Una lectura de las claves teóricas para la comprensión de la construcción
biográfica de la maternidad actual
Valentina Ilic Vigil y Valentina Marchant Ruiz-Tagle
Los discursos sociales acerca de la determinación de tener hijos/as articulan representaciones y concepciones sobre la familia, el matrimonio, la pareja, la sexualidad, los derechos individuales, los códigos y las relaciones de género. A partir de ella se establecen las posibilidades, los límites y los criterios para la toma de decisiones y para establecer los trazos del proyecto vital. (Martí, 2011: 265)
El fenómeno de la maternidad tardía comprende una serie de transformaciones donde convergen tanto elementos de cambio como de permanencia de los códigos culturales. La manera en que la maternidad, el mundo laboral, la familia y la sociedad es comprendida establecerá, como plantea Martí, los límites sobre los cuales se adoptarán las medidas correspondientes para llevar a cabo los proyectos vitales. “La conciliación entre la maternidad, la vida laboral y la vida personal se establece a través de la adopción de un proyecto secuencial en el tiempo” (Martí, 2011: 277). Es precisamente a partir de este orden secuencial que muchas mujeres estarían optando por postergar su maternidad con el fin de lograr una adecuada inserción y/o ascenso laboral.
Para una mayor comprensión de la postergación de la maternidad es necesario profundizar tanto en los elementos contextuales (como serían los componentes demográficos, laborales, económicos, etc.), como otros de carácter más subjetivos, relacionados con la manera en que las mujeres perciben la maternidad y los cambios que estas han ido experimentando con el paso de las décadas, especialmente desde sus mayores aspiraciones educacionales y su consecuente incorporación con el mundo laboral. Las condiciones sociales que enmarcan el abanico (restringido a veces) de posibilidades para el mundo femenino cuando se refiere a sus posibilidades laborales son un aspecto elemental para comprender la toma de decisiones que estas mujeres deben realizar para compatibilizar sus proyectos vitales personales, educacionales y laborales, en una sociedad donde si bien existen fuertes discursos con énfasis en la búsqueda de mayores oportunidades e igualdad, coexisten aún con impedimentos estructurales y culturales en el alcance de estas aspiraciones. Si bien en la actualidad la construcción biográfica ya no se rige por una cronología estandarizada, lo cual coincide con una serie de transformaciones en la esfera valórica, social y laboral, el mundo de la maternidad aún se restringe a una serie de pautas culturales, sociales y biológicas, despertando la complejidad propia del fenómeno de la maternidad tardía y sus alcances.
Por otra parte, el surgimiento del fenómeno de la maternidad tardía impulsa a una relectura de las políticas públicas orientadas a la conciliación entre trabajo y familia, así como también respecto a la corresponsabilidad parental, donde se consideren no solo la realidad objetiva que experimentan estas mujeres en su vida cotidiana, sino sobre todo, los elementos inherentes al sentido de la maternidad y del mundo laboral para las mujeres. Esto significa una focalización en las problemáticas insertas en la maternidad actual, en conjunto con una lectura reflexiva de las condiciones estructurales que limitan el mayor desplante de la mujer actual en el ejercicio de la maternidad.
Acorde a lo anterior, el presente capítulo tiene por objetivo realizar una revisión teórica que permita comprender las claves a la hora de analizar un fenómeno social tan emergente como es la maternidad tardía. Cabe mencionar, no obstante, que si bien reconocemos que la maternidad tardía se trataría de un fenómeno complejo, donde su manifestación se entrelaza paralelamente con cambios sociales que ocurren tanto en el interior de la vida familiar como fuera de esta (como serían la división del trabajo doméstico, los nuevos métodos anticonceptivos, las nuevas formas de hacer pareja, los movimientos feministas, las políticas públicas, instituciones, entre otros), en el presente texto nos focalizamos en un análisis de las dimensiones que creemos han generado las bases para la construcción de una nueva forma de ser mujer, conllevando transformaciones culturales que influyen en cómo concebimos la maternidad. Para ello, se hace un breve acercamiento a los cambios en las dinámicas demográficas a través de la comparación de los indicadores de los distintos países, junto con una revisión de los cambios en materia cultural, social y laboral, donde la educación y las mayores aspiraciones laborales a las cuales un número creciente de mujeres espera llegar, abre espacio a un nuevo tipo de mujer, no carente, sin embargo, de contradicciones profundas a las que debe hacer frente. Este análisis, permitiría llegar a las raíces tanto estructurales como subjetivas sobre las cuales las mujeres se construyen, generando la adopción de determinadas estrategias biográficas. Finalmente, se propone una aproximación teórica que concibe al fenómeno de la maternidad tardía como una estrategia en la cual se conjugan elementos tanto racionales como condicionales, implicando cada una de estas un acercamiento distinto al fenómeno.
Antecedentes demográficos de la fecundidad en Europa y América Latina
Cambios demográficos en el mundo
De acuerdo a datos del año 2008 entregados por la ONU sobre estimaciones y proyecciones poblacionales, se espera que la población de los 47 países que componen Europa disminuya de 732 millones en 2009 a 691 millones en 2050 (UNFPA, 2011). Esta disminución se explica no solo por un envejecimiento de la población, en el cual se estima que el tamaño de la población entre las edades de 60 y 80 años aumentará en un 46%, sino que además por una baja en las tasas globales de fecundidad, las cuales se mantendrán en los 1,5 hijos por mujer para el quinquenio 2045-2050 (muy por debajo de la tasa de reposición de 2,1).
Para ejemplificar aún más las transformaciones poblacionales alrededor del mundo, el siguiente cuadro muestra la evolución en 40 años de las tasas de fecundidad total de algunos países. A partir de esta, se observa que de los países seleccionados para este análisis, Sudáfrica y Turquía presentan una mayor baja en el número de hijos por mujer pasando de 5 a 2,55 y de 5,39 a 2,12 respectivamente. Finlandia se mantiene estable durante ese periodo de tiempo, mientras que Bélgica se presenta como el país con la menor variación, pasando de 2,01 a 1,78 hijos por mujer en edad fértil. En todos estos países se observa una variación en la tasa de fecundidad promedio de 1,4 hijos por mujer, lo que refleja un importante cambio en las dinámicas de fecundidad de la población mundial.
Tasas de fertilidad total | ||
Número de hijos nacidos por mujer entre 15 y 49 años | ||
PAÍS |
1970-1975 |
2010-2015 |
Australia |
2,54 | 1,89 |
Bélgica |
2,01 | 1,78 |
Finlandia |
1,62 | 1,77 |
Irlanda |
3,82 | 2 |
Japón |
2,13 | 1,41 |
España |
2,85 | 1,33 |
Estados Unidos |
2,03 | 1,88 |
Turquía |
5,39 | 2,12 |
Sudáfrica |
5,5 | 2,55 |
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de World Population Prospects: The 2017 Revision, CD-ROM Edition.
Aun cuando los datos presentados dejan entrever importantes transformaciones, es fundamental destacar que, como Herche (2011) plantea, uno de los mayores cambios de este siglo tiene relación no solo con la creciente tendencia de las mujeres de tener menos hijos, sino sobretodo con el hito del nacimiento a edades más avanzadas.
Bratti y Tatsiramos (2008) realizaron un estudio sobre el efecto del retraso de la maternidad en las dinámicas de fertilidad en mujeres entre los 28 y 37 años procedentes de diez países europeos. Los autores logran distinguir tres factores que interactúan y determinan el retraso en la edad del primer hijo: el efecto biológico, el estigma social y el ingreso. El primer factor alude principalmente a lo que se denomina “reloj biológico”, sobre el cual algunos estudios han demostrado que las mujeres que retrasan la maternidad luego de los treinta años tienen un mayor riesgo de no quedar embarazadas (Howe et al., 1985; Van Noord-Zaadrtra et al., 1991, citado en Bratti y Tatsiramos, 2008). El segundo factor se refiere a la importancia que tienen las normas sociales y religiosas en determinar las decisiones de fertilidad de las mujeres. Con respecto al factor referido al ingreso, se plantea que existen dos principales motivos que afectarían las dinámicas de fertilidad: por un lado, el denominado consumption smoothing o “suavizado de consumo”, en el cual las mujeres deciden tener hijos cuando los ingresos son lo suficientemente altos como para soportar los costos de mantener a sus hijos. Y, por el otro, la denominada career planning o “planificación de la carrera”, aludiendo a que las mujeres deciden ser madres en el momento en el que su carrera se vea menos perjudicada.
Estos autores se preguntan sobre las posibles causas que explicarían las variaciones entre los países de la región, enfatizando que, si bien el efecto biológico y tecnológico (entendido como el acceso, por ejemplo, a técnicas de reproducción asistida) influyen en las variaciones en el comportamiento de algunos países europeos, lo que realmente marcaría la diferencia sería el efecto del estigma social y el ingreso. De esta manera, se plantea que tanto las alternativas de cooperación por parte de las políticas públicas, como una mayor libertad social en cuanto a las opciones personales, tienen una gran influencia en el retraso –o no– de la maternidad. Es así como la evidencia empírica demuestra que aquellos países con políticas públicas pro natalistas y menos conservadores/tradicionales tienden a retrasar más la maternidad (2008).
