Principales categorías analíticas de estudio
La inmersión en la precariedad, luego en la gran exclusión
significa una carrera negativa que es el revés
de la normalidad socialLe Blanc (2007).
En las últimas décadas, se han dado grandes paradojas asociadas al desarrollo económico: el dominio de economías capitalistas con una capacidad cada vez mayor de generar riqueza que conviven con la producción de la pobreza y la reproducción de las desigualdades sociales. Esto marca un quiebre muy importante con el capitalismo de la primera mitad S.XX pautado por ciclos de crecimiento y crisis, donde algunos aspectos de la pobreza económica se vinculaban con un componente cíclico y que colocaba todas las expectativas de reducción de la desigualdad económica en el crecimiento de largo plazo y la conformación de regímenes de bienestar social (Beck, 2008; Rosanvallon, 2004; Auyero, 2010).
Las tensiones sociales que acompañaron este proceso trajeron consigo la preocupación, tanto de efectores políticos como de cientistas sociales, por cómo construir la integración social en sociedades que parecen propiciar cada vez formas menos solidarias y más adversas para la integración plena de grupos de ciudadanos. En este contexto, la amenaza de desintegración social, la imposibilidad de construir un futuro, y la vulnerabilidad de vastas capas de sujetos sociales nos interpelan a todos los investigadores sociales.
En este capítulo caracterizo en primer lugar las actuales manifestaciones de la cuestión social, poniendo el acento en la crisis de la sociedad salarial para después incorporar los elementos analíticos que plantea Castel y que sirven de soporte para pensar esta investigación. En la tesis doctoral, previamente retomo los aportes de Durkheim.
En ese sentido, es justamente porque –un siglo más tarde- las respuestas de Durkheim frente a la crisis del lazo social se han tornado, otra vez, vivamente actuales. Forzoso es pues concluir que, más allá de sus limitaciones teóricas, de sus contradicciones y, en fin, del hecho de que muchos de sus análisis han envejecido –es de temer- irreversiblemente, Durkheim continúa siendo, en aspectos fundamentales, nuestro contemporáneo (De Ípola 1991 p. 48).
Parte de la escuela sociológica francesa desarrolló a través de la obra de Robert Castel (1999, 2004, 2010), un trabajo teórico para abordar la problemática de la integración-desintegración social que pusieron en un primer plano los temas de la precariedad, la vulnerabilidad, la segregación, y la desafiliación. Su lectura todos estos años me llevó al siguiente interrogante ¿Hasta qué punto el modelo analítico durkheiniano sigue sirviendo para pensar el proceso de integración social? Ya que la preocupación por esos procesos de integración- desintegración de hoy son casi homólogos. Es por eso que este autor clásico ha sido una lectura clave en todo el proceso de escritura de esta tesis.
3.1. Las manifestaciones de la cuestión social en Argentina
La cuestión social es una aporía fundamental en la cual una sociedad experimenta el enigma de su cohesión y trata de conjurar el riesgo de su fractura. Es un desafío que interroga, pone en cuestión la capacidad de una sociedad (lo que en términos políticos se denomina una nación) para existir como un conjunto vinculado por relaciones de interdependencia.
Robert Castel (1998).
El cambio en el modelo de desarrollo que se ha dado en América Latina en general y en Argentina en particular provocó cambios en la estructura social que han desestabilizado a su vez las vías de integración social y las formas de socialización (Svampa, 2004).
El aumento del desempleo, el crecimiento del empleo informal, el debilitamiento del rol de los sindicatos, la disminución de la presencia del Estado en áreas claves de la política social, la pérdida de calidad educativa para los más pobres y la creciente dificultad de la escuela para vincular a los jóvenes con el empleo, junto con el empobrecimiento y el aumento de la iniquidad en la distribución del ingreso, han transformado sustancialmente la naturaleza del lazo social[1] que se ha debilitado considerablemente (Feliz y López, 2012).
Es el lazo el que instituye la forma de ser hombres y esto ya no depende de una voluntad individual sino de una situación sociocultural que instituye una sociedad y una manera de ser hombres acordes a esa sociedad.
A partir del año 2003, con el gobierno de Néstor Kirchner se desarrollaron una batería de políticas sociales que recibieron el nombre de nuevas políticas sociales, con un enfoque de derechos, de inclusión y universalidad y que implicaron un nuevo modo de entender al Estado en la intervención de la cuestión social. Los recursos destinados a la política fueron concebidos como una inversión y no como un gasto y el sujeto destinatario como un ciudadano portador de derechos (Arriagada y Mathivet, 2007), sin embargo esta batería no alcanzó a llegar a la población con pobreza estructural (Informe de la Deuda Social, 2014).
