Nuestras hermanas y nuestros hermanos del sur son ciertamente una señal inequívoca de lo que estamos haciendo con nosotros mismos; de la brutalidad y el desamor; pero ellas y ellos son, principalmente, el anuncio de un mundo mejor que está por venir. ¡Pero un mundo migrante! ¡Sí, el futuro de la humanidad es migrante!
P. Alejandro Solalinde
Potencia virtual de la vida
Donde hay violencia hay vida, una vida que se resiste a desaparecer. Los tiempos actuales han traído formas exacerbadas de violencia que afectan a las sociedades como si fueran manifestación de una fatalidad inexorable. La asociación de las formas tradicionales de violencia con las anárquicas del capitalismo neoliberal desregulado, y su manipulación en el espacio mediático y cultural, ha llevado a una espectacularización traumática de los actos de sangre. No obstante, una atención puesta a las víctimas en los textos que comunican esta violencia permite apreciar las resistencias, los escapes, los signos de trayectorias alternativas que desafían los regímenes de dominación.
2066 de Roberto Bolaño cuenta entre las novelas que han desplegado el espectáculo de la violencia inconmensurable de los tiempos que corren. En su tercera parte, “La parte de los crímenes”, la novela activa la corriente discursiva de la violencia en una prosa comparable a la de la antropología forense que examina a posteriori los hechos. Con una recurrencia perturbadora, se describe el levantamiento de 370 cuerpos de mujeres asesinadas en la ciudad de Santa Teresa en clara alusión a los crímenes de Ciudad Juárez. No obstante, las pavorosas formaciones de violencia, acrecentadas por el machismo, la brutalidad sexual y las prácticas del crimen organizado y el narcotráfico, que en la novela muestran cebarse en las mujeres, no son suficientes para cancelar la vida que las traspasa. Como hace ver Vittoria Borsò, las descripciones de los cuerpos se encuentran puntuadas por signos resistentes a la muerte, por la identificación de objetos, de restos, de marcas que expresan sueños, deseos, proyectos, excesos de vida como intensidades que resisten a la desaparición.[1]
Definitorio de la vida, sostiene Borsò, es la alea, el accidente impredecible que permite a la vida reconstituirse más allá de sus concreciones preformadas.[2] La contingencia de lo imprevisto representa la variación respecto de las reglas como potencialidad de la vida en el continuo proceso de exteriorización de los organismos. Algo escapa como una chispa en conexión con otros organismos, en puntos de contacto con los otros, que habilita la relacionalidad, la permanencia y la transformación de lo viviente. Y esto no solo con referencia a las variaciones genético-moleculares de la vida. En su análisis de los pasajes forenses de la novela, Borsò destaca algunas de las marcas de sobrevida de las mujeres: una tenía 16 años de edad y estaba embarazada, otra llevaba una atractiva blusa escotada y en su bolso, un billete de autobús válido para cruzar la frontera hasta Tucson, Arizona. Podría decirse, para complementar a Borsò, que estas marcas, siendo signos de interrupción de unas vidas, lo son de una fuerza vital, de unas corrientes de deseo que las antecedía y las excedía: una potencia afirmativa que las conectaba con otras mujeres como ellas para las que las alternativas de vida podrían ser posibles. La valiosa vida perdida de cada mujer, que hace de su muerte violenta un acto criminal de lesa humanidad, no cancela las potencialidades de esa vida que podría estarse multiplicando en poblaciones de gestos de desafío del poder falogocentrista.
La mirada forense que se atiene estrictamente a los hechos consumados no consigue captar las potencialidades virtuales de esos hechos, como el agente de policía de la novela que viendo desde lo alto el paisaje desolado de la región: “… no vio nada, solo una gran planicie monótona, como si la vida se acabara más allá de Santa Teresa, pese a sus deseos y convicciones”.[3]
Una de las lecciones aprendidas en esta investigación es que el hecho de sangre no ofrece enteramente la verdad del acontecimiento, no la extingue. Algo escapa de la materialidad, algo que proviniendo de lo no visible, se prolonga y se ramifica más allá de la concreción física de los acontecimientos: en el caso de los asesinatos de la novela, al menos los signos de sus cuerpos, emitidos a la nada y sin embargo, vibrantes en su potencial conexión con las formaciones de resubjetivación afirmativa de las mujeres.
En el acontecimiento se encontrarían entrabadas micropolíticas de lo cotidiano con macropolíticas sociales e históricas, el acontecimiento no ocurriría en el vacío sino provocado por múltiples factores, económicos, ideológicos, culturales, etc., que anticiparían in nuce imprevistos desarrollos futuros. Si el dilema de las mujeres, como el de otros grupos minorizados, es librarse de las formaciones de poder dominantes, su reconstitución como sujetos ocurriría en una dimensión colectiva, especialmente en el plano de la sensibilidad y de la conciencia (en los cuerpos y en las mentes), con lo que lo simbólico demostraría su importancia en los procesos de reapropiación de la vida. Los signos resistentes a la muerte, que escapan a la atrocidad de la violencia, expresarían potencias virtuales de la vida, activas en las formaciones transindividuales de la subjetividad.
En el epígrafe de esta Introducción, el padre Alejandro Solalinde se refiere a la violencia padecida por los migrantes centroamericanos como señal de la deshumanización de las sociedades, pero al mismo tiempo invita a reconocer en ellos la esperanza que aportan en términos de liberación y transformación del mundo en que vivimos. Nómadas por excelencia, los migrantes vendrían a ser ejemplo de esos sujetos en el difícil proceso de desligarse de las ataduras que los constriñen y de los poderes que los dañan, para afirmar su propia vida moral y natural en beneficio de un mundo compartido. Frecuentemente torturados y muertos, los migrantes serían portadores, como señala el padre Solalinde, de un proyecto de vida que los traspasa. En los textos que denuncian las violencias padecidas por ellos, como en los de otros sujetos oprimidos que lo hacen con referencia a las distintas formas de violencia que los afectan, habrían podido quedar inscritas huellas, trazos de los procesos de agenciamiento vital que pueden rastrearse para complementar los panoramas de las realidades de la región.
