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Ocupación materna en Alemania: nuevos desafíos, antiguas soluciones[1]

Karin Jurczyk

1. ¿Es la ocupación materna algo evidente?

La igualdad retórica, que en Alemania ha dominado desde hace algunos años los debates sobre género, no coincide ni con la persistente desigualdad de género en el mercado laboral ni con aquella al interior de la familia. Esto rige a pesar de que las mujeres hoy de facto están “doblemente socializadas” (Becker-Schmidt, 2008), es decir, se les exige como algo evidente tanto la integración al mercado laboral como también la voluntad para hacerse cargo de las labores familiares. Así, la doble socialización de las mujeres y madres se ha convertido en una doble expectativa, en una nueva norma. Según el contexto social, la ocupación materna es considerada incluso como algo prestigioso y especialmente aquellas mujeres altamente calificadas deben justificarse si no ejercen ningún trabajo remunerado. Para mantener la ilusión de una “conciliación light” entre el trabajo y la familia, se señalan frecuentemente modelos poco adecuados, como los casos de gerentes femeninas sacados de rutilantes folletos o también de ministras con numerosos hijos. Rara vez se menciona que aquellas mujeres generalmente disponen de tanto dinero que están en condiciones de acceder al apoyo de buen personal calificado y de los más variados servicios.

Sin embargo, en el debate público la ocupación materna solo se considera algo indudablemente positivo mientras no se cuestionen las condiciones en las cuales aquella se da, como lo es el insuficiente apoyo de sus parejas en las labores domésticas y la educación de los hijos, la estructura salarial o las oportunidades de ascenso en las empresas y, especialmente, las inadecuadas condiciones laborales en estas. En dicho contexto, la visión positiva de la ocupación materna es limitada por un vestigio ideológico muy típico en Alemania (o, al menos, en su parte occidental)[2]: el modelo de la buena madre que, durante los primeros años del hijo, permanece en el hogar y asume personalmente su cuidado. Últimamente, en Alemania se desató un debate acalorado por la introducción de un subsidio al cuidado familiar, el cual prevé pagos mensuales de 100 a 150 euros para aquellos padres que no opten por las ofertas públicas de cuidado para sus hijos pequeños.

El debate en Alemania sobre la ocupación materna, que durante el siglo xix consolidó una imagen conservadora de la maternidad[3], se fundamenta en un modelo de estado de bienestar que –al menos en el occidente alemán– se instauró basándose en el concepto del hombre como sostén económico (Pfau-Effinger, 2012). Esto se refleja, por ejemplo, en el sistema fiscal y en el aseguramiento como carga en los seguros de salud de cónyuges laboralmente inactivos. Ahora bien, el hecho de que de todas formas haya proliferado la igualdad retórica, refleja desarrollos sociales centrales, los cuales ejercen considerables presiones en pos del futuro aumento y de la naturalización de la ocupación materna. Los desarrollos mencionados son el cambio demográfico y la escasez de mano de obra calificada que conlleva y que ya se está vislumbrando. El cambio demográfico se caracteriza por dos factores: la tasa de natalidad sostenidamente baja desde la década de los 70 (actualmente es de 1,34 a 1,4 hijos por mujer), así como también el claro incremento de la expectativa de vida. La estructura de edad de la población alemana en el año 2060 será tal que un gran porcentaje de la población corresponderá a ciudadanos mayores de 60 años y disminuirá el porcentaje de la población potencialmente activa (Statistisches Amt, 2009).

Ambos desarrollos en conjunto significan que van disminuyendo los segmentos de edad mediana de la población, los cuales son clave para el funcionamiento del mercado laboral. Esto enfrenta a Alemania con el desafío de aprovechar al máximo al así llamado “capital humano”. Las mujeres, en especial las madres, se consideran en este contexto un potencial de mano de obra crucial que se debe activar y calificar para así poder hacer frente a la escasez de mano de obra calificada. Ahora bien, esta no es una situación novedosa, ya que durante todo el siglo pasado las madres tenían el clásico rol como “ejército de reserva para el mercado laboral”, que se activaba durante las crisis económicas (Jurczyk, 1976). De todos modos, el escenario esbozado abre una gran oportunidad, puesto que las interrogantes de la conciliación entre la familia y el trabajo se convierten en tema político y, por consiguiente, se vuelven algo socialmente aceptado que penetra ampliamente las esferas de los empleadores y de los representantes de los empleados. Estos reflexionan

… lo que podría significar la demanda (que presumiblemente va en alza) de mano de obra calificada para la situación de las mujeres en el mercado laboral, ya que su mayor integración constituye una de las estrategias más importantes para enfrentar la futura demanda de mano de obra calificada. Los potenciales no aprovechados de las mujeres se deberían poner a disposición del mercado laboral como reacción al desarrollo demográfico. La conciliación entre trabajo y familia ocupa un rol importante en este contexto. Se deben crear las condiciones necesarias a través de mejores ofertas de cuidado infantil. (Lepper, Machnig, Schade; 2012)

Sin embargo, existen también razones económicas para que las mismas mujeres madres opten por trabajos remunerados. Contar con el mayor nivel de educación y de calificación es para las mujeres una inversión razonable, incluso necesaria, para asegurar su propio futuro y el de su familia, porque las mujeres con cada vez mayor frecuencia tienen que ser económicamente autónomas. Dicha tendencia se debe hoy al hecho de que cada vez más mujeres son madres solteras y que las familias nucleares frecuentemente ya no pueden vivir con un solo salario, debiendo ambos padres trabajar remuneradamente. Por una parte, esta situación es condicionada por el número creciente de trabajos precarios (contratos a plazo fijo, empleos de salarios bajos, etc.), lo cual implica una cifra creciente de familias en riesgo de pobreza (Lutz, 2012). Por otra parte, las madres se ven expuestas a un considerable riesgo de divorcio, ya que uno de cada dos o tres matrimonios está divorciado hoy en día (Statistisches Bundesamt, 2013). Además, la nueva legislación sobre la pensión alimenticia, que entró en vigencia en el año 2008, implica fuertes presiones sobre las mujeres para esforzarse a tiempo y poder acreditar una ocupación continua. Esto debido a que después de una separación las madres deben ser económicamente autónomas a partir del tercer año de vida de su hijo. De hecho, esta reforma asignó “una importancia considerablemente mayor a la autorresponsabilidad postmatrimonial que la que tenían hasta el momento” (BMFSFJ 2011: 65).

