Un punto de vista desde el caso francés
Martine Segalen
El ingreso masivo de las mujeres francesas al mercado laboral desde los años setenta ha tenido consecuencias sociales en todos los ámbitos. Sin embargo, las mujeres han trabajado desde siempre, lo han hecho en el campo, en la fábrica del siglo xix, pero, en el primer caso, esas actividades que se relacionaban con las labores domésticas, no eran concebidas como “trabajo” y, en el segundo, el trabajo obrero era considerado un ingreso complementario del que los hombres prescindían en cuanto aumentaba su salario. En realidad, lo que verdaderamente ha cambiado es la inserción de la mujer en el mundo del trabajo remunerado como resultado de dos fenómenos: por una parte, el incremento de su nivel educacional y, por otra, la disociación entre sexualidad y reproducción, lo cual permite planificar la familia.
En Francia, desde los años setenta, al igual que hoy, las mujeres se realizan como tales siendo al mismo tiempo madres y trabajadoras. Sin embargo, ante el incremento del empleo asalariado femenino, mientras que las primeras feministas predecían que los hombres participarían más en las labores domésticas, lo cierto es que este no ha sido precisamente el caso: “La asignación de las mujeres al universo doméstico constituye el núcleo duro de la dominación masculina contemporánea” (Bihr y Pfefferkon, 2000: 30). Si bien las normas relativas a la distribución de los roles han cambiado en un sentido mucho más igualitario, las prácticas no han seguido esta tendencia.
En Europa, Francia se caracteriza por una situación inédita que combina una alta tasa de empleo femenino con la mayor tasa de fecundidad (después de Irlanda). Las normas, las representaciones, pero también las políticas públicas, explican esta especificidad que las mujeres no han vivido con facilidad. La expansión del trabajo de las mujeres, junto con el manejo de la anticoncepción, tienen efectos significativos sobre la fecundidad, al igual que el divorcio y el distanciamiento del matrimonio, pero, en lo que se refiere a la reorganización de los roles en el seno de la unidad conyugal, parecen prevalecer las formas clásicas de interacción: las mujeres han entrado en el ámbito masculino, pero los hombres se han cuidado muy bien de no intervenir demasiado en el ámbito que tradicionalmente se consideraba femenino.
Este texto tiene por finalidad presentar las investigaciones sociológicas que se han llevado a cabo en Francia sobre las relaciones entre el trabajo femenino y la vida familiar. Tras haberse estudiado durante años la distribución de las tareas y los roles dentro de las familias en las que ambos miembros de la pareja trabajaban, algunos estudios más recientes se están enfocando ahora en las diferencias sexuales de las temporalidades[1].
Tesis feministas: el trabajo como trabajo productivo
La aparición del trabajo doméstico como campo de estudio científico surgió de la crítica marxista de los años setenta, en cuyo nombre las intelectuales feministas denunciaron la opresión de que eran víctimas las mujeres en el marco del matrimonio burgués, que se basaba, decían ellas, en la explotación patriarcal. El modo de producción capitalista habría producido una división sexual del trabajo y las feministas, retomando el argumento de Engels sobre el matrimonio como “esfera de dominación” dentro de la “esfera privada”, homologaban la explotación que produce el capitalismo en la esfera del trabajo. Esta dominación de lo masculino sobre lo femenino se manifestaba principalmente en la invisibilidad de las tareas domésticas a las que hasta entonces se les negaba la condición de “trabajo”. Para las feministas, se trata de un trabajo y de un trabajo explotado, puesto que es la mujer quien lo produce sin percibir remuneración alguna y del que usufructúa gratuitamente el cónyuge.
Christine Delphy (1978) fue la primera en Francia en destacar el carácter público de la familia al señalar que el trabajo doméstico produce valor. Los economistas clásicos rechazaban esta postura, estimando que se trataba de producciones inmediatas con valor de uso y no de mercancías que ingresaban a la red de intercambios comerciales y que, por ello, la contabilidad nacional podía ignorarlo. Las feministas replicaron que la mayor parte de los servicios suministrados dentro del espacio doméstico podían ser adquiridos en el mercado, pero al asignarlos al trabajo doméstico, las temporalidades eran muy desiguales. Algunos estudios norteamericanos mostraban que el hombre, al casarse, se ahorraba 218 horas anuales de labores domésticas, vale decir, si se multiplica por 44 el número de horas promedio en la vida matrimonial, serían 9592 horas o 5 años los que podía dedicar a su carrera profesional, a su vida de esparcimiento, etc. Si en lugar de conseguir estos servicios de forma gratuita, el hombre hubiese tenido que remunerarlos, su familia habría tenido un tren de vida muy inferior y el desarrollo de su carrera profesional habría sido evidentemente menos fácil.
