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La mujer flexible[1]

Puntos de inflexión biográficos y conducción de vida cotidiana de trabajadoras-madres

Ana Cárdenas Tomažič y Kerstin Hein

Introducción

En el contexto latinoamericano, Chile muestra actualmente una tasa de participación laboral femenina inferior a la tasa participación laboral en América Latina y el Caribe (47,4 y 51,32, respectivamente; CEPAL, 2017). Dicha tendencia se ha mantenido pese a que el Estado chileno, en sintonía con las actuales “políticas de activación” (véase, entre otros, Bonoli, 2010; Van Berkel, et al., 2012), ha intentado incrementar la participación laboral femenina a través de medidas tales como el aumento de la oferta pública de salas cunas y jardines infantiles[2] así como la prolongación del permiso postnatal[3]. Esto, pues más allá de lo que pueda ser un intento por buscar mejorar las condiciones de vida de la población en esta sociedad, la participación laboral femenina es hoy un factor clave para el crecimiento de la economía nacional. Este se ha logrado, en gran medida, no solo debido al trabajo reproductivo diario desarrollado por de la población femenina en esta sociedad, sino también gracias a su creciente participación laboral en los diversos sectores de la economía nacional (Todaro/Yánez, 2004; PNUD, 2010; Cárdenas et al., 2012).

La aún relativa baja participación laboral femenina es especialmente problemática para las mujeres, debido a que restringe sus posibilidades de autonomía económica y la seguridad material de su familia. Por ello, asegurar la participación laboral femenina es central para la sociedad chilena, pues en esta es el mercado, especialmente el mercado laboral, el principal proveedor del “bienestar” social, reduciéndose la función distributiva del Estado (aún insuficiente) a los segmentos materialmente más vulnerables de la población (Arriagada, 2007; Cárdenas/Navarro, 2013). Por último, redoblar esfuerzos para incrementar y asegurar la participación laboral femenina constituye un desafío tanto político como social, dado el incremento de los hogares monoparentales en Chile, cuya gran mayoría corresponde a hogares monomarentales, es decir, a hogares donde la jefa de hogar es una mujer[4].

Incrementar la participación laboral no debería, sin embargo, ocurrir a todo costo, ni especialmente a costo de las propias mujeres o de las nuevas generaciones. Promover la participación laboral femenina supone reorganizar el orden social, especialmente cuando este no ha sido estructurado considerando la participación laboral femenina. En la práctica, ocurre hasta hoy todo lo contrario. Especialmente el nacimiento de los hijos[5] suele ser un punto de inflexión en las biografías femeninas y con ello, de reorganización de la biografía y la vida cotidiana de las mujeres en Chile y no de la sociedad en su conjunto. Una de las principales limitaciones para el incremento de la participación laboral femenina es entonces el así llamado “problema de conciliación” entre responsabilidades familiares y laborales (Guzmán/Mauro/Araujo, 1999; Guzmán/Mauro, 2004; PNUD/OIT, 2009; SERNAM, 2010; PNUD, 2010). Dicha problemática sería finalmente la expresión de un orden de género patriarcal aún vigente, por el cual la responsabilidad de cuidado de los hijos continúa siendo otorgada y asumida principalmente por la población femenina (ibid.).

En el presente artículo se discuten los modos de conducción de la vida cotidiana de mujeres profesionales en torno a dicho punto de inflexión biográfico. El foco de análisis está puesto en este segmento de la fuerza de trabajo femenina profesional, dado que aquel grupo de trabajadoras tiene el mayor nivel educacional tanto dentro de la fuerza de trabajo femenina como dentro de la fuerza de trabajo total. Su reinserción laboral debería entonces ocurrir de manera “automática” una vez acaecido el nacimiento de su primer hijo. ¿Es así? Específicamente, ¿cómo viven mujeres profesionales el nacimiento de su primer hijo? Y ¿cómo organizan su vida cotidiana una vez nacido su primer hijo? Posibles respuestas a estas interrogantes se discuten en este capítulo tanto a partir de entrevistas biográfico-narrativas de mujeres profesionales con hijos en la primera infancia (0-3 años) en Chile así como mediante el método de reconstrucción y representación visual de redes sociales EgoNet.QF.

Marco conceptual

Conducción de la vida cotidiana individual y familiar

La integración de las personas a la sociedad ocurre tanto a lo largo de la biografía como en su vida cotidiana. La mirada biográfica es diacrónica, en la medida en que pone de relieve las actividades que emprende una persona a lo largo de su vida (Kohli, 1981, 2003; Schütz, 1981; Rosenthal, 1995, 2005; Kudera, 2000; Böhnisch, 2001; Denzin, 2001; Bertaux, 2005; Dreier, 2008), mientras que la perspectiva de la cotidianeidad es sincrónica, puesto que analiza las acciones de un sujeto en su día a día (Voß, 1991; Jurczyk/Rerrich, 1993; Kudera/Dietmaier, 1995; Kudera/Voß, 2000; Voß/Weihrich, 2001; Dreier, 2008).

La reconstrucción de la vida cotidiana ha cobrado especial importancia dentro del marco del “giro práctico” en las ciencias sociales (Schatzki et al., 2001), el cual ha señalado la relevancia de estudiar las prácticas y rutinas que los individuos desarrollan en su día a día. Cuando hablamos de la conducción de la vida cotidiana nos referimos en primera instancia a la totalidad de las actividades que habitualmente desarrolla una persona. En el centro del interés se encuentran las rutinas de un individuo, es decir, aquellas prácticas que son ejecutadas regularmente durante el día a día. Estas son actividades que expresan una lógica de repetición y otorgan estabilidad al diario vivir (Voß, 1991, 1995; Jurczyk/Rerrich, 1993; Kudera, 2000). Asimismo, la vida cotidiana no solo consiste en una suma de actividades individuales, sino que constituye un todo, es decir, un sistema de prácticas cotidianas a nivel subjetivo e intersubjetivo (Voß, 1991, 1995).

La conducción de la vida cotidiana constituye una construcción subjetiva, ya que es resultado del esfuerzo individual de articulación entre las distintas esferas de la vida cotidiana. Dicho de otra manera, una persona no solo puede, sino que debe conducir su propia vida cotidiana. No obstante, esto no significa que los individuos manejen su vida diaria de manera consciente, reflexiva o estratégica. Tal como veíamos antes, se trata de una conducción más bien rutinaria y solo parcialmente intencionada de lo cotidiano (Voß, 1995; Voß/Weihrich, 2001). Es más, Voß (1995, 2001) y Voß/Weihrich (2001) indican que la vida cotidiana adquiere lógica propia y autonomía con respecto al sujeto en el transcurso del tiempo. Esto significa que el sistema de actividades diarias –una vez instalado– resulta resistente al cambio.

Para los efectos del presente artículo es importante considerar que la conducción de la vida cotidiana de una persona se desarrolla en contextos sociales. Esto no solo se refiere a las normas y marcos de orientación socioculturales en los cuales se enmarcan las actividades diarias de un sujeto, sino también a la articulación de los modos de vida cotidiana individuales al interior de formaciones sociales tales como la familia. Los estudios sobre la vida cotidiana de familias han destacado la existencia de una conducción de vida cotidiana familiar (Jurczyk/Rerrich, 1993; Rerrich, 2000; Jürgens, 2001, 2003; Schier/Jurczyk, 2007; Jurczyk et al., 2009; Kousholt, 2011). Esta representa una construcción intersubjetiva, en la cual se coordinan y articulan las prácticas individuales con el fin de crear un modo de vida cotidiana conjunto.

Dado que los modos de conducción de la vida diaria de los distintos integrantes de una familia rara vez coinciden entre sí, la constitución de una cotidianeidad común es producto del esfuerzo conjunto de sus miembros. Dicho de otra manera, la organización y coordinación de una vida cotidiana familiar no se produce de manera espontánea, sino que es resultado de una construcción activa, la cual significa un esfuerzo, específicamente, un trabajo (ibid.). Este trabajo es constante, puesto que el modo de conducción de vida responde a una determinada etapa de la vida de la persona y su integración a las diversas esferas de la vida social. En este sentido, todas las actividades cotidianas deben regularmente ser vueltas a construir y a organizar (ibid.).

Dentro de este marco y en el caso de las familias con hijos, son las madres quienes normalmente actúan como “directoras ejecutivas” de la familia (Rerrich, 1993; Jurczyk, et al., 2009; véase también Jurczyk en este libro). Habitualmente se espera que sean ellas quienes organicen y coordinen las distintas actividades de los miembros de la familia. También se espera que sean las madres quienes reaccionen y solucionen problemas cotidianos e imprevistos como la enfermedad de un niño (Jurczyk/Rerrich, 1993; Jürgens, 2003; Jurczyk et al., 2009). Asimismo son las madres quienes asumen la mayor parte o la totalidad de las actividades de cuidado al interior de la familia, aun cuando ellas trabajen jornada completa (PNUD/OIT, 2009; SERNAM, 2010). En este sentido, es poco lo que se ha avanzado respecto a una mayor redistribución de las labores domésticas y las tareas de cuidado entre padres y madres al interior de la familia. Lo que suele ocurrir es más bien una redistribución de tareas de cuidado entre mujeres (Rerrich, 2000; Guzmán/Mauro/Araujo, 1999; Guzmán/Mauro, 2004; Jurczyk et al., 2009).