Este enfoque se inicia con el nuevo modelo macroeconómico, que pasa de un régimen de acumulación financiera a un régimen de acumulación productiva con inclusión social (Panigo y Neffa, 2009; Cañete y Panigo, 2010). Esta nueva configuración macroeconómica intentó mejorar las condiciones de vida de los sectores más vulnerables que no podían reincorporarse al mercado de trabajo.
Este proceso se vió interrumpido por las políticas sociales que está implementando actualmente el presidente Mauricio Macri que tienen como característica central, entre otras cosas, la reducción del gasto público.
Presenciamos un proceso de dualización social que divide a la sociedad entre integrados y desafiliados,
…que separa el mundo de la palabra, la ciudadanía y la participación, del mundo de la precariedad, la exclusión, la violencia y la represión. Fenómenos que se han expandido en todo el mundo (Pérez Sosto y Romero, 2012 p.47).
Siguiendo a Castel (1999) coexisten junto a las grandes opulencias agujeros negros de miseria humana en los que parece no se pone la mirada y se vuelven irrelevantes para el sistema.
Para Touraine (1997) lo que se da es un proceso de desmodernización que implica una disociación entre la economía y las culturas, entre los intercambios y la identidad y que se caracteriza por la desinstitucionalización y también por la desocialización. La primera implica la desaparición de las normas o los juicios de normalidad que se aplicaban a las acciones regidas por instituciones. La segunda implica la desaparición o cambios de papeles, valores y normas con las que se construía el mundo (padre, madre, maestros, etc.).
En cada territorio, conviven con diferentes grados de pluralidad y tolerancia, diversos tipos de organizaciones sociales y conductas culturales distintas. En los espacios microsociales, las instituciones clásicas como la familia, la escuela, el trabajo o la religión se han vuelto permeables e inciertas.
En este sentido, al hablar de las instituciones clásicas Beck (2002) sostiene que se trata de categorías zombies, categorías que están muertas y vivas al mismo tiempo, conservan el nombre pero no la forma.
La desinstitucionalización lleva a la desocializacion y viceversa, es decir, a un proceso de liberación de los roles tradicionales y las normas solidas antiguamente establecidas (Touraine, 1999). En la primera modernidad, dice Beck (2002) la autoridad, las normas, los valores comunes estaban claros en una sociedad ordenada y definida a partir del concepto trabajador, padre, madre. Las sociedades se organizaban alrededor del Estado-nación que daba a sus ciudadanos las identidades de clase, etnia, además del pleno empleo y las instrucciones para proseguir en la vida.
Esta modernidad se está viendo desafiada por cuatro tipos de desarrollos. En primer lugar la individualización. En segundo lugar, la globalización como fenómeno económico, sociológico y cultural. En tercer lugar, el subempleo o el desempleo, no simplemente como consecuencia de la política gubernamental o de un retroceso de la economía, sino como desarrollo estructural que no puede superarse fácilmente. Y, en cuarto lugar, la crisis ecológica. En esta segunda modernidad nos enfrentamos no sólo a cambios de época en, por ejemplo, las relaciones personales, sino a una forma diferente de capitalismo, un nuevo orden global, un tipo de vida cotidiana diferente (Beck, 2008 p.345).
Este nuevo orden, según el mismo autor, está lleno de nuevos riesgos e incertidumbres. Riesgos manufacturados, algunos productos de nuestra intervención sobre la naturaleza -calentamiento global, las vacas locas- y otros productos de nuestra intervención en la sociedad -el aumento de la inseguridad en el trabajo, la erosión de patrones familiares tradicionales, entre otros- .
A ellos hay que sumarle, lo que Giddens (1987) llama una crisis de la confianza en los individuos y las instituciones. El mundo se nos escapa y las formas tradicionales de confianza tienden a disolverse o diversificarse.
Estos cambios nos interpelan y nos invitan a pensar, que no estamos frente a la cuestión social propia de los disfuncionamientos de la sociedad industrial naciente del SXIX. Los fenómenos actuales de exclusión no remiten a las categorías antiguas de explotación sino que configuran un nuevo escenario, lo que da lugar a la nueva cuestión social.
Según Rosanvallon (1997) el marcado retroceso del estado providencia no es un simple retorno al pasado; en efecto, al lado del desempleo estructural – que es la característica más importante de la crisis actual – están apareciendo nuevas formas de pobreza y de exclusión, que ponen en discusión los cimientos de las sociedades modernas. Lo que está en crisis es el estado providencia pasivo, por lo que la discusión actual debería centrarse en el problema acerca de cómo transformar el gasto social pasivo – que transfiere recursos a desempleados y excluidos de manera unilateral – en gasto social activo – que paga contraprestaciones en trabajos y servicios de utilidad social – esto es: promover la transición desde el estado providencia pasivo hacia el estado providencia activo.