Si se describen las relaciones matrimoniales en términos económicos y desde una perspectiva marxista, el hombre goza de todos los beneficios del matrimonio, mientras que la mujer, que realiza un trabajo “invisible”, soporta todos sus costos. Al incluir el trabajo doméstico en las cuentas de la nación, sería posible apreciar mejor las cargas cotidianas del hogar.
Actualmente, este trabajo es menos invisible, ya que se mide científicamente, aun cuando no está incluido en las cuentas de la nación. Así, una encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE) reveló que, en el año 2010, el trabajo doméstico requirió 60 mil millones de horas, ya sea se trate del cuidado de niños o de labores relacionadas con el funcionamiento del hogar. Cabe destacar que aproximadamente son 38 mil millones el número de horas de trabajo remunerado. Calculado en el Salario Mínimo Interprofesional (SMIC) neto, el valor de este trabajo asciende a un 15% del PIB. Cualquiera que sea la definición del perímetro de las tareas, la parte de la mujeres es siempre la más importante, de un 62% a un 72% (Rov. 2012).
Las tesis feministas de los años setenta contribuyeron de manera decisiva a desenclavar la sociología del trabajo del ámbito de la psicología y a mostrar que la familia es dominio de lo privado, pero también plantea una cuestión pública: lo privado es político.
Bajo la influencia de estas primeras corrientes teóricas y ante la importancia del trabajo remunerado femenino, se ha desarrollado en la sociología francesa una línea de investigación que concibe juntos el trabajo remunerado y el trabajo doméstico, articulando los temas de producción/reproducción. Ambas esferas aparecen ahora como indisolubles y los investigadores sustituyen el concepto de “división sexuada de tareas y roles” por el de “relaciones sociales de género”, que traduce en forma más o menos afortunada el concepto anglosajón de gender. Las nuevas tesis feministas generadas en el 2000 han abandonado el tema del valor de lo doméstico y se han orientado hacia el tema de la igualdad y la paridad, en especial, en lo que se refiere a la distribución de las temporalidades masculinas y femeninas.
Aumento del trabajo femenino en Francia
El “aumento” de la actividad femenina a la que ahora se hace referencia corresponde a un cambio en la esfera del empleo (Maruani y Méron, 2012). Se sabe que los Treinta Gloriosos abrieron numerosos puestos de trabajo en el sector terciario y las mujeres, cuyos niveles de educación siguieron aumentando después de la Segunda Guerra Mundial, irrumpieron de lleno en este creciente mercado. La disminución de la actividad económica no frenó el desarrollo del empleo en lo que respecta a todas las mujeres, es decir, tampoco para las mujeres jóvenes, madres de niños pequeños. En el año 2008, la porción de mujeres dentro de la población activa de Francia era más de un 50%. Ellas son las primeras afectadas por el desempleo, por el trabajo a tiempo parcial (5% de los hombres trabajan a tiempo parcial y 30% de las mujeres) o también las que realizan actividades precarias, signos de la persistencia de grandes desigualdades en el mercado laboral. Sin embargo, las generaciones más jóvenes no se desalientan y pese al desarrollo en la precariedad, la demanda de actividad sigue siendo muy alta.
El aumento del trabajo femenino es continuo, ya que el año 2010 la tasa de empleo de mujeres entre 25 y 49 años –que son las más activas en lo que respecta la maternidad, la crianza de los hijos, el maternaje y el entorno de los adolescentes– fue del 83%. En un período de treinta años, el empleo femenino se ha ido incrementando de forma constante en todas las edades (excepto entre los 15 y 24 años debido a la duración de los estudios) –y esto a pesar de los incentivos para que las mujeres retornen al hogar como la Asignación Parental de Educación (APE)–, mientras que el trabajo masculino ha ido decreciendo. En el año 2010, la tasa global de actividad femenina fue del 66% y la de los hombres, del 75%.
Asimismo, el número de mujeres que trabaja a tiempo parcial es muy superior al de los hombres y sigue incrementándose. Ha crecido de un 24% en 1990 a un 31% el 2010; mientras que la tasa de desempleo femenino es superior a la de los hombres, especialmente cuando las mujeres no se encuentran en pareja y están criando un hijo. La tasa de actividad de las mujeres varía según el nivel del título profesional que poseen y es considerablemente mayor si poseen un título de alto nivel académico. Un segundo factor tiene que ver con el número de hijos, ya que el “desapego” se produce en la tercera maternidad.