Trayectoria de vida, biografía y puntos de inflexión

Mientras el concepto de conducción de la vida cotidiana comprende la existencia de una persona desde una perspectiva sincrónica, los conceptos de trayectoria de vida y biografía se aproximan al análisis de la vida de una persona desde una perspectiva diacrónica. Trayectoria y biografía son conceptos asociados. Sin embargo, conceptualmente enfatizan diferentes aspectos en el análisis diacrónico de la acción subjetiva en sociedad.

Cuando hablamos de trayectoria de vida nos referimos a la institución social que estructura las acciones de las personas a lo largo de su vida (Kohli, 1985, 2007). En concreto, dicha supra institución social comprende el conjunto de expectativas sociales que predefinen “lo alcanzable y no alcanzable” (Kohli, 1985: 19), específicamente las secuencias, fases y transiciones de la acción subjetiva así como las instituciones sociales por las cuales cada sujeto debe transitar, como por ejemplo, la familia y la escuela (ibid., véase también Kudera, 2000). La trayectoria de vida contribuye entonces al establecimiento de una “trayectoria de vida normal”, asegurando con ello finalmente la continuidad y estabilidad de la vida humana tanto a nivel individual como social (ibid.).

Cuando una persona se distancia parcial o totalmente del “sendero más probable” (Kohli, 1981) establecido por la trayectoria de vida normal, entonces es posible hablar de agencia biográfica. Esta se refiere a la capacidad de los sujetos para planificar y tomar decisiones relativas a su vida así como llevar a cabo acciones concretas al respecto a lo largo de esta (Schütz, 1981). Los procesos de individualización y pluralización (Kohli, 1986; Beck, 1986; Beck/Beck-Gernsheim, 1994; Kudera, 2000) en curso han marcado una relativa pérdida de normatividad de la “trayectoria de vida normal” como marco de orientación para los sujetos. Esto significa que los individuos se ven enfrentados cada vez más a la necesidad de tener que ejercer agencia biográfica y de tener que construir la propia biografía de acuerdo a parámetros personales. Lo anterior implica que la construcción de la propia biografía, su éxito o fracaso son considerados cada vez más como una responsabilidad de los sujetos (ibid.).

A lo largo de una biografía se pueden observar los así llamados puntos de inflexión. Estos se hacen especialmente evidentes en el contexto de un relato de vida. El relato de vida corresponde a la reconstrucción subjetiva de la propia biografía por parte de una persona (Rosenthal, 1995, 2005; Toledo, 2001). Dentro de una narración biográfica es posible identificar momentos o situaciones que dividen el relato en un tiempo anterior y otro posterior. Estos son los puntos de inflexión biográfica (Rosenthal, 1995).

Un punto de inflexión biográfico puede corresponder a una transición socialmente establecida o bien a situaciones inesperadas que significan un cambio relevante en la vida cotidiana y en la biografía del narrador. Por otra parte, también es posible hablar de puntos de inflexión interpretativos, los cuales no necesariamente suponen un cambio en la vida cotidiana de una persona. Se trata de momentos o situaciones que son interpretados como puntos de cambio a partir de los cuales la vida adquirió otro sentido (Rosenthal, 1995).

Marco metodológico

El presente estudio estuvo enmarcado dentro de la llamada sociología de orientación subjetiva (Bolte, 1983, 1995; Voβ/Pongratz, 1997), por lo cual se utilizó una perspectiva metodológica cualitativa, caracterizada por estudiar los fenómenos sociales desde la perspectiva subjetiva de los participantes (Flick, 2004; Rosenthal, 2005). Dentro de la perspectiva cualitativa se optó por un enfoque biográfico, el cual se caracteriza por buscar reconstruir la historia de un individuo a partir del sentido atribuido por el sujeto a su propia vida (Rosenthal, 1995, 2005; Bertaux, 2005; Cornejo, 2006; Cornejo/Mendoza/Rojas, 2008). A través de la perspectiva cualitativa y el enfoque biográfico buscamos comprender y reconstruir los significados y las lógicas de acción que madres con hijos pequeños desarrollan en torno a la articulación del trabajo y la familia a lo largo de la biografía de las participantes.

Dentro del marco metodológico anterior, se realizaron 12 entrevistas biográficas narrativas (Flick, 2004; Rosenthal, 2005) a mujeres profesionales[6]. Este tipo de entrevista tiene por objeto reconstruir la historia personal de un individuo y tiene la particularidad de que se trata de una entrevista abierta. Esto significa que no se utilizó una pauta de temas para guiar la conversación, sino que se buscó que fuese el entrevistado mismo quien estructurase la conversación de acuerdo a sus propios criterios de relevancia subjetiva. Para iniciar la entrevista solicitamos a las participantes que nos relataran su historia biográfica a partir del momento que terminaron con sus estudios universitarios. A partir de los datos obtenidos se realizaron reconstrucciones biográficas de cada caso (Rosenthal, 2005). Posteriormente se realizó un análisis de contenidos con el fin de facilitar la comparación de los resultados a través de un esquema conceptual común.

La entrevista biográfica narrativa fue complementada con una representación visual de las redes de sociales de apoyo de las participantes a través del método de evaluación de las redes sociales EgoNet.QF (Straus, 1994, 2002, 2013). A través de este método es posible reconstruir redes egocéntricas, es decir, redes que consideran a un actor central (la persona entrevistada) y las personas que se vinculan con este actor (Straus, 1994, 2002; Diaz-Bone, 1997; Jansen, 2003). Al igual que métodos similares (véase Kahn/Antonucci, 1980), EgoNet.QF utiliza un gráfico con círculos concéntricos, cuyo centro representa al actor. Alrededor del centro se van colocando las personas que el entrevistado considera importantes en la actualidad. Las personas son colocadas a mayor o menor distancia del centro según el grado de relevancia atribuido. Una particularidad de EgoNet.QF es que además permite una segmentación del gráfico de acuerdo a sectores de la vida cotidiana (Straus, 1994, 2002). En el caso de este estudio, fueron las personas entrevistadas quienes decidieron si establecer o no un límite gráfico entre la esfera de la familia y la esfera del trabajo remunerado, puesto que en estudios previos centrados en mujeres en Chile (Cárdenas, 2010) se había constatado que las mujeres que trabajan, independientemente de su nivel educacional y cargo, tienden a no establecer una clara división entre ambas esferas de la vida. Por el contrario, son esferas de la vida que deben ser organizadas simultáneamente y en diálogo entre sí.

Los datos obtenidos a partir de la aplicación de EgoNet.QF fueron transcritos y analizados de manera cualitativa dentro del marco de la reconstrucción biográfica de cada caso. El análisis cualitativo de redes sociales tiene la ventaja que permite recoger las orientaciones subjetivas de los individuos (Jansen, 2003; Diaz-Bone, 2006; Hollstein, 2006). Cabe destacar que la representación de las redes permite al investigador obtener una visión general y concreta de las relaciones sociales de una persona. Así mismo, la gráfica en sí puede convertirse en un valioso objeto de diálogo durante la entrevista (Straus, 2002, 2013; Schönhuth/Gamper, 2013). Esto, pues estimula la narración de la persona entrevistada, complementa y profundiza lo ya relatado a lo largo de la entrevista. Mediante este instrumento de recolección de información se pueden entonces abrir nuevos temas aún no planteados por el narrador/a y llevar finalmente a cabo un ejercicio de reflexión por parte de aquel/aquella sobre su biografía y su modo de conducción de vida presente y pasado.

Puntos de inflexión biográficos y conducción de vida cotidiana

El nacimiento del primer hijo constituye un punto de inflexión en la biografía de mujeres hasta hoy. Así lo indican tanto investigaciones internacionales sobre mujeres y familia (Diezinger, 1991; Jurczyk/Rerrich, 1993; Rerrich, 2000; Jürgens, 2001, 2003; Schier/Jurczyk, 2007) como estudios nacionales sobre biografías laborales femeninas en Chile (Guzmán/Mauro/Araujo, 1999; Guzmán/Mauro, 2004, PNUD, 2010). Acorde a esta literatura, las biografías laborales de mujeres se ven afectadas o interrumpidas de manera temporal o permanente debido al nacimiento de los hijos. Una explicación en este sentido es que la llegada de los hijos constituye un momento de retradicionalización de los roles de género al interior de las familias (Diezinger, 1991; Guzmán/Mauro/Araujo, 1999; Jürgens, 2003). Esto tiene importantes consecuencias tanto para la biografía como para la conducción de la vida cotidiana de las mujeres, pues son ellas quienes se ven obligadas a buscar condiciones de trabajo que faciliten la articulación entre responsabilidades laborales y familiares (Cárdenas, 2005a, 2010; PNUD/OIT, 2009; PNUD, 2010; SERNAM, 2010; Zerle/Keddi, 2011).

