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5 Ética y discurso

Alcances y límites para la formación política en la perspectiva de Habermas

I.

Este ensayo aborda la propuesta teórica de Jürgen Habermas denominada “ética del discurso”, y en particular la propuesta de formación del sujeto político. Para ello, se realiza un ligero recorrido de su pensamiento, contextualizando su formación en la filosofía y sociología -especialmente su adscripción a la Escuela de Frankfurt- y situando su problematización de la modernidad desde el legado de la crítica de Kant.

En ese horizonte, la propuesta de Habermas con respecto a la ética es quizás decisiva, no sólo como culminación de su proyecto de consumación de la Ilustración sino también como eje de la constitución ciudadana para una comunidad democrática de hombres libres, iguales y racionales que promueven el bien común desde el universalismo y el diálogo deliberativo. No obstante, en la noción de sujeto político es donde vemos una aporía, si se quiere, en el pensamiento habermasiano, punto clave para la constitución política de la democracia deliberativa.

Por ello, revisamos aquí su perspectiva concentrándonos particularmente en la ética del discurso, y en las consecuencias que en la teoría ética-política la misma produce. Entendemos que su obra deja un desarrollo clave como aporte a la democracia desde la ciudadanía constituida como acción comunicativa y ética discursiva: Sin embargo, no está claro si ello ofrece un marco procedimental para la formación del sujeto político, problema quizás clave en la conformación de nuestras democracias, aún preconfiguradas según el modelo de partidos y de élites de gobierno.

II.

Jürgen Habermas

Exponente paradigmático de la Teoría Crítica, y de la segunda generación de frankfurtianos, Jürgen Habermas (1929) es uno de los intelectuales alemanes más prolíficos de Europa y del mundo, no sólo por la complejidad de su obra y pensamiento sino también por su praxis permanente con distintos momentos de trabajo por la afirmación y crecimiento de la democracia como forma de gobierno universal y pluralista. Heredero de una formación en la hermenéutica filosófica, la filosofía analítica y la teoría crítica, Habermas construyó un aparato teórico con un fuerte trabajo de interdisciplinariedad y amplitud, al punto de hacer imposible demarcar su propuesta en un solo territorio epistemológico o disciplinario.

Recuperando la propuesta kantiana de una paz perpetua, y en la interpretación de un sujeto cognoscente capaz de lograr y cultivar la Ilustración, su trabajo afirma tres elementos claves del núcleo duro del idealismo trascendental: las nociones de acción, racionalidad y comunidad intersubjetiva (ésta fundada no en el trascendentalismo de la conciencia cognoscente sino como conciencia lingüística de acción y capaz de racionalidad comunicativa intersubjetiva). Podría decirse que el alfa y omega del pensamiento de Habermas es la idea (y praxis) de una de las formas de gobierno más antigua y reciente en Occidente: la democracia.

Con un telos enfocado en la justicia, la democracia deliberativa de Habermas es el modo concreto de cumplimiento del proyecto “inacabado” de la Modernidad. Tal vez, sugiere, ni el liberalismo ni el republicanismo formal agotan la posibilidad de lograr una democracia cosmopolita fundada en la paz, en la justicia y en una noción de ciudadanía activa capaz de pensar por sí misma y dotada de acción comunicativa.

Tampoco las democracias formales gobernadas por élites tecnocráticas dan solución al sueño moderno del buen gobierno; ello afirmado en el convencimiento de que toda razón produce Ilustración y, por tanto, es la posibilidad de pensar con libertad, autonomía y conciencia con derechos humanos.

También una democracia cosmopolita fundada en la paz es un ideal universalista contrapuesto a la economía global del capitalismo tardío y de los neoliberalismos que hegemonizan la cultura de la globalización. Entre la Guerra Fría y Mayo del 68, Habermas asume una posición de creciente problematización, reafirmando su lectura del marxismo con una sistematización de la filosofía kantiana especialmente aplicada a su propuesta ético-política de la democracia deliberativa. Las coyunturas políticas de segunda mitad del siglo XX (el belicismo, Vietnam, las nuevas formas de totalitarismo, el avasallamiento a los derechos civiles, etc.), no hicieron más que motivarle a reafirmar su posicionamiento filosófico-social a favor de la ética discursiva para una democracia cosmopolita fundada en la justicia y en el ideal de transnacionalismo universal.

Bajo el ideario de la emancipación

Habermas comparte con la primera generación de frankfurtianos la concepción de una teoría crítica cuyo fin es la emancipación del sujeto, el carácter ambivalente del legado moderno de la Ilustración y la racionalidad, la crítica al positivismo y el abordaje interdisciplinario del conocimiento. Pero construye una teoría social sistemática sin carácter negativo, comprende el lenguaje y la comunicación como instancia clave del giro a la intersubjetividad para superar la filosofía de la conciencia y propone una idea de la racionalidad comunicativa como condición para la democracia liberal. Su propósito estriba en propiciar una racionalidad práctica que acote definitivamente la racionalidad tecno-instrumental con el núcleo normativo de la Ilustración: la capacidad de pensar por sí mismo, la formación del sujeto con conciencia libre y responsable.