Encuestas sobre las representaciones y las prácticas
Desde hace unos veinte años, es en el ámbito de la sociología donde se multiplican las investigaciones que atraviesan la cuestión familiar, de los hijos y del trabajo femenino. Ellas miden los avances y los bloqueos relativos al lugar que ocupan las mujeres en el mundo del trabajo (Laufer, Marry y Maruani, 2003), demostrando cada vez la “acumulación femenina de desventajas adquiridas”, según la expresión de Michel Verret (1997).
Una encuesta realizada sobre los valores de los franceses se interesó no en las prácticas sino en las representaciones relativas a los vínculos entre mujer, hijos y trabajo (Tchernia, 2001). Desde luego, todos los encuestados respondieron que aprobaban la posibilidad de que una mujer pudiera desempeñar una actividad profesional, siendo esto último ampliamente aceptado, dado que le permite tener independencia material. Además, consideraron que los padres son tan capaces como las madres de brindar cuidados a sus hijos. En los jóvenes, las opiniones en favor de la actividad femenina fueron aún más claras y aumentaron con el nivel del título profesional que poseía en encuestado. Pero estos valores generosos e igualitarios no se correspondían con una igualdad en la distribución de las tareas como lo revelan, año tras año, las encuestas sobre las prácticas. En resumen, si bien los jóvenes de ambos sexos rechazaban la idea de una mujer “en el hogar”, se observaban diferencias según el sexo: las mujeres jóvenes consideraban que la actividad económica era para ellas un medio para acceder a la independencia; mientras que para los hombres jóvenes, su sueldo estaba más en relación con una participación en los recursos destinados a la familia. El autor de la encuesta concluía: “aun cuando adhieren al modelo de la mujer independiente y se sienten solidarios con las jóvenes, algunos de ellos parecen estar reticentes a abandonar sus actuales ventajas en la distribución de las tareas domésticas” (Tchernia, 2001: 127).
Una década después, las nuevas encuestas revelan que las prácticas de la repartición del trabajo doméstico no han evolucionado. Por cierto, el tiempo que se dedica a las tareas domésticas ha disminuido en media hora en 25 años, ello gracias a los nuevos equipos tecnológicos tales como el horno microondas, pero los hombres no dedican a estas tareas más tiempo que en 1980, aunque se ha acortado su tiempo laboral durante dicho período. La reducción relativa de las desigualdades se observa únicamente en el campo de tareas domésticas, mientras que continúa en statu quo lo que toca a las actividades con los hijos, lo que se puede denominar «el núcleo duro». El cocinar es una tarea de todos los días que sigue siendo un atributo esencialmente femenino, ya que la imagen de la esposa y de la madre proveedora de alimentos sigue estando representada por las mujeres y la pareja en general, aun cuando la publicidad relacionada con el hogar tiende cada vez más a poner hombres en escena. El trabajo de la casa no solo se expresa en la organización cotidiana de las tareas materiales –hacer las comprar, elaborar los menús, anticipar los diversos compromisos semanales–, sino también y sobre todo en la programación del empleo del tiempo de los integrantes de la familia: actividades extraescolares, consultas médicas, etc. Mientras más hijos hay en la familia, mayor es la desigualdad en la repartición de las tareas. Las encuestas destacan también que las tareas domésticas figuran, la mayoría de las veces, como una carga pesada (Ricroch, 2012).
Confrontación entre tiempo parental y tiempo laboral
Partiendo de la comprobación que las encuestas que abordaban el tiempo dedicado a los hijos se diluían en estudios que trataban sobre el tiempo doméstico o el tiempo libre, un grupo de investigadores trató de acotar la especificidad de las tareas relacionadas con la crianza y educación de los hijos. En efecto, siempre se puede dejar para mañana el lavado o el aseo, pero no así la comida de los hijos que regresan del colegio. Esta encuesta es innovadora en cuanto lleva a denunciar el escándalo que constituye, desde un punto de vista estadístico, dar igual tratamiento al lavado de la ropa y de la vajilla sucia y a las tareas que tienen que ver con la crianza y la educación de los hijos: bañar a los más pequeños, supervisar las tareas o escuchar a los adolescentes. En efecto, pasada la primera infancia, que se asocia principalmente con el cuidado del niño, viene la época escolar cuyo cometido también se asigna ampliamente a la madre y tanto más cuando está separada del padre de sus hijos. Dominique Méda (2008) muestra que el 82% de las mujeres son “decisionistas” en lo que refiere a la educación de los hijos y al seguimiento de las tareas en la casa. El tiempo doméstico maternal se ocupa en los gestos de la mañana (revisar la ropa y el bolsón de los hijos) y de la tarde. Este tiempo se mide en presencia física y también mental, ya que las madres dicen sentirse culpables si su trabajo les impide estar con sus hijos en estos momentos del día.
