40 años de democracia en clave cordobesa
Alicia Servetto
Jueves 27 de abril del 2023. Subo a un taxi desde Plaza Rivadavia de Alta Córdoba hasta el centro de la ciudad, Av. Vélez Sarsfield y 27 de abril. Todo normal, sin cortes de tránsito ni marchas ni movilizaciones. Sin embargo, el taxista estaba ofuscado. Comenzó a relatar que en este país vivimos presos: que las casas con rejas, que no se puede salir de noche, que te roban en cualquier lugar. El tono se fue poniendo más dramático hasta que remató su relato con la frase remanida: “¡Con los militares vivíamos más seguros!”. Quién no ha escuchado esa expresión alguna vez en estos 40 años. Al día siguiente, en un acto por el Día del arma de Caballería, el general retirado Rodrigo Alejandro Soloaga reivindicó a sus camaradas presos por delitos de lesa humanidad. No habló de dictadura sino de una “difícil época para nuestro país” y los encomió por resistir con “estoicismo” las condiciones de detención. Desde un estrado oficial les envió su apoyo a quienes estaban detenidos por secuestrar, torturar, asesinar y desaparecer personas. El ministro de Defensa, Jorge Taiana, ordenó su remoción por apología del terrorismo de Estado (Bertoia, 2023).
2023. Año de conmemoración y de contiendas electorales. Se cumplen 40 años del retorno de la democracia mientras los ciudadanos volverán, una vez más, a las urnas para elegir las nuevas autoridades que asumirán el próximo 10 de diciembre.
Cuarenta años ininterrumpidos de gobiernos electos por el voto popular, sin dictaduras militares ni golpes de estados azotando la vida institucional, ni militares ni fuerzas armadas vigilando o conduciendo los destinos del país. Mirado por el retrovisor de la historia, no es un logro menor. Sin embargo, aún perduran los defensores de un orden que fue autoritario, represivo y asesino. Por eso, la democracia nació asociada a un lema que es necesario traer a la memoria una y otra vez: Nunca más.
Podríamos hacer un balance de estos 40 años, de lo conseguido, de lo conquistado, de lo hecho. También podríamos reflexionar sobre aquello que falta, de las deudas, de las limitaciones y de los desafíos. En ambos casos, la enumeración sería vasta, porque ni la democracia fue la panacea que pudo resolver todos los problemas –atrás quedó la ilusión de que con la democracia “se come, se educa, se cura”–[1], ni tampoco resulta el peor de los regímenes políticos después de haber sufrido seis dictaduras militares a lo largo del siglo XX. Siendo la de 1976 la más trágica y represiva que conoció la historia argentina, cuyas consecuencias tienen un efecto residual que aún pesa sobre la realidad social y económica del país.
Sin embargo, al desandar la historia argentina, en estos años de vida democrática se observa un país diferente, con plenas garantías de los derechos y libertades, individuales y colectivas, un país que logró erradicar todo vestigio de autoritarismo, condenando la violencia como forma de dominación y ejercicio político, pese a las reivindicaciones –que suponemos aisladas- del terrorismo de estado. Avanzó en la conquista de más derechos en pos de la igualdad de oportunidades a través de leyes como la del divorcio, la del matrimonio igualitario, identidad de género, el voto joven y la IVE. La democracia, en muchos sentidos, trajo un mejor vivir en libertad.
Ahora bien, si la democratización política cumplió con sus objetivos, en la actualidad se presentan importantes y graves desafíos que ponen en tensión la capacidad del propio régimen para procesar dichos conflictos. Vamos a indicar sólo, a modo de ejemplo, algunos de esos problemas: a) La desigualdad social y cultural atravesada por nuevas formas de exclusión que vulnera el principio de igualdad sobre el cual se cimentó la democracia moderna; b) La concentración corporativa del poder de decisión que es en sí mismo excluyente, difícil de disputar y que vulnera el pluralismo y la inclusión; c) La puja entre los actores socio-económicos dominantes por el modelo de acumulación que incide directamente en la redistribución de ingresos; d) La escasa o nula independencia del Poder Judicial, cada vez más a favor de los sectores privilegiados; e) La irrupción de fuerzas políticas de la extrema derecha, antisistemas y antiderechos; f) La existencia de partidos políticos y dirigentes políticos ensimismados, cada vez más alejados de su rol de representar y articular demandas de la sociedad; g) La regresión a episodios de violencia política como fue el intento de magnicidio contra la Vicepresidenta que lesionó gravemente el mismo pacto de convivencia democrática y fue un punto de inflexión en la cultura democrática argentina; h) La construcción discursiva por parte de las clases dominantes y de los medios hegemónicos de que este país es inviable, y que está condenado al fracaso; i) El descontento, desencanto y desánimo generalizado por parte de la mayoría de la población que expresan un presente cargado de nihilismo político.
