Juan es un joven que dice tener 20 años. Originario del norte del país, lo conocí en el año 2003. Al año siguiente empezó a conversar conmigo habitualmente. Sus dificultades en la oralidad eran las más evidentes del grupo. En el año 2006 conseguimos iniciar un juicio de afiliación porque estaba indocumentado. Recién en el 2012 accedió a su DNI y por ende a los beneficios de ser ciudadano argentino. Actualmente su salud está muy deteriorada, por lo que vive en una casa de cuidados de Monjas Benedictinas en la que ingresó a principios del 2013 luego de estar internado por una neumonía.
Recuerda que la madre vivía con él en la calle (pero no sabe de qué ciudad). Lo había tenido a los 15 años. Su papá era un delincuente que cayó preso y nunca supo donde ni donde estaba ni si había salido. Recuerda una abuela a la que visitaban cada tanto y le daba un tazón de leche con azúcar. El decía que quería ser como su papá que era un héroe. También recuerda a un primo, algunos años mayor, que lo quería como si fuera su hermano y que vivía también en la calle. Se ponía contento de jugar con él porque era más valiente y lo cuidaba. Siempre usaba la misma ropa y los mismos zapatos. Un día empezó a andar descalzo porque le apretaban las zapatillas. Su mamá se drogaba, robaba y frecuentaba a muchos hombres. Fue encarcelada varias veces, lo que lo obligaba a sobrevivir solo en la calle junto a las compañeras de su madre, en ese entonces tendría cinco o seis años de edad. Su mamá lo golpeaba en la cara y a veces lo rajuñaba. Era muy nerviosa. El también pegaba a otros pero ahora dice que se calmó.
Como todo era muy peligroso para él en una de las salidas de la cárcel su mamá decidió un día llevarlo a una terminal de ómnibus y dejarlo ahí para que alguien lo recogiera. No sabe si se despidió de ella pero registra ciertos sentimientos en esa situación: “Me daba tanta que se yo, pena o algo así mi mamá, yo creo que sigue estando en alguna calle, drogándose, emborrachándose, pero viva”. En este punto recuerda que a su papá lo mató la policía por eso la mamá los abandonó porque se puso muy triste.
En la terminal pasó unos días y se hizo amigo de otros niños que estaban casi en su misma situación y empezó a inhalar por primera vez pegamento. Ellos, sus amigos, lo llevaron a la Villa. Recuerda que el viaje fue muy largo y que se sentía asustado porque había perdido a su primo. Ahí se instaló con ellos en una casilla en la que circulaba mucha gente. “Era bastante fea pero nos cubría del frío y todos ignoraban nuestra existencia”. El tiempo transcurría jugando, caminando, fumando y en alguna oportunidad viendo televisión. Pero el relato no tiene recuerdos o situaciones precisas y definidas.
“Cuando fue lo del helicóptero del presidente”, en 2001, fue a una institución a aprender a escribir y leer. Duró poco pero sabe escribir su nombre y otras cosas. Dejó porque sentía que no aguantaba estar sentado, ni escuchando, quería moverse y fumar. En el lugar le daban dos comidas a lo largo del día. Fue a la Iglesia un par de veces porque había juegos y “nos daban factura con chocolates”. Una vez empezó a vender golosinas con un chico en los trenes, muchos le daban la plata sin comprarles nada y él entonces se comía los dulces. Una vez un chico más grande le quiso robar mientras vendía y se asustó tanto que nunca más volvió al tren. Dice que tenía un arma.
Una vez recordó que su abuela le había dicho, tenes que estudiar o trabajar. Pero era muy chico y no entendía de qué se trataba. Ahora no sabe que podría trabajar porque no sabe hacer nada y vive “engomado”.
Hace un par de años volvió a encontrar al primo. Él cartoneaba y le dijo que sacaba buena guita que trabajara con él, pero no quiso. Ese día que se lo encontró el primo le dio una hamburguesa de Mc Donald. No se lo olvida por eso.
Al poco tiempo “consiguió” la esquina del pasillo 20 y dejó atrás esa casilla donde vivía. Ahí algunos robaban y mataban gente pero él nunca quiso eso. Solo empezó a fumar más. Sobre todo paco, en esa época lo conseguían por $0.50. El pedía monedas y a veces oficiaba de mula y así conseguía plata. Al principio le regalaban la droga, después no la podes dejar. El siente que ahí hizo los verdaderos amigos.
Una vez tuvo un arma, cree que era 9 milímetros. Se la cuidaba a un amigo. Pero no se acuerda cuando dejó de tenerla. El se siente bien así. No molesta y no lo molestan. Trata de no generar problemas, porque muchos de sus amigos fueron en cana y eso sabe que no está bueno. A un amigo del él le dieron como 50 años. Eso lo asusta. “No soy una rata”, es una frase que repite constantemente.
Varias veces se acercaron a “su esquina” a ofrecerle ayuda, de la Iglesia, de organizaciones sociales, de partidos políticos, pero no entiende en qué quieren ayudarlo.
Llegó a la Villa a los 12. Tuvo su debut sexual hace pocos años en medio de una fiesta en esa casilla donde vivía, pero estaba muy “dado vuelta” para saber si estuvo bueno o no. Dice que no necesita el sexo, que prefiere estar solo.
La chica lo persiguió varios días, porque decía que estaba enamorada. Dice que no lo aguantó.
Siempre quiso tener una familia, pero no puede. Muchos se burlan de él por la ropa sucia, o por el olor. Por eso cree que es mejor estar solo. La esquina es todo para él. Tienen muchos códigos: no pueden molestar a la gente, no roban, no matan. Aprenden todo lo del barrio, se cuidan entre ellos. Si se hubiese quedado en su provincia no los hubiese conocido. “Acá es mi barrio, mi familia, mi vida” dice. Estamos juntos todos los días. Alguno quizás deambula buscando algo de morfi o moneda pero a las 7 de la tarde tienen que estar sí o sí. No sabe por qué pero mantienen ese ritual. Tampoco tiene reloj, pero es un aproximado.
Al principio, cuando llegó a la villa, no fue fácil encontrar un lugar, se les fue acercando de a poco a los chicos. Nadie te elige para ser parte de la esquina pero no es tampoco tan fácil, según dice. Empezó a fumar con ellos. No hablaba ni preguntaba. Se sentaba y se quedaba. Una vez uno le convidó para fumar, ahí se acercó y no se movió más. Cada uno tiene su lugar. No lo cambian nunca. Se apoyan entre ellos para dormir. Cuando llueve al lado hay un pasillo con techo de chapa. Si alguien consigue un pedazo de pan, se comparte con los otros, en partes iguales.
No hay mujeres no sabe por qué. Quizás porque tienen hijos o no aguantan el clima. No es porque no las dejen participar. A él le hacen bien algunas chicas que pasan y les convidan comida o drogas. No es de tomar mucho alcohol, salvo en invierno.
Todos los de la esquina vienen de distintos lugares. Nadie tiene familia, algunos saben donde están, otros no. Siente que eso los hace hermanos. A veces alguno se enferma o muere. No se aguanta mucho esta vida. No hay ningún líder pero el más viejo es él que cuando cae la policía habla.
“Vivir solo cuesta vida” repite a cada momento. Es una frase que aprendió en algún lugar y le gustó. Y eso hace.