En la obra de Habermas, oficialmente iniciada con Historia y crítica de la opinión pública (1962), la esfera pública asume un papel protagónico fundamental e inspirador en su desarrollo teórico y político siendo el modelo normativo de la democracia deliberativa. El horizonte ideal de la emancipación posibilita la comprensión del trabajo como actividad de interacción que -con la filosofía del lenguaje- son el fundamento de la racionalidad comunicativa. En su nuevo sistema filosófico, la solución política de superación al capitalismo tardío y la “jaula de hierro” weberianamente definida de la administración burocrática social, consta de una triple relación conceptual entre democracia, inclusión e igualdad. Tales son los pilares de la relación entre derecho y política, y la posibilidad de autodeterminación del ciudadano como elemento activo de una democracia deliberativa. La esfera pública es el lugar de la conciencia individual autónoma, pues hace no sólo de tribunal de justicia sino también de razón práctica solidaria con la moral, con la ética. La esfera pública es el lugar de realización ética de la política y consumación del ideal emancipatorio de la modernidad. Es el lugar propio para el uso público de la razón, ejercicio que se cultiva en la acción comunicativa y en su constitución moral y ética, de allí lo fundamental de la ética del discurso en esta teoría.

Ética del discurso

Para proponer una ética discursiva, Habermas reposiciona y resignifica el alcance de la ética formalista de Kant. De carácter deontológico reformulado, la ética discursiva es una ética de procedimientos por los cuales los sujetos comprueban la validez de los enunciados con un alcance universal y formal: separando estructura y contenidos del juicio moral y tendiendo a la justicia por sobre la felicidad. Así, la ética discursiva contribuye a dirimir el bien con carácter universal acotado a la comprensión de las situaciones relativas (singulares, colectivas) en el que los enunciados se producen.

Caracterizan a la ética dialógica o discursiva estos elementos: es procedimental, y de carácter democrático, busca el consenso para la fundamentación de normas; es deontológica, pues busca principios y normas morales para guiar el obrar humano; es cognitivista, pues asigna validez moral según el consenso racional e intersubjetivo de las normas y principios; y es universalista, por cuanto tiende a generalizar las normas en un máximo posible. Estos elementos teóricos fueron trazados en Conciencia moral y acción comunicativa (1983), Facticidad y validez (1992), y La inclusión del otro (1996), textos en los que Habermas ofrece las bases teórico-epistemológicas y éticas de la política, del derecho deliberativo y de la democracia parlamentario-republicana.

En la perspectiva de la ética del discurso, Habermas posiciona dos ejes en la comprensión del lenguaje: el discurso (como debate y diálogo ético-político intersubjetivo) y la comunidad de diálogo. Toda ética discursiva tiende a una moral universalista fundada en la argumentación y la búsqueda de la justicia. En efecto, diálogo y enunciados argumentativos fundamentan la normatividad moral para una comunidad universal de diálogo.

En tal sentido, la lectura habermasiana de Kant hace de la ética un saber ya no formal sino procedimental cuyo ideal es la comunidad universal de comunicación, pero con función pragmática en situaciones concretas, en las deliberaciones reales. Para ello, hay un par de condiciones reunidas en el principio “U” –de universalizabilidad-: la participación plena de todos y todas, y un trabajo con buenos argumentos de discurso y controversias, y el principio “D” –discursividad- según el cual sólo el argumento racional de diálogo entre los afectados sienta las bases para una clarificación de la opción moralmente correcta y justa. Ambos principios deben reunirse en la situación de habla (ideal) cuyas condiciones para una verdadera igualdad de oportunidades deben partir de algunas premisas: la misma oportunidad de emplear actos de habla comunicativos; igualdad de oportunidades de interpretar, afirmar, explicar, justificar; simetría para expresar estados emotivos y también acceder a oportunidades; oportunidades de actos de habla regulativos para permitir, prohibir, hacer y retirar promesas. Tales condiciones garantizarían la fuerza argumentativa y el consenso, fundando la situación ideal para el diálogo deliberativo.

El diálogo ideal, la acción de habla universalmente ideal, debe reunir estas condiciones si pretende validez: ser inteligible a los otros, constituirse de verdad en tanto hechos y datos expresados deben ser fiables, debe tener validez moral o ser cabalmente honesta en la relación intersubjetiva y debe expresar con sinceridad la correspondencia entre el estado de quien habla. Tal pretensión de validez dota de verdad al diálogo o habla ideal y posibilita el consenso, construye la comunidad de diálogo en la pragmática del lenguaje. Construida en colaboración con Apel e inspirados en el modelo de Peirce, la comunidad ideal de diálogo es aquella en la que hay validez (sólo por ello hay consenso) y básicamente hay reconocimiento recíproco de los interlocutores entre sí, con acceso a igualdad de derechos y sostenidos en una razón teórica capaz de argumentar con conocimiento fundado y en una razón práctica de solidaridad y ethos social. Esta capacidad de suspender los intereses individuales por un compromiso colectivo o social posibilita no sólo la comunidad de diálogo sino también la comunidad de investigación.

