Introducción
A partir del cambio de siglo, el auge de la producción a gran escala de commodities agrarios produjo una marcada recuperación de la tasa de ganancia agraria de la mano del despliegue de distintas transformaciones productivas. Este capítulo se propone analizar el impacto de las transformaciones recientes en los sujetos sociales de la esfera de la producción agraria paraguaya. Ello supone previamente establecer, qué tipos de sujetos predominan en esta esfera de la producción, desde el punto de vista del papel específico que desempeñan en la acumulación de capital.
En diálogo con las visiones que han predominado en el estudio de la estructura social agraria paraguaya, argumentaremos que, pese a la recurrencia con que se han estudiado las transformaciones desplegadas en las últimas décadas, no se han ofrecido categorizaciones o explicaciones de la existencia y transformaciones históricas de los sujetos sociales en cuestión por su papel específico en el conjunto de las relaciones sociales a través de las cuales se organiza el proceso de vida material. Como ya hemos adelantado, desde el punto de vista asumido por este trabajo, esto supone develar la mercancía personificada determinantemente por los agentes de la esfera agraria.
En este sentido, argumentaremos que la estructura agraria alberga principalmente dos tipos de sujetos sociales. Por un lado, en casi toda la extensión de la superficie productiva, se observa el predominio de pequeños capitales agrarios caracterizados, en su mayoría, por la personificación simultánea del capital, la propiedad de la tierra y, en algunos casos, incluso, la fuerza de trabajo. Por el otro, se observa un masivo sector de individuos que si bien, también personifican la propiedad del capital y/o la tierra, dichas personificaciones se hallan subsumidas a su reproducción como fuerza de trabajo superflua. Sobre esta base, en los capítulos siguientes, a partir del examen de las condiciones en que se reproduce esta población trabajadora rural, argumentaremos que se constituyen como sobrepoblación relativa y avanzaremos en el examen de sus distintas modalidades.
1. Características generales del espacio rural paraguayo
A lo largo de su historia, el espacio nacional paraguayo se ha caracterizado por la preeminencia de la población rural por sobre la urbana. Si bien a partir de la década de 1960 comienza a revertirse esta tendencia, recién en 1990 se impone demográficamente la población urbana.
Gráfico 7. Población según espacio de residencia. Paraguay 1960-2020

Fuente: Elaboración propia según DataBank, Banco Mundial (2020) –ver anexo–.
Tal como señalan distintos autores, las pautas de poblamiento en Paraguay dan cuenta de un lento crecimiento urbano en comparación con otros países de América del Sur (Rivarola, 1970; Schvartzman, 2017, entre otros). En este sentido, aunque actualmente la población urbana alcanza un 61% y la rural un 39% (Banco Mundial, 2020), ésta última representa una cifra elevada, con respecto a la realidad demográfica del resto de los países de América del Sur.
Gráfico 8. Porcentaje de población rural según país. América del Sur 2020

Fuente: DataBank, Banco Mundial (Banco Mundial, 2020) –ver anexo–.
Este escenario rural tan poblado alberga dos realidades diferenciadas. Por un lado, la existencia masiva de fincas que no superan las 20 hectáreas orientadas a la producción intensiva en mano de obra de rubros para el mercado interno y/o el autoconsumo. Y por el otro, explotaciones de mayor escala basadas en el uso intensivo de bienes de capital y biotecnología orientadas a la exportación.[1]
El despliegue de las transformaciones productivas recientes profundizó esta diferenciación (Fogel Pedroso, 2019; Galeano, 2016; Garicoche, 2015; Guereñay Rojas Villagra, 2016; PNUD, 2010; Riquelmey Vera, 2015; Rojas Villagra, 2009, entre otros). Mientras que las unidades que superan las 100 hectáreas registraron un incremento de 7.678.842 hectáreas, ocupando un 92,22% de la superficie productiva, las que no alcanzan esa superficie registraron una reducción de alrededor de 409.685 hectáreas perdiendo 22.974 fincas.
Gráfico 9. Variación de superficie productiva según estrato. Paraguay 1991-2008

Fuente: Elaboración propia según Censo Agropecuario Nacional 2008 (Vol. 1) –ver anexo–.
Como vimos en el capítulo anterior, el aumento en la escala de los capitales asentados en las unidades que superan las 100 hectáreas se produjo, mayormente, sobre la base de la expansión de la frontera agraria avanzando sobre montes, superficies de producción forestal, bosques y tierras destinadas a otros usos. En la región Oriental, incluso, la expansión de soja se desplegó sobre tierras ganaderas propiciando la reubicación parcial de este último rubro en la región Occidental. Sin embargo, en las zonas más densamente pobladas, dicha expansión también se desplegó sobre la base de la absorción de medianas y pequeñas unidades productivas. Si tenemos en cuenta que el 97,78% de la población en edad de trabajar se concentra en los estratos que se redujeron durante el período intercensal todo parece indicar que las consecuencias en términos sociales fueron especialmente graves.
Como veremos a continuación, en las últimas dos décadas, distintos trabajos se han dedicado al análisis del impacto de estas transformaciones en los sujetos sociales que habitan el espacio rural paraguayo. Si bien, en muchos casos, ofrecen una semblanza rigurosa en términos descriptivos de los actores de la esfera de la producción agraria, al momento de explicar la forma asumida por los procesos en curso o sus consecuencias en la estructura social, hacen foco en aspectos concretos de los agentes que operan en la producción sin identificar de manera precisa o acabada el rol de dichos sectores en el conjunto de las relaciones sociales a través de las cuales se organiza el proceso de vida material.
Como presentamos al inicio, la sociedad capitalista está regida por el movimiento de las mercancías como forma de realizarse la organización del proceso de vida social. En este marco, los individuos operan en el proceso de acumulación de capital en tanto personificaciones de una mercancía. Desde el enfoque asumido por nuestra investigación, entonces, la caracterización de los sujetos sociales debe apuntar primariamente al develamiento del papel que estos individuos desempeñan en la acumulación de capital (capitalistas, obreros o terratenientes) a partir de la identificación de la mercancía que cada uno personifica (capital, fuerza de trabajo o propiedad territorial). No obstante, como ya hemos indicado previamente, en la esfera de la producción agraria este ejercicio presenta dificultades derivadas de la masiva presencia de sujetos sociales que portan algunas o todas estas mercancías a un mismo tiempo y, como consecuencia, personifican algunos o todos estos papeles de manera simultánea: capitalistas-terratenientes, capitalistas-obreros, capitalistas-terratenientes-obreros, entre otros (Caligaris, 2017a). Esto requiere, entonces, identificar la personificación determinante en cada caso o sector para luego avanzar en el estudio de sus transformaciones como resultado de los cambios productivos recientes.
En esta línea, uno de los principales argumentos que sostiene esta tesis y desarrollaremos en las próximas dos secciones de este capítulo, es que la producción en la mayor parte de la superficie agraria paraguaya se halla comandada por pequeños capitales que, como resultado de dicha condición, personifican simultáneamente la propiedad del capital, la tierra y/o la fuerza de trabajo. Sin embargo, esta preeminencia productiva del pequeño capital, también presente en las esferas agrarias del resto del mundo (Caligaris, 2017a; J. Iñigo Carrera, 2017), en el caso paraguayo, aparece acompañada por el predominio demográfico de un masivo sector de trabajadores relativamente supernumerarios. En suma, mientras para algunos, la posesión de los medios de producción, constituye la base de su supervivencia como pequeños capitales, para otros, es la condición de su reproducción como obreros.
Tal como hemos presentado anteriormente, el criterio utilizado para diferenciar los sujetos determinados por la personificación del pequeño capital, de aquellos que se constituyen en miembros de la sobrepoblación relativa, está dictado por el límite extremo que marca la existencia del pequeño capital como tal. En esta línea, ya hemos mencionado que el pequeño capital, se reproduce como tal, cuando obtiene una ganancia, aunque sea mínima que, además de la reposición de su capital, posibilita su valorización. No obstante, en el caso de no obtener ganancia alguna, existe un límite último a su subsistencia como pequeño capital dictado por la capacidad de obtener, personificando dicho capitalista su propia fuerza de trabajo, una suma equivalente al salario correspondiente a su reproducción como mano de obra en condiciones normales.
Tomando como base este criterio, y como intentaremos dar cuenta a partir del examen concreto, consideramos que, en el espacio rural paraguayo, el monto obtenido por un sector masivo de pequeños productores no solo no arroja ganancia alguna sino que ni siquiera alcanza para reproducir su fuerza de trabajo en condiciones normales. Para este sector, entonces, la tierra no funciona como un medio de producción para su reproducción como capital sino que se constituye en un requisito para su supervivencia como fuerza de trabajo. En este sentido, uno de los argumentos centrales de este trabajo es que, dichos sujetos, pese a manifestarse concretamente como productores independientes asentados en pequeñas parcelas, se constituyen como sobrepoblación relativa. Sobre esta base, como intentaremos demostrar, la crisis y el desplazamiento de las unidades productivas de pequeña escala como consecuencia de la concentración y centralización del capital agrario, está implicando progresivamente la mutilación de los atributos productivos de un sector creciente de la población trabajadora que habita el espacio rural estancando o consolidando a porciones cada vez más amplias de la misma como población sobrante.
2. La preeminencia productiva del pequeño capital en el espacio rural paraguayo y sus transformaciones
El presente apartado se organiza en dos partes. En la primera, revisaremos críticamente cómo se ha abordado la caracterización de los sujetos sociales predominantes en términos productivos en el espacio rural paraguayo. Vale aclarar que, entre la gran variedad de trabajos examinados, nos centramos en aquellos que presentan las interpretaciones de mayor difusión en la literatura crítica sobre el tema. A partir de esto, en la segunda parte, expondremos los argumentos por los cuales, desde el punto de vista productivo, se puede afirmar que el espacio rural paraguayo se caracteriza por el predominio del pequeño capital y presentaremos a partir del examen concreto su límite distintivo con respecto a la población trabajadora superflua.
