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Prólogo

Diego Alexander Olivera, Dolores Sancho y Sebastián Martín

El presente libro recoge el trabajo reflexivo forjado pacientemente al calor de conversaciones, intercambios, lecturas y discusiones de un grupo de docentes, investigadores e investigadoras de diversas universidades públicas argentinas. En este sentido, nuestra intención no es exhibir resultados, sino compartir ideas e inquietudes que parecen hoy intempestivas. En efecto, pensar desde el presente, pero siempre bajo el abrigo del pasado, cuestiones medulares como el igualitarismo, el reconocimiento, la antimeritocracia y el socialismo es un gesto de apuesta epistémica y práctica por un futuro sin clausurar.

Si bien es cierto que la amistad y complicidad de gran parte de quienes intervienen aquí cuenta ya con varios años de existencia, ha sido en el período comprendido entre 2021 y 2024 en el que la aventura tomó la forma de un proyecto de investigación que recibió financiamiento del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Así, nuestras indagaciones, que ya en otras ocasiones habían logrado aval y financiamiento académico, devinieron en un Proyecto de Investigación Plurianual (PIP) que contó con la dirección del Dr. Fernando Lizárraga y la codirección de la Dra. Suyai García Gualda, quienes, además de desempeñarse como docentes en el nivel universitario, investigan en Conicet.

Travesías de la igualdad: el socialismo contemporáneo frente a sus derivas presenta y sustenta a lo largo de los diversos capítulos que lo componen la tesis de que el socialismo contemporáneo –especialmente a través de sus corrientes humanistas y aquellas que experimentaron el giro normativo posrawlsiano– puede alojar y articular de manera coherente una visión pluralista de la igualdad, una perspectiva transformadora y no meramente afirmativa del reconocimiento, y un rechazo radical de la meritocracia.

De esa tesis general, se han desprendido otras de similar relevancia; en primer lugar, que la tradición socialista posee recursos normativos claramente asociados a su vocación humanista, los cuales se expresan en una concepción de lo justo, de la igualdad, de la fraternidad, y de la libertad, todo lo cual se conjuga, no sin tensiones, con los dispositivos teóricos específicamente explicativos. Por tanto, los principios de justicia del socialismo clásico, basados en la contribución según la capacidad y la retribución según la necesidad, pueden especificarse en términos de objeto, alcance y profundidad, a través de la adopción de una perspectiva igualitarista plural que, a su vez, busque conciliar las visiones igualitarias distributivas y relacionales. En tercer lugar, los aportes teóricos en el campo de la teoría y filosofía política feminista sobre justicia social, especialmente sobre redistribución, reconocimiento y representación (participación política), nos permiten problematizar la noción de “justicia de géneros” y complejizar los debates contemporáneos en torno a las políticas de la igualdad y las políticas de la diferencia. Por último, hemos evidenciado que, en la tradición socialista, los principios distributivos y los enfoques sobre el reconocimiento brindan argumentos robustos para rechazar un orden meritocrático, puesto que los privilegios naturales no pueden tener un rol distributivo y las diferencias originadas en decisiones genuinas pueden producir una fractura social entre ganadores y perdedores que afecte el reconocimiento mutuo y repugne la visión humanista del socialismo.

Dentro de este horizonte, el primer capítulo de este libro, firmado por Fernando Lizárraga, aborda el prejuicio atribuido al comunismo de conducir a una “pesadilla igualitaria”. Dicho prejuicio se presenta en forma de distopía en el cuento “Harrison Bergeron” de Kurt Vonnegut, pero también en cómo imagina el socialismo el filósofo de Harvard John Rawls. En la ficción de Vonnegut, se describe una sociedad estrictamente igualitaria en la que la igualdad se consigue anulando las diferencias personales en todos sus sentidos posibles. Se trata de un modelo que responde a la visión estalinista, que sacrifica las libertades individuales y suprime las diferencias obteniendo un mecanismo igualador hacia abajo.

