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1 La acumulación de capital y las particularidades de la esfera de la producción agraria

Introducción

El presente capítulo se propone presentar las nociones de la crítica de la economía política que guiaron esta investigación. Con ese fin, en una primera parte, se exponen los principales aspectos que determinan a la sociedad capitalista como una sociedad de mercancías, en la cual el propósito final de todo movimiento es la valorización del capital. Sobre esta base, y en la línea de lo desarrollado por Marx en El capital, presentaremos los aspectos peculiares que hacen a la fuerza de trabajo la única mercancía cuyo uso en el proceso de producción crea valor y plusvalía. Luego, focalizaremos en las transformaciones que la búsqueda de la ampliación de esta plusvalía provoca en la clase trabajadora, enfatizando, por la importancia que tiene para nuestro caso de estudio, en la producción de una porción de los asalariados como sobrepoblación relativa.

A partir de este desarrollo, nos dedicaremos de lleno al estudio de las especificidades que presenta el proceso de acumulación de capital en la esfera agraria. En ese camino, debido a la diversidad de agentes que intervienen en esta esfera de la producción, nos enfocaremos en el papel específico que desempeñan los individuos en el conjunto de las relaciones a través de las cuales se organiza el proceso de vida material. Para ello, en primer lugar, expondremos algunos de los fundamentos esenciales de la crítica de la economía política respecto al rol del capital social global como “el sujeto concreto inmediato de la producción y el consumo sociales” (J. Iñigo Carrera, 2013, p. 12). Enfatizaremos en que, desde esta perspectiva, los individuos son personificaciones de mercancías. Partiendo de esta base, presentaremos los rasgos fundamentales de las personificaciones que operan en la producción general de acuerdo a la mercancía que se personifique: el capital, la fuerza de trabajo y la propiedad territorial. Luego, daremos cuenta de las dificultades que implica la identificación de estos papeles “en estado puro” en la rama agraria por la heterogeneidad de sujetos sociales que la componen: capitalistas que a su vez son terratenientes, capitalistas que a su vez personifican a la fuerza de trabajo, obreros rurales que realizan trabajo extrapredial y, complementariamente, producen en sus propias tierras para la venta y el autoconsumo, entre otros.

Dada esta complejidad, para avanzar en la identificación de la constitución primaria de los sujetos sociales de la esfera agraria, se recupera especialmente el planteo de Caligaris (2017a) el cual postula que la clave para comprender esta heterogeneidad reside en que la producción agraria es una rama colonizada por el pequeño capital. En esa línea, y como resultado de tal condición, en la esfera de la producción agraria, estos capitales, muestran una tendencia a la personificación simultáneamente de la propiedad del capital, la tierra y/o la fuerza de trabajo.

Sobre esta base, uno de los principales argumentos que sostiene esta tesis es que, este predominio en términos productivos del pequeño capital, en el caso paraguayo, es acompañado por un masivo sector de sujetos sociales que también presentan dicha simultaneidad de personificaciones pero no sujeta a su reproducción como pequeños capitales sino como fuerza de trabajo. Nuestro trabajo se centra en estos últimos sosteniendo que, dadas las condiciones de dicha reproducción, constituyen una población trabajadora superflua.

De hecho, como la hipótesis que ha guiado nuestra investigación se desprende del examen de las condiciones de reproducción que determinarían a una gran porción de esta fuerza de trabajo como sobrepoblación relativa, dedicaremos la última parte de este capítulo a presentar el criterio desde el cual nos paramos en la investigación para distinguir aquellos agentes que se reproducen como pequeños capitales de aquellos que lo hacen como fuerza de trabajo. En el marco de la compleja y heterogénea estructura agraria paraguaya, esta distinción, probablemente, ha sido uno de los principales desafíos que enfrentó nuestra investigación pero, a su vez, uno de sus ejercicios más fructíferos.

Vale aclarar, antes de iniciar con nuestro desarrollo que, como es sabido, en el marxismo no existe una visión unificada de los tópicos que abordaremos en este apartado y que constituyen las bases del enfoque que ha guiado nuestra investigación. Frente a esto, para la presentación que se desarrolla a continuación se optó por el trabajo directo con la obra original de Marx (1992, 2004, 2012, 2013b, 2013a, 2014a, 2014b, 2016) y algunos desarrollos surgidos de la lectura que, sobre esa base, elaboraron Juan Iñigo Carrera (2008, 2013, 2017) y otros autores que suscriben a su enfoque (Caligaris, 2017b, 2017a; Mussi, 2009; Starosta, 2015, entre otros). En este sentido, si bien como estrategia expositiva se intentó prescindir de la referencia a otras interpretaciones existentes sobre esta obra cardinal del pensamiento marxiano, en el transcurso de nuestro trabajo se hará referencia a aquellos aspectos controversiales y las posiciones principales sobre ello, siempre y cuando, estén relacionados a aspectos determinantes de los fenómenos que aquí estamos estudiando.

1. Una sociedad de mercancías

En El capital, Marx expone una crítica científica al modo de producción capitalista. Como uno de los fundamentos esenciales de su argumento es que el supuesto general de la sociedad capitalista es la producción privada e independiente de mercancías para el intercambio, el punto de partida de su exposición es el análisis de la mercancía.

En este marco, para satisfacer sus necesidades, los individuos deben comprar y vender mercancías. El valor de estas mercancías está determinado por “el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción” (Marx, 2004, p. 226), es decir, el trabajo abstracto que se materializa en la misma o, dicho de otro modo, el gasto productivo de energía humana invertido en el objeto. Las mercancías, entonces, son objetos intercambiables por ser materializaciones de cantidades de trabajo socialmente necesario realizado de manera privada e independiente.[1] Pero, como indica J. Iñigo Carrera (2007a): “[el trabajo aplicado a la producción de mercancías] [es aquel] cuyo producto no tiene por fin inmediato satisfacer el proceso de metabolismo individual de su productor, sino alimentar un proceso de metabolismo social” (p. 31). Con la concreción del intercambio, los trabajos realizados por cada individuo demuestran su vínculo con el trabajo social global. De esta forma, las relaciones sociales, en vez de ser directamente entre las personas, pasan a ser: “relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas” (Marx, 2004, p. 89). Siguiendo este argumento,

la misma división del trabajo que los convierte [a los individuos] en productores privados e independientes, hace que el proceso de producción y las relaciones suyas dentro de ese proceso sean independientes de ellos mismos, y que la independencia recíproca entre las personas se complemente con un sistema multilateral y propio de cosas (Marx, 2004, p. 226).

Subsumidos a estas condiciones, los individuos se vinculan entre sí a través del intercambio de sus productos. Esta imposibilidad de entablar relaciones sociales directas con otros individuos o, dicho de otro modo, esta capacidad social con la que aparecen dotados los productos de su trabajo es denominada por Marx (2004) “el carácter fetichista de la mercancía” (p. 87).

En resumen, el mercado es el ámbito en que los productos de los trabajos privados demuestran si los esfuerzos de sus creadores fueron socialmente válidos o no. Es decir que, si bien el valor nace en la producción, es en el intercambio que se manifiestan los atributos específicamente sociales de los trabajos privados. El trabajo social global, entonces, no es otra cosa que el conjunto de estos trabajos realizados en el ámbito privado, imprimiendo uno de los fundamentos esenciales de la forma capitalista de organizar la producción: la imposibilidad de comandar el trabajo social a partir de una racionalidad que exprese los intereses de la humanidad en su conjunto. Sin embargo, para comprender de lleno esta cuestión es preciso ir más a fondo en el análisis.

Como vimos hasta aquí, el valor es expresión de una magnitud determinada de trabajo. No obstante, en la esfera del intercambio, esto no se expresa directamente. Para demostrar su carácter socialmente útil no basta con que el producto de un trabajo privado se intercambie con el producto de otro trabajo privado. Para participar del trabajo social es necesario que el producto del trabajo privado se vincule, al mismo tiempo, con el resto de los productos del trabajo social. Con ese fin, tiene lugar la separación de una mercancía particular que opera como el equivalente general del conjunto de las mercancías. Esta mercancía, en su carácter de representante general del trabajo social, cumple la función de dinero: “Esa cristalización que es el dinero constituye un producto necesario del proceso de intercambio, en el cual se equiparan de manera efectiva y recíproca los diversos productos del trabajo y por consiguiente se transforman realmente en mercancías” (Marx, 2004, p. 106). [2]

Sin embargo, en el orden social que venimos analizando, el movimiento de las mercancías no es solo un proceso de trabajo con su posterior intercambio. El movimiento de mercancías en la sociedad capitalista es fundamentalmente un proceso de valorización. Este proceso de valorización “ocurre en la esfera de la circulación y no ocurre en ella” (Marx, 2004, p. 236). Es por ello que para poder revelar este segundo aspecto, es preciso traspasar la esfera de la circulación y meternos de lleno en la de la producción.

2. El proceso de valorización

Como hemos visto hasta aquí, en la sociedad capitalista los individuos participan del proceso de vida social a través de la compra y venta de mercancías. Al observar estas mercancías, desde la perspectiva de la esfera de la circulación, asistimos a un intercambio de equivalentes. Sin embargo, si ampliamos nuestra observación a la esfera de la producción, se nos revela el determinante esencial de este modo de producción: la transformación del dinero en capital. Un monto determinado de dinero se convierte en capital cuando el resultado de su puesta en circulación es un volumen de dinero mayor al que se contaba en el inicio. Utilizando uno de los esquemas propuestos por Marx esta diferencia puede ser representada de la siguiente manera: D – M – D´.

Pero este cambio en la magnitud del dinero (de D a D´) no puede originarse en ese dinero mismo: “pues como medio de compra y en cuanto medio de pago sólo realiza el precio de la mercancía que compra o paga, mientras que, si se mantiene en su propia forma, se petrifica como magnitud invariable de valor” (Marx, 2004, p. 203). El incremento tampoco puede ser el resultado del segundo acto de la circulación (la reventa de la mercancía: M-D´), ya que esto no es más que la conversión de la forma natural de la mercancía a dinero.

El cambio, entonces, solo puede operarse con la mercancía que se compra en el primer acto (D-M) pero no como resultado de su intercambio sino de su uso. En tal sentido, la única mercancía que cuenta con la capacidad extraordinaria de, en su uso o consumo, crear valor es la “capacidad de trabajo o fuerza de trabajo” (Marx, 2004, p. 203).

2.1 La fuerza de trabajo como mercancía

Marx define la fuerza de trabajo como “el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la persona viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole” (Marx, 2004, p. 203). Sin embargo, no en cualquier sociedad la fuerza de trabajo o la capacidad de trabajar está disponible en el mercado como mercancía. Para que esto suceda, su poseedor debe poder disponer “libremente” de ella para su venta:

El dinero y la mercancía no son capital desde un primer momento, como tampoco lo son los medios de producción y de subsistencia. Requieren ser transformados en capital. Pero esta transformación misma sólo puede operar bajo determinadas circunstancias coincidentes: es necesario que se enfrenten y entren en contacto dos clases muy diferentes de poseedores de mercancías; a un lado los propietarios de dinero, de medios de producción y de subsistencia, a quienes les toca valorizar, mediante la adquisición de fuerza de trabajo ajena, la suma de valor de la que se han apropiado; al otro lado, trabajadores libres, vendedores de la fuerza de trabajo propia y por tanto vendedores de trabajo (Marx, 2012, p. 893).