¿Cómo se ordena el tiempo si se le remite a tres ejes: el trabajo remunerado, el trabajo no remunerado y el no trabajo? Aquí se aprecia, libre de su impronta marxista, la influencia de las categorías actualizadas por las feministas en los años setenta que hacían de lo doméstico un trabajo igual que el trabajo profesional, pero no remunerado. Cuando se observan, ya no los tiempos de los individuos, sino los tiempos de las familias, las desigualdades aparecen aún más profundas. La encuesta distingue cinco tiempos en la vida de las familias, entre ellos, el tiempo parental, el cual se desglosa finamente (Barrère-Maurisson, 2001: 24-25).
Cuadro N° 1. Los cinco tiempos de la vida familiar
|
El tiempo fisiológico – Dormir. – Asearse. – Comer. |
El tiempo doméstico – Preparar las comidas, poner y recoger la mesa, lavar la vajilla. – Hacer las compras. – Lavar, planchar y ordenar la ropa. – Limpiar y ordenar la casa. – Cuidar el jardín. – Arreglar, reparar y mantenerla casa. |
|
El tiempo del trabajo profesional – Desempeñar o buscar un trabajo. – Seguir una formación o estudios. – Desplazarse de la casa al trabajo o al lugar de estudios. |
El tiempo personal – No hacer nada especial. – Mirar televisión. – Tiempo libre en la casa (leer, escuchar música, recibir amigos, etc.). – Realizar actividades devoluntariado y asociativas. |
|
El tiempo parental – El tiempo parental doméstico: comprende todas las actividades que consisten en atender a los hijos como vestirlos, asearlos, darles de comer. – El tiempo parental «taxi»: llevarlos al colegio o acompañarlos a actividades extraescolares. – El tiempo parental escolar: ayudarlos a hacer sus tareas. – El tiempo de sociabilidad parental: jugar con ellos dentro o fuera de la casa, dedicar tiempo a los adolescentes (conversar, mirar juntos un programa de televisión, etc.). | |
Fuente: Barrère-Maurisson, 2004: 23.
En términos generales, el tiempo parental representa un trabajo de medio tiempo para un individuo; es de 19,7 horas, vale decir, medio tiempo respecto de la norma profesional. Al interior de las parejas, son muy relevantes las diferencias entre los padres y las madres, que están presentes ante los hijos dos veces más que los padres. Por otra parte, los padres se implican más en las actividades de sociabilidad que en cualquier otra tarea parental. El sobretiempo es parental para las mujeres y profesional para los padres. El conjunto configurado por el tiempo profesional y el tiempo parental representa una carga más pesada para las madres que para los padres. Para los activos que tienen un hijo a cargo, la suma de ambos tiempos, el profesional y el parental, equivale semanalmente a 62 horas para las madres y 54,30 para los padres. En el caso de una familia monoparental, se contabilizan 59 horas para el jefe de familia.
Cuando en el cálculo se incluye el total de los tiempos profesional, fisiológico, personal, doméstico y parental, las mujeres salen perdiendo en todos los cuadros (Barrière-Maurisson, 2004). En el caso de los hombres activos a tiempo completo, es muy importante el tiempo profesional, pero se compensa ampliamente con un tiempo doméstico más reducido, lo que otorga mayor tiempo fisiológico y personal. Las mujeres que desempeñan una actividad a tiempo completo, acumulan los tiempos profesionales y parentales en detrimento de su tiempo personal. Finalmente, aquellas que trabajan a tiempo parcial, si dedican por definición menos tiempo a su trabajo, deben asumir solas el tiempo parental y doméstico.
Siguiendo una lógica de clasificación de los tiempos que compara, para mujeres y hombres, en jornada de 24 horas, los tiempos que se dedican al trabajo remunerado, trabajo no remunerado y no trabajo (tiempo fisiológico, tiempo libre), las mujeres aparecen siempre trabajando más que los hombres: las primeras, 11 horas diarias (4,20 horas de tiempo laboral, 4,30 horas de tiempo doméstico y 2,10 horas de tiempo parental), quedándoles 13 horas fuera de trabajo. Por su parte, los hombres realizan menos de 10 horas (6,30 horas de trabajo laboral, 2,10 para el tiempo doméstico y una hora de tiempo parental), quedándoles 14 horas fuera de trabajo. La encuesta concluye, con toda razón, que para concebir la paridad laboral entre hombres y mujeres, se debe, al mismo tiempo, concebir la paridad parental y doméstica (Barrère-Maurisson, 2003).