En el siguiente punto se dedica una mirada más cercana a los datos estructurales del cambio social (punto 2). Se presta especial atención al fenómeno de la ocupación materna a tiempo parcial y su trasfondo. A continuación, se esbozan las condiciones que instala la doble deslimitación que caracteriza hoy a la ocupación materna en Alemania. En el punto subsiguiente (punto 3) se procede a analizar con mayor profundidad los modelos de vida de madres laboralmente activas con la ayuda de datos cualitativos.

En este marco, son de especial interés los distintos acuerdos que se dan entre los géneros en familias nucleares donde ambas partes trabajan. Esto, debido al hecho de que, si bien han surgido nuevas orientaciones para las actuales relaciones de género, persisten todavía tradiciones eficaces y ambivalentes, tal y como se evidencia en los problemas del balance entre el trabajo y la vida personal.

Como conclusión final, se afirma que, en las condiciones dadas, la vida de las madres laboralmente activas transcurre en un equilibrio precario (punto 4). Se puede constatar que a la fecha ellas deben encontrar soluciones individuales para problemas estructurales, que suelen tener un alto costo para la vida de las madres laboralmente activas.

2. La modernidad tardía: datos estructurales del cambio respecto a la ocupación y la familia

Las tendencias de modernización que se observan en la transición de la modernidad desarrollada hacia la tardía (Giddens 1996) han conllevado una flexibilización estructural de la ocupación femenina y materna. Se trata de un cambio macro, meso y microestructural. A nivel macro, se observa la transición de la sociedad industrializada hacia una sociedad globalizada de servicios y del conocimiento, desarrollo que ha provocado la flexibilización del mundo laboral. La expansión del trabajo en servicios ha implicado la disminución del trabajo industrializado, tradicionalmente centrado en el trabajo físico y masculino. El trabajo en el sector de los servicios, en cambio, se ha convertido en un segmento del mercado laboral preponderantemente femenino. Específicamente, las mujeres están sobrerrepresentadas en el sector de los servicios y de oficina. Por ejemplo, un 67% de los oficinistas o de los ejecutivos comerciales son mujeres (StBA 2012ª: 12). Este desarrollo se ha incrementado a medida que se han incorporado nuevas tecnologías de información, comunicación y transporte. A nivel meso y microestructural es de especial importancia la tendencia hacia la individualización, caracterizada por la desaparición de los vínculos tradicionales con la familia, la Iglesia y las jerarquías de clase. Ellos han sido reemplazados por nuevos vínculos con las instituciones educacionales, el mercado laboral y el estado de bienestar (Beck/Beck-Gernsheim, 1994). Sin embargo, esto se manifiesta de forma sumamente diferente para las mujeres y para los hombres, también respecto a los márgenes de acción relacionados.

El cambio estructural acá descrito se puede resumir con el concepto “deslimitación”. A continuación, se esboza la transición hacia una sociedad posfordista y desprovista de límites, que constituye hoy un importante telón de fondo de la Teoría de la Modernización.

En el transcurso de la industrialización, en muchos países de Occidente se consolidó un modelo social fordista, que preveía una división de trabajo estable entre la esfera familiar y laboral, la cual suponía juna clara repartición de responsabilidades entre mujeres y hombres. Este patrón de desarrollo fue fuertemente estimulado con posterioridad a 1950. Las tareas de cuidado, es decir, de cuidado físico y emocional de otras personas, entre ellos niños, enfermos y adultos mayores, así como también la atención al esposo laboralmente activo, se trasladaron desde las “‘esferas de valor’ (Max Weber) del espacio público” hacia lo privado y finalmente se separaron de este (Klinger, 2013: 85). Se estableció así un vínculo estrecho entre el cuidado y la feminidad, lo cual no solo provocó la exclusión de las mujeres del espacio público y de la ocupación, sino que la feminización del cuidado significó también su desvalorización como prestación “no productiva”. El papel del hombre como sostén económico de la familia no fue cuestionado; los padres de familia (que estaban casados) convivían con sus hijos en el mismo hogar; los divorcios eran algo poco frecuente. Dominaban las relaciones laborales normales, es decir, ocupaciones a tiempo completo con seguro social, con horarios estables y regulados y que transcurrían en lugares externos al hogar. Los límites y el ritmo de la vida cotidiana (y la organización del cuidado) se orientaban en el marco de este modelo de la sociedad industrializada.

A fines de la década de 1960, la transición social y económica hacia una sociedad globalizada de servicios y del conocimiento puso término a la llamada “época dorada del matrimonio y de la familia”. En el marco de esta se han vuelto más permeables los límites entre la esfera privada y la pública, entre el horario de trabajo, el tiempo en familia y la recreación. Este cambio del modo social fordista al posfordista se describe como “doble deslimitación” (Jurczyk et al., 2009). Si la deslimitación se define como la creciente fragilidad de los límites estructurales supuestamente estables, partiendo del ámbito laboral (Gottschall/Voss, 2005), el concepto de la doble deslimitación hace referencia a la simultaneidad de la transformación de las relaciones laborales, familiares y de género. Las dos últimas actúan como fuerzas motrices autónomas del cambio social.

