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1 Conceptos para problematizar la violencia, el amor y la corporalidad en las primeras relaciones de noviazgo

Ella me cambió porque me enamoré y me di cuenta que es una persona excelente y, la verdad, perder a una mina por una noche, perder a una mina así como mi novia por una noche es al pedo (Gustavo, 18 años).

Dicen que el amor todo lo puede, ¿será eso cierto? Para Eva Illouz (2012), el amor, a partir del ideal y la práctica del amor romántico, es un elemento central en la identidad y felicidad de la persona moderna. En lo cotidiano, escuchamos a jóvenes en plazas, colectivos y en la multiplicidad de espacios donde habitamos, hablando, discutiendo y compartiendo sus experiencias sobre sus relaciones amorosas y los conflictos que las atraviesan.

En este capítulo sistematizo algunos desarrollos teóricos clásicos que han abordado la violencia contra las mujeres. El capítulo se organiza en tres secciones. En la primera, esbozo un estado del arte sobre tres perspectivas teóricas vinculados a la temática de la violencia contra las mujeres, que es el problema que investigo en este libro: las perspectivas vinculadas a la idea del varón como único perpetrador de violencia, las que estudian la violencia dentro de los conceptos de feminicidios y femigenocidios, y los análisis que problematizan sobre quiénes son los sujetos capaces de ejercer violencia dentro de los noviazgos.

En la segunda sección desarrollo un marco teórico propio. En primer lugar, discuto con las dos primeras propuestas planteadas en el estado del arte y propongo una perspectiva propia sobre la violencia en las parejas, basada en los aportes del tercer abordaje. En segundo término, formulo un marco teórico sobre el amor, los noviazgos y la corporalidad, con el fin de describir, por un lado, los efectos que genera la tensión entre la violencia y el amor sobre los cuerpos de los jóvenes, y, por el otro, las prácticas y representaciones que los mismos poseen en torno a la violencia, el amor y los cuerpos. Para ello, tomo como premisa teórica que la realidad social debe ser comprendida en términos de tensión (Simmel, 1939).

Para Georg Simmel existen diversas polaridades en tensión que no conllevan necesariamente un tercer momento o superación. En el segundo a priori de su Sociología grande, el autor presenta una doble situación del individuo: la de ser un ser para la sociedad y un ser para sí mismo. Pero esta dualidad no implica escisión, sino que ambas constituyen a su vez una unidad, la del ser social (Simmel, 1939). El autor teoriza sobre diferentes esferas en tensión, tales como: vida-muerte, aventura-vivencia, fragmento-totalidad, forma-contenido, armonía-lucha, todo-parte, entre otras.

1.1. Estado del arte sobre la violencia contra las mujeres

En las siguientes páginas presento diferentes interpretaciones sobre la violencia contra las mujeres, que es el tema central de esta investigación. En primer lugar, expongo aquellos vinculados a la idea del varón como único perpetrador de violencia; en segundo lugar, aquellos que la estudian desde las nociones de feminicidio y femigenocidio; y, por último, los análisis que problematizan sobre quiénes son los posibles agentes perpetradores de violencia dentro de las parejas heterosexuales. Retomo esto último dentro de mi marco teórico, dado que es el abordaje que más se adecua a la investigación que realicé, tal como presento a lo largo del libro.

1.1.1. Las mujeres como víctimas de la violencia de género

Dos autoras que han abordado las interacciones signadas por la violencia contra las mujeres en las parejas heterosexuales, temática sobre la que se encarga esta investigación, son María Luisa Femenías (2009) y Susana Velázquez (2006). La violencia contra las mujeres es denominada por María Luisa Femenías (2009) como violencia de género. La autora retoma la definición de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995[1], la cual estipula como violencia contra las mujeres “aquellos actos o amenazas, sea en el hogar o en la comunidad, incluyendo los actos perpetrados o tolerados por el Estado, que infunden miedo e inseguridad en la vida de las mujeres e impiden lograr la igualdad, el desarrollo y la paz” (Femenías, 2009: 44). Por lo que este tipo de violencia es uno de los mecanismos sociales fundamentales mediante los que se las coloca en una posición de subordinación frente al varón.

Susana Velázquez (2006), por su parte, entiende la violencia contra las mujeres en el marco de una definición amplia, la cual abarca

“todos los actos mediante los cuales se discrimina, ignora, somete y subordina a las mujeres en los diferentes aspectos de su existencia. Es todo ataque material y simbólico que afecta su libertad, dignidad, seguridad, intimidad e integridad moral y/o física” (2003: 29).

La autora considera que hay diferentes tipos de violencia que van más allá de la violencia física, como pueden ser la violencia emocional, invisible, simbólica, sexual y económica, que son inseparables de la noción de género, ya que se basan y ejercen en y por la diferencia social y subjetiva de los sexos. Para abordar su definición de género retoma a Joan Scott (1986), para quien el género es, en una primera dimensión, una categoría de análisis que opera fundamentada en las diferencias sexuales como ordenador social y, en una segunda dimensión, una forma primaria de relaciones significantes de poder. Se desprende de este análisis que el género es el medio primordial a partir del cual se articulan relaciones de poder asimétricas entre los sujetos, sin negar que esto supone resistencias (Foucault, 2008) y estrategias de empoderamiento por parte de quienes se ven menos favorecidos en un determinado estado de relaciones de fuerza.

Las perspectivas de Velázquez (2006) y Femenías (2009) entienden que en los vínculos heterosexuales atravesados por la violencia son los varones los únicos perpetradores de la violencia y consideran a las mujeres, aunque con capacidad de resistencia, como receptoras unilaterales de la misma, pero no como agentes activos en las interacciones violentas. Susana Velázquez define a la victimización como “una secuencia de hechos, circunstancias o actos que producen daños, perjuicios, menoscabo y sufrimiento, y frente a los cuales las personas violentadas reaccionarán o no para evitar el ataque o su reiteración, pero también resistiendo, negociando y defendiéndose” (2006: 44).

María Luisa Femenías (2009) y Claudia Lozano (2007) son autoras que coinciden con esta línea de pensamiento. Sin embargo, estas investigadoras le reconocen a las mujeres un cierto nivel de agencia (Bourdieu, 2007), lo hacen en tanto generadoras de resistencias a la violencia, a través de manifestaciones pacíficas ante el asesinato de mujeres (Lozano, 2007) o desde el momento en que socavan los estereotipos de aprobación por parte de la figura real o simbólica de un varón a través de la trama discursiva (Femenías, 2009). Esto último implicaría en los términos de Guacira Lopes Louro (2004) examinar críticamente las formas habituales de convivir, con el propósito de generar modelos alternativos de intervención que modifiquen el modo normal del estado de cosas”, en este caso sobre la violencia. Ella apunta a una lectura crítica de los conceptos con los cuales comprendemos y aprehendemos, como modo de cuestionamiento sobre aquello que identificamos como natural. Las mujeres, para la autora, generan sentidos nuevos con el objetivo de detectar la violencia con la que conviven.

Por otro lado, Susana Velázquez (2006) discute con las nociones de víctima y victimario para explicar la violencia hacia las mujeres. El término victimario implica a varones totalmente activos y a mujeres como sujetos pasivos. Por el contrario, la autora le reconoce a estas últimas una capacidad activa de resistencia, motivo por el cual retoma la designación de sobreviviente en lugar de la de víctima, ya que incluye además de la sumisión la posibilidad de resistencia y recuperación. La perspectiva del sobreviviente, si bien sigue estando dentro de una lógica de la victimización, dado que considera que el ejercicio de la violencia es sólo de varones hacia mujeres, coloca dentro de la escena violenta los recursos que la mujer empleó para defenderse y desviar las intenciones del agresor. Dice la autora: “implica una acción y un hecho que delimita que uno es el atacante y otro quien fue atacado” (2003: 38).

La concepción de la violencia contra las mujeres de Velázquez y Femenías es la que subyace en la definición de violencia que estableció el Estado argentino desde el año 2009 a partir de la Ley 26.486 de “Protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres”. Dice la ley:

[…] se entiende a la violencia contra las mujeres a toda conducta, acción u omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte la vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como así también su seguridad personal [de las mujeres].[2]

Dicha ley en su artículo 5.º establece diferentes tipos de violencia, las cuales explica. Considera violencia física aquella que se emplea contra el cuerpo de la mujer produciendo dolor, daño o riesgo de hacerlo, y cualquier otra forma de maltrato o agresión que afecte su integridad física; psicológica, a la que causa daño emocional y disminución de la autoestima, o perjudica y perturba el pleno desarrollo personal, o busca degradar o controlar a la mujer en sus diferentes prácticas; incluye la coerción verbal. La violencia sexual es cualquier acción que implique la vulneración en todas sus formas, con o sin acceso genital, del derecho de la mujer a decidir voluntariamente acerca de su vida sexual o reproductiva. En relación con la económica y patrimonial, es la que se dirige a ocasionar un menoscabo en los recursos económicos o patrimoniales de la mujer. Por último, la simbólica implica a aquella que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, iconos o signos, transmita y reproduzca dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la mujer en la sociedad.

Femenías (2009) posee una definición de las tipologías de la violencia contra las mujeres similar a la de la ley. Para ella también en aquellos casos donde se incluyen las violaciones, golpes, incluso la muerte, se está ante violencia física; cuando exista amedrentamiento, desconfirmación, descalificación o minusvalorización, es de tipo psicológica; cuando haya insultos y gritos, es verbal. Las mismas se encuentran dentro de un marco interpretativo más amplio de violencia patriarcal (De Miguel, 2005).

En relación con la dimensión simbólica de la violencia, para Femenías (2009) funciona como legitimadora de la violencia, ya que permite que la misma sea percibida dentro de los cánones de la normalidad. Para la autora, la violencia simbólica impone un orden bajo el supuesto de que es único, irreversible, inmodificable, incuestionable y eterno, por lo que ese orden se funda en la ética, la moral y las costumbres de una sociedad dada. En relación con la violencia simbólica, Pierre Bourdieu (1998) la ha descripto como aquella que implica formas de sumisión de las mujeres que no se perciben como tales, ya que han sido internalizadas como principios clasificatorios al mismo tiempo que como principios organizadores de la acción. Esto se enmarca dentro del concepto de habitus del autor, el cual implica “un sistema de esquemas adquiridos que funcionan en estado práctico como categorías de percepción y de apreciación o como principios clasificatorios al mismo tiempo que como principios organizadores de la acción” (Bourdieu, 1996: 26).