Pensar la vida
Durante las primeras décadas del siglo XXI, la extrema violencia ha asolado la región intermedia del continente americano considerada en este estudio, los países de El Salvador, Honduras, Guatemala y México. Se ha tratado de una violencia social, económica y política, criminal y familiar, con grupos paramilitares, de narcotraficantes, de pandillas y actos de inhumana crueldad que siembran de dolor y terror las sociedades. Los estudios académicos y de instituciones nacionales e internacionales abundan en estadísticas alarmantes y de todos los ángulos se instan acciones que contrarresten el fenómeno. Entre los años 2000 y 2019 los países considerados presentaron tasas de homicidios intencionales entre las más altas del continente y del mundo: El Salvador (86,7), Honduras (80,9), Guatemala (27,0) y México (25,3), muy por encima del promedio mundial de 6,18 por cada 100 mil habitantes y solo comparables con zonas de guerra como Siria o Afganistán.[4]
Las estadísticas, sin embargo, centradas en las tasas de homicidios, no consiguen dar cuenta de la profundidad y diversidad de los procesos de violencia que se encuentran tramados en estructuras y flujos materiales y culturales, locales y transnacionales. Los estudios hablan de un fenómeno multicausal en el que incide el capitalismo neoliberal con consecuencias desarticuladoras en el orden social: bajos niveles y amplias brechas de ingreso, criminalidad (particularmente de las pandillas y del narcotráfico), disfuncionalidad de la administración de justicia, corrupción policial y estatal, etc. No obstante, aunque es evidente que la violencia se encuentra animada por flujos exacerbados de animosidad (por pulsiones contrariadas y pasiones incontroladas e imaginarios violentos), los encuadramientos convencionales no consiguen reconocerlos.
Los análisis basados en estadísticas identifican como principales víctimas de la violencia a la población masculina joven de escasos ingresos, pero con dificultades a las familias, a los niños y niñas huérfanos, a las viudas, a los sobrevivientes, a las personas amenazadas, a las que pierden sus medios de subsistencia o a la población joven que ve limitadas sus expectativas de vida. Escritores, periodistas, documentalistas, antropólogos, abogados, trabajadores sociales, activistas de organizaciones civiles y otros agentes han desplegado acciones (incluida la divulgación de testimonios), para contrarrestar estas situaciones, llamando la atención hacia las experiencias cotidianas de la violencia, hacia el dolor, el duelo, el temor y el terror de los distintos grupos y comunidades afectados, que terminan por alcanzar a amplios sectores de las sociedades. Aunque pueden ser esfuerzos que comparten muchas veces una fijación traumática en los actos de sangre.
Nuevos estudios, sin embargo, se dirigen a comprender más que las realidades externas, los procesos internos mediante los cuales las formaciones de poder practican la dominación y suscitan resistencias. Desde distintos ángulos se dirigen esfuerzos para visibilizar las dimensiones no consideradas (subjetivas y emocionales, políticas, ideológicas y culturales) tras las manifestaciones de violencia: el masculinismo machista patriarcal tras la violencia contra las mujeres, la violencia intrafamiliar o la infligida contra los grupos LGTBI+ y que igualmente se encuentra tras los actos de extrema crueldad del pandillerismo o del sicariato; los estímulos al lucro individual del capitalismo neoliberal tras la barbarización de la criminalidad y la disputa del poder fáctico al Estado, que ha podido derivar en el castigo de las poblaciones y la persecución y muerte de comunicadores sociales y defensores de derechos humanos; el racismo y las prerrogativas históricas del colonialismo implicados igualmente en la expropiación de recursos naturales a los pueblos originarios y en la muerte de defensores del medioambiente y de los territorios.
En este contexto, ha cobrado relevancia en universidades y centros de investigación la promoción de encuadramientos interdisciplinarios comprensivos de los distintos factores implicados en las manifestaciones de violencia y en la búsqueda de alternativas para las sociedades. Este fue el propósito del Centro María Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales (CALAS) en su convocatoria a participar en el Laboratorio de Conocimiento “Visiones de paz: transiciones entre la violencia y la paz en América Latina”, que puso el acento en desarrollar propuestas con enfoques metodológicos y analíticos innovadores. En nuestro caso, esta investigación respondió desde los estudios literarios y culturales a esa invitación de convergencia interdisciplinaria.
La investigación partió con el objetivo de registrar y examinar críticamente textos representativos del corpus testimonial sobre la violencia actual de la región en la dirección de reconocer los procesos de subjetivación que se manifiestan en relación con las demandas de la convivencia y la paz. Alcanzar este objetivo, sin embargo, requirió de una reformulación de lo que venían siendo nuestras prácticas de trabajo para articular el análisis textual y discursivo con el de las problemáticas sociales.
La interdisciplinariedad, elogiada por sus estímulos a la innovación y a los enfoques abarcadores, conlleva, sin embargo, entre otros riesgos el de los propios descubrimientos que en buena medida son aprendizajes de los practicantes en territorios mejor conocidos por especialistas de otras disciplinas. En nuestro caso, claramente fue el reto de pasar del análisis de las representaciones simbólicas de los textos al de la consideración de su imbricación en las experiencias sociales concretas.
En ausencia de un manual de instrucciones ad hoc para la convergencia interdisciplinaria, la investigación se vio forzada a avanzar en sus observaciones y al mismo tiempo desarrollar su marco conceptual. Un azaroso proceso inductivo propio de lo que Manuel DeLanda califica de prácticas menores de conocimiento. Mientras las ciencias mayores proceden a partir de un cuerpo axiomático bien establecido con referencia al cual reconocen las regularidades de los fenómenos, las prácticas científicas menores siguen a los fenómenos donde sea que lleven, permitiendo que sean estos los que revelen sus regularidades. Las primeras tienen el inconveniente de circunscribir los descubrimientos a lo ya conocido; las segundas, el de la provisionalidad de sus observaciones.[5] DeLanda considera que solamente la física cumple a cabalidad la demanda de una ciencia pura que formula sus leyes como principios sintéticos a priori, si bien es común en los campos de conocimiento menores la aspiración a emular cuanto sea posible este proceder a pesar de la productividad que sus propias estrategias pudieran tener.[6]
Para Boaventura de Sousa, que confía en la emergencia de epistemologías alternativas a la hegemónica de la modernidad capitalista colonial, se trataría de la oportunidad de lo que llama la “perspectiva curiosa”, que buscaría desestabilizar las representaciones prevalecientes desplazándose del enfoque excesivo en lo que ya sabemos demasiado bien, hacia aquello de lo que sabemos menos y cada vez menos.[7]
En lugar de a un cuerpo axiomático, la investigación arriba a lo que se considera un campo de conjeturas en el que se conectan argumentativamente observaciones con perspectivas teóricas. Un campo de conjeturas relativamente heterogéneo en tanto las elaboraciones conceptuales de los autores que sirven de referencia pueden divergir en distintos puntos aun siendo consonantes en otros. Esto revela el carácter exploratorio de la indagación de unos fenómenos que se analizan en su indeterminación con referencia a una teoría en construcción o aún por venir.
La antropología de la violencia de Veena Das ofreció un punto de partida a la intención de centrar la atención en la perspectiva de las víctimas para quienes el reto es el de la superación del trauma y la rehabitación de los espacios cotidianos.[8] La víctima, aquella que padece el daño, en el acto de reconocimiento deja de serlo o ya no lo es enteramente, en cuanto inicia su reconstitución como sujeto. Las perspectivas de las víctimas, sin embargo, se encuentran entrabadas en los textos con las de sus editores, quienes prevalecen en el espacio comunicativo estableciendo relaciones heterogéneas que tanto pueden ser de colaboración como de desvío, represión o manipulación. De modo que hubo que interrogar las elaboraciones artísticas, periodísticas, académicas de los textos y leer poniendo en suspenso y descentrando sus contribuciones. Si el testimonio de violencia es un acto performativo en el que la víctima interpela a la sociedad, más que el sentido unitario de los textos lo que había que leer eran esos actos performativos registrados muchas veces en los márgenes o apenas expresados.
