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Prefacio

Este libro es resultado de la tesis “Las dinámicas de la violencia contra las mujeres y el amor en los primeros noviazgos juveniles en el Área Metropolitana de Buenos Aires”. La misma se presentó en el plano formal como parte de los requisitos para finalizar la Maestría en Investigación en Ciencias Sociales que he cursado por el período de dos años (2012-2014) en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. La misma contiene los resultados obtenidos a partir de lecturas y realización de entrevistas a jóvenes heterosexuales de clase media que están de novios en el Área Metropolitana de Buenos Aires.

El propósito principal de este libro es indagar en las dinámicas de la violencia contra las mujeres en relación al amor que se manifiestan en ciertas relaciones de noviazgo juveniles de clase media y los efectos que dicha dinámica genera sobre los cuerpos de los y las jóvenes que están de novios.

El interés por abordar esta temática surge años atrás mientras terminaba de cursar la licenciatura en Sociología. En la Facultad, junto con un grupo de amigos, éramos parte de una revista en la cual escribíamos sobre diferentes cuestiones que nos resultaban de interés: actualidad, política, literatura, entre otras. Quien escribe se unió al grupo de sexualidad y género. Estudiamos, dentro de ese gran paraguas, la trata, masculinidades, prostitución, entre otros temas. En cada una de esas publicaciones y entrevistas que realizábamos, un tema se hacía presente: la violencia. Esto me llevó a pensar en lo cotidiano de su existencia y su imbricación en cada una de nuestras prácticas.

Luego, cuando terminé mis estudios, hace ya cinco años, realicé un viaje a Colombia. En ese país, hablase con quien hablase o mirase lo que mirase, mi pequeño ojo sociológico percibía que una práctica y una sensación de tensa calma se hacía presente en el aire, lo cual era vivenciado con total naturalidad por quienes eran parte de esa comunidad. No obstante su naturalidad, la misma era denominada por todos como violencia. Algunos intentaban demostrar que la misma ya no era parte de su cotidianeidad, que su país era un lugar seguro, pero que con ella se habían criado y vivido; algunos otros, más académicos, hablaban de la violencia como el concepto que permitía entender la historia; otros simplemente la entendían como algo más en sus vidas. Esta noción, que parecía ser el ícono que permitía explicar todo lo que (no) sucedía en ese país, era constitutiva del sentir, hacer y vivir de esa comunidad.

Fue así como decidí hacer un cruce entre el fenómeno de la violencia, que para ese entonces me resultaba abstracto y difuso, y la sexualidad y el género, temas en los que me había venido formando desde espacios académicos y de militancia.

Regresé a la Argentina luego de unas larguísimas vacaciones y me encontré ante el interrogante planteado por François Dubet (2012): “¿Para qué sirve realmente un sociólogo?”. En el marco de una plena crisis sobre cómo insertarme profesionalmente, sin caer en el ámbito de los estudios de mercado, y trabajando de encuestadora, editora, entrevistadora y otros tantos trabajos que proveen las técnicas de recolección de datos que aprendemos en las materias metodológicas de la carrera, comencé a leer más en profundidad sobre la violencia de género. Así fue que decidí que quería escribir y formarme en este tema y me anoté en la Maestría en Investigación en Ciencias Sociales. Nuevamente, como al momento de elegir la carrera, quería un espacio amplio que no me direccionara sino que me permitiera elegir seminarios y ampliar mis conocimientos.

Mi directora de tesis aportó innumerables lecturas que me permitieron pensar más rigurosamente la violencia de género. Comencé por Rita Segato y su perspectiva sobre el feminicidio, lo cual a su vez me llevó a la lectura de los fallos judiciales del asesinato de Carolina Aló, conocido como “El caso de las 113 puñaladas”. Mientras, en diferentes charlas, reuniones con conocidos/as y amigos/as, me daba cuenta de que varias de las interacciones que Fabián Tablado y Carolina Aló poseían (las cuales en su exacerbación terminaron en el asesinato) –celos, control, desprecio, realización de escenas como muestra de amor, discusiones reiteradas como ejemplos de intensidad– eran similares a las prácticas cotidianas de mis conocidos/as y amigos/as con sus parejas. Las mismas no eran problematizadas como violentas y eran formas de actuar socialmente aceptadas y entendibles por el entorno.

Continué profundizando en las lecturas sobre violencia de género de la mano de María Luisa Femenías, Susana Velázquez y Claudia Lozano. Pero en sus fundamentos no encontraba la violencia analizada en tensión con la forma en que se ama, como así tampoco problematizada la violencia que ejercen las mujeres. Fue así como llegué a la lectura de Raquel Osborne, quien discute con la perspectiva de las autoras anteriormente nombradas. Osborne propone un marco interpretativo adecuado a lo que iba observando en mi entorno: que la violencia es un atributo de las diferentes personas y que los tipos de violencia deben ser interpretados comparativamente en clave de género.

La lectura del libro de Isabella Cosse, Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta, me sirvió como disparador para pensar las pautas de cortejo en los primeros noviazgos. Por un lado, es allí cuando comienzan a ponerse en práctica y a establecerse los sentidos que otorgan esos jóvenes al modo en que aman. Por lo que, si se quiere pensar y/o prevenir la violencia en las parejas, me resulta indispensable analizar las primeras experiencias de noviazgo. Por otro lado, en las diferentes entrevistas que realicé, tanto para la revista en la cual participaba y por razones laborales, observaba que los jóvenes hablan de su sexualidad de una forma desprejuiciada.

La dimensión de la corporalidad me interesó desde el comienzo, dado que es un registro donde el amor y la violencia, ambas sensaciones que ponen a los individuos en estado de ebullición, se despliegan. La lectura de Bryan Turner, pionero en la sociología del cuerpo, me llevó a lecturas diversas sobre este tema, que derivaron tanto en David Le Breton y Erving Goffman como en Jean-Luc Nancy, quien, aunque por momentos me resulta imposible de aprehender, me dispara diversos interrogantes y modos de pensar la corporalidad.

A medida que fui realizando las entrevistas a los jóvenes, observé que los celulares y las redes sociales funcionan como prótesis y que son medios que generan celos y control, como así también muestras de amor. Esto me llevó a la lectura de Donna Haraway.

Dos seminarios de posgrado impartidos por la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) fueron claves en la redacción de esta investigación: en primer lugar, el de “Cultura y Sociedad”. En el mismo se abordó la lectura de Erving Goffman, cuyo concepto de interacción me permitió pensar la existencia de escenas de amor y de violencia, y el registro emanado (corporal) de sus actores. En segundo lugar, el seminario “Cultura por el anverso. Investigaciones teóricas acerca de la violencia”, a partir del cual tuve acceso a una lectura exhaustiva del pensamiento de Georges Bataille. Este autor me permitió analizar, a través de los conceptos de intensidad, soberanía y erotismo, la dinámica y los efectos del amor y la violencia.

Este recorrido me llevó a observar que la violencia no puede ser estudiada por fuera del amor. Para poder darle sustento teórico a este concepto, me acerqué a la lectura de Alain Badiou, Roland Barthes y Filomena Gregori.

Por último, la metodología elegida fue la cualitativa. El hecho de haber trabajado haciendo encuestas y entrevistas fue un insumo muy valioso para desarrollar la tesis, porque fue allí y no en el espacio universitario donde aprendí cómo tener una escucha activa, generar empatía con el otro y saber cómo ir llevando la entrevista sin inducir las respuestas/reflexiones del entrevistado/a. Estos son principios básicos en la correcta aplicación y fluidez de estas técnicas.



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