Lo curioso es que ese mismo prejuicio, que asocia todo igualitarismo socialista al modelo totalitario leninista, es retomado por John Rawls en su análisis del principio de necesidades (PN). Al desarrollar el criterio maximin, aquel que sostiene que la justicia exige como punto de partida una igualdad inicial, Rawls admite que puede adecuarse al PN si se aplicara un impuesto a los talentos. Sin embargo, desecha esa idea porque su implementación implicaría una intromisión en las libertades individuales. En otras palabras, la implementación del PN mediante un impuesto a los talentos derivaría en un tipo de sociedad similar a la descrita por Vonnegut en su cuento. Otra importante observación de Rawls es la de considerar a la comunista como una sociedad más allá de la justicia, en que la abundancia resuelve el problema de la distribución, dando lugar, por tanto, a una indiferencia hacia la justicia en que la igualdad ocurre sin que importen las actitudes de los individuos. Este es, según Lizárraga, uno de los dos sentidos en que el comunismo está más allá de la justicia. El otro sentido, el que el autor sostiene a modo de defensa frente al prejuicio de la “pesadilla igualitaria”, afirma que el PN ordena una sociedad buena, con planificación democrática, participación igualitaria e igual acceso a los recursos, en el que, además, no es necesario sacrificar las libertades básicas.

En el segundo capítulo, Facundo García Valverde se propone analizar la viabilidad de un diálogo entre el igualitarismo relacional y la teoría crítica, en la versión de Nancy Fraser. Cuestión nada sencilla puesto que las críticas de Fraser al paradigma del reconocimiento bien podrían aplicarse al igualitarismo relacional. Sin embargo, García Valverde argumenta que este último puede resistir las objeciones de Fraser en dos aspectos; por un lado, rechazando la idea de que las concepciones relacionales reducen los reclamos distributivos a reclamos de reconocimiento. Por otro lado, la comprensión de las relaciones igualitarias como parte de una concepción democrática de justicia. Según nuestro autor, la tendencia a adjudicar a las concepciones relacionales la tesis de reducir los reclamos distributivos a reclamos de reconocimiento es producto de la crítica que los teóricos relacionales hicieron del paradigma distributivo. Esa confusión se disipa toda vez que se comprende el núcleo de la objeción que el igualitarismo relacional le hace al paradigma redistributivo, esto es, que la igualdad puede ser interpretada únicamente como un criterio que exige ciertas distribuciones y que las relaciones democráticas importantes se comprendan distributivamente.

Para cumplir su propósito de hacer dialogar a las dos corrientes, García Valverde se apoya en la distinción que hace Forst respecto de las dos lecturas que admite la descripción de Fraser sobre el Principio de Paridad Participativa, y de las discusiones internas del igualitarismo relacional. En el primer caso, la descripción fraseriana habilita una lectura ligada a la justicia máxima, donde la injusticia es esencialmente económica, y otra ligada a la justicia fundamental, donde la injusticia no es esencialmente económica y depende de su impacto en las relaciones. En cuanto a los debates internos del igualitarismo relacional, Forst identifica dos posiciones dentro de él: la pluralista, donde la validez normativa de las consideraciones relacionales o de reconocimiento no dependería de una derivación de algún valor último, y la esencialista, donde la validez de las consideraciones vendría dada por el principio de igualdad de relaciones. En esa dirección, la complementariedad entre ambas teorías sería factible en la medida en que el igualitarismo relacional sea entendido esencialmente y la teoría de Fraser en términos de justicia fundamental.

Ya en el tercer capítulo, Juliana Udi hace frente al enorme desafío de pensar de manera sólida, fecunda y rigurosa cuestiones tan actuales y apremiantes como el mérito, la discriminación inversa y el reconocimiento. En efecto, sostiene que el desplazamiento de la clase como articulador de luchas ha movilizado la necesidad de ensayar nuevas formas de pensar las injusticias. Es en este contexto, y a la luz de la emergencia mundial de sectores neoconservadores que deslegitiman o ignoran estos reclamos, en el que resulta evidente el apremio por repensar las políticas de acción afirmativa como herramienta capaz de dar cobijo a una serie de reclamos transversales signados por la diferencia (géneros, sexualidades, razas, discapacidades, etc.). Para atender a esta meta, la autora se embarca en la hercúlea tarea de revisar con quirúrgica meticulosidad las críticas y objeciones que se ofrecen a estas, incluso, en ocasiones, provenientes de aquellas personas que podrían beneficiarse de ellas.