La hermenéutica de Paul Ricœur, que liga el análisis de la expresión lingüística con la fenomenología del acontecimiento, resultó de importancia para orientar el trabajo interpretativo. En lugar de la lectura de los textos en su inmanencia, en su construcción de sentido intratextual, es la propuesta de asumirlos como encuentros, como exteriorización de unas experiencias que quieren comunicarse en un mundo compartido, lo que vendría a ser una hermenéutica de la comunicación de la vida.[9] De modo que en lugar de proponerse levantar inventarios que reconocieran y describieran conjuntos textuales como en la historiografía literaria, la investigación se propuso avanzar en una cartografía de las experiencias de violencia que los textos (y no solo los textos sino las movilizaciones sociales) están comunicando.
La trayectoria de nuestro trabajo crítico previo, que nos había llevado de los estudios literarios a los culturales en una lectura que trasponía los textos sobre los contextos sociales,[10] nos conducía ahora a traspasar los límites convencionales del objeto empírico de estudio para reconocerlo integrado en las dinámicas sociales. Aunque siguió tratándose de una lectura de las manifestaciones simbólicas de los intercambios comunicativos, el foco pasó a ponerse en las formaciones discursivas en que se gestaban y de las que los textos venían a ser concreciones sucedáneas o accidentes más o menos afectados o atravesados por ellas.
En consonancia con el trabajo de Michel Foucault, vino a tratarse del análisis discursivo, de las enunciaciones, de los actos de habla, como resistencias y aperturas de alternativas en los regímenes dominantes de subjetivación, siendo las formaciones de la subjetividad el lugar de convergencia interdisciplinaria con las humanidades y las ciencias sociales. Algo que en términos de Gilles Deleuze y Félix Guattari vendría a corresponder con el reconocimiento de agenciamientos colectivos de enunciación, en tanto rupturas en la semiótica social por corrientes de deseo, de sensibilidad y de conciencia, activas en las transformaciones de los sujetos.
El pensamiento biopolítico de Foucault y la ecofilosofía de Deleuze y Guattari, y de otros autores que han venido a ser los continuadores de estos, ofrecieron los principales soportes teóricos para las interpretaciones. Los planteamientos del primero sobre los efectos del poder en el gobierno de la vida, y los del segundo sobre la vida como potencialidad inmanente, siempre en devenir, representaron ejes conductores en el tramado de las argumentaciones. Pero igualmente las argumentaciones encontraron anudamientos importantes tanto en las contribuciones de Giorgio Agamben, Roberto Esposito o Achille Mbembe en la corriente afín a Foucault, como en las de Brian Massumi, Frederic Lordon o Rosi Braidotti en la afín a Deleuze y Guattari. Quizás no fue casual que la interpretación de textos de violencia viniera a encontrar sus apoyos conceptuales en la filosofía contemporánea sobre la vida, siendo que se trataba de encontrar las vías en que la vida podría estarse sobreponiendo a la violencia.
En las contribuciones más recientes de estas corrientes de pensamiento, la investigación pudo encontrar elementos conceptuales específicos y extensiones que permitieron precisar los análisis. Los aportes de Brian Massumi ofrecen un encuadramiento del nivel más elemental de los procesos de subjetivación, el de los afectos y las emociones, a los que desde una perspectiva materialista concede primacía respecto de los fenómenos de la conciencia.[11] Los afectos acogen las respuestas sensoriales de los cuerpos, de sus encuentros, de sus choques, y devienen en emociones que dan forma, sustancia y sentido a las experiencias. Lo que se llama sentir involucra las sensaciones fisiológicas (los afectos) y su interpretación en estados psicológicos (las emociones). En los contactos, en las conexiones liminales, intersticiales de los individuos, las emociones fluyen como fuerzas activas. Se trataría de formas de conciencia corporal que anteceden y que, sin embargo, son capturadas por la conciencia conceptual, por las ideologías y las formaciones de poder. El momento en que el afecto surge, sin embargo, es para Massumi uno privilegiado cargado de posibilidades tanto para el cambio y la renovación como para la repetición y fijación de las relaciones sociales. Los afectos representarían la potencialidad virtual de lo vivo que traspasaría los individuos e incluso los cierres que le imponen las rejillas de interpretación.[12]
Desde la perspectiva de Massumi, lo que hace falta recuperar es la conciencia del cuerpo en su inmediatez transicional y procesual. Las palabras preforman y moldean las experiencias; las sensaciones son retroformadas por el lenguaje; los interlocutores, la familia, la escuela, los aparatos ideológicos definen, acogen, organizan y distribuyen los significados; por el contrario, las artes (las escrituras del yo, el performance) buscan recuperar las percepciones sensoriales, una forma de conciencia que puede ocurrir en la piel, en el organismo, que puede depender de facultades como la imaginación o la ensoñación, y no ocurrir necesaria ni exclusivamente en la conciencia conceptual, ni depender estrictamente de las facultades racionales.
La investigación de los afectos buscaría explorar el umbral activo en los cuerpos y en sus interacciones cotidianas, en el que los sujetos y los colectivos emergerían relacionalmente como procesos siempre en formación, en tensión y ruptura respecto de los órdenes discursivos predominantes. Es la propuesta de un entendimiento comprensivo de las formaciones de la sensibilidad y la sociabilidad desde una hermenéutica procesual del ser individual y social.
Desde esta perspectiva, los testimonios representan una variedad de textos privilegiada para el análisis de los procesos de subjetivación, en tanto manifestaciones discursivas en las que los sujetos buscan comunicar las experiencias que los han afectado o de las que han sido testigos. Nuestra asunción de los testimonios no es ajena a la discusión de su carácter problemático como representaciones de lo real, en tanto elaboraciones situadas y sesgadas, ya sea por el trauma como por los deseos o por las preconcepciones de los testimoniantes o de sus intérpretes. Pero no por ello se deja de reconocer su potencial productividad como concreciones de una discursividad en escape y desafío de las formaciones de poder.[13]
Para Agamben, lo que se encuentra en los testimonios es la vida humana sobreponiéndose a la muerte.[14] El discurso del testigo es el de la sobrevivencia: hablar por el que no habló o no pudo hablar, hablar por la vida que el individuo reclama. Esto es un acto de habla biopolítico que supone un proceso de subjetivación en el lenguaje, una construcción del sujeto humano. Concuerda Agamben con Paul Ricœur, quien sostiene que en la declaración que rinde el testigo, este se construye no solo narrativamente sino como sujeto de dignidad y de derecho ante la verdad y la justicia.
