de la acción humana”– y, por lo tanto, está emparentada a la psicología, una teoría de la empresa (ciencias de la “administración”), o una mera formalización matemática donde no importa la relación entre los supuestos y la realidad, tal como asegura Friedman (1953). Y, a la vez, a la relación de la economía con la sociología, la historia y la política. Como debatiremos en el libro, lo que está en discusión es el estatus de la economía en el marco de las ciencias sociales, y su propio lugar como disciplina independiente.
Pero, para una correcta comprensión del lugar del discurso económico, nos resta aún otro interrogante: cuál es la relación del enunciado con aquello que le sirve de sujeto, de objeto y de concepto, que no son otra cosa que funciones derivadas del propio enunciado.
Comencemos por el sujeto. Acá vemos el abismo absoluto entre los “sujetos” de la economía neoclásica y keynesiana (nos permitimos llamarla simplemente “economía burguesa”) que nos remiten a las figuras del consumidor y el productor, ambos como portadores de conductas individuales, versus el planteo de la crítica de la economía política en Marx, donde el sujeto son las clases sociales, definidas por el lugar que ocupan en su relación con la propiedad de los medios de producción. Marx (1975) aclara:
No pinto de color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y el terrateniente. Pero aquí solo se trata de personas en la medida en que son personificaciones de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase.
Si nos remitimos ahora a otra definición de sujeto, el sujeto del enunciado, esto es la figura de “el economista”, también encontramos profundas heterogeneidades, según nos estemos refiriendo al “científico”, hoy limitado al profesor o especialista, productor de papers para las universidades, al economista “de empresa”, consultor especializado en el comportamiento de los mercados, al economista de “partido político” (oficialista u opositor), al periodista económico, o al ejecutor de política económica (ministro, secretario, presidente de Banco Central o funcionario de organismos económicos internacionales). Y, en un campo de diferenciación mucho mayor con todos ellos, al economista marxista, militante anticapitalista, que rompe los ámbitos supuestamente autónomos de economía, política, ideología y se ubica explícitamente en el campo de la clase trabajadora y enfrentado a la burguesía y al régimen capitalista.
No podemos culminar nuestro análisis del sujeto en el enunciado del discurso económico sin referirnos a un sujeto fantasmagórico e irreal. Se trata de las modulaciones de una tercera persona: los mercados que supuestamente “hablan”, “se ponen nerviosos” o “reaccionan”.
Pasemos ahora al objeto. Todo enunciado apunta a algo, designa algo. Esto nos remite directamente a la pregunta que analizaremos en profundidad en nuestro primer capítulo: ¿qué es la economía? Pero sí queremos poner el acento en una cuestión asombrosa: todos los objetos particulares de la economía son ficciones; esto es, la competencia perfecta, el homo economicus, el equilibrio general, el “rematador” walrasiano. Incluso, como citamos más arriba, habrá economistas, como Friedman (1953), que afirmarán que no tiene importancia la correspondencia entre los supuestos y la realidad, en tanto los modelos sirvan para predecir. Contradictoriamente, habrá otros, como los de la escuela austriaca, que, ante la evidente incapacidad predictiva verificada por la experiencia histórica, afirmarán, siguiendo a Cachanosky (2016), que la economía no “predice”, sino que “interpreta” la realidad a partir de proposiciones no demostrables, sino “evidentes por sí mismas”, sin preocuparse de que esas “evidencias” no son tales.
Por último, remitámonos al concepto. El concepto es el significado de una palabra. El concepto discursivo está en el cruce de todo un sistema heterogéneo por donde pasa el enunciado. ¿Qué sería entonces un concepto económico? Citemos extensamente: inflación, hiperinflación, crisis económica, desocupación o desempleo, crecimiento, desarrollo, ajuste. Todas palabras que tendrán distintas definiciones específicas según diferentes escuelas y serán más o menos graves según las distintas cosmovisiones.
Habíamos dicho más arriba que la escisión entre el enunciado y lo visible en economía implicaba “capturas” mutuas, y que ellas estaban mediadas nada más ni nada menos que por el poder, por la lucha política por el poder y las resistencias que se oponen a dicho poder. Lo específico de las capturas entre enunciado y visibilidad en economía se materializará en “políticas económicas”, ejecutadas por gobiernos u organismos internacionales, y, en última instancia, como materialización de intereses de clases contrapuestas. El discurso económico será, entonces, la expresión más descarnada de la superestructura ideológica del modo de producción capitalista.
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