Si no se consigue reconstruir el sentido genuino de la solidaridad, el autor plantea que existe la posibilidad de que se genere la disolución de la sociedad. La Seguridad Social ya no aparece como el centro aglutinador del progreso y emergen nuevas aporías. En primer lugar: la incapacidad para atender los nuevos tipos de riesgos -principio de solidaridad- choca con la tendencia al retorno de la culpabilidad individual -principio de responsabilidad- la noción de riesgo social pierde su carácter unificador. En segundo lugar: la búsqueda de la eficiencia económica tropieza con el funcionamiento del Estado Providencia como máquina de indemnización; por lo tanto, se registra la disociación entre lo económico y lo social, esto equivale al reconocimiento de la ruptura del círculo virtuoso fordiano.
Estamos frente a nuevas expulsiones masivas de mano de obra, debidas a la radicalización de la modernidad que implican mayor individualización y mayor racionalización de los procesos productivos para evitar la tentación de asalariar la exclusión del trabajo, financiándola por medio de la Seguridad Social con elementos como el seguro de desempleo forzoso, el ingreso mínimo de subsistencia, la asistencia social gratuita, entre otros mecanismos. Por lo tanto el desafío es como pasar a un tipo de sociedad que integre –sociedad de inserción– (Rosanvallon, 1999), en donde el individuo logre ser un ciudadano pleno.
Es necesario prestar atención a los problemas de integración ya que nos encontramos actualmente con una importante cantidad de personas para las cuales la sociedad no tiene ningún lugar respetable, inútiles para al mundo o supernumerarios (Wacquant, 2001) y simultáneamente hay un aumento de las experiencias de vulnerabilidad, de inestabilidad, de fragilidad, de precariedad:
Encontrar la manera moderna de realizar cierta internalización de lo social, a fin de lograr conjuntamente modernización económica y reconstrucción del tejido social… ser moderno y arcaico al mismo tiempo (Rosanvallon, 2011 p. 124).
El proceso de desintegración del trabajo como organizador de las relaciones de los trabajadores, que se inició con el modelo económico de la dictadura pero que se profundizó en los ´90, provocó un desplazamiento de la sociabilidad, desde el trabajo y la fábrica, hacia el barrio. La descomposición de los lazos que otorgaba el trabajo formal y la desarticulación en las protecciones sociales, fortaleció lazos de cooperación en el territorio (Murmis y Feldman, 2002). Apareció el barrio como un espacio fundamental de inscripción y afiliación de los sectores populares que reconstruyen su sociabilidad a través de prácticas, representaciones y relaciones que se inscriben en lo territorial (Merklen, 2004). Por eso es importante preguntarse cómo se dan estos procesos de sociabilidad centrada en el barrio, en estos nuevos contextos de desintegración social.
En la villa sólo un pequeño porcentaje de la población tiene salarios estables, los demás sólo conocen relaciones salariales atípicas, de duración limitada, de tiempo parcial, temporarias, etc., y que se encuentra en situaciones de hiperprecariedad. Como expresa Castel (2010 p. 87) …hay cada vez más trabajadores que no saben si seguirán siéndolo y si podrán construir a partir de esta posición un porvenir estabilizador.
En el próximo apartado desarrollaré con mayor profundidad está degradación de la relación con el trabajo, que no desmanteló a la sociedad salarial sino la deterioró generando la aparición de nuevos riesgos.
3.2. Cambios y crisis en la sociedad salarial
Neffa plantea, citando a Marx, que el trabajo es
una condición de la existencia del hombre independientemente de las formas de sociedad, una necesidad natural por cuya mediación es posible el metabolismo entre hombre y naturaleza, es decir la vida humana (Neffa, 2012 p.73).
En este sentido, queda claro que Marx pone al trabajo como condición para la vida humana escindiéndolo de los modos de producción imperantes en la sociedad. Con la emergencia del capitalismo industrial, la noción de trabajo se subordina al proceso de acumulación, dando surgimiento a la relación salarial moderna por excelencia caracterizada por tres pilares: un modo de retribución de la fuerza de trabajo, la disciplina del trabajo que regula los ritmos de la producción y un marco legal que estructura la relación de trabajo, el contrato (Dubet, 2011).
Castel además dice que el salario pasó a ser más que la mera retribución puntual por una tarea, se constituyó como el asegurador de derechos y prestaciones fuera del ámbito del trabajo además de permitir una participación más ampliada en la vida social: consumo, vivienda, educación, e incluso, (…) ocios (Castel, 1995 p.326).