Llegados a este punto, podemos afirmar que la virtud de la empresa que embarca Juliana Udi no recae solamente sobre su objeto de estudio, sino, también, sobre la singularidad de su método, que, siguiendo a Anne Phillips, adopta la perspectiva de un “argumento negativo de justicia”. Así, la pregunta que orienta su reflexión se desplaza de la previsible “¿Por qué apoyar las políticas de acción afirmativa?” a una que invierte la necesidad de la prueba, a partir de indagar si existen buenas razones para no hacerlo. A los efectos de atender a este objetivo, someterá a análisis los argumentos que esgrimen dos importantes paradigmas contra las políticas de acción afirmativa, estos son: el distributivo liberal (que nuclea grupos privilegiados que centran sus reclamos en cuestiones ligadas al mérito, el presentismo e individualismo ético y la discriminación), y el que considerará teórica y prácticamente más sofisticado, el paradigma del reconocimiento (vinculado a los intereses de los propios grupos marginalizados, vertebrados en torno a la noción de identidad y del reconocimiento positivo de la diferencia).

Tras concluir que las razones esbozadas por estas vertientes para rechazar la relevancia de las políticas de acción afirmativa son insuficientes, propondrá recuperarlas (aun con sus limitaciones) como una poderosa herramienta para mejorar (en el corto plazo) la vida de muchas personas y para intervenir (en el mediano y largo plazo) en los mecanismos institucionales cargados de prejuicios y estereotipos que afectan injustamente a sectores marginalizados de la sociedad.

Por su parte, el escrito de Suyai García Gualda se encuentra anclado en la certeza de una urgencia que se presenta como tarea, a la vez teórica y práctica. Sintetiza, en este sentido, y recoge los frutos de una fecunda tarea de militancia conceptual y social. Abrevando en el último libro de Nancy Fraser, Capitalismo caníbal, invita a recuperar el espíritu que lo habita sin limitarse a reponer o comentar la serie de tesis que lo componen. Así, se adentra en la espesura de este, construyendo su nicho de reflexión en la certeza de que las principales luchas en pos de la emancipación, del buen vivir y del “vivir sabroso” encuentran un enemigo común, el capitalismo.

De manera meticulosa va mostrando la autora el hilo rojo que atraviesa y reúne los activismos feministas y ecológicos (en sus versiones anticapitalistas) junto al socialismo. Cada uno de ellos y en conjunto evidencian la necesidad de recuperar la centralidad de la cuestión distributiva como bandera de lucha frente al despojo, la explotación y la expropiación. En este sentido, el capítulo muestra cómo el cambio climático expresa con creciente celeridad y profundidad las múltiples desigualdades que toman cuerpo en el modo de producción capitalista, poniendo de manifiesto que pensar la justicia social exige y demanda hacerlo desde una perspectiva ambiental y de géneros. A lo largo del escrito, la autora desplegará primero la necesidad de reconocer al capitalismo como el responsable de la catástrofe climática y de desigualdades sociales solo en apariencia no ecológicas. La invitación consiste entonces en romper el cerco reduccionista de ciertos ecologismos y articular las luchas por la sostenibilidad de la vida. Posteriormente, explorará los desarrollos marxistas y socialistas en torno a la unidad humanidad-naturaleza, sintetizada hegelianamente bajo la idea de metabolismo. Resulta interesante aquí cómo García Gualda se apropia de las últimas producciones sobre la cuestión, poniendo especial atención en la potencia que habita en las nociones de cuidado y reproducción de la vida. Por último, y a modo de cierre, resurge de su caldero la necesaria conclusión de que las falsas dicotomías entre reconocimiento y redistribución deben ser superadas. La reciente experiencia libertaria en Argentina hace ya evidente la relevancia de trabajar en una trama que habilite un orden otro, que coligue en un mismo plan de acción y reflexión las luchas de géneros, antirraciales, anticapitalistas y ambientalistas.

Más adelante, Dolores Sancho asume el complejo desafío de analizar y dilucidar con experticia las condiciones de posibilidad, y fundamentalmente de materialización, de una izquierda jurídica. En este sentido, poniendo en juego y evidenciando su extensa y actualizada formación sobre la cuestión, enfrenta la complejidad de meditar en torno al carácter, el sentido y la justificabilidad de la pena en sociedades que se encuentran profundamente atravesadas por desigualdades sociales, económicas y de reconocimiento. Sin temor de avanzar en los asuntos medulares, retoma con arrojo una de las preguntas capitales, “¿Qué lugar debería ocupar el castigo penal en sociedades desiguales?”. Naturalmente, una de las ideas que tensionará aquí la autora es la del merecimiento y sentido de la pena. Abjurando del dogmatismo clásico “marxista”, que se limitó a entender el derecho como manifestación supraestructural, se aviene a reflexionar en torno a los desafíos de pensar un derecho de izquierda que recoja la vena crítica que habita en sus versiones más sofisticadas.