Agamben sostiene que el testimonio realiza el paso de la vida negada (de la condición de simple vida orgánica, zoé), al de vida humana como construcción de subjetividad ante la comunidad moral y política (bios).[15] De este modo Agamben adelanta una biopoética, en el sentido de leer los textos en las claves de la vida. Para Agamben los testimonios verbalizan una batalla biopolítica por el ser en la que en todo momento se decide entre lo humano y lo no humano, entre hacer vivir o dejar morir.
Para Roberto Esposito la biopolítica se funda precisamente en el reconocimiento de la dimensión política constitutiva de la vida. Para Nietzsche la vida es voluntad de poder que encuentra sus formas —sus maneras de hacerse valer como también sus límites— en el orden político. Plantea Esposito: “solo hay política de los cuerpos, sobre los cuerpos, a través de los cuerpos… si el cuerpo es la materia de la vida, la política —en el sentido que Nietzsche asigna a esta expresión— es la forma del cuerpo”.[16]
En este sentido, la lectura biopoética buscaría atender a los signos que emiten los cuerpos palpitantes, lo viviente en el proceso de encontrar su forma, muchas veces confrontando o escapando de las formas de la dominación. Los procesos de subjetivación que se activan en el lenguaje vendrían a desplegarse como campos de fuerza en los que cristalizaría una noción social, ética y política de lo humano. Particularmente en los testimonios emergería de aquello que se padece (la violencia), aquello a lo que se aspira (la dignidad, la justicia). La moral, la ley que pueden acosar lo viviente serían correspondientemente los ámbitos privilegiados en los que lo viviente podría encontrar sus formas.
Para Rosi Braidotti la concepción deleuzeana de inmanencia de la vida, de su poder generativo y realizador de potencialidades virtuales, supone asumir la existencia como un devenir que se territorializa y desterritorializa de los marcos de estabilidad y perpetuación que constantemente construye y deconstruye.[17] Como Giorgio Agamben, Braidotti reconoce en las sociedades humanas una vida natural (zoé) y una vida socialmente construida (bios) que se influyen, se atrapan y se desbordan en dinámicas de poder. Pero a diferencia de Agamben, para quien la condición natural es una desposesión en deriva hacia la muerte, para la autora, en línea con el materialismo vital, el cuerpo se halla ligado a un impulso autoorganizativo y de perduración cuyo horizonte es la afirmación de la vida.[18]
Para Braidotti el poder tendría dos caras, una productiva (potentia) como capacidad de realización de las virtualidades del sujeto, y otra restrictiva (potestas) como capacidad de control y organización de esas virtualidades. Mientras que el sistema social busca el control de la vida mediante distintas mecánicas ideológicas, políticas y económicas, la vida resiste y busca escapar de los diagramas preestablecidos provocando rupturas y desplazamientos que expresarían la búsqueda de potencialidades virtuales de la vida.[19] En esto el pensamiento de Braidotti coincidiría con el de Roberto Espósito, para quien, siguiendo a Foucault, todo poder encuentra su resistencia, de modo que si el biopoder busca controlar la vida, la biopolítica afirmativa lo traspasa y lo desborda, en ocasiones poniendo en peligro la vida misma.[20]
Como para Deleuze y Guattari, para Braidotti nada se encontraría asegurado en esas manifestaciones de vida que igualmente pueden conducir a la autodestrucción o a nuevas formas de subordinación y control.[21] Algo en lo que igualmente coincidiría con Espósito, para quien las fuerzas anarquizantes de la vida demandarían la responsabilidad y el autocontrol.[22] Decisivo para Braidotti, sin embargo, es lo que llama una ética de la alegría, inspirada directamente por Spinoza, como una movilización de las pasiones negativas a las positivas, como reacción ante el daño y el dolor, que buscaría la afirmación creativa de múltiples formas de pertenencia, de lealtades complejas y, en general, de las potencialidades de vida.[23] Una ética desplazada del individualismo liberal que la hace descansar en la conciencia y la voluntad de un sujeto unitario, para concebirla construyéndose colectivamente. Los flujos emocionales e imaginarios que moldearían recíprocamente al sujeto y su comunidad, y que los movilizarían, podrían orientarse hacia la sostenibilidad, un concierto de relaciones beneficiosas y productivas para la psique, el socius y el medioambiente que ya Deleuze calificaba de ecofilosofía.[24]
Como puede apreciarse, el pensamiento contemporáneo enriquece de diversas maneras las cualidades que podrían atribuirse a la vida, en una discusión abierta que puede ser de las más importantes en la actualidad. Comparten los autores contemporáneos el entendimiento de la vida como una potencia creativa y afirmativa propia de lo humano y lo no humano. Para Foucault si el poder se aplica a la vida, la vida, por su parte, innova; mientras que el poder sujeta la vida, esta resiste mediante una estrategia que es a la vez ontológica y política: una creación, un incremento de ser.[25] A diferencia del vitalismo que presuponía un principio trascendente, que permitiría distinguir lo animado de lo inanimado (y que pudo inspirar tanto teleologías espiritualistas como el fascismo y el nazismo), se trataría, muy por el contrario, de un materialismo vital que reconocería vitalidad y agencia en la materia y que consecuentemente antecedería y excedería a los organismos.[26] Para Deleuze es una potencia virtual que no se agota en sus actualizaciones concretas: la vida sería el potencial de creación, variación y producción en exceso de lo que existe.[27]
Braidotti considera que la vuelta al pensamiento sobre la vida resulta de la reemergencia de la vida misma como reclamo afirmativo en los tiempos contemporáneos:
Lo que “regresa” con el regreso de la Vida y de los “cuerpos reales” al final del posmodernismo, bajo el impacto de las tecnologías avanzadas, no solo son los demás del sujeto clásico de la modernidad: mujer/nativo/naturaleza. Lo que regresa ahora es el “otro” del cuerpo vivo en su definición humanista: la otra cara del bios, es decir zoe, la vitalidad generativa de vida no humana o prehumana o animal. En consecuencia, estamos asistiendo a una proliferación de discursos que toman la “Vida” como sujeto y no como objeto de prácticas sociales y discursivas.[28]
Violencia y paz
Los ensayos que recoge este libro reconocen las experiencias de violencia en los testimonios que los emparentan como formaciones discursivas en términos de Foucault, que trasuntan regularidades de objetos y de enunciaciones. Así el estudio del corpus revela un mapa de tramas de la violencia con las que las víctimas se encuentran lidiando en la región: las implicadas en la migración y el tráfico de personas, en la actividad de las pandillas, del narcotráfico, de la criminalidad y en la agresión contra las mujeres exacerbada en los feminicidios.