Como es sabido la condición salarial de los obreros no garantizaba de ninguna manera la posibilidad de que estos triunfaran por sobre los llamados asalariados burgueses[2], por sobre los propietarios de los medios de producción; sin embargo, al avanzar el crecimiento de los Estados en la ampliación de sus servicios y protecciones para los trabajadores, la idea de ascenso, progreso y bienestar para todos los que lo merecieran en virtud de su esfuerzo y trabajo, se encontraba de alguna manera garantizada.
La sociedad salarial parecía arrastrada a un irresistible movimiento de promoción: acumulación de bienes y riquezas, creación de nuevas posiciones y de oportunidades inéditas, ampliación de los derechos y garantías, multiplicación de las seguridades y protecciones (Castel, 1995 p. 327).
Específicamente en Argentina, Minujin (1994 p. 53) plantea que durante gran parte del siglo pasado, “… la noción de desarrollo … ha estado ligada a las nociones de igualdad y justicia social.” Esto garantizaba la cohesión social mediante el doble espacio de la asalarización y las políticas de protección al trabajo y de redistribución de la riqueza. La incorporación al mundo del trabajo implicaba una forma de movilidad social ascendente que permitía la inclusión social.
Hacia finales del siglo pasado, el rápido aumento de la desocupación como expresión de los cambios producidos en los modos de producción de carácter global, hicieron que dichos procesos de integración se vieran interrumpidos cambiando el mapa social de Argentina de modo significativo. El conjunto de estos procesos condujo a la sociedad argentina
más que en la dirección de una configuración dualista, hacia una fragmentación que se manifiesta en una multiplicidad de situaciones de vulnerabilidad, en el marco de un pronunciado deterioro de las condiciones de vida de gran parte de la población” (Lvovich, 2003 p 78).
Sin embargo, sin negar la importancia de las desigualdades, es importante añadir que el capitalismo industrial promueve y sostiene la gestión regulada de esas desigualdades. Como dice Michel Aglietta … en una sociedad salarial todo circula, todo el mundo se mide y se compara, pero sobre la base de la desigualdad de las posiciones.
Por eso según Castel la sociedad salarial funciona en la distinción, es decir
son las grandes categorías socioprofesionales homogenéas que componen la sociedad salarial sobre la base del lugar que ocupan en la división del trabajo las que participan del juego de la distinción (Castel, 2010 p.19).
El problema actual es que a diferencia de lo que se daba en el apogeo del capitalismo industrial en donde la consistencia de la condición salarial dependía de la inscripción de sus miembros en distintos colectivos que a su vez protegía, hoy asistimos a una descolectivización propia del nuevo régimen del capitalismo postindustrial que genera distintos efectos en los trabajadores. Por un lado, vinculado a la organización del trabajo -para aquellos que lo tienen- existe una individualización creciente de las tareas, en donde en algunos casos el colectivo de trabajo es totalmente disuelto, esto es desestructurante de las solidaridades obreras de antaño. Por otro lado, Beck (2008) sostiene que asistimos a un modelo biográfico de los trabajadores en donde ellos deben hacerse cargo de su propio recorrido ya que las carreras laborales dejan de estar inscriptas en las regulaciones colectivas del empleo estable. El propio estatus del empleo es desestabilizado.
En este contexto, hay individuos que ganan con estas transformaciones, ya que maximizan sus posibilidades y se vuelven hipercompetitivos, en cambio otros, la mayoría, que no fueron formados para hacer frente a estos cambios, se desconectan de los soportes colectivos y se van convirtiendo progresivamente en inválidos sociales.
En este sentido, una sociedad que cada vez más se convierte en una sociedad de individuos, es también una sociedad en la cual aumenta la incertidumbre, ya que las regulaciones colectivas que permitían dominar los avatares de la existencia pasan a estar ausentes. Por eso, hoy asistimos a una representación totalizadora de la sociedad contemporánea como “sociedad del riesgo” (Beck, 2002; Castel, 2010)
Los autores identifican por lo menos tres configuraciones principales de riesgos:
a) Fragilización en las sociedades de la sociedad de seguridad vinculada a la mutualización de los riesgos mediante el seguro obligatorio con la garantía que daba el Estado Social. Actualmente los sistemas que cubren los riesgos se enfrentan a la desocupación masiva y la precarización de las relaciones del trabajo que amenazan el sistema con el desfinanciamiento y además nos encontramos con que muchos sujetos ya no pueden ser cubiertos en sus riesgos laborales.
b) El nacimiento de las poblaciones en riesgo a diferencia de las de antaño, poblaciones peligrosas que obviamente generan otro tipo de intervención vinculado a la gestión previsional a distancia de las poblaciones. Las poblaciones en riesgo están construidas a partir de la deconstrucción de los individuos quienes ya no son de carne y hueso sino un sin número de estadísticas.
c) Los riesgos del medio ambiente y la degradación constante de los desechos tóxicos producto del capitalismo industrial. Esto obliga a las sociedades a unirse en vistas de un riesgo que la mayoría de las veces excede las posibilidades individuales y se presenta como externo. En su propia dinámica de desarrollo democratizan los peligros desdibujando las fronteras del Estado-nación, pero a la vez pone nuevas fuerzas en conflicto y consenso.