Fecundidad en América Latina y Chile
El proceso de envejecimiento de la población, como se ha demostrado hasta ahora, es una realidad que muchos países del mundo están viviendo, situándose en una etapa avanzada de la transición demográfica. Este es un fenómeno que afecta a todas las poblaciones en diferentes ritmos y tiempos. Un ejemplo de lo anterior resulta de la comparación entre Europa y América Latina, donde se puede observar que esta última ha experimentado cambios demográficos con una intensidad y dinamismo sin precedentes; es decir, lo que Europa demoró en llegar a su estado poblacional actual, América Latina lo alcanzó tan solo en un par de décadas.
La transición demográfica afecta a todos los países, pero presenta características diferenciales según la región, el nivel de desarrollo y los factores socioeconómicos y culturales. En esta línea, América Latina ha experimentado una serie de cambios de tipo económico, sociales, culturales y políticos de gran envergadura, los cuales se aceleran producto de la globalización y afectan a los componentes básicos que generan los cambios demográficos. De acuerdo a Schkolnik, “Los países difieren en el momento de inicio y en el ritmo de los cambios en la fecundidad y la mortalidad, así como en otras variables estrechamente relacionadas con estas” (Schkolnik, 2004: 33). Pese a esta diferencia de ritmos, la autora plantea que existe un cierto consenso en cuanto a la complejidad del fenómeno de la transición demográfica, debido principalmente a los cambios sociales y económicas que esta involucra.
En el caso específico de Chile, el país se encontraría en una etapa de transición avanzada, lo que implica tasas globales de fecundidad en descenso. Esto se observa en las cifras que indican que si para el quinquenio 1950-1955 existía una tasa global de fecundidad de 5 hijos por mujer, para el quinquenio 1995-2000 esta se redujo a 2,2 hijos, lo que culmina en una tasa de 1,08 hijos por mujer para el 2015, cifra que ya se encuentra bajo la tasa de reemplazo del 2,1(Schkolnik, 2004; INE, 2010; INE, 2015).
Existen numerosos factores que estarían incidiendo sobre esta disminución en la fecundidad, algunos sobre los cuales existe mayor consenso que otros. Procesos a nivel local son compartidos y rápidamente difundidos a causa de la globalización, lo que no impide que estas transformaciones adquieren matices propios de las culturas locales. Estos cambios implican nuevas formas de percibir, valorar, pensar y conocer, generando cambios ideológicos y culturales que calan hondo en los individuos (Schkolnik, 2004). Diversos autores destacan factores como la expansión y el aumento de la educación, el acceso a métodos anticonceptivos, cambios en las percepciones familiares y el mayor empleo femenino, como algunos de los determinantes de este descenso en la fecundidad (Schkolnik, 2004; Chackiel y Schkolnik, 2004; Herrera, 2007; CEPAL, 2008).
Se ha señalado que la participación laboral de las mujeres sería un factor determinante a la hora de comprender y analizar la tendencia decreciente de las tasas de fecundidad. Al respecto Herrera (2007) indica que
… el aumento de la educación de las mujeres aumenta sus posibilidades de inserción laboral y, por lo tanto, sus costos de oportunidad de tener hijos, lo que conduce a una menor fecundidad y a postergar el matrimonio y la parentalidad. […] Las restricciones presupuestarias incentivan a las parejas a que los dos intenten trabajar, lo que posterga la tenencia de hijos. (P. 40)
En estos planteamientos, se observa que la mayor planificación familiar se debe a los costos económicos, pero también a los planes futuros y expectativas laborales en conjunto con las exigencias del cuidado de los hijos. Existiría entonces una relación directa entre baja fecundidad, empleo y número de hijos, a lo que se le suman las políticas conciliadoras entre familia y trabajo y la visión que exista a nivel país sobre los cuidadores más apropiados para el cuidado de los hijos (Herrera, 2007).
Para poder ejemplificar mejor la relación entre contextos socioeconómicos y fecundidad, el siguiente gráfico muestra el comportamiento de las tasas específicas por edad en tres periodos distintos en Europa del Norte, América Latina y en el mundo entero. Este gráfico permite observar dos aspectos centrales: Por un lado, el alto nivel de fecundidad de América Latina en comparación a Europa del Norte en los tres periodos estudiados; por el otro, se refleja claramente la maternidad tardía como un fenómeno instalado en Europa del Norte y emergente en América Latina. Esta última tendencia se puede observar en el número de nacimientos por mil mujeres entre los 20-24 y 30-34 años en el período de 2005-2010, en el cual el primer grupo etario está liderado por América Latina, mientras que el segundo, por Europa del Norte.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de World Population Prospects: The 2017 Revision, CD-ROM Edition.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de World Population Prospects: The 2017 Revision, CD-ROM Edition.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de World Population Prospects: The 2017 Revision, CD-ROM Edition.
Pese a las dinámicas inherentes a la tasa de fecundidad, cabe diferenciar el concepto de disminución de la fecundidad y de maternidad tardía. De esta manera, la disminución de la fecundidad total alude al promedio de hijos nacidos por mujer, mientras que la postergación se refiere a la edad promedio en que las mujeres tienen a su primer hijo. Expuesto esto y como se menciona anteriormente, en América Latina el promedio de edad del primer hijo continúa en cúspides tempranas y dilatadas, cuestionando la veracidad del fenómeno de la maternidad tardía como una realidad local. El estudio realizado por Nathan (2013) enfatiza estas mismas aseveraciones. Utilizando la Encuesta de Situaciones Familiares y Desempeños Sociales 2007-2008 (ESF 2007-08), el estudio abarcó una muestra de 1229 casos de mujeres entre 25 y 62 años de edad, indagando respecto a los cambios en la edad del nacimiento del primer hijo entre cohortes y estratos sociales de mujeres pertenecientes a Montevideo y el área metropolitana. Los resultados de dicho estudio concuerdan con los análisis ya planteados: respecto a los cambios generacionales no se observan diferencias significativas sobre el cambio en las edades que tenían las madres al momento del nacimiento de su primer hijo. Sin embargo, dichas diferencias sí son percibidas según nivel educativo, donde aquellas mujeres que poseían mayor nivel educacional presentaban mayores probabilidades de tener a su primer hijo a edades más avanzadas. Si bien la probabilidad de que las mujeres provenientes de estratos bajos experimenten el nacimiento de su primer hijo aumenta con las entrada de nuevas cohortes (para todos los tramos quinquenales entre los 15 y 34 años de edad), la probabilidad de experimentar este nacimiento se reduce entre las cohortes a medida que aumenta el nivel educativo de las mujeres. De esta manera, existirían brechas entre los distintos estratos sociales, donde la educación se mostraría como un punto de inflexión en la germinación del fenómeno de la maternidad tardía.
Es necesario constatar que todo fenómeno demográfico se entiende a partir del cruce de una serie de componentes culturales, económicos, relacionales, institucionales y biográficos. El retraso de la maternidad o “maternidad tardía” es un hecho latente que poco a poco se ha ido incorporando en los discursos y en las estrategias de las mujeres como resultado de un proceso de cambio que va germinando conforme las nuevas generaciones experimentan las complejidades propias de las sociedades actuales y las contradicciones que de ellas se desprenden en las relaciones sociales, laborales, etc.
La resignificación del ser mujer y las contradicciones en el concepto de maternidad
El proceso de ruptura
Los cambios sociales han generado brechas generacionales importantes entre las mujeres, sus madres y las ascendencias anteriores. La mujer actual comienza a desligarse de los roles tradicionales que la situaban en el ámbito del hogar y la crianza, tendencia que es corroborada por Castells y Subirats (2007), estableciendo que existe una disposición a la ruptura con los roles tradicionales impuestos tanto a hombres como mujeres. Sin embargo y en palabras de los mismos autores, “todavía no estamos totalmente en la desaparición de los roles” (p. 178).
Los cambios en la forma en que las mujeres viven su vida ha sido un proceso lleno de progresos y retrocesos, lo que ha generado el paso de “vivir la vida para los demás” a “vivir un poco la propia vida” (Beck-Gernsheim, 2000; Beck y Beck-Gernsheim, 2002), a través de lo cual la mujer se ha ido desligando de su vinculación directa con la familia por medio de un impulso en la creación autobiográfica. En sus análisis sobre la sociedad alemana, los autores sostienen que las expectativas y deseos de las mujeres van trascendiendo cada vez más el ámbito familiar, generando expectativas que van más allá de la sola crianza y mantención de una familia. En esta línea, el punto de inflexión estaría dado por el mayor acceso de las mujeres en Alemania a la educación:
… los cambios objetivos habidos en materia de educación son una base crucial para un proceso de concienciación que permite a la mujer hacer frente activamente a su propia situación. […] con la expansión de las oportunidades educativas, la mujer ha adquirido una mayor capacidad para reconocer las especificidades y restricciones del contexto en el que se desarrolla su vida. (Beck y Beck-Gernsheim, 2002: 125)
En este sentido, la educación ha dotado a la mujer de un mayor conocimiento, el cual la empodera a la hora de enfrentarse a la vida cotidiana, a querer realizar los propios proyectos, a insertarse laboralmente y ganar autonomía sobre la familia por medio de un salario propio y a no depender del matrimonio como vía de escape de la familia de origen.