Sin dudas que estos desafíos y problemas generan una nada desdeñable sensación de vivir al borde del estallido, de que en cualquier momento el país se sumerge en la peor de las catástrofes y que todo está a punto de explotar por los aires: las corridas bancarias, el dólar blue, la inflación, la grieta, el FMI, la fuga, etc. Si hay algo que nos define, dice Fernando Rosso (2022), es la crisis, como un manto de sombra que nos envuelve y se cuela en todas las retículas de la vida social. La persistencia de la crisis, lejos de ser algo transitorio, sería, según el autor, el resultado de “la irresolución de los conflictos entre fuerzas sociales y políticas que vienen protagonizando un largo empate”.
¿Es la grieta la responsable de esta “irresolución” perdurable de los problemas? ¿Dónde reposa el principal, o los principales, nudos gordianos de la eterna crisis argentina: en el Estado, en el mercado, en el neoliberalismo, en el populismo, en el bipartidismo, en los antisistemas? ¿Qué fuerza política tiene la capacidad para imponerse con un proyecto hegemónico? ¿Qué rol juegan los partidos políticos en este escenario?
Pensar posibles respuestas nos lleva a indagar una multiplicidad de variables analíticas que se superponen y se articulan al mismo tiempo. No obstante, me voy a detener en el tema que recorre este libro, esto es, la crisis de representatividad de los partidos políticos. Se trata de un problema que se viene abordando y estudiando desde los años 90, no casualmente, cuando se anunciaba el triunfo del capitalismo financiero, la globalización y el fin de las ideologías, luego de la caída del muro de Berlín en 1989 y la disolución de la URSS en 1991.
En ese contexto se hablaba de la desarticulación del tradicional sistema de mediación entre el Estado y la sociedad a través de los partidos políticos, los sindicatos o el parlamento. Si hasta entonces la política había estado asociada al Estado, su repliegue en el mundo globalizado desorganizó las formas de hacer política. Ésta dejó de estar asociada al cambio, a la idea teleológica de la historia, al progreso y al futuro. Por el contrario, su ethos pasó a estar ligado a la gestión de servicios, el control y la eficiencia. La política ya no resolvería los problemas de conducción, sino la regulación de los procesos sociales.
Así, en los 90, los actores fueron perdiendo capacidad para representar los intereses generales. Las identidades mutaron hacia formas más efímeras en un contexto de creciente fragmentación social. Funcionales al nuevo orden social, los partidos políticos dejaron de cumplir la función de integración social, disolviéndose el vínculo entre partidos y ciudadanía, entre sociedad y política. La despolitización y la democracia por delegación fueron la expresión política del “dejar hacer”.
No obstante, el nuevo siglo marcó un hiato en el devenir de la política. Tal como lo planteó Torcuato Di Tella (2002), justo en medio de lo que algunos consideraban casi como su crisis final, los partidos políticos emergieron, paradójicamente, como cada vez más importantes: “No se trata sólo del funcionamiento de la democracia, imposible sin partidos. Es que toda la dinámica de una sociedad moderna, su gobernabilidad, depende de esos elementos intermediarios que son los partidos políticos.”
Gabriel Vommaro y Sergio Morresi, en su texto sobre el surgimiento del PRO, también pusieron en tela de juicio el concepto de crisis de los partidos políticos:
Parece claro que los partidos continúan cumpliendo el rol de representar y articular demandas en las sociedades democráticas. A lo que asistimos, entonces, no es a un derrumbe de los partidos en general, sino a un largo proceso de cambio, a una metamorfosis en las formas de representación que habían sido habituales en los primeros dos tercios del siglo XX (2015: 11).
