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Introducción

María Cristina Cravino

Las organizaciones barriales son casi tan antiguas como los barrios. En los asentamientos populares, desde mediados del siglo xx, se conocen registros de formas asociativas que buscaban paliar las paupérrimas condiciones sociourbanas que los caracterizaban. En particular, se dedicaban a cuestiones centrales de la vida cotidiana, como la provisión de agua y electricidad y pequeñas obras para lograr calles y caminos, así como también emergieron organizaciones llevadas a cabo por mujeres para resolver los cuidados de las infancias y entidades deportivas comandadas por varones. Recientemente, el campo académico argentino ha comenzado a retematizar la historicidad de estos procesos hasta la actualidad.

Al comienzo, las organizaciones que nos ocupan y que se dedicaron y dedican a solucionar problemas urbanos y sociales de los barrios surgieron sin ningún tipo de formalización, pero luego se fueron institucionalizando hasta el punto de llegar, hoy en día, en muchos casos a adquirir formas jurídicas (principalmente asociaciones civiles, mutuales, cooperativas, juntas vecinales o sociedades de fomento). En algunas localidades, incluso, las autoridades son elegidas por medio de elecciones similares a los representantes gubernamentales. Sobre estas cuestiones nos ocuparemos en los diferentes capítulos[1].

En las últimas décadas, se construyeron nuevas formas de organización barrial, en algunos casos en consonancia con la presencia del Estado en estos espacios urbanos, en otros por la llegada de fuerzas político-partidarias o instituciones de la sociedad civil o religiosas. Se observa la presencia de actores que no estaban tan presentes en décadas anteriores, como los abocados a las economías ilegales o agencias del Estado pertenecientes al Poder Judicial u otras de la sociedad civil. Por otra parte, se produjeron cambios en los modos de articulación asociativa interna y externa y los repertorios de acción colectiva. Es por eso por lo que se vuelve necesario reflexionar y redefinir en forma apropiada la base social en la que se produce la dinámica específica que interesa conocer, así como el proceso político ampliado (Castells, 1986) en que se insertan. Estas organizaciones presentan tramas densas o dispersas, contienen dinámicas internas muy variadas, que incluyen tensiones por las priorizaciones en las demandas y por las jerarquías de sus miembros. Así, también, son parte de los actores que intervienen en las regulaciones cotidianas del uso del espacio urbano de los barrios, en ocasiones generando estrategias identitarias territoriales para lograr cohesión entre los vecinos y presentarse ante los agentes externos, principalmente el Estado. Es frecuente que adopten un nombre como forma asociativa, por lo general aludiendo al barrio.

En algunos casos coexisten diferentes asociaciones en pugna por la representación de los vecinos, en otras se establece una división de tareas, trabajando de forma separada por temática o por zona y a veces de modo colaborativo, en particular esto último en contextos de crisis, como la de la pandemia por COVID-19 (como se verá en diferentes capítulos). Del mismo modo, sostienen relaciones con otras organizaciones externas, llegando en algunos casos estas últimas a tener un grado de incidencia relevante en las tramas barriales y, en otras, formas de vinculación más instrumentales o esporádicas. Estos vínculos no están exentos de conflictos, como se verá en los diferentes trabajos de este libro.

Las ciencias sociales latinoamericanas se ocuparon de las organizaciones presentes en los asentamientos autoproducidos desde fines de la década de 1950, pero particularmente en la década de 1970 se enfocaron en las formas organizativas vinculadas a la reivindicación del hábitat. Las demandas se centraban en el reconocimiento de estos espacios urbanos para evitar los desalojos, que eran frecuentes en esos momentos, y en las mejoras de las infraestructuras, en la provisión de equipamientos comunitarios y, en menor medida, en la producción de viviendas. En este sentido, trabajos como los de Alicia Ziccardi (1977), en relación con la Argentina, se planteaban indagar la relación de las organizaciones barriales con el Estado, siendo este último el actor central para los reclamos y, por lo tanto, dando a las demandas una dimensión política. En Buenos Aires los partidos políticos estuvieron presentes en estos barrios, incidiendo en las asociatividades, destacándose el Partido Comunista en la década de 1950 y 1960 y el Partido Justicialista en la década de 1970, llegando a generar un movimiento villero adscrito a esa identidad partidaria en un contexto de radicalización de las posiciones ideológicas.