Aproximando el análisis de la manifestación de las transformaciones de las pautas culturales a la sociedad chilena, Araujo y Martuccelli plantean que el trabajo para los chilenos poseería sentidos “cada vez más singulares […]. La principal característica aquí es, entonces, que el sentido del trabajo es autorreferido” (2012: 45). En estos planteamientos, los autores destacan que el trabajo cumple una función de creación identitaria con un sentido de autorrealización y satisfacción personal: “El trabajo es el ámbito en el cual se obtiene, y se afirma, una autopercepción positiva particular de sí mismo: la de ser un buen profesional o un buen trabajador” (p. 47), lo cual indica relación con la formación de una autoestima a través del desarrollo de las propias capacidades personales (2012). En este sentido
… la maternidad deja de ser el único eje central del proyecto vital y de las trayectorias biográficas de las mujeres y se convierte en un componente más, la importancia del cual variará en función de las características personales de cada mujer. (Solé y Parella; 2004: 86)
Esto genera que la visión de la misma mujer como “no-trabajadora” se desplace y dé paso a una mujer que no solo trabajaba como una forma de necesidad y supervivencia, sino que surge el real interés de las mujeres por desarrollarse profesional y personalmente (Godoy, Díaz y Mauro, 2009).
Pese a esta mayor aspiración personal de las mujeres por alcanzar mayores grados de autonomía y satisfacción, el peso estatutario de la familia en Chile sitúa a las mujeres en una situación paradojal. Los roles de género atribuidos a las distintas tareas que se deben cumplir dentro de la familia continúan ejerciendo un peso importante en el modelo existente de familia, donde
… la prueba familiar, entonces, se presenta como choques plurales entre la aspiración de los individuos a la transformación de las formas en el ejercicio de las relaciones al interior de la misma y una extremada fortaleza normativa de los lazos familiares expresada en el peso aplastante de las funciones estatutarias. (Araujo y Martuccelli, 2012: 145)
En otras palabras, las mujeres se encuentran en una dualidad constante entre sus crecientes aspiraciones de autonomía versus el peso de la figura materna en sus conciencias (ibid.). La naturalización de que el cuidado de los niños es tarea primordial de las mujeres aún se constituye en algunos sectores como un pilar fundamental de la configuración de las dinámicas familiares (Faur, 2014). En un análisis de los discursos de mujeres pertenecientes a un barrio de clase media y baja en Argentina, la autora plantea que persiste la imagen de que la mujer sería la cuidadora más apta y natural para el cuidado de sus hijos, práctica que se encuentra vinculada a una distribución de las tareas domésticas en familias compuestas principalmente por la figura de un padre “proveedor” y una madre al cuidado del hogar. Si bien algunas mujeres presentaban mayor resistencia a una figura de madre dedicada exclusivamente al hogar (pudiendo acordar algún trabajo parcial), su rol primordial se encuentra vinculado al cuidado de los hijos.
Inserción laboral, segregación y el “techo de cristal”
La incorporación de la mujer al mundo laboral en América Latina ha sufrido una serie de transformaciones en las últimas décadas. Cifras de Cepalstat muestran una evolución desde 1990 al 2013 en la que la participación femenina mostró un incremento de 41,6% a un 50% de la población femenina en edad de trabajar. En los últimos años esta se ha mantenido alrededor del 54%[1]. Lo anterior ha sido producto de la convergencia de una serie de elementos claves, tales como el aumento de la escolaridad de la mujeres, la tercerización de la actividad económica y la transición demográfica (Cepal, 2001 citado en INE, 2015). Si bien este proceso en su conjunto ha representado un importante avance respecto a la igualdad de oportunidades y la incorporación al mundo laboral, aún persisten brechas salariales y una segregación ocupacional que reflejan el peso de los roles de género en la sociedad.
Un ejemplo relativo a la segregación ocupacional son las principales ramas de actividad económica según sexo, ya que a través de ellas se puede observar lo siguiente: en el caso de los hombres el comercio (17%), la construcción (13%) y la agricultura, ganadería, silvicultura y pesca (12%) son las ramas más desarrolladas, mientras que en el caso de las mujeres son el comercio (20%), la enseñanza (15%) y las actividades de atención de la salud humana y de asistencia social (9%) (ENE, 2017). Otro aspecto relevante con respecto al peso de los roles de género en la sociedad y su vinculación con el mundo laboral son las razones que esgrimen las mujeres que se encuentran en la categoría “Inactivas Habituales” (las cuales representan el 85% del total de mujeres inactivas y el 44% del total de las mujeres de la Población en Edad de Trabajar), ya que el 30% de ellas dicen tener razones familiares permanentes, versus solo el 1,3% en el caso de los hombres. Finalmente, también es importante considerar que en términos generales las mujeres reciben un ingreso medio de $338 791, mientras los hombres, $500 787, es decir, reciben un ingreso medio mensual 32,3% menor que el de los hombres (INE, 2015: 62).
En cuanto a los tipos de segregación laboral, la literatura ha distinguido dos categorías centrales: la segregación laboral según género de tipo horizontal y de tipo vertical. Esta última alude a las diferencias en cuanto al acceso a puestos de trabajo con distinta jerarquía entre mujeres y hombres, donde las mujeres presentan una escasa participación en puestos de trabajo de alta responsabilidad dentro de la organización (INE, 2015: 32). Lo anterior podría entenderse desde el conjunto de estereotipos de género que generan un escenario en el cual las mujeres no logran acceder a puestos jerárquicos, razón por la cual terminan aceptando trabajos de menor jerarquía con el fin de mantenerse en el mundo laboral y poder realizar las labores de crianza.
En esta línea de segregación por género, según establece Bourdieu (1998), la división de los sexos se enmarca en un voluntarismo mecánico basado en la naturalización de las diferenciaciones sexuales. De esta manera, la capacidad reproductiva de las mujeres naturaliza su prácticas en torno a la crianza y el hogar, mientras que el hombre obtiene el dominio productivo. Es así como se instaura lo que el autor denomina “violencia simbólica”, la cual
… se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador (por consiguiente, a la dominación) cuando no dispone, para imaginarla o para imaginarse a sí mismo o, mejor dicho, para imaginar la relación que tiene con él, de otro instrumento de conocimiento que aquel que comparte con el dominador y que, al no ser más que la forma asimilada de la relación de dominación, hacen que esta relación parezca natural. (P. 51)
Es así como nace del cuerpo una diferenciación simbólica que se inserta en las prácticas, continuando así el acuerdo implícito y voluntario sobre este tipo de prácticas sociales. De esta manera, la maternidad, como constitución natural del ser mujer, continúa siendo un referente vigente que permite la segregación y posee un peso categórico a la hora de tomar decisiones laborales.
Las diferencias cualitativas que se le atribuyen a hombres y mujeres así como las consecuencias que esto ha traído en el acceso a diversas alternativas de trabajo se han visto reflejadas, por ejemplo, en que las mujeres no alcanzan ni el 5% de posiciones de CEO en las empresas más grandes (World Economic Forum, 2010). Lo anterior ha impulsado a los estudiosos de la discriminación laboral a plantear la existencia de un “techo de cristal”. De acuerdo con la Federal Glass Ceiling Commission (1995), el concepto de techo de cristal refiere a las invisibles, pero insuperables, barreras que mantienen a mujeres y minorías al margen de poder ascender los peldaños de la escalera corporativa, sin tener en cuenta las cualificaciones o los logros de estas (Federal Glass Ceiling Commission, 1995). Según Burín (1987), el carácter de invisibilidad se refiere a la inexistencia de leyes y dispositivos sociales concretos y establecidos que impongan limitaciones a las mujeres; el techo está construido por otros factores que son difíciles de detectar.
Ribera, Estellés y Dema (2009) clasifican estos factores en tres tipos de barreras: aquellas referidas a barreras externas (factores socioculturales y organizacionales), barreras internas (asociadas a la identidad de género femenina) y finalmente las barreras interactivas (provocadas por el rol reproductivo y las responsabilidades familiares). Sin embargo, se plantea que los pilares fundamentales de este techo tienen relación con una cultura organizacional androcéntrica y las dificultades de las mujeres para conciliar trabajo y familia.