Estos nuevos riesgos cuestionaron la capacidad del estado social vinculado espacialmente al perímetro de intervención y a su modo de funcionamiento.
En la situación particular de las sociedades latinoamericanas y centroamericanas sufren una profunda desigualdad social que refleja altos grados de concentración de la propiedad y una marcada heterogeneidad productiva, es decir, la existencia simultánea de sectores de productividad laboral media y alta y un conjunto de segmentos en que la productividad del trabajo es muy baja. Las brechas sociales no pueden explicarse sin entender la desigualdad en la calidad y productividad de los puestos de trabajo y de los distintos sectores de la actividad económica, la que se proyecta en rendimientos muy desiguales entre los trabajadores, el capital y el trabajo. Esto está claramente identificado como veremos más adelante en la villa de estudio.
Pese a esto la conflictividad social ya no se cristaliza como lo hacía en la sociedad industrial en torno al trabajo y sus problemáticas sino que se produce un desplazamiento que hace que sea el individuo y no el trabajador -representado en una clase- el que interpele e interactúe con los poderes público a través de la descentralización y la reorganización de las políticas públicas. En este sentido, como sostenemos anteriormente, la villa deja de estar estructurada alrededor del trabajador y de la omnipresencia de los modos de sociabilidad y de las formas de organización gobernadas por el trabajo (Castel, 2010 p 42) y asistimos a una nueva distribución espacial de las poblaciones que hace que distintas categorías se reagrupen entre ellas según los recursos con los que cuentan. Por lo que los nuevos actores sociales tienen que enfrentarse a nuevos desafíos a partir de su inscripción territorial. De ahí la importancia de pensar los modos y formas que adquiere la integración social en estos escenarios.
3.3. Acerca de la vulnerabilidad y la desafiliación social en el pensamiento de Castel
Castel inscribe su trabajo en la problemática de la integración o de la anomia; se trata de una reflexión sobre las condiciones de la cohesión social a partir del análisis de situaciones de disociación
… por lo cual es necesario analizar el lugar ocupado por el salariado para calibrar la amenaza de fractura que acosa a las sociedades contemporáneas (Castel 1997 p.14).
Para comprender la dinámica que sustenta la transformación de las condiciones de integración actuales es necesario entender que la consistencia de la condición salarial estaba íntimamente ligada casi en términos de dependencia a la inscripción de sus miembros en colectivos, ya sea de trabajadores, sindicales, convenciones colectivas, regulaciones colectivas y enmarcados en un Estado Social que era la instancia colectiva por excelencia. El elemento protector era ese espacio colectivo. Lo que caracteriza entonces la gran transformación es la dinámica de descolectivización (Castel, 2010).
Estos cambios se dan tanto por las insuficiencias en la generación de empleo –en términos de cantidad y calidad–, como por el debilitamiento de los vínculos entre empleo asalariado, Estado social y regímenes de protección social; así como por la complejidad y multidimensionalidad de la expresión de las desigualdades sociales contemporáneas (Beck, 2011). Los antiguos colectivos de trabajo dejan de funcionar y los trabajadores compiten unos con otros, con efectos profundamente desestructurantes de la solidaridad.
En la nueva relación se produce, como ya fue dicho, una fragmentación, una pérdida de la solidaridad, poca participación, individualismo (Cortazzo, 1985 p.155).
Según Elías (1991) nos encontramos ante una sociedad de individuos en los que claramente pueden identificarse dos tipos: Individuos por exceso o individuos por defecto. Los primeros son aquellos que se conducen como actores sociales autosuficientes, provistos de recursos y de bienes, encerrados en sí mismos olvidándose que existen otros; los segundos son aquellos que carecen de los soportes necesarios para acceder a un mínimo de independencia social, que no pueden llevar adelante sus proyectos ni ser dueños de sus elecciones. Estos últimos son la expresión más cruda de la dinámica social actual. Si bien se nombran dos posiciones extremas, esto no excluye la multiplicidad de situaciones intermedias que conviven entre ellas.