Para dar curso a estos objetivos, nuestra investigadora comienza por presentar y comparar los desarrollos de Antony Duff, John Braithwaite y Phillip Pettit y Roberto Gargarella, incluyendo su trabajo aparecido el año pasado. Como atinadamente advierte, todas estas teorizaciones comparten el hecho de verse vinculadas a corrientes distribucionistas surgidas bajo la estela de la producción de John Rawls (especialmente el liberalismo igualitario, el comunitarismo y el republicanismo). Así, tras comentar y confrontar los modos en que Duff, Braithwaite y Pettit proponen enfrentar la dificultad de justificar el castigo en sociedades desiguales, se aventura en el análisis de los recientes desarrollos de Gargarella que recuperan los conceptos marxistas de “alienación” y “explotación” para desmontar su operatividad jurídica en las sociedades presentes.

Ya en sus últimas consideraciones, Dolores Sancho dará cuenta de que el sistema penal ha sido funcional a los mecanismos de explotación y desposesión mediante la implementación de una selectividad punitiva que, a su vez, ha garantizado la perpetuación de la dominación. Lejos de cerrar el debate, el capítulo finaliza instalando la necesidad y urgencia de ensayar formas jurídicas que asuman el igualitarismo como ideal regulatorio que debe propender a una democracia radicalmente deliberativa, capaz de entender al derecho como una conversación entre iguales.

El capítulo de Sebastián Martín pone en juego sus amplios conocimientos sobre la perspectiva marxiana y nos invita a pensar cómo la igualdad se configura como una estructura temporal dentro del modo de producción capitalista que garantiza la explotación de los trabajadores y las trabajadoras. El autor entiende que, para Marx, el ideario de la igualdad es una forma de conducir la vida que se sostiene en la concepción ontológica propia del modo de producción capitalista, cimentada sobre el ente “mercancía”. Siguiendo el análisis marxiano de la mercancía, en cuanto forma elemental de riqueza en la sociedad capitalista, Martín da cuenta de su dualidad y afirma que, en el valor de cambio, se sintetiza y se pone en juego “la constelación conceptual que configura la unidad de sentido mínima y abstracta para comprender la lógica profunda que despliega el capitalismo y su ontología: tiempo, proporción, relación cuantitativa, abstracción e igualdad”. De esta manera, sostiene que la igualdad humana es entendida por Marx como “homogenización y disolución de la diversidad y pluralidad”, y que esta es instalada socialmente como dispositivo de gobierno al servicio del “mundo de las mercancías”. Asimismo, afirma que esta igualación de los seres humanos, convertidos en algo cuantificable, se realiza mediante su reducción al tiempo. Así, presenta al tiempo del capital como un tiempo caracterizado por la sucesión monótona de unidades consecutivas, homogéneas, lineales e iguales a sí mismas.

Por último, es interesante la recuperación que realiza Martín de la crítica de Marx a la igualdad a través de un artículo de Allen Wood. En línea con este pensador, concibe que no sería adecuado considerar a Marx como un igualitarista en cuanto la crítica que el filósofo realiza al modo de producción capitalista no se asienta sobre la base de principios de justicia o de igualdad de derechos. Por el contrario, el ideal de igualdad resulta ser el medio por el cual se consuma la opresión. Por todo ello, sostiene que, en los escritos de Marx, la abolición revolucionaria de las clases sociales no implica ninguna suerte de igualdad entre los seres humanos.