Durante la última dictadura militar (1976-1983), se produjo la erradicación casi completa de las villas de la Ciudad de Buenos Aires, algunas del conurbano bonaerense y de otras ciudades de la Argentina. En ese periodo histórico, se dio un repliegue organizativo debido a la persecución de los dirigentes barriales, la desaparición de algunos de ellos, la prohibición de reuniones políticas y, justamente, la expulsión de sus habitantes. Se desplegaron acciones de resistencia por parte de los pobladores y, en algunos casos, se contó con el apoyo de organizaciones eclesiales o de derechos humanos, tanto en cuanto a la defensa de las acciones represivas, como a la posibilidad de contar con un lugar permanente para habitar en la ciudad. Se crearon organizaciones específicas para resistir la represión y las remociones.

En la década de 1980, hubo muy pocos trabajos sobre las formas organizativas sobre los asentamientos populares, porque gran parte de los investigadores de las ciencias sociales tuvieron que salir al exilio y los centros académicos de esa área estaban prácticamente paralizados. Los que encontramos se concentraron en las erradicaciones de la década anterior o en la emergencia de una nueva tipología de barrio, los asentamientos o las tomas de tierra, y en una modalidad organizativa emergente: asambleas, comisiones vecinales y cuerpos de delegados (en algunos casos también designación de subdelegados). Estas experiencias además recuperaron la cuestión de la representación barrial y su relación con el Estado y la sociedad civil.

En la década de 1990, y en un contexto de gobiernos que llevaron adelante políticas neoliberales, emergió la cuestión barrial desde la focalización territorial de programas de asistencia social y, luego, desde la conformación de organizaciones de desocupados (que devinieron en el llamado “movimiento piquetero”), gran parte de ellos en los asentamientos populares. Existen valiosos trabajos sobre la relación entre los movimientos piqueteros y los espacios barriales y las organizaciones comunitarias, tales como comedores, guarderías, huertas o emprendimientos productivos, etc. Muy en menor medida, encontramos escritos que se dedicaron a las organizaciones de los asentamientos populares y sus reivindicaciones del hábitat.

En los años 2000 y hasta la actualidad, la temática de las asociaciones barriales de los asentamientos populares se vinculó, en buena medida, a las políticas de hábitat y los espacios generados por el involucramiento de los vecinos en la implementación de estos programas (entre otros, Ferraudi Curto, 2009 y 2012; Cravino y González Carbajal, 2013), a sus modos participativos (por ejemplo: Zapata, 2019; Capalbo y Percosi Bosero, 2020) o a la judicialización de conflictos urbano-ambientales (Merlinsky, 2013; Fainstein, 2024), o continuó con temáticas vinculadas a lo comunitario o clientelismo político, como se desarrollará en varios de los trabajos aquí reunidos.

En estos momentos, encontramos diversas situaciones.

La bibliografía escrita en la década de 1990 y comienzos del 2000 que buscó comprender las dinámicas organizativas y el rol de las asociaciones vecinales en los asentamientos populares fue fértil para los debates del contexto histórico, marcado por los impactos de las políticas neoliberales en las condiciones urbanas y sociales, así como las nuevas modalidades de ocupaciones de tierra y de organización, pero no es posible pedirle capacidad heurística tres décadas después. No obstante, a partir de ellos, se pueden recuperar sus preguntas y reformularlas en el nuevo contexto.