2.1 Tesis sobre el tipo de sujeto social que predomina en términos productivos
En términos generales, en lo que refiere a los sujetos sociales que detentan el predominio productivo en la esfera de la producción agraria, encontramos dos interpretaciones en las lecturas críticas de mayor difusión. En primer lugar, analizaremos la que hace eje en la extranjerización del territorio paraguayo (Galeano, 2012, 2016; Glauser Ortiz, 2009; Izá Pereira, 2018, entre otros). En dicha interpretación, el creciente número de extranjeros, sobre todo de origen brasileño, operando como productores y/o propietarios, es considerado un elemento determinante en el impulso de las transformaciones agrarias en curso en este espacio nacional. En segundo lugar, examinaremos las que otorgan un papel determinante al tamaño y poder de las empresas trasnacionales en esta rama de la producción (Rojas Villagra, 2009). Como profundizaremos a continuación, ambas interpretaciones, pese a su relevancia empírica, al concentrarse en el origen o las diferencias de poder de los agentes en cuestión, desvinculan las formas concretas asumidas por las relaciones sociales en la producción agraria del conjunto de las relaciones sociales que constituyen la sociedad capitalista, limitando de esta forma, la posibilidad de examinar estos fenómenos desde la perspectiva de la acumulación de capital en general y el papel que los individuos desempeñan en ella.
2.1.1 La tesis de la extranjerización
El proceso de extranjerización del territorio paraguayo ha ocupado un lugar central en el pensamiento social sobre este país, tanto clásico, como contemporáneo.[2] Si bien no existen datos oficiales que permitan establecer exhaustivamente y de manera certera el alcance de este fenómeno en la actualidad, al 2009, según Glauser (2009), por lo menos, el 19.4% del territorio nacional estaba en manos de extranjeros.[3] De esta superficie, 4.792.528 hectáreas estarían en manos de individuos de origen brasileño y 3.096.600 hectáreas pertenecerían a extranjeros de otras nacionalidades.[4] De hecho, en términos geográficos, la presencia más notoria de este fenómeno tendría lugar en los departamentos fronterizos con Brasil.[5]
En términos productivos, este proceso se habría desplegado, principalmente, sobre la base de la sojización de la región Oriental pero, como señalan algunos estudios, en los últimos años estaría avanzando hacia otros rubros como el de la producción cárnica (Vuyk, 2016; Zevaco y González Cáceres, 2020). En lo que refiere al tamaño de las fincas afectadas por este fenómeno, según Galeano (2017), mientras que en el año 1991 los propietarios extranjeros comprendían el 14 % del total de dueños de las explotaciones agrarias de 1.000 y más hectáreas, en 2008, su presencia escalaba el 24% a nivel nacional, sobre todo en determinadas regiones del país.
En esta línea, esta cuestión se ha convertido en el punto central de una amplia diversidad de estudios, atribuyendo a la denominada extranjerización la expulsión (Fogel, 2016b; Galeano, 2016, 2017; Glauser Ortiz, 2009), “desterritorialización” (T. Palau et al., 2009) y/o deterioro de las condiciones de vida de un sector importante de los habitantes locales del agro:
La intensificación reciente y actual de la extranjerización está generando la creciente y cada vez más crítica exclusión del acceso a la tierra de los campesinos y los indígenas. Es un fenómeno que, a su vez, se manifiesta en dos procesos socio-políticos de rasgos crecientemente críticos. Uno de ellos consiste en los conflictos por la tenencia de la tierra, entre los grupos campesinos afectados, acompañados por organizaciones regionales y nacionales del sector, y los empresarios extranjeros y sus agentes. […] También existen conflictos en los que participan comunidades campesinas enteras de forma espontánea, que reaccionan ante las consecuencias directas e indirectas que les acarrea el proceso de extranjerización de la tierra (Galeano, 2017, p. 61).
Si bien el objetivo de este trabajo no es negar el peso de este fenómeno en el territorio paraguayo, consideramos importante cuestionar su relevancia explicativa al analizar el impulso de las transformaciones productivas recientes y su impacto en la estructura social. En este sentido, consideramos que acotar el análisis de los sujetos sociales a aspectos concretos, tales como el origen, desvinculan los fenómenos en análisis del movimiento propio de la valorización del capital desconociendo la heterogeneidad de papeles desempeñados por estos agentes en el proceso de trabajo agrario. Como afirma Caligaris (2017a),
desde el punto de vista de la crítica de la economía política, aunque lo ‘concreto’ inmediato debe ser siempre el punto de partida de toda investigación […], si se lo aísla de su determinación esencial se lo convierte en una ‘abstracción’ […] (Caligaris, 2017a, p. 265).[6]
En vista de esto, a continuación, presentaremos algunas consideraciones que pueden permitirnos concebir la denominada extranjerización, aún en su fase expansiva actual, como una manifestación de un proceso más amplio, cuyos determinantes trascienden sus manifestaciones concretas.
En primer lugar, algo que salta a la vista de inmediato al examinar este fenómeno es que la denominada extranjerización ha sido constituida por décadas involucrando agentes extranjeros en posiciones heterogéneas. En este sentido, podemos ver que, por ejemplo, el frente de colonización brasileño ha estado integrado, tanto por grandes inversores, como por pequeños productores sin tierra. Al respecto Souchaud (2005), describe:
Entre estos colonos se encuentran aquellos que tuvieron un ascenso social importante como producto de una actividad específica y de una situación de monopolio (pequeños comerciantes con vehículo, por ejemplo) […] [pero] los colonos que habilitan sus parcelas, pequeños productores, no participan tan fácilmente del proceso de acceso a la tierra. Al no ser paraguayos, no pueden pretender beneficiarse de las magras distribuciones de tierras implementadas por el IBR; ni tampoco como productores rurales pobres, ya que no pueden comprar parcelas. Las ocupaciones existen aunque son poco numerosas y a menudo los ocupantes son expulsados por un mercado inmobiliario muy dinámico, con reglas de juego obscuras y a veces violentas (p. 26).
De hecho, de acuerdo al citado estudio, estos pequeños productores, operaron y operan en territorio paraguayo como mano de obra cautiva:
[E]stos colonos [son] así controlados por los grandes propietarios que “preparan el terreno” de la especialización y pilotan a distancia el modelo espacial en formación. Al finalizar el contrato de alquiler de tierras, los colonos son empujados hacia delante, para habilitar nuevas parcelas en el monte. Son, en definitiva, una mano de obra cautiva, que no solamente habilita nuevas parcelas sino también preparan la modernización agrícola por venir. […] Una vez construido suficientemente el espacio, los colonos habilitadores de parcelas serán cada vez menos numerosos y útiles, debido a que, una vez que el mecanismo espacial necesario es puesto en marcha, la reproducción del modelo de la monocultura intensiva de exportación y la mecanización pueden realizarse por sí mismas (Souchaud, 2005, p. 27).
En este sentido, Wesz Junior (2020), afirma que se observa un proceso de retorno de productores y propietarios rurales a Brasil:
Este retorno incluye los conflictos por tierra en Paraguay, la imposibilidad de legalizar su área en el país, el endeudamiento derivado de la producción agrícola y, principalmente, la búsqueda de servicios y políticas disponibles en Brasil (salud pública, transporte escolar y, sobre todo, jubilación). Incluso ocurrió la entrada de pequeños agricultores brasileños que regresan de Paraguay y se establecen en campamentos organizados por el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) (p. 12).
En vista de esto, una segunda cuestión que aparece para el análisis es la conexión del fenómeno analizado con procesos similares de transformaciones materiales y producción de sobrepoblación relativa, sean anteriores o actuales, desplegados en otras geografías. En esta línea, como es señalado por distintos autores, el arribo de brasileños a suelo paraguayo empezó desde mediados de los años sesenta y está estrechamente ligada a los cambios estructurales en la economía rural del sudeste brasileño (Nickson, 2005).[7] De hecho, según Souchaud (2005), los colonos migrantes, en gran parte originarios del sur de Brasil pero también del sureste y del noreste, son esencialmente pequeños productores campesinos:
Solo algunos pocos habían poseído tierras antes de llegar a Paraguay. En sus regiones de origen, cuando disponían de tierras para trabajar, era bajo el régimen de arrendatarios. Como migrantes pobres, sus enseres y materiales de trabajo eran someros, así como sus técnicas productivas bastante rudimentarias. Los migrantes practicaban una agricultura de tumba y quema de reducida productividad. Además, ellos poseían una mano de obra limitada y restringida al grupo familiar y en la mayoría de los casos quedaban encerrados dentro del bosque. De esta forma, los migrantes habilitaban una parcela de algunas pocas hectáreas para cultivarlas inmediatamente, y destinar la producción esencialmente para el autoconsumo, al mismo tiempo en que construían un rancho (p. 25).
En una línea similar, Galeano (2012) afirma:
La inmigración brasileña, que se inició en la década del sesenta y se intensificó en los años setenta, al estar conformada mayoritariamente por agricultores que venían expulsados del avance de la gran empresa agraria en sus zonas de origen, se instaló mayoritariamente en las regiones fronterizas existentes con el país vecino, y posibilitó una importante difusión de dichas empresas familiares que operaban con explotaciones de 20 a 100 ha de tierra. Al entrar la década del ochenta, dicho estrato productivo comenzó a perder su importancia y, por el contrario, empezaron a ganar significación la mediana y la gran empresa agraria (pp. 409-410).