En los relatos de mujeres profesionales acá discutidos el nacimiento del primer hijo constituye también un punto de inflexión biográfico, a partir del cual se pueden identificar y establecer analíticamente un tiempo anterior a la llegada de los hijos así como un tiempo de transición y un tiempo posterior a dicho nacimiento. Específicamente, en estos relatos el período de transición fue vinculado principalmente al tiempo del embarazo y permiso pre y postnatal. El tiempo posterior fue asociado al período de reintegración laboral y consecuente reorganización de la vida cotidiana con el fin de poder articular familia y trabajo. A continuación se presentan y analizan sintéticamente estos tres momentos.

Buscando la autorrealización a través de la actividad laboral: la vida sin hijos

El intervalo de tiempo entre la finalización de los estudios universitarios y el comienzo de la maternidad fue caracterizado por la mayor parte de las entrevistadas como un período de tiempo dedicado al desarrollo profesional, específicamente un momento en el marco del cual poder desplegar la profesión aprendida y mantener la continuidad que hasta el momento habían logrado entre lo estudiado y su integración al mercado laboral. Al respecto, la periodista R. da cuenta de su ingreso al mercado laboral una vez finalizados sus estudios:

Salí de la universidad, di el examen de grado ponte tu como en octubre por ahí... y fui a la entrevista y quedé en la pega, entonces me dije ¡Ya, tengo que tomarla, porque si ahora tengo una oportunidad a lo mejor ahora, si la desperdicio, después voy a estar arrepentida! Así que entré a trabajar en la XX [una cámara empresarial] en la gerencia de comunicaciones… Yo estuve 4 años ahí, en hartas cosas… Al principio contratada con boleta ganando súper poco. Después empecé a buscar pega po, hasta que encontré una pega y me fui, pero yo me había casado antes ¿o no? Mmm, sí, poco tiempo antes, me casé ponte tú en julio y me fui en octubre y me cambié. Me fui súper bien, buena onda con ella (jefa) y ella dijo que me fuera súper bien, qué bueno que pillaste una pega que te paguen más, mejor pa ti y me fui a una consultora de comunicaciones que se llamaba X y Z […] y estuve a cargo de las comunicaciones de una empresa multinacional que trabajan a lo largo de todo Chile, el grupo XX [nombre del grupo económico propietario de dicha empresa]y en el fondo estaba yo sola a cargo de las comunicaciones de esta empresa, que era una empresa gringa que tenía periodistas en las distintas regiones, que se coordinaban de acá y en el fondo yo veía que a mí me pagaban ochocientas lucas y mi jefe ganaba ocho millones de pesos con la cuenta que llevaba yo sola, no, me pagaba parece que menos al principio, ponte tú seiscientas lucas. Entonces ahí me llamaron, una compañera mía de la universidad, periodista… ¡sabís que manda tu curriculum para allá (Ministerio de XX), porque están buscando gente!, y ya po, no pierdo na, y yo no estaba buscando pega, y emmm, mandé el curriculum, y vine a la entrevista pa acá… y yo dije “ ya po’, no pierdo nada, se ve una pega entretenida, interesante”. La duda que me generaba es que yo siempre había trabajado con contrato. Esta era una pega con boleta, pero mientras yo ganara lo mismo me dije, ya chao, me da lo mismo… y yo me dediqué a hacer las cuestiones de comunicaciones habituales que se hacían acá… (R., periodista, un hijo, hogar monomarental).

El relato de R. es ilustrativo del hecho que dentro del segmento de mujeres profesionales existe un gran interés por realizar una labor que sea personalmente satisfactoria, específicamente interesante y/o desafiante y que, en parte, les asegure no solo sus ingresos, sino también su autonomía en el trabajo remunerado (véase Cárdenas, 2005a, 2010, 2012). Una manifestación clara de la relevancia que tiene el desarrollo profesional para este segmento de la fuerza de trabajo es su interés por seguir capacitándose y/o buscar nuevos desafíos laborales. Es así como parte importante de las entrevistadas continuó realizando estudios de postgrado y/o se cambió de trabajo para optar por una mejor posición y, con ello, mejores condiciones de trabajo dentro de la estructura ocupacional.

Las expectativas de desarrollo personal en la esfera profesional también tuvieron como consecuencia que las entrevistadas frecuentemente se sintieran insatisfechas con sus respectivos empleos y buscaran nuevas oportunidades laborales. Consecuentemente, sus biografías daban cuenta de una situación de precariedad laboral, pero al mismo tiempo de una búsqueda de condiciones laborales más satisfactorias:

Cuando salí de la universidad, continúe en una de esas instituciones que es la Fundación B., donde me fui incorporando con tiempo, con mayor cantidad de tiempo en investigación de juventud rural en sociedad con el I. [un instituto de fomento productivo], y también el tema educacional en toda la investigación de recoger experiencias de profesores y las dinámicas de los cursos. Nosotros en esa institución teníamos una demanda de tiempo, así bien laxa. Podíamos tener horarios desde la tarde, en la mañana… en realidad yo estaba media jornada y trabajaba no sé, trabajaba dos jornadas. Después de eso, bueno yo llevaba pololeando harto tiempo con R. y al año… a ver esto fue el 98… el año 99 decidimos que nos íbamos a casar y es que el 2000 [año] nos casamos y entonces ahí yo cambio. Yo acá hago un voluntariado como monitora de confirmación en el colegio… yo tengo una inquietud grande por el tema teológico, así que logré vincular estas dos tareas, una que era voluntaria y esta otra que era media jornada, pero bien laxa. Cuando me casé, la fundación donde yo trabajaba, me dijo que no podía… me eliminaba de su staff de trabajo, lo cual era ilegal, no sé si puedo decir eso, pero… y entonces en una negociación con ellos, yo decidí irme. Y en el colegio de mujeres donde yo había sido alumna, que es el XX, me ofrecieron hacer clases de religión y, entonces, aunque yo había sido titulada de sociología de la Universidad XX y me haya dedicado a la investigación, comencé a hacer clases de religión. (C., socióloga, 3 hijos, hogar biparental).

El horario de trabajo suele ser una fuente de malestar para las entrevistadas y una razón para comenzar a trabajar en forma independiente. De esta manera se espera lograr mayores grados de autonomía, específicamente poder trabajar de acuerdo a un ritmo personal y no tener que someterse a los ritmos de trabajo de una organización (véase también Cárdenas, 2010, 2012, 2013). Al respecto, la periodista C. describe su trabajo independiente como una vivencia positiva que le otorga un mayor grado de control sobre los ritmos y contenidos de su trabajo:

Yo estaba trabajando en una empresa como súper formal, qué sé yo, con horarios con todo. Se produce entonces como una coyuntura y se da la oportunidad de empezar con trabajos independientes, que fue algo que siempre como que me atrajo. Ahora era como un trabajo independiente, pero tenía dependencia, era algo como part-time en la mañana para la XX [una asociación de empleadores] en esa época y, entonces, tomé esta aventura que, digamos, de empezar con una cosa chiquitita y empecé a tomar clientes por mi cuenta a hacer como minidependencia y la verdad es que fue una experiencia súper positiva, porque podía manejar mi tiempo como independiente y en el fondo tomar proyectos como… a gusto también con mis propias cosas, trabajaba desde la casa, en esa época sin niños. (C., periodista, 2 hijos, hogar biparental).

En síntesis, durante el período previo al embarazo y nacimiento del primer hijo el trabajo remunerado constituye un eje central en la construcción biográfica de estas mujeres profesionales. Dicha tendencia puede ser entendida como el resultado de una “trayectoria de vida profesional” en la que el ingreso al mercado laboral es la etapa de vida que “lógicamente” sigue a los estudios universitarios. Diversos factores contextuales permiten comprender adicionalmente la relevancia del trabajo remunerado para estas mujeres. Por un lado, en la sociedad chilena contemporánea la educación universitaria no solo constituye un medio de movilidad social, sino también una inversión personal y familiar que debe ser recuperada, producto del alto costo económico que tienen hoy los estudios universitarios en el marco de un sistema educacional superior altamente privatizado (Cárdenas/Navarro, 2013). Por otro lado, en un régimen de bienestar liberal como el chileno, es el mercado, específicamente el mercado laboral y no la familia y/o el Estado, la principal instancia de generación de “bienestar” en esta sociedad (Arriagada, 2007; Cárdenas/Navarro, 2013). Así mismo, diversos factores de tipo subjetivos, específicamente biográficos, explican el carácter significativo que tiene el trabajo remunerado para estas mujeres: el alto nivel de educacional alcanzado y una participación laboral prolongada superior a los 3 años antes de ser madres. En el caso de las entrevistadas que trabajaron de manera dependiente hasta ese momento, se suma también el hecho de que ellas lo hicieron bajo un régimen de jornada laboral completa[7]. Tanto estos factores subjetivos como los factores contextuales anteriormente mencionados favorecerán, pero también tensionarán la biografía y el modo de conducción de vida de estas mujeres una vez nacido su primer hijo.