Solo algunas encuestas permiten dilucidar los diferentes tiempos de las actividades de las mujeres que revelan la persistencia de las desigualdades. “El sistema de género se fundamenta en esta construcción de la relación con el tiempo […] que infiere disposiciones prácticas y morales, tales como responsabilidad, atención, anticipación, preocupación, en resumen, todo aquello que se ha convenido en llamar el care” (Bessin y Gaudart, 2009:14).
Trabajo de la madre y cuidado de los hijos
Los discursos sobre el trabajo asalariado de las madres han evolucionado significativamente desde los años setenta. Dado que esta temática plantea el bienestar del hijo, la psicología no ha dejado de dar su opinión, emitiendo un juicio muy negativo sobre el trabajo de las mujeres, posición reemplazada por los poderes públicos; mientras que la sociología, por su parte, se ha conformado con denunciar la insuficiencia de las instituciones colectivas. Desde el inicio de los años noventa, estos debates parecen obsoletos y ya no hay alternativa. El 82% de las mujeres de entre 25 y 49 años con un hijo trabajan y un 74,5% de aquellas, con dos hijos. Los poderes públicos han implementando paulatinamente formas de cuidar a los hijos hasta los tres años de edad, sabiendo que, en Francia, después de esta edad, son acogidos en las escuelas de párvulos. Sin embargo, la cantidad de estructuras colectivas de acogida sigue siendo insuficiente y, en el año 2010, parece tan difícil encontrar a alguien que cuide de los hijos como antes lo era mantenerlos con vida. Mientras continúa, a pesar de la crisis, la actividad femenina, los lugares donde el niño pequeño –“personita de pleno derecho encaminada hacia su autonomía”– debe aprender a manejar y utilizar su cuerpo, ingresar al mundo social, aprender el lenguaje y los códigos, no se desarrollan a un ritmo suficiente.
Si bien la tasa de empleo femenino en Francia es la más alta de Europa, la escasez de lugares sigue siendo tan patente (solo es acogido un 10% aproximadamente de los niños menores de tres años) como lo era hace 25 años (Fagnani, 2004). Las estrategias de los poderes públicos han ido cambiando con el correr de los años. Por mucho tiempo se alentó la creación de guarderías infantiles y los discursos públicos encomiaban un medio de socialización colectiva beneficiosa para la personalidad del niño. Desde los años noventa, el Estado ha preferido orientar sus esfuerzos hacia formas de cuidado individuales subvencionadas (asistente maternal, empleadas a domicilio), basándose en el principio de “libre elección de la forma de cuidado”. Estas nuevas disposiciones han tratado tanto de disminuir los costos de las estructuras colectivas, como de alentar a las familias a crear empleos. En el caso de las parejas con trabajos altamente calificados, el cuidado de niños a domicilio representa una fórmula costosa, pero que se acomoda a los largos horarios laborales de los padres. Sin embargo, su costo la transforma en una categoría que se limita a los más altos ingresos.
Desde el punto de vista social, entre los partidarios de las guarderías infantiles y del cuidado a domicilio se encuentran presentes, en forma proporcional, los altos ejecutivos y los egresados de la educación superior. En tanto que los obreros, los empleados y las capas de ingresos medios optan por la asistente maternal. ¡Un vuelco espectacular!, conociendo el estigma que pesaba sobre la guardería en los años sesenta.
La oferta sigue siendo muy dispar según las ciudades y las regiones. De este modo, el recurrir a los abuelos, lo que todavía hace una de cada diez personas –aunque, según las opiniones, está disminuyendo el deseo de ver que sus hijos estuvieren así cuidados–, es una situación que se da en las pequeñas aglomeraciones donde la oferta de servicios es más baja.