Por último, nos parece importante señalar que el énfasis excesivo en el origen de los individuos, subestima o impide examinar el papel de una importante porción de agentes de origen local que, en el papel de terratenientes y/o capitalistas, impulsan y se benefician de las transformaciones productivas analizadas. En este sentido, distintos relevamientos (Guereñay Rojas Villagra, 2016; Rojas Villagra, 2009, entre otros) permiten visualizar la participación y el peso de actores nacionales en esta esfera. Dicho de otro modo, no estaríamos ante una realidad menos cruenta si los desplazamientos de los sectores más pobres de la población rural fueran impulsados exclusivamente por terratenientes y/o capitalistas paraguayos.
En resumen, más allá de la relevancia del fenómeno de la extranjerización en términos empíricos, como hemos presentado, la forma de abordaje centrada en el origen al no remitir al papel en la acumulación de capital de los individuos en cuestión, no permite dar cuenta de la mercancía que personifican ni analizar las causas profundas de las transformaciones de los sujetos sociales desde la perspectiva de la acumulación de capital. Desde el punto de vista asumido por esta investigación, en cambio, la cuestión central no se halla en el origen de los actores sino la forma en que se organiza la producción en la que operan y los papeles que desempeñan en ella.
En esta línea, como veremos a continuación, algunos análisis (Guereñay Rojas Villagra, 2016; Rojas Villagra, 2009, entre otros), sin desconocer la relevancia de la extranjerización, emprenden una caracterización que pone de relieve otros aspectos en relación al rol de los actores intervinientes, tanto en la esfera agraria, como en los eslabones vinculados de la acumulación. No obstante, aunque estos estudios constituyen una base imprescindible para el abordaje aquí propuesto, al momento de explicar la forma que asume la producción en la esfera agraria, focalizan en cuestiones tales como la concentración, el poder económico o el peso de los actores ubicados en determinados eslabones de la cadena, perdiendo de vista la naturaleza específica de esta rama de la producción.
2.1.2 La tesis del poder de las transnacionales
Una de las sistematizaciones más exhaustivas sobre los agentes que intervienen en los distintos eslabones de la acumulación de capital en la esfera agraria es la ofrecida por Rojas Villagra (2009). Dicho estudio, compila información de 64 empresas (16 corporaciones transnacionales, 9 empresas extranjeras, 28 nacionales y 11 cooperativas) que operan en los distintos eslabones que componen la cadena productiva del denominado agronegocio: la provisión de insumos y maquinarias para la producción agrícola, la producción propiamente dicha, el acopio y la comercialización de las materias primas, la industrialización y la distribución al consumidor final de los productos derivados del sector.[8]
En su recorrido por cada uno de los eslabones de este circuito, el autor señala que, mientras la participación de algunas empresas se limita a algunas esferas, otras, en general transnacionales, “participan en varios estadios de la cadena del agronegocio, realizando una integración vertical de los diferentes procesos que la componen” (Rojas Villagra, 2009, p. 37).[9] En este sentido, afirma:
La columna vertebral del agronegocio en el país la constituyen las corporaciones transnacionales, que conforman el núcleo transnacional del modelo, en torno al cual se van organizando y expandiendo las diferentes actividades que participan en él. Estas corporaciones son las que determinan en última instancia qué y cómo se va a producir, de la mano de los productos tecnológicos que ellas mismas desarrollan, y que son incorporados por todos los demás actores del sector (Rojas Villagra, 2009, p. 74).
Según este autor, dicho núcleo de empresas maneja la totalidad del circuito en función de su propia rentabilidad. La fuente de esta posibilidad es el control oligopólico que logran ejercer, directa o indirectamente, en los distintos eslabones de esta cadena. Entonces, la clave para comprender el funcionamiento del circuito agrario y sus distintas esferas, estaría en el poder de dominio que ejerce este núcleo de capitales transnacionales sobre el resto. En esta línea, mientras algunos capitales, los transnacionales, logran organizar la cadena de acuerdo a su conveniencia en términos de rentabilidad, otros capitales, de menor tamaño, son integrados a la misma de manera subordinada.
Es así que, en el marco de este esquema interpretativo, el eslabón específico de la producción agraria y sus agentes, cuyas transformaciones constituyen el foco de nuestro examen; estarían determinados por los intereses de estos actores transnacionales que operan, predominantemente en otras esferas de esta rama:
[L]os productores son solo un engranaje entre el proceso de provisión y el acopio de la producción, al entregarles las corporaciones los insumos y posteriormente recibir la producción, a cambio de una pequeña ganancia, que para las transnacionales es apenas un costo de producción en el proceso que les generará enormes dividendos en la etapa de la comercialización o industrialización de las materias primas agrícolas (Rojas Villagra, 2009, p. 75).
Aunque Rojas Villagra no se pronuncie explícitamente al respecto en este trabajo, el argumento que subyace a este tipo de interpretaciones, centradas en la existencia de capitales diferentes dominando unos sobre otros o, dicho de otro modo, de capitales con distintas capacidades y potencialidades para generar barreras y controlar el mercado; es el esgrimido por teorías como la del capital monopolista con la consecuente impugnación de la existencia de una tasa general de ganancia (Hilferding, 1963; Lenin, 1946).[10]
Desde el enfoque propuesto por nuestro trabajo, en cambio, consideramos que, aunque en lo concreto la realidad se presente ante nuestros ojos tal como es expuesta por Rojas Villagra (2009), poner el foco en las diferencias de poder entre los capitales, como alertan Starosta y Caligaris (2017), invierte el curso de la determinación “convirtiendo a dichas manifestaciones en causas del fenómeno a explicar” (p. 250). Recordemos que, como presentamos en el capítulo 1, Marx planteó la necesidad de la existencia de una tasa general de ganancia como concreción de la unidad del movimiento de los capitales individuales en cuanto partes alícuotas del capital social global (Marx, 2016). En esta línea, y a los fines de explicar los fenómenos examinados, en vez de tomar como punto de partida las relaciones de poder que ejercen unos capitales sobre otros, se debe esclarecer la relación entre esta forma inmediata asumida por lo capitales individuales que operan en los distintos eslabones de este sector y la dinámica general del sistema en su conjunto determinada por el proceso de autoexpansión del capital. Es decir que, en lugar de detenernos en estas manifestaciones concretas, el desafío es explicar estas “relaciones de poder” entre los capitales individuales, esta diferenciación en sus capacidades de valorización a lo largo de la cadena “como una expresión del despliegue global de la ‘ley del valor’” (Starostay Caligaris, 2017, p. 252). La forma concreta en que los capitales individuales operan y afirman su unidad como “partes alícuotas” del capital social global es el proceso de formación de la tasa general de ganancia y, éste último, no es nada más ni nada menos que “la determinación esencial o inmanente de la relación social general entre las empresas capitalistas” (Starostay Caligaris, 2017, p. 252).
Ahora bien, el hecho de poner el foco en el control ejercido por las empresas oligopólicas, no le impide a Rojas Villagra (2009) advertir la descentralización existente en el ámbito de la producción agraria propiamente dicho. Como afirma este autor, en contraste con otros eslabones de lo que denomina la cadena del agronegocio, la esfera de los productores agropecuarios constituye “el renglón más descentralizado” de esta rama (Rojas Villagra, 2009, p. 26). Sin embargo, al momento de explicarse esta característica específica, el autor vuelve a referir a la influencia de las empresas transnacionales que “evitan en gran manera, participar en los múltiples conflictos que genera la producción de soja fundamentalmente entre las comunidades campesinas que se ven afectadas por la misma, y las empresas y colonos que efectivamente la producen” (Rojas Villagra, 2009, p. 74).
Como veremos a continuación, desde la perspectiva que guía nuestra investigación, la referida descentralización del eslabón de la producción, tampoco es una característica determinada por los capitales transnacionales para operar en el “conflictivo” espacio rural paraguayo, sino que constituye uno de los rasgos típicos de la forma asumida por la acumulación de capital en la esfera agraria.[11]
2.2 La preeminencia productiva del pequeño capital
En nuestro intento de establecer el tipo de sujeto social predominante en términos productivos en la esfera de la producción agraria, hasta aquí, hemos debatido con dos interpretaciones distintas. En primer lugar, presentamos nuestros contrapuntos con aquellas visiones que enfatizan en el dominio de los productores extranjeros. Luego, debatimos con las que hacen eje en el poder ejercido por los capitales transnacionales que operan en otros eslabones condicionando a su conveniencia la forma asumida por la esfera de la producción agraria. En este marco, si bien coincidimos con Rojas Villagra (2009) en que la esfera de la producción agraria en sí misma, constituye uno de los ámbitos más descentralizados del circuito agrario, a diferencia de este autor, consideramos que este aspecto no está determinado por la necesidad particular de los capitales transnacionales de evadir el conflictivo espacio rural paraguayo. Por el contrario, desde nuestro punto de vista, la ausencia de estos capitales en la esfera de la producción agraria pone de manifiesto, como ha desarrollado ampliamente Caligaris (2017a), uno de los rasgos específicos de este ámbito, no solo en Paraguay sino en el mundo entero: la ausencia del capital normal. Avancemos entonces, sobre la base del planteo de este autor, en el examen de la forma que asume esta especificidad en el caso paraguayo.
En debate con los abordajes que han caracterizado las interpretaciones marxistas de la denominada “cuestión agraria”, Caligaris (2017a), remarca la centralidad que tiene para el análisis de esta esfera la ausencia del capital normal y, consecuentemente, el predominio del pequeño capital.[12] Como decíamos al inicio, el pequeño capital es aquel que por su incapacidad de producir en las condiciones sociales medias, no apropia la tasa general de ganancia:
Su vida como pequeño capital transcurre, pues, desde el momento en que pierde la capacidad para apropiar la tasa general de ganancia hasta el momento en que la tasa de ganancia que alcanza a acceder no le permite reproducirse como tal (Caligaris, 2017a, p. 174).