Entre la sorpresa y la angustia: el nacimiento del primer hijo como punto de inflexión

En el marco de la centralidad que ocupa el trabajo remunerado en la biografía de estas entrevistadas, el embarazo y nacimiento del primer hijo tendió a ser vivido como un hecho no planificado, respecto al cual la biografía adquirirá un nuevo rumbo y la angustia será una sensación habitual. De hecho, la mayoría de las entrevistadas narró no haberse preparado de manera especial para la llegada del primer hijo, sino que continuó con su día a día partiendo del supuesto que con posterioridad al nacimiento su biografía y vida cotidiana no cambiarían. Además, muy pocas entrevistadas se preocuparon de antemano de organizar posibles recursos que pudiesen contribuir a la futura conciliación entre trabajo productivo y reproductivo. Más aún, algunas incluso se inscribieron y comenzaron a asistir a cursos de capacitación o postgrado incluso sabiendo que estaban embarazadas.

La actitud de que “todo continuará como siempre” tras el nacimiento del primer hijo puede ser interpretada primeramente como reflejo de la falta de experiencia y de una idea aún muy abstracta de lo que significa ser madre. Esta expectativa de continuidad puede ser también interpretada como el reflejo de la emergencia de una “nueva trayectoria femenina”, en donde socialmente se espera que las mujeres adultas, al igual que los hombres, participen activamente en el mercado laboral. Sin embargo, y como veremos a continuación, la mayor parte de las entrevistadas experimenta que dicha promesa no se cumple una vez nacido su primer hijo. Por el contrario, con dicho nacimiento la biografía de estas mujeres tiende a bifurcarse tanto respecto de la trayectoria masculina con y sin hijos así como de la trayectoria femenina sin hijos, especialmente en términos de su capacidad para seguir estando laboralmente activas. Estas mujeres viven así la dialéctica de toda sociedad capitalista, estructurada de acuerdo a una constante movilidad y control de la fuerza de trabajo (véase Lessenich 2009). En el caso acá discutido, son especialmente las relaciones tradicionales de género las que, bajo el velo de la creciente participación laboral femenina, limitarán dicha movilidad.

Al respecto, el caso de las trabajadoras independientes es especialmente interesante de analizar[8]. Estas entrevistadas tendieron a caracterizar la llegada del primer hijo como sorpresiva. Dicho discurso tiende a ser consistente con sus acciones: todas las entrevistadas que trabajaban de manera independiente lo hicieron hasta el día mismo del nacimiento. Específicamente, aquellas prácticamente no realizaron preparativos en relación a la interrupción a su actividad laboral durante los primeros meses de vida de su primer hijo. Por ejemplo, el caso de la periodista C. muestra cómo el mismo día del parto ella tuvo que dar aviso a sus clientes y organizar un reemplazo a último minuto, puesto que pensaba que el nacimiento de su hijo ocurriría varios días después. Una vez nacido su primer hijo, ella aprende lo que se puede llamar “la paradoja contemporánea de la reproducción”: es central la planificación de la maternidad (¿y de la paternidad?). Sin embargo, las tareas y tiempos asociados al trabajo reproductivo, específicamente a la crianza, son mayoritariamente impredecibles:

…el tema que nace mi C. [su hijo] y me acuerdo nació prematuro, un mes antes y yo, por supuesto independiente, trabajé hasta el final, o sea, no me tomé mi prenatal ni nada. Estaba recién viendo el tema del descanso, porque había tenido un súper buen embarazo, sin mareos, ni nada y me acuerdo que a la XX [una asociación de empleadores] le hacía un informe de prensa temprano en la mañana y me acuerdo que se me rompió la bolsa en ese instante y los tuve que llamar y decirles ¡mira, lo de la clínica! Y ahí como que se imaginaron la angustia de… en el fondo que no lo planifiqué bien, que la guagua me llegó un mes antes y en el fondo me encontré como sola, como que, como a cargo de un buque laboral que normalmente nunca me había tocado no estar. Entonces ese como que fue el primer hito de guagua y trabajo que como ¡chuta! Creo que el aprendizaje más importante con el tema de la maternidad es el tema de la planificación, una vez que puedas planificar… en realidad con una guagua no se puede planificar. (C., periodista, 2 hijos, hogar biparental).

El carácter sorpresivo del nacimiento del primer hijo suele traer consigo la sensación de que la vida deja de poder ser planificada a partir de ese nacimiento. Dicha dinámica se observa tanto en las trabajadoras independientes como en las trabajadoras dependientes. Al respecto, un caso especialmente interesante es el caso de la arquitecta P., quien adoptó a su hija y que al momento de recibirla trabajaba de manera dependiente. Dado que la organización encargada de la adopción de su hija no le podía avisar cuándo su hija llegaría, esta entrevistada se enteró de la llegada de su hija estando en su lugar de trabajo. En ese mismo momento tuvo que avisarle a su empleadora que debía ir a buscar a su hija. La arquitecta P. narra dicho momento de la siguiente manera:

Cuando llega la F. [su hija] yo estaba, de hecho me llamaron a la… llamaron a mi marido y mi marido me llamó a mí y yo estaba en la oficina. Entonces voy a la oficina de mi jefa y le digo que me llamaron y me dijo “ya, ándate” y me fui, y después mi jefa me dijo:Sabes necesito que me hagái pega, date un par de semanas, me llamái, porque yo necesito que me sigái haciendo cosas, pero házmelas desde la casa. (P., arquitecta, una hija, hogar biparental).

Especialmente ilustrativo es este caso en relación a la reproducción de las relaciones tradicionales de género y el punto de inflexión biográfico acá discutido. Es esta arquitecta y no su marido quien acude a buscar a la hija que adoptarán, pese a que, en este caso específico, es tanto el padre como la madre quienes podrían acudir a buscar a la bebé. Asumir el rol de madre implicaría entonces que el nacimiento del hijo sea vivido psíquica y físicamente no solo como un hito biográfico, sino también como un “rito de pasaje” exclusivo de quien asumirá dicho rol.

En el caso de las trabajadoras dependientes, los derechos al permiso prenatal y postnatal podrían, en principio, estructurar por lo menos temporalmente de manera más clara sus experiencias en relación a la llegada del hijo. Pese a ello, el nacimiento del primer hijo es vivido similarmente a los casos antes descritos: como una sorpresa. Al respecto, la socióloga C. sintetiza dicho hito biográfico como una situación angustiosa:

Yo creo que con la A. [su primera hija] fue lejos el más angustioso de todos los procesos. Aún cuando era que menos trabajaba. Eso es bien curioso. Yo con ella estuve primero 6 meses y ni una ley de nada, sino que simplemente como otro pedacito de trabajo. Yo entré en marzo, como entraron al colegio y me fui antes del otro. Entonces pude estar con la A. más que con todos, pero yo me di cuenta que también tiene que ver con que tiene uno el poco apresto frente a la maternidad. Yo por lo menos me vi enfrentada a una realidad preciosa, deseada, pero no planificada en muchos ámbitos y tampoco equipada internamente pa hacerlo… (C., socióloga, 3 hijos, hogar biparental).

Los primeros meses en casa con el bebé constituyen efectivamente un período de alta tensión emocional para la totalidad de las entrevistadas. Todas ellas se sienten inseguras y desbordadas con la situación. La necesidad de permanecer próximas a su bebé es vivida como una situación necesaria para asegurar el bienestar de su hijo, pero al mismo tiempo como “una pérdida de libertad absoluta”. De manera similar que la socióloga C., la periodista C. describe el vínculo de dependencia con su hijo y su consecuente inmovilidad como una situación “angustiosa”:

recuerdo que los primeros tres meses fueron súper intensos, porque el nacimiento prematuro en mayo, la guagüita chiquitita, estaban todos los temas de los virus sinciciales. Yo no salí en tres meses de la casa. No lo saqué a ninguna parte [a su hijo]… Yo creo que las sensaciones más potentes de la maternidad es que nunca más puedes salir sola, si no tienes a alguien y eso como que yo creo que me dio una sensación de angustia, como… igual es bien potente, la pérdida de libertad absoluta, que toda decisión que tomo y lo tuyo tiene que ser demasiado premeditado o sea premeditado, planificado, desmenuzado o sea una red bien compleja… (C., periodista, 2 hijos, hogar biparental).

La sensación de pérdida de movilidad es especialmente clara en el caso de las profesionales que crían solas a su hijo, pues en la práctica ellas suelen asumir la crianza efectivamente de manera muy solitaria. Esta situación se hace más evidente en los primeros meses de vida del recién nacido, donde la salud de los bebés suele ser especialmente vulnerable. Sin embargo, y como bien describe la trabajadora social I., la sensación de inmovilidad se ve también reforzada por las expectativas sociales actuales acerca de la “buena maternidad”:

solamente cuidando, lo más difícil para mí es que me tocó en invierno, porque nació en abril y estuve todo el invierno invernando con él, era pecho, guagua y cosas de la casa. Habían días que pasaban tres días y no salía a la calle. Era agotador, porque además no hablas con nadie. La guagua no te responde [ríe]. Entonces agotador y después los miedos tremendo de entrar a trabajar y dejarlo, que horrible, porque ahora también te hablan del apego. (I., trabajadora social, un hijo, hogar monomarental).