En tal sentido, la relación social dominante en el capitalismo presupone la escisión entre los trabajadores y la propiedad sobre los medios de trabajo. Es así que, más allá de que la exposición presentada en El capital sea fundamentalmente sistemática, Marx dedica varias secciones de la obra al curso histórico en el que se originaron estos procesos. Uno de los capítulos más significativos al respecto es el dedicado a la génesis histórica de la acumulación capitalista: “Todo el proceso parece suponer una acumulación ‘originaria’ previa a la acumulación capitalista (‘previous accumulation’, como la llama Adam Smith), una acumulación que no es el resultado del modo de producción capitalista, sino su punto de partida” (Marx, 2012, p. 891).

En esta línea, “acumulación originaria” es el término acuñado por Marx para explicar las violentas transformaciones que sirvieron de punto de partida al modo de producción capitalista. Entre ellas, se destaca el despojo de la tierra de la población rural que significó, la disolución de las relaciones que convertían a los trabajadores en propiedad de terceros y, a su vez, la disolución de la propiedad que dichos productores directos ejercían sobre sus medios de producción.[3]

2.2 La plusvalía

Retomemos ahora sí el curso sistemático de nuestra exposición. Despojado de los medios de producción, el obrero solo cuenta con la venta de su fuerza de trabajo para acceder al trabajo social global:

Él y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y traban relaciones mutuas en calidad de poseedores de mercancías dotados de los mismos derechos, y que sólo se distinguen por ser el uno vendedor y el otro comprador; ambos, pues, son personas jurídicamente iguales (Marx, 2004, p. 204).

Para el obrero su fuerza de trabajo, reviste “la forma de una mercancía que le pertenece” (Marx, 2004, p. 207). Esta mercancía, a su vez, a diferencia del resto, presenta la “peculiaridad de ser fuente de valor” (Marx, 2004, p. 203), es decir que su consumo o uso en el marco del proceso de producción, crea valor para su comprador, el capitalista, que solo le paga en forma de salario su valor como fuerza de trabajo. Todas las horas que el obrero trabaja, una vez que ha alcanzado lo necesario para su reproducción, son apropiadas por el capitalista para obtener su ganancia constituida por la plusvalía.

El motor de la producción material no es la producción de valores de uso para la satisfacción de necesidades humanas sino la obtención de este plusvalor surgido de la explotación de la fuerza de trabajo en la producción. De todos los componentes del capital adelantado que el capitalista “invierte”, la fuerza de trabajo es la única capaz de producir un excedente de valor por encima del mismo.

En este sentido, para Marx (2004), al igual que con las otras mercancías, el valor de la fuerza de trabajo, “se determina por el tiempo de trabajo necesario para la producción, y por tanto también para la reproducción, de ese artículo específico” (p. 207). Pero, como dicha mercancía solo existe como facultad de un individuo, el tiempo de trabajo de su producción no es otro que el necesario para la producción de sus medios de subsistencia. Cabe agregar que esto incluye “los medios de subsistencia de los sustitutos, esto es, de los hijos de los obreros, de tal modo que pueda perpetuarse en el mercado esa raza de peculiares poseedores de mercancías” (Marx, 2004, p. 209). Ahora bien, en este punto agrega: “por oposición a las demás mercancías, […]la determinación del valor de la fuerza laboral encierra un elemento histórico y moral” (Marx, 2004, p. 108).

Como señalan Starosta y Caligaris (2017), al interior del marxismo se ha convertido en un “saber convencional”(p. 127) la idea de que dicho “elemento histórico y moral” del valor de la fuerza de trabajo está determinado por la lucha de clases.[4] Sin embargo, según estos autores,

[n]o existe un solo pasaje en El capital, ni en cualquiera de sus borradores, donde se pueda leer esta conexión causal. Más aún, no hay ningún pasaje donde se afirme que la cantidad y el tipo de los medios de subsistencia que consume la clase obrera resultan del balance de fuerza entre las clases (Starostay Caligaris, 2017, p. 127).

En esa línea, volviendo a la definición propuesta por Marx, tenemos que,

si el propietario de la fuerza de trabajo ha trabajado en el día de hoy, es necesario que mañana pueda repetir el mismo proceso bajo condiciones iguales de vigor y salud. La suma de los medios de subsistencia, pues, tiene que alcanzar para mantener al individuo laborioso en cuanto tal, en su condición normal de vida (Marx, 2004, p. 208).

Desde el enfoque que ha guiado nuestra investigación, esta “normalidad” se constituye a partir tanto de capacidades físicas como mentales plenas. Si, en cambio, “el precio de la fuerza de trabajo […] cae por debajo de su valor, […] en tal caso solo puede mantenerse y desarrollarse bajo una forma atrofiada” (Marx, 2004, p. 210). Dada la importancia de este punto en lo que constituye la definición cualitativa de nuestro objeto de estudio, será profundizado posteriormente, cuando expongamos las diferencias que supone la referida “normalidad” para un trabajador industrial y para un trabajador agrícola.

Ahora bien, retomando nuestra exposición en relación a la fuerza de trabajo en el marco del proceso de producción concreto, tenemos que, la puesta en acción de dicha fuerza de trabajo solo es posible si se adelantan al mismo tiempo, las condiciones de producción (medios de trabajo, maquinaria, materia prima, etc.). En resumen, el capitalista, “sólo puede llevar a cabo el proceso de explotación del trabajo por el hecho de que, en cuanto propietario de las condiciones de trabajo, se opone al obrero en cuanto mero propietario de la fuerza de trabajo” (Marx, 2016: 47-48). En este sentido,

[e]l capitalista produce la mercancía no por la mercancía misma, no por su valor de uso ni para su consumo personal. El producto que interesa en realidad al capitalista no es el propio producto palpable, sino el excedente de valor del producto por encima del valor del capital consumido en él (Marx, 2016: 47).

2.3 Distintos tipos de plusvalía

Marx hace referencia a dos modalidades mediante las cuales el plusvalor puede incrementarse en favor del capital. Por un lado, la que denomina plusvalía absoluta, que surge de la prolongación de la jornada laboral más allá del tiempo de trabajo necesario para reproducir el valor de la fuerza de trabajo. Y, por el otro, la plusvalía relativa que surge de la reducción del tiempo de trabajo necesario para la reproducción del obrero. Esta última tiene lugar como resultado del acrecentamiento de las fuerzas productivas en los ramos vinculados directa o indirectamente al suministro de los medios de subsistencia necesarios para la reproducción de los obreros. En este sentido, lo que se produce no es un cambio en la duración de la jornada laboral en sí misma, sino un cambio relativo en la proporción de dicha jornada que es destinada a la reproducción de la fuerza de trabajo. La búsqueda incesante de producir plusvalía relativa, lleva al capital a una constante revolución del proceso material de producción.

3. Capital total de la sociedad y plusvalía relativa

En el modo de organizar la producción que venimos examinando lo único que pone en marcha el trabajo social no es la producción de valores de uso sino la acumulación de capital. Pero esto, lejos de ser un fenómeno estático, es un movimiento, un “proceso cíclico a través de distintas fases” (Marx, 2013b, p. 123). En tal sentido, el proceso capitalista de producción, “no solo produce mercancías, no solo produce plusvalor, sino que produce y reproduce la relación capitalista misma: por un lado el capitalista, por la otra el asalariado” (Marx, 2013a, p. 712).

Entonces, en una primera aproximación, podríamos decir que la valorización del capital adelantado implica dos instancias. En primer lugar, la producción de la mayor cantidad posible de plusvalor. En segundo lugar, la transformación de dicho plusvalor en nuevo capital.

El capitalista no sólo tiene que formar un capital de reserva para precaverse frente a las oscilaciones de precios y poder esperar las coyunturas más favorables para comprar y vender; debe acumular capital para expandir así la producción e incorporar los adelantos técnicos a su organismo productivo (Marx, 2013b, p. 141).

Pero esto se da en el marco de una competencia con otros capitales individuales que lo empuja permanentemente a la búsqueda de abaratar sus mercancías. Lo cual, depende, “cæteris paribus [bajo condiciones en lo demás iguales], de la productividad del trabajo, [que] […] a su vez [depende] de la escala de la producción. De ahí que los capitales mayores se impongan a los menores” (Marx, 2012, p. 778).

En tal sentido, Marx afirma que la centralización se convierte en una de las grandes palancas del desarrollo técnico. La centralización, además de acelerar y abreviar la transformación de los procesos de producción, facilita la incorporación de maquinarias y nuevas tecnologías, potenciando la acumulación sobre la base de la producción de plusvalía relativa:

El modo de producción específicamente capitalista, el consiguiente desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el cambio que ocasiona ese desarrollo en la composición orgánica del capital, no sólo corren parejas con el progreso de la acumulación o el incremento de la riqueza social. Avanzan con una rapidez incomparablemente mayor, puesto que la acumulación simple o la expansión absoluta del capital global van acompañadas por la concentración de sus elementos individuales, y el trastocamiento tecnológico del pluscapital por el trastocamiento tecnológico del capital original (Marx, 2012, p. 783).

Esta búsqueda incesante e inevitable de producción de plusvalía relativa subsume al obrero a su propio producto, “en cuanto éste mismo actúa como el sujeto social concreto que le impone la constante revolución de las condiciones materiales de su trabajo” (J. Iñigo Carrera, 2013, p. 16). Ahora bien, antes de profundizar en esta cuestión, conviene aclarar que hasta aquí nos hemos enfocado en el análisis de la acumulación de capital desde el punto de vista de un capital individual. Sin embargo, habiendo llegado a este punto de la exposición es necesario abordar el análisis de la producción capitalista en tanto proceso global.[5]

Como ya hemos dicho, el objeto inmediato de la producción social no es la producción de valores de uso para la satisfacción de las necesidades humanas. En esta forma de organización social, tanto el trabajo, como el movimiento de las mercancías resultantes –y, por ende, de los individuos que las personifican–, en sus distintos ciclos y formas, están regidos por la necesidad de valorizar el valor. En palabras de J. Iñigo Carrera (2013):

El capital no es sino la forma histórica específica en que la capacidad para organizar el trabajo de la sociedad se pone en marcha como atributo portado en una cosa producto del trabajo social anterior, con el fin inmediato de producir más de esa capacidad para organizar el trabajo social como atributo del producto material del trabajo anterior (p. 12).

En definitiva, la producción social se encuentra regida por una relación social general que es “producida en el propio proceso de la producción material” (J. Iñigo Carrera, 2013, pp. 12-13). Esta expansión permanente regida por la necesidad de producir más de esta relación social general materializada, renueva constantemente la necesidad de su producción en escala ampliada (J. Iñigo Carrera, 2013). En tal sentido, el capital, en su condición de sujeto, no es otra cosa que la forma específica con que se resuelve la unidad del trabajo social. De este modo, el valor se convierte en “un sujeto automático” (Marx, 2004, p. 188) cuyo impulso vital es la autovalorización, “el sujeto (enajenado) de la unidad del proceso de reproducción social” (Starosta y Caligaris, 2017, p. 251). Dicho sujeto, lleva en sí la necesidad de revolucionar las condiciones técnicas en pos de la producción de plusvalía relativa. En ese marco, como señala a J. Iñigo Carrera (2013), “obrero y capitalista no tienen más voluntad ni existencia social que como encarnaciones de las potencias del capital, la revolución constante en que se realizan estas potencias revoluciona su determinación como sujetos sociales enajenados” (p. 16).