2.1. Datos de referencia sobre la ocupación materna

Si comparamos los índices de actividad laboral[4] de las mujeres y de los hombres, es decir, el porcentaje de personas laboralmente activas de la población residente, se evidencia que la brecha entre los géneros se ha estrechado sustancialmente. Mientras en 1991 la diferencia en toda Alemania ascendía aproximadamente a un 20%, en el 2011 fue de solamente alrededor de un 10% (Sozialpolitik aktuell, diferentes años).[5]

Sin embargo, la mencionada aproximación del índice de actividad laboral femenina se debe principalmente a la proliferación de trabajos de tiempo parcial y de “minijobs”. En el 2012 casi la mitad de las mujeres alemanas trabajaba a tiempo parcial (46%) (STBA, 2012b: 30). A inicios de su biografía laboral, mujeres y hombres tienen horarios de trabajo muy similares. En el segmento de edad entre 20 y 30 años, la mayoría de los hombres y de las mujeres económicamente activos/as trabajan a tiempo completo. Esto obedece a la exigencia de igualdad durante los primeros años de una relación de pareja, tal y como ejemplifica el panel sobre matrimonios de Bamberg (Bamberger Ehepaar-Panel) (Rost et al., 2003). Sin embargo, en el transcurso de la relación se da una desigualdad significativa, cambian las necesidades de ambos integrantes de la pareja, pero sobre todo con el nacimiento del primer hijo se vuelven notorias las condiciones sociales y económicas adversas para la conciliación trabajo-familia. Por consiguiente, el cambio a la paternidad marca el inequívoco punto de inflexión en la división del trabajo entre ambos géneros, desde la igualdad hacia la desigualdad.

Si dedicamos una mirada más cercana a los índices de ocupación de padres y madres, esta desigualdad se refleja en el hecho de que mientras un 91% de los padres trabaja, solo lo hace un 57% de las madres. De este 57%, la mayoría trabaja a tiempo parcial, para ser exactos, un 73% de aquellas mujeres que viven en familias nucleares.[6] Entre las madres cuyos hijos tienen de tres a cinco años, el índice de ocupación a tiempo parcial es incluso un poco mayor con un 74,5% (WSI Genderportal, 2012). El porcentaje de ocupación a tiempo parcial de los padres hombres asciende a un máximo de 6% y solo entre aquellos que tienen hijos de cero a dos años (ibid.).

Por consiguiente, los horarios laborales de los padres y de las madres evidencian una fuerte disparidad. La carga horaria promedio por semana de las madres es de 20 horas, mientras muchas de ellas preferirían un régimen laboral de 30 horas semanales, cercano al de tiempo completo (BMFSFJ, 2012a: 32). Otros estudios corroboran que si bien las madres raras veces desean trabajar a tiempo completo, la muy baja carga horaria de su trabajo parcial tampoco coincide con sus intereses. Casi un quinto declara que no es voluntario que trabaje a tiempo parcial (Statistisches Bundesamt, 2012a: 32). Los padres, por el otro lado, quisieran limitar sus horarios laborales, con cargas horarias que frecuentemente superan las 40 horas semanales, y trabajar entre 35 a 40 horas por semana (BMFSFJ, 2012: 32).

Sobre todo, la introducción en el 2007 de la legislación sobre licencias familiares y subsidios para padres de familia evidenció un cambio en los deseos que tienen los padres respecto a pasar tiempo con sus hijos. Al menos alrededor de la cuarta parte de los padres hace uso de la licencia para el cuidado familiar durante los primeros 14 meses de vida de su hijo, siendo el promedio de duración de estas licencias de 3,3 meses (BMFSFJ, 2013). Existen los primeros indicios de que aquellos padres posteriormente expresan, con mayor frecuencia, el deseo de trabajar a tiempo parcial (Pfahl/Reuyss, 2010). Sin embargo, recopilaciones representativas de datos sobre la organización temporal demuestran que, hasta el momento, casi no se ha producido ningún aumento en el tiempo que los padres pasan con sus hijos. Sobre todo persiste la escasa participación de los hombres en las labores domésticas. No se ha verificado aún en qué medida son responsables de esta situación las orientaciones de los mismos padres o las condiciones en las empresas, que mantienen su percepción del padre como principal sostén económico de la familia y libre de todo tipo de responsabilidades familiares (Possinger, 2013).

Pese a toda aproximación respecto de la participación en el mercado laboral, una mirada más detenida revela que persisten graves diferencias cualitativas respecto a la ocupación entre los géneros. Las mujeres siguen inclinándose por ciertas formaciones técnicas que se asocian tradicionalmente con su género, tales como peluquera o paramédica (BMFSFJ, 2011: 96). También suelen trabajar en rubros específicos, entre ellos principalmente los sectores de servicios como el comercio o la industria crediticia, así como en salud o en profesiones sociales. Al mismo tiempo, el nivel de calificación de las mujeres se ha elevado substancialmente durante las décadas pasadas. Incluso se da la situación de que las mujeres se gradúan del colegio con un mejor promedio de notas que los hombres y constituyen hoy más del 50% de los estudiantes universitarios. Sin embargo, estos hechos impactan poco en sus oportunidades laborales y su nivel de ingresos. Con un 23%, Alemania sigue conservando una de las mayores brechas salariales de género en Europa (BMFSFJ, 2011: 137).