En efecto, entre la crisis y la metamorfosis no hay una relación lineal. Pero está claro que el significado de los partidos es inseparable de las modalidades de relación entre sociedad-partidos-Estado, y por ende, de una cierta morfología de la política que se expresa en las formas diferenciales a través de las cuales lo social es instituido y el conflicto social deviene en conflicto político. La naturaleza política de los partidos es ser organizaciones que luchan por el poder. El éxito en esa lucha depende del arraigo en la sociedad y de la fuerza en el Estado desde una doble función. Por un lado, como agentes de constitución de solidaridades colectivas que definen y redefinen en términos específicamente políticos el conflicto social, y por otro, como mecanismos de transformación de la demanda en acción política. Si la primera función se refiere a la representación como operación de pasaje del conflicto social al conflicto político, la segunda apunta al pasaje de la confrontación de identidades políticas a la producción de decisiones: proceso en el cual pueden debilitarse, o reforzarse, las oposiciones entre esas identidades (De Riz, 1986).
Igualmente, los partidos políticos no son sólo instituciones de representación. Además de representar, los partidos políticos tienen funciones de liderazgo, conducción y convocatoria, de elaboración de proyectos o de propuestas, de administración de gobierno o de oposición, de agregación de demandas y de canalización de conflictos, de reclutamiento de la clase política para los puestos del Estado o de la función pública.
Ciertamente, no escapa al análisis la creciente desconfianza hacia los partidos políticos. Si bien siguen constituyendo una parte sustancial del funcionamiento de las democracias modernas, en la actualidad, afirma Ricardo Sidicaro:
representar se hace enormemente difícil para los partidos en virtud de la mayor complejidad y diferenciación de las sociedades modernas en las que se debilitó la materialidad de los tejidos sociales que anteriormente unificaban y organizaban dimensiones clave de la vida de las personas (2002: 4).
Nada más gráfico de la afirmación de Sidicaro que la consigna del 2001, “Que se vayan todos”. Significaba una fuerte impugnación y deslegitimación de los partidos y de la clase política, que puso en tensión las viejas formas de hacer política con la necesidad de buscar y definir nuevos valores para la mediación entre los ciudadanos y el Estado.
Como resultado, los partidos y los dirigentes debieron reposicionarse y modificar su comportamiento y su discurso. Aparecieron nuevos partidos y nuevos liderazgos, algunos de los cuales se presentaron como externos a la política. En todo caso, procuraron reconfigurar la crisis de confianza y autoridad que expresaba la ciudadanía.
Precisamente, la presente compilación deja en claro que lejos de un declive generalizado de los partidos políticos, estos lograron sobrevivir, metamorfoseados y aggiornados. Sus cambios fueron visibles tanto en sus aspectos organizacionales, como en sus comportamientos, fisonomía y en sus claves identitarias. Surgieron expresiones nuevas, como los liderazgos de Néstor Kirchner y Mauricio Macri que pueden interpretarse claramente como “hijos” del 2001. Desde una lectura cordobesa, el mismo fenómeno puede atribuirse al armado del Partido Nuevo encabezado por Luis Juez. Del 2001 emergieron identidades nuevas que expresaron no sólo la crisis de representación de los partidos, sino y sobre todo, la dificultad de los partidos para representar a una sociedad cada vez más fragmentada, heterogénea y exigente para con la satisfacción de sus demandas sectoriales e individuales.
Desde esta perspectiva analítica, el libro propone un recorrido de los partidos políticos en clave provincial. A partir de la morfología cordobesa de las últimas décadas, la obra puede leerse desde tres elementos interrelacionados. El primero se relaciona con la dinámica política y los partidos en los escenarios subnacionales. El proceso de los últimos 20 o 30 años se ha caracterizado como la “territorialización de la política” (Gibson y Calvo, 2001), mediante el cual se da cuenta de que ya no existen grandes partidos nacionales, sino más bien una confederación de liderazgos, estructuras y cacicazgos provinciales. Este proceso define una tendencia iniciada con la recuperación de la democracia, mediante el cual los poderes ejecutivos distritales dominan la política por sobre los partidos o las ideologías. En algunos casos, las redes políticas subnacionales tienen un impacto decisivo en la articulación de las alianzas que sostienen a las políticas de nivel nacional.
El segundo aspecto está vinculado a la construcción –diríamos exitosa en términos locales– de la identidad provincial del “cordobés” o del “cordobesismo”. Esta construcción articula varios factores que incluyen una definición del “nosotros” cordobés que permite delimitar una línea fronteriza entre quienes forman parte del “nosotros” y los “otros” (Dain y Chávez Solca, 2022). Una singular construcción que destaca la idea de autonomía, federalismo, de la “no” subordinación al poder central, del derecho a autodeterminarse. Paralelamente, habilita a la élite política a configurar un proyecto de poder a partir del cual disputar posiciones, no sólo a nivel interno sino también frente a cualquier perspectiva de coalición interprovincial o nacional. La idea del particularismo local no es excluyente de una fuerza política. Así como el peronismo apela al “cordobesismo” como clave identitaria, el radicalismo supo construir la imagen de Córdoba como “isla”. En ambos casos, la representación de lo singular y específico fue un plafón de construcción de poder.