Para finalizar, en relación con el cuerpo, Femenías (2009) estudia la materialización de la violencia contra las mujeres en sus cuerpos y tipifica las diferentes formas que la misma puede tomar sobre ellos: como poseedores de un valor simbólico adicional para garantizar la resolución de un conflicto, o como un lugar de ejercicio de poder para humillar, deshonrar o enviar mensajes cifrados entre varones.

1.1.2. Feminicidios y femigenocidios

Me resulta sugerente dentro del estado del arte dedicar una mención a las nociones de feminicidio y femigenocidio desarrolladas por Rita Segato (2012, 2006, 2003), Marcela Lagarde (2006) y Claudia Lozano (2007), dada la preponderancia que han adquirido en el campo de estudios sobre la violencia contra las mujeres en general (Lozano, 2007; Bidaseca, 2013), aunque las mismas no se condigan específicamente con los objetivos de esta investigación de analizar las interacciones y representaciones violentas en las parejas heterosexuales.

Rita Segato (2004) ha estudiado las estructuras en las que se enmarca la violencia de género desde una perspectiva marxista y pone el foco en los casos donde las mujeres son asesinadas a causa de la violencia de género. La autora echa luz sobre la atrocidad y espectacularidad con que se marcan los cuerpos de las mujeres que son asesinadas y trata de dar cuenta de la valorización que se les da a estos por parte de quien los perpetra y cuáles son los mensajes subyacentes en estos actos. La antropóloga comprende la violencia como emanación de dos ejes articulados: uno horizontal (contrato entre iguales) y otro vertical (estatus, castas).

Segato, retomando a Lévi-Strauss (1976), describe como eje horizontal a aquel vinculado a la actividad comercial, al lenguaje y a la circulación de dádivas, y al vertical como el de la conyugalidad y la progenitura. El primero está formado por relaciones de alianza o competencia entre pares, mientras que el segundo ordena las relaciones entre categorías que poseen jerarquías diferenciadas, como es el caso del género. Debido a que existen estos dos ejes, se desarrolla en el nivel horizontal un pacto entre iguales (Pateman, 1995)[3] a partir del cual se adecua en el eje vertical a un otro en un estatus inferior, en este caso, las mujeres (Segato, 2003).

Lo que se pone en juego en aquellos sistemas en los que la economía simbólica del otro tiene un peso predominante es quitarle estatus o valor al otro. Ese ser menos, dice Segato, “sólo puede ser resultado de una exacción o expropiación simbólica y material” (Segato, 2003: 254) que reduzca la plenitud de aquellos que son considerados como inferiores con el propósito de aumentar la de quienes están en una posición superior. Por lo que la autora habla de la extracción de una plusvalía simbólica que permite a unos posicionarse por encima de otros.

Segato (2006), junto con Marcela Lagarde (2006), estudian la violencia de género ejercida contra las mujeres desde el concepto de feminicidio. Para Marcela Lagarde (2006) no sólo incluye el asesinato de las mujeres, sino que abarca al conjunto de hechos violentos contra ellas: sus bienes o ellas mismas. Para esta autora comprende también las muertes anunciadas, que son aquellas que suceden en los lugares donde hay más riesgo para la vida de las mujeres, y la violencia institucional, dado que las instituciones no garantizan la vida de las mujeres como algo previo. Es decir, “no hay capacidad para garantizar la vida de las mujeres y una obligación del Estado es la garantía de la vida de las personas, eso no se cumple y eso es violencia institucional” (Lagarde, 2006: 4). Bajo este enfoque, la falta de presupuesto en prevención, asistencia y tratamiento por parte del Estado hace de éste un agente necesario en la existencia de los feminicidios.

Por su parte, para Rita Segato (2006), los feminicidios apuntan a una dimensión expresiva y no sólo instrumental, y a la presencia de interlocutores tanto más importantes que las víctimas. Los casos de feminicidio incluyen las expresiones más extremas de extracción de plusvalía simbólica del otro en el orden de estatus del eje vertical, el cual será llevado a la condición de víctima sacrificial. En esta línea se inscribe el trabajo de Claudia Lozano (2007) sobre el asesinato de María Soledad Morales en la provincia de Catamarca. La autora considera que este tipo de crímenes tienen en común el hecho de que pandillas formadas por varones vinculados a los poderes públicos o al poder económico secuestran a jóvenes estudiantes y trabajadoras para violarlas y asesinarlas.

Sin embargo, para Segato (2011) es necesario distinguir entre los feminicidios que se dan en contextos interpersonales, de violencia doméstica o personalizables, o crímenes seriales que se desprenden de la personalidad del agresor, y los impersonales. Estos últimos, denominados femigenocidios (Segato, 2011), son de carácter genérico, impersonal y sistemático. La diferenciación y tipificación, según la autora, resulta necesaria, ya que permitirá crear estrategias específicas de investigación criminal y condiciones para que los crímenes impersonales y de carácter mafioso pasen a ser jurisdicción de los fueros internacionales. Es por esto que resultan necesarias estadísticas oficiales.

La lectura de Rita Segato sobre la corporalidad es confluente con la de Femenías (2009): “en estos cuerpos la corporación mafiosa comunica y refuerza su potencia y cohesión de grupo, la fidelidad de la red de personas que controla, así como los recursos cuantiosos de que esa red dispone para garantizar la discrecionalidad e impunidad absoluta de los participantes” (2011: 7). El propósito de la autora es investigar los feminicidios desde una dimensión expresiva y no sólo instrumental, y la presencia de interlocutores tanto más importantes que las víctimas. Esta propuesta es sugerente para analizar la gestualidad y la hexis corporal de los/as entrevistados/as al momento de las peleas y discusiones en la pareja, tal como presento en el tercer capítulo.

1.1.3. Las mujeres como perpetradoras de violencia

Las perspectivas de Raquel Osborne (2008, 2009), Débora D’Antonio (2005) y Filomena Gregori (1993, 2003) presentadas a continuación también se adecuan a mi objetivo de investigación de estudiar las interacciones y prácticas de la violencia contra las mujeres. Pero a diferencia de cómo lo llevan a cabo las autoras situadas en la primera perspectiva planteada en el estado del arte, ponderan a las mujeres como agentes activos en el ejercicio de la violencia en la pareja.

Raquel Osborne (2008, 2009) propone una forma diferente de pensar la violencia de género y para ello desarrolla las interacciones y prácticas de la violencia en la pareja, parte de los objetivos de esta investigación. Para ello plantea escuchar y comprender a las propias personas que hayan sido vulneradas por temas de violencia, trascendiendo las meras designaciones estadísticas de entidades públicas. Sin negar el concepto de violencia de género de teóricas como Femenías (2009) o Velázquez (2006), complejiza el concepto de violencia de género aduciendo que el hecho de que se les niegue a las mujeres su capacidad de maltratar ha conducido a la interpretación de que son los hombres los únicos victimarios y las mujeres sólo víctimas. Esta autora se posiciona de manera diferente dentro del campo intelectual feminista y cuestiona de manera provocadora diciendo “¿por qué no se intenta medir la potencial maldad de las mujeres?” (Osborne, 2008: 119). La manera en que la ley y las posturas planteadas en las secciones 1.1.1 y 1.1.2 del estado del arte entienden la violencia contra las mujeres deja por fuera las violencias perpetradas por mujeres, en primer lugar, contra otras mujeres, ya sea de madre a hija, de hija a madre y de mujeres en parejas lesbianas (Hammond, 1986). Sin con esto desconocer que el mayor porcentaje de violencia en las parejas heterosexuales es perpetrada por varones hacia mujeres: “Mencionar o tener en cuenta la violencia perpetrada por las mujeres no tiene por qué rebajar un ápice la gravedad de la violencia de hombres a mujeres” (Osborne, 2009: 7).

La interpretación teórica de Osborne se encuentra en congruencia con la de Débora D’Antonio (2003), ya que ambas impugnan la perspectiva victimizante con la que algunos sectores del feminismo han abordado el estudio de la experiencia histórica de las mujeres. Osborne (2007, 2009) es crítica con autoras y líderes feministas que se basan en la idea de víctima, o cercana a la misma, ya que por un lado se silencia la experiencia de las mujeres en situación de violencia como así también la forma en que ellas se autoperciben, y, por el otro, se crean jerarquías de mujeres entre las que están en esa situación y las que no.

La creación de la víctima sirve para crear jerarquías de mujeres: son pobres mujeres, sobre las que nos sentimos superiores, marcando así una distancia social entre “ellas”, a las que tratamos de forma maternalista, y “nosotras”, que nos creemos en posesión de la verdad que a ellas concierne (Osborne, 2009: 2).

Osborne (2008, 2009) y D’Antonio (2005) demuestran que la violencia psicológica es patrimonio tanto de varones como de mujeres, visibilizando así el papel de las mujeres en las interacciones violentas. Bajo la idea de que la violencia es un atributo unívoco de los varones subyace la concepción de lo femenino asociado a la generosidad, al cuidado y a la abnegación, y presupone que no hay lugar para que las mujeres experimenten el derecho al mal (Valcárcel, 1991), es decir, el derecho de poseer sensaciones de egoísmo, ira, desamor y contradicciones (Osborne, 2009).

Filomena Gregori (2003), en línea con estas autoras, estudia la violencia hacia las mujeres en conexión con el erotismo de Georges Bataille (1987, 2000, 2003, 2010). Para la autora, las lecturas que enfatizan una dicotomía entre víctima y victimario, un agresor esencialmente masculino y una víctima esencialmente femenina, no toman en consideración las motivaciones por las cuales se dan las agresiones, es decir, la totalidad de la escena. Explica Gregori:

Para entender cómo se constituyen las relaciones de violencia podemos tratar de seguir sistemáticamente cómo se van estableciendo cotidianamente las posiciones entre las partes. Pero considero que, además de ese seguimiento, es importante captar una representación singular sobre el sentido del erotismo –como aquella que está presente en Bataille– que supone que el placer sexual emana de la disolución de las formas sociales o incluso de su presunción, que puede culminar en ejercicios metafóricos o literales de violación –en el sentido de agresión– de los cuerpos (Gregori, 2003: 99).[4]

Es decir que conviven, en términos de esta autora, tanto la agresión como el placer de ambos miembros en las escenas de violencia.

1.2. Marco teórico

Tomando como puntapié el estado del arte desarrollado sobre el concepto de violencia contra las mujeres, a continuación propongo un marco teórico que, si bien retoma la definición de violencia contra las mujeres de María Luisa Femenías (2009) y Susana Velázquez (2007) –la cual me permite describir las prácticas violentas de los/as entrevistados/as en sus relaciones de pareja–, discute con esa perspectiva en dos aspectos. Por un lado, aunque estudian las prácticas violentas en las parejas heterosexuales –parte de los objetivos de esta investigación–, lo hacen desde una visión de mujer-víctima y varón-victimario, lo cual no admite un análisis completo de los agentes involucrados en las interacciones violentas. En contraposición a estas autoras, propongo a lo largo de la investigación una descripción amplia a partir de la cual poder abordar en mayor profundidad las dinámicas de la violencia y el amor, parte del objetivo general de este libro.