En el penúltimo capítulo de los que componen este libro, Laura Duimich demuestra sus amplios conocimientos sobre las teorías igualitaristas contemporáneas y propone un análisis comparativo detallado de las visiones embrionarias del comunismo presentes en algunas obras de William Shakespeare y de Oscar Wilde poniendo el acento en los conceptos de “comunidad”, “fraternidad”, “igualdad” y “reciprocidad”. Siguiendo a Marx, parte de la idea de que muchos de los retratos más claros de las condiciones de vida de una época pueden encontrarse en su producción artística. En este sentido, retoma las consideraciones del crítico literario británico Terry Eagleton acerca de la pertinencia de identificar descripciones de la sociedad comunista en la literatura de la época ante la ausencia de un análisis detallado de esta en la perspectiva marxiana.

En la primera parte, la autora realiza un paralelismo entre las formas de comunismo presentes en dos grandes obras de William Shakespeare, La tempestad y El rey Lear, a partir de los desarrollos de Eagleton, donde realza tanto las condiciones objetivas como las subjetivas. En este sentido, muestra que la sociedad imaginada por Gonzalo en La tempestad contempla, en cuanto a las condiciones objetivas, la vigencia de una superabundancia plena, producto de una naturaleza absolutamente providente y un ethos indolente, en relación con las condiciones subjetivas, mientras que en El rey Lear las penurias materiales dan cuenta de un comunismo de la escasez y de un ethos comunitario, respectivamente.

En la segunda parte, Duimich analiza El alma del hombre bajo el socialismo, de Oscar Wilde, donde éste realiza su propia descripción acerca de cómo sería la vida en el socialismo. Así, muestra que, en cuanto a las condiciones objetivas, el socialismo de dicho autor se asemeja a la escena utópica de abundancia donde deja de existir la propiedad privada y cada uno puede cubrir sus necesidades y alcanzar un individualismo refinado. La autora muestra que, en el plano subjetivo, la indolencia del dandy pasa a ser el ethos indolente de la utopía wildeana. Por último, Duimich destaca que las formas de comunismo de Shakespeare y Wilde tienen elementos en común con los presentados por Marx cuando se refiere al tipo de sociedad poscapitalista, así como también anticipan elementos que son tomados en cuenta por las teorías contemporáneas de la justicia social.

Finalmente, el capítulo de Diego Alexander Olivera realiza un análisis detallista y audaz acerca de la noción del igualitarismo griego y su vínculo con el capitalismo actual presente tanto en la obra de Ellen Meiksins Wood como en la de Víctor Davis Hanson, para posteriormente dar cuenta de los límites y alcances de la democracia griega como laboratorio para la comprensión del fenómeno de la igualdad. El interés del autor está puesto en contraponer ambas concepciones sobre la igualdad en la medida en que el pensamiento político de Meiksins Wood se inscribe dentro de las tradiciones del socialismo contemporáneo, y el de Hanson, dentro del clasicismo conservador y meritocrático, poniendo en evidencia que, desde finales del siglo pasado, la cuestión de la igualdad en la Grecia clásica es un campo de batalla ideológico.

Olivera comienza mostrando cómo, durante mucho tiempo, la tendencia académica era abordar el problema de la democracia griega desde la paradoja de la esclavitud antigua hasta que quedó demostrado que la esclavitud ocupaba un papel relativamente marginal y que la particularidad de la experiencia griega era el hecho de que la mayor parte de la población ciudadana era pobre y que esa pobreza no condicionaba su participación en el gobierno de la ciudad. A partir de esto, sostiene el autor que, en las últimas décadas del siglo pasado, los estudios sobre la democracia griega comenzaron a prescindir de la esclavitud configurando al pequeño y mediano propietario agrícola libre como actor central. Dentro de este proceso, muestra que Meiksins Wood es una figura central: ella se ocupó del estudio del campesinado y la democracia griega con el fin de reflexionar y criticar la desigualdad en el capitalismo actual. No obstante, esta recuperación del “momento campesino” no fue exclusiva de autores socialistas, a ella se sumaron otros pensadores, como el clasicista Hanson, que también vinculó sus estudios sobre el campesinado ático con sus observaciones sobre la realidad política de los Estados Unidos y sus cuestionamientos a la idea liberal-progresista de igualdad. En este sentido, Woods y Hanson, que parten de marcos ideológicos diferentes, llegan a conclusiones disímiles y a concepciones de la igualdad distintas, mostrando que lo que está en discusión no es el papel de los agricultores en la Antigua Grecia, sino el propio concepto de “igualdad”, y la forma en que este permite entender el desarrollo histórico ateniense y explicar las desigualdades del presente.



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