La valorización del capital encuentra su forma más potente en la producción de plusvalía relativa. El desarrollo del modo de producción capitalista, bajo la forma de la producción de plusvalía relativa fue transformando el proceso de trabajo y con ello a la fuerza de trabajo y sus atributos productivos. En tal sentido, con la aparición del sistema de la maquinaria, propio de la gran industria, “se superan todas las trabas que la intervención de la subjetividad del obrero individual en la ejecución de su proceso de trabajo puede imponer a la extracción de plusvalía” (J. Iñigo Carrera, 2013, pp. 16-17). Siguiendo a Marx (2013b), si “[e]n la manufactura, la revolución que tiene lugar en el modo de producción toma como punto de partida la fuerza de trabajo, en la gran industria, [es] el medio de trabajo” (p. 451).

Como desarrolla J. Iñigo Carrera (2013), en el marco de la gran industria, la capacidad para controlar la integralidad del proceso de trabajo se enfrenta al obrero como un atributo objetivado en la maquinaria de la cual el obrero colectivo aparece meramente como un apéndice. Convertido en el sujeto materializado del proceso de producción, el sistema de maquinarias tiene su propia organicidad determinada por la capacidad objetivada para organizar este proceso de manera íntegra. Esta capacidad objetivada es el producto de un conocimiento que alcanza a la integridad de los procesos naturales sobre los que va a operar la maquinaria. Este conocimiento o la ciencia, aparece como la forma concreta necesaria de producirse la capacidad para organizar el proceso de trabajo del obrero colectivo de la gran industria:

[E]l capital avanza, por primera vez en la (pre)historia humana, en la generalización de la implementación de la ciencia como una potencia inmediata del proceso directo de producción […]. Nótese, sin embargo, que a esta altura de la exposición el conocimiento científico no aparece como una actividad productiva sino tan solo como ya objetivada bajo la forma de la máquina, y por lo tanto como algo que la existencia de ésta última presupone (Starostay Caligaris, 2017, p. 178).

Estas transformaciones en el proceso de trabajo, impactan de lleno en la subjetividad de los obreros.[6] En primer lugar, como afirman Starosta y Caligaris (2017), “la gran industria […] conlleva un desarrollo científico enorme de las facultades intelectuales del proceso de producción” (p. 179). En tal sentido, por un lado, “degrada al obrero de la manufactura, lo descalifica, objetivando sus atributos bajo la forma del sistema de maquinaria, reduciéndolo a mero apéndice de la misma” (Seiffery Arakaki, 2019, p. 221). Pero, por el otro, “de­sarrolla la conciencia científica de los obreros, cuyo rol es avanzar en la capacidad para controlar las fuerzas naturales aplicadas a la producción y la organización consciente de su propio proceso de trabajo”(Seiffery Arakaki, 2019, p. 221). En esta línea, como profundiza Cazón (2021):

[L]a tendencia al desarrollo del carácter científico de la producción […] es, a nuestro entender, realizado por una porción creciente de la clase obrera. El desarrollo de la ciencia, su aplicación en la maquinaria, el avance en el control y organización del proceso productivo y en la formación de atributos productivos de la fuerza de trabajo es realizado por vendedores y vendedoras de fuerza de trabajo que desarrollaron sus capacidades productivas a través del sistema educativo formado por otros vendedores y vendedoras de fuerza de trabajo. Es más, la producción de conocimiento científico se vuelve una rama específica de la producción social integrada por capitales individuales o instituciones de los estados nacionales donde trabajan vendedores y vendedoras de fuerza de trabajo haciendo esos desarrollos (p. 2).

Este punto que no alcanza a ser desarrollado por Marx en El capital, es puesto de relieve por J. Iñigo Carrera (2013) y constituye uno de los aportes centrales de su punto de vista respecto a las determinaciones de la subjetividad productiva. Como sintetizan Starosta y Caligaris (2017):

Mientras que el sistema de maquinaria conlleva la descalificación progresiva de los trabajadores que realizan lo que queda de trabajo directo –al punto de vaciar su trabajo de todo contenido distinto de la repetición mecánica de tareas en extremo simples– también conlleva la expansión tendencial de la subjetividad productiva de los miembros del órgano intelectual del obrero colectivo (pp. 196-197). [7]

Por último, por cada salto o “progreso” en la producción de plusvalor relativo mediante el sistema de maquinaria, el capital transforma a una porción creciente de la clase obrera en sobrante para su proceso de valorización. Esto quiere decir que, al tiempo que aumenta “el volumen, concentración y eficacia técnica de los medios de producción, se reduce progresivamente el grado en que éstos son medios de ocupación para los obreros” (Marx, 2012: 781). En tal sentido, y como desarrollaremos a continuación, Marx considera que el capital tiene una ley de población específica que produce una población relativamente sobrante a las necesidades de su acumulación.

4. Producción de una sobrepoblación relativa como condición de existencia de la acumulación

En El capital, la cuestión de la sobrepoblación relativa, aparece presentada, en un primer momento, desde el punto de vista del capital individual. En su fase de consumo productivo, el capital adelantado por el capitalista se distingue en dos partes. Por un lado, un componente pasivo, el capital constante, que es la parte de capital que “se transforma en medios de producción, esto es, en materia prima, materiales auxiliares y medios de trabajo” y se la denomina constante porque “no modifica su magnitud de valor en el proceso de producción.” (Marx, 2004, p. 252). Y, por el otro, el capital variable que, como componente activo, es la parte de capital convertida en fuerza de trabajo. Como vimos, la fuerza de trabajo, en el proceso de producción, reproduce su propio equivalente y un excedente por encima del mismo, el plusvalor.

La introducción de la maquinaria con el objetivo de incrementar la productividad del trabajo y de la mano de ella, la plusvalía relativa, tiene lugar cuando el trabajo objetivado en dicha máquina es igual o menor al trabajo vivo pago que sustituye. Cuando ello sucede, lo que se observa, desde el punto de vista del capital individual, es que el resultado de la incorporación de maquinaria, es decir, de la expansión del capital constante, se traduce en una disminución del capital variable. Dicho de otro modo, al incrementar el factor objetivo del proceso de trabajo, disminuye el factor subjetivo.

Desde el punto de vista del movimiento del capital social global, tal como se lo presenta ulteriormente en la exposición de Marx, en el contexto de crecimiento del capital constante por un incremento de la plusvalía relativa, para que el capital variable pueda crecer en la misma medida, el capital total debe crecer a una proporción y velocidad cada vez mayor. Esto constituye un punto polémico en la exposición de Marx puesto que el capital global podría crecer lo suficiente para contrarrestar el efecto del crecimiento del capital constante a expensas del variable. Sin embargo, la producción de sobrepoblación relativa no es, meramente, el resultado de las relaciones cuantitativas entre los componentes del capital global. Lejos de eso, como veremos a continuación, la producción de sobrepoblación relativa es una necesidad cualitativa del capital global en su movimiento:

La acumulación capitalista produce de manera constate, antes bien, y precisamente en proporción a su energía y a su volumen, una población obrera relativamente excedentaria, esto es, excesiva para las necesidades medias de valorización del capital y por tanto superflua (Marx, 2012, pp. 783-784).

Este proceso pone de manifiesto la ley de población específica del modo de producción capitalista, en palabras de Marx (2012),

[c]on la magnitud del capital social ya en funciones y el grado de incremento con la expansión de la escala de producción y de la masa de los obreros puestos en movimiento, con el desarrollo de la fuerza productiva de su trabajo, con la fluencia más caudalosa y plena de todos los manantiales de la riqueza, se amplía también la escala en que una mayor atracción de los obreros por el capital está ligada a una mayor repulsión de los mismos, aumenta la velocidad de los cambios en la composición orgánica del capital y en su forma técnica y se dilata el ámbito de las esferas de producción en las que el capital, ora simultánea, hace presa. La población obrera, pues, con la acumulación del capital producida por ella misma, produce en volumen creciente los medios que permiten convertirla en relativamente supernumeraria. Es esta una ley de población que es peculiar al modo de producción, ya que de hecho todo modo de producción histórico particular tiene sus leyes de población particulares, históricamente válidas (pp. 785-786).[8]

Esta “sobrepoblación obrera” que es producto necesario de la acumulación en la sociedad capitalista, opera, a su vez, como “palanca” de la acumulación (Marx, 2012, p. 786) ya que se constituye en un ejército industrial de reserva disponible para los momentos de expansión del capital, al tiempo que rige, con su aumento y su descenso, los movimientos generales del salario:

Durante los períodos de estancamiento y de prosperidad media, el ejército industrial o sobrepoblación relativa ejerce presión sobre el ejército obrero activo, y pone coto a sus exigencias durante los períodos de sobreproducción y de paroxismo. La sobrepoblación relativa, pues, es el trasfondo sobre el que se mueve la ley de la oferta y la demanda de trabajo. Comprime el campo de acción de esta ley dentro de los límites que convienen de manera absoluta al ansia de explotación y el afán de poder del capital (Marx, 2012, pp. 795-796).

Por ello, lejos de ser un efecto contingente, este ejército industrial de reserva a disposición del capital, no es otra cosa que “condición de existencia del modo capitalista de producción” (Marx, 2012, p. 786). Al punto que,

[t]oda la forma de movimiento de la industria moderna deriva, pues, de la transformación constante de una parte de la población obrera en brazos desocupados o semiocupados […]. Así como los cuerpos celestes, una vez arrojados a un movimiento determinado, lo repiten siempre, la producción social hace otro tanto no bien es lanzada a ese movimiento de expansión y contracción alternadas. Los efectos se convierten en causas, y las alternativas de todo el proceso, que reproduce siempre sus propias condiciones, adoptan la forma de la periodicidad. Una vez consolidada esta forma, hasta la economía política comprende que producir una población excedentaria relativa, esto es, excedentaria respecto a la necesidad media de valorización del capital, es una condición vital de la industria moderna (Marx, 2012, pp. 788-789).