Por otro lado, desde las entrevistas realizadas observo cómo las interacciones de pareja poseen elementos violentos que muchas veces no son percibidos como tales por los/as entrevistados/as y, en caso de que lo sean, conforman y moldean en ellos/as, como explico en el segundo capítulo, ideales prototípicos de amor, y son generadores de deseo, intensidad y juego entre las parejas jóvenes. Apunto así, apoyándome en Bryan Turner (1984), a una sociología que indague en la experiencia vivida por estos agentes, los jóvenes heterosexuales que están de novios, en el mundo práctico y sensual de lo cotidiano.

En segundo lugar, en mi marco teórico no tomo los estudios de Segato y de Lagarde sobre femigenocidios (Segato, 2011) y feminicidios (Segato 2006; Lagarde, 2006) por dos razones. Primero, si bien las autoras, más allá de sus diferencias teóricas, toman en consideración el conjunto de los hechos violentos que se ejercen contra las mujeres en diferentes órdenes de su vida, no colocan el foco de su análisis en las interacciones, discursos y representaciones violentas dentro de la pareja, sino que se preocupan por examinar el papel del Estado y el carácter mafioso de los feminicidios. Segundo, sus abordajes son principalmente sobre los crímenes de mujeres y no sobre las interacciones de noviazgo heterosexuales signadas por la violencia, como es el interés de esta investigación. Sin embargo, reitero, me resulta importante que estén presentes en el estado del arte sobre la violencia contra las mujeres, dado que la propuesta de Rita Segato es relevante en el campo de estudio sobre la violencia contra las mujeres en general (Lozano, 2007; Bidaseca, 2013).

En tercer lugar, los análisis de Velázquez (2006) y Femenías (2009), por un lado, en relación con el amor, consideran que la violencia contra las mujeres es antagónica a este concepto; mientras que en esta investigación planteo una tensión entre la noción de violencia y de amor, y propongo como objetivo general describir y comprender las dinámicas de la violencia contra las mujeres y el amor. Por otro lado, baso parte de los objetivos de esta investigación en comprender cómo los jóvenes perciben la violencia en sus cuerpos y describo los efectos de dichas dinámicas sobre los cuerpos de los jóvenes que están de novios. El papel de la corporalidad, una de las nociones centrales de este estudio, es analizada por Femenías (2009), Velázquez (2006) y Segato (2012) sólo en relación con la noción de violencia contra las mujeres y no enfatizan en las gestualidades que la acompañan como así tampoco en los cuerpos masculinos. En cambio, en las siguientes páginas llevo a cabo una descripción y análisis sobre la gestualidad violenta y amorosa, sobre los juegos corporalmente violentos que llevan a cabo los jóvenes, tanto mujeres como varones, y sobre cómo se sienten corporalmente los/as entrevistados/as ante escenas vinculadas al registro de lo violento y de lo amoroso.

1.2.1. Hacia una definición de la violencia desde otras perspectivas

Erving Goffman define a la interacción como “la influencia recíproca de un individuo sobre las acciones del otro cuando se encuentran ambos en presencia física inmediata” (Goffman, 1971: 27).[5] En otras palabras, cuando dos personas interactúan cara a cara, influencian recíprocamente sus acciones, de manera que el actor guiará su actuación ajustándose a los papeles representados por los otros actores, que a su vez son su público. Siguiendo este razonamiento, en las discusiones y escenas amorosas que aquí se estudian los agentes se aceptan temporariamente en lo que vale ese encuentro social. Según Goffman (1970, 1971), cada uno de los interactuantes en una escena determinada coopera a través de acuerdos tácitos para que exista un determinado sentido de realidad y determinadas escenas que incluyen tanto el terreno de lo amoroso como el de lo violento. Si esos interactuantes no cooperan, este sentido se cae.

Tomando en consideración el concepto de escena de Goffman (1970,1971), las perspectivas de Osborne (2008, 2009), Gregori (1993, 2003) y D’Antonio (2005) son afines con mi enfoque de análisis en tanto considero que las mujeres y los varones construyen y son responsables de la existencia de estos vínculos violentos. Esto no equivale a desconocer la noción de violencia de género acuñada por Velázquez (2006), y que existen violencias que afectan a las mujeres en su especificidad, sino que permite abrir el abanico con el cual se estudia la violencia contra las mujeres y poder echar luz sobre el hecho de que las mismas también perpetran violencia y son, en muchas oportunidades, parte activa en las interacciones agresivas. Esto se relaciona con parte del objetivo de este libro de analizar y comparar las prácticas, interacciones y discursos sobre la violencia que poseen los varones y mujeres que están de novios. Un ejemplo de ello es cuando Daniela, una de las entrevistadas, ejerce violencia psicológica menospreciando a su novio porque se viste de determinada manera, o cuando Tamara empuja a su pareja en el transcurso de una discusión, como expongo en el tercer capítulo. Es decir que si bien los efectos de la violencia se materializan en mayor proporción sobre los cuerpos femeninos, son el resultado de interacciones que se dan entre los miembros de los noviazgos violentos y no son atribuibles a una sola parte.

Siguiendo a Connell (1995), el ejercicio de la opresión y la violencia exceden a la genitalidad y a las sexualidades de las personas, son medios de dominación que han sido internalizados por quienes viven bajo los patrones de la masculinidad hegemónica. Aquí se puede interpretar, nuevamente, que la violencia, aunque afirme los valores de la masculinidad, no es una propiedad unívocamente de los varones (Osborne, 2009). Según Connell, “el género es una práctica social que constantemente refiere a los cuerpos y a lo que los cuerpos hacen, pero no es una práctica social reducida al cuerpo” (1995: 6). El autor teoriza sobre los regímenes de género, los que entiende como las formas en que se organizan las relaciones de género en una institución dada; cada institución a su vez puede tener su propio régimen de género y éstos pueden interactuar entre sí. Siguiendo a este autor, en el cual baso mi noción de género, el ejercicio de la violencia, a diferencia de la definición de Femenías (2009) y Velázquez (2006), trasciende la violencia llevada a cabo contra las mujeres: la misma puede aplicarse sobre todos aquellos cuerpos que no se adecuan a la masculinidad hegemónica (Connell, 1995). Esta violencia existe en tanto hay subordinación de otros grupos, que pueden ser las mujeres, pero también los varones no heterosexuales, ciertos heterosexuales que no cumplen con los estereotipos esperados de masculinidad, o varones de color. Esta idea me permite pensar a las mujeres encarnándola cuando sus parejas no cumplen determinadas expectativas.

Filomena Gregori (1993, 2003), en discusión con las perspectivas de la victimización, desde un análisis del erotismo de Georges Bataille, comprende las escenas de discusión en las parejas heterosexuales teniendo en cuenta la existencia de una tensión entre placer y agresión. Esta visión se adecua a la hipótesis que rige esta investigación de que existe una estrecha vinculación entre la violencia y el amor. A su vez, su abordaje me habilita a analizar las representaciones, prácticas e interacciones que se ponen en juego en las dinámicas de la violencia y el amor, parte de los objetivos de esta investigación. Para la autora, el momento de la agresión allana el camino para el surgimiento de un nuevo momento, el del placer, la reconciliación, es decir, un pasaje de estado de divergencia a otro de convergencia (Gregori, 1993). Esto se plasma en diferentes escenas desarrolladas en el segundo y tercer capítulo, como por ejemplo cuando los/as entrevistados/as marcan que diversas situaciones de conflicto se resuelven a partir de la gestualidad amorosa.

Para Bataille, somos seres discontinuos en búsqueda de una continuidad perdida con los otros, por la cual los seres son capaces de transgredir los límites corporales de otros. En el erotismo, en tanto que se propone acabar con la discontinuidad, los amantes se encuentran en una búsqueda constante de alcanzar una fusión, marcada por la intensidad. Dice Bataille: “[..] los momentos de intensidad son los momentos de exceso y de fusión de los seres” (Bataille, 2000: 105).

La promesa de la posesión completa del otro es ilusoria en tanto somos seres discontinuos, no obstante, en la pasión, la imagen de esa fusión parece materializarse en un plano de gran intensidad. Es así que en el erotismo, que se propone acabar con la discontinuidad, lo que está en cuestionamiento son estructuras más amplias, “una disolución de las formas constituidas […], una disolución de esas formas de vida social, regular, que fundamentan el orden discontinuo de las individualidades que somos” (Bataille, 2010: 23). En ese cuestionamiento, precisamente, se dan transgresiones a prohibiciones establecidas por el ámbito homogéneo.

En el ámbito de lo homogéneo se encuentra la razón, la mesura, el trabajo: “homogeneidad significa conmensurabilidad de los elementos y conciencia de dicha conmensurabilidad” (Bataille, 2003: 138). Lo no homogéneo es definido por el autor como lo heterogéneo, es decir, aquello que queda excluido del deber ser que la sociedad estipula dentro del terreno homogéneo. Dentro de lo heterogéneo[6] se encuentra el erotismo, el mundo sagrado, el gasto improductivo, aquello del orden del inconsciente, la muchedumbre, la violencia, “todo aquello que la sociedad homogénea rechaza como desecho o como valor superior trascendente” (Bataille, 2003: 147). En el caso de esta investigación, la violencia dentro del vínculo de pareja. Pero con esto Bataille no pretende dicotomizar homogéneo y heterogéneo al punto de verlos como simples opuestos, sino verlos en tensión.

La experiencia interior que es llevada a cabo cuando se transgrede lo prohibido es también del orden de lo heterogéneo. Silvio Mattoni (2011) explica que para Bataille la experiencia busca lo desconocido, que no puede captarse como concepto; es un no-saber. El erotismo es una experiencia ya que, en esa búsqueda de continuidad y, por lo tanto, de intensidad, debe atravesar senderos desconocidos y transgredir prohibiciones que implican escenas de violencia dentro de la pareja.