Como mencionamos antes, si bien Marx (2014b) no llega a desarrollar en toda su amplitud este tema, como hemos visto, el ejemplo que toma para este tipo de capitales es, justamente, el de los pequeños capitales agrarios del régimen de propiedad parcelaria. Este tipo de capitales no presentarían otro límite para su permanencia en producción que el de seguir obteniendo el salario que el capitalista se abona a sí mismo en cuanto trabajador, pudiendo permanecer en producción, simplemente reproduciendo el capital adelantado y sin obtener ganancia alguna (Caligaris, 2019). Con lo que, siguiendo a este autor, la unidad en un mismo sujeto de la personificación del capital y la fuerza de trabajo es la base que permitiría a los pequeños capitales resistir los quebrantos que implica las fluctuaciones características de la productividad del trabajo agrario y que ya hemos presentado en el capítulo 1.[13]
Lo mismo sucede con la propiedad de la tierra. Como también ya hemos visto, en el caso del pequeño capital, la unidad entre el capital y la propiedad de la tierra permite evitar su salida inmediata de la producción frente a las fluctuaciones propias de la producción agraria. A su vez, al no tener como condición de su valorización la apropiación de la ganancia media, su unidad con la propiedad territorial no se le presenta como un contrasentido. A partir de esto, podemos decir que, en la esfera agraria, la unidad entre la personificación del capital y la propiedad de la tierra o entre la personificación del capital, la propiedad de la tierra y la fuerza de trabajo evidencia que estamos ante capitales que no se están valorizando en las condiciones medias, es decir, pequeños capitales.
Ahora bien, al interrogarnos por este aspecto en el caso paraguayo, notamos que, si bien la bibliografía disponible es muy nutrida, en general, en lo que remite al papel de los sujetos sociales desde el punto de vista de la acumulación de capital, se otorga un tratamiento indiferenciado a las personificaciones encarnadas por los agentes que operan en el espacio rural. Sin embargo, como hemos señalado antes, algunos análisis han dado cuenta de la descentralización que caracteriza la esfera de la producción agropecuaria (Rojas Villagra, 2009) y han advertido la tendencia a la unidad entre el capital, la tierra y/o la fuerza de trabajo en esta rama (Galeano, 2016; Levy Sforza et al., 2018; Rojas Villagra, 2009). Asimismo, las estadísticas disponibles, relevan aspectos que permiten confirmar el peso de estas tendencias.[14]
Uno de ellos, por ejemplo, es la identificación de la tendencia a la personificación simultánea del capital y de la propiedad de la tierra mediante el examen del tipo de tenencia de la tierra declarada por los productores que están a cargo de cada finca.[15] Si la tenencia declarada por los productores se encuadra en las categorías de “título definitivo” o “documento provisorio” podríamos afirmar que estamos frente a un agente que además de personificar al capital, personifica la propiedad de la tierra. En este sentido, revisando el CAN de 2008 tenemos que en el 82% de la superficie los productores poseen el título definitivo o provisorio de las tierras en las que producen.
Gráfico10. Superficie productiva agropecuaria paraguaya según tipo de tenencia de la tierra 2008

Fuente: Elaboración propia en base a CAN 2008 (vol. 1) –ver anexo –.
Asimismo, aunque en todos los casos se mantiene esta tendencia, en las fincas inferiores a las 100 hectáreas las ocupaciones registran un peso mayor que en los otros estratos. En estos casos, aunque no haya título, la tendencia a la unidad entre la propiedad de la tierra y el capital se concreta de hecho.
Gráfico 11. Estrato de fincas según tipo de tenencia de la tierra. Paraguay 2008

Fuente: Elaboración propia en base a Censo Agropecuario Nacional 2008 (vol. 2) –ver anexo –.
Es así que, sea en términos formales (título definitivo o provisorio) o de hecho (ocupación), el tipo de tenencia declarada por los productores en el censo se constituye como evidencia de la unidad entre la propiedad de la tierra y el capital en casi toda la extensión de la esfera agraria paraguaya.
Lo mismo encontramos si rastreamos la simultaneidad entre la personificación del capital y la fuerza de trabajo a través de la ocupación declarada por el productor. Allí podemos observar que un 94% de los productores se ha desempeñado también como fuerza de trabajo. Entre ellos, un 54% lo ha hecho exclusivamente al interior de su unidad productiva, mientras que un 40% ha alternado el trabajo en su propia finca con trabajo extrapredial.
Gráfico 12. Productores según ocupación. Paraguay 2008

Fuente: Elaboración propia en base a CAN 2008 (Vol. 1) –ver anexo –.
En conclusión, hemos corroborado que un amplio porcentaje de la superficie productiva agraria paraguaya presenta la tendencia a la unidad entre la propiedad de la tierra y/o la fuerza de trabajo. Si bien esto evidencia la preeminencia productiva del pequeño capital en este ámbito, resta examinar si el aumento de la escala basado en el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo agrario, abordado en el capítulo anterior, implicó el desencadenamiento de una tendencia contrapuesta.
2.2.1 Aumento de la escala de producción y pequeños capitales agropecuarios
Si como afirmamos más arriba, la ocupación o posesión de título nos indicaba la unidad entre la propiedad de la tierra y el capital y, como consecuencia, el carácter de pequeño capital de los agentes en cuestión, el aumento de los arriendos, podría indicarnos una tendencia contrapuesta al expresar la separación entre la figura del terrateniente y la del capitalista. En este sentido, como se observa a partir de la comparación entre el CAN de 1991 y el de 2008, si bien predominan las unidades productivas con título definitivo, el alquiler, mediería o aparcería es una de las formas de tenencia que más se expandió durante el período intercensal alcanzando un incremento del 280,4%.
Tabla 3. Variación de superficie agropecuaria según tipo de tenencia de la tierra. Paraguay 1991-2008
| Superficie total de fincas (Ha.) | Título definitivo | Documento provisorio | Tierra alquilada o tomada en aparcería | Usada como ocupante | Otra forma de tenencia | |
| Paraguay 1991 | 23817737 | 21236708 | 793868 | 648551 | 901785 | 236825 |
| Paraguay 2008 | 31086894 | 24350406 | 1280518 | 2467234 | 1409051 | 1579686 |
| Variación (%) | 30.5% | 14.7% | 61.3% | 280.4% | 56.3% | 567.0% |
Fuente: Elaboración propia en base a CAN 2008 (vol. 1) y CAN 1991 (vol. 1 y vol. 2).
Asimismo, si observamos dicha variación en términos geográficos, encontramos que ambas regiones registraron un incremento en la aludida forma de tenencia: en el caso de la región Oriental, de un 127% y en el de la región Occidental de un 600%. En este sentido, este notorio aumento de los arriendos en relación al CAN anterior, en términos proporcionales, podría indicar un ingreso progresivo a esta esfera de capitales que se valorizan normalmente sin necesidad de personificar simultáneamente la propiedad de la tierra o la fuerza de trabajo, es decir, capitales normales.
Sin embargo, aunque trasciende las posibilidades de nuestro estudio llegar a una conclusión acabada sobre este punto, tomando como base los análisis que hacen foco en estos procesos, consideramos que los arriendos en cuestión no serían expresión de una tendencia progresiva de la presencia del capital normal en esta esfera sino que constituyen una de las formas que implementan los pequeños capitales para expandir sus dominios. De hecho, como señalan Riquelme y Vera (2013), el arriendo, en muchos casos, es implementado por las empresas inversoras como el preludio de una eventual apropiación:
Una vez alquilada la finca o parte de ella, la posibilidad de recuperarla por el dueño se vuelve casi imposible, por dos motivos: uno, rodeada de cultivos sometidos a fumigaciones permanentes, tanto las familias como cualquier siembra de rubros de consumo, están expuestos a los agroquímicos. Dos, la ausencia total de control de las normativas ambientales, de asistencia técnica, de créditos y de rubros de rentas alternativos para los productores de pequeñas fincas, provoca desmotivación e incluso resentimiento que los lleva a abandonar sus parcelas ofreciendo en arrendamientos o en ventas (p. 21).[16]
En esta línea, el arrendamiento es tomado por T. Palau et al. (2009) como un “factor puente” previo a la venta y la migración (p. 179).
En suma, aunque arribar a una conclusión acabada a este respecto requiere un abordaje que sobrepasa las posibilidades de nuestro estudio, teniendo en cuenta lo presentado, consideramos que el aumento de la escala de producción que implicó el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo agrario no alcanzó una magnitud tal que comprometa la esencia misma del proceso de trabajo en esta esfera.[17] Con lo que, corroboradas la tendencia a la unidad entre la propiedad del capital, la tierra y/o la fuerza de trabajo en casi toda la extensión del espacio rural paraguayo podríamos afirmar el predominio del pequeño capital.