En parte como respuesta a esta nueva agenda social, se expandieron fundamentalmente en los países de desarrollo periférico o emergente, diseños de política social centrados en la pobreza y orientados hacia los márgenes sociales, donde se identifican las nuevas vulnerabilidades y procesos de exclusión social.
Según Castel
Tras un período marcado por una movilidad social ascendente sostenida y considerable entramos aparentemente en una dinámica de movilidad descendente (Castel, 2010 p.16).
Diferentes autores latinoamericanos (Kaztman, 1999b; Filgueira, 2001; Busso, 2008; Moreno Crossley, 2008) coinciden en que los enfoques teóricos centrados en el concepto de vulnerabilidad social constituyen, en la actualidad, la base de un cuerpo teórico emergente que aspira a generar una interpretación sintética, multidimensional y de pretensiones integradoras sobre los fenómenos de la desigualdad y la pobreza.
Se puede identificar el inicio de su uso con más fuerza a mediados de la década de 1990, a partir de los distintos fenómenos sociales que provocaron la inestabilidad económica de los países en vías de desarrollo y que pusieron de manifiesto la persistencia de la desigualdad estructural del escenario internacional. Ejemplo de esto es la crisis del empleo formal y el incremento de la informalidad producto entre otras cosas de la reforma del Estado y la implementación de políticas económicas de corte neoliberal.
Si bien es un término proveniente de los estudios ambientales, la idea de poblaciones vulnerables se comenzó a utilizar para los países latinoamericanos que sufrían las consecuencias de la inestabilidad financiera internacional (los efectos tequila, caipirinha, etc.).
Específicamente en Argentina, el uso del término vulnerabilidad se acuño con la irrupción de los nuevos pobres (Minujin, 1992; Torrado, 1980; Becaria, 1997), identificados como segmentos de clase media que, a pesar de su capital educativo y los esfuerzos por insertarse en el mercado laboral, quedaron al margen de la distribución de los recursos societales y experimentaron la ruptura del ideal meritocrático (González, 2009).
Moreno Crossley (2008) sostiene que hay una coincidencia general en considerar a la vulnerabilidad social como una condición de riesgo o indefensión, la susceptibilidad a sufrir algún tipo de daño o perjuicio, o de padecer la incertidumbre. La vulnerabilidad aparece entonces como fragilidad.
En términos generales se puede observar que el análisis de la vulnerabilidad propuesto por Castel (1989) se sustenta en el análisis de los soportes que abastecen el espacio institucional con el que cuenta el individuo para desarrollar su vida. Estos soportes permiten la construcción de los espacios de posibilidad del individuo y su capacidad de representarse en las interacciones.
Estos espacios se encuentran ligados -desde una perspectiva de larga duración- al lugar ocupado por un individuo en la división social del trabajo, a su participación en las redes de sociabilidad y en los sistemas de protección, los cuales permiten cubrirlo frente a los avatares de la existencia, que Castel (2003) llama seguridad social.
En otras palabras, el lugar que el individuo ocupa en el sistema salarial -en tanto institución social- le ha permitido obtener un soporte objetivo, una manera de poder construir un sí mismo en la medida en que posibilita su acceso a otras instituciones sociales (Castel, 2006). En este sentido, los conceptos de desafiliación y vulnerabilidad social dibujan esos vínculos intermediarios e inestables que conjugan la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad, lo que genera que el sujeto reduzca su registro de interacciones y relaciones institucionales.
Es decir, existe una fuerte correlación entre el lugar ocupado por un individuo en la división social del trabajo -así como su participación en las redes de sociabilidad- y los sistemas de protección que permiten asegurarlo frente a las eventualidades de la existencia (Castel, 1995; 2003).
Las distintas capas que protegen a los individuos pueden ser consideradas metafóricamente, como zonas de cohesión social. De esta manera, una inserción sólida en determinadas redes laborales, donde se tenga una cierta seguridad en términos salariales y de protección a la salud, entre otros aspectos, implica la ubicación del individuo en una zona de integración; mientras que su inserción en redes laborales débiles genera un proceso de vulnerabilidad social: … una zona intermediaria, inestable, que conjuga la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad (Castel, 1995 p.17).