Estas barreras resultan en una serie de dificultades para el logro de la conciliación laboral-familiar para aquellas mujeres que esperan cumplir con el proyecto de la maternidad. Así, como resultado de este “techo de cristal” y con el objetivo de lograr algún tipo de paridad competitiva con el sexo opuesto, muchas mujeres han optado por postergar la vida privada (Hewlett, 2003) y así poder acceder a los altos puestos ocupados principalmente por hombres. El estudio de Hewlett (2002) muestra que entre las mujeres ejecutivas norteamericanas, el 33% no tiene hijos a los 40 años, mientras que en el caso de los hombres solo un 25% se encuentran sin hijos a la misma edad. Otra cifra que refleja no solo las desigualdades entre hombres y mujeres, sino que la postergación de la vida privada de estas últimas, es que solo el 60% de las ejecutivas en altos cargos norteamericanas están casadas en contraste con el 76% de los hombres.
Sin embargo y a diferencia de los resultados presentados por este estudio sobre mujeres ejecutivas norteamericanas, los cuales reflejan que a mayor posicionamiento laboral existe una menor probabilidad de tener hijos, las mujeres latinoamericanas presentan una realidad muy distinta: el 85% de las mujeres ejecutivas entrevistadas de 17 países de América Latina tienen hijos. Además, el 57% de quienes tienen hijos, tienen interés por el poder y el 68% le interesa seguir subiendo a puestos de mayor poder (Cárdenas de Santa María, Eagly, Heller, Jáuregui, Rivadeneira y Salgado, 2010). Es importante destacar que las mujeres ejecutivas latinoamericanas atribuyen su éxito principalmente a sus características personales, planteando que las políticas de promoción de las empresas no tienen mayor importancia en este aspecto. Si bien el 88% afirma que nunca o pocas veces ha sentido rechazo (a ella o su labor) por el hecho de ser mujer, el 78% sí reconoce el machismo como una dificultad en el acceso de las mujeres a posiciones de dirección (Cárdenas de Santa María et al., 2010).
Estas diferencias que se observan entre mujeres norteamericanas y latinoamericanas frente a cómo sobrellevar los altos cargos gerenciales dan cuenta de importantes diferencias culturales. La globalización ha generado que a nivel local, las diferentes culturas asuman ideologías, percepciones y creencias “híbridas”, las cuales incorporan matices tanto de las culturas de origen como las locales. Comprendido esto, cabe destacar que, junto con las dificultades que las mujeres presentan en la escala laboral y su mayor aspiración al desarrollo de una carrera exitosa, el sentido de la maternidad y el peso del proyecto familiar como parte de la definición identitaria de las mujeres tienen una especial relevancia en el contexto latinoamericano. Sunkel (2004) a través de un análisis de la Encuesta Mundial de Valores (EMV) para la ola realizada para el año 2000, donde analiza un total de 11 países latinoamericanos, intenta identificar aquellas dimensiones subjetivas (actitudes, valores, creencias) percibidas por las personas en torno a la familia. Entre sus resultados, el autor destaca que existirían nuevos valores acerca del rol de la mujer hacia la igualdad de género, pero a la vez persistirían de manera significativa una cultura machista que generaría contradicciones entre la creciente aspiración individual de la mujer y su rol como madre. Si bien la cultura latinoamericana ya experimenta valores que le son favorables para un cambio cultural, a través de un perfil de individuos que podría catalogarse como “transicional” (pero que aún se disputa contra un legado patriarcal del modelo de familia), persiste todavía una moral conservadora. De esta manera, sería posible sostener que las transformaciones familiares irían de la mano de cambios valóricos, pero esta moral conservadora impediría “romper con elementos culturales tradicionales que son claves para la reproducción de un orden cultural basado en la dominación masculina” (p. 134).
¿Podría este orden cultural generar las bases para una serie de contradicciones entre el mundo laboral y el hogar, impulsando la generación de estrategias que permitan consolidar ambos mundos? En esta lógica, la “maternidad tardía” podría dar cuenta de un profundo cambio cultural que se arraiga en las mismas bases de la constitución de la familia, siendo además el producto de la cristalización de las contradicciones culturales que rodean el mundo femenino y la maternidad.
La maternidad: mantención y cambio de un concepto
La maternidad es un concepto complejo de definir y cuyos elementos son esenciales a la hora de generar mayores insumos de análisis en el contexto de maternidad tardía. Según establece Molina (2006), el concepto de maternidad estaría compuesto por un conjunto de creencias y significados en constante transformación, el cual se ve determinado tanto por las ideas que engloban la visión de la mujer, como de la procreación y la crianza. La autora establece que en la actualidad la maternidad ya no se encuentra pautada por un camino estandarizado de normas y reglas, así como tampoco posee ese peso y fuerza en la conformación identitaria de las mujeres. Esto se comprende en un escenario social donde la mujer ha comenzado un proceso de desvinculación con los roles tradicionales atribuidos a la mujer, donde la familia constituía su principal eje y labor (Beck y Beck-Gernsheim, 2002; Solé y Parella, 2004; Molina, 2006). En este sentido, se abre paso a nuevas formas de constituir la maternidad desligadas de las trayectorias consideradas en antaño como “naturales”, donde destaca la maternidad exenta de la figura paterna, la postergación de la maternidad a edades más avanzadas y una maternidad menos intensiva (Solé y Parella, 2004).
Según Beck y Beck-Gernsheim (2002), algunas mujeres han comenzado un proceso de quiebre con la biografía tradicional que se le otorgaba en el núcleo familiar. Estos planteamientos se ven reforzados por el estudio realizado por Puyana y Mosquera (2005) en la sociedad colombiana, donde concluyen que a mayor nivel educativo, las mujeres presentan un discurso con mayores críticas ante las posturas tradicionales que vinculan a la mujer con las tareas domésticas y la crianza de los hijos. Estas mujeres destacan que, pese a la felicidad que los hijos representan en sus vidas, abren mayor espacio al proyecto personal como medio de desarrollo y satisfacción.
Sobre esta línea destaca el estudio realizado por Castilla (2009). La autora establece que la maternidad “se transforma en una experiencia reflexiva” (ibid.: 344). Esta reflexividad alude a que “en esta etapa de la modernidad, una mujer elige ser madre y eso que elige es algo poco más o menos definitivo…” (ibid.: 144). En este análisis se introducen los elementos de incertidumbre y angustia que este desarraigo de figuras tradicionales preestablecidas conlleva. La maternidad pasa entonces a ser una experiencia íntima y privada, pero llena de exigencias y miedos (Puyana y Mosquera, 2005), lo que genera una visión dual de la mujer acerca de la maternidad.
Pese a que estos autores destacan esta tendencia modernizadora de los roles tradicionales otorgados a la mujer junto con su creciente autonomía y mayor capacidad de reflexión con respecto a su biografía, Araujo y Martuccelli (2012) establecen una lectura que enmarca a la mujer en un continuo dilema entre los roles estatutarios de la maternidad y el anhelo creciente de autonomía. .
La maternidad se ha complejizado dando forma a un conjunto de nuevas tensiones […] Una pesada sombra que debe conjugarse con condiciones estructurales que impiden la concreción de un tal afán (la exigencia de entrar y responder a las demandas del mercado de trabajo) y de la aparición de nuevas expectativas en la construcción de sí que van desde el éxito profesional al anhelo del tiempo libre. (Araujo y Martuccelli, 2012: 152-153)
Para estos autores, la familia chilena posee un rol no menor en la constitución de los proyectos individuales de las personas, donde la maternidad continúa latente en sus formas más tradicionales. En este sentido, la incorporación al mundo laboral estaría generando sentimientos de culpa en estas mujeres, debido a que el rol estatutario de la maternidad continúa forzándolas a las tareas en el hogar y la crianza. Para Araujo y Martuccelli, la postergación de la maternidad denota la transformación existente en el concepto de maternidad, la cual, sin embargo, aún no presenta mayores cambios en su ejercicio (2012).
En esta misma línea, Castilla (2009), concluye que la mujer aún no ha abandonado su tradicional rol doméstico. Pese a los cambios en la educación, el empleo y el ciclo familiar, las mujeres
… siguen planificando su proyecto de vida en torno a la familia y, a la vez, sienten la necesidad de contar con una vida profesional propia y una presencia en el ámbito público a todos los niveles. En consecuencia, la maternidad no ha dejado de ser eje central de las trayectorias biográficas de las mujeres. (p. 354)
En este sentido, el proyecto de compatibilización la maternidad y el surgimiento laboral se presentan como mutuamente excluyentes, trayendo consigo una serie de contradicciones que enmarcan a la mujer en este contexto de mayores libertades, las cuales, sin embargo, se encuentran bajo la sombra de los roles estatutarios que continúan enmarcando el sentido de mujer y maternidad como uno solo (Araujo y Martuccelli; 2012).
La maternidad entonces se ha ido abriendo camino entre una serie de exigencias entre el “deber ser” que las mujeres deben cumplir de manera satisfactoria, y su incorporación masiva al trabajo. Se suma a estos elementos el modelo de la maternidad intensiva.