Jane Gallop (1988), como Gregori (2003), sugiere que en el concepto de erotismo de Bataille está presente una fantasía de soberanía.[7] Bataille define a lo soberano como “gozar del tiempo presente sin tener en cuenta nada más que ese tiempo presente” (Bataille, 1996: 65). La soberanía anima un movimiento de violencia y de totalidad que implique, por un lado, una ruptura con el orden social homogéneo y, por el otro, una apuesta hacia una existencia heterogénea. El momento de fusión que implica la soberanía pone, a su vez, a los sujetos en comunicación, a través de la cual los seres pueden entrar en continuidad. En los amantes existe una fantasía soberana en la cual los sujetos buscan el éxtasis negando las posiciones sociales, para así fusionarse. La misma exige la pérdida hasta el punto de no-saber. Explica el autor:

[…] solamente aniquilando, al menos neutralizando en nosotros mismos toda operación de conocimiento, estamos en el instante sin rehuirlo. Esto es posible bajo la impresión de emociones fuertes que quiebran, interrumpen o dejan en un segundo plano el desarrollo continuo del pensamiento (Bataille, 1996: 70).

La comunicación fuerte[8], en la cual se encuentran la violencia y el amor, es para Bataille equivalente a la soberanía, porque en ambas el ser se abre incondicionalmente a los otros y se pone en juego. Ambas, la comunicación y la soberanía, se dan en un contexto determinado por las prohibiciones del terreno homogéneo, por lo que será soberano quien infrinja esas prohibiciones, y la comunicación será profunda cuando se recurra al ámbito heterogéneo, violentando lo establecido. Será soberano, dice Antonio Campillo, quien “se niegue a ser siervo y se afirme como señor” (1996: 25). Sin embargo, ese lugar soberano o de cumbre es también un lugar de perdición, ya que exige la posibilidad de la pérdida, de la ruina del sujeto amado. En otros términos, el mundo de los amantes, que es el que aquí me ocupa, se encuentra regido por una lógica fusional por la cual los cuerpos dejan de ser discontinuos, sus particularidades son transgredidas y es así como entre ellos sucede la comunicación. Esta apertura hacia el ser amado, a través de la comunicación, implica una disolución del sujeto. Así lo describe Campillo:

El amor (sea carnal, sentimental o divino) revela “la nostalgia de la continuidad perdida”, es decir, “la búsqueda de un imposible”. El ser aislado y seguro de sí es arrastrado a un movimiento de comunicación con los otros en el que su ser discontinuo se “disuelve” en la continuidad (1996: 23).

Ahora bien, la pérdida de la discontinuidad a través de la cual se relacionan cotidianamente los sujetos con su entorno es un acto violento según Bataille, ya que es una violación a su individualidad. En el erotismo, los seres humanos se colocan en un estado de negación de sí mismos con el fin de entrar en fusión con el sujeto amado y ello, en tanto seres discontinuos, genera reacciones diversas que van desde la atracción a la repulsión, o del entusiasmo al tormento. Desde estas nociones describo y comprendo las dinámicas de la violencia y el amor, y los efectos que generan sobre los cuerpos. En el caso de las peleas analizadas en esta investigación, ambos miembros de la pareja entran en estado de comunicación e intentan ser soberanos sobre el otro. Esto sucede, por ejemplo, en escenas de discusión e insultos donde los jóvenes buscan comprender por qué el sujeto amado actuó de determinada manera. En el caso de las escenas amorosas, el tocarse, besarse y decirse expresiones vinculadas al amor son modos que los/as entrevistados/as hallan para acercarse al otro y derribar, a partir del cuerpo, las distancias o discontinuidades que existen entre ambos.

En esta lógica fusional, la violencia es un mecanismo que los/as entrevistados/as encuentran para acercarse al otro. Luego de una escena de este tipo, la comunicación fuerte vinculada al amor (abrazos, pedidos de disculpas, besos, tener relaciones sexuales) opera como modo de resolver la situación.

Las teorías donde prima una lectura punitiva de la violencia contra las mujeres, entendidas estas últimas como víctimas, invisibilizan, por un lado, que en esas discusiones las parejas intentan entrar en un estado de fusión, comunicación; y, por el otro, las diferentes motivaciones que existen, dentro de las cuales Gregori (1993) enumera: la búsqueda de la soberanía, disposiciones conflictivas de papeles cuyos desempeños esperados no son cumplidos, disposiciones psicológicas, tales como esperar de la pareja ciertas conductas, provocaciones de las mujeres del orden del inconsciente para que sus parejas masculinas reaccionen de una determinada manera, y juegos eróticos.

Es decir que lo que esta investigación trata de analizar son los contextos en los cuales las dinámicas de la violencia y el amor ocurren y el significado que asumen para sus propios protagonistas. Para Sharon Lamb (1999), no cualquier persona puede ser víctima, aunque haya vivido experiencias de violencia física o psicológica. Esta etiqueta es producto de relaciones sociales, culturales y de lenguaje.“La denominación y definición de los términos es, en efecto, una lucha de poder” (Lamb, 1999: 9)[9], es decir, el significado variará según el contexto, el tiempo histórico, quién lo enuncie, sobre qué población se enuncie y para qué fines.

El género, para Judith Butler[[10], posee un carácter performativo “[…] no como un acto singular y deliberado, sino, antes bien, como la práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra” (Butler, 2002: 18). En este sentido, el género no se hace en soledad sino que es performado desde afuera –con o para otro– al estructurar la percepción y organización concreta y simbólica de toda la vida social hasta el punto en que esas referencias establecen distribuciones de poder.[11]La perspectiva de la victimización a través de la caracterización que realiza performa una caracterización de la violencia en las relaciones interpersonales donde las mujeres aparecerán y serán encuadradas siempre como víctimas. Aunque, como describo en el análisis sobre las interacciones de noviazgo, las mujeres también perpetran violencia. No obstante, esto no implica justificar la violencia en tanto fue una provocación de una parte hacia la otra, sino que permite comprender el sentido por el cual se dan esos juegos y conductas de placer y agresión en un momento histórico específico. Además de que hay violencias contra las mujeres que devienen de su condición de mujeres, como por ejemplo cuando Juan ejerce violencia simbólica contra María al no permitirle usar calzas.

Por último, desde una clave histórica, no se debe olvidar que la violencia ha mutado no sólo en las estructuras sociales, sino también en los comportamientos de los individuos. En esa línea, Norbert Elias (2009) ha estudiado desde su teoría de la civilización esas transformaciones y la evolución de larga duración que se han venido dando en ambas esferas. Esto ha llevado en el nivel de la personalidad a una contención de los impulsos pasionales y afectivos, entre los que se halla sin duda la violencia y los sentimientos sociogenéticos de vergüenza y de pudor sobre el cuerpo. En relación con el marco estructural, el monopolio de la violencia física fue transferido a los poderes centrales, quienes actúan generando un mayor grado de sentimientos de represión y prohibiciones en los individuos.[12]

Se conforma así una diferenciación entre una esfera íntima y otra pública, “un comportamiento secreto y otro público” (Elias, 2009: 281). Esta división tiene como correlato una separación creciente del comportamiento de las personas: en el ámbito público comienzan a aumentar estos sentimientos de represión y de pudor, pero no es necesariamente así en el ámbito privado donde los valores de lo público parecieran no tener injerencia de igual modo. Es decir que si bien se modifica el espacio donde se ejerce violencia (pasaje del espacio público al privado), esto no implica la nulidad de la violencia, además de que comienzan a emerger violencias laterales, y se refinan, se vuelven más sutiles, aunque no menos efectivas, otros tipos de violencias.

Un control social más intenso, anclado en la organización estatal, domina sobre las manifestaciones de la crueldad, la alegría por la destrucción y los sufrimientos ajenos, así como la afirmación de la superioridad física. Todas estas formas del placer se ven limitadas por las amenazas del desagrado, por lo que se van “refinando” poco a poco a través de una serie de mecanismos laterales (1989: 231).

Las violencias laterales que comienzan a emerger a través de este refinamiento se pueden visualizar en el hostigamiento –violencia psicológica–, que ejercen los jóvenes sobre sus parejas desde las redes sociales, tales como Facebook y Twitter, y el control de los celulares. Este punto lo desarrollo ampliamente en el segundo capítulo.

1.2.2. El amor y los noviazgos

Para poder llevar a cabo un análisis y descripción sobre las dinámicas de la violencia en tensión con el amor, me resulta necesario desarrollar una definición amplia del amor que me permita abordar la diversidad de prácticas, interacciones, discursos y representaciones que poseen los/as entrevistados/as. Para tal efecto, en primer lugar, presento interpretaciones teóricas sobre esta noción y sus tipos; y, en segundo lugar, hago referencia a perspectivas sociológicas e históricas que me ayuden a describir las pautas y los valores que sostienen los noviazgos de los jóvenes que fueron entrevistados.  

1.2.2.1. Hacia una definición del amor y sus tipologías

Para poder reflexionar sobre la hipótesis de mi trabajo –que existe una estrecha vinculación entre la violencia y el amor–, parto de la premisa de que la realidad social debe ser estudiada desde la idea de tensión (Simmel, 1939), es decir, analizando cómo no existe un tercer momento resolutivo, sino que más bien los conceptos coexisten.

Esta modalidad es retomada, además de por Bataille (2000, 2010) y Gregori (1993, 2003), por Roland Barthes (2001) en su libro Fragmentos de un discurso amoroso. Desde la visión de estos autores creo un marco teórico en referencia al amor que me permita examinar las prácticas, las representaciones e interacciones que involucran el registro de lo amoroso en relación con el amor.

Para comenzar, Barthes (2001) analiza el discurso amoroso desde el indicio de que el mismo siempre será fragmentado y discontinuo, por lo cual los sujetos saltan de un tópico a otro. Esto se ve reflejado cuando los/as entrevistados/as cuentan en un mismo relato escenas de discusión seguidas de escenas de amor. La elección de determinados tópicos o figuras y no de otros es lo que permite comprender el funcionamiento social del discurso (Daniel Pérez, 2008). Dentro de esos tópicos que el autor va enumerando dentro del texto se encuentran algunos vinculados al placer y otros a la violencia, que son identificables en el momento en el que una pareja de novios “hace una escena”. Esta noción me resulta fundamental porque me permite un análisis conceptual de las escenas (Paiva, 2006) de violencia y amor que serán descriptas en la investigación.

Hacer una escena implica para Barthes (2009: 124):

Cuando dos sujetos disputan de acuerdo con un intercambio regulado de réplicas y con vistas a tener “la última palabra”, estos dos sujetos están casados: la escena es para ellos el ejercicio de un derecho, la práctica de un lenguaje del que son copropietarios; cada uno a su turno dice la escena, lo que quiere decir: jamás tú sin mí, y recíprocamente. Tal es el sentido de lo que se llama eufemísticamente el diálogo: no escucharse el uno al otro sino servirse en común de un principio igualitario de repartición de los bienes de la palabra. Los participantes saben que el enfrentamiento al que se entregarán y que no los separará es tan inconsecuente como un goce perverso (la escena sería una manera de darse placer sin el riesgo de engendrar niños).