Finalmente, el tercer elemento que se destaca de la obra es el análisis del discurso neoliberal que permea a todas las fuerzas políticas de la provincia desde 1983 en adelante. Se trata de un consenso solidificado basado en los postulados de la economía abierta, desregulada, con distribución negativa hacia el sector asalariado. Reproduce, sin duda, los intereses del establishment provincial vinculado a las empresas de los agronegocios, al negocio inmobiliario urbanístico, a las constructoras desarrollistas, a la banca local y al capital financiero. A su vez, este poder neoliberal se conjuga y camufla con una faz más “social” que podría asemejarse a la línea del “conservadurismo compasivo” norteamericano, que avanza hacia políticas de cambios macroeconómicos y reformas fiscales pero manteniendo los sistemas de protección social.
En fin, enfocados en estos ejes, las contribuciones de este libro son el resultado de una labor colectiva que ofrece una lectura diversa y compleja de la realidad política provincial. Se trata de investigaciones originales a partir del análisis de variadas fuentes y con perspectivas teóricas heterodoxas que evidencian tanto la solidez de la producción, como la reflexión académica.
Así, el capítulo de Juan Manuel Reynares y María Virginia Tomassini sobre las trayectorias del cordobesismo y la construcción del poder del Partido Justicialista de Córdoba es una puerta de entrada a toda la obra que mapea con agudeza teórica y buena base empírica el sistema partidario de la provincia. Describe el armado de las coaliciones encabezado por la principal fuerza política de la provincia –Hacemos por Córdoba– que predomina en las preferencias de los votantes. Incluye en el análisis las otras fuerzas políticas que compiten en el escenario electoral con buena performance y con chances de pasar del rol de partidos de la oposición a partidos de gobierno, al menos en algunos espacios de poder, tales como la intendencia capitalina, otras intendencias del interior o en instituciones como la Universidad Nacional de Córdoba.
El panorama descrito se complementa con el capítulo de María Florencia Pagliarone, sobre la figura de Rodrigo de Loredo (UCR). Se trata de una personalidad política que fue instalándose en el escenario capitalino a través de una presencia sostenida y rigurosamente estudiada en los medios de comunicación. El diseño de la estrategia comunicacional responde a una ingeniería cuidadosamente preestablecida, que le permite aparecer en escena con una importante dosis de oportunismo y efectismo.
Gonzalo Enrique Páez analiza la UCeDe, una agrupación de la centro derecha cordobesa cuyos orígenes se remontan a principios del siglo XX. Del histórico Partido Demócrata de Córdoba –con figuras destacables como Ramón Cárcano, Emilio Olmos, Sofanor Novillo Corvalán, Felipe Yofre, José Aguirre Cámara– a la construcción del PRO-Córdoba mediaron más de 100 años, y en ese gran espacio temporal, se observa el derrotero de una fuerza política que, a riesgo de desaparecer, luchó por sobrevivir a través de alianzas y componendas electorales que le permitieron seguir existiendo e influir en la toma de decisiones gubernamentales. Resulta destacable del análisis cómo los partidos políticos mayoritarios de Córdoba –UCR y PJ– fueron tomando y resignificando la gramática liberal-conservadora, vaciando de contenidos al propio partido que durante décadas había defendido sus banderas liberales como exclusivas.
En sintonía con el capítulo anterior, Gonzalo Vivas y Juan Manuel Reynares recorren las características del discurso liberal-libertario de Córdoba en los últimos años y el anclaje social-electoral de determinadas figuras, como la de Javier Milei, que irrumpen en el escenario político con un planteo que pareciera disruptivo. Sin reconocer legados históricos, sin base social territorial propia, definidos como “anti-todo”, se despliegan discursos y figuras pretendidamente novedosas que ponen en tensión la base misma del consenso político democrático. En esta línea de pensamiento, cabe citar una reflexión de Waldo Ansaldi (2017) cuando dice que la derecha argentina se cambia de ropaje, discurso y se pinta de nuevos colores, pero que se trata de la misma derecha de siempre.