Las situaciones actualmente vividas en las sociedades llevaron en el punto de partida de la investigación a un replanteamiento de las concepciones de violencia y paz. A partir de la década de 1990 la violencia dominante en la región dejó de responder al esquema binario, distintivo de los conflictos armados de las décadas precedentes, de un poder confrontado por un contrapoder (los Estados nacionales por los movimientos revolucionarios o autonomistas), para dar paso a una violencia de grandes magnitudes también, pero rizomática, dispersa y difusa, suscitada por distintos agentes en múltiples puntos del espacio social. Más que de una violencia postpolítica o apolítica, ha podido tratarse de lo que Mary Kaldor califica de nuevas guerras que no tienen como epicentro a los Estados nacionales cuanto a diferentes agentes disputando el poder y ejerciéndolo contra la población civil.
El modelo de las transiciones democrático-liberales que pudieron llevar a mesas de diálogo, acuerdos de paz, informes de la verdad y procesos de reforma (por inconsistentes que estos últimos hayan resultado en los distintos países) ya no parecen viables. El fracaso de las negociaciones desde el gobierno con los pandilleros en El Salvador ofrece una muestra de las imposibilidades de este modelo, lo mismo que de la búsqueda de alternativas de las sociedades. La violencia y la paz se muestran como procesos permanentes, siempre inacabados, con pasajes de ida y vuelta, más que como escenarios o estados predefinidos.
La violencia, entendida como el uso dañoso de la fuerza, es una noción que tanto revela como oculta los hechos sociales. En términos de Johan Galtung, existe una violencia directa, la de los actos de agresión y destrucción, que es visible, y existen unas violencias invisibles, de las estructuras sociales y de la cultura, que serían causantes de la primera.[29] Como señala Slavoj Žižek, mientras las sociedades se escandalizan con las formas de violencia visible, permanecen insensibles respecto de las no visibles, cuando los sujetos muchas veces están simplemente materializando, llevando al acto, las violencias gestadas socialmente.[30]
En el momento actual, además, se asiste a una espectacularización de la violencia en que se extrema la crueldad y el sufrimiento por los efectos comunicativos mismos. Si la violencia es un fenómeno semiótico, en cuanto supone un exceso respecto de los marcos cognitivos de lo que se considera tolerable o humano, las formas horrendas y deshumanizadas que cobra hoy pueden responder en buena medida a la necesidad creciente de vulnerar esos marcos cognitivos. En las sociedades mass mediáticas, saturadas por imágenes violentas, el límite de lo concebible requiere ser permanentemente rebasado. Los medios de comunicación, deliberada o involuntariamente, contribuirían al investimento simbólico de poder de los agentes de la violencia, lo mismo que rentabilizarían el consumo de esa violencia como mercancía de información por las audiencias con efectos de intensificación, multiplicación y ampliación espirales.
La idea de los estudios sobre la paz (Pace Studies) según la cual esta no es solo la ausencia de la guerra, en cuanto reclama condiciones positivas en los órdenes económicos, político-institucionales y culturales, presupone que el conflicto es inherente a los procesos sociales.[31] La paz no podría equipararse a una integración de las poblaciones al modelo económico prevaleciente, lo que en el momento actual supondría una paz neoliberal contradictoria, dirigida a reprimir excedentes de violencia pero a condición de mantener activas las formas de violencia funcionales a la reproducción del sistema. Con limitados o insostenibles resultados, los gobiernos han aplicado distintas políticas de control social (militarización, reclusión carcelaria, policía comunitaria), pero mientras no se reconozcan las formaciones de poder a las que el mismo neoliberalismo responde o estimula, difícilmente podrá aspirarse a formas de convivencia más armoniosas.
La paz podría ser un trabajo, una labor conjunta en las sociedades que ocurriría en el espacio público y en el privado, en la macropolítica histórico-social y en la micropolítica de lo cotidiano. Desde la perspectiva de las víctimas de la violencia, más que de la resolución de conflictos se trataría de encontrar las formas de convivencia en las que fuera posible la reproductibilidad de la vida natural y moral. Para Veena Das es el esfuerzo de sobreponerse al sufrimiento social que a nivel macro del sistema político requeriría del reconocimiento de las víctimas y el restablecimiento de la confianza en los procesos democráticos, y al nivel micro de las personas, las comunidades y las familias, de oportunidades concretas para reasumir la vida cotidiana.[32]
Para Rossi Braidotti no se trataría solo de conservar la vida sino de abrir oportunidades para la afirmación de sus potencialidades virtuales, y no solamente de la vida humana sino de la vida universal en las interconexiones de la psicología, la sociedad, el medioambiente y el orden tecnológico. Siguiendo a Félix Guattari, Braidotti encuentra cruciales los procesos de extrañamiento, de reposicionamiento, de desfamiliarización, de desidentificación con las formaciones de poder del capitalismo, la masculinidad, el racismo y el atropocentrismo.[33] Como hiciera ver Guattari, las grandes revoluciones de nuestro tiempo no estarían ocurriendo como resultado de confrontaciones armadas sino de cristalizaciones del deseo que, sustrayéndose a los influjos dominantes o cancelando su consentimiento a los órdenes hegemónicos, estarían dando forma a modos alternativos de subjetivación.[34]
Los ensayos
1. Testimonios de violencia y comunicación para la vida
El primer ensayo se dirige a considerar las situaciones pragmáticas de comunicación que plantean los testimonios, a reconocer distintas variedades textuales, y las oportunidades y problemas de expresión y de mediación que enfrentan.
A diferencia de lo que podría estar ocurriendo en otras regiones del planeta, la violencia padecida por las poblaciones en Centroamérica y México se manifiesta en una variedad de modos testimoniales y se visibiliza en los medios de comunicación locales y globales. Un potencial para encarar y transformar las condiciones sociales puede reconocerse en los testimonios de las víctimas que se encuentran siendo canalizados por periodistas, documentalistas, investigadores sociales, escritores y artistas. No obstante, las ansiadas transformaciones sociales tampoco se producen, permanecen bloqueadas o son insuficientes. Si bien la sola comunicación no podría resolver los problemas, puede reconocerse que se encuentra a su base. Las oportunidades de la ética y de la justicia dependen de los cambios en las subjetividades que la comunicación podría hacer posible. En los actuales contextos de superabundancia de la información, sin embargo, la sola visibilización demuestra no ser suficiente. Hace falta preguntarse por lo que los textos están haciendo y dejando de hacer, por los agenciamientos que activan y las formaciones de poder con que lidian. Los testimonios permitirían apreciar una dimensión del espacio público en el que cristalizarían de forma contradictoria y compleja las demandas sociales. Permitirían apreciar distintas operaciones de mediación de las experiencias de las víctimas de la violencia como igualmente distorsiones y capturas que podrían estar acercando, distanciando o sesgando el sentido que cobran los acontecimientos. En este ensayo quiere prestarse atención a una serie de testimonios de la violencia en Honduras, a estas operaciones que podrían estar enriqueciendo o comprometiendo los retos de lo que podría entenderse como una comunicación para la vida.