Para que la escena adquiera una determinada velocidad es necesario para Barthes (2009) un señuelo, por ejemplo, un hecho que uno de los participantes niegue y el otro afirme, o una decisión que uno impone y el otro rechaza. Cada argumento es elegido como respuesta simétrica a lo que el otro dice y sin embargo aumenta por un suplemento de protesta, “por una sobrepuja” que no es otra cosa, dice Barthes, “que el grito de Narciso: ¡Y yo! ¡Y yo!” (2009:127). Mediante la última palabra se intenta abatir al adversario, infligirle una herida narcista reduciéndolo al silencio.

“La escena se desarrolla con vistas a ese triunfo: no se trata de ningún modo de que cada réplica concurra a la victoria de una verdad y construya poco a poco esta verdad, sino solamente de que la última réplica sea la buena: es el último golpe lo que cuenta” (Barthes, 2009: 129).

Dentro de esta lógica, como muestro en el segundo capítulo, se desarrollan las escenas de conflicto en los jóvenes entrevistados.

Según el autor, la escena podría durar infinitamente ya que las quejas, las razones para discutir se pueden ir renovando durante el transcurso de la misma. Sólo las interrumpen tres circunstancias: el cansancio de las partes que la integran, la llegada de alguien externo a la escena o la sustitución brusca de la agresión por el deseo. Estas interrupciones en el contexto de análisis de escenas son abordadas en el segundo y tercer capítulo y me permiten indagar en las representaciones que sustentan la escena de violencia.

Es decir que Barthes (2009), al igual que Georges Bataille (1996, 2007, 2010) y Filomena Gregori (1993, 2003), comprenden que existen diferentes motivaciones y sentidos sobre lo amoroso; algunos de ellos pueden ser categorizados como prácticas violentas que atraviesan el discurso y la interacción entre los amantes.

Tanto Georges Bataille como Erich Fromm poseen una visión cercana al amor como fusión, aunque con sus diferencias. Erich Fromm en su obra El arte de amar (2004 [1975]) describe los diferentes objetos de amor que pueden existir en una sociedad: materno, fraternal, a sí mismo, a Dios y erótico. Todas son formas que le permiten a los sujetos acabar con la separatividad en la que nos encontramos los seres humanos.

Retomo dos definiciones centrales en el pensamiento de Fromm y que aportarán al análisis de la siguiente investigación: la de amor fraternal y erótico. El amor fraternal es la clase más fundamental de amor dado que se encuentra en todos los tipos de amor. Por él se entiende el sentido de la responsabilidad, el cuidado y el respeto. Este tipo de amor es un amor entre iguales: “hoy yo, mañana tú […] no significa que uno sea desvalido y el otro poderoso”, dice Fromm (2004 [1975]: 67). En la definición del amor erótico se encuentra presente la idea de fusión completa con una única persona y el sentimiento de la ternura, propio del amor fraternal. Esa fusión implica para el autor una voluntad de mantener ese compromiso.

En el caso de Fromm, a diferencia de Bataille, su concepción del amor no examina aquellas prácticas que podrían ser categorizadas como violentas. Sólo hace referencia a la violencia en el plano de las uniones orgiásticas, las cuales por su carácter intenso pueden llegar a ser violentas; las mismas involucran a la personalidad total, definida por el autor como cuerpo y alma, son transitorias y periódicas.

En contraposición a esta idea del amor como fusión, propia del amor romántico, que implicaría una “escena del Uno”, Alain Badiou (2012) propone que el mundo de los amantes es un mundo por fuera de las seguridades, que se inicia con un encuentro marcado por la contingencia, es decir, por fuera de cualquier explicación lógica racional, pero que luego ese encuentro azaroso se fijará a través de la declaración verbal del amor. Esa declaración permite que comience una construcción duradera, por lo que para Badiou lo más interesante acerca del amor tiene que ver no con el éxtasis del comienzo y del encuentro (Bataille, 2010), sino con la duración. Esa duración en el tiempo es la que permite que se inicie una construcción de una “escena del Dos”, basada en la diferencia, en la separación. Por lo que “el amor no es solamente el encuentro y las relaciones que se tejen entre dos individuos, sino una construcción, una vida que se hace, ya no desde el punto de vista del Uno, sino desde el punto de vista del Dos” (2012: 35). El amor es una declaración de eternidad que debe realizarse en el tiempo, aunque no perdure por siempre se trata de llevar a cabo un compromiso en el tiempo, una construcción. Esto es la fidelidad para Alain Badiou. La promesa de eternidad, como explico en el segundo capítulo, es una práctica habitual entre los/as entrevistados/as.

En otras palabras, Badiou no desconoce la intensidad y la fusión que se consuma en cada encuentro entre los enamorados, la cual si bien posee una gran belleza artística no es una verdadera filosofía del amor, porque al poner sólo el énfasis en el momento excepcional del encuentro pareciera que el mundo permanece exterior a la relación. Sin embargo, estas perspectivas difieran en dónde colocan el foco de análisis, considero que ambas son pertinentes y no contradictorias, porque me permiten abordar la fusión del encuentro y los preceptos que atraviesan las pautas de cortejo y de noviazgo en estos jóvenes. Además, basándome en el pensamiento simmeliano, los conceptos de amor romántico y amor confluente pueden ser pensados en tensión. Por otro lado, tanto Bataille (2010), afín a la idea de fusión, como Badiou (2012), afín a la de construcción, reconocen el dolor y la violencia en el amor.

Por otra parte, para Margarita Camarena Luhrs (2010), el amor implica que un “yo” es capaz de reconocerse en algún o algunos “tú”, admitiéndolos como yoes alternativos en una experiencia alienante e indefinible, identificada como un estado deseable, pese a que culmine en el desprendimiento de quien se ama. Para la autora, la forma de concebir y sentir el amor está infiltrada por relaciones de poder desiguales. Según Camarena Luhrs, el amor en nuestros días no puede ser pensado como un simple darse a sí mismo, entrega absoluta; por el contrario, al estar atravesado por relaciones de poder, lo que prima es una similitud de los valores del amor y los del odio. Este esquema actual del amor se compone de elementos intrínsecos: prima el “tener” y, en consonancia, la ansiedad, la hostilidad, la frustración, la angustia, la agresividad, el sufrimiento, el miedo y la culpabilidad. En nuestra época los conflictos y las desilusiones medran el entusiasmo y la supuesta seguridad basada en las expectativas del amor (Camarena Luhrs, 2010). Es así como se aceptan y conciben como legítimas relaciones amorosas donde priman diferentes tipos de violencia: “en este sentido –afirma Camarena Luhrs– el amor es una forma de alienación” (Camarena Luhrs, 2010: 142). Para la autora, el amor debería ser un acto de valentía y no de temor, y se requiere que sea un acto entre iguales, por lo que debe poseer un carácter dialógico (Freire, citado en Camarena Luhrs, p. 146).

En relación con los efectos negativos que puede producir el amor, para Frabetti (2009) el amor se distingue de la amistad por una mayor cantidad e intensidad de factores negativos: posesión, dependencia, celos, ansiedad, irracionalismo, agresividad latente o manifiesta, mitificación, exclusividad, inestabilidad.

Las conceptualizaciones sobre los aspectos negativos del amor de Frabetti (2009) y Camarena Luhrs (2010) me permiten examinar, dentro de mis objetivos, si los/as entrevistados/as consideran a la ansiedad, los celos, la angustia, entre otros, dentro de sus representaciones de lo amoroso y el noviazgo, o de la violencia.

En contraposición con estas visiones, para Badiou (2012) es un error poner el foco de estudio y análisis sobre el amor como “riesgo cero” y seguridad. Es una tarea de la filosofía defenderlo reinventando el riesgo y la aventura. Para el autor, el amor de pareja está marcado por el goce de los cuerpos, a diferencia de la amistad, y según su perspectiva los celos son un parásito artificial del amor y no forman parte de su definición. Las dificultades inmanentes del amor, las contradicciones internas de la escena del Dos pueden proyectarse en un tercero real o imaginario. El enemigo del amor es el egoísmo del yo, no el rival. Es el yo cuando no acepta la diferencia, “que quiere imponer su mundo contra el mundo filtrado y reconstruido en el prisma de la diferencia” (Badiou, 2012: 60). Sin embargo, el autor no desconoce y afirma que el amor tiene también sus propios regímenes de contradicciones, sufrimientos y violencias; dice: “Es una de las experiencias más dolorosas de la vida subjetiva, ¡hay que reconocerlo!” (2012: 61).

El amor pasión, para Giddens (1992) y para Alberoni (1988), es desorganizador, desarraiga al individuo de lo mundano y genera ciertos sacrificios. Está marcado por las compulsiones erótico-sexuales e implica una ruptura con la rutina y el deber. En el amor romántico –que incorpora elementos del amor pasión, como la idea de “búsqueda” del ser amado ideal–, los afectos y sus expresiones corporales, como caricias o besos, tienden a predominar sobre la relación sexual. Otros rasgos que moldean el amor romántico son la idealización, la absorción del otro y la propuesta de un proyecto compartido que perdure en el tiempo.

En las relaciones amorosas actuales, para Giddens (1992), prima la idea de amor confluente. Este tipo de amor, si bien posee características del amor romántico, se diferencia del mismo dado que reviste un carácter contingente por el cual cuestiona la condición necesaria de la fidelidad y del amor “para toda la vida”. Me interesa retomar tanto el concepto de amor romántico como de amor confluente al momento de analizar las entrevistas dado que considero que me permite un abordaje más exhaustivo, y no pensar el amor confluente en contraposición con el amor romántico, sino más bien como series (Foucault, 1970) coexistentes, en tensión, que se encuentran en el discurso de los enamorados. Es decir, no como una unidad, sino como series que permiten describir las discontinuidades.

Teniendo en cuenta estas diferentes formas de amor conceptualizadas en las páginas anteriores   –amor fraternal, amor romántico y amor confluente, amor construcción, amor fusión–, abordo las entrevistas y describo las representaciones, prácticas y discursos de los entrevistados en torno al amor como así también analizo cuánto del discurso amoroso es permeable a aquello conceptualizado como violencia.