En el marco de la “trayectoria maternolaboral” la biografía debe ser redefinida y la vida cotidiana reorganizada. Sin embargo, y desde el punto de vista de estas entrevistadas, los recursos adquiridos y desarrollados hasta ese momento sería insuficientes para llevar a cabo dicho proceso de reorganización. Al respecto, la narración de C., socióloga, es especialmente interesante. Ella fue socializada en un entorno familiar y escolar católico y, al momento de ser entrevistada, ella trabajaba también en un colegio católico. Se podría entonces suponer que para esta socióloga sería más fácil realizar un balance entre su rol de madre y su rol de trabajadora, puesto que ha sido socializada y se mueve aún en espacios donde la maternidad suele ser parte de las expectativas sociales en torno a las cuales se estructura la biografía y con ello, la identidad femenina. Pese a ello, el tránsito hacia la maternidad es vivido tanto como un momento de “pérdida” y de “shock”:

Yo diría que fueron los dos primeros años de la A. [su primera hija] muy difíciles para mí, internamente, no me di cuenta en ese momento, pero, por ejemplo, yo me acuerdo que cuando nació la A., le estaba dando papa y miraba por una ventana a unas niñitas, a unas lolitas de jeans, tomando helado y yo haber llorado, porque nunca más me voy a poder poner blue jeans, o sea, ya eso era fantasía, o sea, como una sensación de pérdida muy grande, me di cuenta que estaba… Me di cuenta lo desequipada, tiene que ver también con la sorpresa, yo me casé y, al mes y medio o dos meses estaba esperando guagua. Para mí fue un shock. Yo quería tener hijos, pero igual creo que me sorprendió demasiado. Entonces tuve más tiempo, pero internamente no estaba muy equipada. (C., socióloga, 3 hijos, hogar biparental).

Las ambivalencias frente a la “trayectoria maternolaboral” y su resultante angustia están fuertemente estructuradas a partir de sus dobles referentes normativos: “la buena madre” y “la buena trabajadora”. Por un lado, ellas sienten que deben y quieren seguir estando laboralmente activas, pero cuanto más tiempo pasan fuera del mercado del trabajo, más sienten que pierden sus competencias laborales. Por otro lado, y dado que ya han participando en el mercado laboral, saben que su reingreso a este les implicará también dificultades para actuar como una “buena madre”. Como describe R., periodista que se separó de su marido mientras estaba embarazada, la angustia resultante de aquellas ambivalencias se expresa finalmente a nivel corporal al momento de “volver al mundo”:

bueno entonces la llamé [jefa] y le dije que no podía volver, que me habían dado tres meses de licencia y que no sabía, que si me sentía capaz de volver antes, iba a volver antes, pero que la verdad es que no sabía por qué no me sentía capaz y ella me dijo: no te preocupes, yo te entiendo, yo pasé lo mismo que pasaste tú, así que preocúpate de estar bien y preocúpate de ti, listo… Cuando el M. [su hijo] cumplió seis meses, volví a trabajar ya con mi vida más ordenada y sentí también que era un buen momento para hacerlo… y la noche antes de volver a trabajar fue atroz, una angustia, o sea, vomité toda la noche en el baño, o sea, atroz, imagina de no haber trabajado siete meses y tanto, volver a la pega, que era más que nada volver al mundo, cachay, de salir al mundo, porque había estado en mi casa. Era volver a enfrentar una cuestión que además tu sabís que es más tiempo, cachay, es como volver de nuevo al mundo y sin vuelta atrás, cachay es como una angustia heavy, te juro que así, nunca me había sentido antes así, y napo, al día siguiente vine a trabajar… (R., periodista, un hijo, hogar monomarental).

El nacimiento del primer hijo constituye para estas mujeres entonces no solo un punto de inflexión biográfico “no planificado”, sino por sobre todo un “suceso vital crítico” (kritische Lebensereignisse, Böhnisch, 1997), es decir, una fase biográfica donde se produce una pérdida en el “balance psicosocial” (ibid.) entre la autoestima y el reconocimiento social. A modo de hipótesis, este desbalance sería principalmente el resultado de la emergente “trayectoria maternolaboral”, la que se caracterizaría por la centralidad del trabajo remunerado, la maternidad como fase biográfica latente y una carencia de recursos socialmente puestos a disposición para permitir la acción subjetiva. En concreto, a nivel de las expectativas sociales se espera que las mujeres se integren plenamente al mercado laboral. Sin embargo, de volverse madres, ellas deben realizar solas los ajustes necesarios para reorganizar tanto su biografía como la conducción de su vida cotidiana. Lo que socialmente aún no se ha explicitado es que dichos ajustes constituyen un “trabajo de integración” (Cárdenas, 2010) complejo. Biográficamente y con ello necesariamente también en la conducción de la vida cotidiana deben ser integrados dos roles que han sido construidos socialmente de acuerdo a referentes normativos (“la buena madre”, “la buena trabajadora”) que suelen no ser compatibles, sino más bien concurrentes y, con ello, excluyentes. No es entonces de sorprender que la sensación subjetiva más habitual entre mujeres profesionales hoy sea la angustia.

Más aún, esta sensación de angustia pareciera deberse también, y quizás especialmente, a la pérdida de capacidad para continuar siendo la “mujer flexible” propia del capitalismo flexible contemporáneo. De acuerdo a Sennett, el carácter idealmente flexible de hoy es el siguiente:

“Flexibility” names the trees’ capacity both to yield and to recover, both the testing and the restoration of its form. Ideally, flexible human behaviour ought to have the same tensile strength: adaptable to changing circumstances yet not broken by them (Sennett 1998: 46).

Si bien este tipo de flexibilidad es difícil de alcanzar para la mayoría de la fuerza de trabajo, lo es aún más para las mujeres trabajadoras que son madres. Mantenerse laboralmente móviles, como lo habían sido hasta antes del nacimiento de su primer hijo, es poco probable. Esta situación se hace especialmente evidente cuando ellas viven “la brecha” o mejor dicho, “el abismo” entre los intereses laborales y sus posibilidades de realización (véase Diezinger, 1993)[9]. Ya no podrán seguir corriendo “la carrera de velocidad” por el mismo carril hasta llegar a alcanzar el ideal de “buena trabajadora”, sino que tendrán que cambiarse de “carril” y comenzar a correr más lento, en el caso de lograrlo. La “trayectoria maternolaboral” traza más que una “carrera de velocidad”, una “carrera de vallas”, la que muchas veces se vuelve una “carrera de fondo”, en donde la capacidad de resistir la oposición y el consecuente desgaste físico y psíquico debe ser combinada con la capacidad de constante superación. Esta es la dinámica de flexibilidad que deben enfrentar las madres-trabajadoras.

La sorpresa y posterior angustia que estas mujeres profesionales viven frente al nacimiento de su primer hijo sería entonces también la expresión de un sentimiento de pérdida y la negación a aceptarla: es difícil internalizar que todo el esfuerzo puesto en el estudio de una profesión y el desarrollo de una carrera profesional tenga que ser puesto de lado o cointegrado con el ejercicio de la maternidad, especialmente cuando el nacimiento de un hijo es el resultado de una relación entre dos personas y dicho nacimiento contribuirá a la reproducción de una sociedad. Dicha lógica subjetiva suena coherente con el hecho de que el capitalismo flexible no está formando sujetos solidarios, sino sujetos que logren moverse o, mejor dicho, “seguir corriendo” de acuerdo (¿o pese?) a los vaivenes de los propios ciclos económicos y las inestabilidades del mercado laboral. Sin embargo, el orden de género patriarcal, adaptado ahora a los nuevos requerimientos del capitalismo, traza claros límites para que dicha flexibilidad supuestamente no atente contra la (re)producción de la propia sociedad. A continuación se presentan y discuten los modos en que estas mujeres intentan continuar siendo “flexibles” después del nacimiento de su primer hijo y dentro de los límites (neo)patriarcales.

El arte de balancear la vida cotidiana: buscando la soberanía sobre el tiempo y el espacio[10]

Continuar siendo trabajadoras después del nacimiento del primer hijo significa hoy participar en el mercado laboral, pero dentro de los límites de relaciones de género aún muy desiguales[11]. Integrar biográfica y cotidianamente, es decir, diacrónica y sincrónicamente las tareas productivas y reproductivas asociadas a los roles de trabajadora y madre implica entonces intentar mantenerse móvil estructurando la acción subjetiva en tiempos y espacios diferentes (véase Jurzcyk/Rerrich, 1993; Jurzcyk et al., 2009).

En dicho contexto, un primer modo de integración entre trabajo productivo y trabajo reproductivo es intentar reestructurar el tiempo de trabajo. Concretamente, esto significa alargar los permisos postnatales por medio de certificados médicos y/o flexibilizar, específicamente reducir la jornada laboral. La periodista T. narra así sus vivencias al respecto:

Mira, en realidad yo cuando terminé el posnatal, a mí me quedaban dos períodos de vacaciones dentro. Yo quedé embarazada en febrero del año pasado y en mayo cumplo años en la pega y al quedar embarazada yo dije “no me voy a tomar las vacaciones porque voy a estar con prenatal en septiembre, octubre. Me las tomo cuando regrese y no había contabilizado que ya me quedaba un período dentro. Entonces, me juntaron dos períodos de vacaciones. Entonces, mi idea, en un principio, se me termina el postnatal, me tomo un período de vacaciones y el otro período de vacaciones lo dejo para febrero que sigue, porque en febrero no tengo sala cuna. Cuando pasó eso en la empresa, de que la empresa cerró, mi jefe me dijo que me tomara los dos períodos de vacaciones altiro, por lo mismo, porque si me iban a hacer cambio de empresa, después iba que tener que firmar contrato para la otra empresa y las vacaciones…al final entré a trabajar cuando J. [su hijo] tenía 8 meses… J. se adaptó súper rápido al jardín, gracias a Dios, no lloró, no me echó de menos. Yo creo que llore más yo, se adaptó súper rápido, entonces yo pude alargar el proceso de entrar de nuevo al trabajo. Cuando volví a trabajar, yo volví en junio, como a fines de junio, me costó acostumbrarme, lo reconozco, a mi me costó, después hablé con mi jefe, mi horario de trabajo, lo hicimos de común acuerdo… (T., periodista, un hijo, hogar biparental).