4.1 Modalidades de sobrepoblación relativa

Como profundizaremos a lo largo de este trabajo, entonces, consideraremos sobrepoblación relativa a “toda la población obrera que no puede asegurar su propia reproducción porque no logra, sea total o parcialmente, vender su fuerza de trabajo” (Donaire et al., 2016, p. 8). Esta porción excedentaria de la población obrera presenta distintas formas (Marx, 2012, p. 798). En primer lugar, la denominada “fluctuante”, absorbida y repelida por las distintas ramas de la industria, principalmente urbanas, en función de las necesidades cíclicas de la acumulación de capital y los movimientos del capital de una rama a la otra en función de la formación de la tasa media de ganancia. En segundo lugar, la sobrepoblación “latente”, referida a la fuerza de trabajo desplazada como resultado del desarrollo de la producción capitalista en la agricultura pero que permanece “latente” en el espacio rural hasta ser requerida en otras ramas con la suficiente fuerza como para propiciar su migración (Marx, 2012). Y, en tercer lugar, la sobrepoblación estancada que forma parte “del ejército obrero activo”, pero su ocupación no le permite reproducirse como fuerza de trabajo en las condiciones normales. Sobre esta base, algunos autores, consideran que de la exposición de Marx se desprende una cuarta modalidad: el pauperismo o sobrepoblación consolidada (Cazón et al., 2015; J. Iñigo Carrera, 2013). Este sector está constituido tanto por población obrera apta para el trabajo, como por indigentes o personas incapacitadas de trabajar, disponibles en tal magnitud que el capital no compra su fuerza de trabajo ni siquiera por debajo de su valor, provocando la degradación progresiva de sus atributos productivos. Al respecto Marx (2004) afirma:

El pauperismo constituye el hospicio de inválidos del ejército obrero activo y el peso muerto del ejército industrial de reserva. Su producción está comprendida en la producción de pluspoblación, su necesidad en la necesidad de ésta, conformando con la misma una condición de existencia de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza (p. 802-803).

Dada la relevancia de esta cuestión para el estudio que estamos emprendiendo, será retomada sobre la base del análisis concreto en los siguientes capítulos.

4.2 El modo de producción capitalista y la mutilación del ejercicio de la capacidad genérica humana

La vida humana, en tanto proceso de metabolismo del sujeto con su medio, se distingue genéricamente por el trabajo como una acción consciente y voluntaria de transformación del medio en valores de uso (J. Iñigo Carrera, 2013; J. Iñigo Carreray V. Iñigo Carrera, 2017). Si bien la capacidad de trabajar es portada por cada individuo, las fuerzas productivas del trabajo brotan de su carácter social. En esta línea, la capacidad humana de avanzar en la apropiación del medio no es otra cosa que el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social. Asimismo el modo de producción es la concreción de la forma asumida por la organización de la vida humana a través del cual “se establece la unidad entre el carácter individual y social del trabajo” (Cazón et al., 2015, p. 3).

Mientras en los modos de producción anteriores, el trabajo social concreto era asignado a cada individuo a través de diversos vínculos de dependencia personal (lo que presuponía la ligazón perso­nal del trabajador con sus medios de produc­ción), la sociedad capitalista, como hemos visto, se organiza en torno a la realización privada del trabajo social:

[e]n el momento que cada unidad privada de trabajo social se pone en marcha, lo hace sin haberse establecido la unidad de su producción respecto de la necesidad social por los valores de uso respectivos, o sea, con independencia respecto de las determinaciones del consumo de su producto. La unidad entre producción y consumo sociales recién se pone de manifiesto a posteriori, mediante la representación del gasto genérico de trabajo socialmente útil mate­rializado de manera privada en sus productos, como el atributo de cambiabilidad de éstos, como su valor, determinándolos bajo la forma históricamente específica de mercancías […]. La producción de valores de uso para la vida humana se encuentra así mediada por la producción de valor […] (J. Iñigo Carrera y V. Iñigo Carrera, 2017, p. 124).

La disolución de las relaciones a la que ya hemos hecho referencia, supuso la separación del productor directo respecto de sus medios de producción. Esto determina a quien trabaja como un individuo doblemente libre que, por un lado, es poseedor de su propia fuerza de trabajo pero, por el otro, se halla separado de los medios necesarios para poner esa fuerza de trabajo en acción (J. Iñigo Carrera, 2013). En la forma privada de organización de la producción social, es el capital el que pone en contacto a esta fuerza de trabajo doblemente libre con sus medios de producción con la finalidad inmediata de producir plusvalor (J. Iñigo Carreray V. Iñigo Carrera, 2017). Es así que en una sociedad en que el capital es “el vínculo social general que organiza la vida natural de la propia población obrera, el ser relativamente sobrante para el capital es serlo para la vida natural misma” (J. Iñigo Carreray V. Iñigo Carrera, 2017, p. 127). Como hemos visto hasta aquí, es el propio capital que precisa de la explotación de la fuerza de trabajo para valorizarse, el que le arranca a algunas porciones de la población obrera el ejercicio de su capacidad para trabajar, mientras impone a otras, la venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor (al punto de que ya no puedan reproducirse en condiciones normales). Si como decíamos al inicio, la capacidad de trabajar es la que determina al género humano como tal, lo que está en juego para estos sujetos es nada más ni nada menos que “la afirmación de su condición genéricamente humana” (J. Iñigo Carreray V. Iñigo Carrera, 2017, p. 127).

5. El capital total y sus personificaciones

En una sociedad en la que la relación social capitalista se ha convertido en dominante, si bien los individuos son libres de “todo dominio personal ajeno” (J. Iñigo Carrera, 2013, p. 12) y, en tanto propietarios de mercancías, son iguales unos a otros, la reproducción de la vida depende del lugar que ocupa cada sujeto en el proceso de acumulación de capital. En este sentido, si nos preguntamos por el comportamiento social de los individuos y su motor en la sociedad capitalista, toma una relevancia central la noción de “personificación” (J. Iñigo Carrera, 2013; Marx, 2004). Tal como lo pone de manifiesto J. Iñigo Carrera (2013):

Necesitada de producir valor, la libre conciencia y voluntad individual del productor que organiza privada e independientemente su trabajo se encuentra sujeta a una determinación que le es históricamente específica. Debe someterse a la necesidad que le impone la forma de valor tomada por su propio producto material. Debe actuar como personificación de su mercancía. El productor se encuentra libre de toda servidumbre personal porque es el sirviente del carácter social de su producto (p. 11).

En este marco, los individuos han enajenado la capacidad para organizar su vida social en un proceso que no controlan y tiene la capacidad de ponerse en marcha por sí mismo para actuar como el sujeto de su propio desarrollo (Caligaris, 2017a). En esta línea argumental, de acuerdo a la mercancía que cada uno personifique -el capital, la fuerza de trabajo o la propiedad territorial- se configuran tres papeles diferenciados: capitalistas, trabajadores y terratenientes.

5.1 Capital individual y capitalista

El capitalista es el poseedor del dinero que actúa como capital y, como vimos, el objetivo de sus operaciones es la obtención de plusvalía. Tal como lo presenta Marx (2004),

[e]n su condición de vehículo consciente de ese movimiento, el poseedor de dinero se transforma en capitalista. Su persona, o, más precisamente, su bolsillo, es el punto de partida y de retorno del dinero. El contenido objetivo de esa circulación ̶ la valorización del valor ̶ es su fin subjetivo, y sólo en la medida en que la creciente apropiación de la riqueza abstracta es el único motivo impulsor de sus operaciones, funciona él como capitalista, o sea como capital personificado, dotado de conciencia y voluntad. Nunca, pues, debe considerarse el valor de uso como fin directo del capitalista. Tampoco la ganancia aislada, sino el movimiento infatigable de la obtención de ganancias (pp. 186-187).

Como señala Caligaris (2017a), las características asumidas por el capitalista dependen en gran medida del tipo de capital que se personifica:

Cuando se trata de la personificación de un capital exitoso y en pleno desarrollo, el consumo individual del capitalista en cuanto persona adquiere cierta flexibilidad y puede presentarse incluso bajo la figura de la suntuosidad y fastuosidad. […] En cambio, cuando se trata de la personificación de un pequeño capital, es vital que el consumo privado del capitalista se restrinja, constreñido por la salvaje competencia de sus cofrades, al mínimo posible. Y si en el caso del capital normal su personificación incluye la frívola conciencia de la ostentación y el lujo, en el caso del pequeño capital incluye la conciencia miserable de la abstinencia, el ahorro y la acumulación (pp. 38-39).

5.2 La fuerza de trabajo

Como hemos visto hasta aquí, desde el punto de vista de la crítica a la economía política, el obrero es el portador de la fuerza de trabajo, mercancía en cuya venta se funda el modo de producción capitalista en su totalidad. Para ello, el obrero debe ser, por un lado, propietario privado de su mercancía que es la fuerza de trabajo y, por el otro, no disponer de medios de producción. Es decir que, si bien es un sujeto libre por no estar sujeto a dependencia personal de nadie, desde el punto de vista del capital total de la sociedad, es forzado a vender su fuerza de trabajo para reproducirse.

Entre todas las mercancías, ésta, es la única que, además de tener valor, porta la potencia de crear valor. Y, como vimos, es esta potencia el fundamento de su vínculo con el capitalista. Una vez que el obrero ha producido lo necesario para reproducir su fuerza de trabajo, la porción excedente de la jornada laboral o plusvalía es apropiada por el capitalista. Como vimos anteriormente, Marx distingue dos maneras en que puede realizarse este excedente. Por un lado, la denominada plusvalía absoluta que surge de la prolongación de la jornada laboral más allá del tiempo de trabajo necesario para reproducir el valor de la fuerza de trabajo. Y, por el otro, la denominada plusvalía relativa que surge de la reducción del tiempo de trabajo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo como resultado del acrecentamiento de las fuerzas productivas en los ramos vinculados directa o indirectamente al suministro de los medios de subsistencia necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo.

En relación a la última, las capacidades y disposiciones de la clase obrera están determinados por los atributos productivos requeridos por el ca­pital (Starostay Caligaris, 2017) por lo cual, como ya desarrollamos, estos atributos se ven transformados por el aumento constante de la capacidad productiva del trabajo bajo la forma de producción de plusvalía relativa. Entre estas transformaciones una de las más relevantes es la conversión de masas enteras de seres humanos a la condición de sobrantes para las necesidades del capital.

5.3 La propiedad de la tierra

Como vimos en un inicio, en la sociedad cuyo fundamento es la producción de plusvalor, tienen valor los objetos que son resultado de trabajos realizados de manera privada e independiente para el intercambio. Sin embargo, como señala Marx, hay cosas cuya utilidad para el ser humano no ha sido “mediada por el trabajo” (Marx, 2004, p. 50): el aire, la tierra virgen, las praderas, etc. Algunas de estas cosas que tienen valor de uso y no valor, revisten o presentan socialmente un precio, es decir, “cosas que en sí y para sí no son mercancías […] pueden ser puestas en venta por sus poseedores, adoptando así, merced a su precio, la forma mercantil” (Marx, 2004, p. 125). Un ejemplo de esto es la tierra que, si bien no tiene valor “porque en ella no se ha objetivado ningún trabajo humano” (Marx, 2004, p. 125), tiene la “forma” de valor o de mercancía sin tener el “contenido” de tal.

En la sociedad capitalista, el sujeto que personifica esta mercancía tan particular, es el propietario de la tierra o terrateniente. Como afirma Caligaris (2017a), su papel social, a diferencia del capitalista y el obrero, no surge de la mercancía que tiene en la mano sino de un título jurídico sobre un valor de uso social. En esta relación social particular que tiene a su cargo personificar,

se ha invertido el curso de la relación social general, porque en vez de ser la relación económica el contenido de la relación jurídica, es ésta el contenido de aquella; aquí, el individuo tiene una mercancía porque es propietario, en vez de ser propietario por tener una mercancía (Caligaris, 2017a, p. 44).