Central en este ensayo es la consideración del testimonio como un sitio de encuentro ético entre corrientes de subjetividad que podrían reconocerse y asociarse sinérgicamente. Para Braidotti el encuentro ético abre la oportunidad para el ensamblaje afirmativo de subjetividades en la dirección de una vida sostenible.[35] Algo que podría ocurrir a partir de los textos que operarían como maquinarias de interconexión.
La “verdad” de un texto podría ser algo nunca dicho sino lo que hace, algo manifiesto en las habilitaciones que engendra y a las que presta apoyo.[36] Los textos movilizarían afectos y figuraciones simbólicas en la dirección del interés de las víctimas de la violencia, y en esto residiría su principal contribución, pero no sin incurrir en ocasiones en desavenencias. En el documental Who Is Dayani Cristal? (2013) de Marc Silver y Marc Monroe, que visibiliza el drama de los migrantes que mueren en el desierto de Arizona, el ensayo muestra de qué modo la vena piadosa que atraviesa el film hace prevalecer, sin embargo, la agencia de los sujetos solidarios (la del activismo contra las fronteras y la lucha contra la deshumanización de las políticas estatales), con lo que brinda apoyo a la lucha migrante pero relegando a los márgenes (desvaneciendo, suplantando) la agencia del sujeto migrante mismo.
El género de la crónica, en auge en el periodismo latinoamericano, que hibrida noticia y literatura en unos textos intensos de considerable repercusión en las sociedades, se ha distinguido entre otras cosas por acoger testimonios de víctimas de la violencia. Un atractivo particular se ha hallado en la comunicación corporizada de lo real, que podría ser responsable en buena medida de sus impactos sociales, pero que podría estar haciéndola vulnerable a su captura por los consumos mercantiles (sensacionalistas, solipsistas) de la información. En las crónicas del libro Honduras a ras de suelo. Crónicas del país más violento del mundo (2015) de Alberto Arce, el ensayo muestra que el reto de ganar audiencias heterogéneas que rentabilice el periodismo ha podido derivar en piezas informativas ambiguas en las que la apelación a la objetividad puede operar en la práctica como una neutralización de la agencia de las víctimas. Los registros vivenciales de sangre y crimen, por su parte, podrían estar habilitando una pornografía de la violencia que se agota en el voyerismo, como los registros de sufrimiento y dolor prestarse para dramatizar escenarios de sublimación ética autosuficiente del espectador. Estas formas de elaboración y consumo de la información podrían estar asociadas al individualismo posmoderno e influir en la banalización de las potenciales contribuciones del periodismo a los derechos humanos y el Estado de derecho.
En ciertas colecciones de testimonios dedicadas especialmente a la expresión de las víctimas de la violencia, como las divulgadas por colectivos en lucha contra esta, pueden encontrarse en extenso las manifestaciones más inmediatas de las experiencias vividas, y sin embargo, o quizás precisamente por esto, resultar textos difíciles, al mismo tiempo cargados de marcas significantes y entrabada su significación, bloqueados entre otras cosas por el trauma, lo que evidencia de un modo particularmente dramático las aporías de la comunicabilidad del sufrimiento. En el libro El dolor de la ausencia de la ausencia (2008) de José Manuel Torres Fúnes, el ensayo muestra la manera en que los testimonios de familiares de niños y jóvenes víctimas de asesinatos extrajudiciales se encuentran atrapados en el trauma. La herida psíquica provocada por el hecho de violencia padecido desestructura los marcos del sentido y permanece abierta provocando la recurrencia del recuerdo, de su vuelta insistente y paralizadora. Frente a la fijación en la devastación del trauma, sin embargo, cabría la posibilidad de su superación en la reelaboración terapéutica y política de parte de las víctimas con apoyos solidarios que permitieran interconexiones sociales y la emergencia de proyectos de vida alternativos.
Una etnografía militante, comprometida con la ética y la justicia, ha llegado a implicar el discurso científico en la búsqueda de salidas a los problemas acuciantes del presente de las comunidades. Es una etnografía que entabla un diálogo con los sujetos de estudio y que toma partido en contra de la dominación, pero que puede tender a reinstaurar de otras maneras las imposiciones de la ciencia. La apertura de esta forma de escritura académica a la experiencia vital del mundo puede conllevar su represión y una violencia epistémica cuando surgen desavenencias o interpretaciones de los sujetos que se juzgan inconvenientes. En Sobrevivir Honduras (2015) de Adrienne Pine, una etnografía de la vida cotidiana en el país, el ensayo encuentra una discordia con los informantes cuando estos reconocen propias responsabilidades con respecto a la violencia que los afecta, una responsabilidad de la que los exime la antropóloga en tanto a su juicio lo que prima es una violencia estructural (económica y política) erróneamente autoatribuida. El giro interpretativo, apoyado en la noción de méconnaissance de Bourdieu, surte el efecto de evitar que las comunidades aporten razones a su propia subyugación, pero con la consiguiente desconsideración de los sujetos y la sustracción de su agencia ética. En el ensayo se argumenta que este tipo de desacuerdos manifiesta la aporía del habla de los sujetos que no encuentra acomodo en el lenguaje de la ciencia, aun a pesar de que la conciencia del daño a los demás o a sí mismos pueda constituir un momento ético relevante de esos sujetos, que no son solo materia inteligente sino responsable, en devenir hacia una vida sustentable.
2. Las caravanas centroamericanas: guerras inciviles, sueño americano y estatuto de refugiado
En este ensayo se acoge la asociación de las caravanas de migrantes con los refugiados de una guerra para explorar los que podrían ser perfiles y condiciones dominantes tras los movimientos migratorios, y problemas principales de las sociedades.
Las imágenes de las caravanas de migrantes centroamericanos atravesando el continente para llegar a EE. UU. impactaron a las audiencias de los medios de comunicación en todo el globo. Fueron inevitables las asociaciones con la guerra en Siria y en otros países que provocaron comparables desplazamientos de personas. Las declaraciones de los migrantes y el mensaje mismo de su desplazamiento —como texto humano hecho con sus cuerpos y sus acciones— establecían que huían de la violencia, de la falta de empleo, de la corrupción gubernamental, de una crisis social semejante a un estado de guerra.
Las situaciones contemporáneas podrían estar forzando un reentendimiento de las formas que adquiere la violencia en los ámbitos locales y globales. Si no se trata de confrontaciones entre Estados nacionales podría estarse ante “guerras inciviles” que, a diferencia de las guerras civiles, parecen estar dirigidas no hacia el control y transformación del sistema político, sino hacia la maximización del desorden. En este ensayo quiere prestarse atención a las formas de difusa y pertinaz violencia contra la población en la región que al ocurrir en la opacidad del espacio que crean la criminalidad, los intereses privados, la corrupción y las potestades de los agentes gubernamentales, podrían estar no solamente escarmentando a la población sino disociando el orden jurídico y político.