Sin embargo, tal como hemos advertido, es importante aclarar que esto no agota el análisis de los sujetos sociales de esta esfera. Como veremos a continuación, aunque la mayoría de los agentes del espacio rural representan simultáneamente la propiedad del capital, la tierra y/o la fuerza de trabajo, solo en el caso de las fincas que alcanzan determinadas dimensiones esto refleja la mencionada preeminencia del pequeño capital. Como profundizaremos a continuación, en las explotaciones de menor escala (aunque es difícil establecer un límite preciso referimos, en general, a aquellas que no superan las 20 hectáreas), la unidad entre la personificación del capital y la propiedad de la tierra está subordinada a su reproducción como fuerza de trabajo superflua. Si bien dichas fincas ocupan solo el 4,31% del territorio, con lo que no se modifican nuestras conclusiones en relación al predominio productivo del pequeño capital; albergan al 88,38% de la población rural, dotando al análisis de este sector de una relevancia social incuestionable
2.2.2 El límite último del pequeño capital
A partir de la constatación de la personificación simultánea del capital, la propiedad de la tierra y/o la fuerza de trabajo en casi toda la extensión del espacio rural paraguayo, dimos cuenta del predominio, en términos productivos, del pequeño capital. Sin embargo, la simultaneidad de personificaciones a la que hemos aludido no es un aspecto que exclusivamente presenten aquellos sujetos sociales que personifican al pequeño capital. De hecho, uno de los principales argumentos que sostiene esta tesis es que la mayoría de los sujetos sociales que componen la esfera agraria, aunque también personifican la propiedad sobre determinados medios de producción, lo hacen como condición de su subsistencia, no como pequeños capitales, sino como fuerza de trabajo superflua. Como son estos sujetos los que constituyen el objeto central de nuestra indagación, aquí necesariamente enfrentamos en el concreto la pregunta por la diferencia cualitativa entre los individuos que personifican simultáneamente la propiedad del capital, la tierra y/o la fuerza de trabajo por ser pequeños capitales y aquellos sujetos en que la posesión de dichos medios de producción se halla subsumida a su subsistencia como obreros o, más concretamente, a su reproducción como población obrera sobrante. Como hemos desarrollado anteriormente, nuestro criterio para emprender esta distinción esencial, entre el estrato más bajo de los pequeños capitales agrarios y la masiva población trabajadora rural, es la posibilidad o no de los individuos en cuestión de obtener, sea a partir del trabajo intra o extrapredial o sea por medio de otras vías que revisaremos en los próximos capítulos, un monto que supere, aunque sea por un escasísimo margen o por lo menos alcance, el salario que se pagaría a sí mismo el capitalista al utilizar su propia fuerza de trabajo.
Examinando entonces, ahora sí, la realidad paraguaya, en una primera aproximación, la diferencia entre un sector y otro, parece expresarse, en la polarización que mencionamos al inicio entre, por un lado, las unidades de gran escala dedicadas a la producción de mercancías para la exportación y, por el otro, el masivo sector de población rural, que complementa la venta de su fuerza de trabajo con la producción en pequeñas fincas para el autoconsumo y/o el mercado interno. Ahora bien, entre un extremo y otro, encontramos una gran variedad de realidades intermedias que complejizan la posibilidad de establecer un límite tajante entre los agentes que representan el pequeño capital y los que engrosan la población trabajadora superflua. Es aquí que un examen más detallado de factores relacionados a la producción y a las condiciones de vida de las unidades productivas, puede aproximarnos a la identificación de algunas tendencias que nos permitan distinguir cualitativamente, aunque sea a grandes rasgos, una realidad de otra.
Como han señalado distintos estudios, el polo de la producción de mercancías para la exportación tiene un requerimiento técnico incosteable para las explotaciones que no alcanzan ciertas dimensiones (Fogel Pedroso, 2019; Galeano, 2016; T. Palau et al., 2009). Es así que, según algunos analistas, la superficie mínima requerida para ser competitivo en el rubro de la soja es de 100 hectáreas (T. Palau et al., 2009, p. 145). En este sentido, podemos ver que el 88,7% de dicho cultivo se halla en unidades productivas que superan las 100 hectáreas, predominantemente en los estratos que se ubican entre las 200 y las 5000 hectáreas.
Tabla 4. Superficie y cantidad de fincas cultivadas con soja según estrato. Paraguay 2008
| Tamaño de finca | Cantidad de fincas | % | Superficie cultivada | % |
| Menos de 1 Ha. | 14 | 0.05% | 5 | 0.00% |
| De 1 a menos de 5 Ha. | 2528 | 9.11% | 4002 | 0.16% |
| De 5 a menos de 10 Ha. | 5510 | 19.87% | 17770 | 0.72% |
| De 10 a menos de 20 Ha. | 6866 | 24.76% | 43130 | 1.75% |
| De 20 a menos de 50 Ha. | 5187 | 18.70% | 92182 | 3.74% |
| De 50 a menos de 100 Ha. | 2424 | 8.74% | 120482 | 4.89% |
| De 100 a menos de 200 Ha. | 1990 | 7.18% | 214266 | 8.70% |
| De 200 a menos de 500 Ha. | 1789 | 6.45% | 425219 | 17.26% |
| De 500 a menos de 1000 Ha. | 724 | 2.61% | 370054 | 15.02% |
| De 1000 a menos de 5000 Ha. | 605 | 2.18% | 776271 | 31.51% |
| De 5000 a menos de 10000 Ha. | 67 | 0.24% | 238953 | 9.70% |
| De 10000 y más Ha. | 31 | 0.11% | 161176 | 6.54% |
| TOTAL | 27735 | 100.00% | 2463510 | 100.00% |
Fuente: Elaboración propia en base a CAN 2008 (Vol. 1).
En el caso de la carne, se corrobora una tendencia similar. El 89,5% del ganado vacuno se concentra en fincas que superan las 20 hectáreas reuniendo el mayor peso las explotaciones que superan las 1000 hectáreas.
Tabla 5. Cantidad de vacunos y búfalos según estrato. Paraguay 2008
| Tamaño de finca | Cantidad de cabezas | % |
| No tiene | 9619 | 0.10% |
| Menos de 1 Ha. | 38050 | 0.40% |
| De 1 a menos de 5 Ha. | 289548 | 2.80% |
| De 5 a menos de 10 Ha. | 308628 | 2.90% |
| De 10 a menos de 20 Ha. | 448880 | 4.30% |
| De 20 a menos de 50 Ha. | 440136 | 4.20% |
| De 50 a menos de 100 Ha. | 305638 | 2.90% |
| De 100 a menos de 200 Ha. | 396444 | 3.80% |
| De 200 a menos de 500 Ha. | 774768 | 7.40% |
| De 500 a menos de 1000 Ha. | 758553 | 7.20% |
| De 1000 a menos de 5000 Ha. | 2774858 | 26.40% |
| De 5000 a menos de 10000 Ha. | 1327002 | 12.60% |
| De 10000 y más Ha. | 2624517 | 25.00% |
| TOTAL | 10496641 | 100.00% |
Fuente: Elaboración propia en base a CAN 2008 (Vol. 1)
Ahora bien, aunque tanto la producción de carne como la de soja se lleva a cabo predominantemente en fincas que superan las 100/200 hectáreas, como dijimos anteriormente, hay una franja de explotaciones que, aunque no alcanzan estas dimensiones, se dedican a estos rubros sobre la base de cierta tecnificación y de la explotación del trabajo familiar. En este sentido, en términos del proceso de trabajo, encontramos que, en las unidades que se ubican entre las 20 y las 100 hectáreas la utilización de la propia fuerza de trabajo desempeña un rol clave en la posibilidad de mantenerse en la producción de estos rubros. Teniendo en cuenta este aspecto, algunos autores distinguen a estas unidades denominándolas “farmer” (Fogel, 2001; Galeano, 2016; Schvartzman, 2017) debido a que poseen una escala y un nivel de tecnificación superior al de las unidades denominadas campesinas, las cuales examinaremos en el próximo apartado. Pero, a su vez, las dimensiones de sus explotaciones y el peso de la fuerza de trabajo familiar en ellas le otorgan un carácter diferente con respecto a las explotaciones de mayor escala.
Como decíamos antes, Caligaris (2017a), sobre la base del desarrollo de Marx, plantea que el límite último para la existencia de un pequeño capital, como tal, se halla en el punto en que a partir de la explotación de su propio trabajo (sea éste individual o familiar) obtiene un monto superior o equivalente al valor de la fuerza de trabajo.[18] En este sentido, si el límite último que marca la existencia de un pequeño capital como tal es la obtención a partir de la utilización de la propia fuerza de trabajo de un monto equivalente a un salario, las explotaciones intermedias o “farmer” a las que hemos aludido parecen encuadrarse en lo que serían los estratos más bajos del pequeño capital en la producción agraria paraguaya. Como afirma Caligaris (2017a), estaríamos ante “pequeños capitalistas que, por estar en el estrato más bajo del pequeño capital, son al mismo tiempo trabajadores” (p. 201). En estos casos, pese a la importancia que tiene la fuerza de trabajo encarnada en el trabajo familiar, tanto la personificación de la propiedad de la tierra como de la fuerza de trabajo, aparecen subsumidas a su permanencia en la producción como pequeños capitales. Lo mismo sucede con el cultivo para el autoconsumo, presente como complemento, sobre todo en las fincas de entre 20 y 50 hectáreas.
Dadas sus dimensiones, estos pequeños capitales, junto con las explotaciones denominadas campesinas que analizaremos a continuación, fueron los sectores más perjudicados por la concentración y centralización del capital potenciada en el espacio rural paraguayo a partir del cambio de siglo. En este marco, mientras las unidades que superan las 100 hectáreas, registraron un incremento del 36,59%, incorporando 7.678.842 hectáreas a la producción durante el período intercensal, las explotaciones que se ubican entre las 20 y 100 hectáreas registraron una reducción del 36,3%, sobre todo, en aquellas regiones más densamente pobladas en las que la expansión de los capitales de mayor escala, se abrió paso a costa de la absorción o disolución de las pequeñas unidades productivas.
En el caso de estas explotaciones intermedias, las fincas entre 50 y 100 hectáreas, perdieron 43.093 hectáreas (-8,6%) de superficie, pasando de 7.577 fincas en 1991 a 6.879 en 2008 (-9,2%). Por su parte, las fincas ubicadas en el estrato de entre 20 y 50 hectáreas, sufrieron una reducción más pronunciada, pasando de 32.519 fincas en 1991 a 22.865 en 2008 (-27,5%) y perdiendo 237.923 hectáreas (-27,7%).