En el contexto permanente de la falta de lugares donde dejar a los hijos, no es sorprendente observar una correlación entre la tasa de abandono de la actividad laboral de la mujer y el tipo de trabajo que desempeña. Teniendo en cuenta los diferentes problemas que se presentan según las categorías sociales, para encontrar a alguien que cuide a su o sus hijos, las mujeres optan por la solución más radical, decidiendo retirarse del mercado del trabajo. Las empleadas de comercio, las obreras y el personal de servicio son quienes más abandonan su empleo tras el nacimiento del primer o segundo hijo. Desde el punto de vista laboral, el trabajo de la mujer obrera es poco gratificante y mal remunerado. La interrupción temporal de la actividad laboral soluciona problemas tales como el cuidado de los hijos, la desincronización de los horarios de trabajo entre el marido y la esposa, los tiempos irregulares o imprevisibles de trabajo, la duración de los tiempos de transporte.
Aunque la combinación de problemas y la compensación de subsidios públicos explican la interrupción de su trabajo, las madres, por lo general, anteponen su preocupación por cuidar mejor a sus hijos (Meda, Wierink, Simon, 2003).
Además, las mujeres han dejado el mercado laboral como consecuencia de diversas medidas públicas que “contribuyen a mantener la división sexuada del trabajo en el seno de la familia… Esto contribuye a reforzar las normas según las cuales la educación y el cuidado de los hijos son antes que todo una ‘cosa de mujeres’” (Fagnani, 2004: 37).
Conciliación ¿en lo masculino o lo femenino?
Desde que las madres jóvenes demostraron su voluntad de trabajar, junto con criar a los hijos –Francia también se enorgullece de tener el 2010 una tasa de fecundidad de 2.0, una de las más altas de Europa–, el tono político de los discursos ha cambiado: ahora se trata de que las familias puedan “conciliar” trabajo e hijos. Cabe destacar que el término “conciliación”, que reviste una imagen positiva y neutra, transmitida en la expresión anglosajona work-family balance, oculta en realidad la existencia de desigualdades: tiene un fuerte sesgo implícito de género (Pailhé y Solaz, 2010), puesto que valida la desigual repartición de las tareas entre hombres y mujeres. Así es como las políticas hablan de “ayudar” a las madres que trabajan y de “implicar más” a los padres (… que trabajan, lo que es tan evidente que resulta inútil señalarlo).
Todas las encuestas muestran que el nacimiento de un hijo tiene resultados inversos en las trayectorias profesionales según el género. En efecto, la mujer es la directora de orquesta de una compleja organización familiar: soporta la carga mental que conlleva la organización de lo doméstico, la gestión del empleo del tiempo de los hijos y del suyo propio, tanto más difícil de asumir, por cuanto los empleos precarios han desestabilizado los tiempos de trabajo. “Maldita conciliación” era el título con que la revista Travail, genre et sociétés publicaba uno de sus números, en el año 2010.
En una encuesta realizada el 2004 (Garnier, Meda, Senik, 2004), se planteó directamente a un grupo de activos, hombres y mujeres, la siguiente pregunta: “¿Encuentra que su trabajo torna difícil la organización de su vida familiar?”. El 39% de ellos respondió que sí, y de este porcentaje, el 15% señaló que era muy difícil y el 24%, un poco solamente. La relación entre el sentimiento de que es difícil la conciliación y los ingresos mensuales, deja de manifiesto que son los hombres quienes se lamentan de la difícil conciliación en los salarios más bajos, y las mujeres en los tramos de ingresos superiores, lo cual se explica por las formas atípicas de organización del trabajo, en los oficios poco calificados y el horario inacabable en los trabajos más calificados. En estas apreciaciones, es central la temática de la gestión del tiempo.
Estas comprobaciones se explican por el lugar que en nuestras sociedades ocupa el niño, quien funda la pareja y la familia y cuyo nacimiento se planifica esencialmente en función del proyecto profesional de la madre. En Francia la familia ya no se constituye por el matrimonio, sino por la llegada del hijo (56% de los nacimientos ocurren fuera del matrimonio) (Segalen, 2010).
Ahora bien, aun cuando nuestra sociedad clama y reclama con voz alta y clara la equidad y la igualdad, la madre es el personaje central de esta red de relaciones que se entrelazan en el seno de la pareja, con los hijos y los ascendientes; como, asimismo, con el mundo escolar. Para las mujeres, y hoy cada vez más para los hombres, tal como lo demuestran diversas investigaciones, la llegada de un hijo afecta la repartición de las tareas entre la pareja y la visión de la importancia que tiene el trabajo para la mujer (Régnier-Loilier e Hiron, 2010). Por consiguiente, las mujeres valoran más que nada este vínculo con el hijo; la sospecha de la “mala madre” nunca está muy lejos, sobre todo si la mujer parece estar demasiado inmersa en su trabajo en detrimento de los cuidados que debe brindar a sus hijos. Algunas mujeres ingenieros hablan de “culpabilidad”. Esta sospecha nunca recaerá sobre el padre, ya que si este debe regresar tarde, ir de viaje, trabajar el fin de semana, lo hace por su familia. El trabajo es el pilar central de la identidad masculina, por eso el desempleo afecta en forma mucho más severa a los hombres que a las mujeres, quienes construyen su identidad sobre la base de varios polos.