… a medida que las mujeres se incorporan masivamente al mercado de trabajo, aparece una especie de contrarrevolución cultural que empieza a exigir que las mujeres se dediquen cada vez más a la crianza de sus hijos. Surge así el modelo actual de maternidad, en el cual parece cada vez más complejo, difícil y exigente el proceso de criar un hijo o una hija. (Castellanos, 2011: 22)
Este fenómeno de la maternidad intensiva considera la educación como un elemento trascendental en la vida de los hijos. En esta lógica, las tareas en torno a la crianza continúan recayendo principalmente en las mujeres, por lo que la planificación de los hijos constituye un factor esencial a la hora de establecer el trayecto de la biografía individual. Meil (2008) destaca que a través de la “generalización de la planificación familiar, los hijos ya no ‘vienen’, sino que se ‘tienen’” (ibid.: 13). En esta línea, las mujeres buscarán el mejor contexto para la conformación de una familia, a través de la estabilidad tanto económica, emocional, de pareja, etc. Esta planificación de los hijos muestra cómo, pese a los costos, la maternidad continúa formándose sobre las bases de un sentido profundo de trascendencia y sentido de vida a través del hijo (Araujo y Martuccelli, 2012; Beck y Beck-Gernsheim, 1990).
¿Es posible conciliar esta inclinación individualizadora de la mujer, quien aspira a mejores logros tanto académicos como laborales, el sentido que otorgan a la maternidad y el peso de los roles tradicionales que sitúan a la crianza como una tarea ardua y de altas exigencias? Molina (2006), establece la necesidad de poder resolver esta “paradoja” mediante alternativas que permitan redefinir las funciones y rasgos atribuidos a características individuales de las madres hacia el espacio relacional. Un cambio cultural en torno a la maternidad que introduzca nuevas herramientas de lectura y que permita concebir la maternidad como una construcción cultural compartida y complementada tanto por las labores del hombre, como por las instituciones educativas, sociales, públicas, etc.
La maternidad tardía, en cuanto a los conceptos y elementos considerados en torno a la maternidad, se sitúa como una estrategia de adecuación entre las crecientes aspiraciones personales de las mujeres y la visión de la maternidad como una oportunidad de sentido y trascendencia a través del hijo.
¿Es la maternidad tardía una estrategia para poder conciliar la esfera laboral y la maternidad?
La esfera laboral y familiar se topan en una encrucijada que parece no tener pronta conciliación. En este sentido, la maternidad tardía se presenta como un fenómeno emergente a la vez que se acentúan en muchas mujeres las disyuntivas en torno a la compatibilización entre su éxito laboral y su deseo de ser madres. En este nuevo fenómeno, el centro ya no se encuentra en la disyuntiva de tener o no tener hijos, sino que se trata de una modificación de la trayectoria de vida.
Frente a esto, la maternidad tardía, definida como la maternidad posterior a los 30 años, se presenta como una postergación de la maternidad con el fin de obtener un mejor posicionamiento laboral. Solé y Parella (2004) establecen que la maternidad tardía no se ha insertado como estrategia de una manera acelerada y flexible, ya que aún predominan sentimientos de ambivalencia e inseguridad en las mujeres con respecto a las maneras de conciliar el mundo laboral y sus proyectos de familia. En este sentido, la maternidad intensiva seguiría constituyendo parte esencial del imaginario colectivo en las mujeres, lo que a la vez determina las decisiones tomadas en relación al trayecto de vida a elegir. Siguiendo estos mismos planteamientos, Alberdi (2000) señala que las mujeres que sí adhieren a esta nueva concepción de maternidad tardía serían las que el autor denomina “mujeres postmodernas”, es decir, mujeres que asumirían de manera directa la orientación de su vida, constituyéndose como un colectivo vanguardista desde el punto de vista de los estilos de vida y bagaje cultural.
Estos lineamientos presentan a una nueva mujer que se abre a nuevos espacios entre los roles tradicionalmente impuestos a hombres y mujeres en materia familiar. Se observa que todavía existe un fuerte peso de los roles estatutarios referentes a las labores de crianza de las mujeres (Araujo y Martuccelli, 2012), a lo que, no obstante, se suma la profesionalización como un elemento que induce los primeros cambios: “la profesionalización de mujeres no hizo desaparecer estas concepciones sobre los roles laborales y familiares asociadas a ellas y a los hombres, [sin embargo] es posible pensar que su figura pudo contribuir a debilitarlas” (Godoy, Díaz y Mauro, 2009: 85). En este sentido, se presentan las primeras transformaciones que aproximan a una ruptura (todavía) incipiente con los patrones de maternidad tradicionales.
Sampedro, Gómez y Montero (2002) en un estudio cualitativo a mujeres con hijos menores de cinco años y pertenecientes a sectores socioeconómicos medio-alto, plantean que la maternidad tardía sería una opción vital, la cual “no es considerada negativamente, como algo extraño o producto de algún fracaso o fallo vital, sino la única conducta esperable en las mujeres que estudian y aspiran a tener una vida profesional“ (p. 31). Frente a esto, el tener hijos a una edad más avanzada permitiría conciliar las nuevas aspiraciones educacionales con la maternidad. Las autoras incluyen dentro de las aspiraciones personales de las mujeres el tener una situación económica estable, disfrutar de viajes, consumo personal, etc. Todo esto se presentaría como una etapa previa a la consolidación familiar definitiva. Asimismo, concluyen que si bien las mujeres reconocen las limitaciones y desventajas biológicas de la maternidad tardía, el período posterior a los 30 años se presentaría como una etapa de mayor tranquilidad, estabilidad y capacidad para asumir responsabilidades (2002). De esta manera, la mujer estaría decidiendo sobre el tener o no tener hijos en relación al momento más apto para esto. Desde la perspectiva de Kohli (2007), esto se daría por una desestandarización de las edades, en lo cual ya no se poseen cursos de vida continuos y lineales, sino que los diversos acontecimientos biográficos pueden darse en distintos momentos de la vida.
Para Herche, el universo de la biografía es un elemento que se ha expandido como nunca antes.
Los compromisos biográficos a largo plazo, como por ejemplo, relaciones personales de larga duración o el asumir responsabilidades parentales en conjunto, son virtudes familiares importantes. Sin embargo, estas son diametralmente opuestas a las virtudes específicas de la vida económica, como la flexibilidad, la movilidad y la constante voluntad de cambio para adaptarse a las cambiantes necesidades del mercado laboral. (2011: 126)[2]
Según la misma autora, posponer la maternidad es una opción tomada por las mujeres con el fin de evadir el riesgo de decisiones irreversibles en la biografía. A partir de lo anterior, la opción por la maternidad tardía se sitúa como una elección obligada, con el fin de desenvolverse de manera satisfactoria según los valores representados tanto en el ámbito laboral como el familiar.
Otro aspectos a considerar a la hora de comprender el fenómeno de la maternidad tardía están relacionados con un cambio cultural del concepto de maternidad. En este sentido, cabe destacar que el paso hacia la maternidad “privada” está caracterizada por una mayor valoración de los elementos afectivos en la relación con los hijos y el vínculo de entre estos y los proyectos personales (Segalen, 1981; Beck y Beck-Gernsheim, 1990; Araujo y Martuccelli, 2012). La maternidad con estas características es posicionada como un hito que debe ser alcanzado y que se incorpora en la búsqueda de sentido y de desarrollo personal. En esta línea, se plantea que: “la maternidad fue ganando cada vez más peso e importancia no solo como hecho biológico sino como relación emocional” (Beck y Beck-Gernsheim, 1990: 153). Esta transformación del concepto de maternidad da cuenta de esta compleja conjugación entre el deber ser de la maternidad, entendido desde los planteamientos de Araujo y Martuccelli (2012) y las aspiraciones a roles más personalizados y que incorporen los elementos afectivos capaces de dar un sentido a la crianza que pasa por la propia experiencia y el sentido otorgado a la maternidad.
Maternidad tardía y técnicas de reproducción asistida: ¿una solución?
La vinculación de la medicina con el ejercicio de los roles de género se remontan a siglos atrás (siglo xix), en donde el discurso médico giraba en torno a la multiplicidad de enfermedades de las mujeres producto de la particularidad de sus órganos reproductivos. Esto derivó en una centralidad de los órganos reproductores en la conformidad del ser femenino, lo que significaba que cualquier acción que desviara a las mujeres de su “destino natural” debía ser censurado, “puesto que no solo la desvía de su principal papel en la vida, sino porque, además, altera gravemente su frágil salud” (Martí, 2012:111). La medicina entonces ha tenido un rol que impone normas orientadas a ejercer un control social sobre las mujeres, su cuerpo, su subjetividad y sus aspiraciones personales y sociales (Martí, 2011).
Es fundamental destacar que cada momento histórico lleva asociado una configuración social determinada de la ciencia, la tecnología y el cuerpo, en el cual se observa un entramado complejo de relación entre factores culturales, ideológicos, sociales, políticos y técnicos (Martí, 2011). Es así como, si bien por siglos la medicina se concentró en lo referido al embarazo y el parto, ya en el década de 1960 y como producto de una serie de transformaciones sociales, se produce un importante avance hacia la difusión de los anticonceptivos hormonales, que en definitiva ponen en cuestión la indisolubilidad entre la sexualidad y la reproducción y empieza a relevar el derecho de las mujeres de gestionar su vida de acuerdo a su voluntad e intereses (Martí, 2011).