En el transcurso del desarrollo hacia la época moderna tardía han cambiado sobre todo las motivaciones que tienen las mujeres para trabajar. Si bien la liberación de las mujeres de vínculos jerárquicos y de ciertas tradiciones predeterminadas se ha dado en tiempos más recientes, ya desde los años 70 se puede observar un fuerte impulso individualista. Hoy las mujeres desean decidir autónomamente su estilo de vida y expresan su “derecho a una vida propia” (Beck-Gernsheim, 2008). Sin embargo, todavía permanecen atadas a la institución de la familia en mayor grado que los hombres. De acuerdo a Angelika Diezinger, se puede hablar de una “individualización atada a vínculos” (Diezinger, 1993). Basándose en el concepto de linked lives (Elder 1994), la planificación de vida de las mujeres incluye explícitamente las responsabilidades y deseos familiares. La constitución de la familia propia sigue siendo en gran medida la base subjetiva para su satisfacción con la vida. Pese a que mujeres jóvenes mencionan entre sus prioridades la autonomía financiera (85%) y una buena educación (82%), la más importante, con un 90%, sigue siendo la maternidad (Allmendinger, 2009). Sin embargo, durante el desarrollo hacia la época moderna tardía han ido cambiando los motivos para constituir una familia. Tener hijos y una pareja ya no es visto como destino tradicional, sino que se percibe como algo que pueda dar sentido a la vida, como proyecto y fuente de felicidad. Esto, por otro lado, potencia la fragilidad de las relaciones de pareja. Las tendencias de la modernización que se observan respecto a las mujeres han llevado solamente a cambios parciales en las relaciones de género y aún no coinciden plenamente las concepciones que tienen las mujeres y los hombres respecto a las relaciones de pareja y la familia.

Persisten también importantes diferencias respecto a las opiniones sobre la ocupación materna y los efectos que tienen sobre los niños pequeños. Si bien estas diferencias disminuyeron en el transcurso de las décadas pasadas, siguen existiendo. Mientras en 1982 un 88% de los hombres en la Alemania occidental se inclinaba por la afirmación “Es perjudicial para un párvulo que su madre trabaje”, en el 2004 su porcentaje disminuyó a un 70%. Entre las mujeres del occidente de Alemania en el año 1982 hubo un 87% que se inclinaba por esta afirmación, mientras que en el año 2004 era tan solo un 56%. Esto grafica que el cambio de creencias ha avanzado más rápido entre las mujeres. Al respecto, pareciera ser relevante si las mujeres encuestadas son laboralmente activas o no. Mientras el porcentaje de mujeres laboralmente inactivas que estaban de acuerdo con la afirmación era de un 69% en el 2004, el de las mujeres laboralmente activas era de tan solo un 46%. Otros factores que impactan sobre dichas afirmaciones son la edad y el nivel de educación. Mientras más jóvenes las mujeres, estas opinan en menor medida que su trabajo pueda perjudicar a sus hijos; la misma tendencia ocurre si cuentan con la mayor licencia escolar alemana, el Abitur. También en este ámbito se manifiesta la diferencia entre Alemania occidental y oriental. En el este de Alemania, son fundamentalmente más modernas las creencias que tienen tanto las mujeres como los hombres respecto a la ocupación materna. Así, solo un 35% de los hombres y un 23% de las mujeres creían en el año 2004 que la ocupación materna fuese perjudicial para un párvulo (WSI Genderportal, 2012).

2.2. La ocupación materna en las condiciones de la doble deslimitación

La ocupación materna se da hoy en el contexto de una doble deslimitación, es decir, las relaciones económicas y las familiares están sometidas a cambios simultáneos. Las tendencias empíricas de la deslimitación en el ámbito familiar desde la década de 1970[7] se pueden resumir de la siguiente forma (Nave-Herz, 2012):

  • Pérdida de importancia del parentesco consanguíneo, del matrimonio y de la familia normalizada frente a formas de vida más diversas.
  • Dinamización de las biografías familiares y, simultáneamente, una creciente complejidad de las constelaciones de pareja, por ejemplo, después de una separación o un divorcio.
  • La familia como red multilocal en vez de la convivencia en el mismo hogar.
  • Multiplicación de los acuerdos entre los géneros, inclinándose por la preferencia del modelo de cogeneración de ingresos en Alemania occidental.
  • Cambio del status de los hijos que ahora se perciben como sujetos independientes, aumentando la presión de ser exitosos en la educación.
  • Transición de la “familia regida por órdenes hacia la familia regida por la negociación”, implicando relaciones de género e intergeneracionales más democráticas y un mejor clima familiar.
  • La relación de pareja como proyecto al cual se debe dar forma considerando las expectativas sobre la igualdad de derechos, el logro de la felicidad y del sentido de vida.
  • Los contextos de motivación para constituir una familia son menos predeterminados por tradiciones.
  • La familia deja de ser un recurso evidente al cual pueden recurrir los individuos y la sociedad; ahora su constitución se convierte en un esfuerzo práctico cotidiano y biográfico (Jurczyk/Lange/Thiessen, 2014).

La deslimitación en el ámbito laboral comprende los siguientes aspectos centrales:

  • Pérdida de importancia del trabajo normal en beneficio de contratos atípicos y en parte precarios (trabajo a tiempo parcial, trabajo temporal, “minijobs”). En el caso de madres laboralmente activas y empleadas el porcentaje incluso supera al 50% (Keller/Haustein, 2012: 1089).
  • Aumento de las contrataciones a plazo fijo, de la discontinuidad en las biografías laborales y de los cambios de profesión.
  • Reducción de los trabajos de tiempo completo, sobre todo en los sectores de servicios, aumento de los trabajos de tiempo parcial y de los “minjobs”. La cifra de las madres que trabajan a tiempo parcial varía entre un 60% a más de un 70%, dependiendo de la edad de su hijo menor (WSI Gender Portal, 2012).
  • Disfuncionalidad de los regímenes temporales lineales y rígidos de la época industrial: transición hacia una sociedad «24/7», es decir, una sociedad activa en todo momento y todos los días de la semana que se impone como nueva normalidad (Presser, 2003).
  • Eliminación de límites respecto a los horarios laborales, extendiendo el trabajo vespertino, nocturno y durante los fines de semana (StBA, 2011).
  • Eliminación de límites espaciales por el aumento de la movilidad debido a motivos laborales (traslados más largos al trabajo, múltiples lugares de trabajo, traslados de larga distancia al trabajo o la obligación de mantener un segundo hogar durante la semana) (Ruppenthal/Lück, 2009).
  • Flexibilización del lugar de trabajo a través de nuevas tecnologías (teletrabajo en el hogar, servicios externos).
  • Expectativa de una disponibilidad permanente a través del teléfono móvil y de Internet.
  • Intensificación del trabajo: una de cada dos personas se sienten estresadas en su trabajo frecuente o muy frecuentemente (DGB-Index Gute Arbeit, 2012: 5).
  • Aumento de fenómenos como el estrés y el síndrome burnout como consecuencia del incremento de la presión laboral, temporal y de la mayor responsabilidad, sobre todo en las típicas profesiones femeninas, por ejemplo, en el cuidado de personas; aumento de licencias médicas por depresión (Voß/Weiss, 2013).