3. La preeminencia sociodemográfica de los trabajadores rurales
Hasta aquí hemos visto que las unidades productivas de mayor escala, tendencialmente, se hallan bajo el comando del pequeño capital reflejado en la personificación simultánea del capital, la propiedad de la tierra y, en el caso de las explotaciones “farmer” o intermedias, la fuerza de trabajo. Estas últimas, constituirían el estrato más bajo del pequeño capital, cuyo límite parece estar en aquellas unidades productivas cuyas dimensiones alcanzan un mínimo de 20 hectáreas. Ahora bien, aunque este tipo de explotaciones ocupan el 95,69% de la superficie productiva agraria solo representan el 16,51% de las fincas existentes. Esto nos sitúa frente a la pregunta de qué tipo de sujeto encontramos en el 83,49% de las unidades productivas restantes del espacio rural paraguayo.
En el apartado anterior, el análisis de la escala y otros factores productivos nos permitió identificar, aunque sea tendencialmente, que las unidades productivas que superan las 20 hectáreas, se abocaban a la producción de las mercancías agrarias para la exportación que para ser rentables requieren un proceso de producción altamente tecnificado. A su vez, observamos que en las unidades más pequeñas dentro de este sector, el trabajo familiar y la producción para el autoconsumo desempeñan un papel fundamental en su reproducción como pequeños capitales.
Examinemos, ahora, estos aspectos en las fincas que no alcanzan las 20 hectáreas. Estas unidades productivas, si bien constituyen el 83,49% de las fincas totales, ocupan solamente el 4,31% de la superficie rural. La producción en dichas fincas, usualmente denominadas campesinas, se caracteriza por la baja productividad del trabajo y la alta demanda de mano de obra, orientada predominantemente, a rubros aptos, tanto para la venta en el mercado interno, como para el consumo de las familias productoras. En este sentido, las fincas de estos estratos son responsables de un alto porcentaje de la producción de poroto (85,34%), mandioca (82,76%), tabaco (82,29%), tártago (81,15%), algodón (49,89%), sésamo (78,16%), caña de azúcar (40,25%) y maní (41,67%), entre otros.[19]
Tabla 6. Hectáreas y toneladas de rubros para el mercado interno y el autoconsumo según fincas de 0 a 20 hectáreas y según total país. Paraguay 2008
| Rubros | Fincas de 0 a 20 Ha. | Porcentaje de producción en fincas de 0 a 20 hectáreas con respecto al total país | |
| Hectáreas cultivadas | Producción en toneladas | ||
| Poroto | 47489 | 38087 | 85.34% |
| Mandioca | 143533 | 1836123 | 82.76% |
| Tabaco | 1833 | 3095 | 82.29% |
| Tártago | 3768 | 3992 | 81.15% |
| Algodón | 34691 | 31813 | 49.89% |
| Sésamo | 53331 | 39116 | 78.16% |
| Caña de azúcar p/ind. | 34184 | 2044648 | 40.25% |
| Maní | 43837 | 12497 | 41.67% |
Fuente: Elaboración propia en base a CAN 2008 (vol. 2).
Como hemos adelantado, uno de los argumentos centrales de este trabajo es que en estas unidades productivas, aunque también aparezca la tendencia a la unidad entre el capital y la propiedad de la tierra, ésta se halla sometida no a su reproducción como pequeño capital sino como fuerza de trabajo superflua. Si tenemos en cuenta que el 88,4% de la población rural en edad de trabajar (diez años y más) se ubica en las fincas que estamos observando, tenemos que, en el espacio rural paraguayo, el predominio productivo del pequeño capital, del que ya hemos dado cuenta, convive con un masivo sector de sujetos sociales que se reproducen como fuerza de trabajo a condición de poseer los medios básicos para una producción de autoconsumo. Este sector, denominado usualmente como campesino, ha sido ampliamente analizado por la literatura especializada. Sin embargo, recuperando la afirmación de T. Palau y Heikel (2016), “el campesinado parece ser una noción demasiado vaga para dar cuenta de lo que pretende” (p. 131). En este sentido, a continuación, entablaremos un diálogo crítico con algunas interpretaciones en torno a este sector difundidas en los estudios sobre el tema. Luego, sobre esa base, esgrimiremos los argumentos por los cuales consideramos que los denominados campesinos, desde el punto de vista de su papel en la acumulación de capital, son fuerza de trabajo superflua cuya reproducción se halla subsumida a la posesión de una pequeña extensión de tierra y herramientas, sea para el autoconsumo o para la venta abaratada en el mercado interno.
3.1 El predominio de la fuerza de trabajo en los denominados campesinos
La existencia masiva del campesinado en Paraguay ha sido un aspecto resaltante desde su configuración histórica como espacio nacional (Creydt, 2002; Pastore, 2008, entre otros). Como afirma Rojas Villagra (2015), “más allá de las profundas transformaciones sucedidas en las últimas décadas […] sigue siendo un sector esencial y muy numeroso, ya bien entrado el siglo XXI” (p. 22). La masividad de este sector de fincas denominadas campesinas, caracterizadas por no superar las 20 hectáreas y por su orientación a la producción de subsistencia y/o el mercado interno, redireccionó, en Paraguay, el clásico debate de la cuestión agraria a la pregunta por la naturaleza de los sujetos que habitan en estas unidades y las distintas formas que asume su reproducción.[20]
Si sintetizamos, a grandes rasgos, las visiones que han predominado en dicho debate desde sus inicios, encontramos, principalmente dos posturas. Por un lado, la de los denominados “descampesinistas”, cuyo principales exponentes son Lenin (1974) y Kautsky (1977) y plantean que, en el marco del desarrollo del modo de producción capitalista, la proletarización y la consecuente desaparición del campesinado, son un proceso inevitable. Y, por el otro, los “campesinistas” que, sobre la base del desarrollo de Chayanov (1905), consideran posible la existencia y permanencia de la unidad económica campesina en el modo de producción capitalista.
En sintonía con estos últimos, T. Palau y Heikel (2016), recuperan críticamente la noción de unidad económica campesina en su clásico estudio de 1987 sobre el campesinado de Alto Paraná, por los aportes que este esquema puede brindar a la comprensión del funcionamiento interno del “sector campesino”(p.86). Sin embargo, advierten que la noción de Chayanov presenta la limitación de no contemplar el análisis de la unidad campesina en su relación con la economía nacional ni con la global. Sobre la misma base, Rojas Villagra (2015), señala que las economías campesinas coexisten y se articulan de manera subordinada al modo de producción capitalista. Es decir que, si bien como planteaba Chayanov, constituyen una unidad social, a su vez están subsumidas a un modo de producción “distinto y dominante” (p. 14). En esta línea, agrega:
La economía campesina ha mostrado una gran capacidad de resistencia frente a la expansión del capitalismo agrario, principalmente en los países subdesarrollados o periféricos. Esta gran capacidad de perdurabilidad no solo tiene que ver con su funcionalidad a la economía de mercado, sino que, primeramente, se debe a sus características propias como organización económica, distinta a la organización capitalista, a su lógica interna, sus razonamientos y formas de producción (Rojas Villagra, 2015a, p. 30).
Según estos autores, lo que confiere a la unidad productiva su “carácter campesino” es el binomio tierra-trabajo familiar. En esta línea, la posesión de una parcela de tierra ocupa un lugar central: “Sin una parcela de tierra, sin un espacio territorial, no existirán las unidades campesinas, y si este factor es insuficiente, se verá un proceso de descomposición progresiva de las economías campesinas, hasta su posible desaparición” (Rojas Villagra, 2015a, p.33).
Sobre esta base, las unidades campesinas estarían comandadas por una racionalidad diferente a la de las empresas capitalistas ya que el fin último de sus actividades productivas es cubrir las necesidades de sobrevivencia de sus miembros: “La racionalidad campesina privilegia, al menos en un modelo ideal histórico, la producción para el autoconsumo, para la reproducción, y no para la acumulación, que es la racionalidad propia de las empresas capitalistas” (Rojas Villagra, 2015a, p. 30). Asimismo la cantidad de trabajo necesario se establecería a través de un “equilibrio óptimo” entre el esfuerzo laboral y el producto a ser obtenido.
Ahora bien, distanciándose de la noción desarrollada por Chayanov, para los autores mencionados, la inserción en el mercado capitalista, habría subordinado al sector campesino “descomponiendo progresivamente su estructura interna, despojándolo de sus medios y formas de vida” (Rojas Villagra, 2015a, p. 15). En este sentido, como resultado de esta subordinación, dichas unidades, transfieren valor hacia el sector dominante capitalista, a través de, por un lado, la especialización productiva (con un creciente requerimiento de insumos tecnológicos y maquinarias y, el respectivo endeudamiento para obtenerlos) y, por el otro, vía la asalarización o venta de la fuerza de trabajo familiar extrapredialmente (T. Palauy Heikel, 2016, p. 148). En esta línea, la unidad campesina, en el modo de producción capitalista sobrevive sobre la base de una tensión entre, por un lado, la inserción subordinada al mercado capitalista, el cual debilita las lógicas propias de su funcionamiento interno y, por el otro, esas mismas relaciones mercantiles que le posibilitan obtener ciertos recursos que le permiten reproducirse como sector social y perdurar en el tiempo (Rojas Villagra, 2015a, p. 35).
Las distintas formas asumidas por estas unidades en su inserción subordinada al mercado capitalista sería la base, implícita o explícita, del proceso de diferenciación al interior del campesinado del que hablan distintos autores. Al respecto, Rojas Villagra (2015a), plantea:
La penetración del modelo capitalista en la agricultura, ha generado en algunos casos y acelerado en otros, procesos de diferenciación que inducen a algunos segmentos hacia la capitalización creciente y a otros hacia la descomposición. En las unidades productivas afectadas por el proceso de descomposición lo que se advierte es la ruptura de la relación fundamental tierra-trabajo familiar que le confiere su carácter campesino. Dicha ruptura se expresa en un progresivo endeudamiento o empobrecimiento por pérdida del control sobre sus recursos, principalmente de la tierra (p. 148).