El caso de la periodista es una excepción, pues la jornada de trabajo es un recurso que escasamente utilizaron las entrevistadas para reordenar su modo de conducción de la vida cotidiana. Probablemente esto se deba a que las medias jornadas de trabajo o las jornadas laborales menores a una jornada de trabajo completa tienden todavía a ser poco habituales en el mundo del trabajo chileno. En consecuencia, las personas que se integran al mercado del trabajo deben hacerlo en el marco de dicha jornada de trabajo. Una reducción en el rendimiento esperado, como una forma alternativa en el uso del tiempo de trabajo, fue una posibilidad que, según las narraciones de las entrevistadas, casi no fue posible.

Alcanzar un mayor control sobre los espacios y, con ello, de los tiempos en los cuales se realizan las tareas productivas y reproductivas pasa entonces a constituirse en un modo de coordinación y, con ello, de integración entre trabajo productivo y trabajo reproductivo. Un modo concreto de hacerlo es generar una mayor proximidad espacial respecto al lugar de trabajo de la madre y, posteriormente, en relación al jardín infantil para así reducir los tiempos de viaje de un lugar a otro. En este mismo sentido, algunas entrevistadas buscan incluso residir en la cercanía de la casa de su madre/sus padres para generar condiciones espaciales que permitan una máxima sincronización de las tareas productivas y reproductivas con otro recurso importante: la familia extensa. La socióloga C. da cuenta de este modo de organizar la vida cotidiana, modo que ella misma vivió como hija:

No, cerca, eso es lo importante. Yo te diría que mis papás, fíjate que ese es un dato muy relevante, mis papás, ellos también compraron su casa… como nosotros éramos exalumnos de este colegio, mis papás compraron una casa cerca del colegio (lugar de trabajo). Por lo tanto, ellos viven a dos cuadras hacia el otro lado. Por lo tanto, lo loco es que mis papás y nosotros todos hemos tomado la decisión de estar cerca del colegio, tanto para que nosotras fuéramos independientes, bueno, ya esto es muy pasado, pero tanto para caminar del colegio a la casa y ellos tener la tranquilidad de estar cerca. Mi abuela se compró la casa al lado de mis papás, eso es un poco raro. Ellos hicieron un hoyo, así como de pasadizo, y tú entras así de cocina a cocina en el fondo y fíjate que es súper relevante, porque dado que ellos están tan cerca, pueden ser la red de apoyo que son, o sea, para mi mamá ir a mi casa es cruzar Apoquindo (calle), en el fondo, una calle grande, pero no es un cruzar Santiago, que para otra familia podría serlo. (C., sociológa, tres hijos, hogar biparental).

En el caso de las trabajadoras independientes, un recurso habitualmente utilizado para integrar las tareas productivas y reproductivas es trabajar desde su casa mediante el uso de tecnologías de la información y comunicación, es decir, teletrabajar (véase Cárdenas, 2005b, 2012, 2013). Sin embargo, esta estrategia suele resultar rápidamente inefectiva, ya que el teletrabajo tiene como una de sus grandes dificultades el poder establecer claros límites entre las tareas productivas y reproductivas por parte del teletrabajador/a, precisamente debido a la ocurrencia de estas en un mismo lugar (ibid.). La periodista C. describe esta escasa delimitación del espacio productivo y reproductivo como una situación “angustiosa”:

Me acuerdo que hacía todas las cosas laborales en mi casa también, todo como muy mezclado, cosa que me generaba harta angustia. No tenía ayuda. No sé, iba una nana dos veces a la semana, pero hacía las cosas de la casa… (C., periodista, dos hijos, hogar biparental).

Trabajar desde el lugar de residencia no es, entonces, siempre una alternativa adecuada para lograr un balance entre trabajo productivo y reproductivo. Es por esto que las entrevistadas que trabajan de manera “independiente” y que cuentan con mayores recursos materiales optan por arrendar o utilizar un espacio fuera de casa para poder delimitar mejor las responsabilidades productivas de sus tareas reproductivas. Sin embargo, estos espacios tienen que cumplir como condición el estar ubicados de manera cercana a la propia casa. Esta situación la describe la socióloga R.:

Tengo que preparar las clases, me vengo pa acá, voy a dejar a J. [su hijo] al jardín en la mañana, me vengo pa acá, me encuevo como hasta las doce y media, voy a buscar a J., hay lo dejo con la A. La A. es la señora que lo cuida, pa que le de el almuerzo y yo me vengo pa acá otra horita más, a almorzar como a las dos o dos y media, ¿cachay? Y ahí ya en la tarde no hago nada, en la tarde voy a la plaza, voy al supermercado con ellos, voy a la casa de mi hermana, que ahora está de posnatal también ella, así que está en la casa, no trabajo en las tardes, a no ser que esté urgida, pero nunca me ha pasado, me imagino no se po, si no pude preparar la clase del otro día, me vendré pa acá de nuevo a encuevar y trabajaré cachay, pero no me ha tocado eso, bueno y… igual venirse pa acá es bueno, porque estoy tan cerca de la casa que es como estar en la casa, con la gran diferencia que la M. [su segunda hija] no me va a abrir la puerta, de que no me va a distraer si la escucho llorar. (R., socióloga, dos hijos, hogar biparental).

Un recurso central para lograr integrar biográfica y cotidianamente el rol de madre y trabajadora es contratar a una trabajadora doméstica remunerada. Esto, pues en Chile el cuidado de los niños en su primera infancia se suele realizar hasta en la acutalidad principalmente dentro del hogar (Santibáñez, 2009a, 2009b; PNUD, 2010), pese a la creciente oferta de cuidado infantil proporcionado por guarderías y jardines infantiles así como a la paulatina extensión de sus horarios de atención (ibid.). En el caso de las mujeres profesionales, en cuyos hogares suelen haber, en términos relativos, mayores recursos económicos, se tiende a contratar a una trabajadora doméstica remunerada para que cuide a los niños en el hogar y realice al mismo tiempo las labores domésticas en este. Esta es una práctica social ampliamente arraigada en los hogares de clase media y alta tanto en Chile (Stefoni/Fernández, 2011; Todaro/Arriagada, 2012; Valenzuela/Sanches, 2012) como en América Latina (Rodgers, 2009; OIT 2017)[12].

Al respecto, y acorde a las tendencias observadas también en esta región (ibid.), ha ocurrido un cambio significativo en las últimas décadas: las trabajadoras domésticas remuneradas en Chile han dejado de trabajar principalmente “puertas adentro”, es decir, ya no trabajan y viven en la misma vivienda que sus empleadores. Por el contrario, actualmente el modo más habitual de trabajo doméstico remunerado en esta sociedad es el trabajo doméstico “puertas afuera”, esto es, llegando a una cierta hora en la mañana y volviendo al atardecer o en la noche a su propio hogar (Todaro/Arriagada 2012; Valenzuela/Sanches 2012)[13]. Esto significa que la jornada laboral de la madre y sus tiempos de traslado hacia su lugar de trabajo deben ajustarse a los horarios laborales de la trabajadora doméstica remunerada y a la inversa. Sin embargo, y de acuerdo a la narración de la administradora pública S., suele ocurrir que esta coordinación de tiempos no es posible, dadas las cargas variables de su propio trabajo. En este caso se deben repactar los tiempos de trabajo con la trabajadora doméstica, lo que tiene finalmente como consecuencia tanto un mayor pago por este trabajo de cuidado como un reordenamiento de los tiempos productivos y reproductivos de la propia trabajadora doméstica remunerada. Desde el punto de vista de la entrevistada, contratar a una trabajadora doméstica es solo posible en la medida en que ella cuente con los recursos económicos para financiarlo:

Entonces yo había pactado un horario fijo de trabajo, de tal hora hasta tal hora, pero de repente chuta se me pasaba la hora y tenía que llamar por teléfono pidiéndole disculpas a la señora y teniendo que reembolsar más dinero de lo que yo le pagaba y empecé de nuevo con problemas económicos, porque tuve que contratar una nana por un tiempo mayor y tener que reembolsarle por el tiempo que ella trabajaba de más y ahí se va creando como un círculo, porque uno va teniendo más compromisos, entonces más gastos. (S., administradora pública, dos hijas, hogar biparental).