Como veremos, esta característica de la propiedad de la tierra desempeña un papel fundamental en la inserción de la acumulación de capital en el ámbito agrario en el conjunto del proceso de acumulación de capital.

5.4 La personificación simultánea de distintas mercancías

Hasta aquí hemos visto las personificaciones que operan en la producción general. Sin embargo, como profundizaremos en la última sección de este capítulo, en el examen de la esfera de la producción agraria, encontramos que estas personificaciones no siempre son excluyentes, como señala Caligaris (2017a),

si hay algo que no se refleja inmediatamente en la “estructura social” de la producción agraria es la presencia de capitalistas, obreros y terratenientes como figuras sociales fijas y excluyentes […]. En efecto, tenemos, en primer lugar, a capitalistas que se especifican como pequeños capitalistas de diversos tamaños; en segundo lugar, a pequeños capitalistas que, por estar en el estrato más bajo del pequeño capital, son al mismo tiempo trabajadores; en tercer lugar, a terratenientes que pueden ser grandes o pequeños, pero que tienen su tamaño económicamente determinado; en cuarto lugar, tenemos a pequeños capitalistas que son al mismo tiempo terratenientes; en quinto lugar, tenemos a pequeños capitalistas que son al mismo tiempo terratenientes y trabajadores, esto es, aquellos individuos que la literatura especializada llama campesinos (p. 201).

Para este autor, la clave de esta heterogeneidad reside en la colonización de la esfera agraria por parte del pequeño capital. Sin embargo, antes de meternos de lleno en la presentación de las condiciones que determinan la repulsión del capital normal y el consecuente predominio del pequeño capital en la producción agraria, es preciso presentar, desde el punto de vista asumido por este enfoque, los determinantes de la diferenciación entre capitales y los distintos tipos de capital que de ello resultan.

6. Tasa general de ganancia, diferenciación de capitales y tipos de capitales

El capital, en su condición de sujeto, como ya hemos dicho, es la forma específica en la que se resuelve la unidad del trabajo social. También vimos que el impulso vital de dicho sujeto es la autovalorización por lo cual lleva en sí la necesidad de revolucionar las condiciones técnicas en pos de la producción de plusvalía relativa concretada en la competencia entre los capitales individuales por abaratar sus mercancías.

En este punto, Marx refiere a la existencia de una tasa general de ganancia como la unidad del movimiento de los capitales individuales en cuanto partes alícuotas del capital social global. Los capitales individuales, “realizan la unidad material del movimiento del capital social al actuar de manera privada e independiente como masas de valor que se valorizan en igual proporción respecto de su monto y tiempo de desembolso” (J. Iñigo Carrera, 2013, p. 133). Sin embargo, si bien esta tasa general de ganancia es lo que rige la unidad de los movimientos de los capitales individuales como órganos del capital total de la sociedad, al observar las formas concretas de estos movimientos, se evidencia que existen capitales con distintas tasas de ganancia que se mantienen en el tiempo, y que parecen no nivelarse en lo inmediato a través de la competencia.

Aunque Marx no alcanzó a tratar esta cuestión de manera acabada, recuperando la lectura desarrollada por J. Iñigo Carrera (2013), Caligaris (2019) sostiene que esto no se constituye en una invalidación de la ley marxiana.[9] Lejos de eso, para este autor, en el proceso de la formación de la tasa general de ganancia, el capital puede asumir las siguientes formas diferenciadas: capital normal, pequeño capital, capital potenciado y capital productor de innovación.

Se considera capital normal a aquellos capitales que tienen la capacidad de producir, “en el promedio de su movimiento” de acuerdo a las condiciones socialmente necesarias, es decir, “las condiciones que determinan el valor y, en consecuencia, el precio de producción de las mercancías” (Caligaris, 2019, p. 398). En cambio, un capital es pequeño cuando, por su incapacidad para producir en las condiciones sociales medias, no apropia la tasa general de ganancia. Es decir que, como afirma Mussi (2009a, 2009b), el pequeño capital, es aquel que, por la menor magnitud que adelanta, pone en marcha el proceso de trabajo con una productividad también menor a la normal. Ahora bien, cabe preguntarnos en este punto por el límite mínimo absoluto más allá del cual carece de sentido para estos pequeños capitales permanecer bajo la figura de capital productivo. Como hemos puesto de manifiesto en la introducción y como profundizaremos al final de este capítulo y en el capítulo 3, destinado a la caracterización de los sujetos sociales de la esfera de la producción agraria en Paraguay, el pequeño capital se mantiene en producción mientras, “el mayor precio de costo que implica su pequeña escala no se eleve por encima del precio de producción imperante en la rama” (Caligaris, 2019, p. 399), y en la medida que siendo el capitalista su propio obrero, obtiene por la venta de sus mercancías la suma suficiente para reponer el capital constante y su propio salario como trabajador.

Otro aspecto a tener en cuenta de este tipo de capital es que al no ser la apropiación de la ganancia media lo que determina su permanencia en producción, “se abre la posibilidad de que el precio de mercado que satisface su ganancia límite se encuentre por debajo del precio de producción de su rama” (Caligaris, 2019: 405). Esto es lo que determina que el pequeño capital pueda desplazar al normal de una rama de la producción. Es decir, lo que permite la colonización de una rama por parte del pequeño capital. Esta masa de valor que pierde el pequeño capital, es ganada por quien compra estas mercancías. Uno de sus cursos posibles es el surgimiento un nuevo tipo de capital, el capital potenciado, que compra abaratados o vende encarecidos los medios de producción a las ramas colonizadas por el pequeño capital. Se lo denomina así por potenciar su acumulación a partir de la captación de la porción de plusvalor que no logran apropiarse los pequeños capitales que producen a precios de producción que se ubican por debajo del precio de mercado normal.[10]

Por último, Caligaris (2019) distingue un cuarto tipo de capital al que denomina productor de innovación por estar vinculado a la especialización en la creación de medios de producción innovadores. Como vimos anteriormente, la plusvalía relativa se realiza cuando, como resultado de un aumento en la capacidad productiva del trabajo, un capital vende las mercancías por debajo del precio de producción hasta entonces normal apropiando una tasa de ganancia mayor a la media. En el caso de los capitales productores de innovación, esta apropiación se da de forma permanente ya que, al especializarse en la creación de medios de producción innovadores, en términos del incremento de la productividad del trabajo, “cada ciclo de producción suyo arroja como resultado un nuevo medio de producción capaz de aumentar la productividad del trabajo que le renueva al capital la capacidad para participar en la apropiación de la plusganancia” (Caligaris, 2019, p. 412). Por lo tanto, el capital especializado en la producción de este tipo particular de medios de producción se encuentra con la capacidad para obtener una plusganancia de manera continua (Caligaris, 2017a).[11]

Hasta aquí hemos presentado las formas diferenciadas que puede asumir el capital. Estamos en condiciones entonces de avanzar en el examen de la preeminencia del pequeño capital en la esfera de la producción agraria.

7. La especificidad de la acumulación en la esfera de la producción agraria

Como adelantamos en el inicio, uno de los principales objetivos de este trabajo es explicar las transformaciones de los sujetos sociales de la acumulación de capital en el espacio rural paraguayo, focalizando en las formas que asume la sobrepoblación relativa. Como dijimos anteriormente, en una sociedad cuya producción se realiza de manera privada e independiente para el intercambio, los individuos participan del proceso de producción y consumo sociales a través de la personificación de una mercancía. En esta línea, nos proponemos caracterizar a los agentes en cuestión desde el punto de vista de su constitución primaria, es decir, poniendo de relieve la mercancía o las mercancías que personifican (el capitalista, en tanto poseedor del capital, el obrero, en tanto poseedor de la fuerza de trabajo y el terrateniente, en tanto poseedor de la tierra). Ahora bien, una de las primeras características que se advierten de la esfera de la acumulación agraria es la multiplicidad y heterogeneidad de agentes que la componen. Esto se manifiesta en la presencia de una gran diversidad de individuos que personifican en simultáneo algunas o todas estas mercancías.

Desde el punto de vista que se funda en la crítica de la economía política, la caracterización de estos sujetos sociales supone develar la determinación esencial de tales sujetos, es decir, las relaciones sociales que los constituyen primariamente. En ese marco, Caligaris (2017a) plantea que la clave para comprender esta heterogeneidad en el ámbito agrario reside en el predominio en esta esfera del pequeño capital.

A continuación, presentaremos entonces los aspectos fundantes de la especificidad de la esfera de la acumulación agraria. Partiremos del lugar especial que ocupa la propiedad de la tierra en esta esfera y luego abordaremos los condicionamientos que hacen a la producción agraria un ámbito propicio para el pequeño capital. Sobre esta base, posteriormente, examinaremos los fundamentos de la tendencia a la unidad entre la personificación del capital, la propiedad de la tierra y/o la fuerza de trabajo en los agentes de la producción agraria. Sin embargo, como en la esfera agraria, esta tendencia no es presentada exclusivamente por los pequeños capitales, presentaremos el criterio con el que nos proponemos distinguir en el marco del análisis concreto posterior, los sujetos que presentan esta simultaneidad de personificaciones subsumida a su reproducción como pequeños capitales, de aquellos en los que la posesión de los medios de producción se halla subordinada a su reproducción como fuerza de trabajo. Esta precisión resulta clave para colocarnos de lleno en lo que constituye el centro de nuestro trabajo: la identificación y análisis de la sobrepoblación relativa rural y sus distintas modalidades.

7.1 La renta de la tierra

Uno de los aspectos cardinales de la producción agraria es la propiedad de la tierra. Con lo cual, antes de avanzar en el examen de las condiciones materiales particulares del proceso de acumulación de capital en la esfera de la producción agraria, es preciso, analizar el papel específico que desempeñan la propiedad de la tierra y el terrateniente en esta esfera.

Si todo proceso de producción consiste o implica una transformación de la naturaleza, podemos decir que la productividad del trabajo depende del grado de la capacidad para controlar esos procesos. En este sentido, en cada época histórica existen condicionamientos naturales que pueden determinar un mayor o un menor rendimiento en los esfuerzos productivos. En el caso de la producción agraria, como explica J. Iñigo Carrera (2017), el proceso de producción consiste en controlar el desarrollo de los procesos biológicos de vegetales y animales que se hallan sometidos de manera particular a condicionamientos ambientales (como el clima, el suelo, el agua, etcétera) o la ubicación geográfica (que si bien no afecta de manera directa al trabajo agrario, sí a la totalidad del trabajo que es necesario realizar para que la mercancía producida llegue hasta el punto geográfico en donde se localiza su necesidad social solvente).

Ahora bien, la existencia de estas condiciones que pueden afectar de manera directa o indirecta el rendimiento o duración del proceso productivo en una determinada rama de la producción social puede tener lugar en cualquier otra forma de organizar la producción social en cualquier tiempo histórico. Pero la renta propiamente capitalista de la tierra surge cuando los condicionamientos naturales diferenciales a los que hicimos referencia son objeto de apropiación. Es decir, cuando alguien detenta la potestad jurídica de ejercer el monopolio sobre la porción del suelo en que dichos condicionamientos operan (J. Iñigo Carrera, 2017).