Los cambios provocados por la doble deslimitación plantean nuevas exigencias para las madres laboralmente activas, tanto respecto al rol que ocupan en su familia, como en su rol de empleadas.[8] Esto por el motivo de que los mencionados procesos de la doble deslimitación se dan de forma paralela, pero no sincronizada. Es así que se generan nuevas tensiones no solo al interior de los distintos ámbitos, sino también entre ellos. Son recíprocas las distorsiones entre el trabajo y la familia, siendo ambos ámbitos particularmente marcados por el factor género. En consecuencia, la falta de tiempo y el estrés asociado se vuelven omnipresentes. Sobre todo en vista de condiciones tales como una infraestructura poco flexible, inexistente o excesivamente onerosa, orientada por el modelo del hombre como sostén económico, se debe lograr la conciliación entre la familia y el mundo laboral. Esto, debido a que el cuidado de los hijos sigue siendo principalmente de responsabilidad femenina, sumándose a ello la creciente presión para estimular a los hijos de manera óptima, por ejemplo mediante clases de violín y cursos adicionales de idioma. A este desajuste (mismatch) entre ocupación materna, cuidado infantil e infraestructuras del estado de bienestar, se suma el hecho de que la ocupación materna, aunque sea a tiempo parcial, ocurre en creciente medida en horarios atípicos, es decir, durante las tardes, noches o los días sábado. Sin embargo, las infraestructuras como jardines infantiles, colegios, comercios, transporte y oficinas públicas siguen aferrándose a regímenes temporales rígidos y orientan sus horarios de atención en el modelo de la dueña de casa disponible y flexible. Una de las muchas consecuencias es el fenómeno de la “mamá-taxi”, refiriéndose a los numerosos viajes en auto que deben asumir las madres para trasladar a sus hijos a sus distintas actividades de recreación y de desarrollo (Kramer, 2009).

Al desgaste y las incompatibilidades de horario que afectan diariamente y de forma generalizada a las madres en esta situación (Heitkötter et al., 2009), se suma el hecho de que las familias de hoy viven en condiciones cada vez mayor desigualdad social. La disparidad en las situaciones de vida se vincula con tres dimensiones: dinero, origen extranjero y espacio social. Primero, un creciente porcentaje de familias se ve amenazado por la pobreza, mientras, paralelamente, se incrementa el porcentaje de familias acomodadas. Se ha ido acrecentando la brecha en la distribución del patrimonio privado en Alemania. El 10% más rico de los hogares posee un 53% del patrimonio privado; mientras que en 1998 era un 45%. El 50% menos acomodado de los hogares, en cambio, solo posee el 1% del patrimonio privado, mientras que en 1998 todavía poseía un 3% (BMAS, 2013: 21). También la distribución del riesgo de pobreza varía considerablemente entre los distintos tipos de familia. Mientras que el riesgo de pobreza de aquellas/os madres o padres solteras/os con un hijo es de un 46,2%, el de hogares conformados por una pareja con un hijo es de tan solo un 10,5% (BMFSFJ, 2012c: 101). Segundo, un porcentaje creciente de familias es de origen extranjero, con las distintas tradiciones culturales, étnicas y religiosas que esto conlleva. Este es el caso de una de cuatro familias y uno de tres niños menores de cinco años en Alemania (BMFSFJ, 2010: 81). Su origen extranjero, sumado a su marginación social, aumenta su riesgo de pobreza, la mayor necesidad de una parte de estos niños de recibir medidas de apoyo educativo y la frecuencia con que se den constelaciones de conflictos al interior de las familias. Tercero, existe un desequilibrio significativo respecto a la distribución de recursos entre las distintas regiones de Alemania. En algunas partes, los espacios sociales se diferencian considerablemente entre el oriente y occidente en el país, entre las zonas urbanas y rurales, así como también entre las distintas comunas, en cuanto a las estructuras del mercado laboral, las ofertas infraestructurales y las oportunidades de vida que estas conllevan. Las diferencias en el desarrollo demográfico en las regiones en auge y las regiones en declive llevan también a distintos niveles de fuerza económica y de prosperidad y gatillan así un círculo vicioso o virtuoso de riesgos y oportunidades.

En resumen, se puede describir la situación actual de las madres como una sobreexigencia provocada por las crecientes expectativas y la paralela disminución de recursos.

3. De los modelos de vida de madres laboralmente activas. Resultados cualitativos

La deslimitación en el ámbito laboral tiene consecuencias diferentes para las madres que para los padres laboralmente activos. Esto, debido a que sus horarios laborales suelen ser con mayor frecuencia atípicos, tienen cargas horarias considerablemente más bajas, suelen trabajar en condiciones precarias y tener una menor movilidad laboral. Debido a sus responsabilidades familiares, es más perceptible para ellas el hecho de que los límites entre trabajo y vida personal se vuelvan imprecisos.