Las ciencias sociales argentinas desde mitad de la década de 1990 colocaron en el centro de la agenda académica las organizaciones de desocupados que luego fueron denominados “movimientos piqueteros”, tal como continúan siendo nombrados hasta la actualidad (destacándose autores como Svampa, Manzano, Quirós, Maneiro y otros) y marcado por tópicos académicos de otras regiones se instalaron los debates sobre el clientelismo, muy asociados a los asentamientos populares (Auyero, 2001), que dieron lugar a numerosas críticas, que fueron sintetizadas por Vommaro y Combes (2016).

Gran parte de los trabajos de las dos últimas décadas investigaron sobre la praxis de las asociaciones barriales, pero no se profundizó en la problematización de las formas organizativas, su conformación interna, la metodología de toma de decisiones, las transformaciones en sus acciones y demandas, las relaciones con agencias del Estado, las agrupaciones políticas, las ONG, las agrupaciones religiosas, las relaciones con el espacio urbano y las viviendas, entre otros interrogantes que nos surgen.

Por último, las organizaciones barriales se fueron complejizando, profesionalizando, en algunos casos desarticulando o perdiendo dinamismo, pero también surgieron nuevas formas, tramas o redes, respondiendo a cuestiones emergentes. En muchos casos son sectoriales, lo que obliga a considerarlas en todas sus variaciones, como se observará en los capítulos que componen este libro. También, resta indagar sobre las organizaciones piqueteras, en algunos casos devenidas en organizaciones político-territoriales presentes en los barrios, y su rol en las asociaciones vecinales, como también surge en el análisis de varios capítulos presentes en esta compilación. En ocasiones, las intervenciones del Estado generaron (casi obligaron a veces) la creación de nuevas representaciones barriales o el reagrupamiento de las existentes, como se tratará en un caso abordado en el presente libro. La temporalidad de los procesos es un elemento central para no quedar anclada en las imágenes primigenias de las formas asociativas y es necesaria para poder captar con sensibilidad las mutaciones, que pueden ser profundas en sus contenidos, sus orientaciones, su composición o su legitimidad. Algunos de estos últimos aspectos serán tratados aquí.

En ese sentido, el libro puede ser leído como un conjunto de preocupaciones que interpelaron al grupo de investigación (del que los autores somos parte) sobre lo que les está sucediendo a las organizaciones barriales y sobre las diferentes situaciones que pueden encontrarse, invitando a una mirada amplia de formas, luchas, cambios y temas en cuestión. Por otro lado, también puede ser considerado como un despliegue de los tópicos emergentes en la actualidad en las tramas asociativas de los barrios autoproducidos, que profundizará cada uno de los estudios, aunque no agotan, ni mucho menos, las cuestiones que atraviesan a los asentamientos.

También nos falta aún definir qué se entiende por “organización barrial”. Creemos que tenemos que distinguir entre organizaciones que realizan actividades o se encuentran insertas con sedes en esos barrios y aquellas que representan el barrio ante el Estado (u otros actores) o algunas que despliegan mecanismos autogestionados para mejorar el hábitat de un asentamiento popular sin interpelar a las autoridades gubernamentales. Cuando se apela al término “organización barrial”, en diferentes ámbitos, se hace referencia a un sinnúmero de organizaciones comunitarias, tales como comedores, merenderos, guarderías, centros culturales, huertas comunitarias, emprendimientos productivos, organizaciones socioterritoriales (movimientos piqueteros, organizaciones como La Poderosa y muchas otras), pero estas no buscan representar al barrio en su conjunto y pueden tener un área de influencia muy limitada dentro del espacio barrial e incluso convocar a personas de diferentes barrios.

Por eso, se requiere precisar qué es una organización barrial. Consideramos que es una asociación de vecinos (formalizados o no en una forma jurídica) que demanda ante el Estado mejoras en el hábitat o condiciones de vida de su territorio o que genera acciones autogestivas colectivas con los mismos fines. La forma que adopta puede cambiar en el tiempo, al igual que su nivel de representación en relación con los habitantes. También puede variar la valorización de los vecinos sobre aquellas, así como existir articulaciones con organizaciones políticas o socioterritoriales, o ser totalmente autónomas. Esto obliga a problematizar sus contornos y redes de relaciones. Incluso, es frecuente en muchos trabajos lo que podemos considerar como una perspectiva ahistórica de estas, donde no se interroga sobre la génesis asociativa y cómo se fue transformando a lo largo del tiempo. Por el contrario, algunos análisis se remiten a un tiempo acotado, y no dan lugar a conocer si las descripciones que se presentan remiten a ese período exclusivamente o si las características que asumen refieren a un largo plazo.