Precisamente producto de una serie de cambios sociales, referidos principalmente a la incorporación de la mujer al mundo laboral y un aumento en su interés por desarrollar una trayectoria laboral extensa, es que surge la decisión de postergar la maternidad hasta una edad en la cual se hayan alcanzado determinados niveles de estabilidad laboral y económica. Se puede establecer entonces que la maternidad tardía nace a partir de la intención de las mujeres por cumplir tanto con los proyectos profesionales como los relacionados con la maternidad. Sin embargo, la maternidad tardía no está exenta de complicaciones: el rango de edad en la que se observa una mayor fertilidad es entre los veinte y los treinta años, cayendo abruptamente la probabilidad de embarazo a partir de los 35 (Martí, 2011), es decir, cuanto más se retrasa la maternidad, las posibilidades de ser madres disminuyen (Hewlett, 2002). Dada esta realidad y la imposibilidad de detener el “reloj biológico”, las TRA (Técnicas de Reproducción Asistida) comienzan a considerarse como la mejor alternativa. Ann Hewlett (2002), plantea que el 89% de las mujeres jóvenes exitosas, creen que lograrán un embarazo a sus 40 años, donde el declive de la fertilidad natural parece no ser un aspecto fundamental gracias a las TRA.
A menudo las pacientes –y a veces sus médicos– piensan que la reproducción asistida va a compensar el declive natural de la fertilidad femenina vinculada a la edad (Belaish-Allart et al, 2004: 230, citado en Martí, 2011). Sin embargo, se debe considerar que la eficacia de las TRA también decae con el aumento de la edad; Hewlett confirma lo anterior explicando que entre un 3% y 5% de las mujeres que intentan la Fertilización In Vitro, logran un embarazo exitoso (Hewlett, 2002). Pese a esto, la mayor validación que se a extendido respecto al uso de técnicas asistidas, como es el caso de la FIV, se ha vuelto una tendencia, lo cual se refleja en el 24% de chilenos que se encuentra de acuerdo con el uso de esta técnica (principalmente personas jóvenes, no religiosas y pertenecientes a GSE medio-alto) y aquellos que se encuentran de acuerdo en su uso, pero solo a aquellas mujeres en edad fértil y con sus parejas heterosexuales (donde la mayoría de las personas se concentraban entre los 45 y 65 años, y pertenecientes a GSE medio-alto). Estos resultados fueron el producto de un estudio realizado por Herrera, Teiteleboim y Zegers-Hochschild (2015) a partir del análisis de la Encuesta de Opinión Pública sobre Reproducción Humana y Uso de Tecnología Reproductiva Moderna[3] y de un análisis cualitativo de las razones esgrimidas por las personas encuestadas. Los autores denotan que entre las razones positivas planteadas para el uso de las TRA se encuentran el derecho a tener hijos como un valor trascendental y positivo, el fortalecimiento de la vida conyugal (argumento encontrado principalmente en personas religiosas y mayores) y la autonomía a decidir por el propio camino al momento de concebir. Sin embargo, los encuestados también consideraron que el uso de las TRA podría abrir nuevos caminos médicos hacia la manipulación y comercialización de la vida humana, así como también manifestaron la preferencia por la adopción. De esta manera, si bien se percibe el aumento de una mayor aceptación en la utilización de técnicas asistidas, el estudio de Cassidy y Sintrovani (2008) denota que aquellas mujeres que utilizaron la técnica de FIV, experimentaron mayores niveles de estrés y menor percepción de apoyo social que aquellas mujeres fértiles embarazadas que no requirieron del uso de alguna técnica asistida. Esto podría traer implicaciones importantes en la vivencia del embarazo en mujeres que opten por esta vía para llegar a la maternidad.
Estos planteamientos introducen una nueva problemática al fenómeno de la maternidad tardía. Si bien “la maternidad ha sido considerada durante siglos una constante antropológica inaccesible a la intervención humana” (Beck y Beck- Gernsheim, 2012: 188), hoy en día esta se introduce en el mercado tecnológico y ofrece diversas soluciones capaces de dar la oportunidad a tantas mujeres de vivir su maternidad al momento que desean y como deseen. Como plantean Beck y Beck-Gernsheim (2012), “la globalización ofrece otras alternativas a los que no desean renunciar bajo ningún concepto a su deseo de tener hijos” (p.188). Más específicamente: “La convergencia de biología, medicina y genética hace posibles formas enteramente nuevas, impensables hasta hace solo tres décadas, de intervención sobre la vida humana, y una profunda transformación de la reproducción y la maternidad/paternidad” (idem: 187). Bajo estos supuestos, muchas mujeres buscan hacer frente al “reloj biológico” y elegir el mejor momento para su maternidad, más la biología demuestra que, pese a las intervenciones, no todas alcanzan el proyecto de la maternidad, enfrentándose incluso a la infertilidad.
Rol de las políticas públicas: ¿están realmente abriendo caminos?
Las políticas públicas han sido motivo de profundas discusiones a la hora de debatir sobre la importancia de conciliar la esfera de la familia y el trabajo. En este ámbito, la capacidad de conciliar dichos mundos ha presentado múltiples perspectivas que sitúan a la mujer en una posición de alta complejidad, debido a las dificultades que presenta a la hora de lograr exitosamente la compatibilización de proyectos. En líneas anteriores, se observa que la maternidad tardía podría estar presentándose como una estrategia que permite a las mujeres enfrentarse a las contradicciones que presentan la aspiración a altos cargos y el desempeñarse como madres.
Las políticas que se ejecutan en torno a la conciliación trabajo y familia repercuten en las estrategias generadas en el interior de esta para adaptarse a los medios que disponen. Sumado a esto, se observa que existirían una serie de actores que estarían interviniendo en las políticas conciliadoras, los cuales podrían ser tanto facilitadores como obstaculizadores, según el rol que asuman en estos aspectos.
Los recursos institucionales que proveen de bienestar a las personas son principalmente el Estado, el mercado, las propias familias y el tercer sector o la comunidad. Es evidente que las intervenciones públicas afectan a las decisiones de las familias, y a su vez las decisiones y la forma de vida de estas inciden de manera significativa sobre las políticas públicas. (Arriagada, 2004: 25-26)
De la Cruz (2009) concluye que en Chile existirían dos modelos que configuran las visiones en torno a la familia: “un modelo conservador, pues son las mujeres quienes mayoritariamente se hacen cargo del mundo reproductivo y, […] un modelo liberal al considerarse el cuidado familiar como un asunto privado. Ambas situaciones determinan un aumento en las brechas socioeconómicas y de género” (p. 31). Estos planteamientos son reforzados por Arriagada, quien postula que estamos en “una sociedad que ha asignado a las mujeres en forma exclusiva las tareas domésticas y de cuidado familiar, el trabajo reproductivo en la esfera privada, y donde el hombre ha de ser el proveedor económico…” (2004: 63). Esta dicotomía de esferas, la distinción entre la crianza como un aspecto privado y el trabajo como un aspecto público, no permite una real alineación entre ambas esferas para permitir la conciliación. En esta lógica, lo privado se ve exento de la acción de políticas públicas.
De esta manera, persisten aún divisiones tradicionales en relación a la asignación de tareas al interior del hogar. Los roles que sitúan a la mujer en las labores domésticas y de crianza y la visión del hombre proveedor coinciden con esta dualidad pública/privada que compone a la familia, generando así el vínculo y a la vez la diferenciación de la familia con la sociedad. Por otra parte, la privatización del sistema familiar genera dificultades a la hora de introducir a distintos actores que pueden ser facilitadores de la incorporación de la mujer en el mundo laboral. En este sentido, la persistencia de lecturas tradicionales con respecto al rol de la mujer y la privatización del sistema familiar, obstaculizan la implementación y participación de actores que permitan conciliar los proyectos vitales de las mujeres. Las exigencias parecen ser unilaterales, ya que las mujeres deben desempeñarse de manera satisfactoria tanto en su rol de madres (considerando además las implicaciones educacionales y la dedicación hacia los hijos mediante el concepto de maternidad intensiva) así como trabajadoras insertas en un mundo competitivo y de alta valoración de cualidades masculinas. Como establece Arriagada, “sobre ella se imponen múltiples exigencias adaptativas, donde la restricción de las posibilidades de ingreso y permanencia en el mercado laboral formal e informal constituye una dimensión de alta incidencia” (2004: 25). Pese a los avances en materia legislativa, donde la maternidad se encuentra altamente protegida, todavía existen vacíos en los cuales la mujer como trabajadora se encuentra en desventajas (Riquelme, 2011). La mayor flexibilidad laboral, en este sentido, ha generado mayores brechas y dificultades de inserción para la madre que mayores oportunidades. Así, las mujeres que están buscando mejores y mayores oportunidades en el mundo laboral para poder desarrollar sus aspiraciones profesionales se encuentran con una serie de dispositivos que no hacen más que profundizar las diferencias entre hombres y mujeres a la hora de competir en el mercado laboral.