1.2.2.2. Los noviazgos: sus pautas y valores

Para poder indagar en las prácticas y representaciones que tienen estos jóvenes sobre la violencia y el amor, es necesario rastrear en las pautas de cortejo y de noviazgo heterosexual. Isabella Cosse (2010) ha estudiado la variabilidad de las convenciones que pautan el noviazgo entre varones y mujeres abarcando los años que van de 1950 a 1975. A comienzos de los años cincuenta, para la autora, estas convenciones estaban organizadas en función del matrimonio, aunque a su vez comenzaba a surgir una sociabilidad más distendida, un cortejo más desenvuelto con citas a solas y estilos de noviazgo más flexibles. Se comenzaron a reconfigurar, así, algunas reglas preexistentes, lo cual permitió un trato más directo y espontáneo entre los jóvenes, como así también una más rápida expresión de contacto y deseo entre ellos (no incluía las relaciones sexuales prematrimoniales) sin que ninguna de ambas implique necesariamente un compromiso futuro. El posterior matrimonio implicaba que las mujeres pasarían a ocupar el rol doméstico de madres, esposas y amas de casa, mientras que los varones lo harían en tanto jefes de hogar y proveedores del mismo. Para 1970 estas pautas de cortejo estaban institucionalizadas y comienza a disociarse la sexualidad del matrimonio. Se incluyen las relaciones sexuales prematrimoniales en tres momentos: como prueba para el matrimonio, como expresión de amor y como parte de la atracción; se cuestionan las divisiones de género y se legitiman las uniones libres y el divorcio. Sin embargo, ese panorama, explica la autora, puede ser comprendido como una reactualización de la familia afectiva, la pauta heterosexual y las uniones estables: “El carácter contradictorio constituye un rasgo inherente a las transformaciones” (2010: 208).

Cosse explica que estos cambios atravesaron a toda la sociedad y especialmente a la clase media. Centraliza el comienzo de los mismos en los vínculos heterosexuales de clase media de la ciudad de Buenos Aires y en el área metropolitana dentro de los círculos vinculados al campo intelectual, artístico y al hippismo. Esta lectura me resulta provechosa porque en este trabajo me propongo continuar con el estudio de la experiencia amorosa en los vínculos heterosexuales de esta clase y rastrear desde las pautas de cortejo y de noviazgo, como se dijo anteriormente, sus representaciones e interacciones sobre la violencia y el amor, teniendo en cuenta las variabilidades y las tensiones con las cuales se van desarrollando. Estas pautas de cortejo determinan los discursos sobre el noviazgo y el amor que se plasman en las experiencias (Scott, 1992) amorosas de estos jóvenes de clase media. A la vez que su pertenencia a la clase media y el hecho de vivir en la ciudad también configuran experiencias de intimidad y sociabilidad específicas.

Anthony Giddens, en Modernidad e identidad del yo (1997), reflexiona sobre las transformaciones de la intimidad que se han venido desarrollando en la Modernidad, en la cual se constituye la idea de “relación pura”. La noción de intimidad del autor remite a una “vida con sentido” en la cual se pondera una relación de calidad con espacios para su desarrollo por fuera de actividades impersonales. En la misma, hay lugar para los lazos familiares y de amistad. Por ejemplo, en el caso de Paz, una entrevistada, su casa es un espacio donde la pareja puede experimentar plenamente la intimidad.

La consolidación de la pura relación viene aparejada a la emergencia del amor confluente. En la misma, desaparecen los criterios externos en tanto que es una relación que inician los sujetos con el propósito de proporcionarse satisfacción emocional a través del contacto íntimo sin buscar un provecho que exceda la recompensa que otorga la propia relación y que durará mientras esto suceda de ese modo.

Giddens (1997) reconoce que las relaciones puras están marcadas tanto por la gratificación de la reciprocidad de sentimientos como por las tensiones y el conflicto, pero para que la relación continúe debe mantenerse el criterio de satisfacción entre las partes. Para mejorarla y poder medir el desempeño propio dentro de la relación pura existen diferentes consumos culturales que aportan a la reflexividad del yo y a una constante autoevaluación propia y de la pareja. La noción de confianza es imprescindible para el desarrollo de la personalidad ya que se vincula a la necesidad de una seguridad ontológica que poseen los seres humanos en un contexto moderno marcado por la cultura del riesgo. Este punto se reitera en los diferentes relatos de los/as entrevistados/as, como expongo en el segundo capítulo. La confianza, en pocas palabras, implica “fiarse de lo que otro dice y hace” (Giddens, 1997: 125). Esto conduce a que la pregunta “¿está todo bien?” resuene constantemente en este tipo de relaciones.

Otro punto central en las relaciones puras es la entrega, la cual es definida en el sentido contemporáneo del amor romántico de la siguiente manera:

¿Qué es la persona entregada en el seno de una relación íntima? Es alguien que aun reconociendo las tensiones inherentes a una relación en su forma moderna, está no obstante dispuesto a no perder la oportunidad de mantenerla, al menos a medio plazo (y a aceptar que sus únicas recompensas serán las propias de la relación misma) (Giddens, 1997: 15).

Por último, el autor considera que en este tipo de relaciones hay una cierta simetría en las relaciones de poder entre los papeles y prácticas sociales de los individuos que la componen.

Los valores de la confianza, la entrega, la simetría que propone Giddens (1997) sirven para pensar las interacciones de los jóvenes con sus parejas y poder evaluar cuáles son las expectativas dentro de un noviazgo en relación con la violencia y el amor. Por otro lado, estos conceptos son provechosos para analizar algunas frases de los/as entrevistados/as que sintetizan sus representaciones sobre los diferentes tipos de amor presentados (amor romántico, amor confluente, amor pasión, entre otros) que, aunque diferentes, convergen y coexisten en sus relaciones de pareja.

1.2.3. Sobre la corporalidad

Desde perspectivas sociohistóricas y filosóficas ahondo en los efectos más visibles del amor y la violencia en los cuerpos de jóvenes como así también en las representaciones que poseen los sujetos sobre su cuerpo en relación con ambos conceptos. Considero que el diálogo entre perspectivas de diferentes disciplinas me permite examinar más exhaustivamente los objetivos en relación con la corporalidad planteados en esta invetigación.

En el primer apartado, propongo un marco teórico en el cual presento interpretaciones provenientes de las ciencias sociales y humanas sobre la noción de cuerpo que al momento de la investigación empírica me permitan reflejar las gestualidades y representaciones del amor y la violencia sobre el cuerpo que poseen los/as entrevistados/as. En el apartado posterior, abordo los cuerpos entendidos como fuerzas abiertas que, en tanto fronteras, son afectados por diferentes entornos y sujetos (tanto tangibles como virtuales), a la vez que ellos también afectan. Desde esta premisa comprendo los efectos de las dinámicas de la violencia y el amor sobre los cuerpos, y cómo son percibidas por los jóvenes.

1.2.3.1. Lecturas teóricas sobre las expresiones del cuerpo

Para comenzar, desde una dimensión sociológica, parto de la propuesta de que los individuos se expresan tanto por lo que dicen como por lo que emanan (Goffman, 1971). En esta afirmación, en la cual pareciera resonar la ley primera del pensamiento goffmaniano, se está poniendo en el centro la expresión corporal de los individuos. El registro de lo amoroso, como el de lo violento, es expresado centralmente desde la corporalidad.

Desde la misma disciplina, Giddens (1997) afirma que “lo que vale para el yo y para el ámbito de las relaciones puras, vale igualmente para el cuerpo” (1997: 127). Por su parte, David Le Breton dice: “la existencia del hombre es corporal” (1995: 7). La violencia y el amor se materializan sobre los cuerpos y se expresan a través de los mismos. Por lo tanto, la expresión emanada nos acompaña en cada interacción y me lleva a considerar la noción de cuerpo como central dentro de esta investigación.

El dualismo cartesiano de cuerpo y mente, por el cual la primera noción pasará a tener un lugar secundario vinculado a la naturaleza, y la segunda una posición de superioridad, atravesará las diferentes teorías que abordan el cuerpo desde diferentes vertientes (Pozo, 2012; Pedraza, 2009).[13]

Bryan Turner (1984), pionero en los estudios de sociología del cuerpo, apunta a una perspectiva teórica del cuerpo que no se reduzca a lo material, sino que lo comprenda como “una metáfora más general para la estructura y función de la sociedad en su conjunto” (Turner, 1984: 177). En otras palabras, la corporalidad puede ser interpretada como aquellas prácticas sociales que implican al cuerpo, ya que ésta resulta de un proceso constante a partir del cual se construyen las personas en relación con otros. Por ende, nuestra corporificación requiere constantes y continuas prácticas de trabajo corporal, por medio del cual se presenta y mantiene al cuerpo en un marco social en donde prestigio, persona y estatus giran de manera fundamental “alrededor de mi presencia corporificada en un espacio social significativo” (Turner, 1984: 14).

El cuerpo es un espacio físico porque es un límite y un medio que constriñe y restringe nuestros movimientos. Pero esto no habilita a pensarlo como un entorno extraño y objetivo para el sujeto. Por el contrario, el cuerpo es vivido por cada sujeto dentro de una cultura determinada que va cambiando a través del tiempo y sus prácticas (Turner, 1984). Para Giddens (1997) el cuerpo no es sólo una entidad física que poseemos, es también un sistema de acción y su implicancia en las interacciones de la vida cotidiana le da sentido a la identidad del yo. Por este motivo puede afirmarse que el cuerpo es un proceso histórico y social nunca acabado, no reductible a un simple aspecto anatómico, porque el sujeto y su cuerpo se van constituyendo en relación con quienes interactúan (Turner, 1984; Le Breton, 1995; Giddens, 1997). Esta paradoja puede expresarse diciendo que yo tengo un cuerpo, pero también soy un cuerpo (Turner, 1984), esto significa que mi cuerpo es una presencia inmediata vivida, más que un mero entorno extraño y objetivo.

Desde una perspectiva histórica, Thomas Laqueur (1994) ha comprendido al sexo como al ser humano de forma contextual, y Georges Vigarello ha historizado sistemáticamente al cuerpo y las variaciones de la sensibilidad social en relación con la violencia física y sexual que se ejerce sobre el mismo (Vigarello, 1998; Corbin, Courtain y Vigarello, 2006). Para comprender el cuerpo como un proceso histórico y social y no sólo como espacio, entorno espontáneo y natural, considero relevante pensarlo como blanco de relaciones de poder que varían a lo largo de la historia y que configuran así históricamente a los cuerpos.