Los capítulos de este libro fueron discutidos entre los distintos autores en seminarios internos, pero también contamos con comentaristas externos, para lo que se organizó en dos jornadas, que enriquecieron los capítulos de forma individual y generaron nuevos diálogos entre los autores. Por esta razón agradecemos a Virginia Manzano, María Maneiro, Santiago Nardín, Soledad Arqueros, Lucas Barreto, Carla Rodríguez, Cristina Bettanin y María Mercedes Di Virgilio. Finalmente, nos tomamos el tiempo para tender nuevos puentes entre nuestras preocupaciones e interrogantes para contrastar las evidencias halladas en las investigaciones y el proyecto en su conjunto.

Las principales preguntas que motivaron este libro fueron las siguientes: ¿qué implicancia tiene la adopción de una forma organizativa u otra en los asentamientos populares?; ¿cambió el sentido de las organizaciones barriales en el tiempo?; ¿se modificó la representatividad de los vecinos del barrio?; ¿quiénes y por qué participan de las organizaciones barriales?; ¿se modificaron las demandas que sostienen?; ¿algunas organizaciones desaparecieron?; ¿si desaparecieron, ese lugar lo ocupó otra?; ¿las organizaciones se especializaron y profesionalizaron?; ¿cómo conviven, articulan o compiten las organizaciones que demandan cuestiones vinculadas al hábitat con otras temáticas?; ¿cómo se ligan con los partidos políticos, las iglesias, las ONG?; ¿cómo se relacionan con el Estado?; ¿qué impacto tienen las intervenciones del Estado en las tramas vecinales?; ¿cómo influyeron los cambios socioeconómicos estructurales en las dinámicas internas?

Así, la intención de este libro es discutir las organizaciones barriales en asentamientos populares, captando las heterogeneidades de las experiencias, las complejizaciones y las dinámicas internas, así como los lazos con actores externos, principalmente con el Estado y sus efectos. Esto implica también poder dar cuenta de los tópicos emergentes en los territorios en las últimas décadas, mientras se interpela a los conceptos de las ciencias sociales sobre asociaciones barriales y acción colectiva y se los pone a prueba.

De esta forma, el libro recupera temas clásicos como la urbanización de los asentamientos urbanos, la regularización dominial o la producción de viviendas sociales en estos barrios, pero también la gestión de las infraestructuras, la mercantilización del acceso al suelo y el uso de la violencia en la regulación de las formas de habitar. Nos interesamos en formas asociativas novedosas enfocadas en los jóvenes, el consumo problemático de drogas y el narcomenudeo, los procesos de judicialización de conflictos, la ambientalización de las demandas del hábitat. Por otra parte, las representaciones sociales sobre los territorios y la memoria aportan a la subjetividad de estos grupos sociales (en dos capítulos con centralidad en las mujeres), la complejización de las tramas por la incidencia de actores externos y los procesos de politicidad popular. Estas preocupaciones implicaron la búsqueda de herramientas teóricas que permitieran comprender procesos estructurales desde diferentes ángulos, pero, a su vez, repensar y buscar herramientas metodológicas cualitativas para los procesos con los que nos topamos.