Dada la función central que cumplen las trabajadoras domésticas remuneradas para la conducción de la vida cotidiana de mujeres profesionales, una renuncia por parte de la trabajadora doméstica suele ser vista como una “bomba atómica”, es decir, como la destrucción total del modo de conducción cotidiano establecido hasta ese momento y con ello, también la propia biografía. Así lo reflejan las palabras de la abogada M. Sin embargo y al igual que la socióloga R., esta abogada destaca la importancia que tiene también la red familiar como recurso para intentar seguir balanceando vida cotidiana y biografía:

La última vez colapsó todo el sistema. Se fue a las pailas, pero por suerte ahí aperraron todos, mi marido, mi mamá, todos, todos, nos fuimos turnando, uno se escapaba después el otro, funcionó bien, pero fue un caos, fue una cosa increíble, una verdadera bomba atómica. ¿Y por qué? Porque como lo hacía, había que ir a buscarlas y alguien tenía que estar esperándolas con el almuerzo, alguien tenía que ir a buscar a la chica y yo salía una hora después entonces no podía. O sea claro que me pude escapar un poco, pero ahí todos se sacrificaron debo decir. (M., abogada, tres hijas, hogar biparental).

Si bien la red familiar tiende a ser un recurso central para integrar biografía y vida cotidiana, en general solo suelen ser “activados” determinados miembros de dicha red, específicamente las mujeres que la integran (véase Hein et al., 2013). Un actor central de dicha red suele ser la abuela materna. Sin embargo, la posibilidad de “uso” de este recurso de integración es altamente frágil, pues parte de aquellas abuelas también se encuentran laboralmente activas.

En orden a asegurar el apoyo familiar como recurso de integración biográfico-cotidiano se suele entonces también activar a otros miembros de la red familiar que tengan el tiempo (¿y la disposición?) para brindar dicho apoyo: suegras, tías y hermanas, pero también los abuelos maternos y/o paternos. El apoyo por parte de los abuelos es un recurso también poco estable en el tiempo, pues junto a la creciente participación laboral de todos los adultos en Chile se suma la avanzada edad y/o el estado de salud de los abuelos/as. Esta situación la ilustra la trabajadora social I., quien lidera un hogar monoparental:

Con mi papá es más complicado, porque mi mamá ahora está enferma y también po, están cansados, yo digo ¡la responsabilidad es mía! No es de mi papá, no tengo por qué estarlos sacrificando a ellos, como que eso no, pero es un tema. (I., trabajadora social, un hijo, hogar monoparental).

Las posibilidades de “activación” de cada uno de los recursos anteriormente mencionados tienden a ser entonces más bien precaria en el tiempo. Sin embargo, y como se desprende de las narracciones de R., periodista y jefa de un hogar monomarental, continuar siendo una “mujer flexible” requiere organizar y hacer un “uso” simultáneo de la mayor cantidad de recursos sociales y materiales posibles:

... nació el M. [su primer hijo], y las cosas no cambiaron con J. [el exmarido de la entrevistada], él no mostró ninguna intención de volver conmigo y yo como que de a poco me fue “cayendo la chaucha” [es decir, fue entendiendo] y fui cayendo en depresión… como que no sabía qué hacer de mi vida y se me acababa el posnatal y me decía “yo no soy capaz de volver a trabajar… Bueno, me tomé su tiempo, me cambié de casa, lo cual me ayudó harto, me busqué nana [una trabajadora doméstica], porque tenía nana una vez a la semana. Ya, me conseguí una nana, me cambié de casa que me quedará cerca del metro, cerca de mi papá, cerca de mi mamá, qué se yo, y dije ¡ya!, como que en el fondo en ese tiempo me armé de nuevo para tomar mi vida… (R., periodista, un hijo, hogar monomarental).

Por último, el padre del primer hijo es el recurso mayoritariamente ausente en la organización y ejecución diaria de las tareas reproductivas en los hogares de las mujeres profesionales entrevistadas. Esta situación no solo se presenta en el caso de los hogares monomarentales, sino que también en el caso de los hogares biparentales (véase también Godoy Catalán, 2011). Al respecto, el caso de la administradora pública S. es especialmente interesante, pues da cuenta de continuidades así como también de cambios en relación a dicho patrón. De acuerdo a su narración, su marido conoce, maneja y realiza con regularidad las tareas reproductivas. Sin embargo, la profesional entrevistada vive al mismo tiempo el trabajo realizado por su marido como una “ayuda”, es decir, como un trabajo auxiliar respecto al trabajo principal que ella debe realizar:

Sí, sí me ayuda harto. El D. [su marido] es un excelente papá, es un excelente papá. Él se maneja 100% con las niñas como te decía denante, no sé po, él llega temprano y pesca a la chica y se va al supermercado, se va al mall, toma su bolso, en su bolso lleva todas las cosas de la A. y en caso de que tenga que mudarla lleva para mudarla. No, no, cero rollo, o sea cero, les da las comidas en la noche, yo no le tengo que andar diciendo nada, es una persona que yo no le tengo que andar diciendo: “oye D. [su marido] tení que hacerle la papa”, “oye D. [su marido] tení que atenderlas”. Ahora sabe de que si yo no las he acostado, él va y las acuesta o si yo no les he hecho la papa, él le hace la papa. No es algo que nosotros tengamos que andarnos diciendo. Es como una mamá, sabe todo lo que necesitan. No, si él ayuda ene. (S., administradora pública, dos hijas, hogar biparental).

En consecuencia, los padres pueden volverse un recurso importante en la organización y ejecución de las tareas reproductivas, facilitando con ello el trabajo de integración que las mujeres realizan en relación a las tareas productivas y reproductivas. Sin embargo, cabe tener presente que el caso de la administradora pública S. constituye el único caso dentro del segmento estudiado en el que padre solo participa regularmente en las tareas cotidianas de crianza y el único caso donde la mujer profesional gana un sueldo mayor al de su marido.

Conclusiones

En el presente artículo se ha reconstruido y discutido el nacimiento del primer hijo como punto de inflexión biográfico en mujeres profesionales. A partir de los casos acá analizados se puede concluir que dicho hito constituye no solo un punto de inflexión biográfico, sino también un suceso biográfico crítico a partir del cual la biografía femenina se bifurca, tanto de la trayectoria de vida masculina con y sin hijos como de la trayectoria de vida femenina sin hijos. Desde ese momento es la “trayectoria femenina maternolaboral” la que orienta y estructura secuencialmente la vida de las trabajadoras-madres. Pese a que esta tiene también como eje central la participación laboral femenina, contiene al mismo tiempo una expectativa social latente: de volverse madres, las mujeres-trabajadoras deben realizar los ajustes necesarios en su biografía y en la conducción de su vida cotidiana para asumir simultáneamente los roles de trabajadora remunerada y madre. Esto implica no solo realizar un trabajo de conciliación, sino que especialmente de integración de roles y tareas socialmente estructuradas sobre la base de expectativas usualmente incompatibles y, con ello, concurrentes y excluyentes. Frente a dicho desafío, la vivencia subjetiva más habitual de estas trabajadoras-madres es la angustia, especialmente debido a la pérdida de autonomía para seguir siendo “trabajadoras flexibles”, es decir, trabajadoras laboralmente activas y móviles.

Generar un modo de conducción de la vida cotidiana se vuelve entonces una conditio sine qua non para que estas trabajadoras-madres logren integrar el rol de madre en su biografía hasta ese momento laboralmente centrada y darle continuidad a esta. Sin embargo y acorde con la literatura internacional, la organización de la vida cotidiana suele retradicionalizarse al nacer su primer hijo, quedando ellas a su cargo y siendo sus parejas o exparejas el gran recurso ausente. Consecuentemente, sus posibilidades de participación y movilidad dentro del mercado laboral quedan limitadas dentro de los márgenes del orden de género (neo)patriarcal. Para poder continuar participando laboralmente estas mujeres deben entonces activar simultáneamente diversos recursos temporales, espaciales, materiales y sociales, reproduciéndose en dicho contexto no solo las relaciones tradicionales de género, sino también de clase y etnia. En efecto, para poder continuar siendo “trabajadoras flexibles”, ellas suelen cambiarse de casa para vivir cerca de su trabajo, algunas comienzan o continúan trabajando desde su casa y por sobre todo, activan a diversos miembros de su red familiar y/o contratan a una trabajadora doméstica remunerada. Sin embargo, esta compleja red de recursos es inherentemente frágil en el tiempo, pues no todas estas mujeres cuentan o pueden contar a largo plazo con ayuda familiar y/o con los recursos materiales para contratar a una trabajadora doméstica. Al mismo tiempo, tanto los familiares como las trabajadoras domésticas tienen sus propias responsabilidades personales y/o familiares, se enferman, envejecen, se cansan, se cambian de barrio, ciudad o país, etc. En el caso de las trabajadoras domésticas remuneradas se agrega también su legítimo interés por buscar un empleo con mejores condiciones laborales y mayor reconocimiento social, situación que en la actualidad es por lo menos parcialmente posible en la sociedad chilena, especialmente debido a la creciente expansión del sector de los servicios y el comercio.