En sintonía con el pensamiento liberal, el texto de Pedro Sorbera y Deborah Goldin describe el problema de la in/seguridad y su abordaje por parte de los gobiernos de derecha, neoliberales y conservadores. Los autores destacan la coexistencia de racionalidades diversas, estrategias superpuestas y contradictorias. Lo significativo de este tema, que está en la primera línea de la agenda de gobierno, es cómo el discurso de la penalidad ha penetrado todo el tejido social desligando su planteo desde cualquier otra dimensión más social y económica. La desigualdad social, la fragmentación y la segregación entre clases –que siempre está asociada a una frontera geográfica– sólo acrecientan la violencia social y el crimen. La reacción social ante el temor –aumentado con alta dosis de estigmatización hacia el pobre, el “negro” y el marginal– es el linchamiento; desde el Estado, la respuesta es mayor punitivismo.
En el otro extremo, Pablo Delgado retrata la panacea de todo sueño capitalista: hacerse ricos sin trabajar. Con un título más que sugerente, “Sueños de un dinero que nunca duerme”, el mundo Bitcoin ¿será acaso el nuevo modo de producción? No hay máquinas, no hay patrones, no hay obreros, sólo el usuario y el sistema y la posibilidad de acumular money, sin control, sin mediación, sin Estado. Mientras el dinero trabaja por sí solo, “no duerme”, el inversionista disfruta de otros placeres. ¿Cuánto de real tiene esta lógica del capitalismo financiero? ¿Quién se beneficia? ¿Quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores? Las reflexiones del capítulo son una buena opción para empezar a entender esta dimensión que para muchos nos resulta incomprensible y desconocida.
A 40 años de la democracia, en un año exclusivamente electoral, en el que ninguna fuerza política se puede arrogar de forma anticipada el triunfo, los capítulos de esta obra aportan una mirada sólida y esclarecedora del contexto que estamos transitando. Un escenario que se presenta complejo, variado, desafiante e incierto. Por ello, la apuesta de este libro es discutir, pensar, revisar de atrás hacia adelante y viceversa, las distintas facetas que configuran la política y sociedad cordobesa del presente. En tiempos de crisis, las reflexiones son una manera útil y clara de comprender lo que nos está pasando.
Referencias
Ansaldi, W. (2017). “Arregladitas como para ir de boda. Nuevo ropaje para las viejas derechas”. Revista Theomai, (35), 22-51. https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=12452111003
Bertoia, L. (29 de abril de 2023). Removieron al general retirado que reivindicó a los genocidas en un acto del Ejército. Página 12. https://www.pagina12.com.ar/544715-un-general-retirado-reivindica-a-los-genocidas-en-un-acto-de
Daín, A. y Chávez Solca, F. (2022). “La paradoja del cordobesismo”. Cuadernos De Coyuntura, 7 (Núm. Continuo), 1–9. https://revistas.unc.edu.ar/index.php/CuadernosConyuntura/article/view/38847
De Riz L. (1986). “Política y partidos. Ejercicio de un análisis comparado: Argentina, Chile, Brasil y Uruguay”. Desarrollo Económico, Nº 100.
Di Tella, T. (2002). “Prólogo” en M. Cavarozzi y J. M. Abal Medina (Comps.) El Asedio a la política. Los partidos latinoamericanos en la era neoliberal. Rosario: Homo Sapiens Ediciones.
Gibson, E. y Calvo, E. (2001). “Federalismo y sobrerrepresentación: la dimensión territorial de la reforma económica en la Argentina” en E. Calvo y J. M. Abal (Eds.) El federalismo electoral argentino: sobrerrepresentación, reforma política y gobierno dividido en la Argentina. Buenos Aires: EUDEBA-INAP.
Rosso, F. (2022). La hegemonía imposible. Buenos Aires: Capital intelectual.
Sidicaro, R. (2002). “La distancia sociedad – partidos”, Argumentos. Revista de Crítica Social. N° 1(1). https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/argumentos/article/view/805
Vommaro, G. y Morresi, S. (2015). “Introducción. El PRO como laboratorio político. Aprehender un partido a partir de los espacios y las temporalidades de su construcción” en G. Vommaro y S. Morresi (Comps.) Hagamos equipo. PRO y la construcción de la nueva derecha en Argentina. Los Polvorines: Ediciones UNGS.
- “Con la democracia no solo se vota, sino que también se come, se educa y se cura” fue un fragmento del discurso de asunción ante la Asamblea Legislativa en 1983 del presidente Raúl Alfonsín, el primer presidente democrático luego de la última dictadura militar. ↵