Arriagada concluye que dentro de las políticas de conciliación a considerar, no solo el derecho a un trato igualitario y acceso al mercado laboral deben ser parte esencial de la agenda, sino que también el derecho de los hijos a ser educados por sus padres y pasar tiempo con ellos (2004). Esto conlleva soluciones paradójicas, donde la flexibilidad laboral necesaria o incluso el trabajo part-time genera dificultades en el ascenso y generación de oportunidades para las mujeres. La autora también señala que serían las guarderías, los centros de educación infantil y los colegios, recursos esenciales a la hora de crear herramientas que compatibilicen, de manera de aliviar la sobrecarga de responsabilidades asumidas por los padres. De esta manera, la maternidad intensiva encuentra puntos de flexibilidad a la hora de educar a los hijos, lo que, en conjunto con una corresponsabilidad parental (Arriagada, 2004; De la Cruz, 2009), podría provocar un vuelco en el retraso de la maternidad con el fin de lograr tanto el desarrollo laboral como el proyecto familiar. En este sentido, De la Cruz concuerda con dichas aseveraciones, estableciendo que “el tema, por tanto, no pasa simplemente por facilitar la inserción laboral de la mujer, aliviándola del trabajo reproductivo, sino por apuntar a mecanismos que involucren a más actores y a una mayor corresponsabilidad entre hombres y mujeres” (2009: 4). Es en este punto donde surge la necesidad no solo de “conciliar” las distintas esferas que envuelven a la mujer en su vida cotidiana y que generan esta contradicción práctica a la hora de llevar a cabo sus proyectos, sino de generar nuevos insumos de análisis y herramientas que, a través de las políticas públicas, permitan compatibilizar trabajo y familia.
El surgimiento de “una nueva maternidad” en la concepción pública podría presentarse como una vía de levantar conocimiento actualizado y contextualizado a la realidad de las mujeres. Molina (2006) señala que una posible respuesta se encuentra en generar alternativas que hagan posible tanto a la madre como la mujer, a través de la redefinición de rasgos atribuidos necesariamente a las mujeres y la formación de redes complementarias de apoyo por parte del padre, el ámbito privado, instituciones sociales, educativas y de salud. Sin embargo, ¿cómo se logra un cambio en las políticas públicas que incorpore nuevos elementos con respecto a la maternidad? Si bien la generación de redes de apoyo se muestra como una vía importante a la hora de compatibilizar los distintos proyectos de las mujeres, no se debe olvidar la existencia de elementos que constituyen parte esencial de la cultura a la hora de comprender la maternidad para las mujeres. De esta manera, en el caso chileno, Araujo y Martuccelli (2012) muestran la importancia de la familia y la maternidad en la conformación de la identidad femenina debido al peso de los roles estatutarios, por lo que fomentar simplemente la visión de una “nueva mujer”, desligada de las labores de crianza y cuidado, se muestra como un proyecto demasiado ambicioso y poco eficaz.
El debilitamiento del pacto entre la sociedad y la familia ha provocado que la primera no esté proveyendo de los insumos necesarios para apoyar un sistema familiar que se enfrenta a problemas de nuevo tipo, para lo cual se encuentran desprovistos de herramientas. En este punto, Güell añade que “no solo hay problemas nuevos frente a los cuales la sociedad todavía no ha provisto de recursos nuevos; hay también problemas tradicionales frente a los cuales los recursos que la sociedad proveyó hoy día están debilitados o se tornan ineficientes” (1999: 2). La utilización de bonos por hijo nacido y la creación de salas cunas para las madres no representan soluciones reales cuando todavía se está ante una etapa transitoria donde conviven elementos propios de un mundo globalizado y posturas conservadoras que hablan de una tradición cultural inculcada desde las primeras generaciones. ¿Es acaso el bono por hijo un incentivo para la baja fecundidad, cuando los problemas en torno a la maternidad ya no pasan solo por la estabilidad económica, sino que con la satisfacción de las mujeres a través de proyectos personales? ¿Las salas cuna son un medio de compatibilización? El estudio de Dussaillant (2009) establece que más de la mitad de los hijos de madres trabajadoras no asiste al jardín, mientras que cerca de un tercio de los hijos de madres inactivas sí lo hace. Esto, según los mismos resultados, indicaba la existencia de una preferencia de las madres de menores de dos años por cuidar a sus hijos en casa y una falta de interés en enviarlos a un establecimiento. Lo anterior se debería a la creencia de que los hijos estarían siempre mejor con las madres, llevando a un cuestionamiento sobre la cobertura universal de las salas cuna cuando más de la mitad de las madres no las utilizaría. Como resultado, se observa que aun existiendo cobertura universal de salas cuna, más de la mitad de las madres no las utilizaría con sus hijos menores de un año. Si bien esto se presentaba principalmente en niveles socioeconómicos de menor ingreso, se observa la permanencia de actitudes tradicionales con respecto a la crianza, donde la aplicación de políticas que buscan incentivar la inserción laboral de la mujer (con el fin de romper el círculo de la pobreza), no estaría incorporando estas líneas de análisis.
Aunque los mencionados ejemplos pueden escaparse del grupo de mujeres objetivo que considera la maternidad tardía, introduce en la importancia de generar políticas contextuales y pertinentes a las percepciones que poseen las mujeres con respecto no solo al mundo laboral, sino que a su maternidad. Cobra entonces importancia la generación de herramientas a partir del levantamiento de discursos provenientes de estas mujeres, de manera de acceder a sus problemas cotidianos, sus estrategias y paradojas. Así, el retraso de la maternidad podría no ser una estrategia obligatoria o una elección de vida ante la disyuntiva del ascenso laboral o la práctica de la maternidad.
Una mejor compatibilidad entre el mercado del trabajo y la crianza de los hijos termina en mayores cuestionamientos a la hora de querer formar una familia, por lo que aumentan las probabilidades de que posponga la decisión de la maternidad (Gustafsson, Kenjoh y Wetzels, 2002). La manera en que las políticas abordan estas problemáticas genera ciertas estrategias por parte de hombres y mujeres para adaptarse a los medios disponibles. De esta manera, deben repensarse los programas a partir de las necesidades reales de las familias y sobretodo de las mujeres. En esta lógica, cabe destacar las afirmaciones planteadas por Faur (2014), quien sostiene que al momento de “conciliar” las esferas productivas y reproductivas, cabe identificar quien es el sujeto de la conciliación entre el trabajo y la familia. La identificación de este sujeto para las instituciones permitirían saber, según la autora, “quién, a partir de su vínculo laboral, es el titular de un derecho relativo al cuidado –y de su responsabilidad– y quién queda excluido de él” (2014:199). Una evaluación de las políticas actuales a la luz de la identificación de quienes son los sujetos de derecho considerados en la conciliación de estas esferas daría cuenta de las segmentaciones existentes, donde la focalización en la madre como principal sujeto de derecho levanta contradicciones al dar cuenta de los obstáculos que esto le significan a la mujer respecto a sus posibilidades laborales. El foco actual debe considerar las situaciones reales que acontecen a los trabajadores en materia de administración de responsabilidades privadas (Faur, 2014).
La maternidad tardía como estrategia desde dos explicaciones: ¿elección o condición?
A partir de lo expuesto, la maternidad tardía se presenta como un fenómeno relevante, el cual, pese a que todavía no se ha manifestado en gran magnitud, es un tema que va a ir emergiendo conforme la mujer va incorporando estas nuevas aspiraciones personales en su proyecto vital.
La educación en este punto juega un papel fundamental a la hora de fomentar el mayor desarrollo de la mujer tanto en el plano académico como laboral. Sin embargo, y pese a los mayores accesos a la educación, aún persisten dificultades al momento de ascender en la escala laboral. Es aquí donde la mujer se enfrenta a la disyuntiva sobre la realización de sus proyectos vitales: si por una parte la maternidad persiste como un hito relevante en la conformación de la biografía, su conciliación con un mundo laboral competitivo y obstaculizado para las madres las llevan a postergar dicho proyecto para así encontrar el mejor momento para vivir la maternidad.
A través de los distintos autores discutidos en este capítulo, se puede definir a la maternidad tardía como una estrategia generada por las mujeres para poder llevar a cabo sus planes de conciliación. No obstante, se pueden reconocer dos explicaciones sobre las cuales se sitúan dichas estrategias. Estas estrategias, previa a su exposición, es necesario esclarecerlas desde el punto de vista de su manifestación en el mundo social. Pese a que ambas son descritas en lógicas diferenciadas, sus manifestaciones pueden ser dinámicas y matizadas, condicionadas por una serie de complejidades que hacen difícil poder hacer una lectura estática y pura. En este sentido, el fenómeno de la maternidad tardía se encuentra sometido de manera simultánea a las exigencias de un entorno y sistema social muchas veces inflexible desde el punto de vista de los obstaculizadores que surgen desde ciertas normativas e instituciones sociales y, por otro lado, de la búsqueda de un ejercicio independiente de la propia libertad de elección individual. Con la finalidad de analizar en mayor profundidad los diversos tipos de maternidad tardía, en la siguiente sección se revisarán dos grandes tendencias al respecto; maternidad tardía como una opción libre y maternidad tardía como una estrategia racional involuntaria.