Siguiendo a Castel (1995) Se pueden distinguir tres zonas de cohesión:
a) Zona de integración, seguridad o estabilidad. Corresponde a la situación típico-ideal de la población con trabajo y protección social asegurada y sólida relación familiar y vecinal. Aunque en este grupo existen grandes desigualdades sociales, éstas no suponen una amenaza para la estabilidad social.
b) Zona de vulnerabilidad, precariedad o inestabilidad. La situación se caracteriza por la fragilidad, la inseguridad de las relaciones laborales precarias y la inadecuación de los soportes familiares y sociales.
c) Zona de exclusión o marginación. Se caracteriza por una retirada del mundo laboral, la ausencia de otro tipo de protección social y aislamiento social. Este grupo sufre las formas más extremas de pobreza, carece de acceso a las formas normalizadas de participación social y son incapaces de salir por sí solos de esta situación. En estos grupos se encuentran los tradicionales beneficiarios de la asistencia social. Su reducido volumen no lo hace relevante en la desigualdad social, aunque sí evidencia los desajustes de un sistema que acusa grietas en sus pretensiones de bienestar.
Los individuos circulan de unas zonas a otras en un proceso en el que la relación con el mercado laboral tiene un peso crucial. Las rupturas son compensadas por redes protectoras como la familia, la solidaridad comunitaria o pública.
Cuando todos estos mecanismos fallan, las personas y familias se precipitan hacia situaciones aparentemente de fuerte irreversibilidad.
De acuerdo con los autores (Saravi, 2006; Pérez Sosto, 2012) es preciso remarcar que la vulnerabilidad no es un término estático, pues un individuo puede localizarse en distintas zonas de vulnerabilidad de allí la importancia de la utilización del concepto de desafiliación que remite al proceso mediante el cual un individuo se encuentra disociado de las redes sociales y societales que permiten su protección de los imponderables de la vida.
El término desafiliación tiene más riqueza analítica a diferencia del concepto de exclusión que parece reflejar muchas veces una inmovilidad, un punto de llegada y designar en cierta medida un estado o diversos estados de privación, y con ello se soslayan los procesos que generan dichos estados de privación. Además, el término exclusión provoca la sensación de referirse a una sociedad que al parecer está dividida en dos: los que se encuentran afuera -los excluidos- y los que se localizan adentro -los incluidos-, como si no existieran matices de afiliación en función de los distintos niveles y escalas del orden y de la estructura social (Castel, 1995; Rosanvallon, 1997).
En tanto, cuando se habla de desafiliación se tiene como objetivo visualizar no tanto una ruptura o estado sino un recorrido a través de una zona de vulnerabilidad –esa zona inestable que mezcla la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad– lo que permite, además, subrayar la relación de disociación con respecto de algo, apreciándose el hecho de que un individuo puede estar vinculado, por ejemplo, más estrechamente con las relaciones societales y menos con las estructuras institucionales de trabajo (Filgueira, 2001).
Desafiliación condensa el sentido de las consecuencias que las transformaciones acontecidas tienen para el logro y el desarrollo de la integración social. Deriva su especificidad en el énfasis colocado en el otro eje: el de la relación con un determinado tipo de condición laboral. Se trata de la desintegración que tiene lugar a posteriori de las protecciones y con el relativo agotamiento del modelo social que les diera lugar (Kaztman y Filgueira, 2006).
El desafiliado viene a plasmar la manifestación más visible del proceso de pérdida del estatuto laboral colectivo que dotará al individuo de pertenencia social en tanto miembro, perteneciente a una categoría social con derechos y obligaciones claramente delimitados (Castel, 1997).
La identificación de situaciones concretas de desafiliados tiene el interés y la riqueza analítica de remitir al proceso por el que transitan individuos pertenecientes a categorías sociales que asisten a la crisis de los estatutos, viendo debilitarse los vínculos que los ligaran a las instituciones que les confirieron un lugar de utilidad social.
Es a través de esta noción que se torna más clara la mirada sobre la integración social: no se trata únicamente de una ruptura con el salariado, sino que se desencadena una ruptura del lazo social entendida como pérdida de pertenencia social (Dubet, 2015).
La desafiliación no se presenta como un trayecto homogéneo y plano, sino más bien como un accidentado y diverso recorrido, que resulta importante cartografiar, identificando sus rupturas y continuidades. En una palabra, visualizar su metamorfosis, señalando sus transformaciones históricas (Castel, 1994).
Ciertamente, la desafiliación no reenvía siempre a las mismas zonas de vulnerabilidad. No es lo mismo el desafiliado del siglo XVI y aquel que se puede encontrar a finales del XX; ni siquiera es lo mismo el desafiliado de la década de los sesenta y aquel que resiente aún los efectos de las políticas de ajuste de los ochenta. Sin embargo, cada uno de ellos comparte algo común: ocupan una posición homóloga en la estructura social, y los procesos que producen su situación son igualmente comparables (Castel, 1995).