En el capítulo 1, María Cristina Cravino se propone examinar las transformaciones en las formas organizativas vinculadas al hábitat de los asentamientos y las villas del Área Metropolitana de Buenos Aires en las últimas cuatro décadas, proponiendo una periodización acerca de las formas, las dinámicas y las diferencias entre la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense. Una de las ideas centrales es construir una mirada desde trayectorias organizativas para salir de los enfoques en tiempos específicos, ya que fueron mutando a lo largo de este período. Para esto se recuperan los debates previos, las implicancias de las políticas de hábitat en esas décadas en los reacomodamientos organizativos vecinales. Plantea, a su vez, los cambios en las formas de ocupación, donde emergen desde mecanismos mercantilizados, con actores profesionales de los mercados ilegales (que en ocasiones ejercen violencia o extorsión), hasta una inmensa dispersión en las nuevas modalidades de organización del espacio habitado y sus tramas asociativas.

Claudia Gabriela Reta, en el capítulo 2, da visibilidad al rol de las mujeres en la politicidad popular de los asentamientos informales, tema que aún no ha sido suficientemente abordado y que actualmente ocupa un lugar en la agenda académica, en particular a partir de las tareas comunitarias de cuidado, potenciadas en el contexto de pandemia. La autora indaga sobre las experiencias de participación en un programa habitacional de un grupo de mujeres de la Villa Garrote (municipio de Tigre) del conurbano bonaerense, poniendo el foco en las transformaciones subjetivas. A partir de la exploración de las prácticas de organización colectiva de Mujeres al Frente, organización surgida luego del estallido social del año 2001 que se sumó a la Federación de Tierra y Vivienda, su trabajo expone de qué manera el género se encuentra implicado en una construcción simbólica diferencial de los procesos de articulación vecinal en contextos de intervenciones públicas de hábitat. La autora nos propone rastrear la dimensión política no solo a partir de las instancias colectivas de participación, sino también en otras dimensiones de la vida cotidiana, como las disputas en los arreglos familiares al interior de los hogares, o en las transformaciones individuales que las mujeres de la villa relataron en relación con su experiencia con la implementación del programa habitacional.

En el capítulo 3, María Belén Garibotti y María Florencia Girola, abordando las organizaciones sociales en los asentamientos populares de la Ciudad de Buenos Aires, recuperan los debates teóricos sobre la autogestión o demanda al Estado de infraestructuras, y para esto parten de adoptar el concepto de “ciudadanía” como clave analítica y de comprenderla como atravesada por jerarquías vinculadas a la clase, la etnia, el sexo-género y lo generacional-etario, teniendo presente el contexto como elemento central. Especialmente, es entendida en el texto como una práctica activa de organización, participación y demanda colectiva en torno a derechos concretos. En relación con las infraestructuras, las analizan como un ensamblaje sociotécnico que permite el flujo de recursos y que vincula objetos, cuerpos e historia. De ese modo, para las autoras, la infraestructura constituye un aspecto central del habitar y la ciudadanía, y, a la vez, un vector para la comprensión de las desigualdades urbanas. El caso en el que se enfocan es el asentamiento La Carbonilla y la Comisión Vecinal del barrio, así como las múltiples intervenciones de actores estatales, políticos y de derechos humanos.

En el capítulo 4, Joaquín Benítez analiza el caso del Playón de Chacarita (Ciudad de Buenos Aires), barrio en que existe un denso entramado barrial de organizaciones políticas y sociales. Estas organizaciones externas, pero con presencia en el barrio, llegaron en distintos momentos de la consolidación de la villa y tuvieron diferente tipo de relacionamiento con las asociaciones vecinales que se iban constituyendo al calor de las demandas de reurbanización. El autor se enfoca en las prácticas de cooperación y competencia entre las distintas organizaciones en el marco de una mesa de gestión que organiza el gobierno local para llevar a cabo el proceso de intervención urbana. Demuestra cómo se producen los procesos de legitimación de los liderazgos y los conflictos entre las asociaciones, como también los cambios de las formas de representación, que no estuvieron exentos de clivajes en relación con la nacionalidad, fundamentalmente entre argentinos y migrantes de países limítrofes o sudamericanos. Estos no fueron los únicos, ya que también se evidenciaron las diferencias entre extrabajadores ferroviarios y no ferroviarios, es decir, sobre el origen y momento de llegada al predio ocupado, y lo mismo sucedió en relación con la pertenencia al partido político que gobierna la ciudad o a alguno de la oposición. Su aporte al debate de las organizaciones barriales se focaliza en exponer la complejización de los procesos en espacios con entramados internos articulados a externos y las dinámicas que estas articulaciones suscitan, además de los impactos de la institucionalización de la participación en las formas asociativas vecinales