En su hipótesis represiva Michel Foucault explica que “las relaciones de poder lo convierten en una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten al suplicio, lo fuerzan a trabajos, lo obligan al trabajo, exigen de él signos” (Foucault, 2008 [1975]: 35). Sin embargo, las relaciones de poder para el autor no sólo generan un efecto represivo sobre los cuerpos. Foucault habla de un doble impulso: placer y poder, en el cual existe un placer de ejercer poder que vigila, a la vez que hay placer de huir, escandalizar o resistir. “El placer irradia sobre el poder que lo persigue; el poder ancla el placer que acaba de desembozar” (Foucault, 2002: 47). Es decir que el poder no es sólo coactivo, sino que también construye, es positivo en el sentido de que es productor, fabrica sujetos a través de dispositivos, seduce, tienta y genera resistencias. Por ejemplo, en las relaciones de poder dentro de la pareja de Daniela y Germán, él censura a su novia sobre lo que tiene permitido vestir, pero ella resiste vistiendo lo que desea o prohibiéndole que se relacione con su mejor amiga. Además, al ser el poder, en un sentido positivo, dador de placer, hace que las personas esperen que sus parejas actúen, por ejemplo, con celosía como muestra de amor. Esto es desarrollado en el caso de Juan y María, en el segundo capítulo.

Sobre los cuerpos, entendidos como entorno, pueden verse materializados la violencia y el amor en las relaciones interpersonales. Los sujetos no sólo poseen un cuerpo sino que éstos son construidos sobre la base de esa violencia y expresan sentidos y representaciones sobre la violencia y el amor a través de los cuerpos, es decir, “el cuerpo metaforiza lo social y lo social metaforiza al cuerpo” (Le Breton, 2002: 73). Lo cual significa que la corporalidad resulta de un proceso histórico-social constante a partir del cual se construyen las personas en relación con otros, a su vez que las marcas de lo social pueden hallarse en la expresión emanada de los sujetos (Goffman, 1971), en su gestualidad (Le Breton, 2002). En el tercer capítulo llevo a cabo una descripción y análisis sobre la gestualidad violenta y amorosa de los/as entrevistados/as con sus parejas. A partir de la misma abordo el objetivo de comprender cómo los jóvenes perciben los efectos de la violencia y el amor sobre sus cuerpos.

Los estudios sobre la gestualidad para Le Breton comprenden lo que los actores hacen con sus cuerpos cuando se encuentran entre sí:

Rituales de saludos o de despedidas (signos con las manos, movimientos de cabeza, estrechamiento de las manos, abrazos, besos en la mejilla o en la boca, gestos, etc.), maneras de afirmar o de negar, movimientos del rostro y del cuerpo que acompañan la emisión del habla, dirección de la mirada, variación de la distancia que separa a los actores, maneras de tocarse o de evitar el contacto (2002: 46).

Para Bourdieu (2000), en el cuerpo se manifiestan diferentes sentimientos, dentro de los cuales, se puede vincular a la vergüenza y la humillación con situaciones de violencia, y a la admiración y el respeto con el amor. Las mismas se traducen en manifestaciones visibles como el rubor, la confusión verbal, la torpeza, el temblor, la ira o la rabia.

Es el cuerpo el espacio capaz de conformar performativamente (Butler, 2002) los atributos tanto de la femineidad como de la masculinidad. Connell (1995) describe la masculinidad como la posición en las relaciones de género, las prácticas por las cuales los hombres y mujeres se comprometen con esa posición y los efectos de estas prácticas en la experiencia corporal, en la personalidad y en la cultura. Comprende de esta manera que la masculinidad hegemónica no es fija, sino que sólo lo es en un modelo determinado de relaciones de género y en posiciones disputables por otros. Los cuerpos no están escindidos de prácticas y relaciones de poder que lo atraviesan (Foucault, 1976), que abarcan lo amoroso y lo violento.

Desde un abordaje filosófico, Graciela Frigerio (2006) se pregunta si es posible pensar el amor por fuera del cuerpo. Para hallar una respuesta retoma a Jean-Luc Nancy (2004), quien explica que es imposible pensar el alma y lo que ella siente por fuera del cuerpo. Estas perspectivas me sirven para describir dos objetivos de esta investigación: por un lado, las representaciones que tienen sobre el cuerpo, el amor, el noviazgo y la violencia los varones y las mujeres que integran estos noviazgos; y, por el otro, cómo los jóvenes perciben los efectos de la violencia y el amor sobre sus cuerpos.

El cuerpo es una superficie que siente y que “sostiene las representaciones, envuelve los afectos, deja que se inscriban las sensaciones como letras de tinta visibles e invisibles que abandonan sus marcas en la piel” (Frigerio, 2006: 34). Por ende, para el autor es imposible pensar sin cuerpo. Para Nancy, el alma y el cuerpo no pueden ser conceptualizados dicotómicamente, sino que el cuerpo sostiene, hace límite de lo que es alma (Frigerio, 2006). La piel siente y sobre ella se hacen sentir, recíprocamente y desde diferentes frentes, las representaciones y sensaciones de la propia alma con otras. El alma, a su vez, no debe pensarse como uniforme sino más bien tensionada internamente y por objetos externos.

Frases que aparecen en las entrevistas y que me permiten entender los efectos del amor sobre el cuerpo son “mariposas en la panza”, “piel de gallina” o “me agarra algo en la panza”. Estas sensaciones, que tienen parte de su sustento en las representaciones sobre el amor que poseen los/as entrevistados/as, resumen emociones internas del alma sucedidas, por ejemplo, en el momento de contacto piel a piel con el sujeto amado. Las mismas, a su vez, son canalizadas por los sujetos a partir de gestualidades amorosas como abrazos o besos. Sobre estos puntos me explayo en el tercer capítulo.

12. El cuerpo puede hacerse hablante, pensante, soñante. Él siente todo el tiempo algo. Siente lo que es corporal. Siente la piel y las piedras, los metales, las hierbas, las aguas y las llamas. Nunca deja de sentir.13. Sin embargo, lo que siente es el alma. Y el alma siente, para empezar, el cuerpo. Ella lo siente de todas partes que la contiene y la retiene. Si no la retuvieran, ella se escaparía en palabras vaporosas que se perderían en el cielo (Jean-Luc Nancy, 2007: 15).

Alain Badiou también reconoce la importancia de pensar el cuerpo. En su obra Elogio del amor, expresa la impronta y la especificidad del amor de pareja sobre los cuerpos. Dice: “[…] liberar el cuerpo, desvestirse, estar desnudo/a para el otro, realizar gestos inmemorables, renunciar al pudor, gritar, toda esa inclusión del cuerpo en la escena es la prueba de un abandono en los brazos del amor. Es asimismo una diferencia radical con la amistad” (2012: 40). En la amistad no son necesarias las pruebas corporales que se vinculan con el goce de los cuerpos. Las mismas son descriptas a lo largo del tercer capítulo y me permiten afrontar el objetivo de comprender los efectos del amor en el cuerpo.

1.2.3.2. Cuerpos umbrales: cuerpos energéticos

Pensar el cuerpo atravesado por la historia no equivale, basándome en Elizabeth Grosz (1994) y Judith Butler (2002), a interpretarlo como un cuerpo pre-dado, pasivo, sobre el cual se configuran preceptos culturales. La idea de un cuerpo “natural” que justifica ciertas creencias y regímenes corporales es un producto discursivo. Las autoras abordan el cuerpo como un cuerpo vivo, en términos de Spinoza, es decir, planteándolo como potencia y en sus capacidades de ser afectado, de afectar y de actuar (Grosz, 1994). Por ello, los límites, la potencia y los poderes de las corporalidades no se hallan fijados, sino que se desarrollan de forma difusa en función de la interacción con otros cuerpos en entramados de relaciones físicas, sociales y culturales (Pozo, 2012).

El aporte de Grosz (1994) resulta de interpretar el cuerpo como un objeto discursivo situado histórica y culturalmente, y como el objetivo crucial en las batallas sexuales, políticas y económicas, al igual que lo conciben las feministas de la tercera ola (Bellucci y Rapisardi, 2001), pero también como un umbral en el cual se ponen en tensión binarismos tales como: privado o público, propio o del otro, natural o cultural, físico o social, instintivo o aprendido, psicológico o social, genética o ambientalmente determinado y, a los efectos de esta investigación, la violencia y el amor. Según Donna Haraway (1991) están emergiendo nuevos límites fluidos que rompen con los dualismos modernos entre yo y otro, cuerpo y mente, humano y animal, humano y máquina, conciencia y sueño, vida y muerte, hombre y mujer, que provienen del despliegue de nuevas tecnologías cibernéticas en la biología y la medicina, en los lugares de trabajo, en las escuelas, en las lógicas de dominación del capital transnacional, entre otras áreas de la vida social. Estos límites fluidos están generando la existencia de sujetos y organismos híbridos, que pueden ser englobados dentro de la metáfora de cyborgs. El discurso científico-técnico es uno de los principales medios actuales para la determinación de qué somos, quiénes somos, dónde estamos y qué es lo que podemos llevar a cabo. Por ejemplo, una conversación en un contexto virtual que no implica una presencia física y material genera, sin embargo, efectos muy tangibles que, según Gabriel Kaplún (2004), pueden llegar al llanto, la excitación o el orgasmo.

Andrada de Gregorio y Sánchez Perera (2013) consideran que es necesario superar la visión moderna de la tecnología que implicaría que la misma surge para suplir las carencias de los seres humanos, es decir que persiste en ella una caracterización mimética: aquel dispositivo es simplemente un instrumento para el agente. Para las autoras, debería ser considerado una prótesis, “una parte del sistema cognitivo en cuestión, a pesar de no encontrarse en contacto directo con nuestro cuerpo; a pesar de no ser una prótesis penetrante” (Andrada de Gregorio y Sánchez Perera, 2013: 50). Lo cual permitiría superar y ampliar la visión de Turner (1984) de que el cuerpo es un espacio porque posee un límite físico.

Los celulares y su acceso a las redes sociales son un ejemplo de prótesis. Como explico en el segundo y tercer capítulo, desde allí los jóvenes entrevistados emiten mensajes de afecto o controlan/celan a sus parejas. Desde esta visión ampliada de la espacialidad que ocupan los cuerpos de los/as entrevistados/as, debido a su sociabilidad por medio de las redes sociales, examino las prácticas, discursos, representaciones e interacciones de la violencia y el amor que poseen; y analizo los efectos que las mismas generan en sus cuerpos.

Para la antropología histórica puede interpretarse el cuerpo actual englobando un amplio abanico de experiencias ancladas en situaciones neoliberales, capitalistas, de consumo y en uso de conocimientos y tecnologías que les permiten a los sujetos emprender acciones capaces de modificar los elementos de su condicionamiento, que van desde su constitución genética hasta su configuración afectiva (Pedraza, 2009). Retomo para esta investigación este abordaje de Zandra Pedraza como así también su énfasis en situar en el centro del análisis al ser humano concreto con sus acciones y pensamientos, sus sentimientos y sufrimientos (Van Dülmen, 2000; Pedraza, 2009). Desde esta premisa, los cuerpos jóvenes pueden interpretarse como espacios particularmente tensos y “es quizás uno de los campos de batalla preferidos de la modernidad” (Kaplún, 2004: 2).