Como decíamos antes, mientras que en la generalidad de las ramas, a pesar de la heterogeneidad de capitales existentes, todos tendencialmente obtienen la misma fracción de plusvalor en función del capital adelantado, en el caso de los sectores que apropian renta, la utilización de medios de producción sometidos a condiciones naturales diferenciales, no reproducibles, finitos y monopolizables brinda una ganancia extra a los capitales que se valorizan en estas condiciones. Dicha diferencia brota del hecho de que cuando la necesidad social se expande y demanda más producción que la que se puede abastecer con las tierras en actividad se incorporan nuevos suelos menos ventajosos en términos de productividad o se intensifica la inversión sobre los que ya se encuentran en uso. Como la demanda social se expande al punto de requerir lo producido incluso en las peores tierras o en peores condiciones, la renta brota del hecho de que, a diferencia de las otras, en las ramas sometidas a estas condiciones particulares, el precio de las mercancías no se determina a partir de las condiciones medias de producción sino que tiende a fijarse en las peores condiciones. En esta línea, los capitales que se valorizan a partir de la utilización de medios de producción sometidos a condiciones naturales superiores no reproducibles por otros capitales obtienen una ganancia mayor. Esta desigualdad en la nivelación de los capitales es resuelta mediante la renta capitalista de la tierra ya que la competencia por el uso de dicha tierra, convierte la ganancia extraordinaria en cuestión en renta para el terrateniente basada en el monopolio sobre condiciones naturales diferenciales (J. Iñigo Carrera, 2017).

En este sentido, la propiedad privada de la tierra, lejos de ser un resabio feudal, es el resultado más pleno y condición de existencia de la acumulación de capital. Su función consiste, justamente, en transformar ese ingreso diferencial en una renta que fluye a manos del dueño de la tierra, garantizando, de este modo, que los capitales, que se valorizan en condiciones diferenciales, apropien solo la tasa de ganancia media.

Revisemos brevemente ahora los distintos tipos de renta existentes. Con lo visto hasta aquí, podemos decir que existen dos tipos de renta provenientes del ejercicio del monopolio sobre condiciones naturales diferenciales. Una extensiva, o de tipo I, proveniente, de la aplicación de capital sobre nuevas tierras y una de tipo II, proveniente del capital aplicado intensivamente sobre la misma tierra. Respecto a esta última, surge de la aplicación de porciones adicionales de capital sobre una misma tierra. Si estas porciones adicionales de capital logran un trabajo menos productivo que el que fue puesto en acción inicialmente o anteriormente, el precio de producción del producto adicional se ubica por encima del correspondiente a la aplicación de capital que determinaba el precio comercial hasta entonces. De modo que, como toda la producción se vende al mismo precio comercial, la porción diferencial de riqueza, en el caso de la renta de tipo II, surge sobre las porciones de capital anteriores por el mayor precio de producción correspondiente a las nuevas aplicaciones de capital de productividad más baja. Pero, vale aclarar que, la renta diferencial de tipo II presupone que opere renta diferencial de tipo I ya que para existir, el precio de producción promedio de las aplicaciones sucesivas de capital, debe ubicarse por debajo del precio de producción correspondiente a la aplicación de capital sobre la peor tierra (J. Iñigo Carrera, 2017).

Ahora bien, cabe preguntarnos de dónde surge el precio de las tierras de peor calidad en uso, en las que la productividad del trabajo, como vimos, determina el precio de mercado. Como afirma Caligaris (2017b), el hecho de que en dichas tierras la renta no brote de una productividad diferencial del trabajo, no significa que dejen de ser portadoras de condiciones de producción limitadas. Es así que aparecen las rentas que derivan del simple monopolio o absolutas cuya apropiación “tiene por condición la posibilidad de que el terrateniente retire sus tierras de producción, para hacerle notar al capital su monopolio sobre ellas, de manera práctica” (J. Iñigo Carrera, 2007b). En este sentido, son rentas que surgen de la existencia de la propiedad privada del suelo y que le permiten al propietario, al terrateniente, obtener un nuevo tipo de renta.

Ahora bien, queda por preguntarnos cómo se determina el precio de la tierra. En relación a esto, aunque suele atribuirse a la acción del terrateniente, no es ésta la que determina su magnitud. Como afirma Caligaris (2017a):

[L]o que se torna relevante para quien compra una tierra no es su “valor de uso” sino su capacidad para captar “valor”; “se trata”, por tanto, “del precio de compra no del suelo, sino de la renta que arroja” […]. Pero, ¿cómo se fija el precio de la capacidad para captar valor bajo la forma de renta de la tierra? En la medida en que se trata de un simple ingreso periódico de dinero, su precio se fija como el de todo rédito dinerario de este tipo: por su capitalización a la tasa de interés vigente (p. 129-130).

Siguiendo a este autor, la explicación acerca de la determinación del precio de la tierra como capitalización de la renta a la tasa de interés vigente es una de las pocas en que coinciden la crítica a la economía política, la economía política clásica, los neoclásicos y los neoricardianos. Sin embargo, y pese a su papel central en “la forma específica que adopta la llamada estructura social de la producción agraria” (Caligaris, 2017a, p. 130), no ha sido abordada lo suficiente.

En tal sentido, Caligaris (2017a) presenta dos cuestiones que no fueran tratadas por Marx ni por la crítica de la economía política posterior. La primera es el vínculo entre la determinación del precio y el tamaño de la tierra en lo que refiere al límite máximo que enfrenta la cantidad de tierra que se tiene en propiedad:

El hecho de que el precio de la tierra se determine por la capitalización de la renta a la tasa de interés vigente significa que por la inversión en la compra de una tierra se espera el mismo rédito que por la inversión en el mercado de dinero, por ejemplo en la compra de títulos de deuda o en el depósito a plazo fijo en un banco. Luego, si consideramos que la tasa de interés es normalmente menor que la tasa de ganancia y que, en consecuencia, a ella se valorizan aquellos montos de capital que no alcanzan la magnitud suficiente como para actuar como capitales normales […], ello significa que no tiene sentido la compra de una tierra cuyo precio alcance el monto de capital suficiente como para actuar como este tipo de capitales, o sea, como para valorizarse a la tasa normal de ganancia. Dicho de otro modo, si se tiene el monto de capital suficiente para poner en acción un capital que se valorice a la tasa normal de ganancia, no tiene sentido invertirlo en la compra de una tierra, ya que ésta arroja únicamente la tasa de interés. En este sentido, no es económicamente coherente que existan tierras de un tamaño tan grande como para alcanzar un precio que se iguale con el monto de un capital normal (Caligaris, 2017a, pp.130-131).

La segunda cuestión es el vínculo entre la determinación del precio de la tierra y el límite mínimo de la tierra que se tiene en propiedad:

Ante todo, tenemos que por no venderse y comprarse la tierra como un medio de producción sino como un derecho sobre una parte del producto social, el tamaño que tiene la tierra que se comercia es indiferente del tamaño en que se necesita para poner en marcha un proceso productivo. En efecto, a diferencia de una máquina o una herramienta cuya unidad material impide su venta fraccionada, la tierra puede ser vendida por partes, con la sola condición de que sus nuevos propietarios la cedan luego al mismo capital agrario. De ahí que la división hereditaria pueda actuar libremente en el caso de la tierra, es decir, que pueda actuar como elemento desconcentrador de la propiedad de la tierra, situación que es imposible en el caso de la herencia del capital. En este sentido, no existe límite mínimo al tamaño de la tierra que se compra y se vende y, por tanto, no existe límite mínimo al tamaño de la tierra en propiedad. O bien, si existe un límite mínimo es el mismo que existe para el capital prestado a interés, esto es, aquel en que los costos de transacción son más altos que el monto del interés que se obtiene prestando el capital (Caligaris, 2017a, p. 132).

De ambas cuestiones se desprende que el tamaño de la tierra en propiedad tiene tanto un límite máximo como un límite mínimo:

Esta conclusión contradice todas las interpretaciones sobre el tipo de sujetos dominantes en la producción agraria que se fundan en la existencia de un proceso de concentración de la propiedad territorial. Contradice, asimismo, todas las interpretaciones que igualan a la concentración del capital con la concentración de la tierra. Por consiguiente, tampoco es en el tamaño que adopta la propiedad de la tierra donde debemos buscar la razón de las particularidades de la llamada estructura social de la producción agraria (Caligaris, 2017a, p. 135).

Como hemos visto, la forma particular que toma la estructura social en esta esfera de la producción surge de las condiciones naturales específicas que la caracterizan y, como consecuencia, el predominio del pequeño capital.

7.2 La producción agraria ámbito del pequeño capital

La esfera de la producción agraria, tanto en Paraguay como en el resto del mundo, se compone de una gran heterogeneidad de sujetos. Uno de los principales desafíos que enfrenta una lectura desde la crítica de la economía política es comprender esta particularidad y cada una de sus manifestaciones sin desconocerla como forma concreta de la unidad del movimiento del capital total social. En este sentido, el aspecto clave para comprender esta heterogeneidad reside en que en esta esfera existen una serie de características particulares del proceso de trabajo que hacen a la producción agraria una rama particularmente receptiva a la acumulación del pequeño capital (Caligaris, 2017a; J. Iñigo Carrera, 2007b, 2017). Examinemos, entonces, cuáles son estos condicionamientos naturales y luego avancemos en las formas concretas asumidas por el pequeño capital agrario.

Uno de los principales condicionamientos es que, al ser la tierra el principal medio de producción en esta esfera, toda ampliación de la escala en el ámbito agrario conlleva normalmente una ampliación de la superficie terrestre. Sin embargo, esta posibilidad de expansión puede verse limitada o directamente interrumpida por la presencia de “un río, una ruta o sencillamente una tierra de diferente calidad” (Caligaris, 2017a, p. 168). En este caso, como señala este autor, el aumento de la productividad, en lugar de desplegarse sobre la base de un proceso de trabajo único y uniforme, se realiza sobre procesos de trabajo que “por su recorte geográfico, resultan independientes y, ante todo, diversos” (Caligaris, 2017a, p. 168).

Otra de las particularidades a la que hay que hacer mención es que cada proceso de trabajo enfrenta las condiciones naturales, tanto de la superficie sobre la que opera, como las de los terrenos vecinos: “Por ejemplo, el trabajo aplicado a combatir plagas en una unidad se multiplica o disminuye según que las unidades vecinas también las combatan o no lo hagan” (J. Iñigo Carrera, 2007b, p. 111).

Asimismo el proceso de trabajo en el ámbito agrario de producción está sometido permanentemente a fluctuaciones que inciden en los tiempos y calidad de los cultivos:

El caso más evidente es la lluvia: hoy puede llover y multiplicar la cosecha, mañana puede no hacerlo y disminuirla de manera sustancial. Esta condición hace, pues, que la productividad del trabajo agrario fluctúe al ritmo de las fluctuaciones de los procesos naturales. Peor aún, puede ocurrir que la circunstancia de condiciones naturales muy malas directamente eche a perder todo el trabajo previo (Caligaris, 2017a, p. 169).