Maternidad tardía como una opción libre
Esta concepción de la maternidad tardía se genera a partir de un cambio en la visión tradicional de lo que implica ser mujer, donde la maternidad se desliga de definiciones tradicionales. Es entonces cuando las mujeres “… planifican y toman decisiones sobre su curso vital que las aleja del modelo tradicional de vida femenina orientado fundamentalmente hacia el matrimonio y la maternidad” (Martí, 2011: 162). De esta manera, la mayor autonomía incorpora elementos de mayor reflexividad, lo cual incentiva a las mujeres a una mayor toma de decisiones sobre cómo viven su vida, rompiendo con esta linealidad propia de la biografía marcada por las antiguas estandarizaciones de las edades cronológicas e incluso sociales (Kholi, 2007).
La maternidad, en tanto, se vuelve un anhelo privado (Puyana y Mosquera, 2005), donde
… la voluntad y/o el deseo de ser madre puede ser variable entre las distintas mujeres, pero lo que caracteriza este discurso es que los hijos/as son un elemento entre otros de los que constituyen el proyecto vital, el intento de construcción de un modo de vida. (Martí, 2011: 277)
Esto recalca que la maternidad representa uno de los tantos proyectos a los que puede aspirar una mujer en su vida, para el cual querrá procurar las mejores condiciones tanto económicas, como emocionales para recibir a sus hijos. La persistencia de los hijos como elemento esencial del proyecto familiar constituye un empuje, una obligación estatutaria a ejercer ese rol que se enmarca dentro de los pilares de un sistema familiar que es fundamental para la estabilidad y protección vital de las personas (Araujo y Martuccelli, 2012).
Sin embargo, como establece Martí
… los límites y los condicionantes a la iniciativa de tener hijos/as, más allá de la voluntad personal, se dibujan desde la percepción y la valoración de la situación en la que se encuentran y esta se halla a su vez estrechamente relacionada con las condiciones que configuran el panorama social, en cuyo marco se evalúan los recursos particulares disponibles. (2011: 279)
Esto lleva a plantear la segunda explicación, donde se incorporan los elementos estructurales que condicionan en gran medida, las decisiones que toman las mujeres.
Maternidad tardía como una estrategia racional involuntaria
En esta segunda concepción, se alude a la paradoja de una estructura que condiciona y la toma de decisiones en base a los recursos disponibles. Este tipo de maternidad surge a partir de una negociación entre la estructura social –compuesta principalmente por los desafíos propios de la inserción laboral femenina– y el proyecto de vida. De esta forma, como plantean Beck y Beck-Gernsheim, “el tipo occidental de sociedad individualizada nos habla de la necesidad de buscar soluciones biográficas a contradicciones sistémicas” (2002: 31).
Sennet (2000) desarrolla esta idea en su libro sobre la “corrosión del carácter” planteando el capitalismo como un régimen de poder ilegible, donde más que abolir las reglas del pasado, el nuevo orden implanta nuevos controles, que no son fáciles de comprender (2000: 10). El autor hace especial énfasis en el vínculo existente entre las exigencias del sistema económico y la vida personal:
Su miedo a perder el control tenía raíces mucho más profundas que la preocupación por perder poder en su trabajo. Rico teme que las medidas que necesita tomar y la manera como tiene que vivir para sobrevivir en la moderna economía hayan lanzado a la deriva su vida interior y emocional. (Sennet, 2000: 18)
En este sentido, tanto Beck y Beck-Gernsheim como Sennett afirman que hoy en día el ser humano está sumido en una constante lucha no solo por adaptarse intelectualmente a las exigencias propias del mercado capitalista, sino que también a estar constantemente adaptando sus proyectos personales y biografía a un ritmo que muchas veces hace ambas esferas incompatibles. De esta manera, la maternidad tardía como estrategia racional involuntaria sería un intento de las mujeres por conciliar de la mejor manera posible, dos aspectos que resultan centrales en sus vidas y que no están dispuestas a postergar del todo: el trabajo y la maternidad.
En suma, la maternidad puede ser observada como uno de los obstáculos que aún persisten para lograr una total equidad económica con el género masculino (Fuchs, 1988, citado en Miller, 2005), lo que transforma a la postergación de la maternidad en una estrategia para reducir dicha inequidad. Según Hewlett (2002), las mujeres han sido “engañadas”, ya que si bien por un lado se ofrecen ayudas económicas para conciliar trabajo y familia, estas se transforman en el principal impulso para la segregación laboral. Miller, en su estudio sobre los efectos de la maternidad en la carrera laboral, plantea que un año de retraso en la maternidad se traduce en: un incremento del 10% en los ingresos por cada año, un incremento del 3% en las brechas salariales y un 5% de incremento en las horas laborales trabajadas (Miller, 2005).
Las dificultades mencionadas anteriormente sobre la maternidad en el ámbito laboral representan uno de los argumentos principales a la hora de tomar la decisión de postergar –o no– la maternidad. Junto a esto, el peso que la estructura económica ejerce sobre el individuo también está inserto dentro de las argumentaciones que se consideran en el fenómeno de la maternidad tardía. En este sentido, los obstáculos de inserción laboral junto con este “castigo económico” que genera la maternidad, son parte de las contradicciones estructurales, mientras que la postergación de la maternidad representa la solución biográfica a dicha contradicción.
Sin embargo, las dos explicaciones esbozadas acá respecto al fenómeno de la maternidad tardía (la maternidad como una opción libre o una estrategia racional involuntaria) no se presentan de manera aislada dentro de los componentes que generan la adopción de la maternidad tardía como estrategia de conciliación. Si bien ambas explicaciones se pueden traducir en la postergación de la maternidad, será finalmente la intencionalidad o la priorización de un ámbito u otro lo que denotará cada tendencia. En este sentido, ambos tipos no son “puros”, sino más bien, se presentan de manera entrelazada y cristalizada según la experiencia social de cada mujer. En esta línea, si bien la maternidad tardía supone un quiebre con los roles tradicionales, ambos tipos están confundidos entre los matices de la existencia de cada mujer.
Estos aspectos han de ser considerados a la hora de realizar políticas públicas para la conciliación e inserción laboral de la mujer, debido principalmente a que aún persisten componentes culturales que aluden tanto a concepciones tradicionales de la maternidad y sus roles, como a visiones más contemporáneas que establecen el quiebre definitivo o emergente. La presencia de la maternidad como opción dentro de la biografía indica que esta aún es considerada como un aspecto esencial en la formación identitaria de mujeres que aspiran también a una mayor autonomía y realización personal y profesional. Lo anterior, junto con los obstáculos que pone la sociedad ponen a la experiencia de la maternidad, son aspectos centrales en el diseño y evaluación de políticas públicas.
Si bien muchos de los autores citados a lo largo del texto sostienen un quiebre biográfico, incorporando matices que se debaten en esta dualidad de la tradición/modernidad, este quiebre podría ser aún muy incipiente en algunos países. No solo se deben de considerar las condiciones estructurales referentes a las reformas laborales y condiciones del mercado, sino que además persisten determinados roles asociados al hombre y la mujer que denotan una falta de acuerdo de la sociedad ante el desempeño de nuevas capacidades y habilidades referentes a cada sexo. En este sentido, si bien la mujer ha sido capaz de ir colonizando ciertos ámbitos considerados predominantemente masculinos, este ejercicio no se ha desarrollado en conjunto a la masculinización de prácticas consideradas femeninas. El hombre no ha logrado el traspaso de ciertos límites, por lo que el surgimiento de padres más involucrados se produce desde nuevos ámbitos de participación. Es así como el padre puede ser el encargado de los momentos de ocio y mayor disfrute de los hijos, mientras que la mujer continúa con la disciplina y las tareas cotidianas.
No se puede negar el discurso emergente en cuanto a la mayor separación de la mujer con respecto al dominio exclusivo de la maternidad y su mayor participación laboral y preocupación personal, pero lo que se produce a nivel de discurso aún se resiste a la práctica. Aquí resurgen no solo las dificultades estructurales que no permiten a la mujer entenderse según nuevos parámetros, sino que es la forma en que entendemos a hombres y mujeres la que finalmente instaura una práctica social que valida los comportamientos. Con esto no se quiere caer en el rechazo a la condición reproductiva de la mujer, sino que se rescata la existencia de mujeres más flexibles, capaces de insertarse laboralmente y de entenderse más allá de su maternidad, incorporando la presencia compartida de un padre, una familia, una sociedad. De esta manera, la postergación de la maternidad viene a constituirse como la punta de un iceberg, donde en sus profundidades existe una cultura de la parentalidad, una forma de comprender los sexos, una forma de relacionarse entre ellos, una forma de entender el tiempo y una respectiva atribución de significado.
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