La argumentación moral en la ética discursiva debe cuidar de la contradicción performativa, pues ello consta de la contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, propiamente. La ética discursiva busca la correspondencia entre discurso y mundo social para que la norma sea universalizable, más allá de las variaciones entre espacios sociales y tiempos históricos. La distancia entre lo real y lo ideal tiende a disminuir progresivamente si se habilitan espacios para el diálogo y la deliberación racional.

Horizonte y alcance

Algunos enunciados de La ética del discurso y la cuestión de la verdad son claves para comprender el horizonte ideal de la ética discursiva, e interpelar su alcance en cuanto al problema señalado al comienzo: la formación del ciudadano en las decisiones de la comunidad. Habermas reconoce su pensamiento en el anacronismo de la filosofía de la subjetividad y el cambio de paradigma, desde lo epistemológico racional-trascendental a un paradigma con base en el diálogo como deber-ser; no obstante, plantea lo necesario de una complementariedad entre ambos paradigmas filosóficos: la racionalidad y el diálogo, en contextos realistas y de pragmática del discurso, para una democracia de la inclusión y la deliberación. En tiempos de pluralismo interpretativo, Habermas busca una filosofía del consenso donde el ejercicio de la virtud cognitiva y el discurso práctico puedan tender a una aplicación recurrente del moderno y kantiano imperativo categórico.

Las dos grandes nociones de la filosofía que pueden consumarse (deben hacerlo) en un marco procedimental y deontológico como el de la ética discursiva son la libertad y la autonomía del sujeto, ambas situadas en un plano de intersubjetividad permanente sin el cual es imposible el consenso y la comunidad deliberativa. Ello posibilita que el sujeto no sólo construya discurso práctico, sino que el discurso también garantiza dos condiciones: que todo participante individual es libre, y que tal autoridad epistémica se ejerce con base en un acuerdo razonado con soluciones aceptables racionalmente para todos los hablantes[1]. De ello consta el éxito de la acción comunicativa:

la teoría de la acción comunicativa es un intento de dar una versión plausible de por qué una persona socializada en un lenguaje y en una forma de vida cultural no puede sino implicase en prácticas comunicativas y, por lo tanto, asumir ciertas presuposiciones pragmáticas, presumiblemente generales[2].

Y respecto a su propuesta teórica, y a las críticas que se le hacen desde distintas posiciones, Habermas especifica tres puntos claves: primero, la teoría de la acción comunicativa tiene base en un modelo idealista con el que desarrolla su teoría social como crítica de otras teorías; segundo, el uso de esas teorías tiene una dimensión histórica en una mirada evolutiva de la modernización socio-cultural y del capitalismo transnacional cosmopolita y de globalización; tercero, con el modelo de la comunidad de debate, se puede hablar en términos universales de una teoría de elección racional general y moral, no necesariamente aplicada a política electoral o a estrategias de gobierno y/o mercado.

III.

Si bien pudimos abordar el pensamiento moral de la teoría social comunicativa de Habermas, inclusive con las dificultades que implica comprender la ética discursiva; no obstante, no pudimos encontrar en este marco mayores precisiones para la formación del sujeto político con funciones de gobierno en representatividad pública ciudadana.

En efecto, su deontologismo moral por una democracia deliberativa fundada en el diálogo y orientada a la justicia, es una perspectiva teórica global en cuanto teoría filosófica y compleja, en cuanto responde a la búsqueda de una forma de gobierno acorde al cosmopolitismo, a la paz universal y a la consolidación del respeto por los derechos humanos en formas democráticas trasnacionales. Pero no brinda precisiones sobre la formación ética y moral del futuro gobernante, del hombre de gobierno elegido por el voto popular.

La comunidad de diálogo en la propuesta de Habermas exige y busca una ciudadanía “ilustrada”, capaz de fundar argumentos en razones de peso y acceder a elecciones universalmente morales. Ello no implica el buen uso de este deontologismo, y su aplicación pragmática, en las decisiones del gobernante real en los poderes reales. Quizás en este punto la teoría social comunicativa de la ética del discurso ofrece una aporía, cuyo peso no vemos en términos reales o empíricos, especialmente por lo débil quizás de nuestras democracias y los gobiernos que no necesariamente trabajan para las minorías excluidas de los beneficios de la democracia formal.


  1. Habermas, J. La ética del discurso y la cuestión de la verdad, 2003, p. 7.
  2. Ob. cit., p. 9.


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