El escenario descrito se debe a que dejó de funcionar la “antigua” pauta fordista de la distribución laboral entre el ámbito familiar y el trabajo remunerado, y, con ello, entre mujeres y hombres, sin haber sido reemplazada por otra. Las estructuras temporales han ido cambiando, han desaparecido los ritmos fijos, ahora los “regímenes de tiempo” son flexibles. De este modo, se socavan las “instituciones temporales” colectivas que solían estructurar la cotidianidad de las familias, tales como las noches libres de trabajo o los fines de semana y es cada vez más frecuente que el orden cronológico de las actividades cotidianas se deba negociar de forma individual. La constante presión para conservar y optimizar la empleabilidad, que con la introducción de la nueva legislación sobre la pensión alimenticia se reforzó sobre todo para las madres, hace que el llamado “tiempo recreativo” deba aprovecharse para capacitación y para forjar redes profesionales. La multilocalidad de la ocupación, al igual que la multilocalidad de las familias que se conforman con posterioridad a una separación o un divorcio, tiene como consecuencia que las relaciones emocionales de cuidado se deban vivir a distancia y que las fases de separación sean intercaladas con otras caracterizadas por la alta intensidad de presencia compartida (Schier/Proske, 2010).

Un estudio empírico que buscó encuestar a madres y padres trabajadoras/es en el oriente y occidente alemán con alta y baja calificación laboral (Jurczyk et al., 2009) extrajo tres pautas típicas de acuerdos de género en familias nucleares económicamente activas: la pauta de la retradicionalidad, la pauta de la asimilación y la pauta de la indiferencia. Domina claramente la primera pauta, la de la retradicionalidad, en la cual el hombre opera como principal o único sostén económico y la mujer a lo más es responsable de generar ingresos adicionales. Aun así, esta pauta se distingue de la distribución laboral tradicional, en la cual los roles de la mujer y del hombre no se cuestionan en ningún momento. Si bien en la primera pauta la tradicionalidad de la distribución laboral refleja la praxis concreta que se percibe en la superficie, esta praxis se reflexiona conscientemente por ambos integrantes de la pareja. Es frecuente que esta pauta se perciba como acuerdo temporal (por ejemplo, mientras se debe cuidar a hijos pequeños), que ocurra parcialmente de forma involuntaria y que exista una consciencia crítica de las desventajas que tiene este modelo particularmente para las mujeres. En consecuencia, surgen fricciones en la relación de pareja. La segunda pauta, la de la asimilación, se caracteriza por una mayor igualdad en la distribución de las labores domésticas y de la actividad laboral entre las madres y los padres. Ahora bien, en este grupo se deben distinguir dos subcategorías importantes: el primer tipo de una asimilación más bien pragmática, principalmente motivada por condiciones externas. No es coincidencia que este modelo agrupe un porcentaje mayor de personas con baja calificación, las cuales suelen reflexionar con menor frecuencia sobre los estereotipos de género. La asimilación se realiza por razones prácticas y no normativas. La segunda subcategoría de la asimilación es producto de un proceso de negociación. En ella las mujeres son las que impulsan la modernización de la relación de género de forma activa y con considerables esfuerzos. La tercera pauta, la de la indiferencia, se observa raras veces. Se caracteriza por el hecho de que el género no constituye ninguna norma para la distribución de las responsabilidades del trabajo productivo y del familiar, sino que la repartición de las responsabilidades se orienta habitualmente según la disponibilidad de tiempo, la aptitud y la preferencia de las personas. Este modelo se guía por el lema contingente “también podría ser de otra forma”.

Independiente de la pauta que se elija, hoy resulta necesario el procurar activamente tiempos para el cuidado familiar, aunque la primera pauta es la que menos hace necesario este proceso. La copresencia familiar, es decir, la presencia espacio-temporal conjunta de los integrantes de una familia, se convierte en un recurso escaso. Frecuentemente hay que buscarla e incluso planificarla. Las madres intentan conciliar sus responsabilidades laborales y familiares a través de la gestión individual de los límites entre ambas esferas. Un semejante proceso de doing boundary requiere de creatividad para poder seguir cumpliendo con la vida familiar y las labores del cuidado.[9] La vida familiar transcurre con frecuencia en las lagunas horarias que deja el trabajo, de modo que el cuidado debe funcionar de forma instantánea y concentrada cuando hay tiempo para él. Se vuelve algo precario el momento de la confianza, al igual que casual la disponibilidad de los integrantes de la familia para interactuar. Sin embargo, es precisamente esta coexistencia y la oportunidad de entablar contactos espontáneos las que determinan la calidad del cuidado en las relaciones privadas, precisamente por el hecho de que no todo está minuciosamente planificado. Sobre todo los domingos se convierten en un importante “bastión temporal” de la vida cotidiana, durante el cual las familias desarrollan nuevos rituales individuales. Es en este día que también los padres realizan la mayoría de las actividades familiares.

La “doble deslimitación” promueve conflictos de interés en cuanto al tiempo, a la energía y a la atención, lo cual perjudica o limita el cuidado para los integrantes de la familia. También está en riesgo el autocuidado, a pesar de que constituye una premisa importante para el cuidado de otras personas y para la vivencia familiar. El nivel de agotamiento de los padres frecuentemente es tan intenso que apenas logran gestionar la organización pragmática del día a día y difícilmente están en condiciones de procurar instancias de tiempo compartido. Sobre todo las madres describen sus esfuerzos de conciliar el cuidado y el trabajo remunerado como una complicada gestión de coordinación, proceso que centran en lo posible en sus hijos[10], mientras ellas llegan a los límites de su fuerza. Se reduce también el tiempo que tienen para sí mismas, duermen menos y renuncian al descanso y a sus actividades recreacionales. Son diversos los estudios que confirman que sobre todo el reposo de las madres se ha convertido en un recurso escaso y su autocuidado en algo precario (Henry-Huthmacher/Borchard, 2008; IfD, 2011). Muchas veces es cuestión de tiempo para que surjan secuelas en la salud, pero también problemas en las relaciones de pareja.