Otros autores, aunque no se posicionan explícitamente en el debate de la cuestión agraria, en sus desarrollos abordan el proceso de diferenciación de las unidades campesinas. Entre ellos, Galeano (2016), por ejemplo, da cuenta de la diferenciación al interior de lo que denomina “la clase campesina”. En esta línea, distingue, en primer lugar, un sector de “campesinos autosuficientes”, usualmente ubicados entre las 10 y 20 hectáreas, que, en su mayoría, poseen título de propiedad y cubren sus necesidades básicas a partir de los ingresos generados por su unidad productiva. En segundo lugar, un sector de “minifundistas asalariados”, ubicados en fincas que no superan las 5 hectáreas, que debido al tamaño y rendimiento de sus unidades productivas deben recurrir a trabajos asalariados extra-prediales sea en contextos rurales o en los mercados de trabajo urbanos para sobrevivir. Y, por último, un sector denominado “sin tierra”, que no posee fincas o el rendimiento de las que poseen se restringe al autoconsumo.
Para este autor, como resultado de las transformaciones recientes, tanto en los “minifundistas asalariados” como en los “campesinos sin tierra”, se observa una progresiva tendencia a recurrir al trabajo extrapredial sea en el ámbito rural o, incluso, donde las distancias lo permiten, en ciudades cercanas, para garantizar el sustento. La diferencia entre un estrato y otro, además del tamaño de las unidades productivas, radicaría en el hecho que los segundos, “debido a la carencia en que se encuentran, son los más activos demandantes y luchadores por el acceso a la tierra” (Galeano, 2016, p. 177).
Con lo visto hasta aquí, tenemos que uno de los factores centrales en los distintos exámenes del proceso de diferenciación planteado por estos autores es el proceso de “asalarización” o de proletarización de la fuerza de trabajo campesina, como resultado del avance del capitalismo en la agricultura. En tal sentido, estos autores, señalan que, si bien la modernización de la producción agrícola introduce la necesidad de la asalarización en el ingreso familiar campesino, esto no necesariamente implica un proceso de proletarización “en el cual la relación de producción más importante sea la relación salarial” (T. Palauy Heikel, 2016). En la misma línea Galeano (2016) afirma que, si bien asistimos a una conversión expansiva de un sector del campesinado en asalariados esto no ha devenido, necesariamente, en el surgimiento de un proletariado rural, en términos de identidad de clase. Es así que pese a que reconocen la creciente existencia de unidades campesinas que destinan parte de su fuerza de trabajo a tareas extraprediales, para estos autores el factor central radica en “el sentido que tiene para la unidad familiar dicha inversión” (T. Palauy Heikel, 2016, p. 158). Es decir:
[…] aun cuando una parte de la fuerza de trabajo familiar (ya sea porque se trata de algunos miembros, o de todos los miembros productivos en una porción de tiempo) busque complementar su ingreso con salario, mientras no abandone en forma definitiva su pedazo de tierra, no habrá perdido su condición de campesino. En esta situación podrían incluirse además a aquellos segmentos que siendo formal o virtualmente propietario de una parcela, por encontrarse totalmente integrado al capitalismo agrícola, no son más que trabajadores a destajo para el capital (T. Palau y Heikel, 2016, p. 158).
En este sentido, podemos ver que los análisis que hemos reseñado llegan a identificar la importancia expansiva que la personificación de la propiedad de la tierra y la fuerza de trabajo tiene para un sector cada vez más masivo del campesinado. De hecho, Rojas Villagra (2015a) lo expresa claramente:
Campesinos y campesinas son a la vez propietarios de los medios de producción (de forma legal o de hecho), y son trabajadores, la fuerza de trabajo utilizada en la finca, y finalmente, son los destinatarios o dueños del producto obtenido. La trinidad capitalista en el agro (capitalista, trabajador, terrateniente) se sintetiza aquí en la sagrada familia campesina, que no divide el producto obtenido en ganancia, salario y renta, como lo hace la racionalidad del capital, sino que el producto obtenido (vendido o no) es la retribución para todo el grupo familiar (p. 30).
Desde nuestro punto de vista, este criterio “motivacional”, recuperando la categoría acuñada por Marín (2007) en su estudio sobre los asalariados rurales en Chile, exterioriza del sector campesino lo que, argumentaremos, es su factor determinante: la preeminencia de la fuerza de trabajo. Si, como hemos desarrollado anteriormente, la heterogeneidad de los sujetos que componen la esfera de la producción agraria se manifiesta en la personificación simultánea del capital, la propiedad de la tierra y/o la fuerza de trabajo; desde el punto de vista asumido por nuestro estudio, esto reconduce la discusión sobre el campesinado a la caracterización de las mercancías que personifican de manera determinante. En esta línea, como plantean J. Iñigo Carrera y V. Iñigo Carrera (2017):
El obrero agrario presenta la peculiaridad de ser un vendedor de fuerza de trabajo a la vez que un productor independiente de mercancías y un productor para autosubsistencia. Pero, por mucho que aparezca y se reconozca a sí mismo bajo la segunda figura, con el desarrollo del modo de producción capitalista ésta resulta plenamente determinada como forma peculiar de la primera, y no a la inversa. (p. 125).
En tal sentido, en los estudios revisados, al otorgar un peso fundamental al componente motivacional, se pierde de vista que el capital ha determinado como condición para la supervivencia de este sector la determinación de la venta de la fuerza de trabajo. En tal sentido, aunque se reconoce el papel de la personificación de la fuerza de trabajo en estas unidades productivas, al externalizarla o convertirla en un factor ajeno a su “lógica interna” (que estaría marcada por una racionalidad diferente) pierden de vista el peso constitutivo de este factor en su existencia material y con ello las dramáticas consecuencias que el despliegue de las transformaciones recientes acarrearon sobre este sector. Adicionalmente, esto impide establecer con precisión sus potencialidades y determinaciones.
3.2. Transformaciones en la población trabajadora
Con lo visto hasta aquí, encontramos que para la amplia mayoría de la población del especio rural paraguayo, la unidad entre la personificación del capital y la propiedad de la tierra está subordinada a su reproducción como obreros relativamente sobrantes. En este sentido, mientras para los pequeños capitales la propiedad de la tierra o la personificación de la fuerza de trabajo constituye la condición para producir mercancías, para el sector más masivo en términos sociodemográficos del espacio rural la posesión de estos medios de producción es la condición para su subsistencia como trabajadores.
Si analizamos el impacto de las transformaciones productivas recientes en este sector, podemos ver que el proceso de concentración y centralización del capital agrario al que hemos hecho referencia impactó profundamente en los distintos estratos de la población trabajadora rural. En este sentido, mientras que las explotaciones de 10 a 20 hectáreas se redujeron en cantidad (-12,8%) y superficie (-15%), el estrato de los minifundistas asalariados, recuperando la categorización propuesta por Galeano (2016), tuvo un incremento de 13.956 hectáreas (3,7%) y 8.832 fincas (9,5%) durante el período intercensal. Este crecimiento de los “minifundistas” altamente dependientes de la venta extrapredial de su fuerza de trabajo es el resultado de la reducción o desplazamiento de las unidades productivas de mayor tamaño cuya escala no alcanzó para mantenerse en competencia. Esto nos arroja de lleno a lo que constituye el centro de nuestro análisis: las consecuencias de las transformaciones productivas recientes sobre esta población trabajadora.
En esta línea, a continuación, a partir del examen de sus condiciones concretas de vida y de ejercicio de su fuerza de trabajo, argumentaremos que las transformaciones productivas recientes han expandido e intensificado la mutilación progresiva de los atributos productivos de estos trabajadores rurales determinándolos como población obrera excedentaria para las necesidades del capital. Como hemos visto en el primer capítulo, en su afán de producir plusvalía relativa, el capital, va determinando a un sector de la clase obrera como sobrepoblación relativa. Esta porción “excedentaria” de población, que es condición de existencia de la sociedad capitalista, asume distintas formas. La sobrepoblación generada como consecuencia del desarrollo capitalista en la agricultura es considerada por Marx como una sobrepoblación “latente” que permanece en el espacio rural reproduciendo su vida en condiciones precarias hasta que se torna necesaria en las ciudades. Sin embargo, como argumentaremos en los próximos capítulos, en el caso paraguayo, dadas la forma específica que asume la acumulación de capital en este espacio nacional, asistimos al estancamiento y consolidación progresiva en la condición de población superflua para las necesidades del capital de un sector masivo tanto de la población que habita el espacio rural paraguayo como la que ya ha sido expulsada.
Conclusiones
A partir de lo desarrollado en este capítulo, intentamos establecer la importancia de analizar la estructura agraria desde el punto de vista del papel desempeñado por los individuos en la acumulación de capital. En este sentido, más allá de las percepciones que los individuos tienen de sí mismos o las interpretaciones más difundidas en la literatura sobre el tema, examinamos las formas concretas asumidas por las relaciones y los sujetos sociales de la producción agraria en el conjunto de las relaciones sociales que constituyen la sociedad capitalista. En ese marco, intentamos develar, a partir de la mercancía que personifican, el papel en la acumulación de capital de los sujetos que constituyen la esfera de la producción agraria (Caligaris, 2017a).
Pese a la gran heterogeneidad que caracteriza a los sujetos sociales del agro paraguayo, encontramos que, en su amplia mayoría, los agentes que intervienen en esta rama personifican simultáneamente al capital, a la propiedad de la tierra y/o a la fuerza de trabajo. En este marco, el análisis integral de las características productivas de las distintas explotaciones, nos permitió identificar, por lo menos, dos realidades diferenciadas. Por un lado, el predominio productivo del pequeño capital. Por el otro, la existencia masiva de una población trabajadora superflua.