Pero si este podría ser el contexto estructural, quiere ponerse énfasis aquí también a los cuadros humanos de las caravanas y a las declaraciones de las personas que permiten apreciar los modos de subjetivación de la aventura migrante que se muestra no solamente como un lance de sobrevivencia sino como de afirmación de la vida. Un presente de acoso se ve acicateado por el imaginario luminoso de un futuro posible. Si lo que se padece es la amenaza de la vida, la violencia económica, la violencia social, es la vida la que se sobrepone como corriente de afirmación y de deseo, como aspiración a un horizonte de sustentabilidad, de bienestar material y moral.
La reflexión de Agamben sobre la condición humana en los campos de refugiados, que se ven reducidos a vida desnuda (zoé), despojados de derechos y dignidad (de los atributos de su vida política, bios),[37] sirve de punto de partida para comprender la lucha migrante, su agencia como una de conquista y de restitución de la vida en su sentido integral.
Las caravanas vienen a reconocerse como un lance de supervivencia, de huida, de evasión y también de lucha, de asertividad, de toma de posesión, de reivindicación de derechos. Una vida que se resiste a la objetivación, la instrumentalización y la exclusión. No solamente es la vida natural la que se encuentra en juego sino la moral, la migración es una lucha por la dignidad humana. Si la muerte es una de las muchas formas de reducir la vida a la condición de objeto, la migración es una reacción contra la objetivación, no solo respecto de la muerte biológica sino de la social (la instrumentalización, la mercantilización, la marginación, la exclusión), una estrategia contra la cosificación y de restitución de la condición humana.
De ahí que, al mismo tiempo, la migración sea éxodo y esperanza. Momento de desesperación y también de deseo, de sueños, de ambición; momento de necesidad de auxilio, de refugio e igualmente lance de invasión, de ocupación, de toma de posesión. Una empresa inocultablemente asociada a las corrientes de deseo del capitalismo, con los riesgos que esto implica de reafirmación del sistema dominante y de rupturas y desarreglos de los modos de vida en los países de origen, como igualmente una empresa que presiona los marcos jurídicos del derecho internacional en los países de tránsito y de destino buscando reacomodos consonantes con los movimientos migratorios globales para un replanteamiento de los derechos humanos de alcance civilizatorio.
3. Trauma, política y pulsión: testimonios de violencia en la ruta migratoria centroamerico-mexicana
En este ensayo se busca analizar los textos testimoniales que han denunciado los hechos de extrema violencia ocurridos en la ruta migratoria centroamerico-mexicana para considerarlos desde la perspectiva de las víctimas. Los atroces acontecimientos de vulneración de los cuerpos y la dignidad de las personas han podido impactar a las sociedades como manifestaciones de lo inhumano irrepresentable. Un estado de shock ha podido prevalecer asociado a estos textos reclamando respuestas de las sociedades tanto como bloqueándolas.
Desde la perspectiva de Veena Das los acontecimientos traumáticos implican una devastación de las formas concebibles de vida humana que puede fijar a las víctimas en el daño, pero que igualmente pueden conllevar una proyectividad de la acción orientada a la rehabilitación de la vida.[38] La cosificación del sufrimiento en las imágenes de los textos podría hallarse contrarrestada, más allá de la fractura de la palabra o del silencio, en los actos, en la performatividad de los sujetos.
Una lectura descentrada de los textos testimoniales permite apreciar en sus tramas la pulsión migratoria de las víctimas que, siendo presa de las violencias y en riesgo de confundirse con ellas, encierra una corriente emocional y política de sobrevivencia.
Braidotti identifica las pulsiones de vida y muerte del psicoanálisis freudiano como un único deseo afirmativo de vida,[39] de modo que en la reincidencia de la aventura migrante, aun en el desafío o en la atracción por el peligro, habría un deseo de plenitud proyectándose más allá de la propia muerte.
Hasta donde permiten apreciar los testimonios de la migración, fragmentarios, concentrados en los actos de sangre y ajenos a las trayectorias de vida que escapan de los textos, posee una importancia decisiva la pulsión migratoria para romper el cerco traumático de la violencia. La misma energía emocional que pudo llevar a desafiar la violencia de la ruta permite sobreponerse a ella una vez padecida. Las personas han podido conocer de cerca los peligros de la ruta o haber sido víctimas ellas mismas de violencias y abusos que, sin embargo, en lugar de hacerlas desistir las reafirma en su propósito de continuar. El proceder inconsecuente de los migrantes, como recursividad de la pulsión, se encontraría asociado a un estrés traumático que expresando una voluntad de vida estaría poniendo en riesgo la integridad física y psicológica de las personas.
El migrante, que podría encontrarse entre dos muertes, su muerte social en el país de origen y su muerte física en el camino, sería movilizado por una tensión psíquica elaborada culturalmente. Una pulsión recursiva, no exenta de dolor, que pondría en riesgo a los migrantes en la ruta, que podría derivar en conductas antisociales, pero en la que habría que reconocer un potencial emocional constructivo y productivo para la vida del migrante, y para las transformaciones sociales requeridas en un mundo más hospitalario.
4. Poder masculino, victimización y restauración: testimonios de violencia contra las mujeres
El silencio que tiende a prevalecer sobre la violencia contra las mujeres es roto por distintas formas de intervención de organizaciones sociales. En el momento actual los testimonios denuncian una exacerbación del poder masculino que se manifiesta en grados máximos de brutalización contra los cuerpos y el feminicidio. Las consecuencias de los conflictos armados precedentes y el alza de las tendencias masculinistas, clasistas y racistas del neoliberalismo se asocian a este momento crítico en la región del que pueden resultar, sin embargo, vías alternas de superación.
La violencia que tiende a reducir a las mujeres a la condición de víctimas les abre también la oportunidad de construirse como sujetos en la resiliencia y la politización de lo íntimo. Para Veena Das se trata de la construcción de un sujeto vivo que preserva su singularidad de personas en el espacio simbólico del imaginario colectivo más allá de los guiones estandarizados.[40] Decisivo para la restauración, sin embargo, es el hermanamiento, el apoyo de las mujeres entre sí y de las organizaciones sociales, lo que supone asumir que la violencia no es un problema de las víctimas en solitario y que la rehabilitación y la desactivación de la ideología patriarcal son procesos igualmente sociales.
El análisis de los testimonios como un tipo de narraciones en las que, en términos de Paul Ricœur, se construye la identidad de los sujetos entramada con la configuración de los acontecimientos[41] se convierte en una vía de importancia para considerar las particularidades de las trayectorias que ponen de manifiesto las mujeres víctimas de la violencia machista. En estos testimonios las mujeres se erigen como testigos de una vulneración que se expone como reclamo a la comunidad moral, y en este sentido constituyen una construcción narrativa de un ideal de sí y de una ética social.