Por último, tenemos el carácter prolongado del proceso de producción agrario. Esto estanca al capital en una duración que atenta contra la movilidad necesaria para la formación de la tasa general de ganancia.

Es en estos condicionamientos que reside la clave para comprender por qué la esfera de la producción agraria es un ámbito propicio para el desarrollo del pequeño capital. En primer lugar, las mencionadas limitaciones ligadas a la centralidad del suelo y su carácter finito limitan el ingreso de capitales capaces de apropiar la tasa general de ganancia. Como señala Caligaris:

[t]anto el capital normal, como el potenciado y el productor de innovación necesitan desarrollar permanentemente la productividad del trabajo que ponen en acción como condición básica para reproducirse como tales. En contraposición, el pequeño capital se constituye como tal precisamente por su incapacidad para acompañar el aumento en la productividad del trabajo. Por otra parte, la concentración y centralización del proceso de trabajo en la escala necesaria para poder superar el límite impuesto por la limitación del suelo supone, para el capital que se acumula en una porción fragmentada de la tierra, un salto adelante en la magnitud del capital que no puede surgir de su propia acumulación. En consecuencia, esta determinación particular del proceso de trabajo agrario, limita el desarrollo del capital normal, potenciado y productor de innovación en la producción agraria. Y al contrario, no opone traba particular alguna al desarrollo del pequeño capital (Caligaris, 2017a, p. 171)

Lo mismo sucede si observamos las limitaciones ligadas a las fluctuaciones en la productividad por los condicionamientos naturales. Para el capital, la fluctuación en la productividad del trabajo implica la fluctuación de su tasa de ganancia. Con lo cual, todo capital que aspire a valorizarse a la tasa normal de ganancia, dadas estas condiciones, evitaría ingresar en esta esfera. En suma, mientras estos condicionamientos, al limitar la posibilidad de obtener la tasa normal de ganancia, convierten al espacio de acumulación agrícola en una “rama hostil” para el capital normal, la tornan en un espacio propicio para el pequeño capital que es tal por no valorizarse a la tasa normal de ganancia (Caligaris, 2017a).

Presentados, entonces, los argumentos acerca de la preeminencia del pequeño capital en el proceso de trabajo agrario, queda ahora que examinemos las formas concretas que asumen estos capitales en la producción agraria. En este punto resulta clave tener en cuenta tanto los condicionamientos materiales como los aspectos relacionados a la propiedad de la tierra. Ambas cuestiones sitúan el límite de la permanencia del pequeño capital en la esfera de la producción agraria más allá del que se encuentra normalmente en otras ramas de la producción también colonizadas por el pequeño capital.

7.3 La tendencia a la unidad de personificaciones como manifestación del pequeño capital en el espacio rural y el criterio para distinguir a los pequeños capitales de la sobrepoblación relativa

En nuestro intento de dilucidar las especificidades de la estructura agraria, desde la crítica de la economía política, presentamos, en primer lugar, la forma concreta asumida por la propiedad de la tierra como resultado del movimiento del capital social global. Luego avanzamos en el reconocimiento de las condiciones que hacen a la esfera de la producción agraria un ámbito especialmente receptivo del pequeño capital. Sobre esta base, en esta sección examinaremos determinados aspectos que nos permitirán comprender algunas tendencias observadas en la forma peculiar asumida por los pequeños capitales de la esfera de la producción agraria. Más precisamente, nos centraremos en la tendencia presentada por estos capitales a la personificación simultánea del capital, la propiedad de la tierra y/o la fuerza de trabajo. Veremos que esta posibilidad en la esfera agraria determina un límite más amplio para la permanencia en la producción que el que suele encontrarse en otras ramas colonizadas por el pequeño capital. Ahora bien, en relación a esta simultaneidad de personificaciones, vale aclarar que hablamos de una tendencia. Esto quiere decir que, como veremos en el examen de los capitales agrarios paraguayos, a pesar de ser un rasgo predominante no por ello constituye un requisito imprescindible para la definición de un pequeño capital como tal. De hecho, tanto en la esfera de la producción agraria, como en otras ramas, encontramos capitales que son pequeños, ya que no alcanzan a valorizarse al nivel de la tasa general de ganancia, pero no por ello personifican simultáneamente otra mercancía que no sea el capital.

De la misma forma, veremos que esta simultaneidad no es presentada exclusivamente por el pequeño capital agrario. Lejos de eso, como desarrollaremos a lo largo de nuestro trabajo, en el espacio rural paraguayo encontramos un masivo sector de sujetos en los que la personificación del capital, la propiedad de la tierra y la fuerza de trabajo convergen en un mismo sujeto pero subordinadas a las necesidades de su reproducción como fuerza de trabajo. En este sentido, en la presente sección también avanzaremos en la definición del criterio a partir del cual establecimos el límite último que nos permitió distinguir los sujetos que se ubican en los estratos más bajos del pequeño capital, por obtener un poco más de lo equivalente a su propio salario como fuerza de trabajo, de aquellos agentes pertenecientes a la población trabajadora rural que por no lograr reproducir su fuerza de trabajo en condiciones normales se constituyen en sobrepoblación relativa. Esta distinción no solo resulta clave para los objetivos de nuestra investigación sino que también pone de relieve, como profundizaremos en el capítulo 3, uno de los principales aspectos en que este enfoque contrasta con la literatura tradicional sobre la estructura social agraria. En este sentido, adelantando brevemente una de las delimitaciones que proponemos al respecto, entre las distintas sistematizaciones que se podrían hacer de la literatura sobre este tema podríamos decir que, por un lado, encontramos lecturas que engloban a todos los agentes de la esfera agraria indistintamente bajo la figura de campesinos o productores rurales, reconociendo diferencias solo por su tamaño o capacidades (Ferreiray Vázquez, 2016, entre otros). Por el otro, lecturas que enfatizan en la polarización que presenta la realidad rural entre “medianos y grandes productores”, “latifundistas”, “grandes empresas agropecuarias”, “oligarquía rural”, entre otros, de un lado y del otro, la pequeña agricultura campesina (Fogel Pedroso, 2019; Galeano, 2016; Guereñay Rojas Villagra, 2016, entre otros). Como desarrollaremos a lo largo de nuestro trabajo, desde el punto de vista asumido por nuestra investigación, la polarización o distinción esencial que caracteriza la esfera agraria paraguaya es entre pequeños capitales y población trabajadora superflua.

Ahora bien, antes de meternos al análisis de estos aspectos en nuestro caso concreto, volvamos a lo que constituye el centro de esta sección que es la tendencia presentada por una gran parte de los capitales agrarios a la personificación simultánea del capital, la propiedad de la tierra y/o la fuerza de trabajo a la que hemos referido más arriba, para luego avanzar en las condiciones que determinan el límite a la permanencia en la producción del pequeño capital agrario. O, dicho de otro modo y poniendo el foco en lo que constituye el centro de nuestro trabajo, la distinción entre los pequeños capitales y la población obrera superflua.

Como ya se ha dicho, pequeño capital es todo aquel que no logra apropiar la tasa general de ganancia. En tal sentido, como afirma Caligaris (2017a), el límite a su permanencia en producción está determinado por distintos factores, pero el límite general es el momento en que su tasa de ganancia se iguala a la tasa de interés que obtendría en caso de liquidar dicho capital. Esto es lo que determina la tendencia a la unidad entre la propiedad de la tierra y el pequeño capital. Como señala Caligaris (2017a): “El precio de la tierra está determinado por la capitalización de la renta futura a la tasa de interés vigente. Esto significa que por el dinero desembolsado en la compra de la tierra se espera obtener simplemente un interés” (p. 191). Como la tasa de interés generalmente es menor que la tasa normal de ganancia, aquellos capitalistas capaces de poner su capital bajo la forma de capital productivo para obtener la tasa normal de ganancia van a privilegiar ese camino a invertirlo en un título propietario que solo rinda la tasa de interés. En este sentido, “para el capitalista normal, no habría motivo alguno para devenir su propio terrateniente (Caligaris, 2017a, p. 192). Sin embargo, en el caso del pequeño capital, la unidad entre el capital y la propiedad de la tierra no resulta un contrasentido. Además permite evitar la salida inmediata de la producción frente a las fluctuaciones propias de la producción agraria. En relación con eso, encontramos que la tendencia a la unidad entre la propiedad de la tierra y el pequeño capital “estira la capacidad del pequeño capital agrario para mantenerse en producción. Al mismo tiempo, esta posibilidad alienta la unidad entra la propiedad de la tierra y el capital” (Caligaris, 2017a, p. 200).

En este sentido, como hemos adelantado en la introducción, un pequeño capital, garantiza su reproducción mientras obtenga una ganancia aunque sea mínima, que posibilite, por un lado, la reposición de su capital y, por el otro, su valorización como pequeño capital. Ahora bien, si no lograra siquiera obtener la más mínima ganancia, el límite extremo para su supervivencia como pequeño capital está dictado por la capacidad de obtener un monto equivalente al salario que se pagaría dicho capitalista personificando su propia fuerza de trabajo. Tal como ponía de manifiesto Marx (2014b) en referencia a los pequeños capitales agrarios del régimen de la propiedad parcelaria:

Como límite no aparece, por una parte, la ganancia media del capital, en tanto es un pequeño capitalista; ni tampoco, por la otra, la necesidad de una renta, en tanto es terrateniente. En su condición de pequeño capitalista no aparece para él, como límite absoluto, otra cosa que el salario que se abona a sí mismo, previa deducción de los costos propiamente dichos (p. 1025).

Es importante destacar aquí a la baratura relativa de la fuerza de trabajo agraria como otra particularidad de la reproducción del pequeño capital agrario. Uno de sus determinantes es, de acuerdo a Caligaris (2017a), que las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo agraria requieren una cantidad menor de valores de uso con respecto a la demanda por la fuerza de trabajo industrial:

Esta diferencia no surge de la diferente complejidad del trabajo que se realiza, tal como ocurre normalmente con las diferencias salariales entre otras ramas de la producción, sino de las diferencias en los ámbitos en que tiene lugar la reproducción de ambos tipos de fuerza de trabajo. Dicho de manera más llana, es la austeridad que implica la “vida en el campo” en contraposición a la “vida en la ciudad” (p. 178).

Esta baratura relativa de la fuerza de trabajo agraria corre el límite de la subsistencia del pequeño capital más allá del existente en otras ramas de la producción caracterizadas por la presencia de este tipo de capitales:

[C]uando la tasa de ganancia límite a la que se reproduce el pequeño capital cae por debajo de la de interés y, además, coinciden la figura del capitalista y el trabajador, el límite a la subsistencia queda dado por el salario que se paga a sí mismo el pequeño capitalista en cuanto trabajador (Caligaris, 2017a, p. 180).