En relación a lo primero, en debate con las interpretaciones basadas en la extranjerización de la esfera de la producción agraria o el predominio de las empresas transnacionales hallamos que, en términos productivos, la acumulación de capital en el agro paraguayo, es impulsada por pequeños capitales que personifican simultáneamente la propiedad del capital, la tierra y/o la fuerza de trabajo. Sin embargo, vimos que, este predominio del pequeño capital en casi toda la extensión de la superficie productiva, en el caso paraguayo, aparece acompañado por un masivo sector de sujetos sociales que, sin ser pequeños capitales, también presentan la posesión de los medios de producción como condición de su reproducción como fuerza de trabajo.
Esto último, probablemente, sea uno de los argumentos más relevantes de este trabajo, en tanto, no solo da cuenta del verdadero papel desempeñado por el sector mayoritario de la población rural paraguaya, desde el punto de vista de la acumulación de capital, sino que también permite visibilizar, como profundizaremos a continuación, las despiadadas consecuencias que el proceso de concentración y centralización del capital agrario tuvo y está teniendo sobre la subjetividad productiva de este sector.
En esta línea, en los próximos capítulos, argumentaremos que desde el punto de vista de los papeles desempeñados en la acumulación de capital se observa la existencia expansiva de una sobrepoblación relativa estancada y consolidada, tanto en el caso de los trabajadores que permanecen en el espacio rural, como para los que migran, temporal o definitivamente, a territorios urbanos.
- Cabe aquí mencionar que mientras algunos autores consideran que las unidades denominadas campesinas o de la agricultura familiar se asientan en las fincas de hasta 20 hectáreas (González et al., 2011; Guereña y Rojas Villagra, 2016; Rojas Villagra, 2009, entre otros), otros extienden este límite hasta las 50 hectáreas (PNUD, 2010; Riquelme y Vera, 2019).↵
- En relación a los abordajes clásicos de este fenómeno, dos estudios imprescindibles al respecto son los de Pastore (2008) y Creydt (2002). Ambos autores, pese a la diferencia de sus perspectivas, remontan el origen de esta problemática a la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). Más allá de la interpretación particular o la forma en que cada autor concibe la configuración histórica de este espacio nacional previa a esta “guerra grande”, podríamos decir que este catastrófico enfrentamiento es tomado por ambos como un punto de inflexión en el posterior devenir histórico de Paraguay marcado por la configuración de grandes extensiones de tierra en manos privadas como soporte para la dominación del capital internacional. Para un recorrido por otras de las principales obras del pensamiento social paraguayo se puede ver la Antología del pensamiento crítico paraguayo contemporáneo coordinada por Soler et al. (2015). ↵
- El autor plantea que existe una dificultad para establecer los verdaderos dueños de las tierras debido a la ausencia de un relevamiento catastral fidedigno. De hecho, en muchos casos, gran parte de estas propiedades, son puestas a nombre de sociedades anónimas conformadas con actores locales (Glauser Ortiz, 2009, p. 34). ↵
- Pese al predominio de brasileños, también se destacan actores provenientes de Argentina, Uruguay, EEUU, Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña, Portugal, España y de países asiáticos como Japón, entre otros (Galeano, 2017).↵
- En el caso del departamento de Canindeyú, en 2008, el 64% de las fincas superiores a las 1000 hectáreas pertenecían a extranjeros. En Alto Paraná, la cifra asciende al 63 % y en Caaguazú al 62 %. En el caso de este último, al no ser un departamento fronterizo, se interpreta que la extranjerización progresiva en esta zona refleja un avance de este fenómeno hacia el centro de la Región Oriental del país (Galeano, 2012).↵
- Para este punto el autor recupera una cita de Marx referida, precisamente, al análisis de los sujetos sociales de la producción agraria: “en el momento en que se abstrae de su condición de ser personificaciones de ‘las relaciones sociales’, los sujetos sociales reales quedan ‘convertido[s] en […] fantasma[s] sin brazos y sin piernas’” (Marx, 1847 en Caligaris, 2017, p. 265).↵
- Según Nickson (2005), en el contexto del auge de la producción de soja en Brasil, al mismo tiempo que la disponibilidad de las tierras vírgenes había disminuido, la introducción del cultivo mecanizado condujo a un aumento gradual del tamaño mínimo del predio necesario para garantizar un nivel de vida “adecuado” para el número cada vez menor de las “family farmers” en la zona occidental del estado de Paraná.↵
- A partir de una base de datos realizada con publicaciones empresariales, revistas especializadas, informes de organismos estatales y de organismos multilaterales, publicaciones periodísticas y portales de internet, el autor, logra uno de los relevamientos y caracterizaciones más completos sobre los actores de la estructura agraria paraguaya.↵
- Los eslabones que presentan una mayor concentración son los de provisión de insumos, acopio y exportación de la producción (Rojas Villagra, 2009). ↵
- Para una sistematización clara y exhaustiva de la teoría del capital monopolista y sus debates ver Starosta y Caligaris (2017) y Caligaris (2017b, 2019).↵
- De hecho, el ámbito en que Marx logra presentar la diferenciación de capacidades de valorización de los capitales es justamente en el ámbito de acumulación del capital agrario (Starosta y Caligaris, 2017). ↵
- Si bien profundizaremos en este aspecto en el próximo apartado, a grandes rasgos, podríamos decir que los tópicos centrales en los que se ha enfocado la denominada cuestión agraria son el carácter (capitalista o no) de la producción en esta esfera de la producción y la estructura social correspondiente.↵
- Recordemos que, como hemos desarrollado en el capítulo 1, el proceso de trabajo agrario está condicionado, principalmente, por la limitación del suelo, las fluctuaciones propias de las condiciones naturales (lluvias, sequías) y el carácter prolongado del proceso de producción (Caligaris, 2017a).↵
- Es importante tener en cuenta que las fuentes estadísticas disponibles no fueron diseñadas para identificar los aspectos en los que aquí hacemos foco. Por ejemplo, el Censo Agropecuario Nacional, una de las fuentes estadísticas más exhaustivas con la que se cuenta para un examen como el propuesto, es un inventario de las fincas agropecuarias activas y no un relevamiento centrado en los capitales que operan en el espacio rural o una compilación catastral de las unidades en producción. Con lo cual, si bien permite algunas aproximaciones certeras a las características de los capitalistas y/o los propietarios de las tierras activos en el espacio rural, no brinda un panorama exhaustivo de las dimensiones de los capitales que estos operan o la extensión total de los dominios donde se asientan sus explotaciones. En este sentido, podemos encontrar a un mismo capital disperso en distintos puntos de la misma rama del proceso de producción y/o en distintas ubicaciones geográficas. O terratenientes con propiedades en distintos puntos del territorio o a nombre de familiares o testaferros como mecanismo para encubrir la verdadera extensión de sus dominios.↵
- En este punto, es importante tener en cuenta que el censo considera productor a la persona a cargo de controlar las operaciones de la finca y decidir acerca de la utilización de los recursos disponibles: “El productor/a es el responsable técnico, económico y social de la finca y puede manejarla personalmente o a través de un administrador o encargado (capataz), en quién delega la gestión de los trabajos” (CAN, 2008, p. 12). Asimismo, en lo que refiere a la tenencia de la tierra el censo ofrece las siguientes categorías: “título definitivo”, “documento provisorio”, “tierra alquilada o tomada en aparcería o mediería”, “usada como ocupante” u “otra forma de tenencia”. ↵
- Existen otras estrategias para la concentración de tierra sistematizadas por estos autores. En el caso de algunos asentamientos, por ejemplo, se le ofrece al pequeño productor (una o dos hectáreas) insumos y la mecanización de su parcela. Posteriormente, cuando se le deja de brindar apoyo, el pequeño productor ya sin recursos para comprar los insumos, se ve obligado a alquilar su parcela. En otros casos, las empresas sembradoras crean su propia ONG de asistencia en el asentamiento y, al lograr la adhesión de algunas familias, generan conflictos al interior de la comunidad que posteriormente son capitalizados en beneficio de dicha empresa. Otra modalidad es la siembra hasta el límite del asentamiento, haciendo que las familias más cercanas, al convivir con las consecuencias del uso de los agroquímicos, no puedan sostener su permanencia allí y vendan sus lotes.↵
- Al respecto, como afirma Caligaris (2017a), si bien el desarrollo de la biotecnología moderna ha implicado un avance sustancial en el control sobre los condicionamientos naturales de tipo biológico, si consideramos el rendimiento por hectárea, encontramos que el desarrollo de la biotecnología no ha conseguido llevar dicho rendimiento muy por encima de la tendencia histórica.↵
- En este punto es importante recordar lo que señalamos en el capítulo 1 en relación a la baratura relativa de la fuerza de trabajo agraria como otra particularidad de la reproducción del pequeño capital agrario. De acuerdo a Caligaris (2017a), las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo agraria requiere una cantidad menor de valores de uso que la fuerza de trabajo industrial.↵
- Como hemos dicho, en algunos casos se ha incursionado en el cultivo de soja pero, al no ser rentable en pequeña escala se observa una tendencia declinante. De hecho Fogel Pedroso (2019) advierte que: “Considerando las formas de tenencia de la tierra, llama la atención la frecuencia de fincas detentadas o alquiladas y concomitantemente la de rentistas arrendatarios; en este sentido, resulta pertinente notar que las fincas menores de 20 hectáreas que se consignan como sojeras en el Censo Agropecuario de 2008 […]y que representan las dos terceras partes del total de explotaciones que en esa fuente figuran como productores de soja en realidad son fincas de arrendatarios, ya que la soja como cultivo de escala no es viable en explotaciones pequeñas. En el contexto emergente, los campesinos que acceden a parcelas con suelos apetecidos por el agronegocio con el arrendamiento de su tierra obtienen ingresos que difícilmente lograrían con la producción propia.” (Fogel Pedroso, 2019, p. 46).↵
- Cabe aclarar, como ya hemos mencionado, que algunos análisis extienden este límite hasta las 50 hectáreas (PNUD, 2010; Riquelme y Vera, 2015, entre otros).↵