Tanto las madres como los padres frecuentemente no están contentos con el balance entre trabajo y vida personal (Keddi/Zerle-Elsäßer, 2012). Casi la mitad de los padres declara que les falta tiempo para estar con sus hijos. Este porcentaje es considerablemente menor entre las madres, lo cual no sorprende, dado que en general pasan más tiempo con sus hijos. Sin embargo, llaman la atención sus declaraciones de no disponer de suficiente tiempo para su pareja, su recreación personal y sus amistades. Es un fenómeno nuevo que también los hombres experimenten cada vez más una carga doble. Incluso en el segmento de las familias donde ambas partes trabajan y que están dotadas de amplios recursos, se evidencia que el dinero solo en parte puede compensar el tiempo no compartido. Ahora bien, la falta de tiempo se expresa de forma muy variada entre las diferentes constelaciones familiares en las cuales viven las madres. El grupo que debe asumir la mayor carga es el de las madres solteras. En este grupo, un 51% declaró sufrir la falta de tiempo de forma frecuente y un 47% afirmó no disponer de tiempo suficiente para sus hijos (BMFSFJ, 2012a: 41). Aquellas madres que, al igual que sus parejas masculinas, trabajan a tiempo completo, se quejan también de la falta de tiempo, ya que a nivel de hogares las cargas horarias semanales incluso han aumentado (ibid.). Como consecuencia, surgen problemas de coordinación. También aquellas familias que viven en condiciones multilocales (ya sea por motivos laborales o por una separación) enfrentan problemas específicos de tiempo.

De forma preliminar, se puede concluir que la doble deslimitación ha incrementado las cargas a las cuales viven expuestas las madres, a pesar de que también ha permitido el surgimiento de una nueva flexibilidad respecto a los modelos de vida. Esto, porque las alternativas a la familia normalizada –caracterizada por el matrimonio y el hombre como sostén económico así como también por el incremento de la ocupación femenina– son percibidas en mayor medida como positivas. Así mismo, la flexibilización de los horarios de trabajo y la movilidad laboral ofrecen nuevas posibilidades para estructurar la vida cotidiana.

Si bien a nivel de las relaciones de género han surgido nuevos acentos, persisten también algunas tradiciones ambivalentes. Se puede constatar la orientación laboral obligatoria de las mujeres, mientras se conservan las concepciones tradicionales de la maternidad. Las madres siguen ocupando una posición de poder dentro de la familia, por ser ellas las que dirigen la vida cotidiana y asumen un rol como gate keeper frente a sus parejas (Jurczyk/Rerrich, 1993; Meuser, 2014). Frente a ello, los padres han desarrollado una clara orientación hacia sus hijos, manteniendo al mismo tiempo la autoconcepción de tener que ser el sostén económico de la familia. Al menos en los inicios de una relación de pareja, ambas partes expresan el deseo de lograr relaciones más igualitarias de género. Es así que el modelo de vida de muchas madres y muchos padres evidencia mayor flexibilidad frente a los roles tradicionales, aunque al mismo tiempo deban asumir cargas adicionales producto de la necesidad de llegar a acuerdos. Ocurre con frecuencia que esta nueva flexibilidad se restringe por el hecho de que la deslimitación laboral es determinada por terceros y no coincide con las necesidades individuales o familiares. De este modo, se evidencia que las pautas antiguas ya no se ajustan lo suficientemente bien a las condiciones actuales, pero aún no se han establecido pautas nuevas. Lo que sí queda claro es lo poco frecuente que son los acuerdos exitosos entre los géneros y que para lograrlos se deben cumplir muchos requisitos.

Además del incremento de opciones y avances en la flexibilidad, se observan problemas de orientación y de reestructuración del diario vivir. Sobre todo es notorio que la vida cotidiana es cada vez más determinada por el trabajo (Jurczyk/Rerrich, 1993). Diagnósticos internacionales destacan que la ambigüedad de la doble deslimitación no constituye un fenómeno particular alemán, sino que es un problema en numerosas sociedades industrializadas y de servicio de Occidente (Milkie et al., 2004).

4. Conclusión: equilibrios individuales en vez de soluciones estructurales

Las estrategias de abordaje de la doble deslimitación que se reconstruyeron durante estudios empíricos no constituyen soluciones sostenibles para la realización del cuidado. Esto rige para el modelo ampliamente divulgado de la llamada “carga doble” para las mujeres, el cual implica sobre todo para ellas mismas la consecuencia de altos riesgos sanitarios, así como la merma de oportunidades laborales. La estrategia de recurrir a personal remunerado o no remunerado, en cambio, enfrenta al problema de la distribución desigualitaria o de la no disponibilidad de recursos, trátese de dinero, infraestructura o redes sociales y familiares. La tercera estrategia, la de una división de trabajo entre la pareja, ocurre con poca frecuencia y, en las condiciones actuales, es común que lleve a una carga doble para ambas partes. A continuación, se señalan las lagunas existentes respecto al cuidado y a la reproducción, ya sean individuales, familiares, corporativas o generativas (Jurczyk et al., 2009: 342). Es en varios sentidos que el cuidado y la maternidad atraviesan por una crisis.

Esto se debe principalmente al hecho de que la ocupación materna en Alemania hoy se contextualiza frecuentemente de forma muy contradictoria. La política alemana y sobre todo la economía exigen y necesitan madres que trabajen. Alemania está obligada a cumplir con las especificaciones de la estrategia política de Lisboa, que rige para toda Europa y que impuso una tasa de ocupación obligatoria del 60% de las mujeres (BMFSFJ, 2011: 31). La estrategia preferencial para cumplir con esta meta es elevar la ocupación materna. También parte del debate social público apoya estas exigencias. Sin embargo, las condiciones para implementar los objetivos nombrados aún están en ciernes y los distintos esfuerzos de reforma promovidos por la política siguen siendo contradictorios. Esto lleva a que hoy y en un futuro cercano se les exija a las madres la solución individual de problemas estructurales. Esto implica cargas sobre todo para las madres, pero también para sus parejas, así como para toda la familia. Los padres todavía se involucran solo de forma parcial. Sobre todo estamos en una situación en que las mujeres tienen que asumir los costos de estas deficiencias, en forma de carreras profesionales y biografías de ocupación discontinuas, pese a que algunas de ellas cuenten con altos niveles de educación y calificación. En particular, el ampliamente difundido modelo “normal” para madres, el de trabajar a tiempo parcial, además de actuar como freno de su carrera profesional, eleva su riesgo de pobreza en las condiciones dadas de la economía y del Estado social. El riesgo de pobreza se incrementa en el caso de mujeres separadas y de mujeres mayores (BMFSFJ, 2011: 20; 154).