Si en los testimonios el sujeto se reconstruye narrativamente como algo más que una víctima, si se rescata como sujeto de dignidad ante la comunidad moral, para Rosi Braidotti este proceso ocurre no en solitario sino justamente en la interconexión y la colaboración con los otros. En lugar de la celebración narcisista del individualismo del pensamiento moderno occidental, o de las políticas esencialistas de la identidad, para Braidotti, siguiendo a Deleuze y Guattari, el sujeto se encuentra siempre en proceso, es vida vulnerable y expuesta, cuyo conatus, cuya propensión a subsistir y perdurar conlleva inherentemente el relacionamiento con los demás.[42] Es lo que Guattari reconocía como transversalidad o transindividualidad, la constitución de la subjetividad en conexión con múltiples otros y con el medio natural.[43]
Podría decirse que el sujeto que se construye en los testimonios, lo hace en el encuentro productivo con los otros, unos encuentros que le permiten reconstruir colectivamente su subjetividad. Un sujeto que lo sería en devenir con los demás. La ayuda mutua, la solidaridad, el hermanamiento por los que aboga el feminismo serían expresión de estas formas de búsqueda colectiva de la vida.
Veena Das aporta la observación de que lo que se está construyendo discursivamente en los testimonios son formas de vida posible. Si el testimonio de las víctimas de la violencia es el de su devastación, lo es con referencia a una rehabilitación de las condiciones que hacen posible vivir tanto en el plano de la vida cotidiana individual como en la social. Inspirada por las reflexiones de Wittgenstein, Das valora en el lenguaje la construcción social de formas de vida humana. Mediante el lenguaje se fraguan las creencias, las ideas compartidas y lo que constituye propiamente una vida humana.[44] En el ensayo se presta atención a lo que se consideran retóricas de la vida, figuras de experiencia, identitarias, éticas inscritas en el lenguaje y que posibilitan la vida.
El texto presenta dos importantes colecciones de testimonios de mujeres víctimas de la violencia durante el conflicto armado en Guatemala para considerar la manera en que se manifiestan estas retóricas y especialmente las trayectorias de construcción de agencia en su relación con la apertura de espacios para la vida. Particularmente se consideran las tensiones y complementariedad entre las demandas de restablecimiento de las vidas personales y los requerimientos de integración en colectivos para la incidencia en la vida social.
5. Potencia de vida y auto/destrucción: testimonios de pandilleros
Este ensayo explora la narrativa de pandilleros que ha encontrado expresión en la literatura, el periodismo y las investigaciones sociales y antropológicas en la región para considerar la crítica situación de perpetradores y víctimas de la violencia de los jóvenes que participan de estos modos disruptivos de la convivencia social. El enorme impacto que las pandillas causan en las sociedades y la atracción hipnótica que ejercen su ritualidad y su crueldad han podido saturar el espacio discursivo con todo tipo de coberturas que reescenifican compulsivamente sus actos por motivaciones que podrían ir desde la recursividad traumática hasta la pornografía comercial de la violencia. Desde todos los ángulos, sin embargo, se ha reconocido la violencia de origen, estructural y familiar, sobre los cuerpos y la psicología de estos jóvenes, que les llevaría a reproducir de otro modo la violencia que padecen.
En la interpretación que se propone, se asocia esa pulsión violenta a un lance de vida que en su rescate de la condición de víctimas de los jóvenes termina convirtiéndolos en victimarios, una pulsión que pudiendo ser atrapada en formas de microfascismo podría ser portadora de una energía de deseo necesaria para formas de elaboración simbólica y afectiva alternativas.
La propuesta de Gilles Deleuze de entender la vida como potencialidad inmanente, siempre realizándose en un proceso virtual de sus fuerzas,[45] permite comprender la empresa de la pandilla como un lance al mismo tiempo de afirmación y de autodestrucción de la vida. El hermanamiento de los jóvenes, su agenciamiento criminal de recursos, sus excesos de goce y de crueldad estarían expresando una voluntad de poder y de duración como estrategia para autorrescatarse de la borradura social y personal. Para Félix Guattari se trataría de excesos del deseo que habrían cristalizado en microfascismos, en formas de poder sobre la vida y la muerte en los barrios marginales que replican tendencias derivadas entre otras cosas del masculinismo y el neoliberalismo.[46]
El ensayo se dirige a mostrar que el lance de vida que mueve a los jóvenes se decanta por la violencia al ser atrapado en la red simbólica del sujeto fantasmático de poder de la pandilla que termina imponiendo una forma de cautividad mortal. Una vez en la pandilla es muy difícil escapar de ella como de sus mandatos de goce, de machismo, de crueldad y crimen. No obstante, en términos de Guattari el impulso de vida, que no es enteramente natural sino siempre elaborado simbólicamente, sería susceptible en su virtualidad misma de ser derivado hacia otras formas de individuación.
El entendimiento del sujeto en su realidad procesual, como resultado de un ensamblaje de flujos y fuerzas en conexión permanente con los otros, permitiría reconocer oportunidades para el cambio positivo, por el que se interrogan los sectores empáticos con los pandilleros. El sujeto no se encontraría fijado de una vez y para siempre a su naturaleza (a su cuerpo, a su carácter), como es la creencia prevaleciente y represiva en las sociedades, sino que tendría la posibilidad, en términos de Ricœur, de reelaborar un proyecto de sí mismo, y en términos de Guattari y de Braidotti, de establecer relaciones transversales mutuamente sostenibles con múltiples otros.
La reivindicación de la autopoiesis y las estrategias del desapego de los órdenes dominantes de subjetivación que plantea Rosi Braidotti permiten considerar vías de salida. La autopoiesis sería la capacidad de los organismos vivos de autocrearse y autorreproducirse partiendo de sus propias potencialidades en un proceso de relacionamiento colectivo virtuoso.[47] La exasperación en la cautividad como los anhelos de resubjetivación que llegan a comunicar los pandilleros parecen entregar la llave de la jaula de la violencia, por cuanto implícitamente suponen la propuesta de que un giro en la subjetividad y en las construcciones simbólicas podría abrir las puertas a modos de convivencia más amables y constructivos.
Como puede apreciarse, los ensayos ofrecen un conjunto de perspectivas de interpretación de la violencia en los textos que se orienta a reconocer las potencialidades de vida. Una vida que se encuentra acosada pero que igualmente resiste, escapa y se reconfigura. Una vida como potencia que se autogenera y perdura en conexión con los otros y el medio. Es una lectura, entre otras dables, que quiere reconocerse como biopoética por privilegiar ciertos actos, signos que vendrían a ser trazos, huellas de lo viviente. La propuesta es exploratoria en tanto busca conectar con otras que han podido antecederla o en tanto podría motivar nuevas que corrigieran o ampliaran sus alcances. Esto último, evidentemente menos por el interés en las investigaciones mismas (aunque su ámbito epistemológico demuestre ser sugerente para las ciencias sociales y humanas), como por la exploración que suponen de alternativas, engarces, apoyos que los esfuerzos de afirmación vital requieren para abrir oportunidades a futuros posibles.
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- Sobre la autopoiesis ver: Braidotti, Lo posthumano, 49, 107-108, 112-113; Transpositions, 124-127.↵