Por el lado de los padres
Las voluntades públicas que promueven ayudar a la articulación de la vida familiar y la vida laboral, se enmarcan dentro del apoyo a la parentalidad, es decir, en el ejercicio del rol parental. Mientras que las primeras medidas de conciliación entre lo parental y lo laboral estaban dirigidas únicamente a las mujeres, el discurso público invoca ahora el deseo masculino de tomar parte en los cuidados y la educación de los hijos, al igual que las mujeres.
Existirían algunas dificultades que las políticas públicas se esfuerzan por eliminar: “los poderes públicos –se lee en un documento oficial– deben promover una cierta evolución de los roles, la que llevará a los padres a asumir de manera más significativa las responsabilidades y las limitaciones relacionadas con la articulación entre vida familiar y trabajo”[2]. Se han formulado múltiples recomendaciones para que los empleadores tomen en consideración los intereses de las familias.
En Francia, la creación de un permiso de paternidad en el año 2001, correspondía a una voluntad pública de avanzar más hacia la “paridad parental”. Según lo expresado por el primer ministro de la época, Lionel Jospin, se trataba de crear, al igual que con el permiso de maternidad, una autorización de varios días para que el padre pudiera establecer un vínculo con su hijo lactante. De este modo, quedaría restablecido el desequilibrio que impera al momento del nacimiento. En realidad, hacer un paralelo entre hombres y mujeres depende de una impostura, ya que si aquellas que trabajan, requieren “naturalmente” un permiso, es decir, necesitan ausentarse del lugar de trabajo, a los hombres se les ofrece la posibilidad de retornar al hogar.
Esta medida no respondía a ninguna demanda de los padres (dado que estos se hacen escuchar respecto de otras causas en las asociaciones para padres divorciados). Además, este derecho no se utiliza como el legislador lo concibió. El uso de este permiso difiere dependiendo de los niveles socio-profesionales y es objeto de complejos cálculos respecto de los demás “permisos”, lo que lo trivializa y lo transforma en un permiso como cualquier otro, un permiso más. En lugar de crear el “paternaje”, a imagen del maternaje, a partir del nacimiento del hijo –lo que el legislador creyó necesario para consolidar el vínculo entre el padre y su recién nacido–, los padres utilizan este tiempo liberado de forma flexible (ya que la ley no obliga a tomarlo al momento del nacimiento), frecuentemente junto con las vacaciones, los períodos RTT[3]. Además, lejos de reemplazar a la madre en los cuidados, el padre, en el mejor de los casos, va a atender a los demás hijos mayores, es decir, su tiempo libre lo va a dedicar a tareas de bricolaje, a decorar la habitación, etc. Por lo tanto, está lejos de reequilibrar los compromisos afectivos para con el hijo. La madre es quien decide el momento de este permiso y en qué debe ser utilizado, lo que respalda la existencia de un régimen “matricentrado”. Las estadísticas confeccionadas con motivo de la adopción de esta medida muestran que son los padres jóvenes quienes hacen uso de este permiso y, en especial, los profesionales de la administración pública (Bauer, Penet, 2005).
Si bien los efectos de esta medida no han logrado el resultado deseado, esta da por lo menos muestras de una nueva actitud frente a la paternidad, pero dentro de una relativa ambigüedad. Por un lado, hoy, los hombres valoran su función paterna y no solamente para ejercerla de forma autoritaria como antaño, sino en la vida cotidiana de la misma forma que las madres. El cuidar de los hijos pequeños es gratificante y forma parte de la identidad masculina, pero casi siempre a nivel de las representaciones. Sin embargo, participar más en la paternidad todavía choca con la norma laboral, y para los hombres las tareas del maternaje carecen de legitimidad (Boyer y Céroux, 2010).