Frente a este escenario ya no resulta sorprendente la baja tasa de natalidad en Alemania, ya que la “solución” para salir del dilema esbozado pareciera ser la renuncia a la maternidad. Este desarrollo es especialmente notorio en el segmento académico. Un estudio actual demuestra que un 79% de las mujeres en el mando medio de las universidades no tiene hijos (Metz-Göckel, et al., 2011). Se necesita llegar a un nuevo pacto político y social sobre reproducción, capaz de crear el marco para acuerdos justos de género sobre la ocupación y la familia y de consolidarlos económicamente.

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  1. Mis agradecimientos expresos van dirigidos a Ursula Persike, quien me apoyó de forma intensa durante la elaboración de este artículo. Este capítulo ha sido traducido al español por la traductora Kristin Meyborg y la socióloga Dra. Ana Cárdenas Tomažič.
  2. No es posible abordar en este texto las diferencias en la historia del oriente y occidente alemán después de la Segunda Guerra Mundial y la importancia de la fundación de la República Democrática Alemana para la imagen de feminidad y maternidad. Sobre el tema, véase a Jurczyk et al. (2009), pp. 31-58.
  3. Véase a Vinken, Barbara (2001). Die deutsche Mutter: Der lange Schatten eines Mythos. Múnich: Piper (reedición revisada: Fráncfort del Meno: Fischer [2007]).
  4. El índice de actividad laboral representa en la estadística el porcentaje de personas potencialmente activas (trabajadores y desempleados) de la respectiva población. El índice de actividad laboral global hace referencia a la población total. Los índices de actividad laboral específicos serían, por ejemplo, el índice de actividad del segmento poblacional entre 18 y 64 años, de las mujeres casadas entre 18 y 60 años, etc. El índice de ocupación muestra el porcentaje de las personas laboralmente activas de cierto segmento de edad versus la población total del mismo segmento de edad.
  5. No se puede hablar sobre las constelaciones laborales por género en Alemania sin mencionar que los acuerdos entre los géneros siguen siendo muy distintos en el oriente y occidente de Alemania. En la parte occidental, con un porcentaje máximo de un 16%, todavía, es la gran excepción de que exista un acuerdo que permita que tanto el padre como la madre trabajen a tiempo completo. En la parte oriental de Alemania, en cambio, se invierte la situación, ya que en esa zona un porcentaje máximo de un 19% de las madres no trabaja, mientras que más de la mitad de las mujeres trabaja a tiempo completo al igual que sus parejas (Tölke 2012). El presente capítulo no permite abordar estas diferencias de forma sistemática.
  6. Dado que este artículo aborda primordialmente las relaciones de género, me enfocaré en las madres que viven en familias nucleares heterosexuales y dejaré de lado a las madres solteras. Sin embargo, resulta interesante que el índice de ocupación de madres solteras es significantemente más alto que el de mujeres que viven en familias nucleares. De todos modos, ellas suelen trabajar más frecuentemente a tiempo completo (BMFSFJ, 2012b: 32).
  7. Esta referencia temporal rige en especial medida para la parte occidental de Alemania. En la Alemania oriental, los procesos de modernización sucedieron, en parte, de forma adelantada; en parte, de forma posterior. Desde la reunificación se han podido observar aproximaciones en algunos ámbitos, mientras que en otros persisten diferencias importantes entre la parte este y oeste del país (véase a Jurczyk et al., 2009: 31-57; Huinink/Kreyenfeld/Trappe, 2012).
  8. En este punto se habla de madres de forma muy general. Al menos cabe mencionar que se debería hacer la distinción sistemática entre situaciones de vida típicas para madres en Alemania: entre las madres que son parte de una familia nuclear y las madres solteras (19%), entre las pocas madres altamente calificadas con buena carrera profesional y la mayoría de las madres con calificación mediana o baja, entre las madres que trabajan a tiempo completo y aquellas que ejercen un “minijob”. Un segmento especial lo constituye el 10% de las madres en familias nucleares que generan la mayor parte del ingreso familiar, a pesar de que muchas veces se trata de acuerdos involuntarios y precarios por el motivo de que sus parejas están desempleados o tienen una baja calificación (Klammer et al., 2012). También existe un grupo importante de madres –el que permanece en gran medida oculto– que constituyen el telón de fondo de nuestro mercado libre y globalizado, por decirlo de alguna manera (Ehrenreich/Hochschild, 2004). Se trata de las madres que emprenden migraciones trasnacionales, dejando a sus propios hijos en sus países de origen (muchas veces en Sudamérica y Europa del Este), para hacerse cargo de las labores domésticas y del cuidado de los hijos de madres laboralmente activas en Alemania.
  9. En el contexto de estos análisis se ha venido desarrollando una perspectiva de familia procesual y orientada en el actuar, según la cual la familia, en el sentido de doing family, visibiliza las diversas formas de modelo de vida privada como resultado de la praxis de los involucrados (Jurczyk/Lange/Thiessen, 2013). Tanto las exigencias concretas hacia el doing family, al igual que los recursos para abordarlas, dependen de la situación de vida de la familia. Es de importancia destacada contar con capital económico, cultural y social, es decir, disponer de dinero, educación y redes de apoyo.
  10. Esta situación es corroborada por los datos entregados por estudios sobre la organización del tiempo, realizados por la Oficina Federal de Estadística de Alemania (Statistisches Bundesamt). Así, el tiempo invertido en el cuidado de hijos menores de seis años aumentó en el período 1990-2000, en vez de reducirse (BMFSFJ, 2006: 222).


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