De esta forma, se trata de observar tanto las transformaciones de la vulnerabilidad y de la desafiliación social como los interrogantes elaborados por la sociedad sobre las causas de dichos procesos y las soluciones que se consideran más acertadas para enfrentarlas. La importancia de analizar estos dos momentos parte de la consideración de que en ellos se ponen en juego las bases de actuación de los individuos en una sociedad. De esta manera, para el individuo
… es necesario contar con una instancia, una matriz o un zócalo sobre los cuales… pueda apoyarse, y que le otorgue dicha consistencia. Para decirlo de otra manera –puesto que todas estas metáforas son aproximativas–, le es necesario disponer de una cierta superficie, ocupar un cierto espacio en la sociedad, para desarrollar la capacidad de ser un individuo (Castel y Haroche, 2003 p. 21).
Esta matriz o superficie, para los autores mencionados, está directamente ligada con los procesos de cohesión y vulnerabilidad social, pero también con las instancias sociales que permiten la constitución de espacios de soporte para el individuo.
En el contexto de las sociedades modernas, el Estado es la instancia que tradicionalmente ha venido constituyendo esas superficies de soporte. En general, se puede apuntar que el desarrollo del Estado-nación ha sido acompañado de una configuración particular que permite garantizar un conjunto de protecciones en el marco geográfico y simbólico de la nación, en la medida en que ésta tiene un cierto control sobre determinados recursos -económicos, ecológicos, laborales, por mencionar sólo algunos-, lo cual en mayor o menor proporción garantiza una serie de protecciones de carácter civil -libertades fundamentales y seguridad sobre bienes y personas-, así como los derechos sociales (Saravi, 2007; Artega Botello, 2008).
Aún más, hasta un determinado punto el Estado-nación es capaz de generar una propiedad social que permite, a través de un orden jurídico e institucional, que los no propietarios tengan un sostén frente a ciertas condiciones de riesgo. Sin embargo, es cierto que el umbral de protecciones que en este sentido puede proporcionar un Estado resulta sumamente móvil, y que dichas protecciones pueden fortalecerse en ciertos momentos históricos y debilitarse significativamente en otros (Busso, 2003).
De aquí la importancia que se le otorga al análisis de las condiciones institucionales para facilitar un examen sobre las posibilidades de constitución de la individualidad en la modernidad. Por ejemplo, la reconstrucción de la trayectoria de la vulnerabilidad y de la desafiliación se debe dar a partir del planteamiento de un problema actual, tratando de rastrear en el pasado su conformación. En otras palabras, dar cuenta de las problemáticas del individuo contemporáneo a partir de
… hacer una historia de su presente, de aprehender lo que ella ofrece de específico en relación con sus configuraciones anteriores (Castel y Haroche, 2003 p. 37).
Tanto en Durkheim como en Castel el tema central reside en la problemática de garantizar la integración social ante los cambios estructurales, y en ambos el trabajo juega un rol central como institución mediadora de dicha integración. Para Castel no se trata del trabajo per se como fuente de integración social, sino de un tipo histórico particular de trabajo: el trabajo asalariado de duración indeterminada, con derechos y protecciones sociales, un tipo de trabajo que tuvo su expresión histórica en un tiempo muy acotado de la experiencia. Estos atributos del trabajo con que se erigió la sociedad salarial permiten a las categorías sociales escapar a las contingencias y asegurarse frente a los problemas que éstas puedan plantear (Arteaga Botello, 2008).
Ello se logra gracias a que los individuos que conforman dichas categorías ocupan una posición en la sociedad, un lugar, y desde esa posición que ocupan, negocian y pactan sus condiciones laborales.
Lo que define a una sociedad en el modelo de integración Durkheiniano retomado por Castel es la conjunción de individuos y grupos vinculados por relaciones de interdependencia sobre la base de su utilidad social: se trata de un todo conformado por elementos interdependientes.
El problema que desafía el logro de la integración social reside precisamente en un déficit de pertenencia en términos de un diagnóstico de situación del que se plantea la reaparición de los “inútiles para el mundo” (Castel, 2012).
Nuestra modernidad tardía, que se despliega como una “sociedad de los individuos”, implica muchas zonas grises, y una tarea esencial de la sociología en la actualidad es a mi juicio la exploración de esas partes un poco vergonzosas del cuerpo social (Castel, 2010 p. 29).
- Entiendo el lazo social siguiendo a Lewkowicz como .. esa ficción eficaz de discurso que hace que un conjunto de individuos constituya una sociedad. Y a la vez, a la ficción social que instituye los individuos como miembros de esa sociedad (Lewkowicz, 2004 p.86). ↵
- Concepto utilizado por Castel (1995: 326) para denominar a profesionales, empleados, jefes, miembros de las profesiones intermedias, el sector terciario↵