¿Está asegurada la participación laboral femenina en la sociedad chilena contemporánea? No lo está, ni tampoco la estabilización de los niveles de participación laboral femenina alcanzados hasta el momento. Si mantenerse laboralmente activas para estas mujeres profesionales, una vez que ha nacido su primer hijo, es altamente difícil, aún más difícil lo es para los otros segmentos de la fuerza de trabajo femenina que cuentan con un menor nivel educacional, se insertan consecuentemente en empleos más precarios y cuentan con una menor cantidad de recursos materiales. Efectivamente muchas mujeres en Chile han mostrado ser altamente flexibles para mantenerse móviles en el mercado laboral, pese a las limitaciones que conlleva la maternidad en un orden capitalista (neo)patriarcal. Sin embargo, y como bien ya lo han destacado Díaz y Mauro (2012), la sobrecarga productiva y reproductiva asociada a un escaso reconocimiento y soporte social está teniendo un alto costo en términos personales, el que finalmente se expresa silenciosa, pero claramente en el propio cuerpo, como por ejemplo en términos de trastornos depresivos o ansiosos (OPS/OMS, 2017).

En este contexto, ¿está asegurada la reproducción de la sociedad chilena? Tampoco lo está. Como viene indicando la baja tasa de crecimiento en esta sociedad (PNUD, 2010, CEPAL, 2017), la “trabajadora flexible”, independientemente de su nivel educacional y contexto socioeconómico, está intentando preservar o incrementar sus posibilidades de participación laboral especialmente vía la reducción en el número de hijos. En el marco del acelerado y profundo proceso de neoliberalización de la sociedad chilena contemporánea lo más probable es que en las próximas décadas se siga acentuando esta segunda tendencia, a menos que la integración de las mujeres al mercado del trabajo deje de ser un “problema personal” y se constituya en uno de los ejes centrales de la “nueva cuestión social” en Chile.

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  1. Este artículo está basado en algunos de los principales resultados obtenidos dentro del marco del proyecto Fondecyt N.º 110420 “Trabajo y Maternidad: Estudio biográfico interpretativo sobre la articulación del ámbito laboral y familiar en mujeres con hijos en la primera infancia” (2011-2013), cuyo principal objetivo fue describir y reconstruir la articulación entre responsabilidades familiares y laborales que realizan mujeres con hijos en la primera infancia, tanto desde una perspectiva de construcción biográfica como desde una perspectiva de construcción de la cotidianeidad en mujeres con diferentes niveles educacionales (profesionales, técnico-profesionales y con educación media completa). Se agradece el apoyo institucional y financiero brindado por la Comisión Nacional Científica y Tecnológica de Chile a este proyecto.
  2. La Educación Parvularia es considerada desde el año 1999 “el primer nivel educativo del país, que atiende integralmente a niños y niñas desde su nacimiento hasta su ingreso a la educación básica” (MINEDUC, 2014: 4), es decir, desde los 0-6 años. La educación parvularia no es obligatoria en Chile salvo aquella referida al segundo nivel de transición, es decir, el cual cubre el tramo etario entre los 4 y los 6 años y es requisito para el ingreso a la educación básica (ibid.). La prestación gratuita de acceso a las salas cunas, jardines infantiles y/o modalidades equivalentes en Chile está a cargo principalmente de la Junta Nacional de Jardines Infantiles (JUNJI) y la Fundación Integra. En el año 2015 se promulgó la Ley N.º 20.835 a partir del cual se ha venido impulsando la Reforma de la Educación Parvularia orientada a generar una institucionalidad específicamente orientada a la articulación y el control de la educación parvularia en Chile. Dicha ha comprendido, entre otros, la creación de tres organismos nuevos dentro del Ministerio de la Educación: la Subsecretaría de Educación Parvularia, la Intendencia de Educación Parvularia y la Agencia de Calidad (MINEDUC, 2014). Entre los años 2011 y 2016 la matrícula parvularia pública aumentó de 691 145 a 785 368 alumnos/as, mientras que el número de establecimientos parvularios creció en ese mismo período desde 3703 a 4229 establecimientos.
  3. El 17/10/2011 fue publicada la Ley N.º 20.545 Post Natal Parental en el Diario Oficial. Dicha ley mantiene el postnatal de 12 semanas en el caso del postnatal simple. Al mismo tiempo, introduce el postnatal aumentado de 18 semanas para tres nuevos casos: 1) parto anticipado: cuando el parto haya ocurrido antes de las 33 semanas de gestación o el hijo/a nacido/a pese menos de 1500 gramos; 2) parto múltiple: se aumenta el periodo de postnatal en 7 días corridos por cada hijo/a partir del segundo/a hijo/a y 3) se incrementa el postnatal en el caso de que ocurran las circunstancias descritas en los puntos anteriormente mencionados. En el caso de adopciones se mantiene el periodo de postnatal vigente hasta esa época (6 meses). Por último, se establece el permiso postanatal parental basado en el principio de “corresponsabilidad”. Mediante este permiso la madre 1) puede hacer uso del permiso postnatal simple o 2) puede incorporarse a su trabajo bajo el régimen de media jornada por un período de 6 semanas una vez terminado su postnatal, recibiendo el 50% del subsidio postnatal “y, al menos, el 50% de los estipendios fijos establecidos en el contrato, sin perjuicio de las demás remuneraciones de carácter variable a que tenga derecho” (Dirección del Trabajo 2017). Al respecto, la madre tiene también el derecho a transferirle al padre de su hijo/a parte de su permiso postnatal a partir de la séptima semana de dicho permiso, debiendo estas semanas corresponder a las semanas finales del permiso. En el caso de que al padre le sea transferido dicho permiso, este tiene también derecho al subsidio postnatal calculado en base a sus remuneraciones y con el mismo tope que la madre (66 UFs).
  4. En el caso de los hogares monoparentales en Chile, estos son mayoritariamente hogares monomarentales. Al respecto, un reciente estudio del Instituto Nacional de Estadísticas de Chile (INE) muestra que, independientemente de si el jefe/la jefa del hogar monoparental es a la vez la persona proveedora principal del hogar o no, estos hogares son encabezados por mujeres. Es así como un 87,9% de estos hogares tienen una jefatura de hogar femenina sin ser esta la persona proveedora principal y en un 88,5% de estos hogares las mujeres encabezan estos hogares y son a su vez sus principales proveedoras (INE, 2016). El predominio de la jefatura femenina en estos hogares es consistente con los resultados relativos a América Latina y el Caribe, donde el 10,8% de los hogares en la región corresponden a hogares monomarentales, mientras que solo 1,7% corresponde a un hogar cuyo jefe de hogar es un hombre (CEPAL, 2017).
  5. En este texto se utiliza la expresión “hijo” (hijos) en términos genéricos para hacer referencia tanto al hijo (a los hijos) como a la hija (a las hijas). Se utilizará la expresión “hijo” o “hija” cuando se requiera explicitar el género.
  6. Dentro de esta submuestra, fueron entrevistadas 7 mujeres que estaban viviendo con una pareja al momento de ser entrevistadas y 5 mujeres madres que encabezan un hogar monomarental.
  7. En Chile, la jornada completa comprende un total de 45 horas semanales. En general, esta jornada de trabajo continúa siendo la jornada de trabajo “normal” en esta sociedad, pese a un proceso creciente de diversificación de las jornadas de trabajo en Chile. Al respecto, cabe tener presente que la medición de dicha jornada puede subrepresentar las jornadas laborales en las que efectivamente deben trabajar la fuerza laboral.
  8. En este estudio se entrevistaron a 7 mujeres trabajadoras dependientes y 5 mujeres independientes al momento de ser llevadas a cabo las entrevistadas.
  9. Concretamente, Angelika Diezinger habla de “Die Kluft zwischen beruflichen Interessen der Frauen und Realisierungsmöglichkeiten” (Diezinger, 1993: 51).
  10. Para un análisis complementario sobre el uso de los recursos y los modos de integración de las tareas productivas y reproductivas véase Hein et al. 2013.
  11. Al respecto, véase también en este libro el capítulo de Undurraga y el capítulo de Cárdenas.
  12. De acuerdo a estimaciones de la OIT, alrededor de 18 millones de personas se dedican al trabajo doméstico remunerado en América Latina, siendo el 93% de estos mujeres (OIT, 2017). Sin embargo, el empleo doméstico remunerado ha tenido una caída del 9% al 7%. Esta tendencia se debería principalmente “al crecimiento importante en las oportunidades de empleo en otros sectores (de la economía)” (OIT, 2017: 81).
  13. Respecto a los cambios y continuidades del trabajo doméstico remunerado en Chile, véase Stefoni/Fernández, 2011; Todaro/Arriagada, 2012; Valenzuela/Sanches, 2012. Cabe tener presente que estos cambios pueden variar en la medida en que se produzcan también transformaciones en el perfil sociodeomgráfico de las trabajadoras domésticas remuneradas así como en sus expectativas laborales. Pese a que ciertamente hoy hay una mayor conciencia sobre los derechos laborales de las trabajadoras domésticas así como también una regulación internacional y nacional más clara sobre esta forma de trabajo reunerado (ibid.), el fuerte componente migratorio que ha solido caracterizar al trabajo doméstico remunerado a nivel mundial puede seguir reforzando su modalidad “puertas adentro” y con ello, redefiniendo el uso económico que hagan los hogares de esta fuerza de trabajo.


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