Carla Fainstein, en el capítulo 5, propone indagar las prácticas y representaciones sociales de organizaciones territoriales de asentamientos populares del Área Metropolitana de Buenos Aires, cuyos barrios son objeto de políticas urbano-ambientales judicializadas, como es el emblemático caso de la cuenca del río Matanza-Riachuelo. Parte de considerar que los límites entre el Estado y la sociedad civil se recrearon y redibujaron en estos procesos, demostrando una suerte de porosidad. Explica cómo las políticas públicas tuvieron incidencia en los entramados políticos y organizacionales preexistentes en estos asentamientos, en sus formas de relacionarse con organismos públicos y también en sus marcos de significación y representaciones sobre el Estado y sus diversas esferas. El objetivo es entonces entender qué sucede con la organización en barrios populares en el proceso de territorialización de un fallo urbano-ambiental. El trabajo focaliza en dos barrios: la villa 21-24 de Barracas (Ciudad de Buenos Aires), y Campo Unamuno (localizado en el partido de Lomas de Zamora, en el conurbano bonaerense). Su contribución al debate de las organizaciones barriales constituye la reposición de las trayectorias organizacionales diversas, las diferencias en términos de vinculación con organismos estatales locales, en particular, sus experiencias previas –o falta de ellas– con organismos del campo jurídico, y relacionarlo con las representaciones sobre el territorio de las formas asociativas de los asentamientos populares.

En el capítulo 6, Nadia Finck presenta hallazgos de su investigación en la ciudad de Río Grande, en la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Muestra la variada constitución de las formas organizativas por medio de la recuperación historizada en diferentes asentamientos de la ciudad en tres momentos, que se corresponden a las décadas de 1980, 1990 y 2000, que, a la vez, marcan la expansión urbana que experimentó esta ciudad hacia el sur. Para esto, repone la mirada de tres dirigentes de los barrios ex-25 de noviembre, Reconquista y Mirador. A partir de estos relatos, se puede ir comprendiendo las trayectorias habitacionales, los procesos de participación y las formas de autoproducción del hábitat popular, mostrando las continuidades y diferencias de las formas asociativas. La autora contribuye al conocimiento de las organizaciones vecinales de ciudades intermedias, y ayuda a comprender la relevancia de la escala de la ciudad en las formas de sociabilidad que median en las relaciones entre vecinos, barrios y autoridades locales a fin de obtener el reconocimiento de sus barrios e iniciar acciones de mejoramiento del hábitat. Esto obliga a repensar las categorías de análisis, muy ancladas en la producción académica del Área Metropolitana de Buenos Aires, y comprender cómo se tejen las tramas asociativas, cómo se intercambian experiencias en los dirigentes de los barrios cercanos, como también la relevancia de las biografías de los referentes para analizar procesos diferenciales entre los asentamientos de una misma localidad.

En el capítulo 7, Paula Boldrini y Débora Decima exploran organizaciones barriales emergentes en la última década en el Gran San Miguel de Tucumán. Se abocan a aquellas que buscan dar respuestas comunitarias e institucionales al problema de producción, intercambio y, fundamentalmente, consumo de drogas ilícitas (especialmente pasta base de cocaína) en los asentamientos de aquella región metropolitana del noroeste argentino. Para esto recuperan las experiencias de las Madres del Pañuelo Negro y Hermandad de los Barrios. Esto demuestra la relevancia de pensar las organizaciones territoriales como dinámicas y atentas a las necesidades que se transforman. De este modo, las formas asociativas se reconfiguran. En el texto explican que la Hermandad es continuadora de la trayectoria de las Madres, reeditada bajo términos que contribuyen a ampliar las demandas y estrategias. Estas organizaciones, que están constituidas por mujeres, agregan políticas propias del modelo de reducción de daños, en oposición al prohibicionista. Un aspecto relevante que destacan es que ambas organizaciones son expresión del esfuerzo de recuperación de vínculos familiares y comunitarios, muchos de ellos forjados durante los procesos de autoconstrucción de los distintos barrios, particularmente dañados durante el afianzamiento de las redes de narcomenudeo, y posteriormente fragmentados desde distintas políticas públicas.