Conclusión
Mientras las feministas vislumbraban en los años sesenta un futuro feliz y una marcha triunfal hacia la equidad entre sexos, no se puede ocultar la permanencia de la “valencia diferencial de los sexos”, tan querida por Françoise Héritier (1996). Queda por saber si la “elección” de que disponen solamente las mujeres para retirarse del mercado laboral o emplearse a tiempo parcial es la expresión de una dominación o la manifestación del deseo y placer de “ver crecer a sus hijos”. Lejos de la tesis de la dominación, el estudio de las tareas familiares puede ubicarse en una esfera muy diferente, aquella del don gratuito y de la gratificación afectiva. Para mantenerse optimista y esperar ver a futuro una mejor distribución de las temporalidades entre hombre y mujeres, se puede destacar que, tanto para los hombres como para las mujeres, los valores familiares están integrados en el proyecto de felicidad social junto con los valores del trabajo.
Bibliografía
Barrere-Maurisson, Marie-Agnès (dir.) (2001). Partage des temps et des tâches dans les ménages, Cahier Travail et emploi, Paris, La Documentation française: 24-25.
— (2003). Travail, famille: le nouveau contrat. Paris, Gallimard.
— (2004). Masculin/Féminin. Vers un nouveau partage des rôles? Cahiers Français, 322, 6, septembre-octobre: 22-28.
Bauer, Denise y Pennet, Sophie (2005). Le congé de paternité. Études et résultats, DREES, n.º 442, novembre.
Bessin, Marc y Gaudart, Corinne (2009). Les temps sexués de l’activité: la temporalité au principe du genre? Temporalités [En ligne], 9.
Bihr, Alain y Roland, Pfefferkorn (2000). Hommes et femmes. L’introuvable égalité. La place contradictoire des femmes dans la société française. Recherches et prévisions, CNAF: 19-31.
Boyer, Danielle y Benoît, Céroux (2010). Les limites des politiques publiques de soutien à la paternité , Travail, genre et sociétés 2/n.º 24: 47-62.
Delphy, Christine (1978). Travail ménager ou travail domestique. En Andrée Michel (ed.), Les femmes dans la société marchande. Paris, Presses universitaires de France: 74-96.
Fagnani, Jeanine (2004). La famille dans la société. Responsabilités familiales et vie professionnelle. Cahiers Français, 322, septembre-octobre: 34-38.
Garnier, Hélène; Meda, Dominique y Senik, Claudia (2004). La difficile conciliation entre vie professionnelle et vie familiale. DARES, Premières synthèses, décembre.
Héritier, Françoise (1996). Masculin/Féminin. La pensée de la différence. Paris, Odile Jacob.
Laufer, Jacqueline; Marry, Catherine y Maruani, Margaret (eds.) (2003). Le travail du genre. Les sciences sociales du travail à l’épreuve des différences de sexe. Paris, La Découverte/MAGE.
Maruani, Margaret y Meron, Monique (2011). Un siècle de travail des femmes en France, Paris, La Découverte.
Méda, Dominique (2008). Le Temps des femmes. Pour un nouveau partage des rôles. Paris, Flammarion.
Méda, Dominique; Wierink, Marie y Simon, M. O. (2003). Pourquoi certaines femmes s’arrêtent-elles de travailler à la naissance d’un enfant?, DARES, juillet, n.º 292.
Pailhé, Ariane y Solaz, Anne (dirs.) (2009). Entre famille et travail. Des arrangements de couples aux pratiques des employeurs. Paris, la Découverte, INED.
Régnier-Loilier, Arnaud y Hiron, Céline (2010). Evolution de la répartition des tâches domestiques après l’arrivée d’un enfant. Politiques sociales et familiales, 99: 5-25.
Ricroch, Layla (2012). En 25 ans, moins de tâches domestiques pour les femmes, l’écart de situation avec les hommes se réduit, INSEE, Femmes et hommes, regards sur la parité.
Segalen, Martine (2010). A qui appartiennent les enfants? Paris, Tallandier.
Segalen, Martine y Martial, Agnès (2013). Sociologie de la famille. Paris, Armand Colin, 8.e édition.
Tchernia, Jean-François (2001). Rôles sexués: un consensus sans effets? En Olivier Galland, Bernard Roudet (eds.), Les valeurs des jeunes. Tendances en France depuis 20 ans. Paris, L’Harmattan: 119-134.
Verret, Michel (1997). D’un genre à l’autre. Les Cahiers du MAGE, 3-4.
- Este artículo se ha extraído del capítulo 9 de Sociologie de la famille, 8.ª edición, 2013. Su traducción al español fue realizada por la traductora Patricia Garrido y la socióloga Dra. Ana Cárdenas Tomažič.↵
- Opinión del Alto Consejo para la Población y la Familia, julio de 2003.↵
- Reducción del tiempo de trabajo: horas liberadas por el empleador.↵