Es en esta idea de cuerpo como umbral, tensionado, coaccionado y agente de resistencias, donde me interesa centrar los efectos de la violencia y el amor en los cuerpos, entendidos como cuerpos vivientes dotados de energía que afectan y son afectados, que resisten y actúan. Tal como explica Le Breton, “la construcción social y cultural del cuerpo no es solamente de abajo para arriba, sino también a la inversa: implica la corporeidad no sólo en la suma de sus relaciones con el mundo, sino también en la determinación de su naturaleza” (Le Breton, 2002: 33). En este marco considero relevante una concepción energética del cuerpo en la cual los cuerpos vivientes son fuerzas (Nancy, 2007), y no meros receptáculos que se comunican a través de la piel: “la piel toca y se hace tocar” (Nancy, 2007: 32). Reflexionar en torno a la piel permite pensar los efectos de la violencia y el amor sobre los cuerpos, ya que es sobre ella que se efectivizan los sentires, tanto para acariciar como para lastimar al otro. Es desde ella que nos abrimos hacia el afuera, al mismo tiempo que es el envoltorio que contiene nuestro adentro. Es la piel el umbral (Grosz, 1994) o frontera (Nancy, 2007) donde se inscribe la tensión entre el adentro y el afuera desde el cual tocamos y somos tocados (Nancy, 2007).

Dice el autor sobre la piel en el indicio 54 de su texto 58 indicios sobre el cuerpo:

El cuerpo, la piel: todo el resto es literatura anatómica, fisiológica y médica […]. Mas la verdad está en la piel, hace piel: auténtica extensión expuesta, completamente orientada al afuera al mismo tiempo que envoltorio del adentro, del saco lleno de borborigmos y de olor a humedad. La piel toca y se hace tocar. La piel acaricia y halaga, se lastima, se despelleja, se rasca. Es irritable y excitable. Toma el sol, el frío y el calor, el viento, la lluvia, inscribe marcas del adentro –arrugas, granos, verrugas, excoriaciones– y marcas del afuera, a veces las mismas o aun grietas, cicatrices, quemaduras, cortes (Nancy, 2007: 32).

Para Nancy (2007) los cuerpos son diferencias cargadas de fuerzas situadas y tensadas unas contra las otras, lo cual implica que los cuerpos son todo lo contrario de lo cerrado y lo acabado, son abiertos, expuestos. Para el autor, “el contra (en contra, al encuentro, ‘cerquita’) es la principal categoría del cuerpo. Es decir, el juego de las diferencias, los contrastes, las resistencias, las aprehensiones, las penetraciones, las repulsiones, las densidades, los pesos y las medidas” (2007: 20). Esto implica que cada sujeto posee un cuerpo a la vez que éste nos posee, es decir que genera efectos. El cuerpo es una “colección de colecciones”: de piezas, de pedazos, de miembros, de estados, de funciones, de otros cuerpos que cada uno tira para sí mismo desorganizando el todo. En las descripciones de las dinámicas de la violencia y el amor, desarrolladas en el tercer capítulo, presento los cuerpos de los amantes en dicha situación de alteración. Por ejemplo, el testimonio de Carla plantea que en una discusión con su novio “su corazón late más fuerte”, lo cual en términos de Nancy (2009) remite a la idea de que el cuerpo, al estar tironeado, siente sus partes separadas una de la otra y actuando independientemente entre sí.

El autor propone pensar el cuerpo como una unidad por fuera de sí, que se siente y se toca siempre en relación al exterior, lo cual no permite que uno pueda sentirse sin notar a otro y sin que éste me sienta (Nancy, 2010). Desde aquí discute, por un lado, con las perspectivas que piensan el cuerpo contra el alma, por ejemplo, aquellas que consideran al cuerpo como una realidad material inerte que es socialmente construida; y, por el otro, con las que hacen del cuerpo un alma al pensarlo como cuerpo significante o expresivo por sí mismo.


  1. La Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer tuvo lugar en la ciudad de Beijing, capital de la República Popular China, en septiembre de 1995.
  2. Esta definición sobre violencia de género se incluye en el artículo 4.° de la Ley 26.486, “Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales”. La ley incluye los diferentes tipos de violencias y ámbitos donde se manifiestan. En su artículo 6.º versa sobre los diferentes ámbitos donde puede ser ejercida la violencia: a) Violencia doméstica contra las mujeres: aquella ejercida contra las mujeres por un integrante del grupo familiar, independientemente del espacio físico donde esta ocurra; b) Violencia institucional contra las mujeres: aquella realizada por los/las funcionarios/as, profesionales, personal y agentes pertenecientes a cualquier órgano, ente o institución pública; c) Violencia laboral contra las mujeres: aquella que discrimina a las mujeres en los ámbitos de trabajo públicos o privados; d) Violencia contra la libertad reproductiva: aquella que vulnere el derecho de las mujeres a decidir libre y responsablemente el número de embarazos o el intervalo entre los nacimientos; e) Violencia obstétrica: aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, y f) Violencia mediática contra las mujeres: aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación.
  3. La perspectiva del contrato social de autores como Thomas Hobbes, John Locke y Jean-Jacques Rousseau, para los cuales los hombres tras la firma del pacto o contrato vuelven a ser nuevamente seres universalmente iguales como eran en el “estado de naturaleza”, esconde una sociedad civil que excluye a las mujeres de sus derechos y beneficios (Pateman, 1995; Femenías, 2009).
  4. “Para entender como se constituem as relações de violência nós podemos tentar acompanhar com sistematicidade como o cotidiano de posições vai se estabelecendo entre os parceiros. Mas considero que, além desse acompanhamento, é importante entender uma singular representação sobre o sentido do erotismo –como essa que está presente em Bataille– que supõe que o prazer sexual emana da dissolução de formas sociais ou ainda a presunção, que pode culminar em exercícios metafóricos ou literais, da violação –no sentido mesmo de agressão– de corpos” (Gregori, 2003: 99). [Traducción propia al idioma español].
  5. Si bien Erving Goffman utiliza una metodología basada en la observación participante y participante observación (Piovani, 2007), su concepto de interacción me resulta útil para reconstruir las escenas de pareja, tanto de índole violenta como amorosa, que obtuve a partir de entrevistas. Además, durante el desarrollo de las mismas a ambos miembros de la pareja en conjunto, pude observar gestualidades vinculadas al amor y a la violencia. Agrego también que en algunos fragmentos del libro, en particular en el capítulo tercero, haré referencia a otros conceptos del autor tales como segregación de auditorios, cara o fachada, que si bien serán utilizados de forma secundaria, permitirán ampliar la descripción y análisis de las entrevistas.
  6. Los elementos heterogéneos reaparecen de forma espectral en el mundo de lo homogéneo para que éste resignifique sus valores y pueda demarcar un nosotros diferente de aquello que rechaza. Estos elementos provocan reacciones afectivas en las personas que tensan entre la atracción y la repulsión. Esta tensión o dualidad atraviesa el mundo heterogéneo y constituye un heterogéneo o sagrado superior (formas elevadas e imperativas) y uno inferior (formas miserables).
  7. Jane Gallop (1981) desarrolla una relectura del erotismo en Sade y revisa cómo fue interpretado el mismo por George Bataille. Gregori (2010) explica que según Gallop la teoría de Bataille enfatiza en la disolución de los lazos sociales y la soberanía absoluta de un sujeto con respecto al deseo. Mientras que Gallop encuentra en los textos del Marqués de Saque referencias a alianzas entre los libertinos y resistencias.
  8. Bataille, en La literatura y el mal, diferencia entre comunicación débil y comunicación fuerte: “Se puede ver, si se me ha seguido, que existe una oposición fundamental entre la comunicación pobre, base de la sociedad profana (de la sociedad activa, en el sentido en que la actividad se confunde con la productividad) y la comunicación fuerte, que abandona a las conciencias, que se reflejan una a otra, o unas y otras, en ese impenetrable que es su ‘en última instancia’. Vemos además que la comunicación fuerte es primera, es un dato simple, apariencia suprema de la existencia, que se nos revela en la multiplicidad de las conciencias y en su comunicabilidad. La actividad habitual de los seres –lo que llamamos ‘nuestras ocupaciones’– les separa de los momentos privilegiados de comunicación fuerte, que fundamentan las emociones de la sensualidad y de las fiestas, que fundamentan el drama, el amor, la separación y la muerte” (Bataille, 2000: 277).
  9. The naming and defining of terms is indeed a power struggle” ( Lamb, 1999: 9) [Traducción propia]
  10. Un paradigma que deconstruye la idea de la identidad como universal y estática es la tercera ola del feminismo o feminismo de la multiplicidad de diferencias (Bellucci y Rapisardi, 2001). Este nuevo feminismo –con su correlato académico en los estudios queer– pone en discusión ciertas categorías como la de sujeto trascendental, las certezas en el devenir de la historia, la idea de totalidad cerrada y de identidades fijas, la dimensión representacional del lenguaje y las ilusiones de transparencia. Dentro del feminismo de la tercera ola, aunque con diferencias teóricas, se encuentran autoras como Rosi Braidotti, Judith Butler, Beatriz Preciado y Monique Wittig.
  11. De allí que Joan Scott plantee en su definición de género sus imbricaciones con la lógica del poder: “[…] un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y es también una forma primaria de relaciones significantes de poder” (1986: 24).
  12. Se diferencia del concepto de evolución de los teóricos del siglo xix, el cual remitía a un progreso automático, armónico y metafísico. Elias construye una teoría sociológica que cree fuertemente en la evolución social de forma empírica. Para poder ver esta vinculación nos propone estudiarlos de manera procesual, para así encontrar los cambios que se van dando en las estructuras de la personalidad y las sociales de forma conjunta. El concepto de evolución social de Elias está emparentado con una teoría de la civilización a partir de la cual intenta resolver la dualidad persistente en la teoría social entre individuo y sociedad. Desde esta construcción teórica estudia las transformaciones y la evolución de larga duración que se ha dado tanto en las estructuras sociales como en las de la personalidad.
  13. “En la tradición filosófica que se inicia con Platón y sigue con Descartes, Husserl y Sartre, la diferencia ontológica entre alma (conciencia, mente) y cuerpo siempre defiende relaciones de subordinación y jerarquía política y psíquica. La mente no sólo somete al cuerpo, sino que eventualmente juega con la fantasía de escapar de su corporeidad” (Butler, 2010: 64).


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