Viviana Elizabeth Moreno, en el capítulo 8, se aboca a desentrañar y analizar la construcción de una toma de tierra y su trama organizacional al consolidarse como barrio autoconstruido del conurbano bonaerense, lo que involucró fuertes disputas en torno al control territorial y acceso al suelo. Los conflictos barriales involucraron a los vecindarios contiguos y el reconocimiento externo. Para ello, recupera el concepto de “prácticas colectivas” de Fernández Álvarez y se aboca a las distinciones que se establecen entre los fundadores del barrio y los habitantes que se sumaron luego, y al uso de la violencia como un recurso para acceder a la tierra. A su vez, se ocupa de los códigos compartidos por los vecinos de los inicios en contraste con los que se sumaron tiempo después a la trama organizativa y que propició la fragmentación de las iniciativas colectivas anteriores. Se detiene en las significaciones de la muerte de un dirigente barrial, que se tornó símbolo político de un grupo del asentamiento y que desplegó trabajos de la memoria en relación con ese hecho y las tareas comunitarias que este realizó. En síntesis, pone en el tapete los tópicos de la violencia en la construcción de una ocupación de suelo y los conflictos organizativos y sus efectos simbólicos y memoria en un barrio de la periferia.

El capítulo 9, a cargo de Cintia Rizzo, analiza la experiencia de gestión e implementación de dos programas de mejoramiento habitacional en Argentina desde la perspectiva de la participación ciudadana. El Programa 17 (1996-1999), desarrollado durante la etapa de reforma neoliberal que produjo la focalización de políticas sociales en programas asistencialistas, y el Programa Mejor Vivir II para Organizaciones Intermedias (2008-2015), en el contexto del proceso de institucionalización de la participación ciudadana desde un enfoque de derechos. El trabajo se centra en la experiencia de organizaciones intermedias del conurbano bonaerense en la gestión y ejecución de ambos programas, describiendo el contexto en el que se implementó cada uno de ellos, la perspectiva predominante desde la gestión gubernamental en torno a la problemática habitacional en cada período, los actores intervinientes y la agenda pública en relación con la cuestión. Por otra parte, aborda la relación establecida desde las organizaciones con el Estado para la implementación de la política pública, así como el impacto de la participación de las organizaciones en la gestión de programas y proyectos. Muestra los cambios y las continuidades en las modalidades de gestión y ejecución de los programas mencionados, teniendo como hipótesis que el Programa 17 fue performativo del Mejor Vivir para Organizaciones Intermedias, sentando las bases para la institucionalización de un “modo de hacer” en cuanto al mejoramiento habitacional, no solo en el marco del Estado, sino para las organizaciones sociales y ONG.

Bibliografía

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  1. En este libro vamos a utilizar indistintamente los términos “asentamientos populares” y “urbanizaciones populares” u otros similares para hacer referencia a los barrios autoproducidos por medio de la ocupación de tierra vacante (pública o privada) y que fueron autourbanizando sus habitantes mientras autoconstruían sus viviendas. Por otra parte, también recuperamos los términos nombrados por los propios pobladores en cada localidad argentina, a la que haremos referencia en cada capítulo. Recurriremos a la denominación “barrio popular” para aludir a estas ocupaciones de suelo cuando reproduzcamos datos del Registro Nacional de Barrios Populares (RENABAP).


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