Así considerado, tenemos que en el momento en que la ganancia que se obtiene no alcanza siquiera a cubrir el salario que el capitalista se debe pagar a sí mismo como trabajador, el pequeño capital deja de reproducirse como tal, o acaso ya lo hace a condición de no poder reponer su capital fijo. Sin embargo, una caída de la ganancia a este nivel podría implicar que se continúe pudiendo reponer el capital constante y se mantenga la producción a condición de que el salario que el ‘capitalista’ se abona a sí mismo –y eventualmente a sus familiares que trabajan y otros trabajadores circunstanciales– caiga por debajo del valor de la fuerza de trabajo. En este punto, ya no estaríamos ante la reproducción de un pequeño capital sino ante la de un miembro –o un conjunto de miembros– de la sobrepoblación relativa cuya reproducción en tal condición está sujeta a estas condiciones miserables de producción. Dicho de otro modo, se trata de individuos que, siendo propietarios de escasos medios de producción y en muchos casos incluyendo una pequeña parcela de tierra, encuentran en esta producción mercantil el único medio para reproducirse como población sobrante para las necesidades de la acumulación de capital. Puesto por la negativa, si estos individuos pudiesen emplearse bajo el comando de un capital que les pagara su fuerza de trabajo por su valor, abandonarían sin más la producción que llevan adelante. En definitiva, es formalmente el mismo caso de los vendedores ambulantes, recolectores de basura reciclable en las calles, pequeños productores de comestibles, etc. en las ciudades; vale decir, individuos que son propietarios de medios de producción –una carretilla, un pequeño horno, etc. – y a todas luces no forman parte de la clase capitalista, sino que son miembros de la sobrepoblación relativa.

A partir de esto podemos ver que tanto la reproducción del pequeño capital como la de la sobrepoblación relativa, pese a sus aparentes similitudes en algunos casos, en tanto recortes privados del trabajo social, se rigen por dos determinaciones cualitativamente diferentes. En el caso de los pequeños capitales, como vimos, su subsistencia como pequeños capitales se halla subsumida a la determinación de la formación de la tasa general de ganancia en sus formas concretas de competencia que implican la diferenciación del capital. La existencia y la magnitud de la población relativamente sobrante, en cambio, se halla regida por la determinación de la sobrepoblación relativa vinculada a la dinámica general de la acumulación de capital que, como también hemos visto, determina en un mismo movimiento, tanto la existencia de la población obrera que tiende a vender la fuerza de trabajo por su valor, como la sobrepoblación relativa en cualquiera de sus formas.

Como veremos más adelante, uno de los argumentos centrales de este trabajo es que, el sector rural paraguayo, además de pequeños capitales alberga un masivo sector de sujetos sociales, que, si bien presentan la personificación simultánea de las mercancías antes mencionadas, lo hacen como condición de su reproducción como fuerza de trabajo superflua. Como demostraremos a partir de nuestro examen concreto, esto se debe efectivamente a que la producción obtenida por este masivo sector de pequeños productores no solo no remite ganancia sino que ni siquiera alcanza para reproducir su fuerza de trabajo en condiciones normales.

Conclusiones

Uno de los propósitos fundamentales de este trabajo es explicar las transformaciones de los sujetos sociales de la acumulación de capital en el agro paraguayo, enfocando en las formas que asume la población obrera excedentaria. Para ello, a lo largo de este capítulo, intentamos recuperar algunos aspectos fundamentales de la crítica marxiana a la economía política. En una primera parte, tomando como punto de partida la mercancía, vimos que en una sociedad cuya producción se rige por la búsqueda incesante de valorizar el valor, el incremento de la productividad del trabajo, a través, de la incorporación de maquinaria, conlleva una serie de transformaciones en la clase trabajadora. Entre ellas, focalizamos en la producción de una porción de los asalariados como población superflua para las necesidades del capital. En este sentido, vimos que desde el punto de vista del movimiento general del capital, la generación de una sobrepoblación relativa lejos de ser un efecto contingente de la producción es una de las condiciones esenciales de la acumulación en la sociedad capitalista.

Posteriormente, presentamos las determinaciones que constituyen al capital como el sujeto concreto del proceso de acumulación. Sobre la base de este vínculo social primario y esencial de los individuos para reproducir su vida, vimos que toma una relevancia central la mercancía que portan. En este sentido, afirmamos que, de acuerdo a la mercancía que se posee, se configuran tres papeles diferenciados: el capitalista, el obrero y el terrateniente. Dada la heterogeneidad que de manera inmediata caracteriza a los agentes que componen la estructura agraria, nos metimos de lleno en el análisis de la especificidad de esta esfera de la acumulación de capital. Para ello, en primer lugar, examinamos el proceso de diferenciación de capitales como realización concreta de la formación de la tasa general de ganancia. Sobre esa base, luego de examinar la centralidad de la tierra en la esfera de la producción agraria, vimos las condiciones naturales que hacen a esta esfera un ámbito privilegiado para el desarrollo de capitales que no alcanzan a valorizarse a la tasa normal de ganancia. De la mano de ello presentamos uno de los principales argumentos presentes en esta tesis: el predominio del pequeño capital en la producción agraria paraguaya se halla acompañado por una masiva población trabajadora superflua. En este sentido, como ambos sectores presentan la tendencia a la personificación simultánea de la propiedad del capital, la tierra y/o la fuerza de trabajo dimos cuenta del criterio utilizado en la investigación para distinguir aquellos agentes que se reproducen como pequeños capitales de aquellos que lo hacen como fuerza de trabajo. Nuestra tesis se enfoca en estos últimos y, sobre la base del examen de las condiciones de su reproducción, sostiene que esta población trabajadora se halla en un proceso de estancamiento y consolidación como población sobrante. Esto está íntimamente ligado a la forma que asume la valorización de capital en Paraguay, caracterizada predominantemente por la producción de mercancías primarias portadoras de renta para el mercado mundial.

Como veremos en el próximo capítulo, con el auge de los precios de las materias primas del cambio de siglo, se potenciaron una serie de transformaciones productivas, entre las que se destaca la concentración y centralización de la producción agraria. En las regiones más pobladas, estas transformaciones se desplegaron sobre la base del desplazamiento de pequeñas unidades productivas. Entre sus innumerables consecuencias, esta tesis se centrará principalmente, en la conversión, estancamiento y consolidación en la condición de sobrante de un sector creciente de la población rural afectada.


  1. El tema del valor ha suscitado hasta la actualidad importantes debates y se constituye en uno de los elementos “parte aguas” tanto con los economistas del mainstream (actualmente los neoclásicos o marginalistas), como con los teóricos clásicos de la economía política (Adam Smith, David Ricardo, entre otros). Como señala Caligaris (2017a): “No se trata de dar cuenta ni de la determinación de los precios tomada por sí, ni de la asignación de recursos escasos, ni de un proceso abstractamente económico. Se trata de dar cuenta de la relación social dominante o general: la relación básica que necesitan establecer los seres humanos para llevar adelante su reproducción social. La llamada ‘teoría del valor’ de Marx es por eso, ante todo, una explicación de las relaciones que establecemos los seres humanos para reproducirnos como tales” (p. 34). Para ver una síntesis de estas controversias ver J. Iñigo Carrera (2007a). Otras reconstrucciones interesantes de estos debates, aunque desde enfoques alternativos al aquí adoptado, se encuentran en Shaikh (2006), Astarita (2006), Guerrero (2008) y Kicillof (2010), entre otros.
  2. El dinero, forma acabada del mundo de las mercancías, cumple la función de representar el trabajo social realizado de manera privada e independiente portado en las mercancías que se le enfrentan en el intercambio.
  3. Esto, a su vez, se complementó con otros procesos fundamentales: “El descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria” (Marx, 2012, p. 939).
  4. Este “saber convencional” remonta su origen a un debate que tuvo lugar entre distintos clásicos del marxismo. Entre sus intervenciones más destacas encontramos la posición de Bernstein (1982) y de Luxemburg (1985). Para una reconstrucción sistemática de este debate ver Starosta y Caligaris (2017).
  5. En El capital Marx dedica el tomo I al estudio del proceso de producción capitalista desde el punto de vista de los capitales individuales. En el tomo II analiza el proceso de circulación y en el tomo III se mete de lleno en el estudio del proceso desde la perspectiva del conjunto.
  6. Nosotros nos centraremos en las transformaciones cualitativas en la subjetividad productiva obrera propia de la gran industria pero, como señalan atinadamente Starosta y Caligaris (2017), en primer lugar, Marx hace referencia a algunas repercusiones sobre el trabajador como resultado de los cambios cuantitativos que supone la incorporación de la maquinaria al proceso de valorización. Entre ellos: la extensión cuantitativa de la masa de fuerza de trabajo explotable y la prolongación de la jornada laboral.
  7. Este es uno de los aspectos más originales y a la vez controvertidos del enfoque propuesto por de J. Iñigo Carrera (2013). Desde este enfoque, como indican Starosta y Caligaris (2017), en la exposición marxiana de las formas de la “subsunción real” del trabajo en el capital –en particular, del sistema de maquinarias de la gran industria– encontramos la presentación dialéctica de las determinaciones de la subjetividad revolucionaria. En esta línea, proponen recuperar de manera complementaria a lo anterior, la exposición de Marx del sistema de maquinaria en los Grundrisse, “es en el despliegue histórico contradictorio de esta transformación material específica de la subjetividad productiva humana que reside la clave del límite absoluto del capital” (p. 198). De esta manera, el capital no sólo engendra la tendencia a la producción de trabajadores portadores de una subjetividad productiva universal. A medida que se expande dicha subjetividad y se torna capaz de organizar de forma científica el proceso de producción, esta “tendencia inexorable del capital a desarrollar ‘todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la cooperación y del intercambio sociales’” (p. 200) engendra a la clase obrera como la clase cuya acción política porta la potencia y necesidad de la superación de la sociedad capitalista.
  8. Marx (2012) plantea que todo modo de producción histórico tiene sus leyes de población específicas: “Una ley abstracta de población sólo rige, mientras el hombre no interfiere históricamente en esos dominios, en el caso de las plantas y los animales” (p. 786).
  9. Como indica Caligaris (2019), este punto “inacabado” en el desarrollo marxiano produjo distintas respuestas al interior del marxismo. Siguiendo la sistematización propuesta por este autor, entre las predominantes, encontramos, la del capital monopólico (Hilferding, 1963; Lenin, 1946) que fundamenta esta diferenciación en la anulación de la competencia y la fijación monopólica de los precios de las mercancías. Y, por el otro, las denominadas “fundamentalistas” que, en debate con las anteriores, pretenden defender los fundamentos originales de la teoría marxista, reduciendo su explicación a la existencia de barreras entre las ramas. Desde el enfoque que aquí asumimos se considera que ambas teorías implican un reduccionismo del fenómeno en cuestión: “Si la teoría del capital monopolista reduce los fenómenos a su manifestación inmediata haciendo abstracción de su determinación, la llamada teoría fundamentalista los reduce a su determinación haciendo abstracción de su manifestación inmediata, tornando al fenómeno mismo en ambos casos en una huera abstracción” (Caligaris, 2019, p. 393).
  10. Vale aclarar que el destino de ese plusvalor que se libera no necesariamente es el de incrementar el plusvalor que apropia otro capital. Dicho plusvalor puede tomar otros cursos. Entre ellos, puede fluir al conjunto del capital social global cuando estas mercancías abaratadas producidas por el pequeño capital son consumidas por los trabajadores de las otras esferas de la producción.
  11. Un ejemplo de este tipo de capitales puede ser Monsanto.


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